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La Iglesia de la Alianza y de la Pobreza

La Iglesia de la Alianza y de la Pobreza

22º Domingo del Tiempo Ordinario,

28 de agosto de 1977

Lecturas:
Eclesiásticos 3, 19-21. 30-31
Hebreos 12, 18-19. 22-24a
Lucas 14, 1.7-14

MARCO DE LA HOMILIA:

…muy buenas, en cambio, en el mismo cantón El Salitre, no se sabe nada de la noticia que dio Diario de Hoy ayer, acerca de un policía herido por salteadores. Se trata de lo mismo para tergiversar el hecho injusto o se ha equivocado de lugar el cronista y ésto ha sucedido en otra parte, porque en El Salitre solamente se sabe de esta captura de la madrugada del viernes y del haber encontrado muertos a machetazos a estos pobres tres cristianos. Queremos unirnos al dolor de su familia y queremos ser la voz de los que no tienen voz para gritar contra tanto atropello contra los derechos humanos. Que se haga justicia, que no se queden tantos crímenes manchando a la patria, al ejército, que se reconozcan quiénes son los criminales y que se dé justa indemnización a las familias que queden desamparadas.

Nuestra radio católica ha comentado ya suficientemente este hecho. Solamente quería traerlo a la intención de esta misa, para que pidamos al Señor, como siempre, el eterno descanso de las víctimas y de la conversión de esas manos pecadoras empedernidas, que no quieren oír la voz del llamamiento a la justicia y al arrepentimiento.

He visitado Aguilares y lo seguiré visitando en sus cantones. Hay un ambiente de valentía. El corazón de los cristianos de veras que vive la esperanza, pero como humanos que somos, también hay un ambiente de miedo. Son vigiladas nuestras comunidades como sospechosas. No se quiere cree que la Iglesia no predica subversión. Se sospecha siempre de la Iglesia. Se persigue a los catequistas, a los celebradores de la palabra como gente peligrosa, y una vez más la Iglesia protesta, que su predicación seguirá siendo la de la justicia y del amor. Que la voz que Cristo le mandó proclamar en la tierra, seguirá siendo el objetivo de su predicación. Y por quedar bien, no traicionará esa misión de la promoción y de una justicia, de un amor, de una fraternidad que se hace cada día más necesario en un ambiente donde se quiere hacer imperar únicamente el terror, la fuerza bruta de las armas, el espionaje, la guerra psicológica.

La Iglesia proclama, como siempre, a la luz del día, que su mensaje sigue siendo el de Jesucristo, pero no una teoría de amarse unos a otros, sino encarnado en una realidad donde no se ama, donde se odia, donde el hombre se ha convertido en lobo para el hombre, donde la extorsión del hombre por el hombre sigue siendo una triste realidad. La explotación no puede ser un ambiente cristiano, y la Iglesia quiere desterrar del mundo el pecado que mancha la historia. Porque repito, que la historia de cada pueblo, en concreto, la historia de El Salvador, quiere utilizarla Dios para su historia de salvación, y la Iglesia enviada por Dios para purificar la historia y hacerla fuente de salvación, tendrá que seguir denunciando los pecados de la historia. En cualquier categoría que se encuentre el pecado, es una obstaculización al Reino de Dios, que no puede implantarse en el mundo porque el pecado la estorba. Y por eso, las comunidades cristianas sigan siendo fieles a su misión de desterrar el pecado del mundo, siendo fieles a Jesucristo.

El domingo recién pasado la visita a Aguilares obedecía al desagravio del santísimo sacramento. Qué precioso pueblo ése. A pesar de su pobreza, de sus dificultades, logró conseguir ya un sagrario nuevo, porque el que inutilizaron la Guardia no puede servir para la seguridad del santísimo. Y aunque el gobierno nos prometió que nos iba a reparar todos los daños ocasionados en esa injusta ocupación de una casa privada, sin embargo nos ha tocado a nosotros reparar casa, sagrario, ornamentos, porque quedó todo muy en mal estado. Todavía hay cosas que no han sido devueltas, como las máquinas de escribir y otros instrumentos de la evangelización de Aguilares. Pero, gracias a Dios, tenemos ya el sagrario nuevo; era hermoso ver a aquella gente llorar de emoción, cuando el copón con las hostias consagradas era colocado de nuevo en un sagrario digno, mientras el pueblo cantaba la conocida estrofa: Alabemos al santísimo sacramento del altar. Nadie puede quitar esa voz del corazón de nuestro pueblo. Cree en Cristo presente en la hostia y ni un sagrario ametrallado es el testimonio de darle miedo al pueblo. Al contrario, ¿cuándo van a comprender que la fe arraigada en nuestro corazón más se enardece a medida del atropello?.

En nuestro diálogo del miércoles recién pasado (que lamentablemente fue mal grabado, y por eso muchos no pudieron seguirlo en todo su completo mensaje) hacíamos alusión a Aguilares, precisamente en la súplica que estamos haciendo a todos los fieles de ayudar a mucha gente que está en la verdadera miseria. Les suplicamos a todos seguir esa generosidad que, gracias a Dios, se ha despertado. Allá en el Arzobispado están llegando muchas bolsas de ropa, de zapatos, de alimentos y también dinero en efectivo, que el comité de las religiosas y de los cristianos de Aguilares harán efectivo en ayuda a las personas que lo necesitan.

También en ese diálogo aludíamos a la campaña vocacional. Por este tiempo, cuándo va terminando el curso, el Padre Ledislao Segura, un jesuita incansable en el trabajo de las vocaciones -para que vean que los jesuitas no van sembrando la subversión, sino ayudando a la Iglesia en todos sus aspectos- el Padre Segura es un peregrino incansable que va de parroquia en parroquia a platicar con los párrocos, con las escuelas, con los colegios, con los muchachos quienes tienen vocación y muchos de los sacerdotes jóvenes son fruto de esa recogida del Padre Segura. Comprendemos, naturalmente, hermanos, que la Iglesia va madurando hacia otra forma de reclutar las vocaciones, porque el verdadero proceso sería que cada comunidad (o familias, que son las células de la comunidad) fueran tan piadosas, se respirara un ambiente tan cristiano, que de allí mismo surgieran como surge de la enredadera, la flor, el fruto, naturalmente, surgirían las vocaciones para nuestras comunidades. Las comunidades necesitan sacerdotes; Dios suscite en las comunidades las vocaciones. Solamente falta el cultivo. Pero, gracias a estas comunidades eclesiales de base, a ese diálogo que se va haciendo más íntimo en las parroquias y que por desgracia se interpreta como subversión, como meterse en política, es maduración de la fe la que vamos buscando, despertar el sentido de la dignidad del hombre, de la familia, decirle al hombre que se promueva cristianamente, que viva él su propio destino, lo construya con sus propios esfuerzos.

Cuando maduren en estas ideas y nos comprendan de veras las autoridades, verán que nada tienen que temer de esta labor, sino mucho que esperar, porque mucho esperará la patria de grupos humanos que se conscientizan, que se dignifican y que naturalmente tienen que ser críticos de los actos de injusticia. Y ésto es lo que duele y lo que molesta. Pero precisamente por eso tiene la Iglesia que continuar su misión. para no tener más un pueblo adormecido en la ignorancia y no seguir cargando con esa calumnia del comunismo, que la Iglesia vende el opio del pueblo, sino al contrario, que la Iglesia despierta la conciencia mucho mejor que todas las ideologías de la tierra para una eternidad, una esperanza, que hace al hombre más trabajador de su destino, de su comunidad.

Y así surgirán también los verdaderos sacerdotes que necesitan nuestras comunidades. Pero mientras tanto, como una suplencia, allí va pues de parroquia en parroquia el Padre Segura. Yo les he rogado ya a los queridos sacerdotes que lo atiendan y espero que los jóvenes con inquietudes vocacionales se acerquen a él. No pongan por pretexto que no tienen dinero, que son pobres. Casi todos los sacerdotes procedemos de la pobreza y es nuestra mejor alegría recordar a nuestra madre sufrida y pobre, a nuestro padre luchando por sostener aquel pobre hogar y de allí surgir una vocación que se convierta luego en la voz de esa pobreza digna, para hacer que todos sepamos orientar al mundo por los caminos de Dios.

También les decía en el diálogo, y lo voy a decir hoy porque era anunciado precisamente para este domingo, según la tradición de mi venerado predecesor Monseñor Luis Chávez y González, que este domingo último de agosto lo consagraba al catecismo, el Día del Catecismo. Muchas veces se hizo consistir en pedir una limosna para ayudar al catecismo de la parroquia y de la diócesis. A mí no me interesa tanto la limosna, porque ella vendrá por añadidura cuando se comprenda mejor, y ésto es para mí el Día del Catecismo. Y por eso lo estoy diciendo aquí, sin pedirles dinero, pero sí pidiendoles una conciencia muy viva de que gracias al catecismo estamos aquí en Catedral. Nuestros padres fueron nuestros catequistas. Un sacerdote bueno de la parroquia nos hace recordar aquella infancia feliz. Una señora, una niña, una señorita nos enseñó el Padrenuestro, nos enseñó a pesignar. La Iglesia evoluciona. La catequesis precisamente va a ser el tema del Sínodo de los Obispos que se va a reunir en Roma, representando al episcopado de todo el mundo, para responder a una consulta del Papa: ¿Cómo debe ser la catequesis en nuestro tiempo? Han cambiado mucho los tiempos de aquella ajena niñez cuando con caramelos o estampitas nos atraían al catecismo. Ojalá se conservara esa ingenuidad; pero en fin, la televisión, el cine, los medios modernos han cambiado la mentalidad hasta de los niños y lo que hay que lograr es que no se pretenda el caramelo ni la estampita, sino que se tenga verdadero amor al contenido, a una revelación que Dios trajo al mundo para hacer a los hombres divinos. Y gracias a esa fe que madura en la catequesis, hay una esperanza muy grande en nuestro tiempo. Padres de familia, a ustedes se encomiendan los primeros pasos de esa tradición. Tradición: «tradere», entregar, de los abuelos a los nietos, de generación en generación, una doctrina que Dios reveló y que los apóstoles enseñaron en catequesis. ¿Qué son los cuatro evangelios sino una catequesis: contarles como era Jesús, qué enseñaba Jesús? Contar al niño, al joven, al adulto que vino un Dios a hacerse hombre para salvar a los hombres para que los hombres nos hiciéramos hermanos, hijos de Dios, nos salváramos. Esto tan sencillo, ese contenido de amor, de revelación de Dios, transmitirlo con amor, para que se haga vida en cada hombre, en cada mujer, en cada joven, en cada matrimonio, en cada sociedad. Eso es el catecismo, la transmisión de una revelación de Dios dirigida a la fe de los hombres.

Por eso, se diferencia la catequesis de la teología, de la apologética, de la historia sagrada y de tantos sistemas científicos auxiliares de la catequesis, que tiene por objeto no la ciencia, no el conocimiento, sino la fe y la vida. Por eso, no se contenten con enseñar fórmulas: ¿quién es Dios?, ¿quién te ha creado? Responderlas de memoria es bueno pero no es catecismo. Catecismo es vivir esas cosas. Si Dios me ha creado, mi fe entonces me dice que hay que vivir como hijo de Dios. Si Cristo te ha salvado, no lo sepas de memoria solamente, vívelo, entrégate a Cristo, que se entregó por tí. Qué dichosa será la Iglesia cuando vayan madurando estas ideas modernas de que se transmite el contenido de la catequesis a madurar la fe de nuestro pueblo.

Finalmente, hermanos, quiero decirles con satisfacción que ya está difundiéndose la pastoral que tanto les he anunciado y que en la editorial del Secretariado Social Interdiocesano ha sido editado con nitidez, con belleza, no por ser un documento mío, sino porque es el tema la Iglesia, cuerpo de Cristo en la historia. Una respuesta a tantas calumnias y difamaciones y distorsiones que en muchos campos pagados, durante mucho tiempo, se estuvieron publicando y envenenando tal vez el alma de los que no tienen fe, pero amacizando la fe de los que la tienen. Aquí tienen la mejor respuesta. Con la serenidad de una reflexión teológica, quiero presentarles que en la Iglesia ciertamente ha habido cambios y que el que no los comprenda no es católico de esta hora. En la segunda parte les respondo por qué hay cambios en la Iglesia. Respuesta: porque la Iglesia es el cuerpo de Cristo en la historia, es decir, tiene que ser Cristo en esta hora y en este país. Tiene que hablar como Cristo hablaría hoy, aquí, en el púlpito de Catedral. Y si lo hace así, es la auténtica Iglesia de Cristo y tiene que levantar roncha en todos aquellos que ofenden la ley de Dios y que tratan de estorbar el proyecto del Reino de Dios en el mundo. Una política abusiva de su poder, un capital egoísta, como idólatra del dinero, unos pobres que no quieren promoverse también para ser autores de su propio destino, todos éstos son pecadores de la hora actual; y la voz de Cristo, que denunciaba el pecado de su tiempo, de sus Herodes, de sus Pilatos, de sus fariseos, sería el que denunciaría, hoy, la autoridad de hoy en su abuso y el poder de hoy en todas sus manifestaciones como un estorbo al único Señor de la historia: Cristo, Dios, el Rey de nuestros corazones.

También quiero anunciarles con alegría que se ha publicado un folleto muy útil para conocer el pensamiento social de la Iglesia. Se llama Orientaciones Sociales de la Iglesia a la Luz del Evangelio. Es un arsenal de textos evangélicos, de santos padres, de encíclicas de papas actuales, enseñando, pues, a los hombres de hoy, qué quiere Dios de la sociedad actual. Lo pueden conseguir y estudiarlo para ser católicos actualizados en la hora presente.

Olvidaba decirles, hermanos, los nombres de nuestros tres hermanos difuntos en Tejutla y por los cuales les pido una oración, lo mismo que para sus pobres familias desamparadas: Felipe de Jesús Chacón Vásquez, un fervoroso cursillista de cristiandad, ¿cómo va a ser un guerrillero?, Serafín Vásquez Escobar y un señor Pablo, cuyo apellido no recuerdo.

Coloquémonos en esta situación concreta de nuestra Iglesia y de nuestra patria para iluminarla con la luz de esa palabra divina que se ha leído hoy. Solamente quiero presentar dos aspectos que me parecen los dos grandes mensajes de las lecturas de hoy: en primer lugar, la Iglesia de la alianza de Dios y los hombres; en segundo lugar, la Iglesia de la verdadera pobreza.

1. LA IGLESIA DE LA ALIANZA DE DIOS Y LOS HOMBRES

Aquí nos orientan las lecturas de hoy, que no son palabras de hombres sino palabras de Dios, para presentarnos la Iglesia como dice San Pablo, comparando las dos alianzas. La alianza que Dios firmó con Moisés en el Sinaí y en el Monte Horeb, una alianza de terror, de miedo, de relámpagos, truenos; donde se sentía la majestad de Dios hasta el punto que decían los peregrinos del desierto a Moisés: «Háblanos tú, que no nos hable Dios, no sea que muramos». Y San Pablo, hablándoles a los cristianos les dice, recordando esa vieja alianza: «Vosotros no os habéis acercado a un monte tangible, a un fuego encendido, a densos nubarrones, a la tormenta, al sonido de la trompeta». Cualquiera recuerda aquí las páginas bellas del Exodo, cómo Dios se presentaba para hacerse temer de un pueblo propenso a la idolatría que él es el único Dios verdadero, el Dios vivo y que ese Dios vivo quiere hacer una alianza con un pueblo que lo adore sólo a él, que en medio de tantos pueblos idólatras, conserve su único culto al Dios verdadero. Y por eso firmó en aquel monte, lleno de esta majestad de Dios, las tablas de la ley. Los diez mandamientos de la Ley de Dios, que siguen con toda su fuerza en la era cristiana, fueron promulgados bajo el Dios temido, bajo un Dios que daba miedo. No habéis oído aquella voz que el pueblo al oírla pidió que no le siguiera hablando, tenían miedo.

Así se conservó la fe en el único Dios. y la alianza de la antigua ley fue respetada por ese pueblo, mientras veía esas manifestaciones de Dios. Pero cuando se le presentaba la tentación de la idolatría, ese pueblo caía en la idolatría. Y cuando ese pueblo se sentía sugestionado por el oro, por el dinero, por el poder político, hacía la alianza con los reyes de la tierra, se vendía por dinero y venían los castigos de Dios.

La exportación de Israel h
cia Babilonia, los castigos de Dios con enfermedades, con diversas manifestaciones en el pueblo, las presenta la Biblia como la señal de un Dios que reclama su alianza. Había dicho Dios por medio de Abraham y de Moisés, de los profetas: «Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo». Pueblo sacerdotal, pueblo con leyes específicas para un culto que Dios quiere, pueblo que logró cristializar sus ideas en el templo más bello de aquél tiempo, el templo de Jerusalén. De tal manera que en aquel templo veía como la personificación de Dios, tanto que cuando lo consagraron ese templo, se llenó de humo, de la majestad de Dios. Se hacía sentir Dios y aquel pueblo sentía su necesidad de estar unido con ese Dios. Sus idolatrías, sus pecados, lo alejaban de Dios y Dios lo castigaba, no para alejarlo para siempre sino para atraerlo nuevamente. ¡Cuántas veces comparó Dios la vieja alianza con la alianza del matrimonio! Dios es el esposo, su pueblo es la mujer. ¡Cuántas veces esa mujer cometió adulterio, se fue con otros hombres! Así se compara Dios, como el esposo desilusionado, como el esposo que sigue amando a su esposa adúltera. La espera, vuelve arrepentida, la vuelve a hacer su esposa. Comparaciones que llegan al corazón de la humanidad.

Pero dice el Concilio: «Toda esa vieja alianza no tenía más que una objetividad. Era señal de la nueva y definitiva alianza que Dios quería concertar con los hombres en Cristo Jesús. Y así la segunda parte de la epístola de los Hebreos, nos dice a nosotros, óiganlo, queridos católicos que han venido a la Catedral en número tan consolador, cómo me alegra mirar esta Catedral repleta para poderles decir a ustedes como signo de toda una diócesis, fiel a pesar de la persecución: «Vosotros os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a la asamblea de innumerables ángeles, a la congregación de los primogénitos inscritos en el cielo, al Dios justo de todos, pues, a las almas de los justos que han llegado a su destino, al mediador de la nueva alianza: Jesús».

Queridos hermanos presentes en la Catedral o presentes moralmente a través de esta radio, allá junto a sus aparatos en lejanas ermitas o junto al lecho de enfermos o en sus hogares, a ustedes les puedo decir, los que están naturalmente meditando con buena voluntad, porque yo sé que muchos no me oyen con buena voluntad; me escuchan solamente para ver en qué me cojen, para ver qué captan y llevarlo como una denuncia. Los perdono y pido a nuestro Señor que les toque el corazón, y ustedes también sean del número de éstos que han venido aquí a decir, a oír la palabra de San Pablo, que les dice: Vosotros sois los compañeros de esos ángeles que adoran a Dios eternamente. Vosotros formáis parte de lo más noble de la humanidad que ha seguido a Dios, primogénitos del cielo que han nacido ya para la eternidad, almas de justos que han llegado ya a su destino. Me parece contar allí a nuestros mártires de la arquidiócesis, a los que están muriendo hoy, víctimas de la injusticia y de la calumnia. Vosotros estáis llegando ya a vuestro destino, en pos de esa procesión de ángeles, de nobles, de bienaventurados, va siguiendo esta larga procesión de la Arquidiócesis que se menciona en parroquias, en ermitas, en cantones que se mantienen fieles a su fe. Vuestra esperanza es segura porque se apoya en el mediador de la nueva alianza, de Jesús. Jesús es el motivo de mi esperanza.

Hermanos, no sigamos nunca a la Iglesia por sus hombres, sus obispos, sus sacerdotes; somos pecadores. Pedid por nosotros para que seamos fieles como vosotros, pero mi fe de obispo se apoya en Jesús y pide que la fe de mis queridos sacerdotes se apoye en Jesús, y que la fe de mis queridas religiosas, tan unidas ahora, empeñadas en tantos compromisos, se apoye en Jesús, y que la fe de tantos seglares que ahora han encontrado en la Iglesia una razón de creer y de esperar, aquí está la razón de la fe y de la esperanza: Jesús vivo, resucitado, que es la cabeza de toda esta larga peregrinación de ángeles y de bienaventurados, y de fieles que todavía peregrinan en el mundo.

Esta es la nueva alianza. Dentro de poco van a escuchar ustedes en el altar: «Este es el cáliz de mi sangre que se derrama por vosotros, sangre de la alianza nueva». Esta es la alianza definitiva. La que Dios firmó con Abraham, con Moisés, con los profetas, no era más que una figura. Venía preparando ésta que vivimos nosotros, definitiva ya, porque se ha encontrado con el gran mediador. El gran mediador, Cristo Jesús. Quiero hacer una aclaración, cuando el 5 de agosto, desde estos micrófonos se relataba la procesión del Divino Salvador, uno de los locutores dijo que este pueblo iba siguiendo a su verdadero líder al Divino Salvador, se entiende, pero hubo quien me fue a malinformar diciendo que yo había incitando a decir que yo era el líder de esta gente. Miren como tergiversan las cosas. Jamás me he creído líder de ningún pueblo, porque no hay más que un líder: Cristo Jesús. Jesús es la fuente de la esperanza, en Jesús se apoya lo que predico, en Jesús está la verdad de lo que estoy diciendo. Sí, yo sería un loco, queridos hermanos, queridos radioyentes, querer ser yo, frágil, mortal, que voy a acabar como todos ustedes muerto, quererme hacer yo el sostén de todo un pueblo y de toda una esperanza. Gracias a Dios que mi humilde palabra logra hacer descubrir a aquél en quien hay que tener esperanza y fe. La Iglesia, digo en mi pastoral, no es otra cosa que el Cuerpo de Jesús Jesús es la fortaleza de la Iglesia, porque no es un hombre, sino un Dios que se hizo hombre, y vive y reina por los siglos eternos.

2. LA IGLESIA DE LA VERDADERA POBREZA

Por eso, hermanos, termino ya con esta segunda consideración: la palabra de hoy nos invita, en la primera lectura y en el evangelio, a vivir la verdadera pobreza. «Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad», le dice el sabio a todo el que lee la Biblia. Y en el evangelio, Cristo sigue proclamando: «Cuando te inviten a una boda, no ocupes los primeros puestos, no seas orgulloso, no seas autovaliente, por si solo, hazte el humilde, se humilde, no te hagas humilde. Ocupa el último lugar. Y cuando invites a una cena, no invites a los que te pueden devolver la cena, ya estás pagado. Cuando invites a un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos, ciegos, porque no te pueden pagar y te pagarán cuando resuciten los justos». Humildad y pobreza, son dos hermanas gemelas. Mejor diría, son una sóla cosa. Verdadero pobre es el humilde. Verdadero pobre es el que no tiene nada y sabe que no cuenta con nada y que todo lo tiene en Dios.

Cuando la Virgen dice en su precioso cántico del Magníficat: «Llenó de bienes a los humildes y despachó vacíos a los ricos», ¿qué quiere decir? No es que la Virgen desprecie a los ricos sino a los autosuficientes, a los orgullosos, a los que no necesitan de Dios, a los que están idolatrando como Dios a las cosas de la tierra. Confían en su dinero más que en Dios, más que en el amor al prójimo. Confían en su poder, porque hoy tienen las armas, y atropellan y son orgullosos. Estos son, a los que Dios despide vacíos. Pero aquel que es humilde, aunque tenga poder, aunque tenga dinero, pero no confía en eso, sabe que esas cosas se van con el viento. Los hombres no son estables en el poder, se van. La verdadera humildad consiste en esperarlo todo de Dios; y si ahora tengo un poder en la tierra, reconocer que me viene de Dios y que lo he de usar según Dios. Que Dios puede también, como al rey Saúl, decir: «Este rey ya no me satisface, lo despacho vacío y en su lugar coloco a este humilde pastorcito, a David, un rey según mi corazón».

El Poder de la tierra se pierde, hermanos; que la humildad es la verdad. Que es verdadero rico aquel que se apoya en la riqueza de Dios, y éstos son los verdaderos miembros de la alianza eterna con Cristo. Por eso, siento que esta Iglesia de la alianza, esta Iglesia de la Arquidiócesis, heredera de la alianza de Abraham y de Moisés y de Cristo, es ahora verdaderamente auténtica, porque ahora la Iglesia no se apoya en ningún poder, en ningún dinero. Hoy la Iglesia es pobre, hoy la Iglesia sabe que los poderosos la rechazan pero que la aman los que sienten en Dios su confianza. Y yo les invito, queridos hijos de la Iglesia, jamás traicionar esta alianza con nuestro Dios, porque ésto es lo que le enojaba a Dios. Cuando su pueblo desconfiaba de su propio valor y se iba a apoyar en Babilonia o en Egipto, Dios lo rechazaba y era víctima de su propia desconfianza. Pero a Israel rodeado de enemigos poderosos, puesta su confianza en el único Dios, Israel vencía. Esta es la Iglesia que yo quiero, una Iglesia que no cuente con los privilegios y las valías de las cosas de la tierra, una Iglesia cada vez más desligada de las cosas terrenas, humanas, para poderlas juzgar con más libertad desde su perspectiva del evangelio, desde su pobreza. No una pobreza demagógica, porque eso no es pobreza. El que se finge pobre para hacer la revolución, sembrar el odio, no es pobre; lleva en sí una confianza en su revolución, y eso ya no lo hace auténticamente pobre. Pobre es la Iglesia, que no confía en ninguna revolución de la tierra, que no siembra odios, porque allí no encuentra nada. Que siembra amor a Dios y amor al prójimo, el Reino de Dios en la tierra, la verdadera pobreza, la verdadera humildad. Esta es la Iglesia que soñamos, hermanos, y la que yo creo que se va construyendo en nuestra Arquidiócesis.

Yo les agradezco a todos los celebradores de la palabra, sacerdotes, religiosas, seglares, porque han comprendido este mensaje. Y aquellos que desconfiaban de la Iglesia y la van encontrando cada día más auténtica, crean que ésta es la Iglesia verdadera. Si un día yo mismo les traiciono, no me hagan caso a mí, sigan a esa Iglesia que ahora hemos vislumbrado con tanta claridad. Pero, espero con la ayuda de ustedes que no traicionaré nunca esta Iglesia. Y por eso quiero hacer una aclaración también, cuando en el diario han dicho que no hay persecución de la Iglesia y que todo está bien, que se entiende en diálogo conmigo el gobierno: es falso. Yo seguiré diciendo: habrá diálogo, cuando se haga un ambiente de confianza con hechos. Que cesen estos crímenes, que cese esta desconfianza del pueblo, porque la Iglesia se siente comprometida con estos intereses nobles del pueblo. Y mientras no haya ese ambiente de confianza, queridos hermanos, yo sería un traidor a ustedes si a las espaldas de ustedes estuviera entendiéndome con quien no respeta los derechos de los hombres.

Mientras tanto sí sigue la Iglesia esperando el diálogo, esperando el ambiente de amistad que se le quitó, esperando la confianza que perdió, que se la den otra vez; y la Iglesia, como digo en mi carta pastoral, está dispuesta a esa sana cooperación, no para buscar ventajas propias, sino para servir mejor al verdadero bien común de un pueblo que así lo merece.
 

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