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La Iglesia, comunidad de fe

La Iglesia, comunidad de fe

27º Domingo del Tiempo Ordinario

2 de Octubre de 1977

Lecturas:
Habacuc 1,2-3;2,2-4
2 Timoteo 1,6-8. 13-14
Lucas 17,5-10

La palabra divina, queridos hermanos, debe ser para nosotros que creemos en ella, la luz que alumbra nuestros pasos; la que ilumina, también, de consuelo nuestras aflicciones, la que le da razón a nuestras esperanzas. Por éso, me gusta evocar con todos ustedes, esos hechos que vivimos en la semana para iluminarlos junto con esos hechos públicos, familiares íntimos, que tienen que ser también iluminados con la palabra de Dios, y porque para la Iglesia todo lo humano le interesa. Ella, como dijo el Papa un día, es la vida de la humanidad.

Por ejemplo, en esta semana hemos lamentado la catástrofe de aviación militar en la cual perecen hermanos nuestros, por los cuales hemos pedido el eterno descanso. También, en cumplimiento de su deber de ganarse la vida, unos obreros quedan soterrados bajo un barranco. Un niño es arrastrado por una corriente, y qué angustia será la de esa madre de no haberlo podido encontrar. Pero, sobre todo, como un agradecimiento a los medios de comunicación social, quiero manifestar el fracaso de nuestro deseo de intervenir en el hallazgo de doña Elena Lima de Chiurato. Hemos visto de cerca la angustia de esta familia. El esposo entre lágrimas me decía: “Yo temo lo peor, veinticinco años de matrimonio que terminen así; pero siquiera que me entreguen su cuerpo muerto”. Yo suplico en nombre de Jesucristo nuestro Señor y de su Iglesia, a la que tengo el honor de representar, en nombre de lo más noble de los corazones que estamos en esta reflexión, incluso tal vez los mismos que cometieron este crimen de raptar una persona, que se compadezcan ante el dolor humano y den noticia. Comuníquense, ya sea conmigo, que me he ofrecido a la mediación, o ya sea directamente con la familia de la Señora de Chiurato. Yo les suplico encarecidamente.

Queridos hermanos, es este dolor de esta familia el que ha repercutido en mi corazón con otros desaparecidos, que a pesar de nuestra súplica siguen en esa tortura espantosa, que no es sólo de ellos sino de las familias que buscan ansiosas a sus seres queridos. El respeto, que sentimos para el hogar de Chiurato, lo sentimos para todos los hogares donde se lamenta esta nueva clase de gente salvadoreña, los desaparecidos.

Mientras tanto, la Iglesia sigue trabajando su organización, revisando su misión, para ser más eficiente en el servicio a la humanidad. Desde ayer en Roma se inició el Sínodo Mundial de los obispos, donde el Papa preside la gran consulta del mundo sobre la catequesis. Este es el tema que desde el año pasado fue enviado a todos los obispos del mundo para que, en consulta con sus sacerdotes, religiosos y fieles aporten al Papa, maestro responsable del magisterio universal, la manera de evangelizar, de catequizar, de llevar la Buena Nueva a todos los jóvenes, niños y adultos. Allá está, pues, en estos días hasta finales de octubre, la gran consulta por la cual hemos de pedir para que la catequesis, necesidad de la Iglesia, recobre nuevos impulsos, nuevas orientaciones. Por parte del episcopado salvadoreño, ha ido Monseñor Marco René Revelo, obispo auxiliar de Santa Ana, encargado de la catequesis en nuestro país.

También es destacada la noticia eclesial de esta semana, el nombramiento de Monseñor Dr. Arturo Rivera Damas para obispo residencial de Santiago de María. En nuestro periódico Orientación, expreso los sentimientos que en mí han provocado este nombramiento. Por una parte, la impresión de que se nos va un colaborador muy valioso de nuestra curia arquidiocesana; pero por otra parte, es una gran alegría, porque la promoción de un obispo auxiliar a residencial, en primer lugar supone la confianza del Papa en esa persona, y con este gesto quedan desmentidas todas las calumnias, difamaciones, que contra nuestro querido Monseñor Rivera se han atrevido a inferir muchas personas.

Su figura, pues, se destaca sobre esa maraña de calumnias y de malos entendidos. La voluntad del Papa que lo elige para ir a regir una diócesis joven llena de esperanza, donde sin duda sus grandes lineamientos de pastor, a la medida de la nueva mentalidad de la Iglesia, podrá hacer maravillas. Y me alegro de que la línea de su pastoral, sea precisamente la línea que en nuestra Arquidiócesis se lleva, de una promoción inseparable de la evangelización. Alegrémonos pues, y encomendemos mucho al Señor que en su nuevo cargo Monseñor Rivera dé el testimonio de esta Iglesia preocupada de los problemas actuales del mundo.

En estos días, también, se están llevando a cabo solemnes clausuras de cursos y graduación de bachilleres en los colegios. Hemos tenido la dicha de asistir a algunos. A otros no nos es posible, a pesar de la invitación que mucho agradezco. Pero quiero, desde aquí, dar un voto de felicitación y de confianza a todos los colegios católicos. Este año, junto con el bautismo de dolor de la Iglesia de la Arquidiócesis, nuestros colegios católicos también han reaccionado para colocarse en la línea que la Iglesia quiere en la enseñanza actual. Ha habido reacciones también en contra, queriendo dividir la línea de la Iglesia. Lamentablemente, ha habido eco a esas reacciones, que no pueden tener razón, cuando la Iglesia entera llama a todos sus medios de evangelización, entre los cuales están sus colegios católicos, para llevar adelante una evangelización que sea acorde con nuestros tiempos.

Ya comienzan las nuevas matrículas, y ojalá no sea cierto que ciertos grupos católicos están tratando de minar la obra de los colegios, llamándolos a otra parte. Si ésto sucediera entre católicos, yo denuncio esa deslealtad. Ningún católico, aunque organice un colegio, tiene el derecho de quitarle alumnos a otro colegio con el pretexto de que aquí se le va a enseñar mejor la línea de la Iglesia. Los colegios católicos están todos autorizados por la jerarquía de nuestra Arquidiócesis, y lo que ellos siguen tiene que respetarse, por cualquier grupo, no digamos anticatólico, sino mucho más por los mismos católicos. Que no hagamos la impresión de ser dos Iglesias, sino que somos una sola Iglesia en la línea proclamada por el magisterio de esa Iglesia, sobre todo para los tiempos nuevos en el Concilio Vaticano II y en los documentos de Medellín.

He visto de cerca en esta semana, las comunidades de Huizúcar y de Nejapa con motivo de sus fiestas patronales; también Monseñor Rivera llevó esta presencia episcopal a Guazapa, donde también se celebraba el día de San Miguel. Y quiero felicitarlos por el fervor y por saber unir con esa historia de sus fiestas patronales, con esa tradición de años y de abuelos, las líneas nuevas de la Iglesia, o sea la Iglesia como un árbol añejo, secular; pero, a pesar de su tronco viejo, retoñando con nuevos retoños y nuevas esperanzas. Es la vida de la Iglesia. Si solamente respetáramos tradiciones y no las quisiéramos cambiar, seríamos como un tronco seco, como un museo de antigüedades, pero no sería la vida de la Iglesia que, llevando los siglos, engarzándolos en su hebra de oro de la vida de Cristo, hace reverdecer, para las necesidades nuevas, las comunidades nuevas alimentadas con el tronco añejo de nuestra fe cristiana, pero reverdeciendo en las nuevas visiones del mundo actual.

Y, hermanos, no puedo tampoco dejar de recordarles, con una insistencia muy filial para con la Virgen, que desde ayer hemos comenzado el mes del rosario, el mes de octubre; y que ojalá volviera a todos los hogares aquella vieja costumbre de rezar el rosario en familia. Procuren aprenderlo los que no lo sepan; y los que lo han olvidado, recuérdenlo de nuevo; y los que lo practican, sepan que están también en la línea de la Iglesia, que respeta esas costumbres populares, esas tradiciones de amor y de cariño a la Virgen. Solamente les pide que no se hagan costumbres rutinarias, que no sea una maquinaria repetir el padrenuestro y avemarías, sino que sea lo que fue al principio, el mensaje del evangelio. Los misterios del rosario son resumen precioso del evangelio, que los comprende hasta el niño más chiquito, que en su débiles manos va degranando las cuentas del rosario mientras medita en el niño Jesús, en el Jesús que muere por nosotros, en el Jesús resucitado y en la Virgen que acompaña a este Cristo en su infancia, en sus dolores y en su resurrección. El que reza el rosario con sentido de evangelio se hace cristiano en la mejor escuela, en la escuela de la Virgen, que es la mejor cristiana.

Por eso, hermanos, yo les encarezco volver a esa costumbre que muchos han creído superada, pasada de moda. Pero, sólo pasan de moda aquellas cosas que ya no se aman. Y el que tiene problemas con el rosario, es que tiene problemas con la Virgen; y el que tiene problemas con la Virgen, es que tiene problemas con Cristo; y el que tiene problemas con Cristo, búsquelos en su propia conciencia, son problemas de su propia vida. Enmiéndese, conviértanse, y encontrará alegría en la compañía de la Virgen y de Jesús, en la compañía sencilla de la familia que reza con cariño esas plegarias inmortales. Y cabalmente de ésto nos habla la palabra de Dios en esta mañana primorosa del domingo vigésimo séptimo del Tiempo Ordinario. Va avanzando el año hacia el encuentro de un nuevo año, y la Iglesia se preocupa de que sus cristianos, como en una universidad, vayan aprendiendo más y más la mística de su reino, su doctrina y, sobre todo, su vivencia.

Hoy podríamos calificar nuestra homilía “la Iglesia comunidad de fe”. La fe es el tema de las tres lecturas: la fe que ilumina la problemática insoluble en la mente del profeta Habacuc; la fe que Pablo le da como secreto de solución a su discípulo Timoteo, quizá en una crisis de su vocación; y la fe es la que Cristo responde cuando los apóstoles le piden con una súplica, que debía de ser la nuestra en esta mañana: “Señor, auméntanos la fe”.

1. LA FE DEL PROFETA HABACUC

Es hermosa la respuesta de hoy. El profeta Habacuc vivió posiblemente en los tiempos de la invasión de los caldeos y de los asirios a la tierra santa. El, como los profetas mirando el futuro, como que confunde dos planos: el plano de la injusticia interna de su pueblo y el plano del castigo justiciero de Dios, por medio de un ejército invasor que va a castigar, como azote, los pecados de Israel. Y él comprende que Dios castigue al pueblo por el pecado, pero lo que no comprende es cómo un pueblo más pecador que el de Israel sea escogido por Dios para venir a cometer injusticias mucho mayores que las que va a castigar. Y entonces es cuando, problematizado este pobre hombre, se enfrenta a Dios con un problema parecido al del reino del libro de Job, el problema del mal, que ahora podríamos traducir también nosotros en nuestros problemas nacionales y podíamos como Habacuc preguntar: “¿Hasta cuándo clamaré, Señor, sin que me escuches? ¿Te gritaré violencia sin que me salves? ¿Por qué me haces ver desgracias, me muestras trabajos, violencias y catástrofes, surgen luchas, se alzan contiendas?” El libro es precioso. Sólo tiene tres capítulos. Si lo pueden leer en esta semana, fíjense sobre todo en el capítulo segundo, donde el profeta explaya esta preocupación y en forma de quejas contra Dios, escribe cinco imprecaciones.

La primera contra la explotación económica: “Ay de quien amontona lo que no es suyo y se carga de prendas empeñadas”. Está denunciando aquí el atropello del pobre, de la pobre mujer que no tiene con qué dar de comer a sus hijos y va a empeñar o a prestar dinero y se lo dan a usura: “Amontonan prendas empeñadas”.

Segundo, se queja contra el pillaje avasallador: “Ay de quien gana ganancia inmoral para su casa, para poner su nido en alto y escapar a la garra del mal”. Aquí, dice el profeta que los mismos palacios erigidos con esta usura claman. Sus piedras, sus adornos son testigos de esa sanguijuela humana que es el usurero. ¿De qué sirve tener un bonito palacio si es fruto del pillaje, del robo?.

Se queja en tercer lugar contra el genocidio: viene este ejército invasor y mata a nuestra propia gente. “Ay de quien edifica” -son palabras del profeta que parecen escritas para nuestros días- “Ay de quien edifica una ciudad con sangre y funda un pueblo en la injusticia”. Sobre fundamentos de injusticia y de sangre, de atropello y torturas, no puede ser firme una ciudad, una civilización.

En cuarto lugar, el profeta se queja contra la corrupción de los pueblos oprimidos: “Ay del que da de beber a sus vecinos y les añade su veneno hasta embriagarlos para mirar sus desnudeces”. Y describe aquí con pinceladas, diríamos, pornográficas, los vicios de la lujuria de la carne en que se solazan nuestros pueblos. Ay de la corrupción de los pueblos. En esta palabra del evangelio, hermanos, no solo denunciamos la injusticia, sino también las inmoralidades. Surgen los grandes negocios de los moteles que son verdaderas casas de cita, surgen los prostíbulos, se vende la carne. Hay corrupción. Hay corrupción dentro del mismo matrimonio, que se ha convertido también en un prostíbulo cuando se evitan los hijos y se quieren los placeres de la carne. Hay inmoralidad, y Dios no puede tolerar estas cosas. Se nos dan privilegios de derechos humanos, pero a condición de que se consuman los medios anticonceptivos artificiales. Se mutilan las fuentes de la vida, se esteriliza la mujer y se esteriliza al hombre. La carne está imperando. Todo ésto ofende a Dios, y el profeta siente como en su propia vida el atropello de su pueblo en todas estas maneras. El aborto, que se legaliza; y a pesar de que los obispos pedíamos al mismo Presidente y en la misma Asamblea respeto a la vida en las entrañas de la mujer, allí están las leyes. Esa es verdadera persecución a la Iglesia, desde las leyes contra la moral que la Iglesia predica y a pesar de haberle prometido al episcopado entero que se respetaría ese derecho a la vida, derecho de nacer, como dice la película, ni siquiera el derecho de nacer. Y se dice que se respetan los derechos humanos en El Salvador y son montones, se cuentan por millares, los abortos en los mismos hospitales, en las mismas clínicas médicas, y se pagan viajes al extranjero incluyendo un aborto. Ya se ve la malicia de esas excursiones. Es terrible, hermanos. Vivimos de veras bajo esta maldición del profeta. Ay de los pueblos sometidos que beben el veneno hasta embriagarse y mirar sus desnudeces.

Y finalmente, el profeta sanciona la idolatría: “Ay de quien dice al madero: despierta; y a la piedra muda: levántate”. Sí, están cubiertas de oro, pero ni un soplo en su interior. Naturalmente que ya nosotros no tenemos aquellas idolatrías de los caldeos y de los asirios, pero el oro sigue siendo un becerro que muchos adoran. Y por adorar ese becerro de oro, sus riquezas, son capaces de atropellar todos los derechos, mandar a matar, destruir y calumniar, decir todos los epítetos contra una Iglesia que no hace otra cosa que reclamar lo del profeta: Ay de ustedes los idólatras, que hacen de su oro un dios, pero que no tiene vida por dentro. Es metal que metaliza también del corazón, cuando se postran ante él.

Ante estos hechos, estos problemas que son la realidad de la historia, el pecado en el mundo, la respuesta de Dios se oye en la primera lectura ya: “El Señor me respondió: Escribe la visión. La visión espera su momento, se acerca su término y no fallará; si tarda, espera, porque ha de llegar sin retrasarse. El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por su fe”.

Hermanos, este es el mensaje que yo quisiera que se clavara en cada corazón. El justo vive por su fe. La fe es la única que puede darnos una respuesta adecuada a tantas injusticias. Donde parece que reina la injusticia, el atropello, la fuerza bruta, el justo como que se siente inerme. Qué poco podemos, desde la Iglesia, débil, rebatir los atropellos de la dignidad del hombre. Sin embargo, tenemos la fuerza vigorosa de Dios, la fe. El justo vive de fe. Esta es la vida que yo quisiera para todos los corazones.

2. LA FE QUE CRISTO PIDE

Cuando Cristo, nuestro Señor, en su evangelio también nos invita a la fe: “Ah dice- si tuviérais fe como un granito de mostaza, haríais prodigios
parecidos a ésto”. -que no es más que una figura retórica en el evangelio, pero que quiere expresar una realidad- “le diríais a una morera, arráncate de raíz y trasládate al mar, y os obedecería”.

No es necesario trasladar un palo al mar, pero hay cosas que parecen más imposibles; por ejemplo, ¿cómo va a cambiar esta situación de El Salvador? por ejemplo, las familias que lloran a los desaparecidos: ¿Cómo aparecerá mi hijo, mi esposo, mi hermano? Ante esta potencia de las armas y de la fuerza, qué chiquito se mira el hombre inerme. Sin embargo, si ese pequeñito a las fuerzas del mundo tiene la fe de Dios, es más poderoso que todos los ejércitos.

¿Qué es la fe? Hermanos, mi mayor temor en este tiempo es que mucha gente está perdiendo la fe. Y el mayor crimen que los criminales cometen con tantos abusos de violencias es poner en tentación la fe de la gente y poner la confianza en las brutalidades de la violencia. Cuidado, hermanos, hay muchos, sobre todo entre los jóvenes, que ya no creen en las fuerzas espirituales y se lanzan a la guerrilla, y se lanzan al secuestro y se lanzan a la violencia, como si ahí estuviera la solución. Cómo quisiera yo desvirtuar todas esas falsas idolatrías, que al fin y al cabo no son más que debilidades de la carne y que no conducen a nada bueno, para poner en cambio en el corazón de los guerrilleros, de los violentos, de los que atropellan, de los que torturan, de los que ponen su fuerza en el dinero, en la política, que la fuerza solamente viene de Dios; y que sólo la fe es capaz de trasladar montañas y de hacer felices a los pueblos y a la historia.

¿Qué es la fe? Yo he querido copiar el pensamiento del Concilio Vaticano II, cuando en el documento sobre la divina revelación después de decirnos cómo Dios se revela no sólo en la naturaleza, de tal manera que aún el que no es cristiano, simplemente es un hombre racional, puede descubrir en las flores, en los frutos, en las estrellas, en la naturaleza, la existencia de un Dios; pero eso se llama revelación natural. Pero además de esa revelación natural, nos dice el Concilio, Dios ha querido revelarse El mismo y sus designios de misericordia y de amor por medio de su palabra, que es el Hijo de Dios, que se hizo hombre y que dejó, también, esa revelación encomendada a una Iglesia. Entonces, el Concilio pregunta: ¿Qué debe hacer el hombre cuando conoce que Dios ha hablado? He aquí la respuesta: Cuando Dios revela, el hombre tiene que someterse con la fe. Por la fe -aquí viene una bonita descripción de la fe- por la fe “el hombre se entrega entera y libremente a Dios. Le ofrece el homenaje total de su entendimiento y voluntad, asistiendo libremente a lo que Dios revela”. (D V, 5). Miren qué belleza, hermanos. Tal vez habíamos tenido nosotros, de nuestra infancia, un concepto muy intelectual de la fe. Y es que antes del Vaticano II vivíamos la doctrina del Concilio Tridentino, que tuvo que enfrentarse contra los abusos de la fe que predicaron los renovadores de Lutero, el cual, dicen que enseñaba que con tal de tener confianza en Dios nos salvaríamos, aunque pecáramos fuertemente. Se le atribuye a Lutero esa frase que, históricamente, no sé si será cierto, pero que decía: “Peca fuertemente; con tal que creas fuertemente, te salvarás”. Contra este error nefasto, que puede llevar a muchos pecadores a una confianza ilusoria, el Concilio de Trento condenó esa confianza temeraria y enseñó que la fe era aceptar las verdades de Dios, las cosas que Dios enseña. Y así tuvimos nosotros un concepto de fe intelectual. Y un rey decía, cuando le preguntaron: “¿Cómo anda tu cristianismo?” – “Pues, en materia de fe, muy bien, porque no es más que creer; pero en materia de moral ando muy mal”. Se separaba la fe y la moral.

Cuando ya se superó ese error protestante, el Concilio Vaticano II -miren la coherencia del magisterio de la Iglesia- enseña otra vez la fe bíblica, la fe que Lutero quiso interpretar, pero que interpretó falsamente, con abuso. La interpreta la Iglesia en esta frase que les he leído: “Por la fe, el hombre se entrega entera y libremente a Dios. Le ofrece el homenaje total de su entendimiento y de su voluntad, asintiendo libremente a lo que Dios revela”. No es sólo aceptación de verdades, es aceptación de la voluntad de Dios. No es sólo entrega de mi mente a las verdades de Dios; es entrega de mi mente y de mi corazón a lo que Dios quiere.

¿Quieren un acto de fe preciosísimo a los ojos de Dios? Oigan a María, cuando Dios le pide el consentimiento de la colaboración en la redención. “He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra”. Este es un acto de fe, una aceptación del misterio de Dios sin comprenderlo; pero una aceptación del que es omnipotente y todo lo sabe. Yo no lo entiendo, pero lo acepto. En sus manos no soy más que un pequeño instrumento. Por eso, no comprendo el misterio de la historia; por eso, no comprendo que la injusticia se improvise y que otras injusticias mayores sean escogidas por Dios para castigar menores injusticias. No lo entiendo, pero sí entiendo que me entrego a Dios y que El es el dueño de la historia y que los mismos azotes de Dios seran también echados al fuego cuando ya sean inútiles para sus designios amorosos.

Después, el Concilio Vaticano II dice que la fe no es una cosa que brote de nosotros solos. Fíjemonos mucho en ésto, hermanos, porque la fe no depende de tí. Para dar esta respuesta de la fe, dice el Concilio, “es necesaria la gracia de Dios que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón. Lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede a todos el aceptar y creer la verdad”. (D V, 5). De ahí que la fe es un don sobrenatural, es un regalo de Dios. Dichoso el que tiene fe. Así se explica la súplica de los apóstoles: “Señor, aunméntanos la fe”. El que no tenga fe, y yo se que muchos de los que me escuchan no tiene fe, o por lo menos se glorían fanfarronamente de no tener fe. No es ninguna gracia, querido hermano, que no tiene fe. Pobrecito, eres un mendigo, eres un ciego. Mientras los que tienen fe contemplan los bellos paisajes de la voluntad de Dios, tú miope, ciego, no ves, no tienes fe. Pídele a Dios que te devuelva la vista, pídele al Señor que te saque de esa oscuridad y tinieblas en las que vives. Es un don de Dios, y ese don de Dios no lo niega al que se lo pide. Más aún, dice el Concilio, es una ayuda que se adelanta. Antes de que tú la pidas ya está dentro de tu corazón, deseando que pidas ese don.

Hermanos, pidamos este don. Que sea la súplica de esta semana: “Señor, auméntanos la fe”. Y por último, el Concilio dice cómo esa fe no termina nunca. Para que el hombre pueda comprender cada vez más profundamente la revelación, el Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe con sus dones. Hay un trabajo exquisito del Espíritu Santo en el corazón de cada hombre, de cada comunidad. Y yo quiero alegrarme ahora, hermanos, felicitar a los sacerdotes y cristianos, religiosas y catequistas, que están formando esas comunidades de fe, comunidades de base, pequeños grupos de donde la Biblia orienta, se reflexiona, y la fe crece. Estos grupos que precisamente son los llamados subversivos, a los que se persigue, son los que están madurando en la fe. Un grupo legítimamente bíblico, legítimamente convocado por la Iglesia, no debe tenérsele desconfianza. Es la fe de Dios que crece por la iluminación de la gracia y del Espíritu Santo en el corazón de los hombres.

Ojalá en todas las familias una Biblia: en la hora de comer o antes de acostarse, padre, madre, hermanos, junto al rezo del rosario, la lectura de una página bíblica que alimente la fe de los niños, de los jóvenes, de los ancianos; porque la fe no termina de crecer durante toda la vida. Aquellos que dicen: “Ya hice mi catecismo en la primera comunión” y no se preocuparon más, se han quedado con una fe raquítica. Háganla crecer, hermanos. Que crezca, porque dentro de ustedes está el espíritu del bautismo, de la confirmación, exigiendo un crecimiento en esa fe, para comprender mejor los misterios de la patria, las injusticias del orden, todo lo que aquí no comprendemos y lo queremos resolver a base de violencia y de fuerza, de represión y de tortura. No se resuelven así las cosas, es desde el fondo de la fe, desde los designios de Dios en la historia, como el hombre tiene que colaborar, no estorbar esos designios del Señor.

3. LA FE DE PABLO Y TIMOTEO

Y lástima, el tiempo ha transcurrido ya, solamente hago una breve alusión a la segunda lectura, para decirles que esta fe que Dios nos obsequia y crece en nosotros la ha encomendado a la Iglesia. Yo quisiera que leyéramos esa segunda carta de San Pablo a Timoteo, oyendo en la voz de Pablo la voz de la Iglesia, que al fin eso es la voz de un obispo y Pablo era un obispo como el que les está hablando, naturalmente con la diferencia enorme de la santidad suya y mi mediocridad; pero San Pablo como obispo y yo como obispo, somos la voz de la Iglesia. Y cuando Pablo escribe, es la Iglesia que habla, con estos términos: “Aviva el fuego de la gracia de Dios que recibiste cuando te impuse las manos”. Son los gestos de la Iglesia: cuando se ordena un sacerdote se le imponen las manos y el obispo tiene el poder de transmitir el poder sacerdotal; cuando se afirma a un joven se imponen las manos para invocar el Espíritu Santo. Dentro de poco, con un pan en mis manos voy a decir: “Esto es mi cuerpo”; y cuando me acerque a darles la comunión, les voy a decir. “El cuerpo de Cristo”. Todos éstos son gestos humanos de la Iglesia, pero son acciones de Cristo; es Cristo el que sigue hablando. Por la fe la Iglesia sigue transmitiendo el mensaje de Cristo y dando la vida de Cristo a las almas.

Los sacramentos no son otra cosa que el contacto, la presencia, el encuentro de un hombre con Cristo mismo, a través de su ministro.

Y luego la Iglesia, hermanos, a los salvadoreños nos está diciendo esta palabra; porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, de amor, de buen juicio. “No tengas miedo de dar la cara por nuestro Señor y por mi” -la iglesia- “Por mí, su prisionero”. Pablo estaba prisionero entre cadenas y se sentía que era la Iglesia perseguida, prisionera; pero desde las cadenas puede decir a todos sus hijos: “Yo, Iglesia perseguida, soy el rostro de Cristo. No te avergüences de ser mi hijo”. Ay de los que se avergüenzas de la Iglesia y de los que continúan la campaña difamatoria contra la Iglesia. Se ríen de su propia madre.

“Toma parte en los duros trabajos del evangelio según la fuerza que Dios te de. Ten delante la visión” -Miren otra vez la palabra que Dios le dice a Habacuc: “La visión escríbela, y a tu tiempo verás que cumplo. Dichoso el justo que vive de fe”.

Así Pablo, Iglesia, les dice también a los católicos: “Ten delante la visión que yo te di con mis palabras sensatas y vive con fe y amor cristiano”. Amor, el amor verdadero que se inspira en la fe, el amor sereno que no teme a las violencias, ni echa mano de las violencias, porque no le hacen falta. Le basta creer, entregarse a Dios, no comprender sus horas, los martirios que él nos prueba en la vida, saber que llegará su hora. Tardará pero llegará. Esta es la esperanza que la Iglesia quiere conservar, y por eso San Pablo, hablando por la Iglesia, dice: “Guarda este tesoro con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros”.

Hermanos, guarden este tesoro. No es mi pobre palabra la que siembra esperanza y fe. Es que yo no soy más que el humilde resonar de Dios en este pueblo, diciendo a los que han sido escogidos por azotes de Dios y usan la violencia en formas tan diversas, que tengan cuidado, que cuando Dios ya no los ocupe, los va a tirar al fuego, que se conviertan mejor a tiempo; y a los que sufren los azotes y no comprenden el por qué de las injusticias y de los desórdenes, tengan fe, entréguense, voluntad y cerebro, corazón, todo entero; que Dios tiene su hora, que nuestros desaparecidos no están desaparecidos a los ojos de Dios y los que los han hecho desaparecer, también, están muy presentes ante la justicia de Dios. Pidamos para unos y para otros y para el mundo que sufre las incertidumbres, la seguridad de la fe. Guarda este tesoro que ahora vamos a proclamar en nuestro credo.

 

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