La muerte de Cristo, precio de la nueva alianza Imprimir
HOMILIAS 1979

Homilía del Viernes Santo-Adoración de la Cruz.

13 de abril de 1979

Isaías: 52,13-52-12
Hebreos: 4,14-16;7,9
Juan: 18,1-19,42.

Queridos hermanos:

La Liturgia, hoy, puede concretarse en esta idea: La muerte de Cristo, precio de la Nueva Alianza. Quiero insistir en este tema de la alianza que nos ha ocupado toda la Cuaresma, para que tengamos y penetremos más la idea de nuestra Redención. Dios la ha venido proyectando desde el Antiguo Testamento en forma de una Alianza, de un pacto, que luego los profetas traducían en la forma de un testamento. De allí el título del Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento.

LA MUERTE DE CRISTO, PRECIO DE LA NUEVA ALIANZA.

1. ¡Qué Caro Precio!
2. ¡Qué rica Alianza!
3. ¡Qué grave responsabilidad!

1. ¡QUE CARO PRECIO!

a) "consummatum est"... un proyecto realizado.

¡Qué caro precio! es la expresión espontánea cuando hemos escuchado en los labios moribundos de Cristo: "todo se ha cumplido". Es el que ha pagado moneda a moneda la deuda que debía a la humanidad. Es el que ha realizado en su propia vida, un proyecto que Dios venía bosquejando desde siglos.

- Una obediencia heróica debe pagar las desobediencias de los pecados.

Es la obediencia heróica del Hijo de Dios que se hizo hombre y se sometió como hombre a la voluntad de su Padre; para pagar, con esta obediencia heróica, la desobediencia de todos nosotros, las desobediencias a la Ley de Dios.

- La Alianza supone muerte: Moisés asperja con sangre.

La Alianza que Dios hace con los hombres desde Noé, Abraham, Moisés y la que anunciaron los profetas, siempre incluía el concepto de la muerte, siempre se exigían víctimas. Y cuando Moisés lee al pueblo la Alianza que va a hacer Dios con ese pueblo, nos cuenta la Biblia, que se mataron animales y la sangre de esos animales fue derramada parte sobre el altar y parte asperjando al pueblo. Era en la sangre que quedaba unido el pueblo con Dios.

b) Una descripción del "Varón de Dolores" -sufrimiento vicario...

Cuando leemos en las tres lecturas de hoy, los dolores de Jesucristo: ¡Qué precio más caro! Cuando el Profeta Isaías en la primera lectura de hoy nos presenta verdaderamente al Varón de Dolores, vemos: Cómo ese hombre cargando con tanta ignominia, con tanto dolor, no es él el que tiene que sufrir, pero sufre en nombre de los pecadores: El se ha hecho responsable. Y en ésto consiste la tragedia de Cristo: Que siendo inocente, siendo el Hijo querido del Padre, porque el Padre le ha aceptado la generosidad de venirse a hacer responsable de los hombres, le cobran, en su muerte dolorosa, todo lo que nosotros le debemos a él. En Cristo descarga, la justicia divina, el castigo que todos nosotros merecíamos.

Cristo deshecho en una cruz. "Lo vimos -dice el Profeta- y no parecía un hombre, parecía un gusano que se arrastra por la tierra. Deshecho, Varón de Dolores, es la figura del pecado castigado por Dios". Es la justicia divina que se cobra en la persona amada de su Hijo todo lo que nosotros debemos; para podernos perdonar, a todos, según la justicia divina.

- Obediencia que lleva a la experiencia del sufrimiento.

Este misterio no lo comprenderemos nunca, si no tenemos en cuenta el respeto que Cristo tenía a su Padre. ¡La voluntad de mi Padre! ¡La obediencia a mi Padre! Este es mi pan -decía- hacer lo que mi Padre quiere. El sentido de dolor, solamente recobra el valor de la redención si se hace como sufrimiento, en obediencia.

Da lástima pensar cuántos sufren sin mérito. Cuando uno piensa en las salas de los hospitales, ¿quiénes son los que están ofreciendo a Dios el dolor como obediencia a los designios del Señor? Cuando uno piensa en el mundo que sufre tanto y la rebeldía de los hombres ante la voluntad del Señor, en vez del respeto y la obediencia al Padre que está tratando con unos hijos que han sido desobedientes y rebeldes y los hijos rebeldes siguen reclamándole al Padre, piensa uno: ¡Qué diferencia más enorme y cuánto mérito perdido! ¡Ah, si le diéramos, como Cristo le dió a su sufrimiento, el sentido redentivo, el sentido de la obediencia del Padre.

Por eso la Iglesia predica la conversión hacia Dios, porque es necesario también, queridos hermanos, discernir entre lo que Dios quiere y lo que Dios no quiere. Hay sufrimientos que Dios no los quiere y los hombres los están causando. En este caso, el hombre que peca, que abusa, que atropella, que tortura, que mata, no está haciendo la voluntad de Dios, está contradiciendo al Señor. Pero la víctima, el oprimido, el que sufre, el torturado, no puede hacer otra cosa que aguantar. Entonces, desde el fondo de su corazón víctima de la injusticia, ofrece a Dios por la redención de su pueblo ese sufrimiento.

Y, gracias a Dios, que hay este sentido de solidaridad con el pueblo tantas veces víctimas del sufrimiento injusto. Pero como Cristo, que también fue sentenciado a muerte, muere; justamente, desde el punto de vista humano. Y convierte toda esa injusticia, toda esa opresión, en salvación al Señor. Así tendría que ser, también, todo el sufrimiento que nuestra patria, que nuestras familias, que nuestros hermanos -sobre todo la clase pobre, sufrida- le dieran su dolor. No el sentido de una rebeldía, sino el sentido ante Dios -me refiero- de una aceptación. Hay que luchar por las justas reivindicaciones pero, mientras no llega ese mundo mejor, saber que ya se es redentor si se ofrece desde el fondo del corazón por la conversión de las injusticias, por la construcción de un mundo como el que Cristo soñó.

Que cara esta alianza a la que Cristo se ha metido como Redentor. En el Evangelio que se acaba de leer, hemos seguido paso a paso, el desenlace trágico de ese precio que Cristo pagó con tanto gusto porque nos amaba.

2. ¡QUE RICA ALIANZA!

a) La Alianza se torna Testamento. "Una herencia no se recibe si no se muere el testador".

Fijémonos en la Alianza. Ese concepto de la sangre, de muerte, se hace todavía más expresivo cuando los profetas explican en qué consiste una Alianza que Dios quiere hacer con los hombres. No se trata de dos iguales, se trata de una subordinación del hombre a Dios, y de una gracia de Dios, unas dádivas, unos dones que Dios quiere hacer a la humanidad. Es como una herencia. Entonces la alianza toma más bien el nombre de testamento. Es el padre que quiere dejar al hijo una herencia.

Desde entonces, elnombre que se da a la Alianza es más bien un Testamento. Y, entonces, se explica en el Nuevo Testamento que para que tenga efecto un testamento tiene que morir el testador. Y aquí aparece la muerte del Viernes Santo como la condición, como el precio para que todos esos regalos mesiánicos que Dios ha prometido al hombre, se den como una herencia: ¡Ha muerto, es testador!

Cristo juega aquí el papel doloroso del jefe de familia que muere como condición para que la familia disfrute la herencia que Dios le ha prometido. Por eso, Cristo muerto es el precio por esta Alianza. ¡Qué rica Alianza es la que nos entrega Jesucristo en esta tarde! La muerte es el precio de esa riqueza que ahora la tenemos en nuestras manos si la queremos disfrutar.

b) Efectos.

- Mi siervo tendrá éxito...

Ya en la primera lectura, como sobre la noche se va levantando la aurora, sobre el dolor se anuncia ya el triunfo de Cristo, mi Siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho cuando entregue su vida como expiación, verá su descendencia, prolongará sus años. Lo que el Señor quiere, prosperará por sus manos, justificará a muchos.

Pontífice que penetró los cielos.

También en la segunda lectura aparece el premio del sacrificio de Cristo; pontífice que se presenta a los cielos en un trono de gracia y misericordia, causa de salvación eterna para todos los que ponen en él su esperanza. Si Cristo ahora vale tanto, es porque el Padre sumó a sus méritos todo el dolor de esta tarde en el Calvario.

- El costado abierto: Un símbolo.

Un símbolo precioso de la riqueza, de la herencia eterna de Cristo, es el costado abierto que nos ha hablado el Evangelio de hoy.

¡Era horrible!. El crucificado no moría porque todavía podía respirar. Aún con todo el dolor de apoyar sus piernas en los clavos que estaban incrustado en sus músculos, podía elevar un poco el tórax y respirar; y gracias a ese pequeño álido que le llegaba, podía vivir. Pero cuando los verdugos querían que ya no viviera, le quebraban las piernas. Entonces ya no podía erigirse, ya no había respiración. El crucificado moría por asfixia. Se asfixiaba horriblemente en esa tortura de la cruz. Pero cuando llegó el soldado que quebraba las piernas al crucificado Jesús, vió que él ya había muerto, que no era necesario quebrarle las piernas como era la costumbre.

Entonces, para mayor seguridad, un sodado mete su lanza al lado del corazón y, todavía, Jesucristo como en un gesto de generosidad, deja escapar las últimas gotas de su corazón: Sangre y agua. ¡Cuánta mística ha inspirado esa lanzada del costado de Cristo! Dicen los padres de la Iglesia: Allí nació la Iglesia, en el costado abierto de Cristo. Aquellos dos ríos de sangre y de agua era la redención que, a través de los sacramentos, lavara los pecados del mundo.

- Las siete palabras, una síntesis de los bienes de la alianza nueva.

Quisiera fijarme, hermanos, en esa herencia: Se fijó en un testamento que los católicos llamamos las Siete Palabras que Cristo pronunció en la Cruz y que no es hoy el tiempo de analizarlas en toda su profundidad pero, si de recogerlas con el cariño de un heredero que sabe que el testador ha muerto en una agonía tan horrorosa.

PRIMERA PALABRA.

Oír que de sus labios, junto con las gotas de su sangre, van callendo esas palabras que son como el resumen de toda la Alianza de Dios con los hombres: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen".

Este es el bien más grande de la Redención, el perdón de Dios a nuestros pecados. No hay alegría más grande que la conversión. Por eso, en Semana Santa, todos los cristianos debíamos de saborear la dulzura de esa palabra de Cristo: El perdón de los pecados.

SEGUNDA PALABRA

La segunda palabra la dirige Cristo precisamente a un conversó. El ladrón que está a su lado, pide a Cristo un recuerdo en su Reino: ¡Acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino! Yo tengo fe que Tú eres Hijo de Dios. Yo creo en tu inocencia. Nosotros, sí morimos culpables, pero Tú no eres culpable. ¡Lo ha defendido! Y Cristo le dice en respuesta: "En verdad te digo, hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso".

Esta es otra rica herencia de la herencia del testamento de Cristo: La trascendencia de nuestras esperanzas. El esperar un reino aún cuando se muera, como el buen ladrón, víctima de nuestras propias culpas; enredado en nuestras propias miserias, queda siempre un sentido de esperanza: Acuérdate de mí cuando estés en tu Reino. Y tenemos un Cristo que nos tiende los brazos para llevarnos a su Reino si de veras nos convertimos a él.

TERCERA PALABRA.

La tercera dulcísima palabra de Cristo es la herencia de su propia Madre: "Mujer, ahí tienes a tu hijo". Y a todos nosotros en la persona de Juan nos ha dicho: "Ahí tienes a tu Madre". Y desde entonces, entre María y los cristianos, se establece una relación tan dulce que el nombre de la Virgen, las Ave Marías de nuestros labios, surgen por millones cada hora hacia el trono de la ternura maternal: María.

CUARTA PALABRA.

Y cuando Cristo siente la soledad, la angustia, la prueba de su obediencia heróica, casi como un abandono del Padre, surge una cuarta palabra: "Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado". No es un abandono, pero sí siente Cristo todo ese dolor y esa angustia que el corazón del hombre, más de una vez tiene que sufrir. Es la sicología del sufrimiento: sentirse solo, sentir que nadie lo comprende, sentirse abandonado. Y en esa soledad Cristo nos ha dejado esa palabra que servirá como oración, como religión, como fe en el Dios verdadero.

No nos está fallando Dios cuando no lo sentimos. No digamos: Dios no me hace lo que yo le pido tanto y por eso ya no rezo: Dios existe y existe más, cuadno más te sientes lejos de él; y existe Dios más cerca de tí cuando tú crees que está más lejos y que no te oye. Cuando sientes la angustia, el deseo de que Dios se acerque porque no lo sientes, es que Dios está muy cerquita de tu angustia. ¿Cuándo lo vamos a comprender, que Dios no es un Dios que solamente nos da felicidad, sino que prueba nuestra fidelidad en las horas de angustia? Y es entonces cuando la oración, cuando la religión tiene más mérito, cuando se es fiel a pesar de no sentir la presencia del Señor. Ojalá que ante este grito de Cristo, nosotros aprendamos que Dios es siempre nuestro Padre y nunca nos abandona y que nosotros estamos más cerca de él, de lo que nosotros pensamos.

QUINTA PALABRA.

Llega al colmo la angustia de Cristo y se sabe que hay un detalle que todavía no se ha cumplido entre todos los proyectos de la salvación. Aquel de la Escritura que dice: En mi sed me darán vinagre". Y provoca el cumplimiento de esta Escritura con esta quinta palabra: "Tengo sed", para que un soldado empapando una esponja en vinagre, la estruje aunque sea groseramente sobre los labios del Cristo que muere.

SEXTA PALABRA

Y cuando la escritura se ha cumplido también en este detalle, Cristo pronuncia la palabra: "Todo se ha cumplido". Todos los detalles que mi Padre había proyectado para esta trágica Alianza, en la cual yo soy el precio, el dolor, para que mi Padre bendiga a la humanidad, dice: "Todo se ha cumplido". ¡Quién nos diera, queridos hermanos, que nuestra vida fuera el cumplimiento de la voluntad del Padre.

Da lástima -repito aquí- pensar cuántas vidas se van construyendo al margen y, quien sabe, si contra la voluntad de Dios. Cuántos van buscando la felicidad por caminos que no son los que Dios señala. Cuántos al morir no pueden decir a Dios, como Cristo decía: "Todo se ha cumplido". Si no, ¡qué horrible tener que decir: Mi vida toda ha sido oposición a la voluntad del Padre; mi vida ha sido una negación al amor que Dios me pedía; mi vida no ha sido más que de crímenes, de violencias, de odios! No gastemos la vida por los caminos por donde Dios no nos quiere. Caminemos ya donde quisiéramos ser encontrados a la hora en que Dios nos pida la cuenta de nuestra existencia. Qué hermoso poder decir como Cristo: "Todo se ha cumplido". En mi vida no he sido más que un poema del proyecto de Dios y de mi propia realización. Me he realizado tal como Dios quería, he seguido la vocación que Dios me dió. He tratado de ser como Dios quería que fuera.

SEPTIMA PALABRA.

Y viendo que todo está cumplido, la palabra final: "Padre, en tus manos, encomiendo mi espíritu". De nuevo la trascendencia. Hermanos, nuestra vida no se va a quedar en el sepulcro; nuestra vida no se va a quedar en la rama de la historia; nuestra vida no la aprisionan los aplausos de nuestros éxitos; ¡todo ésto vuela con el viento! lo que vale, es poner el alma en las manos de Dios; ser recibido mi espíritu por el Señor que le dará un premio o un castigo. Esta debe ser la meta hacia la cual aspiremos en todos los pasos de nuestra existencia. ¡Qué rica herencia!, qué rica esta Alianza que Dios hace con nosotros y que ha costado tan caro en el dolor de su propio Hijo.

3. ¡QUE GRAVE RESPONSABILIDAD!

Mantengámonos firmes en la fe que profesamos y tengamos confianza.

Qué grave responsabilidad la del hombre redimido. En las mismas lecturas de hoy, ya se insinúa cuando en la epístola a los Hebreos nos invita: "acerquémonos confiadamente hacia el trono de la gracia". Y en el Evangelio, ya terminado el relato de la pasión, escribe San Juan: "El que lo vió, da testimonio; y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice la verdad para que también vosotros creáis".

Esta es la responsabilidad: Tener fe y tener confianza. ¡lejos de nosotros el pesímismo!; ¡lejos de nosotros la desesperación! Y en esta Semana Santa, en el marco de nuestra situación nacional, no debe servir para desesperarnos, Dios está muy cerca de nosotros. El precio de nuestra redención ha sido muy caro y Dios está dispuesto a darnos su misericordia y su redención. Sólo hace falta una cosa: Que los redimidos tengamos fe, que los redimidos tengamos confianza en el Señor, que sepamos apreciar, con nuestra actitud cristiana, lo que Dios ha pagado por nosotros; que sepamos apropiarnos los dones de la redención; que sepamos -como lo vamos a hacer dentro de un momento- depositar con todo el amor, un beso en la cruz de Jesucristo, para decirle: ¡Salve Cruz, eres la única esperanza de nuestra vida y de nuestra historia!

Realicemos, hermanos, la redención; completemos al precio doloroso de Cristo, el pequeño precio de nuestra contribución: Nuestros dolores, nuestros sufrimientos, nuestra entrega, nuestra fe, nuestra identificación con el redentor, que solamente eso espera: Que creamos en él y que esperemos en él. Así sea...