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Número 30807 - Pág. 2 - MAYO Y LA VIRGEN Imprimir
Por Monseñor Oscar A. Romero
Obispo Auxiliar de San Salvador

María, madre de Dios y de los hombres, siempre es noticia y tema de actualidad. Pero este pueblo nuestros, tan exquisitamente mariano, tiene marcos insustituibles que la perenne actualidad de la Virgen se destaca, con una claridad más embellecedora. Uno de esos ambientes de nuestra devoción mariana es el mes de Mayo. Esta primavera típica de flores y zenzontles, que hace más bellos nuestros campos y nuestro cielo, parece hecha, especialmente para centrar la admiración, la ternura y la confianza de nuestra gente, en aquella según el Concilio "con el don de una gracia tan extraordinaria, aventaja con creces a todas las criaturas celestiales y terrenas, pero que a la vez está unida, en la estirpe de Adán, con todos los hombres que necesitan salvación" (LG 53)
Se habla de una crisis en la devoción mariana. Pero alguien con más sentido de observación ha constatado, que, si esa crisis existe, no ha surgido espontánea en el pueblo, sino que es efecto de la actitud de sus dirigentes espirituales. El "Mes de la Virgen", por ejemplo, ha dejado de ser signo de delicadezas filiales, allí donde los pastores transmiten a su pueblo el amor que ellos mismo sienten la necesidad de expresar.
No abogamos por aquellas celebraciones de Mayo, románticas o infantiles, impropias de una época que se cree en fase de maduración. El mismo concilio ha advertido que "la verdadera devoción no consiste en su sentimentalismo estéril y transitorio, ni en una vana credulidad (LG.67).
Lo que pretendemos es, aprovechar una oportunidad tan propicia, para hacer eco a un principio de pastoral muy inculcado por el Papa y nuestros Obispos: que utilicemos los cauces de nuestras tradiciones populares, para ofrecer, a través de ellos, la riqueza doctrinal y la fecunda savia renovadora del Concilio. Qué bellas celebraciones de Mayo podrían hacerse, en ambientes masivos, o en grupos y familias, si les dieran las dimensiones cristocéntricas, eclesiológicas, bíblicas, litúrgicas, ecuménicas, etc, con que el Concilio ha enriquecido, la propiedad de nuestro tiempo. Y cómo se agrandaría así ante el pensamiento y el corazón de nuestra gente, la figura agrandaría así ante el pensamiento y el corazón de nuestra gente, la figura y la misión insuperables de María, en el misterio de Cristo y de su iglesia.

Por lo demás, el mes de mayo, dedicado a la devoción mariana, entra con todo derecho, en aquel imperativo del Vaticano II: "estimen muchos las prácticas y ejercicios de piedad hacia Ella, recomendados por el Magisterio en el curso de los siglos" (LG.67)
Y es que la iglesia, sabe que si la figura de María, como quiere el Concilio, se destaca en toda su belleza, "como una luz que precede al peregrinante pueblo de Dios", lejos de extraviarse por veredas u objetivos equivocados o dudosos, vería muy clara la meta y el camino por donde debe marchar: la perfección de todos los hombres (su dignidad, su libertad, etc), sin estridencia, ni demagogias, sino evangélicamente, "tal como la ha alcanzado ya en María".