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Nº. 1230 Pág. 3 ¿Una conspiración del silencio? Imprimir
Con verdadera sorpresa hemos notado que, después de una insidiosa campaña de calumnias contra la Iglesia, en nuestra prensa diaria se está practicando una verdadera conspiración del silencio, faltando los "profesionales de la opinión pública", a su deber elemental de informar.

Nos referimos a dos casos concretos. El primero es la pastoral del Señor Obispo de San Vicente, que no fue publicada en ninguno de los diario capitalinos. En cambio, faltando a la más elemental ética periodística, uno de los diarios dio cabida en sus páginas a un ataque insidioso de un profesional sectario, que se ha vuelto un sectario profesional, contra el mismo prelado vicentino, deformando sus conceptos y atribuyéndole tendencias que están muy lejos de tener.

Otro caso indiscutible es el reciente "Comunicado de Prensa de la Conferencia Episcopal de El Salvador", que fue remitido a todos los periódicos y que sólo fue publicado íntegro por un sólo diario.

La Pastoral de un Obispo o el Comunicado de toda una conferencia Episcopal, tiene mucha más importancia, aún desde el punto de vista intrascendente que publica diariamente nuestra prensa.

Se nota a la legua la intención de difamar y calumniar, cuando se hace un gran escándalo por cualquier incidente en que se ve envuelto en sacerdote, mientras se quiera acallar la voz de los obispos, que es la voz oficial de la Iglesia.

Entendemos que la primera responsabilidad de los "profesionales de la opinión pública" es la de informar y no deformar las noticias, es la de decir la verdad y toda la verdad. Esta es la "función sagrada" de los medios de comunicación social, que no debe torcer o desvirtuar, hipócritamente a intereses de grupo o cediendo a presiones políticas, sociales o económicas.

ESTORBAN NUESTROS DIFUNTOS
Ya se habla entre nosotros sobre la necesidad de practicar la cremación de los cadáveres, como un sistema adecuado y conveniente, para resolver el problema de la escasez de sitio en el Cementerio General.

Estamos seguros que nuestro pueblo, profundamente católico, que practica con gran fervor el culto de los difuntos, se opondrá, en forma rotunda a esta práctica pagana. Como muy bien decía un escritor: "la piedad filial, el amor conyugal, el cariño fraternal y los mismos sentimientos de la amistad, difícilmente podrán acomodarse a este acto de hacer desaparecer de un modo tan súbito y brutal aquellos cuerpos que durante la vida fueron el centro de tan dulce afectos y de tan amorosas miradas y es más consolador al corazón entregar aquel cuerpo en manos de la providencia para que, según las leyes naturales, vuelve a la tierra de donde salió por la creadora mano de Dios".

La Iglesia Católica, consecuente siempre con sus principios y respetuosa de los nobles sentimientos, jamás ha admitido el rito de la incineración. El cuerpo escondido en la tierra ha sido un templo consagrado del Espíritu Santo, una custodia viviente donde moró el cuerpo de Cristo.

Aunque el cristiano haya muerto, su muerte no es eterna. Su cuerpo debe reposar en el cementerio, que en griego significa dormitorio, porque el cristiano duerme para esperar la resurrección final de la vida eterna.