Home Su Pensamiento Semanario Orientación Nº. 4092 Pág. 2 MONSEÑOR ROMERO COMENTA

Nº. 4092 Pág. 2 MONSEÑOR ROMERO COMENTA

Yo también fui Peregrino de la Virgen de la Paz
El Señor Obispo de Santiago de María y yo hicimos también nuestra romería en honor de Nuestra Señora de la Paz, Patrona de El Salvador.

La Catedral Basílica de San Miguel es, en estos días de noviembre, la sede de este obligado encuentro filial de los salvadoreños con aquella histórica imagen que se ha convertido en un signo nacional de la presencia de María enmedio de nuestro pueblo.

Desde tiempos muy remotos e imprecisos son pobladores de “San Miguel el grande” le dieron el sugestivo nombre de Virgen de la Paz o el más característico de “La Reina” y la adornaron de historia, leyendas, milagros y devoción tan acendradas y venerables que los primeros obispos de aquella Diócesis las pudieron presentar como argumentos decisivos a los Papas Benedicto XV y Pablo VI para obtener los títulos que oficializaron en nuestra liturgia el cariño popular: coronación canónica, el 21 de noviembre de 1921, título de Patrona Principal de la Ciudad y de la Diócesis en 1920 y de toda la Nación el 21 de noviembre de 1966 cuando también se confirió a su Iglesia migueleña la categoría de Basílica menor.

Nuestra visita a la Virgen de la Paz tuvo el carácter de una sabrosa intimidad espiritual. Pero un grupo de amigos que se dieron cuenta de nuestra llegada, nos esperaban con la hospitalidad tan propia de los migueleños. Y con ellos y demás peregrinos que oraban a los pues de la imagen venerable, formamos la familia congregada en torno del altar para celebrar la “misa propia de Nuestra Señora de la Paz”. Esta Misa ilumina, en su liturgia de la Palabra, la figura profética de Judith en el momento en que el pueblo la alaba como salvadora y gloria de Betulia; y destaca el Evangelio de la anunciación que exalta el momento cumbre de la vocación de María para ser la Madre del Redentor Divino.
La homilía se refirió al papel de la virgen enmedio del Pueblo de Dios he hizo un llamamiento a vivir como Ella, poniendo al servicio de la Iglesia la vida y los dones que el Señor le dio. La Iglesia está compuesta de servicio jerárquico, es, sin embargo, modelo de servicio y fuente de inspiración y protección para quienes ejercemos la difícil responsabilidad jerárquica. En cambio María -Madre y modelo la Iglesia- es como la expresión más densa y completa de los dones carismáticos con que Dios ha enriquecido a todo su Pueblo. Por eso estábamos allí obispos y pueblo Jerarquía y carisma con los ojos y el corazón clavados en la Madre de la Iglesia, amándola con corazón de niños y agradeciéndole e implorándole su intercesión para realizar nuestro servicio jerárquico y hacer fructificar nuestros propios carismas en un sincero afán de construir la auténtica Iglesia del Señor.

Monseñor Rivera precisó, en su intervención, que esta construcción de la verdadera Iglesia solo será posible y creíble si los cristianos tratamos de imitar a María en su valiente y decidida colaboración con Cristo por destruir el pecado y combatir las injusticias del mundo para que reine en nuestra sociedad del amor, la justicia y la paz.

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