1977

La Iglesia de la promoción integral

28º Domingo del Tiempo Ordinario,

9 de Octubre de 1977

Lecturas:
2 Reyes 5, 14-17
2 Timoteo 2, 8-3
Lucas 17, 11-19

Queremos agradecer, ante todo, la presencia activa de la juventud de Santa Tecla con su conjunto musical. Se siente, de veras, la alegría y la esperanza que la juventud pone en Cristo. Todos los domingos tenemos aquí la oportunidad de ir conociendo estos conjuntos musicales, parte viva de la liturgia de la Iglesia, y queremos agradecer ahora, pues, a todos los que han venido participando e invitar a todas las comunidades que tengan sus coros a que se anuncien para irlos organizando y tomar parte de esta misa, que es la misa principal de la Arquidiócesis; y la Catedral, que es el signo de la unidad, recoja esas voces, que a lo largo de toda la Arquidiócesis cantan la gloria del Señor.

Y a propósito de Santa Tecla, quiero recordarles que esta tarde nos reunimos con todas las fuerzas vivas, para planear una pastoral de conjunto con tantas fuerzas que allá existen de parte de la Iglesia: sacerdotes, religiosas, colegios; una maravilla de vida de Iglesia, que podía no solamente hacer mucho bien en labor urbano, sino también en toda la Arquidiócesis. Por favor, pues, todos aquellos que asistieron a la junta pasada y todos aquellos que tengan interés por trabajar en la vida de la Iglesia son invitados esta tarde a la Escuela Masarello en Santa Tecla, a las 3.

Siguiendo esta noticia de las comunidades, quiero alegrarme con las parroquias de San Francisco y Concepción, donde tuve la dicha de celebrar el día de San Francisco, fiesta patronal, y darme cuenta del fervor que los sacerdotes y fieles están viviendo en esas comunidades; como espero ver hoy, a continuación de esta misa, en Soyapango, donde se celebra la Virgen del Rosario.

El Padre Samuel Orellana ha sido nombrado párroco de Ayutuxtepeque; próximamente iremos a compartir con él sus primeras impresiones. Así como el domingo próximo, a las 7 de la noche, daremos posesión al nuevo párroco de Candelaria, Padre Próspero Díaz. La comunidad de la Arquidiócesis también va a sentir muy suya la toma de posesión de Monseñor Rivera el 5 de noviembre a las 10 de la mañana en Santiago de María. Yo invito a las personas que puedan participar, porque creo que, así como en los primeros tiempos del cristianismo, cuando un miembro de una comunidad era escogido por Dios para llevar el mensaje a otra comunidad, toda la comunidad se sentía unida con él; y así sentimos, pues, que con Monseñor Rivera, que ha pertenecido en forma tan activa a esta comunidad de la Arquidiócesis, es toda la Arquidiócesis, la que participará en su nueva responsabilidad.

La comunidad de la Iglesia de la Merced está sufriendo la enfermedad de su párroco, el Padre Torruella, que, como ustedes saben, sufrió un accidente la semana pasada y está en la Policlínica, junto con su mamá. Esperamos que pronto se recupere muy bien.

En el orden también de comunidades, quiero alegrarme con las comunidades de San Antonio, Colonia América; la comunidad de Santuario de Fátima, en los Planes; de María Auxiliadora y del Corazón de María; donde se ha tenido, estos días, el movimiento del nuevo Catecumenado. Tres apóstoles del Catecumenado, Padre José Angel, español; y los Hermanos Tino y Lucía, italianos formando un equipo, han promovido esta forma nueva de instrucción religiosa. Antiguamente, antes del bautismo, se sometían los candidatos al bautismo a una escuela que se llamaba el Catecumenado. Ahora, lamentablemente, no lo tenemos, y por eso tenemos tantos bautizados que no viven la responsabilidad y la gloria de su bautismo. A ésto responde un deseo del Concilio de que se establecieran los Catecumenados para que los bautizados o los adultos que se preparan al bautismo tomen más conciencia de esta incorporación a Cristo y a su Iglesia. En estas semanas, el Catecumenado celebra la entrega de las Biblias. Yo ya participé en alguna de éstas, y de veras que es algo emocionante la solemnidad con que la palabra de Dios se entrega al cristiano, para que la haga como el código de su vida, la norma de su existencia. Esto se llevará a cabo esta semana también en Corazón de María y en María Auxiliadora. Yo felicito a todos los que están participando, y hago un voto para que los que van a quedar promovidos sigan creando comunidades catecumenales en todas las parroquias de la Arquidiócesis y que los bautizados que quieran ser fieles, coherentes con su bautismo, traten de formar parte de estas comunidades, donde aprenderán esta gran misión del cristiano en el mundo.

En esta semana también ha habido dos participaciones de salvadoreños en asambleas internacionales. El canciller de El Salvador, en las Naciones Unidas se refirió a los derechos humanos, diciendo que se respetan en El Salvador y llamando como una intromisión la vigilancia de otro país acerca de este aspecto. Yo sólo quiero aclarar, queridos hermanos, que la perspectiva política es muy distinta de la perspectiva de la Iglesia. Políticamente, nosotros, como católicos, como Iglesia, no compartimos muchos puntos de vista, ni nos extrañaría que los mismos Estados Unidos, por razones políticas, mañana ya no mencionaran para nada los derechos humanos. No nos apoyamos nosotros en las conveniencias políticas. Nosotros queremos decir, y que quede bien claro para cada católico, que el respeto, el reclamo, la defensa de la libertad, de la dignidad, de los derechos del hombre, para la Iglesia son una misión que está por encima de toda política. Es su deber, como enviada de Dios, como profeta del mundo, a defender la imagen de Dios que es cada hombre. Por eso, pues, prescindamos siempre de las apreciaciones de presidentes, de ministros, de políticos; inculquemos profundamente en nuestro corazón la ley de Dios, la visión evangélica. Jamás, hermanos y ésto lo digo por muchas cosas- nos valgamos del momento religioso para nuestras conveniencias políticas; y al revés, que la política no se valga de los momentos religiosos para sus conveniencias políticas. Y lo religioso, pues, va por encima de todo ésto. Sus criterios son muy elevados; y cuando la Iglesia defiende estas causas, no se está metiendo en política de partidos, sino que está, desde la ley de Dios, defendiendo claramente lo que Dios le manda defender.

En este mismo sentido, también, quisiera aclarar la preocupación de muchos ante la intervención del delegado del episcopado salvadoreño, Monseñor Revelo, en el Sínodo de los Obispos, donde el periódico El Mundo destaca, como siempre se destaca lo que conviene, algo que a la Iglesia no le puede convenir. Yo les invito a que esperemos las aclaraciones personales y no juzguemos por adelantado. Pero una cosa sí podemos anticipar. Cómo prelado de la Arquidiócesis, yo quiero decir a los queridos sacerdotes y a todo el pueblo fiel, lo mismo a los catequistas que colaboran con nosotros en los cantones, que todo sacerdote y todo catequista que está trabajando por la difusión del Reino de Dios, en comunión con el Arzobispo, cuenta con el pleno respaldo del Arzobispo y que no hay para qué dudar, a pesar de las campañas difamatorias, de la ortodoxia, de la fidelidad a la Iglesia, de los sacerdotes y de los catequistas que trabajan en comunión con el obispo. No somos tan ingenuos de creer que los sacerdotes se han hecho comunistas. Cuánto le costó a Monseñor Chávez esta declaración -una calumnia, una burla. Pues, aunque yo me exponga a lo mismo, quiero decir a los queridos sacerdotes que procuren mantener su fidelidad al magisterio de la Iglesia, a la comunión de su obispo, y no teman las malas interpretaciones que se puedan hacer de su misión, mientras sea netamente en la línea recta donde va el Concilio Vaticano II y los documentos de Medellín. Ya estamos aburridos de que se nos llame comunistas, cuando defendemos estos derechos que el Concilio y Medellín llaman verdadera labor cristiana de los pastores de la Iglesia.

Radio Vaticano manifestó su sorpresa ante las declaraciones de Monseñor Revelo y declaró si, ingenuamente, que se extraña de que el obispo de El Salvador desconozca el heroísmo, la autenticidad con que la catequesis en el campo no es tan fácil como ha dicho, porque ahí precisamente, en el campo, es donde están nuestras víctimas, hasta sacerdotes matados, precisamente por la catequesis en los campos. Es admirable la labor de nuestros catequistas rurales. Yo los felicito. Aprovecho esta oportunidad, lo mismo a las comunidades cantonales, para que no se dejen vencer del miedo, para que sepan que mientras estudien la palabra de Dios, que crea precisamente conciencia crítica cristiana en el hombre, se formen, maduren esa fe. Y si por esa madurez y ese criterio, que no se traga todo, sino que sabe discernir a la luz del evangelio la justicia de la injusticia y reclamar precisamente por un mundo mejor, si es necesario morir en esa causa, pues será la muerte de los mártires que murieron precisamente defendiendo esa fe. No se dejen vencer por el miedo. Y si es necesario, como dicen en cierta comunidad, vivir una vida de catacumbas, vivan esa vida de catecumbas. No es clandestinidad; es simplemente la Iglesia del silencio, que sigue trabajando su conciencia, pero que no se dejará vencer, como dije antes, por las conveniencias políticas o económicas del momento. Sean fieles a Cristo, como nos dice hoy San Pablo.

Quiero decir, también, que esta semana hemos visto una manifestación de la masonería y recordar a nuestros católicos el canon 2335, las leyes de la Iglesia todavía vigentes dicen ésto: “Los que dan su nombre a la secta masónica o a otras asociaciones del mismo género que maquinan contra la Iglesia o contra las potestades civiles legítimas, incurren ipso facto” -si por el mismo hecho de inscribirse, ipso facto eso quiere decir- “incurren en excomunión simplemente reservada a la Sede Apostólica”. Sepan pues que los masones, los que han dado su nombre, están inscritos en esa secta, están excomulgados; y ojalá que la euforia de esos momentos triunfales de la masonería no engañen a nuestros católicos, que sepan mantenerse fieles a la Iglesia, la cual los desconocerá como hijos de la Iglesia, ipso facto que den su nombre a esa secta.

También, hermanos, lamento que todavía la desaparición de la Señora de Chiurato no da señales de clarificarse. Se han recibido muchas comunicaciones, pero ninguna se identifica. De acuerdo con la familia, quiero comunicar a los que tienen en su poder a la señora que se identifiquen, que podamos estar seguros que son ellos los que la tienen y la familia está dispuesta a cualquier negociación. Ya es demasiado tiempo, y esperamos, pues, que la tranquilidad vuelva a este hogar; pero con las legítimas demostraciones de que no se trata de un engaño, sino de una verdad.

Finalmente, quiero agradecer y recomendar a todos la lectura de un artículo publicado en la revista de la UCA, en que comenta la actitud del Arzobispo, la cual, pues, no tiene ningún intento de presentar conflictos, sino que es el cumplimiento de su deber, que con toda sinceridad trato de vivir, para que todos comprendan, pues, la actuación. Y lejos de dar crédito a esa campaña difamatoria que sigue adelante (estoy recibiendo muchos anónimos, verdaderamente groseros), sepan, hermanos, que la posición que se ha tomado está a base de conciencia. No es sólo de presiones, como se dice, sino simplemente el deber de un pastor que siente la alegría, al mismo tiempo que la angustia, de vivir con su pueblo y desde el pueblo, fiel a la voluntad de Dios, caminar por un camino que sea verdaderamente los caminos del Señor. Manténganse fieles, hermanos, mantengámonos unidos. Y ésto nos dará, no una victoria efímera de la tierra, (no la pretendemos) sino el triunfo del Reino de Dios. Y en este contexto, para vivir precisamente estas realidades de la semana y que se sigue vertiginosamente en las semanas siguientes, malas interpretaciones, realidades crueles, todo ésto, si no hay criterio muy fino, muy claro en la conciencia, se vive de conveniencias. Y cuando las conveniencias, ya no son conveniencias tenemos católicos que le dan la espalda a la Iglesia, que se avergüenzan de esta Iglesia. Por eso, mi afán de predicar no es porque me guste hablar por radio, como me dice un anónimo, ni es porque quiera aburrir a la gente. El que esté aburrido de oirme, pues, es muy fácil; no viene a misa a Catedral o apaga su radio. Pero, yo siento el deber de estar predicando lo que se debe predicar.

Por ejemplo, hoy y yo no parto de criterios míos, sino de la palabra de Dios, titularía la homilía de hoy como: la Iglesia de la promoción integral, ¿Qué quiere decir? Yo he tomado un texto del Padre Pablo VI, precisamente en encíclica Populorum Progressio, El Desarrollo de los Pueblos. El Papa dice que no basta el desarrollo económico, que el desarrollo, la promoción que la Iglesia propicia, es teniendo en cuenta ante todo al hombre. Y allí suena la palabra famosa de Pablo VI: “Todo el hombre y todos los hombres”. Por eso titulo esta homilía de hoy: La Iglesia de la Promoción Integral, la promoción de todo el hombre y de todos los hombres; porque así le doy unidad a las bellas lecturas de hoy.

LA MARGINACION

La primera lectura y el evangelio nos introducen en el mundo triste de la enfermedad, en una de sus expresiones más dolorosas, la lepra; y desde la lepra, la enfermedad, consecuencia del pecado, el profeta Eliseo y el mismo Cristo toman actitudes de liberación. Si la enfermedad es una triste consecuencia del pecado, hay que librar al hombre del pecado y de su consecuencia. He allí la norma de la Iglesia en la promoción humana. Las masas de miseria, dijeron los obispos en Medellín, son un pecado, una injusticia que clama al cielo. La marginación, el hambre, el analfabetismo, la desnutrición y tantas otras cosas miserables que se entran por todos los poros de nuestro ser, son consecuencias del pecado, del pecado de aquellos que lo acumulan todo y no tienen para los demás; y también, del pecado de los que no teniendo nada, no luchan por su promoción. Son conformistas, haraganes, no luchan por promoverse. Pero muchas veces no luchan, no por su culpa; es que hay una serie de condicionamientos, de estructuras, que no lo dejan progresar. Es un conjunto, pues, de pecado mutuo. Y de ese pecado, que Medellín llama injusticia institucionalizada, injusticia hecha ambiente, de allí derivan estas situaciones que las lecturas de hoy nos las plastifican en la figura del leproso de Siria que llega a buscar redención junto a un profeta de Dios y en la angustia de diez leprosos que gritan a Cristo: “Señor, ten piedad de nosotros”.

En estos enfermos cabe mirar hoy esta muchedumbre lánguida que grita, desde su marginación, una liberación que no les llega de ninguna parte, dicen los Documentos de Medellín. Y la Iglesia fiel a Jesucristo sería cruel, si como los sacerdotes del evangelio dan media vuelta, se van de largo y no se fijan en el pobre herido del camino. Cristo se enfrenta, y el profeta Eliseo también, a la situación. La lepra había inspirado unas leyes terribles en el pueblo de Dios. Lean en el Levítico: el que se encuentra marcado con esa enfermedad espantosa, tiene que salir de la comunidad humana y tiene que irse a vivir a los montes y cada vez que se acerca a una persona tiene que gritar: “Inmundo, inmundo”. Sonaba como un grito de sepulcro esa voz de los pobres leprosos que desde los caminos gritaban al que se acercaba para que se apartara de ahí: “Inmundo, sucio, no te acerques, te vamos a contaminar”. Esta angustia los obligaba a reunirse, sociedad en el dolor. El hombre tiene derecho a asociarse, aunque sea un leproso, un campesino, un obrero. Un hombre que necesita surgir de su postración se apoya en otros. ¿Por qué se va a condenar, pues, la organización?. Cristo ve acercarse una organización de leprosos. Por cierto, uno de ellos era samaritano, y los samaritanos y los judíos no se entendían. Usemos una comparación, tal vez no tan exacta, pero como si hondureños y salvadoreños, que políticamente están distanciados, pero en el dolor sienten la necesidad de unirse; desaparecen las fronteras, solamente se siente el dolor. Este samaritano no se sentía mal, sino al contrario, se sentía hermano de sus enemigos políticos, los judíos, y con ellos va al encuentro del Señor.

Naamán era un extranjero y por una noticia de una muchachita, una sirvienta de su casa que era judía, que le dice: “En mi tierra hay un profeta, él te podría curar”, aquel hombre con todo el orgullo de su casta, su situación social, al fin atiende la vocecita de aquella sirvienta. Y va y sucede lo que hoy se ha leído. Cuando llega al profeta Eliseo, Eliseo le dice: “Vete a bañarte siete veces en el Río Jordán”. La primera reacción de Naamán es de soberbia: “¿Para ésto he hecho un viaje tan largo? ¿Qué acaso no hay ríos más buenos en mi tierra?. Y hoy el profeta me manda simplemente una cosa; ni siquiera se ha dignado venir él”. Y el criado de Naamán le dice: “Si te hubiera mandado una cosa más difícil, la harías por tu salud. Cuándo más que es simplemente meterte al río siete veces. Obedece”. Y obedece; y cuando se sale del río ya purificado de su lepra, este hombre corre al profeta Eliseo para decirle la palabra de la fe: “Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra, más que el de Israel. Recibe este presente”. Y Eliseo no quiso recibir nada.

Figura simpática la de Eliseo. Pertenece al libro de los Reyes. Todavía no son los profetas los protagonistas de la historia de Israel. Los reyes son, entre los cuales se destaca Salomón y David, que le han dado la constitución política al Reino de Israel. Pero siempre junto a esos reyes había hombres como los confesores, como los predicadores que actualmente tenían los reyes católicos. Uno de éstos era Elíseo, una especie de confesor del rey, que el soplo de la palabra divina llegaba a la política de los reyes a través de sus profetas. Y dichosos los gobernantes que atendían la voz de sus profetas y pobres los gobernantes que despreciaban las voces de los profetas. De ésto están llenas estas páginas del libro de los Reyes. Uno de esos profetas que compartían su vida entre el Consejo de la Corte, donde iba a aconsejar al rey Jeroboan, y su vida común de los hermanos profetas (se llamaban esas comunidades donde los profetas en oración, en meditación, escuchaban la palabra de Dios para llevarla luego al mundo), Eliseo, que comprendió en su meditación y en su misma actuación frente a la Corte que él no era más que un instrumento de Dios, tenía de sí un concepto tan humilde, que cuando este sujeto del milagro le quiere ofrecer grandes cantidades de dinero que traía para recompensar al que le hiciera el favor de limpiarlo, no le recibe nada. Le dice el profeta: “juro por Dios, a quien sirvo, que no aceptaré nada”. Qué hermoso gesto. Hermanos, si la Iglesia ha tenido sus deficiencias y sus pecados enormes, porque ha convertido a su instrumentalidad de Dios en un negocio muchas veces, es reprochable; y el sacerdote que usa su poder sacerdotal para ganar dinero está abusando. Desde esta cátedra, desde donde se denuncian las injusticias y los desórdenes, también estamos dispuestos a ser criticados en todo aquello que no es correcto. El sacerdote como Eliseo tenía que sentir: todo lo que doy es de Dios. La palabra que hoy estoy dando es de Dios. Si por ella me alaban, me aplauden y yo me quedo con esos aplausos, yo le robo a Dios. Yo, hermanos, le ofrezco al Señor toda esta acogida que ustedes le dan a la palabra mía; porque no es mía, es de Dios. Y si nosotros necesitamos dinero, porque somos hombres y tenemos que comer y vestir, y tenemos que atender también las oficinas, los templos desde donde les atendemos a ustedes, eso es distinto. Pero si alguien se quisiera enriquecer egoísticamente, valiéndose de su ministerio sacerdotal, estaría cometiendo un sacrilegio. “Lo que recibistéis gratuitamente -nos dice la Biblia- dadlo gratuitamente”. Y el pueblo sabe responder, y lo digo por experiencia, la generosidad de ustedes ayudándonos en nuestras obras, en nuestras súplicas y también en nuestras necesidades personales. No nos podemos quejar. Y como San Pablo, decimos, con tal de tener con qué comer, con qué vestirnos, dónde vivir, es suficiente.

Entonces el profeta oye una confesión más humilde de aquel que es asirio. Entonces -le dice- permite que entreguen a tu servidor una carga de tierra de este reino que puede llevar un par de mulas, porque en adelante tu servidor no ofrecerá holocaustos ni sacrificios de comunión a otro Dios que no sea el Señor. He aquí un convertido, un pagano que no conocía al Dios de Israel, y por la actitud de un profeta lo conoce y se convierte en un adorador del verdadero Dios. Esta es una de mis satisfacciones más grandes de estos tiempos, hermanos. Cuántos corazones se han convertido, cuántos, y no sólo de la clase humilde. Yo oigo confesiones que me llenan de profunda satisfacción, de gente adinerada que me dice: “Sí, usted tiene razón. Sí, los que no quieren comprender ésto es porque son muy egoístas. Estamos dispuestos a hacer lo que se pueda”. Y yo tengo una gran esperanza, hermanos, de que la Iglesia, que ha ofrecido el diálogo de su sinceridad, sin traicionar esta verdad del evangelio, encontrará eco no sólo en el pueblo humilde, sino también en la clase poderosa; porque el que escucha la verdad es muy ciego si no la quiere seguir.

CRISTO SANA A LOS LEPROSOS

En este mundo de la enfermedad y de la conversión nos encontramos a los diez leprosos del evangelio. ¡Qué triste figura!. Y yo quiero pensar, en este encuentro que este domingo nos ha hecho a todos nosotros con el dolor humano, que pensemos, hermanos, en la desgracia de la humanidad, que nuestro corazón este día vuelve a los hospitales. Yo vivo en un hospital y siento de veras de cerca el dolor, los quejidos del sufrimiento en la noche, la tristeza del que llega teniendo que dejar su familia para internarse en un hospital. Pensemos en las largas colas de enfermos esperando en nuestros hospitales para buscar un poco de salud que no lo llegan a encontrar. Y pensemos, también, en el enfermo de familia, aquel que me está escuchando tal vez junto a su aparato de radio. Ojalá que esta palabra le lleve un consuelo. Estamos pensando en usted, querido hermano enfermo.

El Papa en una de sus últimas catequesis, cuando dice que la sociedad civil se organiza y puede desplazar a la Iglesia en su obra de beneficencia, no importa; la Iglesia siempre tendrá una mística muy especial para el sufrimiento, que no la pueden dar todas las técnicas de médicos y de enfermos y de hospitales bien equipados. Esos centros, esas técnicas, muchas veces cosifican, es decir, hacen del enfermo una cosa. Ya casi ni se le llama por su nombre, sólo el número, el enfermo número tal, como si fuera algo irracional. Se olvida que el enfermo es ante todo una persona, que necesita cariño, que necesita caridad, que necesita la ternura de un corazón, que no basta una enfermera muy técnica en poner inyecciones y transfusiones, pero que trata al enfermo de cualquier manera. Esta hora de compasión para el enfermo lleve un llamamiento al médico, a la enfermera, al hospital, para que humanicen cada vez con más delicadeza esa misión de quien trata no a un animal ni a una cosa, sino a un ser humano, que tiene su corazón compartido con una familia con la que no está, que le hace falta el cariño de aquellas manos que lo saben tratar bien en su casa. He aquí el ambiente del enfermo. También el tiene que elevarse a la comprensión de que su dolor no es inútil, de que aunque lo tratemos como un ser inútil -y, hermanos, ya va llegando la teoría que ya usó Hitler y su sistema en Alemania, de eliminar todo ser inútil. Un viejo, un enfermo que ya no sirve, se le elimina. ¡Qué inhumano!.

A ésto se puede llegar cuando no se ha tenido cuidado también de la vida que comienza. Si se trata así el germen del hombre que está en la entraña de una mujer embarazada y se provoca el aborto, es un asesinato; y, lo peor, la madre asesina de su propio hijo. De ese paso, de la falta de amor a un ser ya concebido, no hay más que un pequeño paso al viejo, al enfermo, al inútil. Si estorba un feto, que ya es vida humana en la entraña de una mujer, también estorba un viejo cuando no hay sentido de caridad en un hogar, y no hay más que un proceso lógico. Si es lógico el aborto, es lógico también este proceso de eliminación.

Es necesario humanizar las relaciones con los que sufren, con los que parecen inútiles. El gran misterio nos lo deja Cristo: en el día del juicio nos va a juzgar en la medida en que tratamos al necesitado, porque “todo lo que hiciste con uno de ellos, conmigo lo hiciste”. Por eso les decía al principio que los considerando políticos, higiénicos, técnicos de los hombres que ese quedan muy por abajo de los considerados cristianos de un cristiano que sabe que lo que hace a un enfermo, a un pobre, a un miserable, Cristo lo está recibiendo como en su propia persona.

Desde el mundo de la enfermedad, hermanos, quiero sacar esta conclusión, Decía que Pablo VI decía: es necesario promover todo el hombre. Y aquí tenemos, cuando Cristo se preocupa del enfermo del cuerpo, lo está salvando no sólo en su alma. Hay una espiritualidad peligrosa en nuestro tiempo, como una reacción contra el lenguaje nuevo de la Iglesia, que habla de liberación, de derechos humanos, que protesta por los ultrajes de la persona, que reclama los abusos del poder político. Contra esa actitud leal de la Iglesia se reacciona, diciendo que la Iglesia tiene que predicar sólo la espiritualidad, sólo de un Dios, de un reino de los cielos, y que no nos preocupemos de la tierra. No se dan cuenta que están descoyuntando el evangelio, que Cristo que vino a salvar a los hombres tuvo cuidado, también, de sus cuerpos; y a los diez leprosos, como Eliseo a Naamán, los cura, usando el ministerio de los sacerdotes: “Vayan a mostrarse a los sacerdotes”.

Lean en el Levítico la hermosa ceremonia del sacerdote que incorpora de nuevo a un leproso ya curado; todo una consagración para incorporarse al pueblo de Dios. Cristo respeta las leyes eclesiásticas de su tiempo, como las debemos de respetar todos. Si los sacerdotes de hoy hubiéramos caído en las tremendas deficiencias del sacerdocio en tiempo de Cristo, allí está Cristo dándonos el ejemplo, respeto a las leyes que están en manos de los sacerdotes: “Vete a mostrar a los sacerdotes”. Y cuando iban de camino quedaron curados por su obediencia. De seguro que continuaron llegando al sacerdote para que impusiera las manos y los incorporara, ya sanos, al pueblo de Dios.

Pero este samaritano, precisamente el enemigo político del pueblo de Jesús, vuelve ante Jesús el judío, pero que es Dios, y de rodillas, de bruces, cantando gloria a Dios, le dá gracias porque lo ha curado. He aquí el hombre que siente que la promoción de la Iglesia no solamente es el perdón de su pecado, sino que también le ha dado salud a su cuerpo. La Iglesia está empeñada hoy -acaba de salir un documento de la Santa Sede, que lo voy a dar a conocer en Orientación- de cómo hoy no se puede separar la promoción humana, el cuidado de los cuerpos, de los derechos humanos de la tierra, de esta obra de evangelización de la Iglesia; de tal manera que no hay por qué poner una dicotomía entre los derechos de Dios y los derechos del hombre, como si el que habla de los derechos de Dios se olvidara de los derechos del hombre o viceversa. Cuando hablamos de los derechos del hombre, estamos pensando en el hombre imagen de Dios, estamos defendiendo a Dios.

Por eso, les repito que la perspectiva de la Iglesia es religiosa, es hacia Dios, no es de conveniencia política. Esto quiere decir, pues la frase de Pablo VI, “la promoción de todo el hombre”, alma y cuerpo, corazón e inteligencia, relaciones sociales; que sintamos la igualdad que Dios ha querido de todos sus hijos, que organicemos un mundo más conforme a esta promoción integral de todo el hombre, que todo el hombre sienta la capacidad de desarrollar toda su capacidad, de salir de la enfermedad, de encontrar hospitales donde curarse, de encontrar escuelas para todos sus niños, que no se queden analfabetas, de promover, pues, en todos los sentidos el desarrollo humano integral de todo el hombre.

Y en segundo lugar, “la promoción de todos los hombres”. Quiero fijarme, y estamos en el mes de las misiones, que este leproso que curó el profeta Eliseo, venía de un país extranjero. Cristo lo hace notar una vez en su evangelio, cuando dice: “Había muchos leprosos en Israel en tiempos de Eliseo; sin embargo, a ninguno de ellos fue enviado, sino a Naamán, el Sirio”. Un Sirio, un pagano, uno que vivía más allá de las fronteras, y en aquel tiempo no ser judío era ser considerado como perro, como extraño. Si un perro, un extraño, viene al profeta inspirado por Dios, sabe que Dios es padre de todos los hombres, que para Dios no hay quienes se sientan a la mesa y quienes se quedan como perros a recibir las migajas, que para Dios todos son comensales del gran banquete de la vida que él nos ha servido; y por eso, para todos los que piensan en la promoción, para todos los hombres; este es el sentido misionero. La Iglesia desde todos los tiempos, dice la encíclica Populorum Progressio, se ha preocupado por llevar la promoción a todos los pueblos de la tierra -no para apoderarse del poder de nadie. Ténganlo bien claro los políticos: la Iglesia no pretende el poder de la tierra, pero sí pretende implantar en el poder de la tierra el reino de Dios, que hará más justo el poder de la tierra y hará más comprensivo al pueblo gobernado cuando lo ilumine un sentido de justicia y de verdadera promoción, cuando se sienta que la participación en política es un derecho que se respeta en todos los ciudadanos; porque a todos los hombres la Iglesia les predica su participación como hijos de Dios, con los talentos que cada uno ha recibido para el bienestar de todos. Todos tenemos derecho a construir el bien común de todo el país.

Y así la Iglesia va promoviendo por todas partes. Si esto es subversión, la Iglesia sabe que no lo es; sino que es promoción, desde todos los pueblos, respetando la idiosincracia de cada país. Y si alguna vez, dice la encíclica Populorum Progressio, los misioneros embuidos en una cultura de su país sintieron que se traslucía algo del mensaje de Cristo, de su propio modo de pensar como europeo, ahora la Iglesia está tratando de corregir y sabe que eso fue un error, y trata de identificarse tanto con el pueblo misionado, que no le interesan ya tanto los intereses de su país, sino del pueblo cuyo arte, ciencia, idiosincracia, raza, modo de ser, lo promueve, lo diviniza. Eso estamos haciendo en El Salvador. No somos un poder extranjero; somos el alma del pueblo, somos la vida de la nación. Por eso la Iglesia predica y siente que tiene el derecho de predicar un evangelio que no trae un poder extranjero, sino que viene a inyectar vida a nuestra propia vida, para que el salvadoreño sea más salvadoreño y ame más a su patria y trabaje por promoverla mejor. Esto hace la Iglesia en el pueblo; por, eso no se le quiere comprender, a pesar de lo claro que es su misión.

PROMOCION DEL ESPIRITU

Y finalmente, queridos hermanos, -un tercer pensamiento- voy a terminar con que toda esta promoción de todo el hombre y de todos los hombres, no es aras de tierra, no es sólo para hacer sano en sus carnes a Naamán el sirio, no es sólo para dar una alegría de salud corporal a diez leprosos. Lo más grande de todo es que, a través de esa promoción del cuerpo, Cristo ha logrado la promoción del espíritu. Se han fijado cómo terminaron los dos milagros, el milagro de Naamán, con esta palabra hermosísima: “Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra más que el de Israel, y permíteme llevar tierra de este reino, para no adorar de aquí en adelante más que al Dios verdadero”. Allá termina la promoción, en unir al hombre con Dios. Y se han fijado como termina la promoción del leproso agradecido: volvió, dando gloria a Dios, a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Así termina la promoción de la Iglesia, postrando los hombres ante Cristo…

Para estos momentos de prueba en la historia del país y en la historia de la familia, San Pablo, escribiéndole a Timoteo, ya está prisionero, está encadenado, pero desde sus cadenas puede decir San Pablo esta mañana: “La palabra de Dios no está encadenada”. Qué libertad la que produce esta fe cristiana. Una Iglesia perseguida, torturada, asesinada, puede decir como San Pablo: “Pero la palabra de Dios no está apagada”… El hecho es, que cuando quisieron apagar la voz del Padre Grande para que los curas tuvieran miedo y no siguieran hablando, han despertado el sentido profético de nuestra Iglesia, la cual se desencadena, porque sabe que no le pueden matar la palabra en los labios, que seguirá vibrando a través de una Iglesia que lleva la promesa de Cristo hasta la consumación de los siglos. ¿Y qué tiene que predicar el predicador de esa palabra, que no se deja amarrar? La fidelidad a Dios, dice San Pablo. Esta es la doctrina segura: que Cristo es nacido del linaje de David; en cuanto hombre, pertenece a raza de reyes; pero no es eso lo más grande. Lo más grande es que éste ha resucitado de entre los muertos.

Hermanos, ¿qué miedo puede tener un hombre que cree en aquel que cuando lo mataron resucitará para siempre?. Se ha perdido la esperanza de muchos en esta resurrección, y por eso tienen miedo. Pero ha despertado la esperanza de muchos que quisieran ser matados para participar con Cristo en su martirio y resucitar con Cristo en una gloria que no tendrá fin. Y por eso la consigna de San Pablo, para terminar. “Si morimos con él, viviremos con él. Si perseveramos, reinaremos con él”. Y fíjense bien -“Si lo negamos, también él nos negará”. Qué terrible será la negación de Cristo a la hora en que las cosas son definitivas: ‘Tuve miedo de tí Señor, por eso me hice masón, por eso me hice de ORDEN, por eso me metí en tal situación política”. “Me negaste: pues; aquí está la sentencia”. “Si lo negamos, también él nos negará. Si somos infieles” -esta es otra cosa- “si somos infieles, él permanece fiel”. Qué consuelo. Aún cuando lo hayamos traicionado, si lo venimos a buscar, lo encontramos con los brazos abiertos. No ha pasado nada. Como Pedro en la mañana de la resurrección, Cristo, que ha salido testigo de las negociaciones cobardes del Jueves Santo en la noche, ahora solamente le pregunta: “¿Me amas?” Y Pedro, avergonzado y arrepentido, le dice: “Si, te amo Señor. Si lo que pasó aquella noche fue pura debilidad. Soy digno de castigo”. Y Cristo no le reprocha el pecado. Lo encuentra fiel. Todo pecador, todo traidor que se haya alejado de Cristo, sepa ésto: “Si le hemos sido infieles, él permanece fiel”. Qué con consuelo, hermanos, para mí pecador y para cada uno de ustedes pecadores, que después de nuestras debilidades y deficiencias lo hemos encontrado, nos ha perdonado, nos ama, no ha pasado nada; “porque no puede negarse a sí mismo”. Qué razón más profunda. Dejaría de ser Dios, dejaría de ser redentor.

Por eso, hermanos, con esto terminamos, pues, nuestra explicación humilde sobre la Iglesia de la promoción integral, una Iglesia que se preocupa de salvar las almas, pero que también se preocupa de salvar los cuerpos, de defender los derechos históricos de los hombres; pero que no se termina sólo en aspectos políticos terrenales, sino que hace prevalecer con primacía absoluta, la relación del hombre con Dios. Busca la conversión de cada corazón, porque de nada serviría una liberación económica en que todos los pobres tuvieran su casa, su dinero, pero todos ellos fueran pecadores, el corazón apartado de Dios. ¿De qué sirve?. Hay naciones que actualmente económicamente, socialmente están bien promovidas, aquellas, por ejemplo, del Norte de Europa. Y sin embargo, cuánto vicio, cuánto desorden. La Iglesia siempre tiene la palabra que decir: la conversión. La promoción no está terminada aunque organizáramos idealmente la economía, la política, la sociología de nuestro pueblo. No está terminada. Sería la base para que culminara en ésto que la Iglesia busca y predica, el Dios adorado por todos los hombres, el Cristo reconocido como único salvador, la alegría profunda del espíritu de estar en paz con Dios y con nuestros hermanos.

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La Iglesia, comunidad de fe

27º Domingo del Tiempo Ordinario

2 de Octubre de 1977

Lecturas:
Habacuc 1,2-3;2,2-4
2 Timoteo 1,6-8. 13-14
Lucas 17,5-10

La palabra divina, queridos hermanos, debe ser para nosotros que creemos en ella, la luz que alumbra nuestros pasos; la que ilumina, también, de consuelo nuestras aflicciones, la que le da razón a nuestras esperanzas. Por éso, me gusta evocar con todos ustedes, esos hechos que vivimos en la semana para iluminarlos junto con esos hechos públicos, familiares íntimos, que tienen que ser también iluminados con la palabra de Dios, y porque para la Iglesia todo lo humano le interesa. Ella, como dijo el Papa un día, es la vida de la humanidad.

Por ejemplo, en esta semana hemos lamentado la catástrofe de aviación militar en la cual perecen hermanos nuestros, por los cuales hemos pedido el eterno descanso. También, en cumplimiento de su deber de ganarse la vida, unos obreros quedan soterrados bajo un barranco. Un niño es arrastrado por una corriente, y qué angustia será la de esa madre de no haberlo podido encontrar. Pero, sobre todo, como un agradecimiento a los medios de comunicación social, quiero manifestar el fracaso de nuestro deseo de intervenir en el hallazgo de doña Elena Lima de Chiurato. Hemos visto de cerca la angustia de esta familia. El esposo entre lágrimas me decía: “Yo temo lo peor, veinticinco años de matrimonio que terminen así; pero siquiera que me entreguen su cuerpo muerto”. Yo suplico en nombre de Jesucristo nuestro Señor y de su Iglesia, a la que tengo el honor de representar, en nombre de lo más noble de los corazones que estamos en esta reflexión, incluso tal vez los mismos que cometieron este crimen de raptar una persona, que se compadezcan ante el dolor humano y den noticia. Comuníquense, ya sea conmigo, que me he ofrecido a la mediación, o ya sea directamente con la familia de la Señora de Chiurato. Yo les suplico encarecidamente.

Queridos hermanos, es este dolor de esta familia el que ha repercutido en mi corazón con otros desaparecidos, que a pesar de nuestra súplica siguen en esa tortura espantosa, que no es sólo de ellos sino de las familias que buscan ansiosas a sus seres queridos. El respeto, que sentimos para el hogar de Chiurato, lo sentimos para todos los hogares donde se lamenta esta nueva clase de gente salvadoreña, los desaparecidos.

Mientras tanto, la Iglesia sigue trabajando su organización, revisando su misión, para ser más eficiente en el servicio a la humanidad. Desde ayer en Roma se inició el Sínodo Mundial de los obispos, donde el Papa preside la gran consulta del mundo sobre la catequesis. Este es el tema que desde el año pasado fue enviado a todos los obispos del mundo para que, en consulta con sus sacerdotes, religiosos y fieles aporten al Papa, maestro responsable del magisterio universal, la manera de evangelizar, de catequizar, de llevar la Buena Nueva a todos los jóvenes, niños y adultos. Allá está, pues, en estos días hasta finales de octubre, la gran consulta por la cual hemos de pedir para que la catequesis, necesidad de la Iglesia, recobre nuevos impulsos, nuevas orientaciones. Por parte del episcopado salvadoreño, ha ido Monseñor Marco René Revelo, obispo auxiliar de Santa Ana, encargado de la catequesis en nuestro país.

También es destacada la noticia eclesial de esta semana, el nombramiento de Monseñor Dr. Arturo Rivera Damas para obispo residencial de Santiago de María. En nuestro periódico Orientación, expreso los sentimientos que en mí han provocado este nombramiento. Por una parte, la impresión de que se nos va un colaborador muy valioso de nuestra curia arquidiocesana; pero por otra parte, es una gran alegría, porque la promoción de un obispo auxiliar a residencial, en primer lugar supone la confianza del Papa en esa persona, y con este gesto quedan desmentidas todas las calumnias, difamaciones, que contra nuestro querido Monseñor Rivera se han atrevido a inferir muchas personas.

Su figura, pues, se destaca sobre esa maraña de calumnias y de malos entendidos. La voluntad del Papa que lo elige para ir a regir una diócesis joven llena de esperanza, donde sin duda sus grandes lineamientos de pastor, a la medida de la nueva mentalidad de la Iglesia, podrá hacer maravillas. Y me alegro de que la línea de su pastoral, sea precisamente la línea que en nuestra Arquidiócesis se lleva, de una promoción inseparable de la evangelización. Alegrémonos pues, y encomendemos mucho al Señor que en su nuevo cargo Monseñor Rivera dé el testimonio de esta Iglesia preocupada de los problemas actuales del mundo.

En estos días, también, se están llevando a cabo solemnes clausuras de cursos y graduación de bachilleres en los colegios. Hemos tenido la dicha de asistir a algunos. A otros no nos es posible, a pesar de la invitación que mucho agradezco. Pero quiero, desde aquí, dar un voto de felicitación y de confianza a todos los colegios católicos. Este año, junto con el bautismo de dolor de la Iglesia de la Arquidiócesis, nuestros colegios católicos también han reaccionado para colocarse en la línea que la Iglesia quiere en la enseñanza actual. Ha habido reacciones también en contra, queriendo dividir la línea de la Iglesia. Lamentablemente, ha habido eco a esas reacciones, que no pueden tener razón, cuando la Iglesia entera llama a todos sus medios de evangelización, entre los cuales están sus colegios católicos, para llevar adelante una evangelización que sea acorde con nuestros tiempos.

Ya comienzan las nuevas matrículas, y ojalá no sea cierto que ciertos grupos católicos están tratando de minar la obra de los colegios, llamándolos a otra parte. Si ésto sucediera entre católicos, yo denuncio esa deslealtad. Ningún católico, aunque organice un colegio, tiene el derecho de quitarle alumnos a otro colegio con el pretexto de que aquí se le va a enseñar mejor la línea de la Iglesia. Los colegios católicos están todos autorizados por la jerarquía de nuestra Arquidiócesis, y lo que ellos siguen tiene que respetarse, por cualquier grupo, no digamos anticatólico, sino mucho más por los mismos católicos. Que no hagamos la impresión de ser dos Iglesias, sino que somos una sola Iglesia en la línea proclamada por el magisterio de esa Iglesia, sobre todo para los tiempos nuevos en el Concilio Vaticano II y en los documentos de Medellín.

He visto de cerca en esta semana, las comunidades de Huizúcar y de Nejapa con motivo de sus fiestas patronales; también Monseñor Rivera llevó esta presencia episcopal a Guazapa, donde también se celebraba el día de San Miguel. Y quiero felicitarlos por el fervor y por saber unir con esa historia de sus fiestas patronales, con esa tradición de años y de abuelos, las líneas nuevas de la Iglesia, o sea la Iglesia como un árbol añejo, secular; pero, a pesar de su tronco viejo, retoñando con nuevos retoños y nuevas esperanzas. Es la vida de la Iglesia. Si solamente respetáramos tradiciones y no las quisiéramos cambiar, seríamos como un tronco seco, como un museo de antigüedades, pero no sería la vida de la Iglesia que, llevando los siglos, engarzándolos en su hebra de oro de la vida de Cristo, hace reverdecer, para las necesidades nuevas, las comunidades nuevas alimentadas con el tronco añejo de nuestra fe cristiana, pero reverdeciendo en las nuevas visiones del mundo actual.

Y, hermanos, no puedo tampoco dejar de recordarles, con una insistencia muy filial para con la Virgen, que desde ayer hemos comenzado el mes del rosario, el mes de octubre; y que ojalá volviera a todos los hogares aquella vieja costumbre de rezar el rosario en familia. Procuren aprenderlo los que no lo sepan; y los que lo han olvidado, recuérdenlo de nuevo; y los que lo practican, sepan que están también en la línea de la Iglesia, que respeta esas costumbres populares, esas tradiciones de amor y de cariño a la Virgen. Solamente les pide que no se hagan costumbres rutinarias, que no sea una maquinaria repetir el padrenuestro y avemarías, sino que sea lo que fue al principio, el mensaje del evangelio. Los misterios del rosario son resumen precioso del evangelio, que los comprende hasta el niño más chiquito, que en su débiles manos va degranando las cuentas del rosario mientras medita en el niño Jesús, en el Jesús que muere por nosotros, en el Jesús resucitado y en la Virgen que acompaña a este Cristo en su infancia, en sus dolores y en su resurrección. El que reza el rosario con sentido de evangelio se hace cristiano en la mejor escuela, en la escuela de la Virgen, que es la mejor cristiana.

Por eso, hermanos, yo les encarezco volver a esa costumbre que muchos han creído superada, pasada de moda. Pero, sólo pasan de moda aquellas cosas que ya no se aman. Y el que tiene problemas con el rosario, es que tiene problemas con la Virgen; y el que tiene problemas con la Virgen, es que tiene problemas con Cristo; y el que tiene problemas con Cristo, búsquelos en su propia conciencia, son problemas de su propia vida. Enmiéndese, conviértanse, y encontrará alegría en la compañía de la Virgen y de Jesús, en la compañía sencilla de la familia que reza con cariño esas plegarias inmortales. Y cabalmente de ésto nos habla la palabra de Dios en esta mañana primorosa del domingo vigésimo séptimo del Tiempo Ordinario. Va avanzando el año hacia el encuentro de un nuevo año, y la Iglesia se preocupa de que sus cristianos, como en una universidad, vayan aprendiendo más y más la mística de su reino, su doctrina y, sobre todo, su vivencia.

Hoy podríamos calificar nuestra homilía “la Iglesia comunidad de fe”. La fe es el tema de las tres lecturas: la fe que ilumina la problemática insoluble en la mente del profeta Habacuc; la fe que Pablo le da como secreto de solución a su discípulo Timoteo, quizá en una crisis de su vocación; y la fe es la que Cristo responde cuando los apóstoles le piden con una súplica, que debía de ser la nuestra en esta mañana: “Señor, auméntanos la fe”.

1. LA FE DEL PROFETA HABACUC

Es hermosa la respuesta de hoy. El profeta Habacuc vivió posiblemente en los tiempos de la invasión de los caldeos y de los asirios a la tierra santa. El, como los profetas mirando el futuro, como que confunde dos planos: el plano de la injusticia interna de su pueblo y el plano del castigo justiciero de Dios, por medio de un ejército invasor que va a castigar, como azote, los pecados de Israel. Y él comprende que Dios castigue al pueblo por el pecado, pero lo que no comprende es cómo un pueblo más pecador que el de Israel sea escogido por Dios para venir a cometer injusticias mucho mayores que las que va a castigar. Y entonces es cuando, problematizado este pobre hombre, se enfrenta a Dios con un problema parecido al del reino del libro de Job, el problema del mal, que ahora podríamos traducir también nosotros en nuestros problemas nacionales y podíamos como Habacuc preguntar: “¿Hasta cuándo clamaré, Señor, sin que me escuches? ¿Te gritaré violencia sin que me salves? ¿Por qué me haces ver desgracias, me muestras trabajos, violencias y catástrofes, surgen luchas, se alzan contiendas?” El libro es precioso. Sólo tiene tres capítulos. Si lo pueden leer en esta semana, fíjense sobre todo en el capítulo segundo, donde el profeta explaya esta preocupación y en forma de quejas contra Dios, escribe cinco imprecaciones.

La primera contra la explotación económica: “Ay de quien amontona lo que no es suyo y se carga de prendas empeñadas”. Está denunciando aquí el atropello del pobre, de la pobre mujer que no tiene con qué dar de comer a sus hijos y va a empeñar o a prestar dinero y se lo dan a usura: “Amontonan prendas empeñadas”.

Segundo, se queja contra el pillaje avasallador: “Ay de quien gana ganancia inmoral para su casa, para poner su nido en alto y escapar a la garra del mal”. Aquí, dice el profeta que los mismos palacios erigidos con esta usura claman. Sus piedras, sus adornos son testigos de esa sanguijuela humana que es el usurero. ¿De qué sirve tener un bonito palacio si es fruto del pillaje, del robo?.

Se queja en tercer lugar contra el genocidio: viene este ejército invasor y mata a nuestra propia gente. “Ay de quien edifica” -son palabras del profeta que parecen escritas para nuestros días- “Ay de quien edifica una ciudad con sangre y funda un pueblo en la injusticia”. Sobre fundamentos de injusticia y de sangre, de atropello y torturas, no puede ser firme una ciudad, una civilización.

En cuarto lugar, el profeta se queja contra la corrupción de los pueblos oprimidos: “Ay del que da de beber a sus vecinos y les añade su veneno hasta embriagarlos para mirar sus desnudeces”. Y describe aquí con pinceladas, diríamos, pornográficas, los vicios de la lujuria de la carne en que se solazan nuestros pueblos. Ay de la corrupción de los pueblos. En esta palabra del evangelio, hermanos, no solo denunciamos la injusticia, sino también las inmoralidades. Surgen los grandes negocios de los moteles que son verdaderas casas de cita, surgen los prostíbulos, se vende la carne. Hay corrupción. Hay corrupción dentro del mismo matrimonio, que se ha convertido también en un prostíbulo cuando se evitan los hijos y se quieren los placeres de la carne. Hay inmoralidad, y Dios no puede tolerar estas cosas. Se nos dan privilegios de derechos humanos, pero a condición de que se consuman los medios anticonceptivos artificiales. Se mutilan las fuentes de la vida, se esteriliza la mujer y se esteriliza al hombre. La carne está imperando. Todo ésto ofende a Dios, y el profeta siente como en su propia vida el atropello de su pueblo en todas estas maneras. El aborto, que se legaliza; y a pesar de que los obispos pedíamos al mismo Presidente y en la misma Asamblea respeto a la vida en las entrañas de la mujer, allí están las leyes. Esa es verdadera persecución a la Iglesia, desde las leyes contra la moral que la Iglesia predica y a pesar de haberle prometido al episcopado entero que se respetaría ese derecho a la vida, derecho de nacer, como dice la película, ni siquiera el derecho de nacer. Y se dice que se respetan los derechos humanos en El Salvador y son montones, se cuentan por millares, los abortos en los mismos hospitales, en las mismas clínicas médicas, y se pagan viajes al extranjero incluyendo un aborto. Ya se ve la malicia de esas excursiones. Es terrible, hermanos. Vivimos de veras bajo esta maldición del profeta. Ay de los pueblos sometidos que beben el veneno hasta embriagarse y mirar sus desnudeces.

Y finalmente, el profeta sanciona la idolatría: “Ay de quien dice al madero: despierta; y a la piedra muda: levántate”. Sí, están cubiertas de oro, pero ni un soplo en su interior. Naturalmente que ya nosotros no tenemos aquellas idolatrías de los caldeos y de los asirios, pero el oro sigue siendo un becerro que muchos adoran. Y por adorar ese becerro de oro, sus riquezas, son capaces de atropellar todos los derechos, mandar a matar, destruir y calumniar, decir todos los epítetos contra una Iglesia que no hace otra cosa que reclamar lo del profeta: Ay de ustedes los idólatras, que hacen de su oro un dios, pero que no tiene vida por dentro. Es metal que metaliza también del corazón, cuando se postran ante él.

Ante estos hechos, estos problemas que son la realidad de la historia, el pecado en el mundo, la respuesta de Dios se oye en la primera lectura ya: “El Señor me respondió: Escribe la visión. La visión espera su momento, se acerca su término y no fallará; si tarda, espera, porque ha de llegar sin retrasarse. El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por su fe”.

Hermanos, este es el mensaje que yo quisiera que se clavara en cada corazón. El justo vive por su fe. La fe es la única que puede darnos una respuesta adecuada a tantas injusticias. Donde parece que reina la injusticia, el atropello, la fuerza bruta, el justo como que se siente inerme. Qué poco podemos, desde la Iglesia, débil, rebatir los atropellos de la dignidad del hombre. Sin embargo, tenemos la fuerza vigorosa de Dios, la fe. El justo vive de fe. Esta es la vida que yo quisiera para todos los corazones.

2. LA FE QUE CRISTO PIDE

Cuando Cristo, nuestro Señor, en su evangelio también nos invita a la fe: “Ah dice- si tuviérais fe como un granito de mostaza, haríais prodigios parecidos a ésto”. -que no es más que una figura retórica en el evangelio, pero que quiere expresar una realidad- “le diríais a una morera, arráncate de raíz y trasládate al mar, y os obedecería”.

No es necesario trasladar un palo al mar, pero hay cosas que parecen más imposibles; por ejemplo, ¿cómo va a cambiar esta situación de El Salvador? por ejemplo, las familias que lloran a los desaparecidos: ¿Cómo aparecerá mi hijo, mi esposo, mi hermano? Ante esta potencia de las armas y de la fuerza, qué chiquito se mira el hombre inerme. Sin embargo, si ese pequeñito a las fuerzas del mundo tiene la fe de Dios, es más poderoso que todos los ejércitos.

¿Qué es la fe? Hermanos, mi mayor temor en este tiempo es que mucha gente está perdiendo la fe. Y el mayor crimen que los criminales cometen con tantos abusos de violencias es poner en tentación la fe de la gente y poner la confianza en las brutalidades de la violencia. Cuidado, hermanos, hay muchos, sobre todo entre los jóvenes, que ya no creen en las fuerzas espirituales y se lanzan a la guerrilla, y se lanzan al secuestro y se lanzan a la violencia, como si ahí estuviera la solución. Cómo quisiera yo desvirtuar todas esas falsas idolatrías, que al fin y al cabo no son más que debilidades de la carne y que no conducen a nada bueno, para poner en cambio en el corazón de los guerrilleros, de los violentos, de los que atropellan, de los que torturan, de los que ponen su fuerza en el dinero, en la política, que la fuerza solamente viene de Dios; y que sólo la fe es capaz de trasladar montañas y de hacer felices a los pueblos y a la historia.

¿Qué es la fe? Yo he querido copiar el pensamiento del Concilio Vaticano II, cuando en el documento sobre la divina revelación después de decirnos cómo Dios se revela no sólo en la naturaleza, de tal manera que aún el que no es cristiano, simplemente es un hombre racional, puede descubrir en las flores, en los frutos, en las estrellas, en la naturaleza, la existencia de un Dios; pero eso se llama revelación natural. Pero además de esa revelación natural, nos dice el Concilio, Dios ha querido revelarse El mismo y sus designios de misericordia y de amor por medio de su palabra, que es el Hijo de Dios, que se hizo hombre y que dejó, también, esa revelación encomendada a una Iglesia. Entonces, el Concilio pregunta: ¿Qué debe hacer el hombre cuando conoce que Dios ha hablado? He aquí la respuesta: Cuando Dios revela, el hombre tiene que someterse con la fe. Por la fe -aquí viene una bonita descripción de la fe- por la fe “el hombre se entrega entera y libremente a Dios. Le ofrece el homenaje total de su entendimiento y voluntad, asistiendo libremente a lo que Dios revela”. (D V, 5). Miren qué belleza, hermanos. Tal vez habíamos tenido nosotros, de nuestra infancia, un concepto muy intelectual de la fe. Y es que antes del Vaticano II vivíamos la doctrina del Concilio Tridentino, que tuvo que enfrentarse contra los abusos de la fe que predicaron los renovadores de Lutero, el cual, dicen que enseñaba que con tal de tener confianza en Dios nos salvaríamos, aunque pecáramos fuertemente. Se le atribuye a Lutero esa frase que, históricamente, no sé si será cierto, pero que decía: “Peca fuertemente; con tal que creas fuertemente, te salvarás”. Contra este error nefasto, que puede llevar a muchos pecadores a una confianza ilusoria, el Concilio de Trento condenó esa confianza temeraria y enseñó que la fe era aceptar las verdades de Dios, las cosas que Dios enseña. Y así tuvimos nosotros un concepto de fe intelectual. Y un rey decía, cuando le preguntaron: “¿Cómo anda tu cristianismo?” – “Pues, en materia de fe, muy bien, porque no es más que creer; pero en materia de moral ando muy mal”. Se separaba la fe y la moral.

Cuando ya se superó ese error protestante, el Concilio Vaticano II -miren la coherencia del magisterio de la Iglesia- enseña otra vez la fe bíblica, la fe que Lutero quiso interpretar, pero que interpretó falsamente, con abuso. La interpreta la Iglesia en esta frase que les he leído: “Por la fe, el hombre se entrega entera y libremente a Dios. Le ofrece el homenaje total de su entendimiento y de su voluntad, asintiendo libremente a lo que Dios revela”. No es sólo aceptación de verdades, es aceptación de la voluntad de Dios. No es sólo entrega de mi mente a las verdades de Dios; es entrega de mi mente y de mi corazón a lo que Dios quiere.

¿Quieren un acto de fe preciosísimo a los ojos de Dios? Oigan a María, cuando Dios le pide el consentimiento de la colaboración en la redención. “He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra”. Este es un acto de fe, una aceptación del misterio de Dios sin comprenderlo; pero una aceptación del que es omnipotente y todo lo sabe. Yo no lo entiendo, pero lo acepto. En sus manos no soy más que un pequeño instrumento. Por eso, no comprendo el misterio de la historia; por eso, no comprendo que la injusticia se improvise y que otras injusticias mayores sean escogidas por Dios para castigar menores injusticias. No lo entiendo, pero sí entiendo que me entrego a Dios y que El es el dueño de la historia y que los mismos azotes de Dios seran también echados al fuego cuando ya sean inútiles para sus designios amorosos.

Después, el Concilio Vaticano II dice que la fe no es una cosa que brote de nosotros solos. Fíjemonos mucho en ésto, hermanos, porque la fe no depende de tí. Para dar esta respuesta de la fe, dice el Concilio, “es necesaria la gracia de Dios que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón. Lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede a todos el aceptar y creer la verdad”. (D V, 5). De ahí que la fe es un don sobrenatural, es un regalo de Dios. Dichoso el que tiene fe. Así se explica la súplica de los apóstoles: “Señor, aunméntanos la fe”. El que no tenga fe, y yo se que muchos de los que me escuchan no tiene fe, o por lo menos se glorían fanfarronamente de no tener fe. No es ninguna gracia, querido hermano, que no tiene fe. Pobrecito, eres un mendigo, eres un ciego. Mientras los que tienen fe contemplan los bellos paisajes de la voluntad de Dios, tú miope, ciego, no ves, no tienes fe. Pídele a Dios que te devuelva la vista, pídele al Señor que te saque de esa oscuridad y tinieblas en las que vives. Es un don de Dios, y ese don de Dios no lo niega al que se lo pide. Más aún, dice el Concilio, es una ayuda que se adelanta. Antes de que tú la pidas ya está dentro de tu corazón, deseando que pidas ese don.

Hermanos, pidamos este don. Que sea la súplica de esta semana: “Señor, auméntanos la fe”. Y por último, el Concilio dice cómo esa fe no termina nunca. Para que el hombre pueda comprender cada vez más profundamente la revelación, el Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe con sus dones. Hay un trabajo exquisito del Espíritu Santo en el corazón de cada hombre, de cada comunidad. Y yo quiero alegrarme ahora, hermanos, felicitar a los sacerdotes y cristianos, religiosas y catequistas, que están formando esas comunidades de fe, comunidades de base, pequeños grupos de donde la Biblia orienta, se reflexiona, y la fe crece. Estos grupos que precisamente son los llamados subversivos, a los que se persigue, son los que están madurando en la fe. Un grupo legítimamente bíblico, legítimamente convocado por la Iglesia, no debe tenérsele desconfianza. Es la fe de Dios que crece por la iluminación de la gracia y del Espíritu Santo en el corazón de los hombres.

Ojalá en todas las familias una Biblia: en la hora de comer o antes de acostarse, padre, madre, hermanos, junto al rezo del rosario, la lectura de una página bíblica que alimente la fe de los niños, de los jóvenes, de los ancianos; porque la fe no termina de crecer durante toda la vida. Aquellos que dicen: “Ya hice mi catecismo en la primera comunión” y no se preocuparon más, se han quedado con una fe raquítica. Háganla crecer, hermanos. Que crezca, porque dentro de ustedes está el espíritu del bautismo, de la confirmación, exigiendo un crecimiento en esa fe, para comprender mejor los misterios de la patria, las injusticias del orden, todo lo que aquí no comprendemos y lo queremos resolver a base de violencia y de fuerza, de represión y de tortura. No se resuelven así las cosas, es desde el fondo de la fe, desde los designios de Dios en la historia, como el hombre tiene que colaborar, no estorbar esos designios del Señor.

3. LA FE DE PABLO Y TIMOTEO

Y lástima, el tiempo ha transcurrido ya, solamente hago una breve alusión a la segunda lectura, para decirles que esta fe que Dios nos obsequia y crece en nosotros la ha encomendado a la Iglesia. Yo quisiera que leyéramos esa segunda carta de San Pablo a Timoteo, oyendo en la voz de Pablo la voz de la Iglesia, que al fin eso es la voz de un obispo y Pablo era un obispo como el que les está hablando, naturalmente con la diferencia enorme de la santidad suya y mi mediocridad; pero San Pablo como obispo y yo como obispo, somos la voz de la Iglesia. Y cuando Pablo escribe, es la Iglesia que habla, con estos términos: “Aviva el fuego de la gracia de Dios que recibiste cuando te impuse las manos”. Son los gestos de la Iglesia: cuando se ordena un sacerdote se le imponen las manos y el obispo tiene el poder de transmitir el poder sacerdotal; cuando se afirma a un joven se imponen las manos para invocar el Espíritu Santo. Dentro de poco, con un pan en mis manos voy a decir: “Esto es mi cuerpo”; y cuando me acerque a darles la comunión, les voy a decir. “El cuerpo de Cristo”. Todos éstos son gestos humanos de la Iglesia, pero son acciones de Cristo; es Cristo el que sigue hablando. Por la fe la Iglesia sigue transmitiendo el mensaje de Cristo y dando la vida de Cristo a las almas.

Los sacramentos no son otra cosa que el contacto, la presencia, el encuentro de un hombre con Cristo mismo, a través de su ministro.

Y luego la Iglesia, hermanos, a los salvadoreños nos está diciendo esta palabra; porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, de amor, de buen juicio. “No tengas miedo de dar la cara por nuestro Señor y por mi” -la iglesia- “Por mí, su prisionero”. Pablo estaba prisionero entre cadenas y se sentía que era la Iglesia perseguida, prisionera; pero desde las cadenas puede decir a todos sus hijos: “Yo, Iglesia perseguida, soy el rostro de Cristo. No te avergüences de ser mi hijo”. Ay de los que se avergüenzas de la Iglesia y de los que continúan la campaña difamatoria contra la Iglesia. Se ríen de su propia madre.

“Toma parte en los duros trabajos del evangelio según la fuerza que Dios te de. Ten delante la visión” -Miren otra vez la palabra que Dios le dice a Habacuc: “La visión escríbela, y a tu tiempo verás que cumplo. Dichoso el justo que vive de fe”.

Así Pablo, Iglesia, les dice también a los católicos: “Ten delante la visión que yo te di con mis palabras sensatas y vive con fe y amor cristiano”. Amor, el amor verdadero que se inspira en la fe, el amor sereno que no teme a las violencias, ni echa mano de las violencias, porque no le hacen falta. Le basta creer, entregarse a Dios, no comprender sus horas, los martirios que él nos prueba en la vida, saber que llegará su hora. Tardará pero llegará. Esta es la esperanza que la Iglesia quiere conservar, y por eso San Pablo, hablando por la Iglesia, dice: “Guarda este tesoro con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros”.

Hermanos, guarden este tesoro. No es mi pobre palabra la que siembra esperanza y fe. Es que yo no soy más que el humilde resonar de Dios en este pueblo, diciendo a los que han sido escogidos por azotes de Dios y usan la violencia en formas tan diversas, que tengan cuidado, que cuando Dios ya no los ocupe, los va a tirar al fuego, que se conviertan mejor a tiempo; y a los que sufren los azotes y no comprenden el por qué de las injusticias y de los desórdenes, tengan fe, entréguense, voluntad y cerebro, corazón, todo entero; que Dios tiene su hora, que nuestros desaparecidos no están desaparecidos a los ojos de Dios y los que los han hecho desaparecer, también, están muy presentes ante la justicia de Dios. Pidamos para unos y para otros y para el mundo que sufre las incertidumbres, la seguridad de la fe. Guarda este tesoro que ahora vamos a proclamar en nuestro credo.

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San Miguel Arcángel

29 de Septiembre de 1977

Huizúcar

Lecturas:
Daniel 7,9-10.13-14
Apocalipsis 12,7-12a.
Juan 1,47-51

Queridos hermanos, sacerdotes, religiosas y fieles:

Vengo por visitarles como pastor pero también vengo como cristiano, igual que ustedes, en una peregrinación en honor del Arcángel San Miguel. Como pastor de ustedes, lo acaba de decir el párroco, vengo a traerles el mensaje, la palabra que nuestro Señor manda a decir a esta comunidad de Huizúcar, celebrando su fiesta patronal. Y como peregrino de San Miguel Arcángel, vengo sintiendo la fuerza de la lucha en la cual la Iglesia está empeñada en el mundo y siente en carne propia, las fuerzas también del enemigo, que quisiera que este reino de Dios se acercaba y no siguiera adelante. Y venimos a decirle, con el pueblo fiel, esa oración: que a través de los siglos pone en San Miguel Arcángel la confianza: “San Miguel Arcángel, defendiéndonos en la batalla; sé nuestro amparo contra las fuerzas del mal”.

Y así pienso, hermanos, que nuestra misa, nuestra plegaria en esta dichosa parroquia de Huizúcar, puesta bajo las alas poderosas del Arcángel San Miguel, es una plegaria que ha de beneficiar a toda la Arquidiócesis, porque aquí hemos de orar, en este momento, por todos los intereses, por todos los sacerdotes, por todas las comunidades, por todos los cristianos que formamos lo que se llama la Iglesia particular de la Arquidiócesis de San Salvador. Cada vez que celebramos a un patrono, nuestra mirada llena de esperanza se dirige a ese cielo donde el patrono ya reina con Dios. Pero en el caso presente, San Miguel Arcángel, no saludamos a un peregrino de esta tierra que se fue al cielo, como son los patronos santos, sino que saludamos a un príncipe de ese otro mundo que Dios envía a proteger a este pueblo de Dios. Por eso, nuestra plegaria y nuestra confianza se tornan más devotas, más respetuosas, más confiadas; porque sabemos que estamos ante una presencia misteriosa que no ha surgido de esta tierra sino del que dice nuestro credo: “creemos en ese Dios creador de las cosas visibles e invisibles. San Miguel pertenece a ese reino del mundo invisible donde para nosotros no hay más conocimiento que lo que Dios haya querido revelarnos.

Y me dió mucho gusto, hermanos -os confieso mi emoción-, al ser recibidos por ustedes con ese cariño tan propio de nuestro pueblo y, al venir acompañándolos, encontrarme con este paisaje tan pintoresco, esta cumbre donde a nuestros antepasados se les ocurrió levantar este templo. Parece como esas defensas espirituales, diríamos, las catedrales, los templos, que los cristianos de todos los siglos han levantado en lugares los más primorosos que puede dar nuestra naturaleza. Y después de ese pintoresco paisaje a la entrada de la plaza, entrada a este templo y sorprenderse la vista con la presencia no sólo de San Miguel, en el centro de este altar, sino a sus dos lados, los dos grandes arcángeles que con él forman esas tres majestades que del cielo han venido a visitar a la tierra y cuyos nombres significan la relación grandiosa que ellos tienen con Dios.

San Rafael, que significa la medicina de Dios porque acompañando a Tobías, como ustedes lo pueden leer en el precioso libro bíblico de Tobías, curó de dolencias espirituales y materiales a la familia de aquel peregrino que no se imaginaba que iba siendo acompañado por un arcángel, hasta que, después de terminar su misión en la tierra, desaparece diciéndole: “Yo soy uno de los siete espíritus que estamos frente al trono de Dios” Y entonces, sintieron los dos Tobías, anciano y joven, toda la familia que habían estado en el contacto con lo divino, por el pensamiento infinito de Dios, y cayeron de rodillas y se postraron en tierra con su rostro topado al suelo para adorar, porque habían estado con un arcángel sin haberlo comprendido. Esa creo que es también nuestra actitud, adorando a uno de los siete espíritus que están cerca del trono de Dios.

Gabriel, nos lo presenta la Biblia, nada menos que trajeron de Dios el mensaje de la redención del mundo. Gabriel significa potencia de Dios, porque era que iba a manifestar, en la encarnación del Hijo de Dios en las entrañas de María, la potencia de la redención: salvar del pecado al mundo. Se necesitaba un poder de amor infinito, y por eso envía al arcángel que se caracteriza por ese nombre, San Gabriel. Y fue enviado por Dios el Arcángel Gabriel a una ciudad de Nazaret y comienza el relato precioso del diálogo de la Virgen con el Arcángel, anunciando ya la cercanía de la redención de los hombres.

Pero sobre estos dos príncipes, Gabriel y Rafael, se destaca aquel nombre: Miguel, que quiere decir en hebreo, “¿Quién como Dios?” Porque él fue constituído príncipe, precisamente por defender los derechos de Dios frente a las pretenciones del infierno, de Satanás, que en aquel momento fue convertido en demonio, príncipe de las tinieblas. El más bello de los ángeles, dicen que era, pero que en aquella lucha quedó sometido y convertido en un demonio.

Pero Gabriel quedó entonces encargado de esos derechos de Dios, no sólo en el cielo, donde es el príncipe de las milicias celestiales, sino que su relación con la tierra es más conocida, más frecuente que los otros dos arcángeles conocidos por los hombres. Nos lo presenta el Antiguo Testamento en relación contínua con la sinagoga, o sea con la Iglesia del Antiguo Testamento. Es el protector de Israel, es el que lo defiende en su fe y en sus batallas en esta tierra. Y la lectura que nos hacía el Padre Alvarenga al principio nos presenta la primera faceta que yo quiero destacar, el arcángel de la esperanza. La segunda lectura, el Apocalipsis, el arcángel en las batallas de Dios, en el reino de Dios en esta tierra. Y en el evangelio, donde Cristo mismo nos habla de los ángeles que se suben y bajan en torno del Hijo del Hombre, nos presenta ese arcángel, señalando que toda su fuerza le viene no de él, porque es creatura y es humilde, le viene de dios y del Cristo, que es la fuerza que salva al mundo. Fijémonos en estos tres pensamientos, hermanos, para llevarnos un mensaje claro de la fiesta de San Miguel Arcángel, patrono de esta dichosa población.

EL ARCANGEL DE LA ESPERANZA

Nos dice el primer libro que se ha leído hoy, el libro de Daniel, el hombre de las grandes visiones, que vio que preparaban en el cielo un trono para el Eterno, para Dios; pero luego que se sentó en ese trono, vió que se acercaba “uno como hijo de hombre”. ¿Qué quiere decir aquí el profeta? Cuando también dice muchas veces “el Hijo del Hombre”, toma de esta profecía de Daniel ese nombre. Cuando Cristo llama al Hijo del Hombre, cuando Daniel dice que se acercaba al trono de Dios el Hijo del Hombre, según los explican la sagrada Escritura, ésto significa todo ese Reino que Cristo va a conquistar en la tierra. No es El sólo el Hijo del Hombre. Es el Hijo del Hombre porque él y todos los hombres y todas las mujeres que quieran dejarse redimir por Cristo, vamos a formar, primero Dios, allá en el cielo, un solo personaje un solo Reino, Cristo a la cabeza, y todos los que tengamos la dicha de salvarnos (hagamos lo posible porque así sea) formaremos con Cristo un pueblo glorioso, un solo Hijo del Hombre, una nación formada, como dice aquí el pasaje que se ha leído hoy: “Avanzó hacia el anciano venerable uno como hijo del hombre, y todos los pueblos, naciones y lenguas les servían”. Qué dicha, hermanos, formar parte de aquel cortejo de Cristo, el Cordero que va en la ciudad eterna del cielo. Allá en aquel Reino, todos los que tengan la dicha de salvarse formarán con Cristo el Hijo del Hombre, los hijos de esta tierra convertidos en un Cristo glorioso de la eternidad. Allá están ya nuestros muertos que se han salvado, allá están ya nuestros mártires, allá está la ciudad triunfante del cielo. Cuántos de nuestra familia son ya parte de ese Hijo del Hombre que triunfa en el cielo acercándose al esplendor de lo Eterno, Dios que los corona para siempre.

Y allí es donde Miguel Arcángel, en ese reino misterioso que está más allá de la historia, hacia el cual caminamos nosotros y donde sabemos que al terminar nuestra vida en la tierra comienza al Reino, la felicidad. Allá San Miguel Arcángel viene a decirnos, a los que todavía peregrinamos, que existe ese reino y que él es el príncipe de aquel reino puesto por Dios, por el valor con que defendió sus derechos un día. Allá está el Arcángel de la esperanza. Eso debe ser para nosotros. Cada vez que pensemos en el patrono de esta población, San Miguel Arcángel, avivemos nuestra esperanza. Y cuando el sufrimiento de la tierra, los dolores, la persecución, la angustia nos quieran quitar el ánimo, levantemos la vista a ese hijo de hombre que es la ciudad del cielo, todos nosotros glorificados y amparados por aquellos seres celestiales que no tuvieron que peregrinar en esta tierra sino que Dios los creó para formar su cortejo, como dice aquí la lectura también: “millones y millones de seres espirituales le servían”, para expresar la maravilla de ese cielo donde el pensamiento de Dios lo llena todo, donde Dios es todo en todas las cosas.

¡Qué gran ciudad de la eternidad se abre en esta mañana de San Miguel Arcángel! Qué gran paisaje más hermoso, que el que describía antes abre ante la mirada esperanzada de los cristianos, la visión de San Miguel Arcángel y todo su ejército celestial.

EL ARCANGEL, EN LAS BATALLAS DE DIOS, EN EL REINO DE DIOS EN ESTA TIERRA

Fijémonos ahora en la segunda lectura, el Apocalipsis. Es el famoso Capítulo 12, donde San Juan, arrebatado en una contemplación, ve el espectáculo de una lucha tremenda allá en el cielo, en que el dragón de siete cabezas y coronado de diademas, para expresar la potencia, para expresar cómo los gobiernos coronados de la tierra pueden ser esa bestia que lucha contra el Reino de Dios, cuando se olvida que todo su poder le viene de Dios, cuando el ángel Luzbel, sintiéndose poderoso, coronado de diademas, se cree que puede desbaratar a Dios, entonces comenzó su ruina, y de Luzbel se convierte en el dragón feroz, en la fiera que arrastra a todos aquellos que se dejen engañar. Ay de ese momento, queridos hermanos, cuando el poder, cuando el gobierno se quiere endiosar. Escribía Juan estas páginas cuando el emperador de Roma se creía un Dios y los cristianos no podían adorar otro Dios más que el Señor. Y porque no adoraban a los emperadores, muchos cristianos murieron mártires, porque siempre es la causa del martirio, como cuando Cristo se confiesa que él es Dios, entonces es cuando los sacerdotes del templo rasgan las vestiduras y dicen: “Ha blasfemado, es reo de muerte”. Porque ante el poder de la tierra, cuando otro se proclama Dios, estorba y se trata de perseguirlo y acabarlo.

La lucha de la Iglesia es precisamente ésta, mantener, frente a los poderes de la tierra, la única majestad de Dios. Y por esa defensa de Dios, la Iglesia es calumniada; y los que propagaban este reino de Dios en la tierra, son tenidos por subversivos y los persiguen y los denuncian. ¡Mucho cuidado, hermanos, con la denuncia! Ustedes se dieron cuenta que en estos días se regó una hojita en la que dicen que el obispo, yo, andaba predicando por los pueblos y cantones esta subversión. Lo que les estoy predicando ahora es lo que siempre he predicado. Y si aquí alguno fuera a denunciar, a decir que yo he predicado en Huizúcar la subversión, falsamente lo dice; es una calumnia. Lo que estoy diciendo es que la Iglesia predique el único reino de Dios y que ante ese único Señor de la historia, la Iglesia tiene que defender a su Dios, aún cuando le cueste la vida.

Y este dragón fue vencido por Miguel y echado a la tierra; y aquellos vencedores cantan el canto precioso del Apocalipsis, que ya llegó la victoria de nuestro Dios. Pero hay un espectáculo aquí, en este capítulo 12 del Apocalipsis, que por la brevedad no se ha leído, pero es aquel famoso pasaje donde al caer el dragón a la tierra, aparece en el cielo la gran señal: una mujer vestida del sol con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas. Está encinta, va a dar a luz, y el dragón con sus fauces abiertas, quiere tragarse el fruto de las entrañas de aquella mujer. Pero cuando llega la hora de su alumbramiento, el niño fue salvado y la mujer también; pero la persecución de aquel dragón continúa a lo largo de la historia.

¿Qué significa esta visión? Los intérpretes han entendido que aquí se trata de la Iglesia. Aunque muchos también le aplican ésto a la Virgen María, Madre de la Iglesia, es lo mismo, porque María, la Madre de Cristo, es la figura de la Iglesia, es la madre de la Iglesia, y tocar la Iglesia es tocar a María y mencionar a la Iglesia. Esta mujer misteriosa, entendámosla aquí, es la Iglesia, la hija de María; la Iglesia, la que fue fundada por Cristo para dar a los corazones, hacer nacer a Cristo en los que se convierten y lo aceptan como Redentor.

Es la Iglesia la que sufre las amenazas del dragón que quiere matarle el fruto de sus entrañas, que no quiere que Cristo nazca en la tierra, en los corazones, en la historia. Y aquí se presenta la tremenda lucha entre el Aracángel San Miguel, que ha venido a ese dragón y defiende esa Iglesia y ese Cristo que nace en los corazones y en los pueblos, gracias a la predicación y al ministerio de los sacerdotes, de los catequistas, de las religiosas que van sembrando la doctrina de Cristo, haciéndolo nacer en el corazón de los niños, de los pecadores se convierten. Al demonio le estorba, le estorba que este Cristo nazca más y más en la tierra, y por eso persigue a la Iglesia, que da a la luz a ese Cristo y al Cristo que nace en los corazones. Y esa lucha durará toda la historia.

Y por eso no hay que extrañarse cuando se dice que la Iglesia es perseguida. Si pertenece a su naturaleza ser perseguida, si en las mismas páginas de la Biblia está profetizando bajo la figura de esa mujer que es perseguida por el dragón que la quiere tragar junto a su creatura. Son las fuerzas evidentes del infierno que muchas veces toman, como ministros, a los agentes de esta tierra, a la gente que secundando la persecución no oye a la Iglesia, la calumnia, la persigue. Pero la Iglesia lleva la garantía de que hay un príncipe de las milicias celestiales amparándola, defendiéndola. Y al final de los tiempos -nos cuenta el Apocalipsis- el dragón fue vencido definitivamente, y la criatura de María triunfa, con ese pueblo que decíamos antes, en el reino de los cielos. Dichosos todos los que en la hora de la batalla. Hoy, que es la hora de la lucha, aquí en la tierra, nos aferramos a la bandera de Cristo, y seguimos esa doctrina del Señor, y no tenemos miedo a la persecución, y nos amparamos de las fuerzas celestiales simbolizadas por Miguel Arcángel, y conservamos nuestra fe y nuestra esperanza, y no nos desanimamos a pesar de lo duro de la lucha.

Hermanos, ésta es la fase actual en la que nos encontramos en la historia. Todos los que llenan este templo, verdaderamente emocionante este espectáculo, rebozante de hombres de todas las edades, de mujeres, de niños. Qué bello espectáculo del reino de Dios! Ustedes creen, ustedes son parte de esa mujer que da a luz a Cristo, ustedes son el testimonio de ese Cristo que vive en la tierra gracias a la confesión, a la fe, a la esperanza de los corazones cristianos. Si Cristo vive, es porque nosotros lo encarnamos.

Creo que ustedes se han dado cuenta de mi carta pastoral que se titula. La Iglesia, Cuerpo de Cristo en la Historia, que quiere decir que todos los que ahora vivimos, somos la Iglesia, encarnamos con nuestra carne al Cristo que ahora vive aquí, en El Salvador, en 1977, en esta Iglesia de hoy. Así, como la Iglesia de otros siglos, la encarnaron nuestros antepasados, y la Iglesia que vendrá después cuando nosotros ya hayamos muerto, la encarnarán otras generaciones. Cristo seguirá encarnándose en esta Iglesia, y por eso Cristo y su Iglesia, profetizado en esta página del Apocalipsis, durará en su lucha, pero también cantará su victoria a través de toda la historia del mundo.

TODA LA FUERZA DE SAN MIGUEL ARCANGEL LE VIENE DE DIOS

Y finalmente, hermanos, el tercer pensamiento en honor de San Miguel, es lo que Cristo le dice a Natanael. Es la preciosa lectura del evangelio que nos han hecho hoy. El Padre Pocasangre leía aquel encuentro de Cristo con un hombre llamado Natanael, y cuando Cristo le dice que conoce todos sus secretos: “Yo te ví cuando estabas debajo de la higuera”. ¿Qué estabas haciendo Natanael debajo de la higuera? Nadie lo sabe, pero sí se sabe que debe ser algún secreto. Estaría pensando, meditando tal vez en cosas que sólo él sabía. Y cuando se ve sorprendido en su secreto, le dice: “Rabí, veo que eres Hijo de Dios. Tú eres el rey de Israel que estamos esperando”. Y Cristo le dice: “Porque te he dicho que te ví debajo de la higuera, te sorprendes. Verás cosas mucho mayores. Verás a los ángeles de Dios que suben y bajan en torno del Hijo del Hombre”.

¿Qué quiere decir Cristo? Porque en esos ángeles que suben y bajan, tenemos que ver a nuestro Arcángel San Miguel. Los ángeles según el pensamiento bíblico, son presencia de Dios. Cuando Cristo dice que entorno de El, Hijo de Dios, verán sus apóstoles abundancia de ángeles que suben y bajan, les está diciendo: “Aquel que crea en mí comprenderá que la vida de Dios ha venido conmigo a este mundo. Los ángeles son mis palabras que yo les predico; ángeles son mi redención por la cual yo voy a pagar los pecados de todo el mundo”. Angeles en torno del Hijo de Dios. Es todo eso maravilloso que estamos viviendo en este templo. Aquí cada uno de nosotros es ángel en torno del Hijo de Dios, que así significa en este lugar. Aquí está realizándose la visión de Natanael. Y a través de los siglos en el cristianismo, es Cristo el centro de nuestro amor, es Cristo el que construye la Iglesia, es Cristo el que predica contra las injusticias y contra los pecados del mundo, es Cristo por medio de su Iglesia que está avanzando en la historia para hacer más felices, para predicarles su reino. Cristo pues, con su pensamiento, con su mensaje, con su Iglesia, es la visión prometida en esa página del evangelio. Nosotros como Natanael, porque ya vivimos en la era cristiana, estamos viendo cosas mucho más maravillosas que mirar aquellos milagros en que Cristo adivina el pensamiento de los hombres, descubre los secretos de los corazones. Hay algo más grande, y es que Cristo nos habla.

Queridos hermanos, éste es el inmenso honor que yo siento, que, a través de mis palabras, es Cristo el que les está hablando, como cuando aquí el padre les predica, es Cristo el que predica a través del sacerdote y a través del catequista y a través de la presencia del padre y de la madre de familia que enseña el buen camino a sus niños, a conocer a Cristo, hacer su primera comunión -como éstos que se van a acercar ahora. Son ángeles todos aquellos que acercan las almas a Dios y predican a Cristo en el mundo. A ésto nos llama la hora presente de la Iglesia, a que realicemos este milagro del apostolado que Cristo le anunció a uno de sus apóstoles que creyó en El, precisamente porque le dijo: “Vas a ver cosas muy grandes en tu predicación, en tu ministerio”. Las estamos viendo, hermanos. Son las cosas maravillosas de las muchas gentes que en estas horas se están convirtiendo a la Iglesia, de los muchos que están recuperando en la Iglesia una gran esperanza, una gran confianza. Estamos viendo a Cristo viviendo en este mundo y a los ángeles de Dios, el poder de Dios, que está viniendo a esta tierra y de esta tierra está surgiendo también en plegarias, en acciones de gracias, en súplicas, en perdón.

Todo ésto es, hermanos, el mensaje de San Miguel. Por eso, cuando la Biblia nos presenta en un ministerio muy propio al Arcángel San Miguel, lo describe como les dije al principo de esta misa: “Vi junto al altar de Dios -dice una de las profecías- a un arcángel, al Arcángel Miguel que recogía, como en un gran incensario, las plegarias de todos los fieles y se quemaba como incienso que sube perfumado al cielo” -las súplicas, las oraciones, los trabajos, los sufrimientos, las esperanzas de todos los que han venido a misa, de todos los que se acercan al altar para orar. No quedan perdidas esas plegarias. Es que estamos viendo que, a través del Arcángel, suben las plegarias; y en torno del Hijo de Dios, San Miguel Arcángel está desempeñando ese trabajo de ser medianero junto con Cristo, subordinado a Cristo, naturalmente, porque sólo hay un medianero entre Dios y los hombres: Cristo Jesús. Y San Miguel, porque sólo hay un medianero entre Dios y los hombres: Cristo Jesús. Y San Miguel Arcángel es un ministro, es un empleado de ese ministerio de la redención.

Queridos hermanos, éste es el sentido de mi peregrinación junto con todos ustedes. Soy un cristiano más que he venido, en esta hora peligrosa de nuestra Iglesia, a suplicarle al Arcángel San Miguel, aracángel de la esperanza, que nos presenta el espectáculo de ese cielo hacia el cual caminamos, que no se pierda la esperanza de los corazones de todos tus pueblos. Arcángel en la batalla de Dios, defensor de la Iglesia frente al dragón que la quiere tragar, defendiéndonos en la batalla con tu poder que no viene de tí sino de Cristo, como nos ha dicho el Apocalipsis: ha vencido en la sange de Cristo y en su testimonio que dió su vida por nosotros.

El triunfo de San Miguel no le roba nada a Cristo. Al contrario, hace de la victoria de Cristo la victoria de todos los hombres. El la reparte, junto con María, junto con el ministerio de su Iglesia, a todo aquel que quiera ser salvo.

Y, finalmente, arcángel que nos das la presencia de Cristo, porque de tu fuerza repartes fuerzas a sus cristianos, llénanos de más convicción. Que creamos cada vez más en Cristo Salvador, que creamos más y no calumniemos nunca ni desconfiemos de esta Iglesia fundada por Cristo, sino que sintamos el orgullo de pertenecer a una Iglesia protegida por tí, arcángel poderoso, y que pertenece de lleno al cuerpo de Cristo nuestro Señor.

Ahora, pues, hermanos, pongamos en este altar humilde, pero grandioso de Huizúcar, la plegaria de sus fiestas patronales. Pongamos aquí toda la esperanza, toda la aflicción, todas las angustias y las alegrías, todo lo que significa la presencia de todos ustedes. Cuántas cosas trae cada uno en su propio corazón. Yo traigo las mías también y las queremos poner en el pebetero, en el incensario del Arcángel San Miguel para que… (incompleto).

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El recto uso de los bienes que Dios ha creado

26º Domingo del Tiempo Ordinario

25 de Septiembre de 1977

Lecturas:
Amós 6, 1a. 4-7
1 Timoteo 6, 11-16
Lucas 16, 19-31

VIDA DE LA IGLESIA

Queridos hermanos:

Como lo anunciamos, les invito a que toda la intención de esta misa y de todas las oraciones que se están haciendo en pequeñas o grandes comunidades unidas con esta reflexión a través de la radio, la orientemos a pedir por el Santo Padre. El Papa Pablo VI cumple mañana ochenta años. El Señor nos lo ha conservado en plena lucidez, con los naturales achaques de los ochenta años, pero con una lucidez de quien es verdadero instrumento del Espíritu Santo para guiar la Iglesia en estos tiempos tan difíciles. Por eso, como una demostración de comunión con el Papa, de adhesión filial, que nuestros pueblos se caracterizan por ese amor al Papa, orientemos nuestra plegaria de hoy, nuestra misa, nuestra comunión, para pedir al Señor como le sabe pedir la Iglesia, esta hermosa jaculatoria que ojalá todos la aprendieran: “Hagamos oración por nuestro Santo Padre, el Papa Pablo VI”- Y el pueblo contesta: “Que el Señor le conserve la vida, le haga feliz en la tierra y no lo deje caer en manos de sus enemigos”. Una plegaria litúrgica muy hermosa, que a través de los siglos expresa la comunión del pueblo de Dios con aquél que ha sido puesto como cabeza visible de este mismo pueblo. Yo creo que le hacemos un homenaje al Santo Padre y estamos en plena sintonía con su corazón de pastor, cuando nosotros nos referimos a las realidades de nuestro pueblo.

Han pasado en esta semana cosas muy desagradables; por ejemplo, la toma de emisoras, la balacera en que aparecen heridos unos policías, manifestaciones universitarias de crítica contra el rector asesinado. Y sobre todo nos duele, que no aparecen los desaparecidos; la señora de Chiurato secuestrada aún en el misterio. De nuevo, en nombre de la caridad, pedimos a los responsables que negocien y que no abusen de la libertad de una persona.

Así, también, pedimos en nombre de la angustia de tantas madres reclamando hijos desaparecidos. Yo he recibido con la angustia, hasta las lágrimas, la visita de unas madres que van como mendigas de puerta en puerta a los centros de seguridad, preguntando por sus hijos. Y casi es una burla contra su dolor: “No está aquí, búsquelo en otra parte”. Se trata de Amadeo Recinos Quintanilla, de Salomé Rodríguez Carrero, de Antonio Alvarez Rodríguez, jóvenes todos, catequistas nuestros. Se nos critica de que los llamamos humildes catequistas, y los llaman ellos criminales. Yo no estoy defendiendo la inocencia; lo que pido es que se dé cuenta de ellos. O están muertos o están vivos. Y si están vivos, que los sometan a los tribunales. Y si son criminales que los castiguen como la ley manda. Pero, que no se cometa ese crimen más horrendo de angustiar el corazón de tantas madres.

Están llegando, también, muchas notas de Amnistía Internacional en reclamo de la profesora Emma Rosales de Alegría, que fue capturada el 17 de julio cuando iba de su escuela de Soyapango con su hijita, a la que golpearon por no quererse separar de ella.

Y finalmente tengo que lamentar, hermanos, la publicación y difusión abundante de la hoja, que muchos de ustedes han visto, en que me colocan a la cabeza de la subversión. El pueblo sospecha de dónde proceden estas cosas, y hay indicios que, poco inteligentes, quiénes son los que informan de mis correrías por los cantones. Una verdad a medias es peor que una calumnia, es cierto que he andado yo por El Jicarón, por El Salitre y muchos otros cantones; y me glorío de estar en medio de mi pueblo y sentir el cariño de toda esa gente que mira en la Iglesia, a través de su Obispo, la esperanza. Pero jamás he hecho lo que en esa hoja se dice, de llamar a la subversión, de repartir hojas subversiva. Esa es la calumnia. Yo mismo les he dicho en esos lugares: “Y sé que aquí hay observación, hay vigilancia. Sean siquiera leales en informar lo que está sucediendo”. Y ahí hay miles de personas que pueden dar testimonio de que todo lo que esa hoja dice, es pura calumnia. Lo que más nos angustia, a los sacerdotes que aparecemos en esa lista, es si ésto sea ya el indicio de ir preparando nuevos crímenes. Pero, el pueblo sabe a quién le echará la culpa, pues al pueblo ya no se le engaña.

Por otra parte, queridos hermanos, sentimos la alegría inmensa de la Iglesia que se va organizando cada vez más como pueblo de Dios. Yo quiero felicitar a Chalatenango y a su departamento; porque ayer dió una demostración preciosísima de la comunión con la Iglesia, cuando fuí a darles posesión al Padre Fabián Amaya y al Padre Efraín López; como vicario episcopal, es decir, que la autoridad del Obispo se delega para que pueda ese departamento, tan fecundo en cristianismo, ser organizado con más cariño y más cuidado pastoral; y el Padre López como Párroco de la ciudad. Hay un entusiasmo de religiosas, de seglares, por hacer de Chalatenango lo que decimos en el acuerdo en que se nombra al vicario episcopal: “Una reserva moral de la Iglesia, una mina preciosa de vocaciones, un recodo de fe cristiana en tantos hogares que por allá abundan bien organizados”. Desde aquí, queridos hijos de Chalatenango y de todo el departamento, mi felicitación más cordial y mi súplica de que colaboren con los nuevos pastores que, en comunión conmigo, vamos a tratar de darles la mejor vida de Iglesia que ustedes se merecen.

Hubo en Santa Tecla, también, el domingo pasado, una reunión muy consoladora, en que sacerdotes, religiosas y fieles quieren coordinar las admirables fuerzas que Santa Tecla tiene, no sólo para la ciudad sino para toda la diócesis. También un saludo y un agradecimiento a los católicos de Comasagua, que celebrando el 21 a su patrón, San Mateo, me dieron también una demostración de cariñosa comunión con todos sus sacerdotes. Son cosas que llenan el corazón.

También tuve un gran consuelo el martes, un grupo de jóvenes, estudiantes ya de bachillerato, preparados debidamente en el Externado San José, recibieron la Confirmación. Yo aprovecho esta circunstancia para decir a los padres de familia que la edad de la confirmación tenía que ser esa, la de la juventud. Es un sacramento de juventud. Que hermoso es oir después de la confirmación a unos jóvenes que me entregaron esta carta, jóvenes del Externado San José, para que miren pues, que el verdadero espíritu de la Iglesia es de todos los corazones nobles de cualquier categoría social, con tal que sean sinceros en escuchar el mensaje salvador de Cristo. Dicen los jóvenes: “Nosotros hemos estado muy contentos de haberle tenido entre nosotros este día, que es cuando realmente conscientes aceptamos nuestro compromiso con el Señor y con su pueblo”.

También me dió mucho gusto recibir de la Colonia San Benito una carta. Al lado de cada firma dice: “Yo humilde cocinera, yo niñera, yo de adentro, yo lavandera”, todas éstas expresando una comunión fervorosa, pues, con la Iglesia y agradeciendo la misión salvadora que la Iglesia desarrolla.

Quiero felicitar, también, a la comunidad de Zacamil y a la Colonia del Porvenir, donde tuve, también, la alegría de celebrar con ellos una reunión y una eucaristía, que nos da a conocer como va madurando de veras- en varias comunidades donde los sacerdotes trabajan con sentido de Iglesia- esta fe que nosotros profesamos.

Habría muchas otras cosas, queridos hermanos, pero siempre me gusta ilustrar, con estos hechos de la vida cívica y de la vida eclesial, la palabra de Dios. Entonces encuentra, como el sol, unos objetivos concretos; como el sol que se traduce en color de flores, en energía de vida y en todo lo que el sol significa para la naturaleza. Eso significa la palabra de Dios para mi vida, para tu vida, para tu sociedad. Procuremos que esta luz, que nos ilumina todos los domingos desde la sagrada Biblia, no la oigamos como libros que pasaron hace tiempos. Un profeta, Amós, que vivió siete siglos antes de Cristo, pero que se encuentra con una situación social muy parecida a la nuestra: su voz no pertenece a los siglos perdidos; su voz se hace actualidad para San Salvador de 1977. Un Cristo que nos cuenta una parábola tan terrible, de la suerte que se transforma del rico y el pobre en esta vida y en la otra; no es un cuentecito que Cristo contaba para endulzar los oídos de hace veinte siglos; es la amonestación seria de un Dios que nos dice para qué nos ha creado y cuál es el uso que hay que hacer de las cosas.

EL RECTO USO DE LOS BIENES

Y éste es precisamente el tema de esta Homilía de hoy: El recto uso de los bienes que Dios ha creado. Hay un mal uso, nos vamos a referir primero a este aspecto negativo, no porque sea lo principal. En el mensaje de Dios procuremos, hermanos, siempre buscar lo positivo. Pero al lado de lo positivo, que es la ley de Dios, el designio amoroso del Señor para con nosotros, los hombres entronizamos siempre un aspecto negativo, el pecado, la lucha contra el reino de Dios. Y esto durará a lo largo de los siglos. Y nadie se extrañe de que la Iglesia se llame perseguida. Si tiene que ser perseguida por el reino de las tinieblas. Si mientras la Iglesia proclame esta voluntad de Dios, siempre encontrará la voluntad del antidios, del anticristo, de las sombras del pecado, del misterio de la iniquidad que trata también de entronizarse. Aquí, el profeta Amós describe ese imperio de las tinieblas bajo el aspecto del lujo; esa vida muelle, qué bien la describe el profeta, a pesar de ser un pastor del desierto de Judea enviado contra su voluntad por el mismo Dios al reino del norte de Israel, donde bajo el imperio de Jerobam II, una sociedad en bonanza, en paz, no sabe aprovechar este signo de la paz para adorar a Dios y agradecérselo, sino para hacer una vida muy lujosa.

“Os acostáis en lechos de marfil, tumbados sobre las camas. Coméis los carneros del rebaño y las terneras del establo”. Son esas terneras que se alimentan sólo de leche y naturalmente su carne es muy blandita y esto gusta a los sibaritas del norte; “Canturreáis al son del arpa, bebéis vinos generosos, os ungís con los mejores perfumes y no os doléis de los desastres de José”.

PROPIEDAD PRIVADA

Y Cristo nuestro Señor en su parábola, como haciendo un eco a esa vida muelle: “Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino, y banqueteaba espléndidamente cada día”. Hermanos, ¿no les parece que no son rasgos escritos en 1977; pero son realidades de los siglos que, también, existen hoy en 1977, aquí entre nosotros?. Podrá preguntar el rico epulón y los ricos del norte de Galilea, y todos aquellos que se dan a la vida muelle, comodona: ¿Qué pecado hay en eso? Parece que no hay pecado. Y, el primero de los pecados es el haber subvertido el sentido de la propiedad. Como decían los paganos, definiendo la propiedad privada; “Jus utendi et abutendi”, derecho de usar y de abusar; si es mío, ¿por qué no voy hacer lo que me da la gana? No, el derecho de propiedad tiene unos límites, los que señala aquí la lectura sagrada en San Pablo a Timoteo. Dios le da la vida a las cosas del mundo y tienes que ver para qué las ha creado Dios. Y si es cierto que la propiedad privada es un derecho, sin embargo tiene, como dice nuestra constitución muy bien, una función social. Una función social que no es precisamente, como se dijo cuando se defendían los intereses ante los peligros de la ley del ISTA, sólo para producir más. No es eso la función social: producir más. Producir más sí, pero para el bien común. Los bienes que Dios ha creado para todos tienen que canalizarse por estructuras hacia al bien, hacia la felicidad de todos, y que no se dé este terrible contraste señalado por las lecturas de hoy: mientras él se banqueteaba, un pobre ni siquiera comía las migajas que caían de su mesa.

LA INSENSIBILIDAD

Y aquí tenemos ya, hermanos, las consecuencias de esta vida muelle, los errores tremendos. Además de ese falso concepto de propiedad, lo más terrible es esto: metaliza, hace insensibles a los hombres. ¿Qué es lo que aquí denuncia Jesucristo -cuando dice- que mientras el rico se banqueteaba, Lázaro “estaba echado en su portal cubierto de llagas y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico, pero nadie se la daba. Hasta los perros se acercaban a lamerle las llagas?” Tenían más dicha los perros, los cuales podían comer los mendrugos con que el rico se limpiaba sus manos o los platos y se los tira al perro, y el pobre siquiera eso quería y ni eso se le daba. O como dice la primera lectura, también, después de describir esas orgías; “Y no os doléis de los desastres de José”. José era la tribu que se consideraba como más pobre, más necesitada; y los necesitados de José, pues eran como la expresión de la pobreza suma, de la miseria. Mientras unos, pues tienen abundancia, son insensibles.

Este es el pecado grave, la insensibilidad. Y aquí hermanos no lo estoy diciendo sólo de los grandes ricos, lo digo también de todos nosotros, que cuando tenemos algo que comer, un sorbete siquiera, una migaja, una tortilla, tal vez comiendo nosotros nos hacemos insensibles al pobre que no tiene ni eso. ¿Por qué no compartir, como dicen los profetas, hasta nuestras pobrezas? Es una traición, según el profeta Amós, contra la alianza con Yahvé. Si Dios había hecho una alianza con este pueblo, “seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios”, pero con la condición de que se sintieran todos pueblo de Dios, hermanos unos de otros. Tanto era sí que leemos una ley en el Levítico, capítulo 25, dice: “La tierra no puede venderse para siempre, porque la tierra es mía, ya que vosotros sois para mí como forasteros y huéspedes”. Era el concepto de los ricos de Israel de que ellos eran como renteros de Dios, como que Dios les había rentado unas tierras; la propiedad privada la consideraban a la luz de Dios y el pobre era el representante de Dios al que había que pagarle esa renta de la tierra. De allí que el rico y el pobre debían de sentarse a compartir juntos como dos limosneros. Dios le da limosna al rico y Dios, por el rico, le quiere dar limosna también al pobre.

COMPARTIR LOS BIENES

Qué hermoso sería este concepto bíblico de pobreza y riqueza. No es malo tener. Ojalá todos fuéramos ricos. Lo malo es la insensibilidad. Lo bello es que el que tiene dé, y comparta como hermano, como compañero de mendicidad con el pobre. Tu eres un mendigo. Yo también soy un mendigo; porque lo que tengo Dios me lo ha prestado, prestado. A la hora de la muerte tengo que devolvérselo todo. Compartamos pues, ésto que es de mutuo regalo de Dios. Alabemos los dos al Señor. Como desaparecerían la violencias, los odios, las luchas de clase. Jamás, hermanos, desde mi posición de pastor, iluminado por una teología que, gracias a Dios, sigo estudiando, jamás predicaré la lucha de clases. Esas calumnias son para mi tanto más ofensivas, cuanto quieren criticarme de ignorante en mi misión sublime de predicar el amor y nunca la subversión.

Esto es lo que predica la Iglesia: Que Dios ha dado a todos para que todos hagamos del mundo, creado por Dios para felicidad de todos, una antesala de ese reino de los cielos. Yo digo en mi pastoral: La Iglesia está consciente de que en este mundo no tendremos un paraíso perfecto, pero sí, tenemos la obligación de reflejar en, este mundo imperfecto, algo del reflejo amoroso de la eternidad. Y los cristianos que de veras vivimos la esperanza de ese cielo, vivamos esperando ese más allá, tratando de ganárnoslo precisamente haciendo la justicia y el amor en esta tierra. Porque dice el Concilio, y lo he repetido ya muchas veces, contra la calumnia del marxismo, que quiere decir que la Iglesia es el opio del pueblo; porque predicando la eternidad se olvida de la tierra: ¡mentira! La Iglesia, predicando la eternidad, dice con el concilio, que el hombre que no trabaja los bienes temporales, ni los administra según el corazón de Dios, no colabora con Dios ni hace el bien a sus hermanos y pone en peligro su propia salvación. De modo que hay que una relación bien directa, entre la salvación de esperanza del más allá de mi muerte y el trabajo presente temporal, y que nadie que sea injusto en esta tierra tendrá parte en el reino de los cielos, donde reina la justicia y el amor.

INSENSIBILIDAD FRENTE A DIOS

Y estos dos episodios de Amós y de Jesucristo nos están diciendo, como los profetas, como la voz de Dios llegaba para anunciarles precisamente esa esperanza y para hacer a los hombres más justos, más humano, más comprensivos; porque además, queridos hermanos, y ésto es más grave todavía, otra gran derivación del lujo, de ese abuso de propiedad privada, de ese afán de tener y de vivir cómodamente y no importarle nada el prójimo, esta otra insensibilidad mucho más horrorosa y trágica, la insensibilidad frente a Dios. Oyeron el final de la parábola, cuando el rico desde el infierno, le pide al Padre Abraham que mande un profeta, un mensajero a sus cinco hermanos que todavía están en la tierra abusando de sus propiedades, para que se conviertan y no vayan a caer en ese lugar donde él ha tenido la desgracia de caer. Y la respuesta de Abraham es terrible: “Allá tienen a Moisés y a los profetas” Allá tienen la Iglesia Católica que predica; allá tienen sus predicadores de la justicia social y del reino de Dios, que los oigan. “No, Padre Abraham” -dice aquél desde el infierno “si va un muerto, le atenderán mejor”. Y la respuesta es tremenda, cuando dice, al terminar la parábola: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto”. Qué terrible sentencia.

No sé si ustedes han meditado alguna vez, hermanos, cuando Cristo, maniatado frente a Herodes, el lujoso, el sensual, el lujurioso, el adúltero, que quiere oir una palabra de Cristo para reirse de él, aunque sea, ¿cuál es la actitud de Cristo? El silencio; ni una palabra. Ay de aquellos corazones donde ya Cristo es mudo. Ay de aquellos hogares donde ya Cristo no se siente. Ay de los pecadores o criminales que ya no sienten el remordimiento de la conciencia. Aunque resucite un muerto, no le atenderán. Ya están petrificados. Qué tremenda sentencia, hermanos. Yo quisiera que grabáramos ésto en nuestro corazón para no ser nunca insensibles a la caridad y al amor, y así poco a poco, haciéndonos insensibles hasta el mismo remordimiento de Dios que nos llama en la conciencia.

Cómo quisiera yo que mi humilde palabra, en vez de ser tan tergiversada por los intereses egoístas, por los que adulan para quedar bien, tomaran en serio que es palabra de Dios y que el desprecio de esas hojas volantes no es a mí ni a mis queridos sacerdotes. “El que a vosotros desprecia- me dice Cristo a mí y a mis sacerdotes- a mí me desprecia y el que me desprecia a mi, desprecia al Padre, que me envió”. Es que yo, que estoy hablando en este momento soy la voz de Dios. Y si en vez de mi figura, estuviera aquí la figura de uno de estos muertos recientes, uno de estos asesinados; por ejemplo, uno de esos que ha muerto en las torturas y no se sabe de ellos, que se parara aquí en esta cátedra y hablara, creo que la situación no cambiara, porque los corazones no quieren oir ni aunque sea un muerto el que les venga a decir: estamos muy mal en El Salvador, que esta figura tan fea de nuestra patria no es necesario pintarla bonita allá afuera. Hay que hacerla bonita aquí dentro, para que resulte bonita allá afuera también. Pero mientras haya madres que lloran la desaparición de sus hijos, mientras haya torturas en nuestros centros de seguridad, mientras haya abuso de sibaritas en la propiedad privada, mientras haya este desorden espantoso, hermanos, no puede haber paz y se seguirán sucediendo los hechos de violencia y de sangre. con represión no se acaba nada. Es necesario hacerse racional y atender la voz de Dios y organizar una sociedad más justa, más según el corazón de Dios. Todo lo demás son parches. Todo lo demás son represiones de momento. Los nombres de los asesinados irán cambiando, pero siempre habrá asesinados. Las violencias seguirán cambiando de nombre, pero habrá siempre violencia, mientras no se cambie la raíz de donde están brotando, como de una fuente fecunda, todas estas cosas tan horrorosas de nuestro ambiente.

EL BUEN USO DE LOS BIENES.

¿Cuál es el buen uso, pues, entonces, de las riquezas, de los bienes? ¡Ah!, si se tuviera en cuenta la palabra de Dios, que ilumina las sociedades, los pueblos, los hombres, las familias, cómo haríamos, de la tierra un paraíso. En la segunda lectura de hoy, tenemos unas normas preciosísimas que si fueran la inspiración de un cambio de estructuras en el Salvador, veríamos cómo desaparecen todas esas cosas que no quisiéramos que existieran. Le dice Pablo a Timoteo, su discípulo, en primer lugar: “Siervo de Dios”. Tenemos que considerarnos así. Dios es el Señor y todas las cosas, dice San Pablo, han sido hechas por ese Dios que da la vida al mundo por medio de Jesucristo, que ha de volver a tomar cuenta a los hombres de cómo han manejado ese mundo creado por Dios. Es el “el único poseedor de la inmortalidad. Habita en una luz inaccesible y ningún hombre ha visto ni puede ver. A él, honor e imperio eterno”.

Cuando nuestra vida sea así, teocéntrica, Dios en el centro de mi vida y desde Dios derivar mis relaciones con los prójimos, desde Dios derivar el uso de las cosas que Dios ha creado, desde Dios, centro que ilumina mi ética, sería honrado, honesto, no diría la mentira, no distorcionaría las noticias, no calumniaría; porque sé que Dios me va a pedir cuentas. Desde Dios, y luego, desde allí, San Pablo deriva: “Practica la justicia, la religión, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza. Combate el buen combate de la fe”. Hermanos, es un combate en el cual estamos empeñados, combate de la fe: no de armas ni de violencias; sino de ideas, de convicciones, la violencia en primer lugar a nosotros mismos, bajo la inspiración de la fe, bajo las exigencias de ésto que San Pablo dice hermosamente: “Te insisto en que guardes el mandamiento sin mancha ni reproche”. El mandamiento es el conjunto de las cosas que Dios ha revelado y ha mandado, y el hombre como siervo de Dios tiene obligación de obedecer. Pero cuando se ha sacudido el yugo de Dios, y Dios ya no se oye en la conciencia, entonces, tenemos nada más que cada uno quiere ser un Dios. Y sucede el cataclismo, como si el sol perdiera a su centro de gravedad y los planetas que giran alrededor de él, como locos se fuera cada uno a chocar contra el otro. Así está. El sol es Dios y mientras en torno de ese sol giren los hombres con una ética viendo a Dios, los hombres viviremos como hermanos.

Por eso decimos que la religión, predicando la paternidad divina, cumpliendo su misión estrictamente religiosa, es decir, orientando los hombres a Dios, desde allí está haciendo un gran bien a la sociedad;’ porque no hay hombre más honesto, más honrado, más digno de fe, que aquél que teme a Dios y pone como práctica central de su vida, una ética de respeto al mandamiento sin mancha ni reproche. Gracias a Dios, tenemos gente de ésta entre nosotros y no quisiéramos que se volvieran pesimistas. Oí muy triste la palabra de un sacerdote, en una de estas reuniones a que me he referido antes, y me decía: “Lástima que no creen en el amor”. Le digo: “Pero no nos cansemos de predicar el amor. Si ésta es la fuerza que vencerá al mundo. No nos cansemos de predicar el amor. Aunque veamos que las olas de violencias vienen a inundar el fuego del amor cristiano, tiene que vencer el amor. Es lo único que puede vencer”.

DIOS ES CENTRO DE LA VIDA

Queridos hermanos, tomemos como dirigida a cada uno de nosotros la amonestación de San Pablo a su discípulo Timoteo. Hagamos de nuestra vida un sistema solar, cuyo sol sea Dios, y hagamos de nuestra vida una vida teocéntrica y, finalmente, una vida con un profundo sentido escatológico. ¿Qué quiere decir? Ya lo hemos enseñado aquí: la escatología es lo final, la esperanza que nosotros esperamos, el más allá que en las lecturas de hoy queda bellamente iluminado. Como terminó la primera lectura de Amós, anunciando no un infierno del más allá, sino un infierno de esta tierra. Pocos años después de estas denuncias de Amós vino el imperio de Asiria y se cumplió ésto que dice Amós en el último versículo de hoy: “Por eso irán al destierro a la cabeza de los cautivos. Se acabó la orgía de los disolutos”. Si no ponemos paro con nuestra voluntad humana a este abuso, será Dios el que pone paro, valiéndose muchas veces de imperios de esta tierra. El anticomunismo con que muchos quieren defender su propiedad privada, no es un anticomunismo de amor a Dios, es un anticomunismo de amor a sus riquezas. Pero, del comunismo se puede valer Dios, como se valió del reino de Asiria para castigar el desorden de su reino de Israel. Dios nos libre que vaya a caer sobre nuestro pueblo el azote espantoso, más espantoso que la situación actual, de un Imperio sin Dios, sin ley, pero cobrándose los derechos que no supimos respetar para con Dios. Más tremendo Jesucristo cuando no habla de un castigo de un pueblo en esta tierra, sino cuando dice: murió el rico y murió el pobre, el uno fue sepultado en el infierno y el otro fue llevado al descanso, expresión bíblica, en el seno de Abraham, una comunión con el padre de la fe; y ya lo demás lo hemos oído en la lectura de hoy.

Pero es terrible hermanos, el desenlace de los desórdenes de la vida. De Dios nadie se ríe. Su ley imperará para siempre. Y este Dios, que es amor para nosotros, se convierte en justicia cuando no se ha sabido captar la invitación del amor. Por eso Dante, en la puerta del infierno, al describir en La Divina Comedia el infierno, dice esta palabra paradójica: “Amor mi fecce que mi fa parlare”, me hizo el amor que me hace hablar. ¿Es posible que el amor de Dios haya hecho el infierno? Aquí lo tenemos en la lectura de hoy, el amor de un enamorado menospreciado. Creo que apelo a la experiencia de muchos de ustedes, quienes han estado enamorados y reciben el baldón del objeto de su amor. Los desprecian, no quieren más con ustedes. ¿No sienten que se troca como un infierno ya el corazón, y qué quisiera hacer con aquel que desdeñó tanta ternura? Este es Dios, que nos ama mientras vivimos, que está esperando la conversión. Aunque sea el más grande pecador, como lo hemos dicho en los domingos pasados, llamando a penitencia, Dios espera. Pero cuando ya la paciencia de Dios termina en el amor, comienza su justicia. Y entonces ni un dedo mojado en agua para calmar un poco el ardor de la lengua en el infierno le fue concedida; lo cual indica, según los comentaristas, que en el infierno no existe ningún consuelo. Hermanos, no es volver a la Edad Media al hablar del infierno. Es poner frente a los ojos la justicia infinita de Dios, de la cual nadie se ríe. Organicemos a tiempo nuestra patria. Organicemos los bienes que Dios nos ha dado para la felicidad de todos los salvadoreños. Hagamos de esta República, tan bella en dones naturales de Dios, una bella antesala del paraíso del Señor, y tendremos la dicha, entonces, de ser recibidos como el pobre Lázaro.

POBREZA INTERNA

Y cuano decimos pobre, hermanos, decimos la actitud interna del corazón. Grabémonos bien esta idea, que pobre no es todo aquel que carece de bienes materiales, así como rico no es todo aquel que está abundando en bienes materiales. Según la Biblia, rico y pobre obedece a dos actitudes internas del corazón. Es la única parábola que tiene nombre, el personaje protagonista, Lázaro; y Lázaro, en su raíz hebrea, quiere decir: “El que confía en Dios”. Este es pobre, el que confía en Dios. Rico, en cambio, cuando Cristo se dirige a sus oyentes en esta parábola del rico epulón, dos versículos atrás de lo que hemos leído hoy, dice ésto, refiriéndose a la parábola del administrador injusto: “Estaban oyendo todo ésto los fariseos, que amaban las riquezas, y se burlaban de él. Y les dijo: Vosotros sois los que os dais de justos delante de los hombres, pero Dios conoce vuestros corazones; porque lo que es estimable para los hombres es abominable ante Dios”. Aquí define Cristo qué es rico según la Biblia. El rico que Dios desprecia no es aquel que tiene bienes; es aquel que ama esos bienes hasta el punto de burlarse de Dios: “Si Dios no me socorre, mi dinero es mi Dios”; el que pone del ídolo, su corazón adorando ese dinero, el que sirve –como dice Cristo- no puede servir a Dios y al dinero. Pero una actitud como la de Lázaro, de no poner la confianza en las cosas de la tierra sino la confianza en Dios, ésa es actitud de pobreza. Y porque hay muchos pobres que no tienen materiales, pero no ponen su confianza en Dios, tampoco ellos son pobres. Y a éstos queremos promover; porque están perdiendo una situación que Dios les ofrece para hacerlos pobes de la Biblia, cuando cambien la actitud interna de su corazón. Que pongan en Dios su confianza. No un conformismo sin lucha para mejorar. Todos tienen que promoverse, y Dios no bendice la pereza ni el haragán, sino que Dios bendice el esfuerzo de aquellos que ponen su confianza en El.

Queridos hermanos, escojamos esta mañana ser los pobres de Yahvé. No sé quienes están escuchando aquí y afuera de la Catedral, pero quienquiera que sea, tenga mucho o no tenga, lo que le pido es que convierta su corazón a Dios y que no ponga su confianza en las cosas de la tierra ni se resienta por no tener lo que otros tienen, sino que pongan su confianza en Dios. Y que nadie, por más lujos que tenga en su casa, piense que sea esa casa es inmortal. Todo eso se acaba, y solamente vale poner la confianza en el Dios que es el único inmortal, en el cual vamos a profesar ahora nuestro credo.

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La Iglesia Jerárquica

Nuestra Señora de la Merced

24 de Septiembre de 1977

Chalatenango

Queridos hermanos sacerdotes, religiosas y fieles:

PREOCUPACION DE LA IGLESIA

¿Quién nos iba a decir que la Virgen de Mercedes iba a patrocinar en su día, 24 de septiembre, este hecho histórico de Chalatenango? Y es que María, la virgen madre de Cristo, es también madre de esta Iglesia, que en forma tan emocionante está llenando el templo parroquial, hoy convertido en una vicaría episcopal. Es esta muchedumbre, que proclama que María siempre va como madre cariñosa, como reina poderosa con esta Iglesia a través de la historia. Y si hace varios siglos, allá en la Edad Media, ella inspiró, según las necesidades de la hora, aquella orden de padres mercedarios, ahora también inspira en esta hora de Chalatenango, la creación de esta vicaría. Entonces, la Virgen, que siempre sufre con el que sufre, consuela las lágrimas, enjuga los dolores de la humanidad, despertó la vocación de unos hombres para que fueran a liberar a aquellos cautivos cristianos en las mazmorras de los mahometanos, de los sarracenos. Y la historia cuenta como una página gloriosa de la Iglesia siempre su preocupación por el que sufre, ya sea en la cárcel, ya sea en el pueblo. Siempre ha sido la Iglesia la defensora de la libertad, de la dignidad, de los derechos del hombre creado a imagen y semejanza de Dios.

Hoy, como acabamos de escuchar en el evangelio, la Iglesia mira con preocupación este maravilloso departamento de Chalatenango, que ha sido mina de vocaciones fervorosas, sacerdotales y religiosas, tanto de varones como de mujeres consagradas a Dios. Y aquí está la respuesta de Dios por medio de su Iglesia. Dice el Concilio Vaticano II: “Dios hecho hombre quiere trasmitir su verdad y su vida a todos los hombres”; y explica: “Esta Iglesia es, al mismo tiempo que una sociedad visible, es también conductora de bienes invisibles”. Si es una sociedad jerárquica compuesta de hombres concretos que la gobiernan, que la rigen, que la enseñan, que la sirven, es nada más que el envoltorio humano para transmitir a través de ese canal que es la jerarquía, el sacerdocio- la organización de la Iglesia para transmitir la verdad y la vida eterna que Cristo trajo al mundo-y valiéndose de una comparación que es toda una teología, dice que la Iglesia es la continuación de la encarnación de Cristo. ¿Qué cosa es la encarnación de Cristo? Es el misterio por el cual un Dios con su vida infinita vino a hacerse hombre, para manifestar a través de sus gestos de hombre la transmisión de esa vida, de esa verdad, de ese poder, de ese consuelo; de tal manera que cuando la mano de Cristo tocaba los ojos de un ciego era la virtud de Dios que devolvía la vista a los ciegos, y cuando la voz humana de Cristo grita frente a la tumba de Lázaro “¡Lázaro ven afuera!”, es la virtud de Dios que a través de esa voz humana llama a la vida a un muerto.

PRESTANDO MANO A CRISTO

Así la Iglesia: un elemento humano que la encarna somos nosotros, tanto la jerarquía puesta para el servicio de ese pueblo de Dios, como ustedes, pueblo de Dios pueblo de bautizados, que por su bautismo, por su confirmación, llevan la participación del sacerdocio eterno de Cristo. Y así el pueblo y la jerarquía, el pueblo y los sacerdotes, formamos esa asamblea visible de hombres y mujeres. Pero, no es eso visible lo que interesa tanto, sino el que a través de esta organización visible- Papa, obispo, sacerdotes, religiosas, fieles, laicos comprometidos en la misión de la Iglesia no estamos haciendo otra cosa que prestándole nuestra mano, nuestra boca, nuestros pies, al Cristo eterno, que es Dios, para llevar por los caminos la verdad y la vida eterna.

Cuando la jerarquía piensa en delegar su potestad al padre Fabián Amaya como vicario episcopal de todo el departamento de Chalatenango, se está realizando una acción jerárquica. Es el gobierno visible de la Iglesia que quiere valerse de este instrumento nuevo que se llama la vicaría episcopal. Ella es necesaria, porque sin la jerarquía humana, no viéramos en una forma sensible la mano de Cristo que sigue perdonando, la voz de Cristo que sigue hablando, pero este mensaje eterno, lo divino, lo que interesa a todo el pueblo. Y yo advierto en la intuición de ustedes, queridos católicos, al aceptar con tanto entusiasmo esta disposición jerárquica de la creación de una vicaría, que podríamos decir es un episcopado nuevo en la Arquidiócesis, que unido con el obispo, otro sacerdote con poderes episcopales, se va a dedicar a la organización, a la vida, a un mejor caminar de esta Iglesia de Chalatenango y todo su departamento; es Cristo el que como en el evangelio de hoy dice se siente ante la muchedumbre hambrienta de Dios, ante los pueblos sin sacerdotes, sin religiosas, a pesar de haber hecho surgir aquí tantas vocaciones sacerdotales y religiosas, la necesidad de que sean recompensados esos pueblos, esos hogares, que han sabido cristalizar vocaciones tan bellas como las que están considerando ahora en este presbiterio o las que alla en sus lugares de trabajo, en sus comunidades están dando honor a esta tierra tan fértil de Chalatenango.

EL CUIDADO DE LA IGLESIA

Llegue hasta aquí en una forma más vigorosa el cuidado de esa Iglesia. Eso significa que esta mañana histórica de Chalatenango es el momento en que la Iglesia extiende su organización jerárquica y la hace más presente en medio del pueblo de Chalatenango, para que sienta más viva esa acción de Cristo que dá la verdad en su revelación, que dá la vida eterna en sus sacramentos, en su ministerio sacerdotal, y que suscita la santidad de las familias cristianas que abundan por estos horizontes para que, en vez de apagarse esa llama de fervor cristiano, sea más encendida y haya más santidad en los hogares, y haya más fervor en nuestros pueblos, y haya muchas vocaciones sacerdotales para el servicio de toda la Arquidiócesis y de toda la Iglesia universal, porque el sacerdote se ordena para toda la Iglesia del mundo. Y surjan también de la juventud de este Chalatenango y de sus pueblos filiales las vocaciones de los varones y de las mujeres que quieran consagrarse a Dios y darle así un sentido tan bello, tan divino, a su vida en servicio de la humanidad, pero consagradas a Dios.

Esta es la motivación que tuvimos, queridos hermanos, al ver que un departamento que es capaz de producir tantas vocaciones, no es justo que esté como hasta ahora, tal vez, lo hemos tenido un poco descuidado. Perdónennos, porque en lo humano de la Iglesia siempre hay deficiencias. Perdonen lo humano de la Iglesia. Pero sepan también mirar en lo humano de la Iglesia; el instrumento que Dios ha querido, de tal manera que si no hay esos hombres concretos, que se llamen obispos, Papa, sacerdotes, vicarios, no circula la vida de Dios que la ha querido confiar a esos canales humanos, porque él sigue viviendo su encarnación. Quiere seguir transmitiendo su voz, sus milagros, su perdón, su gracia, a través del gesto humano del sacerdote, que por eso tiene que ser tan santo, porque es la figura de Cristo en medio de la humanidad.

Yo les felicito, queridos hermanos de Chalatenango, de todo el departamento convertido en una vicaría episcopal, les felicito y les agradezco la acogida tan cariñosa, tan fervorosa que ustedes han tributado a esta disposición. Y sepan que, a cambio de este servicio que este humilde servidor de la Iglesia ha prestado al departamento, les agradece el estímulo poderoso que la presencia abigarrada de ustedes, la oración de tantas familias, el fervor de tanta gente, está dándole al obispo de la diócesis, porque una respuesta como ésta, hermanos, uno no sabe qué es más, si el favor que por medio de uno nos hace Dios o la respuesta del pueblo hacia Dios, pasando también por el corazón humano del obispo. Sepan que dejan en mi corazón de pastor esta mañana, una huella imborrable. Y si he sentido siempre una gran admiración, un gran cariño, una gratitud inmensa para las familias, para los pueblos de Chalatenango, por ese fervor de respuesta a Dios, de ahora en adelante bajo el cuidado directo del Padre Fabián, del Padre Efraín y de todos los sacerdotes que sirven en las parroquias del departamento, que mi presencia episcopal se sentirá más viva, ya que cuento con esa cordialidad y esa lealtad de tantos sacerdotes buenos que, en comunión con el obispo, estamos construyendo esta iglesia de Chalatenango.

PUEBLO DE DIOS

Una mención muy especial quiero tributar a las religiosas, que han sabido encontrar una nueva dimensión a su vocación consagrada. Y ya tenemos en el departamento algunas congregaciones y ya tenemos ofrecidas, desde luego, dos que próximamente vendrán y esperamos que también vayan llegando otras, para cubrir así la necesidad espiritual de los pueblos, junto con los sacerdotes. Y no sólo sacerdotes y religiosas; queridos hermanos, mi llamamiento pastoral se dirige ahora a todos ustedes los laicos. Laicos son todos los cristianos bautizados, marcados con la señal de Cristo, pertenecientes al pueblo de Dios, responsables de la historia de la Iglesia, porque sobre sus hombros también descansa la responsabilidad pastoral. A ustedes, que en sus hogares como padres de familia, como madres de familia, como jóvenes en el mundo, están viviendo la belleza de esta hora cargada de esperanzas, sean protagonistas de la historia de la Iglesia. Préstenle todos sus brazos, toda su fuerza, todo su corazón, que al ejemplo de esos católicos que van comprendiendo su compromiso -dando catecismo, celebrando la palabra, atrayendo la gente al servicio de la Iglesia, al servicio de Dios- no se quede un sólo bautizado, sin responder a esta hora en que la Iglesia viene a ponerles un reto para decirles de parte de la jerarquía: “Hacemos todo lo que está de nuestra parte; ahora toca al pueblo responder generosamente a esta Iglesia que es instrumento de Dios, para traer santidad, vida, gracia y todo eso que deriva de esos grandes valores eternos, también para los grandes compromisos temporales”.

La Iglesia de hoy está empeñada también, en que los católicos sepan derivar de su espiritualidad cristiana también las grandes derivaciones sociales, económicas, políticas, no porque la Iglesia se meta a hacer política, sino porque ella tiene la responsabilidad de señalar a los pueblos y a los hombres los caminos rectos de Dios y denunciar también los caminos torcidos, los atropellos a la dignidad humana, los atropellos a la libertad y a todo eso que es sagrado en el hombre. No se considere a la Iglesia que se ha apartado de su misión porque ahora predica también estos otros aspectos sociales. Trátese de comprender la mentalidad nueva de la Iglesia y desde su puesto de laicos sin temor, sino con un gran amor a la verdad, a Cristo, a la Iglesia que los ama entrañablemente, sepan dar su cara por Cristo. No sean miedosos y mucho menos traidores de esta Iglesia, porque lamentablemente, en el departamento tenemos que luchar por implantar un Reino de Dios auténtico, y en esta lucha tenemos que encontrarnos, con lástima, con aquellos que decía San Pablo: que antes fueron cristianos, pero ahora por una ventaja política, por una ventaja social o económica, por una paga tal vez miserable, traicionan su bautismo y se convierten en espías y en perseguidores de sus propios hermanos.

TAREA DE LA IGLESIA

Que a nuestra Iglesia se le deje caminar, que no se desconfíe de ella. Es una Iglesia que predica el amor, y que si predica contra el pecado del mundo siente que va a lastimar a los pecadores, pero no por ofenderlos, sino para convertirlos y que también se salven con los que buscan la verdad el Reino de Dios. Ojalá, hermanos, todos comprendamos este mensaje limpio de amor y que no se le tergiverse con esas calumnias tan viles que es estos días andan circulando por el pueblo. Que nadie se deje engañar, que la Iglesia tiene sus intenciones muy limpias para implantar el Reino de Dios en los corazones, en las familias, en los pueblos; y ésto es lo que busca. A ésto llama a sacerdotes, a religiosas, a laicos, a jóvenes. Todos los sectores humanos por el bautismo tienen este compromiso de trabajar por la implantación del Reino de Dios.

En este contexto, hermanos, de grandes riesgos, de muchos peligros, pero de grandes esperanzas, y de grandes consuelos espirituales y pastorales, el padre Fabián trae todo su entusiasmo de apóstol a este ambiente, yo quiero reconocer en él, al varón trabajador del Reino de Dios, al incasable enamorado seguidor de una Iglesia que la quiere cada vez más auténtica según el espíritu del Evangelio. Cuenta plenamente el Padre Fabián con el respaldo pleno del Arzobispado, como cuentan todos los párrocos; el Padre Efraín que es el párroco de Chalatenango y todos los otros párrocos del departamento que están aquí, como todos los párrocos de la Arquidiócesis que están ahí en el puesto parroquial; precisamente porque el obispo cuenta con ellos, les tiene confianza, y pide al pueblo también que les tengan confianza, que son una sola cosa con la jerarquía. El sacerdote es el obispo de su pueblo y el vicario episcopal es como el obispo del departamento. Allá en el periódico Orientación podrán ver las atribuciones, la autoridad, del vicario episcopal. Es una autoridad equiparada al obispo, de tal manera que si el vicario episcopal niega un permiso y esa persona queriendo burlarlo se va a pedir ese permiso al Arzobispado y no menciona al Padre Fabián, ese permiso es inválido. Así como también, si el obispo negara algo y vinieran burlando al obispo a pedirle al vicario episcopal, tiene que mencionar que el obispo ha negado ese permiso. Si no, es inválido también el permiso. Lo cual indica la comunión íntima entre el vicario episcopal y el obispo. Viven en comunión perpetua; y en comunión perenne, junto con sus sacerdotes, son la jerarquía, son los pastores que, con el evangelio de hoy, llaman a religiosas y fieles, pidiéndole al Señor de la mies que envíe colaboradores, porque la mies es mucha. Verdaderamente la mies de Chalatenango es inmensa, es mucha, y se necesitan muchos brazos para recoger esta cosecha que nos han dejado los pastores que han trabajado por aquí. Símbolo de ellos, está entre nosotros Monseñor Araujo que trabajó aquí durante veinte años; como ha habido también otros párrocos, a los cuales les rendimos nuestra admiración y nuestra gratitud. Como Cristo decía, ustedes recogen lo que otros sembraron; otros recogerán lo que ustedes siembren. Tenemos que trabajar con esa perspectiva de terminar. Jamás queridos hermanos, trabajemos por el Padre Tal y si no es el Padre Tal ya no queremos trabajar. Que jamás exista ese personalismo que quita todo el mérito a la hora de la Iglesia. Cuando trabajamos por un hombre, ya no trabajamos por Cristo; y si trabajamos por Cristo, miraremos al hombre como instrumento, como encarnación del Cristo que es el único que interesa.

Hermanos, esta es la palabra, el mensaje que nos está diciendo esta circunstancia hoy, y para darle todo el respaldo oficial, vamos a darle ahora lectura a los nombramientos, del Padre Fabián como vicario episcopal del departamento de Chalatenango y del Padre Efraín como párroco de esta ciudad.

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La Palabra de Dios, en el mundo de hoy

25º Domingo del Tiempo Ordinario,

18 de Septiembre de 1977

Lecturas:
Amós 8, 4-7
I Timoteo 2, 1-8
Lucas 16, 1-13

LA LUZ DE LA PALABRA ETERNA

El objeto de predicar la homilía no es otra cosa que decirles a todos los que estamos en la reflexión de la palabra de Dios que esa palabra se cumple hoy. Es una actualización de la eterna palabra del Señor. Se predica pues en la misa, no por demagogia, como algunos me han acusado, ni porque tengamos manía persecutoria; sino porque queremos iluminar con la palabra eterna del Señor la realidad en que la Iglesia de nuestra Arquidiócesis se mueve y para que todos los que la componemos esta Iglesia, sepamos juzgar las cosas de la historia, no con nuestros criterios personales, sino con la luz de la palabra eterna del Señor, que es la que prevalece para siempre.

Nuestras opiniones, nuestros juicios humanos, son falibles, son de hombre; pero la palabra del Señor no puede fallar. De ahí que un cristiano tiene que aprender a lo largo de toda su vida a iluminar el paso de la historia, los acontecimientos de su vida, con la palabra eterna del Señor. Cuántos acontecimientos en esta historia vertiginosa de nuestra patria en nuestros días hay que iluminar con esta palabra de sabiduría eterna. Cuántos comentarios, por ejemplo, se han oído acerca del asesinato del rector de la universidad y sus dos acompañantes.

No son los juicios humanos, sino el juicio de Dios, el que un cristiano tiene que buscar. Cuántos comentarios también humanos en la fundación de una nueva universidad en nuestra patria. ¿Cuáles son los criterios, las motivaciones? No son los juicios humanos los que hacen la rectitud de una obra, sino a la luz del pensamiento de Dios.

Seguimos lamentando, por ejemplo, a trece días del secuestro de la señora de Chiurato, no saber nada, su familia angustiada, como tantas familias de desaparecidos. No puede ser insensible el corazón de un cristiano ante el sufrimiento de otro cristiano, de otra familia. Si esta voz estuviera llegando a través de la radio a los responsables de esta angustia, yo les suplico, en nombre de la caridad de Cristo, que negocien la libertad de esa pobre señora. Mientras, por una parte, nosotros rezamos, los enfermitos del Hospital de la Providencia, por ejemplo, hacen oraciones especiales en estos casos de angustias. Es el corazón de la Iglesia que desde la enfermedad y del sufrimiento cumple lo que nos ha dicho San Pablo: “Rezad por la necesidad de los hombres”.

Así quisimos rezar también el lunes en la capilla del hospital, celebrando una misa por aquel desaparecido, cuya madre llora, no sabe si muerto o vivo, sufriendo cómo, y por cierto una misa que se nos quiso prohibir, como si fuera prohibido rezar por la angustias de la humanidad. Si alguna responsabilidad se quiere caer sobre los participantes de esa misa, yo suplico que toda la responsabilidad me la echen a mí, porque con toda conciencia he celebrado el sacrificio del Señor pidiendo misericordia para la desolación de una familia y para el aparecimiento de una persona injustamente desaparecida.

Y así podríamos analizar muchos otros acontecimientos, hermanos. No estamos ajenos a las preocupaciones de cada uno de ustedes, de sus familias. Sus tribulaciones, sus esperanzas, sus alegrías y tristezas no son ajenas al corazón de la Iglesia. Pero en la imposibilidad de iluminar una a una las circunstancias de una vida tan exhuberante, como es la de los salvadoreños, sólo les invito a que analicen, no a la luz de sentimientos de venganza, ni odio, ni de violencia, sino a la luz del amor cristiano, de la palabra de Dios. Sepan interpretar los acontecimientos de su propia vida. Para el cristiano no hay otro criterio más que su fe, su amor, que ilumina la palabra del Señor. Para eso venimos a misa los domingos, para aprender, no lo que dice el obispo, lo que dice el sacerdote; sino que, a través de esa humilde palabra del hombre que habla, el mensaje eterno de Dios es el que tenemos que descubrir, y no tomar la actitud de un desprecio para el hombre que habla, porque no termina en mí el desprecio que puedan hacer a mis actuaciones o mis palabras, sino que llevo la garantía de un Cristo, que dijo a sus predicadores: “El que a vosotros desprecia, a mi me desprecia, y el que a vosotros oye a mí me oye”.

La fe de ustedes, hermanos, sabrá hasta discernir alguna interferencia humana en la que ustedes no estén de acuerdo. Los he invitado mil veces a que en ese caso se dialogue, se corrija, como manda el evangelio; y así tendremos pués que a la luz de un diálogo, de una reflexión sincera, descubrimos qué es lo que Dios piensa. Por eso la Iglesia trata de construirse cada vez más auténtica. Los pasos que vamos dando en esta construcción de nuestra Arquidiócesis en colaboración con los queridos sacerdotes, religiosas y seglares cada vez más comprometidos, cada vez más conscientes de que son Iglesia, podemos destacarlos en estos puntos.

El próximo 26 de septiembre es el cumpleaños octogésimo del Santo Padre. Pablo VI cumple ochenta años con plena lucídez de su mente, con una asistencia especial del Espíritu Santo. Todas las cavilaciones de los periódicos de si va a renunciar, si ya está demasiado viejo, no le toca al hombre discernir. Como San Pablo, el Papa puede decir: “apóstol de Jesucristo, no por voluntad de hombre sino por voluntad aquel que me eligió”. Y él sabrá a su tiempo depositar con esa claridad de conciencia que siempre ha tenido, su autoridad, cuando lo crea necesario, o cargar con la Cruz pesada del pontificado hasta el final de su vida.

El próximo domingo aquí a esta misma hora, a las 8, vamos a ofrecer nuestra misa por el cumpleaños del Papa, para que el Señor lo conserve, sobre todo con la lucídez y responsabilidad de ese difícil cargo. Toda esta semana les invito que ofrezcan oraciones especiales por él.

El próximo sábado 24 , será la inauguración de la vicaría episcopal de Chalatenango. Desde esta mañana a las 9, nueve religiosas van a llevar una motivación evangélica espiritual a toda la ciudad. En tres Iglesias serán los centros de evangelización: El Calvario, San Antonio y la Iglesia parroquial y culminará el viernes con una celebración penitencial. Hacemos un llamamiento pues a todos los católicos de la ciudad y del departamento de Chalatenango a participar en esta purificación de conciencia, el próximo viernes por la noche en la iglesia parroquial de Chalatenango, y a las 10 de la mañana el sábado invitamos a todos a ir a inaugurar esta novedad en la pastoral que es una vicaría pastoral, como ya les he explicado, en que el obispo, descentralizando su autoridad, delega gran parte de su episcopado en este sacerdote, que en el caso será el Padre Fabián Amaya, para que, en comunión siempre con el obispo y en colaboración con los sacerdotes, organice y lleve a cabo una pastoral más eficiente en ese fervoroso departamento que nos ha dado tantas vocaciones.

También la vicaría de la Resurrección, que abarca gran parte de las parroquias de la ciudad de San Salvador, está sumamente viva y activa. En la Iglesia de San Francisco ha tenido lugar un curso de comunidades de base, donde se han promovido muchos seglares para ir a crear eso que hoy constituye la unidad básica de la Iglesia, pequeñas comunidades donde la reflexión del evangelio, la vida del amor del cristiano, la vida comunitaria, se hace más humana, más cercana. Todos los católicos ahora son llamados a colaborar en esta forma, crear comunidades, vivir el sacerdocio de su bautismo, en comunión con otros cristianos con quienes compartir la responsabilidad de ser comprometidos con el evangelio de Cristo.

Hay muchas otras actividades, pero baste lo dicho para darnos una idea cómo la Iglesia en nuestra Arquidiócesis, a pesar de las dificultades, quiere ser una Iglesia que responde a su vocación, al llamamiento que el Señor le hace precisamente en estas circunstancias para ser cada día más la auténtica Iglesia de Jesucristo, que no se apoya en fuerzas humanas, sino que eleva lo humano hacia las fuerzas del evangelio que se expresan en esa libertad, en ese espíritu de pobreza, en ese sentido de confianza y de amor en Dios, que es precisamente su valor, su fuerza.

ENFOQUE DE TODO EN CRISTO

Y aquí quiero enfocar ya las lecturas de hoy. Como ven, todas estas realidades y las que cada uno de ustedes podría enumerar no pueden quedar fuera de la luz del evangelio. Todo el quehacer de la historia tiene un vértice hacia el cual se dirige, al Señor de la historia, Cristo nuestro Señor. Por El y para El fueron creadas todas las cosas, y San Pablo les dice a sus cristianos: “Todas las cosas son vuestras, pero vosotros sois de Cristo y Cristo es Dios”. Esta es la jerarquía que nos quiere enseñar la lectura de la palabra divina esta mañana.

INJUSTICIA

En primer lugar, un trasfondo de injusticia; no es invento de los obispos de Medellín. La voz de la primera lectura de hoy es más vigorosa, más fuerte. Se trata de un profeta extraído de la soledad del desierto de Judea, campesino; y sin embargo, a pesar de no querer ser profeta de Dios (es tan difícil el oficio del profeta) obedece, porque el Señor le insiste. Y así va al reino del norte de Israel, donde florece quizá en la cúspide de su gloria ese reino bajo el reinado del rey Jeroboam II. Se han acallado las voces temibles de la Asiria del norte y de Egipto en el sur y hay florecimiento, hay paz, hay tranquilidad. Pero los hombres no sabemos utilizar la paz que Dios nos da, sino únicamente para el desorden. Los tiempos tranquilos se prestan al abuso del negocio; y ahí llega el profeta, en un ambiente tremendo de extorsión, en que el rico quiere acaparar todo, y el pobre es cada vez más pobre y el rico cada vez más rico. A este ambiente de injustas negociaciones, donde hasta la religión se ha comercializado, se aprovechan los novilunios y los sábados, que la ley de Moisés mandaba a descansar y no negociar, precisamente para estar tramando mejores negocios, cómo explotar mejor. A esta gente injusta, que hasta de la religión hace un trampolín para su dinero, se presenta Amós para decirles: “Escuchad ésto, los que exprimís al pobre, despojáis a los miserables, diciendo: ¿Cuándo pasará la luna nueva para vender el trigo, y el sábado para ofrecer granos”. No pensaban en Dios. Pensaban en lo que les produciría el trigo, el grano, pensaban en cómo explotar, como sigue diciendo el profeta: “Disminuís, la bebida aumentáis el precio, usáis balanzas con trampa, compráis por dinero al pobre, al mísero por un par de sandalias, vendiendo hasta el salvado del trigo”, hasta la broza del arroz y del trigo, hasta las tusas, diríamos, se les saca negocio. A esta actitud, el profeta recuerda una cosa: “Jura el Señor por su gloria que no olvidará jamás vuestras acciones”.

Este es es el respaldo del profeta, que detrás de él es Dios que manda a denunciar las injusticias. Por eso, hermanos, ante la dificultad de denunciar las injusticias, los profetas tenían miedo, porque la venganza es terrible. Pero el mismo tiempo sentía la confianza de un Dios que los respaldaba. “Yo iré contigo,- les decía Dios a los profetas- porque es a mí a quien ofenden cuando ofenden y extorsionan al pobre, al necesitado, cuando lo explotan”. Es Dios el que sufre, porque su amor está también ofendido.

También Jesucristo toma la palabra en el evangelio de hoy, para denunciar la injusticia de un administrador infiel. Muchas veces los administradores son más crueles que los mismos dueños. Quien ha compartido la vida de los pobres en haciendas en dificultades se da cuenta qué fanáticos son ciertos administradores para quedar bien con sus patrones estropean, atropellán al pobre necesitado, a quien le quitan el trabajo. Como lo están diciendo ahora allá por Aguilares: “Que te dé trabajo el obispo, que te den trabajo los curas” la burla de la ofensa de la propia dignidad del hombre.

Queridos hermanos, como los obispos en Medellín en el documento de justicia, dicen: “Ya mucho se ha estudiado la situación de América Latina. No es necesario decir más, únicamente concluir que se ha creado una miseria de masas que es una injusticia que clama al cielo”. Son palabras del magisterio de la Iglesia en América Latina. Una situación de injusticia que clama al cielo, y ésto no puede seguir. Es la necesidad de la transformación, de los cambios necesarios en la cual, labor, todos tenemos que aportar. No todos con la misma eficiencia, porque no todas las riendas de las situaciones, pero sí cada uno, por lo menos. Las lecturas de hoy nos señalan medios muy eficaces, ante todo las ideas. Un cristiano tiene que ser un hombre que combate con ideas, no con la violencia. Jamás me cansaré de repetir: si hay una violencia, la única es la de Cristo en la cruz, que ya dejó matarse para que fuera más justo el mundo, y ésa es la que tenemos que transportar a nosotros mismos, haciéndonos violencia a nuestros egoísmos, a nuestras avaricias; a nuestras envidias -tener que vencer esta lacra de nuestro corazón con estas ideas salvadoras que nos ofrecen las palabras divinas de hoy.

VALOR DE LO TEMPORAL

En primer lugar, el valor relativo de los bienes, de los bienes temporales, y el juicio de Dios sobre ellos. Fíjense, la parábola de hoy cómo comienza: “Un rico tenía un administrador y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: ¿Que es eso que me cuentan de ti?. Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido”. Es la alusión que Cristo hace: los bienes de la tierra son de Dios; el hombre los posee como un administrador y el dueño pedirá cuenta a cada administrador, a cada copropietario, a cada terrateniente de mucho o poco, cómo ha administrado los bienes que Dios creó para el bienestar de toda la humanidad. Hay un juicio de Dios por delante: y cuando Cristo saca la moraleja de su parábola, dice que el amo felicitó al administrador injusto por la astucia con que había procedido, porque “los hijos de este mundo son más astutos que los hijos de la luz”, y nos invita: “Ganaos amigos con el dinero injusto, para que cuando os falte, os reciban en las moradas eternas”.

Los bienes temporales tienen un valor, no lo vamos a negar. El Concilio Vaticano II ha afirmado que todo cuanto el Creador ha hecho tiene una autonomía, tiene un valor, pero autonomía en el sentido de que cada cosa vale por sí, pero no en el sentido en que hay que prescindir de Dios. Frente a Dios todos los valores de la historia y del mundo son valores relativos. Tanto valen en cuanto cumplen el designio de Dios. ¿Y cuál es el designio de Dios?.

CRISTO LA RIQUEZA ABSOLUTA

La segunda lectura de hoy es riquísima, hermanos. Yo les invito a que la reflexionen mucho en sus hogares, donde Dios nos describe su designio: “Dios es uno y uno sólo es el mediador de Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que se entregó en rescate por todos”. Esta es la verdadera cosa absoluta del cristiano: Dios y su Cristo. Cristo es la riqueza absoluta del hombre. Por ganar a Cristo hay que perderlo todo. El mismo nos decía uno de estos domingos; “El que no renuncia hasta a su misma familia, a sí mismo, por seguirme no es digno de mí”. Todo aquel que le da un sentido de idolatría al dinero ya lo está absolutizando. Está haciendo un dios, un becerro de oro, y ante él se postra y hace sacrificios. No le importa mandar a matar gente por conservar esa situación. El único valor para el cristiano es Dios, es Cristo. La única riqueza por la cual vale la pena perderlo todo es aquel que pagó con su vida el precio de mi redención. ¿Pero de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si se pierde al final de su vida? ¿De qué le sirve al que gozó todos los bienes de la tierra extorsionando en la forma que ha dicho hoy el profeta Amós, si ahora se lamente, como el rico Epulón hundido en las llamas del infierno, sus riquezas mal administradas? Y por eso, hermanos, porque la Iglesia está puesta para la salvación de todos, como nos ha dicho San Pablo: ésta es la voluntad de Dios, la salvación de todos los hombres. Esto es lo que Dios quiere, salvación de todos.

A la Iglesia, al evangelio, le duele que haya gente idolatrando al dinero y dé la espalda a Dios, porque está en camino de perdición, se van a condenar. Y porque quiere que se conviertan al único Dios verdadero, les predica la falacia de las cosas de la tierra, lo que todo se queda, como dice la parábola de hoy: cuando todo se quede aquí, encontrar amigos allá donde se pueden recibir en las moradas eternas. Dirán: “Eso está muy lejos, es aquí donde se goza la vida”. Se parecen a los niños cuando se les pregunta: ¿Qué es más grande, la luna o el volcán de San Salvador?” y al mirarlo tan cerca al volcán lo ven más grande y dicen: “Más grande es el volcán”, y la luna, como está tan lejos, no derivan de la distancia que es inmensamente más grande. Así sucede también con esta miopía de los bienes temporales.

Como los tenemos presentes, como antes el dinero se abren todas las puertas, como el hijo pródigo en los días de bonanza: mientras hay, todos son amigos; pero cuando se pierden todos, se comprende que era más grande la luna, que en el corazón del hombre hay un valor muy infinito, superior a todos los bienes creados y temporales y que por éstos es que hay que luchar, por este corazón que se ha ganado a Cristo precisamente en la medida en que se ha desprendido de las cosas de la tierra, usándolas conforme Dios las quiere.

VOCACION DEL LAICO

Aquí quiero hacer un llamamiento a los laicos, ustedes, hermanos, la mayoría que me escucha, los que no son sacerdotes, que por vocación tenemos que servir el ministerio de Dios y los que no son religiosos ni religiosas, que por vocación renuncian con sus tres votos para buscar bienes superiores. Ustedes se quedan en el mundo. El Concilio dice que su vida está como entretejida con los bienes temporales; de ahí la necesidad de tener criterios muy finos para darles a las cosas su verdadero sentido y el peligro tan grande de que viviendo entre las cosas de la tierra vayan a acabar también haciéndose tierra. La necesidad entonces de que el bautizado, el seglar que tiene que manejar las cosas temporales, tenga criterio bien sanos y colaboradores a que este mundo sea conforme al designio de Dios y los bienes estén mejor distribuidos y todos los hombres nos sintamos hijos de Dios.

Porque ésto deriva también de esa alianza que Dios con su Iglesia. Como Amós, el profeta de hoy, que se llama precisamente en el Antiguo Testamento el profeta de la justicia social, dice lo que más le duele es porque este pueblo, con esas diferencias sociales, está siendo un antitestimonio de la alianza que ha firmado con su Dios. Y ésto podemos decir del pueblo cristiano. Estas desigualdades injustas, estas masas de miseria que claman al cielo, son un antisigno de nuestro cristianismo. Están diciendo ante Dios que creemos más en las cosas de la tierra que en la alianza de amor que hemos firmado con él y que por alianza con Dios todos los hombres debemos de sentirnos hermanos. Si hemos hecho una alianza de pueblo con Dios, este pueblo tiene una ética que Dios la está viviendo en la relación que tenemos con él; y el hombre es tanto más hijo de Dios cuanto más hermano se hace de los hombres y es menos hijo de Dios cuanto menos hermano se siente el prójimo, porque lo extorsiona, porque no lo considera como imagen de dios y como hermano suyo. He aquí pues una lógica de verdadera teología que desde Dios deriva a los hombres, y la Iglesia se titula así: el sacramento de unidad, de la unidad de los hombres con Dios y de los hombres entre sí.

TRABAJAR Y ORAR POR UN CAMINO MEJOR

Finalmente, queridos hermanos hay otro mensaje grandioso en la lectura de hoy y que es otra fuerza con la cual el cristiano, la Iglesia tiene que trabajar también por hacer un mundo mejor; y sin esta fuerza de nada sirven todos los esfuerzos de los hombres. Es la que San Pablo nos ha recordado hoy con palabras muy graves: “Te ruego lo primero que hagáis oraciones, plegarias, súplicas, acciones de gracias por todos los hombres, por los reyes y por todos los que están en el mando, para que podamos llevar una vida tranquila y apacible con toda piedad y decoro”. Y al final, volviendo sobre la misma invitación a orar, dice: “Encargo a los hombres que recen en cualquier lugar alzando las manos limpias de ira y divisiones”. Esta es la colaboración del cristiano ante todo. El cristiano colabora poniendo su fuerza en Dios, sin el cual no es nada el hombre.

Orar “por los reyes y por los que están en el mando”. Hermanos, la posición de la Iglesia frente al gobierno no quiere decir que lo ha excomulgado y no reza por él. Yo pido oraciones ahora por los gobernantes, y precisamente cuanto más necesita el país la tranquilidad para vivir en honor, para no vivir estas angustias, que no hay semana en que no anunciemos hechos de sangre, de violencia, de crimen. Es necesario pues una autoridad que cuente con la ayuda de Dios, como dice el salmo “Si el Señor no cuida la ciudad, en vano vigilan todos los que la cuidan”. Si el Señor no construye nuestra civilización, en vano se hacen proyectos a espaldas de Dios. Que tengamos en cuenta a nuestro Señor, ustedes también los gobernantes y nosotros el pueblo. Todos, queridos hermanos, tenemos que orar mucho al Señor, cuanto más difícil se tornan las situaciones. Es como que Dios nos está probando para ver si tenemos todavía confianza en él o ya hemos cortado las relaciones con el Señor.

Pero una oración, dice San Pablo, que levanta las manos limpias, una oración de manos limpias. También Dios oye al pecador que levanta sus manos manchadas de sangre. Y ojalá que tantas manos manchadas de sangre en nuestra patria se levantaran al Señor horrorizadas de su mancha para pedir que las limpie él. Pero los que, gracias a Dios, tienen sus manos limpias, los niños, los enfermos, los que sufren levanten sus manos inocentes y sufridas al Señor, como el pueblo de Israel en Egipto. Y el Señor se apiadará y dirá, como en Egipto a Moisés: “He oído el clamor de mi pueblo que gime”. Es la oración que Dios no puede dejar de escuchar. Esta es, hermanos, la palabra que nosotros hemos reflexionado hoy; y, como ven, de perfecta actualidad. Aunque sea de un profeta siete siglos antes de Cristo, se torna actualidad ante las injusticias de nuestra gente de hoy. Aunque sea la parábola en un sistema de los tiempos de Cristo, se torna actualidad hoy, como un aviso de que hay un juicio de Dios que espera la vida de cada hombre para pedirle cuenta de su administración y que el hombre debe de imitar en algo la sagacidad de aquel administrador que se ganó amigos aún haciendo fraudes. No es que el evangelio alabe aquí el fraude, hay muchas interpretaciones a este pasaje. Por ejemplo, de que los administradores en tiempo de Cristo eran esclavos y la ganancia de ellos eran los altos intereses que les ponían a las cosas que administraban y entonces un esclavo podía renunciar a sus intereses, “Te perdono los intereses, devuelve sólo lo que le debes a mi Señor”, y así no ha habido ningún fraude. Pero aunque hubiera un fraude aquí no se justifica eso. Lo que se justifica aquí, lo que se elogia, es la sagacidad, la astucia de tener previsión en las horas de crisis para cuando me falten estos bienes temporales que no serán eternos sino que los he de usar ahora para hacer caridad, para hacer el bien, para administrar según Dios, y entonces encontraré el juicio de Dios benigno y haya quienes intercedan por mí.

Queridos hermanos, no podía ser más práctica pues la palabra de Dios es nuestra vida. Estamos preocupados de las cosas temporales, sin las cuales no podemos vivir, y por eso es necesario que se organicen mejor según el pensamiento de Dios. Pero la Iglesia no es sociología. Es luz del evangelio, es luz de fe; pero desde la fe ilumina la sociología, la política, la economía, para que los hombres que manejen esas cosas se inspiren, no en sus intereses egoístas, sino en el juicio de Dios, en los designios de Dios al crear un mundo para todos nosotros que somos sus hijos.

Ahora, como hijos de Dios, vamos a acercarnos al altar del Señor y, unidos Cristo, nuestro hermano, que por amor a nosotros se hizo hombre y se hizo víctima, levantemos nuestras manos, limpias o manchadas, pero con una súplica de humildad: “Señor, ten piedad de nosotros”.

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La Iglesia de la verdadera independencia – la Iglesia de la auténtica libertad


24º Domingo del Tiempo Ordinario

11 de Septiembre de 1977

Lecturas:
Exodo 32, 7-11 13-14
Timoteo 1, 12-17
Lucas 15, 1-32

VIDA DE IGLESIA

Queridos hermanos:

Queremos agradecer la solemnidad que ha procurado para esta misa doña Teresa Sánchez Yanez, quien quiere anticipar así una plegaria por la patria y al mismo tiempo por el eterno descanso de su difunta, Antonia Yanez. También nos unimos al pesar de nuestro querido Monseñor Luis Chávez y González, que en estos momentos estará junto al cadáver de su hermana Carmen Chávez viuda de Hernández, allá en Rosario de Cuscatlán. Hasta allá llegue, pues, nuestro pésame, el de todos ustedes, queridos radioyentes y hermanos presentes en Catedral, a quienes pido una oración por el eterno descanso de estas almas. También encomendemos la angustia del hogar de la Señora Lima de Chiurato. Como saben, fue secuestrada y aún no se sabe nada. Todo lo que es sufrimiento humano, la Iglesia lo siente como propio.

Y en este mismo sentido, también, hemos ido recordando cosas muy tristes: Este día se cumplen seis meses del asesinato del Padre Rutilio Grande y cuatro meses del asesinato del Padre Alfonso Navarro. Aunque estos crímenes quedan en el misterio, la realidad es que hay dolor en la Iglesia y hay manos manchadas de sangre. Que no se sabrá ante la justicia de los hombres, no importa. Pero ante el corazón de la Iglesia y sobre todo ante el pensamiento de Dios, es un martirio que traerá muchas bendiciones del Señor y es un pecado grave, contra el quinto mandamiento, “no matar”, que está reclamando la conversión sincera de los pecadores antes que vaya a cumplirse la terrible sentencia: “El que a hierro mata a hierro muere”. También otro dolor, mañana a las 6 y media de la tarde, el Movimiento de Cursillos de Cristiandad en la Basílica del Sagrado Corazón, celebrará un funeral por el eterno descanso de nuestro hermano, Felipe de Jesús, gran catequista y cristiano, asesinado también, en El Salitre en estos últimos días.

Mañana mismo, a las 11, voy a celebrar una misa en la capilla del Hospital Rosales, por David Agustín Cristales. La madre, que vino a encargármela, me dice: “Yo no sé si celebrarla de difunto, porque desapareció. Era un estudiante que iba para su estudio y no he sabido más de él; quizá ya esté muerto”. Le digo: “No, tenga confianza en Dios, hagamos una misa de rogativa para que aparezca y, si ya murió, para que descanse eternamente”. Es una nueva clase de muertos, que ha aparecido entre nuestra sociedad salvadoreña, los desaparecidos.

En Aguilares habrá una manifestación hoy, al mismo tiempo que se prepara un operativo militar. Quiera el Señor evitar más sangre, más violencia. Y la Iglesia, ante todas estas cosas, no tiene más que una palabra que la sigue repitiendo, como la dije el lunes allá en la misa campestre de El Salitre, en un acontecimiento de Iglesia verdaderamente bello. El dolor, la angustia de aquella familia se convertía en una alegría pascual, ante un pueblo que sabe que el que muere creyendo en Cristo no muere sino que vence. Esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe cristiana.

Quiero aludir también, en estos avisos y noticias que forman parte de nuestra vida de Iglesia, de Arquidiócesis, la hermosa liturgia del viernes de esta semana por la noche, en la Iglesia de Ilopango. Su párroco, el Padre Fabián Amaya , ha sido designado para ir a hacerse cargo de la vicaría episcopal de Chalatenango; o sea, un cargo en el cual el obispo delega en él sus poderes episcopales, para que organice y lleve la pastoral de aquel departamento. Digo que destaco este hecho, porque mientras en otras parroquias donde ha habido cambio, la reacción es una repugnancia contra el obispo que cambia, y hasta insultos y ofensas. Esta comunidad de Ilopango daba gracias a Dios y le prometía a su párroco ir con él espiritualmente, a trabajar también allá en Chalatenango, y sentián que era la comunidad misionera, como en aquellos tiempos de San Pablo. Hasta se leyó ese hermoso pasaje, cuando San Pablo, despidiéndose de una comunidad porque tiene que ir a otra comunidad: todos lo aman, sienten el dolor de la separación pero la solidaridad de la Iglesia que va con él.

Aquellas parroquias que reaccionan tristemente ante el cambio de párroco se ve que no han comprendido la Iglesia y están trabajando por un hombre. Si no es el Padre tal, ya no quieren trabajar. Esto no es Iglesia, Iglesia es lo que yo ví en Ilopango el viernes por la noche, la adhesión al obispo, la adhesión a su misionero que va, el sentir que va con él toda la comunidad y que la comunidad no se queda sola; porque el párroco ha sabido trabajar un laicado que ha madurado y que siente: “Aunque usted no esté con nosotros, seguiremos trabajando esta Iglesia”. Bendito sea Dios que no todo es desconsuelo en la vida pastoral, sino que hay inmensos consuelos. Y desde ahora invito, pues, para que el sábado 24, a las 10 de la mañana, estemos en Chalatenango, dando posesión al señor vicario episcopal de aquella región.

Y, hermanos, estamos ya también ante la fiesta de la patria, el 15 de septiembre, y ante la visita del rey de España, que en circunstancias muy difíciles de la colonia Española, muy distintas entonces, y sin embargo sustancialmente las mismas. En Orientación podrán ver una carta que en misma España le dirigen al rey, para que reflexione sobre su viaje a El Salvador, donde encontrará atropellos a sus mismos españoles -los jesuitas que fueron echados de aquí eran españoles- y el rey viene, pues, a dar la mano al gobierno que les echó a sus jesuitas. Creemos que habrá mucho de positivo en la visita del rey, como también la habrá habido en la visita de nuestro Presidente a Washington, contacto con otros presidentes de Latinoamérica. Pero uno se pregunta ante estas personalidades de altura: ¿Se comprenderá de veras que llevan la representación de todo un pueblo, que es dolor, que es angustia? ¿Se dirán claras las cosas, cómo se viven de veras aquí?.

Y ante la fiesta de la patria, yo quiero enfocar precisamente las lecturas de hoy, ante todos estos acontecimientos que les he mencionado, seis meses de caminar por el calvario la Iglesia de la Arquidiócesis, recogiendo muertos, consolando hogares, gritando “no” a la violencia como que voz se pierde en el desierto. Es que no hemos comprendido, hermanos, que la “Iglesia” podemos titular así esta homilía de hoy: “La Iglesia de la Verdadera Independencia, la Iglesia de la Auténtica Libertad”- es la que nos proclama en sus tres mensajes las bellas lecturas de hoy.

PECADO SOCIAL

La primera, es el hecho de un pueblo con un inmenso pecado social. Existe el pecado social. Cuando los obispos en Latinoamérica denuncian el pecado de la injusticia social, como pecado institucional de América Latina, están haciendo eco esta página del Exodo. El mismo Dios le dice a Moisés: “Tu pueblo ha pecado. Hay un pecado en el pueblo. El pueblo se ha desviado del camino que yo le tracé. Voy a destruír este pueblo”. Y es la intervención de Moisés, verdadero libertador ante Dios: “No, Señor, ten compasión de este pueblo. Tú lo sacaste de Egipto. Por tu nombre, perdónalo”. Y hermosamente termina el relato: “El Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo”. Es que la Biblia se expresa en esa forma antropomórfica, haciendo a Dios como un hombre que se arrepiente. Dios no se arrepiente, pero para decir la expresión del perdón divino, se expresa en una forma de alguien que ha amenazado y que retira esa amenaza: Dios ha perdonado.

PECADOR ARREPENTIDO

Y la segundo lectura es el ejemplo de un pecador que confiesa. No se avergüenza de su pecado, que queda como una cicatriz gloriosa cuando se ha convertido. Este ejemplo de Pablo puede ser el ejemplo de todos nosotros pecadores, hermanos. Yo el primero -podría decir yo-, imitando a San Pablo, que les estoy predicando, no como un ejemplo de santidad, sino como el modelo de un pecador que Dios ha perdonado y que se ha confiado este ministerio, de decir esta palabra de salvación. Precisamente cuanto más pecador soy, como San Pablo, siento que soy el testimonio más elocuente de un Dios bueno, para el cual no cuenta el pasado. Unicamente cuenta el amor presente con que se le quiere servir.

Y así quisiera yo invitar a todos los salvadoreño, cualquiera que sea el pecado, cualquiera que sea su situación actual. A esta hora en que celebramos el cumpleaños de la patria, cuántos pobres hijos de esta patria, anegados en el vicio, arrastrándose por el suelo, desconociendo su dignidad humana y salvadoreña, cuántos matrimonios en conflicto, cuántos esposos adúlteros, cuántos hijos degenerados, cuánta juventud perdiéndose en el vicio, -en vez de alimentarse para el futuro en grandes ideales-, cuántas familias destrozadas, cuántas angustias de desaparecidos, cuánto dolor en aquellos cadáveres ambulantes de las mazmorras de nuestras cárceles, torturados, flagelados horriblemente, injustamente, desaparecidos, muertos vivos de nuestra propia patria. Esta es la imagen de un pueblo al cual se podría acercar Dios el 15 de septiembre y decirle a Moisés nuevamente: “Mi pobre pueblo salvadoreño, el pobre pueblo que se ha apartado de los caminos de la felicidad que yo le tracé”. Y un retorno es lo que se impone, hermanos.

Por eso, el tema de mi homilía es ante estos antecedentes de la triste realidad de nuestros pueblo y de las grandes esperanzas de la palabra de Dios a este mismo pueblo. Enfoquemos esta bella parábola del hijo pródigo. La han llamado la margarita del evangelio. Es la joya preciosa de la misericordia de Dios. Más que predicar, yo quisiera ponerme en silencio con todos ustedes e invitarlos a una introspección. Que cada uno encuentre, yo también, la historia del hijo pródigo en mi propia vida, en tu propia vida; porque esta parábola de Cristo ha escrito la historia universal del hombre. Ningún hombre puede sentirse excluído de esta bella parábola. Analicémonos en cuál de las tres fases nos encontramos.

ALEJAMIENTO

Hay tres fases en la parábola: Primero, el alejamiento del todo; Dios es todo, Dios es la felicidad. Aquel hijo que le pide al padre: “Dame la herencia porque me voy”, es el hombre, es la mujer, es el joven que les parece pesada la ley de Dios. Y se quiere ir y se retira. Nadie respeta tanto la libertad del hombre como Dios. Sólo Dios, que me ha hecho libre y respeta mi libertad: “Si te quieres ir, si no te alegra mi ley, si no te sientes feliz en mi casa, si te parece aburrido el consejo que tu mamá te dió en nombre mío, si te parece molestia la honestidad de tu esposa que te echa en cara tus adulterios, si te parece vergüenza que tus hermanos denuncien tu vicio de hermano mayor; entonces vete, vete a gozar tu vida”. Y va el pobre hijo pródigo, feliz porque lleva dinero. Se aleja de aquel que es todo, de aquel que llena las aspiraciones más profundas del hombre.

El hombre ha sido hecho para Dios- decía San Agustín- y su corazón está inquieto mientras no descansa en Dios. Cuando descansa en Dios. Dichoso el inocente que jamás ha traicionado la ley de Dios, qué pocos son, pero los hay gracias a Dios. Dios me ha hecho para él y toda mi razón de ser, el cultivo de mis cualidades, el desarrollo de mis facultades, toda mi vida será feliz desarrollándose, si tiene como centro la gloria de Dios. San Ignacio de Loyola les dió como lema a los jesuitas: “Ad mayorem Dei gloriam”, (a mayor gloria de Dios). Y por eso el jesuita trabaja, avanza hasta las fronteras peligrosas de la Iglesia, trabaja aunque lo amenacen de muerte si no se va; y se queda y no se va. Porque está trabajando por la gloria de Dios y si allí lo sorprende la muerte, la muerte no le quitará la gloria de Dios, que la seguirá gozando para siempre, en la medida en que la cultivó aquí en la vida. Dichoso el hombre que sabe trabajar para la gloria de Dios, que siente que en ninguna parte del mundo va a ser más feliz que bajo la ley del Señor. “Vale más -decía el salmo- un día en tu casa, Señor, que mil años en las casas de los pecadores”.

Pero hay muchos que piensan al revés y se va la primera fase. Hay muchos que están en esta primera fase: Los que ya se están cansando de la fidelidad al Señor, los que están comenzando a tener los primeros conflictos en su hogar, los que están comenzando a sentir nieblas en su fe. ¡Cuidado, hermanos! No se vayan. Si no han roto todavía las relaciones con Dios, con la Iglesia, quédense, estúdienla, aguanten un poquito. La pasión de ese momento pasa. La eternidad de Dios permanece. La Iglesia, dándose vida, estará siempre hasta la consumación de los siglos. No le haces daño con tus calumnias, con tus persecuciones. Tú te haces daño, como cuando Cristo le decía a Pablo: “Qué duro es dar coces contra el aguijón”. La bestia insensata que patea una roca, no le hace daño a la roca, se está haciendo daño a ella misma. Ese es el pecador. Está cociando el perseguidor de la Iglesia . El que mata a sacerdotes, el que expulsa a sacerdotes, el que tortura a catequistas está dando coces contra el aguijón. La Iglesia no se mueve. La Iglesia permanecerá, aunque no salga en los diarios, aunque se la critique. Será la Iglesia roca, la Iglesia que permanece para siempre. Por eso, mejor ser fiel a esta Iglesia que recibir paga para ser espías de la Iglesia. Mejor ser humilde hijo de la Iglesia que estar bien políticamente, económicamente, pero pisoteando a la pobre Iglesia. A tiempo estamos, hermanos, los que han partido todavía de la casa paterna. En esta primera parte hay que reflexionar mucho.

DESIGUALDADES

Pero muchos, la mayoría, se han ido, y comienza la segunda fase del hijo pródigo, una parte que la podemos dividir en dos modos: El primero, mientras tenía dinero; el segundo, cuando tuvo hambre y vino la desgracia. Este es el mundo actual, un mundo de desigualdades sociales, donde las riquezas hacen que muchos sientan las euforia del hijo pródigo. No hacía falta el padre, no hacía falta la casa paterna. Aquí hay amigos, aquí hay banquetes, aquí hay fiestas, todas las puertas se abren al dinero. Por eso Cristo decía sus amonestaciones más severas contra las riquezas, no porque las riquezas sean malas, sino porque el hombre, a imitación del hijo pródigo, pone todo su placer, todo su poder, toda su alegría en el dinero, y está como Dios le dijo a Moisés- fíjense qué bien ha definido el Señor en la primera lectura de hoy la posición de una riqueza que se convierte en idolatría: “Veo este pueblo de dura cerviz. Se han desviado del camino que yo les había señalado. Se han hecho un toro de metal”, un becerro de oro.

¿Qué otra cosa es la riqueza cuando no se piensa en Dios? Un ídolo de oro, un becerro de oro, y lo están adorando, se postran ante él; le ofrecen sacrificios. Qué sacrificios enormes se hacen ante está idolatría del dinero; no sólo sacrificios sino iniquidades. Se paga para matar, se paga el pecado y se vende, todo se comercializa, todo es lícito ante el dinero. Y proclaman: “Este es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto. No le debes nada a esa religión falsa. Esa nos turba nuestra tranquilidad. Esa es comunista, ésa se ha desviado de su misión; que debía de predicarnos una espiritualidad que nos tranquilice, que nos adormezca en la felicidad dorada”. He aquí la idolatría del dinero denunciada por la misma palabra de Dios, que se irrita porque Dios es celoso: “No quiero otros Dioses fuera de mí”.

Y porque la Iglesia quiere permanecer fiel a su único Dios, y habla como Moisés contra los falsos dioses que los hombres están idolatrando, la Iglesia tiene que sufrir. Su misión profética es dolorosa, pero es necesaria. Reza como Moisés a Dios: “Señor, compadécete de este pueblo. Hazlo sentir la vanidad de sus cosas. No lo condenes, Señor”. Queridos hermanos, jamás hemos predicado con resentimiento ni con odio. Estamos predicando con lástima, con amor, con dolor; porque la idolatría del dinero está haciendo perderse a muchos hermanos nuestros; porque el corazón del hombre se está metalizando. El mismo Señor Presidente ha dicho: “Es necesario humanizar el capital”. Es necesario humanizarlo, porque un capital tenido con este sentido del Exodo que se ha leído hoy, convertido en un becerro de oro, esclaviza al hombre.

El hijo pródigo, cuando tenía dinero, era engañosa su felicidad. Lo demostró la segunda manera de vivir lejos del padre. Cuando se acabó todo su dinero, comenzó a sentir hambre, tanta hambre que tuvo que buscar trabajo y no lo encontró más que como guardián de cerdos, y tanta era su hambre que envidiaba la comida de los cerdos y quería llenar su estómago con las bellotas que le daban a los cerdos, y hasta ésas se las quitaba el patrón. No se podría describir con pinceladas más amargas la situación del pecador, cuidandero de cerdos, alimentándose con alimento de cerdos.

SIN FELICIDAD

Hermanos, el evangelio es duro. Y ojalá no hubiéramos tenido la triste, amarga, agria experiencia de haber saboreado que las bellotas de los cerdos no llenan la felicidad del hombre. Jóvenes que me escuchan, no está allí la felicidad: en la droga, en el aguardiente, en la prostitución, en el robo, en el crimen, en la violencia. No, son bellotas de cerdos; jamás te vas a sentir satisfecho. Fíjense cómo hay una pobreza pecadora; la pobreza del hijo pródigo era fruto de su propia mala cabeza.

Y cuando la Iglesia se llama la Iglesia de los pobres, no es porque esté consintiendo en esa pobreza pecadora. La Iglesia se acerca al pecador pobre para decirle: “Conviértete, promuévete, no te adormezcas. Tienes que comprender tu propia dignidad”. Y esta misión de promoción que la Iglesia está llevando a cabo también estorba; porque a muchos les conviene tener masas adormecidas, hombres que no despierten, gente conformista, satisfecha con las bellotas de los cerdos. La Iglesia no está de acuerdo con esa pobreza pecadora. Sí, quiere la pobreza, pero la pobreza digna, la pobreza que es fruto de una injusticia y que lucha por superarse, la pobreza digna del hogar de Nazareth. José y María eran pobres, pero qué pobreza más santa, qué pobreza más digna. Gracias a Dios tenemos pobres también de esta categoría entre nosotros, y desde esa categoría de pobres dignos, pobres santos, proclama Cristo: “Bienaventurados los que tienen hambre, bienaventurados los que lloran, bienaventurados los que tienen sed de justicia”. Desde allí clama la Iglesia también, siguiendo el ejemplo de Cristo, que es esa pobreza la que va a salvar al mundo; porque ricos y pobres tienen que hacerse pobres desde la pobreza evangélica, no desde la pobreza que es fruto del desorden y del vicio, sino desde la pobreza que es desprendimiento, que es esperarlo todo de Dios, que es voltearle la espalda al becerro de oro para adorar al único Dios, que es compartir la felicidad de tener con todos los que no tienen, que es la alegría de amar. Aquel pobre pecador, en la profundidad de su miseria, siente el reclamo del amor.

MOVIMIENTO DE CONVERSION

Hermanos, hemos dicho muchas veces que la Iglesia grita a la conversión, que cuando proclama contra el pecado, contra el atropello, contra tantas formas de pecado en nuestra ambiente, no lo hace con triunfalismo, como sintiéndose ella superior; sino que lo hace ella también pecadora, pero sintiendo el llamamiento del amor, la conversión, la casa del padre que me espera. Oyeron el grito de angustia del hijo, pero al mismo tiempo lleno de confianza: “Cuántos jornaleros en la casa de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino a donde está mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra tí; ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Esta es la hora de la conversión. Cómo quisiera yo, hermanos, que en vez de mis palabras fuera la voz de tu propia conciencia. Que allá en el antro de tu pecado -sea como adorador del becerro de oro; o sea como pobre víctima de tu propia mala cabeza, lamentando tu situación de pecador- sientas que Dios te llama, te espera el amor, el amor que triunfe; porque allá en el otro extremo, en la casita solariega, todos los días, el pobre anciano salía a otear los caminos a ver si volvía el hijo desgraciado. Y un día ve moverse por los caminos lejanos una figura escuálida, harapienta macilenta y su corazón le golpea. “¡Es mi hijo.!” y corre al encuentro.

Dichoso aquel momento. Nos lo describe el evangelio con palabras inigualables: “Cuándo todavía estaba lejos, su padre lo vió y se conmovió y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo”. Esta es la venganza de Dios. Y cuando el hijo quiso excusarse: “Padre he pecado”, no lo dejó hablar. Llama a sus sirvientes que lo vengan a vestir de nuevo. Es su hijo que había muerto y ha resucitado. Y hay alegría, porque dice Cristo en las parábolas de este capítulo: “Hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por 99 justos que no necesitan penitencia”. Y la Iglesia está para los pecadores. Cristo ha venido por los pecadores, por mí el primero, decía San Pablo. Y ahora tenemos al hijo pródigo en la tercera fase, en la que yo quisiera para todos ustedes y para mí, queridos hermanos: el retorno, donde el amor espera con los brazos abiertos. No me rechazará, por más grandes que sean mis pecados. Y lo repito, hermanos, porque yo he recibido en estos días confidencias muy profundas de pecadores que me dicen: “¿Y a mí me perdonará el Señor, si son tan grandes mis pecados?” -Y yo les he dicho, hermanos, lo que aquí les digo en público-: “Claro que te perdona. Si grandes son tus culpas, mayor es su bondad”, como cantan los misioneros. Ningún pecado puede anegar el incendio del amor de Dios. Al contrario, ese amor de Dios, como un incendio, apagará toda la maleza de los pecados que existen en el mundo.

CAMBIOS DE ESTRUCTURAS Y CORAZONES

Yo quisiera, queridos hermanos, como frutos de esta reflexión en vísperas del día de la patria, recordarles lo que la Iglesia enseña: que las estructuras sociales, el pecado institucional en que vivimos, hay que cambiarlo. Todo ésto tiene que cambiar, ésto no puede seguir así. Todos los atropellos que mencioné al principio. Cambian de nombre las víctimas; pero la causa es la misma. Vivimos una situación de desigualdad, de injusticia, de pecado; y no es el remedio reprimir con la fuerzas de las armas, pagar para matar la voz que habla. Eso no remedia nada; empeora, hace florecer más el grito profético de la Iglesia. Lo que funciona es ponerse a cambiar desde la posición de cada uno, del gobierno, del capital, del obrero, del mozo de trabajo, del propietario de fincas: más justicia, más amor.

Pero, como no bastará el cambio de estructuras, dice Medellín: “Mientras no tengamos hombres nuevos, no tendremos un continente nuevo”. Mientras no tengamos salvadoreños nuevos, no tendremos una patria mejor, libre, verdaderamente independiente; porque la verdadera esclavitud está allí en el corazón del salvadoreño. Atado al pecado, no puede ser un agente de liberación. Tiene que romper la cadena del pecado. Tiene que imitar al hijo pródigo, sentir que no se puede llenar con bellotas de cerdo la situación injusta del país. No es poniendo parches, remendando, fustigando, torturando, reprimiendo; allí son bellotas de cerdo. Es necesario volver sinceramente a Dios: El pueblo, -como Moisés conduce a Israel-, arrepentido, a pedirle perdón a Dios; y el individuo, cada hombre, responsable de su propio destino; y todos juntos somos responsables de la realidad de la Patria. Que cada salvadoreño entre en la intimidad de su corazón y diga de verdad: “¿Soy yo un agente de liberación para mi patria? ¿Me he liberado de mis propios pecados en primer lugar? Mientras yo sea un esclavo de Satanás en el pecado, es demás que me agrupe, que me asocie, que grite liberación; no soy un agente de liberación”.

Por eso, la Iglesia aporta a esta hora de necesaria liberación del pueblo la mística de su liberación del pecado, desde la profundidad del corazón del hijo pródigo- ¡y cuántos hijos pródigos habemos en El Salvador!- volver sinceramente. Y no importa que hayamos sido lo que hayamos sido; el hijo pródigo en el abrazo del padre, desaparece como el pecador y comienza a ser el hijo bueno otra vez. Y Pablo, perseguidor, violento y blasfemo como él mismo ha recordado, ya no es más que el apóstol; porque ha amado a Cristo, se ha dejado inundar por el amor. Creamos en el amor, hermanos, en el amor que me espera, en el amor que quiere esta patria más feliz, en el amor que quiere a cada salvadoreño más digno, en el amor que espera al hijo pródigo que todavía se está alimentando de bellotas, y que le quiere dar el verdadero pan de su dignidad humana, el verdadero despertar de una conciencia digna. Auguro para todos pues, que el próximo 15 de septiembre sea verdaderamente un día del encuentro del hijo pródigo y de la patria pecadora con Dios, que es amor y que perdona, y que nos quiere felices.

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Iglesia del Espíritu Santo y de la Cruz

23º Domingo del Tiempo Ordinario,

4 de septiembre de 1977

Lecturas:
Sabiduría 9, 13-19
Filemón 9b-10, 12-17
Lucas 14, 25-33.

Junto al altar ven ahora a un grupo de niños y jóvenes. Es el grupo de cruzados montañeros, que cumplen hoy diez años de su fundación por Monseñor Alférez, en la Iglesia de Candelaria, de donde se ha esparcido por otras parroquias, donde grupos de niños y jóvenes fomentan, en una sana recreación, su educación cristiana. Yo quiero felicitarlos y desearles que sigan en las parroquias progresando ahora cuando es tan necesaria toda forma pedagógica de llevar al corazón de la juventud y de la niñez los principios de austeridad del evangelio. Precisamente hoy nos proclama.

También en esta semana, hemos tenido que lamentar nuevas publicaciones difamatorias contra la Iglesia, hasta caricaturizando al obispo como que fomenta a los que siembran la guerrilla. Es calumnia vil y con todo el corazón los perdono y pido al Señor que se conviertan de verdad. Sin duda que me están escuchando, porque son nuestros perseguidores los que con más interés siguen nuestra palabra. Escúchenla, por favor, pero con la buena voluntad con que un hombre honesto quiere encontrar la verdad y no el pretexto para seguir sembrando el mal y la confusión. Ha habido muchas confusiones en estos días. Pero la Iglesia siente la serenidad de amar la verdad y proclamarla; y el pueblo encuentra en ella cada vez más, aquella columna de verdad que Cristo quiso de ella.

Y precisamente, por este afán de poner en todas las posiciones de la diócesis los sacerdotes que, en comunión con el obispo, trabajen la verdadera misión actual de la Iglesia, hemos provisto nuevas parroquias: en la colonia Costa Rica, el padre Arturo García Velis. El párroco de esa colonia pasó a Quezaltepeque, y seguiremos estudiando cómo cubrir los campos que nos ha dejado la persecución con vacío de unos veinticinco sacerdotes. Le suplico a ustedes encarecidamente rogar mucho al Señor de la mies, para que envíe obreros a su mies.

Los laicos, por su parte, van comprendiendo su papel; y llena de satisfacción el corazón mirar cómo el laicado en todos los estratos profesionales, universitarios, estudiantes, campesinos, obreros se están promoviendo, sintiendo una Iglesia cada vez más auténtica, que reclama de sus bautizados la cooperación que en esta hora difícil tiene que dar. Grupos de comunidades eclesiales de base surgen por todas partes y son verdaderas colmenas del quehacer de Cristo. Me dá mucho gusto recibir las impresiones de toda esta gente, que a lo largo de la Arquidiócesis va surgiendo. Nuevas comunidades religiosas también irán a ocupar campos de apostolado directo en los pueblos, principalmente donde no hay sacerdotes.

Creo, hermanos, que vivimos, como lo dije en mi primera carta pastoral, una hora pascual de la Iglesia, hora pascual que arranca de la cruz de Cristo, que es sufrimiento, pero que también es fecundidad. Y a ésto nos invita la preciosa palabra de Dios que se ha proclamado hoy. Yo quisiera reducirla a estas dos ideas, siempre tratando de definir la posición, la naturaleza, de esta Iglesia, a la que tenemos la dicha de pertenecer, rogando a todos los que a ella pertenecen, queridos católicos, que tomemos conciencia de que esta Iglesia que poseemos, que hemos llegado a conocer por la gracia de Dios, no por nuestros méritos, y a la que tenemos el inmenso honor de servir, no es invento de sabiduría humana, sino que es la realización de los ideales de Dios en la tierra. Y para comprenderlos, nunca los comprenderemos en esta tierra, pero tratamos de por lo menos no oponernos como un pecado contra el Espíritu Santo, sino que tratamos de adentrarnos más y más, en ese misterio, cada domingo en que la palabra de Dios, nos diseña con más claridad qué quiere él de la Iglesia en el mundo, en medio de una humanidad a la que él ama, y a la que envía a su Iglesia a salvarla, a iluminarla. Y las dos ideas son éstas: primero, la Iglesia del espíritu Santo, y segundo, la Iglesia de la Cruz y del desprendimiento. Esto es lo que se me ocurre destacar en esta lectura que acaban de escuchar. Y como un botón de muestra, la segunda lectura, una breve carta de San Pablo a Filemón, que nos presenta la figura del auténtico cristiano, del auténtico promotor de la liberación humana y de la justicia social en la Iglesia.

1. LA IGLESIA DEL ESPIRITU SANTO

En primer lugar, la primera lectura nos invita a elevarnos tras la sabiduría de Dios, porque: “Los pensamientos de los mortales son mezquinos, y nuestros razonamientos son falibles. ¿Qué hombre conoce el designio de Dios? ¿Quién comprende lo que Dios quiere? ¿Quién rastreará las cosas del cielo? ¿Quién conocerá su designio si Tú no le das sabiduría, enviando tu Santo Espíritu desde el cielo? “Y esto es la Iglesia, un foco de la humanidad donde Dios derrama su Espíritu divino, para que desde ese foco, ilumine todo su contorno que es la humanidad entera.

Cuando el Concilio Vaticano II analiza la complicada y profunda naturaleza de cada hombre, al referirse a la inteligencia, dice: “El hombre piensa muy bien cuando cree que su inteligencia lo hace superior a todos los seres creados. A lo largo de los siglos esa inteligencia del hombre ha hecho maravillosos progresos, en las ciencias positivas, en las artes liberales; y modernamente, la técnica de lo material está tan dominada por el hombre” que se corre hoy el peligro de que el hombre se quede únicamente en los fenómenos que él ha logrado dominar con su matemática, con su ciencia, con su técnica. Qué precisión, por ejemplo, la de una organización para hacer un viaje a la luna. ¡Qué técnica más preciosa! Y sin embargo, dice el Concilio, hoy más que nunca el hombre tiene que tener esa idea de que, más allá de los fenómenos concretos de sus ciencias técnicas, existe una verdad que él sabe en su conciencia que la puede adquirir con certeza; y que, aún más allá de sus capacidades intelectuales, existe un don del Espíritu Santo que lo hace capaz de compartir con el creador los diseños divinos que el tiene con su creación.

Yo les invito, queridos hermanos, a que pongamos en juego esta capacidad de cada hombre y cuanto más científico se sienta, más lo invito yo, y le reto a que encuentre una oposición verdadera entre su ciencia y su orgullo, y la fe humilde de nuestro Dios, que nos ha revelado el designio de la salvación eterna. No es auténtica la ciencia mientras no congenie con esta fe humilde. Y el verdadero sabio es el que en aras de su ciencia alcanza esa sabiduría. El humilde la alcanza con su oración y su sencillez. El sabio y el rústico, si son hombres de fe, tendrán que encontrarse en aquél Dios y tendrán que ser humildes para acatar esos designios de la sabiduría divina que nos quiere salvar, no por la ciencia humana, sino por la sabiduría de la humildad, de la cruz, de la austeridad, del sacrificio.

También, cuando Pablo VI clausuraba el Concilio Vaticano II, decía retando a esta civilización moderna: “Hoy, cuando los hombres aprecian las cosas únicamente por lo que valen, les invitamos a que estimen nuestro Concilio, porque vale, porque se ha puesto al servicio de la humanidad y, descubriendo desde su revelación divina el misterio del hombre, le ha dado al hombre moderno la clave para saber qué es el hombre, cómo se le debe servir, cuál es su naturaleza, cuál es su destino, cuál es su origen. En Dios, únicamente en Dios, podemos descubrir el misterio, el enigma del hombre”. Y citando una palabra de Santa Catalina de Siena en una oración: “En tu naturaleza divina, conozco mi propia naturaleza”, decía el Papa: “Esto es lo que ha hecho el Concilio en un tiempo casi de ateísmo universal. En un tiempo de hombres más inclinados a conquistar el reino de la tierra que el reino de los cielos, el Concilio ha tenido la audacia de predicar una religión que predica que Dios existe, que es inteligente, que es creador, que sólo en él podemos comprender la naturaleza, el misterio del hombre. Aún cuando el hombre termina su investigación con toda su ciencia, él mismo sigue siendo un misterio”. ¿Para qué me hizo Dios? ¿Cuál es la razón de ser de mis luchas en la tierra? ¿Por qué trabajar tanto, si a veces los malos viven mejor que los buenos? ¿Cuál es el esfuerzo de ser honrados? Y como el Salmo, el Concilio responde que los que sirven a Dios son verdaderamente felices y en la luz de Dios, en la sabiduría infinita del Señor, sí se comprende que vale la pena luchar, tener esperanza, aun cuando todo el mundo parece que la ha perdido.

Y por eso, es la gloria de la Iglesia de San Salvador en esta hora haber mantenido la esperanza, cuando muchos la están perdiendo, decirles que hay esperanza de un país mejor, cuando parece que todo conjura contra la patria, contra su verdadero bienestar, cuando hay tanta hipocresía, tantas tonteras que llevan a afearla cada vez más.

He aquí que la Iglesia ha mantenido su serenidad a pesar de las calumnias. Ha mantenido su doctrina de fe y de esperanza, jamás la violencia, jamás la venganza. A pesar de que han sido bastantes las ofensas que le han hecho, siempre el perdón, siempre llamando a conversión, porque sabe que se apoya no en el vaivén de las cosas políticas, terrenales, sociales, sino que va descubriendo cada vez más y se va afianzando cada vez más en esa sabiduría de Dios. Y el Papa en ese mismo discurso decía: “Y en esta hora del ateísmo, en que parece anacrónico, ridículo, hablar de un Dios y llamar a las almas a rezarle, es cuando el Concilio ha dicho que la actividad del hombre se ennoblece más y llega a la cúspide de su dignidad, cuando clava sus ojos y su corazón en ese Dios, en un acto espiritual que se llama la contemplación.

Los contemplativos, los que dejan todos los quehaceres materiales para dedicarse al gran trabajo de contemplar la belleza de Dios y de allá traernos las bellezas que encantan a la humanidad son un trabajo actual en la Iglesia. ¿Quién dijera que hoy en la era del activismo, hay monasterios de hombres y de mujeres contemplativos, y que las comunidades religiosas tienen horas profundas en que dejan sus quehaceres para dedicarse a la contemplación y que los sacerdotes, si queremos ser fieles a nuestra misión, sabemos que no todo consiste en predicar y en trabajar, sino que nuestras mejoras son cuando estamos de rodillas ante el Señor, en oración contemplativa. Es desde allí donde deriva lo que después decimos, como experiencia de felicidad, de satisfacción profunda, y es a lo que llama hoy la Iglesia, hermanos.

El Cardenal Pironio, gran promotor de la auténtica liberación de América Latin, llega a decir que si esta ansia de liberación de los pueblos oprimidos, marginados en pobrezas, en hambres, en analfetismos, claman por una liberación a la que tienen derecho, es el Espíritu Santo el que está clamando desde esas muchedumbres hambrientas, y que la Iglesia no puede ser sorda a esa voz del espíritu que clama en esa gente. ¿Por qué se va a llamar entonces a la Iglesia subversiva y todos los otros calificativos ya conocidos, cuando ella atraída por la voz del Espíritu que clama desde la miseria de nuestro mundo, llama a una justicia mejor, llama a un sentido fraternal a los hombres? Es la voz del Espíritu que la llama y para saber auscultar esa voz del Espíritu y saberle dar la verdadera respuesta, la Iglesia tiene que ponerse en oración ante el espíritu, el Espíritu Santo. Y gracias a Dios, también hay mucha oración en nuestra Iglesia. El equilibrio de esa voz del Espíritu que clama desde la miseria humana de nuestros pueblos y la voz del espíritu que clama desde la contemplación y la oración es la que hace a la Iglesia la auténtica liberadora de América Latina, liberadora sin demagogia, sin odios, sin luchas de clases, liberadora a base de la fuerza de la sabiduría de Dios, liberadora desde el Espíritu Santo.

Hermanos, esta es la Iglesia del Espíritu Santo, es nuestra Iglesia. No la comprenderemos, como nos ha dicho la primera lectura de hoy, si queremos concebirla con criterios humanos, por eso jamás la comprenderá el lenguaje político, porque la política todo lo teje entre intrigas humanas, y la Iglesia está muy ajena a esas intrigas. Y si predican desde la luz del Espíritu la verdad, no es porque sea subversiva, sino porque aquellos que provocan la subversión con su intriga, con su alma voluntad, con su orgullo, son los que están tentando al Espíritu de Dios.

Pero la Iglesia quiere proceder sinceramente, por la luz del Espíritu. Yo les invito a todos los que están en esta reflexión de la palabra de hoy, de la sabiduría divina, del Espíritu Santo, que todos, si queremos hacer honor a esta Iglesia, seamos gente de oración. Eso es lo que más hemos inculcado, hermanos, la oración. Les decía una vez que hay quienes ya dieron de mano a la oración, como algo anticuado, la oración sigue siendo válida, les decía, que pudiéramos hacer este ensayo, se lo repito ahora, de creerte tú lo más grande que te imaginas; todo es poco para aquello que es una imagen de Dios, qué eres tú, eres imagen de Dios, tienes mucho de infinito, mucho de inconmensurable, eres grande, no hay duda. La oración no te va a empequeñecer, la oración solo te pide una cosa, que cuando más analices tus cualidades, y en verdad las reconozcas, porque el humilde no es el que esconde sus cualidades, el humilde es aquel que como María la humilde dice: “Ha hecho en mí cosas grandes el Poderoso”. Cada uno de nosotros tiene su grandeza, no sería Dios mi autor si yo fuera una cosa inservible. Yo valgo mucho, tú vales mucho, todos valemos mucho, porque somos criaturas de Dios, y Dios ha hecho derroche de maravillas en cada hombre.

Por eso la Iglesia aprecia al hombre y lucha por sus derechos, por su libertad, por su dignidad. Esto es auténtica lucha de Iglesia, y mientras se atropellen los derechos humanos, mientras haya capturas arbitrarias, mientras haya torturas; la Iglesia se siente perseguida, se siente molesta. Porque la Iglesia aprecia al hombre y no puede tolerar que una imagen de Dios sea pisoteada por otro que se embrutece pisoteando a otro hombre. La Iglesia quiere precisamente hermosear esa imagen, y por eso les digo: Cuánto más imagines tu capacidad intelectual, volitiva, de organización, de hermosura, etc., llega un momento en que tú dices: “Pero todo ésto tiene término”. En ese momento en que tú comprendes tu limitación, sabes que queda algo más de ti, ya estás orando, estás reconociendo que tú no eres Dios, que por más grande que seas, hay un límite en el que Dios comienza a ser tu necesitado. Tú lo necesitas, y entonces comienzas: “Señor, por lo que me falta, por mi pequeñez”. Entonces comienzo a ver, desde el límite de mi grandeza, la infinita grandeza de Dios, y comienza mi contemplación, mi oración, mi súplica, mi petición de perdón porque le he ofendido, sobre todo la petición de gracias que necesito: “Sin ti no soy nada”.

Hacer eso, hermanos, muchas veces, vivir de ésto, es responder a la palabra de hoy, cuando nos dice, al terminar la lectura de hoy: “Sólo serán rectos los caminos de los hombres, cuando aprendan lo que te agrada; se salvarán con la sabiduría los que te agradan, Señor, desde el principio”. Qué fácil es ser agradable a Dios. Es reconocer su sabiduría infinita e inspirar en ella mi propia sabiduría, desarrollar todas mis capacidades, pero siempre sintiéndome necesitado de Dios. Este es el servicio que la Iglesia presta a la humanidad actual, y porque la Iglesia quiere limpiar de todo embrutecimiento esta sabiduría de Dios, que se quiere hacer sabiduría de los hombres, y porque la Iglesia llama a conversión y señala el pecado contra la sabiduría divina a los pecadores, a los que ponen en falsos ídolos su esperanza, por eso es perseguida, pero bien perseguida, porque es por la sabiduría de Dios, y porque se afianza más en su corazón que no vale la pena complacer a los hombres, sobre todo cuando son orgullosos, cuando son idólatras cuando corremos el peligro de perder la sencillez de la sabiduría divina.

Una de las bellas páginas de Juan XXIII, cuando era representante de la Santa Sede allá en el Medio Oriente, escribió esta oración: “Señor, concédeme que conserve siempre la sencillez que aprendí en mi hogar, que no la vaya a perder, porque muchas veces se pierde en estos ambientes diplomáticos, políticos, consérvame, Señor, la sencillez de tu sabiduría”. Esto debíamos de pedir al Señor, “consérvanos, Señor, la sencillez de tu sabiduría”, que no la vayamos a perder, hermanos, por hacernos intrigantes, por querer ganar socialmente, políticamente por querer subir en la tierra. “Ay de aquellos, -dice Cristo-, que quieren salvar su vida. La perderán. En cambio, aquel que la expone por mí, la salvará”. Y de éstos hay muchos en nuestra Arquidiócesis, hombres que están exponiendo su vida aunque la pierdan, como la han perdido y la siguen perdiendo nuestros queridos sacerdotes, catequistas, gente que, por mantenerse fiel a su misión de la sabiduría de Dios, se hacen desagradables, perseguidos de la sabiduría humana y perecen en formas crueles, como lo hemos visto en los últimos días.

Queridos hermanos, esta es la Iglesia del Espíritu Santo, la Iglesia que con el Espíritu, dice el Concilio, clama, “Ven” a Jesús, su divino esposo, que la está esperando, que la está viendo luchar y que está para darle el abrazo definitivo de la eternidad feliz, allá donde la sabiduría redundará en toda la explotación de su éxito. Esto es lo que valía la pena vivir. Ya vislumbrábamos en la tierra, y por eso caminamos a la luz de esta sabiduría, y no nos importaban las intrigas y las persecuciones. Que seamos los cristianos que iluminan su quehacer en esta sabiduría de Dios, en el Espíritu Santo, que seamos una Iglesia muy devota del Espíritu Santo, que le pidamos mucho, hermanos.

Yo quiero aprovechar este momento para agradecer las muchísimas cartas en que me dicen: “Le pedimos al Espíritu Santo para que le dé sabiduría, para que le dé luz, para que le dé fortaleza”, y hago aquí una alusión especial a las bellísimas cartas de los niños de la Escuela San Luis, que hemos sometido a un concurso, donde verdaderamente Dios habla por los niños. Qué bellas expresiones las que allí, la infancia ofrece, como el mejor estímulo a un pastor. Un estímulo que muchas veces no lo recibe de los grandes lo ha recibido de los niños y de la gente humilde y sencilla. Muchas gracias, queridos niños de la Escuela San Luis, y queridos hermanos que me encomiendan en sus oraciones. Encomendémonos mutuamente, para que entre todos, obispos, sacerdotes, religiosas y fieles, formemos una auténtica Iglesia del Espíritu Santo, un círculo luminoso en la República, que sea luz del cielo, para iluminar los caminos de nuestra patria, para embellecer el rostro de esta patria que amamos sinceramente y por eso la queremos más feliz, más iluminada con la luz de Dios.

2. LA IGLESIA DE LA CRUZ Y DEL DESPRENDIMIENTO

Y la lectura del evangelio, donde Cristo nos invita a seguirle, parece una página de locura: “Quién no -el original dice- odia”, – una traducción más benigna propone “pospone”, pero en su lenguaje original Cristo, entendido naturalmente en el sentido oriental-. “Quién no odia a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quién no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío”. Y pone las dos comparaciones, el del que quiere construír una torre o llevar una guerra no se lanza sin una premeditación si podrá terminarla, si podrá llevar a la victoria. Es como para invitarnos. Y fíjense cómo comienza el evangelio: “Mucha gente acompañaba a Jesús”. San Lucas va defiriendo en todo este trozo de evangelio el viaje de Jesús a Jerusalén y ya sabemos como terminó, y mucha gente lo seguía. Pero, él para no llamar a engaño a nadie, habla claramente: “Me pueden seguir, pero pregúntese cada uno” cuál es la condición para seguir a Jesús.

Así como el que va a construír una casa pregunta; “¿Tengo suficiente dinero para terminarla?” O como un rey que va a llevar una guerra; “¿Tendré suficiente ejército para llevar a la victoria?” si no, se reirán de él. Así Jesucristo dice: “Ponte a meditar tu capacidad de desprendimiento, tu capacidad de cruz. No te estoy ofreciendo yo corona de rosas ni ventajas sociales o políticas. Estoy ofreciendo únicamente la cruz. El que se quiere venir conmigo tiene que estar tan desprendido que el mismo amor a su madre, a su esposa, a sí mismo, no debe ser un obstáculo para seguirme”.

Me preguntarán ustedes: “¿Y no ha predicado usted tantas veces que el amor es la fuerza de la Iglesia? Y aquí Cristo predica el odio contra el padre y la madre y la esposa. Les digo que hay que entenderlo en el sentido en que Cristo habla, y bien lo ha traducido el Evangelio que se ha leído, “posponer”. El amor de Cristo es tan absoluto, la luz de la sabiduría divina que Cristo ha traído al mundo es tan nítida, que para seguirlo a él, no hay que seguirlo a medias; y que si es lícito amar a la madre, a la esposa, a los hijos, a la patria y todo lo de la tierra se puede amar, tiene que ser en un sentido jerárquico, bajo la jerarquía del amor absoluto, bajo la disposición de entregarlo todo, cuando Cristo llama a dejarlo todo. Yo creo que, ante esta invitación, la muchedumbre que seguía a Jesús se reduce a un pequeño grupo. Cuando Cristo también le pregunta al pequeño grupo: “¿Y ustedes también se quieren ir?”. Y cuando Pedro contesta la respuesta de los valientes: ¿A dónde iremos, Señor, si sólo tú tienes palabras de vida eterna?”, la multitud se dispersa, buscando esta tierra, en las seguridades, en la protección.

Qué fáciles somos para buscar protección en la tierra, qué poca nos parece la confianza en la cruz. Y sin embargo, este es el desprendimiento que la fe nos pide. Es la Cruz de Cristo la clave de la verdadera liberación. Si hoy habla mucho de liberación, si hay muchos falsos liberadores, el liberador cristiano tiene que componer, como práctica y como clave, la cruz de Cristo. Así dice bellamente el Concilio: “Entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios, la Iglesia va peregrinando en el mundo, señalando la Cruz hasta que el Señor vuelva”. Entonces es cuando la Cruz florecerá en pascua, así como la Cruz de Cristo el Viernes Santo florece en la resurrección, para darnos una idea de lo que es la vida: Cruz y martirio, pero luego resurrección y vida eterna. Sólo los amigos de la Cruz, sólo los que la abracen sin temor a perder amores en esta tierra, sólo los que se entreguen al seguimiento del absoluto, con un sentido, sólo éstos serán los valientes con quienes cuenta Cristo.

Esta es la Iglesia que tratamos de forjar, queridos hermanos, y por eso les repito: me alegro de vivir en una Iglesia que no se apoya en las fuerzas de la tierra, sino que las fuerzas tienen que convertirse a ella para ser salvas. Porque la Iglesia no ama tampoco el conflicto, pero acepta el conflicto cuando las fuerzas de la tierra la desprecian y no tienen confianza en ella. Pero cuando la tierra se vuelve a la Cruz y se hace realidad aquello que dijo Cristo, “Cuando yo sea levantado en alto, todo lo atraeré hacía mí”, la Iglesia acepta con amor a cualquiera que sea, aunque haya sido el más grande pecador, si abraza la Cruz; y la Cruz es la salvación. Pero la Cruz no tiene que apoyarse en cosas de la tierra, porque ella trae la sabiduría y la fuerza de Dios. Ella ofrece protección; no pide, no necesita, protección de la tierra ofrece protección a los que la quieren aceptar, para la eternidad, para lo absoluto; pero sabe ella que cuando se empaña el testimonio de esa Cruz desprendida, perseguida, amada por Dios, con apoyo de la tierra que hagan menos elocuente su credibilidad, ella tiene que estar dispuesta, dice el Concilio, a renunciar a todas las ventajas de la tierra, con tal de manifestarse desnuda, cruda como es la Cruz auténtica de nuestro Señor Jesucristo.

Hermanos, esta es la Cruz que ofrece el evangelio de hoy. Este es el seguimiento al cual invita nuestro divino Redentor y Salvador. Esta es la sabiduría que todos los cerebros deben de iluminar para ser verdaderamente felices y leales a su Dios. Quiera nuestro Señor, pues, que este lenguaje que, como dice el libro de la Sabiduría hoy, no lo podrán comprender los hombres de la tierra, lo comprendamos por la fe y por el Espíritu Santo. Nuestro Señor, en la eucaristía que vamos a celebrar hoy, va a renovar, para manifestarnos en este domingo de septiembre de 1977, que su amor y su Cruz y su sabiduría siguen siendo lo que él ofrece al mundo. Desde el Calvario de cada altar de la misa dominical, sigue diciéndonos: “Este es el pan que se convierte en mi cuerpo, el cáliz de mi sangre, lo que dá el perdón a los hombres. Y únicamente desde el perdón de la Cruz se puede esperar la liberación de América Latina y de los pueblos. ¿Quién quiere ser colaborador mío? ¿Quien quiere abrazarse a esta Cruz para llevarla al mundo y plantearla como signo de única salvación?”. Ojalá, hermanos, que desde el fondo del corazón cada uno de los que hacemos esta reflexión le digamos al Señor que nos abrazamos enteramente a su Cruz y queremos vivir una Iglesia que sea verdaderamente signo, sacramento, de salvación para nuestra patria y para nuestro tiempo.

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La Iglesia de la Alianza y de la Pobreza


22º Domingo del Tiempo Ordinario,

28 de agosto de 1977

Lecturas:
Eclesiásticos 3, 19-21. 30-31
Hebreos 12, 18-19. 22-24a
Lucas 14, 1.7-14

MARCO DE LA HOMILIA:

…muy buenas, en cambio, en el mismo cantón El Salitre, no se sabe nada de la noticia que dio Diario de Hoy ayer, acerca de un policía herido por salteadores. Se trata de lo mismo para tergiversar el hecho injusto o se ha equivocado de lugar el cronista y ésto ha sucedido en otra parte, porque en El Salitre solamente se sabe de esta captura de la madrugada del viernes y del haber encontrado muertos a machetazos a estos pobres tres cristianos. Queremos unirnos al dolor de su familia y queremos ser la voz de los que no tienen voz para gritar contra tanto atropello contra los derechos humanos. Que se haga justicia, que no se queden tantos crímenes manchando a la patria, al ejército, que se reconozcan quiénes son los criminales y que se dé justa indemnización a las familias que queden desamparadas.

Nuestra radio católica ha comentado ya suficientemente este hecho. Solamente quería traerlo a la intención de esta misa, para que pidamos al Señor, como siempre, el eterno descanso de las víctimas y de la conversión de esas manos pecadoras empedernidas, que no quieren oír la voz del llamamiento a la justicia y al arrepentimiento.

He visitado Aguilares y lo seguiré visitando en sus cantones. Hay un ambiente de valentía. El corazón de los cristianos de veras que vive la esperanza, pero como humanos que somos, también hay un ambiente de miedo. Son vigiladas nuestras comunidades como sospechosas. No se quiere cree que la Iglesia no predica subversión. Se sospecha siempre de la Iglesia. Se persigue a los catequistas, a los celebradores de la palabra como gente peligrosa, y una vez más la Iglesia protesta, que su predicación seguirá siendo la de la justicia y del amor. Que la voz que Cristo le mandó proclamar en la tierra, seguirá siendo el objetivo de su predicación. Y por quedar bien, no traicionará esa misión de la promoción y de una justicia, de un amor, de una fraternidad que se hace cada día más necesario en un ambiente donde se quiere hacer imperar únicamente el terror, la fuerza bruta de las armas, el espionaje, la guerra psicológica.

La Iglesia proclama, como siempre, a la luz del día, que su mensaje sigue siendo el de Jesucristo, pero no una teoría de amarse unos a otros, sino encarnado en una realidad donde no se ama, donde se odia, donde el hombre se ha convertido en lobo para el hombre, donde la extorsión del hombre por el hombre sigue siendo una triste realidad. La explotación no puede ser un ambiente cristiano, y la Iglesia quiere desterrar del mundo el pecado que mancha la historia. Porque repito, que la historia de cada pueblo, en concreto, la historia de El Salvador, quiere utilizarla Dios para su historia de salvación, y la Iglesia enviada por Dios para purificar la historia y hacerla fuente de salvación, tendrá que seguir denunciando los pecados de la historia. En cualquier categoría que se encuentre el pecado, es una obstaculización al Reino de Dios, que no puede implantarse en el mundo porque el pecado la estorba. Y por eso, las comunidades cristianas sigan siendo fieles a su misión de desterrar el pecado del mundo, siendo fieles a Jesucristo.

El domingo recién pasado la visita a Aguilares obedecía al desagravio del santísimo sacramento. Qué precioso pueblo ése. A pesar de su pobreza, de sus dificultades, logró conseguir ya un sagrario nuevo, porque el que inutilizaron la Guardia no puede servir para la seguridad del santísimo. Y aunque el gobierno nos prometió que nos iba a reparar todos los daños ocasionados en esa injusta ocupación de una casa privada, sin embargo nos ha tocado a nosotros reparar casa, sagrario, ornamentos, porque quedó todo muy en mal estado. Todavía hay cosas que no han sido devueltas, como las máquinas de escribir y otros instrumentos de la evangelización de Aguilares. Pero, gracias a Dios, tenemos ya el sagrario nuevo; era hermoso ver a aquella gente llorar de emoción, cuando el copón con las hostias consagradas era colocado de nuevo en un sagrario digno, mientras el pueblo cantaba la conocida estrofa: Alabemos al santísimo sacramento del altar. Nadie puede quitar esa voz del corazón de nuestro pueblo. Cree en Cristo presente en la hostia y ni un sagrario ametrallado es el testimonio de darle miedo al pueblo. Al contrario, ¿cuándo van a comprender que la fe arraigada en nuestro corazón más se enardece a medida del atropello?.

En nuestro diálogo del miércoles recién pasado (que lamentablemente fue mal grabado, y por eso muchos no pudieron seguirlo en todo su completo mensaje) hacíamos alusión a Aguilares, precisamente en la súplica que estamos haciendo a todos los fieles de ayudar a mucha gente que está en la verdadera miseria. Les suplicamos a todos seguir esa generosidad que, gracias a Dios, se ha despertado. Allá en el Arzobispado están llegando muchas bolsas de ropa, de zapatos, de alimentos y también dinero en efectivo, que el comité de las religiosas y de los cristianos de Aguilares harán efectivo en ayuda a las personas que lo necesitan.

También en ese diálogo aludíamos a la campaña vocacional. Por este tiempo, cuándo va terminando el curso, el Padre Ledislao Segura, un jesuita incansable en el trabajo de las vocaciones -para que vean que los jesuitas no van sembrando la subversión, sino ayudando a la Iglesia en todos sus aspectos- el Padre Segura es un peregrino incansable que va de parroquia en parroquia a platicar con los párrocos, con las escuelas, con los colegios, con los muchachos quienes tienen vocación y muchos de los sacerdotes jóvenes son fruto de esa recogida del Padre Segura. Comprendemos, naturalmente, hermanos, que la Iglesia va madurando hacia otra forma de reclutar las vocaciones, porque el verdadero proceso sería que cada comunidad (o familias, que son las células de la comunidad) fueran tan piadosas, se respirara un ambiente tan cristiano, que de allí mismo surgieran como surge de la enredadera, la flor, el fruto, naturalmente, surgirían las vocaciones para nuestras comunidades. Las comunidades necesitan sacerdotes; Dios suscite en las comunidades las vocaciones. Solamente falta el cultivo. Pero, gracias a estas comunidades eclesiales de base, a ese diálogo que se va haciendo más íntimo en las parroquias y que por desgracia se interpreta como subversión, como meterse en política, es maduración de la fe la que vamos buscando, despertar el sentido de la dignidad del hombre, de la familia, decirle al hombre que se promueva cristianamente, que viva él su propio destino, lo construya con sus propios esfuerzos.

Cuando maduren en estas ideas y nos comprendan de veras las autoridades, verán que nada tienen que temer de esta labor, sino mucho que esperar, porque mucho esperará la patria de grupos humanos que se conscientizan, que se dignifican y que naturalmente tienen que ser críticos de los actos de injusticia. Y ésto es lo que duele y lo que molesta. Pero precisamente por eso tiene la Iglesia que continuar su misión. para no tener más un pueblo adormecido en la ignorancia y no seguir cargando con esa calumnia del comunismo, que la Iglesia vende el opio del pueblo, sino al contrario, que la Iglesia despierta la conciencia mucho mejor que todas las ideologías de la tierra para una eternidad, una esperanza, que hace al hombre más trabajador de su destino, de su comunidad.

Y así surgirán también los verdaderos sacerdotes que necesitan nuestras comunidades. Pero mientras tanto, como una suplencia, allí va pues de parroquia en parroquia el Padre Segura. Yo les he rogado ya a los queridos sacerdotes que lo atiendan y espero que los jóvenes con inquietudes vocacionales se acerquen a él. No pongan por pretexto que no tienen dinero, que son pobres. Casi todos los sacerdotes procedemos de la pobreza y es nuestra mejor alegría recordar a nuestra madre sufrida y pobre, a nuestro padre luchando por sostener aquel pobre hogar y de allí surgir una vocación que se convierta luego en la voz de esa pobreza digna, para hacer que todos sepamos orientar al mundo por los caminos de Dios.

También les decía en el diálogo, y lo voy a decir hoy porque era anunciado precisamente para este domingo, según la tradición de mi venerado predecesor Monseñor Luis Chávez y González, que este domingo último de agosto lo consagraba al catecismo, el Día del Catecismo. Muchas veces se hizo consistir en pedir una limosna para ayudar al catecismo de la parroquia y de la diócesis. A mí no me interesa tanto la limosna, porque ella vendrá por añadidura cuando se comprenda mejor, y ésto es para mí el Día del Catecismo. Y por eso lo estoy diciendo aquí, sin pedirles dinero, pero sí pidiendoles una conciencia muy viva de que gracias al catecismo estamos aquí en Catedral. Nuestros padres fueron nuestros catequistas. Un sacerdote bueno de la parroquia nos hace recordar aquella infancia feliz. Una señora, una niña, una señorita nos enseñó el Padrenuestro, nos enseñó a pesignar. La Iglesia evoluciona. La catequesis precisamente va a ser el tema del Sínodo de los Obispos que se va a reunir en Roma, representando al episcopado de todo el mundo, para responder a una consulta del Papa: ¿Cómo debe ser la catequesis en nuestro tiempo? Han cambiado mucho los tiempos de aquella ajena niñez cuando con caramelos o estampitas nos atraían al catecismo. Ojalá se conservara esa ingenuidad; pero en fin, la televisión, el cine, los medios modernos han cambiado la mentalidad hasta de los niños y lo que hay que lograr es que no se pretenda el caramelo ni la estampita, sino que se tenga verdadero amor al contenido, a una revelación que Dios trajo al mundo para hacer a los hombres divinos. Y gracias a esa fe que madura en la catequesis, hay una esperanza muy grande en nuestro tiempo. Padres de familia, a ustedes se encomiendan los primeros pasos de esa tradición. Tradición: “tradere”, entregar, de los abuelos a los nietos, de generación en generación, una doctrina que Dios reveló y que los apóstoles enseñaron en catequesis. ¿Qué son los cuatro evangelios sino una catequesis: contarles como era Jesús, qué enseñaba Jesús? Contar al niño, al joven, al adulto que vino un Dios a hacerse hombre para salvar a los hombres para que los hombres nos hiciéramos hermanos, hijos de Dios, nos salváramos. Esto tan sencillo, ese contenido de amor, de revelación de Dios, transmitirlo con amor, para que se haga vida en cada hombre, en cada mujer, en cada joven, en cada matrimonio, en cada sociedad. Eso es el catecismo, la transmisión de una revelación de Dios dirigida a la fe de los hombres.

Por eso, se diferencia la catequesis de la teología, de la apologética, de la historia sagrada y de tantos sistemas científicos auxiliares de la catequesis, que tiene por objeto no la ciencia, no el conocimiento, sino la fe y la vida. Por eso, no se contenten con enseñar fórmulas: ¿quién es Dios?, ¿quién te ha creado? Responderlas de memoria es bueno pero no es catecismo. Catecismo es vivir esas cosas. Si Dios me ha creado, mi fe entonces me dice que hay que vivir como hijo de Dios. Si Cristo te ha salvado, no lo sepas de memoria solamente, vívelo, entrégate a Cristo, que se entregó por tí. Qué dichosa será la Iglesia cuando vayan madurando estas ideas modernas de que se transmite el contenido de la catequesis a madurar la fe de nuestro pueblo.

Finalmente, hermanos, quiero decirles con satisfacción que ya está difundiéndose la pastoral que tanto les he anunciado y que en la editorial del Secretariado Social Interdiocesano ha sido editado con nitidez, con belleza, no por ser un documento mío, sino porque es el tema la Iglesia, cuerpo de Cristo en la historia. Una respuesta a tantas calumnias y difamaciones y distorsiones que en muchos campos pagados, durante mucho tiempo, se estuvieron publicando y envenenando tal vez el alma de los que no tienen fe, pero amacizando la fe de los que la tienen. Aquí tienen la mejor respuesta. Con la serenidad de una reflexión teológica, quiero presentarles que en la Iglesia ciertamente ha habido cambios y que el que no los comprenda no es católico de esta hora. En la segunda parte les respondo por qué hay cambios en la Iglesia. Respuesta: porque la Iglesia es el cuerpo de Cristo en la historia, es decir, tiene que ser Cristo en esta hora y en este país. Tiene que hablar como Cristo hablaría hoy, aquí, en el púlpito de Catedral. Y si lo hace así, es la auténtica Iglesia de Cristo y tiene que levantar roncha en todos aquellos que ofenden la ley de Dios y que tratan de estorbar el proyecto del Reino de Dios en el mundo. Una política abusiva de su poder, un capital egoísta, como idólatra del dinero, unos pobres que no quieren promoverse también para ser autores de su propio destino, todos éstos son pecadores de la hora actual; y la voz de Cristo, que denunciaba el pecado de su tiempo, de sus Herodes, de sus Pilatos, de sus fariseos, sería el que denunciaría, hoy, la autoridad de hoy en su abuso y el poder de hoy en todas sus manifestaciones como un estorbo al único Señor de la historia: Cristo, Dios, el Rey de nuestros corazones.

También quiero anunciarles con alegría que se ha publicado un folleto muy útil para conocer el pensamiento social de la Iglesia. Se llama Orientaciones Sociales de la Iglesia a la Luz del Evangelio. Es un arsenal de textos evangélicos, de santos padres, de encíclicas de papas actuales, enseñando, pues, a los hombres de hoy, qué quiere Dios de la sociedad actual. Lo pueden conseguir y estudiarlo para ser católicos actualizados en la hora presente.

Olvidaba decirles, hermanos, los nombres de nuestros tres hermanos difuntos en Tejutla y por los cuales les pido una oración, lo mismo que para sus pobres familias desamparadas: Felipe de Jesús Chacón Vásquez, un fervoroso cursillista de cristiandad, ¿cómo va a ser un guerrillero?, Serafín Vásquez Escobar y un señor Pablo, cuyo apellido no recuerdo.

Coloquémonos en esta situación concreta de nuestra Iglesia y de nuestra patria para iluminarla con la luz de esa palabra divina que se ha leído hoy. Solamente quiero presentar dos aspectos que me parecen los dos grandes mensajes de las lecturas de hoy: en primer lugar, la Iglesia de la alianza de Dios y los hombres; en segundo lugar, la Iglesia de la verdadera pobreza.

1. LA IGLESIA DE LA ALIANZA DE DIOS Y LOS HOMBRES

Aquí nos orientan las lecturas de hoy, que no son palabras de hombres sino palabras de Dios, para presentarnos la Iglesia como dice San Pablo, comparando las dos alianzas. La alianza que Dios firmó con Moisés en el Sinaí y en el Monte Horeb, una alianza de terror, de miedo, de relámpagos, truenos; donde se sentía la majestad de Dios hasta el punto que decían los peregrinos del desierto a Moisés: “Háblanos tú, que no nos hable Dios, no sea que muramos”. Y San Pablo, hablándoles a los cristianos les dice, recordando esa vieja alianza: “Vosotros no os habéis acercado a un monte tangible, a un fuego encendido, a densos nubarrones, a la tormenta, al sonido de la trompeta”. Cualquiera recuerda aquí las páginas bellas del Exodo, cómo Dios se presentaba para hacerse temer de un pueblo propenso a la idolatría que él es el único Dios verdadero, el Dios vivo y que ese Dios vivo quiere hacer una alianza con un pueblo que lo adore sólo a él, que en medio de tantos pueblos idólatras, conserve su único culto al Dios verdadero. Y por eso firmó en aquel monte, lleno de esta majestad de Dios, las tablas de la ley. Los diez mandamientos de la Ley de Dios, que siguen con toda su fuerza en la era cristiana, fueron promulgados bajo el Dios temido, bajo un Dios que daba miedo. No habéis oído aquella voz que el pueblo al oírla pidió que no le siguiera hablando, tenían miedo.

Así se conservó la fe en el único Dios. y la alianza de la antigua ley fue respetada por ese pueblo, mientras veía esas manifestaciones de Dios. Pero cuando se le presentaba la tentación de la idolatría, ese pueblo caía en la idolatría. Y cuando ese pueblo se sentía sugestionado por el oro, por el dinero, por el poder político, hacía la alianza con los reyes de la tierra, se vendía por dinero y venían los castigos de Dios.

La exportación de Israel hacia Babilonia, los castigos de Dios con enfermedades, con diversas manifestaciones en el pueblo, las presenta la Biblia como la señal de un Dios que reclama su alianza. Había dicho Dios por medio de Abraham y de Moisés, de los profetas: “Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo”. Pueblo sacerdotal, pueblo con leyes específicas para un culto que Dios quiere, pueblo que logró cristializar sus ideas en el templo más bello de aquél tiempo, el templo de Jerusalén. De tal manera que en aquel templo veía como la personificación de Dios, tanto que cuando lo consagraron ese templo, se llenó de humo, de la majestad de Dios. Se hacía sentir Dios y aquel pueblo sentía su necesidad de estar unido con ese Dios. Sus idolatrías, sus pecados, lo alejaban de Dios y Dios lo castigaba, no para alejarlo para siempre sino para atraerlo nuevamente. ¡Cuántas veces comparó Dios la vieja alianza con la alianza del matrimonio! Dios es el esposo, su pueblo es la mujer. ¡Cuántas veces esa mujer cometió adulterio, se fue con otros hombres! Así se compara Dios, como el esposo desilusionado, como el esposo que sigue amando a su esposa adúltera. La espera, vuelve arrepentida, la vuelve a hacer su esposa. Comparaciones que llegan al corazón de la humanidad.

Pero dice el Concilio: “Toda esa vieja alianza no tenía más que una objetividad. Era señal de la nueva y definitiva alianza que Dios quería concertar con los hombres en Cristo Jesús. Y así la segunda parte de la epístola de los Hebreos, nos dice a nosotros, óiganlo, queridos católicos que han venido a la Catedral en número tan consolador, cómo me alegra mirar esta Catedral repleta para poderles decir a ustedes como signo de toda una diócesis, fiel a pesar de la persecución: “Vosotros os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a la asamblea de innumerables ángeles, a la congregación de los primogénitos inscritos en el cielo, al Dios justo de todos, pues, a las almas de los justos que han llegado a su destino, al mediador de la nueva alianza: Jesús”.

Queridos hermanos presentes en la Catedral o presentes moralmente a través de esta radio, allá junto a sus aparatos en lejanas ermitas o junto al lecho de enfermos o en sus hogares, a ustedes les puedo decir, los que están naturalmente meditando con buena voluntad, porque yo sé que muchos no me oyen con buena voluntad; me escuchan solamente para ver en qué me cojen, para ver qué captan y llevarlo como una denuncia. Los perdono y pido a nuestro Señor que les toque el corazón, y ustedes también sean del número de éstos que han venido aquí a decir, a oír la palabra de San Pablo, que les dice: Vosotros sois los compañeros de esos ángeles que adoran a Dios eternamente. Vosotros formáis parte de lo más noble de la humanidad que ha seguido a Dios, primogénitos del cielo que han nacido ya para la eternidad, almas de justos que han llegado ya a su destino. Me parece contar allí a nuestros mártires de la arquidiócesis, a los que están muriendo hoy, víctimas de la injusticia y de la calumnia. Vosotros estáis llegando ya a vuestro destino, en pos de esa procesión de ángeles, de nobles, de bienaventurados, va siguiendo esta larga procesión de la Arquidiócesis que se menciona en parroquias, en ermitas, en cantones que se mantienen fieles a su fe. Vuestra esperanza es segura porque se apoya en el mediador de la nueva alianza, de Jesús. Jesús es el motivo de mi esperanza.

Hermanos, no sigamos nunca a la Iglesia por sus hombres, sus obispos, sus sacerdotes; somos pecadores. Pedid por nosotros para que seamos fieles como vosotros, pero mi fe de obispo se apoya en Jesús y pide que la fe de mis queridos sacerdotes se apoye en Jesús, y que la fe de mis queridas religiosas, tan unidas ahora, empeñadas en tantos compromisos, se apoye en Jesús, y que la fe de tantos seglares que ahora han encontrado en la Iglesia una razón de creer y de esperar, aquí está la razón de la fe y de la esperanza: Jesús vivo, resucitado, que es la cabeza de toda esta larga peregrinación de ángeles y de bienaventurados, y de fieles que todavía peregrinan en el mundo.

Esta es la nueva alianza. Dentro de poco van a escuchar ustedes en el altar: “Este es el cáliz de mi sangre que se derrama por vosotros, sangre de la alianza nueva”. Esta es la alianza definitiva. La que Dios firmó con Abraham, con Moisés, con los profetas, no era más que una figura. Venía preparando ésta que vivimos nosotros, definitiva ya, porque se ha encontrado con el gran mediador. El gran mediador, Cristo Jesús. Quiero hacer una aclaración, cuando el 5 de agosto, desde estos micrófonos se relataba la procesión del Divino Salvador, uno de los locutores dijo que este pueblo iba siguiendo a su verdadero líder al Divino Salvador, se entiende, pero hubo quien me fue a malinformar diciendo que yo había incitando a decir que yo era el líder de esta gente. Miren como tergiversan las cosas. Jamás me he creído líder de ningún pueblo, porque no hay más que un líder: Cristo Jesús. Jesús es la fuente de la esperanza, en Jesús se apoya lo que predico, en Jesús está la verdad de lo que estoy diciendo. Sí, yo sería un loco, queridos hermanos, queridos radioyentes, querer ser yo, frágil, mortal, que voy a acabar como todos ustedes muerto, quererme hacer yo el sostén de todo un pueblo y de toda una esperanza. Gracias a Dios que mi humilde palabra logra hacer descubrir a aquél en quien hay que tener esperanza y fe. La Iglesia, digo en mi pastoral, no es otra cosa que el Cuerpo de Jesús Jesús es la fortaleza de la Iglesia, porque no es un hombre, sino un Dios que se hizo hombre, y vive y reina por los siglos eternos.

2. LA IGLESIA DE LA VERDADERA POBREZA

Por eso, hermanos, termino ya con esta segunda consideración: la palabra de hoy nos invita, en la primera lectura y en el evangelio, a vivir la verdadera pobreza. “Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad”, le dice el sabio a todo el que lee la Biblia. Y en el evangelio, Cristo sigue proclamando: “Cuando te inviten a una boda, no ocupes los primeros puestos, no seas orgulloso, no seas autovaliente, por si solo, hazte el humilde, se humilde, no te hagas humilde. Ocupa el último lugar. Y cuando invites a una cena, no invites a los que te pueden devolver la cena, ya estás pagado. Cuando invites a un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos, ciegos, porque no te pueden pagar y te pagarán cuando resuciten los justos”. Humildad y pobreza, son dos hermanas gemelas. Mejor diría, son una sóla cosa. Verdadero pobre es el humilde. Verdadero pobre es el que no tiene nada y sabe que no cuenta con nada y que todo lo tiene en Dios.

Cuando la Virgen dice en su precioso cántico del Magníficat: “Llenó de bienes a los humildes y despachó vacíos a los ricos”, ¿qué quiere decir? No es que la Virgen desprecie a los ricos sino a los autosuficientes, a los orgullosos, a los que no necesitan de Dios, a los que están idolatrando como Dios a las cosas de la tierra. Confían en su dinero más que en Dios, más que en el amor al prójimo. Confían en su poder, porque hoy tienen las armas, y atropellan y son orgullosos. Estos son, a los que Dios despide vacíos. Pero aquel que es humilde, aunque tenga poder, aunque tenga dinero, pero no confía en eso, sabe que esas cosas se van con el viento. Los hombres no son estables en el poder, se van. La verdadera humildad consiste en esperarlo todo de Dios; y si ahora tengo un poder en la tierra, reconocer que me viene de Dios y que lo he de usar según Dios. Que Dios puede también, como al rey Saúl, decir: “Este rey ya no me satisface, lo despacho vacío y en su lugar coloco a este humilde pastorcito, a David, un rey según mi corazón”.

El Poder de la tierra se pierde, hermanos; que la humildad es la verdad. Que es verdadero rico aquel que se apoya en la riqueza de Dios, y éstos son los verdaderos miembros de la alianza eterna con Cristo. Por eso, siento que esta Iglesia de la alianza, esta Iglesia de la Arquidiócesis, heredera de la alianza de Abraham y de Moisés y de Cristo, es ahora verdaderamente auténtica, porque ahora la Iglesia no se apoya en ningún poder, en ningún dinero. Hoy la Iglesia es pobre, hoy la Iglesia sabe que los poderosos la rechazan pero que la aman los que sienten en Dios su confianza. Y yo les invito, queridos hijos de la Iglesia, jamás traicionar esta alianza con nuestro Dios, porque ésto es lo que le enojaba a Dios. Cuando su pueblo desconfiaba de su propio valor y se iba a apoyar en Babilonia o en Egipto, Dios lo rechazaba y era víctima de su propia desconfianza. Pero a Israel rodeado de enemigos poderosos, puesta su confianza en el único Dios, Israel vencía. Esta es la Iglesia que yo quiero, una Iglesia que no cuente con los privilegios y las valías de las cosas de la tierra, una Iglesia cada vez más desligada de las cosas terrenas, humanas, para poderlas juzgar con más libertad desde su perspectiva del evangelio, desde su pobreza. No una pobreza demagógica, porque eso no es pobreza. El que se finge pobre para hacer la revolución, sembrar el odio, no es pobre; lleva en sí una confianza en su revolución, y eso ya no lo hace auténticamente pobre. Pobre es la Iglesia, que no confía en ninguna revolución de la tierra, que no siembra odios, porque allí no encuentra nada. Que siembra amor a Dios y amor al prójimo, el Reino de Dios en la tierra, la verdadera pobreza, la verdadera humildad. Esta es la Iglesia que soñamos, hermanos, y la que yo creo que se va construyendo en nuestra Arquidiócesis.

Yo les agradezco a todos los celebradores de la palabra, sacerdotes, religiosas, seglares, porque han comprendido este mensaje. Y aquellos que desconfiaban de la Iglesia y la van encontrando cada día más auténtica, crean que ésta es la Iglesia verdadera. Si un día yo mismo les traiciono, no me hagan caso a mí, sigan a esa Iglesia que ahora hemos vislumbrado con tanta claridad. Pero, espero con la ayuda de ustedes que no traicionaré nunca esta Iglesia. Y por eso quiero hacer una aclaración también, cuando en el diario han dicho que no hay persecución de la Iglesia y que todo está bien, que se entiende en diálogo conmigo el gobierno: es falso. Yo seguiré diciendo: habrá diálogo, cuando se haga un ambiente de confianza con hechos. Que cesen estos crímenes, que cese esta desconfianza del pueblo, porque la Iglesia se siente comprometida con estos intereses nobles del pueblo. Y mientras no haya ese ambiente de confianza, queridos hermanos, yo sería un traidor a ustedes si a las espaldas de ustedes estuviera entendiéndome con quien no respeta los derechos de los hombres.

Mientras tanto sí sigue la Iglesia esperando el diálogo, esperando el ambiente de amistad que se le quitó, esperando la confianza que perdió, que se la den otra vez; y la Iglesia, como digo en mi carta pastoral, está dispuesta a esa sana cooperación, no para buscar ventajas propias, sino para servir mejor al verdadero bien común de un pueblo que así lo merece.

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Características de Nuestra Iglesia


21º Domingo del Tiempo Ordinario,

21 de Agosto de 1977

Lecturas:
Isaías 66, 18-21
Hebreos 12, 5-7. 11-13
Lucas 13, 22-30

Queridos hermanos:

La palabra de Dios se proclama concretamente para la comunidad que la está reflexionando. Ya que a través de la radio esta comunidad se agranda inmensamente, quisiéramos, pues, que esta palabra fuera luz, esperanza, fe en los acontecimientos de todo este conglomerado, gran parte del pueblo salvadoreño, y que desde la fe de nuestra Iglesia vivamos, por más trágicas y duras que sean las situaciones, la verdadera alegría de pertenecer a este Reino de Dios que se alimenta de su palabra y que va caminando firme, porque sabe quien va con él, el Señor, y hacia dónde marcha.

VIDA DE IGLESIA

Entre los acontecimientos de esta semana, sin duda que son muchos, pero puedo destacar con un sentido de gratitud, la celebración de mi cumpleaños, donde he comprendido una vez más que mi vida no me pertenece a mí, sino a ustedes. Y en este sentido, como lo calificó nuestra radio, ha sido una celebración eclesial. El obispo ya no es una persona privada, sino un signo de unidad. Y me alegro de que ese acontecimiento -en lo personal no tiene ningún sentido- haya sido una ocasión para expresar la solidaridad, el cariño, la unidad de nuestra Iglesia. Yo quiero agradecer, pues, todas las minifestaciones de amistad y de solidaridad que con esa ocasión me brindaron y las recibo como obispo y pongo a los pies de Cristo, pues, todo este homenaje para que todo redunde en su gloria.

Por la fineza y la ternura del mensaje, quiero destacar las muchas cartitas que llegaron de la Escuela San Luis, de Cuscatancingo. Tan bonitas que las he sometido a un concurso y cuando ya estén calificadas, voy a ir personalmente a agradecerles y a premiar las mejores cartas.

Otro acontecimiento de trascendencia muy grande para la diócesis, fueron los tres días de reflexión de esta semana; que los sacerdotes compartimos junto con las religiosas dedicadas al trabajo pastoral de muchos pueblos, para estudiar en Domus Mariae, la exhortación del Papa Evangellii Nuntiandi. Es un documento moderno que traza las pautas para la evangelización adecuada del mundo actual. Hemos logrado una presencia maravillosa, más de 100, como 125 entre sacerdotes y religiosas. Tratábamos de ponernos en la línea de la Iglesia actual, porque la línea que estamos siguiendo en el Arzobispado no es un capricho, ni un lavado de cerebro, como muchos dicen. Simplemente es tratar de ponernos en la línea del Vaticano II y de Medellín, que son pautas autorizadas y que el Papa ratifica en la Evangelli Nuntiandi, donde nos habla de una evangelización del mundo que no puede separarse de la promoción del hombres. Y por esta línea, gracias a Dios, ha marchado hace mucho tiempo la Arquidiócesis. Ha sido la causa de sus dificultades y de sus conflictos, pero no puede ir de otra manera sino promoviendo al hombre, defendiendo su dignidad, sus derechos, proclamando, pues, un evangelio que no está de espaldas al mundo sino bien metido en el mundo, no para hacerse mundano sino para santificar al mundo. Han sido conclusiones muy bonitas las que se han sacado, muy eficaces, y esperamos que poco a poco se vayan poniendo en práctica, ya que esa reunión de sacerdotes, pastores y religiosas en la pastoral no ha terminado. Para mí que es un punto de arranque, un nuevo impulso en la Arquidiócesis para seguir concretando las formas de evangelizar a nuestra Arquidiócesis.

Uno de los propósitos más concretos se dirige a Chalatenango. Chalatenango, que es mina de vocaciones. Los sacerdotes y religiosas procedentes de ese departamento tuvieron la feliz ocurrencia de hacer reuniones específicas para ver qué solución se dá a ese departamento. Y daba gusto ver cómo los originarios de Chalatenango en el clero y en la vida religiosa son muy numerosos. Una gran parte de la Asamblea General, pues, se reunía en este título; y sacaron como conclusión, de acuerdo con el obispo, crear allá lo que se llama una vicaría episcopal. O sea, que un sacerdote con poderes episcopales sobre todo el departamento para organizar las fuerzas de la Iglesia y seguir cultivando esas tierras tan fecundas que son la esperanza de nuestro clero y de nuestra vida religiosa, por sus vocaciones. Fue elegido para este cargo el Padre Fabián Amaya, que es originario de allá, y como pro-vicario irá el Padre Efraín López, actual párroco de Comasagua.

No es tiempo ahora de detenerse en más detalles de esa jornada de estudio, porque las irán conociendo, primero Dios, en la práctica. También les anuncio que en esta semana se han provisto de párrocos nuevos las parroquias de Tenancingo, con el Padre Francisco Díaz; parroquia del Carmen, donde ha vuelto el Padre Miguel, a pesar de su edad y de sus achaques, a dar testimonio de que el sacerdocio no está hecho para descansar, sino para trabajar. Yo le agradezco y le deseo muchos éxitos. Lo mismo en la parroquia de San Sebastián, Ciudad Delgado, el Padre Ernesto Barrera.

Irémos esta mañana a Jicarón, en El Paisnal, a visitar aquella comunidad; y el viernes de esta semana, 26 en Tres Ceibas, cantón de Aguilares.

Desde ayer y todo este día, está celebrándose una convivencia de laicos, la comisión de laicos, que ha sido recientemente creada para promover el laicado de todas las parroquias de la Arquidiócesis. Laicos son todos los bautizados que no son religiosos ni clérigos pero que por su bautismo tienen un sacerdocio, que lamentablemente está sin ejercerse, porque se han bautizado muchos sin saber qué es el bautismo. Pero gracias a Dios, del Concilio Vaticano surge un gran movimiento para despertar esa conciencia del pueblo de Dios y hacerlo sentir su sacerdocio, su responsabilidad de Iglesia. Para promover, pues, esta conciencia, la comisión de laicos está tomando ella misma conciencia de sus grandes responsabilidades, allá en Planes de Renderos. Los saludamos y les deseamos mucho éxito.

A propósito de bautismo ignorado, recuerden que estos días, desde mañana, va a comenzar una serie de pláticas y orientaciones en las parroquias de María Auxiliadora, del Corazón de María y de Planes de Renderos, un movimiento que se llama el Catecumenado. Antiguamente, antes de recibir el bautismo, había un curso que se llamaba el catecumenado y sólo después de instruido se bautizaba. Hoy como la familia cristiana puede llevar a sus niños tiernos, pero ha olvidado el deber de que bautizar un niño supone que lo van a educar en la fe, y hemos ido creciendo en nuestros hogares sin que nuestros hogares cumplieran ese deber. Y por eso tenemos tantos bautizados que no han comprendido la dignidad y la responsabilidad de su bautismo. Entonces, fue otra iniciativa del Concilio Vaticano: restablézcase el catecumenado. Aunque ya sean bautizados, vayan a tomar conciencia de lo que han recibido. Infórmense, pues, de estas pláticas de catecumenado, y les invito a que tomen parte de ellas.

Quiero alegrarme con muchas comunidades que no tienen sacerdotes ni religiosas, pero hay laicos donde han sentido este sentido pastoral y reúnen a sus comunidades en sus ermitas. A esta hora me están escuchando, porque me han contado cómo sintonizan esta misa de Catedral. Y al llegar a la comunión, de acuerdo con sus párrocos, se autoriza para que suspendan ya la audición de radio y hagan ya un acto vivo con la comunidad, con las plegarias propias de aquel cantón. Es una iniciativa que se puede llevar a cabo en todos los cantones y pueblos donde no hay sacerdotes, pero el párroco puede promover la comunidad, valiéndose de este medio maravilloso que es la radio. Por mi parte, me siento muy feliz de estar presente a través de la radio en tantas comunidades que están bajo mi responsabilidad y la de los queridos hermanos sacerdotes.

Por otra parte, hermanos, queremos enviar nuestra sentida condolencia a la madre y a la esposa que me escribieron con dolor inmenso del pobre Tomás Orellana, de San Martín, a quien además de asesinarlo, lo quieren implicar con el título de subversivo y de revolucionario, de lo cual no hay nada, simplemente una calumnia, y es una lástima que nuestros medios de comunicación social se presten a manchar la fama de un muerto. Ojalá reflexionaran nuestros periódicos y antes de poner páginas que manchan así el dolor de una familia fueran más ciudadosos. Siquiera se callen. Y ojalá no silenciaran lo que es la verdad. Ya todos saben el caso, y a través de nuestras radio se ha denunciado la injusticia que se ha cometido con este pobre hombre. Para su familia doliente, pues, sepan que la Iglesia les comprende y que no alcahuetea la injusticia que con él se ha cometido.

También ha circulado esta semana un boletín muy peligroso, pero hay allí hechos, hechos que no se pueden negar. Y a la justicia le toca investigar para que se responsabilice a los verdaderos autores de tanto crimen, de tanto terror, de tanto secuestro. ¿Quiénes son los culpables, pues? ¿Hasta cuándo seguiremos manchando la faz de nuestra patria? Yo apelo desde esta tribuna de la Iglesia a la justicia en nuestra patria, que se haga justicia.

Y en esta línea, quiero colocar las reflexiones que nos dá la palabra de Dios. Yo creo sacar de las tres bellísimas lecturas de hoy, tres características de nuestra Iglesia. Nuestra Iglesia, y sintámosla nuestra queridos hermanos, queridos radioyente, si somos católicos de verdad. Sintamos el orgullo de pertenecer a una Iglesia que se caracteriza, primero por ser misionera y peregrina; segundo, una Iglesia escatológica ya les explicaré esta palabra; y tercero, una Iglesia en proceso de conversión.

1. IGLESIA MISIONERA Y PEREGRINA

Cuando Isaías nos anuncia, desde seis siglos antes, lo que va a ser la Iglesia fundada por el Redentor, habla de una llegada de todos los pueblos del mundo a Jerusalén, que era el siglo del Reino de Dios, signo que pasó a la Iglesia fundada por Cristo. Y venidos de tierras lejanas y de todos los confines del mundo, Dios les va a dar una orden, la que han dicho ahora en el salmo responsorial: “Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio”. Y esta lista que comienza ya desde Isaías: Tarsis, Etiopía, Libia, Masac, Tubal, Grecia y hasta “las costas lejanas que nunca oyeron mi fama”. Como que se oyen aquí ya en las costas de América descubiertas dieciséis siglos después de estas palabras. Como que se oyen aquí los nombres concretos de esta Iglesia que ahora va peregrinando. Y cuando les he dicho hoy Tenancingo, San Sebastián de Ciudad Delgado, el Carmen y todas las parroquias y comunidades de los cantones que ahora estamos en reflexión, son nombres que se van engarzando como perlas del Reino de Dios. Pueblos, comunidades, a todos hay que llevarles el reino. Y cuando el evangelio de hoy nos presenta a Jesús caminando hacia Jerusalén -“recorría ciudades y aldeas”- es la Iglesia peregrina que se anuncia, es la Iglesia que como voy a decir en la pastoral que se va a dar esta semana ya a la publicidad, a la distribución: cuerpo de Cristo en la historia.

La Iglesia es Cristo, que sigue caminando hacia Jerusalén por ciudades y aldeas. Es hermoso pensar, hermanos, en esta Iglesia misionera y peregrina, lo cual le dá a todos los que la componemos un sentido de peregrinación. Nadie tiene que instalarse. Todos tenemos que ir con el bastón del peregrino, si bien tenemos que hacer feliz la tierra en que vivimos, pero sabemos que vamos de paso. Hoy la ocupamos nosotros; ayer la ocuparon nuestros abuelos, que ya no existen; mañana la ocuparán las generaciones futuras, y ya nosotros no existiremos. La humanidad es una continua peregrinación. Y Cristo quiere caminar con esa historia, con la historia de todos los tiempos. De tal manera que Cristo estuvo con nuestros antepasados, está con nosotros ahora y estará con la posteridad. Pero, nosotros vamos peregrinando, y uno de los afanes principales de la Iglesia tiene que ser el establecimiento de la Iglesia en todos los ámbitos del mundo. Como la frase preciosa de Isaías: hasta en aquellas costas desconocidas.

El próximo Día de las Misiones, que es siempre el penúltimo domingo de octubre el Papa ya lanzó el mensaje, quiere hacer un llamamiento a todos los católicos a formar misioneramente su conciencia. Porque el ser misionero no es una característica privativa de los llamados a irse a las vanguardias de las misiones. Son los héroes: sacerdotes, religiosas, médicos, enfermeros, toda clase de gente que quiera ir a prestar unos años a las avanzadas peligrosas de las misiones. Allá están y si alguno quiere inscribirse, allá hay campos para todos. Pero no todos tenemos la dicha de ir a esas vanguardias misioneras. No conocemos los idiomas de aquellas tierras, tenemos miedo aquellas nuevas costumbres, no nos podemos adaptar. Hay que admirar a los misioneros en este afán de adaptación. Pero nosotros desde la retaguardia, este ejército conquistador del mundo para Dios, para la fe, tenemos que ser también misioneros. Recuerden que la patrona de las misiones fue Santa Teresa del Niño Jesús, una monja de contemplación que nunca salió de su claustro de Lisieux en Francia y, sin embargo, aquí está el secreto para ser misionero desde el claustro, desde el hogar, desde la tienda, desde el puesto de mercado, desde la profesión, como Santa Teresa de Jesús, ofrecer todos sus dolores, sus sacrificios, por las misiones.

Cuando la pobrecita, agobiada por la tuberculosis y que tenía que hacer sus paseos por el patio del convento, se cansaba, sentada sobre una loza decía: “Le ofrezco al Señor este cansancio por el misionero que en estos momentos andará recorriendo tierras desconocidas”. Qué hermoso es ser misionero, hermanos, saber que la conquista de almas que ahora no conocen a Cristo y lo van a conocer por la predicación del evangelio, allá está nuestra aportación de oración, de sacrificio, ofrecer las enfermedades por ellos, por los misioneros y por los que no son cristianos todavía. Misionero es todo aquel, pues, que siente la Iglesia necesitada de ir a implantarse en todo el mundo por mandato de Cristo: “Vayan y prediquen por todas partes”. De tal modo que el Papa dice en el mensaje para el próximo Día de las Misiones, que la educación misionera, el sentido misionero del cristiano, no es una cosa añadida, sino que pertenece a la misma constitución de su fe. No puede ser verdadero cristiano el que se despreocupa de este sentido misionero y sobre todo cuando nuestra misma patria es tierra de misiones. Quizá ni en las tierras de misiones suceden las cosas tan salvajes que suceden en El Salvador.

Comencemos, pues, por hacer de nuestra patria un testimonio misionero. Este es el gran problema de América Latina, que llamándose oficialmente cristiana, comunidad cristiana continental, sin embargo, no es antorcha de fe, porque sus cristianos se han pervertido, porque sus cristianos iban como los peregrinos por el desierto hacia la tierra prometida, como aquellos israelitas se han vuelto al Egipto de la esclavitud, a seguir comiendo las cebollas de Egipto, a seguir adorando a los ídolos del dinero, a seguir promoviendo las groserías del abuso de autoridad. ¿Esto cómo va a ser luz que luce en el mundo? Da lástima pensar que muchos de esos hombres que asesinan, que torturan, que pisotean al país, son cristianos. Necesitan una reconversión; la necesitamos todos.

Yo quisiera, hermanos, que esta palabra, pues, del domingo de hoy, con ese sentido de Cristo peregrinando, sembrando la fe por todas partes, la esperanza, la alegría cristiana, el evangelio, su mensaje de paz, lo tomáramos todos nosotros; y sino vamos a las misiones propiamente dichas de infieles, aquí en nuestro país, tratemos de ser misioneros de nuestra propia familia, misioneros desde nuestra profesión. Misioneros desde el cargo público que ejercen; cuánto bien harían los ministros, los empleados, los maestros, los profesionales, si todos sintieran su trabajo de la vida, al mismo tiempo que es necesario para ganarse la vida, el cumplimiento de una misión: misioneros de sus propios amigos.

2. IGLESIA ESCATOLOGICA

¿Y qué se dirá en esa misión? El segundo mensaje de la palabra de hoy, que nos presenta una Iglesia “escatológica”. ¿Qué quiere decir eso? Es lo que provoca la pregunta que en el evangelio se le dice a Cristo. “¿Serán pocos los que se salvan?” He aquí una preocupación escatológica. La escatología es una característica de esta Iglesia que por su esperanza sabe que la historia no se consuma en esta tierra. Su esperanza le hace ver unos cielos nuevos, una tierra nueva, donde imperará la justicia, el amor y la paz. El cristiano sabe que por más que trabajemos el bienestar de esta tierra, siempre será provisorio, peregrino, misionero, de paso, pero que hay que trabajarlo. Pero, que la consumación no la hemos de esperar en esta tierra, sino en la eternidad, donde el Reino de Dios esté perfecto. Esa perspectiva de la salvación eterna, del Reino de Dios consumado en la gloria, esa Iglesia de brazos tendidos hacia adelante, esa Iglesia de mirada puesta en el cielo, ésa es la escatología, es la Iglesia escatológica.

Por eso, la Iglesia no puede ser cómplice de ninguna ideología que trate de crear, ya en esta tierra, el reino donde los hombres sean completamente felices. De allí que la Iglesia no puede ser comunista. La Iglesia tampoco puede ser capitalista, porque el capitalismo también está con la mirada miope sólo viendo la felicidad, su pasión, su cielo, en sus tierras, en sus palacios, en su dinero, en sus cosas de la tierra. Están instalados. Y esta instalación no pega con la Iglesia. La Iglesia es escatológica. Y es aquí donde la Iglesia se vuelve a los pobres para decirles: ustedes son los más capacitados para comprender esta esperanza y esta escatología.

Y nos volvemos a ellos no para hacerlos conformistas, porque la escatología, el estar esperando un cielo, no es para adormecer. También aquí el comunismo nos acusó falsamente cuando nos dijo que nosotros predicábamos el opio del pueblo y que predicando a los hombres un reino del más allá, le quitamos la garra para luchar en esta tierra. ¿Quién sabe quién pone más garra a los hombres, si el comunismo o la Iglesia? La Iglesia, porque al predicar una esperanza del cielo, la está diciendo al hombre que ese cielo hay que ganárselo, y que es en la medida en que trabaje aquí y cumpla bien sus deberes como será premiado -su vida- por la eternidad. Y que a un hombre que ha cumplido mejor sus deberes de la tierra, le tocará una escatología, un cielo más amplio, más rico. Nadie tan ambicioso como los santo y los cristianos, porque ambicionan no un reino de esa tierra, donde los hombres se mueren, sino un reino de la eternidad, donde los hombres vivirán para siempre la alegría de haber colaborado en anticipar, ya en este mundo, el Reino de Dios.

Se escandalizaron una vez los enemigos de la Iglesia aquí en El Salvador, cuando se les dijo que el reino de los cielos, la Iglesia, que es el principio del reino de los cielos, ya debe de establecerse en este mundo. Que no hay que esperar la muerte para ser feliz que Dios nos quiere felices ya en esta tierra, porque trata de reflejar ese reino de los cielos nuevos y tierra nueva en esta tierra peregrina, que por lo tanto ya vislumbra en su peregrinación, un cielo bello, del cual esta tierra ya es reflejo. Y la palabra de enseñanza de Cristo hoy nos está diciendo que ese reino de Dios ya ha comenzado en esta tierra y sólo los que quieran entrar por la puerta estrecha irán a él, a su base definitiva, pero ya en esa tierra aquellos que no hayan forcejado por entrar en este reino se quedarán afuera. Lo cual quiere decir que el que no ha trabajado en su vida, por la puerta estrecha, el Reino de Dios, es demás que esté esperando a la hora de la muerte que le abran la puerta.

Fíjense en el evangelio de hoy: “Os quedaréis fuera. Llamaréis a la puerta diciendo: Señor, ábrenos. Y El os replicará: No sé quiénes sois. Entonces comenzarán a decir: Hemos comido y bebido, y tú has enseñado en nuestra plazas. Pero El os replicará”: “No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados”. No basta llevar el nombre cristiano y vivir como pagano para presentarse al cielo y decir: “Jesús, me conoce”. Aquí Jesús dice que desconoce a todo aquel que no haya querido hacer de su título cristiano una profesión de vida, un llamamiento cristiano a vivir esta escatología, esta esperanza, este cielo.

El sentido escatológico de la Iglesia el Concilio Vaticano lo ha iluminado maravillosamente, y los documentos de Medellín, también, como una invitación a los hombres a trabajar en esta tierra, para hacer ya desde que Cristo resucitó y es parte de la historia de este mundo, una realización de ese reino que se va a consumar en la eternidad. Pero Cristo resucitado, en el cual creemos, ya engarza los deberes de esta tierra con los premios de la eternidad. Y si de verdad creemos en un Cristo resucitado que nos espera y que a su venida en la gloria dará el premio a todos nosotros, los que hayamos trabajado con El, quiere decir que hay que trabajar, hermanos. Y que todo aquel que estorba al reino también está traicionando su vocación de hombre.

Dice esta frase el Concilio: “Todo cristiano que descuida sus deberes temporales, descuida sus deberes con el prójimo, tampoco ama a Dios y pone en peligro su propia salvación”. Respondamos, pues, a la pregunta que le hicieron a Jesús: ¿”Señor, serán pocos los que se salvan?” Y Cristo como que no le dá importancia al número, porque lo que sigue es una gran enseñanza de la fuerza estrecha y de la necesidad de cumplir la vida cristiana. Diremos nosotros, no nos importa si van a ser muchos o pocos, lo que nos debe de importar es si cumplimos bien nuestro deber en esta tierra. Que estamos tratando de entrar por la puerta estrecha y no caminamos por la vía ancha del vicio, del egoísmo, de las injusticias de esta tierra. Y de allí viene la tercera condición, con que voy a terminar, que se nos presenta en la lectura de hoy: una Iglesia en conversión.

3. IGLESIA EN PROCESO DE CONVERSION

No me cansaré de gritar esta palabra, hermanos: conversión, Lástima que muchas veces hablamos pensando que ya nos entendemos y resulta que las palabras más sencillas no se entienden a veces. Me preguntó en esta semana, y ésto ha sido una gran revelación para mí, una persona humilde: “¿Qué es la conversión?” Y yo les agradezco que cuando no entiendan algún término de mi pobre predicación, tenga la confianza de preguntarla.

La conversión es como dar media vuelta. Conversión a la derecha, dicen los militares para convertirse a un lado, para convertirse al otro. Media vuelta. La conversión es volverse hacia Dios y cada vez más hacia Dios. La conversión la señaló Cristo cuando dijo: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”. ¿Cuándo vamos a llegar a ser perfectos como Dios? Lo cual quiere decir que Cristo inspiró un movimiento sin límites: la conversión. La conversión es preguntar en cada momento. ¿Qué quiere Dios de mi vida? Y si Dios quiere lo contrario de lo que quiere mi capricho, hacer lo que Dios quiere es convertirme, hacer mi capricho es pervertirme. ¿Qué quiere Dios con el poder político, por ejemplo, en un país? Quiere que esas fuerzas unan moralmente, por la ley sana, las voluntades de todos los ciudadanos al bien común; pero Dios no quiere que se use el poder para atropellar, para golpear hombres, para golpear ciudades, pueblos: eso es perversión. ¿Qué quiere Dios del capital, al hombre que le dá dinero, haciendas y cosas? Que se convierta; quiere decir, que sepa darle a las cosas creadas por Dios el destino que Dios le dió a las cosas, qué son siempre de Dios el bienestar de todos, el compartir con todos la felicidad. Y ésto en grande; también en pequeño, ¿Qué quiere Dios de tu vida de hogar? Pues que tu unión con tu señora sea bendecida por el sacramento santo del matrimonio. ¿Qué quiere Dios de la intimidad, de la relación conyugal? La procreación. Si el hombre maliciosamente interrumpe la procreación con medios artificiales, está bloqueando la voluntad de Dios. Tiene que convertirse. ¿Qué quiere Dios del hombre frente al aguardiente? Que se abstenga, que no abuse. Que no abuse; el uso es correcto, pero el abuso siempre es pecado. Que se convierta.

Convertirse, pues, es un llamamiento al cual nos hace alusión la segunda lectura de la carta a los Hebreos: “Habéis olvidado la exhortación paternal. No rechaces el castigo del Señor. No te enfades por su reprensión”.

Hermanos, cuando la Iglesia tiene que cumplir este deber, porque ella misma está en proceso de conversión. Yo que les estoy hablando necesito convertirme continuamente. El pecador, el religioso, la religiosa, el colegio católico, la parroquia, el párroco, la comunidad, la Iglesia, pues, tiene que convertirse a lo que Dios quiere en este momento de la historia de El Salvador.

Si uno vive en un cristianismo que es muy bueno, pero que no encaja con nuestro tiempo, que no denuncia las injusticias, que no proclama el Reino de Dios con valentía, que no rechaza el pecado de los hombres, que consciente por estar bien con ciertas clases, los pecados de esas clases, no está cumpliendo su deber, está pecando, está traicionando su misión. La Iglesia está puesta para convertir a los hombres, no para decirles que está bien todo lo que hacen y por eso naturalmente cae mal; todo aquel que nos corrige, nos cae mal. Yo sé que he caído mal a mucha gente, pero sé que he caído muy bien a todos aquellos que buscan sinceramente la conversión de la Iglesia, que somos todos.

Desde este punto, hermanos, yo llamo a la conversión a todos. En esa publicación de esta semana, se anuncian muchos crímenes. ¿Quiénes los han cometido? ¿Se quedarán siempre en lo oculto? A la justicia de los hombres sí, parece que se van quedando en el misterio la muerte del Padre Grande, la muerte del Padre Navarro, y tantos asesinatos y tantos desaparecidos y tantas cosas feas. Pero sé que alguien lo ha cometido, que es pecador y que si no se convierte no entrará en el reino de los cielos. Y que esta vida pasa. El poder, los hombres pasan. Pasa todo, sólo quedará la Iglesia con su índice escatológico diciendo: lo que no pasa es la eternidad y lo que vale la pena es salvarse de verdad. Salvación que ya comienza en esta tierra, porque el que aquí lucha por el reino de Dios implantándolo en la sociedad, en la historia, será también partícipe del Reino de Dios en el cielo. Y el que aquí se opone, rechaza, repudia a la Iglesia, al Reino de Dios, a sus ministros, a los que lo predican, están estorbando al Reino de Dios, y eso es persecución de la Iglesia, porque se le impide su ministerio.

Entonces, queridos hermanos, concluyamos en el mensaje de hoy, que no es invención mía, sino palabra de Dios, el propósito de ser una Iglesia misionera y peregrina. No nos instalemos en la tierra. Preocupémonos de caminar con Jesús. Miren qué significativo, todo este trozo del evangelio, donde nos ha colocado el fragmento de hoy, es de San Lucas, que quiere describir la misión de Cristo como un caminar hacia el Calvario. La Iglesia camina hacia el Calvario, hacia la Cruz, pero sabe que detrás de la Cruz, tres días después, está la resurrección, la alegría, el reino, los cielos nuevos, la tierra nueva. Caminemos con Jesús, entonces. No tengamos miedo a las amarguras del Calvario. Sepamos renunciar a todo aquello que es pecado y se opone al Reino de Dios. No hagamos consistir la felicidad y la salvación sólo en esta tierra, ni tampoco sólo en aquel cielo, sino en la combinación más sabia y maravillosa de cumplir bien la ley de Dios, en esta tierra para merecer el premio en aquel cielo. Y que sepamos, entonces, ser valientes cristianos, ya que la Iglesia, a través de estas características, es la que está manteniendo en alto y sembrando la esperanza, la alegría, en todo los corazones de los salvadoreños.

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Servicio de la Iglesia

Fiesta de la Asunción

15 de Agosto de 1977

Lecturas:
Apocalipsis 11, 19a; 12,
1-6a. 10ab
I Corintios 15, 20-26
Lucas 1, 39-56

SU CUMPLEAÑOS:

… todo este gesto tan amable de su presencia y sobre todo de su oración, por este servidor de ustedes, a quien abruma este cariño del pueblo y por el cual estoy dispuesto a seguir dando los años que el Señor me conceda. Y considero como un bello regalo de cumpleaños, que la Iglesia misma se hace, este nuevo diácono que vamos a ordenar.

LA ASUNCION DE MARIA

Y en el ambiente del misterio que celebramos hoy, cómo recobra encanto toda esa fiesta de la Arquidiócesis en su Catedral. La asunción en cuerpo y alma de la Virgen al cielo no es una opinión piadosa. Es un dogma de fe, el dogma diríamos, de moda, el más reciente. Fue al clausurar el año de 1950 aquel gran Año Santo, que llevaba a Roma muchedumbres y que recibía aquel gran Pontífice que fue Pío XII. Durante esos años, se hizo una consulta muy interesante a todos los obispos del Mundo: ¿Cómo estaba en el pueblo la creencia de esta verdad, de que María ha sido llevada en cuerpo y alma al cielo? Al mismo tiempo que recogía la tradición de la liturgia, de la teología, y todo lo profundo que la Iglesia tiene en sus estudios, pudo tener la seguridad, el 1º de noviembre de aquél Año Santo, de proclamar como dogma de fe, y que por tanto es obligatorio creerlo todos los católicos, que María, después de terminar su curso mortal en la tierra, fue asunta, como recogida por Dios, en cuerpo y alma. Podemos decir, hermanos, porque una verdad que corresponde a los orígenes de nuestro cristianismo, a los orígenes del mismo Cristo, apenas en nuestro tiempo se proclama dogma de fe, no es que el Papa Pío XII inventó que María ha sido llevada en cuerpo y alma, como si hubiera inventado esa verdad hoy en 1950. Los dogmas no los hace el Papa. El Papa lo que hace es poner el sello de su autoridad, de su magisterio, para darle seguridad al pueblo de que esa verdad está contenida en la divina revelación. Y lo creemos no sólo porque lo dice el Santo Padre, sino sobre todo porque lo ha dicho Dios y lo ha revelado en la Sagrada Biblia y en la tradición viviente de la Iglesia.

Celebramos, pues, una verdad que no es inventada por los hombres. Por la seguridad de una fe verdaderamente católica, sentimos hoy la alegría profunda de que María realmente está en el cielo, no sólo con su espíritu, como están todos nuestros muertos, sino con su cuerpo glorificado ya en esta forma definitiva en que también nosotros vamos a ser glorificados, cuando se cumpla ese dogma de nuestro credo: creo en la resurrección de la carne, en la resurrección de los muertos. Pero lo dejaba Dios ese dogma para actualizarlo en 1900, este siglo tan proclivo, tan inclinado al materialismo, como dijo el Papa Pablo VI en el Concilio: “Este Concilio no está hablando de un Dios y de un reino de los cielos, cuando los hombres sólo hablan de reinos de la tierra y de conquistas de la tierra”.

El mensaje, pues, de este día es muy oportuno, porque ese viaje de María en cuerpo y alma al cielo, es el índice más vigoroso a toda la humanidad para decirles que no está en esta tierra el destino del alma y del hombre que busca la verdadera felicidad, que hay un reino de los cielos definitivo, más allá de nuestras vidas, pero que se conquista precisamente trabajando en esta vida, entregándose al cumplimiento de los designios de Dios; así como María hizo de su vida terrenal un cumplimiento exacto, una colaboración íntima con el divino Redentor para salvar al mundo. Y por eso el Concilio Vaticano II, cuando recoge para nuestros días, más recientes todavía, el dogma de la asunción nos dice: “María llevada en cuerpo y alma a los cielo, es allá en el reino definitivo, el modelo y el principio de una Iglesia que ha de ser totalmente glorificada”. (GS 68) Es decir, esta Iglesia que todavía peregrina entre persecuciones y dolores en la tierra, mira a María y en ella contempla su destino inmortal y se anima a sufrir todos los dolores y persecuciones, porque sabe que a través de este dolor, como el dolor de María, Dios está labrando las piedras vivas de aquel templo glorioso en el cual Dios fungirá para siempre toda su majestad y toda su belleza.

María, pues, es el principio de aquel reino celestial que todos nosotros iremos a formar también, si tenemos la felicidad de ser salvos como ella y, después del juicio final, en nuestro cuerpo glorificado. Pero, al mismo tiempo, el Concilio, que mira esa perspectiva celestial donde María luce toda su belleza, se inclina a la tierra y dice: Y esa Virgen colocada en el cielo en cuerpo y alma, no sólo es figura de nuestro destino eterno, sino que también es “estrella de esperanza cierta para el pueblo que todavía peregrina en la tierra”. Qué bella definición de María, “estrella de esperanza cierta”. Así mirémosla desde nuestra peregrinación en la tierra, desde nuestros caminos polvorientos o lodosos del mundo, desde nuestras tribulaciones concretas de la vida, hacia María, esperanza cierta.

EL SERVICIO

Hermanos, yo quiero sacar una enseñanza de este dogma más concreta todavía, y es que María y la Iglesia que peregrina, están presentando un servicio. Y quiero recalcar esta palabra, porque vamos a ordenar un diácono. “Diácono” es derivado de “diaconía”, que quiere decir servicio. Cuando el cristianismo primitivo iba creciendo ya mucho, y los apóstoles no alcanzaban al servicio de aquel pueblo naciente y creciente, el pueblo de Dios eligió siete hombre virtuosos para presentarlos a los apóstoles y que les impusieran las manos y viniera el Espíritu Santo sobre ellos, para ser colaboradores íntimos de los apóstoles, servidores, diáconos.

Los primeros siete diáconos constan en la Biblia. De allí quedó establecido ese orden de colaboración, que ahora en nuestros días vuelve a recobrar toda su actualidad, cuando se necesitan tantos brazos porque la mies es mucha y los obreros son pocos, cuando nos persiguen y nos echan a los sacerdotes, cuando se quedan comunidades sin la dirección sacerdotal. Necesitamos de hombres virtuosos, preparados para entregarse por completo al servicio de la Iglesia; reciban el Espíritu de Dios, y vengan a prestar y dar a la Iglesia esa característica tan suya: servir.

Recuerdo cuando el Papa Pablo VI llegó a las Naciones Unidas y en medio de aquella asamblea de hombres de grandes potencias del mundo, les dice: “Ustedes que en esta sala están acostumbrados a resolver grandes problemas, yo no les traigo más que una súplica, que me den el permiso de servirles. La Iglesia está en medio de los pueblos que ustedes representan como una servidora”. Esta es la Iglesia una servidora ¿Y en qué manera sirve? Sirve como María, asunta al cielo, está sirviendo a la humanidad, porque María y la Iglesia no se pueden separar.

EL DESTINO DEL HOMBRE

¿Cómo sirve María? En primer lugar, indicándoles a los hombres su destino eterno y, por eso, desde esa luz de los cielos, iluminar la dignidad del hombre, los derechos del hombre, y por eso se aferra con tanto empeño en defender la dignidad, la libertad, los derechos del hombre, porque sabe que ese hombre no debe ser un juguete de la tierra, sino que está destinado como María al reino de los cielos, que es un hijo de Dios que peregrina en esta tierra pero que su destino no es esta tierra. Y ése es el gran servicio de la Iglesia, en primer lugar, como María en cuerpo y alma en el cielo, decirles a todos los espíritus y a todos los cuerpos el alto destino de la humanidad.

En este día este es el mensaje de la Iglesia al mundo, presentar a una Virgen, un cuerpo de mujer subiendo al cielo en la belleza de una feminidad consumada por la belleza de Dios, para decirles a todas las mujeres y a todos los hombres qué alto destino el del cuerpo humano.

ESPERANZA CIERTA

¿En qué otra forma sirve María y la Iglesia? María se inclina sobre la esperanza de los hombres, para decirles que su esperanza es cierta, que si ella, hija de esta tierra, ha sido asumida por Dios y colocada en un trono en el cielo, es posible que toda carne humana también viva esa esperanza. Y entonces en el mundo que peregrina, esa esperanza hacia el hombre, que sea firme en sus propósitos, que en medio de las persecuciones no se desanime. Yo quiero agradecer, hermanos, en esta ocasión y a través de la radio, a cuántos me han escrito sus bonitas cartas, que son una inspiración de esperanza. Dicen que la Iglesia les mantiene su esperanza. Esta es la confesión bella del hombre que sufre, del hogar perseguido, de la comunidad que encuentra la razón de su predicación en una esperanza cierta que la Iglesia transmite, porque María se la trasmite a esa Iglesia. Y María y la Iglesia saben que esa esperanza viene de la redención de Cristo, porque María no ha subido al cielo por sus propios méritos, como la Iglesia tampoco trabaja por sus propias fuerzas. Es que tanto la Iglesia como María no son más que los instrumentos, los reflejos bellísimos, de la redención de Cristo.

María subida en cuerpo y alma a los cielos está proclamando que la última enemiga en ser vencida, como dice San Pablo, es la muerte; y que si en María ya quedó vencida la muerte para ser asumida en la victoria del cielo, también en todos nosotros, la esperanza, aún cuando la muerte apaga la vida, siempre queda palpitando en el sepulcro, porque se apoya en el Espíritu de Dios, que nos ha hecho inmortales y nos hará resurgir de nuestros sepulcros.

HIJOS DE DIOS

Finalmente, la Iglesia como María sirven a la humanidad, sintiendo que en cada hombre y en cada mujer hay un hijo de Dios, un hermano al que atender. Y María no se cansa de ejercer esa protección, esa mano tendida de madre y de reina para conducirnos en el camino del cielo, en el camino del deber. Y ésto está haciendo la Iglesia en la tierra también, animado a los hombres para que cumplan su deber, para que salgan del pecado, para que sepan vivir la verdadera dignidad de los hijos de Dios. Y los protege hasta donde alcanzan sus méritos aquí en la tierra; y María en su cielo, que es todopoderosa por su oración, los protege.

Levantamos nuestra mirada hacia María en este día, hermanos y desde una Iglesia, hermana gemela de María, nosotros confiamos en esa Virgen poderosa que reina y vive en el cielo en cuerpo y alma y se hace sentir a través de una Iglesia peregrina en la tierra, con todo el encanto de una princesa que camina hacia su reino, en espera de la revelación de su grandeza. Por eso la institución Iglesia, formada de Papa, Obispos, Sacerdotes, Diáconos y demás ministerios laicales, religiosas, catequistas, celebradores de la palabra (somos la Iglesia institución) no nos desanimemos; al contrario, sintamos que esta armadura de Dios en el mundo lleva el espíritu inmortal de María. Sembremos mucho esa devoción a la Virgen.

Querido diácono, vamos a imponer las manos y vamos a ver en tí una imagen de la Iglesia servidora, el diácono. Ojalá que tú comprendas que toda tu teología, todos tus estudios, la belleza de tu vocación significa llevar al mundo el rostro de esa Iglesia que sirve, que ama y que espera. Vamos a trasmitirte pues, a través de nuestra autoridad episcopal, esos poderes que los apóstoles trasmitieron a los primeros siete compañeros tuyos, que se han ido multiplicando a lo largo de la historia y han escrito páginas bellísimas de la Iglesia: los diáconos, a los cuales te vamos ya a incorporar.

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El mensaje del profeta

20º Domingo del Tiempo Ordinario

14 de Agosto de 1977

Lecturas:
Jeremías 38, 4-6, 8-10
Hebreos 12, 1-4
Lucas 12, 49-53

MARCO DE LA HOMILIA:

…participarles las preocupaciones, alegrías y esperanzas de la diócesis y compartiendo también los problemas de todos ustedes, iluminará sobre toda esta realidad de nuestra historia, la palabra de Dios, el verdadero camino que hemos de seguir.

Mañana es el gran día de la Asunción en cuerpo y alma de María a los cielos. Esta marcha triunfante de María después de una vida entregada a Dios es todo un mensaje. Procuremos, si tenemos tiempo, asistir a la santa misa, o por lo menos en nuestros hogares reflexionar en esa madre nuestra, que al escalar los cielos, se constituye en reina del universo; sin embargo, siempre tiene sus ojos bien encarnados en esta tierra, le preocupa nuestra vida y por tanto, pues es un motivo de gran confianza y de esperanza: María coronada en el cielo, como premio de sus virtudes.

A las 11 de la mañana tendremos aquí una misa en la cual va ser ordenado de diácono un joven que ha terminado ya sus estudios teológicos, Jorge Benavides. Queremos, con este motivo de la fiesta de la Asunción, felicitar a los católicos de la parroquia de Mejicanos que la celebran por patrona y a la congregación de las religiosas de la Asunción, que también sienten su fiesta principal el 15 de agosto.

Quiero comunicarles también, para encomendar a sus oraciones, que martes, miércoles y jueves de esta próxima semana los sacerdotes y las religiosas dedicadas a los trabajos directos de la pastoral en los pueblos, nos vamos a reunir para estudiar un documento que yo quisiera que todos lo conocieran, escrito por el Papa Paulo VI. Se llama, según los documentos eclesiásticos, toman su nombre de las dos primeras palabras latinas, la lengua oficial de la Iglesia. Escribe estos documentos en latín, luego se traducen a todos los idiomas; pero el nombre de ese documento sigue llamándose según sus dos palabras primeras. Este se llama Evangelii Nuntiandi y trata de la evangelización del mundo actual. Es una recopilación que el Papa hizo de una gran consulta hecha en 1974 a todos los episcopados del mundo, preocupada la Iglesia de llevar su eterno mensaje al hombre de hoy, tan complicado, tan difícil. Y nosotros pues recogiendo esas pautas tan sabias del episcopado del mundo y sobre todo del maestro supremo de la Iglesia, el Papa, vamos a profundizar para que nuestra evangelización en la arquidiócesis corresponda a toda esa serie de iniciativas maravillosas. Esperamos pues, que todos lo sacerdotes y religiosas dedicadas a la pastoral directa vamos a unificar nuestros criterios, a exponer nuestras dificultades y para que no se sientan en la diócesis como dos Iglesias. Así dá la impresión a veces de ciertas personas que critican las actitudes, los criterios del Arzobispo y de los sacerdotes que están con él, como si ellos formaran otra Iglesia, capaz de criticar a la Iglesia jerárquica. No es tiempo de estas desuniones. Es tiempo de dialogar, y aquí están estos tres días para que dialoguemos a fondo. En aquellas cosas en que no están de acuerdo, veamos si estamos equivocados. No se trata de imponer ningún capricho, sino de realizar nuestra gran tarea evangelizadora con unos criterios que, aunque no le gusten al mundo, le gustan a Dios y a las almas que quieren ser fieles al plan de Dios.

Quiero anunciarles también con alegría que en esta próxima semana, si Dios quiere, voy a tener ya editada la pastoral que les anuncié el 6 de agosto y que trata de la Iglesia como cuerpo de Cristo en la historia, es decir que la Iglesia de cada tiempo no hace más que hacer lo que haría Cristo en este tiempo; si Cristo fuera salvadoreño en 1977, ¿qué haría? Esa es la pregunta de la Iglesia, y eso hace la Iglesia.

También quiero transmitir la inquietud de varias comunidades cristianas, que están denunciando y demostrando su solidaridad con la catequista Filomena Portillo Puerta, joven de 21 años, que fue capturada el 30 de julio en Ciudad Delgado y apareció muerta allá por Tejutla en Chalatenango. ¿Qué pasa? ¿Están mejorando las cosas o siguen lo mismo? Porque también un catequista del Padre Salvador Colorado, en Ciudad Delgado, fue capturado y torturado, y amenazado de muerte junto con el Padre Colorado, el cual ha tenido, pues, una crisis nerviosa que está tratando de curar. Esta es persecución también.

Se piden noticias de encarcelados, de desaparecidos; y la Iglesia, que no puede menos que mostrarse solidaria con los derechos humanos, con los sufrimientos de los hogares que ven desaparecer su gente, no puede tener confianza mientras no se hable con hechos un ambiente mayor de confianza. También les anuncio la publicación, ya está en circulación, de los documentos de Medellín, que es un esfuerzo de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas para poner al alcance de nuestro pueblo esos documentos que ningún católico de hoy debe desconocer. Es una lástima que muchos están conociendo esos documentos a través de anteojos falsos; vidrios que distorsionan son esas publicaciones tendenciosas, dispuestas a que el mundo crea que la Iglesia es marxista, y muchos no conocen los documentos de Medellín, más que a través de esas columnas venenosas.

Por favor, yo creo que ya contamos con católicos maduros en su criterio y no porque están impresos en periódicos o porque se ven en televisión o en radio, se cree que son dogmas de fe. Vayan a las fuentes. Usen su sentido crítico de las cosas. Cuando lean en un periódico, aunque sea en páginas editoriales, tienen ustedes su criterio para decir: eso es mentira; eso ya se ve que tiene sus tendencias. Así es como se va mostrando la madurez de juicio del hombre que lee y va al cine. Ninguna película sería mala si el que va al cine tiene criterio propio y sabe condenar la inmoralidad, todo lo que es censurable. No necesita que le digan: permitido para tal edad. Su criterio es la edad principal. Y así, pues, se trata de que estos documentos de Medellín, hay que conocerlos en su propia fuente. Ya están a la mano esas fuentes. Yo supliqué que trajeran a la Catedral hoy. Supongo que al final de la misa estarán disponibles; y si no, pues, búsquenlos en las librerías católicas, en las oficinas del Arzobispado.

Y otros hechos de violencia, hermanos, que han sucedido en estos días, la Iglesia no puede aceptar la violencia de ninguna forma, tanto esos crímenes y esas capturas y esas torturas son hechos de violencias como también una bomba que estalla en San Salvador, como también el secuestro del Dr. Carlos Emilio Alvarez. Ninguna de esas de cosas pueden ser aprobadas por la Iglesia. La violencia es inhumana. No construye. Destruye, destruye sobre todo las esperanzas de mejorar. Yo suplico pues con toda la autoridad que la Iglesia me dá, ante mi querido pueblo, que pensemos con Dios, el Dios de paz, el Dios que nos ama, el Dios que a los mismos pecadores perdona si ellos se arrepienten.

Una de las cartas más bonitas que llegan en esta semana es aquella que dice: “Lo que más me admira de la Iglesia de estos días es que, a pesar de haber sufrido tantos atropellos y hasta asesinatos, nunca se le ha oído una palabra de odio ni de venganza, sino siempre una palabra de amor y de conversión”. ¡Qué bien captan las almas humildes las intenciones de la Iglesia! Y yo me alegro de que así se sienta, mientras que otros siguen tercos en acusar a la Iglesia de violenta y que es causa de los males. Los que escuchan sin perjuicios, sin intereses egoístas, escuchan el verdadero lenguaje de la Iglesia: No a la violencia; un llamamiento a la conversión de los pecadores, como dije aquí el día de las exequias del Padre Grande, “¿Quién sabe si los asesinos de esta víctima me están escuchando por radio? Sepan que no los odiamos, que pedimos a Dios que se arrepientan” y vengan con nosotros un día a recibir el pan que Dios dá con un beso de amor, aun a los pecadores, aun a los asesinos. Qué alegría sentiría la Iglesia el día en que todos los que han escrito o pagado escritos o usado armas, a humillar pueblos, o torturando gente con un sentido tan brutal de la vida, se convirtieran, vieran que eso no puede ser y volvieran arrepentidos a pedirle perdón a Dios, que todavía los está esperando. Desde luego que Dios les dá vida a los pecadores; es porque está esperando. Ojalá, queridos amigos que me están escuchando (tal vez humillados de lo que han hecho, porque la violencia nunca es un orgullo, y el que golpea a otro hombre siempre siente la vergüenza; él está más humillado que el mismo golpeado) sientan de veras que eso es vergonzoso, sobre todo en un país que se llama civilizado y que si deberas le queremos dar un rostro bello a nuestra patria, lavémosla en la conciencia íntima sobre todo de los que son culpables, causantes, patrocinadores, tolerantes, alcahuetes, de esta situación que no puede seguir.

EL SECRETO DE LA FELICIDAD

Y aquí estamos ya en la palabra de Dios, queridos hermanos. Yo encuentro en el mensaje del profeta Jeremías y de la carta a los Hebreos, y sobre todo en las divinas palabras de Cristo en su evangelio, el secreto de la felicidad. Tal vez a algunos les ha sorprendido cómo Cristo se presenta hoy precisamente diciendo: “¿Piensan ustedes que he venido a traer al mundo la paz?” No, sino división”. No vayan a decir que Cristo está predicando la violencia. Sí está predicando la violencia, pero la verdadera violencia que necesita la paz verdadera. “No piensen que he venido a traer una paz superficial”. Este es el primer punto de este mensaje de hoy. ¿En qué consiste, pues, la paz? La paz consiste en la sintonía con el plan de Dios. Cuando una vida, una familia, un pueblo está en sintonía con la voluntad de Dios, allí hay paz verdadera. La paz verdadera -y en mi pastoral quiero recalcar este concepto- es cuando la historia de los hombres refleja fielmente la historia de la salvación. No hay dos historias. La historia de los hombres, de cada hombre y de todos los hombres que forman una patria, esa historia no está separada de la historia de la salvación, del designio de Dios. Es como un proyecto que Dios tiene, como el proyecto que presenta un arquitecto para construir un edificio. Mientras se va construyendo sobre esas líneas arquitectónicas, el edificio va construyéndose sólidamente. Pero si a un maestro de obras, a unos peones, se les ocurre abrir los zanjos por otra parte, clavar vigas por otra parte, hacer a su capricho la construcción, pues el designio del arquitecto está fracasado. Y así decimos que Dios también, su historia de salvación, su proyecto sobre los hombres, se echa a perder cuando los hombres quieren construir el mundo según sus caprichos, según sus egoísmos y no según el proyecto de Dios.

La paz consistirá, entonces, en saber qué quiere Dios de esta sociedad, qué quiere Dios de mi vida, qué quiere Dios de la República. Y eso debían de estar viendo los gobernantes y todos los constructores, y los que pueden cambiar los destinos de la patria, con su dinero, con su capacidad política, con su técnica, no fiarse de sus caprichos. Como buenos constructores debían de estar extendiendo continuamente el plan arquitectónico de esta patria y construir sobre esas líneas. Entonces hay paz. Lo demás es como dice el Concilio: Paz no es ausencia de guerra. Paz no es equilibrio de dos fuerzas que están en pleito. Paz sobre todo no es el signo de muerte bajo la represión cuando no se puede hablar, paz de los cementerios. La verdadera paz es aquella que se basa en la justicia, en la equidad, en el plan de Dios que nos ha creado a su imagen y semejanza, y nos ha dado a todos los hombres la capacidad de construir al bien común de la República. No es un pequeño grupo el que Dios ha escogido, sino a todos los salvadoreños. Todos tenemos derecho a participar en nuestro propio destino, en nuestro propio bien común. No cabe entonces ninguna exclusión. Es derecho humano.

POR QUE LA DIVISION

Cuando se construye así la historia -qué hermoso- coincide con la historia de la salvación; hay paz. Pero ésto es muy profundo y no todos lo comprenden, y por eso, dice Cristo, que lo que va a surgir inmediatamente ante esta doctrina es la división. En una familia de cinco, dice Cristo, dos estarán contra tres y tres contra dos. Y hasta lo más íntimo: una hija con su madre no estará de acuerdo, porque una comprende y la otra quiere una paz ficticia; y en una sociedad sí, habrá división, mientras haya quienes tercos a su modo de pensar caprichoso, quieren construir una paz sobre bases de injusticias, sobre egoísmos, sobre represiones, sobre atropellos de los derechos. Así no se construye la paz. Habrá una paz ficticia, una paz que no es la que Cristo dá. “Mi paz os doy” -dijo Cristo resucitado- pero no como la dá el mundo. El mundo es un falso irenismo, se llama así esa apariencia de paz, cuando nos damos la mano y sabemos que no estamos de acuerdo en sus ideas. Por eso, antiguamente había sanción social, y dicen que la gente que llegaba a un casino tenía tanto sentido de su nobleza que, si llegaba un asesino o un ladrón, aunque aparentemente fuera un gran Señor, no se le daba la mano, porque el estrechar la mano es señal de que estamos de acuerdo plenamente. Ojalá resurgiera ese sentido noble de la sanción social y reclamáramos a aquéllos que no están de acuerdo con los proyectos de Dios. Respetarles su modo de pensar, pero saber que no está construyendo la verdadera paz.

Y aquí era donde chocaban: el papel de los profetas. La segunda consideración de esta homilía podía ser el personaje de la primera lectura, Jeremías, y el personaje central de la segunda lectura, Jesucristo. Jeremías fue una de las figuras más bella que presagiaron a Cristo en su misión, porque como Cristo, por predicar la paz verdadera, que va muchas veces contra los caprichos y los egoísmos de los hombres, muere crucificado en una cruz; el profeta Jeremías fue un varón de Dolores también. Por cerca de cincuenta años su misión profética no fue más que sufrimiento y pena. El colmo fue éste que hemos leído en la lectura de hoy. Sus enemigos lograron arrancar del rey la autorización para echarlo en una cisterna, en un pozo. Sólo que vino otro influyente de aquel rey débil, Sedecías, y arranca la autorización contraria. “Sácalo pues de la fosa”, y Jeremías, que confía en Dios, salva su vida.

EL PROFETA ANUNCIA EL PROYECTO DE DIOS

Yo les recomendaría, hermanos, a los que les gusta leer la Biblia, que leyeran en esta semana el libro de Jeremías. ¡Qué interesante! Pero, sobre todo léanlo en sus contornos históricos. Había sido feliz un poco, porque en el reinado de Josías, caminaban bastante de acuerdo el profeta y el rey, porque trataban de restituir la verdadera figura de Dios en el pueblo de Dios. Era el deber del rey; y el profeta, cuando en el rey miraba la buena voluntad y la actitud de hechos para defender los derechos de Dios, lo aprobaba, estaba con él.

La Iglesia no está peleando con el gobierno. Unicamente le está diciendo que, como el rey Josías, mire hacia Dios y haga lo que Dios quiere. Este es el papel de los profetas del Antiguo y del Nuevo Testamento; anunciar el proyecto de Dios. Y cuando los hombres lo aceptan, no hay conflictos. Hay alegría. Y el profeta Jeremías tenía esperanza de que así iba a ser siempre. Pero cuando muere el rey Josías y es elegido el rey Joaquín y después Sedecías, que aparece en la lectura de hoy, comenzaron los conflictos, porque reyes complacientes con la idolatría, a la que tendía ese pueblo, permitieron que el pueblo se fuera prostituyendo. Se alejaba de Dios, adoraba a los falsos dioses -también los sacerdotes del templo- porque entonces el profetismo no coincidía con el sacerdocio y los profetas podían reclamar a los sacerdotes también su servilismo o su religión demasiado segura: “No se fíen de que tienen el templo de Dios; si no hacen una conducta más digna de la voluntad de Dios, están ofendiendo a su Señor y este templo será destruido, y los ejércitos de Babilonia vendrán y destruirán a Jerusalén y se llevarán deportados por segunda vez a los dirigentes del pueblo”. Y ésto es lo que molestaba a los idólatras, que un hombre quisiera purificar la historia de Dios en el pueblo. Y el profeta Jeremías no podía decir otra palabra. El profeta tiene que ser molesto a la sociedad cuando la sociedad no está con Dios. Y el profeta le reclama. Y así fue como Jeremías se malquistó la voluntad. No lo querían. Han escuchado hoy en la primera lectura las acusaciones: “Muera ese Jeremías; está desmoralizando a los soldados y a todo el pueblo con esos discursos. Ese hombre no busca el bien del pueblo, sino su desgracia”. Ven como las acusaciones contra los profetas de todos los tiempos son las mismas. Cuando molesta la conciencia egoísta o la que no está construyendo el plan de Dios, es un molesto y hay que eliminarlo, asesinarlo, tirarlo a las fosas, perseguirlo, no dejarlo decir esa palabra que molesta. Pero, el profeta no podía decirle otra cosa; y muchas veces el profeta Jeremías en su oración, lean la Biblia, cómo le pide a Dios: “Señor, quítame esta cruz. Yo no quiero ser profeta. Siento que me queman las entrañas, porque tengo que decir cosas que ni a mí me gustan”.

LOS PROFETAS LLAMAN A CONVERSION

Y es, hermanos, siempre lo mismo, denunciar el pecado de la sociedad, llamar a la conversión, lo que está haciendo hoy la Iglesia en San Salvador, denunciar todo aquello que quiere entronizar el pecado en la historia de El Salvador y llamar a los pecadores a la conversión, lo mismo que hacía Jeremías: “Conviértanse; que si no, ese templo en el cual confían, se va a derrumbar. Conviértanse, porque vienen ya los ejércitos del norte y nos van a llevar deportados”. Y era una situación política. Palestina entonces quiso acudir a Egipto para apoyarse en él. Pero Dios tenía el designio. Qué terrible designio de Dios cuando los pueblos no quieren obedecer por las buenas. Hay hombres tristemente célebres en la historia de los pueblos, escogidos por Dios para ser azotes de la sociedad. Será lo que nos está pasando a nosotros, hombres azotes, hombres capataces. Dios los necesita, por desgracia, porque el pueblo no quiere convertirse por las buenas. Pero Dios espera, y el profeta espera, que en la conversión puede venir otra vez la felicidad. Y aún cuando sabe que vendrá la desgracia, y vino la desgracia, destruyeron el templo. Sus muros todavía están allí como testimonio.

Ahora que los Israelitas son dueños de Jerusalén, vuelven los judíos de todas partes del mundo a llorar sobre aquellos muros de Jerusalén; porque ahí, recuerda esta página de Jeremías, el pueblo no quiso obedecer y tuvo que perecer y fue llevado deportado a Babilonia, humillado bajo extranjeros por su propia culpa, por su pecado social, por su idolatría, por el poco cumplimiento del deber de sus autoridades, que no lo quisieron llamar al orden. Por su pecado de injusticia social, que ya entonces también Jeremías denunciaba, por la seguridad religiosa que muchos ponían en sus viejas tradiciones sin innovarlas, sin fijarse en la voluntad de Dios, hasta los sacerdotes fueron deportados, porque también ellos fueron serviles y anunciaban palabras halagüeñas al rey, al ejército, al pueblo que quería seguir en sus idolatrías.

Y Dios castiga también a los sacerdotes cuando no cumplen su deber. Nosotros hemos dicho que esta denuncia del pecado abarca también a los sacerdotes; nosotros también tenemos nuestros pecados y pedimos perdón a Dios. En mi pastoral digo que si la Iglesia ha llegado a comprender hoy mejor al mundo, es para cuestionar al mundo de sus pecados, pero también para dejarse cuestionar ella, la Iglesia, de una propios pecados eclesiástico. También somos hombres y podemos pecar y tenemos necesidad de conversión, porque no es para nosotros que llamamos a la gente, sino para Dios, y nosotros también tenemos que convertirnos a Dios. Es el plan de Dios que talvez lo podemos estorbar nosotros mismos, obispos y sacerdotes. Es una corrección universal la que el Reino de Dios pide a su Iglesia y a su mundo.

LOS PROFETAS ANUNCIAN ESPERANZA TAMBIEN

Pero hay una esperanza, y aquí termina mi humilde palabra, comentando esta palabra de hoy. Los profetas anunciaban desgracias, que llegaron; pero anunciaban también una esperanza. En medio de sus lamentaciones, Jeremías anuncia que ese pueblo, ya corregido, volverá; y hasta dice una cosa muy bella fíjense los perseguidos. Ponía sus esperanzas precisamente en los expatriados, en los deportados, ese resto de Israel que dejaba también unos ejemplares en Palestina, hombres fieles que atendían su palabra. Son la esperanza de que este mensaje no está cayendo en el vacío. Yo siento, hermano, una gran esperanza, porque sé que esta palabra de la homilía dominical llega a muchos corazones. Ojalá que todos la vean con la intención con que yo la pronuncio, una denuncia de pecado, que la Iglesia no lo puede tolerar, aunque sea en sus mismos miembros de Iglesia, y un llamado a la conversión del pecado: sacerdotes, religiosos, religiosas, colegios católicos, instituciones de la Iglesia, asociaciones piadosas, todos, comenzando por el Arzobispo, tenemos que revisar a fondo nuestras vidas, a ver si están conforme a la voluntad de Dios, para luego hacer frente al mundo, también como Jeremías, el testimonio de una santidad que reclama con su propia vida, cómo se debe de vivir aun cuando venga por ese modo de vivir todos los ultrajes.

Yo felicito a todos esos catequistas, predicadores de la palabra de Dios, que, a pesar de la persecución, se mantienen fieles, como Jeremías. Hay una esperanza, y Jeremías la manifestó con un gesto, como lo hacían los profetas, que no sólo hablaban con palabras sino con gestos.

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