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La Iglesia de Juan Pablo

La Iglesia de Juan Pablo
HOMILIAS 1978

26º Domingo de Tiempo Ordinario

1 de octubre de 1978

Lecturas:
Ezequiel: 18, 25-28
Filipenses: 2, 1-11
Mateo: 21, 28-32

Vamos a titular esta homilía. «La Iglesia de Juan Pablo» y les invito a que hagamos de nuestra reflexión evangélica -esta mañana- un homenaje de fe, de agradecimiento, de cariño, de recuerdo a esa figura que en poco más de un mes, se ganó el corazón del mundo. Allá en el Vaticano, su cadáver inerte es objeto de veneración de los fieles que peregrinan ante ese catafalco venerado; en espíritu nosotros asistimos, acompañados ese desfile de dolor de una Iglesia viuda, huérfana, pero que como la Virgen María en las horas de la muerte y de la sepultura de su Hijo, abriga una esperanza cierta de resurrección.

Sabemos que aun junto al cadáver de un Papa, la palabra de Cristo es certera: «Tú eres piedra». Y aunque como hombre mortal mueren ya 262 pontífices -parece mentira- las puertas de la muerte no prevalecerán.

El miércoles, los cardenales que hayan llegado a Roma, van a celebrar el funeral del Papa y diez días después, se reunirán en el cónclave para elegir un nuevo sucesor de San Pedro. La oración nuestra, pues, junto al Papa muerto es por su eterno descanso, porque como hombre él también ha sido juzgado por Dios y la justicia de Dios es imparcial trátase de papas, de reyes o de humildes cristianos. Y al pueblo de Dios le toca implorar la misericordia del Señor, porque nadie se salva por sus méritos -lo hemos aprendido aquí en San Pablo-, sino porque apoya su humildad en la misericordia infinita y en los infinitos méritos de Nuestro Señor Jesucristo.

Quiero agradecer, las numerosas manifestaciones de solidaridad que se han recibido en el Arzobispado o se han publicado en los periódicos. Ojalá que todo este gesto de condolencia, sea un llamamiento para que vivamos la sinceridad de una Iglesia que se asomó en la figura de Juan Pablo con todo lo que ella es: Fe, sinceridad, sencillez, amor, etc.

Quien iba a decir hace 5 domingos, cuando presentábamos aquí en la Catedral, por una de esas circunstancias que sólo Dios prevee en su eternidad, el Evangelio de San Mateo en el diálogo con el primer Papa: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Y al comentar el evangelio como de costumbre, le decíamos que la Arquidiócesis de San Salvador, ofrecía al nuevo Papa Juan Pablo I, una comunidad viva; y describíamos en ese marco de la alegría del nuevo Papa como a una sonrisa amplia, abierta al mundo: Nuestras esperanzas, nuestras angustias, nuestras tribulaciones, la historia concreta de nuestra semana.

Quien iba a decir -repito- que hoy le podemos decir también, al Papa muerto, que recogió aquel ofertorio de nuestra Arquidiócesis, que nuestra Arquidiócesis sigue fiel su camino y que aunque él ya llegó a la meta de esta peregrinación que todos vamos caminando, nosotros seguiremos, trataremos de ser fieles a esa Iglesia que él nos iluminó. Se me ocurrió decirles en la noticia, en el amanecer del 29 de septiembre, que así como encontraron la lámpara de su dormitorio encendida, así ha dejado Juan Pablo en la Iglesia, una luz encendida. Aunque no hubiera dicho otra cosa, que en su programa de enseñanza se iba a referir siempre al Concilio Vaticano II tratando de imitar a sus antecesores, eso sólo bastaría para que este Juan Pablo que se asomó a la historia de la Iglesia, sólo a decirnos: Sigan por allí, las luces encendidas del Vaticano II, del magisterio actual de la Iglesia, son el son el auténtico caminar de los cristianos. Y aunque muchos han querido manipular sus expresiones tratando de llevarlas a sus propias comodidades, podemos decir que con imparcialidad hemos visto la actitud, el ministerio, el magisterio de Juan Pablo y no tenemos nada de qué arrepentirnos, sino de seguir caminando por esa luminosidad por la que tratamos de ir. La luz del magisterio de la Iglesia encendida como la lámpara que dejó Juan Pablo: El Vaticano II, las encíclicas, las enseñanzas, las actitudes de la Iglesia actual.

¿Cuál es nuestra historia, Santo Padre, que la Iglesia de la Arquidiócesis enlutecida te puede ofrecer esta semana? Unas comunidades alegres, trabajadoras, pastorales como la que tuve la dicha de visitar el domingo pasado en Aguilares, cuando celebraban el primero aniversario de su clínica con tres médicos y un equipo de colaboración, el P. Octavio Cruz y las religiosas del Sagrado Corazón, han sabido hermanar la mano que socorre y la no necesitada de tantos campesinos enfermos y pobres.

Es la comunidad fervorosa de Comasagua, donde un equipo de catequistas se reunió conmigo el martes pasado para estudiar junto con el párroco, el P. Chalo, las problemáticas pastorales que con sinceridad tratan de servir los agentes de pastoral; y con hipocresía tratan de amedrentar los que no buscan fines pastorales y nos están espantando nuestras comunidades.

Le ofrecemos también, Santo Padre, junto a sus almas, la comunidad de Guazapa, allí precisamente, el día de San Miguel, celebrando con las hermanas Carmelitas de San José y con los sacerdotes de la Vicaría, la fiesta de San Miguel Arcángel, les dije: No voy a tomar de los libros las palabras que les quiero decir, sino del hecho doloroso que acaba de anunciar la radio: «Ha muerto el Papa». Y trasladábamos la figura de San Miguel, patrono de la Iglesia, al ministerio de la Iglesia y del Papa. Como sacerdote, el arcángel y el Papa y la Iglesia entera ofrecen a Dios los homenajes del pueblo, en forma de un incensario -dice la Biblia- donde cada fiel pone sus granitos de incienso, sus propias obras para ofrecerlas a Dios. El sentido profético por el cual San Miguel Arcangel y el Papa son el ángel que cuida la doctrina verdadera en la Iglesia, frente a tantas campañas de mentira, él nos defiende en las luchas contra el mal, contra la mentira y el engaño. Y un sentido también de pastor, que así como los arcángeles de Dios condujeron tantas veces los caminos de los hombres y los pueblos, el Papa ha conducido también la historia de la Iglesia.

Es la comunidad de Nejapa que celebró al día siguiente, la fiesta de su patrón San Jerónimo. Es la comunidad de la Vicaría del Departamento de La Libertad, donde ayer, reunidos en Santa Tecla, estudiábamos la Carta Pastoral que enfoca problemas nuevos, con un interés y una profundidad de preguntas que de veras hace sentir cómo el Espíritu Santo nos va conduciendo en nuestras comunidades de la Arquidiócesis.

Es también -con cariño quiero decirlo, Santo Padre- la comunidad de mi pueblo natal, Ciudad Barrios, donde como hijo del pueblo, unido a mi pueblo, quisimos tributar homenaje al Señor Obispo de la Diócesis, Monseñor Rivera, en el 25 aniversario de su ordenación sacerdotal.

Es la comunidad de Plan del Pino, donde esta mañana las Carmelitas Misioneras que nos ayudan pastoralmente en la Policlínica, en la Laguna de Chalatenango y en Plan del Pino, han preparado una comunidad juvenil para que esta mañana reciba sus pentecostés: La venida del Espíritu Santo, al celebrar ellas, el viernes de esta semana, 25 años de haber venido a El Salvador.

Es también la vida religiosa de nuestra Arquidiócesis: Los Redentoristas que cumplieron 50 años de trabajos misioneros; las Hermanas de la Caridad que desde su Escuela Walter Deinninger prepararon también una juventud para la confirmación. Las Hermanas Religiosas Belgas de San Nicolás, que en Cojutepeque ofrecían el martes de esta semana, un precioso ofertorio: Dos campesinas jóvenes que profesaron la vida religiosa de San Nicolás. Las Hermanas Belgas, trabajan también pues, en la promoción vocacional.

Son las Oblatas al Divino Amor, que celebraron esta semana el décimo aniversario de la Escuela Catalina Dimaggio que está haciendo tanto bien allí por la Colonia La Luz.

Es la esperanza de las comunidades franciscanas de la Inmaculada, que nos han ofrecido y muy pronto fundarán, una comunidad de carácter parroquial en nuestra Arquidiócesis.

Son las religiosas del Sagrado Corazón, atacadas por el egoísmo de quienes no quieren que se mueva nada en sus intereses mezquinos, quienes reciben una defensa valiente del cuerpo docente de su Colegio para decir a los calumniadores que ya saben la treta: Por este tiempo comienzan las calificaciones, comienzan también las difamaciones de los colegios de prestigio, con fines aviesos y que ellos son testigos de lo que se enseña en el Sagrado Corazón. No es marxismo ni en una crítica malsana al Himno Nacional, es el fomento del sentido crítico del que se educa, para saber juzgar la historia y saber ser autónomo en su vida, para no ser un número más de la masa que a los intereses mezquinos interesa tener así para que no se promueva ni critique.

Es nuestra comunidad en sus actividades diocesanas. Con que gusto asistí a una mesa redonda de la Universidad José Simeón Cañas, para dialogar -según mi invitación- sobre la Carta Pastoral. Era interesante aquel ambiente de cultura, de ciencia, también de campesinos, dialogando sobre un tema de mucha actualidad y que puede ser muy mal interpretado, si no se ilumina (a pesar de los riesgos de ser mal interpretado) desde la luz del evangelio.

Es también, la actividad que me llena de mucho consuelo, del Centro Ana Guerra de Jesús, donde señoras y señores de los mercados han participado en un curso de nivel centroamericano y siguen trabajando una obra maravillosa de promoción, principalmente de la mujer.

Es el trabajo de los colegios y escuelas católicas que ya se está recogiendo, en bonitas ceremonias de clausura, para ofrecer a Dios el trabajo educativo de la Iglesia.

Es, Santo Padre, y te ponemos por intercesor ya que estás en el cielo, el triduo de oraciones por Nicaragua que se realizó aquí en la Catedral con un sentido ecuménico, ya que participaron varios miembros de comunidades cristianas no católicas. Y esta Iglesia solidaria con los Obispos y con el pueblo de Nicaragua, reitera su apoyo a la jerarquía nicaragüense; y así como el Papa decía: «Respetaremos la autonomía de las Iglesias Particulares, no podemos dar criterios a los pastores que viven de cerca e sus problemas», solamente apoyamos lo que Monseñor Obando y los Obispos y demás responsables de la Iglesia en Nicaragua, decidan buscando soluciones pacíficas; y como ellos, deseamos que se respete la voluntad de la mayoría del pueblo, que se invite a un diálogo con todas las partes, que se creen condiciones favorables de diálogo y que así se logre poner en el Gobierno de Nicaragua, la voluntad del pueblo, que este es el sentido de una auténtica democracia.

Es la Iglesia de nuestra arquidiócesis que, continuando esa oración por Nicaragua, estará también esta tarde a las 5 en la Capilla del Hospital de la Divina Providencia en una hora de oración, al cual invitamos a orar por las necesidades de nuestra Iglesia y especialmente de Nicaragua.

Y es también la Diócesis que, con su mano tendida en todas las parroquias, está pidiendo una ayuda económica para nuestros hermanos necesitados de Nicaragua.

Y es finalmente, entre otras cosas, la Iglesia de nuestra Arquidiócesis, en vísperas ya -mejor dicho comenzando ya desde este día- el mes del Santo Rosario y recogemos uno de los testimonios más lindos de Juan Pablo: Su amor de niño para con la virgen. Y decimos amor de niño, porque también quiere la Diócesis unirse al día universal del niño, este día, no con una falsedad de homenaje sino con la frase evangélica que es el mejor elogio a los niños: «Si no os hiciéreis como los niños, no entraréis en el Reino de los cielos». En su breve pontificado, Juan Pablo nos deja en el álbum de sus fotografía, varias en contacto cariñoso con los niños; y más que fotografías, su espíritu de niño que comprendía en la niñez, la confianza que el niño tiene en su madre, para trasladarlo de allí a la confianza que el pueblo debe tener en su Dios que nos ama más que madre y que el pueblo tiene más necesidad que este niño frente a su mamá.

En el discurso de toma de posesión de la Iglesia, el Papa decía que la Virgen, así como lo había acompañado en su niñez, en su seminario, en su sacerdocio, en su Episcopado, lo seguiría acompañando como madre y él seguirá siendo su niño en el pontificado, que lamentablemente pues, fue tan breve; pero que nos deja también esta voz para decirles, al comenzar el mes de la Virgen del Rosario: Confiemos en Ella, recemos mucho hermanos y donde el Rosario se ha caído ya de las manos víctimas de una corriente secularista, recuerden que por más poderosa que sea la corriente de secularización del mundo, el mundo siempre tendrá necesidad de oración y de María; y que cuanto más autónomo se torna el mundo frente a Dios, los que creen en Dios sienten más obligación de amarrar ese mundo con Dios. Y ninguna cadena más hermosa para amarrarlo con Dios que la cadena del Santo Rosario.

Por eso les digo, hermanos esta es la Iglesia, la que ha realizado esos pequeños acontecimientos al cual puede sumarse tantos otros acontecimientos parroquiales o de las familias de nuestra Diócesis; y al iluminar esta Iglesia peregrina de la Arquidiócesis, esta Iglesia enlutada en todo el mundo por la muerte del Papa, preguntamos: ¿Qué Iglesia es? Y yo les respondo ahora con el título de mi homilía: Es la Iglesia de Juan Pablo, porque es la Iglesia de Juan el Bautista y la Iglesia de Pablo, el apóstol. Si en nuestro tiempo, que parece que los hombres ya no piensan en apóstoles ni en precursores, surgen figuras que quieren llamarse Juan como el inolvidable Juan XXIII y el inolvidable Juan Pablo; y surgen figuras inteligentes, mucho más inteligentes que ciertos criticones de la Iglesia, como el cerebro de Pablo VI, Juan Bautista Montini quiere llamarse Pablo para presagiar hace quince años la intrepidez con que ese hombre, a pesar de su debilidad, de sus enfermedades y sus achaques, remontó la Iglesia a las alturas de una Asamblea de las Naciones Unidas, de unos caminos por el mundo entero como San Pablo.

Juan y Pablo, ¿por qué se quisieron llamar así? ¿Y por qué el querido Papa muerto, quiso juntar los dos nombres en su persona: Juan Pablo? Yo encuentro en las lecturas de hoy -perdóneme la ocurrencia- que por algo nos pone el Señor esas lecturas que acaban de escuchar, para que recojamos el espíritu con que Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo han ido predicando, no una doctrina suya ni una doctrina que se deje manipular por los intereses del mundo, sino una doctrina, la auténtica doctrina que Dios reveló al precursor Juan Bautista y hoy Cristo nos lo ha dicho: «Vino Juan a vosotros enseñando el camino de la justicia». ¡Qué palabra más oportuna! como que es Cristo mismo el que nos dice, señalando el cadáver de Juan Pablo, recordando la palabra del Bautista: «Vino Juan a vosotros, enseñándonoos el camino de la justicia».

Y la segunda lectura, es Pablo que nos ofrece en sus lecturas de hoy, dos características inconfundibles de la Iglesia que predicaron los Papas que se llamaron Juan y Pablo en nuestros tiempos; y como Pablo, Juan Pablo VI, Juan XXIII y todos los Pontífices, han predicado esta Iglesia primero de la comunión. Manteneos unánimes dice la epístola. Parece la voz de Juan Pablo, que nos repitió tantas veces el llamamiento al amor en su breve pontificado: Manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir, es la Iglesia de la comunión.

Y finalmente, es la Iglesia vivificada por el misterio de Cristo, que Pablo en la última parte de su lectura de hoy, nos describe con los rasgos más sublimes que se encuentran en la Biblia: La pre-existencia de Cristo, el Cristo que se humilla hasta la cruz y el Cristo que se exalta hasta la eternidad. Ese es el Cristo que va con la Iglesia.

Analicemos, hermanos, brevemente en cuanto sea posible, la riqueza de esta doctrina que nos está ofreciendo la Iglesia de Juan Pablo, la herencia preciada que recogemos de sus manos todavía calientes por la vida, y la muerte. ¿Cuál es la Iglesia de Juan? En la primera lectura de hoy y en la parábola de los dos hijos, aparece una cosa: La responsabilidad personal de los hombres, la voluntad de Dios frente a los hombres. Le dice a sus dos hijos, es decir a la humanidad: Hoy quiero que vayas a trabajar a mi viña, hoy quie
o darte la vida con una vocación. Todos los que estamos haciendo esta reflexión tenemos una vocación -desde luego la vocación de vivir, la vocación de la inteligencia, las cualidades, las profesiones- y aquí nos manda el Señor: su voluntad es inspirada en su justicia. Vino Juan a enseñarnos la justicia de Dios y los mandatos del Señor. El Papa Juan Pablo, que era un gran catequista, salpicaba con enseñanzas catequísticas, sus audiencias más solemnes y les habló como habla todo catequista, de la Ley de Dios para ser bueno.

Esta es la voluntad de Dios, esta es la misión de los hombres. Y frente a ese Dios que nos manda, el hombre puede responder de dos maneras, como la parábola nos indica: No quiero ir, es el grito de Luzbel, «non serviam», no te quiero servir; es el grito de los pecadores, es el grito de la rebeldía, es la mayoría desgraciadamente de los hombres, que creen que la libertad se ha dado para rechazar a Dios y no para buscar a Dios libremente. Cuántos hijos malcriados tiene Dios: No quiero, como el niño que zapatea ante su mamá. Así estamos ante Dios muchas veces: ¡No quiero!

El otro, amanerado y educado le dice: Sí, con mucho gusto voy a ir, pero no fue. El primero se arrepiente y le dice al padre, voy a ir, o sin decirle nada se va al trabajo y hace la voluntad de su padre. Cristo pregunta: Quién de los dos hizo la voluntad de su Padre? Y todos ustedes y yo le podíamos responder como le respondieron sus oyentes: El primero, el que primero dijo que no, pero fue; y no el otro, muy educado, pero desobediente.

Cristo hace la aplicación, ¡qué dura aplicación! Acuérdense que nos encontramos en la sección del Evangelio de San Mateo, donde Mateo, en reflexión con la primeras comunidades cristianas, nos está presentando el conflicto, la crisis que siempre tiene que haber en la Iglesia entre la voluntad de Dios y el querer de los hombres. Y allí tenía delante de Cristo, a los dirigentes de Israel: Sacerdotes, gobernantes políticos, profesionales (según su tiempo) y Cristo sin tenerles miedo les dice una cosa bien dura: Por eso -les dice- en el camino del reino van adelante de ustedes, dirigentes del pueblo, van delante de ustedes los dirigentes, los publicanos y las prostitutas. Créanme hermanos, que me da mucho gusto recordar esta palabra de Cristo para decirle a todos los pecadores, yo el primero, que confiemos en el Señor, que si hemos tenido la audacia de decirle: no te quiero servir, y hemos buscado por los caminos de placer prohibido o de la ganancia ilícita (como era la de los publicanos y la de las rameras) Cristo nos dice que podemos ir delante de los que se creen que van camino del Reino de los cielos. Quien sabe. ¿Quién obedeció?

Así dice Cristo: Vino Juan predicando penitencia, diciéndole a los pecadores: Conviértanse; y muchas prostitutas y muchos publicanos creyeron en Juan. Ustedes los dirigentes no lo han creído, más bien lo calumnian, vino Juan a predicar la justicia y ustedes lo llamaron endemoniado. Si hubiere existido el término comunista, le hubieran dicho: Es un comunista. Todo aquel que predica la justicia, cuando encuentra la roca dura del que no quiere convertirse y orientar por los caminos de la justicia sus relaciones con los demás, tiene que tildar a Juan Bautista y a todos los que tratan de imitarlo, con esos calificativos, no le creeyeron, Cristo lo dice: Vino Juan y no le creyeron. Pero en cambio los pecadores, escucharon como una palabra de esperanza: Dios nos puede perdonar.

A propósito, ya que estamos dedicando el pensamiento a Juan Pablo, uno de los episodios que a mí me han conmovido mucho, entre los mucho de su breve pontificado, dicen que se acercó una mujer a su trono pontificio en la audiencia general para decirle: Santo Padre, me siento tan vacía, pecadora, ¿me salvará, me perdonará el Señor? Y que el Papa le dijo: ¿Cuántos años tienes? Le dijo ella, tengo 30 años. Le dijo ¿por qué te aflijes?, eres joven, tienes por delante unos 40 años más o menos, ¿por qué no aprovechas tu vida para arrepentirte y caminar por el buen camino? Y sobre el camino de aquella prostituta se hizo la luz que Juan Bautista encendió, es la luz que la Iglesia va encendiendo, y ojalá hermanos, yo no me avergüenzo de que mi palabra humilde tuviera el inmenso honor de ser un rayito de luz y de esperanza, llegando tal vez a los burdeles, llegando tal vez a las cuevas de los criminales, llegando tal vez a las tabernas de los viciosos; sé que me escuchan en muchas partes, ojalá la palabra de Cristo llegue hoy a quien más la necesita. Los publicanos y las prostitutas van delante en el Reino de Dios cuando escuchan a Juan que vino a predicar el arrepentimiento y la justicia, y no ustedes, embusteros y orgullosos que solamente tienen para criticar y distorsionar la palabra del evangelio. Quiera el Señor que no sea demasiado tarde cuando se arrepientan de sus equivocaciones.

El otro día, alguien dijo que yo había pedido aplausos en la Catedral por la muerte del Decano de la Universidad. ¿Cuándo lo he hecho? He andado por muchas comunidades, como les he dicho, y me cuentan por todas partes la campaña triste de ORDEN, de andarle diciendo a los campesinos que no oigan YSAX, que no oigan al Obispo porque es comunista, que no lean ORIENTACION, que no lean la Biblia, que se inscriban en ORDEN que así sí van a ser salvos. Y hay cristianos valientes que le han respondido: Preferimos morir y de todos modos no vamos a morir, pero sabemos que el Obispo es nuestro Pastor y nos va conduciendo por el camino del Evangelio. A cuántos que han dicho barbaridades locuras que dicen que yo he dicho, les preguntan: ¿y tú lo has oído? No, pero dicen. Esa es la estupidez más grande, criticar sin poner en el banquillo de la justicia al que se va a juzgar. Vino Juan Bautista predicando el camino de la justicia de Dios y no le creyeron.

Y la primera lectura de hoy ratifica este pensamiento de la parábola, son los tiempos en que Israel, donde le tocó vivir al profeta Ezequiel, veía el castigo del destierro como un castigo de Dios y creían que sus padres eran los pecadores y que ellos estaban pagando el pecado de sus padres. Y el profeta Ezequiel es de los profetas que han destacado para señalar la responsabilidad personal del que peca. Recuérdense cuando a Cristo los apóstoles le preguntaron por un cieguito: ¿Quién ha pecado, él o sus padre? Y Cristo dice: No ha pecado ni él ni sus padres; sino que ésto sucede para gloria de Dios. Pero aún cuando hay pecado, dice el profeta Ezequiel, cada uno es responsable ante Dios de su propia conciencia. No olvidemos ésto hermanos. Es cierto que los Obispos en Medellín dijeron que existe un pecado estructural, un pecado comunitario, social, es lo que llamamos: el ambiente, pero a pesar del ambiente, a pesar de las estructuras de pecado, Dios nos pedirá cuenta a las estructuras, pedirá cuenta a cada hombre y mujer que vive en las estructuras. El juicio de Dios, dice el profeta Ezequiel, será según su proceder. Si un malo se ha convertido y ya realiza el derecho y la justicia, vivirá, Dios lo salva porque se ha convertido; y si un bueno por más santo que sea se pervierte y hace las obras de los malos, por sus obras se perderá, morirá.

No andan diciendo, dice el profeta, esto no es justo, y Dios dice: ¿No son ustedes los injustos? Dios es justo cuando da a cada uno según sus obras.

Hermanos, cada uno es responsable de su propio destino. Hay mucha gente que cree en un destino ciego, como que lo va empujando una fuerza y no puede dejar de ser malo. Esto es malo creerlo, sería decirle a Dios: No me has hecho libre. La última palabra siempre la tiene el hombre, para ser bueno o para ser malo, y el infierno o el cielo no lo da Dios, se lo da cada uno como quiere. Quieres ser malo y perseverar en el mal y morir en tus injusticias: Morirás. Palabras con que se dice te condenarás. Te encuentras en los caminos de la maldad, publicanos y prostitutas son mencionados hoy y podíamos añadir muchas clases de pecados, hasta aquellos que son responsables de las estructuras de pecado, los que abusan del poder en el Gobierno están en caminos de pecado; los que abusan del poder económico, están en camino de pecado. Y si no se convierten y buscan el camino de la justicia, no vivirán, por su propia responsabilidad.

A la luz de este principio de la moral auténtica de Dios, que divertido resulta estar esperando que va a hacer el Papa para saber si está de acuerdo conmigo o está en desacuerdo conmigo. Frente a Juan Pablo no tuvieron tiempo de catalogarlo a que lado está, porque no les convenía. Y unos esperaban que apoyara sus líneas y otros esperan que apoye otra línea, como si la moral de cada uno no dependiera de cada uno y no del Papa. Ciertamente que el Papa es el maestro que ilumina, pero el seguir esa iluminación es problema de cada uno, no era necesario esperar que Juan Pablo dijera que el capitalismo egoísta y materialista es malo, para decir: El Papa está con los comunistas. Bien se dijo cuanto el Papa anunció: No se puede colaborar con el comunismo. ¡Ah! ya ven, pues el Papa está con los capitalistas. ¡Qué fácil es interpretar cuando se tiene una intención, un prejuicio!

Existe una conciencia en el hombre y el Papa es el maestro que en nombre de Dios ilumina, pero qué ciegos son los hombres cuando están apasionados. Cuántas veces hemos visto llorar a la esposa buena, porque su esposo está enamorado de una adúltera, está apasionado y es difícil que crea la voz de Dios que lo llama: Eso es ilícito. Fue el caso de Juan Bautista frente a Herodes-estaba apasionado de la mujer de su propio hermano- y cuando Juan Bautista le dice: «No es lícito eso», lo mandan a matar, le quitaron la cabeza. Es el destino de los profetas. Porque tienen que señalar las llagas más dolorosas y ardientes, tienen que correr los riesgos de quienes no quieren oír.

¿Quién será el Papa? ¿Qué línea traerá el Papa? Cualquiera que sea, no puede ser otra que la voz de Juan. Vino Juan a predicar la justicia y los hombres, cualquiera que sea el Papa, tenemos que buscar los caminos de la justicia, del amor, de la bondad, de la santidad. Por más santo que sea un Papa, el injusto que no se quiso convertir, se condenará; el Papa se salvará.

Esta es la moral, esta es la Iglesia de Juan Pablo, esta es la Iglesia de Juan Bautista, es la Iglesia de Pablo.

LA IGLESIA DE JUAN PABLO ES LA IGLESIA DE SAN PABLO,
LA IGLESIA DE LA COMUNIÓN.

Y Pablo, mi segundo pensamiento lo tomo de San Pablo, la Iglesia de Juan Pablo es la Iglesia de San Pablo, la Iglesia de la comunión. Y en segunda lectura de hoy, San Pablo nos encarga mantenernos unánimes, nos enseña cuáles son las causas de la desunión en la epístola de hoy. Bonito examen de conciencia, queridos hermanos, para mirar frente al Papa que trabajó en su breve pontificado por la unidad de la Iglesia, y aún más allá de la Iglesia, por la unidad ecuménica que ya la vislumbraba él muy sonriente.

Escuchar a San Pablo que nos dice que las causas de la desunión: Son obrar por envidia, obrar por ostentación, encerrarse en los propios intereses. Allá aparecen en la epístola de hoy y allí tenemos señaladas las causas de los grandes malestares de nuestra Sociedad. Si se obra por envidia, no hay nobleza. La envidia es ponerle zancadilla al que puede hacer un bien, alegrarse del mal ajeno. Y hay muchas zancadillas ahora, mucha envidia. Por ostentación.

Queridos hermanos -yo traía ahora, precisamente para recordar aquí la figura de Juan Pablo ante este llamamiento de San Pablo a no querer hacer consistir nuestra fe en la ostentación- el Papa, hablando hace apenas ocho días, al tomar posesión de la Basílica de San Juan de Letrán, dice: «Estos son el verdadero tesoro de la Iglesia: Los pobres. Por consiguiente, deben ser asistidos por los que pueden sin ser humillados ni ofendidos con ostentación de riqueza, con dinero mal gastado en cosas fútiles, en lugar de ser invertido cuando sea posible, en empresas mutuamente ventajosas». Ven cómo el Papa ratifica que la Iglesia auténtica no puede ser otra que la Iglesia que se preocupa y siente con los pobres. Los pobres que verdaderamente representan la presencia del Señor: «Todo lo que hagas a uno de ellos, a mí me lo haces».

Y San Pablo, también, en esta Iglesia de la comunión nos presenta el fundamento de la unidad. ¿Qué es lo que nos daría la humildad a nuestros grandes problemas de división? San Pablo señala la humildad y el buscar los intereses de los demás. ¡Qué certeras estas indicaciones! El hombre orgulloso, el que no quiere ser menos que nadie, el que quiere estar por encima de todos no cabe en ninguna parte y por eso con él no caben los demás; en cambio el humilde, el que como nos dice San Pablo hoy, busca en el servicio de los otros su verdadera felicidad -este es Juan Pablo- el que escala el puesto más alto de la humanidad: ser Papa. Y desde allá recuerda siempre el origen: Hijo de un humilde obrero y llama a todos a la preferencia por la pobreza, por la sencillez. El que no quiere coronarse con las tiara pontificia, el que no quiere usar más que por necesidad la silla gestatoria, el hombre sencillo y humilde, es el instrumento, es el modelo de los hombres para hoy, para ser artífices de la paz.

El coro de Tejutla, entre las lecciones de hoy, cantaba el cántico precioso de Francisco de Asís: Laudato Sí, Señore, Seas alabado Señor. Aquel hombre que llamó a todas las creaturas a la alabanza, San Francisco de Asís, porque era pobre.

CRISTO NUESTRO SEÑOR

Y el fundamento más grandioso, está ya en mi último pensamiento que éste: Cristo Nuestro Señor. San Pablo termina hoy la lectura preciosa, invitándonos a tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús, y nos describe a Cristo. Y este es el broche de nuestras reflexiones: Cristo. Porque si los Papas modernos han conmovido al mundo por su ejemplo y su sabiduría, es porque han puesto todo su talento a expresar esta gran verdad: Cristo vive en la Iglesia. La Iglesia no es otra cosa más que la prolongación de la misión de Cristo.

Pablo VI, sobre todo, tenía una gracia muy especial para hablar de ese empalme entre Cristo y la Iglesia. Y Pablo, en su epístola de hoy, nos dice cuál es el Cristo que va animando esta Iglesia. Es un Cristo, primero, que pre-existía en la eternidad. Tiene naturaleza de Dios. Antes de concebirlo en sus entrañas la Virgen, ya existía. En el principio del mundo ya existía el Verbo -dice San Juan- y ese Dios eterno que no tuvo principio ni tendrá fin.

2º) Se hizo hombre. Y esto es lo que San Pablo llama ya -una palabra griega que me gustaría que se la aprendieran, porque expresa la belleza de nuestra fe en Cristo- la «Kénosis» …Kénosis quiere decir vaciarse de sí, se despojó de su rango de Dios, como si un soberano dejara trono y manto y todo, y se vistiera de harapos campesinos para ir a estar entre campesinos sin molestar con su presencia de rey. Cristo se viste de humanidad y aparece como un hombre cualquiera. Si aquí en la Catedral, entre los hombres que tienen la bondad de estarme escuchando, estuviera Cristo yo no lo descubriera… y saber que era el Hijo de Dios vestido de hombre. Y más todavía, no le bastó parecerse a los hombres, sino que se humilló hasta la figura de un esclavo para morir como los esclavos, crucificados en una cruz, como un bandido, como el deshecho de Israel que había que crucificarlo fuera de la ciudad, como basura. Esto es Cristo, el Dios que se humilla hasta esta kénosis, a este vacío profundo de él.

Pero por eso -dice San Pablo, terminando la estrofa de este bello himno- por eso Dios lo glorificó y lo elevó hasta las alturas más elevadas, para que en su honor se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese: ¡Cristo es el Señor!

Queridos hermanos, esta es la gloria de la Iglesia: Llevar en sus entrañas toda la kénosis de Cristo y por eso tiene que ser humilde y pobre. Y una Iglesia altanera, una Iglesia apoyada en los poderes de la tierra, una iglesia sin kénosis, una Iglesia llena de orgullo, una Iglesia autosuficiente no

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