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Número 30875 – Pág. 1 – CÓDIGO DE MENORES Y FAMILIA

Por Monseñor Oscar A. Romero
Obispo Auxiliar de San Salvador
Decididamente compartimos la preocupación que en estos días auna a personas e instituciones, en torno del proyecto del código de menores.

Nuestra voz, se suma a las valientes voces que se enfrentan a la Asamblea Legislativa para reclamar, con toda razón, que un instrumentos jurídico, en defensa de los derechos del niño, no debe aprobarse precipitadamente y a espaldas del pueblo, como ya se está haciendo mal endémico del proceso legislativo. Más aún, nos cabe la satisfacción de estar acuerpando a nuestros Obispos, en su justo reclamo a la misma Asamblea por haber pisoteado, con su aprobación del aborto no punible, el principal derecho infantil: el derecho de nacer. Y tenemos que quienes no tuvieron escrúpulo para legitimar el asesinato, a los niños no nacidos, tampoco tengan la suficiente sabiduría y delicadeza para defender a los niños que nacen y crecen, sobre todo si son producto de la propaganda de los «embarazos no deseados».
Pero aún prescindiendo de la lógica legislativa, esta participación del pueblo en favor de los menores, debe alegrarnos a todos, al pueblo y al gobierno, porque esa reacción popular es índice de la preocupación con que se vive este grave problema de interés con que se cuidará el cumplimiento de una urgente responsabilización en favor de una niñez tan brutalmente descuidada.
«Solamente 40 de cada 100 niños salvadoreños, tienen un hogar con su padre y su madre, que vele por ellos», constata, con tristeza, el Sr. Arzobispo de San Salvador, quien expresa también su repugnancia por tanta irresponsabilidad paternal: «cuando vemos tantas mujeres abandonadas, no podemos menos de despreciar al hombre que la hizo madre sin formar con ella un hogar para sus hijos».
Si para todo niño que nace y crece en el ambiente normal del hogar, debe tenerse en cuenta el progreso de la psicología de la pedagogía y de las didácticas para desarrollar armónicamente sus condiciones físicas, morales e intelectuales, a fin de que adquiera gradualmente un sentido más perfecto de la responsabilidad, en el recto y laborioso desarrollo de la vida, piensese como será de complicado y arduo el quehacer defensivo y formativo de tantos hijos de la irresponsabilidad.

Pero la misma magnitud y característica de nuestro problema, nos está indicando la solución más adecuada y nos está estimulando a una acción más eficaz: que gobierno, legislación, individuos e instituciones, todos en una intensa labor de emergencia, nos lancemos a reconstruir la familia. Porque la familia es el ambiente insustituible para promover la defensa y el desarrollo de los derechos de los menores.

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