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Misterio de Salvación en Cristo

Misterio de Salvación en Cristo
HOMILIAS 1978

9º Domingo del Tiempo Ordinario

Domingo 4 de junio de 1978

Lecturas:
Deuteronomio: 18, 26-28
Romanos: 3, 21-25b
Mateo: 7, 21-27

Queridos hermanos, estimados radioyentes:

Hoy celebra la Iglesia el 9º domingo del tiempo ordinario. Ya les explicaba como después de la temporada de Adviento y Navidad, comienza el tiempo ordinario, que luego se interrumpe al comenzar la Pascua, la Celebración de la Cuaresma como preparación de la Pascua, y toda la larga celebración de 50 días, número de plenitud, que se corona con la Venida del Espíritu Santo; Pentecostés. Después de Pentecostés otra vez se reanudan los domingos del tiempo ordinario que quedaron interrumpidos antes de Cuaresma. Como la interrupción se hizo este año en el domingo 6º, de allí que después de Pentecostés, continuamos con el domingo 7º, 8º y el 9º. Pero el 7º lo ocupó la fiesta de la Santísima Trinidad de la cuál hablamos cuando proponíamos la hermosa revelación que la Biblia nos hace de Dios y de su vida íntima trinitaria. Y el domingo pasado, que fue, el corpus, también nos ocupó el lugar del domingo 8º. Ahora, pues, sin interrupciones por otras fiestas, caemos en el domingo 9º, que se continuará hasta los 34 domingos que terminan con Cristo Rey, para comenzar luego el otro año litúrgico en el primer domingo de Adviento. La temporada de Navidad, nos presenta el misterio de la Encarnación de Cristo; la temporada de Cuaresma y Pascua, el gran Misterio Pascual: La muerte y la Resurrección del Señor.

Aparte de estos dos grandes temas, que son básicos, como las columnas de nuestro gran arco Cristiano: La Encarnación y la Redención, los domingos del tiempo ordinario, no tienen propiamente una celebración específica, pero sí celebramos, como dice el Concilio, hermosamente, que la Iglesia, siguiendo una tradición que se remonta hasta los primeros cristianos, se reúne cada ocho días, en el día que llama DEL SEÑOR. Eso quiere decir domingo: DOMINICA, DOMINI, es palabra latina que significa EL SEÑOR, el día del Señor y recuerda este deber.

En este día -son palabras del Concilio- los fieles deben reunirse, a fin de que escuchando la palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recuerden la pasión, la resurrección y la gloria del Señor Jesús, y den gracias a Dios que los hizo renacer a la vida esperanza por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos. A ésto venimos todos los domingos a Misa. Ojalá, este sentido de nuestra Misa Dominical vaya despertando cada vez más en el pueblo, que lo ha perdido mucho. Tienen el sentido de que la Misa del domingo es una beatería, es una cosa que se puede dejar fácilmente. Es poco sentido de solidaridad cristiana es signo de poca fe. Pero cuando una persona cristiana viene con alegría el domingo a esto, a escuchar la Palabra de Dios; porque cualquiera que sea el sacerdote que la proclame, es Dios el que por medio de él habla a su pueblo. Y venimos también a participar de la Eucaristía. No venimos sólo a oír un sermón, sino que venimos principalmente a sumergirnos en ese mar de nuestra redención que es Cristo en su divino memorial de la muerte y de la resurrección: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu Resurrección». Y ésto nos hace dar gracias a Dios, porque nos ha hecho renacer a la viva esperanza. Somos un pueblo que debe llevar, pues, una esperanza muy profunda, a pesar de todas las dificultades y fracasos de la tierra. Nuestra esperanza no se apoya en la tierra. Nos ha hecho renacer a la viva esperanza por la Resurrección. Por esa vida que no tiene ocaso, que siempre es alegría, iluminación, esperanza. Cada domingo tiene que ser, pues, como un sol de nuestra vida, con su Misa, que viene a recordarnos glorias tan grandes.

En las lecturas de hoy podríamos encontrar el título de una homilía bellísima, llamándolo precisamente lo que nos dice el Concilio:

«Misterio de Salvación en Cristo».

Pero antes de proponerles mi pensamiento concreto sobre este título, yo les invito, queridos hermanos, a que no meditemos una palabra desencarnada de la realidad. Que es muy fácil predicar un Evangelio, que lo mismo puede ser aquí en El Salvador, que allá en Guatemala, en Africa. Es el mismo Evangelio, naturalmente, como es el mismo sol que iluminan a todo el mundo. Pero así como el sol se diversifica en flores, en frutas, según las necesidades de la naturaleza que lo recibe, también la Palabra de Dios tiene que encarnarse en realidades, y esto es lo difícil de la predicación de la Iglesia. Predicar un Evangelio, sin comprometerse con la realidad, no trae problemas, y es muy fácil cumplir así la misión del predicador. Pero iluminar con esa luz universal del Evangelio nuestras propias miserias salvadoreñas, y también nuestras propias alegrías, y éxitos salvadoreños, esto es lo más bello de la Palabra de Dios, porque así sabemos que Cristo nos está hablando a nosotros, comunidad de nuestra Arquidiócesis reunida en esta meditación de su Divina Palabra. ¿Quién va a olvidar este domingo la pena que aflige a tres familias, cuando sus tres secuestrados se mantienen en un silencio tan hermético?… Es hermoso el gesto de las Madres de los desaparecidos, que al ver que se pone como condición de liberar a un secuestrado, la libertad de los desaparecidos, manifiestan que no quieren que su dolor tenga como compensación otro dolor: Quieren que se devuelva a sus familiares para que retorne a su casa el Señor Matzumoto, así como ellas anhelan que regresen a sus casas también los rehenes que ellos piden.

Quién va a olvidar, en esta situación de la Palabra de Dios, esta mañana el dolor de tantas familias campesinas allá en Guatemala, en una masacre que todos han conocido por los periódicos. Tenemos que unirnos en oración, en el repudio a la violencia y en el dolor de los que sufren. Y también reclamar sobre las causas de esas matanzas que siempre son causas de injusticia.

Se han publicado en esta semana las recomendaciones del Seminario sobre Reforma Educativa. Espero que todos las hayan leído con interés. Yo sólo quiero subrayar algunas porque coinciden con esta voz del Evangelio, y anhelo, para que sean realidad en nuestros colegios, en nuestra universidad, y en nuestra escuela.

Cuando dicen, por ejemplo, que la Reforma Educativa tome en consideración sus posibilidades y limitaciones en un diagnóstico de la realidad nacional, en cuanto a su factor de cambio social en el campo ideológico y técnico, convirtiendo a profesores y alumnos en agentes críticos y no en sujetos pasivos en el proceso educativo; pero que ello no es posible si no concurren otras reformas estructurales, particularmente una reforma agraria, que modifiquen una estructura económica y social injusta.

También en esas recomendaciones se lee obre el analfabetismo, dando, si es posible, un plazo de cinco años, para tomar un trabajo intenso y que desaparezca esa lacra de nuestra Sociedad.

También se recomienda que la educación, la reforma educativa, deseche en su fundamentación filosófica, una concepción ingenua de la sociedad que deja al educando abandonado a la arbitraria manipulación de las llamadas fuerzas libres de la Sociedad, en la que sectores nacionales y extranjeros minoritarios, dominan e imponen sus intereses.

Una educación pues, debe ser siempre promover sujetos en el cambio hacia un bien común. También, es alegre ver en las recomendaciones de una acción, del mismo Gobierno, el Ministerio de Educación, cuando dice: «En consecuencia -hablando de los Derechos Humanos que deben inculcarse en la Educación en consecuencia deben abolirse todas aquellas disposiciones y prácticas que vuelven lugatorios dichos conceptos y postulados, y especialmente, derogarse la Ley de Defensa y Garantía del Orden Público, por lesionar gravemente estas libertades y derechos, atentando contra los valores y fines de un proceso educativo democrático. No es pues, sólo, la Iglesia la que llama el alerta, sino que el mismo Gobierno ve en sus Ministerios la necesidad de unas leyes que verdaderamente sean promotoras de una auténtica democracia, y no al revés.

Me gusta mucho leer en este mes del Maestro, y lo hago mío este pensamiento de las Recomendaciones, para felicitar por anticipado a los Maestros en su mes. Hay que incentivar al maestro, no sólo con mejores salarios, sino con más adecuadas prestaciones sociales, de amplios seguros, para ellos y para sus cónyuges e hijos… La dignidad del Maestro no debe ser bella palabra, sino realidad reflejada en su Status Social. Y por no cansarles quiero solamente que se fijen mucho en esta Recomendación. El Seminario recomendó hacer un llamado a los dirigentes de sectas religiosas, como factor importante en el Sistema Educativo, a que colaboren para formar un hombre salvadoreño, no conformista, trabajador, realista, responsable y creativo, de los procesos sociales y económicos.

Lamentamos que un pseudo cristianismo al que se le da todo el amparo, se le dan todas las facilidades, está haciendo cabalmente esto de lo que protesta el Ministerio de Educación. Y me alegra de que en el mismo sector de nuestros hermanos protestantes, hay muchos que viven y palpitan esta inquietud de la Iglesia Católica, de predicar un Evangelio que no adormece, que no es opio del pueblo, sino que al contrario, quiere despertar la conciencia crítica de que ha hablado aquí el Seminario de Educación. Este es gloria, pues, de nuestra Iglesia, estar precisamente en el cumplimiento y estar sufriendo precisamente porque quiere llevar adelante esta consigna de pura filosofía educativa del pueblo. También no podemos olvidar que en esta semana se ha inaugurado la nueva Asamblea Legislativa para el período 78-80, y que ojalá nuestros Padres de la Patria sepan ver a la Patria representada en ellos con todas sus angustias, y busquen de verdad el bien común. Nos alegró que una de las primeras acciones que se le han pedido, es la derogación de la Ley de Defensa y Garantía del Orden Público, es una buena oportunidad para ganarse la confianza de la ciudadanía que representan.

Ya empezó la temporada de siembras. Los campesinos están alegres, los que pueden sembrar; pero al lado de los que tienen tierras y pueden sembrar, no olvidemos que muchos están todavía con los brazos cruzados. No tienen con que trabajar. Ha sido muy cruel el año, y esta circunstancia es para recordar que se siguen sufriendo las consecuencias de la represión en San Pedro Perulapán y en Cinquera. Soy testigo del hambre, de la enfermedad, del desnutrimiento de niños, de gentes, que ha tenido que dormir a la interperie y está sufriendo las consecuencias de esa situación. La guerra psicológica es una realidad que tiene a muchos casi enfermos. Yo quiero llamar a la caridad que se ha estado desplegando. Que se siga desarrollando, ayudándonos a socorrer estas necesidades. No es demagogia, sino que es una necesidad urgente. Ayudemos a nuestros hermanos.

También como nota de alegría, no olvidemos los fanáticos, que están felices con la inauguración del campeonato mundial de fútbol en esta semana. Así como también nos alegra la preocupación de ANDA por proveer de agua a nuestra gente: Al dolor no solamente en las colonias de San Salvador, sino también en las zonas campesinas, ver cuánto tiempo y energías pierden nuestros campesinos, y aún en poblados pequeños, yendo a buscar en barriles o en cántaros el precioso líquido. Auguramos que ANDA, pues, resuelva estos grandes problema.

Y por parte de esta comunidad que somos nosotros, la Iglesia que está precisamente sumergida en esta realidad, veamos también como signos de nuestro esfuerzo por ser luz del mundo y salvar en Cristo la humanidad, la reunión de la Legión de María, el domingo pasado fue precioso, ver aquel ejército de María dispuesto a trabajar bajo las banderas de la Virgen, por la salvación integral de nuestro ambiente.

En San Antonio Abad, se tuvo una reunión con el motivo de aclarar una vez más la relación que existe entre Iglesia y organizaciones populares. Y repetir una vez más que la Iglesia no debe ser manipulada por motivos políticos. Estoy preparando para un tiempo más oportuno, mejor dicho, para una ocasión que ya está próxima, una declaración, una Pastoral, en la que resumo este pensamiento, diciendo que quede bien claro que la Iglesia sí defiende el derecho a que el pueblo y los campesinos se organicen, pues es éste uno de los modos como puede hacerse reinar la justicia en el mundo, y es un derecho inalienable: El derecho de organizarse. Que los cristianos tiene también ese derecho, y tiene además la obligación de buscar mecanismos eficaces al nivel social y político, para que nuestro país se vaya configurando según el ideal de la justicia. Son ya opciones y medios, instrumentos que ellos tienen que buscar, que la Iglesia siempre dará acogida a cualquier causa noble, que provenga de ese deseo de más justicia, y estará siempre al lado de los hombres del campo, que hoy son los más necesitados.

Por otra parte la Iglesia respeta la autonomía de los partidos y de las organizaciones como tales, así como ella también pide a las organizaciones, aún aquellas que se dicen de inspiración cristiana, exige que su impulación se muestre explícitamente, y que habitualmente giren de ella los servicios cristianos. Que no se utilice la Iglesia como si fuera un instrumento de sus finalidades. Es decir, la Iglesia reclama, pues, su autonomía, y quiere proclamar una vez más que no tiene relaciones de opciones concretas con ninguna organización. Y que ninguna organización puede invocar ni siquiera el nombre cristiano, para decirle a los cristianos que tienen que organizarse en ese sector. Porque se puede hacer la justicia como cristiano en una forma muy libre. Nadie está obligado a pertenecer a nada, si no es que su misma libertad lo lleva. Y aún allí el cristiano tiene que hacer prevalecer su ideal cristiano, porque si un cristiano, metido en una organización, quiere someter su cristianismo, su Iglesia a los ideales terrenales de una organización, está traicionando su fe.

Quería mencionar también en este momento de alegría, de familia, dos hermosas cartas de solidaridad que me han llegado en esta semana: una del Cardenal Silva, Arzobispo de Santiago de Chile, y otra del Cardenal Hume, Arzobispo, de Londres, en Inglaterra. Yo les agradezco a estos hermanos, que su palabra tan válida viene a darnos aliento en esta voz que quiere ser plenamente voz del Evangelio, aunque otros la quieran confundir con otras ideologías. Y por eso exijo que se tenga bien nítida y clara la voz de la Iglesia, y no se la manipule ni se la quiera instrumentalizar con otras finalidades.

Me alegra también de la devoción a la Virgen de nuestra comunidad. En esta semana se clausuró el mes de mayo. En el Seminario hubo una fiesta muy bonita, y aquí en Catedral también, a pesar de la lluvia, muchas comunidades vinieron a honrar a nuestra Señora. Y también de alegrarme profundamente de la devoción profunda de esta capital al Sagrado Corazón de Jesús. Lo manifestó el viernes, Fiesta de Sagrado Corazón, cuando vimos una cosa inusitada: La inmensa Basílica del Sagrado Corazón completamente repleta de fieles, en una actitud de amor y devoción al Sacratísimo Corazón. Y ayer, los directores de Colegios Católicos se han reunido, precisamente para cuestionarse estos aspectos que he leído en la Reforma Educativa. Si de veras los Colegios Católicos están siendo instrumentos de evangelización de la Iglesia, lo cual quiere decir que salgan de allí hombres y mujeres que sean verdaderamente crítico, y no simples instrumentos de un sistema que quiere mantener sus situaciones.

Finalmente, hermanos, les quiero pedir mucha oración, por la reunión de Puebla, que se va preparando cada día con más intensidad. En octubre, los Obispos de Latinoamérica, van a Puebla, para estudiar la problemática de América Latina, que tiene que ser evangelizada, con una voz auténticamente de Iglesia. Nos interesa a todos pues, que esta voz se mantenga siempre nítida, y que sea siempre una voz de esperanza. Así escribió San Pablo a los romanos, pueblo pagano, y escribía desde pueblos paganos, desde el Oriente, antes de dirigirse a Roma, y les dice que sólo lo detiene un deber que tiene que ir a cumplir. Va a ir a Jerusalén, a llevar las li
osnas recogidas en los pueblos paganos, como un símbolo de comunión con la Iglesia madre de Jerusalén. El, llamado por Cristo, de ser un perseguidor, para ser el apóstol de los gentiles, es decir, el apóstol de los que no son judíos, comienza a predicar con una carta que prepara su viaje a Roma, la preciosa carta a los romanos que se ha leído hoy, donde les dice que hay dos categorías humanas: La de los judíos, y la de los gentiles; los judíos tienen la ley, dada por Moisés, y los gentiles tienen su razón natural.

Por la Ley de Moisés y por la razón natural, judíos y gentiles pueden conocer a Dios. Pero la triste realidad histórica es que ni la ley de los judíos, ni la razón natural de los gentiles, ha logrado una moralidad en la humanidad.

Y entonces mi homilía quiere fijarse, primero en el pueblo judío es la primera lectura tomada del Deuteronomio. Es un momento solemne en que Moisés (fíjense que el Deuteronomio es como una homilía grande, es una homilía en que Moisés, recordando la legislación de Dios, le recuerda al pueblo como en un presente. Así como estamos aquí. Como si aquí estuviera hablando Dios, y pidiéndonos a nosotros), les dice a los israelitas: «Frente a Uds. Dos caminos; pero uno termina en la maldición, el otro en la bendición, el uno en la obediencia a la Ley de Dios, el otro en la infidelidad a los mandamientos del Señor. Viene a la memoria otro gesto del mismo libro del Deuteronomio, en el Cap. 18. Uds. Lean cuando Moisés divide en dos sectores al pueblo peregrino: Uno en la falda del monte Garizim, y otro en la falla del monte Herbart. En dos partes se dividen los representantes de las tribus. Y en el centro, el grueso del pueblo va a responder «AMEN», mientras los de un lado recuerdan las maldiciones: «Maldito el hombre que desprecia a Dios y adore ídolos. Y todo el pueblo en un gran rumor decía: AMEN. Maldito el hombre que roba. «Amén. Maldito…» Y así continuaba la Ley de Dios maldiciendo a aquellos que no creyeran, que no obedecieran a esa ley. Mientras al otro lado se oía después como una bendición del Señor: «Bendito los que adoren a Dios; benditos los que respeten los derechos del prójimo»… etc. Se parece al momento en que Cristo en la montaña de las Bienaventuranzas, dijo esos secretos de la fidelidad del hombre, que no los queremos comprender. Lo interesante es que estos dos caminos que van a terminar a la maldición o a la bendición, no son simplemente fantasías. La palabra «Bendición» y «Maldición» en la Biblia, representan una sanción definitiva. Cuando Dios dice «Maldito», no es como cuando una madre enojada le dice a su hijo «Maldito» que se puede perdonar. Y el hijo arrepentido cuántas veces va a llorar y le pide perdón a la mamá «no me maldigas, madre». En el Ministerio sacerdotal, es una de las cosas más penosas cuando un hijo viene a preguntar: «¿Estaré maldito porque mi madre me dijo maldito?» «No, le dice uno, sí te puede perdonar. Fue un momento de enojo; la mamá siempre ama» Pero cuando se trata del Dios que dice «Maldición al que no obedezca a mi ley», se trata de una sanción definitiva: «Id, malditos, al fuego eterno». Quiere decir que hay que tomar en serio la obediencia a la Ley de Dios, así como también la bendición no es simplemente un augurio «Que Dios te bendiga». Sino que es una sanción definitiva, es un hecho, el que Dios dice «Bendito» y le está dando el reino, le está haciendo participante de su misma vida.

Hermanos: En dos imágenes distinta, Cristo nos hace la misma proposición en el Evangelio de hoy: La casa construida sobre arena y la casa construida sobre roca. El que construye su casa ahondando los cimientos, aunque venga la tempestad no la bota, está bien fincada en la roca. Pero el insensato que se pone a construir sobre la arena, cuando viene el agua, lava la arena y destruye toda la casa. Y Cristo lo aplica ya. Y es lo que nosotros nos interesa: APLICAR. Todo el que oye la Palabra de Dios y la pone en práctica, construye sobre roca. Pero el que oye la Palabra de Dios sólo por curiosidad, por literatura, por interés, y peor todavía si es por pesquisar a ver que dice el Obispo, a ver si lo cogemos en algo, estos construyen sobre arena. Y cuando llegue la hora tremenda del juicio de Dios, ese si juzgará, el que me va a juzgar a mí también de lo que estoy diciendo, y a él si le tengo miedo. Y trato de temerle, para decir sólo lo que él quiere que diga, aunque los hombres no quieren que diga lo que estoy diciendo.

Construir sobre roca es temer más a Dios y obrar según su voluntad. ¡Qué tremenda es la libertad del hombre! «Frente a Uds. Están los dos caminos», les dice Moisés. Y Cristo dice: «Pueden construir su casa de dos maneras». Si hay alguien que respeta la libertad, es Dios. Dios nos hizo auténticamente libres, y nos deja libres, uno va hacia la Ley y el otro va hacia la maldición, tú eres libre de escoger.

La libertad, queridos hermanos, no consiste en hacer lo que nos da la gana; la libertad consiste en caminar por donde Dios quiere, libremente. La alegría de Dios esta mañana en su Catedral, es que ninguno de Uds. Ha sido traído amarrado: Todos han venido con libertad. Para eso es la libertad. Para venir con amor, con libertad, no por la fuerza.

Las multitudes que se hacen a la fuerza, no son voluntarios: Nadie viola tanto la libertad del hombre, como el fanático de las cosas de la tierra. Pero Dios sí nos deja auténticamente libres, porque quiere tener la alegría del papá, a quien el hijo lo va a saludar sin que lo obligue. A darle un abrazo, a regalarle algo, con la ternura de la libertad y del amor.

¿Y cómo puede ser, pues, que la libertad del hombre se vea coartada por la Ley de Dios? San Pablo entra ya con su precioso mensaje de la Epístola a los Romanos, para decirle a los mismos judíos: «No basta la Ley». La Ley te señala lo bueno y lo malo, pero tú sientes que, aunque sabes que has de hacer el bien, haces el mal. Esto creo que todos lo hemos experimentado: Sentimos que no hay que hacer el mal, pero lo hacemos. Porque una pasión, un gusto, un capricho, nos lleva a desobedecer a Dios. Y sabemos cuánto cuesta hacer la Ley de Dios, cuántas violencias hay que hacerse a sí mismo para cumplir la voluntad del Señor. No basta, pues, la Ley, no basta la razón tampoco. Porque en el mismo libro del Deuteronomio, y en el libro de la Epístola a los Romanos, hay catálogos sombríos de lo que los hombres hacen.

Cuando lean Uds. En ese capítulo XVIII del Deuteronomio, verán que cosas más sucias se maldicen así, explícitamente, porque los hombres son capaces de cosas muy sucias, a pesar de conocer una ley. Y lean en la Epístola a los Romanos, el largo catálogo de San Pablo, narrando los descarríos, las locuras que los hombres hacemos. Da asco mencionar esa página de la Epístola a los Romanos. Hasta dónde han llegado en sus aberraciones. Hasta la gente más inteligente, porque no basta conocer y tener una ley.

Así también Jesucristo en el Evangelio de hoy… Y, resumiendo las 3 lecturas, podíamos decir que no basta predicar. Yo puedo decir ahora con San Pablo: «Pueda ser que predicándoles a Uds., me haga yo un réprobo». Que no basta con los carismas que Dios le da a uno para la utilidad del pueblo. Por eso dice Cristo: «No es el que dice: Señor, Señor, el que entrará en el Reino de los cielos». Y más tremendo todavía, cuando en el día del Juicio le digan los dirigentes cristianos, que no lanzamos demonios en su nombre, que no predicamos en su Nombre, y Cristo, tremendamente dirá: «No os conozco, malvados». También a nosotros los predicadores, también a nosotros los obispos y los sacerdotes, también a los dirigentes cristianos. Teman… porque esa palabra puede ser para Uds., para mí. Esto vengo a decirles en este resumen: Hay obras sin fe y sin amor. Así como hay fe sin obras, hay obras sin fe. Mucho activismo, mucho ir y venir. Pero no se hace por amor, ni hay fe. Y dice San Pablo: «Si yo doy mis bienes a los demás, si yo hablo las lengua de los ángeles y de los hombres, si yo hago maravillas para que todo el mundo me aplauda, pero no tengo amor, nada soy». «La obra sin amor, las obras sin fe, son muertas. Así como al revés, la fe sin obra es muerta», dice Santiago.

Santiago ya en su tiempo (primera hora del cristianismo), ya veía esas exageraciones que Lutero en el Siglo XVI propuso también: Que la Fe basta. El mal de Lutero fue que puso una palabrita en la traducción: La fe sola basta. Porque la fe sola sin obras es la que salva. Y eso es muy peligroso -La Epístola a los Romanos ha dado muchos problemas en Teología precisamente por este punto que estamos reflexionando hoy. Cuando Pablo dice que la fe es la que salva sin las obras, se refiere a las obras de la Ley antigua: Que ya no es necesario circuncidarse; que ya no es necesario guardar el sábado, sino el domingo; que no hay que vivir ya como entre los judíos del Antiguo Testamento, ya estamos en la hora cristiana. A esas obras se refiere el Apóstol cuando dice: «La fe salva, no las obras de la Ley». Pero en cambio dice Cristo: «No es el que dice «Señor, Señor», el que entre en el reino de los cielos, sino el que realiza obras según la voluntad de mi padre». Y decía Santiago refutando aquellos cristianos ya de su tiempo: «Muéstrame tu fe sin obras, pero yo te mostraré por mis obras mi fe».

Este equilibrio es el necesario, queridos hermanos, ni sólo fe, diciendo a Dios: Señor, Señor; si Dios no necesita que le digamos «Señor», él es Señor siempre. Y Santiago dice una frase terrible: «También los demonios en el infierno conocen a Dios y le temen, y no se pueden salvar. No basta la fe. La fe sin obras es muerta.

Por eso me alegra ese desideratum del Seminario de Reforma Educativa, pidiendo a las secta cristianas, que no prediquen un cristianismo alineante, que no prediquen una religión sin compromiso con la historia. Y por eso me alegro de que nosotros predicando este compromiso histórico, que estamos reclamando desde el Evangelio, salvadoreños de esta hora: «No se salvarán si no trabajan intensamente por hacer un mundo mejor, comenzando por su propio hogar, por la propia irradiación de sus funciones profesionales, aunque sean la más humilde: Hacer pan, trabajar de sol a sol con el machete, pero hacerlo con amor, mostrar en obras de honradez y de fe que de veras amamos y tememos a Dios. Quien nos puede dar este equilibrio. Y este es mi tercero y último pensamiento, hermanos: La fuerza del Evangelio.

Cuando San Pablo se dirige a los Romanos, esta es su gran tesis: «Voy a ir a ustedes a predicarles la fuerza del Evangelio. No basta la razón natural ni de ustedes, los grandes romanos que han conquistado el mundo, ni de Grecia, en Atenas, donde he visitado también a los grandes sabios; su inteligencia es muy grande pero no han llegado a conocer al verdadero Dios con toda sus implicaciones. Ni a Uds. Judíos, de los que Dios me segregó para ir a predicar al mundo gentil. No les basta su Ley, ni sus obras de la Ley. Lo que Cristo ahora pide es fe en el gran acontecimiento salvífico, es decir, Fe, en que Cristo murió por mí y resucitó por mí. A eso es lo que San Pablo llama, en la carta de hoy -una frase que debemos de grabarla como un epitafio- La Justicia de Dios manifiesta en Cristo.

Hoy se habla mucho de justicia, y tal vez la interpretamos mal: La justicia según la Palabra Bíblica de Hoy, quiere decir la acción, la intervención misericordiosa de Dios, manifestada en Cristo, para borrar de el hombre su pecado, y para darle la capacidad de obrar como un Hijo de Dios. Esta es la verdadera liberación.

Hay en nuestro ambiente mucha preocupación de liberación. Bendito sea Dios. Pero lástima que muchas de estas liberaciones sólo se quedan en las cosas de la tierra: Liberación económica, liberación política, liberación social. Está bueno; todo eso vendrá por añadidura. Pero el Papa Pablo VI, cuando describe la Evangelización del mundo actual, dice: «El liberador cristiano, el cristiano que de veras siente esa angustia de liberar a su pueblo, tiene que comprender todas esas manifestaciones liberadoras; pero incorporarlas a la gran liberación cristiana, que parte precisamente de esta justicia que nos está revelando hoy San Pablo: La justicia de Dios es liberación del hombre. De su pecado, en primer lugar, para capacitarlo a hacer la Ley de Dio. Sólo el hombre que se ha liberado del pecado, y que trata de santificarse en el cumplimiento de la Ley de Dios, sólo ése tiene derecho a hablar de una auténtica liberación; aún de las liberaciones de la tierra. Pero si un hombre cristiano se olvida de esta perspectiva eterna, de la liberación del pecado y de la gracia en Cristo, ya ha perdido su fuerza, su mística, y muchas veces ésto es lo que pasa. Por eso, les decía, no impliquen a la Iglesia con su gran predicación de la liberación integral en Cristo, con las pequeñas liberaciones de la tierra.

No identifiquen la Iglesia que predica esta libertad del pecado y de la muerte, en aquella justicia de Dios, que nos dio a su Hijo, con estas liberaciones terrenales, que muchas veces ni se acuerdan de pedirle perdón a Dios, y están cometiendo más injusticias, y violencias y desórdenes.

Ojalá comprendamos, hermanos, que la Iglesia tiene la clave de la verdadera liberación. Y por eso termino por donde comencé, diciéndoles que a esto venimos a Misa el domingo: A reflexionar en el gran misterio de salvación, pero no a partir de nuestras débiles fuerzas humanas: Nadie se puede salvar a sí mismo. Ni siquiera cumplir la Ley natural, puede. Dice la Teología: Una persona, por más inteligente que sea, tiene muchas lacras en el aspecto moral. Pero cuando la Gracia de Dios, la fuerza de la justicia de Dios manifestada en Cristo la tomamos con humildad y le decimos: «Señor soy un pobre pecador, líbrame de mis pecados, siento en mí la miseria, las pasiones que me arrastran, líbrame de este cuerpo de muerte». Cuando un hombre está prendido así de las manos de Dios. Es verdaderamente fuerte. Como decía San Pablo: «En mi debilidad se manifiesta la potencia de Dios».

Vivamos, hermanos, esta bella esperanza de nuestra fe. Es la fe la que salva. Pero no por las obras de la Ley del Viejo Testamento. Sino por las del Nuevo Testamento, las de nuestro pueblo, las obras concreta que se nos pide aquí: La honradez de los abogados, la justicia sin venderse de los jueces. La justicia reclamada en tantos atropellos. La honradez en las que venden en el mercado. La honradez en aquel que gana un salario y que cumple fielmente su tarea. La honradez del que paga un sueldo sin extorsionar, sin explotar, también a su trabajador. Esto es lo que haría de nuestra Patria la verdadera liberación. Llenémonos de esta esperanza. Y comencemos por nosotros mismos, a ser verdaderamente justos, con esa justicia divina que Dios nos manifestó en Cristo nuestro Señor.

 

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