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SANTIDAD Y MARTIRIO DE MONSEÑOR ROMERO

Por: Mons. Rafael Urrutia, Postulador Diocesano

Una vez más, el Papa Francisco “sorprendió al mundo” con la firma de dos Decretos que permiten la canonización del Papa Pablo VI, beatificado en octubre de 2014; y de Monseñor Óscar Arnulfo Romero, beatificado el 23 de mayo de 2015. Ambos Decretos, firmados el 6 de marzo del año en curso (2018), reconocen dos milagros obtenidos por la intercesión de Pablo VI y del Beato Romero, último escollo para la santificación plena, jurídicamente hablando; y así desde la ceremonia de canonización del 14 de octubre próximo, ambos serán llamados “Santos”.

Siguiendo un iter procesal, los siervos de Dios llegan a ser declarados santos por fama de santidad de quienes mediante la vivencia de las virtudes de modo heroico (es el caso de San Juan Pablo II, de Pablo VI o de Santa Teresa de Calcuta) o por fama de martirio de quienes en un acto de inmenso amor a Cristo, ofrecieron sus vidas por la defensa de la fe (como en el caso del niño San Juan Sánchez del Río o de Monseñor Romero), pero ambas se edifican sobre la roca de la santidad. En ambos casos se vive la santidad, aunque para el martirio requiere de una llamada particular de Dios a uno de sus hijos, una elección que Dios hace a muy pocos de sus hijos; porque “el martirio es un don que Dios concede a pocos de sus hijos, para que llegue a hacerse semejante a su Maestro, que aceptó libremente la muerte por la salvación del mundo, asemejándose a él en el derramamiento de su sangre como un acto sublime de amor. Es por ello que la más grande apología del cristianismo es la que da un mártir como máximo testimonio de amor.

De alguna manera debo agradecer a los detractores de Monseñor Romero y a la euforia de quienes lo aman, el haberme ayudado a interiorizar su martirio y a comprender que, aunque entre las disposiciones antecedentes al martirio no son requeridas la santidad y las virtudes heroicas durante la vida del siervo de Dios, ese martirio en él, es la plenitud de una vida santa; quiero decir que Dios eligió al Beato para su misión martirial porque encontró en él, a un hombre con experiencia de Dios o dicho con palabras del evangelio, “encontró a Óscar, lleno de gracia”.

Entre los elementos constitutivos del concepto jurídico del martirio, el elemento causal y formal es el más importante, porque aquello que hace que una muerte sea calificable y calificada como martirial es, específicamente, la causa por la cual la muerte es infringida y aceptada. Por eso San Agustín ha podido expresar lacónicamente: “martyres non facit poena sed causa”. Por tanto, Monseñor Romero no es mártir porque lo asesinaron, sino por la causa por la que lo asesinaron. 

Esto indica que en el evento martirial es necesaria una causa suficiente, apta y cualificada, tanto en el mártir como en el perseguidor. Y esta causa suficiente, apta y cualificada para que se realice un auténtico evento martirial es únicamente la fe considerada bajo un doble aspecto: en el perseguidor por cuanto la odia y en el mártir por cuanto la ama. De hecho, el perseguidor que asesina por odio a la fe es comprensible solo a la luz del amor por la misma fe que anima al mártir.

Al hablar aquí de la fe, en cuanto causa del martirio, no se entiende solo la virtud teologal de la fe, sino también toda virtud sobrenatural, teologal (fe, esperanza y caridad), y cardinal (prudencia, justicia, fortaleza, temperancia), y sus subespecies que estén referidas a Cristo. Por lo que es causa suficiente de martirio no sólo la confesión de la fe, sino también de toda otra virtud infusa. Por tanto, Benedicto XIV sintetiza todo el contenido de la fe como causa del evento del martirio en una fórmula, afirmando que la causa del martirio es constituida por la fides credendorum vel agendorum, en cuanto entre las verdades de la fe “aliae sunt theoricae, aliae practicae”. 

Todo esto nos lleva a pensar con Monseñor Fernando Sáenz Lacalle, Arzobispo de San Salvador, en la homilía del vigésimo aniversario de la muerte martirial de Monseñor Romero en el año 2000, que “Dios omnipotente, y Bondad infinita, sabe sacar cosas buenas hasta de las acciones más nefastas de los hombres. El horrible crimen que segó la vida de nuestro amado predecesor le proporcionó una inestimable fortuna: morir como “testigo de la fe al pie del altar”.  De ese modo la vida de Mons. Romero se transforma en una misa que se funde, a la hora del ofertorio, con el Sacrificio de Cristo… El ofreció su vida a Dios: sus años de infancia en Ciudad Barrios, sus años de seminario en San Miguel o sus años de estudiante en Roma. Su ordenación Sacerdotal en Roma el 4 de abril de 1942. Su accidentado regreso a la patria, saliendo de Roma el 15 de agosto de 1943 y llegando a San Miguel el 24 de diciembre del mismo año, pasando una temporada, junto a su compañero el joven sacerdote Rafael Valladares, en los campos de concentración en Cuba, seguida de otra temporada en el hospital de la misma ciudad. Párroco de Anamorós y luego Santo Domingo en la Ciudad de San Miguel, con múltiples responsabilidades a las que hacía frente con empeño y sacrificio. Después, en 1967, San Salvador: secretario de la Conferencia Episcopal de El Salvador y luego Obispo Auxiliar de Mons. Luis Chávez y González. En 1974 fue nombrado Obispo de Santiago de María y el 22 de febrero de 1977 tomó posesión de la Sede Arzobispal de San Salvador, habiendo sido elevado a ella el 7 del mismo mes. Sede que ocupó hasta el encuentro con el Padre el 24 de marzo de 1980. Estos rápidos datos biográficos nos ayudarán en el empeño de ofrecer a la Santísima Trinidad la existencia terrena de Mons. Romero junto a la vida de Cristo Jesús. No ofrecemos unos datos, ofrecemos una vida intensa, rica en matices, ofrecemos la figura de un pastor en el que se descubre la profundidad enorme de su vida, de su interioridad, de su espíritu de unión con Dios, raíz, fuente y cumbre de toda su existencia, no solamente desde su vida Arzobispal, sino desde su vida de estudiante y joven sacerdote. Una vida que floreció hasta convertirlo en el “testigo de la fe al pie del altar” porque sus raíces estaban bien cimentadas y metidas en Dios, en El encontró la fuerza de su vitalidad, por El, con El y en Él fue viviendo, también, su vida Arzobispal entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios. “Mons. Romero, hombre humilde y tímido, pero poseído por Dios logró hacer lo que siempre quiso hacer: grandes cosas, pero por los caminos que el Señor le tenía señalados”, caminos que fue descubriendo en su intensa e íntima unión con Cristo, modelo y fuente de toda santidad”.

Quienes conocimos a Monseñor Romero desde sus primeros años de sacerdocio, somos testigos que mantuvo vivo su ministerio dándole primacía absoluta a una nutrida vida espiritual, la que nunca descuidó a causa de sus diversas actividades, manteniendo siempre una sintonía particular y profunda con Cristo, el Buen Pastor  a través de la liturgia, la oración personal, el tenor de vida y la práctica de las virtudes cristiana, así quiso configurarse con Cristo Cabeza y Pastor participando de su misma  “caridad pastoral” desde su donación de sí a Dios y a la Iglesia, compartiendo el don de Cristo y a su imagen, hasta dar su vida por la grey.

Monseñor Romero fue un sacerdote que llevó una vida santa desde el seminario. Roberto Morozzo Della Rocca, en su Libro “Primero Dios”. Vida de Monseñor Romero, escribe: 

“La modestia del ambiente del Seminario Menor de San Miguel no impedía que los seminaristas fueran exhortados a dar lo mejor de sí mismos y a aspirar a la santidad. El joven Romero redactaba y renovaba propósitos y programas de oración, de penitencia, de disciplina cotidiana, tal como lo hacían los seminaristas diligentes de cualquier parte. Las devociones migueleñas por la Virgen de la Paz y del Sagrado Corazón de Jesús eran privilegiadas en el seminario. Romero fue fiel estas devociones toda la vida, y, siendo arzobispo, continuó difundiéndolas con especial ahínco. La devoción por el Sagrado corazón acompañó a Romero durante toda su vida con significado exclusivamente religioso. 

En su cartera, llevó la siguiente oración de consagración al Sagrado Corazón hasta el día de su muerte: “Sagrado Corazón de Jesús, confío en ti. Desilusionado por mi debilidad e inconstancia, siento que hoy mi confianza en ti es más sincera. Si tú, cansado de mis infidelidades, no tienes misericordia de mí, no hay salvación para mí. Ahora más que nunca confieso que tú eres el único que puede salvarme y por eso me consagro personalmente a ti. ¡Tuus sum ergo¡ No te avergüences de mí; no tengo nada que te pueda honrar en el consagrarme a ti; sólo un mundo de miserias y de sombras para que más copiosa resplandezca tu redención…”  (cfr. o.c. págs. 54-55)

   «La documentación sobre la estancia de Romero en Roma muestra un joven fascinado por la ciudad de los papas y, al mismo tiempo, atento a sus deberes de piedad religiosa y de estudio haciendo gala de gran abnegación y seriedad. Simplemente, Romero quería ser santo. Escribía a su madre una vez al mes y en sus cartas subrayaba continuamente “que se encaminaba a la perfección”. Al no tener dinero para comprar libros, Romero redactaba a mano fichas de lectura y pensamientos que le interesaban. La mayor parte -y son miles de fichas- tratan sobre la espiritualidad, la ascética y la mística. No es nada insólito que un seminarista se interese por la perfección cristiana y la consecución de la santidad, pero en Romero ese interés era muy profundo. En la primera sección que Romero dedica al tema de la santidad, encontramos un texto muy revelador que nos habla de la suprema aspiración del joven estudiante. Se trata de unas pocas líneas que un amigo del ¨Pío Latino Americano le había dedicado en consonancia espiritual: 

“Romero, para ti con mucho cariño he sacado la copia de esta carta, la más útil que he recibido en mi vida, para que la meditación asidua de este programa perfecto de la vida sacerdotal te ayude como te quiero ayudar yo, en la consecución de ese ideal grande de santidad a la que con tanta generosidad aspiras y es la mayor aspiración que tengo para ti. El día en que tú y yo seamos santos, estaremos unidos en el Corazón de nuestro Maestro y nuestro Amigo, como lo están los lados de un ángulo en su vértice; y, ni el tiempo ni la ausencia, ni las dificultades, sea cual fuere la especie que revistan, nos podrán separar. En el corazón de Cristo, J. León Rojas Ch. Roma 27 de diciembre de 1940. En la fiesta del discípulo amado de Jesús (o.c. págs. 61-63).

Si bien ya en el seno familiar aprendió, específicamente de su padre, las primeras oraciones y la devoción a los santos. Siendo ya Sacerdote y Obispo, Monseñor Romero continuo nutriendo de múltiples prácticas de piedad su caridad pastoral: 

  • La austeridad fue característica permanente en su vida vocacional;
  • La continua oración personal fue vivida siempre como un momento de diálogo profundo con Dios, lo que consideraba de vital importancia para su sacerdocio. 
  • De enero de 1966, después de unos ejercicios espirituales, consta en sus Cuadernos Espirituales que se proponía una reforma espiritual de la siguiente manera: “I. Para fortificar mi vida interior: 1. sincero retorno a la piedad: meditación diaria. 2. Examen de conciencia (después de la siesta y uno breve antes del almuerzo. 3. Breviario y lectura espiritual. 4. Volver al Rosario de la Iglesia. 5. Volver al retiro mensual. 6. Acción de gracias después de la misa. 7. Confesión semanal, dar carácter de penitencia y mortificación a mis deberes. 
  • Mons. Romero fue también un asceta. Este aspecto de su vida espiritual se destaca en sus cuadernos espirituales en los cuales delinea el programa de su vida sacerdotal y episcopal, como camino de santificación. El bien conocía su timidez, su sensualidad, sus faltas de carácter, en general sus debilidades humanas. Estas son algunas de sus prácticas ascéticas:
  1. Ante todo, el deber, las circunstancias, las pruebas de la vida serán mi mejor purgatorio.
  2. En la comida, dieta de diabético. Alguna privación en cada comida, algún ayuno en las principales vigilias (en la de los apóstoles), no comer dulces.
  3. Cilicio. Una hora diaria.
  4.  Disciplina. Los viernes.
  5. Siesta breve (media hora). Alguna vez dormir en el suelo. Maitines a media noche.
  • En la época de Sacerdote tenía tres devociones principales que nutrían también su fecundo ministerio: el Santísimo Sacramento, la Santísima Virgen María y la figura del Papa.
  • La devoción preferida del Siervo de Dios, desde pequeño, fue la adoración al Santísimo Sacramento frente a quien cada día hacía tres largos ratos de oración: uno por la mañana, otro al medio día y el tercero antes de dormir. Es notorio para muchos testigos que las decisiones más importantes siempre las tomó de rodillas frente al Santísimo.
  • La segunda devoción era a la Santísima Virgen a quien amaba intensamente y le ofrendaba a diario el rezo del Santo Rosario, ella, en su vida Arzobispal, le acompañó la devoción al Sagrado Corazón de Jesús a quien le había consagrado toda su vida, consagración que renovaba cada mes.
  • La tercera devoción es la que profesó a la Iglesia en la persona del Papa intentando traducirla en una constante y sincera actitud para “sentir con la Iglesia”.
  • Su opción por los pobres, objeto de su predilección pastoral, no nace en Mons. Romero a partir de la convulsionada historia del dolor de los pobres que le tocó vivir. En los años de vida Arzobispal floreció lo que en germen traía en el corazón y en su vida desde los primeros años de joven sacerdote. La opción por los pobres brotó en el “testigo de la fe”, desde su primer encuentro con el Pobre de Nazareth y la vivió en fidelidad al Magisterio de la Iglesia, como gesto de solidaridad fraterna fruto de su conversión permanente. La vivió en la dimensión de la cruz, no le fue fácil, fue el signo sacerdotal más claro de su vida que lo llevó a la imitación de Cristo: “dar su vida por su grey”. 
  • La caridad pastoral marcó en Mons. Romero el tono de “su predicación de la Palabra”.  La Palabra de Dios fue para él fuente de inspiración vital, tenía además la conciencia de la absoluta necesidad de permanecer fiel y anclado en la Palabra de Dios, en la Tradición y en el Magisterio, para ser verdadero discípulo de Cristo y conocedor de la verdad. 
  • En el ministerio de la Palabra, lo más notable de su predicación es la solidez doctrinal, fruto de largas horas de oración y de estudio; sus homilías dominicales siempre iban precedidas por un largo momento de oración de 10 de la noche a 4 de la mañana de rodillas delante del Crucificado que tenía en su habitación. Por esta razón, nunca le animó a Mons. Romero la intención de agitar al pueblo, al odio y a la violencia, pero era evidente que su palabra a menudo era fogosa como la de los profetas que se enfrentaron a realidades similares. Su mensaje siempre tuvo como tres elementos inseparables: el anuncio del mensaje cristiano, la invitación a la conversión y la apertura a los pecadores. Ciertamente sobran los testimonios que demuestran cuánta gente creció en su fe, gracias a su ministerio de la Palabra, otros se sintieron molestos por ella. Ciertamente él mantuvo un esfuerzo permanente de interpretar los signos de los tiempos y de iluminar la historia del país desde el Evangelio y desde la Doctrina Social de la Iglesia. Como Pastor de la comunidad existió y vivió para ella, por ella rezó, le anunció un mensaje para la vida y se sacrificó hasta su muerte martirial. Esta experiencia fue en verdad para él un “sentir con la Iglesia”.
  • Si bien el ministerio de la Palabra fue un elemento fundamental en toda su labor sacerdotal, su núcleo y centro vital fue la Eucaristía, la que nunca celebró sin haberse preparado adecuadamente, su fe y el amor por la Eucaristía hicieron imposible en él que la presencia de Cristo en el Sagrario permaneciera solitaria. La Liturgia de las horas, fue en él un momento privilegiado para la adoración eucarística. 
  • La obediencia, como valor sacerdotal de primordial importancia supo vivirla como verdadera actuación de la libertad personal, el hilo conductor de la caridad pastoral lo llevó a vivirla como una “obligación especial de respeto al Sumo Pontífice, a la Iglesia y su Magisterio, consciente, como lo era, que ella le venía inspirada por el Señor Jesucristo y su Evangelio.
  • Finalmente, a ejemplo de Cristo pobre, Mons. Romero buscó con la ayuda del Señor, configurar su vida con El en la libertad interior ante todos los bienes y riquezas del mundo. Amigo de los pobres, reservó para ellos las más delicadas atenciones de su caridad pastoral, recordando siempre que la primera miseria de la que debe ser liberado el hombre es el pecado, raíz última de todos los males.

Son todos éstos los cimientos de espiritualidad sobre los que Dios, nuestro Padre, eligió a Monseñor Romero para ser “el testigo de la fe más grande entre los salvadoreños, al pie del altar”.

Y aunque existieron evidentemente, por la naturaleza humana, pecados en su vida, todos ellos fueron purificados con el derramamiento de su sangre en el acto martirial. 

No quiero ofrecer una imagen light de Monseñor Romero, sino que, después de treinta años de trabajo como Postulador Diocesano de su Causa de Canonización, deseo compartir mi punto de vista, mi apreciación de un Obispo Buen Pastor que siempre fue obediente a la voluntad de Dios con delicada docilidad a sus inspiraciones; que vivió según el corazón de Dios, no solo los tres años de su vida arzobispal, sino toda su vida. Dios nos dio en él, un auténtico profeta, al defensor de los derechos humanos de los pobres y al Buen Pastor que dio su vida por ellos; y nos enseñó que es posible vivir según el corazón de Dios nuestra fe cristiana. Es cuanto afirma en la Carta Apostólica de Beatificación el Papa Francisco cuando dice: “Óscar Arnulfo Romero y Galdámez, obispo y mártir, pastor según el corazón de Cristo, evangelizador y padre de los pobres, testigo heroico del reino de Dios, reino de justicia, de fraternidad, de paz. 

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