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El Papa, Lugarteniente de Cristo en su Iglesia

El Papa, Lugarteniente de Cristo en su Iglesia
HOMILIAS 1978

21º Domingo de Tiempo Ordinario

Domingo 27 de agosto de 1978

Lecturas:
Isaías 22, 19-23
Romanos 11, 33-36
Mateo 16, 13-20.

Queridos hermanos, quiero hacerme eco de la gran noticia que desde el balcón de la Basílica Vaticana, escuchó ayer el mundo: Os anuncio un gran gozo, tenemos Papa. Y así como aquella muchedumbre contestó a la noticia con un aplauso, yo quisiera pedir a la Catedral de San Salvador un gesto de adhesión a la Santa Sede, con un sonoro aplauso.

Porque en mi homilía de hoy, yo quiero decirle al nuevo Papa, como lo queremos, por qué hemos aplaudido por él; pero al mismo tiempo decirle qué manos, qué pueblo es el que lo está aplaudiendo. Este ha sido mi perenne afán de pastor: Traer la luz de la Iglesia Universal, del evangelio que ilumina a todos los hombres y concretarlo al querido pueblo, encarnarme en él con el mensaje divino. Como no le va a gustar a Juan Pablo I, hijo de obreros, hombre humilde -no se mencionaba entre los papables, nadie lo conocía de nosotros- sin embargo, en un colegio de electores, donde la mayoría no eran italianos, sino extranjeros, el dedo de Dios ha señalado a un italiano, pero que responde al ansia de una mayoría del mundo. ¡Bendito sea Dios!

Creo, le decía ayer una religiosa, que nos vamos a entender bien. Creo que nuestro pueblo siente ya el palpitar de simpatía para un hombre oculto, sencillo, metido entre el pueblo, que sabe lo que es sufrir la pobreza, y sabe también comprender en el amor las dimensiones grandiosas de este evangelio que no quiere pleitos, pero que quiere mucho amor para solucionar los conflictos.

¿Por qué aplaudimos al nuevo Papa, queridos hermanos? Qué oportunidad más bella recibir la noticia del nombramiento del nuevo Pontífice, cuando en el evangelio de San Mateo, que ha sido y es durante todo este año, el eje principal de la liturgia de la palabra; y por eso les ofrecía yo un esquema que me lo han pedido de muchas partes -y lo estamos remitiendo ya- el esquema del evangelio de Mateo, se puede llamar así, un poema de la Iglesia en siete estrofas. Desde Jesús Niño, y estábamos ya durante este tiempo en la quinta estrofa. Son los Capítulos del 13 al 18. Los capítulos 13-18 del evangelio de San Mateo, nos ofrecen en la reflexión de la primitiva comunidad cristiana, como comienza ese Reino de Dios, agrupando unos discípulos. Y en ese grupo se destaca un hombre: Pedro, como jefe. Como primicia de esa Iglesia a la comunidad obedece, sigue, siente a Pedro como el núcleo de unidad de esa comunidad naciente.

Allí, en esos capítulos 13 al 18, se dan las reglas de vida en una vida, comunitaria. Es el hermoso discurso comunitario de Cristo. Y es allí precisamente, en el capítulo 16, en plena sección del evangelio que nos habla de la comunidad Iglesia que va extendiéndose en torno de un personaje escogido por Cristo, donde nos cuenta hoy aquel episodio en Cesárea de Filipo, unos 30 kilómetros al norte del Lago de Genezareth, allá donde nace el río Jordán. Una ciudad fundada por Filipo -plenamente de ambiente pagano- Cristo se ha retirado con sus discípulos porque en su propio pueblo ha sido rechazado. Pero allá aprovecha para sentar las bases de lo que será el fundamento sólido de esta comunidad que nace. Es allí donde tiene realización este episodio, este diálogo que describe maravillosamente el papel del Papa. Y por eso yo titularía a esta homilía: El Papa, Lugarteniente de Cristo en su Iglesia. Ese es el resumen de las lecturas de hoy. Nos presenta precisamente a un día después de la elección de un Pontífice actual, que es ese hombre, desconocido hasta ayer y ahora amado por todo el mundo, aplaudido como lo acaban de hacer ustedes -bendito sea Dios- por la gran noticia de que ese hombre escondido ha sido asumido para tomar toda la rica herencia que Cristo entregó a Kefas, Simón -hijo de Jonás- el primer Papa hace 20 siglos. Después 263 hombres, el actual, el Cardenal Albino Luciani, Patriarca de Venecia, toma un nombre original, Juan Pablo.

Pero lo que interesa es que bajo cualquier nombre -Pablo, Juan, León, Pío, etc.,- es la herencia de Pedro anunciada en el evangelio de hoy y que resumo en esa frase título de mi homilía: El Papa, el lugarteniente, el que hace las veces, el vicario, el que representa; más aún, como decía Santa Cecilia de Siena, el mismo es «il dolce Cristo in terra», el dulce Cristo de la tierra.

Y para desarrollar este pensamiento, yo quisiera presentarles estas tres ideas, como de costumbre: 1a.) es lugarteniente de Cristo, porque él refleja la presencia de Dios en la Iglesias; 2o.) es lugarteniente de Cristo, porque el Papa es la garantía de la consistencia inmortal de la Iglesia; y en tercer lugar, Es lugarteniente de Cristo, porque el Papa es el principio y fundamento de la unidad universal de la Iglesia.

Pero para comprender como el Papa es reflejo de Dios, la segunda lectura nos da una idea grandiosa de Dios. San Pablo, al terminar sus profundas elucubraciones que han sido objeto durante estos domingos pasados, como ese proyecto salvífico de Dios entregado primero a los judíos y por no ser dignos, salido de allí al mundo gentil; pero que del mundo gentil -envidiado por los judíos, porque se han hecho dueños de su herencia- hará que los judíos también vuelva. Y los dos pueblos convertidos en plenitud de Cristo, serán la gloria de Dios. Al terminar estos análisis tan profundos, San Pablo explota en un himno a la grandeza de Dios que han escuchado hoy ustedes. ¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimientos! ¡Qué insondeables sus decisiones! ¿Quién conoció la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero?

Y dice una frase, que es la síntesis de cuanto yo quiero decir: El es el origen, el camino y la meta del universo. Aquí está abarcado todo, fuera de Dios no hay nada. Y por más inmenso que parece el mundo de las estrellas, de los mares, de los volcanes, tiene un origen todo ese mundo inmenso: Dios. Y aunque no comprendamos el desarrollo de ese drama grandioso de la creación con sus hombres, con la historia de sus pueblos, con sus conflictos, con sus injusticias, Dios va siendo el camino incomprensible. ¿Por qué permite tanta cosas? Porque después de este camino hay una meta que es también Dios.

Dios abarca la historia desde el principio hasta el fin y él sabrá explicar a su tiempo por qué sucedieron las cosas. Pues de este Dios, grandioso, incomprensible, infinito, que abarca en su grandeza los límites de lo creado por más grande que parezca, el Papa es un reflejo. Diríamos, como esos espejitos que abarcan un panorama, en el espejo se refleja toda la grandeza que no abarcamos a mirarla de conjunto, pero un lente apropiado, como esas cámaras fotográficas que abarcan extensiones grandes y las reducen, así es el Papa, es como una fotografía, como un espejo, pequeñito, insignificante. ¿Quién le hubiera dicho hace dos días a este humilde Cardenal Albino Luciani, que el Señor lo iba a recoger como el espejito, para reflejar sobre el mundo entero su grandeza de Dios? ¿Y por qué estoy diciendo yo que el Papa refleja esa grandeza del infinito? Me lo autoriza el mismo evangelio de hoy.

La razón de ser del Papa, la hemos escuchado en la respuesta de Pedro. ¿Quién dicen los hombres que soy yo? -pregunta Cristo-. Los hombres tienen muchas opiniones, te confunden con profetas, con sabios, con gente grande. Pero yo les pregunto a ustedes que han estado conmigo tres años, ¿quién soy yo? Y entonces la voz del primer Papa es la que responde: -«Tú eres el Mesías, el hijo de Dios vivo; en Tí, se ha encarnado toda la grandeza de Dios; Tú eres la esperanza de la redención de los hombres; tú eres todo». Y la respuesta de Cristo: -«Bienaventurado Simón, eso que acabas de decir no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Eso es fe. Tú crees y la fe, como acaba de decir aquí el locutor de la Misa, es iniciativa de Dios. Dios la da y a tí te la ha dado en toda su plenitud. Tú me has descubierto, en medio de los hombres, yo soy el hijo de Dios, yo abarco la creación, por mí fueron hechas todas las cosas, yo soy la esperanza del mundo. ¡Dichoso que me conoces! Y por eso te digo, tú eres Pedro, tú eres piedra, esa fe que acabas de confesar es el fundamento de esta Iglesia, para eso voy a organizar mi Iglesia, para mantener entre los hombres la fe en el verdadero Dios, para que siga proclamando durante los siglos que yo soy Cristo, el Hijo de Dios vivo».

Ven como el Papa, en el primer Papa, Pedro, nos refleja su razón de ser. El Papa es el que garantiza nuestra fe. Cristo mismo ha aprobado la confesión de San Pedro -así se llama este episodio del evangelio: La confesión de San Pedro Entonces nuestra fe de Iglesia, la que nos pregunta cuando nos van a bautizar. ¿Crees en Dios Padre creador del cielo y de la tierra? – Sí creo. ¿Crees en Jesucristo su único hijo que nació de la Virgen, murió, resucitó y está sentado a la derecha del Padre? -Sí, creo. ¿Crees en el Espíritu Santo que ese Cristo Redentor nos ha enviado y es la vida de esta Iglesia a la que tú quieres pertenecer? -Sí creo. ¿Crees en la vida eterna, crees en el perdón de los pecados, crees en la redención omnipotente de Cristo? -Sí creo. Y el Sacerdote, haciéndose voz de la Iglesia dice: Esta es la fe de nuestra Iglesia. ¿Quieres ser bautizado en esta fe? -Sí quiero. ¡Qué honor pertenecer a esta confesión, pero cuya roca sólida está allá en el fundamento: El Papa!

El Papa no puede fallar en su fe. Por eso el Papa disfruta una gran prerrogativa que se llama la infabilidad en materia de fe y de moral. Se puede equivocar en asuntos de matemáticas, de astronomía, de ciencias de los hombres; pero cuando se trata de fe en Dios y de la moral que Dios exige a los hombres, el Papa, cuando asume su potestad de maestro supremo para definir una verdad que hay que creer, o cumplir un deber aunque los hombres no lo comprendan, el Papa es infalible, no se puede equivocar. No por ser hombre, sino por una asistencia especial que Cristo ha prometido al que es fundamento de un pueblo, que no se puede equivocar tampoco porque Dios no le puede engañar.

En el día de la elección del Papa, reafirmemos nuestra fe. El es el reflejo de Dios. El es garantía de lo que creemos. El es la fe y la esperanza de nuestra Iglesia. Y hay otra razón también, hermanos… ser testigo de que esta Iglesia no la construyen los hombres. Oyeron las palabras del Evangelio: tú eres Kefas, eres piedra, eres Pedro -eso quiere decir- y sobre esta Kefas, sobre esta piedra voy a construir mi Iglesia ¡Qué belleza! no es el Papa, ni el Obispo, ni los sacerdotes; todos desde el Papa hasta el último catequista rural, no somos más que los peones, los trabajadores que colaboramos bajo el único constructor. Sobre esta piedra que eres tú, voy a construir yo mi Iglesia. No es tú Iglesia, no es la Iglesia del gusto de los hombres, es mi Iglesia.

Venir a misa el domingo, bautizar un niño para que sea de la Iglesia, es injertarse en esta construcción que Cristo está realizando. De ésto nos da garantía, pues, el Papa, el más humilde de los que construyen la Iglesia. Siervo de los siervos de Dios, porque él sabe que es Cristo el que construye su Iglesia. Es Cristo el que inspira la buena voluntad de los pueblos, de las Diócesis, de las comunidades, de los hombres y mujeres que quieren trabajar por el Reino de Dios. No despreciamos al Obispo, ni al sacerdote, ni al catequista, cuando no queremos acudir a reflexionar con él, la palabra auténtica de la Iglesia, despreciamos al mismo Cristo que predica a través del obispo y del sacerdote y del catequista. El Papa es el primero en sentirse vicario de Cristo, gerente de la obra de Nuestro Señor Jesucristo.

Hay otra tercera razón, ¿por qué el Papa es reflejo de Dios en su Iglesia? Porque él es el depositario de unos poderes que sólo Dios tiene. Aquí hay dos hermosas figuras en el evangelio de hoy. Las llaves y el poder de atar y desatar. A tí te daré las llaves del Reino de los cielos. ¿Esta figura qué quiere decir? La ha iluminado la primera lectura de hoy. Escucharon al profeta Isaías dictando una profecía contra un tal administrador de la casa del palacio del Rey, -se llamaba Sobna- y este administrador, como muchos que suben al poder, se envalentonan y solamente quería favorecer a su gente. Se hizo indigno del poder, y sobre todo aconsejó mal al Rey. Era el tiempo en que el ejército de Asiria iba a invadir la Tierra Santa, y el Rey mal aconsejado por Sobna y otros consejeros, quiso hacer alianza con Egipto. Entonces, Isaías inspirado por Dios va a decirle al Rey que no tenga miedo a Asiria, que no haga alianza con Egipto, que se mantenga neutral, que no le va a pasar nada. Pero el Rey se dejó seducir por Sobna, hizo alianza con Egipto y vino la catástrofe. Entonces, Isaías contra este mal consejero, contra este mal administrador -dice la profecía de hoy- dice el Señor: Te echaré de tu puesto, te destituiré de tu cargo y llamaré a Eliacín. Y es a Eliacín a quien le dice estas palabras que profetizan lo que Cristo le está diciendo ahora al Papa. A él le daré tu túnica, le ceñiré tu banda, le daré tus poderes, será padre para los habitantes de Jerusalén. Colgaré de su hombre la llave del palacio de David. La llave, era un símbolo; el símbolo, de la potestad de una casa. Todavía ahora cuando llega un personaje ilustre a un pueblo, le dan simbólicamente las llaves de la ciudad. Pero en Jerusalén, en Tierra Santa, todavía es más simbólico, las llaves es el signo de que un hombre es el administrador de una casa de la cual aquella llave, abre y cierra.

Y dice aquí Isaías, unas palabras que no se referían propiamente a Eliacín, sino que son una profecía del futuro: Colgaré de su hombre la lleve del palacio de David, lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre, nadie lo abrirá. Ni siquiera el Papa realiza toda la plenitud de esta profecía, porque el Apocalipsis, en el capítulo 3, versículo 7, nos presenta al mismo Cristo, cuando hablándole a la Iglesia de Filadelfia, dice: Esto dice el santo, el vezas, el que tiene la llave de David, lo que él abre nadie lo puede cerrar y lo que él cierra nadie lo puede abrir.

Esta imagen de las llaves -anunciada ya por Isaías realizada en el Papa, tendrá su consumación en Cristo. Después de todo, las llaves que recibe el Papa este día no son más que las llaves de Cristo. Por eso dice un gran escritor: Las llaves de Pedro son las llaves de la historia. Nadie comprenderá la historia universal, si no cree en las llaves que abren y cierran. El Papa es el reflejo de Dios con sus llaves en la mano. Cristo se las entregó, El, Señor de la historia a tí te daré las llaves. El es la clave del universo, con ese tesoro, no por ser un hombre, sino por recibirlas de Dios. Cristo es el que tiene las llaves. El veraz, el inmortal, el que abre, el que cierra. Por eso Cristo completa la imagen con otra comparación: Todo lo que atares en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra desatado quedará en el cielo.

No estamos locos pensando que un hombre diga una cosa para que Dios diga lo mismo. No es ese el ridículo que quiso hacer Cristo. Lo que está diciendo Cristo es… a tí te tengo mi lugarteniente. Tú representas lo que yo soy. Yo soy la cabeza invisible del Reino de Dios, de la Iglesia; pero tú eres la cabeza visible, tú eres la boca del Cuerpo Místico, tú eres mi voluntad, lo que tú dispongas -con la sabiduría, naturalmente del consejo, del discernimiento, que mi espíritu te inspirará- eso también quedará sancionado en el cielo.

Queridos hermanos, cuando oímos tantas calumnias contra el Papa, da lástima pensar con qué alambre eléctrico de alta tensión están jugando ciertas gentes. Lo que el Papa sanciona en la tierra, Dios lo da por sancionado en el cielo. Si el Papa excomulga al que toca violentamente a un sacerdote, es Dios mismo el que está excomulgando; y nadie tiene que reírse de la excomunión, porque es un desconocimiento del mismo Dios, que si no se arrepiente y se incorpora, quedará separado de Dios para siempre. Cuando el Papa dice: Esto es lícito, ésto no es lícito, no estemos jugando con interpretar de otro modo sus palabras, Esto es lícito y esto no es lícito. Cuando el Papa dice: Excomunión al que cometa el horrendo crimen
el aborto, no andemos jugando con falsas interpretaciones, queda excomulgado también ante Dios, quien realiza y aconseja y es cómplice de un aborto. Y cuando el Papa dice en la «Humanae Vitae»: no es lícito el uso de anticonceptivos artificiales, no busquemos interpretaciones… permisorias. Lo que tú sanciones en la tierra, queda sancionado en el cielo. Quizá por que jugamos mucho, porque vemos tantas injusticias en el Poder Judicial de nuestra tierra, pensamos que vamos a jugar con el poder judicial de Dios. Aquello es distinto. Los mismos jueces, la misma Corte Suprema de Justicia, tendrán que recibir su merecido de Aquel que sanciona con verdadera justicia a los hombres y no tolerará el atropello, la injusticia de un hombre contra otro hombre. Por eso, la doctrina de los Papas que debemos de seguir, no es doctrina simplemente de hombres, tiene todo el respaldo de un Cristo. El lugarteniente de Dios en la tierra habla: Es Cristo el que habla.

En el segundo lugar hermanos, decíamos que el Papa refleja a Dios, es lugarteniente de Cristo en la tierra, porque él es la garantía de la consistencia inmortal de la Iglesia. Dicen que el nuevo Papa, el Cardenal Albino Luciani, llamado hoy Juan Pablo I, es un hombre muy sereno. Una de sus últimas intervenciones en Venecia, hablaba de que el mundo actual, tiende a llamar inmensas las problemáticas. Y decía él: No nos hagamos esa mentalidad de inmensos problemas, veamos con serenidad el horizonte, confiemos en un Dios que es Padre que nos ama. Para mí estas palabras son un augurio de que en la alta torre de la Iglesia está un vigía que no se dejará sorprender ni asustar por nada. Por algo quiso llamarse también Juan, para llamar la serenidad de Juan XXIII y Pablo, para heredar también la prudencia exquisita de Pablo VI.

La Iglesia lleva la garantía de su consistencia. Cuando Cristo le dice al primer Papa: Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Y en una traducción más auténtica, quiere decir, los poderes de la muerte que han hecho sucumbir a tantos imperios que ya no existen, esa potestad de la muerte que acaba con todo, no tiene nada que ver con esta lancha de la eternidad que seguirá bogando en el tiempo, porque el horizonte lo está marcando a aquél que es origen, camino y meta de la historia. La Iglesia llegará a la meta, y el Papa es la garantía. Mientras haya un Pontífice manejando el timón de la Iglesia… la tripulación, los pasajeros, todos los peregrinos, vamos tranquilos, tengamos mucha fe, porque el Papa es garantía de la consistencia de la Iglesia.

La misma figura que usó Jesucristo cuando le cambió el nombre al hijo de Jonás -se llamaba Simón- de aquí en adelante te llamarás Pedro. En arameo la palabra que usó Cristo es Kefas, que significa roca. Ya traducido al español pierde mucho: Pedro. Pero si hubiera una traducción que significara Pedro como roca, como una sólida fundamentación, eso define al Papa. El Papa es la roca donde está construida una Iglesia de garantías inmortales.

Y por eso, la tercera razón por que decimos que el Papa es lugarteniente de Cristo en su Iglesia, es porqué el Papa es garantía de la unidad universal. Parece que es imposible empalmar estas dos palabras; unidad y universalidad. Cuando uno mira la diferencia de un pueblo a otro pueblo; las opiniones tan contrarias y tan variadas; las razas tan distintas. ¿Por qué soñó Cristo hacer una sola Iglesia de negros y blancos; de chinos y europeos y americanos?. Respetando su idiosincracia, la Iglesia no llega a ningún pueblo a arrebatarle sus valores, al contrario, nadie garantiza tanto los verdaderos valores autóctonos de un pueblo, como la Iglesia. Miren aquí en El Salvador, ¿quién respeta más el modo de ser de los salvadoreños?. ¿Quién se ha identificado tan profundamente con el pueblo? La Iglesia?. Y a pesar de ese respeto a lo universal, a lo autóctono, a lo propio de cada pueblo, la Iglesia es una y única. ¿Cómo logró Cristo este milagro? El Concilio Vaticano II lo explica: Cada obispo es el fundamento de la unidad de su Diócesis; y todos los obispos unidos con el Papa, representan a la Iglesia Universal, unida en el amor y en la paz.

Yo creo que ayer se ha dado al mundo, un testimonio que no lo da nadie, sólo la Iglesia. Hombres venidos de diversos continentes -la mayoría no eran italianos- y el mismo día se ponen de acuerdo y eligen un italiano que responde a las ansias de todos los pueblos. ¿Qué es esto? El milagro de Dios en una Sociedad tan convulsiva, tan separatista, tan egoísta, en que hace prevalecer el bien común, sobre todos los bienes particulares. Es la unidad de Pedro, el fundamento en el cual los obispos de todo el mundo sentimos que a través del Papa aportamos nuestra idiosincracia. ¡Qué honor para mí, queridos hermanos, las veces que he estado cerquita del Papa, saber que no estaba yo solo! ¡Saber que yo no era más que el humilde representante de todo un modo de ser de estos cuatro departamentos de El Salvador, que son la Diócesis de San Salvador ¡Y qué honor también saber que yo, la humilde bandeja de tanta riqueza, presentándole al Papa tantos valores cristianos y humanos de los salvadoreños, estoy aportando a la riqueza universal! Es algo así como cuando las venas llevan la sangre al corazón y del corazón parte sangre oxigenada para todo el cuerpo otra vez. Este sistema sanguíneo explica un poco la unidad, el corazón en la universalidad, las venas repartidas por todo el cuerpo.

Por eso hermanos, Cristo le dice a Pedro que él es el cimiento de la construcción. Por más complicada a que sea una construcción, no sería consistente, ni tendría unidad, si no existieran unos arranque donde está descansado todo el peso de la construcción. El Papa, éste es su oficio principal, ser el arranque donde se construye la pluralidad del mundo. Sentirlo todos, nuestro padre, sentirlo todos tan nuestro como si fuera el Obispo de mi Diócesis, el párroco de mi parroquia, el catequista de mi cantón. Allí va el torrente sanguíneo que brota del corazón del Papa hasta el último rinconcito del mundo que cree en esta fe católica.

Por eso hermanos, les decía que ese aplauso que dimos al principio, ahora yo quiero preguntar: ¿qué manos, qué pueblo es el que lo está dando? Y por eso cuando yo insisto en estas notas tan propias de nuestra historia la salvadoreña, no me estoy metiendo a política, ni estoy buscando conflictos, simplemente estoy diciendo: Esta Iglesia que me manda regar su sangre aquí a esta Diócesis, es a esta historia a quien yo tengo que darla. Es la Iglesia de la Arquidiócesis, la cual tiene hoy la dicha de presentar junto con la Diócesis de Santiago de María, una carta Pastoral que la puedo ofrecer como un humilde servicio de iluminación, porque su tema es de mucha actualidad. Su título es: La Iglesia y las Organizaciones Políticas Populares. Tratamos de responder allí a esa inquietud de muchos, principalmente campesinos. ¿Qué significa la Organización Popular? FECCAS, UTC, FAPU, etc. etc., es una proliferación de grupos políticos. Decimos en la carta: Este fenómeno es de esos que el Concilio llama… signos de los tiempos. Y que la Iglesia tiene que iluminar desde la luz del evangelio. Yo no quiero que la lean simplemente. Allí los invito a reflexionar junto con sus comunidades. Es un tema de profunda reflexión para no inventar cada uno, unas relaciones de la Iglesia con esas agrupaciones, distintas de las que estamos proponiendo allí, a la luz del evangelio. Yo espero que han de acoger esta labor, este esfuerzo pastoral, con el cariño con que lo estamos ofreciendo también los pastores. Tiene tres partes: La primera parte expone la situación de las organizaciones populares en El Salvador, defendemos el derecho de organización; el apoyo a sus justos objetivos; describimos y denunciamos como se viola en El Salvador, ese derecho que todo hombre tiene a organizarse; damos la razón por qué es legítimo el derecho de organización y cuando también se convierte en ilícito. No estamos defendiendo toda organización. Cuando esa organización se hace para el crimen, para el secuestro, para la guerrilla, cosas injustas, allí ponemos también las razones de la moral, por que no todo se puede permitir.

En la segunda parte, ya es el tema central. ¿Cuáles son las relaciones de la Iglesia con las Organizaciones Populares? Proponiendo tres principios básicos, describimos cuál es la misión de la Iglesia. Cuál es el servicio que la Iglesia tiene que prestar al pueblo, sobre todo en sus esfuerzos de reivindicaciones. Y allí recordamos con cariño, una palabra de Pablo VI que casi es un testamento para nosotros: «…acompañen a su pueblo con cariño de Pastores, pero iluminándolo siempre con la luz del evangelio».

Y damos como un tercer principio la inserción que la Iglesia procura de todos los esfuerzos liberadores de los hombres, en la salvación universal de Cristo, diciendo que no sería completo un esfuerzo liberador económico, social o político, si no se incorpora a la gran liberación que cantábamos cuando entrábamos hoy a la Iglesia: El pueblo que camina esperando la gran liberación. La liberación es la del pecado, la que nos dará la gloria y la libertad eterna. Pero en esa esperanza hay que trabajar también por las liberaciones de la tierra. La Iglesia no es indiferente, pero tampoco quiere que se pierda a sólo en fines meramente temporales.

Y la tercera parte trata un tema muy peligroso y lo van a estudiar con mucho cuidado. Es el juicio de la Iglesia ante la violencia. Sí, es cierto que la Iglesia tiene ideas de paz, pero distingue diversas categorías de violencias. Allí les recuerdo cómo en la cumbre del Tabor, junto a Cristo transfigurado, los cinco hombres que aparecen -Moisés, Elías, Pedro, Santiago y Juan son hombres de carácter violento, y cometieron violencia tremendas. Moisés mató a un Egipcio. Elías pasó a cuchillo a los profetas que no adoraban al verdadero Dios. Pedro sacó su espada contra Malco, para defender a Cristo. Santiago y Juan pidieron a Cristo que lloviera fuego sobre un pueblo que no les quiso dar hospedaje. Pedro digo allí, lo que dice Medellín: «el cristiano es pacifista, no porque no pueda combatir, sino porque prefiere la fuerza de la paz». Y les invito pues, a que pongamos toda esa energía que Dios ha dado a nuestro pueblo salvadoreño, como un torrente, no al servicio de la sangre, de la violencia. Nada tenemos que temer cuando los salvadoreños ponga toda esa agresividad que Dios les ha dado, al servicio de una construcción de la justicia verdadera, del orden que verdaderamente hay que defender.

Ojalá pues, que este llamamiento lo estudien con verdadero cuidado y se formen criterios propios de lo que la Iglesia piensa. Esta Arquidiócesis también tiene el gusto de ofrecer, ahora en ediciones de la UCA, un precioso volumen titulado: «Los obispos latinoamericanos entre Medellín y Puebla». Es una colección preciosa de 23 documentos episcopales de América Latina, teniendo en cuenta esta coyuntura económica y política de América Latina; obispos del Brasil, de Paraguay, de Perú, de México, de Guatemala, de Honduras y también de El Salvador, de Nicaragua y Panamá, aparecen allí con documentos que iluminan, que está línea de la Arquidiócesis de San Salvador, no es una cosa que se aparta del evangelio. Por eso hermanos, yo les invito, queridos sacerdotes, religiosas, instituciones católicas, fieles, estudiar la hora de América Latina y la luz del Evangelio. No es luz solamente del Arzobispo de San Salvador, es una línea que se sigue en los episcopados de varios países de América Latina; y no puede ser una equivocación, cuando es el mismo evangelio el que nos obliga con aquella palabra de Cristo: «Todo lo que hagas por uno de estos pequeñitos que son mis hermanos, los injustamente tratados, por mí lo haces». Traicionar esta liberación sería traicionar el mismo evangelio. Allí tienen, pues, una colección de documento, ustedes pueden conseguirlo en este texto.

Visitando las comunidades, yo recojo hoy para el nuevo Papa inmensos tesoros de nuestra Arquidiócesis. Por ejemplo, en San Juan, Cojutepeque -el domingo pasado- un grupo precioso de jóvenes para recibir el sacramento de la Confirmación.

En Rosario de Cuscatlán, en la casa solariega de Monseñor Chávez, una reunión de obispos, que también me llenó de mucha satisfacción.

En Aguilares, el martes de esta semana, estuve para hacer una evaluación con los dirigentes de aquella pastoral. Junto con el P. Cruz y las hermanas del Sagrado Corazón ¡qué riqueza de pastoral la que allí están cultivando todas aquellas personas que colaboran en la Pastoral de nuestra Diócesis!

El jueves 24, celebrando las fiestas de San Bartolomé, patrono de Arcatao, recibí la alegría profunda de un pueblo, que como dijo la hermanita que me dio la bienvenida, no se desespera a pesar de su pobreza, sino que tiene mucha fe y mucha esperanza. Traje con cariño una cesta hermosa, llevada a la hora del Ofertorio, con productos de la tierra marcados con los nombres de aquellos cantones. Es una riqueza, de veras, de la tierra que produce El Salvador para felicidad de todos.

El sábado 26, ayer, en Tejutla al celebrar el primer aniversario de Felipe de Jesús Chacón. También me di cuenta que nuestra tierra le ofrece al Papa, como lo dije en mis visitas pasadas, ¡mártires!. ¡Qué horror cuando me contaban… el rostro despellejado de Felipe de Jesús y lo que es peor, difamado en la prensa como un cuatrero, cuando se trata de un catequista valiente, que supo llevar el evangelio hasta sus consecuencias más arriesgadas!

Allí también, por eso, junto a la misa de Felipe de Jesús, el párroco de Aldeíta, tuvo una denuncia muy valiente, cuando dijo que personas que se fingen amigos, anduvieron recogiendo allá, firmas contra el Obispo y firmas contra las comunidades cristianas. Esta es la traición de la puñalada por la espalda que la Iglesia va recibiendo en muchas partes.

También esta Diócesis puede recoger para ofrecerle al Papa, una rica vida religiosa. Ayer, las religiosas y los religiosos, se reunieron para estudiar un documento que es toda una esperanza. Se trata de un documento que estudia las relaciones entre los obispos y los religiosos. No deben ser dos mundos, sino en la perspectiva de un solo Reino de Dios que todos buscamos, tenemos que unir esfuerzos, anudar carismas; y cuántas cosas de ellas se pueden hacer cuando hay unidad entre estas fuerzas vivas de la Iglesia.

Nos alegramos también con los PP. Agustinos, que mañana día de San Agustín, celebran a su Patrono y fundador.

Nos hemos alegrado con los salesianos en el 75 aniversario de sus colegio de Don Bosco y de San José de Santa Ana; y ciertamente le podemos decir al Papa, que es el espíritu de Don Bosco, que es el espíritu de la Iglesia, está muy arraigado también en nuestra tierra.

Las religiosas de la Asunción, me ofrecieron la oportunidad de ver en el Barrio de Lourdes, sus esfuerzos también de promoción. Lo mismo que las Carmelitas de San José en la Colonia Utila de Santa Tecla, cuanto bien están haciendo en aquel centro de promoción.

También podemos ofrecerle al Papa una Diócesis con un Clero inquieto, sensible y por lo cual, tal vez mal comprendido. Tuve un diálogo muy hermoso con un grupo de sacerdotes, el miércoles. Y el viernes celebramos el 25 aniversario de la Cooperativa Sacerdotal, en la cual se trata también de ayudar al sacerdote en este problema económico, que muchos no conocen; pero que el sacerdote, muchas veces, el pobre más solemne de la Sociedad…

En Guatemala tenemos también hoy, varios sacerdotes participando en un curso de espiritualidad. Para que vean pues, nuestros esfuerzos. Esta es la Diócesis que le ofrecemos al Santo Padre. Pero al mismo tiempo le decimos: Santo Padre, es una diócesis con estas riquezas pastorales, pero enmarcada en situaciones muy difíciles.

Esta misma semana tenemos que presentar dos sacerdotes calumniados. El Diario de Hoy del 25 de agosto, publica la declaración «extrajudicial», de José Belmoris Martínez Herrera, en la que complica al P. Fabián Amaya, al P. R

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