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Primera Carta Pastoral – Iglesia de la Pascua

A mis hermanos y hermanas,

El Señor Obispo Auxiliar,
Los Presbíteros,
Los Religiosos,
Las Religiosas
Y al Laicado de la
Arquidiócesis de San Salvador.

Para ustedes y para todos los hombres de buena voluntad, el saludo pascual de Jesús, LA PAZ SEA CON USTEDES.

La Hora del Relevo.

El 22 de febrero, fiesta de la Cátedra de San Pedro, vivió la Arquidiócesis de San Salvador esa hora misteriosa de la “sucesión apostólica” que caracteriza el aspecto humano e histórico de la divina y eterna Iglesia de Jesús. Esta historia comenzó el 28 de septiembre de 1842, cuando San Salvador fue erigida por el Papa Gregorio XVI diócesis sufragánea de Guatemala. En esa nueva sede se sucedieron cuatro obispos hasta el 11 de febrero de 1913 fecha en que san Pío X, Padre de nuestra Provincia Eclesiástica, elevó nuestra Sede a categoría de Metropolitana en la que se han sucedido tres relevantes figuras de la jerarquía salvadoreña.

Las bueneméritas y cansadas manos de Monseñor Luis Chávez y González que, durante 38 años de nuestra agitada historia, rigieron, con tanto cierto, la nave de esta Iglesia particular, entregaban a este nuevo sucesor de los apóstoles el delicado gobernalle que, desde entonces, empuñé con el respeto y delicadeza de quien siente que ha recibido una herencia de incalculable valor para continuar llevándola y cultivándola a través de nuevos y difíciles horizontes.

La historia eclesiástica salvadoreña sabrá evaluar las maravillosa labor de mi venerado Antecesor, en esos 38 años de una pastoral que Dios ha bendecido con tanta abundancia de vida eclesial. El Seminario, las vocaciones, los sacerdotes, las comunidades religiosas, los colegios, las escuelas, la catequesis, las organizaciones e iniciativas de promoción, un luminoso magisterio de cartas pastorales, etc. Son capítulos de esa fecunda historia avalada por el testimonio personal de una vida santa que siempre marchó fiel por la ruta de su vocación sacerdotal. Los cobardes embates de la calumnia ante esta roca de autenticidad y méritos sólo han logrado embellecerla más como se embellece las del mar con la furia espumante de las olas.

Una Hora Pascual.

Si yo buscara un calificativo apropiado para designar esta hora de relevo apostólico de la Arquidiócesis, no dudaría en llamarla una hora pascual.

Sí. Estamos pasando por una bellísima hora de Pascua que coincide con la Pascua de nuestro Año Litúrgico. Sólo el espíritu de un Cristo Resucitado que vive y construye la Iglesia a través del tiempo, puede explicar esa fecunda herencia que nos entrega el venerado Arzobispo antecesor. Sólo el impulso divino del Espíritu de la Pascua puede ser la explicación de este inesperado comienzo de mi servicio jerárquico en la Arquidiócesis. Jamás imaginé un pórtico tan bello para mi ingreso de pastor en esta iglesia del Divino Salvador. El ministerio de la pascua y de la Iglesia que siempre embelesaron mi espíritu cristiano, se me ha hecho, en las circunstancias especiales de esta Cuaresma, una rica vivencia, no sólo de carácter individual, sino vivida desde mi situación de pastor en comunión con toda la Iglesia: en diálogo de común responsabilidad con todo el querido Presbiterio, en participación intensa de preocupación y plegaria con las comunidades y los fieles, y compartida en comunión de Iglesia Universal con la simpatía y solidaridad de muchos hermanos Obispos y Diócesis y, sobre todo, con el Sucesor de San Pedro que, una vez más, cumplió conmigo, en mi reciente viaje a Roma, el encargo carismático de Cristo: “confirma a tus hermanos” (Lc. 22,32).

Un Saludo de Pascua.

Todo esto impone el tema y el estilo pascuales de mi primer carta pastoral dirigida a toda mi Arquidiócesis. Es la carta de mi presentación y de mi primer saludo, que, con un aire de optimismo y esperanza cristiana, quiere expresar:

– Ante todo, a mis hermanos y amigos que integran el Presbiterio de la Arquidiócesis, mi ofrecimiento y mi esperanza de mutuo diálogo y colaboración en servicio del pueblo de Dios que juntos tenemos que evangelizar, santificar y gobernar;
– A las ejemplares comunidades de Religiosos y Religiosas, mi cariño pastoral y mi gratitud por el enriquecimiento de la vida de oración y contemplación y por las múltiples formas de hacer realidad, en medio de nuestro pueblo, la divina misión de la Iglesia;
– Al generoso laicado, toda la ilusión y esperanza que el Concilio Vaticano II ha despertado en el corazón de los Pastores, al promover la vocación secular como un llamamiento a la santidad en el mundo al que deben ordenar según el designio de Dios y hacia una colaboración comprometida con la misión pastoral de la Iglesia;
– Y a todos los hombres que esperan de la Iglesia la respuesta que ilumine sus dudas, sus inquietudes y problemas, la segura promesa de que Dios está tendiendo su mano, desde la Iglesia, “a todos los que busquen con sincero corazón” (Pleg. Euc. n. IV).

Destinatarios especiales de este saludo pascual son también todos mis amigos que, en diversas formas, me expresaron su amable acogida y adhesión a la voluntad del Santo Padre que me designó para esta Sede Metropolitana. Así como también los que compartieron, con múltiples demostraciones de solidaridad, el dolor y la esperanza que provocó el asesinato del inolvidable Padre Rutilio Grande (q.e.p.d.) y otros atentados contra la libertad de la Iglesia.

Hacia un Diálogo Reflexivo.

Y ahora, hermanos y amigos, el saludo y presentación se torna invitación a un diálogo reflexivo. Represento a la Iglesia, la cual siempre está deseosa de dialogar con todos los hombres para comunicarles la verdad y la gracia que Dios le ha confiado a fin de orientar el mundo conforme a sus proyectos divinos. Pongamos este tema en términos pascuales para mantener el estilo de su título: la Iglesia no vive para sí misma, sino para llevar al mundo la verdad y la gracia de la Pascua. He aquí la síntesis de esta carta que sólo quiere presentar, a la luz de esta “hora pascual”, la identidad y la misión de la Iglesia y ofrecer con sinceridad su voluntad de diálogo con todos los hombres:

I. La Pascua, origen y contenido de la Iglesia
II. La Iglesia, Sacramento e instrumento de la Pascua
III. El mundo, destinatario de la verdad y de la gracia de la Pascua

I- LA PASCUA.

¿Qué es la Pascua? ¿Qué es el “Misterio Pascual”? Es sencillamente el acontecimiento de la salvación cristiana mediante la muerte y la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

El Concilio Vaticano II que ha hecho del “Ministerio Pascual” el centro de sus reflexiones sobre la Iglesia y su misión en el mundo, explica: “La Obra de la redención humana y de la perfecta glorificación de Dios, preparada por las maravillas que Dios obra en el pueblo de la Antigua Alianza, Cristo el Señor la realizó principalmente por el misterio pascual de su bienaventurada pasión, resurrección de entre los muertos y gloriosa ascensión. Por este misterio, con su muerte destruyó nuestra muerte y con su resurrección restauró nuestra vida” (S.C. 5).

La Pascua de la Antigua Alianza.

El acontecimiento, pues, de la salvación cristiana, que llamamos “Misterio Pascual”, venía siendo “preparado por las maravillas que Dios obró en el pueblo de la Antigua Alianza”. Por eso, para entender un poco mejor el sentido y el estilo de la redención cristiana, es necesario remontarse a las “maravillas de la Antigua Alianza”. Y es principalmente en el libro del Éxodo donde se nos revela el estilo histórico-salvífico de la redención: Dios salva a Israel, y así será para todos los pueblos, desde su propia historia. También se nos revela allí que esta redención comprende: El rescate de la muerte mediante la protección de la sangre del cordero, mientras el ángel del exterminio “pasaba” cobrando la vida de los progenitores egipcios, comprende también el “paso” de una esclavitud, a través de un mar y un desierto, a una tierra prometida para la libertad y el descanso.

Cada año el pueblo rescatado celebraba aquel “paso”. Pero la celebración de aquella Pascua no era sólo un recuerdo del pasado; era toda una redención que se hacía presente con un profundo sentido litúrgico y sacramental, profético y escatológico, sacrificial y comunitario. Es decir, se vivía de nuevo “las maravillas” del Señor, y por eso se decía a los participantes: “hoy salen ustedes…” y el mismo rito pascual se ejecutaba “a causa de lo que Yahveh hizo por mi cuando yo salí de Egipto” (Ex. 13, 4-8). Era pues una pascua siempre actual. Era un Dios salvador de Israel a través de su propia historia. Se alababan en presente esas maravillas y en presente también se denunciaban los pecados contra la Alianza. Los fracasos e imperfecciones de esa historia no los desanimaban porque la pascua estaba abierta a lo escatológico y, en el esfuerzo por el presente, brillaba la esperanza de una Pascua más perfecta, más allá de la historia, que era la felicidad de un perfecto banquete pascual. El sentido sacifical y comunitario se le daba la inmolación del cordero y la reunión de familia o de grupo que el patriotismo extendía hasta la gran comunidad nacional.

“Cristo Inmolado es Nuestra Pascua”.

Toda esta mística de la pascua de Israel, desembocaba en aquella última pascua de Jesús, para transformarse de figura y preparativo en la realidad de la Pascua cristiana. Sobre la estructura de la vieja pascua, Cristo mismo se constituye en una maravillosa personificación de la Pascua mediante el “paso” por la muerte y la resurrección. “Nuestra Pascua es Cristo inmolado” canta la Iglesia entre los aleluyas de la resurrección. Toda su vida y su obra está marcada con el signo pascual: fue una pascua la “hora” señalada por el Padre para la redención del mundo en Cristo y con qué viva conciencia se acercó Cristo a su “hora pascual”. Su muerte en la cruz fue la inmolación del verdadero Cordero pascual y en una cena pascual Jesús funda la representación memorial eucarística que hará presente en medio de todas las circunstancias humanas la maravilla de su redención.

¿Quién puede medir la potencialidad redentora de este “paso” de la muerte a la resurrección? Si con su muerte queda destruido el imperio del pecado, del infierno y de la muerte, su resurrección que implanta ya en la historia el imperio de la vida eterna, nos ofrece la capacidad para las más audaces transformaciones de la historia y de la vida (Cf. G.S. 22. 38). En la resurrección Dios glorifica a su Hijo (Act. 2, 22 ss, Rom. 8, 11), pone el sello divino sobre el acto de la redención que se inició en la encarnación y consumó en la cruz. La resurrección constituye a Jesús “Hijo de Dios en su Poder” (Rom. 1, 4) “Señor y Cristo” (Act. 2, 36) “Cabeza y Salvador” (Act. 5, 31) “Juez y Señor de los vivos y de los muertos” (Act. 10, 42). “Primogénito de entre los muertos” (Act. 26, 23, Ap. 1, 5) y “Señor de la gloria” (1 Cor. 2, 8) ha entrado, el primero, en un mundo nuevo que es el universo rescatado y tiene poder para ofrecer a los hombre que creen en él, el don del Espíritu Santo (Act. 2, 38).

Porque Pascua es también la venida del Espíritu Santo, “la fuerza de lo alto”, el espíritu de verdad y amor, el abogado y consolador, el espíritu de Dios por el cual los hombres se pueden identificar con Jesús en su victoria sobre el mal y en la renovación de su propia vida. El “Reino de los cielos” no está sólo después de la muerte. Entonces será su consumación perfecta. Pero ya lo inauguró el Resucitado entre los hombres de la historia por el “paso” de la muerte a la resurrección.

En él está Nuestra Esperanza.

Cuando he llamado “hora pascual” a este momento de nuestra Arquidiócesis, pensaba en toda esta exuberante potencialidad de fe, esperanza y amor de Cristo resucitado –viviente y operante- ha provocado en los diversos sectores de nuestra Iglesia particular y aún en sectores y personas que no pertenecen ni participan todavía en nuestra fe pascual. Con emoción de pastor me doy cuenta de que la riqueza espiritual de la Pascual, la herencia máxima de la Iglesia, florece entre nosotros y que ya se está realizando aquí el deseo que los Obispos expresaron en Medellín al hablar a los jóvenes: “que se presente, cada vez más nítido, en América Latina, el rostro de una Iglesia auténticamente pobre, misionera y PASCUAL, desligada de todo poder temporal y audazmente comprometida en la liberación de todo el hombre y de todos los hombres” (Juventud, n. 15).

II- LA IGLESIA, SACRAMENTO DE LA PASCUA.

La Iglesia de Cristo tiene que ser una IGLESIA DE LA PASCUA. Es decir, una Iglesia que nace de la Pascua y vive para ser signo e instrumento de la Pascua en medio del mundo.

La Iglesia Nace de la Pascua.

Los antiguos Padres ya descubrieron, en el relato de la lanzada (Jn. 19, 34), un místico paralelismo entre el nacimiento de la Iglesia del costado de Cristo dormido en la cruz y la formación de Eva del costado de Adán. Es bella también la relación pascual con que San Pablo une el origen de la Iglesia con el sacrificio de Cristo: “Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por Ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua en virtud de la palabra y presentándola resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea Santa e Inmaculada” (Efes. 5, 25-27).

Jesús, que realizó nuestra redención bajo el signo pascual, ha querido prolongarse así también, en un estilo pascual, en la vida de la Iglesia. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo Resucitado, y, por el bautismo todos los miembros que la integran viven esa tensión de pascua, ese “paso” de vida a muerte, el tránsito que nunca termina y que se llama “conversión”, exigencia continua de matar en sí mismo todo lo que es pecado y hacer vivir cada vez con más pujanza todo lo que es vida, renovación, santidad, justicia. El Espíritu Santo comienza a animar esta vida de resurrección en la Iglesia, desde el mismo día de la Resurrección, cuando Jesús “insuflo” el Espíritu re-creador sobre los Apóstoles (Cfr. Jn. 20, 22, Mc. 14, 27). Pentecostés –cincuenta días después de Pascua- sólo es la plenitud de la Pascua. Entonces tiene lugar a la gran efusión carismática para “manifestar” la Iglesia al mundo y autorizar públicamente el testimonio de los Apóstoles. Así Dios urge indefinidamente esta Iglesia, a fin de identificarla con Jesús para que en un mismo Espíritu con El tengan acceso al Padre todos los fieles que la componen (L. G. 4; Cfr. Efes. 2, 18).

En otras palabras, el Cristo de la Pascua se prolonga y vive en la Iglesia de la Pascua. Y no se puede formar parte de esta Iglesia sin ser fiel a ese estilo del “paso” de la muerte a la vida; sin un sincero movimiento de conversión y fidelidad al Señor.

La Iglesia, Signo e Instrumento de la Pascua.

“Del costado de Cristo dormido en la cruz, nació el Sacramento admirable de la Iglesia entera” (S. C. 5), “Sacramento universal de salvación” (L. G. 48), dice bellamente el Concilio Vaticano II, el cual hizo del “Misterio Pascual” el foco central e sus reflexiones acerca de la Iglesia, porque toda la razón de ser de la Iglesia es hacer sensible y operante, en medio de los hombres, el fecundo dinamismo de la muerte y resurrección de su Señor.

Resulta asé el carácter atrayente de una Iglesia que no vive para sí, sino para servir de instrumento a Cristo para la redención de todos los hombres. Y me agrada mucho subrayar este sentido de servicio en una carta que tiene como objeto la presentación de un pastor que quiere vivir y sentir, lo más cerca posible, los sentimientos del Buen Pastor que “no vino a ser servido sino a servir y dar su vida” (Mt. 20, 28).

La Iglesia, nacida de la Pascua para llevar las gracias pascuales a los hombres es descrita así en una de las más profundas síntesis del Concilio Vat. II: “Cristo, el único mediador, instituyó y mantiene continuamente en la tierra a su Iglesia santa, comunidad de fe, esperanza y caridad, como un todo visible, comunicando, mediante ella, la verdad y la gracia a todos” (L. G. 8).

Están aquí los tres elementos que hacen de la Iglesia el “Sacramento universal de la salvación”: la comunidad jerárquica como parte visible del Sacramento; la verdad y la gracia del Redentor como el invisible contenido sacramental. Hacer Iglesia será siempre edificar sobre esos tres cimientos queridos por el mismo Cristo: compactar en la fe, la esperanza y el amor una comunidad en torno del Pastor que hace visible a Cristo; evangelizar esa comunidad con la única verdad de Cristo y desde la comunidad evangelizar al mundo; y vivir y comunicar la gracia pascual que es liberarse del pecado y hacerse participante de la filiación divina que Cristo adquirió con su muerte y resurrección.

O, Explicado con términos de S. S. Pablo VI, en la programática exhortación “Evangelii nuntiandi”: “Aquellos cuya vida se ha transformado, entran en una comunidad, que es en sí misma signo de novedad de vida: la Iglesia Sacramento visible de la salvación. Pero a su vez, la entrada en la comunidad eclesial se expresa a través de muchos otros signos que prolongan y despliegan el signo de la Iglesia. En el dinamismo de la evangelización, aquel que escoge el Evangelio como Palabra que salva lo traduce normalmente en gestos sacramentales: adhesión a la Iglesia, acogida de los sacramentos que manifiestan y sostienen esta adhesión, por la gracia que confieren” (n. 23).

Exigencia de Fidelidad.

Si la predicación de la Iglesia es “Verdad que salva” (Rom. 1, 16) y la Esucaristía y demás sacramentos que administra significan y dan a los hombres la capacidad de hacerse hijos de Dios, es porque “emanan del Misterio pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo” (5. C. 61).

Por eso, si el origen pascual de la Iglesia le exige, de parte de Cristo, una exquisita fidelidad al Señor Resucitado para que sea auténtica su identidad, su servicio como signo e instrumento de la verdad y de la gracia que redimen al mundo desde el Misterio pascual, la obliga, con la exigencia de un mundo necesitado de salvación, a no adulterar en lo más mínimo su magisterio y su ministerio. La función profética, sacerdotal y social que, en nombre de Cristo Resucitado, realiza la Iglesia entre los hombres, debe estar en perfecta sintonía con el sentir de Cristo, hoy más que nunca, cuando el pueblo espera de ella la respuesta del único que puede salvarnos.

III- EL MUNDO, DESTINATARIO DE LA PASCUA

La Iglesia no vive para sí. Su razón de ser es la misma de Jesús: un servicio a Dios para salvar al mundo. Así lo proclamó el Concilio Vaticano II, al escribir sobre la misión de la Iglesia en el mundo actual: “Por solidaridad, respeto y amor a toda la familia humana, el Concilio quiere dialogar con ella acerca de todos los problemas , aclarárselos a la luz del Evangelio y poner a disposición del género humano el poder salvador que la Iglesia, conducida por el Espíritu Santo, ha recibido de su Fundador” (G. S. 5 –G. S. 3).

Y cuando, en agosto-septiembre de 1968, se reunieron en Medellín bajo la autoridad del Papa, los Obispos de América Latina, para concretar este noble servicio de la Iglesia a nuestro Continente, se dieron cuenta que el Espíritu de la Pascua impulsaba urgentemente sobre nuestra Iglesia a un diálogo y a un servicio hacia nuestros pueblos: “Estamos –dijeron- en el umbral de una nueva época histórica de nuestro Continente, llena de un anhelo de emancipación total, de liberación de toda servidumbre, de maduración personal y de integración colectiva” (Introd. 4). Y proclamaron que la Iglesia no podía sentirse indiferente ante “un sordo clamor de millones de hombres, pidiendo a sus pastores una liberación que no les llega de ninguna parte” (Pobreza, 2).

Una Misión Religiosa y Humana.

Estas legítimas aspiraciones de nuestro pueblo que, hoy aquí, se vuelve a nuestra propia Iglesia, como un reto o, mejor, como una interpretación evangélica, por una parte; mientras, por otra parte, una mayor conciencia que la Iglesia va tomando de su propia misión, para no rehuír esta interpelación si no para tener la sabiduría y la fortaleza para decir la palabra y tomar la actitud que Cristo le exige en estas complicadas circunstancias, caracteriza esta hora difícil. “Hora –diría el Cardenal Pironio- de cruz y de esperanza, de posibilidades y riesgos, de responsabilidad y compromiso” (Escritos pastorales, Pág. 206); hora, sobre todo, de mucha oración y contemplación para interpretar, desde el mismo corazón de Dios, estas señales de nuestro tiempo para saber prestar el servicio que como Iglesia debemos a estos justos anhelos de nuestros hermanos.

Porque la imagen de nuestra Iglesia no puede ser definitiva desde una perspectiva simplemente política o socioeconómica, pero tampoco desde una perspectiva de indiferencia para los problemas temporales del mundo. “La misión de la Iglesia –citamos nuevamente el Concilio- es esencialmente religiosa, pero por lo mismo profundamente humana” (G. S. 11). Pablo VI explica así la difícil conjugación de estas dos notas de la misión de la Iglesia: religiosa y humana. “Al predicar –dice el Papa- la liberación y el asociarse a aquellos que actúan y sufren por ella, la Iglesia no admite el circunscribir su misión al solo terreno religioso, desinteresándose de los problemas temporales del hombre, sino que reafirma la primicia de su vocación espiritual, rechaza la substitución del anuncio del Reino por la proclamación de las liberaciones humanas y proclama también que su contribución a la liberación no sería completa si descuidara anunciar la salvación de Jesucristo” (Evangelii Nuntiandi, 34). Mientras se tenga en cuenta esta supremacía de la vocación espiritual de la Iglesia y esta prevalencia de la salvación en Jesucristo, el mismo Papa defiende la conexión necesaria entre la auténtica evangelización y la promoción humana –desarrollo, liberación-, porque así lo exigen razones de orden antropológico, teológico y evangélico; porque disociar evangelización y promoción “sería ignorar la doctrina del Evangelio acerca del amor hacia el que sufre o padece necesidad”. Muy encarecidamente les recomiendo el estudio de todo este capítulo III de la citada exhortación para tener ideas claras sobre la liberación que la Iglesia propicia.

Servicio que Exige una Conversión.

Un servicio de la Iglesia de la pascua a las necesidades de nuestro pueblo, debe comenzar, como dijeron los Obispos en Medellín “por un afán de conversión. Hemos visto que nuestro compromiso más urgente es purificarnos en el espíritu del Evangelio todos los miembros e instituciones de la Iglesia Católica” (Mensaje a los pueblos de A. L.).

Y en un sincero análisis de esta confesión, el Cardenal Pironio piensa en estas tres líneas fundamentales:

– Los cristianos no habíamos asimilado profundamente a Jesucristo (conocíamos superficialmente el Evangelio o habíamos estudiado técnicamente a Cristo sin saborearlo en su misterio).
– Divorciamos la fe de la vida (nos contentamos con proclamar la fe o celebrarla en la liturgia, pero sin realizarla en lo concreto del amor y la justicia).
– Por lo mismo, habíamos perdido la sensibilidad cristiana frente a las angustias de los hombres, no supimos iluminar sus esperanzas y nos desentendimos de la construcción positiva de la historia.

Una Iglesia de la Pascua y de Pentecostés debe ser una Iglesia de la conversión, de la vuelta fundamental a Cristo, cuya sencilla transparencia seremos, y a las exigencias radicales del sermón de la montaña” (Escritos Pastorales, Pág. 211).

Una Sana Comparación.

También, desde nuestra identidad de Iglesia, comprendemos que nuestro servicio a los hombres precisamente porque no es de carácter político ni socio-económico, busca un diálogo sincero y una sana cooperación con quienes tienen las responsabilidad es políticas y socio-económicas; y esto no lo hace la Iglesia por competencia técnica ni por buscar privilegios temporales, sino porque también la comunidad política y los intereses del mundo deben tener en cuenta que están al servicio de la vocación personal y social del hombre, vocación “que no se limita al solo horizonte temporal sino que, sujeto de la historia humana, el hombre mantiene íntegra su vocación eterna… Y la Iglesia es signo y salva guardia del carácter trascendente de la persona humana… Por eso, es de justicia que la Iglesia pueda, en todo momento y en todas partes, predicar la fe con auténtica libertad, enseñar su doctrina social, ejercer su misión entre los hombres sin traba alguna y dar su juicio moral, incluso sobre materias referentes al orden político, cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona y salvación de las almas, utilizando todos y sólo aquellos medios que sean conformes al Evangelio y al bien de todos” (G. S. 76).

Es nuevamente el Concilio Vaticano II el que aboga por sana cooperación que no comprometa en nada la libertad y autonomía de la Iglesia, antes bien dispuesta a renunciar a cualquier privilegio cuando se corra el peligro de empañar la de su testimonio. La Iglesia en El Salvador, “por el bien y el amor a su pueblo, siempre ha estado dispuesta a esta cooperación y diálogo con las autoridades del Estado y los poderes económicos-sociales del país; y lo ha agradecido cuando ha contado con ellos así como sufre cuando se empañan estas relaciones, con detrimento y confusión del pueblo, por el mal entendido o la incomprensión de su difícil responsabilidad de defender los derechos de Dios y del hombre. Y la búsqueda de esta comprensión es una de sus esperanzas pascuales, objeto de sus plegarias y una de las metas de su trabajo pastoral, para poder vivir en plenitud la paz que el Resucitado nos entregó y en la que “siempre noble soñó El Salvador”.

CONCLUSIÓN

Queridos hermanos y amigos. Juntos hemos vivido una Cuaresma de vía crucis y viernes santos que florece en esta hora luminosa y esperanzadora de la Pascua de Resurrección. Los que como Obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, sentimos la conciencia de ser Iglesia, depositaria de las fuerzas de salvación de los hombres de Cristo, comprendemos también el reto y los riesgos que esta hora difícil nos lanza. Es el reto de una esperanza del mundo puesta en nuestra Iglesia. Seamos dignos de esta hora y sepamos dar razón de esa esperanza con nuestro testimonio de unidad, de comunión, de autenticidad cristiana y de un trabajo pastoral que, salvando con nitidez la supremacía de la misión religiosa de la Iglesia y de la salvación en Jesucristo, tenga también muy en cuenta las dimensiones humanas del mensaje evangélico y las exigencias históricas de lo religioso y eterno.

Nuestro Divino Salvador no defraudará nuestra esperanza. Pongamos por intercesora a la Reina de la Pas, Patrona Celestial de nuestro pueblo. Madre del Resucitado que Ella ampare a nuestra Iglesia, Sacramento de la Pascua. Que como María, la Iglesia viva ese feliz equilibrio de la Pascua de Jesús que debe marcar el estilo de la verdadera salvación del hombre en Cristo: sentirse “Glorificada ye en los cielos como imagen y principio de la vida futura y al mismo tiempo ser aquí en la tierra luz del peregrinante pueblo de Dios, como signo de esperanza cierta y de consuelo hasta que llegue el día del Señor” (L. G. 68).

Suplico a los queridos Sacerdotes, Religiosos, Religiosas, Catequistas, Colegio y Escuelas Católicas y demás agentes de nuestra pastoral, estudiar, durante todo el tiempo pascual (hasta la fiesta de Pentecostés) el tema de esta Carta Pastoral: La Pascua, la Iglesia y el mundo.

Con Mi Bendición.

San Salvador, Domingo de Resurrección, diez de abril de mil novecientos setenta y siete.

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