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Número 30907 – Pág. 1 – EL PAPA DEL CONCILIO Y DEL AÑO SANTO

Por Monseñor Oscar A. Romero
Dos hechos -suficiente cada uno para inmortalizar gloriosamente, el nombre de un Papa -marcan el primero y este undécimo año del Pontificado de Pablo VI: El Concilio y El Año Santo. Naturalmente que entre estos dos eslabones, hay una larga cadena de acontecimientos papales, que también valdrían por sí solos, para situar este Pontificado entre los que han dejado las huellas más profundas en la historia eclesial y universal.

Nadie mejor que Pablo VI, comprendió la rica y complicada herencia de Juan XXIII, que le entregaba la Iglesia «en estado de Concilio», cuando depositaba sobre sus sienes el peso abrumador de la Tierra, aquel 30 de junio de 1962. Pocos días antes sin saber que él iba a ser ese provincial heredero, había dicho en su Catedral de Milán, que la tumba de Juan XXIII, no podía encerrar su herencia, ni sofocar el espíritu por él infundido a nuestra edad. Y por eso, su primera orden del día, apenas empuñado el timón de la Iglesia, fue, abordar sin dilación, la conclusión del Concilio, salvando así, aquel difícil momento en que se encontraba la asamblea ecuménica, grávida de inquietudes y esperanzas, pero con sus objetivos un tanto difusos y necesitaba de una orientación más clara y concorde.
La espléndida clausura del Concilio, solo significó para Pablo VI, un punto de partida. Desde entonces, él ha sido y sigue siendo, el más -intrépido propulsor de aquel amplio y ambicioso programa reformador y el mas autorizado, fiel y elocuente comentarista y divulgador de aquel maravilloso acervo doctrinal. Convertir el Concilio en vida y luz de la Iglesia y del mundo, es la tarea que va dando unidad y sentido a estos once años de increíble fecundidad apostólica.
Pablo VI, está firmemente convencido de que la fidelidad al concilio es la clave del éxito para la Iglesia en este último tramo del siglo XX; y por eso ha explicado, repetidas veces, su voluntad de consagrar entera su vida a eses sólo afán.
El mismo AÑO SANTO, de la nueva generación que Pablo VI viene anunciando, con la insistencia de los verdaderos profetas, desde Pentecostés del año recién pasado, significa para él «a diez años del Concilio Vaticano II, una obra de revisión y de incremento, que sobre bases seguras establecidas por la autoridad de la Iglesia, permita perfectamente descubrir lo que es verdaderamente válido, en las muchas y distintas experiencias que se han hecho por todas partes y promover una actuación cada vez mejor, según los criterios y métodos que la sabiduría pastoral y la verdadera piedad puedan sugerir» (Bula «apostolorum limina»).

Con esta evaluación y actualización del Concilio, desde la perspectiva del año santo; el pastor de la Iglesia Católica, nos ofrece un gesto más de esa auténtica pastoral que sabe enriquecer con un lenguaje de actualidad el intangible depósito de la doctrina y las buenas tradiciones. Porque «en el presente Año Santo, todos los motivos fundamentales de los jubileos pasados, están presentes y se expresan sintéticamente en aquellos temas que nosotros mismo hemos fijado: La Renovación y la Reconciliación».
Para el mundo entero, esta consigna se encuentra con las aspiraciones más sinceras a la libertad, a la justicia, a la unidad y a la paz, que vemos presentes en todas partes».
El mejor homenaje que todas las fuerzas de la Iglesia pueden tributar a Pablo VI en el «Día del Papa», es participar cordialmente en el Espíritu del Año Santo y del Concilio. Sólo una reconciliación que haga de todas las líneas doctrinales y pastorales una construcción a plomo sobre la única base del Concilio, puede renovar la Iglesia y presentarla al mundo como la única fuerza renovadora de la humanidad.

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