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Cuaresma, Transfiguración del pueblo de Dios

Cuaresma, Transfiguración del pueblo de Dios
HOMILIAS 1979

Homilía del Segundo Domingo de Cuaresma

(11 de marzo de 1979).

Génesis 22, 1-2, 9a. 15-18
Romanos 8, 31b-34
Marcos 9, 1-9

Queridos hermanos, estimados radio-oyentes:

Esperamos que, esta mañana, la Compañía de energía eléctrica nos asegure la continuidad de nuestro mensaje. Quiero decir a todos: que de mi parte no existe ninguna sospecha de que el apagón del domingo pasado, haya sido voluntario: No lo quiero pensar así. Y espero que esta confianza sea respondida, también, con un esfuerzo para darnos un mejor servicio que el domingo pasado; porque el mensaje de esta mañana es sumamente importante: Parte de esa figura de Cristo transfigurado. Podíamos decir que este domingo de Cuaresma, es para la Arquidiócesis de San Salvador como un eco de nuestro 6 de agosto. Es un honor celebrar como patrono de la República al Divino Salvador Transfigurado, que en el evangelio de hoy, nos repite en el ambiente de Cuaresma, frente a la Semana Santa, el gran mensaje de la Transfiguración.

CIRCUNSTANCIAS: Cristo transfigurado en el centro. Motivo nacional.

1. Un muerto nueva víctima de nuestra situación. El marco circunstancial de esta figura de Cristo, aquí en nuestro ambiente, lo hace todavía más necesario. Acaban de sacar de la Catedral a un joven difunto: Matado ayer en el conflicto de las huelgas de la Constancia y la Tropical. Un pobre llevado, por su familia pobre, a Cojutepeque para ser enterrado. La Catedral ha tenido ese gusto maternal de recoger el dolor una vez más. Y como madre que entrega a los brazos de otra madre -ese pobre matado, joven-, nos está diciendo: Es una nueva víctima de nuestra situación.

2. La peregrinación de Aguilares: Iglesia que honra sus mártires y recoge sus voces de esperanza y renovación. Otro detalle precioso de esta mañana, en le momento en que estamos iniciando aquí nuestra misa en Catedral: Parte de Aguilares para el Paisnal una peregrinación de desagravio, silencio, de oración; para definir que se trata de una plegaria, de una reflexión; con el objeto de honrar la memoria del P. Rutilio Grande que, precisamente, está cumpliendo dos años de haber sido asesinado. Nos unimos desde aquí, queridos católicos peregrinos de Aguilares a El Paisnal, para acompañarles también a ustedes durante estos momentos de oración, y agradecerle al P. Grande y a todos aquellos sacerdotes, religiosas y catequistas que, sin miedo a la muerte, están proclamando un Evangelio que verdaderamente tiene que levantar conflictos, se trata de despertar conciencia.

Gracias a ese mensaje que dejó el P. Grande en Aguilares, allán, también, esta marcada la Iglesia con ese sello de autenticidad. «Si a mí me persiguieron -dijo Jesús-, también a vosotros os perseguirán». Yo quiero decirle a las comunidades de Aguilares y a todas las comunidades que en este momento están acompañando esta peregrinación de fe, de esperanza y de amor; ¡que no tengan miedo!, que la persecución es una nota característica de la autenticiad de la Iglesia; que una Iglesia que no sufre persecución, sino que está disfrutando los privilegios y el apoyo de las cosas de la tierra, ¡tenga miedo!; no es la verdadera Iglesia de Jesucristo. Esto no quiere decir que sea normal esa vida de martirio y de sufrimiento, de miedo y de persecución, sino que debe de significar: El espíritu del cristiano. No estar con la Iglesia únicamente cuando las cosas andan bien, sino seguir a Jesucristo con el entusiasmo de aquel apóstol que decía: «Si es necesario muramos con él».

3. Regreso de la peregrinación nacional a San Miguel. El documento de Puebla. Una Iglesia que sigue orientando También hay otra circunstancia que yo la pongo como marco de nuestra Arquidiócesis, junto con otras que diré de este Cristo transfigurado: y es que estas cosas duras de nuestra Arquidiócesis, junto con otras que diré después están pidiendo a gritos una transfiguración, una renovación, un embellecimiento de la Iglesia y de la Patria. En este sentido yo pienso que nuestra peregrinación nacional, ayer a San Miguel, a los pies de la Virgen de la Paz para llevarle el documento de Puebla: Todos los Obispos, el representante del Santo Padre, gran número de sacerdotes, religiosas y fieles, está diciendo -con el sólo gesto de poner a los pies de la Estrella de la Evangelización, a María, unas orientaciones pastorales de América Latina-, que queremos comprometernos con lo que el Magisterio de la Iglesia ha señalado para nuestros pueblos. Para mi es de mucha esperanza ver que todos los obispos, sin diferencias de criterios, decimos que Puebla es un documento que, partiendo ahora de los pies de nuestra Patrona, hay que comprometerse con él. Por eso hay que comenzar por estudiarlo y no ver allí cosas negativas ni acusarlo por prejuicios, si no que, estudiando, veremos cuántos elementos nos ofrece allí para la liberación, para el embellecimiento, para la libertad, la dignidad, de nuestro pueblo salvadoreño.

El mal sería que pase con el documento de Puebla lo mismo que pasó con Medellín: Que muchos, llevados por los prejuicios, a veces por la ignorancia, no los pusieron en prácticas Si nuestra Arquidiócesis se ha convertido en una Diócesis conflictiva, no les quepa duda, es por su deseo de fidelidad a esta evangelización nueva; que del Concilio Vaticano II para acá y en las reuniones de Obispos latinoamericanos están exigiendo que tiene que ser una evangelización muy comprometida, sin miedo. Por eso le hemos pedido mucho a la Virgen de la Paz que esa ceremonia de ayer en San Miguel, no sea solamente un momento de romanticismo y de superficialidad, sino el compromiso serio de: Obispos y sacerdotes, comunidades religiosas, comunidades parroquiales; de encarnar en nuestra vida pastoral esa evangelización exigente que señala peligros y que renuncia privilegios, y que no le tiene miedo al conflicto cuando ese conflicto lo provoca nada más la fidelidad al Señor.

Por eso, en este marco de una Patria, de una Iglesia que siente dentro de ella y a su alrededor cuántas cosas hay que transfigurar, ¡qué hermoso aparece la figura de Cristo transfigurado!

CUARESMA, TRANSFIGURACION DEL PUEBLO DE DIOS.

1. La alianza que dió origen al pueblo de Dios: Abraham.
2. Cristo transfigurado, modelo y causa de la transfiguración.
3. El pueblo de Dios que debe transfigurarse, hoy y aquí.

Para que nuestro evangelio, que hoy meditamos, sea como he querido inculcarlo siempre: Una palabra viva que me está hablando a mí, a tí a la familia, a la comunidad, que en 1979 siente todo lo duro de esa mordida de nuestra realidad; todo el veneno del mal y toda la esperanza del bien.

1. LA ALIANZA QUE DIO ORIGEN AL PUEBLO DE DIOS: ABRAHAM

a) Nexo creación-alianza con Noé y alianza con Abraham.

La primera lectura nos habla de Abraham en una de las pruebas más tremendas de la fe. Pero como quisiera que esta catequesis de nuestra Cuaresma, sea como nos aconseja el Concilio: Un repaso de la historia de nuestra salvación, les quisiera invitar a no olvidar la lección del domingo pasado que tiene mucha conexión con la de hoy. El domingo pasado era Noé saliendo del diluvio, frente al arco iris que Dios toma como señal de una alianza de carácter natural, Dios promete que no habrá otro diluvio que destruya la naturaleza.

Me gustó mucho cuando el P. José Luis, en su comentario que hace el lunes a la una de la tarde de esta homilía sacaba una conclusión que yo no saqué: Que esa alianza de arco-iris, esa alianza de Dios entregándole al hombre una naturaleza purificada del pecado por el castigo del diluvio, es una alianza que le exige al hombre un respeto a la naturaleza; y el Padre José Luis sacaba una conclusión muy urgente: El gran problema ecológico. Ustedes saben que está contaminado el aire, las aguas; todo cuanto tocamos y vivimos; y a pesar de esa naturaleza que la vamos corrompiendo cada vez más, y la necesitamos, no nos damos cuenta que hay un compromiso con Dios: De que esa naturaleza sea cuidada por el hombre. Talar un árbol, botar el agua cuando hay tanta escasez de agua; no tener cuidado con las chimeneas de los buses, envenenando nuestro ambiente con esos humos mefíticos; no tener cuidado donde se queman las basuras; todo eso es parte de la alianza con Dios. La consecuencia es muy útil, sobre todo cuando en El Salvador tenemos la tasa de población más densa. Cuidemos, queridos hermanos salvadoreños, por un sentido de religiosidad también, que no se siga empobreciendo y muriendo nuestra naturaleza. Es compromiso de Dios que pide al hombre la colaboración. Pero eso queda en el ámbito de la creación de Adán a Noé, de Noé a Abraham; son dos etapas pero de un mundo natural, de un Dios que ha creado una naturaleza para entregársela al hombre.

b) Vocación de Abraham. Ahora comienza un tercer capítulo, la alianza con Abraham, es de carácter muy especial, de esta alianza va a nacer el pueblo de Dios, por eso titulo a este pensamiento: La alianza que dió origen al pueblo de Dios.

c) Tres pruebas de su fe. La prueba a la fe de Abraham que se nos presenta hoy en la Biblia, es la tercera prueba, para ver cómo ese hombre, a quien Dios va a constituir padre de los creyentes, confía en él y su raza será: Los hombres que tienen fe.

Cuando San Pablo habla de la redención en Cristo, comparándola con la Ley de Moisés, dirá que en Cristo vuelve a reaparecer la fe que Dios exigió a Abraham, y que el hombre no se salva por la ley solamente, sino por la fe. Esto que mucho vale cuando le queremos dar a nuestras relaciones humanas una base de legalismo, como si la ley fuera todo. Y hemos repito mil veces y no nos cansaremos de repetir: «No es el hombre para la ley sino la ley para el hombre». La ley, dice San Pablo, no hace más que señalar el pecado, pero no dá la fuerza para evitar el pecado. En cambio la fe y la redención es la gran obra de Cristo que pide, creer en él, ésta es la que salva.

«Sal de tu tierra» Dios afianzado a ese hombre que va a ser el modelo de la fe de todos los hombres, lo encuentra ya casi centenario, y con una frase gráfica, la Biblia dice: «Ya sus energías generadoras marchitas, y su mujer también estéril» No han tenido hijos y están en la vejez. Y en ese marco de desierto, de muerte, de ramas marchitas, se presenta Dios para decirle: Sal de tu parentela y vete a la tierra que yo te mostraré y te voy a dar, y allí lo poblará un pueblo descendiente tuyo -era como para reírse sin embargo, Abraham, que tiene fe y dice, para Dios no hay imposible, y sin saber a donde va, coge su camino junto con su mujer estéril, con la esperanza de ir a formar un pueblo.

– Mira al cielo Tu descendencia Por eso, otro día que Abraham, en esas pruebas de la fe, levanta su plegaria al Señor: Que le de una muestra de esa promesa que parece imposible, una burla, un ridículo, Dios lo invita a mirar las estrellas: «Tan numerosas como esas estrellas será tu descendencia y todas las naciones de la tierra serán benditas en ese pueblo que va a nacer de tus entrañas». Y entonces se realiza una alianza al estilo que explicábamos el domingo pasado: Animales partidos por mitad, Abraham que pasa en medio y luego el Espíritu de Dios que pasa también, así se firmaba una alianza. Un animal partido, matado, era como el reclamo: éstos que van a hacer alianza tiene que cumplirla y si no, sean malditos y acaben como estos animales.

– El sacrificio de su hijo. Y Dios, condescendiente con los hombres, hace la alianza de sangre con Abraham. Y cuando el imposible se cumple y la estéril tiene un hijo, y Abraham está feliz porque ya no morirá sin descendencia porque Isaac es una realidad, entonces Dios le dice: «Toma a tu hijo y vete al Monte Moria para sacrificármelo». Piénsenlo padres de familia ¿que sentirían ustedes si Dios les pide eso, sacrifícame a tu hijo en holocausto? Era la expresión más acabada del sacrificio: Quemar la víctima también, que no quede ni seña. Y Abraham, probado en la fe, se somete a esta tremenda prueba -como nos ha dicho la lectura de hoy-, y aquel Isaac caminando con su leña hacia el Monte Moria, es imagen de Cristo con su cruz a cuestas.

Yo tuve la dicha de conocer el Calvario, donde murió Nuestro Señor y, en una de las pinturas está este cuadro: Isaac caminando con su leña para el sacrificio, mientras Cristo también camina con su cruz. Sólo que para Cristo, como nos va a decir hoy San Pablo, Dios no le perdonó la vida; en cambio a Isaac, la voz de Dios se hace oir: «ya probe tu fe, no es necesario que mates a tu hijo».

Abraham le ofrece un cordero, para que en su nombre sea ofrecido en holocausto, e Isaac es el Patriarca que se va mencionar luego en las invocaciones de Dios: «El Dios de nuestros padres, el Dios de Abraham y de Isaac, de Jacob porque así sentían a Dios los patriarcas.

d) Nace un pueblo. Ha nacido un pueblo, lo ha prometido Dios y ese hijo único, probado hasta en el holocausto, será cabalmente, el riachuelo de donde comienza a crecer esa inmensa raza a la que Dios ha hecho otra promesa tremenda: Emigrará a tierra extranjera, pasará cuatro cientos años bajo el yugo de los egipcios, pero luego vendrá -esto queda para el otro domingo- la alianza con Moisés.

Cuatro siglos después, de que aquel pueblo ha estado buscando qué comer en Egipto, se ha hecho esclavo, y comienza el libro del Exodo: La preciosa emigración hacia la tierra prometida. Hasta entonces fíjense, más de cuatro cientos años-, se va a cumplir lo que Dios le prometió a Abraham; «Te daré una tierra. Esta tierra será tuya». Abraham creyó, aunque murió sin ver muchas de las cosas que Dios le prometió. Por eso, cuando Cristo refutaba a sus enemigos, decía: «Abraham deseó ver este día y no lo vio». Abraham creyó en Cristo sin conocerlo. Abraham creyó que de ese pueblo iba a nacer el Redentor de los hombres por eso ese pueblo es maravilloso. Cuando nos habla el Concilio del Pueblo de Dios, nos remonta hasta esta fuente que estamos meditando ahora y dice así en el capítulo II, sobre el pueblo de Dios:. «fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente».

Para eso hizo Dios un pueblo, para que lo confesara y le sirviera. «Por ello eligió al pueblo de Israel que comienza a nacer de Abraham como pueblo suyo, pactó con él una alianza y le instruyó gradualmente, revelándose a si mismo y los designios de su voluntad a través de la historia de este pueblo, y santificándolo para si».

Yo quisiera que distinguiéramos bien, queridos hermanos, entre pueblo y Pueblo de Dios. Esta distinción hoy, es muy necesaria. No todo pueblo es Pueblo de Dios y el Concilio también hace una diferencia entre el Reino de Dios y el progreso humano. Porque si confundimos estos dos conceptos, podemos caer en aquel peligro que el Papa Juan Pablo II observaba a los Obispos en México: De no confundir: Con una democracia un sentido únicamente de pueblo, el pueblo que nace de la predilección de Dios; pero nace del pueblo, porque el Papa también dijo: «La Iglesia nace de la respuesta de los hombres de Dios por la fe». Pero no todos los hombres responden por la fe.

Por eso en El Salvador, hay muchos que no son Pueblo de Dios, aunque son pueblo salvadoreño. El Pueblo de Dios, nos acaba de decir el Concilio: es una posesión de Dios, una marca que Dios imprime para que lo adore, para que lo confiese, para que le ore, para que le de gracias. Ese pueblo de Dios, tiene una larga historia: Todo el Viejo Testamento. Allí se distingue muy bien, como el pueblo de Israel, cultivado por los patriarcas, por los profetas, por los hechos maravillosos de Dios, era como el pueblo predilecto en medio de todos los otros pueblos y Dios mismo le ha dicho a Abraham: «En ese pueblo tuyo, serán bendecidas todas las naciones». Porque Cristo nacerá de ese pueblo; y los otros pueblos, que no son pueblo de Israel, se formarán luego por la fe, que es lo principal: El pueblo que Dios está construyendo en su principio cuando hace alianza con Abraham.

e) Moisés y Elías. Síntesis de la historia del Viejo Testamento. Por eso fijémonos en el Evangelio de hoy en el Monte Tabor, que es el monte
ue la tradición cree que sucedieron estas cosas allí; aparecen Moisés y Elías como las dos cumbres más altas del Pueblo de Dios.

Moisés que escribía la ley de ese pueblo, que será el conductor hacia la liberación de ese pueblo, el profeta que Dios anunció y al que hay que oir -dijo Dios, en el Viejo Testamento, hablando de Moisés-. Qué eco más bonito se oye hoy, también, cuando el Padre dice de Cristo transfigurado: «Oidle», lo mismo que dijo hablando de Moisés en el Viejo Testamento: El Nuevo Moisés transfigurado es el Hijo de mis complacencias, oidle. Moisés, pues, es una cumbre del Viejo Testamento y por eso tenía que estar allí donde está desembocando toda la corriente de las promesas que Dios hizo a Abraham. La anunciaron profetas, y reyes, y siglos y siglos: «Vendrá el Salvador de las naciones, el Dios de nuestros padres lo ha prometido». Y de esa esperanza vivió todo el Viejo Testamento.

Aparece, también, Elías la cumbre del profetismo. Elías en una situación, quizás, parecida a nuestra patria salvadoreña: Crímenes, distorsiones en la verdad, maquinaciones políticas indignas, manejos de soborno a la justicia, abuso de la riqueza y del dinero. Elías huye al desierto «¡Ya basta Señor!» Como nuestro lema de la procesión de los sacerdotes: «¡Basta ya!». Pero Elías, en un tono casi de pesimismo, se arrimó a una matita que apenas dá un poquito de sombra en el desierto, para morir. Ya quería morir, cuando Dios lo manda despertar: «Levántate que todavía te resta un gran camino que caminar». Y alimentado con un pan misterioso, camino 40 días y 40 noches, hasta llegar a donde él quería llegar: El Monte Horeb. El Monte Horeb, donde tuvo una nueva «teofanía», Dios se le manifestó, lo llenó de fortaleza y de consuelo, así como a Moisés también después de cuarenta años de atravesar el desierto. En Moisés y en Elías, tenemos las Cuaresmas clásicas con el gran protagonista de la Cuaresma cristiana: Cristo Nuestro Señor. Hay algo de grandioso en la Cuaresma. Por eso decía yo: Cuaresma, renovación del pueblo.

Cuando Elías llega pesimista por lo que pasa en su patria, al Monte, para confrontar con esa ley que Dios ha dado en el Sinaí, las traiciones que el pueblo está haciendo a la Ley de Dios, Dios lo anima: No tienes que morir, tienes que seguir trabajando.

Queridos hermanos, ese es el Pueblo de Dios. Pueblo que cree, como dice la Biblia hablando de Abraham: «Creyó contra toda esperanza». Que necesario nos es eso ahora aquí en El Salvador: ¡Creer contra toda esperanza!. Aún cuando aparezcan apagadas todas las luces, cerrados todos los caminos. Si la fe de Abraham traducida en su pueblo, como un pueblo creyente, llega hasta nosotros, ¡imitémoslo!. Si el valor de Moisés aún cuando sufría la persecución de su propio pueblo, lo hizo llegar hasta la muerte para ser fiel al designio que Dios tenía sobre su vida, si la fidelidad de Elías lo llevó también aún cuando pesimista pensaba en un suicidio, a levantarse y seguir trabajando, ¿qué nos impide a nosotros, hermanos salvadoreños, Pueblo de Dios de 1979? Nuestro desierto, nuestra Cuaresma, nuestra sangre; todo eso se puede convertir en liberación, en luz, en consuelo y esperanza.

2. CRISTO TRANSFIGURADO, MODELO Y CAUSA DE LA TRANSFIGURACION

«El misterio del hombre sólo puede explicarse en el misterio de Cristo».
a) En Cristo desemboca el Viejo Pueblo de Dios. En Cristo nace el nuevo Pueblo de Dios.

b) Pedro, Santiago y Juan. Junto a Moisés y Elías, personeros del Viejo Testamento, están tres hombres que ya pertenecen a nuestro cristianismo: Pedro, Santiago y Juan. El primer Papa, los primeros obispos, los primeros cristianos. Ellos también gozan de aquella epifanía, hasta el júbilo de Pedro que dice: «Señor, qué bueno es estar aquí, quedémonos: Podemos hacer tres chozas: Una para tí otra para Moisés y otra para Elías». Pero Cristo que comprendió que aquel entusiasmo no es para la oportunidad, porque hay que seguir trabajando, lo manda callar: «No digan nada hasta que resucite el Hijo del Hombre».

c) El «Misterio pascual»: Entonces aparece la lectura segunda de hoy, precisamente describiéndonos a ese Cristo que el Padre ha llamado el Hijo de mis complacencias y que Cristo mismo ha llamado el hijo del Hombre.

San Pablo, lo llama con una palabra que hoy modernamente diríamos: El misterio pascual. El misterio pascual es la muerte y la resurrección de Cristo. Y yo quisiera subrayar mucho esta palabra, porque la cuaresma renueva al pueblo precisamente porque lo prepara para la celebración del misterio pascual.

Queridos hermanos, ya es tiempo de madurar una semana Santa entre nosotros. Ya no es tiempo de estar viviendo semanas santas que sólo consiste en procesiones que dejan el corazón tan incrédulo, tan materialista, tan egoísta, como antes (de la procesión). Ya es tiempo de pensar que una Semana Santa tiene que ser una conversión del pueblo hacia la Pascua, hacia la muerte del Señor para resucitar con nuevas madureces, con nuevos bríos; como Elías, después de su cuaresma; como Moisés, después de atravesar el desierto, sentir que Dios va con el pueblo y, en vez de buscar soluciones de odios y de violencias y otros caminos que no hacen más que entorpecer el progreso de nuestro pueblo, buscarlo aquí, donde Puebla lo acaba de señalar en las palabras de Juan Pablo: Abridle las puertas a Cristo, las puertas de la política, las puertas del comercio, las puertas de la sociología, todas las puertas que los hombres manejan; todos los campos que los hombres cultivan; Cristo tiene derecho, porque es el Hijo del hombre. Y como decían los padres en el concilio Vaticano a los Gobernantes: No lo maten porque sería un «deicidio», es el Hijo de Dios. No lo maten porque sería un «homicidio». él es Hijo del Hombre».

– Sacrificio que presagió el de Isaac Abrámosle las puertas a Nuestro Señor Jesucristo, del cual la segunda lectura de hoy nos dice que el Padre no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros y de allá arranca una gran pregunta: Ese padre que, igualmente que Abraham, camina con su hijo Isaac al Calvario, cargado con su Cruz y no lo rescata, sino que lo entrega a la muerte dolorosa, ¿cómo no nos dará todo con él?

– Amor del Padre y del Hijo. Fíjate, hermano, qué cosa hay tan grande que tú desees, que no te la puede dar Dios?. Que se ha dado en lo más grande que puede haber: Cristo, su Hijo: «Este es mi Hijo muy amado», ¿y que lo ha dado para morir en una cruz?. ¿Cómo no nos dará todo con él?. ¿Cómo no nos va a dar soluciones para nuestro problema salvadoreño? ¿Cómo no va a haber caminos si vale mucho menos, infinitamente menos, que Jesucristo, toda la felicidad de los salvadoreños? ¡No es impotencia de Dios, si nos ha dado pruebas de su amor! «Quién acusará a los elegidos de Dios?» Pregunta San Pablo hoy, Dios es el que justifica.

O lo que les decía: Las leyes que hacen los hombres como que San Pablo las supera con una burla tremenda y dice: «¿Quién acusará, quien podra dar leyes a los elegidos de Dios? Si Dios es él que justifica aunque te condenen con todas las cárceles, eres libre. ¿Quién condenará? ¿Será acaso Cristo que murió, más aún, resucitó y está a la derecha de Dios- y fíjense en esta última palabra- y que intercede por nosotros? Como que Cristo está siempre orando por nosotros.

¡Que hermosa fuera la fe de nuestro corazón si se pareciera a la de Abraham y de veras viviéramos estas preguntas de San Pablo como una reacción de optimismo de que no está todo acabado!. Apenas hemos comenzado y Dios es eterno. Si mi Padre todo lo puede, si me entregó a mi hermano mayor que tanto me ama; si me ha justificado, si él no me ha condenado, ¿por qué me va condenar nadie?. Pero, Dios nos aconseja tanto el amor y el perdón, porque así trata él a los hombres hasta a los más malos.

d) El Nuevo Pueblo de Dios -Nace de una nueva alianza. Por eso cuando el Concilio continúa su reflexión sobre el Pueblo de Dios, nos hace ver como nación de la Alianza Nueva, ya no la de Abraham para el Viejo Testamento, sino que, después de decirnos que de Abraham procedió ese pueblo, dice: «Pero todo ésto sucedió como preparación y figura de la Alianza Nueva y perfecta que había de pactarse en Cristo, y de la revelación completa que había de hacerse por el mimo Verbo de Dios hecho hombre Ese pacto nuevo, lo estableció Cristo, convocando un pueblo de judíos y gentiles -Ya no será un pueblo geográficamente distinto, como Israel, será un pueblo que tiene características espirituales porque vendrá de judíos, donde quedarán también judíos que no son cristianos, y gentiles, que se quedarán muchos también siguiendo siendo paganos- que se unificara no según la carne, sino en el espíritu, y constituyera el Nuevo Pueblo de Dios».

¿Cuáles son las características de este pueblo, queridos hermanos? Es una Iglesia, como el Viejo Testamento llamó Iglesia de Dios a Israel, peregrino en el desierto, así también el nuevo Israel que caminando en el tiempo presente, busca la ciudad futura y perenne, también es designado como Iglesia de Cristo.

3. EL PUEBLO DE DIOS QUE DEBE TRANSFIGURARSE HOY Y AQUI

Y aquí es donde yo quisiera que nos fijáramos bien, ya como punto de cuaresma, renovación de nuestra Iglesia, en una Semana Santa que nos renueve de verdad, una Cuaresma que nos deje la alegría de dejar el hombre viejo sepultado, para resucitar con Cristo nuevo, a una vida nueva. El esposo que era tormento de su familia, sea de aquí en adelante el hombre nuevo que es alegría de su hogar. La mujer que carecía de amor para dar calor al esposo y a los hijos, comience a sentir que su reino es el hogar donde el amor tiene su reino. El joven, la joven, que ponía su alegría en esas cosas tan banales de la tierra, piense que es en Cristo, en esa renovación en Cristo. La familia que vuelva a construirse en el amor; toda la humanidad, la patria, la política de los gobernantes, los que tienen dinero, los que no lo tienen, los obispos, los sacerdotes, las religiosas, todos; Iglesia y mundo.

– Condiciones del actual pueblo de Dios. Ya les dije que no es el mundo el Pueblo de Dios, pero en ese mundo, donde hay tantos hombres que van por los caminos hasta pecaminosos, allí quiere ir el pueblo de Dios del cual el Concilio dice esta marca y aquí estaría como el programa de nuestra renovación: «Este pueblo mesiánico tiene por cabeza a Cristo y teniendo ahora un nombre que está sobre todo nombre, reina gloriosamente en los cielos -Ven, es una cabeza- La Iglesia peregrina en la tierra, tiene su cabeza ya fundada en el cielo, y en pos de ella va subiendo, miembro a miembro, todo el cuerpo, hasta constituirse la Iglesia definitiva de la gloria. El jovencito que estaba tendido aquí muerto, si murió fiel a esta alianza del pueblo de Dios, ya es un miembro vivo con la Iglesia triunfante.

Por eso, queridos hermanos, en las luchas reivindicativas de nuestro pueblo, queridos obreros, queridos campesinos, queridas organizaciones políticas-populares, la Iglesia no se puede identificar con ustedes, pero les comprende, porque: Lo justo lo bueno que ustedes reclaman, la Iglesia también lo reclama como un reflejo del Reino de Dios, que será recogido en toda la eternidad. «Todo lo bueno que hace un hombre, aunque sea en los campos políticos y sociales, lo recogerá -dice el Concilio- como ya purificado, en la eternidad». La Iglesia tiene que predicar esta trascendencia, porque su cabeza es Cristo que ya penetró los cielos y que está reclamando a todo su cuerpo también, en pos de ese cielo, no para hacerse perezoso sino para trabajar en la tierra. El solo mirar al cielo sería falso espiritualismo, sino que hay que llenarse de méritos en la tierra pero con la ilusión de poseer esos méritos por toda la eternidad. No trabajemos únicamente pues, por mejorar las cosas terrenales, sino por mejorar cosas con la gran esperanza de Abraham y del pueblo de Dios ¡Cristo es la cabeza!

¿Qué otra condición? La condición de este pueblo es «la dignidad y la libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo».

Por eso la Iglesia no puede ser conformista. La Iglesia tiene que despertar conciencia de dignidad. A ésto lo llaman subversión. Esto no es subversión. La conciencia cristiana que nuestras comunidades van tomando a la luz del Evangelio, ante el pensamiento de que un hombre, aunque sea un jornalero, es imagen de Dios, no es comunismo ni subversión, es palabra de Dios que ilumina al hombre y el hombre tiene que promoverse. Ya no queremos pueblo masa. Por eso les decía que se distingue el pueblo de lo que no es pueblo. Aún más allá del Pueblo de Dios hay pueblos muy promovidos que no son todavía Pueblo de Dios. Pero todavía más al margen, hay un inmenso pueblo que ni siquiera se puede llamar pueblo, si bien se le dice: La masa.

No queremos masa, queremos la educación que personifica, queremos el evangelio que hace sentir lo que decía Juan Pablo, el hombre es un prodigio de Dios «irrepetible» no hay dos hombres iguales. Y por eso no tenemos que poner la ilusión en copiar de otro hombre sino en ser yo, lo que Dios quiera que yo sea. Yo soy yo, nada más: Tú eres tú. La masificación es espantosa; es cuando se juega con los pueblos, cuando se juega con las votaciones, cuando se juega, con la dignidad de los hombres porque los hombres no han sabido darse su puesto. Y ésto no es provocar a subversión, sino simplemente decirle a todos los que me escuchan, sean dignos, porque la condición del Pueblo de Dios: Es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo.

– Como debe ser. ¿Cuál es la ley de este pueblo? dice el Concilio: «Tiene por ley el nuevo mandato de amor como el mismo Cristo nos amó» Hay muchos que han perdido ya esta ley de Cristo, pero el cristianismo no puede cambiar su fuerza por otras fuerzas ambiguas o, que a la larga muestran gran debilidad, porque la violencia, el odio, al fin y al cabo, son debilidades. La verdadera fuerza es el amor y por eso el pueblo de Dios, se distingue por el amor.

«Y en último lugar, tiene como fin el dilatar más y más el Reino de Dios que ya comenzó en la tierra, hasta que al final de los tiempos se consuma con Cristo en la eternidad». Entonces, la renovación de la Cuaresma, tiene que ser nuestra Iglesia en El Salvador, la componemos todos los bautizados. Lamentablemente es un bautismo que se recibe inconscientemente. Lamentablemente es un bautismo que lo hemos hecho consistir en una costumbre social, folklórica y quien sabe si también comercial; para que al niño, el padrino le regale, para tener un compadre que me ayude. Estas son las rezones del bautismo. El bautismo es eso: Incoarse en el Reino de Dios, incorporarse, por eso se están exigiendo hoy en todas las parroquias, -en todas las parroquias, y si alguna parroquia no lo hace, no cumple la ley- las pláticas pre-bautismales bien dadas, para que el que va a bautizar, sepa a que se va a comprometer ese niño. Y si no se va a comprometer: A ser un cristiano como lo hemos definido hoy, miembro del pueblo de Dios, será mejor que no lo bautizara. Tal vez se promueve mejor sin el bautismo.

Pero si quiere de verdad ser Pueblo de Dios, aquí tenemos pues que la Cuaresma nos da oportunidad bellísimas para que nosotros, ya bautizados, promovamos nuestro bautismo y nuestro Pueblo de Dios. Este pueblo de Dios, de los bautizados, incorporados a Cristo muerto y resucitado por nosotros, dice el Concilio: «Lo ha instituido el mismo Cristo, para valerse de él y unificar a la humanidad, y salvar a la humanidad». Todo lo que Cristo ha venido a hacer, lo está haciendo a través de su pueblo. De allí queridos hermanos, que mi llamamiento esta mañana: Cuaresma, renovación del Pueblo de Dios, es un llamado a cada uno de ustedes y a mí mismo, que somos los miembros del pueblo de Dios para no sólo vivir nuestro cristianismo, sino irradicarlo, salvar a otros, ser unidad de otros que andan disgregados, ser arrepentimiento de otros qu

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