Homilía de Monseñor Romero en la ordenación sacerdotal de Jaime Paredes Osorio en la Basílica del Sagrado Corazón Imprimir
HOMILIAS 1980

Querido Jaime,

queridos hermanos sacerdotes,

muy querido pueblo de Dios:

 

        Para comprender la profundidad de este momento era necesario preguntarse hasta que amanecer en que Cristo después de una noche de oración, escogía los primeros sacerdotes del cristianismo. Y más todavía, sería necesario remontarse hasta la profundidades eternas de Dios, que Cristo compenetró un día cuando sus enemigos lo atacaban como a un endemoniado, como un revoltoso y dijo él que el Padre lo había elegido y enviado al mundo. En esas dos palabras está la esencia de nuestro sacerdocio. Escogidos para ser enviados.

 

        En aquella eternidad de Dios donde brotó también el acto de crear una humanidad que proclama el mundo, surgió la idea de un pueblo sacerdotal, que estos hombres y mujeres que poblarían el mundo se elevaran en plegaria a Dios y que fueran misioneros de su amor entre la humanidad entera. De allí que los primeros vendrán inmediatamente después de la encarnación de Cristo. Es el pueblo de Dios, pueblo sacerdotal al que pertenecemos por nuestro Bautismo. Es el pan de Dios esto es primero: un pueblo sacerdotal que se llama Iglesia y que lleva una misión bien sublime que cumplir, una misión cultural, y una misión salvífica. Cultural, o sea, una humanidad que se eleve en culto, en reconocimiento hacia el Creador, de acción de gracias, de súplica, de reconocimiento de la majestad infinita. El culto es acto necesario de toda creatura que lleva corazón inteligencia y voluntad.

 

        Pero no sólo es culto lo que Dios quiere. Quiere que ese pueblo que se eleva a él en culto y oración, sea también un pueblo misionero, un pueblo que vaya actuando la redención. ¡A salvar este mundo que se hunde en el pecado! Esta es la misión sacerdotal de la Iglesia. Por eso cuando Cristo se encarna, la encarnación no termina en aquel acto milagroso de las entrañas virginales de María sino que se prolongará a lo largo de toda la historia; todo hombre y mujer que vaya creyendo en este Cristo se va incorporando a él con el bautismo y Cristo sigue encarnándose para seguir haciendo ese pueblo que le rinda culto a Dios y que sea pueblo que lleva salvación de Dios a todo el mundo. Y de aquí surge una necesidad: hay necesidad de otros hombres que conserven ese hijo sacerdotal del pueblo de Dios. Y allí surge el sacerdocio ministerial.

 

        Hombres entresacados de los hombres para que se ocupen en las cosas de Dios, para que se ocupen de dar al pueblo el sentido cultural y el sentido salvífico; hombres que sigan siendo como el Cristo que se encarna para seguir proyectando su encarnación en los pueblos, en las familias, en los diversos apellidos, en los diversos sectores, donde quiera que la humanidad necesita y comprenda la necesidad de salvarse y de elevarse a Dios. Así surge pues, el sacerdocio ministerial. Se necesita para eso hombres -que como acaba de decir la primera lectura- han sido conducidos por Dios desde el seno materno. Ya los hizo -dijo San Pablo- aptos para ese ministerio, ya nacemos por el designio de Dios hombres que vamos a ser dedicados al culto y a la palabra de Dios, al llamamiento de la salvación de los hombres. Pero para alimentar este pueblo, nuestra razón de ser, de inmolarse, no somos nosotros mismos. El sacerdocio debemos cuidarlo, pero no como una concesión nuestra, es un don de Dios para el pueblo. La misión que Cristo confió a su Iglesia no era para llenarse de complacencias en sí misma, para conservarse únicamente pura, sin mancha, sin arruga, sino que era una misión que tenía que llevar a punto.

 

        La razón de ser de la Iglesia es la misma de Cristo: me ungió, me escogió, me compactó para ir, para ser enviado. Un sacerdote pues, consistirá en estas dos cosas, ser compactado. Y eso estamos haciendo esta mañana. Dentro de poco vamos a tener el honor y el gusto, obispo y sacerdotes, hermanos tuyos de una familia nueva, de poner nuestras manos como quien deposita un tesoro, una herencia sobre tu responsabilidad, sobre tu conciencia. Voy a tener también el honor inmenso de usar el crisma, el signo de la unción que ungió a Cristo para hacerlo santo, santísimo. Y voy a ungir tus manos con ese crisma sagrado que te hará sacerdote para toda la eternidad.

 

        Voy a apartarte, voy a ser tu instrumento, no soy yo quien lo hago, soy el humilde instrumento del Dios todopoderoso que ungió a Cristo en la eternidad y que hoy te va a ungir a tí, te va a escoger y te va a consagrar, te va a seleccionar del mundo para que seas un hombre consagrado definitivamente, no por un tiempo sino para siempre; profundamente, no solamente de ciertas capas de tu humildad sino en todo tu ser. Vas a ser un hombre ungido como la humanidad de Cristo, ungida, compenetrada por el espíritu de Dios. Ya no te pertenecerás a tí mismo, ya no perteneces a tu familia, ya no perteneces en cierto modo ni a la humanidad porque Dios te escoge y te unge y te hace una cosa suya y será la capacidad de llevar la bendición de Dios, la palabra de Dios, tienes que ser algo íntimo de él, consagrado, como decía Cristo: me escogió, me ungió, me santificó. Pero no para quedarse allí, sino para ser enviado…

 

        Esa consagración que te aliena en cierto modo de lo humano es para que profundices más de lo humano, es para que desde allí vayas al mundo a llevar esa misión cultural y salvífica. Tú tienes que recoger siempre que celebres tu misa, en el signo del pan y del vino, el fruto de la tierra, el trabajo de los hombres, los sufrimientos, las esperanzas, los dolores, los anhelos de justicia de los pueblos, las esperanzas, las angustias de tantos que sufren o gozan y tendrás que decir: todo esto que no se pierda en la tierra, elevémoslo en culto a Dios. Se convertirán en el cuerpo y la sangre del Señor gracias a tu palabra que va a ser de tu misa el sacrificio de Cristo en el Calvario, darle ese sentido divino a todo el dolor y a toda la esperanza de la humanidad.

 

        Además de celebrar la misa vas a rezar tu brevario, vas a orar. Es una esencia de nuestra vida sacerdotal: orar. Estar como Cristo noches en oración, encontrando en la profundidad del Padre el perdón para esta humanidad tan necesitada; la gracia que necesitamos en nuestras limitaciones; elevar con acción de gracias de tanta gente santa que hay en nuestro pueblo y pidiendo perdón para tanta gente mala que hay en nuestro pueblo también. Este será tu trabajo de culto ante Dios.

 

        Pero no sólo es culto la misión del sacerdote, como no sólo fue culto la inmolación de Cristo…

 

        …la familia que se disgrega con el pecado, salvada de la materialidad de las idolatrías de las cosas de la tierra para ser los hombres salvador de esas idolatrías, adoradores, del único Dios; salvados de las injusticias que atenazan la tristeza del pueblo, a los pueblos, y no tener miedo aunque el pueblo no lo comprenda como Israel cuando Moisés los sacaba de Egipto, suspiraban por los ajos y las cebollas de Egipto y echaban pestes contra el pobre Moisés: Nos hubieras dejado morir allá. Cuando no se comprende el sentido liberador de la salvación somos el blanco de aquellos que no quieren en la historia el caminar hacia la tierra prometida liberándose de esas esclavitudes en las cuales se ha acostumbrado a vivir. ¡Liberarse del pecado!

 

        El sacerdote no puede tolerar el pecado. Donde quiera que se encuentre tiene que denunciarlo y desbaratarlo y sabe que muchas veces quedará asesinado y muerto por quienes se empeñan en entronizar el pecado. El sacerdote no puede ser un cómplice de la entronización del pecado. Por eso tiene que ser una misión salvífica, conflictiva. Y el domingo pasado nos decía Cristo en el evangelio: ¡Ay de vosotros si aquellos que se creen ser algo en el mundo os alaban, os elogian, os tienen en grande! porque así trataron a los falsos profetas cuando  adulaban sus oídos. ¡Dichosos vosotros cuando os persigan y calumnien por mi nombre porque vuestra recompensa es grande en el cielo!

 

        Y en esto se conoce la autenticidad del verdadero profeta, del verdadero sacerdote, de la verdadera misión de la Iglesia: en que va predicando con la autonomía de la palabra libre del Señor la denuncia de todos los pecados y de todas las injusticias. Tu misión tiene que ser salvífica y no salva si no denuncia el pecado. Así como también estar dispuesto a ser denunciados sus propios pecados. El profeta también tiene que estar dispuesto a recibir los reproches de su mala conducta, de sus indignidades y tenemos por eso que vivir el esfuerzo de ser los principales seguidores de ese Cristo que nos pide una intransigencia, una radicalidad en el evangelio. Nadie que pone su mano en el arado vuelve a estar indigno del reino de los cielos. Dejad que los muertos entierren a sus muertos. Quien no me ama a mí más que a su propia familia, a sus propios seres, no es digno de mí. Son palabras tremendas, parecen inhumanas y sin embargo sólo se comprende que todo aquel que por mí lo deja todo, ganará el reino de los cielos y quien tiene miedo de perder su vida y no quiere meterse en los conflictos del evangelio, perderá su vida. Vale más esta radicalidad que nos hace fieles a esta misión del Señor.

 

        Querido Jaime me he acercado bastante a tu alma pero no conozco todo el fondo de tu riqueza espiritual y sacerdotal, pero estoy seguro que esta cita y tremenda herencia de la consagración sacerdotal y de la misión sacerdotal nace contigo en fidelidad. Hay un camino muy certero que Cristo escogió y es el que tenemos que escoger todos los que queremos dar buena cuenta al final de nuestra vida tenemos que seguir. Es lo que llama la teología la “kénosis”, es decir, el deshacerse, el humillarse, aquel Cristo que siendo riquísimo y siendo Dios se hizo pobre para salvar a los pobres y para salvar desde los pobres a toda la humanidad. No hay otro camino de salvación. Que no es demagogia cuando Cristo mismo dice: el espíritu del Señor sobre mí, me envió a que evangelizara a los pobres. No es en sentido de exclusivismo, es en sentido evangélico de llamamiento a todas las clases sociales para que sintamos el problema del pobre como si fueran nuestros propios problemas, como los sintió Cristo que siendo Dios y mereciendo mejor que nadie los honores de la tierra, quiso hacerse hasta indigno de la fe de un metro y nace como el más pobre entre los pobres para ser también pobre y sentenciado a muerte en la ignomia y el sufrimiento. Esta es la kénosis que nos habla: por eso Dios le dió un nombre grande sobre todo nombre ante el cual se dobla toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los profundos abismos. Nuestra verdadera gloria, nuestro verdadero prestigio es para mí no en que salgamos bien muchas veces sino en que Dios esté complacido de nosotros, en que Cristo vea como tratamos de seguir muy cerquita de su luz, de su humillación, de su pobreza.

 

        Yo te aseguro, querido Jaime, que este sea tu sacerdocio, un sacerdocio que precisamente por apegarse a esa cruz, a esa pobreza, a esa kénosis del Señor, merecerá tu mayor prestigio porque no hay un sacerdocio más querido y más eficaz y más útil para la humanidad entera. Un sacerdocio que cumpla mejor la misión para la cual ha sido consagrado, que aquel que se identifica desde su propia consagración sin traicionar nunca su identidad sacerdotal, sin cambiar nunca su finalidad sacerdotal por otras cosas de la tierra sino va sobre sal, levadura, luz, fermento a todas las cosas de la tierra, incluso a aquellos esfuerzos más difíciles que hoy se hacen en nuestro pueblo por liberarse. Pero el sacerdote tiene que hacerlo desde su propia identidad sacerdotal pero con toda la entereza valiente de su evangelio que reclama la justicia del Reino de Dios.

 

        Vamos a proceder pues a este acto tan significativo dándole gracias a nuestro Señor y de manera especial quiero agradecer a tus queridos padres, tu familia, porque no hay duda que un sacerdote siempre es el producto de la fe, de la caridad del buen ambiente que se sembró en la familia. Es pues una gloria también para ellos como para todos aquellos que te hemos conocido desde hace poco tiempo y que están aquí, estamos aquí como amigos; o tus nuevos amigos que son los seminaristas que hoy has convidado y que han venido de Chalatenango y con los cuales han compartido ya las existencias de aquella gente, la vida santa que por allá se vive también. Todo esto constituye ya, tu familia sacerdotal. No es traicionar tu apellido ni tu sangre sino apostar y no perder.

 

        ¡Quién se siente más orgulloso hoy que tus queridos padres! sabiendo que sus propias entrañas se prolongan en una vida sacerdotal y que en tu nueva familia espiritual, tus nuevos hermanos sacerdotes se van a acercarse a poner sobre tu cabeza y tu conciencia el carácter sacerdotal, vas a encontrar el apoyo en la oración de este pueblo, razón por el cual somos nosotros sacerdotes.

 

            Yo les pido queridos hermanos, pueblo de Dios por el bautismo y la confirmación, que acompañemos siempre íntimamente a los sacerdotes, dejemos de juzgarlos, los comprendamos y que como ellos que encabezan este desfile de pueblo de Dios en el culto y en la salvación del culto, todos los sigamos con la fidelidad del evangelio, con la franqueza de que si alguna vez no cumplimos bien con nuestro deber, nos ayuden con sentido de caridad, con sentido de compulsión. Se está jugando el destino entero de la Iglesia, a todos nos interesa que los sacerdotes sean siempre sacerdotes  y que sean siempre auténticas sus palabras para enseñar los caminos del Señor y que no nos engañen como aquellos falsos maestros que San Pablo denunciaba, que por  adular los oídos falso, no se comprometen con las dificultades del mundo. Y que entre todos pues, concluyamos. Este es el anhelo que yo pongo en la conciencia de todos ustedes queridos hermanos sacerdotes. religiosas y fieles. Construyamos una Iglesia que sea como la que el Señor dio al establecer que su hijo se hiciera hombre, y en torno de eso irá creciendo esta encarnación que somos todos nosotros, pueblo de Cristo, para que levante en oración y en culto al Señor y para salvar de la integridad del evangelio a este mundo tan necesitado de salvación.