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El Espíritu de Dios entre los Hombres

El Espíritu de Dios entre los Hombres
HOMILIAS 1978

16º Domingo de Tiempo Ordinario

Domingo 23 de julio de 1978

Lecturas:
Sabiduría 12, 13. 16-19
Romanos 8, 26-27
Mateo 13, 24-34

Sólo un maestro divino, como es Jesucristo, podía ganar la atención a sus parábolas tan sencillas, pero tan certeras. No sólo al auditorio que lo rodeaba hace 20 siglos; sino a las muchedumbres que todos los domingos, y a través de los siglos, siguen aprendiendo allí en forma de anécdotas, de comparaciones, tal como lo hacían los rabinos de su tiempo, una doctrina divina, maravillosa como es nuestra fe. Yo me alegro y siento el honor inmenso de ser el humilde repetidor de esta doctrina de Jesucristo. Y agradezco al querido auditorio, la atención que dispensa a esta predicación.

Yo les invito hermanos a elevar sus corazones, su mente, para unirse a esa multitud de fe que no sólo rodeando la lancha donde Cristo enseñaba desde el lago, sino en diversas situaciones humanas, se congrega en esta Iglesia Santa de Dios: La Iglesia de Jesucristo. Y tratemos de vivir cada domingo la intensidad de este misterio que nos congrega en torno al altar. Y al salir de nuestra reflexión, ya sea aquí en la Catedral o allá en las comunidades donde esta misma palabra se escucha a través de la radio, salgamos renovados en esa fe, animados con esa esperanzas y vibrando en medio del mundo actual, con la alegría, el entusiasmo que no decae, porque lo está alimentando una palabra que no es de hombre, sino de Hijo de Dios. Y además de la palabra alimentados, también, con la Eucaristía, ya que las dos cosas forman la celebración dominical. La celebración de la palabra de Dios que se hace alimento de vida en el signo del pan y del vino, para todos los que creemos en esa presencia de aquel Cristo que dijo que estaría con nosotros hasta la consumación de los siglos.

En las tres preciosas lecturas de hoy, yo encuentro este título para mi homilía de esta mañana: El Espíritu de Dios entre los Hombres. Y como de costumbre, voy a dividirlo en tres pensamientos: 1º) El espíritu de Dios; 2º) La vocación de los hombres; y 3º) La Iglesia signo del Espíritu de Dios entre los hombres.

A la luz de estos pensamientos sacados de la palabra de Dios, vamos a iluminar el cuadro real de nuestra historia en esta semana. Pero ante todo levantamos hasta las alturas de Dios nuestra fe, para escuchar en la primera lectura del libro de la Sabiduría, el Espíritu de Dios. Es el Libro de la Sabiduría posiblemente el último del Viejo Testamento, es el producto de un israelita que debió reflexionar toda la Biblia y en un ambiente peligroso -de la Alejandría de los tiempos anteriores y contemporáneos de Cristo- corría el peligro de secularizarse, de perder su fuerza de Palabra de Dios y hacerse sabiduría humana. Convertirse talvéz en idolatría, en adoración de falsos dioses, y el peligro de la fe de Israel era grande; talvéz no había el fervor de los tiempos de los profetas; no había el culto de un templo de Jerusalén; estamos en un ambiente de una sabiduría humana, griega, cosmopolita, mejor dicho. Y tenemos en este hombre que escribió el Libro de la Sabiduría, el modelo de quien hace una homilía -es un libro homilético, por los menos en su segunda parte- porque narra la historia de Israel sobre todo el Exodo, pero no como una historia del pasado, sino actualizándolo a los tiempos de Alejandría. Esto hace la Homilía, traer la Biblia a la actualidad, encarnar la palabra eterna de Dios en la historia contemporánea de los hombres. En el Libro de la Sabiduría tenemos un modelo de homilía.

Cómo va reflexionando en aquella potencia de Dios que saca a Israel de la esclavitud de Egipto después de las siete plagas y atravesando el desierto con señales maravillosas de Dio, llega hasta la Tierra Prometida, para aplicar a una situación en el mismo Egipto pero en otro tiempo. Ya en los tiempos cercanos de Cristo, es donde exhorta al pueblo de Israel a no perder su fe en el verdadero Dios; y una de esas reflexiones homiléticas del Dios que salvó a Israel, es esta que se ha leído hoy. Aquí encontramos al Dios de la Biblia, al que llamó a Moisés para conducir al pueblo a la liberta. Al que inspiró a los patriarcas una esperanza de redención. El mismo Dios que siglos más tarde, es adorado por los israelitas en medio de una ciudad pagana. Así podíamos decir también, el mismo Dios de hoy, 1978, aquí en El Salvador, es el Dios que no cambia, el Dios eterno. Miremos con que rasgos más preciosos nos lo presenta la Sagrada Escritura, para que nosotros, tomándolo, no de mi pobre homilía dominical sino de la gran homilía del Libro de la Sabiduría, aprendamos quien es nuestro Dios.

En primer lugar, dice el Libro, es un Dios único. No hay otro Dios. Cómo gritaba con fuerza este grito de la unidad y unicidad de Dios, toda la Biblia. Se oye aquí como uno de los últimos ecos del Viejo Testamento, con todo el vigor de la revelación. No hay más que un Dios y todo aquel que hace dioses a otra cosa, peca, ofende, porque se hace idólatra. Ciertamente y aquí, sí, la homilía de 1978 cambiaría un poco al Libro de la Sabiduría, no es el peligro de un idolatra de los tiempo de Alejandría floreciente, pero sí es el Dios de El Salvador que se ve amenazado ante falsas idolatrías: Idolatría del dinero, idolatría del poder, idolatría de la lujuria del placer. Cuántas idolatrías amenazan a nuestra civilización, como a los israelitas de Alejandría, arrebatarles el corazón, el Dios único. No adorarás otro Dios, no servirás otro Dios, porque tu Dios es único. Tiene, nos ha revelado hoy el Libro de la Sabiduría, una soberanía universal, un poder total. Puede hacer cuanto quiere; poderoso, soberano, todo eso hemos escuchado en los calificativos que se hacen hoy al Dios de la revelación.

Otro título que aparece en la primera lectura de Dios, es un Dios providencia, un Dios que cuida de todo, un Dios que nos gobierna. Qué precioso sentirse, hermanos, gobernados por Dios, bajo la soberanía de Dios. Así se explica cuando la Sagrada Biblia también dice que no hay potestad que no venga de Dios y que hay que obedecer al poder porque viene de Dios. Pero está diciendo también, que el soberano, el que manda, no tiene que mandar fuera de lo que Dios quiere, y que si una autoridad tiene que ser respetada, es porque refleja la potestad santa de Dios. Cuando la potestad de los hombres se hace abuso contra la Ley de Dios, contra el derecho, la libertad, la dignidad de los hombres, entonces es la hora de gritar como San Pedro también en la Biblia, hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Toda potestad viene de Dios y por eso el gobernante no puede usar la potestad a su capricho, sino según la voluntad del Señor. Es la providencia de Dios que quiere gobernar los pueblos y los gobernantes son sus ministros, servidores de Dios como todas sus criaturas.

Luego dice también la Biblia hoy, es un Dios justo. No juzga injustamente, su poder es principio de la justicia. Miren que riqueza del concepto de justicia. La justicia es la manifestación del poder, un poder no es verdadero si no es justo. El mismo Dios que puede hacer lo que quiere, no abusa porque no puede abusar, porque es justo, la justicia por excelencia, y el poder de Dios está como iluminado por su justicia infinita. Juzgas con moderación; es la serenidad eterna de Dios, no se impacienta, es el Dios que tiene las riendas de todos los pueblos y de todos los hombres. Por eso su justicia es moderada, es una justicia serena y santa.

Y viene otro título en la lectura de hoy: Un Dios misericordioso. Ti soberanía universal te hace perdonar a todos. Nos gobiernas con gran indulgencia porque puedes hacer cuánto quieres. Parece un contraste. Precisamente porque puedes hacer cuanto quieres podrías atropellarnos, podrías pisotearnos, podrías torturarnos, podrías tratarnos cruelmente; pero no, precisamente porque puedes hacer lo que quieres, nos amas, porque tienes los recursos para ser misericordioso y esperar que los hombres vuelvan al buen camino. Qué distinta la justicia de los hombres.

¡Cuándo los hombres llegan a tener un poder, como atropellan! Cuántas torturas, cuántas groserías. Puedes hacer lo que quieres y por eso me estás tratando así. Cuantos lo habrán dicho en esos antros horrorosos que avergüenzan a nuestra civilización: En la Policía, en la Guardia, en todas partes donde ha habido tortura. Los poderosos, los que tienen armas, los que tiene botas para golpear, porque pueden hacer lo quieren; pero sólo Dios puede hacer lo que quiere y ese Dios nos gobierna con bondad, precisamente porque el poder en los débiles se convierte en crueldad. Es un complejo de inferioridad llevado a la grosería. Dios no tiene complejos de inferioridad. Dios es soberano. Dios lo puede todo y por eso hasta sus reos, sus pecadores, los juzga con bondad y con misericordia, pero este Dios justo y misericordioso también sanciona, porque la misericordia no es debilidad.

Dios hoy el libro, tu demuestras tu fuerza a los que dudan de tu poder total, y reprimes la audacia de los que no lo reconocen. Esto sí, cuando el hombre insolente se vuelve contra Dios, ¡pobrecito! allí sí la potencia de Dios se hará sentir ante el soberbio, ante el orgulloso, ante el desobediente de sus leyes, la potencia omnipotente de su castigo. Dios también castiga, pero sólo cuando su paciencia se ha agotado. Dios es justo, pero antes es misericordioso infinitamente.

Queridos hermanos, este es nuestro Dios. No lo olvidemos, respetémoslo y sepamos que de allí deriva toda la alegría y la confianza de nuestra fe. Ojalá siempre que ese Dios que nos vino a revelar Jesucristo como Padre, como Providencia, como bondad, nos robe el corazón y le sirvamos no por temor, sino por amor.

Ustedes saben que hay dos clases de temor; el temor servil y el temor filial. El temor servil, o sea el temor de los siervos, el temor de lo que temen el castigo, el temor de los que hacen las cosas para que no les castiguen, es un temor mezquino, pobre, hipócrita a veces de apariencias; pero el temor filial, es el del hijo, filial porque teme ofender a su padre. Es un temor que nace de amor, es el temor de la hija que no quiere resentir a su mamá, es el temor de los que quieren para no resentirse, para hacerse el bien. Este es el temor que debemos de tener a Dios. Eres un Dios de amor. Eres un Dios de bondad y de misericordia, por eso te sirvo, no por el castigo, sino porque te quiero. Como dice aquella bonita poesía:

No me tienes que dar porque te quiera;
porque aunque no hubiera cielo yo te amare;
y aunque no o hubiera infierno te temiera,
lo mismo que te quiero te quisiera.

Qué precioso el corazón del hombre cuando llega a esa independencia y sabe que ama a Dios no por temor y que lo sirve y lo obedece, no porque no sea pecado una cosa o porque otra sea pecado. El pecado quedaría como un segundo freno. El temor del infierno serían reservas que son necesarias, pero que no deben ser los primeros impulsos. Los primeros impulsos de nuestra relación con Dios tienen que ser de amor, de gratitud para el Señor.

Pasemos al segundo pensamiento. Este es el designio, este es el Dios que quiere venir a vivir en medio de los hombres. Ese Dios ha creado al hombre y el segundo pensamiento es este: ¿Cuál es la vocación del hombre? Y yo les resumo en estas ideas. La vocación del hombre es ser imagen de Dios. Es participar de su vida y de su gloria. Es colaborar con la salvación de todos los hombres.

En primer lugar les digo que la vocación del hombre es ser imagen de Dios. La vocación a la bondad, y aquí voy a valerme ya de la parábola preciosa, de la del trigo y la cizaña. Pero antes oigamos como terminó la primera lectura. Dice, ésto lo has hecho para dar a tus hijos un ejemplo, así has enseñado a tu pueblo que el justo debe ser humano y diste a tus hijos la dulce esperanza de que en el pecado das lugar al arrepentimiento.

Cuando a Cristo le preguntaron los apóstoles, explícanos la parábola del trigo y la cizaña, Jesucristo dijo claramente: La buena semilla son los ciudadanos del Reino, la mala semilla son los seguidores del maligno. No es que en el mundo Dios quiera hombres buenos y hombres malos. Cuando los sembradores le preguntan al dueño de la mies: ¿Que no sembraste trigo en tu campo? ¿por qué está brotando cizaña? El señor les contesta: Sí, yo sembré trigo, pero el enemigo ha venido a sembrar esta mala hierba. Yo encontré, queridos hermanos, el más bonito comentario de este pensamiento evangélico en el Concilio Vaticano II en la Constitución de la Iglesia en el Mundo Actual. Dice: La fe que todo lo ilumina con nueva luz y manifiesta el plan divino sobre la entera vocación del hombre, ofrece al mundo soluciones plenamente humanas. Habla de los valores que la Humanidad actual aprecia mucho. Entre nosotros por ejemplo, cómo se aprecian esos valores: El respeto, la libertad, la dignidad, la autoridad bien entendida, la fraternidad, etc.; son valores que todo hombre lleva en su corazón. Entonces, dice el Concilio, estos valores por proceder de la inteligencia que Dios ha dado al hombre, poseen una bondad extraordinaria, pero a causa de la corrupción del corazón humano, sufren con frecuencia desviaciones contrarias a su debida ordenación, por ello necesitan purificación.

Este es el comentario del trigo y la cizaña. Dios ha sembrado bondad. Ningún niño ha nacido malo. Todos hemos sido llamados a la santidad. Valores que Dios ha sembrado en el corazón del hombre y que los actuales, los contemporáneos, ¡tanto estiman!, no son piedras raras, cosas que nacen continuamente. ¿Por qué entonces hay tanta maldad? Porque los ha corrompido la mala inclinación del corazón humano y necesitan purificación. La vocación del hombre pues, primigenia, original, es la bondad. Todos hemos nacido para la bondad. Nadie nació con inclinaciones a hacer secuestros; nadie nació con inclinaciones para ser un criminal; nadie nació para ser un torturador; nadie nació para ser un asesino; todos nacimos para ser buenos, para amarnos, para comprendernos. ¿Por qué entonces Señor, han brotado en tus campos tantas cizañas? El enemigo lo ha hecho, dice Cristo. El hombre dejó que creciera en su corazón la maleza, las malas compañías, las malas inclinaciones, los vicios.

Queridos jóvenes, ustedes que están en el momento en que la vocación se decide, piensen que todos hemos sido llamados a la bondad, y lo que está dejando a ustedes los jóvenes, esta edad madura -a la que yo también pertenezco- y tengo que lamentar dejarles en herencia tanto egoísmo, tanta maldad. Ustedes renueven, trigo nuevo, cosechas recién sembradas, campos todavía frescos con la mano de Dios, niños jóvenes, sean ustedes un mundo mejor, obedezcamos en cambio todos, a la segunda vocación: La conversión.

Miren que nos ha dicho en la primera lectura, que Dios espera la conversión de los hombres y él la parábola del trigo y la cizaña, Cristo, Dios entre los hombres, anuncia que no hay que arrancar la cizaña, que hay que esperar a la hora de la siega. Aún el más viejo se puede convertir. El buen ladrón también ajusticiado junto a Cristo en el Calvario, se convirtió y a la última hora recibe el perdón y el cielo. Nunca es tarde para convertirse. Yo quisiera llamar aquí, con la vocación de Dios, vocación a los pecadores, para que se conviertan de su mala vida. Cuántas veces queridos hermanos, desde esta cátedra y en las circunstancias difíciles de nuestra predicación, ha sido esta la voz con que terminan las denuncias de la Iglesia. Jamás hemos denunciado por resentimiento, jamás hemos sembrado el odio.

Ayer, allá en la Comunidad de Tutunichapa donde fui a celebrar la Misa, un niño de escuela me dijo: Me han dejado un deber y usted me puede ayudar a contestarlo. ¿De qué se trata? -le dije. Me presentó un cuaderno y me dice: ¿Es verdad que usted siembra el odio? ¿Quién te lo ha dicho? Ese es el deber que nos han dejado, si el Obispo está sembrando el odio. Qué triste hermanos, al menos en forma de una pregunta, ¡cuánta cizaña! Pero ojalá todos tuvieran la oportunidad de decirle lo que yo le dije al niño. ¿Tú me has oído? No, me dijo. Pues quienes me han oído te podrán decir que nunca he sembrado el odio. ¿Y entonces por qué dicen eso? Porque no quieren entender el mensaje del amor. El amor d
Cristo exige renuncias. El amor de Cristo exige cosas que a veces molestan y por eso mejor echarle la culpa al subversivo, al que siembra odio, cuando no está haciendo otra cosa que predicar la conversión. Siempre que terminamos una denuncia, terminamos pidiendo que los que han hecho ese mal, se conviertan. Que Dios no quiere perderlos, que Dios los está esperando.

En esos antros misteriosos donde se han perdido tantos de nuestros hermanos, cuántos saben el terrible secreto, cuántos tienen las manos manchadas de sangre o de atropello y cuánta gente cizaña. Dios los está esperando, no los arranquen dice Cristo, esperen. Esperamos. Quisiera decirles a todos esos amigos y hermanos que tienen su conciencia intranquila porque han ofendido a Dios y al prójimo; que no pueden ser felices así. Que el Dios del amor los está llamando, los quiere perdonar, los quiere salvos.

Esta es la parábola del trigo y la cizaña y ésto nos debe llevar también queridos hermanos, a comprender el misterio de iniquidad que también se opera en la Iglesia. Que la Iglesia no es la siembra del trigo de Dios. Los obispos, los sacerdotes, las religiosas, los laicos, los matrimonios, los jóvenes, los colegios católicos, ¿no debían de ser todos ellos santos? Claro que sí. ¿Lo son? Tristemente tenemos que decir no. Entonces, ¿la Iglesia es falsa? Tampoco. Si hay una Iglesia que se quiera gloriar de tener a todos sus miembros santos, no será la Iglesia verdadera, porque Cristo ha dicho que su Iglesia se parece al campo donde fructifica el trigo y la cizaña. Mientras vivimos en esta Iglesia peregrina, tenemos que estar juntos: trigo y cizaña. Pero no para perdernos todos en cizaña, sino para que la cizaña se vaya haciendo trigo y cuando llega la hora, todos podamos ser ciudadanos del Reino de Dios y todos podamos fulgurar como soles en el Reino del Padre. Mientras no seamos buenos cristianos, no seremos más que cizaña; aunque estemos en el templo y aunque celebremos misas. Mientras no seamos lo que debemos de ser, no somos el ideal de Dios, pero Dios nos está aguantando y esperando.

Esta es la voz auténtica del Evangelio. La que no se trata de decir uno mejor que otros, sino llamar a todos y a uno mismo a convertirse. Porque la conversión que es justa de Dios, nos repite con el Apocalipsis, que no sólo los pecadores tienen que salir de su pecado para hacerse santos, sino que dice esta palabra exigente: «El que es santo, santifíquese más y el que es justo, justifíquese más». Quien sabe cual es el grado de santidad que Dios me va a pedir a mí y a cada uno de ustedes. Y si no lo hemos llenado, tenemos que purificarnos antes de entrar en aquel Reino, donde realizará la ciudadanía de los hijos de Dios.

Es tiempo hermanos, de que la vida la aprovechemos no para hacer lo que nos da la gana. Tú tienes poder para hacerlo todo, dice la Biblia hablando de Dios, pero precisamente porque tienes un poder hacerlo todo, no eres libre para hacer el mal. Dios no puede hacer el mal, a pesar de ser libre, porque la bondad, la libertad verdadera consiste en hacer siempre el bien. No por la fuerza, sino como Dios lo hace, libremente. El hombre, también, a quien Dios ha hecho a su imagen, le ha dado capacidad de hacer el mal, pero no para que lo haga. Si tienes manos para golpear, puedes golpear, pero no debes golpear. Tus manos deben ser para dar con amor. Si tienes pies, tiene que ser para caminar los caminos y Dios te ha dado capacidad, para ir camino del mal, pero no debes usar tus pies para caminar en el camino de mal, ni para dar taconazos a un pobre torturado, sino para que tus pies caminen libremente por el camino del bien. La libertad, Dios la usa para el bien infinito, y sus hijos, las imágenes de Dios, libres también, tienen que usarlo, no para hacer el pecado, no para vivir en pecado que ofende a Dios y es abuso de libertad, sino para hacer el bien.

Queridos hermanos, para ser ciudadanos del Reino, la vocación del hombre es a participar de su vida y de su gloria, y aquí me valgo de la segunda lectura de hoy. San Pablo, que ustedes se han dado cuenta, desde hace varios domingos nos viene ofreciendo la Carta a los Romanos, nos está haciendo una gran revelación, ojalá no la olvidemos. La revelación de que ya desde esta vida el hombre cristiano ha sido justificado, ha quedado perdonado cuando se ha hecho de verdad cristiano por un bautismo bien vivido. Y que esa vida cristiana que nos ha hecho hijos de Dios, criaturas nuevas, se va a revelar y nos dará también la gloria del cuerpo que esperamos. También este cuerpo que ya encerrados los gérmenes del espíritu de la vida nueva, va a resucitar. Lo que ha dicho Cristo hoy, brillarán también vuestros cuerpos y vuestros espíritus como soles en el reino del Padre. Ahora hermanos, en el mismo ranchito; ayer he visto ranchos tan pobres en Tutunichapa y en tantas zonas marginales, pero gente tan santo, al lado de gente tan viciosa, ¿qué puedo decir? Junto al santo está el pecador. Qué diferencia más enorme a la hora del juicio, ahora no. Ahora puede ser que brille más en la apariencia el más pecador, y que cambio parezca despreciable el más santo, pero cuando resplandezcan los verdaderos valores que valen a los ojos de Dios, entonces -dice San Pablo y nos ha dicho hoy- el Espíritu dará testimonio que de sois hijos de Dios. Y ese Espíritu de Dios que se nos ha dado, en la epístola de hoy nos está ofreciendo otra función preciosísima, enseñarnos a orar.

Queridos hermanos, si queremos mostrar de veras esa creación nueva que Dios ha hecho adentro de nosotros y que nos dado su espíritu y nos ha hecho participantes de su gusto divino, dejémonos conducir por el espíritu para ser oración. San Pablo ha dicho hoy: El Espíritu dentro de vosotros os enseña a pedir y a orar según el deseo de Dios y el Dios que escudriña los espíritus sabe lo que el Espíritu de Dios está pidiendo dentro de vuestros corazones. ¿Cómo es esto que Dios para entablar un diálogo íntimo con el hombre ha elevado al hombre para ponerlo en la misma plataforma divina y hablar su mismo lenguaje? Y para ponerlo en su plataforma divina, le ha dado su Espíritu. Orar, es platicar con Dios. Hay una comparación preciosa del Concilio Vaticano II que dice Dios le ha dado al hombre el santuario íntimo de su conciencia, para que el hombre entre a esta celda privada y allí hable a solas con Dios para decidir su propio destino. Todos tenemos una Iglesia dentro de nosotros: Nuestra propia conciencia. Allí está Dios, su Espíritu. Dichoso aquel que no deja solo ese santuario y nunca reza. Dichoso aquel que entra muchas veces a hablar a solas con Dios. Hagan la prueba hermanos, y aunque se sientan pecadores y manchados, entre más que nunca, para decir: Señor corrígeme, he pecado, te he ofendido. O cuando sienten la alegría de una buena acción: Señor te doy gracias porque mi conciencia está feliz y tú me estas felicitando. O cuando estás en angustias y no encuentras quien te diga una palabra de orientación, entra a tu santuario íntimo que Dios te orientará; o cuando estás triste, como tantas madres tristes que no han hallado a sus hijos desaparecidos, entra tú a solas con Dios y di: Señor tú sabes dónde está, tú sabes como me lo estás tratando, y platíca con él. Qué hermosa es la oración hermanos, cuando de veras se hace con ese Espíritu de Dios dentro de nosotros. Participando de la vida de Dios.

Hay en el Libro de la Sabiduría la preciosa oración del gobernante que le pide a Dios su sabiduría y todos nosotros la podríamos pedir: «Dios de nuestros padres, Señor de misericordia que por tu palabra lo hiciste todo, tú que por sabiduría diste al hombre el poder de dominar las criaturas salidas de tus manos para que gobernara al mundo con santidad y justicia, dame la sabiduría que comparte tu trono y no me rechaces del número de tus hijos». Y luego dice: «Envíame tu sabiduría para que trabaje conmigo y yo sepa lo que te agrada. Ella me guiará prudentemente en mis empresas y me protegerá con su poder. Mis obras te agradarán y regiré a tu pueblo con justicia».

Cuando yo leí esta oración, hermanos, me he acordado mucho de la oración que dicen los alcohólicos anónimos que me parece un precioso resumen de esta oración de la Sabiduría: ¡Oh Dios!, enséñame serenidad para aceptar las cosas que puedo cambiar, valor para cambiar aquellas que puedo y sabiduría para reconocer la diferencia». Yo creo que ahora esta oración no debería de estar sólo en el recinto salvador de los centros de Alcohólicos Anónimos, sino que debería ser una oración de todos aquellos que pusieran el cambio del mundo. Dame sabiduría para tener el valor de cambiar lo que se debe cambiar; y la serenidad para soportar lo que no se puede cambiar. Cuánto bien ha hecho ésto en el alcohólico. Sabe él que se puede cambiar esa vida y yo que he oído tantos testimonios, les digo la alegría que da cuando la sabiduría de Dios toma posesión de un hombre, aunque sea el más vicioso y lo convierte en el artífice de su propio cambio. Ya no es un alcohólico, ya es la alegría de su familia. Pues ésto, por qué no lo puede hacer cada uno de nosotros los pecadores. El egoísta, que le parece que no puede vivir compartiendo con los otros. Todo aquel que cree que no se puede cambiar nada, que tienen que seguir así las cosas. Es necesario que haya cambios. Pero no unos cambios sin sabiduría. Dame sabiduría para conocer la diferencia. El hombre que ha sido llamado para ser partícipe de la vida, del pensamiento, de la inteligencia de Dios, ¿cómo no va a ser capaz de hacer un mundo mejor? Los salvadoreños que nos estamos lamentando de ir caminando como un callejón sin salida, ¿por qué no orar? y hacer lo posible de cambiar las cosas en la medida de nuestro alcance y pedirle al Señor la valentía de cambiar lo que se puede cambiar y la serenidad también de soportar mientras no se puedan cambiar las cosas.

Y digo también hermanos, que la vocación del hombre, es vocación a esa vida eterna. Brillarán como soles en el Reino del Padre. No olvidemos esta dimensión escatológica, esté más allá de la muerte. La salvación del hombre no tenemos que buscarla sólo en esta tierra. Un mundo mejor tiene que ser iluminado por ese más allá que no se dará nunca en este más acá, y que aquí siempre las cosas serán imperfectas, pero que el corazón del cristiano tiene que luchar por hacerlas menos imperfectas para que sean un camino hacia la perfección infinita de lo absoluto del Dios que nos espera. Y digo también que la vocación del hombre, es una vocación a colaborar. Colaborar en la salvación de los demás; y aquí viene la parábola que se ha leído hoy también: El Reino de los cielos se parece al fermento que una mujer puso en la masa para que toda ella se fermentara. Esto es el cristiano según Cristo: Un fermento. Las panaderas saben lo que es aquel poquito de masa que se pone dentro de la masa para que luego sea todo masa fermentada. Y el cristiano debía de ser eso, un puñito de fermento que luego transforma su familia, transforma su barrio, su comunidad, su pueblo, el país entero, el mundo entero. Somos fermento sin fuerza, por eso no hemos logrado fermentar la masa. Esta reflexión nos debe llevar pues, a comprender esta responsabilidad de nuestra vocación cristiana para hacer también, apóstoles, fermentos de nuestra Sociedad.

Finalmente hermanos, mi tercer pensamiento: La Iglesia signo del Espíritu de Dios en medio de los hombres. Y aquí me valgo de la tercera parábola que Cristo nos ha propuesto: El Reino de los cielos se parece a una semilla de mostaza que alguien sembró y que fue creciendo hasta hacerse arbusto y los pájaros venían y se posaban en él. Es una imagen de la Iglesia, como signo en el mundo. Así como el arbolito es un signo, de protección para el pajarito que vuela buscando sombra, la Iglesia es eso: Un signo donde los hombres encontramos la plenitud de los medios traídos por Dios. Ya decía antes que no vamos a esperar de todos los que reparten la vida de Dios, la santidad que deberían de tener -que deberíamos de tener- pero sí, sepamos, como decía Manssonni el gran escritor italiano: «Cuando yo me arrodillo ante un confesor, no me importa saber si ese hombre está más necesitado que yo del perdón de Dios, lo que me importa es que en ese momento será el signo del perdón». Yo te absuelvo, aunque sea un pecador me absuelve en nombre del que perdona y quiere convertir a los hombres. Es un signo.

Esta Catedral, por ejemplo, ahora con ustedes aquí adentro, es el signo de quienes buscan la palabra, la Eucaristía del Señor. Signo de toda manifestación de Iglesia. Queridos hermanos, seamos como el granito de mostaza de hacer crecer este signo y que seamos verdaderos instrumentos, señales por donde encuentra el hombre la salvación. Que todo hombre de Iglesia, todo ciudadano del Reino, sea de verdad, en medio del mundo, una invitación del trigo a la cizaña para que se convierta y siendo cada día más pleno de cosecha para el Reino de los Cielos.

Ahora comprendemos hermanos -perdonen que hasta el último momento lleve este relato- como esta Iglesia signo, esta Iglesia fermento, esta Iglesia trigo en medio de la cizaña, esta Iglesia nos ofrece en esta semana muchas señales de su presencia, así como también muchos rechazos de la cizaña que la rodea.

Con alegría hemos visto que el Papa ha señalado ya el lema de la jornada de la paz para el primero de enero próximo, y es este: «Para lograr la paz, educar para la paz.» Es una educación que no termina al terminar la escuela, que llega hasta nuestra vejez, porque siempre aprendemos a ser hombres instrumentos de paz. Nadie se sienta pues fuera de esta escuela de la paz y tratemos de educarnos para la paz.

Se ha publicado también en Roma, un documento que orienta las relaciones entre los obispos y los religiosos en la Iglesia. Ya tendremos oportunidad de dar a conoce como estos dos grandes elementos de la Iglesia: El episcopado y la vida religiosa, tienen que conjugarse para el bien del pueblo de Dios.

También hay noticias muy halagadoras de los preparativos de la reunión de Puebla. En Bogotá, obispos y expertos se están reuniendo ya para preparar el documento base de los estudios de Puebla. Pidamos mucho para que todo ésto camine hacia las verdaderas esperanzas de nuestra América Latina. El presidente del CELAM, Cardenal brasileño Lorscheider, ha dicho que en esta reunión de Puebla, habrá revisiones muy profundas de la doctrina de cristología, de sociología, de la teología de la liberación, pero que la Iglesia tendrá que estudiar cada vez más a fondo su compromiso con los pobres y su actitud delante de posiciones gubernamentales o de otras organizaciones que en América Latina dificultan la evangelización. Ha señalado también el peligro de esta manifestación de las grandes ciudades, donde se hacen más necesarias las pequeñas comunidades. Óiganlo bien para que sigamos trabajando en este campo de comunidades eclesiales de base: Donde la evangelización se torna más familiar y humana.

Desde este domingo queremos adelantar nuestra felicitación a las Iglesias hermanas de Santiago de María y de Santa Ana que están celebrando sus fiestas patronales del Apóstol Santiago, 25 de julio y de Señora Santa Ana, el 26 de julio.

Aquí en la Arquidiócesis, el periódico Orientación, publica un documento de la solidaridad de nuestros sacerdotes, con los jesuitas que fueron cateados el 8 de julio. Comparten su afrenta, ofrecen su apoyo moral, aprueban como oportuno y sincero su comunicado, en que ratifican su posición en la Iglesia y en el pueblo salvadoreño; se alegran de que hayan comprobado una vez más la falsedad de las calumnias de los que quieren mal a la Iglesia.

Del 28 al 31 de julio, el Colegio María Auxiliadora de las hermanas Salesianas, estará celebrando el 75 aniversario de su fundación. Muy pronto tocará también su fiesta jubilar al colegio Don Bosco de los Salesianos. Nos alegramos y pedimos al Señor muchas bendiciones para estos seguidores de Don Bosco.

El Centro Ana Guerra de Jesús para señoras del mercado, ha celebrado un encuentro sobre la vida del niño en la familia salvadoreña. E

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