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Nº. 1226 Págs. 3 y 6 Los campesinos no son parias Imprimir
La prensa diaria ha informado sobre la oposición abierta de un sector de agricultores, contra las normas obtenidas en el anteproyecto de Código de Trabajo en favor de los campesinos, especialmente su derecho de asociarse en sindicatos para defender sus intereses y luchar por mejorar las condiciones de vida verdaderamente lamentables que sobrelleva este sector mayoritario de la población salvadoreña.
Comprendemos muy bien lo que significa la iniciativa privada en el desarrollo de nuestro país y apreciamos en todo lo que vale su contribución al progreso social y económico de nuestra Patria. Pero debemos tener presente que el desarrollo de nuestros recursos es poco menos que inútil si sólo va a beneficiar a un grupo privilegiado de salvadoreños, sin abarcar A TODO EL HOMBRE Y A TODOS LOS HABITANTES de nuestra tierra.

Para nosotros no vale el argumento de que la agricultura no puede soportar las cargas que supone el establecimiento de nuevas prestaciones sociales y un mejoramiento en los salarios de hambre que devengan actualmente nuestros trabajadores del campo. El empresario salvadoreño es activo, diligente, emprendedor, capaz de sacar dinero de las piedras y de encontrar siempre la manera de salir adelante, aumentando la producción, venciendo todos los problemas, superándose a sí mismo, en su lucha constante en el camino del progreso.

No vemos porqué la agricultura no puede soportar unas cargas que se han impuesto a la industria y el comercio, sin que ésto haya significado un lastre para su desarrollo cada vez más activo y pujante. Al contrario, un campesino más culto, mejor capacitado, con una vida más decente, con una alimentación suficiente, gozando de una salud perfecta puede rendir mucho más y mejor que un trabajador enfermo, ignorante, desnutrido, resultando a la postre que ganando más, viviendo mejor, aumentando su producción, el costo de la mano de obra resulte más bajo que el que actualmente rinde un trabajador que vive en la más espantosa miseria moral y material.

Los campesinos no son parias. Los trabajadores agrícolas son también ciudadanos. Tienen exactamente los mismos derechos que todos los demás hombres. No les neguemos las mejorar que exige su altísima dignidad de seres humanos. Hagamos algo por librarlos de la miseria. Procuremos para ellos y para sus hijos mejores condiciones de vida. Nuestro campesino es bueno y paciente. Podrá ser ignorante pero no es tonto. Muchas veces tiene una madurez y un sentido común superiores a los que ostentan personas mucho más cultas. No los empujemos a la desesperación. No dejemos que sea víctima de los agitadores, de los pescadores en río revuelto, que lejos de redimirlo, quieren esclavizarlo. Démosle la mano. Ayudémosle a levantarse. Es nuestro hermano. Es hijo de Dios. Es ciudadano de nuestra Patria.

LOS ESTADOS UNIDOS DE CENTROAMÉRICA
No hay en el mundo entero un grupo de naciones que tengan tantos intereses comunes, tantos motivos de unión, tantas y tan profundas igualdades históricas, étnicas, lingüísticas, religiosas, económicas y culturales como los países de la América Central. Hasta las diferencias de nuestros recursos humanos y territoriales, constituyen un imperativo de una unión sólida inquebrantable, porque en muchos casos, lo que sobre a un país le falta al otro y nos necesitamos mutuamente de tal manera que ni nos unimos, nos hundiremos.

Desgraciadamente no hemos sido capaces de sostener un simple mercado común de nuestros productos agrícolas e industriales, ni mucho menos borrar las fronteras del separatismo a los habitantes de nuestros países, para que pueda transitar y trabajar libremente en el territorio de nuestra soñada Patria Grande, que hemos convertido en los Estados Desunidos de Centro América, donde reina el aldeanismo retrógrado, el egoísmo nacionalista, la siembra del odio fratricida, la politiquería miope y el sacrificio constante de los intereses unionistas en aras de un patrioterismo de baratillo, en beneficio de ambiciosas campañas electorales. Y en vez de amarnos como hermanos, nos armamos para matarnos como enemigos irreconciliables, en lugar de ocupar los dineros públicos en beneficio del desarrollo de nuestros pueblos, que tanto necesitan mejorar sus condiciones de vida, en la forja de un futuro mejor.

Una muestra evidente de este espíritu suicida ha sido los acontecimientos de los últimos días, que estuvieron a punto de hacer naufragar toda la política de integración económica, ofreciendo un panorama depresivo, a pesar de que el intercambio de los últimos años ha demostrado hasta la saciedad que el Mercado Común ha sido provechoso para todos los países del área.

Como muy bien ha dicho la Cámara de Comercio, "en todos y cada uno de nuestros países hay poderosos intereses anteriores y superiores a los artificios aduanales y tendencias aislacionistas, con que pudiera oponer la marcha de la historia...El Mercado Común Centroamericano, "además de darnos posición digna y acreedora de respeto en el mundo, ha sido la escuela de capacitación indispensable para que podamos intentar ahora lanzarnos a los mercados internacionales. Sería paradójico pretender afrontar la competencia del mercado mundial sin que seamos capaces de competir entre nosotros mismos....Salvar el Mercado Común equivale ni más ni menos que salvar a Centroamérica de las encrucijadas y acechanzas que surgen en nuestros días en el camino de los pueblos".