La esperanza cristiana clave y fuerza de nuestra verdadera liberación


La esperanza cristiana clave y fuerza de nuestra verdadera liberación
HOMILIAS 1979 33o Domingo del Tiempo Ordinario
18 de Noviembre de 1979

Daniel 12, 1-3
Hebreos 10, 11-14-18
Marcos 13, 24-32

Palabras del pastor Dr. Jorge Lara-Braud

Muy amados hermanos en el Señor:

Soy Jorge Lara-Braud de origen mexicano, nacionalizado estadounidense, como ya se ha explicado, teólogo de la Iglesia Presbiteriana. Soy también el director de la Comisión de Estudios Teológicos para la Promoción de la Unidad Cristiana en el Consejo Nacional de Iglesias de Cristo de los Estados Unidos de Norteamérica.

Este consejo agrupa a 32 organismos eclesiásticos nacionales de origen ortodoxo, anglicano y protestante. Este consejo representa también a 42 millones de cristianos estadounidenses que en los últimos años, estimulados por el Concilio Vaticano II, especialmente por el Decreto sobre el Ecumenismo, han venido cultivando  relaciones íntimas con la Iglesia Católica en todos ámbitos de la experiencia nacional de los Estados Unidos de Norteamérica y en los continentes de Latinoamérica, Africa y Asia.

En la reunión plenaria que se celebraba el día 8 de noviembre, es decir, hace unos cuantos días, algunos de ustedes saben que ya teníamos invitado a su pastor, Monseñor Oscar Arnulfo Romero, para que él nos dirigiese su palabra pastoral, reunidos nosotros en la ciudad de Nueva York en la Asamblea Plenaria del Consejo Nacional de Iglesia. Yo tuve en suerte ser el director del comité que hizo los preparativos para recibir jubilosamente al pastor más querido de todo el pueblo hispano, a este pastor...

Alrededor de esa visita que esperábamos de Monseñor Romero, este comité que yo presidí también hizo arreglos para otras reuniones importantes, no queríamos ser egoístas, queríamos compartir a su pastor. Es por ello que fue toda una semana dedicada a El Salvador, dedicada es la visita de Monseñor y dedicada a recordar a la Iglesia fiel y valerosa que es  la Iglesia Católica de este país... Me dió muchísimo gusto y me siento muy agradecido ya, porque se le haya concedido el privilegio a Marta Benavides, la señorita que leyó la epístola, porque ella fue del Comité de seis que hicimos estos preparativos, la que más trabajó, la más persistente, la que no desmayó cuando nos encontrábamos con un obstáculo o con otro, ella se  mantuvo firme y ella es cristiana salvadoreña...

Si me permite, Monseñor, yo quisiera abusar un poquito del tiempo y darles una idea a mis hermanos aquí, qué era lo que le habíamos preparado a usted y por qué su ausencia resultó todavía más impresionante que su propia presencia.

Esa semana comenzó con un culto que se celebró en la Iglesia más grande de la zona metropolitana de Nueva York, de las iglesias protestantes evangélicas, se llama la Iglesia de Riverside, a donde asisten aproximadamente tres mil personas para el oficio dominical. Y en esta ocasión se le dedicó el oficio a recordar a la Iglesia, la Iglesia en lucha, la Iglesia en peregrinaje en Latinoamérica.

Me pidieron que yo fuera intérprete de esta lucha de la Iglesia en Latinoamérica. Y ¿saben ustedes por qué? Porque ellos sabían que yo he estado con ustedes en momentos muy críticos. La primera vez en junio de 1977, después del infame asesinato de Rutilio Grande y Alfonso Navarro. Venimos en esa ocasión, un compañero y yo, a expresarle las más profundas condolencias a la Iglesia sufrida de El Salvador y a ofrecernos en un acto de solidaridad ecuménica, de respaldo, a Monseñor Oscar A. Romero.

Posteriormente regresé en enero de este año, invitado por él, para una semana de liturgias ecuménicas en ocasión de la Semana de Oración pro-Unidad Cristiana. El día en que yo llegué, fue el día 19 de enero, y ustedes se acuerdan lo que pasó el día 19 de enero, la masacre de El Despertar. Monseñor tuvo la generosidad de permitirme dirigir unas palabras a ustedes, desde la Catedral, desde la escalinata de la Catedral, ustedes, la muchedumbre de más de 25.000 gentes que se agrupó para esa misa de resurrección. Es por ello que la Iglesia de Riverside me pidió que yo hablara sobre la lucha por ser fieles al evangelio en Latinoamérica.

Ya se imaginarán ustedes que la ilustración que yo escogí para darle a comprender al pueblo estadounidense el por qué de esa lucha, fue la ilustración tomada de la lucha de esta Iglesia por ser fiel al evangelio en medio de la más sistemática y brutal persecución contra ella, pero una Iglesia que ha salido adelante...

En ese domingo, por ser Domingo de Todos los Santos, como se tiene acostumbrado en esa Iglesia de Riverside, se leen los nombres de los difuntos de esa congregación que han fallecido en los últimos doce meses. Se fueron leyendo nombres, tras nombres, tras nombres, de sus propios difuntos pero al terminar la lista de esos difuntos, se leyeron estos nombres también, por orden alfabético: Padre Ernesto Barrera, Padre Rutilio Grande, Padre Alirio Napoleón Macías, Padre Alfonso Navarro, Padre Octavio Ortiz, Padre Rafael Palacios...

Dos días después, en San Patricio, en la catedral católica de la Arquidiócesis de Nueva York, nos congregamos 1.800 personas para escuchar a Monseñor. Fue allí, donde ya empezamos a explicar el por qué de la cancelación de última hora del viaje de Monseñor.

Si bien es cierto que se entristeció el pueblo -particularmente los 700, más o menos, salvadoreños, en una muchedumbre de 1.800 gentes en esa catedral-, al explicarles el porqué de la razón de la ausencia de Monseñor, la gente comenzó a aplaudir. ¿Saben ustedes por qué? Porque la explicación que dimos fue esta: “Este hombre, por encima de todas las otras cosas que le podamos dar o rendir como tributo, por encima de todas las esas cosas, es algo, primordialmente, es pastor y, por lo tanto, ante el momento crítico por el que pasa su grey, era necesario que él se quedara con su rebaño y que nosotros sencillamente tuviéramos la satisfacción de poder reunirnos en intercesión con el pueblo salvadoreño en el exilio y con los otros hispanos en esa catedral. Y poder oír la voz de Monseñor, gracias a una grabación que habíamos hecho por larga distancia.

Cuando esa grabación se dió, la gente prorrumpió en aplausos, como ustedes ya lo hacen tan simpáticamente, cosa que es muy rara en las iglesias católicas o en las iglesias protestantes de Estados Unidos.

Fue en esa ocasión en donde el Consejo Nacional de Iglesias ya había adoptado en su reunión plenaria este mensaje que me han pedido, a nombre de estos 42 millones de cristianos de Estados Unidos, presentarle directamente a Monseñor. Voy a leer la versión castellana que adoptó en esa ocasión y que la leímos en San Patricio y la leímos también en la reunión plenaria del Consejo Nacional de Iglesias.

“Su Excelencia, Arzobispo Oscar A. Romero, San Salvador, El Salvador: Amado hermano en Cristo: Habíamos esperado el gozo de recibirlo y escucharlo durante la reunión de la Junta Directiva del Consejo Nacional de Iglesias de Cristo de los Estados Unidos, celebrada en Nueva York los días del 8 al 10 de noviembre de 1979.

Lamentamos profundamente, Monseñor, la cancelación de su visita en el último momento. Pero más lo admiramos, Monseñor, por su decisión de permanecer entre su pueblo en una hora crítica, cuando sus dones de pastor y pacificador son más necesarios que nunca.

La Junta Directiva del Consejo Nacional de Iglesias está al tanto del extraordinario valor que usted y su pueblo han demostrado en defensa de los pobres y de las organizaciones populares, como concreta traducción del evangelio de paz y justicia.

Ningún sector de la comunidad cristiana en América Latina, ha sufrido una persecución más sistemática que su Iglesia por más de dos años y medio, por la dictadura que fue derrotada el 15 de octubre de 1979.

Monseñor, son muchos mártires, no han sufrido ni han muerto en vano, Creemos que ellos le han ganado a su Iglesia el derecho de exigirles, a los nuevos mandatarios, medidas compatibles con una nueva sociedad donde tiene la justicia, y la dignidad de todos sea respetada...

-Y sigue el mensaje-
Monseñor, estamos también sumamente agradecidos por la inspiración de ese testimonio de su Iglesia para nosotros, que somos sus hermanos y hermanas cristianos en los Estados Unidos. Y por vía de gratitud- ésto es lo más importante del mensaje-, Monseñor, nos comprometemos con ustedes a que este Consejo Nacional de Iglesias redoblará su vigilancia, de tal modo que no se utilice otra vez el poderío de nuestra nación para apoyar a regímenes dictatoriales; sino, por el contrario, a gobiernos que respeten derechos humanos básicos...

Sabemos que comprometernos con ustedes de esta manera, de redoblar nuestra vigilancia, no es fácil, es un verdadero compromiso. Pero el ejemplo personal de ustedes, Monseñor, y de su Iglesia, nos anima. Ustedes nos han demostrado con su sufrimiento que aún bajo una brutal persecución la Iglesia puede vivir con la confianza de que el Reino de Dios prevalecerá sobre el pecado, la muerte y el mal.

En espíritu de solidaridad cristiana, seguiremos informándonos de los acontecimientos críticos de su país, y seguiremos suplicando a Dios, Monseñor, que lo bendiga a usted, y a su Iglesia en sus continuos esfuerzos de realizar un día nuevo de paz y justicia para El Salvador...”

Monseñor, por lo tanto, quiero entregar personalmente a usted, este mensaje de sus hermanos, que sin conocerlo, ya lo conocen; y que sin haberlo visto, ya lo aman, como también aman a su querida Iglesia. Y para simbolizar lo que usted simboliza también para nosotros, que es un predicador auténtico de las buenas nuevas del evangelio, me han pedido que le traiga este regalo, que probablemente usted lo va a donar al seminario, porque es un excelente libro para los que se preparan para ser sacerdotes. Esta es una concordancia analítica del Nuevo Testamento hacha con una computadora por un comité que se tardó quince años para poderle sacar hasta el último minucioso detalle, el vocabulario del Nuevo Testamento, para ayudarnos a predicar la buena nueva del evangelio y viene con el nombre de “Oscar A. Romero”.

Monseñor, cuánto le agradezco que me haya permitido a mí esta fiesta espiritual, y he estado yendo de una fiesta espiritual a otra. Pero esta es la mayor. Y gracias a esa invitación que le hicimos, gracias por no haber ido: ¡gracias por haberse quedado con su pueblo!...

Palabras de Monseñor Oscar A. Romero

Estimado mensajero del cariño cristiano de millones de hermanos nuestros: Reciba, con estos aplausos de nuestro querido pueblo, el agradecimiento y la admiración por este gesto de fraternidad ecuménica. Quiero que a su regreso exprese simplemente lo que ha visto y oído, y lleve el testimonio de que con este pueblo no cuesta ser un buen pastor. Es un pueblo que empuja a su servicio a quienes hemos sido llamados para defender sus derechos y para ser su voz. Por eso, más que un servicio que ha merecido elogios tan generosos, significa para mí un deber que me llena de profunda satisfacción.

Al agradecer a usted y a todos los organizadores de esta visita que no pude realizar, quiero decirles, también, que nuestra Iglesia acepta un compromiso en respuesta a ese de ustedes: de orar por nosotros y de vigilar para que a medida de la fuerza cristiana, ese gran poder del norte, sea un apoyo a nuestros auténticos derechos humanos. Nosotros también, como pueblo y como Iglesia, queremos seguir- y con este impulso con más entusiasmo- ese caminar sobre los senderos que Cristo nos trazó de la dignidad, y de la libertad, y de los derechos de nuestro hombre salvadoreño.

-Sentido ecuménico de esta celebración
Queridos hermanos, ha llamado el doctor a esta celebración: una fiesta. Y es de verdad, pero démosle esa característica propia que del Concilio Vaticano II arranca, con el hombre de ecumenismo. No es una palabra que el Concilio inventó. Ya era un esfuerzo mutuo de católicos y no católicos por esta unidad; pero, sin duda, que el Concilio le dá un gran impulso.

-Sin traicionar nuestra confesión cristiana
Nadie debe extrañarse de este consorcio sincero, respetuoso de la Iglesia Católica con sus brazos abiertos hacia los brazos abiertos, también, de otras confesiones que no son católicas. Porque la Iglesia lo ha dicho con franqueza cristiana: no traicionará su propia confesión católica en toda su integridad; pero, sí, respetará las confesiones que por designios de Dios no comparten con nosotros toda la plenitud de nuestra vida cristiana como el catolicismo la concibe.

-Mutuo respeto
Mutuo respeto que significa respetar la profesión por conciencia y por estudios de nuestros hermanos. Hemos escuchado nada menos que a un teólogo y, sin duda, que su convicción merece todo nuestro respetó; así como, también, queremos advertir contra el peligro de aquellas que no se pueden llamar profesiones sinceras cuando van mezcladas de fanatismo, de conveniencias, de resentimientos, como lamentablemente alimentan la profesión de muchos de nuestros hermanos salvadoreños no católicos y también católicos.

-Profesión por conciencia y estudio
Que nuestra profesión de fe se alimente de una sinceridad y de una búsqueda en el estudio. Que estemos todos convencidos de que de verdad vamos buscando a través de la sagrada palabra de Dios, el conocimiento del Dios verdadero. Y cuando haya esa sinceridad, sin mezcla de pecado, sin desunión voluntaria, entonces Dios tiene que bendecir y el Concilio proclama que estamos viviendo una verdadera espiritualidad cristiana que es el ecumenismo.

-Las lecturas de hoy alimentan, precisamente, una esperanza común entre católicos y protestantes.

Más aún, podrían estar con nosotros esta mañana también, los que ni creen en Cristo, sino en su religión judía. Porque la primera lectura que es del Viejo Testamento, también orienta hacia el tema que va a ser el motivo de nuestras reflexiones.

Más aún, ni siquiera se necesita creer en Dios para que en la lectura de hoy, que nosotros sabemos que es palabra de Dios, encontremos un llamamiento a la buena voluntad de los hombres que el Concilio llama también, aún en aquellos sectores que no son cristianos, lo que los teólogos llamaron “las semillas del verbo;” como rayos dispersos de la revelación divina, del Espíritu de Dios que también aletea en el corazón del ateo, en el corazón del no creyente. Dios es su autor y hay, sin duda, unos rayitos de Dios en todo hombre, aún cuando él no reconozca ni siquiera la existencia de Dios.

-La esperanza: virtud más necesaria en nuestra situación nacional
Se siente en el palpitar de la voluntad del hombre el anhelo al que se refieren las lecturas de hoy. El anhelo que se llama “la esperanza”. Virtud ahora en nuestro país, en nuestra situación tan difícil, en que muchos pierden el optimismo, la alegría de esperar. La palabra del Señor, respondiendo a la buena voluntad de los hombres, nos dice que debemos de alimentar la esperanza.

-Marco Litúrgico: fin del año litúrgico
Para comprender mejor este mensaje de esperanza- en este día, domingo 33º del año litúrgico católico, estamos ya al final del año- el marco litúrgico nos habla de un fin de año. El próximo domingo que propiamente es el último domingo se le consagra a Cristo Rey, corona de toda nuestra reflexión litúrgica. Pero hoy es como quien asiste a un fin de año; y desde ese fin de año, en vez de ver que las cosas terminan, el fluctuar de las cosas y del tiempo, nos eleva a la gran esperanza cristiana en todas las vicisitudes de la vida. Por eso, yo titularía la homilía de esta mañana así:

LA ESPERANZA CRISTIANA, CLAVE Y FUERZA
DE NUESTRA VERDADERA LIBERACION

Porque en la esperanza de los cristianos, hay tres grandes convicciones.

1a.) La meta de nuestra esperanza: el Reino de Dios

2a.) La fuerza de nuestra esperanza: la liberación en Cristo

3a.) Actitud de los hombres que tienen esperanza. (Que a esa meta y a esa fuerza dinámica, responde en el cristiano de convicción, actitudes que lo hacen ser agente valeroso de la liberación de los pueblos)

1. LA META DE NUESTRA ESPERANZA:
EL REINO DE DIOS

a) Descripción de la tensión de los cristianos: esperanza, virtud teologal que pone en Dios la confianza.

El evangelio recoge una preocupación que había en los cristianos, cuando Cristo ya padeció y resucitó y el anuncio de un reino lo sentían tan cercano, que para muchos constituia una tentación: esperarlo ya próximo. Pero Cristo les había dicho que ni el Hijo sabía la hora ni el momento. Y fue trabajo de los pastores de los primeros años del cristianismo decir que esa cercanía era para mantener en los cristianos, una tensión. Esta es la fe cristiana. Una tensión que se llama esperanza. Esperar al Cristo que ha prometido que volverá. En nuestra misa lo estamos repitiendo: “Ven, Señor Jesús”. El pueblo cristiano camina animado por una esperanza hacia un Reino de Dios.

-San Marcos: Discurso escatológico: el templo y Jerusalén- Signos del Reino de Dios que se destruye para dar paso a lo definitivo

El marco de este pasaje del evangelio que se ha leído hoy, lo pone el evangelio de San Marcos a los últimos días de la vida de Cristo. Cuando del templo iba a Betania, donde le había dado hospitalidad cariñosa, salía admirando la construcción del templo de Jerusalén, y en un atardecer- debió ser- cuando el sol chocaba contra aquella montaña de mármoles, era el famoso templo que parecía eterno, símbolo de una alianza entre Dios y el pueblo judío indestructible; oír que Cristo le dice a los apóstoles admirados ante aquella maravilla de construcción: “Les digo que de ese templo no quedará piedra sobre piedra”. Y los apóstoles preguntan consternados: “¿Cuándo será eso, Señor?”. Y en respuesta a esa pregunta de Cristo, comienza el famoso discurso escatológico. Así se llama ese pasaje, uno de los discursos más largos de Cristo que conserva el evangelio. El discurso escatológico, el de las postrimerías, el de lo último, que eso quiere decir escatológico; lo último, lo definitivo.

Cristo mira en el templo la figura del símbolo de la historia de Israel, un pueblo al que Dios ha prometido inconmovible eternidad. Y ahora que Cristo dice que de ese templo no quedará piedra sobre piedra, es que no se refiere la profecía al símbolo. Cristo se refiere al templo que no va a merecer esa inmortalidad, precisamente porque será el símbolo también de la traición del pueblo a su Dios.

Treinta años después de que Cristo pronunció estas palabras, los ejércitos del Imperio Romano para someter una insurrección de los judíos destruyeron el templo y toda Jerusalén, y hasta  metieron arado para que no quedara piedra sobre piedra.

-El cielo y la tierra pasarán... Mi palabra no pasará
Y de esta destrucción del templo, Jesús se remonta a la destrucción del universo. Tampoco el universo es definitivo, ni el sol, ni la luna, ni las estrellas, ellos también se apagarán. También pasará todo, el cielo y la tierra pasarán, sólo hay una cosa que no pasará: “Mi palabra no pasará”.

Cristo habla aquí, pues, de una destrucción universal. El evangelio recoge en lenguaje apocalíptico, aquel estilo que gustaba mucho a los autores de la Biblia, de describir una realidad sencilla, a veces, con contornos fantásticos, con números que convencionalmente sólo los entendían los de su tiempo. De allí que el Apocalipsis y todas estas literaturas de imaginerías orientales, no las entendamos plenamente nosotros, pero sí comprendemos el contenido que Cristo quería dar.

-La venida de Cristo: centro de la lectura, meta de la esperanza
En el símbolo de un templo que se destruye y en la profecía de unos astros que se derrumban, está diciéndonos Cristo los preparativos transitorios de lo eterno. Porque lo que sobresale en el evangelio de hoy, es la palabra de Cristo: “Entonces verán venir al Hijo del Hombre con gran poder y majestad, y mandará a sus ángeles a los cuatro vientos a llamar a los escogidos”. Esto es lo principal, en este fin de año litúrgico este pensamiento de que al estar unidos con Cristo somos los elegidos; nosotros nos hacemos los elegidos cuando voluntariamente nos aferramos al Señor que no pasa. No somos elegidos, cuando en vez de aferrarnos a Cristo, el eterno, nos aferramos a los ídolos que pasarán como el cielo y la tierra.

De allí la insistencia de la Iglesia en predicar el Reino de Dios, el Reino de Cristo. Esto crea, naturalmente, en el corazón del hombre una virtud que se llama la esperanza. Virtud Teológica que une al hombre con Dios porque espera cosas que por su propia naturaleza no las puede adquirir y se basa en la promesa de Dios.

Este es el fundamento de la esperanza, si no sería una locura. Y porque los que no tienen fe no comprenden este fundamento de las promesas divinas hechas al hombre, creen que nosotros esperamos en vano y sólo quieren construir un reino en la tierra. Pero cuando uno sabe que lo principal es el Reino de Dios que Cristo vino a establecer ya en este tiempo, podemos decir que en este tiempo ya hay semillas de eternidad en el corazón del hombre que espera y cree en nuestro Señor, el eterno Jesucristo.

b) Primera revelación de la resurrección

La segunda lectura, por eso, nos propone también esta dualidad entre lo temporal y lo eterno cuando nos dice que Cristo, después de su sacrificio, se sentó a la derecha de Dios. Imagen bíblica para decir que participa del poder de Dios y espera. Dice: “El tiempo que falta hasta que sus enemigos sean puestos bajo sus pies”.

Quiere decir que hay una situación eterna, inmutable de Cristo, al que no le podemos hacer ya ningún daño mientras que por la tierra pasan las olas de la historia, el tiempo que Dios necesita para someter al poder del Reino de Dios los pecados de los hombres. Que se convierten o no se convierten. Dios vencerá; la victoria de su reino es segura y dichosos los que esperan que este tiempo vaya pasando. Lo que interesa es ir colocando a los pies de Dios, los pecados del mundo. El que vive en pecado o el que quiera instalarse en esa situación de pecado, de injusticias, de desórdenes, pasará con el cielo y la tierra que pasan.

-Junto con la persecución, Daniel anuncia la venida del reino universal de Dios- el reino de los santos como inmediato.
Sobre todo, en la primera lectura este pasaje de Daniel es pintoresco y hermoso porque es la primera vez en que se refiere el Antiguo Testamento a ese gran misterio que es la resurrección de los hombres. Es bueno que en esta mañana nosotros nos remontemos a una reflexión que de Dios inspira al profeta Daniel cuando escribe esta página que hoy se ha leído como primera lectura: “Muchos de los que duermen en el polvo despertarán: unos para vida perpetua, otros para ignominia perpetua. Los sabios brillarán como el fulgor del firmamento y los que enseñaron a muchos la justicia, como las estrellas, por toda la eternidad”.

Esta revelación de la resurrección surge en el pueblo de Israel que no tenía una idea clara de lo que era el más allá del hombre que se muere. Se creía en una supervivencia, pero con una supervivencia minimizada bajo la tierra, hasta que, bajo la persecución en los tiempos de Macabeo, dijeron: “No es justo que sólo como pueblo viva esta nación. Todos aquellos que luchan por su liberación tienen que tener también una participación en el reino de los cielos, personalmente”.

Recuerdo que un día citábamos aquí el pasaje de un ateo que decía: “No me satisface una revolución entendida comunitariamente, en la cual unos mueren y otros supervivientes van a disfrutar lo que estos muertos que ya no existen, van a ganar sobre estos pedestales de dolor”. Tienen que haber un premio para cada hombre que batalla, no satisface una revolución así colectiva.

El cristianismo respeta mucho la conciencia de cada hombre y sabe que todo hombre tendrá su justa recompensa que fue surgiendo en la revelación primitiva, y que luego Cristo anuncia en el Nuevo Testamento con una claridad meridiana de que después de nuestra muerte existe una inmortalidad. Y que en los momentos de persecución es la hora en que se definen esas dos posturas que dice la primera lectura: “Despertarán del polvo unos para vida perpetua, otros para ingnominia perpetua”. No tendrán la misma suerte en la inmortalidad los oprimidos y los opresores; los que han hecho injusticias y las víctimas de las injusticias, los mártires, los héroes de las grandes batallas de la tierra si han puesto su confianza y su esperanza en Dios, vencerán aún cuando aparentemente no haya más que una muerte silenciosa en el dolor y en la ignominia.

-Pedagogía de Dios- como el padre señala metas inmediatas para animar al niño en su largo caminar.
Una pedagogía de Dios que a través de los profetas también nos debe animar a nosotros. Según esta lectura de Daniel, el hecho de que pasará la persecución a la que se refiere su tiempo y que ya vendrá un Reino de Dios como que fuera lo más perfecto que se esperan los hombres, y sin embargo, todavía pasaron cien años para que volviera Cristo a prometer también otra redención y otra resurrección. Podía decirnos: está engañando Dios. No, es la pedagogía del papá con el hijo que tiene que hacer un viaje muy largo y para que no se desanime le cuenta las bellezas de aquella ciudad a donde van, pero el niño se cansa. Entonces el papá comienza a decirle: “Mira sólo vamos a llegar hasta aquella cumbre, después de esa cumbre está este reino tan bonito que te he descrito”.

-A cada paso el esplendor de la meta... algo se gana, pero lo definitivo queda más allá
Y cuando con el niño llega a la cumbre, todavía le dice: “Es más allá, un poquito”. Así van los profetas conduciendo a la humanidad, y la Iglesia sigue la pedagogía de los profetas. Por eso la Iglesia no puede decir: “¡Ya, este sistema político que se ha conquistado con tanta sangre, esto es lo definitivo!”. No, la Iglesia no se puede empeñar en definir aquí en la tierra el Reino de Dios. Sigue animando a los liberadores, sigue animando mejores gobiernos, sigue animando mejores sistemas políticos, pero ella no es política. Ella es animadora, ella es el papá que encamina al hijo más allá, más allá, a mantener la utopía, que así llaman en politología ese afán de perfeccionar cada vez más los sistemas.

Por eso, es ciego un sistema ateo cuando quiere ofrecer a los hombres un paraíso en la tierra. No existe. Más allá de nuestros esfuerzos está Dios; y lo único perfecto será la liberación definitiva, la inmortalidad, más allá de la muerte. Esto no quiere decir que hayamos de ser alienados y no trabajar y morir conformes. Ya eso lo fustigaron los primeros cristianos. Por estar esperando un cielo que ya va a venir, no trabajan. Y San Pablo con toda crudeza dice: “El que no trabaja, que no coma”. Es decir, la esperanza del cielo no es para fomentar la pereza; hay que trabajar, y quien tiene vocación, tiene que desarrollarla.

Todos tenemos que hacer un esfuerzo por mejorar en esta tierra nuestras situaciones políticas, sociales, económicas, pero siempre con la perspectiva  puesta en la eternidad. La esperanza anima para reflejar en la tierra la belleza, la justicia, el amor de aquel reino. Reflejos nada más, porque lo verdadero y lo definitivo, solamente se lo reserva la esperanza, y la esperanza es la que anima estos trabajos. La esperanza que debe de ser como la virtud de los políticos, de los hombres que luchan. ¡La esperanza cristiana!

Sin esperanza de Dios, son muy mutiladas las liberaciones de la tierra. Sin esperanza de la eternidad, las liberaciones solamente se convierten en cambio de dueños de la situación. No tenemos confianza en un ateo, en un hombre sin fe, sin Dios, que sólo pretende el poder solamente para bienaventuranzas de esta tierra. No se puede ofrecer un paraíso en la tierra porque no existe, pero sí existe la esperanza de trabajar para ir mejorando cada vez más.

Y por eso, hermanos, la Iglesia alimenta la esperanza y no es ella un análisis político de sistemas, de estrategias, sino que es simplemente la impulsora de todos los sistemas y de todas las estrategias para que no se desvíen y se orienten siempre por este camino de la verdadera liberación que solamente se vivirá en ese horizonte señalado por la revelación de hoy.

2.    LA FUERZA DE NUESTRA ESPERANZA: LA LIBERACION EN CRISTO

-No está a nuestro alcance
No está a nuestro alcance una liberación completa, porque la verdadera liberación- lo hemos repetido mil veces- no es sólo la que consiste en mejorar el sueldo, en bajar los precios de las cosas, en cambiar gobiernos; son liberadores temporalistas, son parte de la liberación total, porque la Iglesia no se desentiende tampoco de ésto, pero ésto es muy parcial. Pero la Iglesia señala donde están las causas de estas injusticias, ¿por qué hay violencias en El Salvador? ¿Por qué hay descontento? ¿Por qué son justas las reivindicaciones que el pueblo pide? y ¿Por qué es egoísmo el tenerlo todo y no pensar en los demás? Ciertamente, todo ésto son bases de la liberación, pero no son toda la liberación.

Cuando nosotros - y lo hemos escrito en nuestras cartas pastorales- apoyamos la fuerza de presión política que deben tener las organizaciones políticas populares, y cuando nosotros apoyamos lo justo que esas organizaciones piden, al mismo tiempo reprobamos cuando se abusa del poder de la organización y cuando también se toman las reivindicaciones solamente como banderas de demagogia; no como verdadera lucha por la liberación del pueblo.

Cuando nosotros señalamos estas deficiencias y apoyamos esas bondades, es porque miramos que en las liberaciones de la tierra tienen una raíz que sólo la fe descubre. Y tienen una meta que sólo la esperanza también descubre. La raíz es el pescado y la meta es el Reino de Dios. La raíz es el pecado, porque del pecado arranca, los egoísmos, las injusticias sociales, las violencias. Todo eso es fruto del pecado.

La meta es más allá de la historia, porque pasando por todas estas liberaciones de la tierra, el hombre no se contentará con ser feliz en la tierra, sino que aspira a una libertad definitiva, a una vida que no muere, a una dignidad que no puede haber otra igual de ser un hijo de Dios. Pues ¿quién nos lleva hasta esas raíces y quien nos eleva hasta esas alturas? Solamente Cristo. Sin Cristo no hay verdadera liberación.

-Esperamos porque Dios ha prometido... y ayuda
Es maravilloso como en las lecturas de hoy encontramos que todo este éxito que se anuncia después de los conflictos de Daniel y después de la destrucción del universo indicada por Cristo, se encuentra la iniciativa libre de Dios. Nuestra esperanza se apoya en que Dios lo ha prometido. Nosotros no le vamos a hacer presión a Dios para que así sea. Dios es libre y libremente nos ha ofrecido la liberación de nuestros pecados, y nos ha prometido también la promoción hasta la dignidad de los Hijos de Dios.

a) Nadie lo sabe, sólo el Padre

En las lecturas de hoy encontramos que sólo la potencia de Dios puede hacer esto. “Acerca del día y de la hora y de la manera, nadie lo sabe- dice Cristo- más que el Padre”.

b) San Miguel: la fuerza de Dios en la lucha: “se salvará tu pueblo”

Y cuando la primera lectura nos dice que junto al pueblo de Dios que lucha por estas liberaciones inspiradas en su fe y en su confianza en Dios, dice que va a aquello que para los del Viejo Testamento era como la presencia del poder de Dios junto a su pueblo: el Arcángel San Miguel, potencia de Dios junto a su pueblo. Sólo en su potencia podrá caminar este pueblo.

c) Descripción de la liberación en Cristo

Pero sobre todo yo quiero ilustrar este segundo pensamiento: que sólo en Dios tenemos, sólo en Cristo liberador, los hombres pueden esperar su liberación.

-Sólo en sacrificio cancela el pecado
La segunda lectura, la carta a los Hebreos, presenta a Cristo como causa de toda nuestra esperanza liberadora: “Cualquier otro sacerdote ejerce su ministerio diariamente..., porque de ningún modo puede borrar los pecados. Pero Cristo o

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