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No.1568 Págs. 1 y 4 - BODAS DE PLATA Imprimir
- Discurso del Padre Romero en las bodas de plata del Colegio Nuestra Señora de la Paz.
HABLA EL PADRE ROMERO
...Ningún decantado sistema de emancipación de la mujer, puede presentar como el cristianismo una preclara constelación de mujeres santificadas en la doctrina de Cristo...
Solo porque vuestra gentileza me ha invitado, me atrevo a levantar mi voz.
No era necesario hablar; el acento del hombre debía enmudecer aquí y la frente pegada en el polvo adorar la majestad de Dios Eucaristía.
No era necesario hablar. Bastaba levantar las pupilas y ver a través de las lágrimas emocionadas el oro fulgurante de esta custodia; oro acrisolado en vuestro esfuerzo común; oro, que desprendiéndose de ser repugnante significado del materialismo, se espiritualiza y convirtiéndose en el rico ostensorio de la majestad de Dios, es aquí, al cerrarse esta jornada gloriosa de la exalumna del Colegio, la expresión elocuente de la gratirud.
Gratitud que se ilumina y es bendecida por el Sacramento de la gratitud.
Porque Eucaristía quiere decir acción de gracias. Con cuanta razón pues, al declinar tras nuestro colosal Chaparrastique el sol de las bodas argentinas, se levanta en triunfo, la imperecedera belleza del sol eucarístico.
Como para decir que la mujer migueleña, forjada en estas aulas, cuando quiere ser elocuente en la expresión de su gratitud, corre a iluminar su mente y su corazón en la fe eucarística, en la fe católica que se robusteció en el colegio bendito.

* * *
Es la hora de la gratitud. Y debe ser para Cristo la más íntima vibración de ese sentimiento.
Se ha escrito en la historia un hermoso capítulo bajo el título: Jesucristo y la mujer. Ese capítulo lo escribió el Evangelio no sólo con las palabras sino con hechos contundentes.
En la fresca mañana del génesis sale de las manos de Dios la mujer llevando en su frente limpia los limpios destinos que Dios le trazó: compañera del hombre, ángel del hogar, madre de vivientes.
Pero la rebelión de la humanidad contra Dios trastocó también los nobles destinos de la mujer. Y aquella subordinación natural de la mujer al hombre, se convirtió en la asquerosa tiranía del hombre sobre la mujer. Los instintos brutales del hombre, su sensualidad sin diques, arrojan a la mujer de su noble pedestal de reina, para ponerla a los pies del varón, esclava, sin dignidad, juguete vil de las viles pasiones del hombre. No era ya la dulce compañera del hombre sino la esclava de sus instintos groseros; no era el ángel del hogar, sino el ángel caído con sus alas blancas anegadas en la charca profunda de lo carnal, revolcándose impotente en las más vergonzosas de las servidumbres.
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Pero un día, en lo profundo de aquel abismo infecto, brilló la luz. Horrorizado Dios ante el envilecimiento de su criatura, alarga su mano omnipotente para colocarla nuevamente en su perdido pedestal.
La redención de la mujer se abre con un prólogo espléndido. Dios levanta para Madre del Redentor y colabora de la redención a una mujer. Y entonces, desde el fondo de la opresión en que yacía la mujer pagana, muy alto, hasta tocas los linderos de la divinidad, levantó Cristo a la mujer. Y en esa mujer bendita se juntan el cielo y la tierra; y el cielo y la tierra la llamarán perpetuamente Reina. Del Cielo baja un arcángel para llamarla llena de gracia; de la tierra cada vez que los hombres levantan sus ojos para hablar con Dios, tropezarán con la sonrisa celestial de esa mujer.
Por eso le pudo cantar Dante: Tu eres la que ennobleciste a la humana naturaleza de tal manera que tu Creador nos desdeño hacerse hechura tuya.
Es Jesús que ha sublimado a la mujer. No como lo sublimaron en altares de vicio las religiones paganas, sino con la sublimación de la más acrisolada virtud.
Y en el Evangelio Jesús solo tiene para la mujer un afán: levantarla.
Bajo el sol ardiente de Palestina, Cristo, pastor amoroso, espera a una pecadora samaritana; la arrebata al pecado y la coloca en el pedestal de su verdadera grandeza. Defendió en la casa del fariseo a la pecadora arrepentida y prometió dilatar sus alabanzas hasta el confín del mundo. Defiende de las piedras homicidas a una pobre adúltera y comprensivo de su debilidad, "yo tampoco te condeno – le dice – vete en paz y no vuelvas a pecar". Santificó con – la amistad más pura a dos mujeres de Bethania. Y en sus largas correrías apostólicas honró a la mujer recibiendo de ellas solicitó cuidados.
En la brillante constelación de los sacramentos brilla uno como estrella de honor prendida en la frente de la mujer: el matrimonio. Reaparecen a su luz – como en la fresca mañana del génesis – los nobles destinos de la mujer. Y si quedara siempre sujeta al varón, no será ya para ser objeto de sus caprichos viles sino para cumplirse la palabra ritual del sacerdote: compañera te doy, no esclava, ámala como Cristo amó a su Iglesia.
Cristo ha trazado la ley del matrimonio único e indisoluble, para salvar así desde cimientos el honor y la grandeza de la esposa cristiana.
Y la Iglesia que es Cristo perpetuándose en el mundo, cuántas veces, inconmovible en la defensa de la mujer, lanzó contra los adúlteros, aunque tuviera corona de Rey o amenazaran con ejército – el monlicet que pronunciaron los intrépido labios del Bautista.
Más hizo Cristo por la mujer. Sale de los labios del Maestro, como ignota cascada de perlas la promulgación de otra virtud: la virginidad. Y al conjuro de esa invitación celestial, florecen las mujeres vírgenes que levantan sus blancas corolas hasta la altura de los ángeles.
Nadie sublimó tanto a la mujer como el cristianismo. Y cuál de los sistemas modernos – decantados defensores de los derechos y de la emancipación de la mujer – puede presentar – como presenta el cristianismo – una preclara constelación de mujeres santificadas en la palabra de Cristo.
Va a cerrarse con la bendición de Cristo esta jornada gloriosa para el Colegio de Nuestra Señora de la Paz. Al cerrarse estos 25 años de fecunda existencia, los catálogos del Colegio arrojan una lista de más de 600 exalumnas.
Pregunto yo, en la presencia íntima de Cristo que ha de ser el juez de las conciencias y siquiera que mi pregunta tuviera una respuesta íntima en el fondo sincero del alma: esos seiscientos ángeles del hogar, conservan sus alas blancas? Cuántos saben prácticamente que su verdadera grandeza no está en la frivolidad peligrosa de las playas, o de los salones...sino en forjar una patria grande en el silencio fecundo del hogar?
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Jesús Eucarístico, Redentor de la mujer. Bendice al Colegio en sus bodas argentinas. Y al trazar, Señor, tu blanca cruz de Eucaristía, fija tus profundos ojos sobre la mujer migueleña. Sea tu mirada, fortaleza para las que siempre han sido fieles a sus nobles destino de mujer; sea tu mirada, una mirada de misericordia para las que traicionaron su fe y su moral; bendice también a las que duermen en sus tumbas el sueño de la muerte.
Cristo Jesús. Bendícenos y sálvanos. Así sea.
Y finalmente sobre el solemne recogimiento; Jesús Sacramentado en las manos de Monseñor Barrera, traza la triple cruz de la bendición.
El epílogo. Por la noche en el claustro colegio, se celebró una recepción a las autoridades eclesiásticas, civiles y militares. Y la noche siguiente, en el Teatro Principal, se desarrolló el programa de la velada preparada por las exalumnas.
Solo un lunar hemos notado. Los hombres en general, en nuestra sociedad han permanecido al margen de este entusiasta festival de sus esposas y sus hijas, o al menos de sus conciudadanos.
Al cerrarse el año 25 del Colegio, queda abierto un nuevo período. Ojalá fuera un período de más comprensión que el anterior.