La cena pascual


La cena pascual
HOMILIAS 1978

Cena del Señor

23 de marzo de 1978

Lecturas:
Exodo: 12, 1-8. 11-14
I Corintios: 11, 23-26
Juan: 13, 1-15

Queridos hermanos:

Con esta ceremonia en honor de la institución de la Eucaristía se inicia lo que litúrgicamente se llama el Solemne Triduo Pascual. Tres días para celebrar el acontecimiento religioso cristiano más grande de la historia y naturalmente, del año litúrgico. San Agustín llamaba a este Triduo: la fiesta de la Pasión, la muerte y la resurrección del Señor. Esta noche, pues, es como una síntesis, como un resumen de toda la Pascua que estamos celebrando. Para comprenderlo, las lecturas de hoy nos han colocado en una historia vieja de Israel, que desemboca en Cristo Nuestro Señor y que él, Cristo, la encarga a su Iglesia para que la llave hasta la consumación de los siglos.

He aqui tres pensamientos de esta noche santísima del Jueves Santo: una historia de Israel.

Un Cristo que la encarna
Y una prolongación eucarística hasta la consumación de los siglos.

1º UNA HISTORIA DE ISRAEL


La vieja historia nos la ha contado el libro del Exodo que se acaba de leer. Los judíos celebraban en esta luna llena del mes de Nisan, un mes hebreo que coincide con nuestro marzo-abril. "Este será el primer mes del año _ les había dicho_ celebraréis la Pascua". La pascua era la celebración de dos grandes ministerios del Viejo Testamento: la liberación de Egipto y la Alianza con el Señor. Pascua y Alianza. La Pascua era aquel momento en que los israelitas esclavizados por el Faraón en Egipto no podían salir hasta en la décima plaga terrible, que consistió en que todos los primogénitos de Egipto iban a morir esa noche. Y para que se libraran las familias hebreas Dios les dijo, por medio de Moisés, que mataran un cordero y que con su sangre marcaran los dinteles de las puertas porque esa noche iba a pasar el ángel. El paso del ángel, eso quiere decir la Pascua: el paso de Dios que para los egipcios va a ser castigo y para Israel va a ser liberación.

Y aquella noche, mientras los egipcios lloraban a sus primogénitos que morían, los israelitas marcados con la sangre del cordero, salían de la esclavitud todas las familias para atravesar el desierto y en caminarse hacia la tierra prometida. Todos los años celebraban algo así como nuestro 15 de septiembre, la fiesta de la emancipación, la fiesta de la libertad, la fiesta en que Dios pasó salvando a Israel. Y al mismo tiempo que hacían actualidad esta fiesta del pasado, recordaban que había una alianza entre Dios y aquel pueblo, por la cual Israel se comprometía a respetar la Ley de Dios y Dios se comprometía a proteger de manera especial a ese pueblo. La Pascua y la Alianza encontraron eco en fiestas que ya se celebraban entre los pastores pero que a través de estas revelaciones y de estos signos, tenían ya un sentido de profecía. La Pascua y la Alianza iban a encontrar una personificación cuando el más grande de los judíos, el nacido de Abraham, de David, de la descendencia santa de Israel, va a celebrar la Pascua.

Esta noche, Cristo Nuestro Señor, como buen israelita, con su grupo de israelitas que eran los apóstoles formando una familia, mandaron también a matar su corderito para comerlo en la noche del Jueves Santo como lo comían todas las familias de Israel, recordando la vieja historia de la liberación y de la Alianza. ¡Cómo bullían en la mente de Cristo tantos recuerdos de la historia sagrada, como se hacían presente en la vida del Señor esta noche de emociones profundas toda la historia de Israel! No ha habido un patriota con más cariño a su pueblo, y a su tierra, y a sus costumbres, que Nuestro Señor Jesucristo. Cuando queramos ser auténticos salvadoreños, miremos a Cristo que fue el auténtico patriota que vio la historia de su pueblo, que sintió como suya y como presente la esclavitud de Egipto, y vivió con agradecimiento a Dios la libertad y la alianza entre Dios y el pueblo.

Todo eso había en el corazón de Cristo, esta noche de tantos recuerdos, pero que para él significaba un misterio especial.

2º UN CRISTO QUE SE ENCARNA


Este es el segundo pensamiento de esta noche: Cristo encarna toda la historia de la salvación. Le había dicho Cristo a la samaritana: "Y llega el tiempo en que ni en Jerusalén ni en este monte se ha de adorar a Dios aunque Dios busca adoradores en espíritu y en verdad". Había dicho Cristo en estos días y había sido una de las acusaciones más graves en el Tribunal de esta noche ante el Sanedrín,. "Ha dicho que va a destruir el templo y que lo va a reedificar en tres día". Y el evangelio aclara: "lo que había dicho es destruir este templo que era su cuerpo porque su cuerpo era el templo donde se daba cita la alianza, la victoria de Dios, la libertad del pueblo de Israel. "El era templo, víctima, sacerdote, altar. El es todo para la redención. En Cristo Nuestro Señor se encarna toda la gratitud del pueblo israelita a su Dios que lo ha liberado. En Cristo Nuestro Señor se encarna toda la esperanza patriótica de Israel, toda la esperanza de los hombres. Cristo Nuestro Señor siente esta noche que él es el cordero que quita los pecados del mundo, que es su sangre la que ya va a marcar de libertad el corazón del hombre que quiera ser verdaderamente libre. El es el sacerdote que eleva ya desde esta noche, la adoración al Padre y trae del Padre el perdón, las bendiciones a su pueblo.

Mañana Viernes Santo, cuando el tormento de Cristo culmine con su crucifixión en la cruz, ya queda aqui desde esta víspera, desde esta noche, el memorial de esa pasión. Cristo muriendo en la Cruz, es el cordero cuya sangre marcando los corazones de quienes creen en él, serán libres, no padecerán los tormentos del pecado. El es el que viene a quitar el pecado del mundo, el que viene a llenar de esperanza los corazones. ¡Dichosos, hermanos, los cristianos en esta noche, cuando celebramos en esta Catedral, lo mismo que en las Iglesias parroquiales en las ermitas, en las comunidades de toda nuestra Arquidiócesis, la cena con el Señor! Hoy formamos parte de su familia israelita para matar el cordero que es el mismo y comer su carne que es nuestra comunión: "Tomad y comed, esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros. Tomad y bebed, este es el cáliz de mi sangre que se derrama por vosotros para perdón de los pecados".

3º PROLONGACION EUCARISTICA HASTA LA CONSUMACION DE LOS SIGLOS


Este es el tercer pensamiento: la Eucaristía . El cuerpo y la sangre del Señor que se hacen presentes en el altar cada vez que un sacerdote celebra la Misa, es todo el sacrificio de Cristo en la cruz, es toda la historia de Israel; desemboca alli, en el altar. Más aún, en la eucaristía nos acaba de decir San Pablo: "Se anuncia la muerte del Señor hasta que vuelva". El pueblo cristiano es un pueblo que vive de un recuerdo, el del calvario; pero no como un recuerdo sino que se hace actual, más aún, se hace esperanza de futuro; ese Cristo que se hace presente en nuestra hostia de la Misa, es un Cristo que volverá, es un Cristo que ha de venir a juzgar la historia, es un Cristo en el cual todos los pueblos encuentran la solución de sus problemas, la solución definitiva. Sólo en él se puede encontrar porque él es la esperanza de un pueblo que peregrina en la historia martirizado, atormentado pero con la esperanza de una liberación que ha de venir definitiva.

Por eso hermanos, nuestra misa de esta noche tiene que ser una oración de agradecimiento al Señor, de agradecimiento porque nos ha redimido y porque todo su dolor de la Cruz, ha quedado prisionero en esa hostia consagrada del altar; y que por su sangre, que rubricó la alianza entre Dios y los hombres, se hace fresca sangre que esta misma noche está sirviendo para afirmar el pacto, la alianza eterna entre nosotros y Dios. Dichoso el pueblo cristiano que más que el pueblo de Israel que rubricó con sangre de corderos su alianza con Dios, nosotros cristianos rubricamos con sangre de Dios, con sangre de Cristo, con cuerpo inmolado de Cristo en una Cruz y presente en nuestra hostia, el amor que Dios nos tiene y la esperanza que nosotros ponemos en él.

Por eso, hermanos, la Pascua cristiana que celebramos esta noche, precisamente apoyándose en los méritos del crucificado de mañana, Viernes Santo, y en la Resurrección de Cristo celebrada el Sábado Santo en la noche, esta Pascua que es pasión, muerte y resurrección de Cristo, ha querido el Señor que la celebremos en un marco de amor y de humildad.

UN MARCO DE AMOR


Por eso el relato evangélico de hoy comienza con esa frase tan estupenda: "Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar -Pasó Pascua- de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo".

A lo largo de toda la historia nadie conoce un amor, diríamos, tan loco, tan exagerado: de darse hasta quedar crucificado en una Cruz. No hay amigo que haya dado su vida por el amigo con tanto derroche de dolor y de amor como Cristo nuestro Señor. Este es el marco de nuestra Pascua. Y por eso Cristo nos dice: esta será también la señal del cristiano, este mandamiento nuevo os doy. Es un mandamiento que esta noche se hace fresco en nuestra memoria y en nuestra vida: que os améis como yo os he amado.

Esta es la gran enfermedad del mundo de hoy: no saber amar. Todo es egoísmo, todo es explotación del hombre por el hombre. Todo es crueldad, tortura. Todo es represión, violencia. Se queman las casas del hermano, se aprisiona al hermano y se le tortura, se hacen tantas groserías de hermanos contra hermanos. Jesús, como sufrirás en esta noche al ver el ambiente de nuestra Patria de tantos crímenes y tantas crueldades. Me parece mirar a Cristo entristecido desde la mesa de su Pascua mirando a El Salvador y diciendo: Y yo les había dicho que se amaran como Yo los amo.

Reflexionemos, hermanos, en esta noche en que el marco del amor es un reclamo para celebrar nuestra Semana Santa. No está celebrando su Semana Santa quien está abrigando en su corazón sentimientos de egoísmo, sentimientos de crueldad para con el hermano. Solamente celebra la Pascua con Cristo el que sabe amar, el que sabe perdonar, el que sabe explotar las fuerzas más grandes que Dios ha puesto en el corazón del hombre, es el amor.

Queridos jóvenes, los devotos de la violencia y del vicio, los que ya han perdido su fe en el amor y piensan que el amor no arregla nada, aqui está la prueba de que sólo el amor lo arregla todo. Si Cristo hubiera querido imponer la redención a fuerza de armas o a fuerza de incendios y violencias, no hubiera logrado nada. Inútil, más odio, más maldad. Pero porque Cristo puso la clave en el corazón de la redención, en esta noche nos dice: "Este es mi mandamiento: que os améis como yo os he amado. Y para que véais que no sólo son palabras, esperad ya esta noche, esta noche en que voy hasta sudar sangre ante la maldad de los hombres y el dolor de mis sufrimientos; y mañana, cuando como cordero silencioso me véais pasar con la Cruz a cuestas y morir en un calvario, sabed que no llevo ningún resentimiento para nadie, que desde el fondo del alma voy gritando: "¡Padre perdónalos porque no saben lo que hacen!".

Miremos, hermanos, el gesto del amor personificado. Y en nuestras tentaciones de venganzas, de resentimientos, de egoísmos, de crueldades, no miremos el ejemplo triste de los hombres que se odian; levantemos la mirada hacia el amor que se hace cordero, que se hace comida, que se hace pascua, que se hace alianza.

UN MARCO DE HUMILDAD


Y Cristo nos enseña también que para llegar a esas alturas, el camino es la humildad. Y por eso obliga a los sacerdotes más que a predicar con palabras a predicar con un gesto que ahora vamos a desarrollar aqui en la Catedral, como en todos los templos donde se está celebrando la Semana Santa. Cristo nos dice: "me llamáis maestro y Señor y lo soy, pues si yo soy vuestro maestro y vuestro Señor haced lo que yo hago". Y despojándose, comienza a sentirse esclavo postrándose ante los apóstoles para lavarles los pies. Era el servicio de los esclavos lavar los pies de los comensales, lavar los pies, como el servicio humilde del lustrador que ante el señor a quien le limpia los zapatos está como un siervo; también Cristo, más todavía, siendo dios _dice San Pablo_ se despoja de su categoría de Dios y aparece como un hombre cualquiera, como un esclavo. Esta noche, humillándose ante los pies de sus apóstoles, ante el mismo Judas y mañana con la muerte de los esclavos, porque la crucifixión no se daba a los ciudadanos romanos sino a los esclavos del pueblo romano. Esclavo el que es Dios, humilde el Señor de los señores. ¡Que gran ejemplo para esta hora de orgullos, de vanidades y de soberbias! Por falta de humildad el mundo es que está como está, porque nadie quiere ser inferior a nadie, porque queremos que el mundo gire a nuestro alrededor, porque nos hemos endiosado, porque nos hemos idolatrado.

Es necesario; hermanos, botar tantos ídolos, el del yo ante todo, para que seamos humildes y solo desde la humildad sepamos ser redentores, sepamos ser colaboradores de la verdadera colaboración que el mundo necesita. Liberación que se grita contra otros, no es verdadera liberación. Liberación que procura revoluciones de odios y de violencias quitando la vida de los demás o reprimiendo la dignidad de los otros, no puede ser verdadera libertad. La verdadera libertad es aquella que se hace violencia a sí misma y como Cristo, casi desconociéndose que es soberano se hace esclavo para servir a los demás. Estos son los verdaderos liberadores que en esta hora tremenda están pidiendo a nuestra Patria corazones humildes, corazones en los cuales brille el amor como característica cristiana.

PENSAMIENTO QUE NOS LLEVA AL ALTAR

Hermanos, recojamos de nuestra Pascua, de nuestro Jueves Santo de 1978, todas estas lecciones preciosas del Divino Redentor. Y ya que necesitamos la liberación de tantas esclavitudes, hoy nos hemos asomado donde está la clave para romper tantas cadenas y tantas cárceles, en el amor, en la humildad, en Cristo. Nuestra esperanza puesta en él, un cristiano vivido con autenticidad, una Iglesia que siga proclamando ante el mundo que sólo en Cristo está la esperanza. Imitándolo a él en el amor y en la humildad está el verdadero camino.

Asistamos pues ya a este gesto que indignamente voy a tratar de imitar en el Divino Maestro y Señor, para predicar a ustedes, hermanos, no sólo con la palabra sino como yo les suplico que lo hagamos siempre: con el ejemplo silencioso, callado, del amor y de la humildad.  

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