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Número 30812 - Pág. 1 - LA IGLESIA SOLO PIDE LIBERTAD Imprimir
Por Monseñor Oscar A. Romero
Obispo Auxiliar de San Salvador
El Concilio expresó el único deseo de la iglesia, al acercarse a pedir algo a los gobernantes de la tierra: la libertad. ¿Qué pide la Iglesia de vosotros- preguntaba en el mensaje a los gobernantes-, qué pide esta Iglesia, después de casi dos mil años de vicitudes de todas las clases, en sus relaciones con vosotros, las potencias de la tierra, qué os pide hoy? Os lo dice en uno de los textos de mayor importancia de su Concilio, no os pide más que la libertad: la libertad de creer y de predicar su fe; la libertad de amar a su Dios y servirle; la libertad de vivir y de llevar a los hombres su mensaje de vida.

Entre las muchas reflexiones que sugiere este deseo de la Iglesia, dos cosas queremos destacar: Los gobernantes no son árbitros, sino servidores de la libertad, la libertad de la Iglesia beneficia a la misma nación.
El Concilio definía la responsabilidad, los orígenes y las limitaciones de la potestad terrena, con estas palabras: "Honramos vuestra autoridad y vuestra soberanía, respetando vuestra función, reconocemos vuestras leyes justas, estimamos a los que las hacen y las aplica. Pero tenemos una palabra sacrosanta que deciros y es ésta: Sólo dios es Grande. Sólo Dios es el principio y el fin. Sólo Dios es la fuente de vuestra autoridad y el fundamento de vuestras leyes".
Cada día aflora más en la conciencia de los hombres de hoy, esta relación de la autoridad con la libertad. "La conciencia más viva de la dignidad humana ha hecho que en diversas regiones del mundo surja el propósito de establecer un orden político-jurídico, que proteja mejor en la vida pública los derechos de la persona, como son el derecho de libre unión, de libre asociación, de expresar las propias opiniones y de profesar privada y públicamente la religión". (GS 73).
Se suele abusar con frecuencia de ese derecho sagrado de libertad. Y por eso es un deber de la autoridad política, encauzar el torrente de la libertad de un pueblo y cercenar los abusos.
Pero por su parte la Iglesia-y no hay que confundirla con la opinión o la actuación de alguna persona o grupo- no abusará de la libertad que reclama.
Al contrario, garantiza a los gobernantes que la libertad que exige por derecho divino redundará en verdadera colaboración con los mismos gobernantes y florecerá en copioso bien del pueblo. "Vuestros pueblos serían los beneficiados -aseguró el Concilio en el mismo mensaje a los gobernantes-, porque la Iglesia forma para vosotros, ciudadanos leales, amigos de la paz y del progreso.