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Nº. 1229 Págs. 3 y 6 La voz autorizada del Episcopado Salvadoreño Imprimir
Vivimos en un mundo de cambio. Nos encontramos envueltos en un torbellino de confusión. La opinión está desorientada con un bombardeo de noticias deformadas, de comentarios mal intensionados, de corrientes ideológicas encontrados, de lucha sorda de intereses, de defensa de posiciones insostenibles, que podríamos calificar como una campaña para desprestigiar a la Iglesia.

A nadie debe extrañar que en este torbellino de cambio en que se debate el país y el mundo, haya pequeños núcleos de católicos, que están muy lejos de representar a la iglesia, que se arrojan en los brazos del marxismo, mientras que otros, también insignificantes, se aferran a posiciones reaccionarias, reñidas con el espíritu evangélico y las orientaciones auténticas del magisterio eclesiástico.

Hay publicaciones interesadas que se aprovechan de cualquier incidentes, de cualquier noticia, para deformar la realidad de los hechos, para sembrar la confusión en el pueblo, para discriminar a los pastores legítimos, no con criterios evangélicos o conciliares, sino con la medida de su propio ideario político, o según los dictados de sus propios intereses egoístas.

En su reciente reunión ordinaria, "para reflexionar sobre el acontecer de la iglesia en nuestro país y resolver asuntos de carácter pastoral" que son de competencia, la Conferencia Episcopal de El Salvador, que reúne a todos los obispos de nuestra provincia eclesiástica, ha denunciado estas "publicaciones interesadas que tratan de presentar una imagen inapropiada de la Iglesia, que solamente quiere ser fiel al Evangelio y a su expresión más actual: el Concilio Vaticano II".

Esta no es la voz de un "cura". Ni siquiera la opinión particular de un obispo. Es la voz autorizada de todo el Episcopado salvadoreño, la voz de los pastores auténticos del pueblo de Dios, la voz oficial de la Iglesia en nuestro país, la voz de nuestros maestros, de nuestros profetas, de los sucesores de los apóstoles, que han recibido de Dios el poder, la autoridad y el deber de enseñar.

Si alguien en nuestro país puede hablar en nombre de Dios, de la Iglesia, del Evangelio o del Concilio, son precisamente nuestros obispos, especialmente cuando están en una conferencia episcopal.

Ellos deben hablar, ellos no pueden callar. Nosotros, todos los fieles católicos, sacerdotes y laicos, tenemos la obligación de escucharlos, de cumplir sus mandatos, de ser fieles a sus enseñanzas, aun cuando no estén de acuerdo con nuestros intereses, aún cuando contradigan nuestras opiniones.

Ellos no tienen intereses materiales. Ellos no toman posiciones políticas. Ellos no están en contra de nadie. Ellos son los padre, los pastores, los líderes espirituales del pueblo salvadoreño, que solamente quieren ser fieles al Evangelio, que solo quieren procurar el bien de todos sus hijos, sin distensiones sociales, políticas o económicas, pero especialmente de los pobres, de los humildes, de los que padecen una situación de vida miserable e inhumana.

Como un padre de familia, lleno de amor y de solicitud por todos sus hijos, que se interesa más por aquellos que más lo necesitan, por estar enfermos, porque padecen hambre material o espiritual, así nuestros pastores, se interesan más por los pobres, aunque quieran por igual a todos sus hijos, porque necesitan más de sus cuidados, de su defensa, de su solicitud.

Y en nuestro país ya es de sobra conocido, que repetirlo resulta un lugar común, que el campesino, nuestro humilde campesino, es poco menos que una paria, arrastrando una vida indigna de todo un ciudadano salvadoreño, de este pueblo que se gloría de ser el defensor de la dignidad humana.

Y hoy que se debate en la asamblea un nuevo Código de trabajo, el Episcopado Salvadoreño ha alzado su voz autorizada para proclamar el derecho que tienen nuestros campesinos a sindicalizarse, porque la libertad de asociación es un derecho natural, reconocido por la Declaración Universal de los Derechos Humanos, consagrado por nuestra Constitución Política, defendido en todo el mundo por la Iglesia Católica.

Escuchemos a nuestros obispos. Ellos son la voz de Dios, de la Iglesia, del Evangelio, del Concilio. Es la voz de la razón, de la justicia, del patriotismo, de la cordura, de la serenidad, de la paz, de la verdad. Es la voz de la conveniencias, del bienestar del desarrollo, del progreso que tanto anhela todo el pueblo salvadoreño, para que los bienes materiales y espirituales abarquen en nuestro país a todo el hombre y a todos los hombres, para que, al cumplo el sesquicentenario de nuestra independencia política, nuestro pueblo no siga gimiendo en la miseria material, cultural, espiritual y moral.