El proyecto de Dios para salvar al pueblo


El proyecto de Dios para salvar al pueblo
HOMILIAS 1979 30° Domingo del Tiempo Ordinario
28 de octubre de 1979

Jeremías 31, 7-9
Hebreos 5, 1-6
Marcos 14, 46-52

Queridos hermanos:

-Ayuda de la Iglesia, cuarta carta pastoral
El ambiente nacional que rodea esta reflexión puede distorsionar nuestra atención. Yo les suplico que no olvidemos que, ante todo, es una reunión eclesial; que venimos a alimentarnos para crecer en la fe de la palabra de Dios. En  medio de la crisis del país he escrito mi cuarta carta pastoral y creo que esos conceptos son de mucha actualidad para un verdadero católico.

-Su propia identidad
El servicio que la Iglesia presta en este momento a los salvadoreños es, ante todo, su propia identidad: ser Iglesia. No es convirtiéndose ella en una fuerza o en una palabra política como va a prestar su ayuda, sería distorsionar su perspectiva, sería falsa su palabra. Ser ella misma, así como cuando una persona sincera lo primero que hace en cualquier situación, agradable o desagradable, es presentarse tal como es, no fingir.

Esto es lo hermoso de la Iglesia, la sinceridad del evangelio. En tiempos de bonanza o en tiempos de persecución, en ambigüedad es, en adversidades, ser ella misma. Yo encarezco, y esto es mi afán principal como pastor, que construyamos esta gran afirmación de la Iglesia que es el Reino de Dios, de tal manera que Ella no busca pelear con nadie ni halagar a nadie, sino ser ella misma. Estarán bien con ellas los que como ella propugnen el Reino de Dios en la tierra, y chocarán con ella, los que se opongan al Reino de Dios en la tierra.

-Evangelización
Por eso, ella, siendo ella misma, se presenta con su gran tarea esencial: la evangelización. No es otra su tarea, evangelizar, llevar por el mundo el mandato de Cristo: “Id y evangelizad”.

-Orientación doctrinal
Claro que en discurso de los tiempos la palabra evangelizar ha ido recobrando amplitudes cada vez más amplias, más anchas, y asi en mi carta pastoral recojo aquellos aspectos de la evangelización que son oportunos y necesarios hoy: orientación doctrinal, denuncia del error y del pecado en función de la conversión, desenmascarar las idolatrías del pueblo y de la sociedad, promover la liberación integral del pueblo, urgir los cambios profundos que están a la base de todas nuestras violencias y malestares, acompañar al pueblo con sinceridad de Iglesia, al pueblo pobre y al pueblo dirigente, a todo el pueblo, para decirle su función como parte de ese pueblo y como instrumento de Dios para implantar su reino en la tierra.

-Juan Pablo II - Documento sobre Catequesis
Que oportuna me viene la noticia del Papa Juan Pablo II, que ha cumplido una promesa que ya días había anunciado de recoger entre la herencia de Pablo VI un documento que dejó inconcluso y que recogía toda la consulta episcopal del Sínodo de 1977, cuyo tema fue “la catequesis”. El Papa, Juan Pablo II recogiendo esa consulta que ya comenzaba a elaborar en un documento Pablo VI, le dá su estilo.

Dice al presentar este documento, que: “una fe firme es el don más valioso que la Iglesia puede ofrecer al mundo aturdido e inquieto de nuestra época”. Ni más ni menos ésto es lo que la Iglesia quiere ofrecer: el don valioso de la fe. Yo, como quisiera, hermanos, que en el corazón de todos los que estamos haciendo esta reflexión, tuviera efecto la oración que acabamos de elevar al Señor: ¡auméntanos, la fe, la esperanza y el amor!

Quien viniere al templo con otras intenciones, con curiosidades políticas o con otras tendencias noticiosas sólo por ser noticia, y dar algo alarmante, está perdiendo su tiempo. Yo no quiero dar otra cosa más que este don precioso de la fe y lo que les pido a ustedes es atención de fe, no atención simplemente humana, curiosa, mal intencionada, sino atención de fe; de tal manera que la palabra que Cristo le dice al cieguito del evangelio de hoy, pudiera decirla de cada uno de nosotros: “Tu fe te ha curado”, y ojalá esta fe se hiciera de carácter nacional para que esta pobre patria, ciega que va caminando a trompicones como los ciegos que van a tientas, recobrara la vista de la fe y el Señor le dijera: “tu fe te ha curado”.

-Invitar a construir la Iglesia
Pongamos esta medicina a la base de nuestros problemas comenzando por una fe personal, profunda; por la fe de nuestras familias, que no hay don más grande que se pueda ofrecer al mundo de hoy aturdido y confuso que una fe serena del hombre o de la mujer que sabe su origen, el sentido de su vida y hacia donde se encamina, prescindiendo del vaivén de la historia o colaborando, mejor dicho, pero con serenidad de fe, a las situaciones y coyunturas que se multiplican tan rápidamente en la hora actual. No vivamos de coyunturas, de impresiones, de emociones, de sicosis; vivamos de fe. Esta es mi primera invitación. Por eso, construyamos la Iglesia.

-No “la imagen”
Una preciosa carta que recibí hoy, me decía: “procure siempre mantener su predicación en servicio del evangelio, no le preocupe tanto la imagen”, no vivimos nosotros de cuidar una imagen. Vivimos de la sinceridad del evangelio el cual puede muchas veces presentarse como una imagen horrorosa como cuando dejaron solo a Jesucristo. La Iglesia, ya les he repetido mil veces, no está cuidando una imagen agradable a todos, sino decir la verdad aunque se quede sola…

-Riesgo de quedarse sólo
Será la figura de aquel beduino que yo recordaba cuando la muerte del Padre Navarro, que una caravana perdida en el desierto le pidió que la condujera. Sedientos veían el espejismo: “parece agua” y se lanzaban allá engañados. Y el beduino les decía: “No, es un engaño”, y seguian caminando y otra vez el espejismo… “no es agua, sigan por aquí”. Y tanto se enojaron que sacaron una pistola y mataron al pobre beduino, el conductor del desierto que con su mano tendida, ya muerto estaba diciéndoles todavía: “por aquí”. Es la mano de Cristo que muchos no soportan. Es la mano de la Iglesia que por el caminar tan confuso de este desierto nos va guiando; dejémonos guiar por ella. Que formidables vienen las lecturas de hoy para complementar, para ilustrar con palabra de Dios, este pensamiento que yo voy a sintetizar así como tema de la homilía.

EL PROYECTO DE DIOS PARA SALVAR AL PUEBLO

1º) El pueblo de Dios liberado en Cristo para ser liberador de todos los hombres.

2º) El pueblo como comunidad política.

3º) Relación entre el pueblo de Dios y el pueblo como comunidad política.

1o. EL PUEBLO DE DIOS LIBERADO EN CRISTO PARA SER LIBERADOR DE TODOS LOS HOMBRES

Podemos deslindar bien hoy, en este tema de esta reflexión, lo que muchos confunden cuando mencionan ese nombre tan sagrado: el pueblo, y cuando la Iglesia menciona el pueblo de Dios. Son dos realidades de las cuales no podemos juzgar sino tener en la mente el proyecto de Dios al hacer hombres, masa, pueblos, comunidades políticas; y al hacer en medio de esos pueblos y de esas masas y muchedumbres, su pueblo, el pueblo de Dios. ¿Qué diferencia hay? Hoy la lectura nos presenta la profecía del Antiguo Testamento que se realiza en Cristo y en su Iglesia. El pueblo de Dios liberado y liberador.

a) San Marcos está describiendo la cercanía de Cristo en su “subida” de Samaria o Jerusalén (Jericó)

San Marcos descubre a Cristo ahora -ya está terminando el Año Litúrgico; dentro de cuatro domingos será el domingo de Cristo Rey que corona todo el Año Litúrgico para comenzar ya con otro Evangelio-, pero el Evangelio que nos ha guiado este año, San Marcos, es de lo más significativo, porque no es el más largo es el más corto, porque todo su afán es presentar en la persona de Cristo la gran misión, su gran doctrina; no trae tantos discursos pero sí trata de identificar a Cristo como el Redentor, el Salvador.

Este domingo, ya una de las últimas lecturas, estamos llegando al relato de la pasión; ya va caminando con sus apóstoles hacia Jerusalén, está allí a las orillas de Jericó, donde le sale al encuentro un cieguito que le grita la gran palabra con que se calificaba en la Biblia a Jesús: “¡Jesús, hijo de David, ten piedad de mí!” El hijo de David era la expresión que, desde Natán el profeta, había dicho a David que en su descendencia iba a haber un vástago que iba a establecer su reino para siempre; en él serían salvados todos los pueblos. Por eso el hijo de David era señalado como el Mesías y así era Jesús, el hijo de David.

-Cristo: Salvador escatológico… dá vista a los ciegos… predica a los pobres Encuentra aquí en el cieguito la confesión maravillosa como un marco apropiado para ingresar ya a Jerusalén, presentarse como Mesías y sufrir en el Calvario la muerte que le trae la redención al mundo y la resurrección que le ofrece nueva vida. El hijo de David, el heredero de las promesas mesiánicas, el que de parte de Dios le trae una liberación al pueblo, en los labios de un ciego. ¡Qué elocuente! El ciego es la humanidad pidiendo al hijo de David: redención, luz para sus ojos. La figura profética que volverá la vista a los ciegos, y volverá el oído a los sordos, y resucitará a los muertos, y predicará a los pobres, es el que va allí platicando con el pobre, con los ciegos; curando no tanto por hacer prodigios, sino por hacer presente la gran promesa de que está ya el liberador entre nosotros.

b) El anunciado por los profetas… unido a la historia de Israel

La  primera lectura viene a aclarar este personaje, el hijo de David, y la fe que el ciego ha puesto en él. Nos trae un pasaje del profeta Jeremías que narra  el regreso del pueblo cautivo en  Babilonia  hacia Palestina nuevamente.

-Pueblo débil… probado… Dios es su fuerza
Hay alegría, es un pueblo no victorioso que retorna, sino salvado, débil. “En la muchedumbre -dice- vendrán ciegos y cojos, preñadas y paridas, la mujer en su estado de debilidad y el hombre en su estado de más impotencia”. Todo lo más débil, la humanidad necesita de la potencia de un redentor, pero viene alegre porque Dios viene a salvar a su pueblo. Ha salvado ya al pueblo.

-Pueblo, resto salvado
Pero hay una frase misteriosa en la lectura de hoy: “Ha salvado a su pueblo, ha salvado el resto de su pueblo”. El “resto” de Israel es toda una institución, pueblo predilecto de Dios, no le era siempre fiel, le traicionaba pero siempre quedaba un resto, un pequeño grupo. Cuando vino Cristo también fue un resto: María, José, los apóstoles. Un pequeño grupito frente a una muchedumbre que gritaba: “¡Crucifícalo, no es este el Mesías!” Era el resto en el cual Dios iba prolongando su promesa de salvación en Cristo.

-Confines de la tierra: sugerencia de universalismo
“Este pueblo -dice hoy la profecía de Jeremías- viene de los confines de la tierra”. Hay ya una alusión a la universalidad de la redención.

“Retorna, es la conversión, vuelve a Dios: el Señor es el que salva”.

Hay alegría, los que partieron en llanto, esclavos de unos vencedores, vuelven libres, perdonados; débiles sí, pero confiados en la potencia de Dios y a su paso el camino florece, por dondequiera que pasa este pueblo de Dios redimido va cantando alegría, va proclamando redención, va cantando la gran liberación. Y así en el desierto hay torrentes, y hay agua, y hay caminos llanos, hay un retorno fácil”. Esta es la descripción del pueblo de Dios.

c) La profecía del Viejo Testamento se realiza en Cristo y su Iglesia

La segunda lectura, donde la epístola a los Hebreos nos presenta a Cristo como sacerdote, medianero entre Dios y los hombres, nos está dando la clave de este pueblo de Dios. El fundador de este pueblo de Dios es Jesucristo que le ha dado sus características de profeta, sacerdote y rey. Toda esta reunión de católicos en la misa del domingo no es otra cosa que Cristo encarnado en la historia de hoy, en nosotros que somos la Iglesia de hoy, Cuerpo de Cristo en la historia.

-Figura del Sumo Sacerdote aplicada a Cristo
Hoy Cristo está ofreciendo al Padre el sacrificio por el perdón de los pecados por medio de nosotros en la misa dominical. El pueblo de Dios canta la redención, celebra la mediación sacerdotal de Cristo entre Dios y los hombres; promueve la gran liberación a partir del pecado. El rodeado de pecados, de debilidades pero unido a Cristo sacerdote, ofrece el Padre el sacrificio por los pecados del mundo.

Sintámonos en esta mañana responsables de todos los pecados de la patria, recojamos todas las cegueras de los fanatismos; recojamos toda la debilidad, todas las maldades que hay en nuestro pueblo para decirle a Dios en el sacrificio de la misa, en Cristo sacerdote en que se apoya nuestra fe: “Perdona Señora a este pueblo, devuélvele la vista. Ven Señor que te necesitamos para elevar del pueblo la gran oración hacia nuestro Padre Dios. Y esta promoción que arranca a los hombres del pecado, no se detiene solamente en libertades de lo económico, de lo político y de lo social. Esas grandes liberaciones son un término medio entre los dos grandes extremos de la gran liberación. La liberación que viene de liberarnos del pecado, pasa; también, liberándonos de los egoísmos humanos, de las represiones, de las opresiones, de los egoísmos, etc.

-Hasta la promoción de la filiación divina
Pero no se para allí. Cristo no sólo quiere que los hombres vivamos felices en la tierra, El ha traído una redención que va a la trascendencia hasta hacernos hijos de Dios y por eso dice la segunda lectura: “en él se cumple la profecía, tú eres mi hijo, será para tí un Padre y serás mi primogénito”. Bellas expresiones para ver a dónde está la meta de nuestro caminar cristiano como pueblo de Dios.

Hay una síntesis de todo lo que he dicho en el Concilio Vaticano II que tiene, precisamente, un capítulo sobre el pueblo de Dios. Leámoslo juntos hermanos porque me parece que si llegamos a comprender esta gran realidad: que somos el pueblo de Dios llamado para formar parte de una selección en el mundo, el resto de Israel, la minoría de la humanidad, los privilegiados de Dios, no seremos egoístas con tanto honor, sino que sabremos comprender para qué nos ha amado tanto el Señor, por qué nos ha hecho comprender su palabra, su evangelio. No es para encerrarlo en una piedad individualista, ni para vivir una religión de alienación del mundo, sino precisamente que Dios nos ha dado su luz como lo vamos a ver, para otros servicios. Pero tratemos de afianzar esta idea: ¡Somos pueblo de Dios!

-Pueblo de Dios
“En todo tiempo -dice el Concilio- y  en todo pueblo es grato a Dios quien le teme y practica la justicia. Sin embargo, fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente. Por ello eligió al pueblo de Israel como pueblo suyo, pactó con él una alianza y le instruyó gradualmente, revelándose así mismo y los designios de su voluntad a través de la historia de este pueblo, y santificándolo para sí, Pero todo ésto sucedio como preparación y figura de la alianza nueva y perfecta que había de pactarse en Cristo”.

Todo el Viejo Testamento es como un bosquejo de lo que va a ser la Iglesia. Israel, pueblo escogido entre toda las naciones para hacer un pacto con Dios, no es más que una figura de un pueblo consagrado a Dios. Cuando venga Cristo, las cosas van a cambiar pero en el Antiguo Testamento, Israel es la figura, la profecía de lo que tiene que ser la Iglesia formada por hombres de todas las naciones.

¿Cuál es esta Iglesia ya en Cristo? El Verbo hecho carne ha hecho para sí un pueblo: “Convocó judíos y gentiles que se unificaran no sólo según la carne sino en el Espíritu y constituyeran el nuevo pueblo de Dios.- Nosotros somos el nuevo Israel, el nuevo pueblo de Dios-. Pues quienes creen en Cristo, renacidos no de un germen corruptible, sino de uno incorruptible, mediante la palabra de Dios vivo… pasan a constituir un linaje escogido, un sacerdocio real, nación santa, pueblo de adquisición”. Esto somos nosotros. No por ser descendientes de Abraham no es un germen corruptible de carne y sangre sino por un germen espiritual, por la fe; nos hacemos hijos de Abraham por la fe y participamos de aquella dignidad de pueblo de Dios por el bautismo y por la fe.

“Este pueblo mesiánico -miren que características más bellas- tiene por cabeza a Cristo: “y teniendo ahora un hombre que está sobre todo nombre”, Cristo reina gloriosamente en los cielos. La condición de este pueblo es la dignidad y libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo. Tiene por ley el nuevo mandato de amar… Y en último lugar tiene, como fin, dilatar más y más el Reino de Dios, incoado por el mismo Dios en la tierra”. Esta es nuestra tarea: implantar el Reino de Dios a todo nuestro alrededor, somos el pueblo de Dios para llevar el Reino de Dios a todo el mundo.

Por eso este precioso texto del Concilio dice: “Este pueblo mesiánico, aunque no incluya a todos los hombres actualmente y con frecuencia parezca una grey pequeña, es, sin embargo, para todo el género humano, un germen segurísimos de unidad, de esperanza y de salvación”.

Saboreemos esta riqueza, nosotros que hemos tenido la dicha de creer en Cristo y estamos tratando de seguirlo, puede ser que seamos el grupo más pequeño en la humanidad, y cuando decía yo que la Iglesia está dispuesta a quedarse sola, nunca se quedará sola, aunque sea uno o dos cristianos estarán con Cristo que es el centro de la historia y por eso esos dos únicos que le pertenezcan sinceramente a Cristo; el pequeño grupo de los cristianos, aunque no sea el grupo mayor humano, es sin embargo un germen segurísimo de unidad, de esperanza y de salvación. Nosotros tenemos la liberación en nuestras manos. Nosotros tenemos la clave de la libertad, nosotros tenemos la verdadera solución de todos los problemas, sí de verdad fuéramos el pueblo de Dios dejándonos invadir de esta vida y de este espíritu del Señor.

Y termina el texto diciendo: “Caminando, pues, la Iglesia en medio de tentaciones y tribulaciones, se ve confortada con el poder de la gracia de Dios, que le ha sido prometida para que no desfallezca de la fidelidad que le ha prometido al Señor”. Y Dios formó este cuerpo y Cristo se vale de él para llevar su redención a todos los hombres.

Queridos hermanos, era necesario tener este concepto cuando las lecturas de hoy ponen un límite entre el pueblo en general y el pueblo de Dios como resto de Israel salvado, que regresa con la bendición y la gracia del perdón, alegría, esperanza, unidad de todos los hombres. Este es el afán de la Iglesia en su pastoral, hacer que la gente comprenda que esto es lo único necesario, hacer el pueblo de Dios. Ahora bien, desde allí, como núcleo de salvación, como germen de unidad y de esperanza, Cristo se vale de este pueblo para llevar la redención a todo el pueblo y a todos los pueblos. Aquí vamos a distinguir entonces la diferencia entre el pueblo de Dios y el pueblo en general o como llaman también, comunidad política , sociedad civil. No confundamos ¿Qué cosa es?, ¿de dónde nace la comunidad del pueblo?

En el evangelio de hoy hay un rasgo que no lo debemos perder de vista. Aquel ciego pertenecía al pueblo judío, tenía su patria como todo hombre tiene su patria, pero cuando Dios le dio la vista, también le dio la fe en el corazón, nos dice el evangelio, y siguió a Jesús. Un seguidor de Jesús, un judío, que sin dejar de ser judío, se hace un cristiano, un miembro del pueblo de Dios, miembro del pueblo civil y miembro del pueblo de Dios.

También cuando la primera lectura de hoy le canta al pueblo de Israel y le dice “el mejor de los pueblos”, no es un complejo de superioridad judía, sino que es la gran distinción que quiere hacer el profeta. Todos los pueblos son comunidades políticas humanas, pero este pueblo lo ha escogido Dios y está como a la cabeza porque en él quiere Dios expresar su designio de salvación para todos los demás pueblos cuando venga el liberador universal.

Cuando distingue también Jeremías, el pueblo y el “resto”, sólo en Israel se dá esta distinción porque como pueblo político, todos los judíos pertenecían a él, todos los descendientes de Abraham; pero como pueblo de salvación, sólo los que recibían esa esperanza y la vivían en su corazón. No todos los hijos de Abraham tienen fe y por eso decía Cristo: “No se gloríen de llamarse hijos de Abraham porque Dios es poderoso para hacer hasta de las piedras, hijos de Abraham”. Y Abraham y todos sus hijos si no es por su fe en Jesucristo que ha de venir, de nada le aprovecharía esta descendencia de la sangre y de la carne el germen corruptible.

De nada nos sirve llamarnos salvadoreños y tener por patrono al Divino Salvador si en el corazón del hombre no hay fe en ese Divino Salvador. Eres salvadoreño pero no eres un seguidor del Divino Salvador. Eres salvadoreño pero no eres cristiano, esta es la gran diferencia. Si llamáramos a los salvadoreños como “resto”, sólo a los que se santifican en esta vida del pueblo de Dios, verdaderamente sería una minoría, pero en esa minoría está el germen de la salvación de todo el pueblo.

La segunda lectura, cuando Pablo dice: El sacerdote es tomado de los hombres para interceder por los hombres ante Dios”, nos está hablando también de la inmensa masa humana. Hay un pueblo sacerdotal, es el pueblo de Dios que intercede por todo el pueblo; tiene que interceder, ésta es su función sacerdotal. Y cuando dice la profecía: “Os congregaré de todos los confines de la tierra”, nos está diciendo que todos los países del mundo pueden también aportar sus restos de fe a esta gran Iglesia que gracias a Dios está  extendida por todos  los continentes y todos los pueblos, pero no son todos los pueblos que se le han sometido a  su reinado de Dios, Hay mucha incredulidad, muchos ateísmo, mucha indiferencia, y aquí mismo entre nosotros notamos que pocos son verdaderamente el “resto” que sigue como germen de salvación al verdadero Señor.

2o. EL PUEBLO COMO COMUNIDAD POLITICA

Que es la comunidad política? Hermanos, a mi me interesa mucho que después de haber estudiado que es el pueblo de Dios, como “resto” y selección del pueblo político, comprendamos ahora que es pues, el pueblo como entidad política. Y así sabremos comprender también ese calificativo tan ambiguo para muchos que no se puede hablar de Derechos Humanos, de bien común, si ya le está diciendo… “La Iglesia ya se metió a política”. No, es que la Iglesia como germen de salvación tiene que salvar lo humano de todo el pueblo político. Si me meto a enfocar las realidades políticas, sociales, económicas, es precisamente como pueblo de Dios encargado de llevar su iluminación a las realidades de la tierra.

-Naturaleza y fin de la comunidad política.
Esta realidad de la tierra que se llama la comunidad política, nos la presenta también el Concilio de nuestro tiempo con rasgos bien útiles para tener en cuenta hoy más que nunca.

“Es de suma importancia -dice el Concilio- sobre todo allí donde existe una sociedad pluralística” -y que sociedad más pluralística que la salvadoreña, donde hay partidos cristianos, y hay partidos comunistas, y hay Bloques, y hay FAPU, y hay diversas maneras de pensar; esto es lo que se llama el pluralismo. Cuando un pueblo es pluralista es bueno que los cristianos sepan que es ese pueblo- “tener un recto concepto de las relaciones entre la comunidad política y la Iglesia” -que es el pueblo de Dios- “y distinguir” -esto es bien importante- “netamente entre la acción que los cristianos, aislada o asociadamente llevan a cabo a título personal, como ciudadanos de acuerdo con su conciencia cristiana, y la acción que realizan en nombre de la Iglesia en comunión con sus pastores”. (GS,76)

Expliquémonos, es necesario distinguir -dice el concilio- un cristiano que se santifica en el “resto” del pueblo de Dios, y como salvadoreño que es y siente la necesidad de su compromiso por trabajar también por las resoluciones de  los problemas políticos. Tiene que ir a trabajar, pero tiene que distinguir dos cosas: lo que tiene que realizar como cristiano -pero  personalmente, bajo su responsabilidad, allá en el cargo político, en la organización política, en el grupo, en el ministerio, en la presidencia, allá va como cristiano pero bajo su sola responsabilidad-. Y otra cosa es cuando ese cristiano actúa como un miembro de este pueblo de Dios, en comunión con su pastor, que puede decir: “en nombre de mi obispo yo hago ésto, hago ésto como Iglesia”. Esta distinción es necesaria hoy más que nunca, porque no hay que andar manipulando el nombre cristiano en unas acciones que son de la responsabilidad del hombre o del grupo.

Fue el afán de mi tercera carta pastoral distinguir entre la comunidad cristiana donde se cultiva la fe, donde se crece en la virtud cristiana; y la organización política, donde un cristiano de esta comunidad puede ir a desempeñarse y llevar -como dice aquí el Concilio- germen de cristianismo. Que no se deje manipular, que no todas las consignas que dá el Bloque o el FAPU las obedezca ciegamente. Si es un cristiano, tenga su criterio cristiano y sepa decir no, cuando hay que decir no, pero no ser un borrego en la marcha de todos los que van siguiendo lo que como cristiano no se puede hacer. El hombre es responsable de su opción personal; pero si es cristiano tiene que salvar su fe, ser fermento en la masa. Ahora, cuando este cristiano está en la comunidad leyendo la Biblia, recibiendo un sacramento, comulgando, confesándose, o llevando una misión catequística, celebrador de la palabra, va en comunión con el pastor. Entonces no puede vivir su opción política y usar aquella reunión cristiana para ganar adeptos a su partido político, tiene que distinguir netamente las dos cosas.

Hoy más que nunca -repito- es necesario tener bien claro el concepto de comunidad Iglesia y comunidad política. Y el hombre que pertenece a los dos sectores, saber qué tiene que hacer en uno como individuo, ciudadano de inspiración cristiana, y que en otro mundo que es su comunidad como hombre de fe que tiene que alimentar allí también precisamente sus compromisos.

Después de ésto, dice, ¿cuál es la relación, que es la comunidad política? Y explica: la Iglesia, la comunidad política, es cuando el Concilio nos explica la naturaleza de pueblo. Téngalo muy en cuenta, hermanos, porque se abusa mucho de pueblo, cualquier organización se siente expresión del pueblo. ¡Respetemos!, es expresión de un grupo del pueblo, no del pueblo. El pueblo es mucho más amplio que una organización política, puede coincidir en sus aspiraciones con otro grupo que piensa distinto, y hasta con la Iglesia que también defiende los derechos humanos pero como estrategia y como modo propio de su entidad política, no puede arrogarse la representación del pueblo.

¿Qué es un pueblo? Dice el Concilio: “Los hombres, las familias y los diversos grupos que constituyen la comunidad civil, son conscientes de su propia insuficiencia para lograr una vida plenamente humana y perciben la necesidad de una comunidad más amplia, en la cual todos conjuguen a diario sus energías en orden a una mejor procuración del bien común. Por ello forman comunidad política según tipos institucionales varios”. (GS 74) Cuando la Biblia nos habla de los hombres en general como Dios los va organizando en pueblos, y cada pueblo tiene su índole propia, hasta su lenguaje, su sistema político; esta variedad, pues, Dios la quiere así como quiere la variedad de nuestros rostros, de nuestro modo de ser, somos tan diversos, así los pueblos también.

“La comunidad política nace pues, para buscar el bien común, en el que encuentra su justificación plena y su sentido y del que deriva su legitimidad primigenia y propia”. (GS, 74).

¿Qué es el bien común? Son conceptos que hay que tenerlos bien claros ahora. “El bien común abarca el conjunto de aquellas condiciones de vida social con las cuales los hombres, las familias y las sociedades pueden lograr con mayor plenitud y facilidad su propia perfección”. (GS, 74). Este es el bien común. Es un conjunto de condiciones de vida social en que los salvadoreños, los grupos salvadoreños, las familias salvadoreñas encuentra un apoyo para llegar a realizarse, para ser felices, para ser más perfectos. ¡A qué meta más grande llama el Señor a los pueblos! El pueblo es el conjunto de familias y de hombres que conspiran a un conjunto de situaciones en que todos puedan disfrutar, desarrollarse y ser todos, cada grupo, como individuo, más felices, más desarrollados.

-Autoridad pública
Ahora viene una cosa también de mucha trascendencia: “Son muchos y diferentes los hombres que se encuentran en una comunidad política, y pueden con todo derecho inclinarse hacia soluciones diferentes. A fin de que, por la pluralidad de pareceres, no parezca la comunidad  política, es indispensable una autoridad que dirija la acción de todos hacia el bien común no mecánica o despóticamente, sino obrando principalmente como una fuerza moral, que se basa en la libertad y en el sentido de responsabilidad de cada uno”. (GS, 74).

Entonces tenemos una verdadera comunidad política, cuando tenemos diversidad de opiniones; que haya muchos partidos, muchas organizaciones, ¡bendito sea Dios! Que haya muchos modos de pensar; pero eso sí: respetémonos unos con otros y que haya una autoridad que no es forma represiva quiere que todos piensen de un modo, sino que respetando los diversos modos de pensar, haga conspirar a todos, respetándoles su libertad, hacia el bien que todos debemos de buscar. Porque cuando un grupo ya no busca ese bien común sino sus ventajas particulares, ya propiamente está deshaciendo en vez de construir. En cambio, cuando por más diferentes y opuestos sean los sistemas, pero todos conspiran generosamente hacia el bien común, según sus maneras de concebir las cosas, la autoridad, pues, se encuentra en la misma libertad que concede a todos, el estímulo para que entre todos encontremos esas soluciones que redunden en bien de la libertad de todos.

“Es, pues, evidente que la comunidad política y la autoridad pública, se fundan en la naturaleza humana, y, por lo mismo, pertenecen al orden previsto por Dios, aún cuando la determinación del régimen político y la designación de los gobernantes se dejen a la libre designación de los ciudadanos”. (GS. 74) A la base pues de nuestra patria y de todos los pueblos está un querer de Dios. Dios quiere la patria, Dios quiere la diversidad en la patria, y Dios quiere la autoridad en la patria y quiere el bien común que es el objetivo de la patria. Esto es pueblo.

Por eso, queridos hermanos, ahora decimos que en las lecturas de hoy queremos iluminar esta gran realidad de la comunidad pueblo de Dios y de la comunidad política, la comunidad del pueblo, notamos que hay muchas diferencias y que no podemos confundir a la Iglesia con lo político eso sí, pero que la Iglesia desde su perspectiva evangélica de buscar el Reino de Dios, ilumina, le dá energías, le dá la fuerza moral a la autoridad y al pueblo, defiende los derechos humanos, trabaja por el bien común, denuncia los pecados de egoísmo, quita todos los estorbos que deshacen a la comunidad política.

3o. RELACION ENTRE EL PUEBLO DE DIOS Y EL PUEBLO COMO COMUNIDAD POLITICA

Relación entre el pueblo de Dios: la Iglesia y el pueblo como comunidad política: el Estado, la sociedad civil, la república o como lo quieran llamar; todo eso se llama comunidad política. Lastimosamente no siempre está organizada y hoy vivimos un momento de crisis de nuestro pueblo, donde se está buscando una nueva forma de vida que salga de los moldes tan vergonzosos en que hemos vivido para hacer de verdad una nueva sociedad, un nuevo pueblo.

No le toca a la Iglesia construirlo, sino a ustedes, ustedes los civiles; ustedes los que viven en el mundo tienen que aprender a pensar con autonomía y con criterio y si son verdaderamente criterios cristianos como los viven en la comunidad Iglesia, traten queridos hermanos -profesionales, políticos, hombres del campo, obreros, partidos políticos, organizaciones políticas- traten de desarrollar todo ésto en el ve

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