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Nº. 1220 Pág. 3 Por la justicia y por la paz Imprimir
Oportunas, como las aguas de mayo, caen sobre nuestro suelo las luminosas orientaciones de la Carta Apostólica "OCTOGÉSIMO ADVENIENS", con que S.S. Pablo VI conmemora el octogésimo aniversario de la inmortal Rerum Novarum.

En efecto, la confusión que hoy nubla la mente y el corazón de muchos es porque no se conoce bien el verdadero y "propio" papel de la Iglesia en medio de los problemas sociales de los hombres. Por una parte, unos desconfían y se escandalizan de toda intervención de la Iglesia en el campo social y político; otros, abusando de esa intervención porque olvidan las perspectivas evangélicas y sobrenaturales del Reino de Dios, la comprometen con actitudes violentas y demagógicas. Unos y otros encontrarán, en este Documento magisterial, el recto criterio del Evangelio desde donde se sitúa Pablo VI, lo mismo que León XIII el 15 de mayo de 1891, para "denunciar clara y categóricamente el escándalo de la condición de los obreros dentro de la naciente sociedad industrial".

Desde esa misma perspectiva se situaron Pío XI, Pío XII y Juan XXIII para enfocar en sus históricas intervenciones los problemas sociales de su tiempo. Desde allí también nuestro actual Pontífice analiza los nuevos problemas que preocupan a los hombres de hoy y deslinda las aspiraciones y las ideologías cristianas de las concepciones naturalistas y materialistas del hombre para pedir a los cristianos de nuestro tiempo que "entren en acción y difundan, con el deseo real de servicio y eficacia, las energías del Evangelio", pero recordándoles al mismo tiempo los peligros de las fáciles concesiones y colaboraciones cuando no se trabaja en este campo, con la convicción de que todo cambio de estructura presupone la renovación de las conciencias, porque un cristiano no puede separar la liberación de las necesidades y de la dependencia de una libertad interior que sólo puede garantizar el amor trascendente.

Por su carácter orientador este documento es una lección práctica del Magisterio. Pues mientras recoge la problemática moderna y ofrece las orientaciones y perspectivas de la visión cristiana, evita cuidadosamente dar sugerencias de soluciones concretas. Y es que la enseñanza de la Iglesia en materia social constituye ciertamente un sistema coherente de principios y criterios de fondo, pero no es un sistema acabado y cerrado. Es susceptible de ulteriores adquisiciones y abierta a múltiples y variadas complicaciones que pueden inventarse, se trata de obrar concretamente en la historia.

Leamos pues, y estudiemos con un corazón amplio y con capacidad de admiración esta nueva carta magna de la doctrina social católica. Es un verdadero regalo del cielo que nos llueve cuando más lo necesitamos, porque encontraremos en él la respuesta más apropiada y nítida a muchas interrogantes y confusiones que turban hoy nuestro ambiente.