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No.1561 Págs. 1 y 4 - En el día del Papa Pío XII y Roma (1) Imprimir
12 de Marzo de 1939
Bajo la espléndida mañana primaveral se yergue la cúpula de S. Pedro y extiende sus amplios brazos la columna de Bernini. Impotente el espacio para contener la multitud que se desborda por la vía bella concilliazone y rebalsa por los balcones y terrazas adyacentes.
En el balcón central de la lógica de San Pedro se destaca el trono de la coronación. A la llegada del nuevo Papa se ha desatado un huracán de entusiasmo en la multitud. La voz de los altoparlantes impone silencio. El Papa deja la mitra y luego el Cardenal de los Diáconos, toma en sus manos la triple corona y con voz emocionante que a través de las ondas repercute en los magnavoces de la plaza y en los radios del mundo, pronuncia la fórmula de la coronación del Pontífice: "Recibe la Tiara, adornada con tres coronas y considérate Padre de los Príncipes y de los Reyes". Y el Papa coronado – Pontífice y rey – extiende sus brazos para bendecir a Roma y al mundo.
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Así con esa solemnidad inusitada llega a la cúspide de su misión en la historia contemporánea esta figura providencia: Pío XII.
Durante toda su vida, Eugenio Pacelli, ha robustecido su inteligencia y sus corazones para ponerlos al servicio de la Iglesia. Su entusiasmo por la Iglesia es herencia de familia. Su abuelo Marco Antonio fue abogado de la Sacra Rota y hombre de confianza de Pío XII y fundador del "Observatore Romano".
Su padre Felipe, hombre de piedad sólida, siempre luchó por defender y difundir su fe en el ambiente hostil de los "italianismos". Su hermano el marqués Francesco Pacelli fue el abogado de la Santa Sede, negociador habilísimo de Pío XII en el tratado de Letrán, uno de los redactores de los Protocolos y de los organizadores del Estado Pontificio.
Nace Eugenio el 2 de Marzo de 1876. Su infancia respira, junto al Tíber, el ambiente de un barrio que esta lleno de queridas tradiciones católicamente romanas.
Ama a Roma con pasión, pero esa Roma que es del mundo católico, ojo, cerebro y corazón.
Oh Jesús – decía en el panegírico del B.Pignatelli – desde hace diecinueve siglos vuestro nombre resuena en estas riberas del Tíber, aquí Pedro y Pablo lo repitieron hasta en los atrios de la casa del Cesar y aquí lo escribieron con su sangre en la colina vaticana y en la arcilla del río, fuera de los muros de la ciudad. ¿No eres tú acaso el que convirtió las fúnebres cuevas de las catacumbas en cunas de los adoradores tuyos y de mártires, los templos de Quirino en basílicas consagradas a tu nombre, la Roma de Tiberio, que te crucificó en la Roma de Pedro sobre quien fundaste tu Iglesia, faro de la redención y salud para todas las gentes, a fin de anunciar al universo tu de victoriosa.
Desde el fondo de la opresión – decía en el instituto de estudios Romanos- en que la había sumergido la Roma pagana, más bella se levantó la Roma de Cristo, salmodiando triunfalmente tras el avaro de Constantino; bella por la púrpura de sus mártires, bella por la ínfula de sus pontífices, bella por los lirios de sus vírgenes y por los laureles de sus creyentes, bella por los rayos del sol de una victoria más resplandeciente que los seculares triunfos de Cesar y Augusto.
Prendidos en su mente y en su corazón ese ideal y ese amor a la "Roma de Cristo", el joven Pacelli, se preparó para ser una avanzado heraldo de la Iglesia.
Aprende el equilibrio de sus potencias y el sentido de la belleza en el liceo clásico de "Ennio quirino Viscontil" y en "La Sapienza". Su formación humanística se manifiesta en sus escritos y discursos por su gusto depurado, una moción equilibrada, la apreciación de los tesoros del espíritu...
Así se prepara el hombre que la historia moderna debía alzar su inteligencia equilibrada, sobre naturalmente iluminada, en nombre de la Iglesia, frente a una civilización motorizada.
Decidida su vocación eclesiástica estudia filosofía en la Universidad Gregoriana, Teología en el Seminario Lateranense (desde entonces se aficiona a la Sagrada Escritura, a los Santos Padres y a la Historia Eclesiástica); y se da las disciplinas canónicas en el "apolinare".
Cimentados sus conocimientos en centros tan ilustres la providencia le abre las puertas de la práctica. Desde 1901 hasta 1917 bajo tres pontífices trabaja en diversas formas en la Secretaría de Estado.
El futuro Papa aprende normas sapientísimas de gobierno en sus relaciones con los Cardenales Rampolla, Gasparri y Della Chiesa.
De allí, agigantados su ideal y su amor a la "Roma de Cristo", sale a la vida pública y pasea en triunfo la bandera de la Iglesia por Europa y América y a su paso deja recuerdos imborrables.
Nuncio en Munich. De el dijo Guillermo II: "Pacelli es una persona simpática, distinguida, de gran inteligencia y exquisitas maneras; perfecto ejemplar de eminente prelado de la Iglesia Católica".
Y el Marqués d´Ormesson decía de él: Gozaba de una popularidad extraordinaria y su prestigio personal era inmenso; era el diplomático mejor informado; era el amigo íntimo de Hinderburg; el catolicismo de Alemania pendía de sus labios.
Francia lo ha oído en la prestigiada catedral de Notre Dame, exaltar en el más puro francés las glorias de Francia "que no puede morir"; y Lourdes señalar las llagas de la nación y condenar la apostasía de los intelectuales y obreros.
También las costas de América vieron acercarse bajo la bandera pontificia la figura de Pacelli. Y sobre el triunfo eucarístico de Buenos Aires, su palabra en perfecto español anuncia "la Paz de Cristo en el reino de Cristo". A su paso por Río de Janeiro, Montevideo, Las Palmas, nuevos huracanes de amor a la Roma de Cristo.
En 1936 en Estados Unidos. Se entrevista con 79 prelados, pronuncia innumerables discursos en inglés. Habla íntimamente con Roosevelt en Hyde Park.
A todos habla en su propia lengua el futuro padre de todas las naciones.
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Por último, pontífice soberano ya, el ardiente enmorado de la "Roma de Cristo", llega hasta el mismo Quirinal, y en presencia de los Reyes, señala la verdadera grandeza de Italia: "La paz hace fuerte y respetada a la Italia" Y desde Castel Gandolfo habla angustiado al mundo ensombrencido: "Todavía es tiempo. Nada se pierde con la paz, todo se puede perder con la guerra".
Todo fue inútil. La sangre ha corrido a torrentes. Pero hoy, en el VI aniversario de la coronación de Pío XII, es un deber decir que su amor y su ideal han triunfado cuando más se temía la catástrofe. Dos fuerzas iban a chocar y despedazarse contra Roma y Pío XII la ha salvado.
Se derrumba la otra; la Roma que se embriagó con ambiciones imperalmente paganas. Pero la otra vive más bella y más radiante, la Roma que es faro de Redención y salud para todas las gentes.
Y una vez más la historia comprueba que Roma e Italia sólo será grande y admirable si se apoya en el Pontificado.
O.A.R.