Homilía en la Misa Exequial del Padre Rutilio Grande Imprimir

Domingo 14 de marzo de 1977.


Excelentísimo representante de su Santidad, el Papa, queridos hermanos obispos, sacerdotes y fieles.

Pocas veces, como en esta mañana, me parece la Catedral el signo de la Iglesia universal. Es aquí la convergencia de toda la rica pastoral de una Iglesia particular que engarza con la pastoral de todas las diócesis y de todo el mundo, y sentimos entonces que la presencia no sólo de los vivos, sino de de estos tres muertos, le dan a esta figura de la Iglesia su perspectiva abierta al Absoluto, al Infinito, al más allá: Iglesia universal, Iglesia más allá de la historia, Iglesia más allá de la vida humana.

EL MENSAJE DE LA IGLESIA:

Si fuera un funeral sencillo hablaría aqui -queridos hermanos- de unas relaciones humanas y personales con el Padre Rutilio Grande, a quien siento como un hermano. En momentos muy culminantes de mi vida él estuvo muy cerca de mí y esos gestos jamás se olvidan; pero el momento no es para pensar en lo personal, sino para recoger de ese cadáver un mensaje para todos nosotros que seguimos peregrinando.

El mensaje quiero tomarlo de las palabras mismas del Papa, presente aquí en su representante, el señor nuncio, a quien agradezco porque le dá a nuestra figura de Iglesia ese sentido de unidad que ahora lo estoy sintiendo en la Arquidiócesis, en estas horas trágicas; ese sentido de unidad, como un florecimiento rápido de estos sacrificios que la Iglesia está ofreciendo.

El mensaje de Paulo VI, cuando nos habla de la evangelización, nos dá la pauta para comprender a Rutilio Grande. “¿Qué aporta la Iglesia a esta lucha universal por la liberación de tanta miseria?”. Y el Papa recuerda que en el Sínodo de 1974 las voces de los obispos de todo el mundo, representadas principalmente en aquellos obispos del tercer mundo, clamaban: “La angustia de estos pueblos con hambre, en miseria, marginados”. Y la Iglesia no puede estar ausente en esa lucha de liberación; pero su presencia en esa lucha por levantar, por dignificar al hombre, tiene que ser un mensaje, una presencia muy original, una presencia que el mundo no podrá comprender, pero que lleva el gérmen, la potencia de la victoria, del éxito. El Papa dice: “La Iglesia ofrece esta lucha liberadora del mundo, hombres liberadores, pero a los cuales les dá una inspiración de fe, una doctrina social que está a la base de su prudencia y de su existencia para traducirse en compromisos concretos y sobre todo una motivación de amor, de amor fraternal”.

UNA REUNIÓN DE FE.

Esta es la liberación de la Iglesia. Por eso dice el Papa: “No puede confundirse con otros movimientos liberadores sin horizontes ultraterrenos, sin horizontes espirituales”. Ante todo, una inspiración de fe, y ésto es el Padre Rutilio Grande: un sacerdote, un cristiano que en su bautismo y en su ordenación sacerdotal ha hecho una profesión de fe: “Creo en Dios Padre revelado por Cristo su Hijo, que nos ama y que nos invita al amor. Creo en una Iglesia que es signo de esa presencia del amor de Dios en el mundo, donde los hombres se dan la mano y se encuentran como hermanos. Una iluminación de fe que hace distinguir cualquier liberación de tipo político, económico, terrenal que no pasa más allá de ideologías, de intereses y de cosas que se quedan en la tierra”.

Jamás, hermanos, a ninguno de los aquí presentes se le vaya a ocurrir que esta concentración en torno del Padre Grande tiene un sabor político, un sabor sociológico o económico; de ninguna manera, es una reunión de fe. Una fe que a través de su cadáver muerto en la esperanza, se abre a horizontes eternos.

LA LUCHA LIBERADORA DE LA IGLESIA.

La liberación que el Padre Grande predicaba, es inspirada por la fe, una fe que nos habla de una vida eterna, una fe que ahora él con su rostro levantado al cielo, acompañado de dos campesinos, la ofrece en su totalidad, en su perfección: la liberación que termina en la felicidad en Dios; la liberación que arranca del arrepentimiento del pecado, la liberación que apoya en Cristo, la única fuerza salvadora; esta, es la liberación que Rutilio Grande ha predicado, y por eso ha vivido el mensaje de la Iglesia. Nos dá hombres liberadores con una inspiración de fe, y junto a esa inspiración de fe. En segundo lugar, hombres que ponen a la base de su prudencia y de su existencia, una doctrina: La doctrina social de la Iglesia; la doctrina social de la Iglesia que les dice a los hombres que la religión cristiana no es un sentido solamente horizontal, espiritualista, olvidándose de la miseria que lo rodea. Es un mirar a Dios, y desde Dios mirar al prójimo como hermano y sentir que “todo lo que hiciéreis a uno de éstos a mí lo hicísteis”. Una doctrina social que ojalá la conocieran los movimientos sensibilizados en cuestión social. No se expondrían a fracasos, o miopismo, a una miopía que no hace ver más que las cosas temporales, estructuras del tiempo. Y mientras no se viva una conversión en el corazón, una doctrina que se ilumina por la fe para organizar la vida según el corazón de Dios, todo será endeble, revolucionario, pasajero, violento. Ninguna de esas cosas son cristianas, sino lo que se anima es la verdadera doctrina que la Iglesia propone a los hombres. ¡Qué iluminado estaría el mundo si todos pusieran a la base de su acción social, a la base de su existencia, de sus compromisos concretos, en sus mismas atracciones políticas, en sus mismos quehaceres comerciales, la doctrina social de la Iglesia! Era eso lo que predicó el Padre Rutilio Grande; y porque muchas veces es incomprendida hasta el asesinato, por eso murió el Padre Rutilio Grande. Una doctrina social de la Iglesia que se le confundió con una doctrina política que estorba al mundo: Una doctrina social de la Iglesia, que se le quiere calumniar, como subversión, como otras cosas que están muy lejos de la prudencia que la doctrina de la Iglesia pone a la base de la existencia.

UNIDAD DEL CLERO CON SU OBISPO.

Queridos hermanos sacerdotes, este mensaje del Padre Rutilio Grande es sumamente grande para nosotros. Recojámoslo y a la luz de esa doctrina y de esa fe, trabajemos unidos. No nos desunamos con ideologías avanzadamente peligrosas, con ideologías inspiradas no en la fe en el Evangelio. Demos a nuestra doctrina, a nuestra actuación de buenos samaritanos, de predicadores del mandamiento de Cristo, esta iluminación que la Iglesia, depositaria de la fe, como dijeron ayer en su mensaje los obispos de El Salvador, está tratando de actualizar en estos momentos misteriosos, convulsivos, de nuestra república.

Yo me alegro, queridos sacerdotes, que entre los frutos de esta muerte que lloramos y de otras circunstancias difíciles de momento, el clero se apiña con su obispo y los fieles comprenden que hay una iluminación de fe que nos va conduciendo por caminos muy distintos de otras ideologías, que no son de la Iglesia, para sembrar lo tercero que la Iglesia ofrece: Una motivación de amor.

Una motivación de amor. Hermanos, aquí no debe palpitar ningún sentimiento de venganza. Aquí no grita un revanchismo, como dijeron ayer los obispos. Son los intereses de Dios, que nos manda amarlo sobre todas las cosas y nos manda amarlos a los otros como a nosotros mismos. Y si es cierto que hemos pedido a las autoridades que diluciden este crimen; que ellos tienen en sus manos los instrumentos de la justicia en el país y tienen que aclararlo. No estamos acusando a nadie. No estamos emitiendo juicios adelantados. Esperamos la voz de una justicia imparcial porque en la motivación del amor no puede estar ausente la justicia. No puede haber verdadera paz y verdadero amor sobre bases de injusticia, de violencias, de intrigas.

El amor verdadero es el que trae a Rutilio Grande en su muerte, con dos campesinos de la mano. Así ama la Iglesia; muere con ellos y con ellos se presenta a la trascendencia del cielo. Los ama, y es significativo que mientras el Padre Grande caminaba para su pueblo, a llevar el mensaje de la misa y de la salvación, allí fue donde cayó acribillado. Un sacerdote con sus campesinos, camino a su pueblo para identificarse con ellos, para vivir con ellos, no una inspiración revolucionaria, sino una inspiración de amor y precisamente porque es amor lo que nos inspira, hermanos. ¿Quién sabe si las manos criminales que cayeron ya en la excomunión están escuchando en un radio allá en su escondrijo, en su conciencia, esta palabra?. Queremos decirles, hermanos criminales, que los amamos y que le pedimos a Dios el arrepentimiento para sus corazones, porque la Iglesia no es capaz de odiar, no tiene enemigos. Solamente son enemigos, los que se le quieren declarar; pero ella los ama y muere como Cristo: “Perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen”.
El amor del Señor inspira la acción de Rutilio Grande. Queridos sacerdotes, recojamos esta herencia precisa. Quienes lo escuchamos, quienes compartimos los ideales del Padre Rutilio, sabemos que es incapaz de predicar el odio, que es incapaz de azuzar la violencia.

MUERE AMANDO.

El Padre Rutilio, quizá por eso Dios lo escogió para este martirio, porque los que le conocimos, los que lo conocieron, saben que jamás de sus labios salió un llamado a la violencia, al odio, a la venganza. Murió amando, y sin duda que cuando sintió primeros impactos que le traían la muerte, pudo decir como Cristo también: “Perdónalos, Padre, no saben, no han comprendido mi mensaje de amor”.

Queridos hermanos, en nombre de la Arquidiócesis, quiero agradecer a estos colaboradores de la liberación cristiana, al Padre Grande y a sus dos compañeros de peregrinación a la eternidad, que estén dando a esta reunión de Iglesia, con todo nuestro querido presbiterio y sacerdotes de otras diócesis, en unión con el Santo Padre, presente aquí en su señor nuncio, nos están dando la dimensión verdadera de nuestra misión. No lo olvidemos. Somos una Iglesia peregrina, expuesta a la incomprensión, a la persecución; pero una Iglesia que camina serena porque lleva esa fuerza del amor.

SI, HAY SOLUCION.

Hermanos, salvadoreños, cuando en estas encrucijadas de la Patria, parece que no hay solución y se quisieran buscar medios de violencias, yo les digo, hermanos: Bendito sea Dios que en la muerte del Padre Grande la Iglesia está diciendo: Sí hay solución, la solución es el amor, la solución es la fe, la solución es sentir la Iglesia no como enemiga, la Iglesia como el círculo donde Dios se quiere encontrar con los hombres.

Comprendamos esta Iglesia, inspirémonos en este amor, vivamos esta fe y les aseguro que hay solución para nuestros grandes problemas sociales.

Esto quiero agradecer también como arzobispo a todos los que trabajan en esta línea de la iglesia, iluminadores de fe, animadores de amor, prudentes con la doctrina social de la Iglesia.

Gracias, queridos hermanos, todos los que nos acompañan en esta hora de dolor.