La Iglesia es Cristo en Nuestra historia - 6º Domingo de Pascua Imprimir

6º Domingo de Pascua

15 de Mayo de 1977

Lecturas: Hechos 15, 1-29

Apocalipsis 21, 10-23

Juan 14, 23-29

 

Queridos Hermanos:

Se siente como una llovizna suave, como la dulzura de algo que baja de Dios directamente, al escuchar estas lecturas en este momento del año litúrgico que coincide con nuestro año civil tan cargado de tempestad.

El año litúrgico

Ese ciclo espiritual que la Iglesia va desarrollando, desde la expectativa de un Redentor, pasando por la Navidad, por los preparativos de la obra de la redención, que florece en una pascua que es cruz y es alegría de vida y prolonga esa pascua: cruz y gloria, muerte y resurrección, tragedia y esperanza, son cincuenta días desde el Sábado Santo en la noche en que cantamos el triunfo de la vida sobre la muerte, las esperanzas de la Iglesia, hasta Pentecostés, que va a ser dentro de los quince días; cincuenta días, Pentecostés, plenitud del mensaje de la resurrección.

El jueves de esta semana que viene, se celebra el jueves de la Ascención; cuarenta días después de resucitado, Cristo se va al cielo. Por una razón práctica esta celebración es trasladada al domingo que viene para que los que no puedan asistir a misa entre semana, puedan recibir el hermoso mensaje del Cristo que se va temporalmente, pero que diez días después nos envía el Espíritu Santo, mejor dicho, nos lo manifiesta porque Cristo desde el momento en que resucitó, en que su vida física ya no está en esta tierra, nos dió su vida mística, su Espíritu, alentando sobre ellos; insuflando sobre ellos; insuflando como el Creador cuando dió al barro la vida inteligente, Cristo, el mismo día de la resurrección, insufla su Espíritu nuevo, su resurrección, su pascua, a esto que es la Iglesia: “Recibid el Espíritu Santo”. Pero cincuenta días después se manifiesta esa presencia en forma de huracán y de lenguas de fuego, para manifestar que el Espíritu silencioso que va siempre con la Iglesia, es huracán, es fuego, es fuerza que impulsa la Iglesia, es el Espíritu al que Cristo se refiere como preparándonos para su despedida.

Este es pues, el último domingo que está entre nosotros, ya entre vida celestial y vida de la tierra; nos promete que no nos dejará solos y nos dice esas hermosas palabras: “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará y vendremos a él. Os he hablado ahora que estoy todavía con vosotros, pero os enviaré el Espíritu consolador que el Padre os enviará en mi nombre”.

Iglesia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo

Miren en estas frases el origen de la Iglesia: El Padre, el Hijo y el Espíritu. Si Cristo no hubiera ido al cielo a ser glorificado como hombre y como Dios, el Padre no hubiera podido ratificar, con el envío de su Espíritu divino, esta obra de la redención, esta institución que es la Iglesia.

Las tres divinas personas juegan en el origen de la Iglesia; es la Iglesia de la Trinidad, es la Iglesia de la tierra compuesta por nosotros hombres imperfectos, hombres frágiles, pero que hemos recibido el soplo de la redención, el Espíritu de la Santísima Trinidad. Vendremos, dice Cristo, y habitaremos en esta Iglesia y en el corazón de cada uno de los que creen en esta redención. ¡Es maravilloso! ¡Animo! Muchos en esta hora viven del pánico, del terror; ¿Irán a acabar con la Iglesia? ¿Irán a matar a todos los padres?... ¿Qué importa?. El Espíritu de Dios no nos dejará perecer. No podemos ser vencidos por las armas, por el terror, por la psicosis de los hombres. Que este Espíritu de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo, que aletea como el Génesis dice de la creación, da vida, fuerza a esta Iglesia por dondequiera que palpita.

No temamos hermanos, este es el origen de la Iglesia, por eso Cristo le pudo decir a Pedro, y aquí viene el elemento humano: Tú eres piedra, eres hombre frágil, te constituyo Pedro, te llamarás Kefas (Roca) porque sobre esa piedra, yo, Dios, edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.

Es un canto de victoria que la Iglesia lleva en sí, hermanos, no para confrontar con poderes humanos. Entiéndase bien, cuando nosotros estamos tratando de definir la Iglesia y presentarla en toda su belleza a pesar de su debilidad, es la alegría de sentirnos obra de Dios y decirles a todos los hombres también, que ella es Dios en medio de nosotros.

El divino mensaje de la Iglesia

¡Qué hermosa descripción hace San Juan en el Apocalipsis!, cuando dice que el ángel lo transportó en Espíritu a un monte altísimo y le enseñó la Ciudad Santa, la figura de la Iglesia, que bajaba del cielo enviada por Dios, trayendo la gloria de Dios. (Segunda lectura).

La Iglesia es Cristo que vive entre nosotros, es Dios que nos quiere dar su amor, su paz. Es Dios que nos redime y que si baja a los hombres no es para ponerse en competencia con las organizaciones de los hombres. Es para darles el Espíritu de Dios a las cosas de los hombres; es para que el político que cree en Dios y pertenece a esta Iglesia, transforme esa política en instrumento de Dios; es para que el capitalista que cree de veras en la Iglesia, transforme, humanice, le dé sentido de caridad, de justicia, de amor a su capital; es para que el trabajador, el pobre, el marginado, el obrero, el jornalero, mire en esta Iglesia algo que transforma su pobreza en redención, que no lo deja llevar por caminos de resentimientos y de luchas de clases, ni le ofrece paraísos en esta tierra, sino que le quiere dar este soplo de Dios a su situación.

¡Qué hermosa será la hora en que todos los salvadoreños en vez de desconfiar unos de otros, en vez de mirar en la Iglesia una emisaria de la subversión, miren la mensajera de Dios, la ciudad de Dios que baja para dar santidad a los hombres, para liberarlos de resentimientos, de odios, para quitar de sus manos armas homocidas!. No tuviéramos que lamentar historias tan tristes como el saldo que nos deja esta semana: un canciller asesinado, un sacerdote acribillado a balazos en su propia casa, un niño que no tiene culpa también con los sesos echados afuera por la bala homicida; el odio, la campaña difamatoria, como que si la Iglesia tuviera la culpa de todo este desorden: ¿No son más culpables los que escriben esas páginas tendenciosas? ¿No están poniendo armas en las manos aquellos que por la colonia Escalón regaron el slogan: “Haz patria, mata un cura”?. Esto es provocar. ¡Y sin embargo, a ésto no se le llama subversión! Se parece a los tiempos de Hitler, decía nuestra radio ayer, en que decía: “Haz patria, mata un judío”. Hoy es el sacerdote el estorbo, es la causa de todos los males; pero aquí viene hermanos, el elemento humano que aparece en las lecturas de hoy en toda su belleza.

El magisterio de la Iglesia

Yo les suplico que reflexionen mucho en la primera lectura de hoy; es un conflicto dentro de la Iglesia, y nosotros que pertenecemos a la Iglesia examinémonos a la luz de esta palabra.

Se trataba de una lucha entre los que podíamos llamar con términos de hoy: tradicionalistas y progresistas. Los tradicionalistas eran los judíos que se convertían al cristianismo y que querían que se siguieran guardando las leyes de Moisés, y que si no, no se podía salvar los gentiles. Y los progresistas, representados por Pablo y Bernabé, decían que “no es necesario la Ley de Moisés, basta ser bautizados en Cristo, que se arrepientan de sus pecados”. Y llevan al conflicto de Antioquía a Jerusalén. Fíjense en este detalle: el magisterio de la Iglesia estaba en Jerusalén: allí estaba Pedro. Vamos a consultar a Pedro, y Pedro consulta a sus presbíteros y a sus ancianos, como si hoy también nos rodeáramos de sacerdotes, de laicos, para consultar la palabra de Dios.

Fue el primer concilio de la Iglesia. Es hermoso recordar hoy, cuando no se quiere admitir el Concilio Vaticano II, ni la reunión de obispos en Medellín autorizada por el Papa; sin embargo, como en el primer concilio de Jerusalén, el Vaticano de hoy, Medellín de hoy, es la consulta del magisterio de la Iglesia. Y mandaron una carta. Fue el primer decreto conciliar, una carta, mandando de vuelta a Pablo y Bernabé con testigos de Jerusalén para ir a decir aquellos tradicionalistas que no es necesaria ya la ley de Moisés, pero que sin embargo para acceder por la paz y el amor, guarden las cosas substanciales; y ponen unas cuantas normas en las que estaban de acuerdo. Lo principal: -la paz y el amor-.

No nos estemos peleando por nimiedades dentro de la Iglesia cuando tenemos que presentar un frente unido en el amor, en la paz. No dudemos, queridos católicos, no nos radicalicemos en conservatismos exagerados ni tampoco en avances exagerados; estemos con el magisterio de la Iglesia. No dudemos de los documentos del Vaticano II ni de Medellín; son documentos de Iglesia. Tampoco los interpretemos siguiendo nuestros caprichos, porque así querían interpretar también entonces la Biblia, llevándola cada uno a su lado. Para que vean que la Biblia sola no basta; es necesario cuidarla, presentarla por el magisterio vivo que Cristo dejó en la Iglesia, y por eso en uno de los recientes comunicados, el Arzobispado dice junto con todos sus sacerdotes: “Juramos de nuevo nuestra fidelidad a la palabra de Dios y al magisterio de la Iglesia”.

La experiencia de nuestra Arquidiócesis

Mi viaje a Roma no tenía otro sentido (si algunos lo han interpretado mal) que este de Pablo a Jerusalén, para confrontar con Pedro, con el Papa, con el sucesor de él, si lo que enseño, si lo que hago está bien. Y vuelvo de Roma como Pablo volvía de Antioquía, con el testimonio de que vamos por un buen camino. No duden de mi palabra, queridos hermanos, no la desfiguren. Muchos andan diciendo que yo soy presionado y que estoy predicando cosas que yo no creo; hablo con convicción, sé que les estoy diciendo la palabra de Dios. He confrontado su palabra y con el magisterio y creo en mi conciencia que voy bien.

Yo quiero invitar a todos a que dialoguen conmigo; se los estoy diciendo desde el principio, no oigo sólo un sector, oigo a todos, recibo lo bueno de todos, pero esta es la gran misión, el dificil papel del obispo: discernir, escoger, apartar lo malo y quedarse con lo bueno.

Pero el Espíritu Santo que fue prometido por Cristo, como lo acaban de oír, asiste al magisterio de la Iglesia: “El Espíritu Santo que enviará el Padre en mi nombre será quien os enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho”. Yo creo que esta es la realidad de este momento: yo quiero confesarlo dándole gloria a Dios y agradeciéndole al Señor, que siento esta experiencia propia, esta palabra del evangelio de hoy: “El Espíritu Santo nos enseña y recuerda todo lo que os he dicho”.

Una de las cosas que más me alegran en estos días es recibir esas cartas que a montones me llegan de todos los sectores. Abundan aquellos testimonios que me dicen que rezan por mí, que le piden al Espíritu Santo que me ilumine; yo les agradezco, hermanos. Tal vez no les podré contestar a todos, pero yo rezo al Señor para darle gracias y pedirle que siga inspirada esa oración.

Cuando en mi misa yo digo esta oración tan bella: “Señor, no te fijes en mis pecados sino en la fe de tu Iglesia”, pienso en esas humildes plumas que han escrito esas cartas, en tantos católicos enfermos, viejecitas, cristianos anónimos que allá sin que nadie sepa están rezando; ésa es la fe de la Iglesia. La Iglesia reza, y el órgano que habla, que es el obispo; transpira toda esa santidad de la Iglesia. ¿Cómo se va equivocar Dios y los que servimos de sus instrumentos?.

La tentación de la desunión.

Ayúdenme para que siempre pueda llevar esta palabra de Dios como yo la quiero llevar. Y por eso, hermanos, todos hacemos la Iglesia; y en unidad con este magisterio de la Iglesia, yo quiero decir ésto: En esta campaña de difamación, una táctica muy conocida es ésta: separar, dividirnos. Unos sacerdotes sí, otros no. El Arzobispo sí, el obispo auxiliar no, aquella comunidad, aquella parroquia sí, aquellas otras parroquias no... Si somos católicos, estamos todos unidos en el magisterio de la Iglesia, no en una presión de jesuitas, no en una presión de curas izquierdistas, ni en una presión también de derechistas extremas. No existen en la Iglesia ni derecha ni izquierda. Existe un sólo magisterio al cual tenemos que convertirnos todos.

Los que quieran conservar tradiciones, como los judíos que querían conservar la circuncisión, tienen que convertirse a Pedro, que les dice: “No es necesaria ya la circuncisión”. Los que quieren llevar ya demasiado adelante la obra de la Iglesia y que no quieren admitir a Cristo, también los corta el magisterio de la Iglesia.

Los que quieren predicar una liberación sin moverse, los que se enojan porque les tocan sus intereses, los que ante una falta razón de “seguridad de estado” les molesta que la Iglesia reclame los derechos de los que sufren el abuso del poder, y los que por otro lado quieren subvertir la autoridad y quieren predicar una liberación sin Dios, y buscan el poder por la lucha de clases, por el odio, les estorba que la Iglesia les recuerde también que el comunismo no es solución, que la subversión no es camino, el odio que acaba matando hombres importantes, ministros de Dios, cometiendo sacrilegios tan horrorosos para jugar con la vida humana, eso no es solución; es crimen sencillamente. También éstos se molestan. Ni izquierda ni a derecha. En el corazón de Dios, bajo la palabra de Dios bajo la palabra de Dios, bajo el magisterio del Señor, eso es la Iglesia.

Y yo quiero ratificar en público, hasta donde alcance mi pobre voz, que no están divididos en el magisterio de la Iglesia, el Arzobispo y el obispo auxiliar, que formamos los dos un sólo magisterio, quiero decir también que todos los sacerdotes que están trabajando están en comunión con el obispo. Y les repito aquí lo que dije en una reunión solemne: El que toca a un sacerdote en comunión con el obispo toca al obispo. Y por eso me duele tanto el que hayan hecho víctima del crimen a un querido sacerdote que trabajaba en plena comunión con el obispo. Es como si le arrancaran al obispo un brazo.

Nuevo llamamiento de solidaridad

Y por eso, en esta semana también, no sólo ha habido saldos tristes, ha habido saldos muy fecundos. Tuvimos reunión de obispos y la vamos a continuar el martes, precisamente en apoyo de este magisterio de la Iglesia y esta unidad, en repudio de la violencia y la calumnia y para llamar a todos a la colaboración, aunque no sean católicos, como yo les decía en la homilía del Padre Navarro, a todas las fuerzas vivas. Si el Padre Navarro era aquella tarde el signo de una Iglesia perseguida y que ya no puede hablar, ¿qué hacen las otras organizaciones, las que critican a la Iglesia? ¿Esas organizaciones fantasmas que para sarcasmo se llaman católicas?.

No demuestren su poder solamente criticando a la Iglesia; hagan algo para botar las armas de los criminales, de los que matan. No pongan las armas con más fuerza con esa campaña de calumnias. ¿Qué queda de noble en esas gentes?

Yo creo, hermanos, en el poder noble de muchos corazones, de muchas organizaciones que sería imposible enumerar, son obra de nobles corazones para hacer el bien.

Iglesia y gobierno

Les digo, no sean espectadores de esta Iglesia, como cuando un grupo de niños mira a dos que se pelean, a ver quien puede más: La Iglesia o el Gobierno. No estamos peleando. El Gobierno y la Iglesia quieren buscar, tienen que buscar, es su deber buscar la paz, el progreso verdadero, desde competencias distintas. Yo recuerdo que cuando terminaba el Concilio Vaticano II, se dirigió un mensaje a los gobernantes donde la Iglesia les dijo: “Dejad que Cristo ejerza esa acción purificante sobre la sociedad. No lo crucifiquéis, eso sería un sacrilegio porque es Hijo de Dios; sería también un suicidio, porque es Hijo del Hombre; y a nosotros sus humildes ministros, dejadnos extender por todas las partes, sin traba, la buena nueva del evangelio de la paz que hemos meditado en este Concilio. Vuestros pueblos serán sus primeros beneficiados, porque la Iglesia forma para vosotros ciudadanos leales, amigos de la paz social y del progreso. (Mensaje del Concilio a los gobernantes).

Comprensión para nuestros sacerdotes

Esa es la Iglesia, hermanos; así es que, por favor, ya debía de cesar esa campaña repugnante de difamación. Nadie la cree por suerte, pero algo queda. Si nuestros sacerdotes tienen defectos, y no todos hablan con la suavidad que algunos quisieran, queda la corrección fraterna, en vez de echar al público una campaña de difamación. Vayan a enterarse con él: “¿Qué es lo que quiso decir, Padre?. Eso que dijo no me gusta...” Y corríjanlo: pero sepan que mientras esté en comunión con el obispo, su doctrina es verdadera. Si hay algún error en algún detalle, cabe la corrección, o cabe la comprensión. El diálogo aclara muchos malos entendimientos.

Cuantas veces me han venido a decir que el Padre tal predicó contra el gobierno, y hasta lo echaron al pobre. Y cuando uno examina el caso de cerca, resulta que fue pura calumnia. Pudo haber una frase imprudente. Si se hubiera captado, se le hubiera comprendido, se le hubiera corregido; pero crean, hermanos, la Iglesia quiere sembrar la paz, la concordia; y yo creo, tengo mucha fe en la oración, que vamos a entendernos, porque la violencia no puede durar. Tengamos todos buena voluntad. Yo apelo, con toda la potestad que me dá mi ministerio sagrado, depositario de la Palabra de Dios, del magisterio de la Iglesia, a todos los católicos religiosos, religiosas, laicos, comunidades, sacerdotes, que compactemos nuestra Iglesia bajo la luz de esta doctrina auténtica, y que tratemos de comprenderla como en Antioquía; cuando se sembró la discordia volvió la paz, porque se fue dócil al magisterio de Pedro y del primer concilio; y el Concilio Vaticano II está respondiendo, como aquel de Jerusalén, a las necesidades de su tiempo. Estudiemos. Es que hay muchos que critican el Vaticano II, Medellín, y no los han leído. Estúdienlos y verán qué riqueza de espiritualidad, qué mensajes de paz, como ese que el Concilio dijo a los gobernantes: “No tengan miedo de la Iglesia, compréndanle que está haciendo los mejores ciudadanos leales si saben vivir ese espíritu de fe.

Meta y motivación de la Iglesia

No desconfíen, hermanos. Quiero terminar recordando la meta hacia donde camina esta Iglesia; asistida por el Espíritu Santo, ella lleva un mensaje muy original, muy renovador. La descripción del Apocalipsis es bellísima para decirnos que nosotros vamos peregrinando entre las tribulaciones de la tierra, pero que no les tenemos miedo a estas tribulaciones, porque con nosotros va el espíritu de Dios; y la meta es el Cordero, dice ahora San Juan. Una cosa muy hermosa, allá dice: “No había templo, porque Dios y el Cordero son los que la alumbran, el templo es el Señor Todopoderoso”.

Hermanos, he aquí un texto oportuno para nuestra hora de desacralización y secularización. Se desacratiza todo, y ésto tiene su razón de ser; es que hemos vivido muy sacralizados. Le damos una importancia exagerada al templo material, a los medios técnicos y podemos olvidar que lo principal es Dios, es Cristo, el Cordero.

Vaya, hablemos, y yo quiero agradecerles grandemente la gran acogida que han prestado a mi homilía del domingo pasado hablando de la radio y de la imprenta. Apenas salía de aquí para Suchitoto el domingo pasado en el solo trayecto de la sacristía a mi carro, se recogieron ¢100 colones. Espontáneamente me los iban dando, allá en Suchitoto, donde habían oído el mensaje, también espontáneamente casi ¢ 200 colones, y aquí, a lo largo de la semana ya vamos sumando ¢ 5,000 colones.

El próximo domingo es el día de las comunicaciones de la Iglesia, la radio, el periódico. La radio ha recibido amenazas, se le han impuesto condiciones, y la comisión responsable va a responder para que las cosas queden claras. Pero si por desgracia, por incomprensión, nos callara también la radio y nos quitara también el periódico, no hacen falta, hermanos. Después de todo, lo que nos quiere decir hoy la Palabra de Dios es que, ni el templo es necesario, ni los instrumentos que le sirven a la Iglesia para proclamar su mensaje son necesarios, porque el Apocalipsis nos presenta la fase definitiva de este reino ya lo debemos vivir aquí abajo: Es nuestra fe en Dios, Dios que es el templo, la Palabra de Dios es la radio, Cristo es la imprenta, la comunidad cristiana que vive como antorcha en el mundo, está predicando más que la radio y más que el periódico. De nada servirán todos los instrumentos de comunicación social, si no contáramos con comunidades de amor, con cristianos que viven el verdadero Dios, el verdadero Cristo, y ésto es lo grande de este mundo.

La Iglesia se presenta hoy, no apoyada en cosas de la tierra, sino apoyada en la comunidad de amor, en su esperanza, en su fe, en su Dios, en su cielo, y así se va construyendo. Y yo me alegro, hermanos, de ser obispo en esta hora, en que la Iglesia se va definiendo tan auténticamente, en que la Iglesia se va definiendo sin odios, sin rencores, perdonando a los mismos que la calumnian y la matan, pero siendo la Iglesia del amor, la que se apoya en su Dios y que por eso está tan superior a todos los oleajes miserables que los hombres le pueden levantar.

Vivamos esta fe, hermanos, esta es la Iglesia que yo quisiera, una Iglesia de amor, de esperanza, que se apoya plenamente en nuestro Dios.

En oración con la Virgen

Esta tarde, allá en las pintorescas alturas de Planes de Renderos, hay un espectáculo muy hermoso. Yo les invito, voy a tener el gusto de presidir aquel homenaje folklórico, filial, pero sobre todo piadoso, en honor de la Virgen santísima, “la Procesión de las Palmas”.

Así como el viernes hubo una jornada de oración en toda la diócesis poniendo por intercesora a la Virgen, esta tarde también haremos una oración muy especial poniendo a la Virgen por intercesora, verdadera Madre de la Iglesia, que acelere la hora de la comprensión y que ya no haya temores.

“Mi paz os dejo”, dice Cristo. Y así termino, hermanos, la paz de Cristo que no se puede confundir con la paz del mundo, porque es dinámica, es activa, porque es de fe, de esperanza. No calla, ama, vive, pero es una paz que camina hacia la paz donde Dios es todo para todos los hombres.