Homilía en el funeral del Padre Alfonso Navarro Oviedo Imprimir

12 de mayo de 1977.

Queridos Hermanos sacerdotes y fieles, estimados radiooyentes:


Cuentan que una caravana, guiada por un beduino del desierto, desesperada y sedienta, y buscaba agua en los espejismos del desierto; y el guía les decía: “No por allí, por acá”. Y así varias veces, hasta que, hastiada, aquella caravana, sacó una pistola y disparó sobre el guía, agonizante ya, todavía tendía la mano para decir: “No por allá sino por aquí”. Y así murió, señalando el camino.

La leyenda se hace realidad: un sacerdote, acribillado por las balas, que muere perdonando, que muere rezando, dice a todos los que a esta hora nos reunimos para su sepelio, su mensaje que nosotros queremos recoger. Y es hermoso este cuadro, diríamos, de apocalipsis. Doscientos sacerdotes, por lo menos, están aquí de todas las diócesis de El Salvador, acompañando fraternalmente el dolor de la Arquidiócesis y, sobre todo, recogiendo este gran mensaje de Alfonso Navarro, sacerdote ya difunto, pero siempre predicando, porque la voz del sacerdote no muere. Y una parroquia aquí también reunida bajo la bóveda de la significativa Parroquia de la Resurrección, donde todo canta vida, alegría, esperanza, y donde feligreses, comunidades de otras partes, han venido también a recoger y se sienten como arropados, como en un hálito de alegría, de esperanza, de aleluya. Sobre un calvario de sangre una resurrección de esperanza.

No a la violencia

Hermanos, ¿qué nos dice este episodio, esta apoteosis de esta tarde, estos aleluyas pascuales de Resurrección? Yo encuentro en el mensaje de Alfonso al haber sido acribillado por las balas, en primer lugar, una protesta, un rechazo de la violencia: “Me matan porque les indico el camino”. Y nosotros, la Iglesia, repetimos una vez más: que la violencia no resuelve nada que la violencia no es cristiana ni humana; que la violencia, sobre todo cuando pisotea el quinto mandamiento: “No matarás”, en vez de traer bienes, trae angustias, lágrimas, zozobras.

Y en este caso, no olvidemos que hay una familia también de luto al lado de la familia del Padre Navarro y de toda su familia espiritual que es la diócesis y la Iglesia; la familia de Luisito, que agoniza y muere también junto a su párroco. Para ella también nuestra condolencia y desde este cadáver también inocente, el grito de protesta contra la violencia porque, la vida, hermanos, es tan sagrada en un laico como en un sacerdote.

Y ahora lo decimos aquí ante el Padre Navarro lo mismo que lo decíamos ayer ante el Canciller Borgonovo Pohl; la vida es sagrada aún en el más humilde campesino, aún en el sacerdote. Así se le considere un criminal, siempre es una vida sagrada, no digamos, cuando este título es el producto de una calumnia, de una difamación que debía de horrorizar a los que causan la muerte, no solamente disparando la pistola, la escuadra o la metralla, sino también a los que empujan la mano en esa campaña difamatoria contra la Iglesia.

La vida es sagrada

La violencia la producen todos, no sólo los que matan, sino los que impulsan a matar. Yo quisiera dirigir desde aquí mis palabras al Señor Presidente de la República: si son sinceras sus frases que ayer me decía por teléfono, que se iba a preocupar de investigar este crimen, lo mismo que se preocuparía y se está preocupando, supongo, por la de su canciller. Porque tan sagrada es la vida del Ing. Borgonovo, como sagrada es la vida del sacerdote que hoy perece, como sagrada es la vida del Padre Grande, que hace dos meses pereció también acribillado, y a pesar de las promesas de investigación, todavía estamos lejos de saber la verdad.

Queridos hermanos: la violencia, aún en aquellos que no hacen lo posible por descubrir sus orígenes es criminal. Tan pecadores como los mismos que empuñan las armas para matar, en esta hora de campaña difamatoria. ¿Y cómo es posible que se permita decir que sólo es el principio?, ¿cómo es posible que se permita amenazar con matar más vidas?. La vida es sagrada. La Iglesia está al lado de defender la vida, sin considerar motivaciones políticas o de otro tipo, solamente porque es un pecado quitar la vida, pecado contra la Ley de Dios.

La Excomunión

El quinto mandamiento pesa ahora como una excomunión también sobre los autores intelectuales y materiales de este asesinato. La pena de excomunión, que para muchos incrédulos significará tal vez una ridiculez, tal vez les impresione saber que no solamente es una pena espiritual. Es el repudio de todo un pueblo. Es la marginación del pueblo de Dios, que le dice al criminal: “Tú no tienes ahora nada que ver con este pueblo que camina en la esperanza, en la obediencia a la Ley del Señor, que no quiere sangre, que quiere amor, que quiere paz, que quiere reconciliación”. Y este gesto del pueblo que excomulga es sin odio, como es sin odio el grito de rechazo a la violencia. Es un grito como el de Cristo que decía: “Convertíos, volved al buen camino”.

Muere perdonando

Es el grito del beduino que, como el Padre Navarro, muere perdonando a los que le acribillan. Quiero agradecer el testimonio de esa mujer buena que lo recoge agonizando entre sangre, y al preguntarle si le duele algo, dice: “No me duele más que el perdón que quiero dar a mis asesinos, a los que me han acribillado, y el dolor que siento por mis pecados. Y que el Señor me perdone”. Y comenzaba a rezar. Y así mueren los que creen en Dios, aun con sus deficiencias humanas y con sus pecados.

Los sacerdotes vivimos de una esperanza; y no podemos ser comunistas, porque el comunismo ha mutilado esa esperanza del más allá. Creemos en Dios, predicamos la esperanza y morimos convencidos de esa esperanza. Y ese es el segundo aspecto del mensaje de Alfonso Navarro: es un ideal que no muere, es una mano tendida como la del beduino que en el desierto sigue diciendo: “No por allí, no por los espejismos del odio, no por esa filosofía de diente por diente y ojo por ojo, que eso es criminal”; sino por esta otra: “Amáos los unos a los otros”. No por los caminos del pecado, de la violencia, se va a construir un mundo nuevo, sino por los caminos del amor.

Un mensaje a los sacerdotes

Y para todos nosotros, queridos hermanos sacerdotes, esta hora es solemne; esta hora ratifica nuestra ordenación sacerdotal.

A mí me parece ver a Alfonso Navarro postrado aquí, no bajo la unción de la muerte, sino en la unción sagrada de aquella solemne ceremonia que se ha celebrado en el Gimnasio Nacional, cuando el Club Serra quizo darle a la ordenación de él y de sus compañeros todo el significado para la República de El Salvador de unos nuevos jóvenes sacerdotes que se consagraban al servicio de Dios. ¡Qué distinto aquel ambiente, cuando se comprende y se ama lo que significa la vocación sagrada!

Queridos hermanos sacerdotes, pero sin en esa hora de gloria y de felicidad de la ordenación sacerdotal, la emoción nos llena de ilusiones, de esperanza por ir a trabajar por el pueblo de Dios, por la gloria de Dios; también ahora esta unción de la muerte con que Alfonso Navarro antes de bajar a la tumba su cadáver, mientras su espíritu ya ha ascendido a los cielos. Este triunfo del sacerdocio, el ideal que nos hermana con él, es un ideal que no perece, y en cada sacerdote asesinado hay un nuevo impulso de esperanza, de alegría y de fervor en el que vive el sacerdocio. Es un ideal que no se puede marchitar, es un ideal que de la misma muerte hace surgir la vida, es el ideal de Alfonso Navarro, que dice como presintiendo su muerte: “No me lloren, canten, pónganme claveles rojos porque será mi alegría el emigrar con este ideal hacia el cielo”

¡Quién le iba a decir que el asesino de que él es objeto, había de ser una bandera para nosotros los que seguimos la peregrinación! Sintamos que este ideal que sustentó la vida de Alfonso Navarro no muere. Que purificando las imperfecciones humanas que pudo tener, la transmisión de este mensaje divino nadie la puede detener, y aquí prometemos ante el cadáver de un sacerdote muerto, nosotros los sacerdotes, lo que decíamos en el comunicado de hace pocos días: queremos ratificar nuestro juramento de fidelidad a la palabra de Dios, de fidelidad al magisterio de la Iglesia. Y ante esta motivación de la Palabra de Dios y del magisterio de la Iglesia, sentiremos la valentía de los primeros apóstoles para decir: “No nos es lícito obedecer a los hombres antes que obedecer a Dios”.

Y esta es la bandera que no puede caer. Y si vamos a sepultar a un hermano nuestro, no nos batimos en derrota; sentimos que falta un soldado en nuestras filas, pero sentimos que cualquiera tiene que llenar ese espacio que ha quedado, porque esta predicación de la palabra y del magisterio tal como lo quiere la Iglesia de hoy, como la Iglesia de siempre, es una exigencia como aquella que hacía a los profetas temblar ante su tremenda misión, pero serle fieles a Dios y no traicionar jamás su mensaje.

Un llamamiento a todos

Y por último, queridos hermanos, el mensaje de este beduino camino de la eternidad es un llamamiento a todas las fuerzas morales. Hermanos: si Alfonso Navarro es la figura de la Iglesia acribillada en este momento, la Iglesia como aquel beduino sigue señalando, como llamando a todos los demás: “Sigan por aquí”.

Si a la Iglesia no se le quiere creer, si a los sacerdotes se les está confundiendo con guerrilleros, si a nuestra misión evangélica se le está confundiendo con marxismo y comunismo, no es justo hermanos. Pero si la calumnia llega a cundir, decimos entonces a las otras fuerzas morales: “Y ustedes que quedan en el mundo, ¿qué hacen?”

Un llamamiento al protestantismo. Un llamamiento a las organizaciones nobles. Un llamamiento a todo lo bueno que queda en cada familia, en cada corazón. ¿Por qué vamos a ser pesimistas, queridos hermanos, en esta hora en que la violencia parece pasear su bandera? -Como me decía un feligrés de esta Iglesia anoche: “Monseñor, tenga mucho cuidado, porque la fiera anda suelta con sed de sangre”. Entonces, hermanos, como el beduino les decimos a ustedes, los que no están en peligro: “trabajen, son Iglesia”. Y dá gusto pensar en esta hora, cuanta fuerza espiritual está despertando la persecución de la Iglesia en muchas familias, en muchas comunidades. Esta hora, hermanos, no es para dividirnos entre dos Iglesias, es la hora de sentir una sola Iglesia que lucha por esa resurrección de Cristo, que trae redención no sólo más allá, sino aquí en la tierra para luchar por un mundo más justo, más humano. Para luchar por una sensiblidad social que se haga sentir en todos los ambientes. Para luchar contra la violencia, contra el crimen. ¡Ah, si todos nos propusiéramos como un propósito sincero en esta tarde, unir las fuerzas morales! No sólo los que pertenecemos a la Iglesia Católica, sino también de todas las fuerzas que aún sin creer en la Iglesia, tienen miedo a morir como muere Alfonso Navarro y quieren que no pasee la bandera del odio y la violencia.

Y por favor, cesen de propalar calumnias. Cesen de perseguir la misión de la Iglesia. Cesen de sembrar discordias y rencores. Cesen de propalar esa filosofía de la maldad, de la venganza. Y unámonos todos para hacer de nuestra patria, una patria más tranquila en que no haya tanta desconfianza de unos contra otros. En que no andemos huyendo como si estuviéramos en una selva salvándonos de las fieras. En que vivamos de veras como hermanos, si no por la fe en una resurrección en Cristo, al menos por un sentido nacional; al menos por un sentido humano; por un sentido de fraternidad.

Un mensaje de amor

Este es el mensaje, queridos hermanos, que yo creo recoger de esa boca desfigurada por las balas del Padre Alfonso Navarro. Yo les suplico que tomemos en serio, queridos hermanos sacerdotes, esta fuerza del amor que la Iglesia predica. Y lejos de nosotros, ya que los repudiamos por completo, el sentido del odio, de la violencia. Lejos de nosotros esos sentimientos que destruyen y matan, pero no pueden construir ni hacer feliz a nadie, ni mejorar al mundo. Que el Señor nos conceda como fruto de esta Eucaristía, en que no sólo sacerdotes de la tierra, sino un Sacerdote que ya emigra a la eternidad y está, diríamos, con un pie en la parroquia Miramonte y otro pie en el Cielo. A nosotros, tus hermanos, queridos Alfonso, que seguimos temiendo lo que tú temías, pero esperamos que un sentido humanitario dirija los corazones de los hombres, para que tu muerte en vez de ser una incitación a la violencia, sea más bien un mensaje de cristianos y nueva fuerza de amor en tu Iglesia.