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La Salvación: Iniciativa de Dios

La Salvación: Iniciativa de Dios
HOMILIAS 1978

14º Domingo Tiempo Ordinario

Domingo 9 de julio de 1978

Lecturas:
Zacarías 9, 9-10
Romanos 8, 9, 11-13
Mateo 11, 25-30

Queridos hermanos:

Todos los domingos, el pueblo cristiano se reúne para alimentarse de la Palabra de Dios y de la participación de la Eucaristía. No esperemos esos dos objetivos de nuestra misa dominical. No venimos sólo a escuchar la palabra, sino que venimos a hacer que esa palabra se haga vida, se haga celebración. Palabra que se hace Pascua, que se hace cuerpo y sangre de Cristo que nos redime. Y por eso hemos de llevar en ese torrente de la Palabra de Dios lo concreto de nuestra vida; para que así, nuestra Eucaristía dominical, no sea un acto paralelo a nuestra vida, sino que sea verdadera alma, verdadera fuerza, espíritu de nuestra propia vida, de nuestra propia historia.

Por eso, siempre tengo el cuidado de darles unos cuantos ejemplos de la realidad histórica que vivimos. No es ésto salirme de marco de la Palabra de Dios. Es una invitación a todos ustedes, para que así como lo hacemos aquí el domingo, iluminando las realidades de la Patria, los problemas del país; cada uno trate de iluminar también los problemas de su propia familia sus propios problemas personales. Si somos cristianos, en ésto se debe de conocer, en que nuestros criterios con que iluminamos la realidad de nuestra vida no son criterios del mundo, criterios de egoísmos, criterios, materialistas, criterios materialistas, criterios de odio, de venganza; sino que son criterios de amor inspirados por Cristo.

Por eso, hermanos, las realidades que aquí se señalan, luego las conducimos iluminadas por esa palabra de Dios, al altar de la Eucaristía, donde toda esta vida de nuestra Patria, de nuestra familia, de nuestro propio ser individual, por más íntimo que sea, se hace sacrificio con la hostia y el vino, fruto de la tierra y del trabajo de toda la semana que traemos como manojos de espigas para nuestro altar. Son nuestras realidades las que queremos iluminar cada semana. Es hermoso, entonces, la misa del domingo porque vengo a traerle al señor el fruto de mi trabajo: Mis penas, mis esperanzas, mis fracasos, mis alegrías, mis tristezas. ¡Y todo es de él! Casi le respondo a la Palabra del Evangelio de hoy: «El que se sienta agobiado, cansado, con penas, con preocupaciones, ¡venga! y yo lo aliviaré». Y salimos de la Misa verdaderamente saboreando que no vamos solos en la vida. Que va con nosotros un poder divino que le da sentido a nuestro sufrimiento, a nuestras esperanzas y proyectos.

Así, queridos hermanos, en esta semana por ejemplo, yo he esperado, con angustia y esperanza, una repuesta a la angustia de la señora de Matsumoto. En todos los periódicos se publicó el llamamiento de parte del Arzobispado, que haciéndose eco a ese sufrimiento, está seguro de que ha de llegar a aquellos que saben el paradero del Sr. Matsumoto. ¿Dónde está? y ¿cómo está? Es lo que esta esposa desea saber con las manos abiertas a toda negociación posible de su encuentro con él. No es cierto que la familia haya cerrado la negociación. Ella está dispuesta a una negociación con tal de que sea posible, naturalmente, y si las condiciones de carácter político que los secuestradores ponían como precio de la libertad del Sr. Matsumoto se volvieron insuperables por parte de quienes pudieron negociarlas, es de responsabilidad de los políticos y no quisieron tratar las condiciones políticas.

Pero recuerden, que por encima de los intereses políticos de partido o de grupo, siempre tienen validez los sentimientos humanitarios en nombre de los cuales esta esposa afligida se ofrece a la posible negociación. Yo expreso también en el llamamiento, que me duele mucho la pérdida de la libertad y, quien sabe si también, de la vida de aquellos que se han puesto como precio de la vida y de la libertad del Sr. Matsumoto. Pero por eso mismo, en nombre de una sana moral, yo repito un gran principio que se está olvidando mucho y que hay que tenerlo muy en cuenta en todos los órdenes de la moral: «Non sun facienda mala ut eveniant bona», se anuncia en latín: «no se pueden hacer cosas malas para obtener cosas buenas». No se puede comprar ninguna libertad ni ninguna dignidad inocente conculcada. No se pretende llevar un consuelo a las familias de los desaparecidos, sumiendo en la misma angustia a otra familia. Jamás se puede hacer un mal como medio para adquirir un bien. Cuando se dice que la Iglesia se ha hecho comunista, se olvida que este principio que poco importa al comunismo, la Iglesia lo sigue proclamando. Los fines no justifican los medios. Por más bueno que sea un fin, nunca se puede poner un medio malo para adquirirlo. Esto tiene aplicaciones muy enormes. Como digo, se han olvidado mucho en nuestro tiempo.

Que alegría me dio cuando esta semana leía, en cambio, el conmovedor relato de aquel niño que les mencioné el domingo pasado, porque el Papa lo mencionó hace 15 días en su alocución del medio día. Mauro Carassale, niño de 11 años que se ofrece por su hermanito de 15 años. Que lo llevan secuestrado y dice: «No lo lleven a él, está enfermo ¡Llévenme a mí!» Y estuvo desaparecido. Y esta semana, por fin, ha vuelto a su hogar. Y dicen que se había hecho muy simpático a sus secuestradores, que cuando se despidió de ellos le dijeron: «¡Perdónanos Mario, Perdonamos Mauro!» Ojalá ese sentimiento humano, yo evoco el final de mi llamamiento con palabras del Papa hablando de otro secuestrado, Aldo Moro, le dice a sus secuestradores: «Dejadme que yo, intérprete de tantos compatriotas vuestros pueda alentar la esperanza de que todavía se albergan en vuestros espíritus sentimientos de humanidad que al fin triunfan. Yo espero la prueba de ello rezando y también amándoos siempre. Siempre que hemos denunciando un pecado, un crimen, no lo hemos hecho sin amor. Con amor y con oración esperamos que lo noble que queda en el sentimiento humano, por más criminal que sea un hombre, siempre triunfará lo bueno. Y le pedimos al Señor, amando de corazón a los pecadores, que vuelvan de verdad a un camino más humanitario» Ojalá que estas palabras, que a través de la radio sé que llegan a muchos rincones, lleguen también a ese misterioso silencio donde se esconde el Sr. Matsumoto y podamos volver a sentir la alegría de un hogar que vuelve a la tranquilidad.

También está sin resolverse el desaparecimiento del Dr. Eduardo Antonio Espinoza Fiallos, profesor de Medicina de la Universidad. Su familia pide o la libertad, o que se le someta a un Tribunal.

También sufrimos con 273 familias sin trabajo en las misas de San Sebastián, donde se les ha prometido y no se les cumple. Ojalá el Ministerio de Trabajo se sienta más responsable de este conflicto laboral como de otros, y vuelva también tranquilidad a estas gentes sin trabajo y sin comida.

Hemos visto también, con alegría pastoral, como resuena la voz en América Latina en el mismo sentido en que tratamos de hacer resonar la voz de la Iglesia en esta cátedra. Sesenta obispos en Bogotá han estado preparando, después de recoger la consulta de toda América Latina, el documento que servirá como base para el diálogo del Episcopado que se reunirá en Octubre, en Puebla. Y se han hecho allí consideraciones muy enérgicas y críticas a la actual situación social, económica y política de América Latina. El Episcopado de Colombia presentó un trabajo en que hizo un serio análisis de la situación de su país. Y estas voces, sin duda, se oirán en Puebla. ¡No pueden dejar de oirse! Cuando se dice, por ejemplo, la Iglesia Colombiana responsabilizó a las clases políticas y económicas de la crisis que vive la nación, afirmando que las instituciones nacionales acusan marcado deterioro en su función, en la efectividad para cumplir las tareas que le corresponde en el sentido ético y con normas reguladoras. Dijeron también que los militares no han escapado a la crisis moral que agobia al país. Confesaron una tremenda crisis moral que se apodera de todo los sectores de la vida nacional. La mentalidad capitalista absorbe los valores cristianos que se desearía orientara a la nación de veras, como no sólo gritar peligro del comunismo es salvar a la patria. Es que le están haciendo el juego también al comunismo estas formas sociales, políticas, inspiradas en un capitalismo también, diríamos, ateo; porque adora como Dios al dinero y al poder, y se olvida de que Dios es el Padre de todos los hombres.

La Radio Vaticano, también en esta semana, se refirió a una época difícil para las relaciones entre el Estado y la Iglesia, especialmente en América Latina, Africa y ciertos países comunistas. Ven una perspectiva cristiana, no solamente mira el peligro comunista; sino que mira también un peligro parecido en un anticomunismo de inspiración cristiana, sino de inspiración egoísta que ya desde los tiempos de Pío XII llamaba cómplice del comunismo; también a ese falso anticomunismo de que tanto nos preciamos en ambientes como el nuestro. «Ciertos regímenes -dijo Radio Vaticana-, ciertos regímenes autoritarios de América Latina les preocupa la obra que la Iglesia católica lleva a cabo a favor de lo derechos Humanos, y de las clases menos favorecidas».

Esto es tan cierto, hermanos, que donde quiera que haya un Evangelio que se predica unido a la promoción cristiana del hombre, allí surgirán conflictos. Basta una mirada por todo el Continente Latinoamericano, donde se trata de predicar un Evangelio que reclama un Reino de Dios, más justo ya en esta tierra entre los hombres cristianos, allí surgen los conflictos. Como acaba de suceder con el sacerdote asesinado en Guatemala por querer evitar que se lleven el agua de su pueblo para ir a surtir a la capital. Donde quiera que haya un esfuerzo por defender al pobre y promover al pueblo que deje de ser masa y se convierta en conciencia crítica, allí estorba la Iglesia. Por eso el problema de El Salvador es el problema de muchos países. Donde no se predica un Evangelio que provoque este conflicto, naturalmente, no hay conflicto, todo anda bien. Como anda bien el Evangelio que predican los protestantes cuando ellos tampoco quieren predicar un Evangelio comprometedor con el pueblo. Pero eso no es el Evangelio ni aquel Cristo que se hizo hombre para sentir con los hombres la angustia; y por los hombres, subir también a un calvario.

En el discurso del Señor Presidente, nos preocupa un tono dominantemente represivo y un silencio a las justas demandas de un pueblo que pide. Formalmente se ha pedido una Amnistía, las drogación de la Ley del Orden Público, más bien queda ratificada; el derecho de los campesinos a organizarse. En cambio nos llenan de esperanza muchos conceptos de una filosofía de gobierno que si se llevan a cabo podrían ser las puertas abiertas a muchos problemas del país. Por ejemplo: La filosofía, de la verdadera paz sobre bases de justicia, liberta y verdaderas leyes. La humanización de las riquezas y el sentido de función social de la propiedad privada, ¡magnífico! La participación de todos los salvadoreños en el servicio político del bien común. Respeto a la interdependencia de poderes. El hombre del campo como centro de gravedad de una política agraria. Perfeccionamiento de un sistema de justicia. Educación integral. Me gustó mucho esto: Migración a países amigos.

Yo creo que Dios no tiene la culpa. Dios ha hecho la tierra para todos y sin en El Salvador estamos hacinándonos mientras hay países con tierra valdías, los hombres tienen que entenderse para que la población sea distribuida más justamente. Yo me alegro de este proyecto de migración a países amigos. Desarrollo pleno de la persona humana. Libre expresión del pensamiento, etc. Son ideas de las que podría decir Cristo: «Como el doctor de la ley, bien has respondido, haz eso y vivirás». No habría conflicto en el país, de veras, si esas puertas se abrieran con toda la sinceridad de quien busca el bien común. Y allí es donde la Iglesia también ofrece aquella sana colaboración que el Concilio le pide. La Iglesia no se niega al diálogo y a la cooperación, solamente espera la sinceridad de los hechos y está dispuesta a dar toda la revelación de que hoy precisamente queremos hablar basándonos en la palabra de Nuestro Señor Jesucristo.

Pero antes, quiero también referirme a la vida de nuestra comunidades. Quiero destacar lo que sucedió ayer a las dos de la tarde en una comunidad de padres jesuitas. En ocho vehículos y un camión llegaron alrededor de 50 ó 60 miembros de seguridad fuertemente armados. La finalidad del operativo era la búsqueda de armas; que según ellos, había sido denunciada esa presencia de armas. Y por eso, el operativo fue como quien va a sitiar una fortaleza militar; toda la cautela. Los padres, que estaban en sobremesa después de almorzar, dieron toda clase de facilidades para el registro, adelantándose a mostrar las habitaciones de la casa. Se registró hasta el último rincón y no encontraron absolutamente nada. Los cuerpos de seguridad han tenido la oportunidad de verificar que estos sacerdotes realmente no tienen armas. Su fuerza, como la de todos los cristianos, reside en su fe y en su amor. Pero da pena pensar que se tengan estos gestos de desconfianza. Queremos confesar con nobleza que los militares iban capitaneados por gente muy entendida en esta clase de operativos. Se portaron caballerosamente, si podemos llamar caballerosidad entrar con los fusiles como apuntando a enemigos. Sin embargo, pues, no hubo atropellos personales, pero que quede constancia de que éstos no son gestos que ganan confianza a la Iglesia. Y quiero felicitar a los padres Jesuitas de esa casa, por la serenidad y la franqueza con que supieron soportar esta nueva prueba de desconfianza a su trabajo, que yo aprovecho para ratificar la confianza plena de la Iglesia en todos sus sacerdotes, pero que con valor tienen que estar dispuestos a ser objeto de conflictos, de sospechas, mientras trabajen por la promoción auténtica del hombre como Cristo nos pide.

Quiero adelantarme también a felicitar a la Comunidad de Tepecoyo donde las Hermanas de la Caridad han terminado una bonita Iglesia que va a ser bendecida hoy a las dos de la tarde. Y a este propósito, yo hago una felicitación y transmito un saludo a todas las religiosas tanto de los trabajos tradicionales de colegios, hospitales, como los trabajos pastorales directos de los pueblos. De parte del Perfecto a la Sagrada Congregación para Religiosas, Cardenal Pironio, un obispo latinoamericano de Argentina a quien tuve el gusto de estrechar muy cariñosamente, -es un gran amigo- y me dijo: «Tres cosas son necesarias para que una comunidad religiosa sea auténticamente comunidad de esperanza de Iglesia: 1a.) Que se preocupen mucho de amar a Jesucristo; 2a) Que traten de ser fiel a los carismas de su fundación, a su espíritu de Congregación; 3a) -ésto es muy importante- Que se preste al trabajo de la Iglesia local. Una comunidad de religiosos y religiosas que pone su empeño en amar cada día más a Cristo y en ser fiel a la mística a su Congregación, pero no sólo eso, sino que sobre todo pone ese amor y esa mística al servicio del pueblo donde está trabajando, a la línea pastoral del obispo que conduce la Comunidad Arquidiocesana, dígales que estoy muy tranquilo de esas comunidades aunque las llamen comunistas, tercermundistas, etc». Este Cardenal, me contó también; «no te preocupes» -me trata de tú como buen argentino- y me dice, «a mi también me han llamado comunista. Me acaba de llegar un libro titulado así: «Pironio, Pirómano, incendiario, hombre comunista», le digo, me alegro de ese honor de que también allá nos llamen comunistas, a los que como Ud., hemos tratado de hacer realidad en nuestra América esa documentación que fue inspirada por el Espíritu de Dios: Medellín. Y que se está preparando para progresar en sentido divino: En Puebla.

Y a este propósito también, hermanos, olvidaba decirles que vuelvo de Roma con una invitación especial para asistir a Puebla, donde tendré el gusto de participar junto con los obispos que estudiarán pues estos problemas de América Latina.

Finalmente quiero decirles, ya en vísperas de nuestra fiesta patronal del Salvador del Mundo, que hagamos de estos días, días de intensa oración. Aquí la Catedral se pone pintoresca, pero má
que todo se pone fervorosa en estos días, vísperas de la fiesta del 6 de agosto. Vengamos a visitar al Divino Salvador. Traigamos peregrinaciones y preparémonos, sobre todo, para celebrar el 6 de agosto con una hermosa concentración de comunidades como el año pasado, allá en el Parque, para honrar en nombre de toda la Patria al Divino Salvador del Mundo. Y como un esfuerzo práctico en su honor, yo les pido una vez más, hermanos, que el esfuerzo que estamos haciendo por hacerle una hermosa Catedral, no desmaye. Gracias a Dios sigue adelante, y las líneas elegantes de la cúpula que va a coronar este templo ya se van destacando cada día más definitivas. La ayuda de todos, sobre todo en esta temporada de la fiesta de nuestro Divino Patrono.

Camino del Ministerio de la salvación

Porque yo quiero presentar mi homilía como un camino del misterio de la salvación. Un camino que arranca de la iniciativa de Dios y que explica como una redención integral en medio de los hombres pero que solamente la pueden recibir los sencillos, los humildes, no los sabios según un mundo. Estas tres ideas, pues: Primera, la iniciativa de la salvación de Dios. Segunda idea, en qué consiste esa salvación. Una salvación integral abarcando también al cuerpo, las relaciones sociales del hombre. Naturalmente lo primero su alma, su vida eterna, pero también la vida temporal. Y Tercera idea, dispongámonos porque no todos reciben esa salvación de Dios. Cristo ha dicho: «Te doy gracias Padre, porque has escondido ésto a los soberbios y las has revelado a los humildes y a los sencillos».

1er Pensamiento:

La iniciativa es de Dios

La primera lectura es un canto bellísimo a la venida del rey. «¡Alégrate, hija de Sión! ¡Canta, hija de Jerusalén! porque tu rey viene a tí». Es un rey que toma la iniciativa de venir a visitar a la Humanidad y la humanidad se alegra no porque ella haya convidado a ese rey, sino porque el rey -como dice la Sagrada Biblia- en esto conocemos que nos ha amado, en que antes que nosotros lo amáramos, él viene por nosotros. Y Cristo en el Evangelio nos habla del misterio escondido. No lo hubiéramos conocido como no se conoce lo que está pensando otro hombre mientras mantenga en el misterio de su cerebro, su idea, hasta que él por iniciativa propia dice: Voy a decirles algo, les quiero comunicar un pensamiento, del hombre. Así estaba también el Dios escondido hasta que él lo reveló: El misterio de la salvación.

Y más claramente dice Cristo: «Porque al Padre no lo conoce nadie más que el Hijo. Y al Hijo no lo conoce nadie más que el Padre y aquél a quien el Padre se lo quiera revelar». Hermanos, ¡mucho cuidado con la fe! La fe es un don gratuito. Dichoso el hombre que tiene fe, no la ha merecido él, se la ha dado Dios. Dichoso aquel que conoce a Cristo, porque nadie conoce a Cristo más que el Padre. Y el que llega a conocer a Cristo ya es participante del pensamiento del Padre. Y aquel que sabe abrir sus labios para decir con toda conciencia y amor: «Padre Nuestro que estás en los cielos», dichoso porque tiene fe, porque sabe que existe un Padre que nadie conoce, si no es que el Hijo se lo ha revelado.

Todos ustedes y yo que hemos venido esta mañana a la misa porque vamos a ofrecer el sacrificio del cuerpo y de la sangre de Cristo para aplacar al Padre por los pecados del mundo y atraer de Dios bendiciones para nuestra familia. Este conocimiento -nos podía decir Cristo ahora- como se lo dijo a Pedro: No te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mí Padre que está en los cielos. Nadie tiene fe por propio mérito. Toda fe es un regalo de Dios. Agradezcámoselo y no lo andemos exponiendo. Mucha gente está jugando con su fe diciendo: «Yo ya no creo, yo ya no tengo fe». No lo dirías si no tuviera fe. Desde luego que dices que no tienes fe, es porque sabes que hay fe y la quieres tener. Y quererla tener, ya es tenerla.

Pobrecitos aquellos que ni se les ocurre mirar al cielo siquiera por los rastros de la creación natural. Como decía Pablo hablando de los romanos, que aunque Dios no les haya revelado el misterio profundo de su personalidad divina, pueden rastrearlo por la creación y por la conservación del mundo. Son responsables, también, los hombres de vislumbrar siquiera una fe natural: Existe Dios, desde luego que existe el sol, desde luego que cada año por un mismo tiempo van apareciendo las flores, las frutas. ¡Qué orden maravilloso! Existe un ser que les da el orden y el ser a las cosas.

Pero si además de eso, como dice el Concilio, Dios ha querido hablar como de amigo a amigo, y les ha dicho a los hombres que es posible entrar en contacto con él y participar de su felicidad divina, y hacer renacer en el corazón del hombre la esperanza de otra vida que ya se hace presente también como Reino de Dios en esta tierra. Trabajar por esa otra vida, trabajar por ese Reino de Dios de más justicia, de más amor entre los hombres. Trabajar por fe y no sólo por reivindicaciones de liberaciones meramente humanas. Trabajar con la convicción de que todo aquel que ya lleva la fe en su corazón ya es un liberado. Esto me lo explicaban maravillosamente allá en el Secretario de Justicia y Paz en Roma, donde nos decían que hay que sembrar esta fe en el pueblo aún cuando no lleguemos a mirar una liberación de orden social, político o económico. No es predicar un conformismo pero es decir al hombre que ya tiene fe, que ya es libre, que la Palabra de Dios no está amarrada a ninguna esclavitud cuando se lleva a amor y se lleva el sentido de esperanza y de libertad en el corazón. Que nuestro pueblo salvadoreño, a pesar de estar tan sufrido y tan oprimido cuando despierte en su corazón la fe y la esperanza, ya es un pueblo libre.

Esta es la libertad que la Iglesia predica. Hermanos, en este sentido todos podemos salir libres, promovidos con la verdadera promoción, de esta Catedral o de las comunidades donde la Iglesia nos invita a reflexionar en la Palabra de Dios. La Iglesia no tiene un esquema, un sistema; no puede proponer una línea política, una organización popular. La Iglesia no le toca hacer eso. Y la Organización Popular que quiera decir a los cristianos que no son cristianos si no se hacen de FECCAS, de UTC de ORDEN o de cualquier organización, están mintiendo, están abusando de la Iglesia.

La Iglesia no predica ningún sistema concreto. La Iglesia no ofrece ningún método; pero la Iglesia ofrece los principios de la verdadera libertad: Creer en el Dios liberador. Y de allí surgirá para cada hombre su propia opción libre. Todo hombre es libre para optar por el camino político por el cual él quiera ayudar a la Patria, tiene derecho a organizarse con otros que piensen como él los caminos de la verdadera liberación. Lo que Dios da pues, es una fe profunda en el corazón y hacer sentir al hombre que no hay callejón sin salida; que la Patria, por más oscura que se vuelva su historia, si llega a iluminarse en el hombre seguirán iniciativas divinas que salven a la Patria. Por eso, lo primero que yo le pido al Señor y que todos ustedes inspiran en estos días del Salvador del Mundo, es que nuestro pueblo tenga fe. La fe que es un don de Dios y que gracias al Señor se nos ha dado desde nuestra niñez, si no andamos jugando con ella.

2º Pensamiento:

En que consiste esa oferta de Dios

En las lecturas de hoy, queridos hermanos, además de la iniciativa divina, aparece en qué consiste ese Evangelio. Entendido Evangelio en el sentido que lo mencionaba San Pablo. Evangelio: Fuerza de Dios, misterio escondido de Dios que se revela, misterio de salvación ofrecido a los hombres. ¿En qué consiste esto que yo quisiera ahora tener toda la claridad de un lenguaje para que me la comprendieran hasta el más sencillo de los que me están escuchando?

En primer lugar, consiste en un conocimiento. Nadie conoce al Padre sino el Hijo y al Hijo nadie lo conoce sino el Padre y aquél a quien el Padre se lo quiera revelar. Ante todo es un conocimiento. Pero no es un conocimiento de difíciles teorías. Naturalmente que es tan profundo que le da tema a los teólogos para que investiguen cada vez más. Pero es tan sencillo que Cristo nos llega a decir ahora: «Lo has revelado a los sencillos, a la gente más humilde, en cambio, lo has escondido a los soberbios». Es un conocimiento, queridos hermanos, es un conocimiento que cualquiera de ustedes y yo, el más sencillo de todos ustedes, puedo tener de que existe un Cristo Hijo de Dios que me vino a revelar que Dios me ama, que existe una vida a la cual Dios me hace participante. Que existe más allá de la historia presente, la historia definitiva, donde el Padre con los brazos abiertos me está esperando, que en mis momentos de angustia no estoy solo; que a mi lado está alguien que me dice: ¡Si estás triste si estás cansado, ven que yo te voy a ayudar! Sentir esta compañía, conocer a ese alguien que, aunque no lo veo, va tan cerquita de mí.

En ésto consiste también, el sentir su contacto. Sentir que Cristo no es un ser teórico, lejano; sino que es un ser tan presente que me está invitando en todas las circunstancias de mi vida con esa margarita del Evangelio que hemos leído hoy y que ojalá la guarden en toda su vida: ¡El que se sienta cansado, oprimido, venga a mí y yo liberaré, yo le daré descanso¡ Hagan la prueba, hermanos, hagan la prueba de entrar, como dice el Concilio, en ese santuario íntimo de su propia conciencia, donde Dios te espera para dialogar contigo. Y cuéntale todas tus preocupaciones y problemas, y verás como él te ayuda respetando tu libertad, a que seas el artífice de tu propio destino.

Sentir a Dios presente que me lo ha enviado al Padre, que ha enviado a su Hijo, Palabra eterna. Yo encuentro, queridos hermanos, en las páginas del Concilio, esta plenitud de la revelación del Padre, cuando habla el documento de la Divina Revelación, y dice que: «Envió a su Hijo, la Palabra eterna que alumbra a todo hombre, para que habite entre los hombres y les cuente la intimidad de Dios. Jesucristo, Palabra hecha carne, Hombre enviado a los hombres habla las palabras de Dios y realiza la obra de la salvación que el Padre le encargó. Quien vea a Jesucristo ve al Padre. El con su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros; sobre todo, con su muerte y gloriosa resurrección; con el envío del espíritu de la verdad lleva a plenitud toda la revelación y la confirma con testimonio divino». Cosa más bella saber que cada vez vengo a misa en el signo del pan y del vino donde se hace presente Cristo, me está contando la intimidad de la vida de Dios y me está invitando ya desde este mundo a ser un ciudadano de esa vida divina. Porque no hay que esperar a morirse para ser feliz con la felicidad eterna. Todo aquel que vive la santidad de la vida cristiana ya en esta tierra, es un bienaventurado, ya vive en el cielo. Por eso les decía que la verdadera liberación arranca de allí; del corazón del hombre, donde la fe le hace ya poseedor de esa vida eterna.

¿Y qué otra cosa es? En la segunda lectura de hoy, yo les suplico que mediten, que es la redención. Allí, San Pablo llega al nervio de una gran discusión cuando encuentra el origen de las dos grandes corrientes de la Humanidad: La maldad y el bien. La maldad tiene su origen en la carne y el bien en el espíritu. Hoy con toda claridad San Pablo nos ha dicho: «¡Vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu; ya que el espíritu de Dios habita en vosotros!». Y sigue analizando… y es necesario meterse ahora bien hondo en la Teología de San Pablo y de la Biblia para saber decir qué es en el sentido bíblico esa palabra «carne». Carne, esta blandura que nosotros llevamos forrando nuestros huesos, carne, que puede tener un sentido muy alto como cuando el Concilio nos exhorta a honrar nuestro cuerpo y dice: «No debe el hombre despreciar la vida corporal, sino que, por el contrario, debe de tener por bueno y honrar su propio cuerpo como criatura de Dios que ha de resucitar en el último día. Herido por el pecado experimenta, sin embargo, la rebelión del cuerpo». La propia dignidad humana pide, pues, que glorifique a Dios en su cuerpo y no permita que la esclavicen las inclinaciones depravadas de su corazón.

En este párrafo del Concilio, encuentro yo toda la teología bíblica de la carne. La carne es criatura de Dios. Dios ha hecho nuestro cuerpo y lo ha hecho maravilloso, hasta llegar a decir el Concilio que: «El cuerpo humano es como la síntesis de todo el mundo material, y donde el mundo material encuentra la expresión libre para agradar, alabar, agradecer a Dios que ha creado la maravilla del mundo material». Pero este cuerpo maravilloso, obra de Dios, glorificación de Dios, por el pecado se ha hecho esclavo de pasiones. Y entonces tenemos la carne en el sentido peyorativo, carne en sentido de provocación al mal, carne en el sentido de debilidad; carne en el sentido de amor a las drogas, al aguardiente, a las comilonas.

Todo aquello que agrada a la carne sin tener en cuenta el espíritu: Carne, la debilidad humana que transporta al hombre al pecado. La carne sometida por el pecado es instrumento de maldad. ¡Pero que hay que redimirla! Y éste es el esfuerzo de la redención, del cuál nos habla Pablo ahora: «¡La carne también se redime!» Ya no hay que decir, hermanos: «La salvación de mi alma». Hay que decir, como dice el Concilio: «Es todo el hombre que hay que salvar: Alma y cuerpo, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad. Es el hombre entero con sus relaciones sociales, es el hombre dueño de la naturaleza, es el hombre que tiene que administrar bajo el imperio de la Ley de Dios los bienes que Dios ha creado para todos. Es el hombre imagen de Dios, que si se ha hecho débil por el pecado en la carne, también cuenta con la redención en el Espíritu: El espíritu que resucitó la carne de Dios, y que ha hecho de una carne humana, carne de perenne juventud en la gloria de la resurrección».

Está clamando también en el cuerpo de todo hombre y de toda mujer, que quiera vivir según el Espíritu y no segun la carne, las exigencias de una dignidad que no tiene nombre. Como sería útil en este momento, en que la carne se enseñorea de los hombres, sobre todo de los jóvenes, de los matrimonios, de aquellos que quieren usar sus cosas para halagar su carne; poner la carne bajo el dominio del Espíritu y hacer de los hombres verdaderos redimidos en el alma y en el cuerpo, redimidos por el Espíritu en todo su ser humano y en todas sus relaciones humanas y con la creación. Porque la creación ha sido puesta bajo el dominio del hombre y el hombre que está dominado por la carne, somete al pecado la creación y la hace egoísta, la hace idólatra.

En cambio el hombre que se deja dominar por el Espíritu, eleva consigo a la naturaleza entera y hace de la posesión del bien que Dios ha creado para la felicidad de todos, verdaderamente una armonía que ya de esta tierra hace una antesala de aquel cielo donde dicen los Padres, ya no existe mío ni tuyo, sino que existe la única voluntad de mi Padre que nos hace felices a todos los hijos de Dios.

Por eso termino hermanos con este tercer pensamiento:

Quiénes reciben y quiénes no pueden recibir, esta ofrenda que Dios nos trae por iniciativa suya.

La Palabra de Dios es hoy bien evidente. Debió ser un momento -iba a decir desilusión- cuando Cristo veía las grandes muchedumbres que lo seguían, pero entre ellos, sólo gente sencilla: Campesinos, pescadores. Y si acaso algún sabio se acercaba le veía retirarse con desdeño, como riéndose de la doctrina que aquel loco estaba predicando. Y Cristo cuando se quedó solo, levantando los ojos a su Padre expresa la ternura, la angustia, la aflicción de su corazón: «¿Por qué, Padre, ofreciéndoles una doctrina tan bella no me la quieren creer unos; y otros, precisamente los sencillos, me la aceptan? Te doy gracias Padre, porque has escondido estas cosas a los entendidos y soberbios, y las ha revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así has querido». Iniciativa de Dios, no tiene la culpa Jesucristo, ni la Iglesia, ni el predicador. Y cuando se quieran reír

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