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Número 30802 - Pág. 1 - CRISTO EN NUESTRA HISTORIA Imprimir
Por Monseñor Oscar A. Romero
Obispo Auxiliar de San Salvador

"La marcha de la historia solo se entiende proyectándola sobre la pasión de Cristo y viceversa".

Esta profunda reflexión teológica de Rahner, describe nuestra recién pasada Semana Santa: ha sido una conjugación de la pasión de Cristo y de la pasión de nuestro pueblo. Transcurrió bajo las inmediatas secuelas de un "golpe armado" y de cuestionada contienda electoral: sangre del pueblo, dolor de hogares huérfanos, amenazas de muerte, represiones y venganzas partidistas, fugitivos, refugiados, mutua inculpaciones que hace mas aventurado y peligros emitir juicios acerca de móviles y culpables. Una verdadera pasión del pueblo, del pobre pueblo que es, en último término, el que tiene que cargar la cruz fabricada por las ambiciones y las rivalidades.
Pero la pasión de un pueblo, por ser transformado o silueta de la pasión del Redentor de los hombres, entraña, como la de Cristo, gérmenes y exigencias de redención y vida nueva. Los responsables del bien común tienen el deber de analizar estas situaciones, no tanto con miras a afianzarse en el poder, sino, sobre todo, para buscar las causas que, por ser verdaderas fuentes de malestar, pueden servir de pretexto -nunca de justificación -a los propiciadores del desorden y a los ambiciosos del poder.
La Iglesia ha señalado dos pistas por donde los gobernantes y los dirigentes de hoy pueden encontrar los orígenes del malestar de sus pueblos: "se manifiesta siempre, en estos contextos nuevos, una doble aspiración más viva, a medida que se desarrolla la información y la educación: aspiración a la igualdad, aspiración a la participación; dos formas de la dignidad del hombre y de su libertad" (Pablo VI, "Octogésima adveniens" n.22).
Creemos sinceramente que en esta pasión de nuestra Patria, es precisamente la garantía y el fomento de esos dos derechos humanos lo que condiciona la reconquista de nuestro bienestar. No infundieron terror ni discriminando como se construye la paz, sino estructurando la vida nacional para una igualdad más justa de todos los hijos de la Patria y abriendo cauces más amplios y eficaces para la participación y la colaboración de todos los salvadoreños que de verdad (y no fingidamente) quieran trabajar por el bien de la nación.

Que la pasión del Redentor que dio muerte al pecado en su cuerpo acribillado e hizo posible con su pascua, la renovación del hombre, se injerte en nuestro viacrucis nacional para destrucción del odio, del egoísmo, de la ambición, de toda clase de injusticia y para hacer renacer el auténtico cambio que solo puede inspirarse en aquel sacrificio y en aquella victoria que hizo sentirse a todos los hombres iguales y hermanos en el abrazo de la cruz, y libres, y dignificados en el destino de la común resurrección.