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Número 30893 – Pág. 1 – Y ahora, solo un compromiso

el bien común
Por Monseñor Oscar A. Romero
El desfile de los salvadoreños, frente a las urnas electorales, el domingo recién pasado, ha marcado, también un paso adelante en la maduración de nuestra virtud cívica. Tenemos la impresión de que fue un domingo de alegría serena de estar viviendo una de las aspiraciones más vivas, que caracterizan al hombre actual, la aspiración a participar, en la construcción de nuestra propia historia como expresión elocuente de la dignidad y de la libertad ciudadana. (cfr Pablo VI «Octogésima adveniens, No.22)

Así concluyó pues, la campaña electoral. El sufragio mayoritario ha convertido en servidores del bien común de la Patria, a quienes ayer solamente eran solidarios de un partido político. Ahora, sin perder sus legítimas preferencias por su propio partido, los nuevos alcaldes y diputados, ya no se deben solamente a sus correligionarios, sino a todos los salvadoreños, porque sólo el Bien Común es la razón de ser la comunidad política y de la autoridad civil.
Sí. «La comunidad política, nace de la búsqueda del bien común; en él encuentra su justificación plena y su sentido y de él saca su legitimidad primigenia y exclusiva» (Conc.Vaticano II, GS 74). Hasta tal punto es así que el mismo Concilio precisa que «cuando la autoridad, extralimitando su propia competencia, oprime a los ciudadanos, es lícito defender sus derechos y los de sus ciudadanos contra el abuso de esa autoridad», cuidando, naturalmente de no deteriorar, con tal defensa, las exigencias objetivas del bien común y conservando los límites que trazan la ley natural y la evangélica.
Este fecundo límite y equilibrio en que se conjugan la autoridad de los gobernantes y la obediencia de los ciudadanos un mutuo servicio al bien común, tiene una profunda base teológica, expresada por San Pablo en sus cartas a aquellos Romanos, que vivían bajo el imperio de Nerón y cuya validez para los tiempos actuales ha sido proclamada por el mencionado Concilio del siglo XX: «No hay autoridad, sino por Dios, de suerte que quien resiste a la autoridad, resiste a la disposición de Dios» (Rom. 13, 1-5, citado por el Concilio GS 74).
«Es pues evidente, que la comunidad política y la autoridad pública, tiene su fundamento en la naturaleza humana y por eso pertenecen al orden previsto por Dios, aún cuando la determinación de los regímenes políticos y la designación de los gobernantes se dejan a la libre decisión de los ciudadanos» (GS 74).
Por tanto, si después de las elecciones del domingo, elegidos y electores estamos obligados a buscar juntos el bien común de nuestro pueblo, es necesario recordar esta certera descripción de tan precioso bien: «El bien común abarca todas las condiciones de la vida social que permitan al hombre, a la familia y a la asociación, conseguir más perfecta y rápidamente su propia perfección» (GS 74).

Y que el afán de una Nación bien estructurada debe ser «formar un hombre culto, pacífico, complaciente respecto a los demás, para provecho de toda la familia humana».

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