Cristo nos ha confiado una misión profética


Cristo nos ha confiado una misión profética
HOMILIAS 1979

15º Domingo del Tiempo Ordinario

15 de julio de 1979

Lecturas:

Amós 7, 12-15

Efesios 1, 3-14

Marcos 6, 7-13

Queridos hermanos, estimados radioyentes:

-Será un homenaje a la Virgen del Carmen

Mañana es un gran día para la devoción popular, es el día de Nuestra Señora del Carmen. Yo quiero dedicar esta reflexión de hoy como un homenaje a esa devoción de nuestro pueblo, invitando a todos ustedes, a que miremos en María el modelo de nuestros compromisos cristianos.

-La Iglesia y María

Hubo en el Concilio Vaticano II una discusión bastante profunda, acerca del puesto que el Concilio iba a dar al tratado de la Virgen María, Madre de Cristo. Algunos padres muy devotos de María querían que fuera un tratado aparte, un documento aparte que tratara de la Virgen. Otros, con una visión eclesiológica más promovida y desarrollada, decían que la Virgen María no debía separarse del tratado de la Iglesia y que debía ser un capítulo más en la Constitución sobre la Iglesia. Los que siguieron el Concilio en sus deliberaciones recordarán como se publicaron, como siempre, cosas desatinadas como si unos fueran devotos de la Virgen y otros no. A pesar de las apariencias, venció la opinión de que el tratado de María tenía que coronar el tratado de la Iglesia. No se trata de dos tratados distintos, sino que es una sola cosa: la Iglesia y María.

Asi pudo escribir el Concilio, en el último capítulo de la Constitución sobre la Iglesia dedicada a la Virgen, esta hermosa observación: “Proclamada María como miembro excelentísimo y enteramente singular de la Iglesia y como tipo ejemplar y acabadísimo de la misma Iglesia en la fe y en la caridad, y a quien la Iglesia Católica, instruida por el Espíritu Santo venera como a Madre amantísima con afecto de piedad filial...” Por eso quedó la reflexión sobre la Virgen María en el Documento de la Iglesia, porque la Iglesia, nosotros que somos la Iglesia, miramos a María como el tipo -una palabra que expresa el paradigma, el modelo- aquella persona en la cual la Iglesia ha realizado sus ideales. María es el modelo y hacia ella, parecerse a ella, se orienta el trabajo de la Iglesia. El día en que cada católico se propusiera parecerse a María como miembro de la Iglesia, tendríamos la Iglesia soñada, la Iglesia ideal. Mirémosla hoy, con motivo del día del Carmen.

-En María aprendemos a vivir nuestras prerrogativas y responsabilidades de Iglesia

Las reflexiones bíblicas que nos presenta la liturgia de la palabra este domingo se prestan para poner en María la mira de nuestras aspiraciones y ser como ella, porque sólo asi podemos ser como Cristo nos pide en el evangelio de hoy. Ella, siendo el modelo de la Iglesia, realiza las prerrogativas, los deberes de la Iglesia en el mundo.

-Hoy las lecturas nos iluminan nuestra prerrogativa de profetas
¿Cuál es la prerrogativa a que se refiere hoy la lectura bíblica? Pues, continúa como el domingo pasado, con el tema del profetismo, y el mismo Concilio dirigiéndose a ustedes los laicos, los que no son sacerdotes ni religiosos: ustedes casados, ustedes gente en el mundo, ustedes que forman la mayor parte de la Iglesia, los bautizados, oigan lo que dice a este respecto:

“Cristo, el gran profeta que proclamó el Reino del Padre con el testimonio de la vida y con el poder de la palabra, cumple su misión profética no sólo a través de la jerarquía que enseña en su nombre y con su poder, sino, también, por medio de los laicos a quienes, consiguientemente, constituye testigos y les dota del sentido de la fe y de la gracia de la palabra, para que la virtud del evangelio brille en la vida diaria, familiar y social”. Lo que quiere decir es que así como María es el prototipo de la Iglesia, también cada seglar, cada padre de familia, cada hombre, cada mujer, tendría que capacitarse para realizar en el mundo como laico, una función profética; y para eso Cristo lo ha dotado de fe, la fe que ustedes tienen tan grande, y les ha dado también la gracia de la palabra. La palabra sencilla del padre de familia que aconseja, del amigo, del esposo; toda esa palabra amorosa, eficaz, si va ungida del sentido de la responsabilidad profética, ¡qué eficaz sería para que el Reino de Dios se implantará en la familia, en el gobierno, en el comercio, en la economía!

Es grave esta responsabilidad profética que ustedes tienen como pueblo de Dios y, yo como jerarquía; en el nombre y con la autoridad de Cristo, el gran profeta, ustedes y yo formamos dentro de nuestra propia vocación, la misión profética de la Iglesia. María, tanto para ustedes pueblo de Dios, es una laica; María no es sacerdote ni religiosa; María es una esposa, María es una madre de familia, María es una mujer seglar. Allí estuviera sentada en las bancas de la Catedral como una de estas mujeres que me escuchan y yo no la distinguiría. Pero su corazón lleno de este carisma profético absorbía las palabras del gran profeta, Jesucristo su hijo, para realizarlas con el amor, la fe, la caridad, con la valentía y la entereza con que un seglar tiene que ser profeta también en el ambiente en que le toca vivir.

Ofrezcámonos a María, Nuestra  Señora del Carmen, más que sentir un escapulario, a veces sólo por rutina. Si lo vestimos como una convivencia de nuestra alianza con María, ¡magnífico!, pero no tomemos el escapulario sólo como un pasaporte: que el que muera con él se va a salvar. ¡Mentira!, si no hace la voluntad del Padre aunque diga: “¡Señor, Señor!”, no se salvará. La misión profética, María me la enseñará y, entonces, sí, su santo escapulario será una consigna de mi encadenamiento, de mis compromisos, no tanto con ella, que también ella es esclava del Señor, sino con el Señor.

CRISTO NOS HA CONFIADO UNA MISION PROFETICA

1.    Las condiciones del verdadero profeta

2.    Los falsos profetas

3.    ¿Cuál es nuestro mensaje profético?

1. LAS CONDICIONES DEL VERDADERO PROFETA

a) Escogido por Cristo

¿Cuáles son las condiciones del profetismo auténtico? No tenemos más que volver a repasar el evangelio de hoy donde Cristo nos presenta la figura del apóstol enviado como profeta. Todos nosotros somos por el bautismo la continuación de este mensajero de Dios en el mundo.

-Vocación- misión - autorización

Les dice Cristo en su evangelio de hoy: “Dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos, los llamó y los envió de dos en dos”. Esto es lo primero. Un sentido de autorización de parte de Cristo. El domingo pasado ya mencionábamos que todo profeta tiene que tener una vocación, una unción, una misión. Tal aparece hoy cuando ya se trata de los profetas del Nuevo Testamento. Los llamó: “No fuisteis vosotros los que me escogisteis. Yo os escogí”. El profeta es un escogido de la iniciativa  de Dios y lo envía. Sólo puede predicar el que es enviado.

Sólo puede decir “Esto manda a decir el Señor” el que ha oído al Señor que le dice: “Ve y dile a ese pueblo”. Y la autorización, de allí depende la categoría de la misión profética, les dio autoridad sobre los espíritus inmundos.

-Superioridad del apóstol (“representante” de Cristo) sobre el profeta del Antiguo Testamento
Resulta que los profetas del Antiguo Testamento recibían esa misión, pero los apóstoles recibieron de Cristo una misión, una autorización que los identifica con el que los envía. Son “representantes” de Cristo: “El que a vosotros desprecia, a mí me desprecia, y el que a vosotros atiende a mí me atiende”. Hay una autorización más íntima entre nosotros, pueblo de Dios, con Cristo, que entre el profeta del Antiguo Testamento y Dios. Ellos eran mensajeros, nosotros como pueblo de Dios no sólo somos mensajeros, sino Cristo va como inserto en la vida de este pueblo de Dios y es él, el que habla.

b) Sentido comunitario
¿Qué otra condición señala el evangelio de hoy? Un sentido comunitario Mandolos de dos en dos y les dijo que se hospedaran en la casa de una familia, en el pueblo. Y predicarían al pueblo. Si el pueblo acepta, la paz vendrá a ese pueblo, pero si ese pueblo los rechaza, que se vayan, que ese pueblo, el pueblo es el que será cómplice de que no sea recibida allí la fe. Entonces les dice: “Sacudan allí el polvo de sus sandalias para probar su culpa”. El pueblo que ha rechazado al profeta que envió Cristo, que no quiso como comunidad aceptar el mensaje para formar una sociedad, una fraternidad que no sea la convivencia de lobos contra lobos, de gente que se tiene miedo una con otra, sino que acepta el mensaje de la fraternidad cristiana, será bendita; pero si no lo acepta, el signo de sacudir las sandalias es gesto de una reprobación de que Dios desahucia a esa sociedad.

Líbrenos el Señor de que nuestra patria, de la cual se puede decir en estos días lo que decía Cristo llorando desde el monte de Getsemaní sobre Jerusalén: “!Jerusalén, Jerusalén, la que matas a los profetas, cuantas veces he querido recogerte  como la gallina recoge a sus pollitos y no los ha querido! Por eso vendrá la venganza de Dios y no quedará en tí piedra sobre piedra”. ¡Líbrenos el Señor de una maldición semejante! Todavía es tiempo de que aceptemos no sólo como individuos, sino como fraternidad salvadoreña el mensaje de Cristo que nos está mandando a través del pueblo cristiano, digo, el pueblo profético. ¡Hay tanta gente santa en nuestro pueblo!, y ¡se ora mucho! Sigamos pidiendo, hermanos, para que el Señor haga eficaz la palabra de sus profetas y sea escuchada, y no vaya a ser maldecido el pueblo por el Señor.

c) Espíritu de pobreza
Otra condición del verdadero profeta es la bella descripción que Cristo hace cuando les dá unas normas tan concretas y tan sencillas.

-Figura de un peregrino
Les encargó que llevaran un bastón y nada más. Ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias pero no una túnica de repuesto. Es decir, con comparaciones orientales, bíblicas, les está diciendo: vivan el espíritu evangélico de pobreza. Esto quisiera yo resaltar en esta mañana, más que todo cuando hay tanto sentido de egoísmo, de codicia, de envidias, de bienes materiales. Se pelean los hombres por estas cosas. Cristo les dice: déjenlas, preséntense con espíritu de pobreza.

-La libertad que nace del espíritu de pobreza
Porque, hermanos, nadie es tan libre como el que no está subyugado al dios dinero, y nadie es tan esclavo como el idólatra del dinero. Por eso, Cristo quiere romper la coyunda de esa idolatría y les dice: no se preocupen, confíen en la Providencia que dará pan, dará vestido, dará lo necesario. Vayan a predicar el Reino de Dios, no por ganar dinero; este es un mal negocio.

-El profeta Amós, que sale en la primera lectura, sintió tanta libertad cuando un falso profeta, más interesado del dinero que del Reino de Dios, le dice: “Vete a comer tu pan allá en tu tierra, no vengas a profetizar aquí, no me estorbes. Este es el santuario nacional”. Y el profeta Amós le contesta con una serenidad que sólo puede dar la pobreza: “Yo no soy profeta ni hijo de profeta, yo no tengo una profesión que se llame profeta; yo no soy más que un pastor, un sembrador de higos, yo soy un hombre raro del desierto. Fue el Señor que me sacó de mi rebaño y me dijo: ¡vete a profetizar a mi pueblo de Israel! No vengo aquí por negocio ni por comer pan, vengo porque Dios me ha mandado; yo tengo suficiente con mis vaquitas y mis hijos. No necesitaba exponerme a estas humillaciones que tú, por sentirte grande en el santuario nacional, me diriges a mí, el pobre campesino”. Esta es la libertad de los verdaderos grandes que son los pobres de espíritu evangélico.

-Cuando Pablo VI hablaba de la renovación de la Iglesia, sólo señaló dos virtudes necesarias para nuestro tiempo: la caridad y el espíritu de pobreza. Y analizando por qué conviene hoy que la Iglesia y los cristianos vivan el espíritu de pobreza, dice esto: “Pensamos que la liberación interior producida por el espíritu de la pobreza evangélica...” ¡Fíjense qué hermoso!: “la liberación interior que dá el espíritu de pobreza”. Porque no basta no tener cosas. Hay gente pobre que no está liberada interiormente, busca con codicia, odia el que tiene; resentimientos. Todo eso no es liberación de la pobreza, no basta ser pobre no teniendo bienes, sino que el verdadero pobre ha roto las cadenas interiores.

Dice el Papa: “porque con esa liberación interior nos sentimos más sensibles, más idóneos para comprender los fenómenos humanos vinculados a los factores económicos. ” Nadie es tan comprensivo de la necesidad del dinero como el que tiene espíritu de pobre, porque sabe que el dinero sí es útil, que no se puede prescindir de él pero como medio, no como fin; como servidor del hombre, no para que el hombre le sirva a él. No esclavo del dinero sino señor del dinero. Sabe, él que es pobre con espíritu evangélico, mejor que el rico, usar el dinero; sabe el sentido económico de la vida mejor que el que está esclavizado al dios dinero.

“También, dice el Papa, esa libertad interior de la pobreza dé a la riqueza y al progreso del que puede ser la riqueza generadora, el justo y severo aprecio que le conviene”. Es decir, la riqueza es necesaria para el progreso de los pueblos, no lo vamos a negar; pero un progreso como el nuestro, condicionado a la explotación de tantos que no disfrutarán nunca los progresos de nuestra sociedad... no es pobreza evangélica. ¿De qué sirven hermosas carreteras y aeropuerto, hermosos edificios de grandes pisos si no están más que amasados con sangre de pobres que no los van a disfrutar? El que es verdaderamente libre en su interior, aunque sea el que promueve las carreteras y los edificios, le sabrá dar el verdadero sentido. El verdadero sentido que el Papa llama un sentido justo y severo. Severo, esta es la palabra que falta. Una riqueza severa en el verdadero sentido de severidad para que el que la tiene sepa ponerla al servicio del bien común. Es lo que el Señor quiere con el espíritu de pobreza: servir a los demás con todo el dinero que se tiene, con espíritu de disciplina, de autoseveridad.

Otra ventaja de la pobreza: “Dar a la indigencia el interés más solícito y generoso”. Nadie comprende tanto al pobre como el que es pobre evangélico. Sabe lo que significa el hambre de la madre, del niño, del tugurio, porque él también vive, tal vez no en las condiciones físicas iguales, pero sí en una espiritualidad de pobre que lo hace comprender y compartir. Compartir también con el que no tiene y es solícito y generoso. No dá como de arriba abajo, ya no es tiempo de paternalismo, es tiempo de fraternidad, de sentir que es hermano, que me interesa. El interés del pobre, del campesino, del que no tiene.

“Y, finalmente, -dice el Papa- este espíritu de pobreza nos hace aptos para desear que los bienes económicos no sean fuentes de luchas, de egoísmos, de orgullo entre los hombres, sino que estén orientados por vías de justicia y de equidad, al bien común y, por lo mismo, más abundantemente distribuidos”. Si no hay este espíritu que Cristo recomendó a los apóstoles, nuestra sociedad no se cambiará nunca. Por eso, ese mensaje de hoy, de Cristo enviando a sus apóstoles, no lo vemos como un recuerdo del pasado. ¡Ah, entonces no había capitales!, ¡entonces no había edificios que hacer!, ¡entonces no había carreteras que hacer!. Claro, que el progreso siempre ha sido un ideal del hombre, pero se convierte en egoísmo y en fuentes de rivalidades cuando no los anima este sentido de la virtud. Es una virtud cristiana el espíritu de pobreza, al que tenemos que convertirnos todos.

He traído también conmigo el documento de Puebla para que miren que la Iglesia es severa consigo misma. En el número 144 dice textualmente: “La Iglesia requiere ser cada día más independiente de los pobres del mundo, para asi disponer de un amplio espacio de libertad que le permita cumplir su labor apostólica sin interferencias: el ejercicio del culto, la educación de la fe, y el desarrollo de aquellas variadísimas actividades que llevan a los fieles a traducir en su vida privada, familiar y social lo imperativos morales que dimanan de esa misma fe. Así, libre de compromisos, sólo con su testimonio y enseñanza, la Iglesia será más creíble y mejor escuchada. De este modo, el mismo ejercicio del poder será evangelizado, en orden al bien común”. Y me alegro, hermanos, de que nuestra Iglesia sea perseguida precisamente por su opción preferencial por los pobres y por tratar de encarnarse en el interés de los pobres y decir a todo el pueblo, gobernantes, ricos y poderosos: si no se hacen pobres, si no se interesan por la pobreza de nuestro pueblo como si fuera su propia familia, no podrán salvar a la sociedad...”.

Hay otro número de Puebla que me interesa que lo conozcan para que miren la sinceridad con que la auténtica Iglesia está viviendo hoy. Hablando ya de la opción preferencial por los pobres, escribe Puebla esto: “La exigencia evangélica de la pobreza como solidaridad con el pobre y como rechazo de la situación en que vive la mayoría del continente- de modo que ya es el ser pobre en la Iglesia es un gesto profético, es identificarse con la mayoría del continente- libra al pobre de ser individualista en su vida y de ser atraído y seducido por los falsos ideales de una sociedad de consumo”. ¡Cómo le interesa al pobre aprender el espíritu evangélico de pobreza! Porque si hay una enfermedad en el pobre y en la clase media para abajo, esta es la enfermedad más terrible: ser víctima de la sociedad de consumo, querer tener ya su televisor, querer tener ya también sus recepciones como las tienen los de más arriba; querer disfrutar la vida aún sin tener lo necesario para subsistir. El espíritu de pobreza será la mejor manera de conjurar esas tentaciones que aniquilan a la familia y la felicidad del hombre.

De modo que la Iglesia opta por los pobres, para enseñarles a los pobres el verdadero sentido del desprendimiento; pero, más aún, asi pobre la Iglesia, con espíritu evangélico de pobreza, dice Puebla: “...el testimonio de una Iglesia pobre puede evangelizar a los ricos que tienen su corazón apegado a las riquezas, convirtiéndolos de esta esclavitud y de su egoísmo” (No. 1156) ¡Qué sabio es el Señor Jesucristo al decirle a los apóstoles: que vayan a evangelizar con la figura de un peregrino pobre! Y la Iglesia de hoy tiene que convertirse a ese mandato de Cristo. Ya no es tiempo de los grandes atuendos, de los grandes edificios inútiles, de las grandes pompas de nuestra Iglesia. Todo eso, tal vez, en otro tiempo tuvo su función y hay que seguírsela dando en función de la evangelización, servicio: pero, ahora, más que todo, la Iglesia quiere presentarse pobre entre los pobres y pobre entre los ricos para evangelizar a pobres y ricos...

Y ya que nuestro cariño filial a la Virgen le ha dedicado esta reflexión, quiero mencionarla como Puebla la menciona también, citando precisamente al Papa, cuando en su homilía del Santuario de la Virgen de Zapopan, recordaba que “De María, quien en su canto del Magníficat proclama que la salvación de Dios tiene que ver con la justicia hacia los pobres, parte también el compromiso auténtico con los demás hombres, nuestros hermanos, especialmente con los más pobres y necesitados y por la necesaria transformación de la sociedad”. (1144). Son palabras textuales de Puebla y del Papa para que vean que la devoción a la Virgen no es alienante. Si mañana, día de la Virgen del Carmen, las muchedumbres corren a su imagen y a vestirse el escapulario, no olviden que María es, ante todo, una mensajera profética de Cristo y que en su cántico del Magnificat se acordó de los pobres, de los hambrientos y también dijo que Dios les pediría cuenta a los soberbios y a los orgullosos, a los ricos del mundo y los despediría vacíos si no se convierten a la pobreza de Dios.

Si amamos a nuestra Madre, ella es el modelo, el paradigma del seguidor del evangelio. El modelo de los pobres de Yahvé. María, la pobrecita; a la que el Cardenal Pironio llama: “La que visita a América con los pies descalzos, con un niño pobre que nos hace ricos, con un niño indigente que nos hace libres”. Una gran devoción a la Virgen, pero asi, hermanos, una devoción liberadora, una devoción que nos haga aprender de María la libertad con que ella hablaba. Una devoción de la Virgen que nos haga sentirnos frente a Dios no para implantar nuestro modo de pensar o nuestra falsa prudencia, sino que sepa dar su cara por Cristo cuando por la injusticia del mundo queda clavado en la cruz, y cuando todos huyen ella se queda allí junto a él. Ella es la valiente de Jehová, la que defiende los derechos de Dios y del  hombre aún cuando cuesta humillaciones y peligros.

2. LOS FALSOS PROFETAS

Ahora fijémonos en la primera lectura, se describe el triste papel del falso profeta. Era un pseudo-profeta, llamado Amasías. Tengamos en cuenta que Betel, donde este sacerdote ejerce, es un santuario rival de Jerusalén. Israel y Judea están divididos. Judea tiene su templo en Jerusalén, Israel tiene su templo en Betel. El reino del norte, Israel, ha florecido mucho, y sucede lo que pasa cuando la sociedad florece: hay muchos vicios, mucho lujo que es ofensa del pobre y el culto de sus santuarios se convierten también en un culto aparente. Allí manda Dios al pastor de Judea, a Amós, para que vaya a profetizar. Les invito a que ustedes mismos lean en las páginas breves de ese profeta Amós, la libertad con que se encara al rey Jeroboán II, anunciándole que va a ser destruido su reino, que su pueblo va a ser llevado al desierto, que no habrá paz si no hay justicia; que no se ordena mejor esa sociedad por el lujo, por la injusticia social; que ya es suficiente, que Dios vendrá con su día terrible y castigará. ¡Claro! este lenguaje de reclamos estorba. Como si un pobre campesino se metiera a un baile elegante a amenazar, lo sacan inmediatamente. Así quisieron sacar al pobre Amós. Pero lo triste es que le hagan juego a la justicia, a la opresión, al lujo desmesurado, al culto que no honra a Dios, sino que trata de quedar bien con la gente, que le hagan el juego los mismos sacerdotes del santuario de Betel...

-Oposición al verdadero profeta

¿Cuál fue el triste papel de Amasías? En la lectura de hoy lo han visto. Primero oponerse a la voz del verdadero profeta. “Vidente, vete, refúgiate en tierra de Judá, come allí tu pan y allá profetiza. Allá haz lo que quieras, aquí no”. Como si Dios no fuera dueño de todo el mundo y pudiera enviar sus mensajeros a todas partes. ¡Cómo estorba en ciertos ambientes la palabra que Pablo VI nos ha mencionado hoy: “¡la severidad de la riqueza!”. No se quiere oír más que un lenguaje que apruebe injusticias, atropellos. ¿De qué sirve un Foro Nacional si allí sólo se llama a la gente que piensa como ellos? ¿De qué sirve no escuchar la voz del Señor?

-Por intereses económicos
¿Qué otra cosa es el falso profeta? Le dice el falso profeta a Amós: “Come allá tu pan”. Esto es confundir la misión profética con los intereses económicos. Que terrible es cuando la misión sacerdotal o profética se subordina al interés económico, cuando se ejerce el ministerio profético y sacerdotal subordinado a esos intereses sociales, económicos. Cuantas veces, queridos hermanos- y estoy hablando de ustedes los laicos que son pueblo profético de Dios-, logrando escalar un puesto en política ya no son los mismos que antes... ¡Cuántas traiciones tenemos que lamentar! Aún, en el pudor de ciertas cartas que todavía conservan un dejo de amistad; me dicen: “usted comprende, yo no puedo pensar como usted porque si no me quitan el empleo, si no, no puedo tener esta ventaja que me han dado”. Asi tenemos una serie de subordinaciones como el profeta Amasías que pensaba que su gracia era ganarse el pan y pensaba que Amós iba también como un oficio. Pero se topó con el hombre independiente y libre: “Yo no trabajo por pan ni por dinero, yo vengo porque me ha enviado el Señor de Israel”.

-Por intereses políticos
Y luego, también, subordina a intereses políticos cuando él le dice esto: “No prediquen aqui, que es la casa de Dios, porque este es el santuario real, el templo del país. Aqui hay que hablar como el rey quiere”. Es la hora en que Amós se parece a Pedro: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. No podemos trabajar por quedar bien con los de arriba. Nuestra palabra en nombre de Dios tenemos que decirla denunciando tantas injusticias. ¡Hay tantas maneras de hacerse cómplice con las manos criminales! La Iglesia no puede complicarse con todo ésto, tiene que decir su palabra aún cuando caiga mal a aquellos que como en el caso de Amasías, tenían que hacer respetar más la voz de su rey que el mensaje de su Dios.

3. ¿CUAL ES NUESTRO MENSAJE PROFETICO?

Acuérdense que estoy tratando de hablar como miembro de un pueblo, de una diócesis, si bien es cierto que soy yo el obispo de la diócesis, pero yo no soy sólo el enviado con esta misión profética, es todo mi pueblo, son todos mis sacerdotes, son todos mis religiosos, los colegios católicos, son todos aquellos que forman la comunidad católica... Y en nombre de todos ustedes, queridos laicos que me escuchan y que reflexionan conmigo, les digo cual es nuestra misión profética. ¿Qué es lo que tenemos que predicar con nuestro testimonio y con nuestra palabra frente a un pueblo salvadoreño que necesita tanto esta luz cristiana? Ustedes y yo somos responsables de que este mensaje de Cristo llegue a todos.

Predicaban la converción. Primero, un aspecto negativo. Oyeron en el evangelio de hoy como Cristo los envió sobre los espíritus inmundos y dice: “Y se marcharon y predicaron la conversión, y echaban muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban”.

-liberación del pecado ¿Qué quiere decir ésto? Esto es el aspecto negativo de nuestro mensaje; el pecado.

-en sus orígenes: poder contra el demonio. Es una guerra a muerte contra el pecado; ese pecado tiene sus raíces en el demonio y tiene sus frutos.

-en sus efectos. Los fruto son: la enfermedad, la miseria, el analfabetismo, la desnutrición, la injusticia social, todo eso que vemos que brota, es lo que brota, es lo que echa de frutos este tronco que es el pecado enraizado en el infierno que es el diablo.

La ducha del pueblo profético es, pues, contra el pecado, contra el diablo y contra las consecuencias de todo esto; las liberaciones, también, de las esclavitudes de la tierra. Por eso, querer hablar únicamente de confesarse para no tener pecados uno, pero luego no luchar también contra la injusticia del ambiente no es ser verdadero pueblo de Dios. Es necesario que, junto con el esfuerzo por no tener yo pecados personales, trabaje también para arrancar los pecados sociales y de raíz, contra el poder del infierno y del demonio.

Los profetas del Antiguo Testamento, Juan Bautista y esta misión de los apóstoles no es la definitiva, sino una preparación; se detienen aquí, en el aspecto negativo, y por eso dice el evangelio que iban y echaban demonios y curaban enfermos; es decir, la promoción humana desde su raíz se las enseñaba ya, Jesucristo.

-Aspecto positivo: anunciar el reino (los bienes mesiánicos) “el kerigma”.
Según el evangelio de San Marcos, que es el evangelio de este año. Cristo se reserva para él, iniciar la parte positiva de este anuncio: “El Reino de Dios ha llegado a vosotros”. Esta es la parte positiva, no se trata sólo de arrancar el pecado y sus consecuencias, los egoísmos de la tierra. Sería una religión muy negativa si sólo hablara así; pero lo hermoso es que ese vacío que va a dejar el pecado y el infierno y las esclavitudes de la tierra, va a ser llenado por el Reino de Dios.

-Cristo mismo es el reino
Según San Pablo, el Reino de Dios no es distinto de Cristo. Cristo mismo es el Reino de Dios. El encarna el Reino de Dios. Predicar el Reino de Dios en el mundo es predicar que Cristo viene, como dijo el Papa en su primera homilía al ser consagrado Papa: “Abranle las puertas a Cristo, ustedes los políticos, ustedes los economistas, las universidades, la cultura. Sólo El tiene palabras de vida eterna”. Por eso andamos tan mal en El Salvador, porque queremos construir una civilización sin Cristo.

Es necesario, entonces, que abramos el pensamiento, el amor y la mente a la segunda lectura que hoy nos ofrece San Pablo como una síntesis del kerigma cristiano. Kerigma es una palabra rara que significa: proclamación, anuncio. Según los profetas del Antiguo Testamento, el kerigma era una fase definitiva que la traería el mismo Redentor. Y fue el mismo Redentor el que vino diciendo: “Ya se acerca el Reino de Dios ábranle las puertas, conviértanse”.

-Instaurar todas las cosas en Cristo
¿En qué consiste también el kerigma que Jesucristo predicó y que encargó a la Iglesia? He aquí, nosotros la Iglesia, encargados de llevar el kerigma a la sociedad, a nuestro hogar, a nuestras amistades, a nuestros ambientes. ¿Qué tenemos que predicar? Además de este repudio al pecado, en una bella frase de hoy lo comprende San Pablo: “Recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra”. San Pablo dice que a él se le ha revelado el misterio escondido en el profundo eterno de Dios. Ese misterio antes de los siglos es éste: recapitular todas las cosas del cielo y de la tierra en Cristo. Antes que existiera el cielo, la tierra, la historia, los hombres, Dios pensó en Cristo como llave del cielo, de la tierra y de la historia. Por eso, Cristo viene a ser recapitulación.

Buscando el origen de esta palabra, me encuentro que los griegos llamaban asi cuando se hace una suma; varias cifras se van sumando y el total, lo que nosotros llamamos total, esa es la recapitulación. Cristo viene a ser como el total. Cristo viene a ser como el resumen de todo cuanto existe. Cristo es la clave para entender al hombre y su historia. Cristo es la piedra última que se pone en el edificio, como aquellas piedras que coronan las arquerías góticas y que le dan consistencia a todo el edificio. Cristo es eso, Recapitulación de todo el universo.

-La liberación por su sangre
San Pablo lo presenta bajo diversos aspectos: por su sangre hemos recibido redención. No hay redención fuera de la sangre de Cristo. Si el hombre trabaja hoy por reivindicaciones ante una sociedad injusta, ante una política injusta y deshonesta, ante una podredumbre del mundo, los hombres sólo encontrarán la verdadera libertad, la verdadera redención en la sangre de nuestro Señor Jesucristo. ¡Sólo en su sangre! Por eso, venir  a misa el domingo es rendir honor a la sangre que es la única esperanza de nuestra redención.

Es liberación, palabra tan conflictiva en nuestros tiempos, pero que la Biblia la menciona. Liberación para Israel antiguo era haber salido de esclavitud de Egipto hacia la tierra prometida. Liberación, para nosotros los cristianos, es haber pagado Cristo con su sangre la deuda de nuestros pecados y sentirnos liberados del pecado.

-Filiación divina en Cristo
“Cristo, además de liberarnos del pecado nos ha hecho hijos de Dios”, dice San Pablo hoy. La filiación en Cristo es otro aspecto de nuestro kerigma, de nuestro anuncio del Reino de Dios. Todos los hombres están llamados a ser hijos de Dios, hermanos de Cristo, coherederos de su reino. Este es el llamamiento que nos entusiasma porque nos abre a perspectivas nuevas. No va a ser permanente en El Salvador que nos tengamos miedo unos hombres con otros. La verdadera libertad vendrá cuando todos nos sintamos hijos de Dios, fraternalmente unidos en la filiación que Cristo nos ha dado, cuando todos recemos con sinceridad el Padre Nuestro que está en el cielo.

-Incorporación en Cristo
Hay más todavía. Cristo no nos hizo hijos y se quedó aparte él, como quien firma un documento que actúa en su nombre, como el padre de familia que adopta un hijo firmando un documento pero él permanece distinto del hijo. Hay algo más grande que San Pablo llama hoy: la incorporación en Cristo. El cristiano no sólo es hijo de Dios sino que es miembro vivo de Cristo. Miembro, cuya cabeza es Cristo. Todos somos el organismo vivo. ¡Incorporémonos, para sentir as

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