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En la pascua nace el pueblo de la nueva alianza

En la pascua nace el pueblo de la nueva alianza
HOMILIAS 1979

Homilía de la Vigilia Pascual.

Sábado 14 de abril de 1979 por la noche

Génesis: 1,1-31;2,1-2
Génesis: 22,1-18
Exodo: 14,15-31,15,1
Isaías: 54,5-14
Isaías 55,1-11
Baruc: 3,9-15.4,1-32
Ezequiel: 36,16-28
Romanos: 6,3-15
Marcos: 16,1-18

Queridos hermanos:

Los que no están en la Catedral en esta noche solemne de la Vigilia Pascual, no pueden captar la belleza que ustedes, aquí en el templo máximo de la Diócesis, están no solo presenciando, sino viviendo. Un cirio encendido en el centro de la Iglesia es la figura de Cristo y de su Pascua y un inmenso pueblo, una muchedumbre que llena la nave, el coro y aún afuera del templo.

EN LA PASCUA NACE EL PUEBLO DE LA NUEVA ALIANZA.

1. Dos objetos de la celebración Pascual: Cristo resucitado y los bautizados.

2. La Pascua ilumina toda la historia de las alianzas de Dios con los hombres.

3. El Pueblo de la Nueva Alianza.

Quisiera ser mi palabra también, más que todo, una invitación a la acción de gracias; a celebrar este domingo la verdadera Eucaristía. Toda la humanidad de rodillas ante el Dios que nos amó hasta darnos a su Hijo clavado en una cruz, pero que lo ha resucitado. Y que en el triunfo del resucitado está toda la esperanza de la humanidad.

Pero las lecturas que acabamos de escuchar no son sólo testimonio, anuncio e invitación a la gratitud, sino que nos invitan a la reflexión de este gran acontecimiento.

LA RESURRECCION, SELLO Y CLAVE DE LA NUEVA ALIANZA.

1. La Resurrección, clave de toda la revelación de Dios.

2. La Iglesia depositaria y testigo de la Resurrección.

3. Los bautizados, participantes del mismo espíritu que resucitó a Jesús.

1. LA RESURRECCION, SELLO Y CLAVE DE TODA LA REVELACION DE DIOS.

En primer lugar, yo les invito, queridos hermanos, a que adoremos esta Resurrección como clave de toda la revelación del Señor.

«… vió y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura que él había de resucitar de entre los muertos…»

Al terminar el Evangelio San Juan, con una franqueza maravillosa, nos dice que: Después de haber corrido él, como más joven que Pedro, al sepulcro, con respeto dejó que el anciano, el mayor, entrara, reflexionara, y él también reflexionó en aquellos lienzos abandonados por un cadáver que ya es vida eterna. Y entonces dice el Evangelio esta frase reveladora. «… vió y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: Que El había de resucitar de entre los muertos».

a) Faltaba la clave que hiciera coherente sus experiencias de discípulos.

Mientras no resucitó Cristo, había en la mente de los discípulos como la ausencia de una clave. No se podía explicar la conducta, la doctrina, los milagros, todas las maravillas del Redentor, si no hubiera sucedido la Resurrección. Todo es un misterio en Cristo, mientras no llega lo que él estaba anunciando continuamente: «Ya llega mi hora». ¿Por qué lo dirá? él Hijo del hombre será entregado, lo van a ultrajar y lo van a crucificar y al tercer día resucitará. Pero eran palabras, no comprendían como un Hijo de Dios, hecho hombre, tuviera que ser tan humillado. Habrían muchas crisis en la fe de los discípulos mientras no sucedió esta gran manifestación.

– Todo el misterio de Cristo tiene una clave: La glorificación… después de la humillación… (la vida de Jesús).

En la segunda lectura de hoy, encontramos todo el relato de una vida de Jesús. Pedro, hablándole al centurión y a un grupo de gentiles, les cuenta cómo ellos, los apóstoles, vieron a este Jesús, ungido por Dios en la fuerza del Espíritu; pasó haciendo el bien, curando a oprimidos, porque Dios estaba con él. Nosotros somos testigos. Era una vida maravillosa la que habían vivido con el Señor pero había una ausencia.

– Toda la Escritura…

¿Cuál es el desenlace de todo ésto? «Toda la Escritura -nos dice el Concilio Vaticano II- que es en Cristo donde se encuentra su clave todo el Viejo Testamento, y todo cuanto de Cristo se ha escrito y se ha dicho. Sólo cuando Cristo resucita, la Escritura se ilumina y se ve el gran misterio de Dios que culmina en la resurrección de su Hijo, toda la obra incluso de la misma creación».

La creación… el hombre… Dios… El Judaísmo, la ley… la recapitulación de la obra de Dios.

¿Por qué formó Dios un pueblo en el Antiguo Testamento? ¿Por qué Dios creó y vió que todo era bueno? ¿Por qué de un anciano como Abraham, saca un pueblo milagrosamente numeroso como las estrellas del cielo y las arenas del mar? ¿Por qué se preocupa Dios de un pueblo cautivo en Egipto y lo libra del azote de los capataces y lo conduce por el desierto, entre milagros, a una tierra prometida? ¿Qué sentido tiene el lenguaje de los profetas? ¿Qué quiere decir el Siervo de Yahvé, que es un Hijo de Dios que viene no sólo en gloria y majestad, sino que será humillado, que dará sus espaldas a los azotes, que será escupido y humillado? ¿Qué entiende todo ésto?

Era necesario que la misma naturaleza quedara asombrada el Viernes Santo y, más todavía, en la noche del sábado, para resucitar; para que todo eso: El sentido del pueblo predilecto de Dios, el sentido de una naturaleza tan bella, creada para los hombres, refulgiera en el esplendor de la gracia. Si hoy gime bajo el peso de las injusticias, de los abusos de los pecadores, no es ese el destino que Dios ha dado a las cosas. Los hombres no hacemos más que hacer enigmas. Y hacemos más enigmática la creación cuando la sometemos al pecado del egoísmo, de la avaricia, de la injusticia. Es necesaria una redención sólo a la luz de Cristo que muere, y, aún entonces, el misterio se torna más oscuro cuando Cristo queda muerto en la Cruz. ¡Así terminan los justos! Vale la pena ser bueno para acabar crucificado.

¿Es necesario ser tan pasivo, que no se tenga la fuerza de la violencia para derribar todas las injusticias del mundo con las fuerzas de las armas? ¿No podía Dios mandar un ejército de ángeles y acabar con todos los perseguidores de Jesús y de su Iglesia? Esta es la mente mezquina de los hombres. Los que quieren arreglar la situación del mundo a fuerza de violencia debían de reflexionar como Juan en la tumba de Cristo resucitado y, ahora, comprender; ahora, cuando ha resucitado; ahora, cuando todos los enemigos huyen despavoridos; ahora, cuando los que quisieron callar la voz de la resurrección diciendo: vamos a decir que «mientras ustedes dormían, se lo robaron». Pero ¿quién puede tapar el sol con un dedo? La resurrección es un sol que ya refulge y nadie puede ya acallar la humillante situación de todos los enemigos del Señor.

b) Cristo Resucitado:

– Principio de una nueva creación.

Sólo a la luz de la resurrección y del triunfo del humillado, del torturado, del oprimido de Cristo hecho obediente hasta la Cruz, pero ahora recibiendo de Dios «un nombre sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos», se da la glorificación que explica el misterio del dolor. Esta es la gloria que da el sentido a todos los dolores de la humanidad. Este es el sentido de la Pascua: Cristo resucitado, el principio de una nueva creación. Ahora comprendemos que poner en Cristo resucitado toda nuestra esperanza, aún cuando sea desde un callejón sin salida, es aferrarse al poderoso, al que me sacará a flote de toda situación.

– Sentido escatológico de los valores de la vida («los bienes de arriba»… en contexto más general: «Lo que se hace por motivos de arriba»…)

Nos ha escrito hoy San Pablo, comentando la resurrección del Señor, que si hemos resucitado con Cristo, busquemos las cosas de arriba. No quiere decir una alienación de las cosas de la tierra; quiere decir, mirar los quehaceres de la tierra desde las perspectivas de arriba; quiere decir trabajar las mismas liberaciones y reivindicaciones de la tierra. No las vamos a logar con violencias ni con armas. Las vamos a lograr con las perspectivas del triunfo de Cristo.

Por eso, he escrito en mi Carta Pastoral de las relaciones entre la Iglesia y las Organizaciones Políticas Populares: la Iglesia no se puede identificar con ninguna lucha armada. La Iglesia no provoca nunca la violencia. La Iglesia no es guerrilla, ni grupo para buscar unas liberaciones inmediatistas: De política, de sociología o de economía. Todo eso lo comprende la Iglesia y anima a los hombres con vocación política, a que se organicen y que trabajen por una liberación justa en la tierra. Pero Ella no se quedará con liberaciones en la tierra. Ella dirá: «plus ultra», más allá está la liberación verdadera. La liberación que Cristo trajo es aquella que mira hacia los bienes de arriba. Y desde los bienes de arriba, desde la eternidad, desde la liberación profunda del pecado que Cristo realizó en la Cruz, desde allí se realizarán las verdaderas libertades del mundo.

c) Las liberaciones sin Cristo no son completas y hasta pueden ser dañinas.

No puede haber libertad mientras haya pecado en el corazón. ¿De qué sirve cambio de estructuras? ¿De qué sirven violencias y fuerzas armadas, si se hace con odio, si se hace únicamente por mantener poderes o apoderarse del poder para luego convertirse en tiranos también en nuevas tiranías? Lo que buscamos en Cristo es la verdadera libertad: La que transforma el corazón, la que nos dice hoy: Con Cristo resucitado buscad los criterios de arriba. Mirad la libertad de la tierra, las opresiones de esta situación injusta en El Salvador, no únicamente de tejas abajo, mirad hacia arriba. No para hacerse conformistas, porque el cristiano sabe luchar también, sino porque sabe que su lucha es todavía más fuerte, más valiente cuando se inspira en este Cristo que supo dar más que la otra mejilla y dejarse clavar. Pero desde la crucifixión Cristo obediente, ha redimido al mundo y canta la victoria definitiva, la que no pueden usar para otros fines quienes no buscan, como él, la verdadera liberación de los hombres.

Esta es la liberación que no se comprende sin el Cristo resucitado. Queridos hermanos, sobre todo ustedes que tienen tanta sensibilidad social, ustedes que no toleran esta situación injusta de nuestra patria, está bien, Dios les ha dado ese sentido de sensibilidad y si tienen vocación política, ¡bendito sea Dios! Cultívenla también; pero miren, no pierdan esa vocación; no pierdan esa sensibilidad política y social únicamente con odios, con venganzas, con violencias de la tierra. Elévense, ¡arriba los corazones! Miren las cosas de arriba.

El gran iluminador, el gran inspirador de todas las liberaciones de la tiera no tiene que ser un hombre, ni una ideología, muchos menos atea, sin Dios, sin Cristo. El gran inspirador de la liberación de nuestra patria y de los hombres es el único liberador: Cristo el resucitado; Cristo, el que esta mañana canta la verdadera victoria sobre todas las opresiones de la tierra. Cristo que ahora colocado en la gloria del Padre, puede desafiar los poderes de Poncio Pilato y del Imperio Romano; y el fanatismo de los dirigentes espirituales de Israel, de sacerdotes y de una religión que había pervertido sus sentidos. Cristo, desde su resurrección desafía a todos los liberadores de la tierra y les dice: ¡Ustedes no van a liberar! Sólo esta es la liberación que persiste, la que arranca las cadenas del corazón del hombre: El pecado, el egoísmo. Aquel que ha roto las rejas de la muerte y del infierno, aquel que ha dejado el sepulcro vacío y que invita a todos los hombres a morir contentos para que, a la hora de la Resurrección Universal ellos también puedan desafiar a las tumbas de nuestros cementerios: «¿Muerte, dónde está tu victoria?».

Todo lo demás muere, todo lo demás es pecado, todo lo demás es odio y violencia, todo lo demás es sangre y asesinato y secuestro; todo eso no es liberación, todo eso está sepultado entre las cosas viejas que Cristo deja, para darnos la novedad de la verdadera vida que solamente la puede vivir el verdadero cristiano. Ojalá, los fanáticos de la violencia y el terrorismo; ojalá, los que creen que con la represión y la fuerza, se van a arreglar las cosas, aprendieran que no son esos los caminos del Señor, sino estos: los humildes caminos de Cristo por la obediencia a la Ley del Señor, por el respeto y el amor, y el que ahora entrega a los hombres la verdadera liberación para que el que la quiera aprovechar: Cristo, pues, él es la clave de la revelación de Dios.

2. LA IGLESIA, DEPOSITARIA Y TESTIGO DE LA RESURRECCION.

a) Nosotros somos testigos… El Kerigma de las primeras comunidades.

San Pedro, que por primera vez se enfrenta con un grupo de gentiles, va a ser testigo de como Dios no tiene acepción de personas. Que ya la religión no pertenece solamente a la Alianza con Abraham, sólo al pueblo de Israel; que Cristo resucitado ha roto también las barreras que separan a los hombres y que el Bautismo que da la redención cristiana sele puede dar también a unos romanos, a unos paganos. Les dice en el precioso sermón de hoy que hemos escuchado: «Nosotros somos testigos de todo lo que Jesús ha hecho… nos encargó predicar al pueblo dando solemne testimonio de que Dios ha nombrado a Cristo Juez de vivos y muertos. El testimonio de los Profetas es unánime: Que los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados.

En otras palabras, este Cristo que con su resurrección ha recibido del Padre la herencia prometida en tantas alianzas del Viejo Testamento, hasta hacerse realidad en el Cristo que nos trajo la vida eterna, funda una Iglesia sobre la base de un testimonio: Unos hombres que sean testigos de la resurrección. Pedro y Juan han corrido al sepulcro y han visto el sepulcro vacío. Pero más que el sepulcro vacío, que a Magdalena tampoco le dijo nada, a ellos, inspirados por el Espíritu Santo, les asegura la fe en el resucitado: ¡Cristo vive! ¡Cristo no es un muerto! ¡Cristo es el Juez viviente de vivos y de muertos! ¡Cristo es el perdonador de todos los pecados de los hombres! La resurrección ha ratificado, ha puesto la firma de Dios al poder de Cirsto para perdonar al hombre que se arrepiente de sus culpas. Somos testigos de todo ésto.

– Evangelización.

– Palabra.

Por eso, es feliz pertenecer a este tiempo último de la Iglesia; cuando Pablo VI, el Sínodo de los Obispos llegados de todo el mundo; hablan de la evangelización, los Obispos de Latinoamérica reuniéndose en Puebla; Juan Pablo II dejando Roma para peregrinar por América Latina y anunciar esta misma noticia. Es decir, la Iglesia de hoy consecuente con la Iglesia que recibió directamente de Cristo: La Iglesia de Pedro, de Juan, de Pablo, de los primeros apóstoles, de las primeras comunidades que se ha leído hoy en la primera lectura; la Iglesia de aquellos hombres es la misma de ustedes, la mía, la de 1979. Se preocupa de como hacer llegar esta evangelización en el presente y en el futuro de América Latina.

– Sacramento.

Como hacer para que los hombres no sólo escuchen la palabra de Dios, sino también reciban los signos sacramentales que son: El Bautismo, la Confesión, la Eucaristía, el Matrimonio bendecido por Dios, la Ordenación Sacerdotal; es decir, los siete sacramentos expresiones de las relaciones de alianza entre el pueblo y Dios; con ellos recibiendo el perdón, la gracia, la vida que Cristo trajo y que nos dió por el precio tremendo de su cruz. Todo ésto es la evangelización.

Nunca como ahora, queridos hermanos, católicos de 1979, la Iglesia había tomado una conciencia tan clara de su misión de evangelizar. Nunca se había comprendido una evangelización tan plena que abarque la predicación de la palabra, el anuncio de la buena nueva: De que Cristo ha traído el Reino de Dios a la tierra. Y empalmarlo con la respuesta del hombre que se confiesa, que se casa por la Iglesia, que se bautiza, que se confirma.

Los sacramentos son indispensables para manifestarle a Cristo que se acepta la alianza. Los sacramentos, como la palabra, son la corriente que se establece entre la alianza
e Dios y los hombres. No se puede ser católico verdadero si no se reciben los sacramentos. Ni se pueden recibir bien los sacramentos si no se atiende a la palabra de Dios. De allí que nuestros párrocos, gracias a Dios van comprendiendo de no dar sacramentos sin evangelización; de no dar Bautismos, sin las charlas presacramentales; de no administrar la Confirmación a momentos de niños que ni cuenta se dan; de preparar al que se va a casar, de preparar al que va a recibir la confesión y la comunión.

La palabra de Dios es necesaria para entender esta clave que, luego, en el sacramento se comprenderá como cuando se ha aprendido el idioma. Sólo entonces se entiende lo que dice alguien. Cuando no se entiende un idioma por más bonito que me hablen yo no lo entiendo. Y eso resulta también con los sacramentos: Es el idioma de los signos. Pero el que no lo ha entendido, el que no lo ha aprendido, el que no ha aprendido qué significa el agua que se le echa al niño para el Bautismo, el que no ha aprendido qué significa la mano del Obispo ungiendo con aceite santo la frente del que se confirma, el que no ha estudiado qué significa la mano del sacerdote que en el confesinario dice: «Yo te absuelvo de tus pecados», es como alguien que está oyendo un lenguaje, un idioma que él no entiende.

Comprendamos, queridos hermanos, que la Iglesia actual consciente de su responsabilidad de dar esta redención, quiere comenzar por hablar con los hombres el lenguaje común que Cristo le enseñó; para que el hombre lo aprenda y se haga solidario; se haga miembro de la Alianza con el Señor.

b) No en exclusiva. Hay elementos de verdad y de gracia fuera de la Iglesia… pero son de Cristo…

Pero esta Iglesia que ha recibido el encargo de los dones de la resurrección para repartirlos, no posee en exclusiva esta potestad. Tengamos el corazón muy amplio para decir como el Concilio Vaticano II: «Fuera de la Iglesia hay muchos elementos de verdad y de gracia que pertenecen a Cristo Redentor. Los hombres que viven fuera de la Iglesia, de buena voluntad, porque no han conocido la verdad de nuestra Iglesia, se salvarán. Y quien sabe, hermanos católicos, quien sabe si se salvarán con más mérito que nosotros que poseemos la plenitud de los medios. Ser católico no es mérito nuestro, es gracia del Señor. Tener fe es un don de Dios.

Podíamos decir como Cristo: Cuántos desearon ver el día del Señor y no lo vieron. Cuántos paganos amarían mucho más a Jesucristo; respetarían mucho más la Iglesia; obedecerían mucho mejor a sus pastores si fueran católicos, que no muchos de nuestros católicos que creen que tienen un derecho de propiedad, como lo tienen sobre sus fincas, también sobre la Iglesia. La Iglesia no es propiedad de nadie. Es de Dios y la da a el que él quiere y la puede quitar también a los que la desprecian. Cuántos hay que dentro la Iglesia Católica, ya no son católicos. «Pertenecen al cuerpo de la Iglesia, dice el Concilio, pero ya no al corazón». En cambio, cuántos que están fuera de la Iglesia no pertenecen al cuerpo pero, sí al corazón.

Comprendamos bien esta gran verdad de la redención del Cristo resucitado que desborda los límites de la Iglesia, para que no nos creamos, nosotros los católicos, como que tenemos el monopolio de Jesucristo, el monopolio del Espíritu Santo. Cristo y el Espíritu no se dejan monopolizar, ellos no se dejan amoldar, ellos traspasan y buscan los corazones generosos -como dice la preciosa oración de la Misa-: «Tendiste la mano a todo el que busca con sincero corazón. ¡Qué consuelo! Es cuestión de corazón. ¡Quién se salvará! El que busca a Cristo con sincero corazón. No sólo basta venir y pertenecer a la Iglesia. No dejarse bautizar a veces sin entenderlo que es el Bautismo; no gloriarse de pertenecer a una Iglesia y ser amigo de tal Obispo y de tal sacerdote; eso no salva. Salva el que busca a Cristo con sincero corazón. ¡Esta es la Iglesia, depositaria y testigo!

Pero por eso quiero decirles, hermanos, ustedes y yo que hemos tenido la dicha de conocer la verdadera Iglesia de Jesucristo, seamos responsables de esta gracia que el Senor nos ha hecho. Seamos testigos de la resurección como los apostoles a donde quiera que iban no podían callar esta gran noticia: Cristo ha resucitado para perdón de los pecados, !conviértanse! Que hermoso será el día en que todos los Obispos y sacerdotes y, religiosas y, todos ustedes los laicos en el matrimonio, en la profesión en la vida del jornal, en el taller donde quiera que se encuentren, bautizados, demos testimonio como lo daban los primeros cristianos: De esta fe en Cristo Redentor.

3. LOS CRISTIANOS PARTICIPANTES DEL MISMO ESPIRITU QUE RESUCITO A CRISTO.

¡Que honor El Espiritu Santo que condujo a Cristo y le dió valor divino a su muerte en la cruz y que fue la potencia de Dios que lo resucitó de entre los muertos, es el Espiritu que se da por el Bautismo a todos los que formamos su Cuerpo Místico, los que formamos su pueblo. Ese Espíritu -dice San Pablo aunque ahora parece invisible y caminamos a envejecernos, a enfermarnos, a morir, a ser sepultados,»sin embargo -dice San Pablo-, llevais el german de la Resurección y la última enemiga en ser vencida será la muerte». Y un día se abrirán las tumbas de los cementerios y la muerte se quedarán atónita -como aquel cuadro genial de Miguel Angel en el Juicio Final, que con una calavera ha logrado dar una expresión de asombro a la muerte, calavera asombrada-al mirar que se escapan todos los muertos. Es el grito del evangelio que grita:»!Oh muerte, dónde está tu victoria!».

Cristo resucitado es la primicia. EL primer viviente que no morirá más. Pero como él, también nosotros que poseemos su espíritu aunque muramos, aunque suframos, llevamos los gérmenes de la vida eterna: «El que cre en Mi, no morirá para siempre, ha dicho Cristo». Lleva el espíritu que resucitó a Jesús, pero ese espíritu que resucitó a Jesús ya es fuerza y santidad en la tierra.

Siempre que les he predicado de «escatología», les he dicho, queridos hermanos, que es lo último, como la última perspectiva de la historia. Pero que no hay que esperar a que termine la historia para tener esa perspectiva escatológica. Es como el que mira desde la mitad del camino la meta hacia donde se dirige; ya la tiene en su mente y, gracias a esa meta escatológica, lo último, va caminando con esperanza y con confianza que sabe a dónde lleva ese camino. Eso ha hecho Cristo resucitado: Poner en el vaivén de la historia, entre las cosas transitorias que van y vienen, lo eterno de su vida. Su vida de resucitado, que no morirá más, pertenece a este mundo y dichosos los hombres que saben dar a su vida un sentido escatológico. Es decir, mirar en Cristo resucitado la meta hacia donde camino; con mis pobrezas, con mis tribulaciones, con mis ansias de liberación. Aferrado a ese Cristo no puedo fallar. Cristo le da fuerza, le da espíritu a esta lucha por un mundo mejor.

Por eso vuelvo a repetir: No le quitemos la energía del cristianismo a los cristianos, cuando los logramos incorporar a movimientos liberacionistas que no creen en Cristo ni en Dios. Cristianos, no se dejen engañar. Cristianos, ustedes poseen una fuerza mucho más vigorosa que cualquier grupo político, que cualquier organización que sólo admira las cosas de la tierra. Si miran también a Cristo y desde Cristo toman su fuerza, entonces, la política, la sociología, la economía, también recobran su fuerza cristiana. Pero la Iglesia, que no se identifica con ninguna de esas fuerzas, inspira estas fuerzas y le dice a los hombres: Luchen, pero sin perder la perspectiva que yo les señalo.

Por eso no me identifico con nadie de ustedes, porque quiero mantenerme libre en señalar esta escatología que siemrpe encontrará mucho qué criticar en los proyectos de los hombres. Porque el gran proyecto de Cristo no se realiza en esta tierra, es el Reino de Dios que ya ilumina, sí; los reinos de la tierra gracias a los cristianos que llevan el espíritu de Cristo y que trabajan como cristianos.

Por eso yo diría, permítanme esta sugerencia: Aquellos cristianos, aquellos que pertenecen a comunidades eclesiales de base, si llega un momento en que creen que ya no vale la pena leer la Biblia ni pertenecer al grupo de la comunidad, sino meterse a una organización porque si no no se trabaja por la patria, están muy engañados. O, mejor dicho, están confundidos. No confundan, la Iglesia siempre les señalará una meta válida en cualquier organización, en lo justo; así como rechazará también todo lo injusto, lo criminal, lo malo.

Y les digo a los cristianos: ¿Por qué tan poca inventiva, cristianos? ¿Por qué, poseyendo el proyecto del rieno de los cielos, con la fe en Cristo Rey y resucitado, se hacen esclavos de ideologías de la tierra? ¿Por qué creen que lo cristiano vale menos que lo político? ¿Por qué no tienen ustedes la audacia de dar un sentido cristiano también a la organización donde ustedes pertenecen? ¿Por qué han de ser esclavos de los otros? ¿Porque han de perder ustedes el liderazgo que Cristo lleva por delante? ¿Por qué han de someterse a los yugos? ¡No se humillen! Dicen que son liberadores y son esclavos! ¡Dicen que trabajan por reivindicaciones y se dejan subyugar! El cristiano es el más rebelde que existe porque no se somete a ninguna ideología de la tierra, porque posee la gran libertad del liberador Jesucristo.

Cristianos, en esta hora de nuestra patria se necesitan muchos liberadores, pero liberadores de la verdadera liberación. Los que decía Pablo VI, «que ponen a la base de su acción y de su prudencia la doctrina de la Iglesia, el amor de Cristo y la libertad verdadera del pecado y de todo aquello que nos hace menos hombres».

HECHOS DE LA SEMANA SANTA.

Esta Iglesia, hermanos, depositaria del tesoro de la redención testigo fiel de Cristo resucitado, no es una Iglesia abstracta. Me gusta mucho pensar que la Iglesia de la cual yo siempre les hablo, son ustedes, soy yo, somos la comunidad que ahora vive con sus aspiraciones y con sus defectos. Me da gusto pensar que la Iglesia que yo predico no es una Iglesia abstracta, por las nubes, sino una Iglesia que peregrina con los pies en la tierra. ¡Es la que en esta Semana Santa ha vivido cosas muy bellas!

Por ejemplo, cuando el Papa, el Domingo de Ramos, recién pasado, dice que no hay que abusar del poder. El Papa que, predicando el Vía Crucis en el Coliseo de Roma, invita a la solidaridad de la Iglesia con los mártires de nuestro tiempo. Tenemos mártires, no lo olvidemos, son nuestros sacerdotes, nuestros catequistas, nuestros hombres de fe que, confundiéndolos con acusaciones de subversivos y de políticos, los han matado, los han torturado. Sólo Dios sabe la fe por la cual ellos dieron su vida. Respetemos y solidaricémonos como el Papa nos indica: Con una Iglesia que trata de ser fiel hasta el martirio, como Cristo Nuestro Señor.

Es la Iglesia que en esta Semana Santa, ha encontrado tantas manifestaciones. Yo quiero felicitar y agradecer, desde la cátedra central de la Diócesis, a todos los queridos sacerdotes, grupos de religiosos y religiosas, laicos y catequistas, jóvenes, estudiantes, universitarios que se han organizado en misiones para ir por pueblos y cantones; todos aquellos que han hecho posible una bella celebración de Semana Santa.

También aquí, en Catedral sólo Dios puede medir cuánto fervor ha habido en esta Semana Santa. Yo sólo puedo medir un poquito la presencia de ustedes en la Catedral, y les digo: Que ha sido para mí la presencia de ustedes muy enriquecedora en mi fe, pero yo he pensado desde la Catedral, en las muchedumbres de los pueblos que seguían sus imágenes, y rezaban sus Vía Crucis, y acompañaban las diversas manifestaciones de amor al Cristo que nos redime.

En esta Semana Santa, la Iglesia tiene que lamentar el secularismo de muchos. Para quienes la Semana Santa ya no dice nada; más que comercio, vacación, descanso, que puede ser muy justo y no voy a condenar aquí a todos, me refiero a los secularistas. Es decir, a aquellos que dejan como por desprecio las cosas de la Iglesia. No aquellos que por necesidad de descanso, por obligación de familia han tenido que irse, pero que sus vacaciones han servido para reflexionar y aumentar su fe. A ellos los felicito también.

Quiero lamentar los fanatismos de tradiciones opuestas a la Pastoral actual de nuestra Diócesis. Tengan mucho cuidado comunidades cristianas. Hay gente empeñada en mantener tradiciones que no son ya legítimas tradiciones, porque se oponen a una Iglesia que quiere ser viva expresión de la redención de Cristo.

También quiero lamentar los abusos de aquellas innovaciones que son imprudentes y no tienen en cuenta los sentimientos legítimos de nuestro pueblo. Y peor todavía, si acaso los ha habido, a los que han querido utilizar las manifestaciones de fe de la Semana Santa para incrustar sus objetivos políticos o limitados. La Iglesia no es para eso; las procesiones no son para eso. La Iglesia tiene su lenguaje, lo hemos dicho y hay que saberlo escuchar. Y si no se sabe, por lo menos respetarlo, pero no utilizarlo para otros fines, ni de izquierda, ni de derecha. La Iglesia no va con nadie más que con el Cristo y llama a todos a seguir este verdadero Cristo.

De allí las necesidades de una evaluación pastoral que mis queridos sacerdotes, sobre todo a través del organismo pastoral, tienen que realizar después de la Semana Santa, para salvar todo lo bueno, la búsqueda sincera de las nuevas expresiones. Así como depurarla también de todo lo malo, de las tradiciones ya ilegítimas y de todas las innovaciones que puedan perturbar el lenguaje de nuestra Iglesia. Ayúdennos los que están escuchando y saben que la Semana Santa de su pueblo, de su cantón, tuvo tal o cual deficiencia. Envíennos un reportaje para que sepamos analizar la Semana Santa de nuestra Diócesis y le sepamos dar el verdadero sentido cristiano.

Quiero alegrarme porque en esta Semana Santa a pesar de las ocupaciones litúrgicas, ha habido lugar para que la Diócesis mantenga relaciones que le han dado nueva fortaleza.

Por ejemplo, la visita de un congresista norteamericano, colaborador muy cordial en la defensa de los derechos humanos. Fue testigo presencial de la piratería que nos robó las hondas de nuestra emisora una vez. Se dio cuenta de lo bajo de ese sistema. Se dio cuenta de cómo lucha la Iglesia con fuerzas desiguales ante quienes la quieren callar y no tienen el valor suficiente de enfrentarse para desafiar sus razones.

Yo lamento que nuestra emisora haya perdido algunos de sus mensajes para el pueblo. El pueblo es el que ha perdido. La Iglesia creo que, al contrario ha ganado con esas interferencias. Y yo les diría: Que tuvieran, más bien, razones para combatir y no actitudes tan desleales que en nada honran a quienes las usan, que son un abuso contra el derecho de la libre expresión.

Y quiero exhortar por ésto, a los queridos cristianos, lo que ya les dije una vez: Puede llegar el tiempo en que no tengamos ni radio, ni periódico; pero, entonces, contaremos con que cada católico sea lo que hemos dicho hoy: Un testigo del Señor. Y cada uno de ustedes tiene que ser un micrófono que suena, un periódico que se reparte. Cada voz de cristiano no debe tener miedo, sino anunciar. Sobre todo, cuando se le callan sus medios de comunicación social, los católicos tienen que ser los comunicadores de la gran noticia. Nadie tiene derecho a guardársela solo, sino que darla para la salvación del Mundo.

Las amenazas de esas interferencias pueden ser señales de cosas peores. Quiera Dios que no, pero estemos preparados para saber ser testigos de nuestras verdades. Hoy mismo, me dicen, que no está pasando la radio desde las 8 y 1/4 para que vean, pues, que las interferencias continúan.

Pero este congresista que pudo visitar también zonas marginadas de nuestra ciudad y darse cuenta de que la lucha de la Iglesia no es simplemente un desprestigio a la faz de la nación, sino una denuncia de la verdad, de lo que

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