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No.1585 Págs. 1 y 4 - EL ANIVERSARIO DE LOS NAUFRAGOS Imprimir
DE SANTIAGO DE MARIA
Oración fúnebre del Pbro. Oscar Romero

No era yo el designado para ocupar esta cátedra en la presente circunstancia. Ni me hubiera atrevido a aceptar esta honrosa sustitución de ultima hora, si no fuera porque me ha impulsado la fe y la esperanza.
La fe, vuestra fe católica, humano del sacerdote, una enseñanza que viene del cielo y de la cual voy a ser un digno conductor.
Y la esperanza, esa dulce esperanza que está aquí brillando en el apacible parpadear de los cirios, elevándose en la perfumada exhalación del incensario, vibrando en el acento augusto de los ministros del altar y palpitando en las últimas fibras de vuestras almas. La divina esperanza que cae en torrentes de vida sobre estos negros crespones de la muerte.
Porque es esa, católicos, la divina enseñanza que nos trae la liturgia de hoy: la esperanza. Y no voy a ser más que el intérprete del rito pontificial que estamos presenciando.
No quiero que mis palabras vengan a rasguñar aquellas heridas profundas que el año pasado se clavó en el alma de esta ciudad sufrida y como labios abiertos por el dolor dejaron escapar aquellos justos lamentos capaces de conmover hasta la soberbia macicéz de vuestras montañas. Horroroso cuadro de desolación! Como una cinta cinemática de difícil olvido pasan desde entonces ante la memoria sobrecogida, la alegría sana de unos peregrinos de la eucaristía que levantaron un día la radiante policromía de la bandera patria y eucaristía para que las agitara, en el cuelo azul del puerto, las brisas de las olas, y luego, convertidos en cadáveres y las banderas en mortajas regresaron, caravana enlutada de dolor en la noche tétrica, a la ciudad doliente convertida también en catafalco de una sola inmensa familia de luto.
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Si nos reunimos hoy para conmemorar aquel triste suceso, no es, repito, para hacer sangrar con crueldad una herida que apenas va comenzando a ser tierna cicatriz. Si la Iglesia otra vez se viste de luto y de luto viste nuestro jerarca y a nuestros sacerdotes, es para que así, entre los colores de la muerte, ahondemos en la celestial doctrina de esperanza.
No la acabáis de oir? "Oh Dios Señor de las misericordias, concede a las almas de tus siervos y siervas, de cuya muerte estamos conmemorando el aniversario, la mansión del consuelo, la felicidad del descanso, la claridad de la luz eterna". Y levantando su voz al prelado entonó el canto de la Iglesia – tierna madre que a través de sus pupilas llorosas sabes descubrir la divina ráfaga de la esperanza-. "Verdaderamente es digno y justo, equitativo y saludable que te demos gracias en todo tiempo y todo lugar, Señor Santo, Padre Omnipotente, Dios eterno" Por Jesucristo Nuestro Señor. En el cual brilló para nosotros la esperanza de la resurrección feliz, para que a nosotros a quienes entristece la ley inexorable y segura de la muerte, nos consuele la promesa de la fortuna inmortalidad. Pues ya sabemos, Señor, que a tus fieles la vida no se les quita sino que se les cambia, porque mientras se disuelve el barro de esta casa del destierro, se nos da en el cielo una mansión eterna. Por eso Señor, entonamos un himno de gloria.
Porque la muerte para un creyente, no es derrota sin triunfo, no es pérdida sino ganancia. No debe ser la pesada lápida del pesimismo y la desesperación, sino la victoria definitiva de la esperanza cristiana.
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Bien es que la muerte tiene carácter de pena universal. Ante todo es una sentencia de Dios que se cumple dolorosa, inexorable, terrible.
El Génesis – el código de nuestro sublime origen – enseña que Dios creó al hombre y en un exceso de cosas le adornó también de un don preternatural: la inmortalidad, el privilegio de no morir, pero esa inmortalidad debía ser merecida y aceptada libremente por los hombres. Y para eso sometió aquella inmortalidad a una condición: dio a Adán, cabeza de la humanidad, un precepto. Y terminantemente sentenció: si te rebelas morirás: morte morieris.
Y cuando los progenitores un día encontraron en el camino de su vida el primer cadáver, el de Abel, yerto, bañado en sangre: ¡ah entonces comprendieron todo el espanto de la temible sentencia que había caído sobre sus cabezas: morirás. Y después, la muerte ha tenido sus ramas gigantescas sobre todo el universo.
"La tierra ambicionada parece demasiado grande", porque ha tragado todo, ambiciones, rivalidades, riquezas. Y sobre la superficie de la tierra nuevas generaciones reiniciarán sus desinencias, hasta que al fin, tragada también la última generación por la madre tierra, nos guarde a todos en el secreto de sus misteriosas entrañas. T de esta manera, cuando todos hayamos desaparecido, desde el primero hasta el último de los hombres, la tierra parecerá un inmenso féretro conducido por fuerzas divinas en los espacios siderales".
Sed non onmis morlar! No moriré del todo.
Si la obre del hombre, el pecado, ha abierto las brechas a la muerte, al a destrucción, la obra de Dios ha sido dar a la muerte un aspecto de redención, bañas las tumbas con luces de esperanza. Y en cristo- divino triunfador de la muerte- brilla para nosotros la fe en la inmortalidad.
Y entonces, si el desorden del pecado fue castigado con la separación violenta de la materia y el doloroso desgarramiento de cuerpo y espíritu, la obra de Dios ha hecho de esa separación el vuelo anhelante del alma libre de la región feliz. Hasta el punto de hacer exclamar a las almas sitibundas del cielo: deseo disolverme y estar con Cristo. Y aquella otra: "tan alta vida espero, que muero por que no muero".
Si la obra del hombre fue hacer de la muerte la disolución total del organismo humano hasta la más íntima fibra del cuerpo y reducirlo a cenizas, y de la tierra hizo un enorme catafalco, la obra de Dios hizo de ese total aniquilamiento una fecunda labor de purificación. Y así, es decir, dormitorio. Pero en cementerio, en su silencio, y en su inquietud misteriosa, está elaborando una verdadera refundición: "el cementerio – ha dicho alguien – mas bien que dormitorio es el laboratorio de la refundición para la transfiguración final. Y cuando ese incansable obrero del silencio y de las sombras haya terminado su labor y el mundo entero sea una sola enorme caja murtuoria con las cenizas deshechas de todos los hombres, entonces Jesús, no ha humilde y sangrante, sino Rey de tremenda majestad, entre las nubes de la gloria y cortejos de ángeles, hará su segunda aparición para acercarse al catafalco de la humanidad y decirle como el joven Naim: Levántate, yo te lo mando. Muertos venid a juicio.
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Mientras Job veía desmoronarse a pedazos su propia vida, exclamó: "Quién me diera escribir con un punzón en lámina de acero o grabar con un cincel en piedra dura las palabras que debo decir: Yo sé que mi Redentor está siempre vivo y que en el día posterior voy a resucitar y volveré a cubrirme con mis nervios y recuperar mi propia carne, veré a mi Dios. Lo veré yo mismo, con esos ojos míos y con los de otro. Tal es la firme esperanza que alienta dentro de mi propio ser".
Y con la esperanza de Job, nosotros cerramos la confesión de nuestra sacrosanta: Creo en la resurrección de la carne y en la vida perdurable.
Señor Jesucristo Crucificado! Junto a tu altar la ciudad doliente viene otra vez a buscar esperanza y consuelo. Y como siervos sedientos de inmortalidad, corren a ti las almas para implorarte esta gracia: da señor a nuestros difuntos, cuyo aniversario estamos conmemorando, la mansión del consuelo, la felicidad del descanso, la claridad de la luz eterna. Y a ellos y a nosotros, concédenos, Señor que un día, saltaremos de nuestras tumbas como el joven resucitado en Naim saltó a los brazos de su madre, al seno de la inmortalidad feliz. Así sea.
Santiago de María, Septiembre 6 de 1945