1978

El Espíritu de Dios entre los Hombres

16º Domingo de Tiempo Ordinario

Domingo 23 de julio de 1978

Lecturas:
Sabiduría 12, 13. 16-19
Romanos 8, 26-27
Mateo 13, 24-34

Sólo un maestro divino, como es Jesucristo, podía ganar la atención a sus parábolas tan sencillas, pero tan certeras. No sólo al auditorio que lo rodeaba hace 20 siglos; sino a las muchedumbres que todos los domingos, y a través de los siglos, siguen aprendiendo allí en forma de anécdotas, de comparaciones, tal como lo hacían los rabinos de su tiempo, una doctrina divina, maravillosa como es nuestra fe. Yo me alegro y siento el honor inmenso de ser el humilde repetidor de esta doctrina de Jesucristo. Y agradezco al querido auditorio, la atención que dispensa a esta predicación.

Yo les invito hermanos a elevar sus corazones, su mente, para unirse a esa multitud de fe que no sólo rodeando la lancha donde Cristo enseñaba desde el lago, sino en diversas situaciones humanas, se congrega en esta Iglesia Santa de Dios: La Iglesia de Jesucristo. Y tratemos de vivir cada domingo la intensidad de este misterio que nos congrega en torno al altar. Y al salir de nuestra reflexión, ya sea aquí en la Catedral o allá en las comunidades donde esta misma palabra se escucha a través de la radio, salgamos renovados en esa fe, animados con esa esperanzas y vibrando en medio del mundo actual, con la alegría, el entusiasmo que no decae, porque lo está alimentando una palabra que no es de hombre, sino de Hijo de Dios. Y además de la palabra alimentados, también, con la Eucaristía, ya que las dos cosas forman la celebración dominical. La celebración de la palabra de Dios que se hace alimento de vida en el signo del pan y del vino, para todos los que creemos en esa presencia de aquel Cristo que dijo que estaría con nosotros hasta la consumación de los siglos.

En las tres preciosas lecturas de hoy, yo encuentro este título para mi homilía de esta mañana: El Espíritu de Dios entre los Hombres. Y como de costumbre, voy a dividirlo en tres pensamientos: 1º) El espíritu de Dios; 2º) La vocación de los hombres; y 3º) La Iglesia signo del Espíritu de Dios entre los hombres.

A la luz de estos pensamientos sacados de la palabra de Dios, vamos a iluminar el cuadro real de nuestra historia en esta semana. Pero ante todo levantamos hasta las alturas de Dios nuestra fe, para escuchar en la primera lectura del libro de la Sabiduría, el Espíritu de Dios. Es el Libro de la Sabiduría posiblemente el último del Viejo Testamento, es el producto de un israelita que debió reflexionar toda la Biblia y en un ambiente peligroso -de la Alejandría de los tiempos anteriores y contemporáneos de Cristo- corría el peligro de secularizarse, de perder su fuerza de Palabra de Dios y hacerse sabiduría humana. Convertirse talvéz en idolatría, en adoración de falsos dioses, y el peligro de la fe de Israel era grande; talvéz no había el fervor de los tiempos de los profetas; no había el culto de un templo de Jerusalén; estamos en un ambiente de una sabiduría humana, griega, cosmopolita, mejor dicho. Y tenemos en este hombre que escribió el Libro de la Sabiduría, el modelo de quien hace una homilía -es un libro homilético, por los menos en su segunda parte- porque narra la historia de Israel sobre todo el Exodo, pero no como una historia del pasado, sino actualizándolo a los tiempos de Alejandría. Esto hace la Homilía, traer la Biblia a la actualidad, encarnar la palabra eterna de Dios en la historia contemporánea de los hombres. En el Libro de la Sabiduría tenemos un modelo de homilía.

Cómo va reflexionando en aquella potencia de Dios que saca a Israel de la esclavitud de Egipto después de las siete plagas y atravesando el desierto con señales maravillosas de Dio, llega hasta la Tierra Prometida, para aplicar a una situación en el mismo Egipto pero en otro tiempo. Ya en los tiempos cercanos de Cristo, es donde exhorta al pueblo de Israel a no perder su fe en el verdadero Dios; y una de esas reflexiones homiléticas del Dios que salvó a Israel, es esta que se ha leído hoy. Aquí encontramos al Dios de la Biblia, al que llamó a Moisés para conducir al pueblo a la liberta. Al que inspiró a los patriarcas una esperanza de redención. El mismo Dios que siglos más tarde, es adorado por los israelitas en medio de una ciudad pagana. Así podíamos decir también, el mismo Dios de hoy, 1978, aquí en El Salvador, es el Dios que no cambia, el Dios eterno. Miremos con que rasgos más preciosos nos lo presenta la Sagrada Escritura, para que nosotros, tomándolo, no de mi pobre homilía dominical sino de la gran homilía del Libro de la Sabiduría, aprendamos quien es nuestro Dios.

En primer lugar, dice el Libro, es un Dios único. No hay otro Dios. Cómo gritaba con fuerza este grito de la unidad y unicidad de Dios, toda la Biblia. Se oye aquí como uno de los últimos ecos del Viejo Testamento, con todo el vigor de la revelación. No hay más que un Dios y todo aquel que hace dioses a otra cosa, peca, ofende, porque se hace idólatra. Ciertamente y aquí, sí, la homilía de 1978 cambiaría un poco al Libro de la Sabiduría, no es el peligro de un idolatra de los tiempo de Alejandría floreciente, pero sí es el Dios de El Salvador que se ve amenazado ante falsas idolatrías: Idolatría del dinero, idolatría del poder, idolatría de la lujuria del placer. Cuántas idolatrías amenazan a nuestra civilización, como a los israelitas de Alejandría, arrebatarles el corazón, el Dios único. No adorarás otro Dios, no servirás otro Dios, porque tu Dios es único. Tiene, nos ha revelado hoy el Libro de la Sabiduría, una soberanía universal, un poder total. Puede hacer cuanto quiere; poderoso, soberano, todo eso hemos escuchado en los calificativos que se hacen hoy al Dios de la revelación.

Otro título que aparece en la primera lectura de Dios, es un Dios providencia, un Dios que cuida de todo, un Dios que nos gobierna. Qué precioso sentirse, hermanos, gobernados por Dios, bajo la soberanía de Dios. Así se explica cuando la Sagrada Biblia también dice que no hay potestad que no venga de Dios y que hay que obedecer al poder porque viene de Dios. Pero está diciendo también, que el soberano, el que manda, no tiene que mandar fuera de lo que Dios quiere, y que si una autoridad tiene que ser respetada, es porque refleja la potestad santa de Dios. Cuando la potestad de los hombres se hace abuso contra la Ley de Dios, contra el derecho, la libertad, la dignidad de los hombres, entonces es la hora de gritar como San Pedro también en la Biblia, hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Toda potestad viene de Dios y por eso el gobernante no puede usar la potestad a su capricho, sino según la voluntad del Señor. Es la providencia de Dios que quiere gobernar los pueblos y los gobernantes son sus ministros, servidores de Dios como todas sus criaturas.

Luego dice también la Biblia hoy, es un Dios justo. No juzga injustamente, su poder es principio de la justicia. Miren que riqueza del concepto de justicia. La justicia es la manifestación del poder, un poder no es verdadero si no es justo. El mismo Dios que puede hacer lo que quiere, no abusa porque no puede abusar, porque es justo, la justicia por excelencia, y el poder de Dios está como iluminado por su justicia infinita. Juzgas con moderación; es la serenidad eterna de Dios, no se impacienta, es el Dios que tiene las riendas de todos los pueblos y de todos los hombres. Por eso su justicia es moderada, es una justicia serena y santa.

Y viene otro título en la lectura de hoy: Un Dios misericordioso. Ti soberanía universal te hace perdonar a todos. Nos gobiernas con gran indulgencia porque puedes hacer cuánto quieres. Parece un contraste. Precisamente porque puedes hacer cuanto quieres podrías atropellarnos, podrías pisotearnos, podrías torturarnos, podrías tratarnos cruelmente; pero no, precisamente porque puedes hacer lo que quieres, nos amas, porque tienes los recursos para ser misericordioso y esperar que los hombres vuelvan al buen camino. Qué distinta la justicia de los hombres.

¡Cuándo los hombres llegan a tener un poder, como atropellan! Cuántas torturas, cuántas groserías. Puedes hacer lo que quieres y por eso me estás tratando así. Cuantos lo habrán dicho en esos antros horrorosos que avergüenzan a nuestra civilización: En la Policía, en la Guardia, en todas partes donde ha habido tortura. Los poderosos, los que tienen armas, los que tiene botas para golpear, porque pueden hacer lo quieren; pero sólo Dios puede hacer lo que quiere y ese Dios nos gobierna con bondad, precisamente porque el poder en los débiles se convierte en crueldad. Es un complejo de inferioridad llevado a la grosería. Dios no tiene complejos de inferioridad. Dios es soberano. Dios lo puede todo y por eso hasta sus reos, sus pecadores, los juzga con bondad y con misericordia, pero este Dios justo y misericordioso también sanciona, porque la misericordia no es debilidad.

Dios hoy el libro, tu demuestras tu fuerza a los que dudan de tu poder total, y reprimes la audacia de los que no lo reconocen. Esto sí, cuando el hombre insolente se vuelve contra Dios, ¡pobrecito! allí sí la potencia de Dios se hará sentir ante el soberbio, ante el orgulloso, ante el desobediente de sus leyes, la potencia omnipotente de su castigo. Dios también castiga, pero sólo cuando su paciencia se ha agotado. Dios es justo, pero antes es misericordioso infinitamente.

Queridos hermanos, este es nuestro Dios. No lo olvidemos, respetémoslo y sepamos que de allí deriva toda la alegría y la confianza de nuestra fe. Ojalá siempre que ese Dios que nos vino a revelar Jesucristo como Padre, como Providencia, como bondad, nos robe el corazón y le sirvamos no por temor, sino por amor.

Ustedes saben que hay dos clases de temor; el temor servil y el temor filial. El temor servil, o sea el temor de los siervos, el temor de lo que temen el castigo, el temor de los que hacen las cosas para que no les castiguen, es un temor mezquino, pobre, hipócrita a veces de apariencias; pero el temor filial, es el del hijo, filial porque teme ofender a su padre. Es un temor que nace de amor, es el temor de la hija que no quiere resentir a su mamá, es el temor de los que quieren para no resentirse, para hacerse el bien. Este es el temor que debemos de tener a Dios. Eres un Dios de amor. Eres un Dios de bondad y de misericordia, por eso te sirvo, no por el castigo, sino porque te quiero. Como dice aquella bonita poesía:

No me tienes que dar porque te quiera;
porque aunque no hubiera cielo yo te amare;
y aunque no o hubiera infierno te temiera,
lo mismo que te quiero te quisiera.

Qué precioso el corazón del hombre cuando llega a esa independencia y sabe que ama a Dios no por temor y que lo sirve y lo obedece, no porque no sea pecado una cosa o porque otra sea pecado. El pecado quedaría como un segundo freno. El temor del infierno serían reservas que son necesarias, pero que no deben ser los primeros impulsos. Los primeros impulsos de nuestra relación con Dios tienen que ser de amor, de gratitud para el Señor.

Pasemos al segundo pensamiento. Este es el designio, este es el Dios que quiere venir a vivir en medio de los hombres. Ese Dios ha creado al hombre y el segundo pensamiento es este: ¿Cuál es la vocación del hombre? Y yo les resumo en estas ideas. La vocación del hombre es ser imagen de Dios. Es participar de su vida y de su gloria. Es colaborar con la salvación de todos los hombres.

En primer lugar les digo que la vocación del hombre es ser imagen de Dios. La vocación a la bondad, y aquí voy a valerme ya de la parábola preciosa, de la del trigo y la cizaña. Pero antes oigamos como terminó la primera lectura. Dice, ésto lo has hecho para dar a tus hijos un ejemplo, así has enseñado a tu pueblo que el justo debe ser humano y diste a tus hijos la dulce esperanza de que en el pecado das lugar al arrepentimiento.

Cuando a Cristo le preguntaron los apóstoles, explícanos la parábola del trigo y la cizaña, Jesucristo dijo claramente: La buena semilla son los ciudadanos del Reino, la mala semilla son los seguidores del maligno. No es que en el mundo Dios quiera hombres buenos y hombres malos. Cuando los sembradores le preguntan al dueño de la mies: ¿Que no sembraste trigo en tu campo? ¿por qué está brotando cizaña? El señor les contesta: Sí, yo sembré trigo, pero el enemigo ha venido a sembrar esta mala hierba. Yo encontré, queridos hermanos, el más bonito comentario de este pensamiento evangélico en el Concilio Vaticano II en la Constitución de la Iglesia en el Mundo Actual. Dice: La fe que todo lo ilumina con nueva luz y manifiesta el plan divino sobre la entera vocación del hombre, ofrece al mundo soluciones plenamente humanas. Habla de los valores que la Humanidad actual aprecia mucho. Entre nosotros por ejemplo, cómo se aprecian esos valores: El respeto, la libertad, la dignidad, la autoridad bien entendida, la fraternidad, etc.; son valores que todo hombre lleva en su corazón. Entonces, dice el Concilio, estos valores por proceder de la inteligencia que Dios ha dado al hombre, poseen una bondad extraordinaria, pero a causa de la corrupción del corazón humano, sufren con frecuencia desviaciones contrarias a su debida ordenación, por ello necesitan purificación.

Este es el comentario del trigo y la cizaña. Dios ha sembrado bondad. Ningún niño ha nacido malo. Todos hemos sido llamados a la santidad. Valores que Dios ha sembrado en el corazón del hombre y que los actuales, los contemporáneos, ¡tanto estiman!, no son piedras raras, cosas que nacen continuamente. ¿Por qué entonces hay tanta maldad? Porque los ha corrompido la mala inclinación del corazón humano y necesitan purificación. La vocación del hombre pues, primigenia, original, es la bondad. Todos hemos nacido para la bondad. Nadie nació con inclinaciones a hacer secuestros; nadie nació con inclinaciones para ser un criminal; nadie nació para ser un torturador; nadie nació para ser un asesino; todos nacimos para ser buenos, para amarnos, para comprendernos. ¿Por qué entonces Señor, han brotado en tus campos tantas cizañas? El enemigo lo ha hecho, dice Cristo. El hombre dejó que creciera en su corazón la maleza, las malas compañías, las malas inclinaciones, los vicios.

Queridos jóvenes, ustedes que están en el momento en que la vocación se decide, piensen que todos hemos sido llamados a la bondad, y lo que está dejando a ustedes los jóvenes, esta edad madura -a la que yo también pertenezco- y tengo que lamentar dejarles en herencia tanto egoísmo, tanta maldad. Ustedes renueven, trigo nuevo, cosechas recién sembradas, campos todavía frescos con la mano de Dios, niños jóvenes, sean ustedes un mundo mejor, obedezcamos en cambio todos, a la segunda vocación: La conversión.

Miren que nos ha dicho en la primera lectura, que Dios espera la conversión de los hombres y él la parábola del trigo y la cizaña, Cristo, Dios entre los hombres, anuncia que no hay que arrancar la cizaña, que hay que esperar a la hora de la siega. Aún el más viejo se puede convertir. El buen ladrón también ajusticiado junto a Cristo en el Calvario, se convirtió y a la última hora recibe el perdón y el cielo. Nunca es tarde para convertirse. Yo quisiera llamar aquí, con la vocación de Dios, vocación a los pecadores, para que se conviertan de su mala vida. Cuántas veces queridos hermanos, desde esta cátedra y en las circunstancias difíciles de nuestra predicación, ha sido esta la voz con que terminan las denuncias de la Iglesia. Jamás hemos denunciado por resentimiento, jamás hemos sembrado el odio.

Ayer, allá en la Comunidad de Tutunichapa donde fui a celebrar la Misa, un niño de escuela me dijo: Me han dejado un deber y usted me puede ayudar a contestarlo. ¿De qué se trata? -le dije. Me presentó un cuaderno y me dice: ¿Es verdad que usted siembra el odio? ¿Quién te lo ha dicho? Ese es el deber que nos han dejado, si el Obispo está sembrando el odio. Qué triste hermanos, al menos en forma de una pregunta, ¡cuánta cizaña! Pero ojalá todos tuvieran la oportunidad de decirle lo que yo le dije al niño. ¿Tú me has oído? No, me dijo. Pues quienes me han oído te podrán decir que nunca he sembrado el odio. ¿Y entonces por qué dicen eso? Porque no quieren entender el mensaje del amor. El amor de Cristo exige renuncias. El amor de Cristo exige cosas que a veces molestan y por eso mejor echarle la culpa al subversivo, al que siembra odio, cuando no está haciendo otra cosa que predicar la conversión. Siempre que terminamos una denuncia, terminamos pidiendo que los que han hecho ese mal, se conviertan. Que Dios no quiere perderlos, que Dios los está esperando.

En esos antros misteriosos donde se han perdido tantos de nuestros hermanos, cuántos saben el terrible secreto, cuántos tienen las manos manchadas de sangre o de atropello y cuánta gente cizaña. Dios los está esperando, no los arranquen dice Cristo, esperen. Esperamos. Quisiera decirles a todos esos amigos y hermanos que tienen su conciencia intranquila porque han ofendido a Dios y al prójimo; que no pueden ser felices así. Que el Dios del amor los está llamando, los quiere perdonar, los quiere salvos.

Esta es la parábola del trigo y la cizaña y ésto nos debe llevar también queridos hermanos, a comprender el misterio de iniquidad que también se opera en la Iglesia. Que la Iglesia no es la siembra del trigo de Dios. Los obispos, los sacerdotes, las religiosas, los laicos, los matrimonios, los jóvenes, los colegios católicos, ¿no debían de ser todos ellos santos? Claro que sí. ¿Lo son? Tristemente tenemos que decir no. Entonces, ¿la Iglesia es falsa? Tampoco. Si hay una Iglesia que se quiera gloriar de tener a todos sus miembros santos, no será la Iglesia verdadera, porque Cristo ha dicho que su Iglesia se parece al campo donde fructifica el trigo y la cizaña. Mientras vivimos en esta Iglesia peregrina, tenemos que estar juntos: trigo y cizaña. Pero no para perdernos todos en cizaña, sino para que la cizaña se vaya haciendo trigo y cuando llega la hora, todos podamos ser ciudadanos del Reino de Dios y todos podamos fulgurar como soles en el Reino del Padre. Mientras no seamos buenos cristianos, no seremos más que cizaña; aunque estemos en el templo y aunque celebremos misas. Mientras no seamos lo que debemos de ser, no somos el ideal de Dios, pero Dios nos está aguantando y esperando.

Esta es la voz auténtica del Evangelio. La que no se trata de decir uno mejor que otros, sino llamar a todos y a uno mismo a convertirse. Porque la conversión que es justa de Dios, nos repite con el Apocalipsis, que no sólo los pecadores tienen que salir de su pecado para hacerse santos, sino que dice esta palabra exigente: «El que es santo, santifíquese más y el que es justo, justifíquese más». Quien sabe cual es el grado de santidad que Dios me va a pedir a mí y a cada uno de ustedes. Y si no lo hemos llenado, tenemos que purificarnos antes de entrar en aquel Reino, donde realizará la ciudadanía de los hijos de Dios.

Es tiempo hermanos, de que la vida la aprovechemos no para hacer lo que nos da la gana. Tú tienes poder para hacerlo todo, dice la Biblia hablando de Dios, pero precisamente porque tienes un poder hacerlo todo, no eres libre para hacer el mal. Dios no puede hacer el mal, a pesar de ser libre, porque la bondad, la libertad verdadera consiste en hacer siempre el bien. No por la fuerza, sino como Dios lo hace, libremente. El hombre, también, a quien Dios ha hecho a su imagen, le ha dado capacidad de hacer el mal, pero no para que lo haga. Si tienes manos para golpear, puedes golpear, pero no debes golpear. Tus manos deben ser para dar con amor. Si tienes pies, tiene que ser para caminar los caminos y Dios te ha dado capacidad, para ir camino del mal, pero no debes usar tus pies para caminar en el camino de mal, ni para dar taconazos a un pobre torturado, sino para que tus pies caminen libremente por el camino del bien. La libertad, Dios la usa para el bien infinito, y sus hijos, las imágenes de Dios, libres también, tienen que usarlo, no para hacer el pecado, no para vivir en pecado que ofende a Dios y es abuso de libertad, sino para hacer el bien.

Queridos hermanos, para ser ciudadanos del Reino, la vocación del hombre es a participar de su vida y de su gloria, y aquí me valgo de la segunda lectura de hoy. San Pablo, que ustedes se han dado cuenta, desde hace varios domingos nos viene ofreciendo la Carta a los Romanos, nos está haciendo una gran revelación, ojalá no la olvidemos. La revelación de que ya desde esta vida el hombre cristiano ha sido justificado, ha quedado perdonado cuando se ha hecho de verdad cristiano por un bautismo bien vivido. Y que esa vida cristiana que nos ha hecho hijos de Dios, criaturas nuevas, se va a revelar y nos dará también la gloria del cuerpo que esperamos. También este cuerpo que ya encerrados los gérmenes del espíritu de la vida nueva, va a resucitar. Lo que ha dicho Cristo hoy, brillarán también vuestros cuerpos y vuestros espíritus como soles en el reino del Padre. Ahora hermanos, en el mismo ranchito; ayer he visto ranchos tan pobres en Tutunichapa y en tantas zonas marginales, pero gente tan santo, al lado de gente tan viciosa, ¿qué puedo decir? Junto al santo está el pecador. Qué diferencia más enorme a la hora del juicio, ahora no. Ahora puede ser que brille más en la apariencia el más pecador, y que cambio parezca despreciable el más santo, pero cuando resplandezcan los verdaderos valores que valen a los ojos de Dios, entonces -dice San Pablo y nos ha dicho hoy- el Espíritu dará testimonio que de sois hijos de Dios. Y ese Espíritu de Dios que se nos ha dado, en la epístola de hoy nos está ofreciendo otra función preciosísima, enseñarnos a orar.

Queridos hermanos, si queremos mostrar de veras esa creación nueva que Dios ha hecho adentro de nosotros y que nos dado su espíritu y nos ha hecho participantes de su gusto divino, dejémonos conducir por el espíritu para ser oración. San Pablo ha dicho hoy: El Espíritu dentro de vosotros os enseña a pedir y a orar según el deseo de Dios y el Dios que escudriña los espíritus sabe lo que el Espíritu de Dios está pidiendo dentro de vuestros corazones. ¿Cómo es esto que Dios para entablar un diálogo íntimo con el hombre ha elevado al hombre para ponerlo en la misma plataforma divina y hablar su mismo lenguaje? Y para ponerlo en su plataforma divina, le ha dado su Espíritu. Orar, es platicar con Dios. Hay una comparación preciosa del Concilio Vaticano II que dice Dios le ha dado al hombre el santuario íntimo de su conciencia, para que el hombre entre a esta celda privada y allí hable a solas con Dios para decidir su propio destino. Todos tenemos una Iglesia dentro de nosotros: Nuestra propia conciencia. Allí está Dios, su Espíritu. Dichoso aquel que no deja solo ese santuario y nunca reza. Dichoso aquel que entra muchas veces a hablar a solas con Dios. Hagan la prueba hermanos, y aunque se sientan pecadores y manchados, entre más que nunca, para decir: Señor corrígeme, he pecado, te he ofendido. O cuando sienten la alegría de una buena acción: Señor te doy gracias porque mi conciencia está feliz y tú me estas felicitando. O cuando estás en angustias y no encuentras quien te diga una palabra de orientación, entra a tu santuario íntimo que Dios te orientará; o cuando estás triste, como tantas madres tristes que no han hallado a sus hijos desaparecidos, entra tú a solas con Dios y di: Señor tú sabes dónde está, tú sabes como me lo estás tratando, y platíca con él. Qué hermosa es la oración hermanos, cuando de veras se hace con ese Espíritu de Dios dentro de nosotros. Participando de la vida de Dios.

Hay en el Libro de la Sabiduría la preciosa oración del gobernante que le pide a Dios su sabiduría y todos nosotros la podríamos pedir: «Dios de nuestros padres, Señor de misericordia que por tu palabra lo hiciste todo, tú que por sabiduría diste al hombre el poder de dominar las criaturas salidas de tus manos para que gobernara al mundo con santidad y justicia, dame la sabiduría que comparte tu trono y no me rechaces del número de tus hijos». Y luego dice: «Envíame tu sabiduría para que trabaje conmigo y yo sepa lo que te agrada. Ella me guiará prudentemente en mis empresas y me protegerá con su poder. Mis obras te agradarán y regiré a tu pueblo con justicia».

Cuando yo leí esta oración, hermanos, me he acordado mucho de la oración que dicen los alcohólicos anónimos que me parece un precioso resumen de esta oración de la Sabiduría: ¡Oh Dios!, enséñame serenidad para aceptar las cosas que puedo cambiar, valor para cambiar aquellas que puedo y sabiduría para reconocer la diferencia». Yo creo que ahora esta oración no debería de estar sólo en el recinto salvador de los centros de Alcohólicos Anónimos, sino que debería ser una oración de todos aquellos que pusieran el cambio del mundo. Dame sabiduría para tener el valor de cambiar lo que se debe cambiar; y la serenidad para soportar lo que no se puede cambiar. Cuánto bien ha hecho ésto en el alcohólico. Sabe él que se puede cambiar esa vida y yo que he oído tantos testimonios, les digo la alegría que da cuando la sabiduría de Dios toma posesión de un hombre, aunque sea el más vicioso y lo convierte en el artífice de su propio cambio. Ya no es un alcohólico, ya es la alegría de su familia. Pues ésto, por qué no lo puede hacer cada uno de nosotros los pecadores. El egoísta, que le parece que no puede vivir compartiendo con los otros. Todo aquel que cree que no se puede cambiar nada, que tienen que seguir así las cosas. Es necesario que haya cambios. Pero no unos cambios sin sabiduría. Dame sabiduría para conocer la diferencia. El hombre que ha sido llamado para ser partícipe de la vida, del pensamiento, de la inteligencia de Dios, ¿cómo no va a ser capaz de hacer un mundo mejor? Los salvadoreños que nos estamos lamentando de ir caminando como un callejón sin salida, ¿por qué no orar? y hacer lo posible de cambiar las cosas en la medida de nuestro alcance y pedirle al Señor la valentía de cambiar lo que se puede cambiar y la serenidad también de soportar mientras no se puedan cambiar las cosas.

Y digo también hermanos, que la vocación del hombre, es vocación a esa vida eterna. Brillarán como soles en el Reino del Padre. No olvidemos esta dimensión escatológica, esté más allá de la muerte. La salvación del hombre no tenemos que buscarla sólo en esta tierra. Un mundo mejor tiene que ser iluminado por ese más allá que no se dará nunca en este más acá, y que aquí siempre las cosas serán imperfectas, pero que el corazón del cristiano tiene que luchar por hacerlas menos imperfectas para que sean un camino hacia la perfección infinita de lo absoluto del Dios que nos espera. Y digo también que la vocación del hombre, es una vocación a colaborar. Colaborar en la salvación de los demás; y aquí viene la parábola que se ha leído hoy también: El Reino de los cielos se parece al fermento que una mujer puso en la masa para que toda ella se fermentara. Esto es el cristiano según Cristo: Un fermento. Las panaderas saben lo que es aquel poquito de masa que se pone dentro de la masa para que luego sea todo masa fermentada. Y el cristiano debía de ser eso, un puñito de fermento que luego transforma su familia, transforma su barrio, su comunidad, su pueblo, el país entero, el mundo entero. Somos fermento sin fuerza, por eso no hemos logrado fermentar la masa. Esta reflexión nos debe llevar pues, a comprender esta responsabilidad de nuestra vocación cristiana para hacer también, apóstoles, fermentos de nuestra Sociedad.

Finalmente hermanos, mi tercer pensamiento: La Iglesia signo del Espíritu de Dios en medio de los hombres. Y aquí me valgo de la tercera parábola que Cristo nos ha propuesto: El Reino de los cielos se parece a una semilla de mostaza que alguien sembró y que fue creciendo hasta hacerse arbusto y los pájaros venían y se posaban en él. Es una imagen de la Iglesia, como signo en el mundo. Así como el arbolito es un signo, de protección para el pajarito que vuela buscando sombra, la Iglesia es eso: Un signo donde los hombres encontramos la plenitud de los medios traídos por Dios. Ya decía antes que no vamos a esperar de todos los que reparten la vida de Dios, la santidad que deberían de tener -que deberíamos de tener- pero sí, sepamos, como decía Manssonni el gran escritor italiano: «Cuando yo me arrodillo ante un confesor, no me importa saber si ese hombre está más necesitado que yo del perdón de Dios, lo que me importa es que en ese momento será el signo del perdón». Yo te absuelvo, aunque sea un pecador me absuelve en nombre del que perdona y quiere convertir a los hombres. Es un signo.

Esta Catedral, por ejemplo, ahora con ustedes aquí adentro, es el signo de quienes buscan la palabra, la Eucaristía del Señor. Signo de toda manifestación de Iglesia. Queridos hermanos, seamos como el granito de mostaza de hacer crecer este signo y que seamos verdaderos instrumentos, señales por donde encuentra el hombre la salvación. Que todo hombre de Iglesia, todo ciudadano del Reino, sea de verdad, en medio del mundo, una invitación del trigo a la cizaña para que se convierta y siendo cada día más pleno de cosecha para el Reino de los Cielos.

Ahora comprendemos hermanos -perdonen que hasta el último momento lleve este relato- como esta Iglesia signo, esta Iglesia fermento, esta Iglesia trigo en medio de la cizaña, esta Iglesia nos ofrece en esta semana muchas señales de su presencia, así como también muchos rechazos de la cizaña que la rodea.

Con alegría hemos visto que el Papa ha señalado ya el lema de la jornada de la paz para el primero de enero próximo, y es este: «Para lograr la paz, educar para la paz.» Es una educación que no termina al terminar la escuela, que llega hasta nuestra vejez, porque siempre aprendemos a ser hombres instrumentos de paz. Nadie se sienta pues fuera de esta escuela de la paz y tratemos de educarnos para la paz.

Se ha publicado también en Roma, un documento que orienta las relaciones entre los obispos y los religiosos en la Iglesia. Ya tendremos oportunidad de dar a conoce como estos dos grandes elementos de la Iglesia: El episcopado y la vida religiosa, tienen que conjugarse para el bien del pueblo de Dios.

También hay noticias muy halagadoras de los preparativos de la reunión de Puebla. En Bogotá, obispos y expertos se están reuniendo ya para preparar el documento base de los estudios de Puebla. Pidamos mucho para que todo ésto camine hacia las verdaderas esperanzas de nuestra América Latina. El presidente del CELAM, Cardenal brasileño Lorscheider, ha dicho que en esta reunión de Puebla, habrá revisiones muy profundas de la doctrina de cristología, de sociología, de la teología de la liberación, pero que la Iglesia tendrá que estudiar cada vez más a fondo su compromiso con los pobres y su actitud delante de posiciones gubernamentales o de otras organizaciones que en América Latina dificultan la evangelización. Ha señalado también el peligro de esta manifestación de las grandes ciudades, donde se hacen más necesarias las pequeñas comunidades. Óiganlo bien para que sigamos trabajando en este campo de comunidades eclesiales de base: Donde la evangelización se torna más familiar y humana.

Desde este domingo queremos adelantar nuestra felicitación a las Iglesias hermanas de Santiago de María y de Santa Ana que están celebrando sus fiestas patronales del Apóstol Santiago, 25 de julio y de Señora Santa Ana, el 26 de julio.

Aquí en la Arquidiócesis, el periódico Orientación, publica un documento de la solidaridad de nuestros sacerdotes, con los jesuitas que fueron cateados el 8 de julio. Comparten su afrenta, ofrecen su apoyo moral, aprueban como oportuno y sincero su comunicado, en que ratifican su posición en la Iglesia y en el pueblo salvadoreño; se alegran de que hayan comprobado una vez más la falsedad de las calumnias de los que quieren mal a la Iglesia.

Del 28 al 31 de julio, el Colegio María Auxiliadora de las hermanas Salesianas, estará celebrando el 75 aniversario de su fundación. Muy pronto tocará también su fiesta jubilar al colegio Don Bosco de los Salesianos. Nos alegramos y pedimos al Señor muchas bendiciones para estos seguidores de Don Bosco.

El Centro Ana Guerra de Jesús para señoras del mercado, ha celebrado un encuentro sobre la vida del niño en la familia salvadoreña. Es una labor silenciosa que está haciendo mucho bien entre las personas que trabajan en los mercados.

Del 24 al 28 de este mes, o sea en esta semana, la Universidad Centroamericana, celebrará un seminario de sociología de la Religión.

Este días las comunidades de Zacamil, San Antonio Abad, Santiago Texancuangos y Mejicanos, han organizado una convivencia para novios, jóvenes. Por lo menos unas 25 parejas van a ir a reflexionar sobre el sentido del noviazgo según el plan de Dios.

Ayer como ya les anuncié, tuve la oportunidad de visitar una colonia marginal, Tutunichapa, donde celebré la Santa Misa y pude constatar el trabajo pastoral que están haciendo allá catequistas y comunidades cristianas muy apostólicas. Yo invito a todos los cristianos a trabajar en este sentido.

Esta tarde se celebra el Corpus en la Parroquia San Antonio, así como lo celebró una colonia de la Parroquia Miramonte en la semana pasada.

Quiero invitar, hermanos, para esta tarde a las 6 y media a Paleca, donde ustedes saben hubo un robo sacrílego del Sagrario, y vamos a ir a celebrar una ceremonia de desagravio al Santísimo. Les pido a todos una ayuda, también para que ayudemos al Párroco a recuperar su Sagrario perdido.

También quiero alegrarme con el regreso del P. Guillermo Alfonso Rodríguez, uno de los sacerdotes que salieron en los momentos más difíciles, porque temía por su vida. Queremos agradecer a Migración que lo haya dejado entrar sin dificultad. Ojalá sea signo de que otros sacerdotes injustamente alejados de la Arquidiócesis, puedan volver sin temor.

Quiero alegrarme, con el P. Fernando Echeverría y el Párroco de Concepción de Chalatenango, porque han celebrado en estos días sus Bodas de Plata sacerdotales, pido a todos una oración por ellos.

En el Apostolado de la vida religiosa, también quiero alegrarme y felicitar a las hermanas que dirigen la Escuela Catarina Di Maggio, por el triunfo que obtuvieron en oratoria, a través de su niña Ana María Chafoya Solano. Lo mismo a las Carmelitas Misioneras de la Policlínica y de La Laguna, felicitarlas por su gran labor y suplicarles que perdonen la omisión de mi domingo pasado.

Quiero invitarles, también hermanos, a una ordenación sacerdotal, que voy a tener el gusto de realizar con el jesuita P. Carlos Arias Monge, en la Capilla del Externado San José, el sábado de esta semana 29 de julio, a las 5 de la tarde.

Y desde ahora anunciar pues, como lo hemos estado haciendo, la fiesta del Divino Salvador, haciendo un llamamiento principalmente para las tradicionales: «Bajada», la vigilia del 5 y la misa de las 8 de la mañana que posiblemente tendremos que hacerla de campaña.

Ayudar a la Catedral es un deber. Yo quiero aquí traer el testimonio de una persona que en su sobre dejó este recado: «El décimo de junio para el servicio de Nuestro Dios. Sea mi décimo». Y deja una cantidad de dinero que corresponde a la décima parte de su salario como ofrenda a Nuestro Señor.

Esta es la Iglesia, hermanos, signos de la Iglesia en el mundo, pero al mismo tiempo esta Iglesia tiene que convivir con mucha cizaña y es aquí cómo la Iglesia rechaza también aquellas cosas que no son según Dios. Por ejemplo han continuado los cateos. Todos pusieron por el periódico la captura de una niña de 12 años y otra menor de 16 años con su mamá. Anteriormente también yo supe del cateo de una casita humilde de la señora Dolores Castillo, que siendo anciana, diabética, hipertensa, artrítica, no hubo temor de 60 agentes de seguridad, atormentarla por lo menos con el susto. Es necesario tener pues conciencia para ser más humanos como nos ha dicho la lectura de hoy.

Se disolvió el Sindicato de la Cigarrería Morazán y hay peligro que se disuelvan otros, y es por falta de apoyo a este derecho de los trabajadores de sindicalizarse. Se cree que un 75% de obreros, no están sindicalizados. No pueden hacer uso de su derecho de defenderse sindicalmente.

Sobre todo quiero unirme al sufrimiento de la familia del Dr. Alvaro Edgar Cuéllar, perdón, Víctor Cuéllar Ortiz, por el secuestro de su hijo Alvaro Edgar. Ha habido mucha oración y desde aquí como de costumbre, hago un llamamiento para que sea devuelta la tranquilidad a ese hogar. Quiero recordar a los secuestradores, que la familia es pobre y no puede aportar cantidades como se suele exigir en estos casos.

Ha habido injusticias y violaciones en los procedimientos Constitucionales, por ejemplo el caso del Dr. Eduardo Espinoza Fiallos, el que gracias a Dios, después de un mes de engaño, ha sido devuelto a su familia. Y otros reos que han sido presentados con evidentes señales de torturas, como aquel que atendió una enfermera, con sus dedos pulgares casi deshechos.

Quiero agradecer a la Crónica del Pueblo, por hacerse eco de estas denuncias y pedir a ustedes que apoyen también la situación difícil de este periódico que naturalmente no podrá contar con muchos apoyos, dado su ideal.

Yo quiero decirles también hermanos, como esperanza, que el 18 de julio, entró en vigor la Convención de Derechos Humanos de la OEA, a la que está suscrita El Salvador.

Que allá en el Perú el Gobierno militar ha concedido Amnistía e indulto general para todos los sentenciados o procesados por los tribunales por motivos políticos. Además suprimió un decreto que mantenía la vigencia de los destierros y detenciones sin mandato judicial. También Italia decretó una Amnistía que beneficiará a unos nueve mil presos. Son ejemplos para nuestra Patria.

Nos visita el Dr. Fox, representante de la Comisión Internacional de Juristas, con quien sostuvimos un amplio diálogo. Puede haber, hermanos, muchas otras noticias y vidas de nuestra vida nacional pero sobre todo vamos a celebrar ahora, nuestra Eucaristía, llevando al altar todos estos hechos a los que se pueden unir ustedes los de su propia familia, su propia vida persona, para que se convierta en oblación al Señor, iluminados con la Palabra de Dios toda nuestra historia, ya puede ser materia del sacrificio en que Cristo Nuestro Señor hace presente su amor y su redención. Señor que todo este dolor, que todo este sufrimiento, que toda esta vergüenza, que toda esta palabra reflexionada por tus hijos, se convierta en una esperanza junto a tu altar, para que El Salvador viva días mejores. Así sea.

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La Oración

16º Domingo de Tiempo Ordinario

Domingo 17 de julio de 1977

Lecturas:
Génesis: 18, 1-10
Colosenses: 1, 24-28
Lucas: 10, 38-42

Estimados radioyentes, quiero comenzar hoy con un agradecimiento muy profundo a los obispos de Panamá que han publicado un comunicado de la Conferencia Episcopal, y se refieren expresamente a nuestra situación en El Salvador. Ellos denuncian un parte de guerra (Nº 6 de la Unión Guerrera Blanca), y dicen: «…su tono y su contenido causan horror y, ciertamente, merecen el más fuerte repudio de todo ser que se considere humano, y más aún, cristiano». Según esta declaración, este grupo quienes sean, pretenden tomar la ley en sus manos y terminan por pisotearla. Esto es más que un acto aislado de terrorismo, pues perturba todo el orden jurídico (gobierno representativo y constitucional), e irrespeta los derechos humanos. Ninguna acusación contra el prójimo puede justificar esta actitud, ni en el plano individual ni menos en el plano colectivo y social.

El arzobispo de Panamá, puso este documento en manos del embajador de El Salvador con el encargo de hacerlo llegar a nuestro presidente, y por eso el mensaje se dirige a él;: «Nuestras voces quieren llegar a las autoridades superiores del Gobierno salvadoreño, para que se aplique toda la fuerza de la ley a los autores de semejante declaración, que es en sí una amenaza contra la ley misma. Hemos esperado, durante estos primeros días del nuevo Gobierno de El Salvador, una toma de posición definida frente a toda esta situación. Pensamos que así lo exige, no sólo la ciudadanía de esa hermana nación, sino todos nosotros, solidarios suyos, como istmeños y como cristianos».

Queremos agradecer mucho esta solidaridad de nuestros hermanos obispos que también, hace poco, pronunciaron en el Secretariado del Episcopado de América Central unas declaraciones contra estos atropellos. Pero el de Panamá recobra una actualización urgente, porque todos saben que nuestros queridos hermanos, los padres jesuitas, en esto días están viviendo una amenaza terrible. Yo les suplico que oremos mucho por ellos; y tomemos también el ejemplo de su serenidad, que solamente la puede inspirar un gran amor a la verdad y a Jesucristo. En el periódico Orientación, yo hago un elogio de este mensaje vivo que nos están ofreciendo hoy los jesuitas; así como también un mensaje de lealtad de los padres salesianos que, en la persona del padre Contreras, me presentaron su solidaridad con el episcopado. Su actuación, que todos reprobaron, fue fruto más bien de una ingenuidad que la aprovecha la manipulación de la noticia, un sistema verdaderamente vergonzoso en el cual no importa el honor de la persona, sino salvar otros intereses. Ojalá hubiera más honestidad en nuestras publicaciones. Pero el padre Contreras ha presentado, pues, su adhesión inquebrantable al Episcopado, que en ningún momento ha pretendido ser un anti-signo de la línea pastoral que está siguiendo la Arquidiócesis. Y repite, pues, su espíritu de fe salesiana, aprendida en un santo como don Bosco que se caracteriza por su adhesión y su firme lealtad al Magisterio de la Iglesia.

Y todo ésto, hermanos, y otras cosas más hermosas que nos llegan por diversas cartas; denuncias de madres, de esposas, incluso de una novia que iba a casarse con su querido novio, precisamente cuando está siendo objeto de esta injusticia: Ha desaparecido.

Yo quisiera, no solamente anunciar cosas tristes -pero la realidad se impone sino que quisiera anunciar, como lo debe de hacer un profeta, las maravillas de Dios, la bondad de los corazones, lo bueno que nuestro pueblo salvadoreño tiene como por innata condición; entonces, por ejemplo, una carta de Aguilares la que, recordando con cariño nostálgico las enseñanzas del padre Grande en una comunidad, dice esta frase: «El supo descubrir la grandeza de los hombres y se compadeció ante sus sufrimientos». ¡Qué bello rasgo de lo que es la Iglesia! Cabalmente hermanos, yo esto es lo que quisiera, porque entre las cartas una de las características más hermosas es: «Estamos orando… en nuestra comunidad… en nuestra familia, rezamos mucho…» Yo creo que nunca se ha rezado tanto, se ha orado tanto. Y yo quisiera en esta homilía de hoy, inculcar y, ojalá, ser comprendido por todos (incluso por aquéllos que se han dado a la tarea de odiar, de amenazar, de matar, de calumniar), que entre a su corazón un rayito de esta luz que nos trae la palabra de Dios hoy. Y en aquéllos donde se está apagando la fe, la confianza, se iluminen esas conciencias con la gran confianza de la fuerza de la oración; y aquéllos que se distinguen por su oración comunidades piadosas, reuniones de grupo, donde la oración espontánea brota del corazón- se animen a vivir esa fuerza.

Nada hay imposible a la oración; y si todo este pueblo cristiano de la Arquidiócesis tomara la actitud de María frente a Cristo, y Cristo nos dijera como dijo a Marta: «No te preocupes de demasiadas cosas; sólo una cosa es necesaria». ¿Cuál es esa cosa necesaria? Es la que ya se vislumbra siglos antes de Cristo, con la que terminan la primera lectura de hoy que nos ha descrito, como transfigurado a Dios en unos hombres que visitan a Abraham; y Abraham objeto dichoso de esta teofanía, está frente a Dios y tiene la oportunidad de dar acogida a Dios y le sirve de los terneros de su cavada; y le da todo lo que puede dar un hombre generoso a un amigo que llega a visitarlo. El Hebrón, allá en Palestina, tiene un nombre en honor a Abraham; aquel pueblo se llama El Kalil, que quiere decir «el amigo». No se puede dar a un hombre nombre más honroso que ese que se ha dado a Abraham: «el amigo de Dios», el que trataba con Dios como con un amigo, hombre de oración.

¿Por qué no nos proponemos todos, los que estamos haciendo esta reflexión, también, ganar un poquito de ese título: Amigos de Dios? Pero cuando termina ese interesante encuentro de Dios con Abraham, como amigos que comen juntos, que comparten juntos, la frase termina diciendo: «…dile a Sara que dentro de un año, cuando retorne, le habrá nacido un hijo». Esta es la esencia de ese mensaje de la primera lectura. Porque ese hijo de Abraham ya anciano, y de Sara estéril y vieja, es el hijo de la promesa. De allí va a nacer un pueblo que tendrá el honor, en la historia, de ser el vehículo de sangre que va a dar a luz al Redentor de los hombres. Jesús es descendiente de Abraham, ¡qué honor, el Hijo de Dios es descendiente de un anciano y de una estéril!

Este es el gran prodigio, el gran designio de Dios. Nada hay imposible para el Señor, le dice también el ángel a María, hablándole de otra esterilidad que se hace fecunda: Elizabeth, madre de Juan Bautista. Y San Pablo, en la lectura de hoy, nos describe lo único necesario: El misterio de Cristo, misterio escondido en Dios que se ha revelado a los hombres. Y dichoso aquél que llega a comprender que Dios se hizo hombre para salvar a los hombres; y que cada vida humana que se incorpora en esa corriente de redención, y se convierte en Cristo, se diviniza su vida. Porque Dios vino hecho hombre en Cristo, para hacer Dios a toda la humanidad que creyera en él. Esto es lo único necesario.

Por eso, cuando miramos a María extasiada frente a las palabras de Cristo, mientras Marta va y viene por la casa preparándole la comida, y reclama a Jesús: «Mira, mi hermana no me ayuda; dile que vaya a darme una mano». Jesús defiende a María: «Marta, Marta, tú te preocupas de muchas cosas, sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la mejor parte, que no se le va a quitar».

Todo aquel que llega a comprender lo único necesario (María, en las Palabras de Cristo está oyendo el designio de Dios, el amor de Dios), es un alma en oración, es un alma contemplativa. Marta es la figura del alma activa. Así lo han interpretado en todos los siglos, este bello pasaje del evangelio de hoy. Y a la luz de Marta que va y viene, podemos ver a la Iglesia en sus actividades pluriformes. ¡Qué maravilla es la Iglesia! Porque Jesús, al alabar la actitud de María, no está reprobando la actitud de Marta; lo que le está diciendo es: Ojalá toda su actividad proceda también de lo único necesario; porque no basta ser contemplativo, estar rezando, es necesario también trabajar; pero que cuando se va al trabajo, se lleve en el corazón la unidad de todo lo que se va a hacer, una perspectiva de fe que ilumine toda tu acción». Y aquí es, hermanos, donde yo quiero recomendar la necesidad de encontrar ese único necesario, la necesidad de orar.

Yo voy visitando en estos días comunidades preciosas de cristianos, y les aseguro que, a la luz de la Biblia y de la reflexión que allí surge, se levantan plegarias tan bellas que de veras la labor que la Iglesia está haciendo en El Salvador, sobre todo a través de las comunidades pequeñas, no tiene nada de subversivo, no tiene nada de político; y si tiene algo de político, es la gran política del Reino de Dios de despertar en los hombres la conciencia hacia Dios y de Dios hacia todos lo hombres. ¡Que oración! ¡Qué contemplación! Es necesario orar y trabajar. Pero el trabajo tiene que proceder de la oración. No se pueden disociar.

Todos supieron a través de los medio de comunicación que esta semana, el miércoles, hubo un apagón de muchas horas en New York; y cuando el Alcalde reclama a la compañía eléctrica, la compañía le dice: «Es un poder superior, Dios lo hizo». Pero el Alcalde le reclama negligencia. Los dos tienen razón. Es como cuando los que prepararon un viaje a la luna dijeron: Técnicamente todo está preparado; ahora sólo nos resta orar; orar y poner en juego todas las energías humanas».

No sólo trabajar sin Dios, ni sólo orar sin trabajar. «Ora el labora» era el gran lema de San Benito, el fundador de los benedictinos, que no descansan en su vida, orando y trabajando. Aquellos monasterios, donde los monjes parecen abejas hacendosas. No descansan un momento, pero en su corazón siempre están orando. Como María, contemplan lo único necesario; y como Marta, trabajan: Van y vienen.

¡Qué hermosa fuera nuestra ciudad, los campos, los pueblos; donde los hombres profesionales, comerciantes, estudiantes, mujeres de hogar, del mercado, todos tuviéramos en el corazón un gran sentido de oración, y al mismo tiempo una honradez en el trabajo, una diligencia!

Cuando Pablo VI clausuraba el Concilio Vaticano II, hizo un análisis tan precioso, que es uno de los discursos más bellos del pontífice actual -se los recomiendo como un discurso de humanismo nuevo, cristiano- el Papa hizo ver como el Concilio reafirmaba la misión religiosa de la Iglesia, es decir su unión con Dios, y desde esa unión con Dios ensañaba a los hombres de hoy que la oración, la contemplación, es la actividad más noble del hombre que lo hace encontrarse con Dios; y le da unidad a toda la pluriforme variedad del mundo y hace comprender el secreto de la verdad, de la firmeza de la Iglesia; y hace descubrir en el rostro del hombre la verdadera figura de Dios, que hace al hombre respetuoso de los deberes humanos. Y decía: «Humanistas del siglo XX que prescinden de la trascendencia hacia Dios, admiren en este Concilio que, precisamente por partir de Dios, ofrece al mundo un humanismo más completo, más exacto que los humanismos sin Dios». Sí, lo primero que nos da el sentido de orar es descubrir a Dios. Y decía el Papa: «¡Y en qué tiempo este Concilio ha proclamado la existencia de Dios! Cuando el mundo está más afanado en buscar el reino de la tierra que el Reino de los cielos, cuando las técnicas y las ciencias humanas como que le quieren dar derecho al hombre para independizarse de Dios; cuando la filosofía de los hombres llega a tales alturas que lo hacen sentirse casi el objeto y el centro de toda la creación; cuando todo profesional va contra este sentido trascendente, espiritual, es cuando el Concilio en oración ha dicho: Existe Dios, es bueno, se cuida de todos nosotros, es personal, podemos entablar con él un diálogo». Esto descubre la oración, queridos hermanos; un encuentro personal con Dios.

El ejemplo de Abraham hablando con Dios como un hombre habla con otro hombre, el ejemplo de María con su rostro clavado en las palabras de Cristo, es el ejemplo de las almas que necesita hoy el mundo. Muchos han cerrado su comunicación con Dios. Muchos no creen. El ateísmo es un fenómeno muy cundido entre nosotros, por lo menos un ateísmo práctico. No existe Dios si son almas que no oran. Pero, ¿cómo puede vivir un hombre sin la creencia en un Dios, si lo que le da fuerza al hombre es ese encuentro con el Poderoso? Mi origen y mi destino, mi razón de ser, la luz de mi inteligencia, el amor de mi corazón, la fuerza de mi vida, la perseverancia en mis propósitos; sólo Dios me los puede dar. Toda moral, toda liberación, todo sentido de humanismo que no tenga en cuenta esta contemplación, esta oración con Dios, es falsa. Si no lo es, hipócrita.

Queridos hermanos, ojalá que mis pobres palabras despertaran en el hombre que no reza, siquiera un ensayo de ponerse en contacto, porque a Dios le basta ver en su creatura el primer impulso de querersele acercar, y él se inclina para dialogar con el hombre. Diríamos que Dios tiene más ganas de hablar con nosotros, que nosotros de hablar con él, y que basta un pequeño impulso de orar.

Retírense como Abraham, bajo la sombra del mambré. Allá bajo un roble, bajo un amate; allá a las orillas de un río, frente a nuestros bellos paisajes. ¿Por qué no detenerse un momentito y levantarse de esas bellezas al Creador? Que no se pase esta semana sin hacer ensayos profundos de esta búsqueda de Dios; y les aseguro que el otro domingo que volvamos a misa vendremos más empapados de esta visión, con más fervor en el alma para encontrarnos en la misa con este Dios que buscamos por todas parte y que en todas partes podemos encontrar.

Además del encuentro con Dios, la oración me da la unidad y la razón de ser: La explicación de mi Iglesia. Es una hora de Iglesia la que estamos viviendo. No hay labio salvadoreño que no haya pronunciado mil veces la palabra «la Iglesia»; pero muchos no la conocen. Para unos, es la peste más grande, y hay que acabar con ella; y la persiguen y la calumnian y la difaman; y muchos se llaman hijos de la Iglesia, asociaciones católicas. ¿Qué sentido de Iglesia tienen los perseguidores? Pero lo más lastimoso es que gente que vive dentro de la Iglesia no ha comprendido; porque el Concilio lo dice, y el Concilio se reunió varios años en reflexión, como si la Iglesia estuviera tomando conciencia de sí misma. Se parece a ese momento en que el joven o la joven, llegando a la adolescencia, va descubriendo en su cuerpo y en su espíritu los misterios más profundos de su propio ser, de su propia vida. Es como cuando el hombre reflexiona en sí mismo, y descubre la maravilla de su conciencia, de su libertad, de su inteligencia. Eso fue el Concilio, un reflexionar desde la luz de Dios, en el propio ser de lo que es la Iglesia fundada por Cristo. Y entonces se encuentra que en su oración es precisamente donde la Iglesia se conecta con ese Dios, que le da las corrientes de la vida, que le da su juventud perenne, que le da la verdad de su palabra, que le da la serenidad de su sufrimiento, que la hace enfrentarse impávida, como quien lleva a Dios frente a todas las tribulaciones. No es una sociedad humana; algo divino hay en este organismo humano que lo llena todo y lo trasciende todo, y se hace sentir sacramento de Dios en el mundo, ofreciendo fuerzas de salvación, ofreciéndose al hombre de hoy, con todas las energías del resucitado, para darles vida a los hombres que mueren, que envejecen, que enferman, para encontrar la esperanza. Por eso, cuando comenzaba esta situación de la Iglesia en El Salvador y yo tenía la dicha de dirigir mis primeras palabras a esta querida Arquidiócesis, yo les decía -y ustedes lo comprendieron- que lo que el hombre anda buscando en el mundo, aquí lo tiene la Iglesia para ofrecércelos; y lo que más me ha llenado de satisfacciones profundas en este Episcopado, tan lleno de circunstancias interesantes, es que muchos hombres se me han acercado. Lo han dicho por allí, que han encontrado en la Iglesia lo que no habían encontrado; que han sentido la Iglesia como fuerza de Dios. ¡Cómo me llena, cuando se acerca alguien para decirme: «Yo me había alejado de la Iglesia, pero ahora cuente conmigo; yo quiero ser un verdadero católico!».

Van descubriendo en esta Iglesia lo que la Iglesia lleva en sus entrañas: La fuerza de Dios. Y en la medida en que un hijo de la Iglesia ora, él también se hace instrumento de Dios. En su exhortación sobre la evangelización del mundo actual, el Papa Paulo VI llega a decir: ¿Qué es la evangelización? Es un hombre o grupo de hombres que se encuentran con el mensaje de Cristo y se sientan a reflexionarlo, y lo asimilan y sienten que es alegría, que es vida, que es satisfacción. Y no les cabe dentro de sí, sino que van a expandirlo. Se evangelizan para luego evangelizar. Se recibe la vida para dar vida. Cada católico que sepa orar, será eso: Una fuente, como las fuente que se llenan de agua y que rebalsan para regar y fecundar un campo. Cada cristiano que ora, cada hijo de la Iglesia que se pone en contacto con esta fuerza de oración, cada católico que quiere ser como María, Avida de recibir las palabras de Jesús, se llama de espiritualidad, y rebalsa y riega, y hace santa a su familia y convierte pecadores, y acerca almas a Dios, y por donde quiera va llevando el testimonio que sólo Dios puede dar.

El ejemplo es maravilloso de muchos santos que vivieron esta plenitud de Dios; y nadie como ellos han construido la historia. Los verdaderos protagonistas de la historia son los que están más unidos con Dios; porque desde Dios auscultan mejor los signos de los tiempos, los caminos de la Providencia, la construcción de la historia. ¡Ah! Si tuviéramos hombres de oración entre los hombres que manejan los destinos de la patria, los destino de la economía. Si entre los hombres, más que apoyarse en sus técnicas humanas, se apoyaran en Dios y en sus técnicas, tuviéramos un mundo como el que sueña la Iglesia: Un mundo sin injusticias, un mundo de respeto a los derechos, un mundo de participación generosa de todos, un mundo sin represiones, un mundo sin torturas. Y me perdonan que siempre mencione las torturas, porque hay una pesadez en mi pobre espíritu cuando pienso en los hombres que sufren azotes, patadas, golpes de otro hombre. Si tuvieran un poquito de Dios en su corazón, verían en ese hermano, un hermano, una imagen de Dios; y lo digo porque las situaciones siguen; siguen las capturas, las desapariciones. Ojalá hermanos, que un poquito de contacto con Dios, desde esas mazmorras que parecen infiernos, bajara un poquito de luz e hicieran comprender lo que Dios quiere de los hombre. Dios no quiere esas cosas. Dios reprueba la maldad. Dios quiere el bien, el amor.

Sólo haciendo oración se puede descubrir lo que Dios quiere; y esta es la tercera consideración con que quiero terminar: Sólo desde la oración, desde la contemplación a Dios, podemos descubrir la verdadera grandeza del hombre. Ese pensamiento que les leía de la carta de Aguilares: El padre Grande nos enseño a «descubrir la grandeza de los hombres y se compadeció ante sus sufrimientos…» No se desentendió del hombre; al contrario, lo criticaron al Concilio, porque dijeron: «Se ha volcado mucho al hombre de hoy, a la Sociedad de hoy; casi ha sido infiel al evangelio». De ninguna manera ha sido infiel al evangelio, dijo el Papa; precisamente, arrancando del evangelio el mandato de Cristo, amar a los hermanos, ha hecho de este Concilio, el Concilio de la caridad, el Concilio que se acerca al hombre de hoy con su problemática tan difícil de comprender: Hombre por una parte grande, que se eleva sobre sus inventos, sobre sus grandezas; pero por otra parte deprimido de sus propias desgracias, un hombre amargado de la vida, un hombre sin ilusiones. Y ¿qué sucede -dice el Papa- cuando el Concilio se encuentra con este hombre? No le da diagnósticos de muerte, no lo castiga con anatemas. Ha sido un característica de este Concilio que quiere ser el espíritu de la Iglesia de hoy. Una simpatía grande se vuelca sobre el hombre; porque descubre en el hombre a un agobiado de sus incredulidades, de sus pecados, de sus crímenes, la imagen de Dios que hay que embellecer, que hay que retornar a su primitiva grandeza. Y esto es la Iglesia actual, queridos hermanos, es la Iglesia de la simpatía, la Iglesia del diálogo, la Iglesia que se acerca al hombre en su grandeza o en su miseria. La que descubre la dignidad y le enseña al hombre que debe de respetarla en sí y en los demás. La que le dice que hay que salir de condiciones infrahumanas a condiciones más humanas, hasta las condiciones divinas de la fe, de la oración, del contacto con el Dios que ha creado a los hombres para dialogar con ellos y hacer con ellos su familia por toda la eternidad.

Esta vocación preciosa del hombre es la que la Iglesia no puede olvidar. Y cuando le dicen a la Iglesia -ciertas personas tradicionalistas o ciertos intereses egoístas que no quisieran tocar este punto; que se ha olvidado de su misión religiosa y solamente está tratando asuntos políticos y sociales, es porque olvidan que en la política y en los elementos económicos y sociales, es donde el hombre se desarrolla. Pero a la Iglesia no le interesan los intereses políticos o económicos; sino en cuanto tienen relación con el hombre para hacerlo más hombre y para no hacerlo idólatra del dinero, idólatra del poder; o desde el poder, hacerlos opresores; o desde el dinero, hacer marginados. Lo que interesa a la Iglesia es que estos bienes que Dios ha puesto en las manos de los hombre -la política, la materia, el dinero, los bienes sirven para que el hombre realice su vocación de hijo de Dios, de imagen del Señor. Y todo ésto solamente lo aprende la Iglesia cuando, apartándose de tantos peligros de los ídolos de la tierra, se pone como María frente al único Señor, el único necesario, de donde deriva la única razón y la esperanza, la fe, la grandeza que los hombres pueden tener.

Por eso, hermanos, el mensaje de la palabra de hoy es vital. Yo quisiera que de aquí saliéramos llevándonos la imagen de esas dos mujeres que caracterizan a la Iglesia: Marta y María. No dejemos de trabajar. Intensifiquemos nuestro ir y venir como Marta; pero cuidado si nos olvidamos de lo único necesario que ha comprendido María. Que en el corazón haya una fuerza que une toda nuestra actividad y que descubre la razón de ser de todo lo que hacemos: Dios, Cristo, la dignidad humana. No trabajemos nunca perdiendo de vista a Dios. Como el Concilio, inclinémonos al hombre, a la tierra; pero con el corazón lleno de esperanza, de fe y de amor, muy unido con Dios. Este es el equilibrio de la verdadera santidad moderna: Ser como Marta muy comprometidos, muy activos con la actividad de la tierra. El compromiso de las cosas temporales que Dios ha puesto en nuestras manos, manejémoslo bien. Trabajemos, desvivámonos por los demás; pero nunca lo hagamos únicamente por una filantropía, es decir, sólo por el hombre, sólo por la tierra. Hagámoslo por una verdadera caridad que se inspira en Dios y que como María aprende en el lenguaje, en la meditación del evangelio: Continuamente almas de oración, almas de lectura bíblica, almas de reflexión en común para elevarse a Dios; y desde Dios bajar para trabajar en el mundo. Estos son los verdaderos equilibrios evangélicos que, gracias a Dios, están viviendo muchos hoy en nuestros días, y que espero que sea para todos la pauta de la vida moderna.

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La Siembra de la Palabra del Reino

15º Domingo de Tiempo Ordinario

Domingo 16 de julio de 1978

Lecturas:
Isaías 55, 10-11
Romanos 8, 18-23
Mateo 13, 1-23

El mismo evangelio que se acaba de escuchar, queridos hermanos, nos pone un marco pintoresco para nuestra homilía. Yo me imagino la muchedumbre de Catedral y los grupos reunidos en torno de los receptores de Y.S.A.X., lo mismo que esa muchedumbre anónima, que escucha en caseríos lejanos, o tal vez a escondidas, pesquizando que va a decir el Arzobispo. Es la muchedumbre; que seguía a Cristo. Yo quisiera sentir a Nuestro Señor, el Divino Maestro, sentado con ustedes en la muchedumbre; mientras él en ese cuadro agreste, a la orilla de un lago. Escucharlo desde la lancha donde está predicando.

¡Qué sencillo era Jesús! ¡Qué cuadros naturales le gustaban para su predicación! Y qué hermoso es oír que nuestro campo salvadoreño, también en estos días con las lluvias que han caído -¡gracias a Dios! nos está ofreciendo los maizales y las cosechas, y el Maestro, mirando todo ese panorama, se inspira para contarnos una de sus más hermosas parábolas: La del Sembrador.

Y así quisiera yo llamar a esta homilía, La Siembra de la Palabra del Reino, y presentar tres ideas: 1ª) La palabra del Reino, es semilla; 2ª) La proclamación de esa palabra, es siembra. Se llama Evangelización y 3ª) La cosecha de esa siembra es la Salvación Integral del hombre y del mundo.

Pero antes de desarrollar este pensamiento, yo quiero dedicar mis humildes palabras y la atención de ustedes, para convertirlo en un acto de cariño filial a Nuestra Señora, la Virgen del Carmen. Hoy 16 de Julio, nuestro pueblo siente que María, bajo ese título del Carmen, es la gran misionera popular. Yo también quiero sentirme hoy, acompañando a las muchedumbres peregrinas que van desde todos los cantones, con estandartes de la Virgen a celebrar el día del Carmen. Y desde este lugar, yo quiero solidarizarme con esas manifestaciones de cariño en honor de nuestra Señora.

Desde ayer la Congregación de Carmelitas de San José, consagró a la Virgen dos nuevas religiones; mientras la Superiora General me decía como nos está bendiciendo el Señor con tantas vocaciones. Y de verás allí, las novicias que daban ese fruto de dos profesas y las postulantes, son una esperanza para una congregación que es una siembra auténticamente salvadoreña. También este día, Las Carmelitas de Santa Teresa, están celebrando el aniversario de la Consagración de su bonita Iglesia del Hospital de la Divina Providencia, donde dos religiosas Carmelitas celebran hoy también 25 años de vida consagrada. Quiero agradecer también la labor de los Padres Carmelitas, que en la Parroquia del Carmen de la Colonia Roma, nos están prestando tan valiosa colaboración. A las Carmelitas del Colegio Santa Teresa de la Gruta, a las comunidades de Carmelitas, que dedicadas directamente a obras de promoción, como es el de la Colonia Utila en Santa Tecla y Hogar Santa Teresita en Apulo. En parroquias como Guazapa, Ciudad Barrios, también con trabajos directamente pastorales, y también todas aquellas parroquias, cantones, Ermitas que hoy están dedicando sus fiestas patronales a Nuestra Señora del Carmen. Destacándose entre todas, la Parroquia de Nuestra Señora de la Merced, aquí en San Salvador, donde se venera una imagen de la Virgen del Carmen, coronada con autoridad del Papa. Es un tesoro de la devoción popular a Nuestra Señora del Carmen, lo mismo que, como una personificación de todas esas cofradías que durante nuestros siglos cristianos han ido surgiendo en tantas partes. Unamos pues nuestra reflexión a este cariño del pueblo, de la vida religiosa y sacerdotal a Nuestra Señora del Carmen.

También ya que esa nave desde donde Cristo habla a la Iglesia de todos los siglos, es esta Iglesia. Los hechos de la Iglesia, también tienen que ser un marco de esta homilía de hoy. En esta semana los Obispos de El Salvado hemos estado reunidos en Conferencia Episcopal, para tratar asuntos de carácter general: Como es el Seminario, como es la preparación para la reunión de Puebla y también tuvimos un estudio muy a fondo sobre la realidad socio-político-económico de nuestro país. Y ante estas realidades que interesan a todos, queridos hermanos, yo quiero decirles, para ustedes que están como escandalizados de la desunión de sus Obispos, que sepan ser superiores a los pecados humanos de la Iglesia. Y que sepan amar la Iglesia, no por el buen ejemplo de sus sacerdotes, sino por su conciencia que debe de ir madurando cada vez más y prescindir, así como Cristo decía una vez en su Evangelio, hablando de los sacerdotes de su tiempo. «Haced lo que ellos dicen, aunque no hagáis como ellos hacen». Si por desgracia les damos mal ejemplo, no es el mal ejemplo el que debe de influir como un pretexto para decir: Pues, ya todo el mundo se está haciendo protestante.

La parábola de hoy les va a responder maravillosamente a esa fe inconstante. Prescindan de las deficiencias humanas. Allá Dios nos pedirá cuenta a cada uno. Pero sepamos ver en nuestra jerarquía, a pesar de sus deficiencias, los Pastores responsables de este rebaño de su Iglesia. Y oremos mucho. Y que en vez de apagarse nuestra fe, crezca en el interés de estas cosas que son Iglesia, como es el Seminario; como es la evangelización que se va a estudiar en Puebla; como es el problema de la Iglesia iluminando las realidades de nuestra tierra. Eso nos interesa. Maduremos en nuestra fe, hermanos. Yo les suplico levantarse a las alturas, donde Cristo es el verdadero Obispo de nuestras almas. Y que también nosotros Obispos y Sacerdotes, Religiosas y Fieles, mirándolo a El, nos convirtamos cada vez más a ser sus humildes seguidores y predicadores.

Quiero también en este marco de Iglesia, alegrarme con la Comunidad de Tepecoyo, donde el domingo pasado bendijimos una Iglesia preciosa y admiramos la labor pastoral de las Hermanas de la Caridad. Se dieron cita allí, quizá todas las Hermanas de todas las casas de El Salvador. Fue una alegría poder aprovechar aquella homilía, para agradecer y para orientar en el espíritu de San Vicente de Paul, este trabajo que están desarrollando allá, las hijas de la Caridad.

También tuve la oportunidad de visitar la Comunidad de Cojutepeque y admirar lo adelantado que está el Templo nuevo del Calvario. Fui con el fin de conseguir una casa para una obra en aquella ciudad, y gracias a Dios, y a la generosidad de una señorita bienhechora, creo que será realidad este proyecto.

En nuestros periódicos apareció esta semana, el comunicado de los PP. Jesuitas, comentando el cateo al que me referí el domingo pasado. En su declaración me gusta subrayar estas frases: «Tras la búsqueda, los agentes de seguridad, pretendieron justificar su acción con esta frase: Dispensan la actual situación en que vive el País». Y los Jesuitas comentan: «Es precisamente esta situación del país que parece que apenó a los policías que catearon a los Jesuitas, la que da todo su sentido a sucesos como éste. Una situación padecida a todos los niveles, pero de una manera especial por los campesinos y las clases oprimidas. Además de las deficientes y ominosas estructuras del país, las campañas organizadas de insultos y calumnias. Es ASQUEROSO cómo el Gobierno puede tolerar unas campañas que más parecen cloacas, desahogos de resentimientos, y que se haga ésto es un ambiente de ley de orden público. La ceguera humana de unos pocos, la violencia irracional descargada sobre los humildes y sobre todos aquellos que quieren de verdad servir al pueblo, bien sean sacerdotes o religiosas, campesinos o intelectuales, esta situación es la que está fomentando e incrementando un clima de angustia y pánico colectivo.

Hoy se vive el miedo en nuestro país, en todas las esferas, etc. Si no lo han leído, les recomiendo que lean ahí una declaración muy valiente y muy justa, a la que se solidarizan ya, otros elementos de la Iglesia, por esa injusticia de haber cateado como sospechando de que tengan armas, unos sacerdotes que están al servicio de la fe y de la justicia en nuestro pueblo.

Queridos hermanos, otros hechos los voy a mencionar después, en la oportunidad de esta homilía. Yo les decía, mi primer pensamiento es considerar la palabra de Dios como esa semilla. Que no se nos haga rutinaria esa expresión que se oye todos los domingos aquí en la Misa: «Palabra de Dios». Me alegro de tener hoy, inspirado por la bella parábola de Cristo, la oportunidad de explicar un poco la teología de la «Palabra de Dios».

Isaías en la primera de hoy, más bien la compara como la lluvia. Anoche que estudiaba este punto, me parecía qué bello estuvo el lenguaje de Isaías cuando se siente caer una lluvia suavecita que empapa la tierra. Así es la palabra de Dios, dice el profeta, para hacer germinar. Pero el Evangelio sabe que la lluvia de nada sirve si no hay una semilla incertada en la tierra. Las dos cosas, las tres cosas son necesarias: Lluvia, semilla y tierra, si no, hay germinación ni cosecha. Pero fijémonos en lo principal: La semilla.

Cuando Pablo VI hablaba de que había que renovar la Iglesia, y que era la meta del Concilio Vaticano II, aclaró muy bien: Renovación no quiere decir acomodarse a los modos modernos, a veces anticristianos del mundo. Renovación quiere decir, hacer que la Iglesia sea coherente con la semilla que se plantó. Un árbol por más que crezca, siempre es coherente con semilla. Lo que interesa pues, es saber que la palabra de Dios es una semilla y que no se puede alterar. Ya quisiéramos una doctrina más acomodada a nuestros intereses. Ya quisiéramos una predicación que no molestara tanto, que no creara conflictos. Pero cuando Cristo plantó la semilla tuvo conflictos; porque esa semilla que es la Palabra del justo, del santo, del que sabe lo que quiere cuando ha creado al hombre y la naturaleza, orienta y choca contra el pecado, contra quienes no quieren dejar crecer esa semilla. Ya en el Antiguo Testamento, cuando ustedes leen el Génesis, dijo Dios «palabra», pero no una palabra mentira como son muchas de las palabras de hoy, sino una palabra poder, una palabra que identifica la alocución, la voluntad y la acción. Una palabra que cuando dice hágase la luz, se hizo.

Esa es, ese es el sentido de la palabra en la Biblia. Tanto es así, que cuando en la Biblia se menciona un nombre, «le pondrás por nombre…», no es un nombre vacío como entre nosotros: Juan, Federico o lo que sea, sino que el nombre siempre significa algo que va a ser vocación de esa persona.

Cuando en el Exodo, la palabra de Dios que ha creado al mundo es la que va orientando los pasos de Moisés, se abre otra perspectiva a esta palabra. La palabra de Dios ha hecho la creación, pero hace también la salvación. Esto es importante, hermanos, que la salvación que Cristo trajo al mundo, ya fue anunciada por Dios, y su palabra que redime, está en la misma línea de la palabra que crea. La creación y la redención son obra de la palabra de Dios. Querer una creación, querer unos campos, unos ganados, unas haciendas, prescindiendo de la redención de Cristo, es una utopía, no se puede. El Dios que ha creado el ganado, el Dios que ha creado las haciendas, las fincas, es el Dios que en Cristo exige justicia, es el Dios que redime, el Dios que quiere más justicia entre los hombres, es el Dios que castiga al Faraón para dejar libre a los oprimidos israelitas; es la palabra de Dios que va creando y va redimiendo; va haciendo la historia y en la historia va haciendo la salvación. Qué consolador es ésto, a que ese Dios al que yo rezo: «Padre Nuestro…», no es un Dios desencarnado de mi hambre, de mi realidad, de mi creación. Que es un Dios que se preocupa de mi cuerpo, de mi alimento. Que es un Dios que me redime espiritualmente, pero es un Dios que me redime también corporalmente, socialmente. Está haciendo la historia. Que el Dios de la historia de El Salvador, es el Dios de la Iglesia; y la Iglesia hablando de la historia de El Salvador, no se está metiendo en política, sino recordando que el Dios de nuestra historia, es el Dios que habla dentro de su Iglesia y reclama a la política, a la sociología, a las cosas naturales de El Salvador, que vivan conforme a su palabra, que ha creado esos bienes, para que sean felicidad de todos y no lucha de clases ni egoísmos.

Palabra de Dios sobre todo aparece, cuando los profetas salen a hablarle a los reyes o al pueblo, diciendo esto dice el Señor. Allí la palabra de Dios se hace reclamo, se hace denuncia, se hace alabanza de las virtudes. Es vocación, es transmisión de la voluntad divina. Y esa misión de los Profetas es la que Cristo encomendó a su Iglesia, la cual desde el púlpito de Catedral y desde los púlpitos, tiene que decir: «ésto dice el Señor». Y el pueblo tiene que obedecer, no porque lo siga el Arzobispo, sino porque el Arzobispo es un humilde mensajero de lo que dice el Señor.

Y llegamos al Nuevo Testamento, donde la palabra de Dios recobra todavía teologías más profundas. La Palabra de Dios en los labios de Cristo, llega a su profundidad más honda, es la buena nueva, el Evangelio, la noticia de salvación. El Reino de Dios ha llegado y en su persona Cristo es, no sólo dice, sino que es la palabra de Dios, el verbo -quiere decir palabra- se hizo carne y habitó entre nosotros. En el Nuevo Testamento la palabra de Dios no solamente es una potencia creadora, conservadora, directora del mundo. En el Nuevo Testamento la palabra de Dios es Dios hecho hombre, Dios que enseña.

Por eso les decía, que pintoresco el marco de nuestra homilía de hoy. Aquel Jesús subido en la barca, a la orilla del lago, enseñando a la muchedumbre, es Dios que está hablando con su lenguaje arameo al alcance de aquellos arameos que le escuchaban. Y que en Pentecostés, se hizo pluriforme del lenguaje, y habla en español; a través de sus sacerdotes sigue hablando Dios en esta Iglesia. Pero si ese Cristo es la palabra de Dios, San Pablo la puede llamar con una frase muy original, la llama Cristo: Es el sí y el amén de la promesa. Como para decirnos todo lo que Dios prometió en el Viejo Testamento, Cristo dice sí, es verdad, yo soy la persona hecha hombre. Amén, quiere decir así es. Es la consumación de lo que Dios ha dicho. Es un acto de fe, creer que todo cuanto Dios ha prometido de salvación, de fidelidad, lo ha encarnado en mí, yo soy el Amén, el sí de las promesas de dios; yo soy la potencia salvadora del mundo, yo soy el salvador del mundo, yo soy la luz, el que me sigue no anda en tinieblas. Yo soy la verdad y no hay verdad fuera de mí, todos los que se oponen a mí o me marginan, se quedan en la mentira, yo soy la luz, yo soy la verdad, yo soy el camino, yo soy Dios en medio de vosotros, yo soy potencia salvadora, dichoso el que me abraza con la fe, me ama y me sigue.

Qué hermoso es ser cristiano, de veras es abrazar la palabra de Dios encarnada, hacer suya la fuerza de salvación. Tener esperanza aún cuando todo parece perdido. Por eso mi trabajo hermanos, aquí en Catedral y en mi Ministerio Episcopal y mi mayor satisfacción y alegría es cuando escucho al pueblo, como lo he escuchado en esta semana en diversas manifestaciones, que dicen que les transmitimos esperanzas; despertamos su fe y les decimos que aún cuando no haya opciones políticas, porque no se sienten llamados a esos campos, ya son trabajadores de un mundo mejor quienes abrigan en su corazón esta fe y esta esperanza en Cristo. Y si desde Cristo abrazado con esa fe cristiana se sienten con vocación política, tienen el deber de ir a trabajar políticamente, pero bajo la inspiración de este amén, de este sí, de este camino que ofrece salvación a nuestro pueblo y fuera de allí, no puede haber salvación.

Este Cristo, potencia salvadora de Dios encarnado, muerto en la cruz y resucitado para no volver a morir, ha dejado una institución en este mundo que se llama la IGLESIA. Hermanos, no empañemos esta figura de la Iglesia, que está desempeñando la misión misma de Jesucristo. Toda la potencia del Dios encarnado en Cristo, se ha dejado a esta Iglesia. Id y predicad a todo el mundo, el que creyere se salvará y el que no creyere se condenará. Y los apóstoles cuando escribían, y cuando predicaban, sabían que no eran más que unos humildes seguidores inspirados por aquella revelación que había venido a salvar al mundo. De allí que la Biblia, guarda en páginas, la palabra de Dios. Pero la Biblia sola no basta, es necesario que de la Biblia, la Iglesia la retome y vuelva hacer la palabra viva. No para repetir al pie de la letra salmos y parábolas, sino para aplicarla a la vida concreta de la hora en que se predica esa palabra de Dios. La Biblia es como la fuente donde esa revelación, esa palabra de Dios está guardada. Pero de qué sirve la fuente por más limpia que sea, si no la vamos a tomar en nuestros cántaros y llevarla a las necesidades de nuestros hogares. Una Biblia que solamente se usa para leerla, y vivir materialmente apegados a tradiciones y costumbres de los tiempos en que se escribieron esas páginas, es una Biblia muerta. Eso se llama biblismo, no se llama revelación de Dios.

Por eso, nuestros hermanos protestantes cuando no critican a nosotros de aplicar esa palabra de Dios a las circunstancias actuales de nuestro tiempo, de Dios a las circunstancias actuales de nuestro tiempo, de nuestro país, y ellos se encastillan en una predicación desencarnada, espiritualista, a veces hasta embustera y mentirosa, como los grandes campañas de sanación, entonces no es la verdadera palabra de Dios, ya se hizo palabra de hombres, palabras de charlatanes, palabras de acomoditicios, porque por algo el Gobierno está amparando las campañas protestantes. Naturalmente si no molesta esa predicación, bendito sea ese cristianismo, que no toca la llaga de nuestra Sociedad. Pero una predicación que la palabra de Dios dice: «Esto dice el Señor», la Biblia, pero para hoy.

Otra cosa de la palabra de Dios, hermanos, que siendo semilla, lleva gérmenes de vida, y por eso la Iglesia cuando la asume y la aplica, vive los sacramentos. Los sacramentos son otro aspecto de la palabra de Dios. Ya fue superada aquella distinción que antes se había levantado entre evangelización y sacramentalización. Por desgracia hemos sacramentalizado sin Palabra de Dios. Hoy gracias a Dios, se exigen las explicaciones pre-sacramentales. Sean dóciles a asistir a esas charlas que preparan el bautismo; que preparan el sacramento, porque sólo cuando se llega a comprender un sacramento como palabra de Dios, explicada en la revelación de Dios, sólo entonces tiene sentido que a un niño le echen agua en su cabeza en la pila bautismal. Si no hay evangelización, ¿qué sentido tiene eso? ¿Qué sentido tiene llevar un niño para que el Obispo le haga una cruz de aceite en la frente y le dé una palmadita en la Mejía, si no se sabe lo que el Evangelio dice de ese Espíritu Santo que se da en la Confirmación. De qué sirven dos que se quieren y se casan y van a la Iglesia por un acto social, pero no comprenden el gran misterio que San Pablo explica en la Biblia, del Cristo que se casa con la Iglesia y que muere por ella, y una Iglesia que le vive fielmente a Cristo?

Los sacramentos sin Evangelio, los sacramentos sin Palabra de Dios, se convierten casi en magia, en una costumbre, en una rutina, en una tradición de familia. Nos bautizamos porque todos son bautizados en la familia. Pero pocos dicen: Porque lo quiero hacer cristiano. De allí hermanos, que el sacramento es también un aspecto de la palabra semilla. La gracia de Dios, en esta Eucaristía por ejemplo; no vengan solamente por escuchar un discurso. No estaría nada contento yo, si para eso hablara en la Iglesia. Si yo pronuncio la homilía, sé en conciencia mi deber pastoral, que esta homilía es para llevar un pueblo al altar donde vamos a participar en la fe de la presencia de ese Cristo, que es la palabra que yo predico, preparando esa palabra que habla, que santifica, que redime, que se hace vida del que comulga o del que adora. La Eucaristía de cada domingo, no puede separar la palabra de Dios y la Eucaristía. Después de la homilía nos vamos al altar y en el cuerpo de Cristo, adoramos esa palabra que ya se hace silencio, porque se ha metido muy hondo en el corazón de todos los que han reflexionado la Palabra de Dios y ponen en Cristo toda su esperanza y lo hacen presente en nuestra Sociedad.

Si la Iglesia predica y dice: «Esto es Palabra de Dios», ¿estará loca o en nombre de qué principio dice eso?. Hermanos, ésto es muy interesante, que Uds. Sepan que aquél Espíritu que inspiró a Cristo y que lo resucitó de entre los muerto y le está dando vida eterna, el Espíritu de Dios, es el mismo Espíritu que Cristo resucitado en la noche de la Pascua, soplando sobre su Iglesia, se lo dio para decirles: «Recibid el Espíritu Santo». Y que en Pentecostés en forma de un huracán y de lenguas de fuego, tomó posesión de esta Iglesia, que gracias a esa vida de Cristo en el Espíritu Santo, sigue predicando la palabra de Dios.

Qué distinto es predicar aquí, en este momento, que hablar como amigos con cualquiera de Uds. En este instante yo sé que estoy siendo instrumento del Espíritu de Dios en su Iglesia para orientar al pueblo. Y puedo decir como Cristo: El Espíritu del Señor sobre mí, a evangelizar a los pobres me ha enviado. El mismo Espíritu que animó a Cristo y le dio fuerza a aquel cuerpo nacido de la Virgen para que fuera víctima de salvación del mundo, es el mismo Espíritu que a mi garganta, a mi lengua, a mis débiles miembros, les da también fuerza e inspiración. Y a ustedes, pueblo de Dios, ese mismo Espíritu les da capacidad para oír cómo se debe oír la Palabra de Dios. Yo sé que muchos no me oyen con este espíritu sobrenatural, y de ellos puedo decir lo de la parábola, es la semilla que cae en el camino real, se la llevará el maligno. Pero sí sé que muchos me escuchan como la parábola de hoy, como tierra que recibe la semilla, que el Espíritu de Dios da a esa tierra que es el corazón de ustedes, la capacidad de oír sobrenaturalmente, la gracia de poder escuchar. De allí les decía, que no sólo el predicador enseña, el predicador aprende, ustedes me enseñan. La atención de ustedes es para mí también inspiración del Espíritu Santo; el rechazo de ustedes sería para mi también rechazo de Dios. Por eso les decía que el pueblo tiene un sentido de infalibilidad, que se llama sentido de fe. Se lo da el Espíritu Santo a la más humilde mujer del pueblo, a todos, para que cuando escuchen a un Obispo, a un Sacerdote, sepan discernir y por lo menos sospechar: Esa doctrina no debe de ser del Evangelio.

Hermanos, pero cuando yo veo esta atención, esta fe, y sobre todo esa conversión, ese buscar la Iglesia, buscar a Dios, yo digo con alegría: «Digitus Dei est hic» -aquí está el dedo de Dios-. Y en ese ambiente de aplicación, es como yo también aquí traigo las denuncias que hay que hacer; las alegrías también que hay que tener. Por ejemplo, aprovecho este ambiente de la Palabra de Dios, que se ha hecho nuestra palabra aquí, este 16 de julio de 1978, Dios me está hablando. Y dice el Concilio que este pueblo de Dios, iluminado por la fe, va a mirar las aspiraciones, las exigencias, los ideales del pueblo. Y con esa fe sabe discernir que quiere Dios a través de esos signos de los tiempos. Claro que no todo lo que exigen los hombres, es Palabra de Dios, pero en el fondo de las exigencias de nuestro momento, hay mucho de Dios, y aquí tenemos que discernir.

Por eso, cuando yo, a la luz de esta palabra, les señalo acontecimientos de la semana, ustedes mismos descubren dónde está Dios y dónde está el diablo. Dónde está el Señor para conducir a su pueblo por caminos de bondad y dónde está el rechazo de Dios que no quiere salvación en Cristo. Por ejemplo, para que vean que la palabra que la Iglesia predica y señala las circunstancias concretas, no es sólo aquí, es de todo el Continente Latinoamericano.

Sesenta Cardenales, Arzobispos y Obispos en Bogotá, han reunido las inquietudes de todo el Continente manifestados en la consulta para preparar el documento de estudio que se va a llevar a Puebla en octubre. Y cuando los Obispos hacen este estudio, dicen esto, se refieren a la desproporcionada injusticia social que se refleja especialmente en la concentración de la riqueza en unas pocas manos. Dijeron que era un 10% de la población de América Latina, el que acapara todas las riquezas, mientras la inmensa masa popular, sufre toda clase de necesidades. Comunistas, van a decir. Reflexión de Iglesia, digo yo.

Dicen también los Obispos, representando al Episcopado Latinoamericano. Se refieren a que la falta de empleo justo y bien renumerado, ha permitido un dramático incremento de la delincuencia. Sí existe terrorismo, y hay que acabar con él, pero la manera no es la represión. Hay que arreglar las bases desordenadas, injustas, de donde brotan las violencias terroristas. Hablan también de la injusticia social que vive el Hemisferio, y que puede provocar un verdadero cataclismo por la insurrección de las masas contra los privilegiados. Hablan de las empresas transnacionales que no han traído beneficios a los países latinoamericanos y más bien son fuentes de corrupción e inmoralidad, aún en sus propias naciones. Expresa la Iglesia su preocupación por la propagación de las dictaduras militares en América Latina; pero señala que son agentes propiciadores de dichas dictaduras, la corrupción y la incapacidad de los políticos tradicionales de manifestar estable la Democracia. En los regímenes militares dijeron los Obispos en Colombia, se vulneran con frecuencia los Derechos Humanos, aunque se reconoce en el documento, que la Iglesia ha gozado de ciertas libertades. Gracia a Dios que en la Iglesia en El Salvador, todavía pude hablar, pero que no se trate de apagar esta voz; porque si habla, tiene que decir la verdad, y si no, mejor no hablar. La Iglesia expresa su preocupación por el deterioro del sindicalismo en América Latina y especialmente en los países gobernados por los militares.

Y cabalmente, hermanos, tenemos hechos concretos en nuestro país que confirman esta constatación de la Jerarquía Latinoamericana: El cateo que sufrieron los jesuitas el sábado pasado, no es un cosa aislada, se están dando mucho en la ciudad y sobre todo en el campo, y contribuye a aumentar un clima de temor y de inseguridad. El 2 de julio, cerca de 500 comandos ocuparon el Cantón Río Seco y catearon las casas. El 4 de julio hubo también cateos en Jocoaitique, Torola, El Tránsito, donde golpearon y se dice que robaron también a las casas de los indefensos. También en el Cantón el Cacao de Cinquera, el 6 de julio, sacaron a dos campesinos y sólo cuatro días después los consignaron a los Tribunales.

El llamado angustioso de la señora de Matsumoto, no encuentra eco. Pero así también es injusto y doloroso, que el clamor de madres sometidas a huelga de hambre, tampoco se quiere escuchar. La Iglesia que fue solicitada en una colaboración, prestó también su auxilio para llevar una madre moribunda de la huelga, de la Cruz Roja a un centro de asistencia, junto con la Cruz Roja y el Consejo de Derechos Humanos.

Los conflictos laborales a que se refieren los Obispos en Colombia, están siendo realidades aquí en El Salvador. Hay Conflictos que no acaban de resolverse en: INCA, en TAPAN, en INDECA, CEL, COPLASA, IRA, MINAS DE SAN SEBASTIAN, MINAS DE SAN CRISTOBAL, SACOS, CUSCATLAN, IUSA, GUANTES, DIANA, REFINERIA SALVADOREÑA DE AZUCAR, CORCHO Y LATA, etc.

Queremos apoyar también, la exposición que presentó un Partido Político a la Corte Suprema de Justicia contra la forma de proceder de los magistrados de la Primera Cámara de lo Penal, que viola aún las garantías de la Ley de Orden Público. Dicen que impiden que los reos sea asistidos por sus defensores, que dilatan los procesos y detienen ilegalmente a los reos. Que no han hecho justicia cuando los reos han denunciado ante la Cámara que han sido torturados por los Cuerpos de Seguridad y organismos para-militares. El Partido pide que se investigue exhaustivamente estos hechos, que se sanciones a los responsables y que cesen estos actos violatorios. Creo que nada más justo, y se pone en la línea en que nuestra Iglesia el día de Pentecostés dijo muy claro a la Corte Suprema de Justicia, todas estas anormalidades que ya es tiempo de poner los ojos y corregirlas para honor de nuestra Patria.

Quiero decir a los campesino también que se han aprobado nuevos salarios. Cuatro veinticinco (¢ 4.25) para trabajadores mayores de 16 años, que sean varones y tres sesenticinco (¢ 3.65) diarios para las mujeres mayores de 16 años y para menores de 16 años de ambos sexos y trabajadores parcialmente incapacitados para trabajar. Solamente me extraña que la mujer siempre siga siendo segregada, cuando le pone un sueldo igual a los inválidos y a los niños. ¿Por qué no en iguales derechos que el hombre: ¢ 4.25?

Nuestra Iglesia mira también con complacencia la actitud de los Obispos de Panamá que criticaron defectos de la actual estructura del Gobierno panameño; evocaron la necesidad de la formación de una voluntad nacional que forme un nuevo orden social más justo, donde no exista la explotación del hombre por el hombre, para lo que se necesita encontrar estructuras socio-económicas nuevas. Entre los serios defectos de la actual estructura política, los Obispos panameños señalaron la falta de una clara y decidida separación entre los tres poderes; falta de eficiencia en la administración pública; poco representativo el sistema de elección de los representantes de los corregimientos que a su vez eligen al presidente. También pareció inadmisible que ciertos cuadros marxistas, pretenden erigirse en voceros políticos, no sólo del Gobierno, sino de toda la nación. Quiero felicitar a Monseñor McGrath y a todos los queridos hermanos Obispos de Panamá, por esta actitud, que como ven, no es extraña para nosotros, y nos alegra encontrar confirmación de esta línea de Iglesia en el Continente Latinoamericano. Por eso nos alegramos también, de que nuestras Comunidades, nuestro Periódico y nuestra Radio, han estado expresándose en solidaridad con el querido Padre Hermógenes López, que justamente es un mártir. Por haber defendido el agua de su pueblo, sufre la bala de los poderosos.

Y en ese recuento de cosas, hermanos, hay cosas también animadoras. Yo no quiero pasar en silencio esta mañana e invitar a la oración por el eterno descanso por don Fernando Levy. El hombre que murió por salvar la vida de unos niños, arrastrados por la corriente en el mar, el 9 de julio, en El Balsamar, departamento de La Libertad. Gracias a Dios, hay ánimo de bondad. Hasta el heroísmo. Y estos gestos son los que nos llenan de esperanza de que en El Salvador, hay buenos corazones que harán prevalecer esta semilla de Dios.

Pero como ven, la palabra de Dios, siendo la misma, encuentra cosas actuales, y esto es lo que quería decir, de que no podemos dejar de iluminar con esa palabra eterna las realidades concretas en que vive nuestra gente. Por eso, el hablar de que esta palabra siembra -es el segundo pensamiento- quiero decirles que es una de las grandes preocupaciones de la Iglesia actual: La evangelización. Hay un documento en el Concilio, hubo un Sínodo, y Puebla se va a reunir bajo este título: Evangelización de América Latina en el Presente y en el Futuro.

Lástima que el tiempo corre hermanos, pero yo quería aquí, presentarles la preciosa síntesis que Pablo VI hizo de la evangelización, al recoger las voces del Episcopado de todo el mundo, en el Sínodo de 1974. Y se preguntaba el Papa en este hermoso documento -que se los recomiendo mucho, sobre todo a las comunidades de base- ¿qué es la evangelización? Y decía el Papa, es una realidad muy compleja, y muy dinámica y hay que abarcar todos sus elementos si se quiere tener una idea completa de la evangelización, y proponía estos elementos: 1º) Llevar la buena nueva a todos el mundo para que sea fermento de todas las culturas, para que convierta las conciencias de los hombres, individual y colectivamente, para que formen criterios, no de mundo y de justicia, sino criterios de Evangelio. Esto es evangelizar en primer lugar, llevar los criterios del Evangelio de Cristo a toda la Humanidad, para renovarla en sus propios compromisos. 2º) Es un testimonio de vida. Evangelizar no es sólo decir palabras. Predicar es relativamente fácil, pero vivir lo que se predica, como le dije al Santo Padre: yo en Roma: Santo Padre, acatar las doctrinas de la Santa Sede, del Magisterio, elogiarlas, alavarlas, defenderlas teóricamente es muy fácil, pero cuando se trata de encarnar esa doctrina y hacerla vida en una Diócesis, en una comunidad y señalar los hechos concretos que están contra esa doctrina, entonces surgen los conflictos. Y esta es la vida de nuestra Arquidiócesis, por eso hermanos, porque no todos están dispuestos a vivir el compromiso del testimonio, no todos sufren la persecución, y fácilmente es decir: «No hay persecución». Pero todo aquel sacerdote, religioso o fiel que quiera predicar este anuncio del Evangelio de Cristo en la verdad, tiene que sufrir persecución. Es necesario el testimonio de vida y aquí hago un llamamiento para que la vida de todos ustedes y mía hermanos, sea de verdad una predicación muda. Así se vive el Evangelio, no solamente predicar bonitos sermones y no vivirlo.

Me decía el Santo Padre también, en una palabra íntima «No nos contentemos sólo con predicar, es necesario vivir lo que predicamos». Ayúdenme hermanos con sus oraciones, para que yo también dé testimonio de lo que estoy diciendo.

Tercer elemento de la evangelización o de la siembra, es el anuncio explícito. No basta dar buen ejemplo y callarse cuando hay que hablar. Hay que hablar, hay que predicar el contenido de esta revelación de Dios. Que Dios nos ama, que Dios nos quiere buenos, que Cristo murió por la verdad y por la justicia, que esta redención de Cristo lleva también a unas consecuencias liberadoras y el documento allí tiene una bella doctrina sobre la verdadera liberación que la Iglesia no puede volver de espalda. Luego una adhesión vital y una manifestación de pertenecer a una comunidad que si ya es de Cristo, es decir, no avergonzarse de la Iglesia y aceptar como signo de pertenencia a esa Iglesia, los Sacramentos de la Iglesia.

Ven como el Papa rompió esa dicotomía de evangelización y sacramentalización y llegó a decir: «Los sacramentos llegan a ser como el sello de la evangelización. Cuando un hombre sólo oye el Evangelio, pero no recibe los sacramentos, no está verdaderamente evangelizado. Pero cuando en la Catedral vemos que se medita la palabra de Dios y luego se alimentan de la Eucaristía, conciencias que han llorado sus pecados, que se han puesto en gracia de Dios, que han bendecido sus amancebamientos, que están tratando de salir de sus embriagueces, que están tratando de superar el atractivo de las drogas, de la prostitución, que están tratando de hacer un pueblo que de veras esté capaz de recibir la gracia de Dios, entonces tenemos una evangelización que llega hasta la adhesión de una costumbre mía, con la Leyes del Señor.

Y finalmente hermanos, un impulso nuevo de evangelizar. El que se evangeliza, debe evangelizar. La comunidad se evangeliza, para evangelizar. Una comunidad de base tiene que ser un grupo que reflexiona la palabra de Dios para aprender a vivirla, pero para transmitirla, para irradiarla. Esto tiene que ser el hogar, el matrimonio, la comunidad. Todos tenemos que ser apóstoles, sembradores. Salió el sembrador a sembrar su semilla. De todos nosotros debía de decirse esta hermosa palabra que estamos meditando.

Y finalmente hermanos -voy a terminar- mi tercer pensamiento es el más animador en las lecturas de hoy. Es la segunda lectura de San Pablo que nos habla de la cosecha. Esta semilla tiene que producir una cosecha. San Pablo nos habla de la glorificación que un día se nos dará, que es superior a todos los dolores y sufrimientos que se puedan tener en esta tierra. Yo oí en estos días esta frase de San Pablo, pero traducida al sufrimiento de un torturado que lo tuvieron amarrado tres días de los dedos y mientras sufría decía: «Son mayores las esperanzas y la gloria que espero, que este sufrimiento». Animo queridos perseguidos. Animo torturados, ánimo todos aquellos que esperan una patria mejor y no ven horizontes. Los sufrimientos, son condición de la redención que no se ganó, sino con un Cristo clavado en una cruz; pero después vino la Resurrección y en el corazón de Cristo nunca se apagó la certidumbre de que el mundo iba a ser redimido a pesar de su fracaso aparente. No fracasamos los cristianos, porque llevamos el Espíritu que resucitó a Cristo.

Otro fruto de esta cosecha, es hermoso ver ahora el mundo entero, la creación que está sometida al hombre y que San Pablo con una frase trágica llega a decirnos en la lectura de hoy: «La creación expectante está guardando la plena manifestación de los hijos de Dios. Ella fue sometida a la frustración no por su voluntad, sino por uno que la sometió, pero fue con la esperanza de que la creación misma se vería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios». Miren, esta liberación que el cristiano espera, no es sólo para los hombres. Y no es una liberación, que mañana los que ahora son oprimidos, se vayan a poner a oprimir a los otros, porque también ponen a la creación gimiendo bajo su pecado. Esto sucede muchas veces, que los movimientos liberacionistas de la tierra, sólo mientras escalan el poder, pero ese allá se hacen más groseros con aquellos que antes decían que iban a redimir. En cambio la liberación que Cristo está ofreciendo y que San Pablo ahora lleva hasta esos límites cósmicos de la creación, es cuando la creación que ahora está sometida al egoísmo, al orgullo, a la envidia, a la soberbia. La creación no es mala, el dinero no es malo, las haciendas no son malas, los terrenos son buenos. Vio Dios lo que había hecho, y era bueno -dice la Biblia-, ¿Quién lo ha sometido a la maldad? El hombre, por el pecado. El hombre que quiere apropiarse de la felicidad de los demás. El hombre egoísta que todo lo quiere para sí y le sobran los otros, y luego el marginado que se hace violento y odia y también somete al pecado su propio cuerpo y su propia vida, esta es la naturaleza que gime ahora.

Que bien comparada, gime con dolores de parto. Como la mujer cuando le ha llegado la hora, pero con la esperanza cierta de que va a dar un nuevo ser al mundo. La naturaleza y el hombre están gimiendo. Estamos sufriendo una hora de parto en El Salvador, ¡por eso duele tanto! Y duele hermanos, porque es el hombre contra el hombre; el campesinado contra el campesino; el ciudadano hermano, contra el hermano ciudadano. Es hora en que un mundo nuevo tiene que nacer, pero la redención vendrá dice San Pablo, en la medida en que hagamos nuestra esa siembra de Evangelio. Por eso Cristo compara las diversas categorías de campos donde cae la semilla.

Dicen que esta reflexión ya no fue de Jesucristo, que fue de la comunidad primitiva cristiana. Cuando los primeros cristianos ya comenzaban a sentir lo que ahora sentimos tan al vivo nosotros, que no todos reciben la Palabra de Cristo con el mismo entusiasmo. O que lo reciben con entusiasmo, pero luego ante las persecuciones, ¡cobardes! se huyen. O aquellos que quisieran recibir una palabra que creciera en su corazón, junto con su amor a las riquezas y adorar al Dios y adorar a sus riquezas. A éstos se dirige la categoría de tierras en estas palabra. Cuando una parte cae en tierra pedregosa, en el camino, en tierra entre espinas, hermanos, que hermoso examen de conciencia para cada uno de nosotros. ¿Qué clase de corazón es el mío? ¿Qué clase de cristiano soy? Tierra buena, o tierra inconstante, cobarde, prefiriendo mejor las ventanas de la tierra.

Que crezcan los charrales, las espinas, de los placeres de este mundo, no los quiero dejar, pero sí quisiera ser cristiano. Voy a misa, pero quisiera oír que el sacerdote endulzara mis oídos y no me tocara las llagas. Ya ahora ya no se puede ir a misa porque en todas partes molestan. ¡Claro!, es el que quisiera que crecieran en su corazón la Palabra de Dios junto con los vicios, junto con sus egoísmos. ¡No puede ser!, no se puede servir a dos señores. Y la Iglesia auténtica, tiene que predicar el verdadero y único Señor. La verdadera y única Palabra. La única que salva, la que germina, la que Cristo planta, no la que el demonio y las conveniencias de los hombres quisieran plantar. Por eso hermanos, termino evocando la criatura que hizo más fecunda la Palabra de Dios.

En este día de la Virgen del Carmen como no pensar en Ella, cuando todo nuestro pueblo la mira con esperanza, pero no precisamente para encontrar una salvación fácil. María es la primera que nos dice como a los sirvientes de Caná de Galilea: «Haced lo que él os diga». Y no puedo salvar a nadie si no es obediente a la Palabra de Dios, yo mismo cuando una mujer en la muchedumbre felicitó a Cristo por la madre que tuvo, Cristo le dijo no es feliz solamente por ser mi madre, eso cualquier mujer lo podía hacer, es grande porque oye la Palabra de Dios y la pone en práctica. Esto es lo grande de María. Su santidad, la fecundidad de la Palabra de Dios; y cuando encontró al niño Jesús perdido en el templo, el Evangelio constata una frase bellísima que podría ser el lema de todo cristiano: Guardaba y reflexionaba todas estas cosas en su corazón. Lo mismo cuando los pastores fueron a adorar el niño en Belén y le contaban lo que había oído, María reflexionaba la palabra de Dios en su corazón. Esta es la santidad del cristiano, que la Palabra de Dios caiga en buena tierra, queridos hermanos ojalá que yo que estoy tratando de sembrarla en esta mañana no sólo sea sembrador, sino también tierra fecunda de una palabra ayudémonos mutuamente, hagamos una comunidad Iglesia donde la Palabra del Señor produzca no sólo el treinta y el sesenta, sino el ciento por uno. Pongámonos de pie y profesemos nuestra fe:

Creemos en un solo Dios…

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La Salvación: Iniciativa de Dios

14º Domingo Tiempo Ordinario

Domingo 9 de julio de 1978

Lecturas:
Zacarías 9, 9-10
Romanos 8, 9, 11-13
Mateo 11, 25-30

Queridos hermanos:

Todos los domingos, el pueblo cristiano se reúne para alimentarse de la Palabra de Dios y de la participación de la Eucaristía. No esperemos esos dos objetivos de nuestra misa dominical. No venimos sólo a escuchar la palabra, sino que venimos a hacer que esa palabra se haga vida, se haga celebración. Palabra que se hace Pascua, que se hace cuerpo y sangre de Cristo que nos redime. Y por eso hemos de llevar en ese torrente de la Palabra de Dios lo concreto de nuestra vida; para que así, nuestra Eucaristía dominical, no sea un acto paralelo a nuestra vida, sino que sea verdadera alma, verdadera fuerza, espíritu de nuestra propia vida, de nuestra propia historia.

Por eso, siempre tengo el cuidado de darles unos cuantos ejemplos de la realidad histórica que vivimos. No es ésto salirme de marco de la Palabra de Dios. Es una invitación a todos ustedes, para que así como lo hacemos aquí el domingo, iluminando las realidades de la Patria, los problemas del país; cada uno trate de iluminar también los problemas de su propia familia sus propios problemas personales. Si somos cristianos, en ésto se debe de conocer, en que nuestros criterios con que iluminamos la realidad de nuestra vida no son criterios del mundo, criterios de egoísmos, criterios, materialistas, criterios materialistas, criterios de odio, de venganza; sino que son criterios de amor inspirados por Cristo.

Por eso, hermanos, las realidades que aquí se señalan, luego las conducimos iluminadas por esa palabra de Dios, al altar de la Eucaristía, donde toda esta vida de nuestra Patria, de nuestra familia, de nuestro propio ser individual, por más íntimo que sea, se hace sacrificio con la hostia y el vino, fruto de la tierra y del trabajo de toda la semana que traemos como manojos de espigas para nuestro altar. Son nuestras realidades las que queremos iluminar cada semana. Es hermoso, entonces, la misa del domingo porque vengo a traerle al señor el fruto de mi trabajo: Mis penas, mis esperanzas, mis fracasos, mis alegrías, mis tristezas. ¡Y todo es de él! Casi le respondo a la Palabra del Evangelio de hoy: «El que se sienta agobiado, cansado, con penas, con preocupaciones, ¡venga! y yo lo aliviaré». Y salimos de la Misa verdaderamente saboreando que no vamos solos en la vida. Que va con nosotros un poder divino que le da sentido a nuestro sufrimiento, a nuestras esperanzas y proyectos.

Así, queridos hermanos, en esta semana por ejemplo, yo he esperado, con angustia y esperanza, una repuesta a la angustia de la señora de Matsumoto. En todos los periódicos se publicó el llamamiento de parte del Arzobispado, que haciéndose eco a ese sufrimiento, está seguro de que ha de llegar a aquellos que saben el paradero del Sr. Matsumoto. ¿Dónde está? y ¿cómo está? Es lo que esta esposa desea saber con las manos abiertas a toda negociación posible de su encuentro con él. No es cierto que la familia haya cerrado la negociación. Ella está dispuesta a una negociación con tal de que sea posible, naturalmente, y si las condiciones de carácter político que los secuestradores ponían como precio de la libertad del Sr. Matsumoto se volvieron insuperables por parte de quienes pudieron negociarlas, es de responsabilidad de los políticos y no quisieron tratar las condiciones políticas.

Pero recuerden, que por encima de los intereses políticos de partido o de grupo, siempre tienen validez los sentimientos humanitarios en nombre de los cuales esta esposa afligida se ofrece a la posible negociación. Yo expreso también en el llamamiento, que me duele mucho la pérdida de la libertad y, quien sabe si también, de la vida de aquellos que se han puesto como precio de la vida y de la libertad del Sr. Matsumoto. Pero por eso mismo, en nombre de una sana moral, yo repito un gran principio que se está olvidando mucho y que hay que tenerlo muy en cuenta en todos los órdenes de la moral: «Non sun facienda mala ut eveniant bona», se anuncia en latín: «no se pueden hacer cosas malas para obtener cosas buenas». No se puede comprar ninguna libertad ni ninguna dignidad inocente conculcada. No se pretende llevar un consuelo a las familias de los desaparecidos, sumiendo en la misma angustia a otra familia. Jamás se puede hacer un mal como medio para adquirir un bien. Cuando se dice que la Iglesia se ha hecho comunista, se olvida que este principio que poco importa al comunismo, la Iglesia lo sigue proclamando. Los fines no justifican los medios. Por más bueno que sea un fin, nunca se puede poner un medio malo para adquirirlo. Esto tiene aplicaciones muy enormes. Como digo, se han olvidado mucho en nuestro tiempo.

Que alegría me dio cuando esta semana leía, en cambio, el conmovedor relato de aquel niño que les mencioné el domingo pasado, porque el Papa lo mencionó hace 15 días en su alocución del medio día. Mauro Carassale, niño de 11 años que se ofrece por su hermanito de 15 años. Que lo llevan secuestrado y dice: «No lo lleven a él, está enfermo ¡Llévenme a mí!» Y estuvo desaparecido. Y esta semana, por fin, ha vuelto a su hogar. Y dicen que se había hecho muy simpático a sus secuestradores, que cuando se despidió de ellos le dijeron: «¡Perdónanos Mario, Perdonamos Mauro!» Ojalá ese sentimiento humano, yo evoco el final de mi llamamiento con palabras del Papa hablando de otro secuestrado, Aldo Moro, le dice a sus secuestradores: «Dejadme que yo, intérprete de tantos compatriotas vuestros pueda alentar la esperanza de que todavía se albergan en vuestros espíritus sentimientos de humanidad que al fin triunfan. Yo espero la prueba de ello rezando y también amándoos siempre. Siempre que hemos denunciando un pecado, un crimen, no lo hemos hecho sin amor. Con amor y con oración esperamos que lo noble que queda en el sentimiento humano, por más criminal que sea un hombre, siempre triunfará lo bueno. Y le pedimos al Señor, amando de corazón a los pecadores, que vuelvan de verdad a un camino más humanitario» Ojalá que estas palabras, que a través de la radio sé que llegan a muchos rincones, lleguen también a ese misterioso silencio donde se esconde el Sr. Matsumoto y podamos volver a sentir la alegría de un hogar que vuelve a la tranquilidad.

También está sin resolverse el desaparecimiento del Dr. Eduardo Antonio Espinoza Fiallos, profesor de Medicina de la Universidad. Su familia pide o la libertad, o que se le someta a un Tribunal.

También sufrimos con 273 familias sin trabajo en las misas de San Sebastián, donde se les ha prometido y no se les cumple. Ojalá el Ministerio de Trabajo se sienta más responsable de este conflicto laboral como de otros, y vuelva también tranquilidad a estas gentes sin trabajo y sin comida.

Hemos visto también, con alegría pastoral, como resuena la voz en América Latina en el mismo sentido en que tratamos de hacer resonar la voz de la Iglesia en esta cátedra. Sesenta obispos en Bogotá han estado preparando, después de recoger la consulta de toda América Latina, el documento que servirá como base para el diálogo del Episcopado que se reunirá en Octubre, en Puebla. Y se han hecho allí consideraciones muy enérgicas y críticas a la actual situación social, económica y política de América Latina. El Episcopado de Colombia presentó un trabajo en que hizo un serio análisis de la situación de su país. Y estas voces, sin duda, se oirán en Puebla. ¡No pueden dejar de oirse! Cuando se dice, por ejemplo, la Iglesia Colombiana responsabilizó a las clases políticas y económicas de la crisis que vive la nación, afirmando que las instituciones nacionales acusan marcado deterioro en su función, en la efectividad para cumplir las tareas que le corresponde en el sentido ético y con normas reguladoras. Dijeron también que los militares no han escapado a la crisis moral que agobia al país. Confesaron una tremenda crisis moral que se apodera de todo los sectores de la vida nacional. La mentalidad capitalista absorbe los valores cristianos que se desearía orientara a la nación de veras, como no sólo gritar peligro del comunismo es salvar a la patria. Es que le están haciendo el juego también al comunismo estas formas sociales, políticas, inspiradas en un capitalismo también, diríamos, ateo; porque adora como Dios al dinero y al poder, y se olvida de que Dios es el Padre de todos los hombres.

La Radio Vaticano, también en esta semana, se refirió a una época difícil para las relaciones entre el Estado y la Iglesia, especialmente en América Latina, Africa y ciertos países comunistas. Ven una perspectiva cristiana, no solamente mira el peligro comunista; sino que mira también un peligro parecido en un anticomunismo de inspiración cristiana, sino de inspiración egoísta que ya desde los tiempos de Pío XII llamaba cómplice del comunismo; también a ese falso anticomunismo de que tanto nos preciamos en ambientes como el nuestro. «Ciertos regímenes -dijo Radio Vaticana-, ciertos regímenes autoritarios de América Latina les preocupa la obra que la Iglesia católica lleva a cabo a favor de lo derechos Humanos, y de las clases menos favorecidas».

Esto es tan cierto, hermanos, que donde quiera que haya un Evangelio que se predica unido a la promoción cristiana del hombre, allí surgirán conflictos. Basta una mirada por todo el Continente Latinoamericano, donde se trata de predicar un Evangelio que reclama un Reino de Dios, más justo ya en esta tierra entre los hombres cristianos, allí surgen los conflictos. Como acaba de suceder con el sacerdote asesinado en Guatemala por querer evitar que se lleven el agua de su pueblo para ir a surtir a la capital. Donde quiera que haya un esfuerzo por defender al pobre y promover al pueblo que deje de ser masa y se convierta en conciencia crítica, allí estorba la Iglesia. Por eso el problema de El Salvador es el problema de muchos países. Donde no se predica un Evangelio que provoque este conflicto, naturalmente, no hay conflicto, todo anda bien. Como anda bien el Evangelio que predican los protestantes cuando ellos tampoco quieren predicar un Evangelio comprometedor con el pueblo. Pero eso no es el Evangelio ni aquel Cristo que se hizo hombre para sentir con los hombres la angustia; y por los hombres, subir también a un calvario.

En el discurso del Señor Presidente, nos preocupa un tono dominantemente represivo y un silencio a las justas demandas de un pueblo que pide. Formalmente se ha pedido una Amnistía, las drogación de la Ley del Orden Público, más bien queda ratificada; el derecho de los campesinos a organizarse. En cambio nos llenan de esperanza muchos conceptos de una filosofía de gobierno que si se llevan a cabo podrían ser las puertas abiertas a muchos problemas del país. Por ejemplo: La filosofía, de la verdadera paz sobre bases de justicia, liberta y verdaderas leyes. La humanización de las riquezas y el sentido de función social de la propiedad privada, ¡magnífico! La participación de todos los salvadoreños en el servicio político del bien común. Respeto a la interdependencia de poderes. El hombre del campo como centro de gravedad de una política agraria. Perfeccionamiento de un sistema de justicia. Educación integral. Me gustó mucho esto: Migración a países amigos.

Yo creo que Dios no tiene la culpa. Dios ha hecho la tierra para todos y sin en El Salvador estamos hacinándonos mientras hay países con tierra valdías, los hombres tienen que entenderse para que la población sea distribuida más justamente. Yo me alegro de este proyecto de migración a países amigos. Desarrollo pleno de la persona humana. Libre expresión del pensamiento, etc. Son ideas de las que podría decir Cristo: «Como el doctor de la ley, bien has respondido, haz eso y vivirás». No habría conflicto en el país, de veras, si esas puertas se abrieran con toda la sinceridad de quien busca el bien común. Y allí es donde la Iglesia también ofrece aquella sana colaboración que el Concilio le pide. La Iglesia no se niega al diálogo y a la cooperación, solamente espera la sinceridad de los hechos y está dispuesta a dar toda la revelación de que hoy precisamente queremos hablar basándonos en la palabra de Nuestro Señor Jesucristo.

Pero antes, quiero también referirme a la vida de nuestra comunidades. Quiero destacar lo que sucedió ayer a las dos de la tarde en una comunidad de padres jesuitas. En ocho vehículos y un camión llegaron alrededor de 50 ó 60 miembros de seguridad fuertemente armados. La finalidad del operativo era la búsqueda de armas; que según ellos, había sido denunciada esa presencia de armas. Y por eso, el operativo fue como quien va a sitiar una fortaleza militar; toda la cautela. Los padres, que estaban en sobremesa después de almorzar, dieron toda clase de facilidades para el registro, adelantándose a mostrar las habitaciones de la casa. Se registró hasta el último rincón y no encontraron absolutamente nada. Los cuerpos de seguridad han tenido la oportunidad de verificar que estos sacerdotes realmente no tienen armas. Su fuerza, como la de todos los cristianos, reside en su fe y en su amor. Pero da pena pensar que se tengan estos gestos de desconfianza. Queremos confesar con nobleza que los militares iban capitaneados por gente muy entendida en esta clase de operativos. Se portaron caballerosamente, si podemos llamar caballerosidad entrar con los fusiles como apuntando a enemigos. Sin embargo, pues, no hubo atropellos personales, pero que quede constancia de que éstos no son gestos que ganan confianza a la Iglesia. Y quiero felicitar a los padres Jesuitas de esa casa, por la serenidad y la franqueza con que supieron soportar esta nueva prueba de desconfianza a su trabajo, que yo aprovecho para ratificar la confianza plena de la Iglesia en todos sus sacerdotes, pero que con valor tienen que estar dispuestos a ser objeto de conflictos, de sospechas, mientras trabajen por la promoción auténtica del hombre como Cristo nos pide.

Quiero adelantarme también a felicitar a la Comunidad de Tepecoyo donde las Hermanas de la Caridad han terminado una bonita Iglesia que va a ser bendecida hoy a las dos de la tarde. Y a este propósito, yo hago una felicitación y transmito un saludo a todas las religiosas tanto de los trabajos tradicionales de colegios, hospitales, como los trabajos pastorales directos de los pueblos. De parte del Perfecto a la Sagrada Congregación para Religiosas, Cardenal Pironio, un obispo latinoamericano de Argentina a quien tuve el gusto de estrechar muy cariñosamente, -es un gran amigo- y me dijo: «Tres cosas son necesarias para que una comunidad religiosa sea auténticamente comunidad de esperanza de Iglesia: 1a.) Que se preocupen mucho de amar a Jesucristo; 2a) Que traten de ser fiel a los carismas de su fundación, a su espíritu de Congregación; 3a) -ésto es muy importante- Que se preste al trabajo de la Iglesia local. Una comunidad de religiosos y religiosas que pone su empeño en amar cada día más a Cristo y en ser fiel a la mística a su Congregación, pero no sólo eso, sino que sobre todo pone ese amor y esa mística al servicio del pueblo donde está trabajando, a la línea pastoral del obispo que conduce la Comunidad Arquidiocesana, dígales que estoy muy tranquilo de esas comunidades aunque las llamen comunistas, tercermundistas, etc». Este Cardenal, me contó también; «no te preocupes» -me trata de tú como buen argentino- y me dice, «a mi también me han llamado comunista. Me acaba de llegar un libro titulado así: «Pironio, Pirómano, incendiario, hombre comunista», le digo, me alegro de ese honor de que también allá nos llamen comunistas, a los que como Ud., hemos tratado de hacer realidad en nuestra América esa documentación que fue inspirada por el Espíritu de Dios: Medellín. Y que se está preparando para progresar en sentido divino: En Puebla.

Y a este propósito también, hermanos, olvidaba decirles que vuelvo de Roma con una invitación especial para asistir a Puebla, donde tendré el gusto de participar junto con los obispos que estudiarán pues estos problemas de América Latina.

Finalmente quiero decirles, ya en vísperas de nuestra fiesta patronal del Salvador del Mundo, que hagamos de estos días, días de intensa oración. Aquí la Catedral se pone pintoresca, pero más que todo se pone fervorosa en estos días, vísperas de la fiesta del 6 de agosto. Vengamos a visitar al Divino Salvador. Traigamos peregrinaciones y preparémonos, sobre todo, para celebrar el 6 de agosto con una hermosa concentración de comunidades como el año pasado, allá en el Parque, para honrar en nombre de toda la Patria al Divino Salvador del Mundo. Y como un esfuerzo práctico en su honor, yo les pido una vez más, hermanos, que el esfuerzo que estamos haciendo por hacerle una hermosa Catedral, no desmaye. Gracias a Dios sigue adelante, y las líneas elegantes de la cúpula que va a coronar este templo ya se van destacando cada día más definitivas. La ayuda de todos, sobre todo en esta temporada de la fiesta de nuestro Divino Patrono.

Camino del Ministerio de la salvación

Porque yo quiero presentar mi homilía como un camino del misterio de la salvación. Un camino que arranca de la iniciativa de Dios y que explica como una redención integral en medio de los hombres pero que solamente la pueden recibir los sencillos, los humildes, no los sabios según un mundo. Estas tres ideas, pues: Primera, la iniciativa de la salvación de Dios. Segunda idea, en qué consiste esa salvación. Una salvación integral abarcando también al cuerpo, las relaciones sociales del hombre. Naturalmente lo primero su alma, su vida eterna, pero también la vida temporal. Y Tercera idea, dispongámonos porque no todos reciben esa salvación de Dios. Cristo ha dicho: «Te doy gracias Padre, porque has escondido ésto a los soberbios y las has revelado a los humildes y a los sencillos».

1er Pensamiento:

La iniciativa es de Dios

La primera lectura es un canto bellísimo a la venida del rey. «¡Alégrate, hija de Sión! ¡Canta, hija de Jerusalén! porque tu rey viene a tí». Es un rey que toma la iniciativa de venir a visitar a la Humanidad y la humanidad se alegra no porque ella haya convidado a ese rey, sino porque el rey -como dice la Sagrada Biblia- en esto conocemos que nos ha amado, en que antes que nosotros lo amáramos, él viene por nosotros. Y Cristo en el Evangelio nos habla del misterio escondido. No lo hubiéramos conocido como no se conoce lo que está pensando otro hombre mientras mantenga en el misterio de su cerebro, su idea, hasta que él por iniciativa propia dice: Voy a decirles algo, les quiero comunicar un pensamiento, del hombre. Así estaba también el Dios escondido hasta que él lo reveló: El misterio de la salvación.

Y más claramente dice Cristo: «Porque al Padre no lo conoce nadie más que el Hijo. Y al Hijo no lo conoce nadie más que el Padre y aquél a quien el Padre se lo quiera revelar». Hermanos, ¡mucho cuidado con la fe! La fe es un don gratuito. Dichoso el hombre que tiene fe, no la ha merecido él, se la ha dado Dios. Dichoso aquel que conoce a Cristo, porque nadie conoce a Cristo más que el Padre. Y el que llega a conocer a Cristo ya es participante del pensamiento del Padre. Y aquel que sabe abrir sus labios para decir con toda conciencia y amor: «Padre Nuestro que estás en los cielos», dichoso porque tiene fe, porque sabe que existe un Padre que nadie conoce, si no es que el Hijo se lo ha revelado.

Todos ustedes y yo que hemos venido esta mañana a la misa porque vamos a ofrecer el sacrificio del cuerpo y de la sangre de Cristo para aplacar al Padre por los pecados del mundo y atraer de Dios bendiciones para nuestra familia. Este conocimiento -nos podía decir Cristo ahora- como se lo dijo a Pedro: No te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mí Padre que está en los cielos. Nadie tiene fe por propio mérito. Toda fe es un regalo de Dios. Agradezcámoselo y no lo andemos exponiendo. Mucha gente está jugando con su fe diciendo: «Yo ya no creo, yo ya no tengo fe». No lo dirías si no tuviera fe. Desde luego que dices que no tienes fe, es porque sabes que hay fe y la quieres tener. Y quererla tener, ya es tenerla.

Pobrecitos aquellos que ni se les ocurre mirar al cielo siquiera por los rastros de la creación natural. Como decía Pablo hablando de los romanos, que aunque Dios no les haya revelado el misterio profundo de su personalidad divina, pueden rastrearlo por la creación y por la conservación del mundo. Son responsables, también, los hombres de vislumbrar siquiera una fe natural: Existe Dios, desde luego que existe el sol, desde luego que cada año por un mismo tiempo van apareciendo las flores, las frutas. ¡Qué orden maravilloso! Existe un ser que les da el orden y el ser a las cosas.

Pero si además de eso, como dice el Concilio, Dios ha querido hablar como de amigo a amigo, y les ha dicho a los hombres que es posible entrar en contacto con él y participar de su felicidad divina, y hacer renacer en el corazón del hombre la esperanza de otra vida que ya se hace presente también como Reino de Dios en esta tierra. Trabajar por esa otra vida, trabajar por ese Reino de Dios de más justicia, de más amor entre los hombres. Trabajar por fe y no sólo por reivindicaciones de liberaciones meramente humanas. Trabajar con la convicción de que todo aquel que ya lleva la fe en su corazón ya es un liberado. Esto me lo explicaban maravillosamente allá en el Secretario de Justicia y Paz en Roma, donde nos decían que hay que sembrar esta fe en el pueblo aún cuando no lleguemos a mirar una liberación de orden social, político o económico. No es predicar un conformismo pero es decir al hombre que ya tiene fe, que ya es libre, que la Palabra de Dios no está amarrada a ninguna esclavitud cuando se lleva a amor y se lleva el sentido de esperanza y de libertad en el corazón. Que nuestro pueblo salvadoreño, a pesar de estar tan sufrido y tan oprimido cuando despierte en su corazón la fe y la esperanza, ya es un pueblo libre.

Esta es la libertad que la Iglesia predica. Hermanos, en este sentido todos podemos salir libres, promovidos con la verdadera promoción, de esta Catedral o de las comunidades donde la Iglesia nos invita a reflexionar en la Palabra de Dios. La Iglesia no tiene un esquema, un sistema; no puede proponer una línea política, una organización popular. La Iglesia no le toca hacer eso. Y la Organización Popular que quiera decir a los cristianos que no son cristianos si no se hacen de FECCAS, de UTC de ORDEN o de cualquier organización, están mintiendo, están abusando de la Iglesia.

La Iglesia no predica ningún sistema concreto. La Iglesia no ofrece ningún método; pero la Iglesia ofrece los principios de la verdadera libertad: Creer en el Dios liberador. Y de allí surgirá para cada hombre su propia opción libre. Todo hombre es libre para optar por el camino político por el cual él quiera ayudar a la Patria, tiene derecho a organizarse con otros que piensen como él los caminos de la verdadera liberación. Lo que Dios da pues, es una fe profunda en el corazón y hacer sentir al hombre que no hay callejón sin salida; que la Patria, por más oscura que se vuelva su historia, si llega a iluminarse en el hombre seguirán iniciativas divinas que salven a la Patria. Por eso, lo primero que yo le pido al Señor y que todos ustedes inspiran en estos días del Salvador del Mundo, es que nuestro pueblo tenga fe. La fe que es un don de Dios y que gracias al Señor se nos ha dado desde nuestra niñez, si no andamos jugando con ella.

2º Pensamiento:

En que consiste esa oferta de Dios

En las lecturas de hoy, queridos hermanos, además de la iniciativa divina, aparece en qué consiste ese Evangelio. Entendido Evangelio en el sentido que lo mencionaba San Pablo. Evangelio: Fuerza de Dios, misterio escondido de Dios que se revela, misterio de salvación ofrecido a los hombres. ¿En qué consiste esto que yo quisiera ahora tener toda la claridad de un lenguaje para que me la comprendieran hasta el más sencillo de los que me están escuchando?

En primer lugar, consiste en un conocimiento. Nadie conoce al Padre sino el Hijo y al Hijo nadie lo conoce sino el Padre y aquél a quien el Padre se lo quiera revelar. Ante todo es un conocimiento. Pero no es un conocimiento de difíciles teorías. Naturalmente que es tan profundo que le da tema a los teólogos para que investiguen cada vez más. Pero es tan sencillo que Cristo nos llega a decir ahora: «Lo has revelado a los sencillos, a la gente más humilde, en cambio, lo has escondido a los soberbios». Es un conocimiento, queridos hermanos, es un conocimiento que cualquiera de ustedes y yo, el más sencillo de todos ustedes, puedo tener de que existe un Cristo Hijo de Dios que me vino a revelar que Dios me ama, que existe una vida a la cual Dios me hace participante. Que existe más allá de la historia presente, la historia definitiva, donde el Padre con los brazos abiertos me está esperando, que en mis momentos de angustia no estoy solo; que a mi lado está alguien que me dice: ¡Si estás triste si estás cansado, ven que yo te voy a ayudar! Sentir esta compañía, conocer a ese alguien que, aunque no lo veo, va tan cerquita de mí.

En ésto consiste también, el sentir su contacto. Sentir que Cristo no es un ser teórico, lejano; sino que es un ser tan presente que me está invitando en todas las circunstancias de mi vida con esa margarita del Evangelio que hemos leído hoy y que ojalá la guarden en toda su vida: ¡El que se sienta cansado, oprimido, venga a mí y yo liberaré, yo le daré descanso¡ Hagan la prueba, hermanos, hagan la prueba de entrar, como dice el Concilio, en ese santuario íntimo de su propia conciencia, donde Dios te espera para dialogar contigo. Y cuéntale todas tus preocupaciones y problemas, y verás como él te ayuda respetando tu libertad, a que seas el artífice de tu propio destino.

Sentir a Dios presente que me lo ha enviado al Padre, que ha enviado a su Hijo, Palabra eterna. Yo encuentro, queridos hermanos, en las páginas del Concilio, esta plenitud de la revelación del Padre, cuando habla el documento de la Divina Revelación, y dice que: «Envió a su Hijo, la Palabra eterna que alumbra a todo hombre, para que habite entre los hombres y les cuente la intimidad de Dios. Jesucristo, Palabra hecha carne, Hombre enviado a los hombres habla las palabras de Dios y realiza la obra de la salvación que el Padre le encargó. Quien vea a Jesucristo ve al Padre. El con su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros; sobre todo, con su muerte y gloriosa resurrección; con el envío del espíritu de la verdad lleva a plenitud toda la revelación y la confirma con testimonio divino». Cosa más bella saber que cada vez vengo a misa en el signo del pan y del vino donde se hace presente Cristo, me está contando la intimidad de la vida de Dios y me está invitando ya desde este mundo a ser un ciudadano de esa vida divina. Porque no hay que esperar a morirse para ser feliz con la felicidad eterna. Todo aquel que vive la santidad de la vida cristiana ya en esta tierra, es un bienaventurado, ya vive en el cielo. Por eso les decía que la verdadera liberación arranca de allí; del corazón del hombre, donde la fe le hace ya poseedor de esa vida eterna.

¿Y qué otra cosa es? En la segunda lectura de hoy, yo les suplico que mediten, que es la redención. Allí, San Pablo llega al nervio de una gran discusión cuando encuentra el origen de las dos grandes corrientes de la Humanidad: La maldad y el bien. La maldad tiene su origen en la carne y el bien en el espíritu. Hoy con toda claridad San Pablo nos ha dicho: «¡Vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu; ya que el espíritu de Dios habita en vosotros!». Y sigue analizando… y es necesario meterse ahora bien hondo en la Teología de San Pablo y de la Biblia para saber decir qué es en el sentido bíblico esa palabra «carne». Carne, esta blandura que nosotros llevamos forrando nuestros huesos, carne, que puede tener un sentido muy alto como cuando el Concilio nos exhorta a honrar nuestro cuerpo y dice: «No debe el hombre despreciar la vida corporal, sino que, por el contrario, debe de tener por bueno y honrar su propio cuerpo como criatura de Dios que ha de resucitar en el último día. Herido por el pecado experimenta, sin embargo, la rebelión del cuerpo». La propia dignidad humana pide, pues, que glorifique a Dios en su cuerpo y no permita que la esclavicen las inclinaciones depravadas de su corazón.

En este párrafo del Concilio, encuentro yo toda la teología bíblica de la carne. La carne es criatura de Dios. Dios ha hecho nuestro cuerpo y lo ha hecho maravilloso, hasta llegar a decir el Concilio que: «El cuerpo humano es como la síntesis de todo el mundo material, y donde el mundo material encuentra la expresión libre para agradar, alabar, agradecer a Dios que ha creado la maravilla del mundo material». Pero este cuerpo maravilloso, obra de Dios, glorificación de Dios, por el pecado se ha hecho esclavo de pasiones. Y entonces tenemos la carne en el sentido peyorativo, carne en sentido de provocación al mal, carne en el sentido de debilidad; carne en el sentido de amor a las drogas, al aguardiente, a las comilonas.

Todo aquello que agrada a la carne sin tener en cuenta el espíritu: Carne, la debilidad humana que transporta al hombre al pecado. La carne sometida por el pecado es instrumento de maldad. ¡Pero que hay que redimirla! Y éste es el esfuerzo de la redención, del cuál nos habla Pablo ahora: «¡La carne también se redime!» Ya no hay que decir, hermanos: «La salvación de mi alma». Hay que decir, como dice el Concilio: «Es todo el hombre que hay que salvar: Alma y cuerpo, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad. Es el hombre entero con sus relaciones sociales, es el hombre dueño de la naturaleza, es el hombre que tiene que administrar bajo el imperio de la Ley de Dios los bienes que Dios ha creado para todos. Es el hombre imagen de Dios, que si se ha hecho débil por el pecado en la carne, también cuenta con la redención en el Espíritu: El espíritu que resucitó la carne de Dios, y que ha hecho de una carne humana, carne de perenne juventud en la gloria de la resurrección».

Está clamando también en el cuerpo de todo hombre y de toda mujer, que quiera vivir según el Espíritu y no segun la carne, las exigencias de una dignidad que no tiene nombre. Como sería útil en este momento, en que la carne se enseñorea de los hombres, sobre todo de los jóvenes, de los matrimonios, de aquellos que quieren usar sus cosas para halagar su carne; poner la carne bajo el dominio del Espíritu y hacer de los hombres verdaderos redimidos en el alma y en el cuerpo, redimidos por el Espíritu en todo su ser humano y en todas sus relaciones humanas y con la creación. Porque la creación ha sido puesta bajo el dominio del hombre y el hombre que está dominado por la carne, somete al pecado la creación y la hace egoísta, la hace idólatra.

En cambio el hombre que se deja dominar por el Espíritu, eleva consigo a la naturaleza entera y hace de la posesión del bien que Dios ha creado para la felicidad de todos, verdaderamente una armonía que ya de esta tierra hace una antesala de aquel cielo donde dicen los Padres, ya no existe mío ni tuyo, sino que existe la única voluntad de mi Padre que nos hace felices a todos los hijos de Dios.

Por eso termino hermanos con este tercer pensamiento:

Quiénes reciben y quiénes no pueden recibir, esta ofrenda que Dios nos trae por iniciativa suya.

La Palabra de Dios es hoy bien evidente. Debió ser un momento -iba a decir desilusión- cuando Cristo veía las grandes muchedumbres que lo seguían, pero entre ellos, sólo gente sencilla: Campesinos, pescadores. Y si acaso algún sabio se acercaba le veía retirarse con desdeño, como riéndose de la doctrina que aquel loco estaba predicando. Y Cristo cuando se quedó solo, levantando los ojos a su Padre expresa la ternura, la angustia, la aflicción de su corazón: «¿Por qué, Padre, ofreciéndoles una doctrina tan bella no me la quieren creer unos; y otros, precisamente los sencillos, me la aceptan? Te doy gracias Padre, porque has escondido estas cosas a los entendidos y soberbios, y las ha revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así has querido». Iniciativa de Dios, no tiene la culpa Jesucristo, ni la Iglesia, ni el predicador. Y cuando se quieran reír de que sólo la gente sencilla nos sigue, aquí está en el Evangelio la explicación.

Porque frente a esta Palabra de Dios hoy se presentan como dos hermosos desfiles. El desfile que la primera lectura menciona cuando Cristo va entrando sobre un borriquito a Jerusalén. Rey de burla parece, y sin embargo, es el Rey que salva. Y ante ese Rey, montado en un burrito, el profeta exclama: «Este viene a desbaratar los carros, los caballos, los arcos guerreros. El es el que va a hacer la paz de todos los pueblos». Así como el Evangelio compara también con la muchedumbre de los sencillos; los sabios, los autosuficientes, los grandes según el mundo. No es que Dios rechace una clase de hombres y prefiera otra clase de hombres, es que nosotros mismos nos seleccionamos o nos segregamos. El hombre se selecciona si acepta la palabra de Dios, pertenece a ese resto honroso de Israel. Y el hombre se segrega cuando por su orgullo piensa que la Iglesia, Cristo está predicando tonteras y calificativos más repugnantes contra esa doctrina, como que todo se justifica porque no es digno de los sabios de este mundo. Entonces, queridos hermanos, son los sencillos, los hijos de las bienaventuranzas.

Como quisiera yo, que todos los que conmigo están haciendo esta reflexión de la Palabra de Dios nos formáramos el propósito de no dejar en nuestro corazón que reine el orgullo, la soberbia, la autosuficiencia. De sentir con agradecimiento que la salvación viene de Dios y solamente la aceptan los que con sus brazos tendidos como el mendigo, sienten la pobreza. En este sentido, decimos que es la Iglesia de los pobres; no la de los que no tienen fortuna pero son ambiciosos; no la de los que no tienen seres materiales pero secuestran para robar dinero; no la de los criminales que desahogan sus resentimientos en odio contra quienes los atropeyan; no la del terrorismo. La pobreza, la de las escrituras de hoy: ¡Alégrate hija de Jerusalén! Quién no siente aquí el nombre de María, la hija de Sión, la encarnación de la verdadera pobreza, la virgencita humilde, la que dice que es nada a los ojos de Dios pero que al mirarla él, la ha hecho grande el poderoso, y por ella será alabada durante todas las generaciones y por ella hará cosas grandes la Iglesia.

Esta es la verdadera pobreza de la Iglesia, ésta que yo les he tratado de predicar, queridos hermanos. Pobreza que hace consistir su fuerza en su propia debilidad, en su propio pecado. Pero apoyado en la misericordia de Cristo, en el poder del Señor. Esta Iglesia que no quiere hacer consistir su fortaleza en el apoyo de los poderosos o de la política, sino que se desprende con nobleza para caminar únicamente cogida de los brazos del Crucificado que es su verdadera fortaleza. Esta pobreza de la Iglesia que se predica a los que tienen y a los que no tienen, sólo se les pide alma de pobres, alma de desprendimiento, alma de brazos tendidos para esperarlo todo de Dios y no confiar como en ídolos falsos en las cosas de la tierra.

Queridos hermanos, el mensaje de hoy es precioso y vale la pena que ahora, viviendo todas las vivencias de nuestra semana; las pobrezas de nuestra vida, nuestra situación sin trabajo, no con un conformismo que adormece, sino con la fuerza de lucha que da la fe; pero con una fuerza que se apoya en Dios, nos acerquemos al altar del Señor. Y allí junto al sacrificio de Cristo, el Pobre por excelencia, el único que sufrió siendo rico, desnudo en una cruz y muere necesitado de todos. La pobreza verdadera del que encuentra en Dios su amparo. En Tí Señor, he puesto mi esperanza y no quedaré nunca confundido. Esta es la Eucaristía que vamos a celebrar. La Eucaristía de los pobres, la Eucaristía de los que todo lo confían en Dios, la Eucaristía de los que no saben odiar sino perdonar. La Eucaristía de los que saben que todos necesitamos de Dios y pedimos unos por otros, como los pobrecitos del Señor para alcanzar de Dios la riqueza que solamente da a los sencillos y humildes, y niega a los soberbios y orgullosos.

Creemos en un solo Dios…

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El Papa: Corazón de la Iglesia

13º Domingo de Tiempo Ordinario

Domingo 2 de julio de 1990

Lecturas:
II Reyes: 4, 8-1. 14-16a
Romanos: 6, 3-4. 8-11
Mateo: 10, 37-42

Muy queridos hermanos:

Lo que estoy sintiendo en este momento en la Catedral repleta de fieles, con representaciones del Clero, del Seminario, de la vida religiosa y de las diversas comunidades de la Arquidiócesis, así me he estado sintiendo durante estos días desde que salí rumbo a Roma; y allá, sobre todo, cerquita del Pastor común, de la Iglesia Universal. Y ahora, al regresar y encontrar que el eco de una invitación para encontrar al Papa ha hecho posible esta aglomeración que nos da una idea, dentro de las pequeñez de nuestro templo, de aquella inmensa Basílica de San Pedro, el día en que el Papa celebraba sus 15 años de ser Pontífice, y pensar en aquella muchedumbre en toda la Iglesia que se esparce por el mundo. Sentía yo el orgullo, la satisfacción, la alegría de no estar solo, de que conmigo estaban todos mis queridos sacerdotes, las comunidades religiosas, parroquiales, de base y todos aquellos que sienten la unidad bellísima de esta Iglesia.

Por eso al regresar, hermanos, yo les agradezco que aquel espectáculo internacional de Roma, convertido aquí en un ambiente íntimo de familia, es siempre el mismo palpitar, la misma Iglesia. Cuando yo veía circular junto a la tumba de San Pedro o junto a la cátedra del Papa peregrinaciones, excursiones llegadas de todas partes del mundo, me parecía algo así como el torrente sanguíneo de la Humanidad que pasa por el corazón para oxigenar después a toda la Iglesia. Porque eso es el Papa: ¡El corazón de la Iglesia! Y todo aquel que oxigena su sangre, su vida, su piedad en esa unidad con el Papa, es un miembro sano, vivo de esta Iglesia que estamos viviendo esta mañana en esta Catedral de San Salvador; y a través de la radio, en muchas comunidades allá lejanas, o junto a muchos enfermos, o junto a tantos seres queridos que no han podido venir, pero que siente este momento de plegaria, que juntos con su Pastor, estamos todo elevando al Señor «pro Pontífice nostro Paulo», por nuestro Pontífice Paulo, en el quince aniversario de su elección y de su coronación como Romano Pontífice. Por eso quiero agradecer a todas las personas que han hecho posible esta solidaridad: Con sus oraciones, con su apoyo moral, con su presencia espiritual, de manera especial también, a los forjadores de la opinión pública, a los periódicos, a la televisión, a la radio, que hicieron eco al viaje de este peregrino de Roma, Centro de la Catolicidad. Sé que las informaciones, los diálogos y todo cuanto he tratado de mantener en unión con ustedes, ha estado llegando. Y me complace de que nuestros medios de comunicación sean tan eficientes y tan amados por nuestro querido Pueblo de Dios.

Allá en Roma, la información, los diálogos detenidos y serenos con los representantes de la autoridad central de la Iglesia. Las aclaraciones en algunos malos entendidos o surgidos de informaciones falsas o interesadas; la presencia mía me pareció tan providencial que le doy gracias al Señor, para que allá donde ya saben como amo y soy solidario de la Sede del sucesor de Pedro, no podían dudar de mi fidelidad al Papa. Y he ratificado una vez que moriré, primero Dios, fiel al sucesor de Pedro, al Vicario de Cristo.

Les decía: «Es fácil predicar teóricamente sus enseñanzas, seguir fielmente el magisterio del Papa en teoría. ¡Es muy fácil! Pero cuando se trata de vivir, cuando se trata de encarnar, cuando se trata de hacer realidad en la historia de un pueblo sufrido como el nuestro esas enseñanzas salvadoras, es cuando surgen los conflictos. Y no es que me haya hecho infiel… ¡Jamás! Al contrario, siento que hoy soy más fiel porque vivo la prueba, el sufrimiento y la alegría íntima de proclamar, no solamente con palabras y con profesiones de labios una doctrina que siempre he creído y amado, sino que estoy tratando de hacerla vida en esta comunidad que el Señor me ha encargado. Y yo les suplico a todos ustedes, queridos hermanos, que si de verdad somos católicos, seguidores de un Evangelio auténtico y por auténtico muy difícil; si de verdad queremos hacer honor a esta palabra de seguidores de Cristo, no tengamos miedo de hacer sangre y vida, verdad e historia esa doctrina que de las páginas del Evangelio se hacen actualidad en la doctrina de los Concilios y de los Papas, que tratan de vivir como verdaderos Pastores, las vicisitudes de su tiempo.

No olvidaré, por eso, aquel momento precioso en el Papa, después de recoger las informaciones de todos sus Dicasterios, formando como una síntesis de lo que él tiene que decir en la breve audiencia al Obispo que llega a visita Ad Limina, recoge unas palabras de aliento, unas palabras de consuelo, de fortaleza que llegan a sentirse en el corazón del Pastor como el carisma que Dios le ha encargado a Pedro y a sus sucesores: ¡Confirma a tus hermanos! Eso traigo ahora, queridos hermanos. Una confirmación, una ratificación, una palabra de aliento, de bondad, de compresión de aquel dulce Cristo de la Tierra: El Papa.

Estrechándome mis manos con un cariño y una fortaleza de quien se siente sostén de todos los Pastores y de toda la Iglesia Universal, me aconsejaba y me ayudaba a seguir siendo fiel a ese Ministerio en servicio de este pueblo, para el cual él expresó frases muy cariñosas que yo quisiera transmitirles, pero que la emoción de aquel momento hacen olvidar al pie de la letra; pero que decían sustancialmente que nuestro pueblo salvadoreño él lo conocía desde hace unos cincuenta años cuando él trabajaba en la Secretaría de Estado, antes de ser Pontífice y llegaban noticias de la vitalidad, de la laboriosidad, de los problemas de este pueblo. «Es un pueblo -me decía- que lucha por sus reivindicaciones, busca un ambiente más justo. Y ese pueblo hay que amarlo, hay que ayudarle. Tenga paciencia, tenga fortaleza y ayúdeles. Y dígales que el Papa lo ama, lo quiere y sigue sus vicisitudes; pero que jamás busque soluciones en la violencia irracional, que jamás se deje llevar de las corrientes del odio. Que trabaje en construir la unidad, la paz, la justicia sobre las bases de Dios, sobre las bases del amor». Y que gusto me dio decirle entonces: «Santo Padre, esa es mi predicación. Jamás el odio, aunque la calumnia lo asegure, jamás la violencia». Su palabra de orden del primero de Enero de 1978 ha sido para mí una clave de mis predicaciones: No a la violencia, sí a la Paz». Y el Papa sonríe y bendecía a un pueblo que él sueña feliz por los caminos del Evangelio.

Por eso, queridos hermanos, al buscar en esta mañana en que nos hemos nos reunido para honrar la persona, la misión sagrada del Romano Pontífice, para celebrar el día del Papa, yo no quiero salirme de las lecturas bíblicas que se han escuchado hoy. Y podríamos decir que las tres lecturas hacen como el triple homenaje a la triple misión del Romano Pontífice: Primera: Es un Santo, es un hombre de Dios, un digno de Cristo; Segunda: Es un profeta enviado por Cristo; y en Tercer lugar: Es un sacramento, es una presencia visible de una vida de Dios que se quiere dar en felicidad, en vida divina a los hombres. Trato de desarrollar estas ideas.
1- El Papa es un santo, es un hombre de Dios, un digno de Cristo

En primer lugar, veo al Papa, y como la sunamite de la primera lectura, quisiera decirles a todos ustedes: ¡Lo acabo de ver! ¡Y ese hombre de Dios es un santo! ¡Es un santo, en su fragilidad, en sus 81 años atormentado por la artritis, casi arrastrando sus pasos, pero con una mente lúcida! ¡Y sobre todo un corazón que es todo un volcán de amor para la humanidad. Es un santo! !Es un discípulo verdadero de Cristo!

Cuando hoy se leía en el Evangelio: «El que no deja a su padre y a su madre, y a sus hijos y a su esposa, y todo lo que tiene por mí, no es digno de mí. Y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí». Y cuando dice el evangelio de hoy «Que hay que dejarlo todo, porque el que quiera encontrar aquí sus comodidades, su instalación, su vida, la perderá. Y que en cambio aquel que por amor al Cristo y a su Evangelio la renuncie, la encontrará». Todas estas frases con que Cristo aconseja a los que han de ser apóstoles en la historia, las he visto realizadas al pie de la letra en Pablo VI, el hombre desprendido de todo.

Era la audiencia del 21 de Junio cuando él decía: «La fuerza de las circunstancias nos obligan a hablar de mi misma persona aunque no es mi gusto hablar de mí. Pero hoy se cumplen 15 años de haber sido elegido a este cargo apostólico. Esto sólo quiere decir que desde entonces soy más vuestro, os pertenezco, no soy mío». Esta es la entrega del Papa; un hombre que no vive para sí, un hombre que todas las palpitaciones de su amor son para sentirse padre, conductor, guía, pastor de la Humanidad. Un hombre con un corazón tan sensible que lo hacen llorar las ingratitudes de sus malos hijos, pero lo hacen sonreír el cariño de quienes lo aman y tratan de corresponderle. ¡Un hombre bueno, un santo!

Cuando lo veía me acordaba de aquella escena en la playa del Tiberíades: «Simón, hijo de Jonás, me amas?» Y Pablo VI le responde la respuesta de Pedro: «Sí Señor, tú sabes que te quiero». «Apacienta mis ovejas». Y sólo un Papa puede saber el precio de ese amor; apacentar al mundo entero. Se necesita tener un corazón gigante para no acobardarse ante las embestidas de tanta maldad, de tanta indiferencia de un mundo que se desacraliza, que le da la espalda a lo divino. Y un Papa que quiere seguir ese mundo para traerlo a su verdadera felicidad.

Decía él cuando lo saludaban los Cardenales el 24 de Junio, día de su onomástico -él se llama Juan Bautista-. El día de San Juan los Cardenales lo visitan y dice un discurso, en el cual él hace como una inspección a la vida de la Iglesia. Y dice: «Permitidnos que convirtamos este homenaje a mi persona en un homenaje a la Iglesia. Ya no vivo para mí, vivo para la Iglesia -y comenzó a describir las metas de esa Iglesia, precisamente en una santidad- no hay verdadera Iglesia cuando no hay verdadera santidad. Parecía un eco al Evangelio de hoy. El que no lo deja todo y toma su cruz y sigue al Señor, no es digno de él». La palabra de la Iglesia, queridos hermanos, en los labios del Papa es un llamamiento a santidad.

Pero así como él me decía -hablando ya privadamente conmigo-: «Prediquemos no sólo con la palabra, que nuestra predicación sea también con el testimonio de nuestra vida». Recordaba una frase que él decía una vez: «El mundo de hoy necesita tanto maestros como testigos, testigos del amor, testigos de la santidad». Y él se ha propuesto a ser un testigo de la santidad. ¡Es verdaderamente un santo! Al mirar a Pablo VI, cada católico siente como aquel águila de los salmos, que un águila más grande lo provoca a volar. Las alturas de la santidad. Las ha escalado: Su fidelidad a Cristo, su amor al pueblo, la perfección de una persona que ya no vive para sí, sino que vive para ser ejemplo y meta de todos aquellos que quieren seguir a Nuestro Señor Jesucristo. El es el verdadero seguidor. Y decía: «Cada uno tiene que seguirlo en su propia vocación: Los sacerdotes con una santidad sacerdotal; los religiosos y las religiosas, con una santidad de vida consagrada; los casados con la fidelidad santa de su matrimonio; los solteros con la castidad propia de quienes deben de hacer a Dios el homenaje, el holocausto de su propia carne; la juventud, la niñez».

A todos nos quiere santos; y cada uno en la propia meta de su propia vocación. Por eso, cuando piensa uno cuál es la vocación, el papel apropiado del Papa en este Cuerpo Místico donde cada hombre y cada mujer tiene un puesto para el bien del conjunto del Cuerpo Místico? Recordaba eso que ya he dicho, el carisma del Papa: Confirmar a sus hermanos en la fé. Ser fuerza y cohesión del Cuerpo Místico, ser lo que Cristo le indicó un día en la persona de Pedro: «Te llamarás piedra, porque sobre esta roca voy a edificar mi Iglesia». El Papa es roca, es piedra, es solidez, es fundamento. Por eso, cuando uno, predicador de esta Iglesia, siente la dicha de estar en contacto directo con esa roca que es el Papa, que le estrecha las manos y le fortalece el ánimo, se siente que está a plomo sobre una construcción inmortal que, aún, cuando soplen los vientos del infierno, no prevalecerán. Porque es Cristo es el que está construyendo sobre esa roca firme la santidad de su propia Iglesia.

Esto quisiera queridos hermanos, al transmitirles es amor del Papa al pueblo salvadoreño, y al invitarme a comprenderlo y a seguirlo de cerca consolándolo, animándolo, apartándolo de los malos caminos del odio, de la violencia, y de la venganza, del resentimiento, de las luchas fraticidas. Cómo quisiera, hermanos, que ese amor que el Papa vive tan íntimamente, tan sinceramente, se hiciera el amor de cada corazón de los que estamos tratando de honrarlo en esta mañana. Y si no sacamos de aquí otro propósito, que el de dar a nuestro corazón toda su capacidad de amar, y tratar de construir un mundo nuevo a base de este amor que Cristo y su Espíritu inspira en nosotros; sólo eso bastaría, hermanos, para que el Papa se sintiera muy feliz y nuestro homenaje al Papa fuera, verdaderamente, un homenaje digno de este pueblo.

Respuesta cariñosa al amor, que por mi medio les manda a expresar el Pastor de todos los pueblos, y por tanto, el Pastor de los salvadoreños. «Animo a su Pastor. Comprendo -me dice- el momento difícil que le toca vivir. No es posible que todos piensen igual que Ud. Tenga paciencia, sea fuerte, ame, siga fielmente el Evangelio». ¡Bendito sea Dios, hermanos! Que la confirmación en mi camino es precisamente por donde voy caminando. Tratando de serle fiel al Evangelio, a la doctrina de la Iglesia. Y yo quiero darle gracias al Señor, junto con ustedes, de que cuando pregunté en Roma, si habían encontrado errores en mi fe -y allá tenían muchas de mis homilías- me han dicho con claridad: «No, errores en la fe puede estar seguro que no los hay». ¡Bendito sea Dios! Les predica, pues, quien está en comunión de fe con aquél que es el Maestro de la fe.

2. Pablo VI es un profeta enviado por Cristo

Y este es mi segundo pensamiento: El enviado, Pablo VI es aquél de quien ha dicho Cristo en el Evangelio de hoy: «El que recibe a mis enviados a mí me recibe. Y quien me recibe a mí, recibe a aquel que me envió». Yo encuentro en estas bellas palabras del Evangelio de hoy: La comunión del hombre con Dios, sobre todo de aquellos hombres que quieren entrar en la comunión de fe para predicar una revelación que no es nuestra.

El Papa preguntaba, el día en que respondía a los Cardenales, si la fe que la Iglesia profesa es la auténtica fe que Pedro recibió de Cristo. Y al constatar que junto a la tumba que está allí muy cerca de su cátedra, la cátedra de Pedro de 1978, puede decir que es la misma que enseñó la cátedra de Pedro en los años primeros del cristianismo: Hay una coherencia, hay una fidelidad.

Y aqui encontramos el segundo carisma del Papa: La infalibilidad, la seguridad de estar enseñando una doctrina tal como lo recibió de Cristo. De tal manera que, todo hombre que predica en la tierra tiene que confrontar su predicación con la predicación del sucesor de Pedro. Y al poderle decir a su pueblo, lo que yo predico a ustedes es lo mismo que el Papa predica, es el depósito que él cuida y conserva; hay una felicidad profunda en el corazón del Pastor, de poderle decir a su pueblo: Sigamos en esta doctrina, conozcámosla cada vez más. Y hay un ánimo nuevo de seguir predicando en estas homilías la doctrina del Señor. Se me preguntó en Roma si no me parecían muy largas mis predicaciones. «Soy el primero en sentirlo -les decía yo-, pero cuando yo veo un pueblo atento a mi palabra, yo aprovecho los minutos. Y yo agradezco a mi pueblo que me escucha. Y cuando sé que más allá de la multitud de Catedral, la radio casi monopoliza el auditorio a esta hora, estoy seguro de que el Espíritu de Dios en mis pobres palabras está llevando la revelación, el mensaje del Evangelio. Trato de ser fiel al Evangelio, que aún cuando esta palabra molesta a un sector o a otro sector, trato de definirla plenamente como la doctrina auténtica de la Iglesia. Y no quiero que sea una doctrina manipulada por ningún grupo particular, por ninguna tendencia política de partido, por ninguna oposición ni por ningún oficialismo.

No quiero que nadie use mi palabra, mi palabra de Dios, para intereses solamente de la tierra. Estoy con aquel que busca la justicia, por la justicia que busca, pero sin compartir los caminos por donde él, autónomo, pude buscarlo. Ya sé que la Iglesia no me permite ir por caminos de violencia, por caminos que no son los caminos de Jesucristo. Pero gracias a Dios, esa infalibilidad por la cual se puede asegurar, que la doctrina de Pablo VI es la doctrina de Pedro y la doctrina de Cristo, es de verdad, bendito sea Dios, la doctrina que el humilde Arzobispo de San Salvador predica a su pueblo, y crece en la fe junto con su pueblo. Porque yo también, hermanos, recibo la predicación de ustedes. Yo sé con la doctrina teológica de la Iglesia que ese don de la infalibilidad, que sólo Dios posee, lo ha dado al pueblo de Dios. Y que ese pueblo de Dios tiene un órgano que es el Papa.

El Papa expresa el carisma de la infalibilidad al mismo tiempo que el pueblo lo siente y lo vive. Por eso, el pueblo sabe sentir cuando la predicación no es auténtica. Ustedes tienen un sentido muy fino que se llama el «sensus fidei» -sentido de fe- por el cual un miembro del pueblo de Dios, puede detectar cuando un predicador no está a tono con la doctrina verdaderamente revelada por Dios.

Pero cuando un pueblo escucha, asiente y sigue; no digo yo hermanos, que muchos de los que me escuchan no me escuchan por motivos religiosos. También esta objeción tuve que responderla en Roma. Sé que muchos escuchan con intenciones políticas, con intenciones de cogerme en alguna frase, con intenciones de retarme en algo incorrecto que yo diga. Pero sé que la mayoría de quienes me escuchan, escuchan como quien busca la revelación de Dios. Y si alguien no lo hace así, sepa que no está en sintonía conmigo. Porque yo estoy predicando como Pastor, como maestro de la fe. Y solamente quiero una cosa: Que esta fe que yo predico, encuentre eco de fe, de religión, eco de amor en el corazón de todos ustedes. Y es así cuando el pueblo de Dios es garantía también, para asegurarle al predicador que su doctrina, su enseñanza va por los caminos de la verdadera revelación.

Y en esta forma, el servicio al pueblo es desde la Iglesia. No es un servicio demagógico, no es un servicio político. La Iglesia no está politizada. Si la Iglesia toca aspectos políticos es desde competencia de revelación de Dios para decirle a la política lo que no está bueno, lo que es pecado. Y ella tiene el deber de señalar en la moral de los hombres, y la moral abarca todos los aspectos de la vida humana. El Papa recordaba que hace 10 años, su Encíclica Humanae Vitae, dio las normas seguras que todos tienen que seguir. Y aunque muchos digan: «¿Por qué la doctrina de la Iglesia se va a meter en la intimidad del matrimonio?» Sí, tiene derecho, porque es guardiana de la Ley de Dios y de la naturaleza. Y en nombre de esa ley habla también de la intimidad del matrimonio. Así también en nombre de esa doctrina de Dios, de unos mandamientos de Dios, de una justicia de Dios, reclama, en el campo político, lo que no es lícito. Y ésto no lo puede callar. Y meterse a hablar así, no es meterse en política sino predicar, desde su competencia evangélica, el reclamo de Dios a la humanidad.

El domingo pasado, al medio día… en la Plaza de San Pedro, rezó el Angelus como lo hace todos los domingos. Y antes de rezar a la Virgen, el Papa siempre tiene una pequeña alocución. Les digo que me hizo llorar el domingo pasado, cuando contó, antes del Angelus, la tierna historia de un niño italiano llamado Mauro, de 11 años, que cuando vio que secuestraban a su hermanito de 15 años, dijo: «No lo lleven a él. El está enfermo, llévenme a mí mejor». Y los secuestradores se llevaron al niño de 11 años. Y cuando sus padres lograron recoger algo del rescate para ir a salvarlo, el que llevaba ese precio, recibió con la cacha del revólver un golpe cruel en la cabeza porque no llevaban lo que pedían. Y su propia madre de ese niño se ofrece para que lo dejen libre. Está desde abril en manos de sus captores. Y el Papa ordenaba severamente la maldad de este mundo en que vivimos, pero al mismo tiempo elogiaba la ternura de aquel que él llamó «el pequeño corderito». «¡Mauro estamos contigo, no estás solo. Tú eres un héroe de la Humanidad, tú eres un modelo de ternura y de bondad de esa que el mundo de hoy tanto necesita»!.

Cuando el Papa denuncia casos concretos, pensaba yo con alegría: ¡Es el papel de la Iglesia! Yo no hago otra cosa aquí, en la cátedra de mi Diócesis, que señalar aquellas cosas injustas para reclamar en nombre del Evangelio y de la justicia. Así como también con justicia elogiamos los pasos buenos que se dan: ¿Quién no va a sentir, por ejemplo en esta mañana, como sangre propia el dolor del sacerdote Hermógenes López, asesinado brutalmente el 30 de junio cerca de su parroquia en San José Pinula, a 24 kilómetros de Guatemala? En esta Misa nos queremos solidarizar con ese asesinato que nos ha hecho pensar mucho en la manera en que murió muestro inolvidable P. Grande.

También ahora queremos solidarizarnos con el reclamo del Señor Vicario General de la Diócesis de Santiago de María, cuando denuncia la captura injusta de José Adán Romero y Carlos Chicas en Ciudad Barrios, mientras van cumpliendo misiones de su Ministerio Pastoral. Yo los conozco a los dos, y son verdaderamente hombres que trabajan por el Reino de Dios. Y puedo dar testimonio de que lo que pide el Vicario General de Santiago de María es justo, como justa es también su protesta por este atropello injusto.

Me solidarizo también con el sufrimiento que vino a contarme la familia del Dr. Eduardo Antonio Espinoza Fiallos, profesor de Medicina en la Universidad. Capturado y llevado a la Policía Nacional donde hay testigos, según la familia, de que lo han visto allí. Este pobre médico necesita ciertos tratamientos y no se sabe cuál es su situación actual.

También con los miembros del Comité de Madres y Familiares de Presos y Desaparecidos. Tengo que ser solidario con la denuncia del desaparecimiento de Miguel Amaya Villalobos y Roger Blandino Nerio a las 11 y 1/2 de la noche el 29 de Junio, del Centro Penal de Cojutepeque; por solidarizarse con la huelga de hambre de las madres. Estaban a la orden del 4º Juez de lo Penal, y ni siquiera en la Dirección de Centros Penales se quiere dar una noticia a la pobre familia. El Ministro de Justicia está en la obligación de responder a este reclamo de la familia y de estos desaparecidos, ya a las órdenes de un Juez.

Igualmente, se denuncian maniobras por implicar injustamente a los presos políticos de la Cárcel de Santa Ana en un intento de fuga. Tenemos que sentir también, como propio, el sufrimiento de aquellos que están sufriendo el hambre como un medio para reclamar una noticia de sus seres queridos. Una de las madres está muy grave y no se atiende el llamamiento que está haciendo su dolor. En el Paisnal, dos campesinos asesinados: Roberto Saracay y Santos García Molina. Después de haberlos sacado a media noche y golpearlos, aparecen muertos. Luego hay injustas maniobras en la empresa Minera de San Sebastián, donde se dice que hay complicidad del Ministerio de Trabajo. Tampoco se normalizan la situación laboral de la Textil INCA y de la empresa IRA.

Cuando se miran todas estas manifestaciones de dolor, de violencia, de sufrimiento, que oportuno me pareció, hermanos, leer allá en Roma, en el periódico que sale bajo la vida del Papa «LOvservatore Romano», un artículo del Director del periódico que se titula «Lostato Democrático e la Violencia». Y dice entre otras cosas: «El objetivo que se debe tratar de alcanzar en un estado democrático es hacer cada vez más hipotético e irreal el caso en que el recurso a la fuerza de parte de individuos y grupos, pueda justificarse por la existencia de un régimen tiránico de nuevo tipo; en el cual, las leyes, las instituciones, los gobiernos, más que conocer y promover, conculcan sistemáticamente las libertades fundamentales y los otros, derechos naturales del hombre, reduciendo los súbditos a la condición de oprimidos. Si el estado democrático tutela y promueve en base a la Constitución a las leyes la libertad y los otros derechos del hombre y predispone y emplea los instrumentos apropiados para asegurar justicia y paz a los ciudadanos; y además les da la posibilidad de pronunciarse mediante elecciones libres y representativas en el ejercicio del poder y la sustitución eventual de sus sectores; entonces, no sería más admisible el recurso a la violencia de parte de individuos y de grupos».

Esto es lo que se enseña en el Vaticano: Un amor a la libertad, una proclamación de estos derechos. Cuando el Arzobispo de San Salvador predica así como lo acabo de hacer, no hago otra cosa que hacer eco a la misma predicación que allá en Roma, junto al Papa, se realiza. Porque un Evangelio que no trate de señalar las lacras concretas de la humanidad pecadora para salvarla y arrancarla del pecado y hacerla feliz, no es el verdadera Evangelio salvador de Nuestro Señor Jesucristo.

3. El Papa es un sacramento, es una presencia visible de una vida de Dios que se quiere dar en felicidad, en vida divina a los hombres.

Y por eso termino, queridos hermanos, con este tercer pensamiento de la segunda lectura de hoy. Diríamos que el Papa en el primer pensamiento, lo presentaba como un santo que encarna el anhelo de santidad de la Iglesia. En el segundo pensamiento, lo he presentado como un profeta enviado por Dios a conservar y a anunciar su doctrina revelada y con la cual tenemos que confrontar todos los que predicamos en la Iglesia. En tercer lugar, donde San Pablo nos habla del bautismo como cuna de hombres nuevos, voy a decir que el Papa es el gran sacramento de la renovación del mundo.

El es un hombre como todos los hombres, pero Dios le ha depositado el carisma de ser el centro de la unidad sacerdotal. ¡Es el gran sacerdote! Si es cierto que nuestro episcopado y nuestro sacerdocio deriva directamente de Cristo Sacerdote, el ejercicio de este episcopado y de este sacerdocio depende de la jurisdicción que el Papa da a los que se han ordenado. Por eso, tenemos que dar cuenta al Papa de nuestra predicación, y él tiene derecho a orientar nuestra actitud pastoral y hoy regreso de Roma, hermanos, con estas orientaciones y estos carismas tan nuevos que podamos continuar mientras el Papa quiera que yo sea el Pastor de esta Diócesis y tenga confianza en mi humilde palabra y en mi conducta, para dar este anuncio del Evangelio.

Y sobre todo, hermanos, esta santidad sacramental. San Pablo nos ha dicho hoy que un cristiano no es otra cosa, ni nada menos, que un hombre incorporado a la muerte y la resurrección de Cristo. En esto está la verdadera redención. Por eso, la Iglesia no puede confundir su predicación, su misión con otros modos de liberación meramente terrenal. La liberación que la Iglesia predica es ésta: La del Papa, la del bautismo, la de los sacramentos, la de la confesión. Aquella que le dice al pecador: Yo te absuelvo de tus pecados. Yo rompo las cadenas que son la causa de todas las esclavitudes del mundo. Porque el mundo no sería tan malo si los hombres estuvieran perdonados de sus pecados. Pero hay maldad porque los hombres son esclavos del egoísmo, del orgullo, de la ambición, de la envidia, del poder abusivo. Por eso hay pecado; y porque hay pecado, por eso hay también desgracia, hay distinción en la humanidad que debía de ser la familia de los hijos de Dios.

Es hermoso pensar, para terminar, que San Pablo nos habla de que esta incorporación del cristiano en Cristo es definitiva. Todo el que no se bautiza, si de veras quiere permanecer fiel a su Cristo, ya no morirá más; solamente traicionado su fe y su convicción religiosa da la espalda a Cristo y se convierte en pecador. Y así tenemos la desgracia de muchos pecadores bautizados, de muchos paganos bautizados, de muchos idólatras bautizados. No están cumpliendo su papel del bautismo. El Papa es el gran sacramento porque en él se refleja la Iglesia. De él deriva la jurisdicción, la capacidad de un sacerdocio que bautiza hombres en todo el mundo y que incorpora seres humanos para hacerlos miembros nuevos de una humanidad nueva.

Queridos hermanos, que este homenaje al Santo Padre culmine en un propósito de fidelidad a nuestro bautizo, en un propósito de santidad. Que no vamos a luchar por liberaciones meramente temporales, sino que vamos a trabajar por la verdadera libertad de los hijos de Dios, por romper las cadenas que amarran el corazón y el alma; y para hacer de cada uno de nosotros un instrumento hábil para crear un mundo nuevo. Que de nada servirá hacer estructuras nuevas, hacer leyes buenas si no hay hombres nuevos que, con un corazón renovado en Cristo, sepan hacer de la Patria una verdadera Sociedad nueva.

Les agradezco el homenaje que conmigo están rindiendo al Santo Padre. Vamos a entrar ya en la intimidad de nuestra Eucaristía, y al elevar esa hostía y comulgarla, sentir que ese Cristo que nos alimenta de vida eterna es el que está sosteniendo, hasta la consumación de los siglos, a ese ser importante de nuestra Iglesia en el cual esta mañana nosotros ponemos todo nuestro amor, nuestra confianza, nuestra solidaridad: El Papa.

Creemos en sólo Dios…

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El Reino de Dios es la Verdadera Riqueza del Hombre

17º Domingo del Tiempo Ordinario

Domingo 30 de julio de 1978

Lecturas:
I Reyes 3, 5. 7-12
Romanos 8, 28-30
Mateo 13, 33-57

Es el Domingo 17º, dentro del año y las lecturas son una continuación de los domingos anteriores. El Evangelio que marca la lectura principal sigue tomándose de ese precioso capítulo de San Mateo que se llama «Las Parábolas del Reino». Recordarán que desde hace tres domingos venimos comparando: El Reino de los Cielos se parece… Y nos ha dado oportunidad de ir comprendiendo a qué Reino pertenecemos. Es el centro de la predicación de Cristo; es un inmenso honor para la Comunidad Cristiana, saber que aunque se le interprete mal, no está haciendo otra cosa que asimilando individualmente y comunitariamente esa mística del Reino de los Cielos.

Tratemos de meditar ahora también, queridos hermanos, con esa limpieza de fe y de intención; y sepamos ser muy superiores a todas las suspicacias, a todos los miedos que esta Palabra de Dios suscita en el mundo. Es necesario, que si de verdad queremos ser cristianos, captemos y tratemos de vivir todo lo que Cristo nos ha querido decir al convocarnos a este Reino. Os llamo para esto: No quiero un Evangelio mistificado, no quiero unos cristianos acomodaticios. El que no está con ésto, no está conmigo. Es una actitud tajante que dice muy mal de aquellos que quieren que el Evangelio no suscite conflictos y dificultades, siendo así que vivimos una hora tan conflictiva y tan dificultosa. Es muy difícil andar como una Aguila huyéndole a los conflictos que la palabra de Dios debe de despertar, si de verdad se vive esa plenitud del Reino, esa consecuencia, esa lógica del que un día en el bautismo aceptó pertenecer a este Reino. Es el centro de la predicación de Cristo y marca las cualidades auténticas de la verdadera Iglesia.

Yo me alegro mucho, queridos hermanos, de que en esta hora en que el Reino de Dios sigue predicándose, hay muchas comunidades, hay muchos hombres y mujeres que tratan de reflexionar cada vez más a fondo y de vivir con verdadero sentido de fe estas orientaciones -que no son mías- son del Divino Maestro, a quien yo simplemente le estoy sirviendo de eco. En las parábolas de hoy, y en las otras dos lecturas que complementan, yo encuentro esta enseñanza, este perfil que nos quiere dar la palabra de Dios para este domingo. Lo titularía yo así: El Reino de Dios es la Verdadera Riqueza del Hombre. Y dividiría este pensamiento en estas tres ideas: 1ª) La verdadera riqueza; 2ª) Cristo personifica la verdadera riqueza y 3ª) El fracaso de la falsa riqueza.

En esta hora en que la riqueza se erige, en ídolo, qué bien nos viene a nosotros pedir como Salomón en la primera lectura: «Dame sabiduría» para conocer la diferencia entre la verdadera y la falsa. Para no estar adorando como idólatra una riqueza que sólo tiene pies de barro; y para ser el verdadero Dios y ambiciona como hemos dicho en la oración de la Misa de hoy; disfrutar la riqueza de la tierra en su valor relativo, pero sabiendo que el valor absoluto sólo lo tiene la verdadera riqueza que nos ha traído el verdadero rico: Cristo Nuestro Señor.

¿Cuál es la verdadera riqueza? A eso se refieren las dos bonitas parábolas, en que dice Cristo: El Reino de los cielos se parece a un hombre que encontró un tesoro en el campo y lo esconde, para ir a vender todo lo que tiene y comprar aquel campo que aparentemente no vale tanto, pero que para él, sí, porque ha descubierto un tesoro. Se trata de una cosa muy oriental, donde invadían continuamente ladrones; invasiones políticas. Los propietarios de una pequeña riqueza o grande riqueza, generalmente lo enterraban en vasijas y tenían que huir ante la invasión. Muchos no volvieron, y quedaban allí, en los campos del Medio Oriente, muchos tesoros escondidos. Entonces alguien, escarbando, encuentra una de esas vasijas, un tesoro, una olla llena de monedas de oro; talvez otra cosa, pero que es un tesoro riquísimo, y él dice: Lo escondo y voy a comprar este campo. Lo compra, naturalmente muy barato, y se ha hecho dueño de un tesoro. Cristo no quiere justificar aquí la trampa, la mentira que se puede esconder en esta negociación, sino que nos quiere enseñar la diligencia que un hombre pone cuando ha encontrado un tesoro.

También, dice la parábola de la piedra preciosa: El Reino de los Cielos se parece al hombre que encuentra un mercader que le vende una piedra auténtica, preciosa, que es muy superior a todas las piedras que él tiene, y entonces sabe que puede vender todas sus piedras de aparente brillo o por lo menos no tan auténticas ni tan valiosas como la que le están ofreciendo, que vale mucho más. Y no le importa quedarse sin las piedras que andaba para conseguir esta otra que será una inmensa ganancia. ¿Qué nos está diciendo con ésto el Señor?

Ya sin parábola, la primera lectura nos habla también de ese sentido de discernimiento entre lo verdadero y lo falso. Dios se les aparece en sueño a Salomón, el Rey más sabio: «Pídeme lo que quieras y te lo daré». Para un hombre en medio de la idolatría del poder y de la riqueza, la tentación hubiera sido: Dame mucho oro, dame mucho poder, entrégame mis enemigos, que los domine a los pueblos, dame la vida larga. Yo me pregunto, hermanos, qué le hubiéramos pedido al Señor si en una de estas noches se hubiera presentado para decirnos: Te voy a dar lo que me pidas. Aquí conocemos el criterio del hombre. Cuántos en nuestro tiempo pedirían más dinero, más poder. Ante la terrible tentación de un gobernante, Salomón hacer honor a su padre David y eleva al Señor una preciosa oración: «Señor tú lo sabes todo. Me has constituido gobernante de este pueblo tan numeroso, tan difícil. Yo lo que te pido es un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir entre el mal y el bien; un corazón sabio e inteligente. Este es el mercader que aprecia la verdadera piedra preciosa. Este es el hombre prudente que encuentra el tesoro y lo pide.

Qué enseñanza más bella la del Evangelio de hoy. Discernimiento entre lo principal y lo que no vale tanto. Discernimiento entre el verdadero Dios de las riquezas y las falsas riquezas idolatradas por los hombres. Y entonces, la respuesta de Dios es preciosa: «Porque no me pediste vida larga, ni riquezas, ni la vida de tus enemigos, sino que pediste discernimiento para escuchar y gobernar, te cumplo tu petición. Tu corazón será de hoy en adelante, sabio e inteligente no lo ha habido antes ni lo habrá después de ti».

La enseñanza la lleva San Pablo en la segunda lectura de hoy a la verdadera riqueza del Reino. San Pablo, en este capítulo 8 que venimos leyendo desde hace tres domingos, nos está enseñando que la verdadera riqueza del corazón del hombre es la justificación y la glorificación, que el hombre aún peregrinando en esta tierra no vale, sino porque Dios lo hace su hijo. Que si no fuera por esta redención, de la cual Dios, por la cual Dios nos ha sacado del pecado y nos ha hecho agradables a él, hijos suyos; y después de ésto, la vida eterna, el gozo en el Reino de Dios. El Reino de Dios en su fase definitiva. El Reino de Dios donde cada uno de nosotros -nos decía el domingo pasado la parábola del trigo y la cizaña- «va a fulgurar como sol en el Reino del Padre». Este destino eterno del hombre, esta vida sobrenatural del hombre llamado a ser hijo de Dios, esta justificación, esta es la verdadera riqueza del Reino de Dios.

Hermanos, yo quisiera que subrayáramos mucho esta gran enseñanza, porque la Iglesia no está en la tierra para privilegios, para apoyarse en el poder o en la riqueza, para congraciarse con los grandes del mundo. La Iglesia no está ni siquiera para erigir grandes templos materiales o monumentos; la Iglesia no está en la tierra para enseñar sabiduría de la tierra; la Iglesia es el Reino de Dios que nos está dando precisamente esto: La filiación divina. Grande, en el Reino de la Iglesia, es aquel que vive la santidad. Grande es aquel que, como Salomón, puede sentir un corazón muy sabio y muy unido con Dios. Grande solamente es el hombre o la mujer que se hacen, por su arrepentimiento, por su conversión, verdaderos hijos de Dios y pueden participar en la alegría de sus sacramentos, en la felicidad que solamente gozan las almas que ha conservado su inocencia, o si la han perdido, la han recuperado por la penitencia. Felicidad solamente la tiene el santo. Solamente es libre el verdaderamente santo. Solamente es libre el que no le tiene miedo a las cosas de la tierra, porque sólo tiene un temor: Perder la amistad de Dios. Y conservar esa amistad de Dios, es su tesoro único. Le salen sobrando todas las otras amistades cuando Dios les dice: Tú eres mi amigo, tú eres mi hijo; tú estas destinado, como coheredero con Cristo, para poseer mi Reino, mi felicidad. Yo mismo, le dijo a su amigo Abraham, yo seré tu recompensa.

Hermanos, no es utopía. Esta es la gran verdad que debería de llenar el corazón del hombre, cuando San Pablo nos ha dicho hoy remontándose nuestra pre-historia: «Antes que tú existieras, Dios te amaba y te predestinó para hacerte semejante a Cristo. Y esa semejanza Con Cristo, es la que justifica. Y en ese Cristo glorificado, tú también serás glorificado. Miren como la sabiduría de Dios, abarca al hombre desde antes que existiera y más allá de su muerte. ¿Qué es la vida de esos pocos años cuando no la llena esta historia de Dios que me arropa con su amor?

Si uno se emociona cuando piensa: Nueve meses antes de Nacer, hubo una mujer que me amaba entrañablemente. No sabía como iba a ser yo, pero me amaba porque me llevaba en sus entrañas. Y cuando me dio a luz me abrazaba, porque no estaba estrenando el amor, ya lo concibió junto conmigo. La madre ama, y por eso es tan abominable el aborto, porque la madre que aborta no es fiel a ese amor que debe tener como Dios, en la eternidad, antes que nazca la criatura. Dios es la imagen bella de la madre embarazada. Dios me tenía en su seno y me amaba y me destino, y aya pensó en mis días y en mi muerte. Lo que me va a pasar ahora, no me importa, ya Dios lo conoce. No tengamos miedo, hermanos, vivimos unas horas de difíciles vicisitudes. No sabemos si esta misma tarde estaremos presos o matados. No sabemos qué van a hacer con nosotros las fuerzas del mal. Pero una cosa si sé, que aún a los desaparecidos, aún aquellos que son llorados en el misterio de un secuestro, Dios los conoce y los ama. Y si Dios permite esas desapariciones no es que porque él sea impotente. El me ama, él sigue amando, él ama también nuestra historia y sabe por dónde van a salir los caminos de redención de nuestra Patria.

No desconfiamos de esta gran verdad. Este es el verdadero tesoro del Reino de Dios: La esperanza, la fe, la oración, la fuerza íntima que me une con Dios. Esto pidamos, hermanos, siempre como Salomón: Señor, no me des riquezas; no me des vida larga o corta; no me des poderes en la tierra que embriagan a los hombres; no me des locuras de idolatría de los falsos ídolos de este mundo. Límpiame Señor mis intenciones y dame la verdadera sabiduría del discernimiento para distinguir entre el bien y el mal; dame la convicción que sentía San Pablo de sentirse amado.

Yo les invito, hermanos, no está en las lecturas de hoy, pero a continuación ya para terminar ese capítulo 8 de la Epístola a los Romanos, que hermoso himno al amor. No dejen de saborearlo. ¿Quién nos separará del amor de Dios?, ni la muerte, ni el hambre, ni la espada y podríamos añadir la larga serie de cosas que ahora están sucediendo. Nada nos puede separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. Porque ésto nos lleva a un gran problema que ha surgido en los siglos en nuestra teología. Es el gran problema de la predestinación.

La predestinación es esto que nos ha dicho San Pablo: Dios me llamó y me predestinó para ser semejante a su Hijo y ser glorificado con él. Esto quiere decir que no todos son predestinados. Esta es la triste verdad, cuando Cristo decía: «Muchos son los llamados y pocos los escogidos». Los seleccionados de los que ha dicho San Pablo hoy: «A los que amó, seleccionó». Queda la angustia en el corazón del hombre: ¿Seré yo también de lo que van ser reprobados por Dios? Esta gran angustia se convirtió en un gran problema teológico: Las grandes discusiones de la predestinación. Precisamente en los años del Concilio de Trento y posteriores, surgieron aquellos grandes movimientos de los grandes teólogos dominicos, jesuitas, distinguiendo y defendiendo corrientes diversas para tratar de coordinar estas dos grandes verdades que a nuestro entendimiento, son imposibles de coordinar: La gracia de Dios que me quiere salvar y la libertad del hombre que puede rechazar esa gracia de Dios. ¿Por qué se condenan siendo que Dios quiere salvarlos a todos? ¿Por qué se dice que Dios quiere salvar a todos si algunos se van a condenar?

Hermanos, por lo menos quisiera sembrar en esta palabra, la inseguridad. Nadie debe sentirse seguro de ser un elegido. Todos tenemos que tomar, como nuestra, aquella gran recomendación de San Pedro: «Operad vuestra salvación con temor y temblor». Es falso lo que enseñaba Lutero, que una fe en mi salvación me dará la salvación. Si no obras bien, recuerda lo que dice Cristo: «El que me ama, guarda los mandamientos». Y recordemos sobre todo, lo que nos ha dicho San Pablo hoy para saber si vamos camino de la salvación o camino de la perdición: «Te escogió para que fueras semejante a Cristo. El hombre que se esfuerza por asemejarse a Jesucristo, va por buen camino. El hombre que rechaza a Cristo y a sus enseñanzas y a su Iglesia, si no se convierte, va por el mal camino.

Dentro de un rato les voy a señalar un conjunto de hechos de esta semana, para que ustedes mismos analicen, entre este conjunto de cosas que se realizan en nuestra historia, quienes en este momento son predestinados y quienes no podemos decir que son predestinados, a no ser que se conviertan a Dios. ¡Tengamos temor! Y aquí va un llamamiento a todos aquellos que quieren jugar con la Iglesia. Tomen en serio la palabra de la Iglesia. No es por dar miedo ni por imponerme en un falso respeto. Es que yo siento que no cumpliría mi deber, si no dijera que la predestinación es un misterio de incertidumbre; y que solamente lo puede resolver un gran sentido de amor y de comunidad, de justicia, de imitación a Jesucristo. Y que sería falsa seguridad si yo les dijera: Sí, nos vamos a salvar todos. Vivamos como queramos, que ya en esta tierra, el Reino de Dios es precisamente el Cristo que nos está llamando. ¿Creen ustedes que hubiera muerto Cristo en las torturas de una cruz si no fuera tan serio el problema de la salvación? ¿Cómo vamos a mirar con indiferencia a un Redentor de los hombres a quien le cuesta tanta amargura y tanto dolor pagar el pecado de los hombres, y nosotros ser indiferentes al pecado en todas sus manifestaciones. Sobre todo en las manifestaciones de injusticias sociales? ¿Cómo se va a reír de Dios el que es cómplice de estas injusticias y no trata de mejorar el país para que las imágenes de Cristo, los hombres llamados a parecerse a Cristo, se diferencien tanto, no entre predilectos de Dios y desechados de Dios, sino entre ricos y pobres, siendo así que no es ese el criterio de la verdadera sabiduría, sino el pensar como Dios piensa o el no pensar como Dios no piensa?

Por eso, hermanos, estos grandes problemas teológicos se resuelven en una cosa. Sería interesante repasar esas corrientes de opiniones teológicas que trataron de resolver el gran problema de la predestinación. Hoy que se está haciendo la teología moderna, que está encontrando cauces nuevos apartándose un poco de lo tradicional, se llega a decir, por ejemplo, esto que ha dicho San Pablo sin tantas implicaciones teológicas modernas: «Dios predestinó a los que ama, a parecerse a Cristo, primogénito entre muchos hermanos». Aquí encontramos una clave. Cristo es al mismo tiempo Dios y hombre. Como Dios es el que predestina o condena, pero como hombre ha asumido la responsabilidad de todos los hombres, aunque sean grandes pecadores. Si se identifican con Cristo, se salvan; porque él ha pagado en su carne de hombre, los pecados de todos los hombres y ha construido una gran comunidad que se llama su Iglesia, su Reino. El Reino de Dios se parece…, para decirnos que este gran problema les interesa algo o no, se puede resolver en esta otra pregunta: ¿Estoy tratando de identificarme con ese Cristo y su comunidad, o estoy luchando contra esa comunidad y contra ese Cristo? Al fin y al cabo, Dios no condenará al que lo acepta; pero sí, rechaza al que lo rechaza.

Por eso el problema, en última instancia, está en nueva voluntad. Una voluntad que se llena de esperanza y abraza a Cristo y reconoce: Señor, aunque he sido un gran pecador, lávame con tu sangre, úneme a tí, a tu carne que pagó en la cruz mis pecados. Me incorporo a esta Iglesia donde hay peces buenos y peces malos, pero trataré de ser pez bueno. Esta es la gran esperanza de la salvación que el cristiano lleva. Tratar de asemejarse a Cristo Nuestro Señor.

Y aquí, hermanos, me da mucho gusto recordar una bella página del Concilio Vaticano II, cuando en la Constitución de la Iglesia en el Mundo Actual en el número 22, presenta a Cristo como la gran revelación del misterio del hombre: «Ningún hombre conoce su propia vocación, si no es conociendo a Cristo. Un hombre que no conoce a Cristo, ni trata de hacerlo suyo, es un hombre miope, es un hombre mutilado, es un hombre incompleto, es un hombre sin criterios de totalidad. Solamente la figura de Cristo que ya fue pre-figurada en el primer Adán, pero que después de ese primer Adán, destruyó la imagen del hombre por el pecado, viene el segundo Adán: Jesucristo, Dios y hombre al mismo tiempo, para señalar al hombre, cuál es su vocación integral para que se recupere del pecado de Adán y se haga miembro de esta segunda generación. En verdad, en verdad te digo -le dice Cristo a Nicodemo- que no puedes entrar en el Reino de los cielos, si no renaces de nuevo. ¿Cómo? -le dice Nicodemo- ¿Cómo puede un hombre viejo meterse otra vez en el seno de su madre y nacer? -No te digo así, no lo entiendas materialmente, te estoy hablando de un renacimiento espiritual. El que no renace del agua y del espíritu; el que no hace suyo el espíritu de Cristo; el que no se incorpora a mi Reino donde hay exigencias tremendas que yo pido para que pertenezcan a mi Reino, ése no puede ser salvo». O sea queridos hermanos, y en ésto también llenémonos de alegría, que esta vocación del hombre en Cristo, no solamente la tenemos los cristianos. Cuidando con sentir el orgullo de ser cristianos, nos pareceríamos a los israelitas cuando le decían a Cristo: «No nos regañes si somos hijos de Abraham». Y Cristo les decía: «Pero importa ser hijo de Abraham, porque Dios puede hacer hasta de las piedras hijos de Abraham; lo que interesa es la justicia de Dios.

Así también, hermanos, no nos gloriemos de venir a la Iglesia, de ser cristianos, porque pensemos que fuera de los límites del cristianismo hay muchos hombres que talvez adoran falsos dioses; pero con una conciencia tan moral y tan limpia que no hay duda que Cristo los está salvando. Yo recuerdo cuando en Roma estudiaba y el Papa Pío XI recibió a aquel gran Filósofo y Humanista, Mahatma Gandhi, envuelto en una sábana y con una cabrita por las calles de Roma. Y Pío XI dijo en un discurso esta expresión: «Hemos conocido a un santo pagano». ¡Qué bella expresión! En el paganismo hay santos. Talvez más santos que en nuestra Iglesia Católica. Porque Cristo, que es la revelación del hombre, puede ser conocido y Mahatma Gandhi decía: ¿Cómo pueden los cristianos tener este libro tan bello, el Evangelio, y no vivir la gran revolución de la santificación y de la liberación del mundo?

No hacemos vida lo que tenemos, conocemos a Cristo y no lo vivimos. Pero no hay otro camino, hermanos, y esta es la solución a esos grandes temores. ¿Me salvaré o me condenaré? No cavilemos tanto en eso, tratemos más bien de conocer mucho a Jesucristo y de pertenecer íntimamente a su Iglesia. Y en vez de combatirla, tratar de comprender sus lógicas consecuencias dolorosas; y no queramos hacer un cristianismo a nuestro gusto, no queramos domesticar el Evangelio; sino que nosotros domestiquémonos al Evangelio y tratemos de seguir al Cristo auténtico, si de veras queremos ser salvos. Porque con todas las idolatrías del poder y del dinero, muchos no entrarán en el Reino de los Cielos, porque no trataron de identificarse con el plan de Dios que en estos conociste. Me predestinó para hacerme semejante a Cristo y en él justificarme, y en él glorificarme para hacer una comunidad de hermanos, donde Cristo es el primogénito de muchos hermanos. Sintamos así nuestra Iglesia. Una comunidad de hermanos.

Y finalmente, queridos hermanos, ya ahora comprenden la belleza de esa palabra: Queridos hermanos. Ojalá no sea una expresión hueca, sino que de verdad sintamos que todo prójimo es mi hermano; pero cuando lo miro a través de Cristo mi hermano mayor y trato de ser como Cristo para ser digno de ser llamado hermano, y poder llamar hermanos a todos los hombres, sean ricos o sean pobres, porque a todos nos ama el Señor. Pero hay un problema, y este es mi tercer pensamiento. El fracaso de la falsa riqueza. Pobres idólatras de la falsa riqueza. Están adorando un ídolo con pies de barro. Y Jesucristo lo comparaba, en el Evangelio de hoy, con la pesa que tira con la atarraya en el mar y saca peces buenos y malos; y en la orilla los pescadores escogen los peces que valen la pena para llevárselos y comer o vender, y lo que no vale la pena, tirarlo al horno, dice Cristo. Es lo mismo del trigo y la cizaña. Para que no nos extrañemos de que en esta red de la Iglesia pescadora de hombres, hay muchos peces buenos, ¡gracias a Dios!, pero también hay muchos cristianos que se pueden comparar con los peces malos que serán tirado al horno en la hora de la selección.

El problema de la predestinación, es un problema de acogida o de rechazo al Reino de Dios predicado por Cristo. Vivimos una hora de lucha entre la verdad y la mentira; entre la sinceridad, que ya casi nadie la cree, y la hipocresía y la intriga. No nos asustemos hermanos, tratemos de ser sinceros, tratemos de amar la verdad, tratemos de construirnos en Cristo Jesús. Es una hora en que debemos de tener un gran sentido de selección, de discernimiento. Es uno de los dones del Espíritu Santo y hay que pedírselo mucho en esta hora, como se lo pidió Salomón: «Dame un corazón que sepa distinguir entre el bien y el mal». Y como una especie de pez yo les quiero proponer los hechos de esta semana y ustedes mismos catalicen quienes van camino del bien y quienes van camino de la perdición.

El jueves de esta semana, la Secretaría de Información de la Presidencia de la República, obligó a los Medios de Comunicación Social, a dar un escandaloso despliegue a la noticia de un supuesto plan terrorista en que se implica mi persona de Arzobispo y las dependencias de Comunicación Social de nuestro Arzobispado. Algunos quizás están esperando una aclaración de mi parte, pero en verdad no la creo necesaria, ya que una calumnia tan burda, se destruye por sí sola. Pero más bien, provoca nuevos testimonios de solidaridad, que estoy agradeciendo de todo corazón, como aquel bonito telegrama que me llegó de Miralvalle: «Pueblo cree en su trabajo Pastoral. Prevalece la verdad de su palabra». Muchas gracias, y así he recibido más ante la avalancha de la publicación. Creo que no se esperaban un despertar de solidaridad para mi pobre persona. Sin embargo, por su misma mediocridad, este golpe publicitario es una interesante exhibición de la mentira y de la superficialidad, que quiero aprovechar más bien, para repetir el llamamiento que tantas veces he hecho a mi querido pueblo, a que aprenda a leer periódicos, a oír radio, a ver televisión. No todo lo que se ve en los medios de comunicación social es verdad, hay mucha mentira. Hay que tener una conciencia crítica para no ser juguete de quienes manosean con tanta falta de respeto la opinión pública. Véanse simplemente como botones de nuestra, estas cosas:

1º ¿Cómo se publica sin ninguna firma responsable y sin indicar su procedencia, un boletín tan difamatorio?

2º ¿Cómo se puede renunciar a la originalidad periodística publicando, todos por igual, una mentirosa entrevista de prensa, imaginada solamente por la Secretaría?

3º Dice: «A preguntas de los periodistas los voceros de Seguridad Pública se limitaron a explicar que en los documentos incautados se menciona algo de eso». ¡Qué seriedad!

4º ¿Dónde están las demostraciones que evidencian, ante la opinión pública, acusaciones concretas tan peligrosas?

Un lector crítico, se ríe de esa sarta de delitos publicados sin respaldos de argumentos convincentes ni serios. ¿Quién no descubre la intención aviesa de desprestigiar como subversivo al Arzobispo? ¿De desear suprimir nuestra radio. Y.S.A.X.? ¿De cancelar nuestro periódico ORIENTACION o de seguir justificando nuevas formas de represión al pueblo, al implicarlos así, al mismo tiempo que se despliegan fotografías de otros obispos en cordial comunión con el Supremo Gobierno? ¿Ven la manipulación del periódico? Sepan leer hermanos.

Un experto en comunicación social, yo no lo soy, podría señalar otros pecados graves contra la ética periodística, pero a mí me bastan estas faltas tan sobresalientes, para no asustarme de esta nueva maniobra; y más bien denunciar como injusta e inhonesta, esta actividad de la Secretaría de Información de la Presidencia de la República y de nuestra prensa tan dócilmente manejada por los ídolos del poder y del dinero.

En cambio, debo expresar mi agradecimiento y mi admiración para el periódico La Crónica del Pueblo, por haber sido el único que con un sentido de ética profesional, y sobre todo de valentía y de libertad, publicó el origen del boletín y dio oportunidad al acusado para decir su mentís a lo que muchos han llamado, una burda canallada. Y como entonces, repito aquí ante mi pueblo con mi conciencia limpia, no tengo ninguna complicidad con ese supuesto plan. Y si hubiera seriedad en nuestro sistema judicial, habría motivo suficiente para entablar un juicio penal. Lamentablemente, en vez de contar con el apoyo de eso, en El Salvador más bien se tiene el agravante de una ley arbitraria, tendenciosa, que en vez de promover el bien común y defender la justicia como debe hacerlo toda ley, es una continua amenaza contra la justicia y la paz del país. Pero a pesar de todo, con la ayuda de Dio y fiel a su difícil mandato, trataré de seguir acompañando, defendiendo y orientando al querido pueblo, como me lo encomendó el Papa en reciente visita, que también han tratado de desacreditar.

Analicen, ustedes también, este otro hecho -con un criterio cristiano, para eso meditamos la palabra de Dios- y aprendamos a enjuiciar la historia y la vida desde la palabra de Dios: El día 28 de julio, en un operativo militar desplegado en el centro de la ciudad, catearon y ocuparon militarmente la casa del Maestro, sede de la Asociación de Educadores Salvadoreños. El operativo duró alrededor de cuatro horas; y preocupan los puntos siguientes: La captura de 23 personas, la mayoría de ellos profesores, directivos de la Asociación mencionada; la captura, etc. de otras personas. Preocupa también el local ocupado por los Cuerpos Policiales, se teme por la pérdida de varios miles de colones en efectivo como producto de la contribución de los socios. Se teme también, por el material o equipo de oficina.

En San Miguel fue cateado el local de un partido político. Este partido es reconocido por la Ley Electoral, como tal es también Persona Jurídica. En fin que los cateos en El Salvador están a la orden del día y lo peor es que se pasen tantas invenciones, en torno a lo que supuestamente encubren en esas operaciones.

Continúan las huelgas de TAPAN y de REFINERIA DE AZUCAR, hay conflictos laborales serios en SACOS CUSCATLAN, en done también estalló la Huelga el viernes 28 por intransigencia patronal a negociar el Contrato Colectivo.

También de San Bartolomé Perulapía llega esta triste noticia: Los hermanos Aniceto Santos y Heliodoro Santos, fueron degollados por miembros de ORDEN que hoy se denominan «Los Comandos». Pregonan que matarán ocho más. El hecho tuvo lugar entre los linderos de El Rodeo e Histagua. Aniceto ya había estado encarcelado, por tanto no tenía qué pagar; sin embargo, fue asesinado. Su madre Octaviana Santos, queda sola. Dos hijos más, corrieron la misma suerte. Sólo le acompañarán sus hijas.

Llegó también de Santa Ana la noticia de que la mejor catequista y encargada del curso de religión de la Escuela Parroquial, Norma de Solórzano; como 7 hombres armados de civil se la llevaron, dejando a sus dos niños pequeños. Tuvimos una puesta al día de esta noticia anoche, donde dice que el caso de la señora Norma de Solórzano, Directora del programa de religión y encargada de la catequesis de la Parroquia de Madre de El Salvador en Santa Ana, después que un sacerdote la acompañó a la Policía Nacional y la Guardia, en Santa Ana, con el resultado de negar la presencia de la señora. Se hizo presión por medio de la Embajada de EE.UU., para llegar hasta el Ministro de Defensa, quien acaba de informar que la señora está en la Policía Nacional de San Salvador y dicen que está en buenas condiciones.

También hay noticias buenas. Se firmó al fin el Contrato Colectivo en la Fábrica de Guantes Internacional, ambas partes llegaron a un arreglo definitivo.

Nos alegramos también con los hechos eclesiales de esta semana, como fue la solemne celebración del 75 Aniversario del Colegio María Auxiliadora; la preciosa celebración de ordenación sacerdotal, ayer en la Capilla del Externado San José, del P. Carlos Arias, costarricense; el Seminario sobre Sociología, de la Religión, promovido por la UCA, que nos ha dejado enseñanzas muy oportunas respecto de una vida religiosa que hay que vivirla de acuerdo con lo que exige el Evangelio en nuestro ambiente, para no hacer de nuestra religión, un instrumento más del sistema.

En Paleca, el domingo pasado tuvimos una preciosa Misa de desagravio, ya que fue robado allá el Santísimo Sacramento. Esta tarde, también continuarán, en aquella parroquia los festejos de reparación. También en Ciudad Delgado, en la parroquia de Aculhuaca tuvimos alegría muy grande en la fiesta de su patrón: Santiago.

Hoy, hermanos, estamos en el tercer aniversario de aquel sangriento desenlace de una historia manifestación. Ayer hubo Misa en la Basílica y varias personas han pedido oraciones por sus difuntos. Recuerdo aquí a Roberto Antonio Miranda López y Carlos Roberto Fonseca, pero yo les quiero invitar a que recemos por todos y por la conversión, también, de los que causan estas situaciones tan violentas y tan difíciles en la Patria.

Finalmente, queridos hermanos, con todo el corazón hago un llamamiento para que celebremos con verdadero fervor las fiestas patronales del Divino Salvador. Desde el viernes comenzó en esta Catedral el solemne novenario. Si no pueden venir sintonicen sus radios a las 5 de la tarde para ponerse un momento en oración junto al divino Patrono, ¡el que puede salvarnos!, qué hará honor, sin duda a ese nombre tan precioso del Divino Salvador. Los actos principales de la fiesta, que va ser el próximo domingo, serán el sábado 5, a las 4 de la tarde, la tradicional «bajada», partiendo de la Basílica para el tradicional descubrimiento que se hace aquí frente a Catedral. A las 8 de la noche aquí en Catedral, también, una alegre vigilia de oración para pedir mucho por las necesidades de la Patria. Y fíjense bien, el domingo, la Misa será en la plaza, enfrente, a las 9 de la mañana para dar tiempo a las peregrinaciones, que también espero que sepan atender este llamamiento. Ojalá que todas las parroquias vengan representadas a honrar al Divino Patrono de la Arquidiócesis y de la República. Es lástima que por ser domingo, no tendremos muchos sacerdotes. Estarán atendiendo sus parroquias, pero ya le hemos dicho a los Pobres, que quienes quieran dejar su Misa con su comunidad para venir a concelebrar en este hermoso signo de la unidad de nuestra Diócesis, pueden venir. A las nueve de la mañana el próximo domingo en el atrio de Catedral, concelebraremos una Misa que es la manifestación espléndida de un pueblo que pone toda su fe y esperanza en el Divino Salvador.

Queridos hermanos, como ven, la Palabra de Dios en sus bellas enseñanzas de la verdadera y de la falsa riqueza, nos lleva a catalizar bien los acontecimientos de la semana para saber descubrir como Salomón, inspirado por Dios: Dónde está el bien, la sabiduría, Cristo, el camino de la salvación. Y dónde está el enemigo de Dios, la perdición, los caminos anchos que llevan al abismo. Entonces, teniendo por delante de nosotros, no solamente una palabra teórica que ilumina, sino hechos concretos por donde van caminando hombres concretos, unos caminos de la salvación y otros caminos de la perdición, gritamos desde la voz del Señor. Conviértanse, Dios no quiere castigarlos, vuelvan al buen camino. Que la fiesta del Divino Salvador, sea para todos el sentir el amor con que Dios arropa nuestra vida en Cristo. Nos predestinó en Cristo para ser semejantes a él, constituido en hermano mayor de muchos hermanos; y en él, ser justificados y en él, ser glorificados.

Vamos a vivir esta bella realidad en nuestra Eucaristía, ya que el altar está preparado para que allí adoremos a este Cristo sin verlo; pero sí bien, presente en nuestra fe y sintamos que él, en esta novena del Divino Salvador, está muy cerquita de nuestra Patria, de nuestra esperanza, de nuestra ilusión.

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La Justificación y la Fe

10º Domingo del Tiempo Ordinario

Domingo 11 de junio de 1978

Lecturas:
Oseas: 6, 3b-6
Romanos: 1, 18-25
Mt.: 9, 9-3

Queridos hermanos:

El tiempo ordinario llega hoy al 10º domingo, no olvidemos que quiere inculcar en el pueblo cristiano este tiempo ordinario. Mientras para muchos la Misa del Domingo aburre, porque siempre es lo mismo, para el cristiano consciente, sabe que no es lo mismo.

Así como cuando uno va en la carretera le parece que aquellas piedritas que marcan los kilómetros son lo mismo, y si uno se fija, cada piedra va indicando una cercanía más, un número distinto. Así también, lo que se va desplegando a lo largo del año es el Misterio de nuestra Salvación; y el cristiano que vive su fe cada domingo es como que llega a un nuevo kilómetro y se llena de nueva esperanza para continuar la ruta hacia eso que es el destino de toda la vida humana: La salvación. Yo les invito, pues, a que nuestra Misa de los domingos llene de verdad estos objetivos señalados por el Concilio, que quiere renovar al pueblo de Dios. El Concilio ha indicado estos objetivos para cada reunión dominical: Vivir el sentido comunitario de nuestra Iglesia. No nos podemos salvar solos. Dios quiere salvar a los hombres como pueblo; pueblo que adora al Señor. Y es hermoso venir a constatar el domingo que somos el pueblo de Dios.

Segundo: Venimos a escuchar Su Palabra y a participar en Su Eucaristía; no venimos sólo a curiosear, sino que venimos a un acto de Fe. La Fe que atiende la Palabra, no porque la dice fulano de tal, sino porque es Palabra de Dios, a través de ese instrumento que es el predicador, y a participar de la Eucaristía. Eso es lo principal: la Palabra de Dios nos prepara para luego adorar a Cristo en la Hostia, y ojalá también para recibirlo, como alimento en nuestra peregrinación.

En tercer lugar, venimos a recordar la Pasión, Resurrección y Glorificación de nuestro divino Señor Jesucristo. Y en cuarto lugar, y principalmente, a darle gracias a Dios que nos ha hecho renacer a la viva esperanza por la Resurrección de Cristo. Sentir que esa vida exuberante, juvenil y perpetua de Cristo, se hace «mi vida»; y salgo de la Misa dominical con la alegría de quien ha rejuvenecido con nueva esperanza en Cristo resucitado.

Estas lecturas de este domingo alimentan todas estas ideas. Yo le voy a dar este título a nuestra homilía de hoy, a nuestra reflexión de hoy: «La Justificación y la Fe»

Y voy a presentar tres ideas para agrupar mis ideas.

1º La justificación que Dios ofrece a los hombres.
2º La disposición que los hombre deben tener para recibir esa justificación de Dios, y…
3º La misión de la Iglesia y de los Profetas: Disponer a los hombres para recibir la justificación de Dios.

Y después de desarrollar mi pensamiento, voy a hacer una aplicación concreta; porque una reflexión de la Palabra de Dios que no concreta en el ambiente en que se vive, es muy pavorosa, es poco encarnada en la realidad. Y al terminar pues, esta reflexión, les voy a presentar el panorama de nuestra semana, para que Uds. mismos vean, en esto acontecimientos de nuestra patria y del mundo en esta semana, quiénes se están disponiendo para recibir esa justificación que Dios ofrece, y quienes la están rechazando, o volviéndole la espalda a ese regalo de Dios. Para que luego nuestra Eucaristía sea de un sincero convertido con la Palabra de Dios que le dice: «Señor, si hasta ahora, he estado de espaldas a este ofrecimiento tuyo, yo te pido perdón, yo quiero cambiar». Cambiar no es pecado, cuando el cambio es de lo imperfecto a lo perfecto. Este es el trabajo de toda nuestra vida: Evolucionar según el pensamiento de Dios, no según nuestras pasiones.

Comencemos, pues, por decir, cual es la justificación que Dios ofrece. Pongamos como figura central de nuestra reflexión, como nos ha presentado el Evangelio, a Jesucristo (no olvidemos, siempre el Evangelio es el centro focal de nuestras reflexiones). Cristo es la luz que ilumina al hombre, y nuestras miradas se clavan directo en él, y ahora lo miramos llamando a un pecador, y luego, comiendo y participando con los pecadores… Y vemos como se le critica: «Miren, su Maestro come con los pecadores». Y, ¿cómo se defiende el Señor?: vuelve la acusación, en una denuncia a un falso puritanismo, a una hipocresía. Cristo llama a un pecador, Mateo. El autor del primer Evangelio, era un cobrador de impuestos. Quien estudia la historia, sabe lo repugnante que era ese cargo en los tiempos de Jesucristo. El Imperio Romano cobraba los impuestos de los pueblos sometidos y, para cobrar, se ponía a licitación, ¿quiénes quieren ser cobradores? Y venía un hombre, y compraba el cargo de cobrador para luego negociar; y él podía hacer lo que quisiera, con tal que entregara al Imperio Romano la cantidad que le estipulaba. El era libre para extorcionar, para robar, para engañar; era un fraude tremendo. El cobrador de impuestos era una persona repugnante, (que la ha comparado aquí el Evangelio con los publicanos y los pecadores, con las rameras, con los ladrones, gente de mala calaña) a uno de esos llama Cristo: «Ven y sígueme». Y Mateo deja su mesa de cobros. No le importan ya las ganancias, las extorciones, sigue a Jesús, y agradecido le prepare un banquete, una ceñita. Naturalmente, con sus amigos, su pobre ambiente social era ese ambiente de ladrones, de publicanos, de cobradores… ¿Y a quiénes iba a invitar el pobre? Y Cristo no rehuye, a pesar de que vive en un ambiente puritano de fariseos, que prohíbe mezclarse con un judío que no cumple la Ley y que se llama pecador. Un fariseo no se mezcla con esa gente, no le da la mano a un cobrador, a un publicano; aunque en su corazón haga cosas peores, salva esa apariencia. Cristo no tiene miedo a la crítica, al ambiente, y se mete a comer en aquel ambiente, que luego es mal visto por los fariseos. Y le dicen a los discípulos de Jesús: «¿Cómo vuestro Maestro come con publicanos y pecadores?» Y Cristo oyó y defiende su posición: «No son los sanos los que necesitan al médico, sino los enfermos. No he venido a buscar justos, esos ya están seguros. He venido a buscar pecadores… Soy el salvador del Mundo. Y recordad esto: es la voluntad de Dios: Quiero misericordia y no sacrificios. Ustedes se pagan de la apariencia de su culto, en el templo; ustedes se glorían de su pureza legal, no se mezclan con los pecadores ustedes sepulcros, bien blanquitos por fuera, pero por dentro como están… podredumbre… ¡hipócritas! Misericordia quiero. ¿Cómo están sus relaciones íntimas con Dios? ¿Cómo está su honradez verdadera? ¡Hipócritas!» Jesucristo vuelve, pues, la acusación de un falso puritanismo, en una verdadera denuncia de la hipocresía de la sociedad en que le tocó vivir. Y este Divino Maestro no hace más que revelar ante el mundo el pensamiento de Dios; porque esa palabra de Cristo frente a Mateo y a sus compañeros, (ya Mateo revivido por el llamamiento de Cristo), es nada más que la cita de un Profeta de la antigüedad. Esa palabra: «No quiero sacrificios, sino misericordia», la encontramos en el profeta Oseas, que también se ha leído hoy. Y por eso, para comprender ese Dios que Cristo refleja, hay que remontarse al Viejo Testamento, a toda a Biblia. La línea de Dios está allí: Misericordia quiero y no sacrificio. Hay que remontarse a los tiempo de Oseas, el Profeta, que le tocó ver el derrumbamiento de Israel. Aquella parte de la Palestina que estaba separada de Judea. El reino del norte tuvo un gran rey, cuando comenzó Oseas a predicar: Jeroboam II. Pero en ese tiempo glorioso del Imperio Norte de Israel, como siempre que hay bonanzas en un pueblo, había muchos abusos injusticias sociales, atropellos de autoridad. Y ésto es lo que denuncia Oseas, lean el Libro de Oseas, y verán como los sermones de Catedral se quedan bien cortitos, en comparación de aquella elocuencia del Profeta frente a los reyes, frente a los grandes, frente a los poderosos, para echarles en cara sus atropellos, su injusticias. Cuando cayó Jeroboam, vino una serie de reyes cobardes, que trataron de someterse o de hacer alianza con los otros pueblos, y entonces Oseas denuncia a los reyes cobardes, el haber olvidado la alianza con Dios; el andar buscando más el apoyo de los hombres, crítica la política de su reino. El profeta puede predicar contra la política de su tiempo, cuando esa política está contra la Ley del Señor. Y ésto es lo que defiende Oseas. Desde su misión profética, denunciar los errores, las idolatrías, las falsas confianzas de los políticos de su tiempo. Entonces, este es el Dios que anuncia Oseas en un ambiente tan difícil como los nuestros, había caído Israel en la idolatría de adorar a los baales (los baales eran dioses de la fecundidad), creían que toda la cosecha, la lluvia, los soles, dependían del Dios Baal. Y ya mezclaban esa idolatría de un dios falso, con el Dios de la Biblia. Y Oseas está aquí para defender la pureza de la Biblia, de la Revelación de Dios, contra la idolatría que se está mezclando con la verdadera religión.

Denuncia de idolatría ha sido siempre la misión de los profeta y de la Iglesia.

Ya no es el dios Baal; pero hay otros ídolos tremendos de nuestro tiempo: El dios dinero, el dios poder, el dios lujo, el dios lujuria. ¡Cuántos dioses entronizados en nuestro ambiente! Y la voz de Oseas tiene actualidad, también ahora para decirle a los cristianos: «No mezclen, con la adoración del verdadero Dios, esas idolatrías». No se puede servir a dos señores: Al Dios verdadero y al dinero. Se tiene que seguir a uno solo. Como Mateo que se convierte de la idolatría del dinero para seguir a su único Señor Jesucristo, debía de querer conversión también para purificar la verdadera religión. Y el Dios que anuncia Oseas, -miren, como encarnado en su ambiente- toma el lenguaje de los rituales idolátricos de Baal, que cantaban a la aurora, que cantaban a la lluvia, que cantaban al sol, para orientar ese lenguaje idolátrico hacia el verdadero Dios. Y les habla de un Dios que cae como lluvia tempranera para fecundar la tierra; de un Dios que empapa la tierra y la hace fecunda. Es el Dios verdadero. No es el Baal. Y les habla de un Dios que es fiel, como la aurora que fielmente amanece todas las mañanas, y que es claro y lúcido como el sol que alumbra todos los días. Con ese lenguaje, pues, que los idólatras convertían en ofensa de Dios, el Profeta anuncia el verdadero Dios y les habla en cambio, con su mismo lenguaje, de la falsedad de sus cultos.

Y la Segunda Lectura de hoy nos ofrece al Dios ya en el Nuevo Testamento. Después de haberlo aprendido en el mismo Cristo. San Pablo (yo les recomiendo mucho, queridos hermanos, la meditación profunda de esa 2ª lectura y no sólo el pasaje, los versículos que hoy se han leído, sino todo ese capítulo, donde San Pablo, siguiendo el pensamiento que ya le exponía el domingo pasado), dice que el hombre no se justifica por su propio esfuerzo; ni los gentiles con su luz de la razón natural; ni los judíos teniendo una Ley revelada por Dios. La Ley sola no justifica, la razón sola del hombre no justifica. Un hombre puede ser muy honrado humanamente. (Y gracias a Dios los hay, hombres que no tienen fe, pero que son muy honrados. Los hay, porque la luz de la razón les indica lo que hay que hacer y lo que no hay que hacer) pero aún cuando un hombre sea muy perfecto en lo humano, muy honrado; sin fe, le falta lo principal, dice San Pablo: «La verdadera justicia o sea la justificación, es la actividad íntima de Dios, por la cual él por iniciativa gratuita, llama a un hombre a su intimidad… Sólo es justo el hombre que agrada a Dios, porque está participando esa vida íntima de Dios; sólo es justo, no tiene pecado, el hombre a quien Dios le ha perdonado su pecado.

No se trata de una justificación de apariencia. Lutero aquí se equivocó; y muchos de nuestros hermanos separados siguen esa doctrina. No todos ya gracias a Dios. Pero entendían la justificación como si Dios encubriera la maldad del hombre, pero que el hombre seguía siendo malvado. No, la doctrina que San Pablo nos está diciendo ahora, es que «justifica»; es decir, le da al hombre, no sólo una apariencia, sino que le borra la verdad su pecado, le hace desaparecer todo su pasado, lo limpia de todas las manchas que ha contraído; y ahí tenemos los ejemplos de Mateo frente a Cristo, ya no es un pecador, lo ha llamado Cristo, y le ha respondido. Dios le ha dado una justificación: Ya es santo.

Cuando la Magdalena, también, prostituta famosa, llega al banquete a ungir al Señor, arrepentida, los comensales la siguen señalándola como una mujer pública; pero Cristo dice: «Ya no, hoy ya es justificada, porque ha amado mucho; ha amado al arrepentimiento y vuelve arrepentida de sus culpas». Esta es la justificación de Dios, esa justicia no la alcanza la Ley. No la alcanza el esfuerzo humano no, tiene que arrancar de Dios, es una dádiva gratuita, es un regalo estupendo del Señor. Esa es la justificación que los fariseos no comprendían… Ellos se creían muy superiores a Mateo y a los publicanos, porque ellos guardaban la Ley; pero Pablo les dice: Eso no es nada. Eso es apariencia, y humanamente puede valer mucho, pero ante Dios que quiere misericordia, sentido profundo de su entrega a él, lo que interesa es esa justicia que Dios da y que el hombre recibe. La justificación que Dios ofrece es hacernos participantes de su Vida Divina; es hacernos hermanos de su único Hijo, Jesucristo; es hacernos herederos y participantes de su gloria eterna; es la satisfacción íntima que siente el pecador cuando se le han perdonado los pecados. Es aquella palabra que yo tuve la dicha de conocer en Hebrón, la tumba que dicen que es de Abraham, y donde está sola esta palabra «El Kalil», que quiere decir. «El Amigo». Abraham es el amigo de Dios, porque Dios lo justificó. Y todo hombre que Dios justifica, puede llamarse El Kalil, el amigo de Dios; aunque haya sido un pecador, Dios lo ha justificado ya. Esta es la justificación que Dios ofrece. Si no es el esfuerzo humano, si no es la Ley, si es una dádiva de iniciativa gratuita de Dios, justifica a quien él quiere, no a uno que quisiera por su propio orgullo subir hasta Dios. ¡Imposible!, sólo Dios llama a esta justificación. Pero ese Dios no es un Dios que no lo podamos encontrar. Esto es lo más bello: Que Dios se hizo hombre y salió por los caminos de los hombres para encontrarse con ellos. En Cristo está la justificación de Dios; Cristo es el Dios que perdona, el Dios que justifica; Cristo es el Dios que ha venido, no a condenar, sino a perdonar; Cristo es e pastor; que anda buscando a las ovejas descarriadas para que vengan a formar la alegría de su rebaño, que es el de los justificados. A nadie excluye, con qué tristeza decía: «Tengo otras ovejas que no están en este redil, y es necesario traerlas. Este es el corazón de Cristo. Corazón de Dios que palpita en un corazón humano. Amor infinito del Señor que, por todos los caminos de la vida de cada uno de ustedes y mía, nos anda siguiendo, nos anda buscando, y cuánto más extraviados andemos, cuánto más perdidos de la fe nos encontremos, cuánto más orgullosos o idólatras de las cosas vanas estemos, allí está cerquita el Señor, ofreciéndote la justificación, y diciéndote: «De nada te sirve tener mucho dinero, tener mucho poder, tener mucho lujo si no estás convertido a Dios; si no te da Dios la justificación, eres el más pobre de los miserables. Sin la justificación de Dios todo es apariencia. Es esa justicia íntima, la que Dios te está ofreciendo; o sea, en un lenguaje más moderno: La Gracia, el perdón, la reconciliación con Dios, de parte de él no hay dificultad para reconciliarse con él».

En mi 2º pensamiento, la dificultad está en la disposición del hombre. Si, Dios está dispuesto a dar, lamentablemente, los hombres no están dispuestos a recibir… Y en la lecturas de hoy aparecen tres disposiciones indispensables. Sin éstas no puede Dios justificar a nadie, porque el hombre es libre. Y el domingo pasado nos decía: «Frente a tí están dos caminos: El que lleva a la bendición, la justificación, la fidelidad a tu Dios; y el que lleva a la maldición, la infidelidad, la idolatría, el repudio de Dios, el rechazo de su fe.

¿Cuáles son estas tres disposiciones que nos señalan las lecturas de Hoy?: La Fe, la conversión, la misericordia.

LA FE: La 2ª lectura nos presenta el ejemplo del prototipo de la fe: ABRAHAM. ¿Quién era Abraham?, un pobre campesino. No conocía la revelación de Dios. No era circuncidado, no era judío. Un hombre del mundo. Y a ese hombre, Dios lo llama ya anciano, estéril, su mujer no le había dado ningún hijo. Y Dios promete: «Va a nacer de tí un hijo, que será padre de pueblos. Y en esa descendencia nacerá el Redentor del mundo. «Paredes locura que a un viejo y a una anciana, estériles los dos… -y ahora dice la Escritura: «Ya parece un cuerpo muerto» -este cuerpo que parese muerto, a este desierto de la humanidad, anciano y estéril, Dio le dice que va a reverdecer como un jardín. Abraham cree. CREE. ¿Qué cosas es creer? Creer es cuando Dios dice hasta lo imposible, y el hombre acepta esa palabra. Se convence de que será verdad, y vive de esa palabra. Fe es entregarse al que le dicen algo, creer es no dudar. El acto de Abraham es heroico; diría yo, divino. El comprende que de la iniciativa de Dios viene todo. No importan las condiciones humanas: Viejo y estéril parece un muerto. Pero Dios que hace resucitar a los muertos y da vida a los desiertos, será capaz de hacer también de mi esterilidad y de mi vejez, de mi muerte, un pueblo numeroso; y para colmo, del cual nacerá la redención y la vida eterna.

Por eso dice San Pablo en su lectura de hoy: «Abraham creyó, y esto es lo que le fue tenido en cuenta para justificarlo». Abraham se justificó… En aquel momento Abraham comienza a ser el Kalil, el amigo de Dios, porque ya se entregó a Dios, y Dios le ha dado su iniciativa; Dios le está ofreciendo justificación. Y le pide como condición: «Cree, ten fe». Abraham podía reírse y decir: «Señor, estás loco, estás pensando en algo imposible; pero así como María cree también en la posibilidad de una virginidad fecunda, sin perderse la virginidad; Abraham y Sara Isabel, y todos esos hijos del milagro del Antiguo Testamento, son producto de esta fe. Cuántos también en nuestros tiempos han tenido hijos por la oración, por súplica a Dios. ¿Quién sabe si están oyendo quienes tiene que agradecerle al Señor -al haberle pedido con mucha insistencia y haberlo logrado- un hijo del milagro? Mientras que por otro lado, el pecado de quienes matan la fecundidad que Dios les da: prohíben que fructifiquen sus entrañas, la fecundidad que Dios les da como una bendición. Toda esa campaña tremenda de anticonceptivos, de abortos, son pecados contra esta fe que creyó Abraham; contra el Dios que como un regalo, hace fecundo el seno del hombre, de la mujer. Hermanos, esta fe es necesaria. No es la ley, no es el esfuerzo del hombre, es creer en ese Dios. La primera disponibilidad del hombre para que Dios lo justifique es creer; pero no basta. Nos habla el profeta Oseas, y Cristo mismo frente a los fariseos la necesidad de otra condición: CONVERSION. Convertirse quiere decir, dejar la mala vida y hacernos buenos. Convertirse quiere decir «cambiar de mente». ¿Por qué se escandalizan del cambio de mente, cuando ese cambio es necesario si es para mejor? Puede haber estado engañado; puede haber estado adorando las falsas pasiones; puede haber estado instalado en la comodidades; puede haber amado las ventajas de este mundo; puede haber sido de aquellos, que dice Cristo en el Evangelio, que no quieren perder su vida, porque les valen más su ventajas y sus gangas de la tierra. Pero si este Dios está llamando a una conversión, a pensar de otro modo, es necesario convertirse. Y aquí tenemos por qué Cristo les dice a los fariseos hipócritas: No porque fueran esforzados en cumplir la ley, sino porque hacen consistir todo en un sistema humano, como si allí estuviera toda la perfección que Dios quiere.

Dios es la vida, Dios es evolución, Dios e novedad, Dios va caminando con la historia del pueblo; y el pueblo creyente en Dios no debe de aferrarse a tradiciones, a costumbres, sobre todo cuando esas costumbres, esas tradiciones empañan el verdadero Evangelio de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Tiene que estar siempre atento a la voz del espíritu: ¡Convertirse, ir en paz de ese Evangelio, de ese llamamiento del Señor!.

Todo aquel que se sienta seguro y que crea que no tiene necesidad de cambiar, es fariseo, es hipócrita, es sepulcro blanqueado, que está muy seguro; pero sabe su conciencia qué reclamos le está haciendo. Esa docilidad para convertirse donde el Señor quiere.

Bien tranquilo estaba Abraham en un de Caldea, cuando el Señor le dice: «Sal de tu perentela, y vete a la tierra que te mostraré», sin decirle dónde. Abraham sale caminando, como un sonámbulo, esperando que el Señor le diga adónde tiene que ir; y pasaron años, y generaciones, hasta que volvieron de Egipto los descendientes de Abraham para poseer la tierra prometida. Dios tiene por delante la eternidad. La Seguridad sólo es Dios. A nosotros sólo nos toca seguir humildemente por donde Dios nos quiere llevar, y dichoso aquél que se siente fiel a los caminos que Dios le va inspirando; y no por complacer a los hombres, quedarse con la conciencia intranquila, allí donde los otros creen que está la seguridad. Sal de tu perentela, despójate de tus falsas seguridades, conviértase al Señor, este es el camino inacabable de esta peregrinación de nuestra fe.

Y otra cosa pide nuestra disponibilidad para la gracia que el Señor nos está ofreciendo. La famosa frase: «No quiero sacrificio, sino MISERICORDIA». ¡Qué hermosa palabra ésta! No es que Dios rechace el sacrificio de nuestra Misa (esto es un sacrificio), sino que nos está diciendo: De nada serviría esta Misa, este sacrificio, si los que me lo vienen a ofrecer, no tienen MISERICORDIA en su corazón. Prefiero la misericordia.

¿Qué es la misericordia? Misericordia es la expresión más acabada del amor. El amor que se entrega, que es lástima, que es perdón, que es comprensión, que es justicia, que es entenderse con todos. Misericordia quiere decir, no el orgullo de los fariseos que desprecian a los marginados, sino la acogida del Dios que siendo riquísimo ha venido a buscar a los pobres; a quienes no quieren sentarse a comer con ellos. Misericordia es la bondad expresada en hechos, no en palabras. Misericordia… cada uno de ustedes lo comprende mejor, porque todos creo que hemos tenido algún pequeño acto de misericordia para otros, y sobre todo, hemos sido objeto de misericordia: Si Dios nos hubiera tenido misericordia cuando caímos en tantas culpas, dónde estuviéramos… Si Dios no tuviera misericordia de perdonarnos antes de morir, adónde iríamos.

Y tal vez en la relación humana, hemos tenido muchos gestos de misericordia dados por nosotros, o recibidos también por nosotros. Dichoso aquél que puede contar en su vida muchos actos de misericordia. ¡Eso es lo que quiere Dios!

Por eso cuando la Iglesia predica la justicia social, el amor cristiano, el comprendernos como hermanos; cuando la Iglesia rechaza la violencia como camino para arreglar las cosas; cuando la Iglesia no acepta el soborno, no acepta el secuestro ni nada de esas cosas que se van poniendo de moda y nos van acostumbrando lamentablemente, la Iglesia no puede estar de acuerdo, porque todo eso es un rechazo de la misericordia. Misericordia quiero, no sacrificios. No me agrada tu plegaria que arranca de un corazón lleno de rencor; no me reces, no me ofrezcas misas si vienes con injusticias, tus manos manchadas de sangre, de odio, de violencia. Misericordia quiero primero. Qué hermosa esta reclamación de Nuestro Señor, y qué oportuno para nuestro tiempo, que Cristo y la Iglesia nos sigan diciendo, que las cosas de la Patria se van a componer, no por la represión, no por la fuerza, no por leyes injustas y arbitraria; sino cuando en el corazón de todos los hombres y de todas las mujeres, surja lo que Dios quiere: «Misericordia, quiero» No otra cosa. Lo que compone, lo que justifica al hombre, es precisamente este camino del Señor.

Por eso, hermanos llego ya al último pensamiento. ¿Cuál es la misión de la Iglesia? ¿Cuál es la misión de los Profetas?… Allí la tenemos en Oseas; y la tenemos en Cristo mismo, en medio de pecadores; y la tenemos en San Pablo anunciándonos el ejemplo de Abraham. La misión de la Iglesia es proclamar las maravillas de la misericordia de Dios. Esta es su primera misión. Pero junto a esa va otra: Llamar a los hombres a la fe, a la conversión y a la misericordia. Y en tener lugar, denunciar todo pecado que vaya contra esa relación con Dios; contra esa fe; contra esa verdad; contra esa misericordia; contra todo aquello que nos aparta de disponernos para que Dios venga. La misión de la Iglesia es la de Juan Bautista: Ir preparando, en los corazones de los hombres, los caminos por donde Dios quiere llegar a justificar a los hombres. Y en esta cátedra se denuncia el pecado de la sociedad, el pecado de la autoridad, el pecado de la familia, no es por una demagogia fácil. A nadie le cuesta tanto decir las maldades de su propio pueblo, como a mí hermanos, que tengo el deber pastoral de señalar (por mandato del Evangelio y del Jesucristo que quita los pecados del mundo), que es pecado y que no debe reinar; por dónde hay que caminar. La conversión, la fe, la misericordia es lo que he predicado siempre. Sólo la calumnia indigna y vil pueden encontrar en mis palabras otra cosa. Pero la palabra de Oseas, la palabra de Pablo la palabra de Cristo, la palabra de la Iglesia es la que yo quiero hacer eco para anunciar a mi querido pueblo, a todos sin excepción, (a los pecadores también) porque; cuando Cristo reprendía a los de su tiempo, no los odiaba, los amaba; porque los quería arrancar de las garras de la idolatría, de las falsas posiciones, para buscar el verdadero camino, donde pueden encontrarse con la misericordia que Dios está ofreciendo. Para perdonarlos, para justificarlos.

Por eso, la Iglesia seguirá cumpliendo su deber; y por eso la Iglesia no puede predicar desencarnadamente. Tiene que decir, por ejemplo (y ustedes ya pueden analizar estos casos de esta semana), quiénes van caminando por esos caminos de fe, de conversión y de misericordia; y en cambio, quiénes van caminando contrariamente a la fe, a la misericordia y a la conversión. En todos los acontecimientos de esta semana, que podriamos llamar una semana gris, hay muchos que caminan hacia la salvación. ¡Bendito sea Dios! Pero hay muchos, también, que no quieren aceptar la dádiva del señor que los quiere justificar, y van de espaldas a Dios ofendiendo al Señor.

Desde el 23 de Mayo, se está celebrando en la O.N.U. una Asamblea General que durará 5 semanas, en la que participan 18 jefes de Estado y 42 ministros, para tratar de los gastos de esa carrera armamentista del mundo. Los gastos militares en el mundo crecen cada año. Ustedes leyeron en los periódicos una cifra astronómica de 300 a 400 billones… Hasta se me había olvidado como se escribe un billón. Tuve que ponerlo en el papel: Cuántos ceros… para cubrir un billón (2 veces millón), lo cual equivale a que cada día, en gastos militares, el mundo derrocha un billón de dólares. Con razón el Papa Pablo VI (y lo digo por esto precisamente, para aquellos que dicen que yo me meto en política cuando hablo de estas cosas), el Papa ha enviado un representante. Y a través de él, el Papa mismo ha dicho que si va a hablar en esa Asamblea, no es porque tiene una potencia mundial o una potencia política. Pero que tampoco puede escucharse en el carácter intemporal de la Iglesia, para no prestar una ayuda moral a este esfuerzo de la humanidad. Y reclama, desde esa fuerza moral, que aceleren este proceso. Porque mañana podrían ser demasiado tarde. Palabras del Papa, y les dice también lo mismo que dijo en la ONU cuando vino -creo que en 1965- y cuando en la India también proclamaba los inmensos gastos que la locura de los hombres derrocha en gastos militares; mientras hay mundos enteros en proceso de desarrollo: que más bien vean como orientar esos billones a este desarrollo del mundo. ¿Quién puede decir que el Papa se meta en política? Es la fuerza moral la que clama contra los abusos de los hombres.

También nos alegra, cuando los periódicos anunciaban, que el Presidente de la nueva Asamblea declaró que entre los asuntos pendientes está una petición de Amnistía General para presos políticos, la derogación de la Ley de Orden Público y otras solicitudes que ameritan una inmediata atención y resolución adecuada. ¡Bendito sea Dios, que la Asamblea tome conciencia de este clamor del pueblo! Y yo le agregaría al Señor Presidente, que allí busque entre los papeles empapelados, la solicitud que el Episcopado Salvadoreño hizo a la Antigua Asamblea contra la legislación del aborto. No se nos hizo caso ni se nos contestó. Ojalá que todos esos derechos de reclamos que tenemos los salvadoreños y que se empapelan en la burocracia, tengan este gesto del Señor Presidente de mandar a desempapelar, y ver cuántas cosas son justos reclamos, que ellos, servidores del pueblo, tienen que atender.

Por otra parte, por donde camina este otro rasgo: La Guardia Nacional realiza cateo en Mejicanos y captura, entre otras personas, a una madre con su hijo de 6 meses. Justamente la Crónica comentaba: «…desde todo punto de vista, la captura de un recién nacido, es antijurídica y violatoria de las normas más elementales del derecho». También tenemos que lamentar capturas en El Tablón, en El Jicarón, en El Paisnal.

También da lástima pensar que en la cárcel de mujeres, hay una mujer que está sufriendo ataques de histeria, como fruto de las torturas recibidas junto con su marido en el conflicto de la Central Azucarera. Y también de sus dos niños, uno de 4 y otro de 6 años, que presenciaron la tortura de sus propios padres; están en un estado tremendo de depresión. Sigue la campaña de terror y de miedo en los cantones de San Pedro Perulapán: Asesinato Román Martín de 60 años, deja esposa y 6 hijos; capturado en su casa mientras dormía Alfonso Mendoza de 60 años. Por otra parte, queremos felicitar a los periodista en el Día de la Libertad de Prensa. El Sr. Presidente le envió un telegrama, asegurándoles que continuará garantizando esa libertad de prensa. Hemos leído en La Crónica, una valiente publicación, que denuncia la ilegal agresión económica estatal que desde 1972 sufre esa empresa periodística. Y dice, que todo ésto va encaminado a destruir, por medio de la asfixia económica, la labor periodística, que en beneficio de los intereses populares desarrolla La Crónica del Pueblo. Aprovecho esta oportunidad para decir: ¿En nombre de qué libertad de prensa, agentes de Orden hacen que la radio YSAX casi parezca una radio de contrabando, tanto que muchos campesinos tienen que oírla a escondidas? ¿Y en nombre de qué libertad de prensa se toma el periódico ORIENTACION como si fuera un cuerpo de delito para capturar o para molestar?

Quiero recordar -y bendito sea Dios- que se asegura el respeto a la Libertad de Prensa, que es uno de los deberes primordiales del Gobierno, como parte del bien común: Asegurar al pueblo, el derecho que tiene a ser informado de la verdad; y no manejar los medios de publicidad solamente con una tendencia ideológica que se notan evidentemente.

También el derecho de cuidar la moralidad de las publicaciones. No todo se puede publicar. ¿Con qué derecho, y en nombre de qué libertad se publican panfletos tan ofensivos, y con el amparo oficial, cuando se permite que en los apartados de correo o repartidos por miembros de Orden vayan estas hojas difamatorias de la Iglesia por toda partes?

Ojalá de veras, un verdadero sentido de libertad, tanto en el respeto que el Gobierno tiene obligación de prestar, como en los servidores de estos medios de la opinión pública. Y también ustedes, queridos hermanos, sepan usar con sabiduría y discernimiento la libertad de las publicaciones. No todo lo que cae en las manos es verdad o es moral. Allí viene el criterio cristiano para saber discernir que esto es mentira, que esto lo han mandado a publicar, esto no es verdad, esto es inmoral, esto no se puede tolerar.

Decía el Papa Pío XII: «Cuando tú vas a entrar a un cine, estás comprando un boleto para entrar, estás dando un voto al espectáculo que se va a dar allá. Si es una película pornográfica, tú estás dando el voto en favor de la pornografía. Y así los demás medios de comunicación también, usados con libertinaje y no con verdadera libertad, son atropellos a la libertad verdadera». En este sentido, también, la prensa informó que según la policía de Guatemala, la Religiosa Raimunda Alonso fue detenida por los sangrientos sucesos de Pantoz, por haber adoctrinado a los campesinos. Hemos tenido oportunidad de platicar con la religiosa y con la Provincial, y hemos celebrado allá una Eucaristía muy emocionante, en el convento de Santa Tecla, donde estaba para partir para España. Y según la declaración de la religiosa y de su superiora, la hermana Raymunda no tenía ninguna relación con los campesinos que sufrieron la represión de Pantoz. Ella trabajaba como a 90 kilómetros de distancia en Caabón, ella estaba decidida exclusivamente a su trabajo pastoral. Porque fue injustamente detenida, encarcelada y expulsada, la Madre Provincial ha mandado a los periódicos -espero que usando la libertad de prensa publiquen- la aclaración del informe verdadero, y al terminar este informe, emocionante de veras -siquiera por literatura suplico a la Prensa que lo publique- y termina diciendo: «La verdad del caso: Conozco la problemática del lugar donde trabajó la Hermana Raymunda, y más aún la de otras áreas indígenas donde tuve la suerte de trabajar tiempo atrás. El problema no radica en si la Hermana está implicada en política o no lo está. Por supuesto que no es nuestra misión. Sé como la Hermana ha desempeñado su tarea que como religiosas nos compete realizar en la humanidad, en los 8 años que estuvo en Caabón. Su misión ha sido anunciar la palabra de Dios a las gentes del área Quetzí. El mensaje de la Palabra de Dios, cuando realmente se lleva y es recibido, transforma y compromete. Este ha sido el caso de nuestra gente: Una maduración progresiva en la Fe, les ha ido llevando a un cambio en sus vidas; comienzan a ser ellos, a pensar por sí mismos, a tomar decisiones, a mejorar sus condiciones de vida, a integrarse, a integrar su cultura a la del país. Acompañar y animar a las gentes en este proceso, ha sido y es el trabajo de nuestras Hermanas». ¿Esto es política? Este fue el empeño de nuestra hermana Raymunda en los 8 años que trabajó en Caabón, donde se propuso desde el principio entregarse «a su gente», como ella los llamaba. Comenzando por aprender la lengua Quetzí, que le ayudó a identificarse con ellos y a vivir problemas.

El 6 de Junio fueron reprimidos trabajadores en el Instituto Regulador de Abastecimiento en San Martín y Usulután. Ha salido publicado un comunicado en nombre del Comité de Laicos. Quiero hacer aclaración que no se trata de un comité bajo la dependencia de la Jerarquía. Los laicos tienen derecho a formar sus comités, y pronunciarse libremente de acuerdo con su principios cristianos. Eso no involucra el pensamiento de la Jerarquía.

A propósito de todos estos lamentables hechos y de tanta pobreza en nuestros campos, estamos reestructurando la Institución de Caritas, para que sea verdaderamente un socorro de quienes pueden ayudar a quienes necesitan.

En nombre de la caridad cristiana, pues, yo tiendo de nuevo la mano, para suplicar a todos aportar granos, ropa, sobre todo para niños; medicinas, dinero, para poder ayudar a toda esta gente.

Con alegría quiero mencionar aquí, la apreciación de un periodista japonés que me visitó para informarse de nuestra situación, y qué pensábamos acerca del secuestro del señor Matzumoto, y me dijo que a él no le había interesado nunca la Iglesia, el cristianismo; pero que al ver este ambiente nuestro, donde se siente una Iglesia comprometida con las necesidades del pueblo y el sufrimiento de los humanos, había pensado en visitarme y ver qué pensaba.

Me dije yo: ¡Bendito sea Dios! Eso es la Iglesia, nada humano le es extraño. Y me preguntó si quería mediar, en caso de que se me pidiera, en el caso del secuestro del Sr. Matzumoto. Yo le dije que, como siempre, la Iglesia está dispuesta a prestar toda ayuda, siempre que se trate de socorrer al necesitado, de ayudar al que sufre, de consolar.

En esta semana se instalará un nuevo párroco en Comasagua: El Padre Gonzalo López tomará posesión el jueves a las 10 de la mañana. Se hace una invitación a toda la Vicaría del departamento de La Libertad en Comasagua, el jueves a las 10 de la mañana. Hoy a las 11 de la mañana, será consagrada la nueva Iglesia de San Antonio de Padua en los Planes de Renderos. Quiero felicitar a los Padres Franciscanos, e invitar a todos a honrar a este santo tan popular, y conocer esa nueva Iglesia que se le ha consagrado.

En esta misma forma quiero pedirles siempre su ayuda, para continuar los trabajos de nuestro máximo templo: La Catedral. Tiene que ser el producto de una fe y de un esfuerzo, que gracias a Dios se va sintiendo cada día más. El día del Papa será celebrado el 2 de julio, que por ser domingo será un día mejor; esta Misa de las 8, dentro de 15 días, la vamos a consagrar al Papa. Si Dios quiere, tendremos aquí la presencia de un Obispo Latinoamericano que trabaja en Estados Unidos, para darle un sentido de Iglesia Universal a nuestro homenaje al pastor común de la Iglesia, a quien tendré la dicha de saludar, y de manifestarle mi adhesión, en mi próximo viaje a Roma, que les encomiendo también en sus oraciones.

Hermanos: Al haber meditado en la Palabra de Dios, e iluminar con ella algunos de nuestros hechos, yo les vuelvo a preguntar: ¿Quienes están disponiendo su vida para que Dios los justifique y los salve…? ¿Quiénes en la vorágine de nuestra patria, están al revés dándole la espalda a Dios, desobedeciendo sus leyes, atropellando su imagen en el hombre?… Entonces, sabiendo por dónde nos quiere Dios para justificarnos, la homilía termina orientándonos a la Eucaristía. Hemos venido a Misa, sobre todo, para participar en el Sacrificio de Jesucristo. Y no olvidemos su lenguaje de fuego: «No quiero sacrificios cuando no hay misericordia». Y que ojalá todos los que vamos a participar ahora en ese altar del Divino Salvador del Mundo, sepamos el valor supremo que por encima de todo tiene la caridad, el amor, la misericordia. Así sea.

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Misterio de Salvación en Cristo

9º Domingo del Tiempo Ordinario

Domingo 4 de junio de 1978

Lecturas:
Deuteronomio: 18, 26-28
Romanos: 3, 21-25b
Mateo: 7, 21-27

Queridos hermanos, estimados radioyentes:

Hoy celebra la Iglesia el 9º domingo del tiempo ordinario. Ya les explicaba como después de la temporada de Adviento y Navidad, comienza el tiempo ordinario, que luego se interrumpe al comenzar la Pascua, la Celebración de la Cuaresma como preparación de la Pascua, y toda la larga celebración de 50 días, número de plenitud, que se corona con la Venida del Espíritu Santo; Pentecostés. Después de Pentecostés otra vez se reanudan los domingos del tiempo ordinario que quedaron interrumpidos antes de Cuaresma. Como la interrupción se hizo este año en el domingo 6º, de allí que después de Pentecostés, continuamos con el domingo 7º, 8º y el 9º. Pero el 7º lo ocupó la fiesta de la Santísima Trinidad de la cuál hablamos cuando proponíamos la hermosa revelación que la Biblia nos hace de Dios y de su vida íntima trinitaria. Y el domingo pasado, que fue, el corpus, también nos ocupó el lugar del domingo 8º. Ahora, pues, sin interrupciones por otras fiestas, caemos en el domingo 9º, que se continuará hasta los 34 domingos que terminan con Cristo Rey, para comenzar luego el otro año litúrgico en el primer domingo de Adviento. La temporada de Navidad, nos presenta el misterio de la Encarnación de Cristo; la temporada de Cuaresma y Pascua, el gran Misterio Pascual: La muerte y la Resurrección del Señor.

Aparte de estos dos grandes temas, que son básicos, como las columnas de nuestro gran arco Cristiano: La Encarnación y la Redención, los domingos del tiempo ordinario, no tienen propiamente una celebración específica, pero sí celebramos, como dice el Concilio, hermosamente, que la Iglesia, siguiendo una tradición que se remonta hasta los primeros cristianos, se reúne cada ocho días, en el día que llama DEL SEÑOR. Eso quiere decir domingo: DOMINICA, DOMINI, es palabra latina que significa EL SEÑOR, el día del Señor y recuerda este deber.

En este día -son palabras del Concilio- los fieles deben reunirse, a fin de que escuchando la palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recuerden la pasión, la resurrección y la gloria del Señor Jesús, y den gracias a Dios que los hizo renacer a la vida esperanza por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos. A ésto venimos todos los domingos a Misa. Ojalá, este sentido de nuestra Misa Dominical vaya despertando cada vez más en el pueblo, que lo ha perdido mucho. Tienen el sentido de que la Misa del domingo es una beatería, es una cosa que se puede dejar fácilmente. Es poco sentido de solidaridad cristiana es signo de poca fe. Pero cuando una persona cristiana viene con alegría el domingo a esto, a escuchar la Palabra de Dios; porque cualquiera que sea el sacerdote que la proclame, es Dios el que por medio de él habla a su pueblo. Y venimos también a participar de la Eucaristía. No venimos sólo a oír un sermón, sino que venimos principalmente a sumergirnos en ese mar de nuestra redención que es Cristo en su divino memorial de la muerte y de la resurrección: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu Resurrección». Y ésto nos hace dar gracias a Dios, porque nos ha hecho renacer a la viva esperanza. Somos un pueblo que debe llevar, pues, una esperanza muy profunda, a pesar de todas las dificultades y fracasos de la tierra. Nuestra esperanza no se apoya en la tierra. Nos ha hecho renacer a la viva esperanza por la Resurrección. Por esa vida que no tiene ocaso, que siempre es alegría, iluminación, esperanza. Cada domingo tiene que ser, pues, como un sol de nuestra vida, con su Misa, que viene a recordarnos glorias tan grandes.

En las lecturas de hoy podríamos encontrar el título de una homilía bellísima, llamándolo precisamente lo que nos dice el Concilio:

«Misterio de Salvación en Cristo».

Pero antes de proponerles mi pensamiento concreto sobre este título, yo les invito, queridos hermanos, a que no meditemos una palabra desencarnada de la realidad. Que es muy fácil predicar un Evangelio, que lo mismo puede ser aquí en El Salvador, que allá en Guatemala, en Africa. Es el mismo Evangelio, naturalmente, como es el mismo sol que iluminan a todo el mundo. Pero así como el sol se diversifica en flores, en frutas, según las necesidades de la naturaleza que lo recibe, también la Palabra de Dios tiene que encarnarse en realidades, y esto es lo difícil de la predicación de la Iglesia. Predicar un Evangelio, sin comprometerse con la realidad, no trae problemas, y es muy fácil cumplir así la misión del predicador. Pero iluminar con esa luz universal del Evangelio nuestras propias miserias salvadoreñas, y también nuestras propias alegrías, y éxitos salvadoreños, esto es lo más bello de la Palabra de Dios, porque así sabemos que Cristo nos está hablando a nosotros, comunidad de nuestra Arquidiócesis reunida en esta meditación de su Divina Palabra. ¿Quién va a olvidar este domingo la pena que aflige a tres familias, cuando sus tres secuestrados se mantienen en un silencio tan hermético?… Es hermoso el gesto de las Madres de los desaparecidos, que al ver que se pone como condición de liberar a un secuestrado, la libertad de los desaparecidos, manifiestan que no quieren que su dolor tenga como compensación otro dolor: Quieren que se devuelva a sus familiares para que retorne a su casa el Señor Matzumoto, así como ellas anhelan que regresen a sus casas también los rehenes que ellos piden.

Quién va a olvidar, en esta situación de la Palabra de Dios, esta mañana el dolor de tantas familias campesinas allá en Guatemala, en una masacre que todos han conocido por los periódicos. Tenemos que unirnos en oración, en el repudio a la violencia y en el dolor de los que sufren. Y también reclamar sobre las causas de esas matanzas que siempre son causas de injusticia.

Se han publicado en esta semana las recomendaciones del Seminario sobre Reforma Educativa. Espero que todos las hayan leído con interés. Yo sólo quiero subrayar algunas porque coinciden con esta voz del Evangelio, y anhelo, para que sean realidad en nuestros colegios, en nuestra universidad, y en nuestra escuela.

Cuando dicen, por ejemplo, que la Reforma Educativa tome en consideración sus posibilidades y limitaciones en un diagnóstico de la realidad nacional, en cuanto a su factor de cambio social en el campo ideológico y técnico, convirtiendo a profesores y alumnos en agentes críticos y no en sujetos pasivos en el proceso educativo; pero que ello no es posible si no concurren otras reformas estructurales, particularmente una reforma agraria, que modifiquen una estructura económica y social injusta.

También en esas recomendaciones se lee obre el analfabetismo, dando, si es posible, un plazo de cinco años, para tomar un trabajo intenso y que desaparezca esa lacra de nuestra Sociedad.

También se recomienda que la educación, la reforma educativa, deseche en su fundamentación filosófica, una concepción ingenua de la sociedad que deja al educando abandonado a la arbitraria manipulación de las llamadas fuerzas libres de la Sociedad, en la que sectores nacionales y extranjeros minoritarios, dominan e imponen sus intereses.

Una educación pues, debe ser siempre promover sujetos en el cambio hacia un bien común. También, es alegre ver en las recomendaciones de una acción, del mismo Gobierno, el Ministerio de Educación, cuando dice: «En consecuencia -hablando de los Derechos Humanos que deben inculcarse en la Educación en consecuencia deben abolirse todas aquellas disposiciones y prácticas que vuelven lugatorios dichos conceptos y postulados, y especialmente, derogarse la Ley de Defensa y Garantía del Orden Público, por lesionar gravemente estas libertades y derechos, atentando contra los valores y fines de un proceso educativo democrático. No es pues, sólo, la Iglesia la que llama el alerta, sino que el mismo Gobierno ve en sus Ministerios la necesidad de unas leyes que verdaderamente sean promotoras de una auténtica democracia, y no al revés.

Me gusta mucho leer en este mes del Maestro, y lo hago mío este pensamiento de las Recomendaciones, para felicitar por anticipado a los Maestros en su mes. Hay que incentivar al maestro, no sólo con mejores salarios, sino con más adecuadas prestaciones sociales, de amplios seguros, para ellos y para sus cónyuges e hijos… La dignidad del Maestro no debe ser bella palabra, sino realidad reflejada en su Status Social. Y por no cansarles quiero solamente que se fijen mucho en esta Recomendación. El Seminario recomendó hacer un llamado a los dirigentes de sectas religiosas, como factor importante en el Sistema Educativo, a que colaboren para formar un hombre salvadoreño, no conformista, trabajador, realista, responsable y creativo, de los procesos sociales y económicos.

Lamentamos que un pseudo cristianismo al que se le da todo el amparo, se le dan todas las facilidades, está haciendo cabalmente esto de lo que protesta el Ministerio de Educación. Y me alegra de que en el mismo sector de nuestros hermanos protestantes, hay muchos que viven y palpitan esta inquietud de la Iglesia Católica, de predicar un Evangelio que no adormece, que no es opio del pueblo, sino que al contrario, quiere despertar la conciencia crítica de que ha hablado aquí el Seminario de Educación. Este es gloria, pues, de nuestra Iglesia, estar precisamente en el cumplimiento y estar sufriendo precisamente porque quiere llevar adelante esta consigna de pura filosofía educativa del pueblo. También no podemos olvidar que en esta semana se ha inaugurado la nueva Asamblea Legislativa para el período 78-80, y que ojalá nuestros Padres de la Patria sepan ver a la Patria representada en ellos con todas sus angustias, y busquen de verdad el bien común. Nos alegró que una de las primeras acciones que se le han pedido, es la derogación de la Ley de Defensa y Garantía del Orden Público, es una buena oportunidad para ganarse la confianza de la ciudadanía que representan.

Ya empezó la temporada de siembras. Los campesinos están alegres, los que pueden sembrar; pero al lado de los que tienen tierras y pueden sembrar, no olvidemos que muchos están todavía con los brazos cruzados. No tienen con que trabajar. Ha sido muy cruel el año, y esta circunstancia es para recordar que se siguen sufriendo las consecuencias de la represión en San Pedro Perulapán y en Cinquera. Soy testigo del hambre, de la enfermedad, del desnutrimiento de niños, de gentes, que ha tenido que dormir a la interperie y está sufriendo las consecuencias de esa situación. La guerra psicológica es una realidad que tiene a muchos casi enfermos. Yo quiero llamar a la caridad que se ha estado desplegando. Que se siga desarrollando, ayudándonos a socorrer estas necesidades. No es demagogia, sino que es una necesidad urgente. Ayudemos a nuestros hermanos.

También como nota de alegría, no olvidemos los fanáticos, que están felices con la inauguración del campeonato mundial de fútbol en esta semana. Así como también nos alegra la preocupación de ANDA por proveer de agua a nuestra gente: Al dolor no solamente en las colonias de San Salvador, sino también en las zonas campesinas, ver cuánto tiempo y energías pierden nuestros campesinos, y aún en poblados pequeños, yendo a buscar en barriles o en cántaros el precioso líquido. Auguramos que ANDA, pues, resuelva estos grandes problema.

Y por parte de esta comunidad que somos nosotros, la Iglesia que está precisamente sumergida en esta realidad, veamos también como signos de nuestro esfuerzo por ser luz del mundo y salvar en Cristo la humanidad, la reunión de la Legión de María, el domingo pasado fue precioso, ver aquel ejército de María dispuesto a trabajar bajo las banderas de la Virgen, por la salvación integral de nuestro ambiente.

En San Antonio Abad, se tuvo una reunión con el motivo de aclarar una vez más la relación que existe entre Iglesia y organizaciones populares. Y repetir una vez más que la Iglesia no debe ser manipulada por motivos políticos. Estoy preparando para un tiempo más oportuno, mejor dicho, para una ocasión que ya está próxima, una declaración, una Pastoral, en la que resumo este pensamiento, diciendo que quede bien claro que la Iglesia sí defiende el derecho a que el pueblo y los campesinos se organicen, pues es éste uno de los modos como puede hacerse reinar la justicia en el mundo, y es un derecho inalienable: El derecho de organizarse. Que los cristianos tiene también ese derecho, y tiene además la obligación de buscar mecanismos eficaces al nivel social y político, para que nuestro país se vaya configurando según el ideal de la justicia. Son ya opciones y medios, instrumentos que ellos tienen que buscar, que la Iglesia siempre dará acogida a cualquier causa noble, que provenga de ese deseo de más justicia, y estará siempre al lado de los hombres del campo, que hoy son los más necesitados.

Por otra parte la Iglesia respeta la autonomía de los partidos y de las organizaciones como tales, así como ella también pide a las organizaciones, aún aquellas que se dicen de inspiración cristiana, exige que su impulación se muestre explícitamente, y que habitualmente giren de ella los servicios cristianos. Que no se utilice la Iglesia como si fuera un instrumento de sus finalidades. Es decir, la Iglesia reclama, pues, su autonomía, y quiere proclamar una vez más que no tiene relaciones de opciones concretas con ninguna organización. Y que ninguna organización puede invocar ni siquiera el nombre cristiano, para decirle a los cristianos que tienen que organizarse en ese sector. Porque se puede hacer la justicia como cristiano en una forma muy libre. Nadie está obligado a pertenecer a nada, si no es que su misma libertad lo lleva. Y aún allí el cristiano tiene que hacer prevalecer su ideal cristiano, porque si un cristiano, metido en una organización, quiere someter su cristianismo, su Iglesia a los ideales terrenales de una organización, está traicionando su fe.

Quería mencionar también en este momento de alegría, de familia, dos hermosas cartas de solidaridad que me han llegado en esta semana: una del Cardenal Silva, Arzobispo de Santiago de Chile, y otra del Cardenal Hume, Arzobispo, de Londres, en Inglaterra. Yo les agradezco a estos hermanos, que su palabra tan válida viene a darnos aliento en esta voz que quiere ser plenamente voz del Evangelio, aunque otros la quieran confundir con otras ideologías. Y por eso exijo que se tenga bien nítida y clara la voz de la Iglesia, y no se la manipule ni se la quiera instrumentalizar con otras finalidades.

Me alegra también de la devoción a la Virgen de nuestra comunidad. En esta semana se clausuró el mes de mayo. En el Seminario hubo una fiesta muy bonita, y aquí en Catedral también, a pesar de la lluvia, muchas comunidades vinieron a honrar a nuestra Señora. Y también de alegrarme profundamente de la devoción profunda de esta capital al Sagrado Corazón de Jesús. Lo manifestó el viernes, Fiesta de Sagrado Corazón, cuando vimos una cosa inusitada: La inmensa Basílica del Sagrado Corazón completamente repleta de fieles, en una actitud de amor y devoción al Sacratísimo Corazón. Y ayer, los directores de Colegios Católicos se han reunido, precisamente para cuestionarse estos aspectos que he leído en la Reforma Educativa. Si de veras los Colegios Católicos están siendo instrumentos de evangelización de la Iglesia, lo cual quiere decir que salgan de allí hombres y mujeres que sean verdaderamente crítico, y no simples instrumentos de un sistema que quiere mantener sus situaciones.

Finalmente, hermanos, les quiero pedir mucha oración, por la reunión de Puebla, que se va preparando cada día con más intensidad. En octubre, los Obispos de Latinoamérica, van a Puebla, para estudiar la problemática de América Latina, que tiene que ser evangelizada, con una voz auténticamente de Iglesia. Nos interesa a todos pues, que esta voz se mantenga siempre nítida, y que sea siempre una voz de esperanza. Así escribió San Pablo a los romanos, pueblo pagano, y escribía desde pueblos paganos, desde el Oriente, antes de dirigirse a Roma, y les dice que sólo lo detiene un deber que tiene que ir a cumplir. Va a ir a Jerusalén, a llevar las limosnas recogidas en los pueblos paganos, como un símbolo de comunión con la Iglesia madre de Jerusalén. El, llamado por Cristo, de ser un perseguidor, para ser el apóstol de los gentiles, es decir, el apóstol de los que no son judíos, comienza a predicar con una carta que prepara su viaje a Roma, la preciosa carta a los romanos que se ha leído hoy, donde les dice que hay dos categorías humanas: La de los judíos, y la de los gentiles; los judíos tienen la ley, dada por Moisés, y los gentiles tienen su razón natural.

Por la Ley de Moisés y por la razón natural, judíos y gentiles pueden conocer a Dios. Pero la triste realidad histórica es que ni la ley de los judíos, ni la razón natural de los gentiles, ha logrado una moralidad en la humanidad.

Y entonces mi homilía quiere fijarse, primero en el pueblo judío es la primera lectura tomada del Deuteronomio. Es un momento solemne en que Moisés (fíjense que el Deuteronomio es como una homilía grande, es una homilía en que Moisés, recordando la legislación de Dios, le recuerda al pueblo como en un presente. Así como estamos aquí. Como si aquí estuviera hablando Dios, y pidiéndonos a nosotros), les dice a los israelitas: «Frente a Uds. Dos caminos; pero uno termina en la maldición, el otro en la bendición, el uno en la obediencia a la Ley de Dios, el otro en la infidelidad a los mandamientos del Señor. Viene a la memoria otro gesto del mismo libro del Deuteronomio, en el Cap. 18. Uds. Lean cuando Moisés divide en dos sectores al pueblo peregrino: Uno en la falda del monte Garizim, y otro en la falla del monte Herbart. En dos partes se dividen los representantes de las tribus. Y en el centro, el grueso del pueblo va a responder «AMEN», mientras los de un lado recuerdan las maldiciones: «Maldito el hombre que desprecia a Dios y adore ídolos. Y todo el pueblo en un gran rumor decía: AMEN. Maldito el hombre que roba. «Amén. Maldito…» Y así continuaba la Ley de Dios maldiciendo a aquellos que no creyeran, que no obedecieran a esa ley. Mientras al otro lado se oía después como una bendición del Señor: «Bendito los que adoren a Dios; benditos los que respeten los derechos del prójimo»… etc. Se parece al momento en que Cristo en la montaña de las Bienaventuranzas, dijo esos secretos de la fidelidad del hombre, que no los queremos comprender. Lo interesante es que estos dos caminos que van a terminar a la maldición o a la bendición, no son simplemente fantasías. La palabra «Bendición» y «Maldición» en la Biblia, representan una sanción definitiva. Cuando Dios dice «Maldito», no es como cuando una madre enojada le dice a su hijo «Maldito» que se puede perdonar. Y el hijo arrepentido cuántas veces va a llorar y le pide perdón a la mamá «no me maldigas, madre». En el Ministerio sacerdotal, es una de las cosas más penosas cuando un hijo viene a preguntar: «¿Estaré maldito porque mi madre me dijo maldito?» «No, le dice uno, sí te puede perdonar. Fue un momento de enojo; la mamá siempre ama» Pero cuando se trata del Dios que dice «Maldición al que no obedezca a mi ley», se trata de una sanción definitiva: «Id, malditos, al fuego eterno». Quiere decir que hay que tomar en serio la obediencia a la Ley de Dios, así como también la bendición no es simplemente un augurio «Que Dios te bendiga». Sino que es una sanción definitiva, es un hecho, el que Dios dice «Bendito» y le está dando el reino, le está haciendo participante de su misma vida.

Hermanos: En dos imágenes distinta, Cristo nos hace la misma proposición en el Evangelio de hoy: La casa construida sobre arena y la casa construida sobre roca. El que construye su casa ahondando los cimientos, aunque venga la tempestad no la bota, está bien fincada en la roca. Pero el insensato que se pone a construir sobre la arena, cuando viene el agua, lava la arena y destruye toda la casa. Y Cristo lo aplica ya. Y es lo que nosotros nos interesa: APLICAR. Todo el que oye la Palabra de Dios y la pone en práctica, construye sobre roca. Pero el que oye la Palabra de Dios sólo por curiosidad, por literatura, por interés, y peor todavía si es por pesquisar a ver que dice el Obispo, a ver si lo cogemos en algo, estos construyen sobre arena. Y cuando llegue la hora tremenda del juicio de Dios, ese si juzgará, el que me va a juzgar a mí también de lo que estoy diciendo, y a él si le tengo miedo. Y trato de temerle, para decir sólo lo que él quiere que diga, aunque los hombres no quieren que diga lo que estoy diciendo.

Construir sobre roca es temer más a Dios y obrar según su voluntad. ¡Qué tremenda es la libertad del hombre! «Frente a Uds. Están los dos caminos», les dice Moisés. Y Cristo dice: «Pueden construir su casa de dos maneras». Si hay alguien que respeta la libertad, es Dios. Dios nos hizo auténticamente libres, y nos deja libres, uno va hacia la Ley y el otro va hacia la maldición, tú eres libre de escoger.

La libertad, queridos hermanos, no consiste en hacer lo que nos da la gana; la libertad consiste en caminar por donde Dios quiere, libremente. La alegría de Dios esta mañana en su Catedral, es que ninguno de Uds. Ha sido traído amarrado: Todos han venido con libertad. Para eso es la libertad. Para venir con amor, con libertad, no por la fuerza.

Las multitudes que se hacen a la fuerza, no son voluntarios: Nadie viola tanto la libertad del hombre, como el fanático de las cosas de la tierra. Pero Dios sí nos deja auténticamente libres, porque quiere tener la alegría del papá, a quien el hijo lo va a saludar sin que lo obligue. A darle un abrazo, a regalarle algo, con la ternura de la libertad y del amor.

¿Y cómo puede ser, pues, que la libertad del hombre se vea coartada por la Ley de Dios? San Pablo entra ya con su precioso mensaje de la Epístola a los Romanos, para decirle a los mismos judíos: «No basta la Ley». La Ley te señala lo bueno y lo malo, pero tú sientes que, aunque sabes que has de hacer el bien, haces el mal. Esto creo que todos lo hemos experimentado: Sentimos que no hay que hacer el mal, pero lo hacemos. Porque una pasión, un gusto, un capricho, nos lleva a desobedecer a Dios. Y sabemos cuánto cuesta hacer la Ley de Dios, cuántas violencias hay que hacerse a sí mismo para cumplir la voluntad del Señor. No basta, pues, la Ley, no basta la razón tampoco. Porque en el mismo libro del Deuteronomio, y en el libro de la Epístola a los Romanos, hay catálogos sombríos de lo que los hombres hacen.

Cuando lean Uds. En ese capítulo XVIII del Deuteronomio, verán que cosas más sucias se maldicen así, explícitamente, porque los hombres son capaces de cosas muy sucias, a pesar de conocer una ley. Y lean en la Epístola a los Romanos, el largo catálogo de San Pablo, narrando los descarríos, las locuras que los hombres hacemos. Da asco mencionar esa página de la Epístola a los Romanos. Hasta dónde han llegado en sus aberraciones. Hasta la gente más inteligente, porque no basta conocer y tener una ley.

Así también Jesucristo en el Evangelio de hoy… Y, resumiendo las 3 lecturas, podíamos decir que no basta predicar. Yo puedo decir ahora con San Pablo: «Pueda ser que predicándoles a Uds., me haga yo un réprobo». Que no basta con los carismas que Dios le da a uno para la utilidad del pueblo. Por eso dice Cristo: «No es el que dice: Señor, Señor, el que entrará en el Reino de los cielos». Y más tremendo todavía, cuando en el día del Juicio le digan los dirigentes cristianos, que no lanzamos demonios en su nombre, que no predicamos en su Nombre, y Cristo, tremendamente dirá: «No os conozco, malvados». También a nosotros los predicadores, también a nosotros los obispos y los sacerdotes, también a los dirigentes cristianos. Teman… porque esa palabra puede ser para Uds., para mí. Esto vengo a decirles en este resumen: Hay obras sin fe y sin amor. Así como hay fe sin obras, hay obras sin fe. Mucho activismo, mucho ir y venir. Pero no se hace por amor, ni hay fe. Y dice San Pablo: «Si yo doy mis bienes a los demás, si yo hablo las lengua de los ángeles y de los hombres, si yo hago maravillas para que todo el mundo me aplauda, pero no tengo amor, nada soy». «La obra sin amor, las obras sin fe, son muertas. Así como al revés, la fe sin obra es muerta», dice Santiago.

Santiago ya en su tiempo (primera hora del cristianismo), ya veía esas exageraciones que Lutero en el Siglo XVI propuso también: Que la Fe basta. El mal de Lutero fue que puso una palabrita en la traducción: La fe sola basta. Porque la fe sola sin obras es la que salva. Y eso es muy peligroso -La Epístola a los Romanos ha dado muchos problemas en Teología precisamente por este punto que estamos reflexionando hoy. Cuando Pablo dice que la fe es la que salva sin las obras, se refiere a las obras de la Ley antigua: Que ya no es necesario circuncidarse; que ya no es necesario guardar el sábado, sino el domingo; que no hay que vivir ya como entre los judíos del Antiguo Testamento, ya estamos en la hora cristiana. A esas obras se refiere el Apóstol cuando dice: «La fe salva, no las obras de la Ley». Pero en cambio dice Cristo: «No es el que dice «Señor, Señor», el que entre en el reino de los cielos, sino el que realiza obras según la voluntad de mi padre». Y decía Santiago refutando aquellos cristianos ya de su tiempo: «Muéstrame tu fe sin obras, pero yo te mostraré por mis obras mi fe».

Este equilibrio es el necesario, queridos hermanos, ni sólo fe, diciendo a Dios: Señor, Señor; si Dios no necesita que le digamos «Señor», él es Señor siempre. Y Santiago dice una frase terrible: «También los demonios en el infierno conocen a Dios y le temen, y no se pueden salvar. No basta la fe. La fe sin obras es muerta.

Por eso me alegra ese desideratum del Seminario de Reforma Educativa, pidiendo a las secta cristianas, que no prediquen un cristianismo alineante, que no prediquen una religión sin compromiso con la historia. Y por eso me alegro de que nosotros predicando este compromiso histórico, que estamos reclamando desde el Evangelio, salvadoreños de esta hora: «No se salvarán si no trabajan intensamente por hacer un mundo mejor, comenzando por su propio hogar, por la propia irradiación de sus funciones profesionales, aunque sean la más humilde: Hacer pan, trabajar de sol a sol con el machete, pero hacerlo con amor, mostrar en obras de honradez y de fe que de veras amamos y tememos a Dios. Quien nos puede dar este equilibrio. Y este es mi tercero y último pensamiento, hermanos: La fuerza del Evangelio.

Cuando San Pablo se dirige a los Romanos, esta es su gran tesis: «Voy a ir a ustedes a predicarles la fuerza del Evangelio. No basta la razón natural ni de ustedes, los grandes romanos que han conquistado el mundo, ni de Grecia, en Atenas, donde he visitado también a los grandes sabios; su inteligencia es muy grande pero no han llegado a conocer al verdadero Dios con toda sus implicaciones. Ni a Uds. Judíos, de los que Dios me segregó para ir a predicar al mundo gentil. No les basta su Ley, ni sus obras de la Ley. Lo que Cristo ahora pide es fe en el gran acontecimiento salvífico, es decir, Fe, en que Cristo murió por mí y resucitó por mí. A eso es lo que San Pablo llama, en la carta de hoy -una frase que debemos de grabarla como un epitafio- La Justicia de Dios manifiesta en Cristo.

Hoy se habla mucho de justicia, y tal vez la interpretamos mal: La justicia según la Palabra Bíblica de Hoy, quiere decir la acción, la intervención misericordiosa de Dios, manifestada en Cristo, para borrar de el hombre su pecado, y para darle la capacidad de obrar como un Hijo de Dios. Esta es la verdadera liberación.

Hay en nuestro ambiente mucha preocupación de liberación. Bendito sea Dios. Pero lástima que muchas de estas liberaciones sólo se quedan en las cosas de la tierra: Liberación económica, liberación política, liberación social. Está bueno; todo eso vendrá por añadidura. Pero el Papa Pablo VI, cuando describe la Evangelización del mundo actual, dice: «El liberador cristiano, el cristiano que de veras siente esa angustia de liberar a su pueblo, tiene que comprender todas esas manifestaciones liberadoras; pero incorporarlas a la gran liberación cristiana, que parte precisamente de esta justicia que nos está revelando hoy San Pablo: La justicia de Dios es liberación del hombre. De su pecado, en primer lugar, para capacitarlo a hacer la Ley de Dio. Sólo el hombre que se ha liberado del pecado, y que trata de santificarse en el cumplimiento de la Ley de Dios, sólo ése tiene derecho a hablar de una auténtica liberación; aún de las liberaciones de la tierra. Pero si un hombre cristiano se olvida de esta perspectiva eterna, de la liberación del pecado y de la gracia en Cristo, ya ha perdido su fuerza, su mística, y muchas veces ésto es lo que pasa. Por eso, les decía, no impliquen a la Iglesia con su gran predicación de la liberación integral en Cristo, con las pequeñas liberaciones de la tierra.

No identifiquen la Iglesia que predica esta libertad del pecado y de la muerte, en aquella justicia de Dios, que nos dio a su Hijo, con estas liberaciones terrenales, que muchas veces ni se acuerdan de pedirle perdón a Dios, y están cometiendo más injusticias, y violencias y desórdenes.

Ojalá comprendamos, hermanos, que la Iglesia tiene la clave de la verdadera liberación. Y por eso termino por donde comencé, diciéndoles que a esto venimos a Misa el domingo: A reflexionar en el gran misterio de salvación, pero no a partir de nuestras débiles fuerzas humanas: Nadie se puede salvar a sí mismo. Ni siquiera cumplir la Ley natural, puede. Dice la Teología: Una persona, por más inteligente que sea, tiene muchas lacras en el aspecto moral. Pero cuando la Gracia de Dios, la fuerza de la justicia de Dios manifestada en Cristo la tomamos con humildad y le decimos: «Señor soy un pobre pecador, líbrame de mis pecados, siento en mí la miseria, las pasiones que me arrastran, líbrame de este cuerpo de muerte». Cuando un hombre está prendido así de las manos de Dios. Es verdaderamente fuerte. Como decía San Pablo: «En mi debilidad se manifiesta la potencia de Dios».

Vivamos, hermanos, esta bella esperanza de nuestra fe. Es la fe la que salva. Pero no por las obras de la Ley del Viejo Testamento. Sino por las del Nuevo Testamento, las de nuestro pueblo, las obras concreta que se nos pide aquí: La honradez de los abogados, la justicia sin venderse de los jueces. La justicia reclamada en tantos atropellos. La honradez en las que venden en el mercado. La honradez en aquel que gana un salario y que cumple fielmente su tarea. La honradez del que paga un sueldo sin extorsionar, sin explotar, también a su trabajador. Esto es lo que haría de nuestra Patria la verdadera liberación. Llenémonos de esta esperanza. Y comencemos por nosotros mismos, a ser verdaderamente justos, con esa justicia divina que Dios nos manifestó en Cristo nuestro Señor.

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Cristo, el pan vivo que da vida al mundo

Cuerpo y Sangre de Cristo

28 de mayo de 1978

Lecturas:
Deuteronomio 8,2-3.14b-16a.
I Corintios 10, 16-17
Juan 6, 51-59

Queridos hermanos:

LA FIESTA DE CORPUS

El jueves de esta semana era la fecha propia para celebrar el Corpus en el calendario oficial y mundial de la Iglesia; pero los Obispos de El Salvador, como los episcopados de otros países, han pedido el permiso a la Santa Sede de trasladar estas fiestas muy importantes del Señor, al domingo siguiente, a fin de que todos los que asisten a misa el domingo y no puedan asistir entre semana, disfruten el precioso mensaje de esas fiestas litúrgicas.

Esta fiesta litúrgica, pues, que se ha trasladado a este domingo, se llama la Fiesta del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Lo que ordinariamente decíamos: la fiesta de Corpus, palabra latina que significa el cuerpo. Siendo, pues, hoy la fiesta del Cuerpo y de la Sangre del Señor, vamos a llamar a esta homilía con este título: Cristo, el pan vivo que dá vida al mundo. Porque eso es la Eucaristía.

LA EUCARISTIA

¿Qué es la Eucaristía? Es el sacramento o misterio de la presencia de Cristo bajo las apariencias del pan y el vino. Sacramento es un signo sensible que puede caer bajo el dominio de nuestros sentidos, como es el pan y el vino que lo palpamos, lo saboreamos. Nuestros sentidos captan la realidad de un signo, pero luego viene la fe y descubre un elemento interior, lo significado por ese signo. Así como cuando vemos que sale humo detrás de una pared, sólo vemos el humo; es el signo pero luego el conocimiento dice: allá hay fuego, allá se está quemando algo. La realidad es el fuego, el signo es el humo; así también el signo es el pan y el vino. El gusto, el oído, los sentidos -dice Santo Tomás- perciben sabor de pan y sabor de vino, pero tu fe cree firmemente que en ese sabor de pan y de vino ya no está presente lo que los filósofos llaman la substancia, es decir, lo que le dá subsistencia a ese pan, a esos sabores, sino que sólo han quedado las cosas accidentales pero que lo substancial se ha transformando en la presencia verdadera del Señor; el cuerpo y la sangre del Señor, son la realidad que se oculta, que se encierra en ese signo visible.

Por eso, cuando el sacerdote consagra el cuerpo y la sangre del Señor, se realiza lo que en teología se llama la transubstanciación, quiere decir, que en vez de la substancia de la subsistencia del pan y del vino, se ha colocado en su lugar la presencia real de Cristo, y Cristo queda en verdadera, real, sustancialmente presente en esa hostia que sigue teniendo sabor de pan, en ese cáliz que sigue teniendo sabor de vino, pero que ya no se trata como pan y como vino sino que ya está presente el Señor. Este es el misterio que celebramos hoy.

Y ojalá, queridos hermanos, que al hacer estas reflexiones a la luz de la Palabra de Dios, nuestra fe en la Eucaristía crezca esta mañana y que nuestra asistencia a misa no sea simplemente un acto rutinario. No venir por costumbre, no venir por curiosidad, sino venir verdaderamente movidos porque venimos cada domingo a encontrarnos con el gran misterio de la presencia del Señor. Y cuando salgamos de misa, ojalá como Moisés cuando bajaba del Sinaí, que hasta su rostro sensiblemente se había transformado en luminoso porque había estado en la presencia del Señor.

Yo les suplico, que pongan todo empeño -a pesar de que allá afuera se empeñan en turbanos nuestra tranquilidad, que reflexionemos en que de verdad cada domingo tenemos esa dicha. Y a eso nos convencen las tres lecturas de hoy.

CRISTO, EL PAN VIVO QUE DA VIDA AL MUNDO

La primera lectura del Viejo Testamento prefigura en las intervenciones de Dios, a través de la peregrinación del desierto, la realidad que en el cristianismo vivimos: la Eucaristía. Ya está presagiada en aquella histórica peregrinación del desierto. La segunda idea será esta: esa prefiguración, esa profecía del Viejo Testamento se realiza plenamente en Cristo, presente en la hostia. Y de eso nos habla la segunda lectura y sobre todo el evangelio de San Juan.

Y en tercer lugar, el tercer pensamiento que sacamos de estas lecturas, es que esta Eucaristía que nos ha congregado y nos congrega siempre a los cristianos, es el alimento y la fuerza de cohesión de esta comunidad que se llama la Iglesia.

Y al hablar de esta comunidad que es nuestra Iglesia en San Salvador, mencionaré los hechos históricos por donde va pasando la peregrinación en esta semana, así como el peregrino de Israel atravesaba esas circunstancias históricas durante cuarenta años.

1º LAS INTERVENCIONES DE DIOS A TRAVES DE LA PEREGRINACION DEL DESIERTO, PREFIGURAN LA EUCARISTIA

En primer lugar, el capítulo 8 del Deuteronomio, de donde está tomada la primera lectura, es un momento solemne en la historia del Exodo. Moisés, después de hacer la alianza entre Dios y el pueblo, allá en el Monte Oreb, peregrinó cuarenta años por el desierto. Y ya nos encontramos en otra montaña: El Moab. Y desde El Moab, Moisés le recuerda a su pueblo las tentaciones, las dificultades que ha atravesado durante cuarenta años y mirando al futuro ya para entrar a la tierra prometida, le exhorta a ser fiel a ese Dios que les ha acompañado.

Este es el momento solemne en que Moisés viendo hacia atrás el largo recorrido del Exodo, mira hacia el futuro de la historia de Israel y allí es donde se manifiesta en esta nueva alianza del Viejo Testamento, el recuerdo de las tentaciones y las razones por qué Dios tentaba al pueblo; y, finalmente, las intervenciones de Dios en favor de ese pueblo.

a) LAS TENTACIONES

Moisés le recuerda al pueblo como ha salido de una esclavitud. Era esclavo del Faraón, era un pueblo sometido a las humillaciones y ese pueblo sometido a la esclavitud es sacado por Moisés gracias a intervenciones divinas: las ocho plagas de Egipto para convencer al Faraón -que asi son los tiranos, cuesta convencerlos- hasta que llega el máximo castigo de la muerte de los primogénitos de Egipto entonces si sale el pueblo y comienza una peregrinación bien difícil. Allí le recuerda ahora en las lecturas, Moisés, al pueblo; «Recuerdan cuando sintieron hambre y ustedes hasta blasfemaban y suspiraban por volver a comer las cebollas de Egipto». Como que les parecía mejor la esclavitud. Que le costó a Moisés convencer a un pueblo que va, precisamente, hacia su liberación, pero que le duele sufrir las condiciones de esa liberación.

Recuerden también, les dice Moisés, la sed que sintieron y como también ustedes pusieron a prueba al mismo Dios cuando casi blasfemaban contra él: «¿Para qué nos sacaste de Egipto? ¿para que muriéramos de sed en el desierto?» Y recuerdan sobre todo, el duro desierto por donde han pasado ¡que sequedad, sin una gota de agua! ¡qué alimañas del desierto: alacranes, serpientes! ¡qué difícil ha sido todo ésto, son las tentaciones, las dificultades de la peregrinación!

¿POR QUE LO PERMITE DIOS?

Y Moisés les dá una razón a estos peregrinos que ya han pasado esa Tribulación. «¿Por qué permitió Dios todo ésto? -les dice-. Para afligirte, para ponerte a prueba, para conocer tus intenciones a ver si eres fiel a sus preceptos. Hermanos, no olvidemos esta palabra de hoy, es la respuesta a muchas inconformidades, a las situaciones difíciles de la historia. Como Moisés preguntémonos cuando hay tribulaciones en la sociedad, cuando nos encontramos como en estos días como en un callejón sin salida, ¿por qué lo permite Dios? Y Moisés les recuerda al pueblo; para afligirte, para ponerte a prueba, para conocer tus intenciones. Son las dificultades, las piedras de toque en que se conoce el otro fino de los verdaderos hombres, de los verdaderos cristianos. Así como también es en esas circunstancias cuando los hombres blasfeman, cuando los hombres critican contra Dios y su reino, contra Moisés que los guía y prefieren vivir en sus comodidades aunque sea como esclavos.

¡Qué cuesta comprender que las pruebas de Dios, las dificultades del camino, son las monedas con que se compra la libertad, la dignidad, la alegría de ser libres! «Y recuerden -les dice Moisés finalmente- que esas pruebas con esas intenciones divinas, fueron aminoradas, fueron al fin un recuerdo del que Dios vino a protegernos también». Y entonces les recuerda Moisés como los sacó de Egipto. Es una realidad, ya salimos de aquella esclavitud y como cuando en el desierto sufríamos la angustia de la soledad, de la intemperie, el hambre, la sed, allí estaba Dios con nosotros.

b) PRESENCIA DE DIOS BAJO SIGNOS SACRAMENTALES

Y aquí viven los preciosos signos sacramentales. Miren como se bosqueja ya la presencia de Dios bajo signos sacramentales. Moisés les menciona cuatro: El primero la nube que los defendía del sol. Cuenta el Exodo que una nube en la que Dios iba, refrescaba los ardores de aquél sol del desierto.

Les recuerda Moisés: cuando teníamos hambre, amaneció junto a nuestros campamentos una cosa misteriosa que hizo preguntar en hebreo a los israelitas «¿Manu?», que quiere decir «¿qué es ésto?» El maná es un interrogante, un alimento misterioso que Dios mandaba a nuestra hambre. El maná un signo sacramental.

Y cuando nos moríamos de sed Dios me mandó golpear con la vera misteriosa la roca, y de la piedra salió agua en la que apacentaron su sed todos ustedes y hasta los animales que traíamos. Y según una leyenda de los rabinos, aquella piedra iba siempre acompañando al pueblo peregrino, y cada vez que había sed, Moisés golpeaba la roca y brotaba el agua. Era signo también sacramental de una presencia de Dios en medio del pueblo.

Y el otro signo es el mar. El mar se abre de par en par para dejar pasar al pueblo que va de su cautiverio, mientras que al pasar Israel, se cierra otra vez sobre los ejércitos de Egipto que perecen mientras Moisés canta al otro lado: «¡Cantemos al Señor que ha hecho maravillas, ha liberado a su pueblo!»

Aquí ven las señales sacramentales. Lo que importa para la Biblia no es la nube ni el maná ni el mar ni la roca, lo que importa es algo más grande: la presencia de Dios. Y por eso, el Deuteronomio comenta la palabra que Cristo usó también en sus tentaciones del desierto. «Para que aprendieras que no sólo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». Este texto es clásico en la Biblia, tan clásico que aquí se expresa toda la Teología de la Palabra de Dios. Cuando el lector en este ambón lee la Biblia, termina diciendo: Palabra de Dios. Y Moisés en este lugar, al narrar la protección de Dios en el hambre de los israelitas haciendo llover maná, pan misterioso, es cuando dijo esa palabra: «Ya ven que no sólo de pan vive el hombre». No sólo las comidas de Egipto, no sólo las comidas que amasamos con nuestras manos, Dios tiene una palabra creadora, una palabra que hace brotar pan y que podría convertir en pan las piedras del desierto. Una palabra omnipotente, una palabra que cuando se hace persona divina, es el Hijo de Dios, el Verbo, la Palabra que se encarna y es Jesucristo.

Esto es lo que interesa, que en esos sacramentos está la palabra omnipotente encerrada de Dios.

2º LA PREFIGURACION EUCARISTICA DEL VIEJO TESTAMENTO, SE REALIZA PLENAMENTE EN CRISTO, PRESENTE EN LA HOSTIA.

Por eso, el segundo pensamiento lo sacó de la segunda lectura. San Pablo, escribiéndole a los corintios trata de explicarles precisamente lo que Moisés predicaba a Israel. Pero Moisés no conoció a Cristo más que en promesas, Pablo tampoco conoció personalmente a Cristo porque lo perseguía; pero ya convertido ha descubierto quien es Cristo. Y en su preciosa epístola a los Corintios dice: Yo les voy a contar lo que he recibido de aquellos que tuvieron la dicha de comer y beber y platicar y andar con él: que él inventó este sacramento, que el pan se convierte en su cuerpo y el vino en su sangre. Y todo esto que pasó Moisés con su pueblo, cuando atravesó el desierto, sucedía en figura; figura, preanuncio, profecía, promesa. Ahora en cambio, los cristianos ya tenemos el cumplimiento de esa promesa y de esa profecía.

Y aquí San Pablo nos enseña que, sobre todo, en los dos signos del desierto: la piedra, que hace brotar agua de Dios, y el hambre que queda saciada con el maná, están los dos signos prefigurativos de este gran sacramento que es la Eucaristía, en el pan y el vino de nuestras misas que ya la celebraba San Pablo.

ENSEÑANZA PAULINA SOBRE LA CELEBRACION EUCARISTICA

Pablo vivió unos treinta años después de Cristo, escribía esta página. Tengan en cuenta esto: Treinta años después que Cristo celebró la Eucaristía, Pablo escribe con el recuerdo tan fresco que nos enseña, que ya desde los primeros tiempos los cristianos, como este domingo 28 de mayo de 1978, se reunían. Naturalmente no había templos pero ya había seguidores de Cristo. Y Pablo les enseña a aquellas comunidades que es lo que sucede cuando nos reunimos a celebrar la Eucaristía.

NOS ALIMENTAMOS CON LA PALABRA DE DIOS

En primer lugar, nos alimentamos con la palabra de Dios. La Eucaristía siempre se celebró después de una lectura de la Biblia y de una homilía en la cual el apóstol, el obispo, el sacerdote preparaba el espíritu para luego celebrar esa palabra que se hace presencia de Dios: la Eucaristía.

Y han escuchado en la carta de San Pablo hoy, como está evidente la presencia de Cristo en la hostia. «El cáliz de nuestra acción de gracias», dice la lectura de hoy. «Ese cáliz ¿no nos une acaso a todos en la sangre de Cristo?» ¡En la sangre de Cristo! «Y el pan que partimos, la hostia de trigo ¿no nos une a todos en el cuerpo de Cristo?» Que palabras más evidentes de que ya San Pablo enseña la sangre, el cuerpo de nuestro Señor Jesucristo. Tan presente, que San Pablo en ese capítulo que hemos leído, nada más un pasaje -yo los invito como siempre a leer entero el capítulo 10 y el capítulo 11 de la primera carta de San Pablo a los Corintios- donde describe maravillosamente lo que es la misa.

Dice que aquellos Corintios que se habían convertido del paganismo, de adorar falsos dioses, que antes ofrecían sacrificios a los ídolos y que después de ser cristianos y asistir a misa querían volver a participar de aquellos sacrificios, cometían una horrenda idolatría. ¿Por qué? Porque el que ha comido de la carne de Cristo que se ofreció en la Eucaristía, es participación de la vida de Cristo, porque Cristo está presente allí. Y que después de eso, ir a participar del altar idolátrico, es también hacerse participante de los ídolos; y como los ídolos son dioses falsos inspirados por el demonio, comer carne sacrificada a los ídolos, es sentarse a la mesa del diablo, dice San Pablo.

Que preciosa aplicación podíamos hacer, hermanos. Hoy no existen aquellos ídolos de los corintios: de oro, figuras de animales, de mujer, de estrellas, de soles, pero hoy existen otros ídolos que tantas veces los hemos denunciado. Y un cristiano que se alimenta en la comunión eucarística donde su fe le dice que se une a la vida de Cristo, ¿cómo puede vivir idólatra del dinero? ¿idólatra del poder? ¿idólatra de sí mismo, el egoísmo? ¿Cómo puede ser idólatra un cristiano que comulga? Pues, queridos hermanos, hay muchos que comulgan y son idólatras. Y en nuestro siglo XX, en este mismo año, San Pablo podía repetir a muchos cristianos de San Salvador y de las comunidades que están meditando esta palabra, si de verdad creen que Cristo está presente y se unen con él en el momento de la comunión. ¿cómo es posible que después vivan tan inmorales, tan egoístas, tan injustos, tan idólatras? ¿Cómo es posible que pongan más su confianza en las cosas de la tierra que en el poder de Cristo que se hace presente en el gran sacrificio?

PRESENCIA DE LA VIDA DE CRISTO QUE TRAE DEL PADRE

Esta presencia de Cristo sigámosla analizando en las lecturas de hoy. Para Cristo mismo en el Evangelio, es una presencia de su vida que trae del Padre. Así como yo vivo por el Padre -hay una corriente de vida entre Dios Padre y Dios Hijo que soy yo- asi, todo aquel que come esta Eucaristía, vive por mí. ¡Que maravilla la de la Eucaristía!

FUERZA LIBRADORA

Cuando vayamos a comulgar hoy, oigamos esta palabra de Cristo: En este momento, tú que recibes la hostia consagrada, te estás alimentando de mi misma vida y esta vida mía la recibo del Padre. De modo que el Padre, Yo y tú somos una sola vida. Y así como para venir a comulgar y hacerse digno de esta vida divina tuviste que purificarte de tus pecados, liberarte de tus pecados, mi presencia eucarística es la gran fuerza liberadora.

No lo olvidemos, queridos hermanos, hoy cuando hay tantas fuerzas que luchan por la liberación temporal de los hombres, nuestra liberación cristiana parte de aquí: de la Eucaristía de la fuerza redentora de Cristo. Una liberación que ante todo quiere vernos libres del pecado. Si no hay libertad del pecado, si un hombre no se ha identificado con la fuerza divina de Cristo que lo une al Padre, al Creador, no puede ser un liberador eficaz. Por eso la Iglesia identifica su liberación, sus denuncias, sus anuncios, desde esta perspectiva de fe de la vida de Dios. Y si un cristiano mutila esta liberación y prescinde de estar en gracia de Dios y de vivir la comunión con Cristo, no es un liberador cristiano.

ASPECTO SACERDOTAL

En esta presencia de Cristo hay otro aspecto, un aspecto sacerdotal. Cristo se hace presente en la hostia como sacerdote de la humanidad. Lean por ejemplo el Apocalipsis o la Carta a los Hebreos, que preciosas descripciones del culto que Cristo, en nombre de toda la humanidad, tributa al Padre. ¿Desde dónde está Cristo ejerciendo su sacerdocio aquí en la tierra? Desde allí, de la Eucaristía. Es precisamente esa hostia consagrada de nuestra Misa la que une al pueblo peregrinante que todavía va entre la sequedad del desierto, entre las serpientes y los alacranes del desierto del Exodo, pero va peregrino de la tierra prometida y al altar de nuestra misa como que se asoma el Cristo glorioso con nuestros hermanos que ya están en la tierra prometida.

¡Qué hermosa es la misa, sobre todo cuando se celebra con una Catedral llena como la de nuestros domingos, o cuando se celebra también humilde en las ermitas de los cantones, con una gente llena de fe que sabe que Cristo, el Rey de la gloria, el Sacerdote eterno, está recogiendo todo lo que le traemos de la semana: penas, fracasos, esperanzas, proyectos, alegrías, tristezas, dolores! Cuántas cosas le trae cada uno de ustedes, hermanos, en su misa dominical. Y el Eterno Sacerdote las recogen en sus manos y por medio del sacerdote, hombre que celebra, las eleva al Padre. ¡Es el fruto del trabajo de toda esta gente! Unido a mi sacrificio presente en este altar, esta gente se diviniza y ahora sale de la Catedral a seguir trabajando, a seguir luchando, a seguir sufriendo, pero siempre unida con el Eterno Sacerdote que queda presente en la Eucaristía para que lo sepamos encontrar el otro domingo también.

Hermosa la misa como sacrificio, no inventado por los hombres sino presencia inventada por Cristo, tal como nos lo enseñan las lecturas de hoy.

ALIMENTO

Está allá también como alimento y como comunión. Cristo es alimento. Más les dice Cristo a los que lo escuchaban en Cafarnaún, el preciso capítulo 6. de San Juan, aquel sermón que Cristo pronunció después de la multiplicación de los panes, cuando lo muchedumbre lo buscaba para hacerlo rey. Cristo les dice: «No me busquen por el pan que perece. Yo soy el pan que dá la vida eterna». Yo les ofrezco la verdadera vida; la que tendrán para ser eficaz en su trabajo, el político, el Sociólogo, el Empresario, el Profesional, el Estudiante, el Jornalero, Yo les doy la verdadera vida. Yo soy el pan que ha bajado del cielo, el que come de este pan vivirá eternamente.

Cristo tuvo mucho cuidado de no ser mal entendido porque había mucho sentido de antropofagia cuando le preguntaron: ¿Cómo podemos comer su carne? No somos antropófagos, no comemos gente. -Cristo les dice: «No me entiendan así. Yo soy el pan vivo, Yo voy a resucitar, Yo voy a transformar este cuerpo mortal en un cuerpo espiritual, Yo voy a estar presente en las comunidades cristianas no repartiendo así, físicamente carne de hombre, sino dándoles mi cuerpo, pero no un cuerpo entendido así materialmente, con ojos meramente de carne, es un cuerpo espiritual, es el misterio del cuerpo místico. Pero es cierto que cuando recibimos la hostia, recibimos a Cristo. Todo entero, dice el catecismo, glorioso como está en el cielo. Cristo resucitado, Cristo vida, Cristo pan vivo que desciende del cielo. Este es el que nos alimenta en este sentido haciéndonos verdadera comunidad.

3º LA EUCARISTIA, ALIMENTO Y FUERZA DE COHESION DE LA COMUNIDAD

Y ya estoy tocando el último punto de esta reflexión. Cristo es el alimento y la fuerza que dá cohesión a nuestra comunidad.

EL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO, FUERZA DE UNIDAD

Dice San Pablo en la lectura segunda hoy: «El pan es uno y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un sólo cuerpo porque comemos todos del mismo pan». ¡Qué preciosa evocación de la unidad de los cristianos! Nuestra unidad, queridos hermanos, no se basa en ideales de la tierra. Si ya en esta tierra los hombres cuando logran exponer bien un ideal y preguntan ¿quién me quiere seguir para realizarlo?, siguen muchos ese ideal, pero viven de un ideal a veces de un hombre, y cuando ese hombre o ese ideal desaparecen, o es traicionado, todo se desbarata. Pero Cristo puso una fuerza mucho más vigorosa, una fuerza divina que nadie la puede destruir: su cuerpo y su sangre, su presencia de resucitado, su vida de Dios. Dichoso el pueblo que llega a tener fe y a descubrir que Cristo es su razón de ser. En Cristo pone toda su esperanza y comulga. Y todos los que vamos a comulgar esta mañana sentiremos esta realidad. Aunque somos muchos y tal vez ni nos conocemos, venimos de distintos rumbos, vivimos en rincones y en lugares muy apartados, sin embargo, somos un sólo cuerpo porque nos alimentamos de un mismo pan.

Los antiguos gozaban mucho en esta comparación. Decían que así como los granitos de trigo recogidos de las diversas montañas, amasados hacían un solo pan que luego se convertía en un sólo Cristo; así, también los hombres, recogidos de diversos países, de diversas razas, de diversa categorías, no somos más que granitos de trigo; y recogidos en nuestra fe, amasados en el amor y en la esperanza, unidos a Cristo-Eucaristía, ya no somos dispersos, ya somos un solo pueblo de Dios alimentado con la presencia del Señor.

LOS CRISTIANOS EN EL MUNDO, HAN DE SER LO QUE ES EL ALMA EN EL CUERPO

Y esta presencia la llega a traducir para los hombres de hoy y precisamente para ustedes los laicos, los que no son sacerdotes ni religiosos, ustedes señores y señoras, casados; ustedes profesionales; ustedes que viven en el mundo, oigan este texto del Concilio Vaticano II a los laicos. Lumen Gentiun 38. «Cada laico debe ser ante el mundo un testigo de la resurrección y de la vida del Señor Jesús y una señal del Dios vivo. Todos juntos, y cada uno de por sí, deben alimentar al mundo con frutos espirituales y difundir en él, el espíritu de que están animados a aquellos pobres mansos y pacíficos que el evangelio llama bienaventurados. En una palabra -concluye el Concilio citando un texto de los primeros siglos del cristianismo- lo que es el alma en el cuerpo, ésto han de ser los cristianos en el mundo».

Hermanos hoy van a salir ustedes de la Catedral con la fe iluminada por la presencia de Cristo en nuestro altar, y los que han comulgado van a salir también repletos del Espíritu de Cristo. ¿Cuándo será el día en que todos los que vienen a misa están tan unidos a Dios, tan lejos del pecado, de las pasiones, de las locuras de la tierra, que se identifican tanto con Dios, que al salir de la Catedral o de la Iglesia parroquial o donde quiera que se celebra la Eucaristía, van a ser en el mundo almas del mundo, a poner fermento de Eucaristía en la familia, en la profesión, en el trabajo, en la vida social? Nos faltan muchos cristianos de esos, que vivan de verdad la Eucaristía.

El Corpus viene a recordar precisamente nuestro deber de este punto de fe. Si creemos de verdad que Cristo, en la Eucaristía de nuestra Iglesia, es el pan vivo que alimenta al mundo, y que yo soy el instrumento como cristiano que creo y recibo esa hostia y la debo llevar al mundo, tengo la responsabilidad de ser fermento de la sociedad, de transformar este mundo tan feo. Eso sí sería cambiar el rostro de la Patria, cuando de veras inyectáramos la vida de Cristo en nuestra sociedad, en nuestras leyes, en nuestra política, en todas las relaciones. ¿Quién lo va hacer? ¡Ustedes! Si no lo hacen ustedes los cristianos salvadoreños, no esperen que El Salvador se componga. Sólo El Salvador será fermentado en la vida divina, en el Reino de Dios, si de verdad los cristianos de El Salvador se proponen a no vivir una fe tan lánguida, una fe tan miedosa, una fe tan tímida; sino que de verdad como decía aquel santo -creo que San Juan Crisóstomo-: «Cuando comulgas, recibes fuego; debías de salir respirando la alegría, la fortaleza de transformar el mundo».

Hermanos, ojalá que la comunión de este Corpus de verdad sea para transformarnos en fuerza de Dios.

HECHOS DE LA SEMANA

Y ahora sí, siendo que esta es la vida de nuestra comunidad, yo quiero pasar brevemente una revista por esta comunidad que vive de esta Eucaristía.

HECHOS ECLESIALES

Y me dá mucho gusto haber recibido de comunidades lejanas telegramas como este de Las Flores de Chalatenango: «celebramos Corpus solemnísimo, concurridísimo. Varias peregrinaciones pidiendo Dios lluvia. Gran demostración de fe, amor hacia Santísimo Sacramento». Hemos tenido noticia del fervor de la Eucaristía en los pueblos y yo mismo he sido testigo.

Esta semana, el Seminario celebró también su Corpus el jueves. Y celebraron deteniendo la procesión del Santísimo en varios altares donde los jóvenes desarrollaron estos pensamientos: «La Eucaristía, vida de Dios en nosotros», «Pan de fraternidad», «Alianza nueva», «Sacrificios-Sacramento», «Pan de los pobres», «Compromiso Social». He citado ésto, hermanos, para que se vea que es lo que se enseña en el Seminario. Esta, la fe que esos futuros sacerdotes han de ir a predicar. Y hay que decirlo muy claro cuando hay tendencias tan criminales para decir que el Seminario es una escuela de guerrilleros. El Seminario es escuela de apóstoles donde hay que llevar a predicar esta gran verdad de que nuestra fuerza está en Cristo. Y esta semana han tenido una vivencia muy hermosa en esa educación cristiana.

Yo también he visitado otras comunidades, donde en torno del altar de la misa hemos vivido el fervor de aquellas comunidades. No es cierto, hermanos, que se está muriendo la fe. Hoy, más que nunca, se vive una Eucaristía, un compromiso con Cristo que no es beatería ni tradiciones superficiales.

Por ejemplo, el 16 de mayo, yo celebré la Virgen de los Desamparados, en el Cantón El Zonte de Chiltiupán. ¡Qué fervor el de aquella comunidad!

Yo celebré el 23 de mayo la Eucaristía en El Carmen de Cuscatlán, bendiciendo un templo renovado y saludando allí un testimonio de lo que es un sacerdocio fiel hasta la vejez. El querido Padre Miguel Rodríguez, rodeado de jóvenes sacerdotes y de otros, ofrecía al Señor con que alegría un templo y con que respeto y cariño acogía con su pueblo al Obispo, que junto con el pueblo ofrece al Señor una Eucaristía sabiendo que éste es el centro y la fuerza de una unidad! Yo quiero agradecer sobre todo a los maestros y alumnos, a la juventud y a las asociaciones cristianas, a los del comité de la parroquia, por ese esfuerzo de mantener siempre entusiasta la fe eucarística.

También celebré en la parroquia de María Auxiliadora el 24 de mayo. Y he disfrutado aquel espíritu de Don Bosco que compaginó en su corazón de santo estos tres grandes amores que él llamaba las tres blancuras. La blancura eucarística, cuanta comunión, que fervor eucarístico el de aquella Iglesia. La blancura de la Virgen, bajo el título de María Auxiliadora, qué imán más poderoso para atraer la Santísima Virgen María, sobre todo, cuando en la mañana celebraban miles de jóvenes, asistiendo y alimentándose con la Eucaristía en honor a la Virgen María Auxiliadora. Y la blancura del Papa, la fidelidad al Papa es también un signo de nuestro catolicismo, estamos también tratando de vivirlo lo más intensamente posible.

Y siempre en esta línea eucarística, yo quiero recordarles que el primero de cada mes, y por tanto en esta misma semana, a las 5 de la tarde, siempre es Corpus en la linda capilla del Hospital de la Divina Providencia donde se celebra una hora santa de expiación por las necesidades de nuestra Arquidiócesis y del mundo. Yo les invito, el primero de junio a las 5 de la tarde, en la capilla del Hospital de la Divina Providencia.

Y en la blancura del Papa, queridos hermanos, también quiero invitar a la Diócesis entera a que nos preparemos a celebrar como verdadera fiesta de Iglesia, el día del Papa. El día del Papa es el día en que coronan al Pontífice que reina en ese tiempo. Nuestro Papa, Pablo VI, fue coronado el 30 de junio. Ya desde ahora les aviso que todas las parroquias y todas las comunidades han de ser invitadas y son ya. Vayan preparando una participación entusiasta en la celebración del día del Papa que será el 30 de junio. Ya iremos dando más detalles.

En el amor a Cristo se destaca esta semana, y lo aviso a la comunidad que cree en Cristo, la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Ya saben que en San Salvador tenemos un monumento de nuestra devoción al Corazón de Jesús, es la Basílica del Sagrado Corazón allí en la Calle Arce, donde el viernes dos de junio a las 6 de la tarde vamos a celebrar la Eucaristía. Ojalá veamos llena aquella gran Iglesia de la Basílica para celebrar en honor del Sacratísimo Corazón de Jesús.

Y también en honor de la Virgen, la blancura inmaculada de María, nos invita esta mañana a las 10.30, a todos los legionarios de María en la Basílica para celebrar la reunión anual que se llama ACIES de la Legión.

Y por mi parte, hermanos, yo invito a toda la comunidad de la Arquidiócesis a rendir un homenaje de clausura del mes de mayo, el miércoles de esta semana, 31 de mayo en la misa de 12, aquí en Catedral, para honrar a la Virgen con una corona de fervor en este mayo que yo sé que se ha distinguido en muchas comunidades cristianas. El amor a la Virgen, la devoción a Nuestra Señora, está muy lejos de pasar de moda, es una devoción cada vez más fresca, más tierna y lo vamos a demostrar entonces el próximo miércoles.

Esta Iglesia que está viviendo estas vivencias tan bellas, tan animadoras, es el Israel de Dios -Así lo llama San Pablo- el Israel espiritual, el pueblo de Dios, que al mismo tiempo va pasando por el sequedal del desierto, por las tentaciones del hambre y de la sed, por las pruebas de la vida.

HECHOS DE LA VIDA CIVIL

Y así tenemos también que señalar nuestro camino a través del mundo. * Los tres secuestros, en misterioso silencio. Unido a los reclamos, también manifestaciones de reclamo de otras agrupaciones.

Ha sido una semana también de difamaciones muy mal tendenciosos. Quiero repudiar los ataques contra mi hermano en el episcopado, Mons. Aparicio. También quiero hacerme solidario repudiando las sospechas tendenciosas vertidas contra ciertos sacerdotes que trabajan en comunión conmigo.

Y también, lamentar la tortura de que fue objeto el P. Francisco Mejía Alvarado y otros atropellos causados en el convento de Cinquera por parte de la Guardia Nacional. Allá se evocaba que el Padre ya no era cura porque estaba suspendido. Quiero decirles que un sacerdote, aún cuando esté suspendido, mantiene su carácter sacerdotal y que la suspensión es una pena disciplinaria que depende de la responsabilidad de su propio Obispo. Pidamos a Dios para que pronto se resuelva este problema de nuestra hermana diócesis de San Vicente; pero los sacerdotes son sacerdotes y los guardias que tocaron al P. Francisco quedan excomulgados porque todo aquel que pone manos violentas en un sacerdote, cae por el mismo hecho en excomunión.

También otra noticia tendenciosa, del joven Estefan Turcios, a quien se señala como seminarista ya próximo a la ordenación y que ha sido sorprendido en actos terroristas o subversivos. Ya hemos declarado que fue seminarista hasta 1972 y que lo que con él se está cometiendo es una injusticia sea o no sea seminarista, porque se le capturó el 14 de abril mientras recogía ayuda para damnificados de San Pedro Perulapán. Eso era lo que andaba haciendo. Y se le dejó en prisión hasta casi un mes cuando se le pasó a los tribunales, torturado bárbaramente. Los mismos periódicos publicaron que necesitaba 10 días de curación. Esta es la verdad.

La publicación de ORDEN contra el terrorismo, es difamatoria contra la Iglesia. Y queremos repetir que la Iglesia, por señalar las raíces de nuestros males y por defender los derechos de los hombres, no es terrorista ni está en convivencia con terroristas sino que simplemente está cumpliendo su deber evangélico. Y aquellos grupos que quieran manipular a la Iglesia, sea para difamarla o sea para ampararse en ella, están abusando de la misión de la Iglesia. La misión de la Iglesia puede coincidir con los reclamos de justicia que hacen otras agrupaciones pero que son independientes de la vida de la Iglesia. La perspectiva de justicia de la Iglesia es desde la luz del Evangelio. Y yo quiero recordar a todas las agrupaciones, a todos los grupos políticos, subversivos o también gubernamentales, que no manejen la Iglesia para sus fines, que mantengan el respeto a la autonomía de la perspectiva evangélica de la Iglesia.

El señalamiento de la Iglesia acerca de la causa de nuestros males, me dá mucho gusto verla coincidir con unas palabras del mismo Señor Embajador de Estados Unidos, en su discurso a los rotarios en esta semana, cuando dice esto: «Si el cambio ha de venir, es prudente que tratemos de canalizarlo de una manera positiva y constructiva. Simplemente con resistirlo no se logra nada positivo. Una resistencia inmutable al cambio inevitable, trae consigo el riesgo de portarlo a resultados violentos y destructivos. Cuando ésto sucede, todos salimos perdiendo». Estamos de acuerdo con el Señor Embajador y ésta es la posición de la Iglesia: que si señala la necesidad de cambios es porque hay muchos sordos que no quieren oír la necesidad del cambio. Pero que el cambio, que es necesario, no se va a hacer «aguantándola» o diciendo «esperen», y mucho menos con fuerzas represivas, que la violencia llama violencia. Si no, como dice el Señor Embajador, constructivamente.

Por eso queremos también hacernos solidarios, al mismo tiempo que agradecemos el apoyo de la Universidad Centroamericana, hacer nuestro este llamamiento. Un llamamiento a todos los profesionales, instituciones culturales, asociaciones civiles y comunales para que realicen una serie reflexión sobre el compromiso social y moral que tenemos, de no aceptar por irracional y anti-humana la institucionalización del uso de la fuerza; y aunemos esfuerzos para contribuír a la solución de los problemas del país.

PENSAMIENTO QUE NOS LLEVA AL ALTAR

Terminamos, hermanos, donde quería terminar precisamente después de mencionar, como Moisés, por donde hemos pasado esta semana, ¡por qué sequedales del desierto, entre escorpiones y culebras! Pero Dios va con nosotros, la presencia de la Eucaristía.

Vamos a celebrar nuestra Misa con aquel amor y confianza con que el pueblo de Israel vió al mismo tiempo que sentía hambre, que sentía sed, que sentía el sol del desierto, la desesperación a veces, la tentación del blasfemar, la duda contra Dios. Puede ser natural en nosotros también todo eso, pero siempre oigámos a la Iglesia en el signo de la protección de Dios, de la roca que echa agua, del pan que Dios dá por milagro, del mar que se abre, de la nube que cubre y, sobre todo, de nuestra Eucaristía, pan y vino que nos dá la presencia de Cristo. Celebremos, digo, nuestro Corpus renovando en nosotros la confianza de esta Iglesia que no se va a apoyar en las fuerzas de la tierra, en las idolatrías, sino en la fuerza del Señor que no nos defraudará en nuestra confianza.

Con estos sentimientos de Corpus, invito a toda la comunidad: hagan lo posible de venir a las 4 de la tarde para tributar honores muy especiales a Nuestro Señor, presente en el Santísimo Sacramento.

De pie por favor. Creemos en un sólo Dios…

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El Dios de nuestra fe

Santísima Trinidad

21 de mayo de 1978

Lecturas:
Exodo 34, 4b-6. 8-9
II Corintios 13, 11-13
Juan 3, 16-18

Queridos hermanos y estimados radio-oyentes:

Con el domingo recién pasado culminaba el Tiempo Pascual y aquellas semanas que llamamos del Tiempo Ordinario, que se interrumpieron cuando comenzó la Cuaresma, vuelven ahora a retomarse. Quedamos allá en el domingo sexto y comenzó el primer domingo de Cuaresma y siguieron los domingos de Pascua hasta Pentecostés; ¡el tiempo más luminoso del año: la Pascua! Ahora continuamos en el domingo 7o., tocaría hoy, pero como la Iglesia quiere presentarnos como una síntesis de todo ese año litúrgico, en este domingo, se coloca aquí, junto con el domingo 7o., la fiesta de la Santísima Trinidad. Como quien ha recorrido un río hacia arriba, y ahora se encuentra con la fuente de donde nace ese torrente que es nuestra redención: es misterio de Cristo.

EL DIOS DE NUESTRA FE

Toda esta vida de fe que nos congrega todos los domingos, toda esa religión del corazón del hombre, toda esa ansia en la búsqueda de Dios, encuentra este domingo su respuesta. Repito, como quien tiene la dicha de encontrarse allá donde nace el río que se convierte en torrente que hace brotar energías, vida, fecundidad por todas partes. Por eso, podemos llamar esta homilía de hoy: el Dios de nuestra fe.

Este Dios de nuestra fe es un fenómeno que en muchos hombres y sociedades se ha degenerado. De allí que hoy tenemos necesidad de tomar una conciencia clara de este Dios tal como nos los presenta la fe iluminada por la palabra del mismo Dios que bondadosamente se ha querido revelar y que en las tres lecturas de hoy nos ofrece una imagen muy exacta.

ABSTRACCIONES Y CARICATURAS SOBRE DIOS

pero antes de presentar esa imagen, fijémonos en las caricaturas de Dios que se han fingido los hombres. Algunas no son caricaturas, son abstracciones, elucubraciones, pero que dejan frío el corazón y no conmueven con la ternura de un Padre que nos dá la vida y que está con nosotros.

EL DIOS DE LOS FILOSOFOS

Así tenemos el Dios de los filósofos, el dios metafísico, el dios que se descubre a través de las criaturas. Esto es el legítimo y Dios se revela en las criaturas. Y cuando uno mira el esplendor del sol, la fecundidad de las cosechas, la belleza de un atardecer en el mar, la majestad de un volcán, la tranquilidad de una laguna, Dios se revela. Pero estas elucubraciones, estas deducciones filosóficas que nos llevan a eso que llamaban y llaman los filósofos «el primer motor», el «gran pensamiento que rige la creación», no llena las angustias, las vivencias, las esperanzas íntimas del corazón. Y asi tenemos que teniendo a la mano esos argumentos de la creación, el Dios que allí se revela, no nos parece un dios íntimo; y para muchos, precisamente esa metafísica, esa filosofía, les seca el corazón y el cerebro y hasta los lleva a veces al ateísmo, al materialismo.

Y ahí tenemos uno de los fenómenos más dolorosos de nuestro tiempo: el ateísmo, o por lo menos la indiferencia frente a Dios. Este Dios desconocido o despreciado o negado, del cual hasta se ha llegado a decir «la muerte de Dios», «Dios ya murió», ciertamente es un Dios que no llena, es un Dios fingido, un Dios que es el producto, a veces, del vacío moral de las personas.

Queridos hermanos, el ateísmo, la negación de Dios, casi siempre va junto con un vacío moral del hombre o del pueblo. Un pueblo, un hombre, donde la ternura de Dios se ha disipado, donde interesa que no exista Dios para hacer injusticias, para cometer el pecado que Dios castiga, es inspiración de un ateísmo práctico. Y por eso, ateo no sólo es el marxismo, ateo práctico es también el capitalismo, ese endiosar el dinero, ese idolatrar el poder, es poner, se poner falsos para sustituir al Dios verdadero. Vivimos tristemente en una sociedad atea. O porque unos favorecen una revolución sin Dios queriendo resolver los problemas simplemente a fuerza humana o porque se está demasiado bien y se idolatra, como si fuera un Dios, el bienestar, las riquezas, las cosas de la tierra. ¡También eso es materialismo ateo!

EL DIOS DE LOS FARISEOS

Hay otra forma falsa de Dios y es aquella que fustigó nuestro Señor Jesucristo cuando se encontró en el mismo templo donde el hombre debe ir a encontrarse con Dios. Se encontró una religión superficial, legalista, utilitaria: los fariseos. ¡Qué latigazos morales los del Divino Maestro que dice: «A Dios no se le adora en un templo o en otro, a Dios se le adora en todas partes en espíritu y en verdad.» Porque es Espíritu y esa verdad se había disipado en un enredijo de leyes, una casuística, un conjunto de prácticas exteriores; un Dios, fruto de una legalidad como que si estuviera contento con sólo ver que se lavaba las manos, como si estuviera contento con aquellos fariseos de vestimentas raras en las plazas proclamando a Dios. Y Cristo les dice: «¡hipócritas, parecen sepulcros blanqueados por fuera pero por dentro llenos de podredumbre!»

¡Cuántas fachadas de piedad, por dentro no son más que ateísmo! ¡Cuántas formas de rezos, cuantas prácticas religiosas meramente exteriores, rituales, legalistas! ¡No son el culto que Dios quiere! Y aquí no importa que arracemos en esta acusación a nosotros mismos, los ministros sagrados, que muchas veces hemos hecho de nuestro culto un negocio; y puede entrar el Señor con el látigo en el templo: «Mi casa es casa de oración y ustedes la han hecho cueva de ladrones».

Este Dios ritualista, este Dios de exteriores, este Dios de beaterías, este Dios que en el fondo del corazón de quien le está diciendo que lo ama, está recibiendo el ultraje más grande de quien desobedece a su ley y ha hecho consistir su religión, su voluntad santísima, en cosas meramente legalistas y humanas. ¡Qué cuidado tenemos que tener nosotros, queridos hermanos sacerdotes, religiosos, religiosas, seglares piadosos, asociaciones piadosas! Cuantas veces nos creemos los buenos y los otros son los malos. Cuántas veces frente a Dios nos parecemos al hombre de la plegaria que se acercaba atrevido hasta el altar para decirle: yo no soy como los otros hombres: adúlteros, pecadores, injustos, ni como ese publicano que está allí golpéandose el pecho. Y Cristo dice después de esa oración hipócrita: «Salidos del templo los dos, y el publicano humilde el que no se reconocía digno ni de levantar la mirada a Dios, salió justificado. No el otro, el fariseo, el hipócrita, el soberbio, el beato que despreciaba a los otros, porque el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado.

EL DIOS ESPIRITUALISTA

Otra forma falsa de un Dios, queridos hermanos, parecida a la anterior, es el Dios espiritualista, es el Dios desencarnado, es el Dios del sacerdote y del levita que pasaron cuando vieron herido al pobre judío y no le hicieron caso. Es el Dios de aquellos que dicen: «¡Ah, la Iglesia ya se metió a política, sólo habla de socialismo, sólo habla de cosas terrenales!» Y es porque ellos quisieran que no se hablara de esas cosas que no se le hiciera caso al hombre herido. ¡Eso no es religión para ellos! Religión es ir como el sacerdote y el levita al templo a orar y no tener tiempo para atender las necesidades materiales de la tierra. Y se olvidan que Cristo no justificó esa piedad falsa que se desentiende del hombre. Y en cambio alabó como verdadero prójimo al samaritano, que sin ser sacerdote ni levita ni gloriarse de piadoso, se bajó de su cabalgadura y le hizo el bien al herido sin fijarse a quien. Este es prójimo, dice Cristo, haz como él.

Este es el verdadero Dios. Por eso, cuando a Cristo le preguntaron: ¿Cuál es el principal mandamiento de la ley? El juntó los dos preceptos: «El Primero es este: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, con todo tu ser. Y el segundo es semejante a éste: amarás a tu prójimo como a tí mismo.» Cuando la Iglesia predica un Dios desencarnado, cuando los predicadores del evangelio decimos que no tenemos que ocuparnos de las cosas de la tierra para alabar solamente a Dios, cuando unas sectas protestantes predican un evangelio y critican a la Iglesia Católica porque reclama los derechos humanos, es el falso modo de adorar a Dios, aunque sea en templos católicos.

El verdadero culto a Dios tiene que ser éste: el que encarne ese temor, ese amor, esa adoración, esa fe a lo absoluto, a lo trascendente, en la historia del tiempo, en el momento que se vive. Y desde la fuerza de Dios que trasciende nuestra debilidad, se hace omnipotente la voz de la Iglesia para fustigar, para no dejar pasar el pecado de los hombres que ofende a Dios. Sería falso dios aquel que predicara a Dios y lo elogiara y no le importara que los hombres injustos pecaran contra él.

Estos son falsos conceptos de Dios de nuestra fe. ¿Cuál es el verdadero Dios de nuestra fe?. En las tres lecturas de hoy, hay tres conceptos bellísimos que yo les suplico, hermanos, no se fijen tanto en esta parte negativa, repugnante, odiosa. Solamente la he dibujado asi, a grandes rasgos, para que no caigamos en un falso culto a Dios, para que estemos alerta en esta hora de confusiones y no nos dejemos seducir por falsos conceptos religiosos que son muy utilizados para mantener situaciones muy pecaminosas.

Sí fijémonos más bien en el Dios de Moisés, en el Dios de Cristo, en el Dios de Pablo. Son las tres grandes palabras de hoy.

1º EL DIOS DE MOISES

Moisés, en uno de los capítulos más bellos del Exodo, en el capítulo 34. Yo les invito a que lo lean en sus propias Biblias, este día, no sólo el pequeño pasaje que se ha extraído hoy, sino todo el capítulo. Es un bellísimo momento del pueblo de Israel que siente la presencia de su Dios que a veces se aleja por la mala conducta de los hombres. En este pasaje de Moisés del Exodo, por lo menos estos dos conceptos se descubren y se destacan: es un Dios monoteísta y 2o) es un Dios vivencial.

a) UN DIOS MONOTEISTA

¿Qué quiero decir? Monoteísta, un sólo Dios. El Antiguo Testamento no conoció la Santísima Trinidad. El Antiguo Testamento conoció al Dios único. La Santísima Trinidad nos la vino a revelar después Cristo, pero el Antiguo Testamento que trataba de educar la religión de un pueblo que vivía en medio de un politeísmo espantoso; politeísmo se llama ese fenómeno de muchos dioses: poli, muchos, teísmo, dios; un sistema de muchos dioses. A cualquier fenómeno se le erigía un dios: el dios de la tormenta, el dios de la fecundidad, el dios de la ira, etc. Tantos eran que en el Panteón de Roma donde los romanos recogían los dioses de todos los pueblos conquistados, ya no cabían tantos dioses. Y este era el peligro que Moisés, capitaneando el pueblo de Israel que salía precisamente de Egipto politeísta, de un Egipto donde había muchas formas de dioses, él, que ha recibido del Dios verdadero el encargo de educar en el monoteísmo, en un solo Dios; Dios le reveló esta forma cuando le pregunta Moisés: «Si mi pueblo me pregunta cuál es el dios que me ha enviado, ¿qué le voy a responder?» Y por primera vez en la historia sonó el sagrado nombre: Yahvé. «Dirás al pueblo de Israel soy el que soy»

¿Qué quiere decir esta frase? Hay dos corrientes que explican. Una corriente filosófica quisiera presentar la esencia misma de Dios, el ser. Pero hay otra corriente más simpática y hoy tiene mucha simpatía en el mundo, la explicación histórico-salvífica, es decir: Yo soy el que estoy en medio del pueblo, yo soy la esperanza, la actividad, la protección. No soy un extraño a ustedes, estoy en medio de ustedes. Este es el Dios de Moisés. Por eso digo un dios monoteísta, un solo Dios a quien los judíos en su famosa oración del semá clamaban día y noche: «Oye Israel, uno solo es el Dios, lo amarás con todo tu corazón, con toda tu mente, con todo tu ser». Hasta el israelita más niño sabía repetir esa fórmula del monoteísmo: Uno solo es el Señor.

b) UN DIOS VIVENCIAL

Pero ese Dios uno y único, es un Dios vivencial. Un Dios que vive la historia, un Dios que no es absoluto lejano, un Dios que el pueblo lo siente en las vicisitudes de la historia y él sabe, ese pueblo que tiene su propia historia, que Dios lo ha escogido como un padre a su primogénito. Asi se llama Israel en la Biblia, el pueblo promogénito, el más querido, el que siente a Dios como un Padre, el que va con él en todas las situaciones difíciles o gloriosas de la historia.

Miren, hermanos, como ha pasado, todo ese concepto a nuestra hora actual. He aquí unas palabras del Concilio Vaticano II en que, ni más ni menos, el Dios de los cristianos de 1978 es este Dios monoteísta y vivencial. Y por eso quisiera que esta homilía despertara en el corazón de los hombres, principalmente de los más alejados, de los más pesimistas, de los más injustos, de los más pecadores, la conciencia que debió despertar Moisés cuando reclamaba la adoración y el cariño, la gratitud, el amor, la obediencia, a este Dios que no es un extraño sino que va con nosotros.

El Concilio Vaticano II dice esto: «El pueblo de Dios movido por la fe que le impulsa a creer que quien lo conduce es el Espíritu del Señor que llena el Universo, procura discernir en los acontecimientos, exigencias y deseos de los cuales participa juntamente con sus contemporéneos, los signos verdaderos de la presencia y de los planes de Dios. La fe todo lo ilumina con nueva luz y manifiesta el plan divino sobre la entera vocación del hombre. Por ello orienta la mente hacia soluciones plenamente humanas.» ¡Qué preciosa Teología de los signos de los tiempos! Los mismos signos de los tiempos, lo estamos viviendo los que tenemos fe en Dios y los que no tienen fe en Dios. El Salvador, este pequeño país, está compuesto de crédulos y de incrédulos, de hombres de fe y de hombres sin fe. Unos y otros viven los mismos signos, unos y otros viven las realidades de las cuales voy a hablar al final, unos y otros han sentido en esta semana los secuestros, las violencias, las injusticias. Pero mientras para el que no tiene fe ésto supone un callejón sin salida, un fracaso de la historia: para quienes tienen fe_ dice el Concilio_ sabiendo que al pueblo creyente lo va conduciendo el Espíritu de Dios, lo hace interpretar en una forma más humana los acontecimientos de la historia.

Este es el Dios verdadero, el Dios vivencial, el Dios de Moisés, el Dios de la historia que no solamente salva en la historia de Israel sino que salve en la historia de El Salvador, y ha puesto una Iglesia para que proclame esa fe en el Dios verdadero y purifique del pecado la historia y santifique la historia para convertirla en vehículo de salvación. Esto quiere la Iglesia en El Salvador: hacer de nuestra historia Patria no una historia de perdición, no una historia de ateísmo, no una historia de abusos y de injusticias; sino hacer una historia que corresponda a los ideales de Dios que ama a los salvadoreños.

Si Moisés hubiera sido salvadoreño en 1978, hubiera oído junto a la zarza ardiendo, la misma voz del Yahvé que escuchó cuando lo mandó a sacar al pueblo de la tiranía del Faraón: «Soy el Dios que está con vosotros.» Hermanos, llenémonos de esta gran confianza en este día en que nuestra Iglesia nos invita a ir a las fuentes de nuestra esperanza, de nuestra religión; encontrarnos con el Dios verdadero, el Dios que nos ama como padre a su familia.

2º EL DIOS DE CRISTO

No es difícil entonces pasar al segundo pensamiento. Como dice San Pablo, una frase pintoresca, bellísima: ¡El Dios de nuestro Señor Jesucristo! Repitámoslo mil veces en nuestra meditación y sepamos que ese Dios de mi pueblo es el Dios de nuestro Señor Jesucristo. Para eso vino Cristo al mundo.

Aqui tenemos la tercera lectura de hoy, el evangelio, en que el mismo Cristo nos está diciendo la gran revelación: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo, para que no perezca ninguno de los que creen en él sino que tenga vida eterna». Para ésto viene el mensajero de la vida eterna, el Hijo único de Dios, aquel que en su esencia divina ha recibido en calidad de Verbo, de Hijo, toda la naturaleza eterna de Dios, toda la vida que no tiene fin, la luz de todas las tinieblas, la solución de todos los problemas, el amor de todas las desesperanzas, la alegría de todas las tristezas. Quien tiene a este Hijo de Dios no le falta nada.

EL QUE CREE EN MI, NO SERA CONDENADO

«El Reino de Dios ya está dentro de vosotros -decía Cristo- si lo aceptáis». Por eso la tremenda palabra con que termina hoy el evangelio: El que cree en él, no será condenado, pero el que no cree-óiganlo bien hermanos- el que no cree en este Hijo de Dios…» El que no cree en este Cristo, el que no cree en esta Iglesia que es su esposa y su prolongación, ¿qué sucede con él? No habla en futuro que será condenado, sino que aquí traslada el futuro del que será condenado ya con una condenación presente, dice: «El que no cree ya está condenado porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. «Ya es un infierno el corazón del hombre incrédulo. No se cómo pueden vivir los hombres sin fe. No sé como pueden vivir los materialistas. No sé como pueden vivir los idólatras de las idolatrías de la tierra, los que por defender estas cosas mezquinas, pasajeras del mundo que han de dejar con su muerte, dejan de amar y de creer aquel que trajo la vida eterna y nos pide como condición para dárnosla, que creamos en El y que nos demos así como el Padre en señal de amor no entrega a su Hijo. Fíjense que palabra, es palabra sacrificial, «entregar». Como cuando Dios le pide a Abraham que le sacrifique a su hijo Isaac, Abraham se lo entrega; como cuando una persona enamorada le pide a otra persona, objeto de su amor: si me quieres entrégame tal cosa, y a veces, entrégate a tí mismo. Esa entrega, ese darse, Dios lo ha realizado: «De tal manera amó Dios al mundo que nos entregó a su Hijo para que salvara al mundo». Pues asi también dice Cristo en respuesta: «el que cree en él…» Creer es entregarse, creer no es sólo asunto de cabeza. Las verdades eternas sí hay que creerlas, pero no basta.

Dice Santiago: «También el diablo cree que Dios existe y, sin embargo, no se salva nunca». Creer no es sólo cosa teórica, creer es un acto de voluntad, creer es María cuando le dice al ángel: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra». Eso es fe: entregarse.

Fe en la del niño cuando el papá poniéndole las manos le dice: «!tírate!» Y el niño se lanza al vacío con la seguridad de que las manos de su padre no lo dejarán caer. Esto es fe. Esto es lo que dice Cristo: «El que cree en Mí, no será condenado». El que se entrega, el que no desconfía, el que aún en las horas más difíciles cree y espera, no será condenado; pero el que no cree, el que no quiere dar el brinco a los brazos de Cristo porque está más aferrado a sus cosas terrenales, el que no cree, el que no tiene confianza en Dios, el que no cree que Dios va con nuestra historia y nos va a salvar, ya está condenado, ya su vida es un infierno. Por eso quizás hay tanto infierno en nuestro ambiente, porque son acciones diabólicas las que estamos sufriendo… y la fe en el corazón de los salvadoreños.

DIOS ES AMOR QUE PARTICIPA CON TRES PERSONAS: PADRE, HIJO Y ESPIRITU SANTO

¿Qué otra cosa es el Dios de nuestro Señor Jesucristo? El Dios de nuestro Señor Jesucristo no es un Dios único y solitario. Aquí viene la gran revelación que le dá nombre a la festividad de este domingo, domingo de la Santísima Trinidad.

Fue Cristo el que nos vino a hablar de que él es hijo de un padre; y que con el padre nos enviará después de su muerte y su resurrección, un Espíritu Santo que vendrá a enseñarnos la verdad y a fortalecer esta Iglesia. He aquí la revelación grande. Dios no es un ser solitario, Dios es tres, Dios es familia, Dios es comunión, Dios es amor que participa con tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Allá en el Jordán, cuando Juan Bautista bautiza a Cristo, el evangelio nos hace esta gran revelación: La voz del Padre que se oye: «Ese es mi Hijo muy amado», y la presencia del Espíritu que exhala el amor del Padre y del Hijo en forma de una paloma blanca que posa sobre la cabeza del bautizado divino, el Espíritu Santo. Lo mismo fue en el Tabor, el Padre y la nube luminosa que es como el Espíritu y el Hijo envuelto en esa nube de amor y de gloria: Padre Hijo y Espíritu Santo. A Cristo le debemos la gran salvación de que Dios puede ser amor porque no es un gran egoísta solitario. Es amor porque se transmite y se entrega toda su naturaleza divina. Sin perderla, el Padre dá al Hijo y al Espíritu Santo; sin perderla, el Hijo la dá al Padre y al Espíritu; y sin perderla, el Espíritu la dá al Hijo y al Padre. El gran misterio que solamente cuando Dios nos conceda en la gloria lo que los teólogos llaman el «lumen glorie» _ la luz de la gloria_ para comprender las cosas sobrenaturales, veremos qué inmensa fuente de luz, de alegría, de amor, tiene que ser la Santísima Trinidad.

Tal vez el nombre, un poco femenino, no nos dice toda la majestad y la belleza de ese Dios trino y uno, de ese Dios majestad y poder, de ese Dios amor y sabiduría; de ese Dios creación de todo cuando existe. Ahí sí vendría bien, a la luz de este amor trinitario, comprender la belleza de la creación. Sólo cuando vemos al Dios de nuestro Señor Jesucristo iluminando nuestras auroras y nuestros mares y nuestros volcanes, entonces sí comprendemos que Dios haya creado un mundo por amor para darlo a sus hijos, con quienes quería entablar una comunión de familia. Y así la tierra se comprende que gima bajo el peso del pecado, porque los hombres no han sabido comprender que todo cuanto se ha creado es para la felicidad de todos los hombres y no para instalarse cómodamente en esta tierra.

3º EL DIOS DE SAN PABLO

Y finalmente, queridos hermanos, el Dios de San Pablo. Y aquí sintámoslo ya nosotros una sóla cosa con Pablo, el gran cristiano, el Dios de nuestra comunidad. Es la segunda lectura donde se contiene uno de los pasajes más nítidos de las funciones de esa Santísima Trinidad en relación con los hombres. Y si nuestro Dios es un Dios vivencial, un Dios de nuestra historia, un Dios de nuestra Iglesia, aquí tenemos hermanos, para profundizar ¿qué está haciendo este Dios Padre Hijo y Espíritu Santo? No solamente conversando y siendo felices allá en su cielo y olvidándose de la tierra, como tres grandes señores que sumamente felices no les importa la caravana de peregrinos que ha creado. No, al revés. Ese Dios como que vuelca toda su capacidad de Dios sobre esta comunidad que quiere ser la Iglesia; y la Iglesia, fermento de la comunidad de toda la humanidad.

Miren lo que dice San Pablo: «La gracia de Nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con vosotros». A mí me parece esta palabra como la de la primera lectura cuando nos dice: «El Señor bajó en la nube y se quedó con Moisés allí y Moisés pronunció el nombre del Señor». Esto es la Iglesia, un Sinaí donde Dios ha bajado y se queda con nosotros. ¡Ah! si lo sintiéramos hermanos. ¡Ah! si sintiéramos esa presencia divina como la sentía Moisés en la cumbre del Sinaí. La Iglesia es el Sinaí donde ha bajado la Trinidad Santísima en esas tres grandes donaciones que San Pablo menciona hoy: «La gracia de nuestro Señor Jesucristo», el Hijo en primer lugar porque él fue el mensajero y por él conocimiento lo primero. El nos dió la gracia. Gracia quiere decir el perdón de sus pecados; gracia quiere decir el habernos hecho hijos de Dios; gracia quiere decir el bautismo que hizo de tu niños, de un hijo de la carne un hijo de Dios; gracia quiere decir la mano del confesor que tú, agobiado de pecados, sientes que te quita toda la carga; yo te absuelvo de tus pecados; la gracia de nuestro Señor Jesucristo es mi mano cuando dentro de un momento les voy a dar la comunión, el cuerpo de Cristo, la vida de Dios. Mi palabra no es mía sino palabra de Dios y si llega al corazón de muchos que necesitan luz, consuelo, alegría, esperanza, no es virtud mía, es Dios que por mi medio está comunicando la gracia de nuestro Señor Jesucristo.

El amor de Dios, el amor del Padre, de allá arrancó todo. Tanto amó Dios al mundo, hermanos, no nos hemos redimido porque haya existido un sólo hombre que haya sido digno de atraer de Dios su perdón, su reconciliación. Todo arrancó de una iniciativa divina, no lo olvidemos. Cuando nos sintamos mejores que otros no nos enorgullezcamos porque todo procede de Dios. El que tú no hayas caído en crímenes que criticas, se lo debes a Dios que no te haya dejado caer. Y el pecador que ha caído en los abismos más profundos, sepa que su redención no depende de él sino de Dios. Pídale misericordia. Por eso decimos al principio de la Misa: «Dios tenga misericordia de nosotros». La iniciativa de Dios, de donde arrancó el deseo de enviar a su Hijo, todo fue una iniciativa de Dios, el amor del Padre. Y cuando el Padre envió al Hijo y el Hijo redimió al mundo muriendo en la cruz y retornando al cielo, de aquel cielo viene _dice San Pablo_ la comunión del Espíritu Santo. Comunión, una vida común, un lazo que une la vida de Dios y la vida del hombre. Una corriente que circula de Dios a la humanidad y de la humanidad a Dios. Esta es la religión, esta es la Iglesia.

Por eso en la Iglesia están estas energías: la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo. Miren como la Trinidad Santísima logra entonces hacer de los hombres la comunión, la comunidad. Y esto es la Iglesia.» La Iglesia _ dice el Concilio desde su primera línea_ es el sacramento que une a lo hombres con Dios y une a los hombres entre sí.

Ahora si quiero fijarme, queridos hermanos, cuando yo pienso en esta comunidad de hombres y concretamente de nuestra querida arquidiócesis, la siento tan divina que siento aquí la iniciativa de Dios que nos congrega, la gracia de Jesucristo que nos da fe y la comunión en el Espíritu Santo que nos conglutina, que nos eleva, que nos alegra, que nos consuela. Pienso en este instante, en esta comunión Arquidiócesis, peregrina en estos cuatro departamentos, tan bonita, tan encantadora en sus Comunidades de Base, donde los hombres, los jóvenes, las mujeres, se conocen cada vez más íntimamente y sienten que en su corazón que los une, está el amor del Padre, la gracia del Hijo y la comunión del Espíritu Santo.

Por eso insisto tanto, queridos hermanos, en que haya más y más comunidades de Base. No es un invento de nuestros últimos tiempos, es la gran necesidad de que los hombres cristianos se conozcan, se amen, vivan juntos concientizándose en esta energía divina.

HECHOS DE LA SEMANA: HECHOS ECLESIALES

Es aquí donde yo quisiera ahora alegrarme con esta comunidad que ha vivido en esta semana momentos muy felices, como fue el día del Seminario. El resultado ha sido mucha oración por los seminaristas y también mucha ayuda, aunque no toda la necesidad, pero de manera especial quiero agradecer a la Jornada del Sacrificio Voluntario que por medio de la Srta. Refugio Alvarez, entregó como fruto de su sacrificio ¢1.000.00 para el Seminario.

En este mismo ambiente y como un signo sensible de esta comunidad que es la diócesis, se levanta este templo, la Catedral, que precisamente por ser el signo de la Iglesia tiene que ser el blanco de las contradicciones, objeto de muchas murmuraciones pero también objeto de mucha generosa colaboración. Yo les invito a mirar hacia arriba cuando salgan de la Misa y se den cuenta de lo avanzado que van los trabajos de nuestra cúpula y que nos animenos a ayudarla, que la construcción de una Iglesia tiene que ser el producto de todo: No tiene que ser solamente la ayuda, el subsidio, la cosa oficial, sino que tiene que ser el esfuerzo_ aunque pequeñito_ de todos los que nos sentimos miembros de esa Iglesia significada en su Catedral.

Me quiero alegrar también al hablar de esta comunidad que el espíritu de Dios ha creado en nuestra tierra, mi visita inolvidable a la Laguna, a Comalapa, a la Junta. Tres pintorescas comunidades en aquellas pintorescas lejanías del departamento de Chalatenango. ¡Qué amor del Padre hay en aquellos corazones, que gracia de Jesucristo hay en la santidad de aquella gente y que comunión en el Espíritu hay en aquel amor que hacía sentir un sólo corazón y una sola alma en las misas que allá celebré, y sobre todo en las reuniones que luego tuvimos con los agentes de pastoral!

Igualmente sentí esta comunión en el Espíritu, anoche, cuando estuve en la colonia Morazán junto con las religiosas de la Asunción y los que allá patrocinan la co-familia de Dios. Zona muy pobre pero que el amor la hace feliz.

Hablando también de estas misioneras, alma del trabajo en aquella zona chalateca, las Carmelitas Misioneras, a quienes felicito de todo corazón.

Y una felicitación también a las Franciscanas de la Inmaculada que ayer celebraron 50 años de vida en El Salvador; desde que Monseñor Belloso y Sánchez las instaló en Zacatecoluca y que ahora florecen con muchas vocaciones en todo Centro América.

Esta comunidad Arquidiócesis, quiere también avisar para que celebremos con mucho entusiasmo nuestro Corpus que va a ser el próximo domingo. Propiamente sería el jueves de esta semana; pero como ya lo hemos dicho, estas fiestas importantes se trasladan al domingo. Y el domingo a las 4 de la tarde, aquí en Catedral, les espera a todos para que celebremos nuestra solemnidad de Corpus como un homenaje a aquel Cristo que es alma de nuestra Iglesia.

HECHOS DE LA VIDA CIVIL

Ahora bien, hermanos, desde esta comunidad animada por el Espíritu de Dios, como Israel en Egipto o en su peregrinar por el mundo, sentimos también que va pasando nuestra peregrinación por horas muy difíciles.

Y aquí quiero mencionar atentados terroristas de esta semana. Se ametralla la Corte Suprema de Justicia. Se secuestra a don Ernesto Sol Meza, a don Luis Méndez Novoa y al Sr. Fujío Matsumoto. Y una vez más tenemos que decir no a la violencia y recordar ante estos tres nombres y estas tres familias que están sufriendo esta situación, la palabra y el recuerdo del Papa Pablo VI que, precisamente en estos días, ha pronunciado otro No a la violencia a propósito del secuestro y asesinato del político y cristiano, Aldo Moro.

Por falta de tiempo no les leo el precioso mensaje escrito con su propio puño y letra del Papa Pablo VI a los secuestradores para decirles: «No los conozco, pero sí que deben tener un poquito de sentimiento humano con alguien que no merece esa suerte, que es digno de todo nuestro aprecio». Podemos decir, hermanos, la violencia no se puede justificar, siempre es inútil, siempre hace mucho mal. Y si es cierto que en la moral católica hay situaciones de guerra justas, pero es cuando se han agotado todos los medios razonables, pacíficos.

Y por eso también, en esta señalación de represiones y de violencias, mencionemos la toma de la Cruz Roja por el Comité de Madres de Presos Políticos.

Mencionemos el Ejército reprimiendo una manifestación de campesinos en Zacatecoluca y como consecuencia: dos muertos perseguidos hasta el Cantón El Espino.

Recordemos también que hace un año fue ocupada y ultrajada la población de Aguilares, profanada la parroquia, expulsados tres sacerdotes que nos ayudaban tanto en aquella región.

He de mencionar también en este ambiente de violencia, el ultraje de qué fue víctima el querido sacerdote Francisco Mejía, recordándoles que todo aquel que pone manos violentas en un sacerdote, queda por el mismo hecho excomulgado; y aunque no se crea en la excomunión, es un hecho que Dios margina de la comunión de su amor en el espíritu a aquel que comete pecados tan graves.

También en esta semana se terminó la última etapa del Seminario sobre la Reforma Educativa y quiero felicitar a los representantes de la Iglesia que hicieron oír la voz de sus criterios. Y espero que una representación tan conspícua, como fue la de la Iglesia aquí en San Salvador, sea tenida en cuenta por las autoridades de educación, ya que la Iglesia habla con un sincero amor al pueblo, por el cual se ha tenido ese seminario.

También se entregó, como se había prometido, el nombramiento de Ciudadano Meritísimo a nuestro querido Mons. Chávez y González. Como yo tenía que andar en aquella misión por los pueblos de Chalatenango que ya mencioné, no pude estar con él. Mi criterio al respecto, ya lo dije en una homilía hace quince días.

También quiero decirles que Monseñor Revelo bendijo el principio de un edificio para ayudar a los damnificados de los incendios. Ha sido una presencia de la Iglesia con una clase de gente que merece el apoyo de nuestra Iglesia. Por eso les suplico que en este gesto, miren eso, la presencia de una Iglesia que no puede desentenderse de aquellos que sufren.

PENSAMIENTO QUE NOS LLEVA AL ALTAR

Esto es, hermanos, la realidad de nuestro peregrinar actual por la vida, pero ante todo que no se nos olvide que este peregrinar de nuestra historia en medio de tantas vicisitudes, va acompañada de aquel Dios de Moisés, de aquel Dios de nuestro Señor Jesucristo y de este Dios que está presente en nuestra comunidad porque es el amor del Padre, la gracia de nuestro Señor Jesucristo y la comunión en el Espíritu Santo.

Nuestra fe proclamémosla ahora, limpia de toda falsa idea de Dios, para creer y con amor agradecer al Dios presente en nuestro pueblo. El credo será cantado. Creemos en un sólo Dios, Padre…

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Pentecostés, cumpleaños de la Iglesia

Pentecostés

14 de mayo de 1978

Lecturas:
Hechos: 2, 1-11
I Corintios 12, 3b-7. 12-13
Juan: 20, 19-23

Queridos hermanos:

Hoy es el cumpleaños de la Iglesia. Ese es el día fulgurante más hermoso de todo ese ciclo litúrgico que paso a paso hemos ido sirviendo. Hoy es Pentecostés. Hoy se corona la Pascua, hoy el Cristo glorificado se perpetúa en un pueblo que lo quiera seguir: Cristo vive hoy más que nunca en Pentecostés.

Este podía ser el título de esta homilía: Pentecostés, cumpleaños de la Iglesia. Y como buenos hijos de la Iglesia en el cumpleaños de nuestra Madre, alegrémonos con la alegría de un hogar donde se celebra festivo el cumpleaños de la reina del hogar. Hoy es el cumpleaños de la Iglesia.

Y voy a tratar de desarrollar mi pensamiento en estas tres ideas:

1º La Iglesia es siempre acontecimiento.
2º El espíritu de Dios es el que hace de la Iglesia una nueva creación.
3º El Espíritu Santo, renovación del mundo actual.

1º LA IGLESIA ES SIEMPRE ACONTECIMIENTO

LA IGLESIA ES NOTICIA

En primer lugar, digo que la Iglesia es acontecimiento, es noticia. Han pasado veinte siglos desde el hecho que se ha leído en el libro de los Hechos de los apóstoles. Y así como aquel primer día en que el ruido de un huracán, y una lluvia de lenguas de fuego cayó sobre Jerusalén y atrajo a todos los peregrinos que en Jerusalén estaban para la fiesta de Pentecostés venidos de todos los rincones del mundo conocido, ahora también la Iglesia sigue siendo noticia, acontecimiento. Siempre es acontecimiento que atrae a los hombres a escuchar las maravillas del Señor; y a denunciar, desde su posición evangélica, seguidora fiel de Cristo, el pecado del mundo donde quiera que se encuentre.

Por eso siempre es noticia, porque siempre los hombres necesitamos oír las maravillas de Dios. Y siempre los hombres_sobre todo los más pobres, los más sufridos, los que parece que viven sin esperanza_ tienen necesidad de oír esa voz del espíritu que alienta las esperanzas y que denuncia las injusticias que los oprimen.

LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA COMO SIGNO

¿Quién me iba a decir que hoy en este Pentecostés de 1978 iba a funcionar como el huracán de Jerusalén atrayendo la atención de todo mi querido auditorio, precisamente la Corte Suprema de Justicia? Con su despliegue en la publicidad a toda la República ha hecho interesante este día de Pentecostés en la Catedral de San Salvador. Yo sé que es grande la espectativa, ¿qué va a decir el Arzobispo ante el emplazamiento de la Corte Suprema de Justicia?

Por de pronto quiero decirles que la Suprema Corte ha sido hoy el signo de Dios para atraer la atención del pueblo, y que le está sirviendo como el huracán y las llamas de Pentecostés para ser interesante la noticia eterna que es la Iglesia.

Siempre será Pentecostés en la Iglesia, pero mientras la Iglesia haga su rostro transparente a la belleza del Espíritu Santo. Cuando la Iglesia deja de apoyar su fuerza en esa virtud de lo alto que Cristo le prometió y que le dió en este día, y la Iglesia quisiera apoyarse más bien en las fuerzas frágiles del poder o de la riqueza de esta tierra, entonces la Iglesia deja de ser noticia. La Iglesia será bella, perennemente joven, atrayente en todos los siglos, mientras sea fiel al espíritu que la inunda y lo refleje a través de las comunidades, a través de sus pastores, a través de su misma vida.

FIDELIDAD DE LA ARQUIDIOCESIS AL ESPIRITU DE DIOS

La Iglesia, gracias a Dios en nuestra Arquidiócesis, trata de ser fiel a ese espíritu. Y por eso creo que tenemos que agradecerle al Señor esta hora de Pentecostés que no sólo es el domingo 14 de mayo de 1978 sino que es un Pentecostés que ya se prolonga entre dolores, de vía-crucis, pero entre Pascuas de resurrección. Es una alegría profunda que se vive en el corazón del pastor, de las comunidades; a donde quiera que voy Pentecostés transpira en nuestra Arquidiócesis. Yo sólo quiero pedir a los queridos sacerdotes, a la queridas comunidades religiosas, a todas las instituciones que se glorían del nombre de católicas como son los colegios, las asociaciones, las comunidades, etc., y más aún, a todos aquellos cristianos que más allá de los límites del catolicismo se han mostrado solidarios con la actitud que trata de ser evangélica de esta Iglesia de Cristo que peregrina en los cuatro departamentos de la Arquidiócesis. Quiero decirles, hermanos católicos y cristianos, tratemos de ser fieles al Espíritu; tratemos de ser el reflejo inmaculado del Espíritu de Dios, fidelidad a la santidad del Espíritu que inunda este Reino de Dios en la tierra.

Yo felicito a todos aquellos pastores, catequistas, celebradores de la palabra, comunidades, etc.., que están colaborando con el Espíritu de Dios para renovar cada día más la belleza de la Arquidiócesis con el rostro genuinamente reflejando la hermosura, la luz, el fuego, el viento, el huracán: el Espíritu Santo.

2º EL ESPIRITU DE DIOS ES EL QUE HACE DE LA IGLESIA UNA NUEVA CREACION.

Pero en segundo lugar yo digo: el Espíritu es el que hace que esta Iglesia sea una nueva creación.

Fijémonos ahora en el pasaje evangélico: Cristo resucitado el mismo día de la Pascua, en la noche se abre la puerta en el cenáculo y ya está en medio de sus discípulos que tímidos, por miedo a los judíos, por miedo a la persecución, están escondidos. Y Cristo les dice con la serenidad de una vida que ya no tiene ocaso: «Paz a vosotros».

UNA NUEVA CREACION

Y en un gesto solemne que nos evoca la primera página de la Biblia cuando Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, que sopló sobre el barro de la tierra para darle espíritu de vida, Cristo, que es hombre y que es Dios, sopla, alienta, sobre el rostro de sus apóstoles. Se diría que es el creador, creando en el barro de la carne humana una nueva creación. «Así como mi Padre me envía, asi os envío yo. Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonáreis los pecados, les quedan perdonados; y a quienes lo retuviéreis; les quedan retenidos.»

Como Adán, cuando despertó del primer sueño que ha tenido un hombre y ve reflejarse en todo su ser el soplo de Dios que lo hace comprender con inteligencia la maravilla de la creación, y debió de caer de rodillas para adorar -el primer gesto del hombre de rodillas ante Dios-, asi me imagino que en la conciencia de los apóstoles, simples hombres, cobardes, escondidos por el miedo a la persecución, cuando reciben este espíritu de Cristo -ya que el evangelio de San Juan quiere unir en un solo acto de Cristo su resurrección y su Pentecostés porque las dos fiestas separadas por 5o día en nuestro Año Litúrgico no son más que una sola realidad-, es la glorificación de Cristo, es el hombre-Dios que está convertido en un Creador para crear de aquellos apóstoles el origen de una nueva creación.

Asi se entiende que aquellos apóstoles con un nuevo Adán, no con la simple vida de la naturaleza que le dió el Creador, sino con la vida del Espíritu Santo que es vida de Dios traída a su Iglesia, abren atónitos sus ojos y se sienten omnipotentes, casi con Dios: en sus manos la misión de Cristo de ir por todo el mundo, en sus manos el poder de Dios para perdonar, en las manos de la Iglesia, la Pascua Florida para hacer de ese sector del mundo que se llama la Iglesia, la iradiación de la vida de Dios a toda la humanidad, el germen, el fermento, la luz, la levadura que Cristo comparaba a su Iglesia en medio del mundo, allí queda creado. ¡Esa es la creación de la Pascua!

Por eso Pentecostés es el cumpleaños de la Iglesia, porque este día nació la Iglesia. La Iglesia es el grupo de hombres creyentes en Cristo que reciben el Espíritu de Cristo, que reciben ese soplo omnipotente del Mesías, del Redentor, para convertir a todo su pueblo en redentor y mesías. Todos nosotros, queridos cristianos, somos la creación nueva; el mundo ya no se renueva sin nosotros y nosotros somos los responsables de la renovación del mundo. Desde aquel día Cristo ha puesto en medio de la humanidad su reino, y el Reino de Dios ha de comenzar a construirse ya en esta tierra. Haber predicado una Iglesia con sólo esperanzas más allá de la muerte ha sido falsear el Reino de Dios. El reino que Cristo predicó y constituyó es precisamente aquel del de su soplo, el de estos hombres concretos que van peregrinando por la historia con la responsabilidad de hacer de la historia la transformación del Reino de Dios. No es que ambicionemos poderes personales. A la Iglesia le salen sobrando cuando ella tiene la gran responsabilidad de santificar todas las instituciones humanas. Ella no necesita quitar el poder quitar el dinero, quitar a nadie sus ídolos. La Iglesia sólo necesita corazones que se conviertan a Cristo, que se purifiquen como vasos limpios para que sobre ellos descienda la nueva vida que quedó inaugurada en la misma resurrección y en Pentecostés.

Desde hace veinte siglos, pues, la Iglesia sigue siendo noticia y sigue celebrando su cumpleaños año con año. Un año más agregamos hoy a la vida de la Iglesia en este Pentecostés. Y podemos decir que en 1978, cuando la Iglesia Universal a la que se une esta bella Iglesia de mi Arquidiócesis, está celebrando su onomástico, su día natalicio, está tan joven, tan bella, más hermosa, más extendida, más fuerte, más fiel a su espíritu. ¡Bendito sea Dios!

Vale la pena, hermanos, pertenecer a esta nueva creación y dejarse inundar por esa fuerza del Espíritu que nos identifica con la misión de Cristo que trajo como misión traer la paz, destruir el pecado, hacer justa la humanidad.

EL ESPIRITU DE DIOS

Sería aquí la oportunidad_ si hubiera tiempo_ de hacer una bella catequesis sobre lo que a través de las páginas de la Biblia se va descubriendo: el Espíritu de Yahvé, el espíritu de Dios. En hebreo la palabra original bíblica es: «rua», que en griego es «neuma» y en castellano espíritu.

¿Qué quiere expresar la Biblia con ese rua, que por primera vez lo encontramos en la boca de Dios frente al barro que va a convertirse en hombre? Desde luego es vida, vida de Dios que se puede comunicar a un hombre. La Biblia, como ustedes saben, tiene muchas expresiones antropomórficas, es decir, que quiere comparar a Dios con un hombre, eso quiere decir antropomórfica. Y comparando a Dios con los gestos materiales del hombre, la Biblia menciona muchas veces ese rúa de Dios, ese soplo de Dios, ese espíritu, esa exhalación de Dios como un poder que dá la vida, como un poder que transforma el pecado en una moral. A veces ese soplo de Dios se convierte en huracán y la Biblia interpreta que Dios está resollando fuerte. A veces es suave como una brisa y entonces la Biblia interpreta que es el aliento suave de Dios como la brisa, pero siempre es un poder creador y lo llama santo, así como llama también santo el brazo de Dios. Otra figura antropomórfica porque Dios no tiene brazo, pero la Biblia habla del brazo santo de Dios para significar su poder; asi dice también el Espíritu, el rúa, el neuma, el aliento santo de Dios como una emanación de Dios.

En el orden natural y cuando Cristo vino, lo eleva al orden sobrenatural y toda la literatura del Nuevo Testamento trayendo toda esa herencia del Espíritu de Dios, lo eleva hasta la gran revelación de Cristo que nos digo: que el Espíritu de Dios no es simplemente un resuello de Dios sino que es una persona, la tercera persona de aquella Trinidad beatísima donde un Padre engendra eternamente un Hijo y donde un Padre y un Hijo se aman tan profundamente y se exhalan su ser tan profundamente que constituye un amor personal. El espíritu de Dios es en amor, la tercera persona de la Santísima Trinidad. Es lo que se llama en teología una «hipóstasis» es decir, una persona. Persona como el Padre, persona como el Hijo, así el Espíritu Santo lo envía Cristo cuando él es glorificado como un testimonio de que Dios ha aceptado la redención y de que viene al mundo a tomar posesión de todos los que creen en Cristo.

«Si yo no me voy_ les dijo Cristo en la última cena_ no podré enviaros al otro consolador, al otro abogado». ¿Ven como Cristo habla de otro ser tan divino como él, tan amoroso como él, tan potente, tan verídico como él? Ya Cristo como persona de Dios encarnada en un hombre, ya no lo veremos en los caminos de la tierra, pero por los caminos de la tierra veremos los pies de muchos hombres y de muchas mujeres que siguiendo a Cristo en el Espíritu Santo, son guiados por la fuerza divina de la redención, ya que el espíritu que Cristo mandó de su seno y del Padre a esta Iglesia que peregrina en la tierra es el otro abogado, el que predicará a través de sus ministros, el que seguirá siendo vida de la Iglesia.

EL ESPIRITU SANTO CONDUCE, RENUEVA Y ENRIQUECE A LA IGLESIA

Si yo tuviera tiempo, hermanos, analizara el número cuarto de la Constitución de la Iglesia del Concilio Vaticano II. Pero a quienes son católicos, que se han preocupado de conocer el Concilio, yo les invito a que en este día abran el texto del Concilio en esa constitución dogmática Lumen Gentium que habla sobre la Iglesia, y que en el número cuarto habla de la acción del Espíritu Santo en la Iglesia. ¡Vean que síntesis más bella hace allí el Concilio de la función del Espíritu Santo en su Iglesia! Dice que el Espíritu Santo la conduce a la plenitud de la verdad. Dice que el Espíritu Santo la renueva en la santidad de sus miembros. Dice que el Espíritu Santo la enriquece en sus dones y en sus carismas, en todas sus comunidades; como nos ha dicho San Pablo en la segunda lectura de hoy, que es otra síntesis bellísima de la función del Espíritu Santo en medio de los hombres. El es el que suscita las vocaciones, los dones jerárquicos y carismáticos, el que dá perseverancia, fortaleza, a esta misión de la Iglesia a pesar de todas las tribulaciones.

Por eso, en este día del cumpleaños de la Iglesia, hemos de implorar mucho la fuerza del Espíritu para que esta Iglesia, concretamente en la Arquidiócesis de San Salvador, tenga muchos sacerdotes, religiosos, religiosas, catequistas, seglares comprometidos, comunidades que de veras se dejan conducir por la fuerza del Espíritu Santo. Pero basta cuando se ha dicho para que quede bien claro en nuestra fe y en nuestra esperanza, en nuestra alegría pascual, que nosotros tenemos la dicha de pertenecer a esta Iglesia que es en medio del mundo el signo eficaz de una nueva creación. Y entonces tratemos católicos, si de verdad tenemos fe en el Espíritu Santo, de dejarnos renovar, ser hombres nuevos, de esos que necesitan las estructuras nuevas; y hacer de nuestra Patria una Patria nueva, y hacer de todos los pecados de El Salvador y de todas sus instituciones también el objeto de nuestra misión: destruir el pecado y en cambio construir el Reino de Dios.

Si de veras somos el pueblo que ha invadido el Espíritu Santo, y en él Salvador tiene que ser el católico salvadoreño un germen de renovación, si la Iglesia es la depositaria de aquel soplo creador del Redentor para hacer de todos sus seguidores, liberadores auténticos de la verdadera libertad del pecado y para la verdadera promoción de la vida en gracia de Dios, hacer hijos de Dios, ciudadanos del cielo, no permitamos que este país, tan gloriosamente llamado el del Divino Salvador, que asi se podía llamar todo el mundo porque todo el mundo que cree en Cristo es una prolongación de su divina salvación, pero nosotros salvadoreños con mayor empeño, hagamos de nuestro bautismo, de nuestro compromiso, de nuestro evangelio, verdaderamente una promesa fiel a pesar de todo, de que hemos de trabajar impulsados por el Espíritu. Lo sentimos todos, pero no todos somos fieles a él. Sentimos que nos reprocha nuestras cobardías, pero somos capaces de superar esas cobardías. Sentimos que sopla fuertemente para hacernos más valientes y somos cobardes y hasta traidores y mentimos cuando él es el Espíritu de la verdad. No debían llamarse cristianos aquellos que han recibido el Espíritu Santo y lo están tratando a bofetadas porque sólo viven de la mentira, de la injusticia, de la calumnia, de la violencia y de todo aquello que es reprimir la vida del Espíritu.

Ojalá nuestra Iglesia fuera, de veras, la nueva creación en medio de todas las circunstancias de nuestra historia.

3o. EL ESPIRITU SANTO, RENOVACION DEL MUNDO ACTUAL

Finalmente, hermanos, mi tercer pensamiento es que el Espíritu Santo renueva a nuestro mundo actual. Y yo aquí me voy a concretar a tres acontecimientos de este Pentecostés glorioso de 1978.

LA CONFIRMACION DE LOS JOVENES

El primer acontecimiento fue el de anoche, la confirmación de los jóvenes. Doscientos jóvenes llenaban esta Catedral en la Vigilia de Pentecostés, con sus padrinos, con sus padres y madres hicieron una promesa al Espíritu Santo de recibirlo en el sacramento augusto de la Confirmación y de ser fieles a su inspiración. Cuando terminaba la ceremonia, un joven estuvo en este mismo ambón donde ahora predico y dirigió a la juventud un mensaje muy conmovedor. Yo quiero subrayar sus dos grandes iniciativa; le dijo a todos los jóvenes, principalmente a los doscientos que se confirmaban anoche, que siguieran reuniéndose para meditar en la Palabra de Dios, que organizaran pequeños grupos de reflexión. Ya sabemos, hermanos, lo peligroso que ésto constituye ahora en nuestro ambiente cuando la reflexión de la Palabra, el estudio de nuestra religión que trata de concientizar al hombre desde la Palabra de Dios, que increpa al cobarde y que no quiere conformismos y que quiere justicia y que quiere verdadero orden y no quiere atropellos, la Palabra de Dios es conflictiva; y por eso, reunirse en torno de la Palabra de Dios para meditarla, es un reto, no subversivo, sino constructivo. Y la juventud se ha comprometido anoche a reflexionar en esa Palabra de Dios.

Y la otra iniciativa fue que desde anoche, la juventud que se confirmaba en Catedral de San Salvador, ha lanzado una invitación, que casi diría un reto, a toda juventud de la Arquidiócesis para que se preparen ya desde ahora a celebrar en la Semana Santa de 1979, en la noche del Sábado Santo, una Pascua de juventud, una Pascua que en la juventud salvadoreña proclame que Cristo vive, que Cristo ha resucitado y que el mejor argumento de su vida perenne no es el sepulcro vacío sino la vida de los jóvenes que encarnan el entusiasmo, la alegría, la sinceridad, el espíritu de renovación de Cristo.

Este hecho para mí, ha constituído el gesto más hermoso que el Espíritu Santo nos ha regalado en este Pentecostés de 1978. Yo quiero felicitar y agradecer a los colegios católicos, a las parroquias, a las comunidades que colaboraron con esta hermosa iniciativa de la confirmación de la juventud. Y queda así también confirmada nuestra voluntad de que la Confirmación no tiene que ser sacramento de niños inconscientes, tiene que ser de jóvenes. Y que desde el primer domingo de Adviento o sea desde noviembre de este año, ya no se permitirá confirmarse a los niños chiquitos. Traten de comprendernos, hermanos, se trata del bien de esos mismos niños. Es muy distinto ser confirmado sin darse cuenta, que se ha confirmado como anoche en plena juventud, cuando se siente en el corazón el batir de nuevas pasiones, de nuevas circunstancias en el mundo, cuando el bautizado de niño comprende al llegar a la juventud que necesita una nueva fuerza del Espíritu Santo. Por eso fue grande nuestro Pentecostés, porque doscientos jóvenes conscientemente han abierto sus manos y su corazón para decir: Ven Espíritu Santo a llenar la alegría de mi juventud.

DIA DEL SEMINARIO

El segundo acontecimiento es que hoy es el día del Seminario. Este acontecimiento que El Salvador une con Pentecostés, debe hacernos reflexionar muy bien no sólo para enviar un saludo de admiración y de cariño a los jóvenes que han intuido el llamamiento de Dios para el sacerdocio en una hora en que ser sacerdotes o es estar loco o es ser un héroe. Sacerdotes mediocres, sacerdotes a medias, sacerdotes en componendas con Dios y con el diablo, no son auténticas vocaciones. Saludamos y admiramos a los jóvenes que llenan hoy el seminario y que saben que comprometerse con el sacerdocio si no están locos, es porque anhelan un gran heroísmo; y vale la pena ser protagonistas con Cristo mediante su espíritu de fortaleza, para predicar un reino en medio de tantas idolatrías del mundo.

A todos nos interesa, queridos hermanos, tener un aprecio muy grande del Seminario San José de la Montaña. No sólo es un monumento de cemento armado, a los pies de San José, San José de la Montaña, sino que es una escuela del sacerdocio de la Iglesia al que debe de converger, como un símbolo de esperanza, toda la vida de la diócesis para apoyarlo con oraciones, con apoyos morales, a no desanimar a nuestros jóvenes, sino, al contrario, decirles desde el mundo como son los sacerdotes que estamos esperando de ese Seminario. Y, sobre todo, hermanos, comprender que en una hora de transformaciones tan profundas_ como lo estaba diciendo el seminarista aquí antes de la misa_ la figura del seminarista de hoy no puede ser la figura de las viejas tradiciones. Sin llegar a ser un guerrillero, porque el Seminario no es una escuela de guerrilleros aunque así lo hayan querido calumniar, el Seminario es una escuela de promociones jóvenes, de un sacerdocio joven, de un sacerdocio como lo necesitan los pueblos de hoy, de un hombre que siendo verdaderamente un hombre de oración muy comprometido con Dios, sepa también ser un hombre del pueblo, en medio del pueblo, voz del pueblo, sintiendo con su pueblo sus angustias y sus esperanzas. Y gracias a Dios estos son los seminaristas que abriga hoy San José de la Montaña.

Y también, hermanos no olvidemos que la condición humilde de las familias de donde procede la mayoría de las vocaciones, necesita la comprensión, no la limosna sino la responsabilidad de que es todo el pueblo de Dios el que necesita esos sacerdotes. Y que si hay familias que aunque muy pobres, han dado a su propio hijo para el sacerdocio, justo es que otras familias a las que Dios no les ha querido dar una vocación, sepan hacer suyo ese honor ayudando generosamente al Seminario. Hoy, hermanos, cuando el pretender ser sacerdote encuentra tantos obstáculos y no encuentra la felicidad económica, no importa, nuestra fuerza está en el Espíritu Santo que sabrá suscitar en el pueblo generoso la ayuda que está haciendo posible mantener un seminario repleto de vocaciones.

Yo quiero hacer honor aquí y felicitar el equipo de jóvenes sacerdotes, que representando a la Iglesia de todo El Salvador, están formando con mucha seriedad a estos jóvenes. Yo quisiera que el pueblo los conociera para que tuviera una idea exacta de que esos sacerdotes que forman a nuestro futuro clero, no tienen nada de esas falsas acusaciones que muchas veces quieren desprestigiar la obra del Seminario.

Quiero también tributar en este marco del Seminario un voto de admiración y de gratitud profunda a aquella figura inolvidable que se nos fue, el P. Ladislao Segura. Pero que el Seminario, en un gesto de agradecimiento entrañable, recogió su cadáver para guardarlo junto al Santísimo Sacramento y a la Virgen donde los seminaristas oran. Allí estará siempre en oración el cadáver de un hombre que consumió, diríamos, toda su existencia sacerdotal, oculta como la violeta, al servicio de este apostolado al que me estoy refiriendo.

UNA PROCLAMACION EVANGELICA DE LA JUSTICIA EN MEDIO DE LAS REALIDADES DE NUESTRO PAIS

Y finalmente hermanos, un tercer acontecimiento de este Pentecostés es una proclamación evangélica de la justicia, en medio de las realidades de nuestro país. Hace quince días en este mismo lugar, yo expresaba textualmente estas palabras: «Hermanos, no podemos olvidar que un grupo de abogados lucha por una amnistía y publica sus razones que le han movido a pedir esta gracia en favor de tantos que perecen en las cárceles. Estos abogados denuncian también anomalías en el procedimiento de la Cámara Primera de lo Penal, donde el Juez no permite a los abogados entrar con sus defendidos, mientras que se permite a la Guardia Nacional una presencia que atemoriza al reo que muchas veces lleva las marcas evidentes de la tortura. Un Juez que no denuncia las señales de la tortura sino que sigue dejándose influenciar por ella, en el ánimo de su reo, no es Juez justo.

Yo pienso, hermanos, ante estas injusticias que se ven por aquí y por allá hasta en la Primera Cámara y en muchos juzgados de pueblos, ya no digamos jueces que se venden. ¿Qué hace la Corte Suprema de Justicia?

Yo quiero felicitar a los abogados cristianos o no cristianos, pero con gran sentido de justicia, que están poniendo el dedo en la llaga. Ojalá todos nuestros abogados sean de verdad una esperanza de la justicia tan maltratada en nuestro ambiente». Esto fue lo que dije hace quince días.

1. El Secretario de la Corte Suprema de Justicia me ruega «de la manera más respetuosa, expresar los nombres de los jueces venales» a que me referí en la citada homilía.

A propósito de esta honrosa comunicación debo aclarar, principalmente en atención a la posible confusión de la opinión pública provocada por la publicación de la Suprema Corte de Justicia y por los comentarios de la prensa nacional.

a) Agradezco, ante todo, y me alegra la oportunidad que la Corte Suprema de Justicia me ofrece para ampliar lo que dije en mi homilía pronunciada el 30 de abril del corriente año en la misa de la Catedral. Y lo agradezco y me alegro porque, al fin, después de tanto tiempo de estarse denunciando estas cosas, la Corte Suprema de Justicia declara públicamente su intención de empezar a sanear lo que está malo en ese supremo poder tan trascendental para la paz de nuestra vida nacional.

b) Que el atento llamado de la Suprema Corte de Justicia no significa un emplazamiento jurídico ya que obviamente no responde a figura alguna regulada por las leyes y que, por tanto, mi respuesta es una espontánea reafirmación de mi compromiso pastoral en defensa de la justicia, de la verdad y del pueblo.

c) Que la respetuosa nota de la Secretaría de la Corte Suprema de Justicia ha mutilado la palabra y deformado el espíritu de mi citado mensaje, pues intenta constreñirme a que «exprese los nombres de los jueces venales» a que entonces me referí, siendo así que yo no he usado textualmente ese término «venal» citado entre comillas. Y, si ciertamente mencioné en mi homilía «jueces que se venden», se trataba de un término meramente incidental en todo el contexto de mi mensaje que denunciaba irregularidades más generales que atañen a todo el sistema de la administración judicial. Poner un énfasis exclusivo en ese término accidental sin mencionar el contexto general que lo enmarca es un procedimiento ilógico e injusto, por no sospecharlo malicioso, pues con ello la Corte Suprema de Justicia dá la impresión de que quiere ocultar, o distraer la opinión pública del punto central de mi mensaje que _ repito_ fue y sigue siendo denunciar un mal social enraizado en las instituciones y procedimientos que están bajo la responsabilidad de ese Honorable Tribunal.

2. Por lo demás, es un hecho bien conocido que la prueba de los actos de venalidad, que la Suprema Corte me invita a presentar, es una de las más difíciles de aportar, por la sencilla razón de que el delito alcanza al funcionario que se vende, como a la persona que lo compra y a todos aquéllos que han colaborado en la negociación; por ello, resulta muy difícil que quien ha estado involucrado en tales hechos, quiera testificar respecto a ellos.

3. Debo también aclarar que mi perspectiva de pastor cuando predico mis homilías, es de carácter teológico y no jurídico. Muchas veces lo he repetido que el lenguaje y la actitud de la Iglesia no invade los campos de la técnica humana o de la política sino desde una competencia evangélica que la obliga a denunciar el pecado donde quiera que se encuentre. Es por tanto, como pastor que yo expreso con ánimo de corregir el clamor del pueblo oprimido por el pecado y la injusticia del mundo. A la Corte Suprema de Justicia toca _como institución que, en una auténtica democracia debe vigilar el cumplimiento de las leyes y denunciar el abuso de los demás poderes del Estado_ «Proceder al enjuiciamiento de la ley y deducir responsabilidades correspondientes», como lo expresa con elocuencia la nota que de Ella tuve el honor de recibir.

No soy yo pues, el indicado para expresar unos nombres que la Suprema Corte puede investigar teniendo en cuenta, por ejemplo, las conocidas agrupaciones de madres o familias de reos políticos o desaparecidos o desterrados y tantas denuncias de venalidad publicadas bajo la responsabilidad de los medios de comunicación social no sólo en el país sino en el extranjero por lo demás, el concepto de vanalidad creo que, por lo menos desde mi perspectiva teológica lo llena cualquier funcionario que recibe del pueblo un salario para que administre justicia y, en cambio, se hace cómplice de la injusticia estimulado por complacencias pecaminosas; y este fenómeno puede investigarlo con más facilidad quien tiene, junto con los instrumentos adecuados, la misión y el grave deber de hacerlo.

4. Pero, sin duda alguna de mucha mayor gravedad que los casos de venalidad, son aquellos otros que, si demuestran un desprecio absoluto de la Honorable Corte Suprema de Justicia, por las obligaciones que la Constitución Política le impone, la cual todos sus miembros se han obligado a cumplir.

Ese Honorable Corte no ha remediado estas situaciones, tan contrarias a las libertades públicas y a los Derechos Humanos, cuya defensa constituye su más alta misión.

Tenemos pues, que los derechos fundamentales del hombre salvadoreño son pisoteados día a día, sin ninguna institución denuncie los atropellos, y proceda sincera y efectivamente a un saneamiento en los procedimientos.

a) Se consagra que «toda persona tiene derecho a un recurso efectivo, ante los tribunales nacionales competentes, que la ampare contra actos que violen sus derechos fundamentales reconocidos por la Constitución o por la ley» (Art. 8 Decl. Derechos Humanos).

Concretamente en nuestro país, «toda persona tiene derecho al habeas corpus ante la Corte Suprema de Justicia o Cámaras de 2a. Instancia, cuando cualquier autoridad o individuo restrinja ilegalmente su libertad» (Art. 164 Constitución Política).

Varios Jueces ejecutores en actitud honesta y valiente han informado a la Corte Suprema de Justicia sobre las imposibilidades que se encuentran en los cuerpos de seguridad para llevar a cabo su sagrada misión constitucional.

b) Reza la Constitución Política: «Ninguna persona puede ser privada de su vida, libertad, ni de su propiedad o posesión, sin ser previamente oída y vencida en juicio con arreglo a las leyes; ni puede ser enjuiciada dos veces por la misma causa» (Art. 164).

Cabe señalar, y esta situación ha sido para mi especialmente dolorosa, que hemos recibido a tantas madres y esposas de personas que se encuentran desaparecidas. Algunos acontecimientos que son del dominio de todos los salvadoreños, otros en situaciones bien especiales que hacen presumir la intención con que se dan estos «desaparecimientos».Varias madres, esposas e hijos, que de extremo a extremo, en todo el territorio han recorrido el triste calvario de la búsqueda de aquel ser querido, sin encontrar absolutamente ninguna respuesta. Nos consta que existen cerca de ochenta familias con algún miembro que ha sido capturado, sin que hasta hoy hayan sido consignados a ningún Tribunal.

Manifiesto ante esta gravísima situación, que día a día rasga dolorosamente el corazón de estas madres, esposas e hijos, una sola máxima: «Nadie podrá ser arbitrariamente detenido, preso ni desterrado» (Art. 9 Declr. Derechos Humanos).

c) Reza la Declaración Universal de Derechos Humanos, varias veces citada: «Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio y a regresar a su país» (Art. 13).

Recuerdo también este derecho, contemplado en la Constitución, que protege a todos aquellos salvadoreños que se encuentran en un angustioso exilio. «No se podrá expatriar a ningún salvadoreño, ni prohibírsele la entrada en el territorio de la República, ni negársele pasaporte para su regreso u otros documentos de identificación» (Art. 154 Constitución). Se declara ésto oficialmente, y por otro lado no se escucha la denuncia de aquellos salvadoreños que no pueden ingresar al país.

d) «Toda persona tiene derecho a dirigir sus peticiones por escrito, de manera decorosa, a las autoridades legalmente establecidas; a que se le resuelvan, y a que se les haga saber lo resuelto» (Art. 162 Const. Política). No podemos olvidar entonces, que varios Abogados, así como algunos ciudadanos en el ejercicio de sus derechos han presentado respectivamente, una ejecución de amnistía para todas aquellas personas involucradas en los acontecimientos de San Pablo Perulapán; y un recurso de inconstitucionalidad de la «Ley de Defensa y Garantía del Orden Público».

Hasta este momento, después de varias semanas desde su presentación, no hemos escuchado ninguna resolución por parte de quienes compete dictarlas.

e) La Prensa ha divulgado varias situaciones anómalas que dejan un tremendo malestar en el pueblo. Se denuncia a funcionarios administrativos y judiciales, y a pesar de que estas posibles irregularidades son del dominio público, no hemos notado un interés delicado y justo por parte de las autoridades competentes.

No es mi intención especificar detalles acerca de estos hechos. Estoy convencido que si verdaderamente existiera un interés social en el manejo de la cosa pública los hechos serían investigados exhaustivamente, con el fin de lograr un verdadero y auténtico bienestar social, así como para sentar precedentes.

f) Tanto la Declaración Universal de Derechos Humanos, como nuestra ley fundamental_ tal como lo he dicho_, consagran el sagrado derecho a la Libertad, el que ha sido violentado de diversas formas. «Ningún poder, autoridad o funcionario podrá dictar órdenes de detención o prisión si no es de conformidad con la Ley, y estas órdenes deberán ser siempre escritas» (Art. 166 Constitución Política).

Contradictoriamente hay personas que son capturadas por los cuerpos de seguridad, y puestos a la orden del Tribunal después de transcurridos más de ocho días, sin observar las precripciones constitucionales.

Personas que han sido detenidas ilegalmente, y retenidas en los cuerpos de seguridad hasta por más de treinta días. Estas situaciones son del dominio público, vertidas en noticias periodísticas y en ocasiones, dolorosas, como las sucedidas en Aguilares, El Paisnal, San Pedro Perulapán, San Marcos Lempa.

Ante Esto, de conformidad con Artículos de la Constitución y de la Ley Penal, sé perfectamente que hay términos legales que tienen obligación de cumplir los cuerpos de seguridad para consignar a los reos que custodian, y que existen disposiciones penales para que esa custodia no sea violenta, atemorizadora para la persona detenida.

¿Cuántos reos no han sido presentados ante los Tribunales con evidentes marcas, señales de malos tratamientos…?

g) Los obreros, de conformidad al Art. 191 de nuestra Constitución «tienen el derecho de asociarse libremente para la defensa de sus respectivos intereses, formando sindicatos». Este principio a «fundar sindicatos y a sindicalizarse para la defensa de sus intereses» (Art. 23, inc. 4. Decl. Universal Derechos Humanos) es vulnerado en diversas formas. Desde el hecho de restringir la libertad de dirigentes obreros, hasta otorgar sutilmente prebendas y concesiones a aquellos laborantes que rechacen la organización sindical.

Ya no digamos el derecho que «tienen los trabajadores a la huelga» (Art. 192 Constitución Política). Esta medida utilizada en caso extremo por el obrero salvadoreño ha sido reprimida y tergiversada a mansalva. Se dice que la mayoría de las huelgas son «subversivas», «que obedecen a consignas internacionales», a pesar de que como medida legal son puestas en práctica por el trabajador para defender contratos colectivos de trabajo, salarios, días de vacaciones reconocidos en la Ley Laboral, y para proteger sus intereses profesionales.

Conforme a la Declaración Universal de Derechos Humanos y a nuestra Carta Magna la sindicalización está consagrada como un derecho social. Es imposible entonces entender todas las inconveniencias, trabas y obstáculos pormenorizados que se le presentan al jornalero agrícola para lograr la práctica de esa facultad elemental.

5. Ante todas estas situaciones del dominio público, nos parece que el Poder Judicial, generalmente se ha replegado en su intervención, la que como manifesté en la homilía aludida es básica e importante. ¿Dónde está _expresé entonces_, el papel trascendental, en una democracia, de este poder que debería velar y reclamar justicia a todo aquél que la atropella?

Esta denuncia que se inspira en un positivo «animus corrigendi» y no en un mal espíritu de maledicencia, creo un deber hacerla, en mi condición de Pastor del pueblo que sufre la injusticia. Me lo impone el Evangelio por el que estoy dispuesto a enfrentar el proceso y la cárcel aunque con ellos no se haga más que agregar otra injusticia.

Quiero terminar agradeciendo sinceramente a las innumerables personas, especialmente a los amables Profesionales y Estudiantes del Derecho que se han dirigido a mi haciéndose solidarios de esta franca preocupación de la iglesia por la Justicia en nuestro país. Lo agradezco sobre todo porque esta colaboración es una positiva construcción de la paz, pues esta Iglesia del Espíritu Santo viene proclamando desde los lejanos tiempos de Isaías, y hoy lo repito con la renovada juventud de este Pentecostés, en medio de la dramática realidad de nuestro país «La Paz sólo puede ser el producto de la justicia» (Is. 32, 17) «Opus justitiae pax».

Proclamemos ahora nuestra fe. (Una gran ovación de aplausos)… Muchas gracias por esa rúbrica que han puesto en mi pobre palabra. Y ahora, llenos de fe y esperanza en el Espíritu que anima esta Iglesia, digamos:

Creemos en un sólo Dios…

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El sacramento de la confirmación


Vigilia de Pentecostés

13 de Mayo de 1978

Lecturas:
Génesis: 11, 1-9
Exodo: 19, 3-8a. 16-20b
Ezequiel: 37, 1-19
Joel: 8, 22, 27
Romanos: 8, 22-27
Juan: 7, 37-39

Queridos jóvenes que van a recibir hoy la plenitud de su iniciación cristiana:

Queridos hermanos:

Esta presencia de juventud en la Catedral y el recuerdo que el evangelio nos acaba de hacer, se completan.. en la liturgia de este día.

«EL QUE TENGA SED, VENGA A MI Y BEBA»

… Era el día más solemne de las fiestas de los tabernáculos, cuando una procesión de jóvenes llevaba ánforas de agua de la piscina de Siloé hacia el atrio del templo, para significar el ansia de agua pidiendo al cielo la lluvia para nuestra tierra. La tierra luego germinaba, brotaba la naturaleza bajo la fecundidad del agua. Y Cristo asume esa ceremonia, esa liturgia de su pueblo para traducirla en la bella realidad que él trae al mundo. Así como la tierra reseca anhela lluvia, el agua, asi la humanidad sin la vida del Espíritu de Dios es desierto, es árida. Y por eso grita en medio de la fiesta, en medio de aquella juventud con los cántaros de agua: «El que tenga sed, venga a Mi y beba». Y hablaba del Espíritu _dice el Evangelio_ que habían de recibir los que creyeran en él.

Todavía no había venido el Espíritu_ comenta San Juan_ porque para que el Espíritu de Cristo glorificado viniera a continuar su misión de ser agua fecunda en el mundo, era necesario que esa humanidad de Cristo, fuera glorificada en la ascensión a los cielos.

LA IGLESIA CONTINUA DANDO EL ESPIRITU

Diez días después que Cristo subió a los cielos, sobre Jerusalén se vió llover el Espíritu Santo que venía a fecundar al mundo con la presencia mística de aquel Cristo que es agua que fertiliza a los corazones. Y desde aquel Pentecostés que inició la vida de la Iglesia continuación de la vida de Cristo en el mundo, continua la Iglesia dando el Espíritu de Cristo a quienes creen en él. Y todo aquel que cree en Cristo, y como ustedes queridos jóvenes se acercan a recibir el Espíritu de Cristo, son tierra fecunda. Y como dice el Concilio hablando del sacramento de la confirmación: ustedes, esta noche, van a identificarse más con ese Cristo, van a incorporarse más íntimamente a esa Iglesia; y con el don del Espíritu Santo, se capacitan con una nueva fortaleza para defender y difundir el mensaje que como agua fecunda necesita el mundo.

¡Bendito sea Dios que este sueño de renovación litúrgica ha realizado entre nosotros gracias a la colaboración de los colegios católicos, de las comunidades parroquiales, de las comunidades juveniles, de las comunidades de base, esta noche, la renovación del sacramento de la confirmación. No un sacramento dado a chiquillos que no entienden lo que reciben, sino un sacramento a jóvenes conscientes como unos jóvenes que saben, como aquella procesión de Jerusalén, que el agua es necesaria para la tierra y piden a Dios la gracia del agua; asi ustedes van a recibir el don del Espíritu Santo, el agua fecunda del Espíritu que necesita el mundo para ser más fecundo en el amor, para que el mensaje de Cristo sea llevado por ustedes que desde esta noche quedan más incorporados, más comprometidos con este reino y con este mensaje. Tienen que llevar a ese mundo como torrente de vida, su propio testimonio, su propia palabra.

EL SACRAMENTO DE LOS MARTIRES

El sacramento que ustedes van a recibir ahora, es el sacramento de los mártires. Mártir quiere decir testigo, testigo de una vida que el mundo no conoce. Testigo de una vida que el mundo no conoce y que por eso la persigue y la calumnia. El confirmado tiene que ser un joven, una joven valiente para dar su cara por Cristo como los mártires. No tuviéramos las gloriosas páginas del martirio en la Iglesia de Cristo, si no hubiera sido por este don del Espíritu Santo que ustedes van a recibir.

¿Quién le pudo dar fortaleza a los jóvenes, a la vírgencitas de aquel tiempo, para morir entre las fieras o bajo la cuchilla de los verdugos sino la fuerza del Espíritu Santo que les hacía confirmados en esa fe, morir antes que traicionar su cristianismo? ¡Cuánto necesitamos esta valentía en esta hora de cobardes, de traidores, de vendedores de su fe! Jóvenes, en ustedes la Iglesia se renueva, en ustedes el Espíritu de Dios es como agua fecunda para la humanidad de esta Arquidiócesis que vive en esta noche un Pentecostés no sólo en su Catedral, sino en todo el ámbito de sus fronteras gracias a que ha habido mártires que han sido nobles, profesionales de su confirmación, de su bautismo, de su eucaristía, de su fe en Cristo.

Que ustedes sean ese reverdecer. La juventud siempre es un signo de renovación. La juventud muchas veces se encuentra hasta en gente madura porque siempre renueva su fe. Así como el desierto, tierra sin agua, no solamente es aridez de la naturaleza, asi también en los corazones se mueve la vida cuando hay cobardía, cuando no hay valentía de defender esta fe de martirio que Cristo va a entregarles en esta noche.

EL ESPIRITU VIENE A SU IGLESIA

Yo me alegro de ser el ministro, junto con mis hermanos sacerdotes, de este don del Espíritu Santo en este Pentecostés de 1978. Sólo les pido a ustedes, queridos jóvenes que van a ser confirmados, y a todos ustedes queridos cristianos ya confirmados desde hace mucho tiempo, así como a nosotros sacerdotes y obispo, que en esta noche renovemos todos la conciencia de que el Espíritu Santo ha venido a su Iglesia que somos nosotros; y seamos como los apóstoles que de cobardes se convierten en valientes, para llevar el Reino de Cristo bajo el impulso del Espíritu a un mundo pagano que luego se convierta en adorador de Cristo. Seamos en esta hora definitiva de nuestra historia, los apóstoles que saliendo de este cenáculo del Pentecostés moderno, sepamos dar testimonio de nuestra fe y de nuestra esperanza cristiana.

Vamos a proceder entonces a este hermoso momento en que la Catedral es un verdadero cenáculo.

Comienza la liturgia del sacramento de la confirmación.

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