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La Iglesia de la promoción integral

La Iglesia de la promoción integral

28º Domingo del Tiempo Ordinario,

9 de Octubre de 1977

Lecturas:
2 Reyes 5, 14-17
2 Timoteo 2, 8-3
Lucas 17, 11-19

Queremos agradecer, ante todo, la presencia activa de la juventud de Santa Tecla con su conjunto musical. Se siente, de veras, la alegría y la esperanza que la juventud pone en Cristo. Todos los domingos tenemos aquí la oportunidad de ir conociendo estos conjuntos musicales, parte viva de la liturgia de la Iglesia, y queremos agradecer ahora, pues, a todos los que han venido participando e invitar a todas las comunidades que tengan sus coros a que se anuncien para irlos organizando y tomar parte de esta misa, que es la misa principal de la Arquidiócesis; y la Catedral, que es el signo de la unidad, recoja esas voces, que a lo largo de toda la Arquidiócesis cantan la gloria del Señor.

Y a propósito de Santa Tecla, quiero recordarles que esta tarde nos reunimos con todas las fuerzas vivas, para planear una pastoral de conjunto con tantas fuerzas que allá existen de parte de la Iglesia: sacerdotes, religiosas, colegios; una maravilla de vida de Iglesia, que podía no solamente hacer mucho bien en labor urbano, sino también en toda la Arquidiócesis. Por favor, pues, todos aquellos que asistieron a la junta pasada y todos aquellos que tengan interés por trabajar en la vida de la Iglesia son invitados esta tarde a la Escuela Masarello en Santa Tecla, a las 3.

Siguiendo esta noticia de las comunidades, quiero alegrarme con las parroquias de San Francisco y Concepción, donde tuve la dicha de celebrar el día de San Francisco, fiesta patronal, y darme cuenta del fervor que los sacerdotes y fieles están viviendo en esas comunidades; como espero ver hoy, a continuación de esta misa, en Soyapango, donde se celebra la Virgen del Rosario.

El Padre Samuel Orellana ha sido nombrado párroco de Ayutuxtepeque; próximamente iremos a compartir con él sus primeras impresiones. Así como el domingo próximo, a las 7 de la noche, daremos posesión al nuevo párroco de Candelaria, Padre Próspero Díaz. La comunidad de la Arquidiócesis también va a sentir muy suya la toma de posesión de Monseñor Rivera el 5 de noviembre a las 10 de la mañana en Santiago de María. Yo invito a las personas que puedan participar, porque creo que, así como en los primeros tiempos del cristianismo, cuando un miembro de una comunidad era escogido por Dios para llevar el mensaje a otra comunidad, toda la comunidad se sentía unida con él; y así sentimos, pues, que con Monseñor Rivera, que ha pertenecido en forma tan activa a esta comunidad de la Arquidiócesis, es toda la Arquidiócesis, la que participará en su nueva responsabilidad.

La comunidad de la Iglesia de la Merced está sufriendo la enfermedad de su párroco, el Padre Torruella, que, como ustedes saben, sufrió un accidente la semana pasada y está en la Policlínica, junto con su mamá. Esperamos que pronto se recupere muy bien.

En el orden también de comunidades, quiero alegrarme con las comunidades de San Antonio, Colonia América; la comunidad de Santuario de Fátima, en los Planes; de María Auxiliadora y del Corazón de María; donde se ha tenido, estos días, el movimiento del nuevo Catecumenado. Tres apóstoles del Catecumenado, Padre José Angel, español; y los Hermanos Tino y Lucía, italianos formando un equipo, han promovido esta forma nueva de instrucción religiosa. Antiguamente, antes del bautismo, se sometían los candidatos al bautismo a una escuela que se llamaba el Catecumenado. Ahora, lamentablemente, no lo tenemos, y por eso tenemos tantos bautizados que no viven la responsabilidad y la gloria de su bautismo. A ésto responde un deseo del Concilio de que se establecieran los Catecumenados para que los bautizados o los adultos que se preparan al bautismo tomen más conciencia de esta incorporación a Cristo y a su Iglesia. En estas semanas, el Catecumenado celebra la entrega de las Biblias. Yo ya participé en alguna de éstas, y de veras que es algo emocionante la solemnidad con que la palabra de Dios se entrega al cristiano, para que la haga como el código de su vida, la norma de su existencia. Esto se llevará a cabo esta semana también en Corazón de María y en María Auxiliadora. Yo felicito a todos los que están participando, y hago un voto para que los que van a quedar promovidos sigan creando comunidades catecumenales en todas las parroquias de la Arquidiócesis y que los bautizados que quieran ser fieles, coherentes con su bautismo, traten de formar parte de estas comunidades, donde aprenderán esta gran misión del cristiano en el mundo.

En esta semana también ha habido dos participaciones de salvadoreños en asambleas internacionales. El canciller de El Salvador, en las Naciones Unidas se refirió a los derechos humanos, diciendo que se respetan en El Salvador y llamando como una intromisión la vigilancia de otro país acerca de este aspecto. Yo sólo quiero aclarar, queridos hermanos, que la perspectiva política es muy distinta de la perspectiva de la Iglesia. Políticamente, nosotros, como católicos, como Iglesia, no compartimos muchos puntos de vista, ni nos extrañaría que los mismos Estados Unidos, por razones políticas, mañana ya no mencionaran para nada los derechos humanos. No nos apoyamos nosotros en las conveniencias políticas. Nosotros queremos decir, y que quede bien claro para cada católico, que el respeto, el reclamo, la defensa de la libertad, de la dignidad, de los derechos del hombre, para la Iglesia son una misión que está por encima de toda política. Es su deber, como enviada de Dios, como profeta del mundo, a defender la imagen de Dios que es cada hombre. Por eso, pues, prescindamos siempre de las apreciaciones de presidentes, de ministros, de políticos; inculquemos profundamente en nuestro corazón la ley de Dios, la visión evangélica. Jamás, hermanos y ésto lo digo por muchas cosas- nos valgamos del momento religioso para nuestras conveniencias políticas; y al revés, que la política no se valga de los momentos religiosos para sus conveniencias políticas. Y lo religioso, pues, va por encima de todo ésto. Sus criterios son muy elevados; y cuando la Iglesia defiende estas causas, no se está metiendo en política de partidos, sino que está, desde la ley de Dios, defendiendo claramente lo que Dios le manda defender.

En este mismo sentido, también, quisiera aclarar la preocupación de muchos ante la intervención del delegado del episcopado salvadoreño, Monseñor Revelo, en el Sínodo de los Obispos, donde el periódico El Mundo destaca, como siempre se destaca lo que conviene, algo que a la Iglesia no le puede convenir. Yo les invito a que esperemos las aclaraciones personales y no juzguemos por adelantado. Pero una cosa sí podemos anticipar. Cómo prelado de la Arquidiócesis, yo quiero decir a los queridos sacerdotes y a todo el pueblo fiel, lo mismo a los catequistas que colaboran con nosotros en los cantones, que todo sacerdote y todo catequista que está trabajando por la difusión del Reino de Dios, en comunión con el Arzobispo, cuenta con el pleno respaldo del Arzobispo y que no hay para qué dudar, a pesar de las campañas difamatorias, de la ortodoxia, de la fidelidad a la Iglesia, de los sacerdotes y de los catequistas que trabajan en comunión con el obispo. No somos tan ingenuos de creer que los sacerdotes se han hecho comunistas. Cuánto le costó a Monseñor Chávez esta declaración -una calumnia, una burla. Pues, aunque yo me exponga a lo mismo, quiero decir a los queridos sacerdotes que procuren mantener su fidelidad al magisterio de la Iglesia, a la comunión de su obispo, y no teman las malas interpretaciones que se puedan hacer de su misión, mientras sea netamente en la línea recta donde va el Concilio Vaticano II y los documentos de Medellín. Ya estamos aburridos de que se nos llame comunistas, cuando defendemos estos derechos que el Concilio y Medellín llaman verdadera labor cristiana de los pastores de la Iglesia.

Radio Vaticano manifestó su sorpresa ante las declaraciones de Monseñor Revelo y declaró si, ingenuamente, que se extraña de que el obispo de El Salvador desconozca el heroísmo, la autenticidad con que la catequesis en el campo no es tan fácil como ha dicho, porque ahí precisamente, en el campo, es donde están nuestras víctimas, hasta sacerdotes matados, precisamente por la catequesis en los campos. Es admirable la labor de nuestros catequistas rurales. Yo los felicito. Aprovecho esta oportunidad, lo mismo a las comunidades cantonales, para que no se dejen vencer del miedo, para que sepan que mientras estudien la palabra de Dios, que crea precisamente conciencia crítica cristiana en el hombre, se formen, maduren esa fe. Y si por esa madurez y ese criterio, que no se traga todo, sino que sabe discernir a la luz del evangelio la justicia de la injusticia y reclamar precisamente por un mundo mejor, si es necesario morir en esa causa, pues será la muerte de los mártires que murieron precisamente defendiendo esa fe. No se dejen vencer por el miedo. Y si es necesario, como dicen en cierta comunidad, vivir una vida de catacumbas, vivan esa vida de catecumbas. No es clandestinidad; es simplemente la Iglesia del silencio, que sigue trabajando su conciencia, pero que no se dejará vencer, como dije antes, por las conveniencias políticas o económicas del momento. Sean fieles a Cristo, como nos dice hoy San Pablo.

Quiero decir, también, que esta semana hemos visto una manifestación de la masonería y recordar a nuestros católicos el canon 2335, las leyes de la Iglesia todavía vigentes dicen ésto: «Los que dan su nombre a la secta masónica o a otras asociaciones del mismo género que maquinan contra la Iglesia o contra las potestades civiles legítimas, incurren ipso facto» -si por el mismo hecho de inscribirse, ipso facto eso quiere decir- «incurren en excomunión simplemente reservada a la Sede Apostólica». Sepan pues que los masones, los que han dado su nombre, están inscritos en esa secta, están excomulgados; y ojalá que la euforia de esos momentos triunfales de la masonería no engañen a nuestros católicos, que sepan mantenerse fieles a la Iglesia, la cual los desconocerá como hijos de la Iglesia, ipso facto que den su nombre a esa secta.

También, hermanos, lamento que todavía la desaparición de la Señora de Chiurato no da señales de clarificarse. Se han recibido muchas comunicaciones, pero ninguna se identifica. De acuerdo con la familia, quiero comunicar a los que tienen en su poder a la señora que se identifiquen, que podamos estar seguros que son ellos los que la tienen y la familia está dispuesta a cualquier negociación. Ya es demasiado tiempo, y esperamos, pues, que la tranquilidad vuelva a este hogar; pero con las legítimas demostraciones de que no se trata de un engaño, sino de una verdad.

Finalmente, quiero agradecer y recomendar a todos la lectura de un artículo publicado en la revista de la UCA, en que comenta la actitud del Arzobispo, la cual, pues, no tiene ningún intento de presentar conflictos, sino que es el cumplimiento de su deber, que con toda sinceridad trato de vivir, para que todos comprendan, pues, la actuación. Y lejos de dar crédito a esa campaña difamatoria que sigue adelante (estoy recibiendo muchos anónimos, verdaderamente groseros), sepan, hermanos, que la posición que se ha tomado está a base de conciencia. No es sólo de presiones, como se dice, sino simplemente el deber de un pastor que siente la alegría, al mismo tiempo que la angustia, de vivir con su pueblo y desde el pueblo, fiel a la voluntad de Dios, caminar por un camino que sea verdaderamente los caminos del Señor. Manténganse fieles, hermanos, mantengámonos unidos. Y ésto nos dará, no una victoria efímera de la tierra, (no la pretendemos) sino el triunfo del Reino de Dios. Y en este contexto, para vivir precisamente estas realidades de la semana y que se sigue vertiginosamente en las semanas siguientes, malas interpretaciones, realidades crueles, todo ésto, si no hay criterio muy fino, muy claro en la conciencia, se vive de conveniencias. Y cuando las conveniencias, ya no son conveniencias tenemos católicos que le dan la espalda a la Iglesia, que se avergüenzan de esta Iglesia. Por eso, mi afán de predicar no es porque me guste hablar por radio, como me dice un anónimo, ni es porque quiera aburrir a la gente. El que esté aburrido de oirme, pues, es muy fácil; no viene a misa a Catedral o apaga su radio. Pero, yo siento el deber de estar predicando lo que se debe predicar.

Por ejemplo, hoy y yo no parto de criterios míos, sino de la palabra de Dios, titularía la homilía de hoy como: la Iglesia de la promoción integral, ¿Qué quiere decir? Yo he tomado un texto del Padre Pablo VI, precisamente en encíclica Populorum Progressio, El Desarrollo de los Pueblos. El Papa dice que no basta el desarrollo económico, que el desarrollo, la promoción que la Iglesia propicia, es teniendo en cuenta ante todo al hombre. Y allí suena la palabra famosa de Pablo VI: «Todo el hombre y todos los hombres». Por eso titulo esta homilía de hoy: La Iglesia de la Promoción Integral, la promoción de todo el hombre y de todos los hombres; porque así le doy unidad a las bellas lecturas de hoy.

LA MARGINACION

La primera lectura y el evangelio nos introducen en el mundo triste de la enfermedad, en una de sus expresiones más dolorosas, la lepra; y desde la lepra, la enfermedad, consecuencia del pecado, el profeta Eliseo y el mismo Cristo toman actitudes de liberación. Si la enfermedad es una triste consecuencia del pecado, hay que librar al hombre del pecado y de su consecuencia. He allí la norma de la Iglesia en la promoción humana. Las masas de miseria, dijeron los obispos en Medellín, son un pecado, una injusticia que clama al cielo. La marginación, el hambre, el analfabetismo, la desnutrición y tantas otras cosas miserables que se entran por todos los poros de nuestro ser, son consecuencias del pecado, del pecado de aquellos que lo acumulan todo y no tienen para los demás; y también, del pecado de los que no teniendo nada, no luchan por su promoción. Son conformistas, haraganes, no luchan por promoverse. Pero muchas veces no luchan, no por su culpa; es que hay una serie de condicionamientos, de estructuras, que no lo dejan progresar. Es un conjunto, pues, de pecado mutuo. Y de ese pecado, que Medellín llama injusticia institucionalizada, injusticia hecha ambiente, de allí derivan estas situaciones que las lecturas de hoy nos las plastifican en la figura del leproso de Siria que llega a buscar redención junto a un profeta de Dios y en la angustia de diez leprosos que gritan a Cristo: «Señor, ten piedad de nosotros».

En estos enfermos cabe mirar hoy esta muchedumbre lánguida que grita, desde su marginación, una liberación que no les llega de ninguna parte, dicen los Documentos de Medellín. Y la Iglesia fiel a Jesucristo sería cruel, si como los sacerdotes del evangelio dan media vuelta, se van de largo y no se fijan en el pobre herido del camino. Cristo se enfrenta, y el profeta Eliseo también, a la situación. La lepra había inspirado unas leyes terribles en el pueblo de Dios. Lean en el Levítico: el que se encuentra marcado con esa enfermedad espantosa, tiene que salir de la comunidad humana y tiene que irse a vivir a los montes y cada vez que se acerca a una persona tiene que gritar: «Inmundo, inmundo». Sonaba como un grito de sepulcro esa voz de los pobres leprosos que desde los caminos gritaban al que se acercaba para que se apartara de ahí: «Inmundo, sucio, no te acerques, te vamos a contaminar». Esta angustia los obligaba a reunirse, sociedad en el dolor. El hombre tiene derecho a asociarse, aunque sea un leproso, un campesino, un obrero. Un hombre que necesita surgir de su postración se apoya en otros. ¿Por qué se va a condenar, pues, la organización?. Cristo ve acercarse una organización de leprosos. Por cierto, uno de ellos era samaritano, y los samaritanos y los judíos no se entendían. Usemos una comparación, tal vez no tan exacta, pero como si hondureños y salvadoreños, que políticamente están distanciados, pero en el dolor sienten la necesidad de unirse; desaparecen las fronteras, solamente se siente el dolor. Este samaritano no se sentía mal, sino al contrario, se sentía hermano de sus enemigos políticos, los judíos, y con ellos v
al encuentro del Señor.

Naamán era un extranjero y por una noticia de una muchachita, una sirvienta de su casa que era judía, que le dice: «En mi tierra hay un profeta, él te podría curar», aquel hombre con todo el orgullo de su casta, su situación social, al fin atiende la vocecita de aquella sirvienta. Y va y sucede lo que hoy se ha leído. Cuando llega al profeta Eliseo, Eliseo le dice: «Vete a bañarte siete veces en el Río Jordán». La primera reacción de Naamán es de soberbia: «¿Para ésto he hecho un viaje tan largo? ¿Qué acaso no hay ríos más buenos en mi tierra?. Y hoy el profeta me manda simplemente una cosa; ni siquiera se ha dignado venir él». Y el criado de Naamán le dice: «Si te hubiera mandado una cosa más difícil, la harías por tu salud. Cuándo más que es simplemente meterte al río siete veces. Obedece». Y obedece; y cuando se sale del río ya purificado de su lepra, este hombre corre al profeta Eliseo para decirle la palabra de la fe: «Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra, más que el de Israel. Recibe este presente». Y Eliseo no quiso recibir nada.

Figura simpática la de Eliseo. Pertenece al libro de los Reyes. Todavía no son los profetas los protagonistas de la historia de Israel. Los reyes son, entre los cuales se destaca Salomón y David, que le han dado la constitución política al Reino de Israel. Pero siempre junto a esos reyes había hombres como los confesores, como los predicadores que actualmente tenían los reyes católicos. Uno de éstos era Elíseo, una especie de confesor del rey, que el soplo de la palabra divina llegaba a la política de los reyes a través de sus profetas. Y dichosos los gobernantes que atendían la voz de sus profetas y pobres los gobernantes que despreciaban las voces de los profetas. De ésto están llenas estas páginas del libro de los Reyes. Uno de esos profetas que compartían su vida entre el Consejo de la Corte, donde iba a aconsejar al rey Jeroboan, y su vida común de los hermanos profetas (se llamaban esas comunidades donde los profetas en oración, en meditación, escuchaban la palabra de Dios para llevarla luego al mundo), Eliseo, que comprendió en su meditación y en su misma actuación frente a la Corte que él no era más que un instrumento de Dios, tenía de sí un concepto tan humilde, que cuando este sujeto del milagro le quiere ofrecer grandes cantidades de dinero que traía para recompensar al que le hiciera el favor de limpiarlo, no le recibe nada. Le dice el profeta: «juro por Dios, a quien sirvo, que no aceptaré nada». Qué hermoso gesto. Hermanos, si la Iglesia ha tenido sus deficiencias y sus pecados enormes, porque ha convertido a su instrumentalidad de Dios en un negocio muchas veces, es reprochable; y el sacerdote que usa su poder sacerdotal para ganar dinero está abusando. Desde esta cátedra, desde donde se denuncian las injusticias y los desórdenes, también estamos dispuestos a ser criticados en todo aquello que no es correcto. El sacerdote como Eliseo tenía que sentir: todo lo que doy es de Dios. La palabra que hoy estoy dando es de Dios. Si por ella me alaban, me aplauden y yo me quedo con esos aplausos, yo le robo a Dios. Yo, hermanos, le ofrezco al Señor toda esta acogida que ustedes le dan a la palabra mía; porque no es mía, es de Dios. Y si nosotros necesitamos dinero, porque somos hombres y tenemos que comer y vestir, y tenemos que atender también las oficinas, los templos desde donde les atendemos a ustedes, eso es distinto. Pero si alguien se quisiera enriquecer egoísticamente, valiéndose de su ministerio sacerdotal, estaría cometiendo un sacrilegio. «Lo que recibistéis gratuitamente -nos dice la Biblia- dadlo gratuitamente». Y el pueblo sabe responder, y lo digo por experiencia, la generosidad de ustedes ayudándonos en nuestras obras, en nuestras súplicas y también en nuestras necesidades personales. No nos podemos quejar. Y como San Pablo, decimos, con tal de tener con qué comer, con qué vestirnos, dónde vivir, es suficiente.

Entonces el profeta oye una confesión más humilde de aquel que es asirio. Entonces -le dice- permite que entreguen a tu servidor una carga de tierra de este reino que puede llevar un par de mulas, porque en adelante tu servidor no ofrecerá holocaustos ni sacrificios de comunión a otro Dios que no sea el Señor. He aquí un convertido, un pagano que no conocía al Dios de Israel, y por la actitud de un profeta lo conoce y se convierte en un adorador del verdadero Dios. Esta es una de mis satisfacciones más grandes de estos tiempos, hermanos. Cuántos corazones se han convertido, cuántos, y no sólo de la clase humilde. Yo oigo confesiones que me llenan de profunda satisfacción, de gente adinerada que me dice: «Sí, usted tiene razón. Sí, los que no quieren comprender ésto es porque son muy egoístas. Estamos dispuestos a hacer lo que se pueda». Y yo tengo una gran esperanza, hermanos, de que la Iglesia, que ha ofrecido el diálogo de su sinceridad, sin traicionar esta verdad del evangelio, encontrará eco no sólo en el pueblo humilde, sino también en la clase poderosa; porque el que escucha la verdad es muy ciego si no la quiere seguir.

CRISTO SANA A LOS LEPROSOS

En este mundo de la enfermedad y de la conversión nos encontramos a los diez leprosos del evangelio. ¡Qué triste figura!. Y yo quiero pensar, en este encuentro que este domingo nos ha hecho a todos nosotros con el dolor humano, que pensemos, hermanos, en la desgracia de la humanidad, que nuestro corazón este día vuelve a los hospitales. Yo vivo en un hospital y siento de veras de cerca el dolor, los quejidos del sufrimiento en la noche, la tristeza del que llega teniendo que dejar su familia para internarse en un hospital. Pensemos en las largas colas de enfermos esperando en nuestros hospitales para buscar un poco de salud que no lo llegan a encontrar. Y pensemos, también, en el enfermo de familia, aquel que me está escuchando tal vez junto a su aparato de radio. Ojalá que esta palabra le lleve un consuelo. Estamos pensando en usted, querido hermano enfermo.

El Papa en una de sus últimas catequesis, cuando dice que la sociedad civil se organiza y puede desplazar a la Iglesia en su obra de beneficencia, no importa; la Iglesia siempre tendrá una mística muy especial para el sufrimiento, que no la pueden dar todas las técnicas de médicos y de enfermos y de hospitales bien equipados. Esos centros, esas técnicas, muchas veces cosifican, es decir, hacen del enfermo una cosa. Ya casi ni se le llama por su nombre, sólo el número, el enfermo número tal, como si fuera algo irracional. Se olvida que el enfermo es ante todo una persona, que necesita cariño, que necesita caridad, que necesita la ternura de un corazón, que no basta una enfermera muy técnica en poner inyecciones y transfusiones, pero que trata al enfermo de cualquier manera. Esta hora de compasión para el enfermo lleve un llamamiento al médico, a la enfermera, al hospital, para que humanicen cada vez con más delicadeza esa misión de quien trata no a un animal ni a una cosa, sino a un ser humano, que tiene su corazón compartido con una familia con la que no está, que le hace falta el cariño de aquellas manos que lo saben tratar bien en su casa. He aquí el ambiente del enfermo. También el tiene que elevarse a la comprensión de que su dolor no es inútil, de que aunque lo tratemos como un ser inútil -y, hermanos, ya va llegando la teoría que ya usó Hitler y su sistema en Alemania, de eliminar todo ser inútil. Un viejo, un enfermo que ya no sirve, se le elimina. ¡Qué inhumano!.

A ésto se puede llegar cuando no se ha tenido cuidado también de la vida que comienza. Si se trata así el germen del hombre que está en la entraña de una mujer embarazada y se provoca el aborto, es un asesinato; y, lo peor, la madre asesina de su propio hijo. De ese paso, de la falta de amor a un ser ya concebido, no hay más que un pequeño paso al viejo, al enfermo, al inútil. Si estorba un feto, que ya es vida humana en la entraña de una mujer, también estorba un viejo cuando no hay sentido de caridad en un hogar, y no hay más que un proceso lógico. Si es lógico el aborto, es lógico también este proceso de eliminación.

Es necesario humanizar las relaciones con los que sufren, con los que parecen inútiles. El gran misterio nos lo deja Cristo: en el día del juicio nos va a juzgar en la medida en que tratamos al necesitado, porque «todo lo que hiciste con uno de ellos, conmigo lo hiciste». Por eso les decía al principio que los considerando políticos, higiénicos, técnicos de los hombres que ese quedan muy por abajo de los considerados cristianos de un cristiano que sabe que lo que hace a un enfermo, a un pobre, a un miserable, Cristo lo está recibiendo como en su propia persona.

Desde el mundo de la enfermedad, hermanos, quiero sacar esta conclusión, Decía que Pablo VI decía: es necesario promover todo el hombre. Y aquí tenemos, cuando Cristo se preocupa del enfermo del cuerpo, lo está salvando no sólo en su alma. Hay una espiritualidad peligrosa en nuestro tiempo, como una reacción contra el lenguaje nuevo de la Iglesia, que habla de liberación, de derechos humanos, que protesta por los ultrajes de la persona, que reclama los abusos del poder político. Contra esa actitud leal de la Iglesia se reacciona, diciendo que la Iglesia tiene que predicar sólo la espiritualidad, sólo de un Dios, de un reino de los cielos, y que no nos preocupemos de la tierra. No se dan cuenta que están descoyuntando el evangelio, que Cristo que vino a salvar a los hombres tuvo cuidado, también, de sus cuerpos; y a los diez leprosos, como Eliseo a Naamán, los cura, usando el ministerio de los sacerdotes: «Vayan a mostrarse a los sacerdotes».

Lean en el Levítico la hermosa ceremonia del sacerdote que incorpora de nuevo a un leproso ya curado; todo una consagración para incorporarse al pueblo de Dios. Cristo respeta las leyes eclesiásticas de su tiempo, como las debemos de respetar todos. Si los sacerdotes de hoy hubiéramos caído en las tremendas deficiencias del sacerdocio en tiempo de Cristo, allí está Cristo dándonos el ejemplo, respeto a las leyes que están en manos de los sacerdotes: «Vete a mostrar a los sacerdotes». Y cuando iban de camino quedaron curados por su obediencia. De seguro que continuaron llegando al sacerdote para que impusiera las manos y los incorporara, ya sanos, al pueblo de Dios.

Pero este samaritano, precisamente el enemigo político del pueblo de Jesús, vuelve ante Jesús el judío, pero que es Dios, y de rodillas, de bruces, cantando gloria a Dios, le dá gracias porque lo ha curado. He aquí el hombre que siente que la promoción de la Iglesia no solamente es el perdón de su pecado, sino que también le ha dado salud a su cuerpo. La Iglesia está empeñada hoy -acaba de salir un documento de la Santa Sede, que lo voy a dar a conocer en Orientación- de cómo hoy no se puede separar la promoción humana, el cuidado de los cuerpos, de los derechos humanos de la tierra, de esta obra de evangelización de la Iglesia; de tal manera que no hay por qué poner una dicotomía entre los derechos de Dios y los derechos del hombre, como si el que habla de los derechos de Dios se olvidara de los derechos del hombre o viceversa. Cuando hablamos de los derechos del hombre, estamos pensando en el hombre imagen de Dios, estamos defendiendo a Dios.

Por eso, les repito que la perspectiva de la Iglesia es religiosa, es hacia Dios, no es de conveniencia política. Esto quiere decir, pues la frase de Pablo VI, «la promoción de todo el hombre», alma y cuerpo, corazón e inteligencia, relaciones sociales; que sintamos la igualdad que Dios ha querido de todos sus hijos, que organicemos un mundo más conforme a esta promoción integral de todo el hombre, que todo el hombre sienta la capacidad de desarrollar toda su capacidad, de salir de la enfermedad, de encontrar hospitales donde curarse, de encontrar escuelas para todos sus niños, que no se queden analfabetas, de promover, pues, en todos los sentidos el desarrollo humano integral de todo el hombre.

Y en segundo lugar, «la promoción de todos los hombres». Quiero fijarme, y estamos en el mes de las misiones, que este leproso que curó el profeta Eliseo, venía de un país extranjero. Cristo lo hace notar una vez en su evangelio, cuando dice: «Había muchos leprosos en Israel en tiempos de Eliseo; sin embargo, a ninguno de ellos fue enviado, sino a Naamán, el Sirio». Un Sirio, un pagano, uno que vivía más allá de las fronteras, y en aquel tiempo no ser judío era ser considerado como perro, como extraño. Si un perro, un extraño, viene al profeta inspirado por Dios, sabe que Dios es padre de todos los hombres, que para Dios no hay quienes se sientan a la mesa y quienes se quedan como perros a recibir las migajas, que para Dios todos son comensales del gran banquete de la vida que él nos ha servido; y por eso, para todos los que piensan en la promoción, para todos los hombres; este es el sentido misionero. La Iglesia desde todos los tiempos, dice la encíclica Populorum Progressio, se ha preocupado por llevar la promoción a todos los pueblos de la tierra -no para apoderarse del poder de nadie. Ténganlo bien claro los políticos: la Iglesia no pretende el poder de la tierra, pero sí pretende implantar en el poder de la tierra el reino de Dios, que hará más justo el poder de la tierra y hará más comprensivo al pueblo gobernado cuando lo ilumine un sentido de justicia y de verdadera promoción, cuando se sienta que la participación en política es un derecho que se respeta en todos los ciudadanos; porque a todos los hombres la Iglesia les predica su participación como hijos de Dios, con los talentos que cada uno ha recibido para el bienestar de todos. Todos tenemos derecho a construir el bien común de todo el país.

Y así la Iglesia va promoviendo por todas partes. Si esto es subversión, la Iglesia sabe que no lo es; sino que es promoción, desde todos los pueblos, respetando la idiosincracia de cada país. Y si alguna vez, dice la encíclica Populorum Progressio, los misioneros embuidos en una cultura de su país sintieron que se traslucía algo del mensaje de Cristo, de su propio modo de pensar como europeo, ahora la Iglesia está tratando de corregir y sabe que eso fue un error, y trata de identificarse tanto con el pueblo misionado, que no le interesan ya tanto los intereses de su país, sino del pueblo cuyo arte, ciencia, idiosincracia, raza, modo de ser, lo promueve, lo diviniza. Eso estamos haciendo en El Salvador. No somos un poder extranjero; somos el alma del pueblo, somos la vida de la nación. Por eso la Iglesia predica y siente que tiene el derecho de predicar un evangelio que no trae un poder extranjero, sino que viene a inyectar vida a nuestra propia vida, para que el salvadoreño sea más salvadoreño y ame más a su patria y trabaje por promoverla mejor. Esto hace la Iglesia en el pueblo; por, eso no se le quiere comprender, a pesar de lo claro que es su misión.

PROMOCION DEL ESPIRITU

Y finalmente, queridos hermanos, -un tercer pensamiento- voy a terminar con que toda esta promoción de todo el hombre y de todos los hombres, no es aras de tierra, no es sólo para hacer sano en sus carnes a Naamán el sirio, no es sólo para dar una alegría de salud corporal a diez leprosos. Lo más grande de todo es que, a través de esa promoción del cuerpo, Cristo ha logrado la promoción del espíritu. Se han fijado cómo terminaron los dos milagros, el milagro de Naamán, con esta palabra hermosísima: «Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra más que el de Israel, y permíteme llevar tierra de este reino, para no adorar de aquí en adelante más que al Dios verdadero». Allá termina la promoción, en unir al hombre con Dios. Y se han fijado como termina la promoción del leproso agradecido: volvió, dando gloria a Dios, a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Así termina la promoción de la Iglesia, postrando los hombres ante Cristo…

Para estos momentos de prueba en la historia del país y en la historia de la familia, San Pablo, escribiéndole a Timoteo, ya está prisionero, está encadenado, pero desde sus cade

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