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Nº. 1221 Pág. 3 Día del Seminario Imprimir
El Señor Arzobispo nos ha recordado que, según nuestras tradiciones, el próximo domingo es el DÍA DEL SEMINARIO. Y, entre la variedad de temas que ofrecen los acontecimientos de estos días a la sensibilidad periodística de la columna editorial, hemos preferido subrayar esta insinuación de la Jerarquía. Su trascendencia sobre los otros hechos de la crónica del momento puede ser precisamente una clave que ayude, con la luz de la fe, a interpretarlos mejor.

En efecto, entre el torbellino de perturbaciones sociales que están anunciando, con dolores de parte, el nacimiento de un orden nuevo, "la vocación es un signo de predilección de Cristo, es signo de acción íntima y potente del Espíritu Santo, y es signo de una promesa de inmensas bendiciones divinas" (Pablo VI). Las vocaciones- y el seminario que las recoge para madurarlas- es el llamamiento de Dios que de nuevo prepara, en la santidad del retiro, a Moisés para la auténtica liberación de su pueblo.

El Seminario es pues, esperanza del pueblo de Dios, es horizonte que presagia, con la adecuada preparación de sus futuros pastores, una nueva humanidad. Los responsables de los seminarios y la juventud que allí se forma no deben perder de vista estos designios de Dios ni esta expectativa de un pueblo que, dotado de un fino "sensus fidei" y de una veneración hacia los auténticos sacerdotes, desea ver en el seminario un esfuerzo serio por encarnar en sus estructuras y sobre todo en la conciencia de cada formador y de cada seminarista aquella santidad sacerdotal que están exigiendo con apremio, tanto la pujanza espiritual de la Iglesia del posconcilio, como la formidable y trágica problemática de los hombres de hoy.

Sin duda que, para cumplir la difícil misión de perfilar la figura del sacerdote que hoy se necesita, el seminario de adaptarse a las renovaciones eclesiales del momento. Pero sin olvidar que los cambios aquí solo deben hacerse para lograr mejor los fines esenciales y específicos y las exigencias vitales reclamadas por la misma naturaleza y finalidad del sacerdocio y del seminario. Un cambio que hiciera del seminario una "sal insípida" dejaría de ser auténtico. Sus frutos lo dirían.

A todos nos incumbe la corresponsabilidad en la continuidad y formación de los futuros pastores de la comunidad aclesial. Tomar conciencia de ellos y traducir esta convicción en oración, comprensión y colaboración, tal es la razón de ser y el fin del DÍA DEL SEMINARIO.