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Número 30912 – Pág. 1 – SANTA ANA Y SANTIAGO

Dos Signos de Vida Eclesial
(Nuestra opinión acerca del futuro Obispo de Santiago de María)
Por Monseñor Oscar A. Romero
Fieles a nuestro sentir con la Iglesia, esta reflexión dedicada a la Diócesis de Santa Ana y Santiago de María, en sus fiestas patronales, es una adhesión cordial el regocijo espiritual de ambas porciones del Pueblo de dios, que peregrina en nuestro país.
Decimos regocijo espiritual, porque no nos referimos a esas alegrías y celebraciones de nuestros pueblos. Nos referimos a ese regocijo y entusiasmo espiritual de las fiestas patronales que el auténtico pueblo de Dios conserva con cariño y fe, a pesar de las modernas corrientes de desacralización, que están dando al trate con todas las expresiones del sentido sagrado de la vida y de la historia. Ese «sensus fidei» del pueblo de Dios, es el que habla en las verdaderas fiestas de los patronos.
La figura de la Noble Señora Santa Ana y del intrépido «Hijo del Trueno» el Apóstol Santiago, no sólo son figuras simpáticas por su indiscutibles valores humanos. Lo que, como Patrono de las dos Diócesis significa su presencia para el Pastor y para la grey de ambas Diócesis, es la dimensión exacta del papel de la Iglesia en el mundo.

Sin la figura de los patronos, como abanderados de esta marcha de la Iglesia por la historia, el Reino de Dios correría el espantoso peligro de quedarse perdido en dimensiones chatas, miopes, meramente temporalista, sociológicas y políticas. Cuando se pierda la perspectiva que provoca aquel brazo tendido hacia el cielo, de la imagen de Santiago, en su Catedral de Santiago de María, es cuando se vierten opiniones -que dan risa por lo ridículas e ignorantes o desorientan por su malicia demoledora- acerca del ministerio episcopal y la sucesión de una sede vacante, como que si se tratara de una campaña de candidatos políticos o gerentes de empresas meramente terrenales.
«Hay algunos aclaraba Juan XXIII, ante la expectativa de la sucesión de Pío XII, que esperan del Pontífice, que sea un estadista, un diplomático, un sabio, un organizador de la vida colectiva, o en fin una persona cuya mente estén abierta a todas las formas de progreso de la vida moderna, sin ninguna excepción. Todas esas personas están fuera del recto camino que debe seguirse, porque el nuevo Pontífice encarna ante toda la imagen del Buen Pastor.
Eso debe ser también el Obispo de una Diócesis: un buen pastor. Y buen pastor, sólo será el Obispo que construya su Iglesia, en perfecta sintonía con su Patrono: de lo que resultará aquella «entidad social y comunidad espiritual que avanza juntamente con la humanidad; experimenta la suerte terrena como fermento y como alma de la sociedad que debe renovarse en Cristo y transformarse en familia de Dios (LG 40)

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