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Nº. 1223 Pág. 3 El Amor eterno Imprimir
SEMANA NACIONAL DE LA FAMILIA
El amor no es una palabra profana. El amor es una palabra profanada. El amor no fue creado, el amor es eterno sin principio ni fin, porque el amor es divino, porque Dios es amor.

En el principio de los tiempos Dios creó el mundo por amor. Hizo el cielo y la tierra, separó la luz de las tinieblas, colgó las estrellas del firmamento, dio vida a los animales y las plantas, pero la creación no estaba completa, porque faltaba el reflejo de su amor. Entonces "Dios creó al hombre a su imagen, a la imagen de Dios lo creó, hombre y mujer lo creó".

Dios puso en el corazón del hombre un soplo de su amor, un reflejo vertical del amor divino, que se proyectó en forma horizontal, en el amor del hombre a la mujer, para instituir el matrimonio, para formar el hogar, para organizar la familia, primer santuario del amor sobre la tierra, creado a imagen y semejanza de Dios, porque como Dios es fuente de amor y de vida.
De modo que el matrimonio no es un invento del cristianismo, sino que una institución de derecho natural, tan vieja como el hombre, anterior y superior a toda ley positiva.

La unión del hombre y la mujer difiere radicalmente de cualquier otra asociación humana y constituye una realidad singular que no puede considerarse como un simple contrato social, que se puede sellar o disolver al antojo de sus protagonistas o por simple disposición de las leyes civiles.

El amor humano es la unión íntima y total del hombre y la mujer, un compromiso libre y mutuo de dos personas libres, una voluntad de pertenecerse durante toda la vida, una entrega completa en cuerpo y alma, hasta formar una sola carne, hasta fundirse en un solo ser.
El amor humano es bueno. La unión física, dentro del matrimonio, es sagrada. El acto conyugal es la expresión del amor. Las mismas manifestaciones de su ternura están impregnadas de este amor que lo esposo deben en el corazón de Dios. Sus relaciones sexuales, su entrega carnal, adquieren una nobleza nueva. El impulso que les alienta a unirse es portador de vida. El amor humano se diviniza, porque participa de la obra creadora de Dios.

Los análisis psicológicos, las investigaciones psicoanalíticas, las encuestas sociológicas, las reflexiones filosóficas podrán aportar sus luces sobre la sexualidad, pero no podrán alterar la significación del amor humano como una realidad fundamental, que no puede ser reducida al deseo físico, el erotismo degradante y destructor, que nos hunde en la ciénaga de la sensualidad.

El amor no es una palabra profana. El amor es una palabra profanada por la corriente de hedonismo que nos invade. El amor humano es una gran realidad, excelente en sus orígenes, reflejo de amor de Dios, por la cual el hombre y la mujer se realizan y se complementan, descubriendo su grandeza y fecundidad, encontrando su verdadera dimensión, alcanzando en forma perfecta su plenitud, hasta llegar, en su sed de infinito, al Dios que los creó a su imagen y semejanza, inteligentes y libres, fuentes de amor y de vida.