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El Divino Salvador y El Papa Señal de Dios con Nosotros

El Divino Salvador y El Papa Señal de Dios con Nosotros
HOMILIAS 1978

19º Domingo del Tiempo Ordinario

Domino 13 de Agosto de 1978

Lecturas:
I Reyes 19, 9a. 11-13
Romanos 9, 1-5
Mateo 14, 22-23

Querido hermanos y estimados radioyentes:

En la Palabra de Dios que se acaba de proclamar, yo encuentro un eco maravilloso de los grandes acontecimientos que hemos vivido esta semana. Nuestras fiestas agostinas del Divino Salvador y la muerte y sepultura, y expectativa de la sucesión de Pablo VI. Por eso quiero ante todo, felicitar a la Arquidiócesis y a todos los fieles que participaron en la fiesta de nuestro Divino Patrono, por haber dado nuevamente este año un testimonio tan bello, tan elocuente de la solidaridad del pueblo con su Divino Patrono. Un pueblo que clava su mirada y su corazón en Jesucristo como Salvador del Mundo, es un pueblo que no puede perecer. Hay, pues, un signo de esperanza que hay que mantener: Nuestro amor al Divino Patrono. Tanto la tarde del 5 de Agosto en su tradicional «bajada», como en la misa celebrada allá al aire libre; porque nuestro templo no daba capacidad para contener esa muchedumbre, son por sí solas, señales elocuentes de un pueblo profundamente cristiano. Mantengamos este honor y tratemos de profundizar más en esa adhesión inquebrantable, llena de esperanza en el Hijo de Dios que, como lo explicamos en la homilía del domingo pasado, quiere llamarse el Hijo del Hombre.

Y en cuanto a la muerte del Papa Pablo VI, también yo quiero, en este domingo en que se cierra un ciclo breve pero denso de la vida de la Iglesia, expresar un agradecimiento muy profundo a esas múltiples manifestaciones de condolencia, de solidaridad que he tenido el honor de recibir. Es la familia que quiere expresar, -aunque ella misma esta apesarada quiere compartir con alguien y encuentra en el Pastor de la Diócesis como la expresión al cual dirigirle ese dolor, esa esperanza- y he sentido pues, que la muerte del Santo Padre que durante su vida me confirmó tanta veces en mi ministerio tan difícil, también en su muerte me está confirmando y me llena de esperanza, porque hay un pueblo que espera en la Iglesia y en sus pastores, y siente como compartiendo con ellos el dolor. Una Iglesia que es familia. ¡Bendito sea Dios!, porque aunque el dolor, la desaparición de un Pontífice es tan dolorosa, sin embargo está tan cargada de esperanza para la Iglesia, como escribí como expresión de mis sentimientos: Muerte que es esperanza.

También quiero admirar y agradecer a los medios de comunicación social: Prensa, radio, televisión, todo se ha puesto al servicio de la gran noticia. Qué hermoso es ver que estos instrumentos que Dios ha permitido que el hombre invente para comunicarse socialmente, sirvan no para la mentira, para la intriga, para la calumnia, que sirvan para la verdad, para lo bueno. Ahora, sí se han santificado esos medios, medios maravillosos y han hecho sentir la potencia que ellos tienen para sacudir la opinión pública. Y qué hermosa es la opinión pública, cuando vibra con la verdad, con la bondad; cuando el sujeto de sus emociones, es un Pontífice que nos deja tan profunda huella para una civilización verdaderamente digna de los seres humanos. Ojalá que así como se han prestado para lo justo y lo bueno en honor del Pontífice, tuvieran un poco de sensatez para no dejar pasar, en esos canales tan maravillosos, la calumnia que por allí mismo ha pasado para ofender al mismo Papa. Que no se lean más esas columnas, que no se oigan más esas voces que parecen graznidos de cuervos en el paisaje hermoso de la verdad y de la bondad. Que los medios maravillosos de la radio, de la prensa y de la televisión, sean verdaderas escuelas para que se forme nuestra juventud.

Y por eso insisto, queridos hermanos, mientras no tengamos garantías de unos medios al servicio libre y valiente de la verdad y del bien, toca a ustedes, a nosotros los lectores, los que oímos radio, los que vemos televisión: ser críticos. Me alegro mucho de una expresión que oí a una profesora esta semana: -«Yo antes creía toda lo que decían los diarios; pero cuando Ud. ha comenzado a decir que hay que saber leer, sé discernir, ¡gracias a Dios! Eso quiero hermanos, que sepan discernir y sepan alabar cuando los medios están al servicio de la bondad, y creer lo que es bueno; y sepan repudiar con repugnancia, con asco, cuando se sirven en platos tan bellos, manjares tan sucios y tan venenosos.

Digo que la palabra de Dios ilumina maravillosamente estos dos hechos, aunque en la semana, que podríamos llamar también una semana gris, ha habido otros acontecimientos nacionales y de los cuales me voy a ocupar al final; sin embargo, estos dos me parece que son centrales, y son como focos de luz para iluminar toda la semana gris y todo el paisaje gris que pueda presentar nuestra historia concreta, y sepamos distinguir lo que es el pueblo de Dios: La Iglesia. Los que formamos por el bautismo un compromiso de nuestra fe por esa luz que es Cristo y con esa columna de la verdad que se yergue en el mundo que se llama el Magisterio del Papa; y desde esa solidaridad con Cristo y con su representante en la tierra, nos hagamos cada día más, pueblo luminoso. Y aunque compartimos la historia triste del pueblo profano que está intrigado en tantas cosas que no son tan limpias como el Reino de Dios, sepamos ser lo que Cristo tanto soñó: Sal de la tierra, luz del mundo.

Mi homilía de hoy, pues, por eso quiere titularse así: El Divino Salvador y el Papa, señal de Dios con Nosotros. Y sepamos explotar esas señales; y sepamos hacernos luminosos con la luz del Divino Transfigurado, luminosos con la bondad y la verdad de la cabeza visible de la Iglesia. Mi pensamiento de desarrollo en estas tres ideas: 1º) Deseo de Dios y capacidad de los hombres para encontrarse mutuamente; 2º) Signos de la presencia de Dios entre nosotros; y en 3º) lugar. El Papa, la gran señal de la Iglesia, el gran sacramento de la Iglesia.

En la primera lectura se describe en forma bellísima este primer pensamiento, el deseo que Dios tiene de estar con los hombres; de sentirse presente en la Humanidad; de que los hombres lo sintamos y la capacidad que el hombre tiene para captar esa visita, esa presencia esa inhabitación de Dios en el mundo. Y es un escenario que no remonta otra vez al 6 de agosto. Elías, uno de los personajes que aparecen con Cristo, huyendo de una persecución por haber defendido los derechos de Dios, ha atravesado el desierto, difícil caminar de 40 días, y ha llegado al Monte Oreb. El monte Oreb, es el mismo Monte Sinaí, donde el otro personaje de la transfiguración Moisés, siglos antes de Elías, había platicado con Dios y había recibido de Dios los mandamientos. Quien ha visto la preciosa película del Exodo, recordará aquella escena sublime de Moisés recibiendo de Dios la Legislación que ha de regir en su pueblo. Y así tenemos que ese Monte Oreb o Sinaí, Dios ha querido hacerlo un signo de su venida al mundo, de su presencia entre nosotros y los dos personajes conspicuos de esa presencia de Dios en el Sinaí: Moisés y Elías, son los dos protagonistas del Viejo Testamento que aparecen, con el Divino Transfigurado, el 6 de agosto de nuestras fiestas patrias.

Lo que pasó con Moisés, está pasando este domingo con Elías. Dios le dijo a Moisés que se preparara porque iba a ver el paso de Dios y Moisés se cubre el rostro, porque nadie puede ver a Dios sin morir -dice la Biblia- para significar su trascendencia, su majestad infinita. Y sólo cuando ha pasado de frente a Dios, Moisés puede ver la espalda de Dios. Casi eso es lo que miramos siempre, hermanos, no podemos mirar a Dios así como nadie puede mirar al sol frente a frente. Por que si lo miramos, sufríamos los efectos del sol, a Dios tampoco lo podemos mirar de frente. Somos demasiado pequeños, nuestras pupilas demasiado limitadas; pero sí podemos ver su espalda, su paso, su rastro y es lo que Elías También en la teofanía de esta mañana, se nos presenta Dios diciéndole: -Sal y aguarda al Señor que va a pasar. Pasó antes un viento huracanado que agrietaba montes y peñascos; se sintió el estremecimiento de un terremoto; después las llamaradas de un incendio y en todas estas tres manifestaciones -dice la Biblia- no estaba allí el Señor. Pero después se escuchó un susurro, un vientecillo, algo insignificante y allí estaba el Señor.

Parece como que allí toma el Concilio Vaticano II cuándo nos dice las dos clases de revelación que Dios ha hecho a los hombres. Dios se ha revelado en una forma natural: La creación y la conservación de la creación. El Concilio llama un testimonio perenne de sí mismo, de Dios. Quien mira la creación, quien ve la conservación tan equilibrada y tan maravillosa de la naturaleza; y aún aquél que siente el estremecimiento de los terremotos; y siente las llamaradas de los incendios; las fuerzas de los huracanes; la belleza de la creación y la sublimidad de los fenómenos que el hombre sólo puede admirar, pero no puede frenar. La tempestad misma que Pedro sintió en el Lago de Genezareth. Qué chiquito se siente el hombre ante esta manifestaciones de la omnipotencia del Creador en su creación. Son testimonio de sí mismo. Testimonio perenne, donde quiera que abramos los ojos o los oídos o captemos el susurro de la creación y Dios nos está hablando: esta es la revelación natural, por eso San Pablo decía que ningún hombre es escusable ni se le puede perdonar el negar a Dios. Se necesita ser muy estúpido o muy soberbio para decir que Dios no existe. A Dios se le ve aunque sea en las espaldas de su creación. Va pasando el Señor… Hermosas poesías han surgido de los poetas que van con las creaturas, como las huellas del creador que va pasando; y así como se descubre que ha pasado un hombre cuando se mira su planta dibujada en un arenal, se siente que Dios a pasado cuando su planta de creación y de conservación va pasando continuamente por nuestro mundo, tan cerquita de nosotros.

Pero. Cuando Dios distingue la brisa suave y una manifestación más exquisita suya, el Concilio la llama una revelación sobrenatural. Quiso revelarse y manifestar el misterio de su voluntad. Por Cristo y con él su espíritu, pueden los hombres llegar hasta el Padre y participar de la naturaleza divina. Habla con los hombres como los amigos hablan entre sí. Quien tiene un amigo, comprende esta bella separación. Donde no hay secretos, donde hay confianza, donde hay desahogos, donde los secretos se comunican sin temor de ser denunciados; así habla Dios, sus secretos, sus destinos, sobre la creación, sobre el hombre, sobre su Iglesia. ¿Qué quiere Dios de la Humanidad? él, el dueño de la historia. Qué hermoso es sentirse como Adán en el paraíso, donde la Biblia dice que Dios bajaba a platicar con él. Son los momentos sabrosos que Cristo hijo del hombre sentía. En ese momento que nos ha revelado el evangelio de hoy, subió solo a la montaña para orar. A Cristo lo encontramos muchas veces en este diálogo con su Padre. Y es que nos quería enseñar que hay que vivir en continua comunicación con él. Y que hay que vivir de su vida. Que no hay que vivir del pecado, de la mentira, que hay que negarse en la belleza, en la sublimidad de Dios para darle gracias por los favores recibidos; para pedirle perdón por nuestras infidelidades; para pedirle, cuando nuestras limitaciones topan ante la importancia de lo grande que se nos pide. Es necesario saber comprender que tenemos esa capacidad y que Dios tiene el deseo de llenar esa capacidad.

Esto es lo bello de la oración y de la vida cristiana, que el hombre logra comprender que un interlocutor divino lo ha creado y lo ha elevado con capacidad para poder hablar de tú a tú. Qué daríamos nosotros por tener esa potencia y crear un amigo a nuestro gusto y, con un soplo de nuestra vida, darle la capacidad de comprendernos mutuamente y de platicar tan íntimamente. Que sienta que él, verdaderamente, es otro yo. Eso lo ha hecho Dios. El hombre es el otro yo de Dios. Nos ha elevado para poder platicar y compartir con nosotros sus alegrías, sus generosidades, sus grandezas. Que interlocutor más divino. Como es posible que los hombres podamos vivir sin orar. Como es posible que el hombre pueda pasarse toda su vida sin pensar en Dios. Tener vacía esa capacidad de lo divino y no llenarla nunca. Si sólo ésto lograra, hermanos, en mi homilía de hoy: Despertar un interés por descubrir eso que talvez nunca se ha descubierto.

Como aquel Marcelino Pan y Vino que sube al piso donde se encuentra con Cristo para platicar con él. ¡Qué dicha poder encontrarlo! Nosotros talvez no hemos subido a ese segundo piso y por eso vivimos a ras de tierra, sólo platicando miserias de hombres, intrigas de hombres, mentiras de hombres y no nos subimos a ese piso o como Cristo a la montaña para hablar a solas con nuestro Dios. Y ese segundo piso lo llevamos aquí dentro -dice el Concilio- Dios ha creado para el hombre la conciencia, como un santuario íntimo donde él baja para platicar a solas con el hombre y donde el hombre decide su propio destino.

No seamos esclavos de nadie. A nadie llaméis maestros en la tierra, decía Cristo. ¡Miren que rebeldía más grande! Pero es la rebeldía santa del que ha encontrado al único que hay que llamar Señor. Cuando se ha encontrado a ese Señor y Maestro que ilumina la verdad en la intimidad de la propia conciencia, se es libre de verdad. Se pueden decir las cosas con la seguridad de que Dios respalda lo que se está diciendo. Ojalá, hermanos, que nuestro pueblo, devoto del Divino Salvador del Mundo, sepa comprender esta grandeza; este designio por el cual Dios nos ha creado con capacidad para entenderlo; para platicar con él y, sobre todo, comprender el deseo que Dios tiene de platicar con nosotros y de compartir su vida con nosotros.

¿Cómo sabemos que Dios vive en el mundo? Es mi segundo pensamiento. Las señales de la presencia de Dios. Además de esas señales naturales que decíamos, como rastros del Dios que pasa, revelación natural, ¡tenemos señales maravillosas! de la revelación sobrenatural. Y aquí invoco la segunda lectura: San Pablo comienza a enfrentar en este capítulo noveno de la Carta a los Romanos, un problema que le duele tanto, que hasta dice que quisiera llegar a ser maldición para que su gente lo comprenda.

Cuando Pablo ha llegado a platicar con Dios y a comprender que su pueblo Israel es una señal del Dios que quiere venir a salvarnos; y cuándo mira a sus compasiones israelitas que han rechazado el momento en que Dios vino: Cristo. Entonces le duele que sus paisanos sigan poniendo su confianza en la Ley de Moisés, en las obras de la Ley y que quieran creer más en las instituciones de los hombres que en el amor que justifica, de un Dios que nos manda a su propio Hijo. El que ha tenido la dicha de conocer a Cristo, que es como la cumbre de las revelaciones del Viejo Testamento, sabe que todas las escaladas del Viejo Testamento, no eran más que andamios, ni eran más que puntales; pero que una vez que Cristo ha venido y con su muerte y su resurrección ha llenado la plenitud de las promesas de Dios y ha salvado al mundo, ya no se necesita ni circuncisión, ni templo de Jerusalén, ni sacerdocio de Aarón ni todas las leyes de Moisés; y este fue su gran conflicto, el gran conflicto que le toca tan íntimamente, que hasta llega a decir: Aunque me condene Dios, yo recibo esa condenación con tal que mis paisanos comprendan esta gracia del pueblo escogido, que no la han sabido comprender.

Israel es la señal de Dios con nosotros. Israel con sus privilegios que hoy nos ha mencionado la segunda lectura, cuando Pablo ya había dejado la Ley Mosaica y se había hecho cristiano, puede decir con alegría: Como cristiano que soy, voy a ser sincero; mi conciencia iluminada por el Espíritu Santo, me asegura que no miento, ¡Pobre Pablo! cuando se hizo cristiano, lo trataron como tratan los judíos a quien se hace cristiano; traidor, anatema -quiere decir maldición-, objeto de maldición ésto era Pablo, objeto de maldición porque se había hecho cristiano. Pero él dice: -Créanme, mi conciencia iluminada por la verdad del espíritu, por ese Cristo que los está amando y que quiere darse a conocer, siento una gran pena y un dolor inmenso, incesante; pues, por el bien de mis hermanos, los de mi raza y sangre, quisiera incluso, ser un anatema, una maldición, lejos
de Cristo.

Y aquí comienza la enumeración: Por que Israel es señal de Dios entre los hombres y porque fueron adoptados como hijos. A ningún pueblo le dijo Dios tú eres mi hijo, como a los descendientes de Israel.

Segundo, tiene la presencia de Dios. En ningún pueblo que marchaba por la historia, se hizo tan presente la gloria de Dios, como cuando Israel, caminando por el desierto, sentía que Dios bajaba en la luminosidad de una nube que iluminaba la noche y que en el día los defendía del sol. Y que cuando se consagró el templo de Jerusalén, una gran humareda y claridad lo llenó. La claridad de Dios, la presencia de Dios se hacía sensible en ese pueblo.

Tercero, la Alianza. Estamos en el Monte Sinaí, precisamente esta semana, con Elías, con Moisés, con el Divino Transfigurado y sabemos que en una montaña Dios ha hablado al pueblo: -Seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo. Esta es mi ley. Y cuando Cristo inaugura la Eucaristía que estamos celebrando esta mañana, traslada toda esa riqueza de la Alianza a nuestro altar. Esta es mi sangre que se derrama como alianza con vosotros. Alianza del nuevo y eterno testamento. Yo no habrá otra alianza, pero la del Sinaí prefiguraba la del altar, y la del altar que estamos celebrando hoy. Hoy queridos hermanos, la Catedral y las comunidades que están en sintonía, somos el pueblo de Israel en alianza con Dios, celebrando nuestra alianza.

Cuarto, la ley. Es otro privilegio. Ningún pueblo -dice la Biblia- ha recibido una ley tan sabia porque viene de la misma sabiduría de Dios, como el pueblo de Israel. Israel conocía por la ley qué quería Dios y qué no quería Dios. San Pablo elogia la ley, pero dice: -Ya no basta la ley, porque Cristo ha venido ha completar la ley y a darnos la fuerza para cumplir la ley. Pero la ley siempre es un don, porque aunque en el Viejo Testamento se nos escribieron los diez mandamientos de la Ley de Dios, siguen vigentes ahora también. Al que cree en Cristo, plenitud de la ley, también le obliga el Decálogo del Viejo Testamento. La ley es un privilegio, es el que conoce de verdad que quiere Dios y que no quiere Dios.

El culto, también, otro privilegio de Israel. El culto era toda aquella Organización y Legislación con que Dios inspiró a Moisés, escoger una familia para hacer sacerdotes y los ritos que desempeñaban en el Templo de Jerusalén. Eran maravillas aquellas liturgias donde Dios, se hacía presente para recibir de los hombres, representados por sus sacerdotes, el homenaje humilde, agradecido, arrepentido y desde donde bendecía a ese pueblo que se seguía sintiendo pueblo de Dios, y que en su Templo sentía como el alma de su nacionalidad.

Las promesas. Las promesas -dice San Pablo- son otros privilegios del Viejo Testamento. Son una señal de que Dios está presente con los hombres. Cuando un pueblo ha sido escogido para dictarle promesas tan certeras, tan eficaces, que podemos decir esto: Ningún hombre ha podido escribir su biografía antes de nacer; pero sí hay un hombre, es Cristo. Los profetas anunciaron desde siglos antes, la fisonomía, la figura, el espíritu, lo que Cristo venía a hacer. Eran las promesas de Dios. Y por eso San Pablo, cuando habla de Cristo, lo llamó el Amén, el cumplimiento de las promesas de Dios. Por eso a San Pablo le duele que no hayan querido aceptar el cumplimiento por quedarse con las promesas. Siente la tristeza de un pueblo, más pagado de su culto, institución humana, que por el amor de Dios que inspira ese culto. Y todavía sigue la lista.

Los patriarcas. Aún el Nuevo Testamento se alegra cuando pronuncia: El Dios de Abraham, el Dios de Jacob, el Dios de Isaac. Aquellos hombres que nuestra tradición teológica llama los collados eternos, hombres que como cumbres de la humanidad, tocaron a Dios, se llamaron amigos de Dios, y ellos recibieron las primeras promesas y son como los padres de nuestra fe. Así llamamos todavía los cristianos a Abraham, el padre de nuestra fe.

Y por último, Cristo, el Mesías. Que está por encima de todo. Dios bendito por los siglos. San Pablo que ha ido como poniendo esta montaña de privilegios, y en la cumbre ponía los Patriarcas de los cuales brota Cristo. Como que ya el pueblo, la Humanidad, ha tocado lo divino y una flor de esta Humanidad privilegiada: María, la Virgen, recoge en sus entrañas al Verbo de Dios y lo hace hombre que aparece en el mundo. Hijo de nuestros patriarcas, Hijo de las promesas de Dios. A este Cristo es al que hay que recibir, dice Pablo. Este Cristo es el que encarna la presencia de Dios en la historia de Israel. Dios estaba presente en toda la historia de Israel, porque venía como una historia embarazada con el gran Hijo del Hombre. Traía como preñada la divinidad de Dios en promesas, hasta que da a luz en la noche santa de Belén. La Virgen no es sólo una mujer, es toda una raza. Es todo un pueblo privilegiado que en las promesas de Dios ha encontrado una encarnación, allí, en María.

Pero además de Israel, además de las promesas hechas a Israel y Cristo que es la flor de esas promesas, hermanos, en estos días, en que la Iglesia se hace noticia tan de primera página, yo les quiero decir también con alegría inmensa, la Iglesia es hoy a partir de Cristo, cumplimiento de las promesas, la Iglesia sigue prolongando la presencia de Dios entre los hombres. El Israel de Dios, llama a Pablo a este pueblo cristiano que está reunido hoy en Catedral. El Israel de Dios. Israel no vale tanto por ser hijo de Abraham, vale por ser hijo de las promesas de Dios. Vale por haber sido el encargado de traer a Cristo. Y el nuevo Israel, la Iglesia, es hoy también la encargada de hacer presente a Nuestro Señor y Salvador: Jesucristo.

Y aquí llegamos ya al tercer pensamiento de mi homilía, y es que el evangelio de San Mateo, escrito ya en las comunidades cristianas, en el nuevo Israel, es el fruto de reflexiones profundas como las que estamos haciendo ahora. Lean a San Mateo y continuamente encontrarán: -Esto sucedió para que se cumpliera lo que habían anunciado los profetas. De modo que Mateo es como el traslado del viejo Israel al pueblo Cristiano. Y precisamente, en el pasaje de hoy, encontramos una descripción de la Iglesia, porque -y esto es bueno que lo tengan en cuenta, sobre todo aquellas comunidades que reflexionan mucho el evangelio, si quieren se los mando por escrito-, si todo el evangelio de San Mateo es como un poema cantado al Reino de Dios, -al Reino de Dios que viene, Reino de los cielos lo llama Mateo que viene a este mundo y se hace presente entre los hombres, en un Mesías niño, en una promulgación de lo que va a hacer su espíritu, las bienaventuranzas. Y los domingos recién pasados, en las parábolas nos estaba describiendo Cristo el Reino de los cielos con su humildad, como la tenía demostrada; pero con su puerta expansiva que nadie la puede detener a pesar de los obstáculos de la cizaña y de los malos peces.

Toda esa reflexión nos lleva a pensar ahora en los capítulos del 13 al 18 de San Mateo. Nos hablan de la comunidad humana, donde ese Reino de Dios comienza ya a ser realidad. Y en esa comunidad humana, concreta, hay un hombre principal que se distingue como cabeza. Y hay allí en esos tres capítulos, tres pasajes de San Pedro, uno de ellos es el de hoy, donde Pedro aparece en aquella nave como el principal. Pero la nave en sí, donde van unos apóstoles y que Cristo va cerca de ella, aunque no lo sientan, aunque lo confundan con un fantasma. Esa navecita, según San Mateo, representa la Iglesia, la comunidad de hombres que ha de creer en Cristo y que tiene unas autoridades dejadas por Cristo: Los apóstoles, entre los cuales se destaca el principal, el príncipe de los apóstoles que es en su sucesor, el Papa actual.

Pero es hermoso pensar, en esta mañana, como hemos pensado tantas veces, en nuestra Iglesia perseguida. Que por más que se niegue ésto sigue siendo una verdad. Se persigue a la comunidad cristiana que trata de ser fiel y de identificarse con ese Cristo. Es la borrasca, la tempestad que quiere aparecer a Cristo como un fantasma. Que hace sentir a Cristo como con miedo y muchos se apartan. Pero es allí cuando Cristo nos pide pruebas de fe valientes y donde Pedro aparece como el principal probado en la fe; y que necesita una fe especial y que entra en unas relaciones muy suyas que no tienen los otros apóstoles con el Cristo que le tiende la mano para identificar la unidad entre Cristo y Pedro y la Iglesia que va con Pedro.

En la Constitución del Concilio sobre la Iglesia se describe una cosa que a mí me viene muy importante ahora, hermanos, y es que volviendo otra vez al problema de San Pablo, porque si Israel era la señal de la presencia de Dios en el Antiguo Testamento y si la Iglesia cristiana es la señal de la presencia de Dios entre nuestros contemporáneos, ¿por qué no es santa la Iglesia? Pero a pesar de todo ¿por qué es necesaria la Iglesia?

Yo les quiero proponer estos tres principios. Ténganlos muy presentes en estas horas en que la Iglesia está en conflicto. Primer principio: Dios está en Cristo y Cristo está en la Iglesia; pero Cristo desborda la Iglesia, es decir la Iglesia no puede pretender tener del todo a Cristo. Al modo de decir, sólo los que estén en la Iglesia son cristianos. Hay muchos cristianos de alma que no conocen la Iglesia, pero que talvéz son más buenos que los que pertenecen a la Iglesia. Cristo desborda, como cuando se mete un vaso en pozo abundante de agua, el vaso está lleno de agua, pero no contiene todo el pozo. Hay mucha agua fuera del vaso. Así dice el Concilio, que hay muchos elementos de verdad y de gracia que pertenecen a Cristo y que no están en la Iglesia. Esta es una de las grandes revelaciones, diríamos redescubrimientos de una gran verdad, para quienes se sienten orgullosos vanamente, de la institución Iglesia, sepan que podemos decir: Allí, no son todos los que están, ni están todos los que son.

No están todos los que son, hay muchos cristianos que no están en nuestra Iglesia. Bendito sea Dios que hay mucha gente buena, buenísima fuera de los confines de la Institución Iglesia: Protestantes, judíos, mahometanos, etc. Un acontecimiento como el que he vivido esta semana, hace sentir, algo de esto. La muerte del Papa, ha estremecido no solamente a la comunidad institucionalizada que se llama Iglesia. Ha trascendido, ha desbordado también la Iglesia, porque sienten en el Papa una presencia que ellos, a su modo, presienten.

El segundo principio es este: Pero la Iglesia es signo de la presencia de Dios y por eso es necesaria. Aunque la Iglesia no contenga del todo Cristo, es señal de que Cristo está en el mundo. Volvamos a la comparación. El vaso de agua que se saca de la fuente, no contiene toda la fuente, pero es señal que aquella agua es de esa fuente, de que existe una fuente de la cual se pudo sacar ese vaso de agua. Oigan lo que dice el Concilio: «A esta Sociedad de la Iglesia están incorporados plenamente, quienes poseen el espíritu de Cristo, aceptan la totalidad de su organización y todos los medios de salvación establecidos en Ella, y en su cuerpo visible están unidos con Cristo, el cual la rige mediante el Sumo Pontífice y los obispos por los vínculos de la profesión de fe, de los sacramentos, del Gobierno y comunión eclesiástica. No se salva sin embargo, aunque esté incorporado a la Iglesia, quien no perseverando en la caridad, permanece en el seno de la Iglesia en cuerpo, más no en corazón». Se puede pertenecer a la Iglesia en cuerpo, se puede estar en la Misa de Catedral corporalmente, pero no estar en corazón. Se puede estar en la Iglesia de cuerpo; pero no ser de la Iglesia, porque no se está de corazón. No basta decir: Soy una familia bautizada. Si no vives conforme con el cristianismo no perteneces de corazón a este cuerpo místico de la Iglesia.

No olviden todos los hijos de la Iglesia que su excelente condición no deben atribuirla a los méritos propios, sino a una gracia singular de Cristo, a la que si no responden con pensamiento, palabra y obra, lejos de salvarse serán juzgados con mayor severidad. Quiere decir que nosotros los católicos, tenemos la dicha de haber conocido los medios de salvación que Cristo ha atraído. En este vaso que se llama la Institución Iglesia, está el Papa, la jerarquía, los sacramentos que son instrumentos de Dios para darnos la salvación. Pero no basta tenerlos a nuestra disposición. Y aún los mismos instrumentos podemos también ser condenados porque podemos ser instrumentos de la gracia de Dios y sin embargo no aprovechar para nosotros esa gracia de Dios.

Por eso, ahora en que hablamos del Papa y de la Iglesia como Institución, tengamos muy en cuenta esto. Que ni los sacerdotes, ni los obispos, ni el Papa, ni los sacramentos, ni las organizaciones eclesiásticas, contienen del todo a Cristo. Pero que son necesarias para hacerse presente y como un signo sensible, la presencia de Dios entre nosotros.

Por eso el tercer principio es este: No todos los miembros de la Iglesia, poseen e irradian a Dios. San Pablo precisamente, se está lamentando de que un pueblo tan privilegiado no haya querido aceptar a Cristo. Y dice: -Pero por gracia de Dios siempre queda un resto. La Virgen, San José, los apóstoles, los primeros cristianos convertidos del judaísmo, son el resto que fue fiel a la promesa y aceptó a Cristo. En cambio el pueblo, siguió creyendo en su Institución. Mucho cuidado católicos, comenzado por nosotros, los Ministros de Dios, no creamos que por ser obispos o sacerdotes y por ser Institución Eclesiástica, somos lo mejor del cristianismo. Somos signo, pero puede ser como la campana que es signo y llama, pero se queda fuera. He aquí cómo Cristo también nos llama la atención a todos los que formamos esta Institución, lo visible del cristianismo, para que tratemos de ser verdaderamente signos de una presencia de Dios, en el mundo.

Y por eso el Papa, lo llamo yo, para terminar, hermanos, la gran señal de la Iglesia. «Ubi Petrus ibi celesia», dice la teología. La Iglesia está donde está Pedro y ésta es una de las cosas más bellas de esta semana. Hemos sentido dónde está el centro del catolicismo. Lo que no pueden mostrar otras confesiones cristianas. Lo que no pueden mostrar otras religiones. Por eso les digo, es necesario que exista la Institución. El Papa en su humildad, se creía el hombre inútil. Y sin embargo, él mismo, frente a los protestantes en Ginebra, dice: -Mi nombre es Pedro. Yo soy Pedro. Cristo ha querido de mi humilde persona, el signo de su presencia, el centro de su Iglesia.

Cuando el Concilio Vaticano II, tomando también del Vaticano I, enseña qué es el Papa, nos dice esto: «Para que el episcopado fuese uno e indiviso, puso al frente de los demás apóstoles al bienaventurado Pedro que instituyó en la persona de él mismo el principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad de fe y de comunión». Esta doctrina sobre la Institución, perpetuidad, poder y razón de ser del sacro primado del Romano Pontífice y de magisterio infalible, el Santo Concilio la propone nuevamente como objeto de fe inconmovible a todos los fieles.

Es dogma de fe definido en el Concilio Vaticano I, 1870 que el Papa tiene un primado que es infalible, que es la autoridad suprema del pueblo de Dios universal.

Por eso, hermanos, cuando ha muerto Pablo VI, nos está diciendo, a la luz de las palabras de Dios hoy, que Dios anhela estar con los hombres y que los hombres tenemos capacidad para estar con Dios, hasta el punto de poder hacer una organización humana que se llama Iglesia, donde Dios vive con los hombres, y la señal de verdad de esa presencia de Dios en su Iglesia, es el Papa. Es hermoso pensar, si hubiera tiempo para describir aquí, la figura la fisonomía, que rico es el pontificado romano, cuando siendo un solo encargo de mantener el fundamento y unidad de su Iglesia, va tomando fisonomía, características tan propias, según la personalidad del hombre escogido para esa institución. Muchos de ustedes como yo, podemos mencionar Papas desde pío XI, Pío XII, Juan XXIII, Pablo VI, qué figuras m

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