Solo de Cristo puede venirnos la verdadera independencia


Solo de Cristo puede venirnos la verdadera independencia
HOMILIAS 1979

23o. Domingo del Tiempo Ordinario

9 de Septiembre de 1979

Lecturas:

Isaías: 35, 4-7a.

Santiago: 2, 1-5

Marcos: 7, 31-37

Queridos hermanos:

Introducción: Otra vez en la Basílica; el Corazón de Cristo
Otra vez las circunstancias nos obligan a celebrar nuestra eucaristía en esta Iglesia consagrada al Sagrado Corazón de Jesús. Esto me llena a mí de mucha esperanza, porque el Corazón de Jesús es el símbolo del amor infinito de Dios mostrado en Cristo hacia los hombres. ¿A qué venimos cada domingo a misa? A empaparnos más, como cristianos, del misterio que está a la base de nuestra fe y de nuestra esperanza: el misterio de Cristo, misterio que no es otra cosa que el amor infinito, el proyecto infinito de Dios para salvar a los hombres, elevarlos y hacerlos con él, una sola familia. Peregrinamos entre las vicisitudes de la historia, entre las tentaciones y halagos del mundo. Hay el peligro de que nos vayamos quedando instalados en la tierra y olvidemos ese llamamiento amoroso de un Padre que nos espera con los brazos abiertos y que no sólo nos espera, sino que nos está dando para el camino nada menos que a su propio hijo, a Jesucristo.

Las circunstancias de este mes nos impulsan a esta reflexión: el mes de la independencia, que suena como a un sarcasmo en unas horas de tantas esclavitudes. Por eso se celebra de distintas maneras hoy en nuestro pueblo. Hay quienes como que planean cosas espectaculares: de sangre, de tragedia. Así hay en el ambiente como una expectativa: ¿qué será septiembre para El Salvador?

Un reto… no temer a los hombres, sino hacerse digno instrumento de Dios
Por mi parte, yo creo que septiembre significa, para los cristianos, un reto. El reto de un hombre: la independencia. Pero no para tener represalias, hechos sangrientos, tragedias dolorosas, sino para ponernos del lado de Dios, junto a Cristo: “Señor, Tú eres el único que puede dar la libertad verdadera a los hombres. La independencia de nuestra patria, que se celebra el 15 de este mes, significa el reto de Dios mismo que nos ofrece su fuerza para ser libres. Entonces, la reacción de un buen salvadoreño, cristiano, no debe de ser de temor: “¿Qué va a pasar en septiembre?. Los hombres no pueden más de lo que Dios puede permitirles para su bien o para su mal. “No cae de la cabeza un pelo sin el permiso de Dios”, ha dicho Cristo. “No temáis”, decía el Señor. Yo creo que hoy, más que nunca, necesitamos esa tranquilidad, esa seguridad. Más que temer a los hombres, temamos no ser dóciles en las manos de Dios.

El reto está aquí: solamente unidos con Dios, en Jesucristo, podemos ser artífices verdaderos de nuestra historia. Dios es el maestro de la historia, Cristo es la piedra angular de toda civilización: sólo en él hay consistencia. Entonces, yo les diría: hermanos, formemos un propósito -por amor a la patria- de ponernos al lado de Cristo y reflexionar: ¿qué quiere Dios de mi vida? Ojalá todos -y aún aquellos que con una sensibilidad evidente de lo social, de lo político, van por caminos extraviados- vayamos a decirles lo que Cristo les decía: “Sin mí, nada podéis hacer”. Y unirnos a Cristo. Sólo en Cristo lo podemos todo, como decía San Pablo: “Todo lo puedo en aquel que es mi fortaleza, mi esperanza, mi orientación, el sentido de mi vida”. Sin Cristo es un absurdo la vida humana, es convertir al hombre en chacal, convertir al hombre en fiera, en demonio. ¡Qué triste es el hombre separado de Cristo, apartado de Dios!

Figura central: Cristo y el sordomudo
Pues bien, las lecturas de hoy, precisamente, quisiera que las centráramos en la figura central: Cristo frente a un sordomudo. El sordomudo es la imagen del hombre esclavizado, marginado; no oye, no habla, no se puede comunicar. Expresión de una verdadera esclavitud. Cristo tocándole las orejas y la lengua, lo libera.

Las otras dos lecturas explayan la imagen de la esclavitud

El desierto, sediendo de agua y vida.
Pero hay un complemento en las otras lecturas. Hay una imagen triste de la esclavitud: el desierto. ¡El desierto! Dicen que los beduinos, cuando atraviesan el desierto, oyen allá en la lejanía el zumbido del viento. Fantástico, como ellos son, dicen “¿Oyes cómo suena el viento?, ¡es el desierto que se lamenta y llora porque quisiera ser jardín!”. Yo creo que no hay figura más elocuente de la necesidad del hombre que el desierto sediento, inmensidad de arena, estéril. Figura de la verdadera necesidad de independencia, de promoción.

El andrajoso marginado por el poderoso -el servil del poderoso
Hay otra figura en la segunda lectura de hoy, nos ha dicho Santiago -el hombre práctico-: -el andrajoso que llega a una ceremonia litúrgica, y al mismo tiempo otro señor bien vestido y le dicen: “Pase adelante”, y al andrajoso: “quédate ahí en la puerta siéntate en el suelo”. Dos figuras de la marginación, de la esclavitud: el andrajoso marginado, y el servil más atento al señor que al hermano pobre. Estas son las figuras de las lecturas de hoy.

SOLO DE CRISTO PUEDE VENIRNOS LA VERDADERA INDEPENDENCIA

1. Cristo es Dios en persona que viene a liberar al hombre.

2. Es a todo el hombre al que le interesa salvar.

3. La salvación que Cristo nos trae no es destruyendo sino rehaciendo.

Creo que son pensamientos, que se sacan de las lecturas de hoy, tan oportuno para este momento trágico que se hace cada día más sangriento. Tengamos serenidad y con fe acerquémonos a esta reflexión de la palabra de Dios. Como complemento, de costumbre, veremos como se realiza ésto en nuestra Iglesia de la Arquidiócesis y en nuestro ambiente del país.

1. CRISTO ES DIOS EN PERSONA QUE VIENE A LIBERAR AL
HOMBRE

La Profecía:

¡Qué hermosa se oye la profecía del profeta Isaías, frente a los exiliados de Babilonia!: “Sed fuerte, no temáis, mirad a vuestro Dios que trae el desquite. Viene en persona, resarcirá y os salvará. ¡Viene en persona!”. Esta era la fe la maravilla inaudita que los profetas anunciaban. No va a mandar sólo profetas como eramos nosotros -decían aquellos hombres que hablaban en nombre de Dios-, es que él vendrá en persona. Y lo que os manda a decir, por medio de nosotros, no es más que la preparación de los caminos. Preparar los corazones para que, cuando llegue en persona, pueda encontrar verdadera tierra nueva donde su palabra produzca fruto.

a) Ambiente de la profecía: necesidad de liberación
-El cautiverio de Babilonia

El ambiente en que se pronunciaba esta palabra era el cautiverio de Babilonia. Por los pecados de la tierra prometida, los invasores se habían operado de reyes y pueblos y los habían llevado con crueldad. Allá estaban. Hay salmos que nos cuentan la tristeza, la nostalgia de vivir lejos de la patria. Aquel precioso salmo de los sauces junto a los ríos de Babilonia que han inspirado tantas cosas de música y poesía es, cabalmente, la nostalgia del hombre que ama su patria pero que reconoce que por sus pecados han ido al desierto y espera un día el perdón de Dios: “Junto a los ríos de Babilonia, nos sentábamos a llorar. Y cuando nos decían: cantad un cántico de vuestra tierra, les respondíamos: ¿cómo vamos a cantar en tierra extraña? Que se me pegue la lengua al paladar y se me seque la mano, si te olvidare, Jerusalén!”.

-Cobardes de corazón
Este amor a la patria hace pensar, precisamente, en lo que hoy Isaías nos ha dicho: “Decid a os cobardes corazón, y decir a los ciegos: que veréis; y los oídos del sordo se abrirán… “Es decir, una situación. El hombre, queridos hermanos, vive necesitando de esa presencia de Dios, porque como que es nuestro destino humano: sin Dios, vivir bajo la opresión. La opresión del miedo, los cobardes de corazón. ¡Cuantos hay en nuestra tierra, ahora, cobardes de corazón, miedosos, temerosos, inseguros! Son signos de la necesidad de liberación, es el desierto que gime y llora queriendo un mundo mejor.

Pero una señal más evidente de la opresión del hombre es la enfermedad. Por eso, siempre habrá enfermos en el mundo: ciegos, sordos, paralíticos; los hospitales siempre tendrán oficio; muchas veces porque los hombres son crueles, les dan oficio.

Qué triste leer que en El Salvador, las dos primeras causas de muerte de los salvadoreños son: la primera es la diarrea; y la segunda, inmediatamente, es el asesinato; se muere por homicidio o por consecuencia de lesiones. Así está la estadística. De modo que, inmediatamente después de la señal de la desnutrición, la diarrea, está la señal del crimen, el asesinato. Son las dos epidemias que están matando a nuestro pueblo.

Este es el ambiente en el cual Isaías habla -y hablaría a los hombres de hoy-: “Cobardes de corazón, enfermos -señales de la opresión, víctimas de la situación- ánimo, vendrá Dios en persona. Mirad a vuestro Dios que viene”.

-La profecía: figura de salud para enfermos, figura de floración del desierto
Y cuando ya está entre nosotros. Este es el paralelismo bello del evangelio de San Marcos que se ha leído hoy con la profecía de Isaías. Isaías anuncia como una presencia de Dios, como una acción de Dios, el florecimiento del desierto, la salud de los enfermos. Así se representaban, por los profetas, las señales de la presencia personal de Dios en el mundo: los bienes mesiánicos. Los profetas no acertaban a distinguir porque veían a una distancia enorme los bienes ya presentes de la redención y los bienes escatológicos. Cuando ya termine la historia y se recoja todo el fruto de Cristo, entonces, ya no habrá crímenes, ya no habrá muertos; pero, mientras tanto, ya comienza el bien mesiánico. Ya podemos decir que el desierto está floreciendo y que los enfermos están siendo curados. Cristo mismo ya dio las evidentes señales cuando Juan Bautista le mandó a preguntar: “¿Eres Tú el Mesías o hemos de esperar a otro?” Cristo sólo le responde con los signos anunciados: “Díganle a Juan que ya están viendo los ciegos, que ya resucitan los muertos”.

¡Ya hay señales de salud, Dios ha venido, ya está entre nosotros! Aunque sigamos viendo que la muerte pasea su bandera, y el crimen, también, se sacia de sangre, ya está vencida la muerte y el pecado. Ya es como una de esas ballenas heridas que tiran hacia el mar, pero van heridas, van a morir. “La última enemiga en ser vencida, será la muerte”, dice San Pablo. La muerte ya está herida de muerte y se le van a escapar los muertos de la tumba. No canten victoria los pecadores, porque ellos ya están vencidos. El pecado, Cristo ya lo crucificó en su propia cruz y el que cree en Cristo ya tiene la victoria. Por eso, cobardes de corazón, ya Dios está entre nosotros; enfermos, paciencia que eso pasará; oprimidos, convertid en redención vuestro sufrimiento y vuestro dolor. Esto no quiere decir opio o pasivismo, sino que la lucha legítima pero sin perder la esperanza del Dios que ya está presente, sin apartarse de ese Dios y de esas orientaciones que el Dios de la historia va dando ya.

b) Presencia y misión de Cristo

La presencia misma de Cristo en el evangelio de hoy. Precisamente el evangelio de San Marcos tiene esto de típico: de que él no es el que menos enseñanzas de Cristo presenta. Porque a él le interesa decir que no es la doctrina de Cristo lo principal, sino la persona de Cristo que encarna el Reino de Dios presente en la tierra. Es hermoso pensar que el evangelio de San Marcos, que se lee en este año -año de tragedias para El Salvador- nos está diciendo que lo que Isaías anunció en su profecía ya es verdad en Cristo. Y todo aquél que cree en Cristo -en esta Basílica del Sagrado Corazón hay tantos motivos para creer en su amor- ya está redimido, ya no tiene necesidad de la cobardía, del temor. Es tiempo de que los cristianos fortalezcamos nuestro ánimo y no seamos cobardes, no nos dejemos deprimir por las circunstancias, sino, al contrario, apoyar en el Señor -presente ya en la historia- nuestra debilidad, nuestra desorientación. Como cieguitos, como sordos, agarrémonos de la mano de Jesús. El nos va llevando a la victoria, vendrá la luz de nuestros ojos, vendrá la claridad de nuestra historia propia salvadoreña. Sólo él nos puede dar la verdadera independencia.

-La fe en nuestro Señor Jesucristo glorioso… los pobres… criterios de Dios y de los hombres

En la segunda lectura se habla también de esta presencia cuando Santiago nos dice a los cristianos: “No quieran unir dos extremos irreconciliables, la fe en nuestro Señor Jesucristo glorioso y la acepción de personas”. Es inconcebible que se diga a alguien “cristiano” y no tome, como Cristo, una opción preferencial por los pobres. Es un escándalo que los cristianos de hoy critiquen a la Iglesia porque piensa por los pobres. ¡Eso ya no es cristianismo! El cristianismo verdadero es el Cristo que le dice, por medio de Santiago, al cristiano: “¡Es irreconciliable!, si tienes fe en el Señor Jesucristo glorioso, trata como a hermanos iguales a ricos y pobres, que no te engañe la apariencia…”

Es que muchos, queridos hermanos, creen que cuando la Iglesia dice: “por los pobres”, ya se está haciendo comunista, ya está haciendo política, es oportunista. No, si ésta ha sido la doctrina de siempre. La lectura de hoy no fue escrita en 1979, Santiago escribió hace veinte siglos, lo que pasa es que los cristianos de hoy nos hemos olvidado de las lecturas que deben de regir la vida de los cristianos.

Cuando decimos “por los pobres”, no nos parcializamos hacia una clase social -fíjense bien-. Lo que decimos -dice Puebla- es una invitación a toda las clases sociales sin distinción de ricos y pobres. A todos les decimos: “Tomemos en serio la causa de los pobres como si fuera nuestra propia causa; más aún, como de verdad es: es la causa de Jesucristo que en el día de juicio final pedirá que sólo se salven los que atendieron al pobre con fe en él: “todo lo que hicisteis a uno de esos pobrecitos marginados, ciegos, cojos, sordos, muchos, a mí me lo hicisteis”. El nos está dando el ejemplo: que su presencia, que todavía vive gracias a Dios- y una Iglesia que trata de renovarse a pesar de la persecución y de la incomprensión, seguirá siendo la misma política de Dios. Esta sí es la política verdadera: la que trata a los hombres no como hombres de primera clase y de segunda clase, sino la que dice; “No puede haber acepción de personas en aquel que cree en el glorioso Señor Jesucristo, encarnado en la miseria de los hombres”.

2. ES A TODO EL HOMBRE AL QUE LE INTERESA SALVAR

Es una palabra de los últimos documentos de la Iglesia, sobre todo, en el Concilio Vaticano II, en la encíclica Populorum Progressio de Pablo VI, donde dice: “Todo el hombre es el que hay que salvar; alma y cuerpo, corazón y espíritu, trascendencia y temporalidad”.

a) Las esclavitudes

Lamentablemente, queridos hermanos, somos el producto de una educación espiritualista, individualista. Donde se nos enseñaba: procura salvar tu alma y no te importe lo demás. Como decíamos al que sufría: “Paciencia, que ya vendrá el cielo, aguanta”. ¡No!, no puede ser eso, eso no es salvar, no es la salvación que Cristo trajo. La salvación que Cristo trae es la salvación de todas las esclavitudes que oprimen al hombre. Ya decíamos, en las lecturas de hoy, cuáles son esas esclavitudes: figuradas en el desierto, en la aceptación de personas, en los criterios del mundo para relacionarnos con los hombres. ¡Son esclavitudes! Es necesario que el hombre que vive bajo el signo de tantas opresiones y esclavitudes -el miedo que esclaviza los corazones; la enfermedad que oprime los cuerpos, la tristeza, la preocupación, el terror que oprime nuestra libertad y nuestra vida- rompa todas esas cadenas. ¡Por ahí hay que comenzar!…

¿No les parece una esclavitud, que verdaderamente humilla, ser servil? Con tal de quedar bien con los poderosos se tiene que humillar a los humildes…

b) La liberación en Cristo

Dios trae el desquite
Fíjense como se anuncia, en la primera lectura, la liberación que Dios trae: “Dios vendrá en persona, El trae el desquite, él resarcirá, él dará salud a los cuerpos, el hará florecer el desierto”. ¡Qué frases más magistrales para pensar lo que es la verdadera liberación que Dios quiere: ¡el desquite! No es una venganza de egoísmo, es el poner las cosas en su puesto, es el decirles: todos son hermanos, ya no hay por qué unos humillen a otros. El desquite de Dios será su amor, que lo sepan comprender todos los hombres.

Resarcirá
¡El resarcirá!, como cuando se ha ofendido a alguien y viene alguien a resarciar, a reparar, a pedir perdón. Viene Cristo, precisamente, a esto, a pedir perdón el Padre porque los hombres lo han ofendido con tanta acepción de personas, porque lo han ofendido con tantos temores y opresiones, que no son fe en Dios. Cuando Cristo muere en la cruz está resarciendo, está trayendo el desquite. Estos son los desquites, estas son las reivindicaciones que Dios quiere, las que se apoyan en el desencadenamiento de nuestro corazón del propio pecado. Ahí está la causa y todo aquel que grita, habla y hace obras de liberación, pero: oprimiendo,, matando, haciendo el mal; no ha comprendido que la verdadera violencia que salva es la que se hace uno a sí mismo. Resarcir a Dios por mis pecados y desde mi propio corazón…

Este hombre total tiene una dimensión trascendente y una dimensión histórica. Por eso es el gesto de Cristo yo quisiera ver estas dimensiones.

c) Misión trascendente

En primer lugar: Cristo se preocupa de un sordomudo. Cristo, si fuera de verdad la espiritualidad individualista o egoísta, hubiera pasado como el sacerdote de la parábola, sin hacerle caso al pobre sordomudo; sin embargo, se detiene frente a él y con la paciencia de quien administra un sacramento hace estos gestos sacramentales: le pone sus dedos en las orejas y con saliva le toca la lengua. Miren que potencia la del cuerpo de Cristo. Cristo es Dios en persona, encarnado en un cuerpo de hombre, y todo lo que Cristo toca tiene potencia de Dios. Los dedos de Cristo, dedos de hombre como los míos, pero dentro de él iba lo que no va en mí: la persona divina del Hijo de Dios. ¡Toca la enfermedad y sana! Podría haber hecho florecer el desierto materialmente como calmó las aguas y las tempestades.

Hay potencia en Dios. Por eso. El, a aquel sordomudo, al que tal vez no le podía hablar porque no le oía -era sordo- con un gesto se lo dice todo: tocándole las orejas y la lengua y levantando los ojos al cielo, y dando un suspiro. Estos son los gestos que hablan aún al mudo necesitado de lengua y al sordo necesitado de oído: las señales de la liberación. Les estaba diciendo: “Tú tienes un destino trascendente -cielo-. yo mismo he venido de allá”. Que dulce debió ser aquella mirada de Cristo hacia el Padre: la infinidad con Dio. Estos son los verdaderos liberadores, hombres que no olvidan que sólo en Dios está el destino de la liberación del hombre. Hombres que saben orar y que saben elevar, hasta lo que no entienden, al sentimiento de Dios. Esta es la dimensión de toda redención. ¿De qué le hubiera servido al pobre sordito y mudo que Dios le hubiera dado una lengua expedita y unos oídos bien claros, si, después, no los usa para Dios y se condena? ¿De qué sirve la belleza del mundo, de qué sirve, el dinero en la tierra, de qué sirve tener mucho si no se es más trascendente? Esta es la promoción que Cristo quiere del hombre en su dimensión trascendente.

d) Dimensión histórica

Pero esto no quiere decir que el hombre solamente sea trascendencia; sino, lo que hoy necesita más nuestra liberación es la dimensión histórica. Quiero anticiparles -espero, esta semana, les pueda entregar mi carta pastoral- que al hablar de los servicios que la Iglesia presta en El Salvador para la situación crítica del país, entre ocho cosas que ofrecemos, ofrezco esto; “Promover la libertad integral del hombre a partir de un concepto del hombre, un concepto integral que el Papa en Puebla calificaba así: El hombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en cumplimiento de su misión. El hombre es el camino primero y fundamental de la Iglesia”.

Se trata de este hombre concreto, histórico, tal como hoy vive. Y, por eso, los padres, en Puebla, tratamos de ver el hombre latinoamericano y de ahí yo deduzco al hombre salvadoreño, nosotros al que yo visitaba en estas visitas a los tugurios; que vive allí en la miseria, en la pobreza, en el hambre. A este hombre es al que tenemos que anunciar: “cierto que oro y plata no tenemos como Iglesia pero te queremos dar lo que tenemos: en el hombre de Jesús de Nazaret, levántate y camina”. Promuévete, no queremos hombres masa, no queremos hombres que los manipulen, queremos hombres verdaderas imágenes de Dios que, aunque vivan en el tugurio, en el monte, sean respetados. Son iguales que el señor que vive en la capital…

“Este ideal -digo en mi carta pastoral- recoge todas las dimensiones de la realidad del hombre, sin excluir ninguna, reducir la fe a la mera promoción de lo social y de lo político. Sin embargo, debemos hoy recalcar la dimensión social e histórica de esta liberación tal como lo pide Puebla que dice: El evangelio nos debe de enseñar que ante las realidades que vivimos no se puede hoy, en América Latina, amar de verdad al hombre y por lo tanto a Dios, sin comprometer a nivel personal y, muchas veces, incluso a nivel de estructuras con el servicio y la promoción de los grupos humanos y de los estratos sociales más desposeídos y humillados, con todas las consecuencias que se sigan en el plano de estas realidades temporales”.

Por tanto, la dimensión del hombre es trascendente pero también histórica, temporal, concreta. Es ese hombre llamado a la salvación eterna pero que hoy se está muriendo de hambre o no tiene el salario debido. Es ese hombre que tiene una vocación para el cielo pero también Dios lo ha creado para ser feliz en la tierra. Es el hombre que será hermano en la eternidad con toda la humanidad pero ya tiene que aprender a ser hermano en la tierra, no para odiarse ni para matarse uno contra otro.

El destino de los pobres: ricos en la fe
Cuando Cristo, a través de Santiago dice por qué no hay que despreciar al pobre por preferir al rico, hace una pregunta que podía ser un examen de conciencia para cada uno de nosotros: “Si hacéis eso, ¿no sois inconsecuentes y juzgáis con criterios malos? Queridos hermanos, escuchad; acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino, que prometió a los que le aman?” No basta ser pobre, pobre pero amando a Dios, pobre en gracia de Dios. Es que los pobres -dice la Iglesia y la revelación divina- tiene como cierta capacidad mayor que otras clases sociales para percibir el mensaje y la redención de Jesucristo.

Por eso la dimensión de la tierra no la podemos olvidar pero también es a partir de su conversión. Porque dice: “Los eligió para hacerlos ricos en la fe”. Y que por su amor a Dios ya disfruta un destino eterno que -Dios- lo mira ya en su preferencia aquí en la tierra. Queridos pobres, la mayoría de los que estamos haciendo esta meditación, porque yo quiero contarme también entre los pobres. Porque se que sólo en ese camino y en ese ambiente nos podemos encontrar de verdad, con sinceridad y autenticidad. Tratemos de ser dignos de esa preferencia de Dios. Seamos pobres, dignos de que Dios nos haga ricos en la fe y ricos en el amor al Señor. Esta es nuestra riqueza; no ambicionemos otra mientras no sea para nuestro desarrollo, también, en la dimensión histórica. Porque yo no quiero ser, como alguien ha dicho en el Bloque Popular Revolucionario, que yo soy opio. ¡Nunca!, estoy diciendo que, precisamente, estas promociones a la trascendencia son para excitar más la promoción de lo histórico, de lo social, de lo económico, de lo político. Estoy diciendo que Dios no sólo ha hecho el cielo después de la muerte para el hombre, sino que ha hecho esta tierra para todos los hombres. ¡Esto no es opio!…

-Interioridad… llevándolos aparte
Hay un detalle que yo quisiera que lo profundizáramos, no tanto en el tiempo, sino en la intensidad de nuestra reflexión. Cuando Cristo quiere tratar la promoción de este sordomudo, nos dice el evangelio: “…llevándolo aparte”. ¡Qué gesto más significativo para nuestra hora! San Marcos, fiel a su ideal teológico, nos presenta un Cristo que lleva el misterio del Reino de Dios pero que el pueblo no se lo puede comprender. Por eso, él trata de ocultar muchas cosas que él pudiera hacer lucir. ¡Las oculta! A aquellos que son sus íntimos -los apóstoles- les reprocha, muchas veces, no hacer lo posible de comprender esta intimidad. Pero ante el pueblo él es, más bien, reservado, porque a su hora Dios dirá la palabra que necesita el pueblo para presentar al Hijo de Dios.

Pero aparte de este sentido teológico del reino de Dios oculto como un misterio en Cristo, y por eso aparta al sordomudo, yo quisiera ver este otro gesto: “…la muchedumbre”, el ruido del mundo, los gritos de los parlantes, la música estentórea; todo eso aturde, aturde. Sólo hay una cosa donde el hombre se encuentra con Dios y donde Cristo pudo hacer los gestos de trascendencia y de amor al pobre mudo: la soledad, la interioridad -que decíamos el domingo pasado. Hermanos, hoy hay mucho ruido: tomas de iglesias y con el ruido de los parlantes todo el día, que ya cansan al vecindario; manifestaciones, tiroteos, gritos. Todo eso no salva ni eso no lleva un trasfondo de interioridad, de reflexión, de planificación; es demás, nos están arruinando más.

Dice el Concilio, lo que hoy hace falta al mundo no son sólo técnicos de las artes, de las ciencias, de las cosas exactas; hacen falta, sobre todo, los técnicos en humanidad. Lo que hoy hace falta a la civilización es la sabiduría, la reflexión. Por eso, yo voy pidiendo como un mendigo a todas partes; ¡recen!, ¡recen mucho por la Iglesia!. ¡reflexionen! Y si es cierto que aquí yo estoy usando también parlantes, pues, es necesario para la comunicación. Pero las cosas son para lo que deben ser, si un parlante es para transmitir un mensaje de reflexión, de serenidad, de paz, también de justicia, y de una denuncia, también, valiente, ¡bien usados los parlantes! Pero usados únicamente por demagogia, no hacen bien…

Grábense bien esta frase de Pío XI -un Papa de frases cortas y bien cinceladas- que bien podían ser el comentario de este gesto de Cristo: “…llevándolo aparte, lo curó”. Decía el Papa: “El bien no hace ruido y el ruido no hace bien”.

3. LA SALVACION QUE CRISTO NOS TRAE NO ES DESTRUYENDO SINO REHACIENDO

No es una salvación que destruye, sino una salvación que rechace; rehacer, hacer de nuevo.

Cristo, el hombre que rehace
Cuando el profeta Isaías, que se ha leído hoy, anuncia el carácter del Mesías en la figura misteriosa en el Siervo de Yahvé, dice esta frase que muchos no la comprenden: “El no quiebra la caña cascada, él no apaga la mecha que todavía humea”. Frases lindas para decir: Cristo no es el hombre iracundo que ya, porque se le quebró una caña, la acaba de quebrar y la tira por allí. Sino que, con la mansedumbre de un médico, la endereza, la remienda y ya tiene, otra vez, la caña buena. No apaga el fuego porque ya sólo quedó una brasita entre cenizas. Con paciencia aparta la ceniza, comienza a soplar, le pone una tuza, un poquito de ocote, de leña y comienza a hacer el fuego otra vez. Esta es la comparación de Cristo. Es el hombre que rehace.

Llama a los pecadores
¿Qué otra cosa es Cristo entre sordos, mudos, leprosos, pecadores? Los hipócritas lo reprochaban: “Miren, su maestro come con los pecadores y está prohibido en la ley”. “Hipócritas -les dice Cristo-, no son los sanos los que necesitan el médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, esos ya están camino del cielo, he venido a llamar a los pecadores”. Es hermoso en estos días -en que en El Salvador nos estamos tirando los platos unos contra otros, como si el otro tuviera la culpa y yo no, yo soy víctima- mirar para dentro; y mirar en que yo estoy necesitado de Cristo. Porque el que cree que no necesita de Cristo, ni del Papa, ni del obispo, ni de la Iglesia, es un orgulloso. Es uno de aquellos que dice la Virgen en el cántico del Magníficat: “Desecha a los orgullosos de corazón y recibe con cariño a los humildes”.

Cristo es el hombre que rehace la historia de su propio pueblo. Se diría que los desechos humanos, el resto de Israel, la pita que ya va a reventar por lo más débil, Cristo la coge a tiempo y la une y de ahí sale la salvación para todo el mundo.

Se encarna y se hace uno de nosotros
¿Qué otra cosa es la encarnación? “Dios -dice San Pablo- no tuvo reparo es dejar su dignidad de Dios para hacerse uno de nosotros. Más aún, esclavo hasta morir en una cruz como morían los esclavos. Los ciudadanos romanos nunca daban una sentencia de crucifixión contra un paisano. Era indigno del ciudadano libre de Roma morir crucificado. Morir crucificado era sentencia de muerte de esclavos, de bandidos, de gente indigna de desechos de la sociedad. Esta es la muerte que Cristo aceptó, la de un bandido. Por eso los primeros cristianos tenían tanta dificultad en presentar el crucifijo, porque decían: si ese hombre murió así, no es digno de que se le adore. Así destruyó Cristo su propia dignidad, precisamente, para acercarse a lo más profundo donde había caído la dignidad del hombre y levantarla. “Por eso -dice la misma frase, el mismo texto- Dios lo exaltó y le dio un nombre sobre todo nombre, de modo que a su nombre se dobla toda rodilla en el cielo, en los abismos, en la tierra”. Esta es nuestra esperanza, el Cristo que se encarna y que se hace uno con nosotros. Nosotros debíamos de asumir, queridos hermanos, también la humanidad tal como está.

Dichoso el salvadoreño que en esta hora no se avergüenza de su propia patria, pero la asume, no para hacerla peor, ¡sino para rehacerla! Dichoso el salvadoreño que en este día, en este mes de la independencia, reconoce: No todo es gloria en mi patria. El himno que cantamos, suena, muchas veces, a un sarcasmo horrible, sin embargo, yo quiero que ese himno sea cantado un día por el futuro, al que yo debo de contribuir con una promoción del hombre en todas sus dimensiones.

Jesús resucita y su resurrección es el hombre que da la vida eterna. Desde el día en que cristo sale glorioso de su tumba ha comenzado la nueva historia de la humanidad. Y los pueblos pueden sentir su redención en la medida en que crean en esa vida eterna resucitada en Cristo. “Ya -dice el Concilio- la transformación del mundo comenzó en Cristo resucitado”. La Iglesia tiene ese empeño de seguir predicando, domingo a domingo, y en cada misa: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. Ven, Señor Jesús!…”

En resumen, mi pensamiento ha sido éste:
Dios viene en persona a salvarnos. Es Cristo entre las necesidades del mundo.

Segundo, la promoción que Cristo quiere hacer del hombre es todo el hombre en su dimensión trascendente, en su dimensión histórica, en su dimensión espiritual, en su dimensión corporal. Es todo el hombre al que hay que salvar. El hombre en sus relaciones sociales, el hombre que no considere a unos más hombres que a otros, sino a todos hermanos y con preferencia a los más débiles y más necesitados. Este es el hombre integral que la Iglesia quiere salvar. ¡Difícil misión! La catalogarán muchas veces entre subversivos comunistas y revolucionarios, pero la Iglesia sabe cuál es su revolución: la del amor de Jesucristo.

Y porque la revolución de la Iglesia es la misma de Cristo, mi tercer pensamiento ha sido éste: no quiere deshacer, no quiere destruir, sino rehacer, y de la propia debilidad y miseria humana, por eso llama a conversión. Porque si el que oye es un criminal, mañana puede ser un apóstol. ¿Cómo rehizo Cristo a Pablo, el perseguidor? Una autoridad eclesiástica drástica hubiera lanzado excomunión contra ese Saulo. Pero Cristo, que no apaga la mecha que aún humea, lo manda a un director espiritual, lo bautizan, lo mandan al desierto a reflexionar y viene hecho otro. El apóstol que puede decir: “No soy digno de llamarme apóstol porque perseguí a la Iglesia. Pero la gracia de Dios

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