Homilías

La Unción del Espíritu, Misa Crismal, Jueves Santo

7 de Abril de 1977.

Lecturas:
Isaías: 61, 1-3a. 6a. 8b-9
Apocalipsis: 1,5-8
Lucas: 4,16-21

Queridos Hermanos:

«Hoy se cumple esta palabra» fue la homilía de Cristo después de leer al profeta Isaías, anunciando una efusión del Espíritu Santo sobre el pueblo. Y yo tengo el inmenso honor de decir también en esta mañana de Jueves Santo: hoy se cumple esta palabra. Y qué hermosamente se está cumpliendo. Aquí en el presbiterio de la Catedral, rodeado de una buena representación de los presbíteros que trabajan en la Arquidiócesis; con mi hermano, el señor obispo auxiliar, Monseñor Rivera; y llenando la nave, el pueblo que ha recibido una efusión del Espíritu: Nos preparamos para celebrar el triduo pascual. Es como nos invitó la catequesis introductoria de esta ceremonia, como una síntesis que la Iglesia nos está ofreciendo esta mañana, de todo el contenido pascual que se va a desarrollar en estos tres días: La muerte, la sepultura y la resurrección de Cristo.

No tiene sentido todo esto si no comenzamos por recordar que todo ésto es obra del Espíritu Santo y esta misa es un homenaje al Espíritu que unge a Cristo, a los presbíteros que presidimos la Semana Santa y al pueblo que celebra su redención. Si no es porque una fuerza de Dios inundaba a Cristo, el mundo no hubiera sido salvo. Y si no es porque ese Espíritu de Cristo se transfunde en la Pascua a unos ministros que han de llevar su redención al mundo, y ese mundo lo recibirá a través de los sacramentos, no tendría tampoco un sentido la muerte redentora y la resurrección del Señor. O sea, que esta misa crismal, como la llama la liturgia por el Crisma, por la unción del Espíritu Santo, es un resumen bellísimo de toda la Pascua. Hoy comienza la Pascua de 1977 en nuestra historia y comienza en esta forma solemne, suspendiendo todas las misas de la Arquidiócesis, para concentrar toda la atención en torno del sacerdote escogido por Dios, no por sus méritos, sino quizás por su pequeñez, por sus limitaciones, para ser el signo de la fe, de la unidad en la diócesis, y sentir que a través de él con quien comparten responsabilidad todos los presbíteros, el Espíritu de Dios sigue siendo la redención pascual en el pueblo que cree en Jesucristo.

1. CRISTO, OBRA DEL ESPIRITU

Tres grandes obras del Espíritu Santo evoca esta ceremonia de hoy y las escucharán, en bella síntesis, en el prefacio que dentro de un momento se cantará. La primera obra del Espíritu Santo es el mismo Cristo, o sea, que la segunda persona de la Santísima Trinidad se haya hecho hombre, se haya unido a un cuerpo y a un alma humana en las entrañas virginales de María, sin perder su virginidad. Es obra del Espíritu Santo, no tanto por el milagro virginal de esa concepción, sino ante todo porque ese ambiente virginal era el que correspondía al gran misterio de un Verbo de Dios que unge por obra del Espíritu Santo la naturaleza humana de aquel hombre que nace de María, al mismo tiempo Dios. Hombre y Dios, obra del Espíritu Santo. Por eso el ángel le dice a María: «Lo que nacerá de tí, será obra del Espíritu de Dios, y él salvará al mundo de sus pecados, porque viene ungido con la potencia de Dios». Y aquel niño que nace de María, ungido por el Espíritu Santo, es hombre y Dios, que cuando llegó a la plenitud de su edad, queda colgado en un madero para sacrificar así sus carnes ungidas de Espíritu de Dios para redención del mundo; y lo hizo pontífice de la Nueva Alianza.

Este Cristo muerto en la cruz y resucitado, llevando en su gloria las cicatrices de la pasión, es un hombre ungido por Dios, pero con una unción única. No habrá más sacerdocio que el suyo. El único sacerdocio es el de Cristo Redentor, es la alianza que El restablece entre Dios y los hombres. Ya no se dá otro nombre en la tierra por el cual los hombres pueden ser salvos, fuera del nombre de Jesús. Esta es la obra maestra del Espíritu Santo, haber ungido esa humanidad de hombre con una potencia de Dios para que fuera el pontífice de la alianza eterna, para ser la causa de nuestra redención. Pero ese pontífice eterno y único no se queda aislado de la historia.

2. EL PUEBLO UNGIDO POR EL ESPIRITU.

La segunda obra del Espíritu Santo que estamos conmemorando hoy en esta misa crismal es que ese sacerdocio único de Cristo, al mismo tiempo que es rey y que es profeta, transmite a todo el pueblo redimido, la capacidad de ser también un pueblo de sacerdotes, de reyes, de profetas. Y así comenzaba la misa de hoy con ese canto del Apocalipsis puesto en labios de todos nosotros: Nos hiciste pueblo de sacerdotes, pueblo de reyes, pueblo de profetas, porque la unción del Espíritu que ungió a Cristo se hace nuestra unción.

El día de nuestro bautismo, queridos hermanos, cuando el agua y el Espíritu, nos lavaron el pecado original, el sacerdote para simbolizar la grandeza positiva de aquel momento, nos unge la cabeza con el sagrado crisma, que aquí se va a consagrar con él a todos los niños y bautizados de la diócesis, porque por esa unción manifestamos que el bautismo incorpora al hijo de la carne en la Iglesia, que es pueblo de Dios, pueblo sacerdotal, pueblo de profetas y de reyes.

Es hora bendita ésta, para recordar nuestra pila bautismal. Es un momento en que no sólo nosotros los presbíteros vamos a renovar nuestros compromisos, de haber sido ungidos. Yo quisiera, hermanos, invitarlos en el Crisma de hoy, a recordar el crisma que cada uno lleva ungida a su alma en aquella pila bautismal del pueblito o del cantón; allá nacimos, allá el sacerdote llegó con el agua del bautismo y el santo crisma llevado de la catedral, consagrado aquel año para ungirnos miembros de este pueblo, profeta, sacerdote y rey. Y llevamos entonces, como pueblo de Dios, esa triple responsabilidad, ese triple honor, que hoy gracias a Dios va comprendiendo cada vez más el laicado; o sea, ustedes que no son religiosos ni sacerdotes del altar pero que son sacerdotes en el mundo, son profetas en el mundo, son reyes que deben de trabajar para que el imperio de Cristo reine en la sociedad, en las estructuras, en el mundo. Y tienen que anunciar como los profetas, como pueblo profético ungido por el Espíritu que ungió a Cristo las maravillas de Dios en el mundo, animar lo bueno que en el mundo se hace y también denunciar enérgicamente lo malo que en el mundo se hace. Para eso son los profetas, para anunciar y animar la bondad y para denunciar y condenar la maldad. Y ésto lo va comprendiendo cada vez más este pueblo que lleva la unción poderosa del Espíritu Santo para que no sólo miren al obispo y a los sacerdotes a ver que hacen, sino que ellos mismos se sientan responsables de esta Iglesia profética, regia y sacerdotal.

Y yo me alegro, hermanos, al hacer esta reflexión con ustedes, recordando nuestro común bautismo, que ya son muchas las comunidades en nuestra diócesis donde se va despertando este sentido del bautismo, donde se va viviendo esa responsabilidad de ser miembros de la Iglesia, de pueblo de Dios ungido con la potencia pascual de nuestro Señor Jesucristo.

Sigamos trabajando y tomando conciencia, y no seamos simplemente espectadores de la actividad de la Iglesia, sino que nos sintamos Iglesia, porque lo somos, porque el Espíritu de Dios nos ha ungido y nos ha hecho capaces para llevar como Cristo, una misión sacerdotal que consagre el mundo a Dios, una misión profética que anuncie a Dios al mundo, una misión de reyes que haga dominar a Cristo sobre todo cuanto existe en la tierra.

3.EL PRESBITERIO, OBRA DEL ESPIRITU.

Y finalmente, y principalmente, esta es la celebración de esta mañana, la tercera obra del Espíritu Santo es que, de ese pueblo profético, regio y sacerdotal, ha escogido a unos cuantos miembros para darles una misión especial, y aquí estamos. Me siento alegre y feliz, hermanos, de haber llegado a la Arquidiócesis en un momento en que el presbiterio, los sacerdotes, se han compactado tan íntimamente con el obispo. Y en este Jueves Santo podemos presentar, como el fruto de ese trabajo y de esa unión del Espíritu Santo, a este sacerdocio unido con el obispo.

¿Qué fue nuestra unción sacerdotal, queridos hermanos sacerdotes? Y en esta mañana es bello recordar aquel altar tan distinto para cada uno de nosotros, cuando un obispo nos impuso la mano para darnos la potestad de celebrar la santa misa por los vivos y los difuntos y, soplando como Dios el insuflo del Espíritu Santo, nos dijo: «Recibid también la potestad para perdonar los pecados en el nombre de Dios». Y entonces quedó constituida nuestra capacidad, nuestra potestad sagrada por ese carácter indeleble que los sacerdotes presbíteros llevamos. Lo llevamos, dice el prefacio de la misa de esta misa crismal, para congregar al pueblo en una unidad de amor y celebrar ante ellos el sacrificio perenne de la redención humana y alimentar al pueblo con la palabra de Dios y robustecerlo con los sacramentos. Qué síntesis más hermosa de lo que es nuestra misión en el mundo: congregar al pueblo.

MINISTERIO DE UNION.

El sacerdocio está hecho para unir, no para dividir, y siente la alegría cuando la Iglesia reboza, porque a su palabra han acudido para crear esa comunidad de fe, de esperanza y de amor. Y las comunidades, cuanto más íntimas van creciendo en el amor y en la fe, llenan más de satisfacción el corazón del sacerdote, que es un ministerio de unión, de unidad en el mundo. Y por eso sentí la inmensa alegría cuando le dije al Padre Santo, apenas hace nueve días, que le presentaba un sacerdocio unido con su obispo y que trabaja por la unidad del pueblo de Dios. Qué don más precioso debió considerar el Santo Padre, como lo considero yo, el don precioso de la unidad del presbiterio, para que así cada sacerdote que trabaje en la unidad de su propia parroquia no hace su Iglesia individual, a su gusto, según los caprichos del mundo o de sus criterios personales, sino que lo hace en unión con el obispo, en disciplina santa con el que es pontífice responsable de toda la diócesis; así como el obispo no hace una diócesis a su gusto, sino en comunión con el Papa, para formar la gran comunidad: la Iglesia universal.

Este ministerio de unidad es el que celebramos hoy al congregar aquí, en esta concelebración, a los sacerdotes de todas las parroquias, por lo menos los que han podido y querido venir; y también representándolos a los que no han venido, los que están aquí.

MINISTERIO DE LA PALABRA.

Queridos hermanos, también el sacerdote en esta reunión de amor, de esperanza, de fe, reparte al pueblo la Palabra de Dios. Tiene que ser la Palabra de Dios. La palabra que salva no es la palabra del hombre, sino la Palabra de Dios; y por eso tiene que tener el cuidado de mantenerse en sintonía perfecta con lo que Dios quiere, con lo que Dios pide. Y esta hora, que los obispos dijimos hace pocos días, es una hora de conversión. Nos toca a nosotros sacerdotes convertirnos a la verdadera Palabra de Dios, para que ni por exceso ni por defecto se convierta en palabra de hombre. Tiene que ser una conversión a lo que Dios quiere, a lo que Dios dice. Esa Palabra de Dios tiene una misión religiosa, dijo el Concilio, pero por eso también una misión humana y, por ser religiosa, busca hacia Dios; pero, por ser humana, busca también de resolver y ayudar a los hombres en sus grandes problemáticas de la tierra. O, como dijo el Papa, es una evangelización que tiene una relación íntima con la promoción, con la liberación. Y es aquí donde toca la conversión de los sacerdotes a una verdadera búsqueda de lo que Dios quiere en esta predicación: Que sea verdadera evangelización de Dios y que sea también la auténtica promoción que Dios quiere en el mundo, porque separarlas sería olvidar el gran precepto del amor: amar al prójimo y preocuparse de sus necesidades, de sus situaciones concretas, ayudarle como el buen samaritano al pobre herido que estaba por el camino.

Hermanos, esta palabra es la que ahora ilumina la unidad de los sacerdotes. Es una palabra divina pero humana, porque viene de Dios, tiene también sus raíces humanas y tiene sus aplicaciones en las cosas concretas de la tierra. Desencarnarse y no pensar en las cosas de la tierra no sería Palabra de Dios. Encarnarla demasiado y olvidarse que es de Dios tampoco sería Palabra de Dios. Esta alimentación de la palabra divina cunde y culmina cuando se encuentra, dice Pablo VI, en el gran signo del encuentro con Dios que es la Iglesia y en los signos sacramentales; o sea que el sacerdote está hecho para repartir unos sacramentos que son frutos de una conciencia convertida a Dios y un lugar de encuentro con el Señor.

SIGNO DE LA PRESENCIA DE CRISTO.

Y después de alimentarnos con la Eucaristía, renovando el sacrificio de la redención, y con los demás sacramentos que van a ser simbolizados en las ánforas de los santos aceites que vamos a bendecir y consagrar hoy, el sacerdote está sirviendo a Dios y sabe que su vida en ninguna otra cosa la puede emplear mejor que en ser el signo de la presencia del amor redentor de nuestro Señor Jesucristo.

Por eso, es día grande para nosotros los sacerdotes, es nuestra mañana sacerdotal; así como en la tarde será la inauguración de la Eucaristía por Cristo, pero confiada a este grupo de sacerdotes. Hoy celebramos la idea grandiosa de Cristo de encontrar un grupo de hombres que no sólo anuncien con la palabra su redención, sino que la realicen por la santa misa que celebran, por los sacramentos que administran, por la gracia que van llevando a los corazones.

Queridos hermanos, ante esta triple obra del Espíritu Santo, ya sabemos lo que significa nuestra misa crismal, y ya sabemos lo que significa la obra de Cristo muerto en la cruz; y su resurrección es la venida del Espíritu, porque la venida del Espíritu Santo no fue en Pentecostés, fue en la Pascua, fue cuando Cristo insufló sobre los apóstoles a la misma noche de la resurrección: «Recibid el Espíritu Santo». Si cincuenta días después celebramos Pentecostés, es como una manifestación pública de esta Iglesia que ya existe silenciosa, ungida por el Espíritu Santo.

Celebremos, pues, en la misa crismal, en el símbolo del crisma y del óleo de los enfermos y de los catecúmenos, la unción del Espíritu Santo que ha bajado de la vida de Dios para darnos un pontífice eterno, Cristo Jesús, y junto a Cristo unos pontífices temporales que servimos al pueblo para conducirlo a Dios y para celebrar, queridos hermanos, como pueblo consagrado por el bautismo, una misa de acción de gracias al Señor, al Espíritu Santo, que ha querido ungirnos como pueblo sacerdotal, como pueblo de profetas y como pueblo de reyes.

Así sea.

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La Misa Unica, 4º Domingo de Cuaresma

20 de Marzo de 1977

Lecturas: Josué 5, 9º. 10-12
2ª Corintios 5, 17-21
Lucas 15, 1-3, 11-32

Queridos hermanos:
Sean bienvenidos a la casa solariega de la diócesis. El más humilde de toda la familia escogido por Dios para ser el signo de la unidad, este obispo, les agradece cordialmente de estar dando con él, al mundo que espera la palabra de la Iglesia; la palabra de la Iglesia, que no sólo sale de los labios, sino que se proclama por toda esta significativa presencia en la única misa de este día.

Queremos con ésto darle todo el valor que tiene la misa de todas nuestras parroquias, de todas nuestras capellanías, el valor que tiene la misa cuando una familia doliente la pide para su deudo, que va ser enterrado o para darle gracias a Dios por el cumplimiento de 15 años de una jovencita o para bendecir el matrimonio de dos que se aman hasta la muerte. La misa está recuperando en este momento todo su valor; porque quizá, por multiplicarla tanto, la estamos considerando simplemente, muchas veces, como un adorno y no con la grandeza que en este momento está recobrando.

Yo creo que desde aquí los que están participando en esta misa única, sentirán que es la misa. El hecho es, hermanos, y sean bienvenidos, también, aquellos que no tienen la fe en la misa y están aquí. Sabemos de muchas personas que están aquí sin creer en la misa pero que buscan algo que la Iglesia está ofreciendo; y la Iglesia se alegra de poder ofrecer ese algo que la humanidad busca sin saber que lo tiene tan cerca, en cada misa que se celebra. En cada misa que se celebra hay un doble banquete: El banquete de la Palabra que evangeliza y el banquete de la Eucaristía, Pan de Vida que alimenta al hombre. No es otra cosa lo que estamos haciendo ahora en esta Iglesia peregrina, vestida de morado, de penitencia, hacia la Pascua, hacia el Cristo que resucita porque ha muerto por nosotros. La misa es Cristo. Lo que buscan aquellos que no creen en la misa, Oiganlo de una vez, lo que han encontrado hoy es a Cristo.

ANSIA DEL HOMBRE A LA FELICIDAD.

Yo quisiera comparar esta muchedumbre con la primera lectura de hoy. Es el pueblo que va de la esclavitud de Egipto y canta la Pascua al llegar a la tierra prometida. Y eso es la misa, un encuentro con la tierra prometida, una respiración de esperanza y, mejor todavía, con el hijo pródigo del Evangelio que se acaba de proclamar. El hijo pródigo es cada uno de nosotros, es el pueblo, es el que va buscando muchas veces liberaciones falsas, es el que va buscando la felicidad porque Dios nos ha creado para la dicha, para la felicidad, y al no encontrarla, se sale de la casa del padre como el hijo insensato a buscarla en el mundo, viviendo en la opulencia, en la vanidad, en el desórden, en el libertinaje, y no encuentra más que el vacío. Qué bella figura del hombre buscando felicidad fuera de Dios; buscando un trabajo, no encontró más que ser el guardián de cerdos. Así hay muchos hombres, como cuidadores de cerdos, adoradores de falsos ídolos, hombres que no encuentran la llenura de su corazón con las cosas de la tierra.

Ojalá esta misa en la que se ha proclamado el Evangelio de esta Cuaresma, el hijo pródigo haga pensar a tantos, tal vez al venir a esta misa única atraídos por algo llamativo: “No encontramos en el mundo la felicidad. Vamos a ver si en esa misa, si en esa Iglesia, se nos ofrece algo que de veras responda a esta ansia de felicidad”. Y les decimos, hermanos, que si ustedes tienen fe, aquí encuentran la respuesta. La misa es Cristo que evangeliza; la misa es Cristo que dá su cuerpo y su sangre para la vida del mundo. Estas dos cosas son la misa. Estamos en la primera parte precisamente, la Palabra de Dios, llamando a los hombres para que comprendan que en su Palabra está únicamente la solución de todos los problemas: políticos, económicos, sociales, que no se van a arreglar con ideologías humanas, con utopías de la tierra, con marxismos sin horizontes, con ateísmos que prescinden de la única fuerza. La única fuerza que puede salvar es Jesús, que nos habla de la verdadera liberación.

PROBLEMAS DEL MUNDO Y SOLUCION DE CRISTO.

Y quiero recordar aqui con agradecimiento, cuando el Papa actual, Pablo VI, hace dos años, a los obispos que nos reuníamos en Roma, todos de Latinoamérica, nos decía: “Queridos hermanos obispos de Latinoamérica, ustedes andan buscando con inquietud el lenguaje para evangelizar ese continente tan admirable, ese continente tan lleno de esperanza; y el Evangelio de Cristo es la respuesta”. Y el Papa decía que esa inquietud por buscar el lenguaje que la gente entienda para llevarle el mensaje de Jesús y esas dimensiones nuevas que el Evangelio está encontrando, porque son irradiaciones que iluminan la actividad del hombre en la tierra, decía el Papa estas palabras: “Que no sea frenada esa inquietud de evangelizar al hombre con sus inquietudes de hoy, que no sea frenada por aquellos que han perdido la sensibilidad de los problemas actuales del mundo y que tampoco sea aprovechada por aquellos que quieren introducir, en el Evangelio de Cristo, otras soluciones que no son las cristianas”. Aquí tenemos el sano equilibrio de la evangelización. Que nadie nos frene en este lenguaje que la Iglesia habla, para decirle a los hombres que hay una esperanza en la Iglesia; pero que nadie abuse, también, de nuestro lenguaje, queriendo justificar con el Evangelio otras doctrinas que no son las de Cristo.

En este equilibrio estamos ahora, queridos hermanos, y yo quiero agradecer aquí en público, ante la faz de la Arquidiócesis, la unidad que hoy apiña en torno del único Evangelio, a todos estos queridos sacerdotes. Muchos de ellos corren el peligro, hasta la máxima inmolación del Padre Grande… (aplausos)… Gracias, y ese aplauso ratifica la alegría profunda que mi corazón siente al tomar posesión de la Arquidiócesis y sentir que mi propia debilidad, mis propias incapacidades, encuentran su complemento, su fuerza, su valentía, en un presbiterio unido. Queridos sacerdotes, permanezcamos unidos en la verdad auténtica del Evangelio, que es la manera de decir, como Cristo, el humilde sucesor y representante suyo aquí en la Arquidiócesis: El que toca a uno de mis sacerdotes, a mí me toca… (aplausos).

LINEA EVANGELICA DEL ARZOBISPADO.

Estén seguros, hermanos, que la línea evangélica que la Arquidiócesis ha emprendido es auténtica y a todos aquellos que con los queridos sacerdotes colaboran, religiosas y laicos, estén firmes en su puesto, mientras estén en comunión con su obispo. Y Esto es el significado de hoy, una autorización del obispo, maestro auténtico de la fe, para que todos aquellos que están en comunión con él, sepan que predican una doctrina que está en comunión con el Papa y por tanto, verdadera doctrina de nuestro Señor Jesucristo. … (aplausos).

Queridos hermanos, pero porque estamos siguiendo las verdaderas orientaciones del Papa, Vicario de Cristo, les decimos con el último documento, carta magna de la evangelización, que la evangelización no queda completa, así como esta misa no quedaría completa si terminara aquí únicamente con la palabra; que la evangelización termina cuando se celebra el sacramento de la Iglesia, cuando la Iglesia se siente como un signo de Cristo presente, obediente a la jerarquía y también con unos signos concretos que son los sacramentos. En este momento entramos en la segunda parte de la misa, donde Cristo se hace alimento, donde Cristo se hace hostia, donde Cristo repite su inmolación del Jueves Santo en la noche: “Tomad y comed; esto es mi cuerpo, esta es mi sangre que se derrama por vosotros”. Una evangelización que solamente fuera palabra sin sacramentos, no construiría la verdadera Iglesia. Una Evangelización que sólo fuera Biblia y palabra, perdonen, queridos hermanos separados, nuestra doctrina católica quedaría mutilada, como ha quedado cuando se prescinde de los sacramentos.

Nosotros sacerdotes predicamos la palabra y la damos hecha vida en la comunión: Signo precioso, aquí los sacerdotes rodeando el altar con los copones listos para ser consagrados en el cuerpo del Señor y repartirlo luego al pueblo como alimento de vida. Los bautismos, los otros sacramentos, el matrimonio, son los signos de un Cristo que santifica la vida. Y ésto es lo que hace la Iglesia.

OBISPO Y SACERDOTE

Por eso, hermanos, los sacerdotes tienen esa potestad recibida de Cristo, pero en comunión con el obispo. Y es un gesto precioso esta concelebración, el saber que los sacerdotes consideran al obispo como el centro de su liturgia, como el centro de su vida sacramental. Ellos son el cauce, junto con el obispo, para llevar la Palabra de Cristo y la vida de Cristo a ese pueblo que está esperándonos. Y hemos querido dar también el testimonio de los pueblos sin misa, para que se comprenda lo que significa la persecución a un sacerdote. ¿Qué sería el día en que este pequeño grupo de sacerdotes nos fuera quitado de la mano? ¿Cómo quedarían los pueblos sin misa, las parroquias sin bautismos? Hermanos, creo que todos han comprendido el lenguaje de esta única misa. No tiene nada de demagogia. No está siendo utilizada por partido político. No está proclamando una protesta a lo humano. Simplemente está diciendo lo que significa la misa, sea que la celebre el Papa en el Vaticano o el obispo en su catedral o el humilde párroco en la más humilde de las aldeas de la diócesis.

Y ésto queremos decirles a todos, que sepan estimar la misa porque en la misa podrán encontrar… (aplausos)… Queridos hermanos, comencé dándoles la bienvenida, ahora me alegro de haberles explicado con palabra humilde lo que significa una misa. Y ojalá que aquellos que no tenían fe en ella sean de aquí en adelante seguidores de este Cristo que se hace presente en la misa de cada domingo, en la misa de cada circunstancia humana. Muchas gracias por ayudarnos a dar este signo que la Iglesia quería dar… (aplausos).

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Homilía en la Misa Exequial del Padre Rutilio Grande

Domingo 14 de marzo de 1977.

Excelentísimo representante de su Santidad, el Papa, queridos hermanos obispos, sacerdotes y fieles.

Pocas veces, como en esta mañana, me parece la Catedral el signo de la Iglesia universal. Es aquí la convergencia de toda la rica pastoral de una Iglesia particular que engarza con la pastoral de todas las diócesis y de todo el mundo, y sentimos entonces que la presencia no sólo de los vivos, sino de de estos tres muertos, le dan a esta figura de la Iglesia su perspectiva abierta al Absoluto, al Infinito, al más allá: Iglesia universal, Iglesia más allá de la historia, Iglesia más allá de la vida humana.

EL MENSAJE DE LA IGLESIA:

Si fuera un funeral sencillo hablaría aqui -queridos hermanos- de unas relaciones humanas y personales con el Padre Rutilio Grande, a quien siento como un hermano. En momentos muy culminantes de mi vida él estuvo muy cerca de mí y esos gestos jamás se olvidan; pero el momento no es para pensar en lo personal, sino para recoger de ese cadáver un mensaje para todos nosotros que seguimos peregrinando.

El mensaje quiero tomarlo de las palabras mismas del Papa, presente aquí en su representante, el señor nuncio, a quien agradezco porque le dá a nuestra figura de Iglesia ese sentido de unidad que ahora lo estoy sintiendo en la Arquidiócesis, en estas horas trágicas; ese sentido de unidad, como un florecimiento rápido de estos sacrificios que la Iglesia está ofreciendo.

El mensaje de Paulo VI, cuando nos habla de la evangelización, nos dá la pauta para comprender a Rutilio Grande. “¿Qué aporta la Iglesia a esta lucha universal por la liberación de tanta miseria?”. Y el Papa recuerda que en el Sínodo de 1974 las voces de los obispos de todo el mundo, representadas principalmente en aquellos obispos del tercer mundo, clamaban: “La angustia de estos pueblos con hambre, en miseria, marginados”. Y la Iglesia no puede estar ausente en esa lucha de liberación; pero su presencia en esa lucha por levantar, por dignificar al hombre, tiene que ser un mensaje, una presencia muy original, una presencia que el mundo no podrá comprender, pero que lleva el gérmen, la potencia de la victoria, del éxito. El Papa dice: “La Iglesia ofrece esta lucha liberadora del mundo, hombres liberadores, pero a los cuales les dá una inspiración de fe, una doctrina social que está a la base de su prudencia y de su existencia para traducirse en compromisos concretos y sobre todo una motivación de amor, de amor fraternal”.

UNA REUNIÓN DE FE.

Esta es la liberación de la Iglesia. Por eso dice el Papa: “No puede confundirse con otros movimientos liberadores sin horizontes ultraterrenos, sin horizontes espirituales”. Ante todo, una inspiración de fe, y ésto es el Padre Rutilio Grande: un sacerdote, un cristiano que en su bautismo y en su ordenación sacerdotal ha hecho una profesión de fe: “Creo en Dios Padre revelado por Cristo su Hijo, que nos ama y que nos invita al amor. Creo en una Iglesia que es signo de esa presencia del amor de Dios en el mundo, donde los hombres se dan la mano y se encuentran como hermanos. Una iluminación de fe que hace distinguir cualquier liberación de tipo político, económico, terrenal que no pasa más allá de ideologías, de intereses y de cosas que se quedan en la tierra”.

Jamás, hermanos, a ninguno de los aquí presentes se le vaya a ocurrir que esta concentración en torno del Padre Grande tiene un sabor político, un sabor sociológico o económico; de ninguna manera, es una reunión de fe. Una fe que a través de su cadáver muerto en la esperanza, se abre a horizontes eternos.

LA LUCHA LIBERADORA DE LA IGLESIA.

La liberación que el Padre Grande predicaba, es inspirada por la fe, una fe que nos habla de una vida eterna, una fe que ahora él con su rostro levantado al cielo, acompañado de dos campesinos, la ofrece en su totalidad, en su perfección: la liberación que termina en la felicidad en Dios; la liberación que arranca del arrepentimiento del pecado, la liberación que apoya en Cristo, la única fuerza salvadora; esta, es la liberación que Rutilio Grande ha predicado, y por eso ha vivido el mensaje de la Iglesia. Nos dá hombres liberadores con una inspiración de fe, y junto a esa inspiración de fe. En segundo lugar, hombres que ponen a la base de su prudencia y de su existencia, una doctrina: La doctrina social de la Iglesia; la doctrina social de la Iglesia que les dice a los hombres que la religión cristiana no es un sentido solamente horizontal, espiritualista, olvidándose de la miseria que lo rodea. Es un mirar a Dios, y desde Dios mirar al prójimo como hermano y sentir que “todo lo que hiciéreis a uno de éstos a mí lo hicísteis”. Una doctrina social que ojalá la conocieran los movimientos sensibilizados en cuestión social. No se expondrían a fracasos, o miopismo, a una miopía que no hace ver más que las cosas temporales, estructuras del tiempo. Y mientras no se viva una conversión en el corazón, una doctrina que se ilumina por la fe para organizar la vida según el corazón de Dios, todo será endeble, revolucionario, pasajero, violento. Ninguna de esas cosas son cristianas, sino lo que se anima es la verdadera doctrina que la Iglesia propone a los hombres. ¡Qué iluminado estaría el mundo si todos pusieran a la base de su acción social, a la base de su existencia, de sus compromisos concretos, en sus mismas atracciones políticas, en sus mismos quehaceres comerciales, la doctrina social de la Iglesia! Era eso lo que predicó el Padre Rutilio Grande; y porque muchas veces es incomprendida hasta el asesinato, por eso murió el Padre Rutilio Grande. Una doctrina social de la Iglesia que se le confundió con una doctrina política que estorba al mundo: Una doctrina social de la Iglesia, que se le quiere calumniar, como subversión, como otras cosas que están muy lejos de la prudencia que la doctrina de la Iglesia pone a la base de la existencia.

UNIDAD DEL CLERO CON SU OBISPO.

Queridos hermanos sacerdotes, este mensaje del Padre Rutilio Grande es sumamente grande para nosotros. Recojámoslo y a la luz de esa doctrina y de esa fe, trabajemos unidos. No nos desunamos con ideologías avanzadamente peligrosas, con ideologías inspiradas no en la fe en el Evangelio. Demos a nuestra doctrina, a nuestra actuación de buenos samaritanos, de predicadores del mandamiento de Cristo, esta iluminación que la Iglesia, depositaria de la fe, como dijeron ayer en su mensaje los obispos de El Salvador, está tratando de actualizar en estos momentos misteriosos, convulsivos, de nuestra república.

Yo me alegro, queridos sacerdotes, que entre los frutos de esta muerte que lloramos y de otras circunstancias difíciles de momento, el clero se apiña con su obispo y los fieles comprenden que hay una iluminación de fe que nos va conduciendo por caminos muy distintos de otras ideologías, que no son de la Iglesia, para sembrar lo tercero que la Iglesia ofrece: Una motivación de amor.

Una motivación de amor. Hermanos, aquí no debe palpitar ningún sentimiento de venganza. Aquí no grita un revanchismo, como dijeron ayer los obispos. Son los intereses de Dios, que nos manda amarlo sobre todas las cosas y nos manda amarlos a los otros como a nosotros mismos. Y si es cierto que hemos pedido a las autoridades que diluciden este crimen; que ellos tienen en sus manos los instrumentos de la justicia en el país y tienen que aclararlo. No estamos acusando a nadie. No estamos emitiendo juicios adelantados. Esperamos la voz de una justicia imparcial porque en la motivación del amor no puede estar ausente la justicia. No puede haber verdadera paz y verdadero amor sobre bases de injusticia, de violencias, de intrigas.

El amor verdadero es el que trae a Rutilio Grande en su muerte, con dos campesinos de la mano. Así ama la Iglesia; muere con ellos y con ellos se presenta a la trascendencia del cielo. Los ama, y es significativo que mientras el Padre Grande caminaba para su pueblo, a llevar el mensaje de la misa y de la salvación, allí fue donde cayó acribillado. Un sacerdote con sus campesinos, camino a su pueblo para identificarse con ellos, para vivir con ellos, no una inspiración revolucionaria, sino una inspiración de amor y precisamente porque es amor lo que nos inspira, hermanos. ¿Quién sabe si las manos criminales que cayeron ya en la excomunión están escuchando en un radio allá en su escondrijo, en su conciencia, esta palabra?. Queremos decirles, hermanos criminales, que los amamos y que le pedimos a Dios el arrepentimiento para sus corazones, porque la Iglesia no es capaz de odiar, no tiene enemigos. Solamente son enemigos, los que se le quieren declarar; pero ella los ama y muere como Cristo: “Perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen”.
El amor del Señor inspira la acción de Rutilio Grande. Queridos sacerdotes, recojamos esta herencia precisa. Quienes lo escuchamos, quienes compartimos los ideales del Padre Rutilio, sabemos que es incapaz de predicar el odio, que es incapaz de azuzar la violencia.

MUERE AMANDO.

El Padre Rutilio, quizá por eso Dios lo escogió para este martirio, porque los que le conocimos, los que lo conocieron, saben que jamás de sus labios salió un llamado a la violencia, al odio, a la venganza. Murió amando, y sin duda que cuando sintió primeros impactos que le traían la muerte, pudo decir como Cristo también: “Perdónalos, Padre, no saben, no han comprendido mi mensaje de amor”.

Queridos hermanos, en nombre de la Arquidiócesis, quiero agradecer a estos colaboradores de la liberación cristiana, al Padre Grande y a sus dos compañeros de peregrinación a la eternidad, que estén dando a esta reunión de Iglesia, con todo nuestro querido presbiterio y sacerdotes de otras diócesis, en unión con el Santo Padre, presente aquí en su señor nuncio, nos están dando la dimensión verdadera de nuestra misión. No lo olvidemos. Somos una Iglesia peregrina, expuesta a la incomprensión, a la persecución; pero una Iglesia que camina serena porque lleva esa fuerza del amor.

SI, HAY SOLUCION.

Hermanos, salvadoreños, cuando en estas encrucijadas de la Patria, parece que no hay solución y se quisieran buscar medios de violencias, yo les digo, hermanos: Bendito sea Dios que en la muerte del Padre Grande la Iglesia está diciendo: Sí hay solución, la solución es el amor, la solución es la fe, la solución es sentir la Iglesia no como enemiga, la Iglesia como el círculo donde Dios se quiere encontrar con los hombres.

Comprendamos esta Iglesia, inspirémonos en este amor, vivamos esta fe y les aseguro que hay solución para nuestros grandes problemas sociales.

Esto quiero agradecer también como arzobispo a todos los que trabajan en esta línea de la iglesia, iluminadores de fe, animadores de amor, prudentes con la doctrina social de la Iglesia.

Gracias, queridos hermanos, todos los que nos acompañan en esta hora de dolor.

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