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Cuaresma retorno a la Ley de Dios

Cuaresma retorno a la Ley de Dios
HOMILIAS 1979

Homilía del 3er. Domingo de Cuaresma

18 de marzo de 1979

Lectura
Exodo: 20, 1-17
Corintios: 1, 22-25
Juan: 2, 13-25

Queridos hermanos:

Queremos agradecer a la Televisión Alemana por este servicio que está prestando a nuestra Iglesia. Me valgo de esta oportunidad para enviar un saludo, a través de este medio de comunicación, a los hermanos cristianos de aquel país que han comprendido y saben ayudarnos. Que el ejemplo de esta comunidad reunida en la Catedral y, a través de la radio, reunida en toda la Arquidiócesis lleve un mensaje de vida, de fe y esperanza a los otros pueblos que nos visitan y que encuentran siempre en la voz de la Iglesia, aunque sea un humilde ministro el que la pronuncia, el mensaje de la esperanza de los hombres.

Introducción:

a) Cuaresma, preparación para celebrar la pascua: Muerte y Resurrección del Señor.

Porque eso es el mensaje de la Cuaresma, a la que estamos dedicando lo principal de su esfuerzo pastoral durante estos domingos. Ya estamos en el tercer domingo de Cuaresma y no olvidemos la meta hacia la cual camina esta Cuaresma: Es una peregrinación que con Cristo, cargando con su cruz o ayunando en el desierto, va en busca de aquel «consumatum est» -todo se ha cumplido- y, más allá, la gloria de la Resurrección. Todas nuestras angustias como cruces a cuestas, como ayunos de Cuaresma, van a florecer, queridos hermanos. Por eso no perdamos la perspectiva de la Cuaresma. La gloria del resucitado es también nuestra gloria, nuestra herencia, en la medida en que nos unamos a su esfuerzo liberador en el dolor y en el sufrimiento.

b) El «Misterio Pascual»: plenitud de los tiempos, clave de redención.

El Misterio Pascual es la meta, la muerte y la resurrección de Cristo. Quiero decirlo con palabras de moda porque, desde el jueves de esta semana, ha salido la Encíclica del Papa Juan Pablo II. La primera encíclica como su programa, como su ideal. El mismo título, que lo dan las dos primeras palabras latinas, ya indica la fe de este hombre en ese Cristo, en el que todos ponemos nuestra ilusión, nuestra esperanza. La encíclica se llama así: «Redemptor Hominis», que quiere decir: El Redentor del hombre. El Papa comienza así: El redentor del hombre, Jesucristo, es el centro del cosmos y de la historia». En la misma introducción desarrolla el pensamiento de su fe en Cristo. «En el acto redentor, la historia del hombre ha alcanzado su cumbre en el designio de amor de Dios. Dios ha entrado en la historia de la humanidad y en cuanto hombre, se ha convertidos en sujeto suyo, -de esa historia- uno de los millones y millones, y al mismo tiempo único». Son palabras de la Encíclica. Como ven, ¡qué concepto más bello considerar a Cristo como un peregrino de la historia con nosotros! Uno entre los millones en los cuales nosotros nos confundimos pero, Unico entre todos los millones de hombres porque él es un hombre en el cual Dios lleva a su cumbre, su proyecto de salvación.

c) Implicación de mi vida y de la historia de mi pueblo en esa «historia de salvación».

La Cuaresma es nada menos que peregrinar al encuentro de ese hecho que le dio el verdadero sentido de la historia de todos los hombres y de cada hombre. Por eso no podemos vivir la Cuaresma y la Semana Santa sin pensar en una implicación de mi vida personal. Como hombre y como pueblo, El Salvador, en su encrucijada actual, no está perdido. Los salvadoreños cada uno de los salvadoreños entre los millones que ya somos, sabemos que Dios nos ama, como dice el mismo Papa, «Con un amor irrepetible». Es única tu relación con Dios. Dios respeta tu individualidad. Así como te ama como pueblo y no te confundes tú pueblo salvadoreño, con los otros pueblos; para cada pueblo, como para cada hombre. Dios tiene designios en esta historia de salvación que nos va recordando en forma de una peregrinación hacia la Pascua, la Santa Cuaresma.

d) Enlace con los domingos anteriores.

Por eso, he tratado de llevar en mi predicación de estos domingos de Cuaresmas, un enlacen ideológico en el nombre de la alianza.

– La alianza de Dios con Noé la creación.

Signo: Arco Iris. El primer domingo recordamos con las lecturas bíblicas, la alianza de Dios con Noé después del diluvio. El signo de esa alianza es el arco-iris. Es como la alianza de Dios con los hombres en el campo inmenso natural, humano, cósmico. Es allí donde el Papa puede decir como la primera línea de su encíclica. «El redentor del hombre, Jesucristo, es el centro del cosmos y de la historia». El arco iris que Dios puso después del diluvio como un signo de la alianza que hacía con los hombres en el campo natural, toda la naturaleza ha vuelto a renacer del diluvio, y la entrega limpia al hombre. Cristo es el verdadero arco-iris porque en su Pascua de Resurrección, la naturaleza nace nueva y se la entrega al hombre para que, purificada del pecado, la sepa manejar mejor que el año pasado. Por eso nos preparamos en Cuaresma para una renovación de la naturaleza, de la humanidad, de la historia, de nosotros mismos, miembros de ese cosmos y de esa historia.

– La alianza de Dios con Abraham nace el pueblo de Dios Signo: La circuncisión.

El segundo domingo recién pasado fue la alianza de Dios con Abraham. Ya es una selección en el conjunto cósmico. Dios escoge un pueblo que nacerá de las entrañas estériles del anciano Abraham y de la estéril Sara. Nace Isaac y es el principio de un pueblo en el cual se cumplirán las promesas de salvación, porque de allí nacerá un Redentor: El «Redemptor Hominis». Si le anunció a Abraham, ya seleccionado del conjunto de todo el universo, no como una segregación exclusivista. El pueblo judío que nace de Abraham es nada más un misionero de la historia. Va a traernos la bendición de Dios en un descendiente de Abraham que será Jesucristo, pero el destino de ese pueblo y de ese don que traerá como regalo de Dios, el Redentor de los hombres, no es exclusivo del pueblo judío «Ya no hay distinción entre judío ni griego», dirá San Pablo. Ahora cuando el pueblo judío cumplió su misión de traernos al Redentor, todos los pueblos del mundo tienen derecho a él y por eso se puso como una característica del Padre del Pueblo de Dios: La fe. Es la fe la que distinguirá a los hombres de aquí en adelante. No en judíos y no judíos, sino en creyentes e incrédulos. «El que creyere se salvará, el que no creyere se condenará». La alianza con Abraham da el origen a un pueblo predilecto como fuente de bendición para todos los otros pueblos.

– La alianza de Dios con Moisés se promulga la Ley de Dios. Signo: El Sábado.

Muchos siglos después, viene una tercera alianza que es la que ocupa nuestra atención en las lecturas bíblicas de hoy. Se trata de Moisés. El libro que hoy marca el estilo de este tercer domingo de Cuaresma es el Exodo, el segundo libro de la Biblia. Primero es el Génesis, después El Exodo. es como la dogmática, como el núcleo doctrinal de todo ese pueblo que va naciendo ya de Abraham y de los patriarcas. Fue llevado por el hambre a Egipto y en Egipto han pasado ya cuatro siglos, y es un pueblo esclavizado. ¡Dios no ha olvidado su promesa! La promesa que le hizo Dios a Abraham va a cumplirse. El Exodo capta ese momento precioso en que Dios escoge un caudillo para conducir ese pueblo de la esclavitud, a través de cuarenta años por el desierto, a la Tierra de Promisión.

CUARESMA, RETORNO A LA LEY DE DIOS

1. El pueblo de Dios tiene una ley.
2. La ley de Dios es necesaria pero no basta.
3. Cristo es la plenitud de la ley y la fuerza de Dios que salva.

1. EL PUEBLO DE DIOS TIENE UNA LEY

El Exodo -elección, liberación, alianza- dogma cardinal de la religión del Viejo Testamento. Moisés

a) Antecedentes: Llegada al Sinaí

Ya hace tres meses que salieron de Egipto y esa liberación marca un rasgo definitivo en el pueblo de Dios. Liberado por los prodigios de Dios, ha caminado ya tres meses por el desierto y se encuentra, en la lectura de hoy, frente a la montaña del Sinaí. Va a suceder allí algo grande. Dios le recuerda a Moisés que hay una promesa con ese pueblo y que la va a renovar, que se purifique porque dentro de tres días él vendrá misteriosamente presente a platicar con el conductor del pueblo escogido. Moisés. Moisés manda que el pueblo se purifique y que nadie toque esa montaña porque la va a tocar Dios al tercer día. La Biblia nos describe como se siente la presencia de Dios. Allí le dice Dios a Moisés: «Ya visteis lo que hice con los egipcios y cómo a vosotros os he llevado sobre alas de águila y os he traído a Mí. Ahora, si de veras este pueblo escucha mi voz y guarda mi alianza, será mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra».

Fíjense en este detalle, hermanos, por eso les decía: Pueblo de Dios, no es lo mismo que pueblo en general. Pueblo de Dios es: «Entre todos los pueblos que son míos -dice Dios- escojo uno con el cual quiero entablar relaciones muy especiales». Este será el Pueblo de Dios y ésto es interesante tenerlo muy en cuenta. Cuando llamamos a nuestra Iglesia, pueblo de Dios aquí en El Salvador, no se debe confundir con un sentido democrático como si todos los salvadoreños formaran el Pueblo de Dios. Sólo los que son bautizados, «sólo los que han olvidado mis promesas, sólo aquellos que recuerdan como los voy llevando sobre alas de águila, sólo aquellos que tienen fe», es lo que caracteriza al verdadero descendiente del Pueblo de Dios. No todos los salvadoreños pertenecen al Pueblo de Dios, como no pertenecían en tiempo de Moisés, todos los pueblos del mundo a esta alianza que Dios ha hecho con un pueblo.

Es a esta porción escogida de Dios, no por capricho sino porque encuentra en los hombres una respuesta de fe, de esperanza que se dirige. Dios para decirles, ya en la vigilia de la gran alianza con Moisés: «Vosotros series mi propiedad personal entre todos los pueblos, seréis para mi un reino de sacerdotes y, una nación santa». Esto es lo que Dios quiere al escoger un pueblo. Es una selección de humanidad a la cual pueden ingresar todos aquellos que se arrepientan de sus pecados y se incorporen por la fe a este Dios que ya no distingue entre Judíos y no judíos, sino que única puerta para entrar es la fe en el «Redemptor Hominis» – Redentor de los hombres-.

– Preparación a la alianza. Moisés convoca al pueblo y le notifica todo lo que Dios ha dicho y aquel pueblo da esta hermosa respuesta: «Haremos todo cuanto ha dicho Yahvé». Miren como se ha preparado sicológicamente el momento en que Dios va a hablar. Ha recordado los orígenes de ese pueblo, ha dicho las condiciones de pertenencia a El. Pide santidad, ofrece privilegios de santidad: pueblo sacerdotal, pueblo santo, pueblo de mi pertenencia. «Haremos todo cuanto el Señor diga».

– La teofanía. Entonces, el libro del Exodo nos comienza a describir la maravillosa «teofanía». Comenzó a humear; y relámpagos y luces deslumbrantes; la gloria de Dios, va bajando sobre el Monte Sinaí y Moisés, que a recibido el encargo de Dios sube sólo a platicar con el Señor. Y allí le dicta lo que se ha leído en la primera lectura de hoy: Los diez mandamientos, el Decálogo.

b) El Decálogo, junto con el Código de la Alianza es la carta magna de la alianza del Sinaí.

Desde es momento, el Decálogo será como la esencia del Pueblo de Dios. El Decálogo junto con el Código de la alianza que está escrito en los capítulos siguientes del Exodo, constituye como el alma de todo el Pentateuco. Los cinco primeros libros de la Biblia que Cristo, los profetas, los judíos llaman simplemente la Ley. Acuérdense cuántas veces dice Cristo: «La ley y los profetas». Estamos frente a la ley, es la Ley de Dios constituída en sabiduría de aquel pueblo.

La Ley de Dios que se dio en el Sinaí, tiene un preámbulo como lo hemos escuchado hoy: «Yo soy el Señor tu Dios». También, un prólogo histórico: «Yo soy el Señor que te ha sacado del país de Egipto, de la esclavitud». No hay que olvidar estos preámbulos. Si queremos encontrar el verdadero sentido de la Ley de Dios, de la cual hoy muchos se ríen, pero quisiera recordarles. Hermanos, ya que estamos en este primer pensamiento cómo Dios ha dado una ley para todos los tiempos. Esto ya no es sólo para Israel. Allí ha resumido Dios todo el conjunto de las leyes naturales. Las leyes del Viejo Testamento que todavía tienen prevalencia en el Nuevo Testamento.

Cuando Cristo en el Sermón de la Montaña recuerde este episodio del Decálogo, dirá: «No he venido a abolir la Ley sino a perfeccionarla». El recuerda al joven que busca los caminos de salvación: «Guarda los mandamientos» «¿Cuáles?», le pregunta el joven. Y Cristo comienza a enumerar esta página que hemos leído hoy.

Preámbulo teológico: «Yo soy el señor tu Dios». Hay una diferencia entre los códigos, la leyes contemporáneas, al Decálogo. Los estudiosos de la Biblia han encontrado muchos textos de aquel tiempo, pero notan una diferencia enorme. En los otros códigos, las leyes de aquellos pueblos se presentan en forma casuística: Si alguno hace tal cosa se le señala un castigo o un premio. Pero la Ley de Moisés es muy distinta. No dice: Si alguno hace sino: Harás esto, dejáras de hacer ésto. No es casuística, es ley de un soberano. Por eso se ha presentado ese Soberano al principio: «Yo soy el Señor, tu Dios». Ningún hombre puede alzar la frente en rebeldía contra este Señor que le ha dado la vida y la existencia. Y aunque el hombre se llame ateo. «yo no creo en Dios», el hecho es que está viviendo porque Dios le está dando el ser. Y al más ateo, al más incrédulo, al hombre que se ríe más de la Iglesia, le puede decir el Señor: «Yo soy tu Dios, tu Señor, yo te he impuesto una ley. Hay que cumplirla».

Preámbulo histórico: «Yo soy el Señor que te saqué del país de Egipto de la Esclavitud». Porque el Exodo marca para Israel, el origen como pueblo. La alianza que Moisés está haciendo aquí con su Dios, es una alianza como pueblo, así como la alianza que Dios hizo con Abraham era como individuo, pero como padre de un pueblo futuro. Ahora, ese pueblo ya existe y la alianza es con ese pueblo; tiene un sentido comunitario. Una comunidad que nació de la liberación. ¡Qué hermoso pensar, ahora cuando se discute tanto sobre la liberación, cuál es el sentido de la liberación! Dios es el gran liberador: Yo te he dado la libertad, pero la libertad no se da para libertinaje.

La libertad se dá para algo. San Pablo dice: «Libres para Cristo». Siempre que hay una liberación hay un objetivo para el cual se es libre. Si Dios libera a Israel de Egipto es para someterlo como pueblo suyo. No, naturalmente, con la dureza del Faraón, sino que: Su yugo es suave, su ley es ligera, pero no hay un hombre que puede vivir sin ley y el que no obedece a la Ley de la libertad de los hijos de Dios, cae en la esclavitud de sus pasiones.

Cree que es libre el que no obedece a la Ley de Dios. No hay más esclavo que el rebelde a la Ley de Dios, por que es esclavo de algo: Esclavo de la carne, esclavo del dinero, esclavo de la pasión política, esclavo de la lujuria, de la soberbia. La libertad que Dios ofrece tendrá un camino que llevar siempre: La Ley de Dios. Es bueno recordarlo, queridos hermanos, porque ahora que nos ha puesto la Iglesia como página de reflexión los diez mandamientos de la Ley de Dios, yo quisiera que entráramos en la intimidad de cada corazón y miráramos de verdad cómo estamos cumpliendo nuestra alianza con Dios.

-La ética es interdependencia con el dogma. Pero miren una relación, no es el capricho de mandar. Hay una ética, pero basada sobre un dogma: es decir, sobre una verdad, sobre una revelación. Dios se ha revelado como águila que lleva al pueblo sobre sus alas Dios se a revelado como fuerza liberadora del pueblo. Dios se ha revelado como principio de amor a los hombres. No podemos olvidar estas revelaciones que constituyen nuestro dogma, sino queremos que la Ley de Dios se convierta en algo odioso. ¿Por qué mucha gente no cumple la Ley de Dios? Porque la ha desligado de esta revelación de amor. ¿Quiénes cumplen mejor y con gusto, con alegría, la Ley de Dios? Los que no han olvidado la revelac
ón de un Dios que se ha revelado Padre y que impone sus leyes para nuestro bien. Es así cómo teniendo en cuenta esos principios dogmáticos: El pueblo israelita, y nosotros cristianos que tenemos una gran revelación en Cristo, cumpliremos nuestra ley.

Pero yo creo que aquí estamos tocando el fondo de nuestra situación salvadoreña. Aquí estamos tocando el fondo de tantos desórdenes en nuestra vida social. Si preguntamos: ¿El por qué de las huelgas, el por qué de los secuestros, por qué las divisiones, por qué la violencia, por qué tanto crimen, tanto desaparecidos, por qué torturas? Todo está en una sóla respuesta: Los hombres se han olvidado de la Ley de Dios. Y un día también señalaré, queridos hermanos, la putrefacción de nuestro sistema. Señalaré el abuso del poder que se convierte en ladrón. Podemos describir situaciones bien vergonzosas de hombres que debían darnos el ejemplo de honradez en el puesto de su gobierno, en sus negocios, en su dinero ¿Y para qué aprovechan esos puestos, esas situaciones? ¡Ya no se puede hacer nada por el bien común, se hace por el egoísmo!

¡Ah! Si se revisaran muchas contabilidades! ¡Ah! si se pidiera cuenta de muchas obras públicas! No se ha respetado la ley de Dios por aquellos que debían de ser el modelo: Los legisladores, los que mandan. Y en el pueblo, naturalmente, al ejemplo de los de arriba, cunde la duda, la incertidumbre y el afán también de aprovechar. Entonces tenemos una nación corrupta desde arriba hasta abajo porque se han olvidado todos los de la Ley de Dios, nos hemos olvidado de la Ley de Dios.

Es necesario recordar ahora uno por uno, esos mandamientos y veremos de verdad como todo estaría fácil: Un retorno a la Ley de Dios. Les estoy recordando, ya en el primer punto, que el pueblo de Dios tiene una ley que se le dio en solemnidad de un Sinaí y que llega hasta nosotros y que ahora en esta Cuaresma de 1979, nos pide una revisión de la vida: Como comunidad, como país, como gobernantes, como gobernados, como pueblo, como cristianos, sólo así la Cuaresma podrá operar su gran tarea renovadora, si tenemos delante el espejo ante el cual aparecerá tan feo nuestro rostro porque no se ha preocupado de copiar en la vida, la Ley del Señor.

– Los diez mandamientos que hoy aparecen en la primera lectura, se dividen en dos, como dice nuestro catecismo. Los tres primeros nos presentan las relaciones del hombre con Dios; y los otros siete, las relaciones del hombre con su prójimo. ¡Qué completo tratado de moral! Está en la primera lectura de hoy.

Primer mandamiento. Monoteísmo práctico ninguna imagen. Otros pueblos: Imágenes de sus divinidades.

El primer mandamiento, que nuestro catecismo lo anuncia sencillamente: «Amar a Dios sobre todas las cosas», la Biblia lo describe un poco más. «Yo soy el Señor tu Dios que te saqué de Egipto, de la esclavitud; no tendrás otros dioses frente a mí, no te harás ídolos, figura alguna de las que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra o en el agua debajo de la tierra. No te postrarás ante ellos ni les darás culto, porque yo, el Señor tu Dios, soy un Dios celoso, castigo el pecado de los padres en los hijos, nietos y bisnietos cuando me aborrecen; pero actúo con piedad por mil generaciones».

Algunos protestantes, quieren encontrar una acusación a los católicos, de las imágenes. No es el tiempo para dedicarnos a ésto, pero de paso les digo que: Dios no nos está prohibiendo el uso de imágenes de santo sino que está prohibiendo el uso de imágenes de Dios. Las imágenes de los santos son retratos de personas que sabemos nosotros que están ya en la otra vida y para tenerlos presentes, como tengo presente a mi mamá, en el retrato que tengo junto a mi cabecera sabiendo que no es ella la que está allí sino su efigie, tu retrato.

En cambio, la imagen que aquí se prohíbe, es la imagen idolátrica, la imagen cúltica. Revisando, ésto, las investigaciones modernas han encontrado las distinciones enormes que existen entre el pueblo de Israel y los pueblos vecinos que no tenían esta prohibición. Se han encontrado en las excavaciones de aquellos pueblos: En el judío, ni una sola imagen de su divinidad. En cambio, en los otros pueblos, sí se encuentran divinidades presentadas en formas de serpientes, en forma de animales, etc.. Para evitar este peligro de idolatría, Dios manda que no se hagan imágenes de lo divino, que no se trata de representar a Dios con imágenes visibles, porque el día en que un judío estuviera de rodillas ante un ídolo, había traicionado todo el Decálogo: «Yo soy un Dios celoso -dice el Señor-, no quiero que adoremos a nadie fuera de Mi».

Este es el sentido del primer mandamiento el cual, como ven, tiene un gran sentido en nuestro tiempo. ¿Cuáles son los ídolos de nuestro tiempo? Lo hemos dicho muchas veces y por eso hay mucha gente que está pecando contra el primer mandamiento porque se ha erigido como ídolos: El dinero, el poder, la soberbia, la egolatría. Este primer mandamiento es la oportunidad de la Cuaresma para destronar todo ídolo que no sea el verdadero Dios. Sería el momento de revisar si en tu vida, en tus criterios, aprecias más que a Dios.

Segundo mandamiento. Mal uso del nombre Santo: Perjurio apoyo de maldiciones fórmulas mágicas.

El segundo mandamiento, que nuestro catecismo dice «No jurar el nombre de Dios en vano», La Biblia lo presenta más largo: «No pronunciarás el nombre del Señor, tu Dios, en falso. Porque no dejará el Señor impune a quien pronuncie su nombre en falso». Se refiere a tomar el nombre de Dios como juramento de algo falso. Tomar el nombre de Dios como fundamento para una maldición. Llegó a tanto el respecto de este segundo mandamiento que los israelitas no pronunciaban el nombre de Yahvé sino que decían: Adonai que quiere decir «El Señor» La revelación del nombre santo es Yahvé, no es como dicen los testigos de Jehová, Jehová una corrupción de la palabra, eso no existe. Yahvé es el nombre.

¡Yahvé! Pero era tan santo y respetaban ese segundo mandamiento de no tomar sin respeto el nombre de Yahvé, que mejor no lo prununciaban y lo cambiaban por otros: Adonai: «El Señor».

Tercer mandamiento. El sábado tiempo consagrado a Dios.

El tercer mandamiento que marca relaciones del hombre con Dios y es el signo de la alianza de Dios con Moisés, el Sábado. El Sábado, el descanso sabático, es como el arco-iris, señal de una alianza; el domingo señal también de la alianza como pueblo. Por eso, venir a Misa el domingo es como si estuviera aquí el pueblo de Dios renovando con Dios la alianza como pueblo. ¡Es bello mirar el domingo, a todos ustedes!.

Yo les agradezco que la presencia de ustedes en la Catedral, hermanos, le de tanta vida al día de precepto. Podrá preguntar: ¿por qué no el sábado, como dice la Biblia? Sábado es una palabra cuya raíz significa descanso. No es propiamente un día de la semana, sino un día de descanso. Para los israelitas fue el sábado, pero cuando Cristo resucitó en domingo ya los primeros cristianos cambiaron ese día de descanso al día de conmemorar la Resurrección que es la base de nuestra esperanza. Por eso dijo el Concilio: «Los católicos vienen a misa el domingo, se congregan para renovar su alianza con Dios, para darle gracias por la esperanza de la redención que llevan en su corazón» ¡A eso venimos el domingo, a renovar la alianza! Santificar el día del Señor; venir el domingo es parte de nuestros compromisos de alianza con el Señor. Y vemos en esta Asamblea reunida, lo que hoy he mencionado: La asamblea convocada por Moisés, cuando Dios le iba a hablar.

Yo les miro a ustedes, queridos hermanos, y se que mi humilde ministerio no es más que el de Moisés: Transmitirles la palabra: «ésto dice el Señor». Y qué gusto me da cuando en la intimidad de sus corazones, como lo dicen, a veces de palabra o por cartas que me llegan, lo que el pueblo le contestó a Moisés: «Haremos todo lo que Yahvé ha ordenado».

Es bonito encontrar gente, el otro día un padre me dijo que un señor andaba buscando confesarse -tenía cuarenta años de no confesarse- porque quería convertirse como había oído aquí en la Catedral.

Cuándo dicen que yo predico política, yo remito a estos testimonios de conversión hacia Dios. Esto es lo que busco: Conversión hacia Dios! Y si desde aquí señalo la política, muchas veces es por lo corrupto de esa política, para que se conviertan también a Dios los hombres que Dios ama aún cuando estén enlodados en el pecado.

Por eso vienen luego los siete preceptos de las relaciones de los hombres entre sí.

Cuarto mandamiento. Obligación con los padres. «Primer mandamiento con una promesa».

El cuarto es la relación del hombre con sus padres. Y San Pablo en la carta a los efesios lo llama: «El primer mandamiento con promesa{. Es bien interesante saber que el único mandamiento que tiene una promesa de bendición, es aquel en que Dios dice: «honrarás a tu padre y a tu madre. Así se prolongarán tus días en la tierra que el Señor tu Dios te va a dar». Yo creo que basta apelar a la experiencia de los buenos hijos y de los malos hijos. ¡Qué alegría lleva el hijo bueno. ¡Qué espina lleva el mal hijo! ¡Qué ternura la de la viejita que dice: Mi hijo nunca se olvida de mí. Qué amargura la del hombre que dice: Mis hijos, ni se acuerdan de su tata. Si se cumpliera esta ley ¡Cuanta felicidad a muchos hogares, a muchos corazones!.

Quinto mandamiento. Homicidio. Sacralidad de la vida humana.

El quinto mandamiento, breve pero tremendo: «No matarás». Aquí se proclama la sacralidad de la vida. Acuérdense que todo está bajo el epígrafe: «Yo soy el Señor tu Dios, yo que he dado vida, salud a tu hermano, tú se la vas a quitar». ¡Cuánta sangre está borrando entre nosotros la felicidad y la santidad de este mandato! Se manda a matar, se paga por matar, se gana por matar. Se mata para quitar de enfrente al enemigo político que estorba, se mata por odio. Cuántos crímenes privados habrán en esos cadáveres que aparecen; muchas veces el origen de la captura fue oficial, pero pienso yo el motivo del asesinato: ¿Cual habrá sido? ¿Quién ha pagado?, ¿Qué intereses hay detrás de esa muerte? ¡No matarás! ¡Es terrible!.

Ojalá me estuvieran escuchando hombres que tienen sus manos manchadas de homicidio. ¡Son muchos por desgracia! Porque también es homicida el que tortura. El que comienza a torturar no sabe a dónde va a terminar. Hemos visto víctimas de torturas, llevados con mil subterfugios mentirosos, a morir en un hospital. Son asesinos también, son homicidias, no respetan lo sagrado de la vida. Nadie puede poner la mano sobre otro hombre porque el hombre es imagen de Dios. ¡No matarás! Yo quisiera llevar también esta palabra breve a ese mar inmenso de ignominia que mata hasta en las entrañas de la madre. El aborto, crimen abominable, también es matar. Y pensar que la que tortura, la que asesina es su propia madre ¡No matarás!. Cuando Cristo perfeccionaba este mandamiento decía: «ya cuando comienzas a odiar, has comenzado también a matar». Por eso vino a perfeccionar él, con los consejos evangélicos, los mandamientos: para ponerlos lo más lejos posible de la posibilidad del hombre, para que fueran siempre felices no cometiendo las desobediencias contra la Ley del Señor.

Podíamos seguir aquí, porque este quinto mandamiento entre nosotros, está muy descuidado, pero ¡trágicamente descuidado!. Ojalá que ante la luz de mis palabras que repiten la palabra de Dios, miráramos con más respeto la vida del hombre. Sobre todo, si ese hombre está bajo el poder de quien lo está haciendo sufrir. ¡Respétalo por favor!. ¡No lo mates!, ¡No lo estés matando!. ¿Dónde están los desaparecidos?. ¿En qué cárcel mueren languideciendo o ya murieron, ya los mataron? Digan siquiera para que las madres sepan siquiera dónde llevarles una corona a sus hijos que lloran en la incertidumbre

¡No matarás!, aunque manejes tanquetas y fusiles de altos calibres. ¿Por qué murieron los espectadores de la huelga hace apenas unos pocos días? ¿Qué no hay otra manera de apartar una muchedumbre más que tirando balas? Nueve hogares, por lo menos lloran la muerte inesperada tal vez imprudente, pero imprudente de ambas partes. ¡No matarás!., Ojalá se grabara con cincel en la conciencia y en el corazón del que trata con otro hombre sobre todo de autoridad a súbdito: ¡No matarás!, la ley de Dios lo manda.

Sexto Mandamiento. Santidad del matrimonio. Recto uso.

El sexto mandamiento, también hay tanto que decir! ¡No cometerás adulterio!. Cuando miramos a la luz de la Ley de Dios el ambiente de nuestro País, nos asombramos cómo Dios todavía nos tenga paciencia y no nos trate peor de lo que nos está tratando por culpa de nosotros mismos. Es la santidad del matrimonio, es que sólo en el matrimonio puede haber la relación sexual de un hombre con una mujer y para salvar la santidad de ese acto que colabora con el Creador de Dios en la fecundidad de la vida, Dios prohibe, terminantemente toda relación fuera del matrimonio, entre hombre y mujer. Y he aquí otro buen negocio en El Salvador: los moteles, los burdeles, las casas de cita. ¡Cuánta podredumbre, cuánta miseria, cuánta explotación de la dignidad de la mujer, de la salud, de la vida del país. Y son buenos negocios. Y si uno creyera, se asustara cuando dicen: Es de Don

Queridos hermanos, puede llover fuego sobre esta Sodoma. Son casas de pecado y que están ocupadas día y noche. Hay tiempo para ofender a Dios. No hay austeridad en la vida. La ley de Dios está sobrando.

¡No adulterarás! ¡No fornicarás!.

Séptimo Mandamiento. Santidad de la propiedad privada. Incluye libertad.

Séptimo en el precepto, en el Decálogo: ¡No robarás!. Qué examen de conciencia podíamos hacer aquí, hermanos cuando el robar como que se va haciendo ambiente. Y al que no roba se le llama tonto, y al que hace un negocio o emprende una obra y no saca su mordida -a veces de millones-, no ha sabido aprovechar. ¡No robarás!. Otra cosa sería el país si no se robara tanto

Quiero hacer justicia a muchas personas que tienen dinero y que son muy honradas y se quejan de que se les echa a ellos la culpa en todo. Nos hacen mirar hacia otra parte para decir: No son las catorce familias las culpables solamente, van multiplicándose ya esos apellidos. Van siendo ex-funcionarios bien provistos para su provenir. Se van multiplicando propiedades, casas, negocios. ¿Será todo bien habido? ¡Bendito sea Dios!. Pero, si en el fondo está quejandose el séptimo mandamiento, no puede bendecir el Señor. ¡No robarás!, es la verdad y lo que tienes lo has robado, lo has robado al pueblo que parece en la miseria, lo has robado Cuántas más cosas podrían decirse de este precepto para el cual parece que ya no hay importancia. Pero, hermanos, robar, siempre será pecado. Y será Ley de Dios no robar.

Octavo Mandamiento

Sigue el octavo precepto: «No darás testimonio falso contra tu prójimo». La ley de la sinceridad! Yo quiero darle gracias a Dios porque la Iglesia tiene el lenguaje de la sinceridad. Quiero darle gracias Dios porque en medio de un mudo de mentiras, donde nadie cree en nada ya, se le cree todavía a la Iglesia. Gracias a Dios que se conserva el sentido de credibilidad. La capacidad de dialogar porque saben que la Iglesia no engaña. Es dura, por que no sabe mentir. Pero en este mandamiento de la mentira ¡Cuántas cosas también habría que recordar! ¿Quién cree las noticias de nuestros periódicos, sobre todo cuando las comentan en favor de ciertos intereses? Por suerte que el pueblo -y yo lo felicito- está aprendiendo a leer y está aprendiendo a oir radio y está aprendiendo a ver televisión. No todo lo que sale allí es verdad. Hay mucha mentira. Hay mucho pecado contra el octavo mandamiento.

Un escritor moderno dice: «Si amaneciéramos un día con el propósito de cumplir la Ley de Dios, al llegar a su casa y buscar el periódico, encontrarías muchos lugares en blanco». ¡Ah!, es que ahora está prohibido mentir. Cierto que habría más confianza en las relaciones de los hombres, pero ¿A qué hemos llegado

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