La Iglesia, Esposa de Cristo


La Iglesia, Esposa de Cristo
HOMILIAS 1978

32º Domingo de Tiempo Ordinario

Domingo 12 de noviembre de 1978


Lecturas:
Sabiduría 6, 13-17
Tesalonicenses 4, 12-17
Mateo 25, 1-13


Imaginemos, queridos hermanos, que estamos formando partes de aquel auditorio íntimo de Nuestro Señor Jesucristo, cuando pronunció este famoso discurso llamado el discurso escatológico. Está en los capítulos 24 y 25 de San Mateo, ya casi al final. Ha salido del templo de Jerusalén donde, según los domingos pasados, tuvo aquellas discusiones que ya presagiaban el desenlace trágico: Los enemigos lo odian demasiado le tienen demasiada envidia y eso no se va a quedar así. Qué triste cuando a un profeta le han señalado ya su destino de sangre. Cristo sale del templo y se dirige a la colina occidental del Monte de los Olivos, desde allá -todavía ahora se contempla, no ya el templo que estaba viendo Jesucristo, ya estaba para terminar la reparación que estaba haciendo Herodes, maravillosa, sino que ahora se contempla una explanada, un desierto donde se yerguen unas mezquitas mulsumanas, pero en tiempo de Cristo- dese la colina sentado con sus discípulos le dicen los apóstoles comentando, mira que maravilla de templo y Cristo comienza a decirles: "Ya veis, no quedará piedra sobre piedra", y comienza el largo sermón escatológico en que, como todos los profetas, viendo hacia el futuro, describe como dos planos, como una fotografía en dos planos: Uno próximo que es la destrucción de Jerusalén, el año 70 por los romanos, ese templo quedará destruido, no quedará piedra sobre piedra. Y otro plano más remoto, el fin del mundo.

Estas catástrofes de la ciudades, estos terremotos, estas guerras que acaban con las bellezas de nuestros edificios, no son más que signos de la destrucción final, cuando se bambolearán también hasta los soles y las estrellas; y cuando aparecerá el Hijo del Hombre en la majestad de su gloria llamando a los muertos: Vengan a juicio. El fin del mundo, la catástrofe final. Léanla queridos hermanos, todo ese capítulo 24, que por razones de tiempo no nos lo ofrece hoy la Iglesia, pero sería muy buena meditación para las comunidades de base en esta semana.

En cambio, recoge una parábola de ese sermón, cuando Cristo advirtiéndoles ese fin del mundo, esa destrucción de Jerusalén -va a venir cuando menos lo piensen, por eso hay que estar preparados así como cuando hay ladrones no se duerme, porque el ladrón espera el momento del descuido para meterse, así será la venida del hijo del hombre-. Y entonces les compara con dos preciosas parábolas, una de ellas es la que nos lee hoy el Evangelio este domingo y otra que se va a leer el próximo domingo, ya a final del Año Litúrgico, que sólo nos quedan 15 días ya para terminar el año Litúrgico y comenzar el nuevo Año con la preparación de Navidad.

Aprovechemos esta observación pues, de fin de año, como una advertencia del Divino Maestro acerca de nuestro futuro, no juguemos con la vida. Todo eso que les acabo de decir se parece a diez jóvenes que según la costumbre de los tiempos de Cristo, acompañaban una boda. El novio iba a recoger a la novia y en eso consistía el matrimonio, cuando el novio la tomaba con la autorización de sus padres, la llevaba a su casa, ya se había creado un nuevo hogar y lo acompañaban en gran fiesta amigos y amigas del novio. Diez amigas son las protagonistas de la parábola de hoy.

Yo quiero titular esta homilía de hoy, con un título bellísimo que Cristo nos lo sugiere hoy: El Reino de los Cielos, un matrimonio entre Cristo y la Iglesia; o con otras palabras: La Iglesia, esposa de Cristo.

Esta comparación de la redención, del amor con que Dios se preocupa de la Humanidad, creándola, dándole inteligencia, capacidades, mimándola, conduciéndola en la historia, es muy usada en el Antiguo Testamento. El amor de Dios a su pueblo predilecto lo compara con el amor del esposo a la esposa. Por eso cuando Cristo, cargado de reminiscencias y promesas del Viejo Testamento, predica su evangelio, la comparación también brota a sus labios y él mismo se compara con el novio y dice -cuando los fariseos lo criticaban porque sus discípulos y El no ayunaban- dice: "¿Cómo van a ayunar los amigos el esposo mientras del esposo está con ellos? No es tiempo de ayuno, es tiempo de fiestas, ya vendrá el tiempo en que van a tener que llorar y ayunar anunciando su pasión".

También cuando a Juan Bautista le preguntaban si él era el Mesías dice: "No, yo no soy más que así como amigo del novio, el novio es el que tiene la esposa. Yo me alegro con él como el amigo de uno que se va a casar se alegra con él, pero no es el esposo". Y en el Apocalipsis, que bella aparece esta imagen: "Ví -dice San Juan- como una nueva Jerusalén que descendía del cielo, algo así como una novia vestida de gala para el matrimonio. Y siempre el novio miró hermosa a su novia, aquel día en que en su hogar se la va a entregar honestamente vestida de blanco, ante el altar de Dios, la ve resplandeciente y parece algo celestial". Así compara el Apocalipsis la esposa Iglesia, la nueva Jerusalén, la ciudad de Dios, la esposa del cordero.

Por eso, cuando el Concilio Vaticano II, que escoge en la Biblia las imágenes de la Iglesia, se refiere a esta comparación del novio y de la novia y pronuncia estas palabras que parece un epitalamio: "La Iglesia es también descrita como esposa inmaculada del Cordero inmaculado, a la que Cristo amó y se entregó por ella para santificarla, la unió consigo en pacto indisoluble e insensantemente la alimenta y la cuida. A ella, libre de toda mancha, la quiso unida a sí y sumisa por el amor y la fidelidad. Y en fin, la enriqueció perpetuamente con bienes celestiales para que comprendiéramos la caridad de Dios y de Cristo hacia nosotros que supera toda ciencia. Sin embargo, mientras la Iglesia camina en esta tierra lejos del Señor, se considera como en un destierro, buscando y saboreando las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios, donde la Iglesia (vida de la Iglesia) está escondida como Cristo en Dios, hasta que aparezca con su esposo en la gloria".

En esta bella descripción de la Iglesia, yo encuentro los tres pensamientos que precisamente nos ofrecen las tres lecturas de hoy: ¿Qué es un matrimonio? 1º) Es una alianza, 2º) Es una espera y 3º) Es una consumación, una fiesta de bodas.

EL MATRIMONIO ES UNA ALIANZA


La primera lectura, que precisamente siempre se busca para primera lectura como un eco del Viejo Testamento anunciado el Evangelio. Si Cristo nos va a hablar hoy de que la Iglesia y él forman un matrimonio, nos va a buscar la primera lectura un pasaje en que se refleje lo que es una boda. Y nos describe el libro de la Sabiduría, el afán de Dios buscando a los hombres y la dicha de los hombres abiertos a esa búsqueda de Dios.

El haber venido a Catedral esta mañana, y todos aquellos que hoy domingo asisten con verdadero sentido de fe y de búsqueda de Dios a los templos, es precisamente lo que nos describe la primera lectura de la Sabiduría tomada hoy del capítulo 6, dice que todo el diálogo en Dios y el hombre, arranca por iniciativa de Dios. Radiante e inmarcesible es la sabiduría, pero al mismo tiempo espera de los hombres una aceptación, una apertura. Hay hombres que le cierran el corazón a la sabiduría de Dios. La comparación podíamos usarla ya que estamos hablando de una boda, cuando se encuentran dos corazones que simpatizan comienzan a amarse, comienza a crecer el amor de los novios y un día es tan grande ese amor que ha crecido de aquel primer encuentro, que ya llega a firmarse una alianza eterna. El día en que la novia y el novio se convierten en esposa y esposo ante el altar, aquel encuentro tal vez fortuito, se ha convertido en una alianza firme hasta la muerte. Así también Dios, como el enamorado, busca la humanidad que como una enamorada, también lo busca y lo ama. Tal es la bella descripción de la primera lectura. La sabiduría se anticipa a darse a conocer a los que la desean. Quien temprano la busca, no se fatigará. A tu puerta la hallará sentada, (el amor que busca). Quien vela por ella, pronto se verá colmado por ella. Ella misma lo busca por todas partes a los que son dignos de ella; en los caminos se le muestra benévola y sale al encuentro en todos sus pensamientos ¡Qué bella descripción de los enamorados!.

El pensamiento está obsesionado. El amor Dios lo ha dado, por eso es triste prostituir el amor. El atractivo del hombre y de la mujer es un don de Dios, que se describe con rasgos tan divinos en la Biblia misma, que los hombres debían de pensar siempre con respeto en ese atractivo, en esa obsesión, en esa búsqueda del uno para la otra.

Y cuando llega la hora en que se creen suficientemente fuertes para amarse para toda la vida, se rubrica la alianza. A muchos tal vez se les hace difícil, como a mí se me hacía también, comprender como es eso de que Dios se enamora de la Humanidad. Tal vez nosotros varones sentimos una especie de repugnancia de sentirnos como amados por un Dios, como si fuéramos la parte femenina de ese amor. No tiene nada que avergonzarse. Lo que quiere destacar aquí no es varón o hembra, lo que quiere destacar es la alianza entre el amor eterno y la humanidad creada por amor. Eso es lo que hemos de ver. Cuando llegué a comprender que el matrimonio, más que la conjunción de dos sexos es una alianza de dos hijos de Dios, comprendí también lo que significa en el Génesis: "hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza".

Una jovencita en un colegio me preguntaba una vez: ¿A quién se refiere, al varón o a la mujer? Y les dije: A los dos, porque el hombre no está completo si no es cuando encuentra su conjunción en el otro sexo y su perfeccionamiento en el amor; es entonces, cuando un hombre y una mujer se aman tan entrañablemente de poderse entregar el uno al otro para toda la vida, cuando el hombre y la mujer son verdaderamente imagen de Dios. Dios es amor y nunca el hombre y la mujer son imágenes de Dios tan perfectas como cuando se aman. Cuando rubrican esa alianza.

Por eso hermanos, el pacto entre Cristo y la Iglesia es el símbolo que se oculta detrás de cada matrimonio. Por eso, decía San Pablo hablándole a los casados: "qué gran misterio el de vuestro amor, pero yo lo digo pensando en Cristo y en la Iglesia". Cuando un hombre y una mujer se aman con la pureza, con la entrega, con la santidad con que Cristo y la Iglesia se aman y reflejan ante el mundo la indisolubilidad del amor con que Cristo se unió para siempre a su Iglesia. Cuando comprende que el matrimonio que es un signo del amor de Dios a la Humanidad, entonces se comprenderá también lo que es pertenecer a una Iglesia y desde la Iglesia amar entrañablemente, fielmente al divino esposo de la Iglesia: Nuestro Señor Jesucristo. Pero así como en una alianza matrimonial los bienes son comunes, por eso aquella ceremonia tan bonita -aunque no es obligatoria, pero expresa mucho- en que el esposo le entrega a la esposa las moneditas que se llaman las arras, son del signo de la entrega de los bienes mutuos, todo es común entre ellos dos. Así también Pablo llama al Espíritu Santo: Arras del matrimonio de Cristo a su Iglesia. Porque cuando Cristo muere por su Iglesia, santificándola, lavándola con el baño de sangre de la cruz, y después resucita recuperando toda la gracia que habíamos perdido por el pecado, todo ese tesoro de la redención, lo entrega en el espíritu: "Recibid el espíritu, son las arras de este matrimonio", y en ese espíritu, nos acaba de decir el Concilio, la Iglesia encuentra todos los bienes con los cuales va a santificar a los hombres.

En otro capítulo el Concilio explaya más esta idea del Cristo en alianza con la Iglesia en aquella hora de la Pascua. Cristo -dice el Concilio- levantado sobre la tierra atrajo hacia sí a todos y habiendo resucitado de entre los muertos, envió sobre los discípulos a su espíritu vivificador y por él hizo a su cuerpo, que es la Iglesia, sacramento universal de salvación. Estando sentado a la derecha del Padre, actúa sin cesar en el mundo para conducir a los hombres a la Iglesia y, por medio de Ella, unirlos así más estrechamente y para hacerlos partícipes de su vida gloriosa alimentándolos con su cuerpo y su sangre.

La plenitud de los tiempos ha llegado pues, a nosotros y la renovación del mundo está irrevocablemente decretada; y en cierta manera se anticipa realmente en este siglo, pues la Iglesia ya aquí en la tierra está adornada de verdadera santidad, aunque todavía imperfecta.

Saboreemos este presente de la Iglesia, queridos hermanos, nosotros no tenemos que esperar hasta la hora de nuestra muerte para ver cuánto nos ama Dios y nos enriqueció con los dones de la redención. Ya ahora, todo católico que vive la plenitud de su Iglesia, que se alimenta de su palabra, que vive de su esperanza, que tiene en su corazón la fe en la vida eterna, ya vive. Un matrimonio con Cristo, un cielo, una eternidad feliz.

La restauración universal ya está decretada, desde el día en que Cristo murió en una cruz pagando por los pecados de los hombres y resucitó con una nueva vida, en la entraña de la historia, ya está el germen de una vida nueva y la Iglesia es la depositaria de ese germen; la Iglesia es la que predica la redención. Nos acaba de decir el Concilio: "Cristo sentado a la diestra del Padre, viviente para siempre, está actuando en el mundo por medio de la Iglesia". La Iglesia, su esposa, es como la administradora en la tierra de los eternos bienes de la redención. La Iglesia en la tierra no solamente salva a los que viven en sus entrañas, sino que desde sus entrañas, donde Cristo vive como el esposo vive en el amor de la esposa y actúa a través de su fidelidad y de su sumisión a él, Cristo en la Iglesia es el redentor de la Humanidad hoy, en 1978 como lo fue desde hace veinte siglos. Cristo desposado con su Iglesia, le ha dado a la Iglesia como arras los frutos de la redención para que los administre en su palabra, en sus sacramentos, en su perdón, en su esperanza, en su predicación de la liberación de toda esclavitud.

Yo les invito, queridos hermanos, a que vivamos este presente y que sintamos de veras la alegría de poseer una Iglesia en cuyas entrañas Cristo está actuando, Cristo está vivo, Cristo no podrá morir, es el esposo que ama a esta esposa Iglesia, con la cual se desposó hace veinte siglos.

EL MATRIMONIO ES UNA ESPERA


Pero mi segunda idea es esta: El matrimonio es una espera, sobre todo cuando ese matrimonio como que provisionalmente ha enviudado. Por eso, nos dice el Concilio: "Pero mientras peregrina en la tierra como en un destierro, saborea las cosas del cielo donde su esposo la espera". Una esposa viuda puede comprender, como lo puede comprender aquella esposa que llora el destierro de su esposo. ¿Cuándo lo dejarán volver a la patria? Es el amor de los brazos tendidos.

Por eso el Concilio, recogiendo esa inspiración que Dios le va dando a su esposa Iglesia en la tierra, dice, una frase bellísima: "Por eso el Espíritu y la esposa claman al Señor Jesús: Ven". Así terminaban las ceremonias antiguamente: Maranata. Ven, esperamos. Así lo decimos todavía en nuestra consagración cuando levante la hostia y les diga: Este es el sacramento de nuestra fe. La voz de ustedes es la voz de la Iglesia: Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven Señor Jesús!

Que hermoso es, cuando el que clama es un pueblo que ha puesto toda su esperanza en el Señor Jesús y sabe que estos dolores de parto, que son las situaciones actuales de una historia patria, de una naturaleza que gime bajo el pecado, bajo la represión, bajo la esclavitud, bajo el dolor, bajo la injusticia, está clamando por ese cielo nuevo, esa tierra nueva que nos dará el Señor Jesús.

Esta es otra hora que hay que vivir, queridos hermanos, no estamos todavía en el cielo. Cierto que tenemos como Iglesia la garantía de que Cristo vive en nosotros, pero es un Cristo oculto, un Cristo que cuando se siente cerquita en la Eucaristía nos hace exclamar: ¡Déjate ver ya, ven Señor! Es la esposa enamorada que desde el destierro clama por darle un beso, darle un abrazo, vivir para siempre unida con él.

Esto es un momento precioso, hermanos, ¿cuánto durará? Precisamente aquí es donde la parábola de las doncellas encuentra su lugar: Según la costumbre de Israel, como les dije antes, el novio iba acompañado de amigos y amigas a recoger a su novia para hacerla su esposa; y era fiesta que duraba toda la noche y naturalmente no era la puntualidad lo característico, sino que era toda la noche consagrada a esa fiesta y por eso las diez doncellas que iban a acompañar al novio, se durmieron. Pero cinco estaban preparadas, sus lámparas tenían reservas de aceite. Las otras cinco eran imprudentes, no habían preparado aceite y cuando a la media noche se acababa de quemar ya casi el aceite que tenían las lámparas; y un grito de júbilo se oye en la noche: El novio llega, vamos a acompañarlo. Las que tenían aceite cargaron con nuevo aceite sus lámparas y lo pudieron acompañar, pero las que ya tenían agotado el aceite, dijeron: Préstennos aceite porque no tenemos. Y les dicen las otras: Puede ser que no nos ajuste ni a ustedes ni a nosotros, vayan a la tienda a comprarlo, mejor. Falta de previsión. Es el discurso escatológico de Cristo. Nos está diciendo: Esta preparados porque a la hora en que menos penséis será el encuentro del novio a la novia que está en el destierro, a la Iglesia.

La hora que la antigua teología llamó con una palabra griega muy simbólica, la "parusía". Era la palabra griega con que se designaba el aparecimiento de un Dios oculto o la llegada de un emperador, de un gobernante a una ciudad y se le preparaba un gran recibimiento. Se le llamaba la parusía. Aquí también, la Biblia mencionando la venida del Mesías, la segunda venida a juzgar a la historia. La venida de Cristo cuando viene a recoger nuestra vida en la hora de nuestra muerte, es la parusía, es el encuentro, es la espera de la vida que va a culminar en un encuentro. Dichoso si estábamos prevenidos con las lámparas de la fe encendidas con aceite de caridad y de buenas obras. ¡Ay, de nosotros si a la hora de la parusía Cristo nos encuentra con la lámpara apagada y sin aceite con el alma en pecado, con la vida desprevenida!

Este es el objetivo principal de la homilía de hoy, un llamamiento a vivir esa espera que el Concilio también nos describe maravillosamente, cuando dice: "Mientras moramos en este cuerpo, vivimos en el destierro lejos del Señor; y aunque poseemos las primicias del espíritu, gemimos en nuestro interior y ansiamos estar con Cristo. Este mismo amor nos apremia a vivir más y más, para aquel que murió y resucitó por nosotros. Por eso procuramos agradar en todo al Señor y nos revestimos de la armadura de Dios, para permanecer firmes contra las acechanzas del demonio y resistir en el día malo. Y como no sabemos el día ni la hora, es necesario, según la amonestación del Señor, que velemos constantemente para que terminado el único plazo de nuestra vida terrena, merezcamos entrar con él a las bodas y ser contados entre sus elegidos y no se nos mande como a siervos malos y perezosos: Id al fuego eterno, a las tinieblas exteriores donde habrá llanto y rechinar de dientes". Son palabras de evangelio, tomadas por el Concilio para advertirnos lo más importante que la Iglesia tiene que avisar a la Humanidad. Somos la esposa en el destierro, vamos a salir al encuentro el esposo, estemos preparados, no sea que como a las vírgenes imprudentes nos cierre la puerta de su festín y nos diga: No os conozco.

Aquí es hermanos, donde yo quiero reivindicar para la Iglesia esa misión tan difícil, pero tan necesaria de predicar al mundo presente sus deberes temporales. Cuando el Concilio habla de que la Iglesia está en el mundo para servirle al mundo, el mayor servicio es precisamente éste: Exhortar a los cristianos, ciudadanos de la ciudad temporal y de la ciudad eterna, a cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre por el espíritu evangélico.

Hermanos, qué bella descripción ha hecho de cada uno de nosotros el Concilio: Ciudadanos de la ciudad temporal, salvadoreños con compromisos en esta tierra, manejando unas fincas o una hacienda o un capital o el trabajo simplemente. Ciudadanos de esta tierra: Abogados, profesionales, políticos, vendedoras de mercado, gente que se gana la vida cumpliendo deberes temporales, ciudadanos de esta tierra, a éstos habla la Iglesia. Pero al mismo tiempo, ciudadanos de la ciudad eterna, desterrados; pero al mismo tiempo caminando hacia nuestra patria. Se equivocan, dice el Concilio, -fíjense bien aquellos que dicen que la Iglesia se meta a la sacristía y no se meta a proclamar los deberes de justicia y a reclamar los derechos humanos de la Humanidad- se equivocan los cristianos que pretextando que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales sin darse cuenta que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de esas tareas, según la vocación personal de cada uno.

Aquellos que dicen: El Obispo sólo está predicando política; porque está hablando de derechos humanos; porque está denunciando injusticias; porque está señalándole a los hombres sus deberes políticos, sus derechos de asociación, hermanos, solamente estoy diciendo que como ciudadanos del cielo tenemos una conciencia de la cual tenemos que dar cuenta a Dios y que haríamos muy mal -entonces sí viviríamos lo que el comunismo dice: la religión opio del pueblo- cuando quisiéramos decir que por estar esperando la ciudad futura, vivimos de cualquier manera la ciudad presente.

Por eso no es menos grave el error de quienes, por el contrario, piensan que pueden entregarse totalmente a los asuntos temporales, como si éstos fuesen ajenos del todo a la vida religiosa, pensando que ésta se reduce meramente a ciertos actos de culto y al cumplimiento de determinadas obligaciones morales. Cuántos han llegado a esto que dice el Concilio: "El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos, debe ser considerado como uno de los más graves errores de la época". Aquellos que hacen consistir la religión solamente en unos cuantos actos de culto, pero después de ese culto -un Te Deum por los 15 años, unas bodas en las cuales el matrimonio no se consideró amor de Cristo a la Iglesia, si no simple relación social y a ver si estuvo mejor que el otro matrimonio que dio tantos miles de gastos-. Todo este culto a veces para pagarse de la vanidad humana, pero luego vivir afuera de esos actos de culto, con injusticias, atropellando el derecho de agrupación de sus obreros que se quieren sindicar, no pagando bien a los cortadores, -ha pero es muy religioso porque va Misa todos los domingos-. De nada sirven estos actos de culto divorciados de la vida diaria. La Iglesia tiene que predicarle al hombre que en los asuntos temporales tiene que pensar en que hay que dar cuenta a Dios.

El Concilio dice esta frase -que yo les suplico grabársela profundamente en su corazón: "El cristiano que falta sus obligaciones temporales, falta a sus deberes con el prójimo; falta sobre todo para con sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvación". ¿Qué quiere decir hermanos? Lástima que nuestra religión ha traicionado a veces el Evangelio. Y por contentar a los grandes señores y a las grandes señoras, les ha dicho que bastaban esos actos de culto y los ha expuesto a perderse para siempre. Estamos volviendo a una religión del auténtico evangelio, donde Cristo nos dice: Que el reino de los cielos se parece a las diez doncellas que salieron a encontrar al esposo. ¡Ay, si no aprovecharon las horas de su vida para cargarse de buenas obras y encontrar con caridad y amor, práctico al Señor!. De nada servirá ser virgen, sino se tiene amor. Como decía San Bernardo hablando de ciertas vírgenes: Puras como ángeles, pero soberbias como demonios.

Las virtudes cristianas tienen que ser íntegras. Es una redención integral la que Cristo ha venido a predicar. No quiere apariencias, quiere sinceridad. También queridos hermanos, si el matrimonio es espera. No olvidemos una cosa, que la Iglesia dice el Concilio, está fase temporal todavía. Yo quisiera aprovechar para decirle a los que se han casado que también su matrimonio está en una fase de espera, que el matrimonio nunca está hecho, que todos los días es necesario perdonarse, ayudarse, perfeccionarse. El hombre que quiere encontrar en su esposa un ángel perfecto; o la esposa que quiere encontrar en su esposo un ser ya celestial, está muy equivocado. Son dos seres de carne y hueso, herederos de taras y herencias de familias; y hay que aprender a tolerarse muchas cosas. La Iglesia necesita también que el esposo divino le tolere muchas cosas. Todavía vive -dice el Concilio- en esta fase temporal donde los mismos sacramentos, las instituciones, su jerarquía, sus sacerdotes, sus elementos tienen que adolecer de muchas imperfecciones; pero ya tiene una santidad aunque sea imperfecta, hay buena voluntad, anda buscando la hora de la perfección. No hay que olvidarse de ésto para no exigirle a la Iglesia en la tierra, lo que tendrá esta Iglesia, cuando sea la Iglesia de la consumación perfecta.

LA IGLESIA ES UNA CONSUMACION


Y este es mi tercer pensamiento, hermanos. Pero antes de mirar esta Iglesia de la consumación perfecta, esta Iglesia que el Apocalipsis nos describe como la nueva Jerusalén (ciudad santa que baja como vestida de novia del cielo para entregarse al esposo) no olvidemos que todavía no hemos llegado a esa Iglesia y es precisamente en esta Iglesia de la tierra, yo sitúo todos los domingos la semana de nuestra historia.

No se molesten hermanos, porque olvidar que es una Iglesia que peregrina en esta semana de noviembre de 1978, es desencarnar el misterio de la Iglesia como esposa, que camina hacia el encuentro definitivo, hacia la consumación de su vida celestial. Y, ¿qué encontramos en esta Iglesia de esta semana?

Permítanme hermanos, la alegría de decirles que la mayor satisfacción de esta semana ha sido sentirme junto con toda la Arquidiócesis en comunión con el Papa. Para aquellos que quieren ver mi actitud pastoral y la línea pastoral de la Arquidiócesis, como un divorcio de la verdadera doctrina y actitud de la Iglesia, les quiero recordar que el Papa Juan Pablo II, se ha expresado así al dirigirse al Arzobispo de la Arquidiócesis: "Vaticano 30 de octubre. Excelencia: Con motivo de la elección del Supremo Pontificado de su Santidad Juan Pablo II, ha querido a Ud. expresarle su cordial felicitación en nombre también de todos los miembros de esa comunidad eclesial. Tengo el placer de comunicarle que el Santo Padre ha recibido con profunda complacencia esta delicada prueba de filial cercanía, que se ha manifestado especialmente en la plegaria por las intenciones del nuevo Pastor de la Iglesia Universal. Al asegurarle que su Santidad le queda muy agradecido, gustosamente le transmito su paternal bendición para cada miembro de esa porción de la grey de Cristo. Suyo, devotísimo en el Señor, Cardenal Villot, Secretario de Estado".

El Papa que nos ha escrito por medio de su Secretario, es el que este domingo está tomando posesión de la Catedral de Roma, que es San Juan de Letrán, y el Papa en esta semana ha recibido a los sacerdotes y a las religiosas de su Diócesis para exhotarle, al Clero, al fiel cumplimiento de sus deberes sacerdotales, especialmente del celibato como una claridad y expresividad de la misión del sacerdote; lo mismo que les decía a las religiosas y a los religiosos, la vocación religiosa significa un amor exclusivo a Dios.

Y dijo también, que si es Pastor de la Iglesia Universal, es porque es Obispo de Roma y estos significa la ceremonia de este domingo al ir a tomar posesión de la Catedral de San Juan Letrán, que es la catedral de Roma, el Papa está diciendo que él es el auténtico sucesor de Pedro en la sede de Roma, desde donde es Pastor de toda la Iglesia Universal. Y con esta explicación, el Papa, ha dado la explicación también de por qué pudo romper esta tradición del Papa no italiano. Si como Obispo de Roma es conveniente que sea italiano; como pastor del mundo el Obispo de Roma no es necesario que sea italiano; porque tiene que tener relaciones con el universo. Alegrémonos pues, en este día con el Obispo de Roma que es al mismo tiempo nuestro pastor universal.

En esta semana también he tenido alegrías sacerdotales muy grandes, como fue la que ya anuncié de los 25 años de servicio parroquial del Padre Teodoro Alvarenga en Santo Tomás; y fui testigo del agradecimiento de un pueblo cuando ve en su sacerdote el servidor de su comunidad desde su consagración a Dios.

También una alegría muy íntima, sacerdotal, al celebrar con los sacerdotes que cumplieron 25 años de vida sacerdotal y con el Padre Platero que cumplió 50 años de vida religiosa, una Eucaristía a la que asistieron también, quienes ya no ejercen el Ministerio Sacerdotal, pero como laicos o como reducidos al estado laical, manifestaron su cariño fraternal para el sacerdocio y el respecto que en su vida llevan al carácter sacerdotal que siempre es inborrable en ellos. Yo quiero alegrarme, porque muchos de nuestros hermanos que fueron sacerdotes y ya no ejercen, no deben sentirse apartados, sino que el carácter que siempre los ha marcado para toda la eternidad, los hace sentirlos muy cercanos también a la vida de la Iglesia.

La Confederación de Religiosos eligió su nueva directiva la semana pasada. Les deseamos muchos éxitos, ya que el objeto de esta Organización de religiosos es el perfeccionamiento de su consagración a Dios que como decía el Papa, es la expresión de un amor exclusivo a Dios.

También una alegría muy profunda, haber compartido con unos treinta sacerdotes, siquiera un rato de su retiro espiritual, que les dirigió el P. Jesús Delgado, sobre el tema de la identidad sacerdotal. El diálogo con su obispo fue muy franco y les agradezco ese sentido de solidaridad que mostraron casi todos los sacerdotes en retiro.

Luego hermanos, recorremos también estas comunidades que forman nuestra comunidad Arquidiocesana. Ayer, con la alegría patronal de la ciudad de San Martín, se destacó en el programa la participación de un grupo juvenil. También una anticipada felicitación a Candelaria de Cuscatlán, donde el 15 de Noviembre celebra la fiesta patronal del Dulce Nombre de María.

Un sentido de agradecimiento a la Parroquia de La Palma, cuyo párroco, querido P. Vito Guarato, vino a expresarme en nombre de su parroquia y de su Provincial Franciscano, un sentido de profunda solidaridad con el ministerio arzobispal y dijo que allá en su parroquia hace orar a los enfermos por el Arzobispo y por la Arquidiócesis. ¡Qué riqueza más bella la de estas plegarias! Dios los bendiga.

También en la hojita que publica en La Palma, hay un "alerta" que no hay que dejarlo perder, que se refiere al engaño de los protestantes, cuando, como por ejemplo el día de difuntos, van predicando contra los sentimientos católicos de la oración por los muerto o van vendiendo libros protestantes en nombre del Arzobispo.

Mañana, en Cantón San Antonio Manaquil de San José de Las Flores, Chalatenango, a las nueve de la mañana, se celebrará la fiesta patronal.

En Arcatao, las Hermanas que dirigen la pastoral de aquella comunidad, hacen un llamamiento de alerta contra las falsas denuncias que algunas veces, enemigos de la Iglesia quieren hacer como para comprometer la palabra de la Iglesia. Mucho cuidado por que necesitamos que vengan bien respaldadas esas denuncias para poderlas mencionar.

La comisión de Reflexión de Laicos, tiene el encargo del Arzobispo de reunir mensualmente cuatro representantes laicos de cada Vicaría. La primera reunión va a ser el próximo domingo 19, en la casa parroquial de San José de la Montaña. Suplico pues, a todas las Vicarías, mandar a sus cuatro representantes, sumarán unos 40 ya que son diez las Vicarías de la Arquidiócesis.

Esta comunidad también lamenta, en esta semana, que el Poder Ejecutivo del país ha atropellado un derecho del Arzobispo, al cambiar los estatutos de Cáritas de El Salvador sin la autorización del A

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