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CARTA A SAN ÓSCAR ARNULFO ROMERO

Querido Monseñor Romero:

Celebrar la Eucaristía el día de ayer domingo 4 de mayo de 2020 teniendo presente la figura de Jesús, el Buen Pastor, removió en el baúl de mis recuerdos su Ministerio Episcopal. Pocos días después de su toma de posesión de la Sede Arzobispal el 22 de febrero de 1977, el 12 de marzo asesinaron al Padre Rutilio Grande, S.J. y a dos de sus acompañantes mientras iba a celebrar una misa al Paisnal. La Providencia Divina quiso que ese evento martirial se convirtiera para Usted en una nueva llamada del Señor a ejercer el oficio del Buen Pastor, que no abandona a las ovejas cuando ve venir al lobo y volvió su rostro a Dios a fin de que Él guiara sus pasos por el sendero hacia donde Él quería conducirlo, que no eran los mismos a los que Usted estaba acostumbrado. Fue un llamado a guiar a su pueblo con fe y valentía, con la confianza de que el Señor es su Pastor y que, aunque camine por cañadas oscuras, ningún mal temerá, porque tenía la certeza de que Dios le acompañaba y su vara y su cayado lo sostenían. Y de esto han transcurrido ya cuarenta y tres años.

Yo no estaba a su lado aquel atardecer cuando una bala muy certera le proporcionó la inestimable fortuna de morir como “testigo de la fe al pie del altar”; pero aun en medio del intenso dolor que sumió mi corazón en la soledad, tenía la certeza de que Usted a lo largo de su vida vivió habitualmente en santidad, porque esa era su meta, y que el don del martirio que Dios le había regalado aquella tarde era la plenitud de una vida santa. Y fue entonces cuando encontré consuelo frente a su cuerpo inerte, cuando acepté que su evento martirial era voluntad de Dios. Entonces me gocé pensando que Dios lo eligió para su misión martirial porque encontró en Usted a un hombre según su corazón. Y fueron estos pensamientos los que iluminaron mi noche oscura y me dije: “Dios encontró a Óscar, lleno de gracia”.

Le estoy escribiendo estas líneas para recordar a su lado el aniversario de su Beatificación. Han transcurrido cinco años desde aquel 23 de mayo del año 2015. No fue fácil llegar a ella, fue un camino muy difícil, pero con la ayuda de todos los actores llegamos a ese momento. Yo sé que Usted sólo quiso ser un Obispo con olor a oveja como el Buen Pastor, nunca pensó en el honor de los altares. Fue Monseñor Arturo Rivera Damas quien pensó que su humilde testimonio de vida podría servir de inspiración para la vida de sacerdotes y fieles; y entonces decidió introducir la causa de canonización por vía del martirio.

Aquel 4 de febrero de 2015, cuando me enteré, mientras desayunaba, de que el Papa Francisco había autorizado a la Congregación para las Causas de los Santos que promulgara el Decreto sobre su martirio, me quedé impávido por un instante, creí que era un sueño, pero no, el Cardenal Rosa Chávez me lo confirmó, era cierto. Permanecí en silencio, pero no cesaba de repetirme muy dentro del corazón: “todo está cumplido”. ¿Quién me podrá apartar del amor de Cristo?

Por favor, desde el cielo y como dice la gente: “Usted que está más cerca de Dios, interceda por su pueblo” a fin de que podamos encontrar serenidad y paz en estos momentos en que vivimos esta pandemia del covid19. Una pandemia que nos tiene confinados con una cuarentena domiciliar impuesta por nuestras autoridades a fin de que podamos mantener el distanciamiento social como medio para evitar la propagación del coronavirus y salvaguardar nuestras vidas. En esta lucha contra esta pandemia ha sido difícil la colaboración de la población. Es triste ver como en El Salvador algunos líderes políticos y personas influyentes en la opinión pública, ante la amenaza latente del coronavirus han mostrado su cara más oportunista y su desinterés por el bien común. Y uno de estos días en los que uno siente la preocupación de que todo va como a la deriva; y vemos florecer la pobreza por todas parte, me puse a pensar en ¿qué nos diría Usted en estos momentos? Y se me ocurrió pensar que nos diría algo como esto: “Yo quisiera en nombre de este sufrido pueblo salvadoreño, hacer un llamado a los tres poderes del Estado y a todos los actores de la vida política del país: cesen la polarización y únanse ante las necesidades de este pueblo que sufre, busquen el bien común que beneficie a las mayorías”. Seguro, Monseñor, que esto es lo que yo habría querido escuchar. ¡Cuántos buenos recuerdos tengo de sus homilías! Usted fue una palabra de Dios para este pueblo. Con Usted Dios pasó por El Salvador, como solía decir el Padre Ignacio Ellacuría.

Esta situación nos ha obligado a reinventar los modos de como llegar a nuestros fieles a través de medios digitales y nos hemos visto obligados a realizar una pastoral de acompañamiento cibernético; lo que me llevó a recordar la amada pastoral de acompañamiento a la que Usted nos invitaba a vivir en medio del conflicto armado. Y acostumbrados a ser pastores con olor a oveja, no ha sido fácil adaptarnos al estilo de ser pastores virtuales obligados a estar lejos de las ovejas y hemos hecho esfuerzos por mantenernos muy cercanos al rebaño, esforzándonos por reinventar la figura del Buen Pastor, que no abandona a las ovejas.

También este tiempo nos ha dado la oportunidad de vivir una cierta experiencia monástica del ora et labora. Y la soledad y el silencio me dio la oportunidad de hacer una mirada a la historia de la vida pastoral de nuestra Iglesia Arquidiocesana y de sentirme muy orgulloso de su compromiso con la evangelización y la acción por la justicia a partir de la opción fundamental por los pobres. Pude ver que el venerado Monseñor Luis Chávez y González fue el auténtico renovador de nuestra Iglesia conforme a las exigencias pastorales planteadas en el Concilio Vaticano II y los Documentos de Medellín. Con Usted, Monseñor, Dios pasó por El Salvador predicando y haciendo el bien y defendiendo los derechos humanos de los pobres, encarnando la figura del Buen Pastor, hasta dar su vida por sus ovejas. Don Arturo Rivera Damas, como me gusta llamarlo, se convirtió en el Pastor que buscó organizar la pastoral de conjunto y alcanzar la solución del conflicto armado. En medio de la persecución supo ser fuerte para impulsar la evangelización y soportar los embates de sus perseguidores con serenidad y paz. Sabe, Monseñor, voy a decirle algo que siempre he pensado: él, junto con el Cardenal Rosa Chávez son los padres de los acuerdos de paz en El Salvador. El tema del laico en el mundo caracterizó el enfoque arzobispal de Monseñor Fernando Sáenz Lacalle, insistiendo en que ellos debían asumir un compromiso político que le diera el sabor del evangelio a la política, deseo del arzobispo que no logró la acogida en los agentes de pastoral. Monseñor José Luis ha querido impulsar una Iglesia Misionera en el espíritu de Aparecida, que sea fermento del Reino en la transformación y salvación de la sociedad, quiera Dios que podamos ser de verdad una Iglesia Misionera. Su Primera Carta Pastoral es un llamado a todos los sectores a trabajar por la paz luchando por la justicia en defensa de los derechos de las víctimas. Su Segunda Carta Pastoral es una auténtica sinfonía sobre el martirio, escrita con ocasión de su Beatificación y en memoria de todos los mártires de El Salvador.

Los Obispos de la Conferencia Episcopal declararon este años 2020 como “Año Jubilar Martirial” con ocasión del 40 aniversario de su martirio y 43 del martirio de Rutilio Grande y su Compañeros Mártires y es que “la Iglesia de nuestro tiempo sigue escribiendo su martirologio con capítulos siempre nuevos, actuales. Y no se pueden olvidar, no se pueden apartar los ojos de esta realidad que es dimensión fundamental de la Iglesia de nuestro tiempo. Como afirma el Papa Francisco: “los mártires son aquellos que llevan adelante a la Iglesia, los que la han sostenido siempre y la sostienen hoy. Ellos son la gloria de la Iglesia, nuestro apoyo y también nuestra humillación…, y todo por confesar su fe en Jesucristo. Esta es nuestra gloria y nuestra fuerza hoy; por eso una Iglesia sin mártires, es una Iglesia sin Jesús. La sangre de mártires es semilla de cristianos. Ellos con su martirio, con su testimonio, con su sufrimiento, incluso dando su vida, ofreciendo su vida, siembran cristianos para el futuro en la Iglesia.”1Por esta razón nuestros Obispos incluyen en el Año Jubilar Martirial el recuerdo de nuestros mártires, aunque no estén canonizados, pero que murieron con fama de martirio, como lo son el Padre Cosme Spessotto, el Padre Nicolás Rodríguez y las Religiosas Norteamericanas.

¿Cómo no sentirnos, Monseñor, orgullosos de una Iglesia bendecida y bañada con sangre de mártires? Una Iglesia a punto de celebrar la beatificación del Padre Rutilio Grande y de sus Compañeros Mártires. Esta historia de martirio, fruto de la evangelización y del compromiso por los pobres y la defensa de los derechos humanos, creo que debe motivarnos a ser siempre una Iglesia misionera, evangelizadora. Una Iglesia en salida, que va en busca de la oveja extraviada, de la que sufre, de la excluida, de la marginada. Este es el gran reto que tendremos al final de esta cuarentena. Es una invitación a “Sentir con la Iglesia” caminando con nuestros mártires en pos de Cristo. Por favor rece por nosotros.

Finalmente, solo quiero decirle cuánto lo extraño y lo recuerdo, sobre todo en momentos difíciles de la vida sacerdotal cuando se experimenta la soledad y parece que en medio del desierto no se encuentra el camino. Sé que ahí está Usted con su corazón de Padre para indicar que el camino “no es por aquí, sino por allá”. Gracias Monseñor por ser San Óscar Arnulfo Romero, una luz que deja translucir siempre la luz de Cristo. Un abrazo.

Monseñor Rafael Urrutia

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Proceso de Canonización

HISTORIA DE LA CAUSA DE CANONIZACION
Por: Mons. Rafael Urrutia, Postulador Diocesano de la Causa de Canonización.

Roma, 3 de abril de 1988. La Pascua de aquel año había comenzado y, una semana después, hacía su aparición en Roma el Venerable Monseñor Modesto López Portillo, Vicario General de la Arquidiócesis de San Salvador, para participar en algún evento de la Infancia Misionera; y para hacerle saber al Padre Rafael Urrutia, que el Arzobispo de San Salvador, Monseñor Arturo Rivera Damas, había reflexionando acerca el evento martirial de Monseñor Romero y que, a su juicio, veía que confluían en él los dos elementos esenciales que constituyen la esencia del concepto de martirio cristiano: el testimonio publico en favor de Cristo y la muerte voluntariamente aceptada para confirmar ese testimonio; por lo que, junto al Consejo Presbiteral, había determinado que era el momento de “introducir la causa de canonización de Monseñor Óscar Arnulfo Romero” por vía del martirio, y que era necesario, entonces, que se preparara en la Sagrada Congregación para las Causas de los Santo para actuar en el Proceso como Postulador Diocesano.
Así, el 24 de marzo de 1990 apareció oficialmente la iniciativa de la Arquidiócesis de iniciar ante la Iglesia el Proceso de Canonización de Mons. Oscar Arnulfo Romero Galdámez por vía del martirio. Diez años de su asesinato habían transcurrido y su figura había crecido con una magnitud que confirmaba la grandeza de un mártir legítimo de nuestro tiempo.
El Postulador debía comenzar con la Fase de Investigación. Providencialmente María Julia Hernández, no sólo tuvo la acertada ocurrencia de registrar las homilías de Monseñor Romero, sino también de transcribirlas en pequeños fascículos, con los cuáles publicó cuatro volúmenes que comprendían algunas de sus homilías, las que más tarde fueron completadas con todas las homilías registradas en las diversas predicaciones que Monseñor Romero fue haciendo. Se recogieron, además, sus Cartas Pastorales, Su Diario, el cual hubo que transcribirlo de los casetes que había grabado a lo largo los años de vida arzobispal, y los artículos periodísticos que escribió en La Prensa Gráfica y El Chaparrastique en San Miguel. En la Diócesis de San Miguel, el Obispo, permitió que tomáramos de los Archivos Diocesanos toda la documentación pertinente a Monseñor Romero. Finalmente se confeccionó una lista de 34 testigos para ser interrogados.
Propiamente la historia de la Causa Beatificationis seu Declarationis Martyrii del Siervo de Dios Óscar Arnulfo Romero Galdámez, Arzobispo de San Salvador comenzó en 1993. El 24

de marzo de 1993 el Postulador Diocesano envía al Arzobispo de San Salvador, Monseñor Arturo Rivera Damas, el “Supplex libellus” para el inicio de la Causa. La Congregación para la Doctrina de la Fe da su “nulla osta” el 9 de junio de 1993. La Congregación para el Clero comunica el 1 de julio de 1993 que “si se decidiera iniciar dicha Causa de Canonización, sería necesaria una revisión atenta y profunda de la documentación” que obra en la misma Congregación para el Clero. El 3 de julio de 1993 Monseñor Jean-Louis Tauran informa de que “el Santo Padre Juan Pablo II ha concedido el nulla osta para empezar la Causa”. El 10 de julio de 1993 llega el dictamen de la Congregación para los Obispos: “parece oportuno sobreseer la apertura de una Causa durante un cierto tiempo, para no reabrir contenciosos dentro de la Iglesia en El Salvador y en América Central que no están totalmente aplacados”. El 13 de septiembre de 1993 la Secretaría de Estado, que había recibido dictámenes discordantes sobre la oportunidad de abrir la Causa, informa: “el Santo Padre ya ha manifestado un ‘nulla osta’ al respecto … Será el propio proceso el que ponga de manifiesto los problemas que pudieran afectar a la figura del difunto Prelado, así como su cuestionada actuación”. El 22 de septiembre llega el “nihil obstat ex parte Sanctae Sedis”.
Del 24 de marzo de 1994 es la publicación del Decreto de inicio de la Causa, junto al Decreto de nombramiento del Delegado Episcopal, del Promotor de Justicia y del Notario, de los tres Peritos en materia histórica y archivística, así como de los dos Censores Teólogos. La Investigación diocesana sobre la vida, sobre el martirio y sobre la fama de martirio del Siervo de Dios fue instruida en la Curia arzobispal de San Salvador del 24 de marzo de 1994 al 1 de noviembre de 1996, a lo largo de 44 sesiones. Instruida, pues, super martyrio, la Investigación procedió a la excusión de 34 testigos, a quienes se añadió, por rogatoria, el ex Nuncio en El Salvador, Monseñor Emanuelle Gerada, que en 1995 se encontraba en Irlanda. Se recopilaron escritos y documentos del y sobre el Siervo de Dios, de los que el presidente de los peritos históricos comprobó que eran completos y fiables. Los Censores Teólogos dieron su parecer sobre la ausencia de elementos “contra fidem et bonos mores” en los escritos del Siervo de Dios. La Declaración sobre el no culto se publicó el 8 de septiembre de 1994.
El 26 de noviembre de 1994 murió Monseñor Arturo Rivera Damas, Arzobispo de San Salvador, y se alertó la duda para la continuación del proceso. En abril de 1995 fue nombrado Monseñor Sáenz Lacalle Arzobispo de San Salvador, quien pronunció un rotundo “procédase según lo previsto por Monseñor Rivera hasta que la causa llegue a su fin de acuerdo a la normativa eclesiástica, pues si ha sido asesinado por odio a la fe ya es mártir y hay que demostrárselo a la Santa Sede”; y con este impulso, y terminadas las investigaciones en sede diocesana, se llevó a cabo la sesión de clausura del Proceso Diocesano, el 1o de noviembre de 1996 y todo el material recogido y presentado en esa histórica sesión realizada en la Arquidiócesis, fue llevado cuidadosamente a Roma.

El 20 de noviembre de 1996 fue nombrado el Postulador de la Causa, Monseñor Vincenzo Paglia, para la fase del Proceso en Roma. El 25 de noviembre de 1996 llega el Decreto de Apertura del Proceso diocesano sobre el martirio del Siervo de Dios. Empieza la elaboración de los Actos. El 26 de abril de 1997 la Congregación para el Clero envía a la Congregación para las Causas de los Santos un Apunte sintético de la posición de Archivo sobre el Siervo de Dios, del 21 de junio de 1993, donde se dice que “parecería oportuno aplazar, al menos durante un largo periodo, la promoción de esta Causa”. Revisada por la Congregación para las Causas de los Santos, el Proceso diocesano recibía el Decreto de validez el 4 de julio de 1997, con la siguiente indicación: “cauto lamen ut omnes aliae pervestigationes de martyrio materiali et formali eiusdem Servi Dei fieri debeant”. El 10 de julio de 1997 el Congreso Ordinario de la Congregación para las Causas de los Santos deja la Causa en manos del Relator, el Padre Daniel Ols, O.P. Mientras está en curso la elaboración de la Positio, el 3 de marzo de 1998 la Congregación para la Doctrina de la Fe escribe, con firma del cardenal Joseph Ratzinger, a la Congregación para las Causas de los Santos, comunicando que le ha llegado documentación sobre Monseñor Óscar Arnulfo Romero Galdámez cuyo atento examen ha llevado “a la conclusión de tener que proceder a un detallado estudio -desde el punto de vista doctrinal- de todo el cuerpo de las homilías de S.E. Mons. Romero Galdámez. Así pues, tras la concesión del nulla osta mediante carta del 9 de junio de 1993, en lo referente a ‘de vita et de moribus’ se invita a dicho Dicasterio a suspender el iter de la Causa de Canonización en cuestión, hasta la conclusión del antedicho estudio”. El 15 de noviembre de 2004 el Cardenal Joseph Ratzinger, de la Congregación para la Doctrina de la Fe escribe al Cardenal José Saraiva Martins, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos: “la Congregación para la Doctrina de la Fe -tras haber sometido toda la documentación en su poder a un detallado examen- ha decidido un ‘Dilata’ a la antedicha Causa [de beatificación del Siervo de Dios], por considerar que hay que ahondar más en la relación entre fe y praxis en las decisiones pastorales de Monseñor Romero, pues la visión del marxismo del antedicho Siervo de Dios todavía provoca perplejidad y -a juicio de este Dicasterio- exige un análisis más a fondo, mientras que se puede considerar ortodoxa la expresión de su fe”.
Mientras tanto, el 27 de diciembre de 2008 fue nombrado Arzobispo de San Salvador, Monseñor José Luis Escobar Alas, quien tomó posesión de la Diócesis el 14 de febrero de 2009, celebración en la que el Arzobispo manifestó un profundo afecto por el Siervo de Dios Monseñor Romero y desde su llegada buscó motivar al Conferencia Episcopal de El Salvador para que todos juntos solicitaran al Papa Benedicto XVI la continuación del Proceso de Canonización del Siervo de Dios Monseñor Óscar Arnulfo Romero.

El 1 de abril de 2011 el Cardenal William Levada, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, escribe al Cardenal Angelo Amato, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, para comunicarle, tras haber resumido las decisiones anteriores de la Congregación para la Doctrina de la Fe respecto a la Causa del Siervo de Dios: “Ahora, una vez finalizado el estudio en cuestión, la Sesión ordinaria de esta Congregación ha decidido cuanto sigue: 1) En los escritos examinados de Monseñor Romero no se aprecian errores doctrinales. No obstante, se han detectado ambigüedades, y ello -más allá de las intenciones del Candidato se debe a una influencia objetiva del pensamiento marxista, al menos en cuanto a los métodos de análisis social y a la terminología. 2) Todavía no se han superado los riesgos de una instrumentalización del pensamiento y de la figura de Monseñor Romero. 3) Al mismo tiempo que se mantiene el nulla osta en lo referente a de vita et moribus, se confirma asimismo el Dilata de la Causa ya manifestado por este Dicasterio y se invita a las instancias competentes a proseguir profundizando en los problemas, tanto de carácter doctrinal como prudencial, que hasta el momento han puesto de manifiesto el estudio en cuestión. El Santo Padre, en la audiencia que me concedió el 18 de febrero de 2011, aprobó las decisiones antedichas”. Casi dos años después justamente el Postulador de la Causa, Mons. Vincenzo Paglia, informa al Papa Benedicto XVI de que se están estudiando a fondo los problemas, tanto de carácter doctrinal como prudencial, de los que se habla en la carta del Cardenal Levada anteriormente citada. El Papa Benedicto XVI considera que, pro veritate, ha llegado el momento de que se reanude con normalidad el iter de la Causa de Canonización del Siervo de Dios, revocando el anterior Dilata de la Causa. En ese sentido, en los últimos días de su pontificado, habla con Mons. Gerhard Ludwig Müller, que acaba de ser nombrado Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. El 24 de abril de 2013 la Congregación para la Doctrina de la Fe revoca el anterior Dilata de la Causa.
En una sorprendente e histórica decisión, el Papa Benedicto XVI anunció, el 11 de febrero de 2013, su renuncia debido a su avanzada edad, argumentando ya no tener fuerzas para ejercer de forma adecuada el ministerio petrino e indicó que, desde el 28 de febrero del mismo año a partir de las 8:00 p.m., hora local, “la Sede de Pedro quedará vacante”. Así, tras la renuncia del Papa Benedicto XVI al Pontificado, fue elegido el 13 de marzo de 2013 el Papa Francisco.
El 22 de febrero de 2013 el Papa Benedicto XVI lo nombra Nuncio Apostólico en El Salvador a Monseñor León Kalenga, con este nombramiento llega una auténtica primavera para la figura de Monseñor Romero y su Proceso de Canonización. El Nuncio Kalenga, haciendo buen uso del arte de mezclar una evangélica diplomacia con la caridad fraterna, ayudó a nuestros Obispos a tomar conciencia de que “Romero es nuestro”, “es nuestro hermano en el episcopado” y, por lo tanto, “debemos recuperarlo para la Iglesia”; y así buscó hacerlo en toda la Iglesia de El Salvador. Como le estamos de agradecidos a Monseñor Kalenga. Fueron aquellos días, tiempo de resurrección para Monseñor Romero. Y entonces llegó el 4 de febrero del año 2015, el anuncio de la Beatificación y la Iglesia explotó de alegría. Y así comenzamos un nuevo caminar con Monseñor Romero hacia el 23 de mayo de 2015, día de la beatificación, entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios, pero con el sentir de una Iglesia más unida en torno a Monseñor Romero, su vida, su obra y su pensamiento.
Después de la Beatificación de Monseñor Óscar Arnulfo Romero el 23 de mayo de 2015 en San Salvador, la Conferencia Episcopal de El Salvador, algunos sacerdotes y numerosos fieles laicos viajaron a Roma para agradecer al Papa Francisco en el mes de octubre de ese mismo año. En ella el Papa Francisco hablo de las dos muertes de Monseñor Romero. Hablar de las “dos muertes” o las “dos veces que mataron a Monseñor Romero”, fue una expresión profunda que broto del corazón del Papa Francisco, aquella ocasión cuando estuvimos con él en la Sala Clementina, para darle gracias por la beatificación de Monseñor en octubre de 2015. Ciertamente todos comprendimos de qué nos estaba hablando el Papa: Del martirio material perpetrado el 24 de marzo de 1980 en la Capilla del Hospital Divina Providencia y del otro martirio, que, aunque todos lo conocíamos, nunca se nos ocurrió pensar que “el silencio en general en el que la Iglesia institucional lo soterró” o, incluso, “ciertas manifestaciones de desprecio verbal que se vertieron sobre él”, eran también la ejecución de un segundo martirio. Podríamos haber contado con los dedos de las manos a quienes, en el seno de la Iglesia, dijesen “Romero es nuestro”. La posición más cómoda fue intentar olvidarse de Romero, hablar mal de él, prohibir que se predicara sobre su testimonio; y con estas actitudes de olvido, se lo servimos en bandeja de plata a los movimientos populares que sí expresaron su simpatía sincera por él y, en el peor de los casos, a partidos políticos que quisieran hacer de él una bandera. Por eso aquella mañana que el Papa Francisco hizo esos comentarios, para muchos de nosotros fue como hacer un examen de conciencia, quizás hasta nos reprochamos no haber sido valientes para defender su testimonio. Y hubo quienes nos atrevimos a juzgar a nuestros antepasados, pero con la conciencia clara de que también era responsabilidad nuestra haberlo defendido y no lo hicimos por temor, por celos, por envidias. Dios sabrá perdonar nuestras negligencias.

Desde luego que hubo en la Institución quienes lo amaron desde el primer día, defendieron su pensamiento y su obra; y difundieron su devoción. Debe recordarse a Monseñor Ricardo Urioste y de modo muy particular al Cardenal Gregorio Rosa Chávez, quien por todas partes del mundo ha ido difundiendo la devoción hacia Monseñor Romero y llenando al mundo, de afiches y estampas del San Óscar Arnulfo Romero.
La euforia del encuentro con el Papa Francisco y el deseo por la pronta canonización motivó aún más a Monseñor José Luis Escobar Alas, Arzobispo de San Salvador, a solicitar a la Oficina de Canonización ponerse en movimiento en la búsqueda de un milagro alcanzado por la intercesión del Beato Óscar Arnulfo Romero después de la Beatificación. Y por fin, llego el esperado milagro.

Historia del milagro obtenido por intercesión del Beato Óscar Arnulfo Romero
Mayo 31 de 2016: Cecilia Maribel Flores de Rivas visita la Oficina de canonización del Arzobispado de San Salvador para agradecer al Beato su intercesión y hacernos conocer el milagro, el cual fue puesto por escrito.
Junio 28 de 2016 Monseñor Rafael Urrutia, Postulador Diocesano y el Padre Edwin Henríquez, Vicepostulador Diocesano piden la beneficiada con el milagro, solicitar al ISSS copia del expediente clínico de Cecilia Maribel Flores de Rivas, el cual se obtuvo 7 días después.
Septiembre 14 de 2016: Declaración tomada en la Oficina de Canonización a Cecilia Flores de Rivas por Monseñor Rafael Urrutia y el Padre Edwin Henríquez, a fin de proporcionar a los médicos un relato lo más claro posible. A ambos médicos se les entregó una copia del mismo y una copia del expediente clínico a cada uno de los médicos.
Septiembre 28 de 2016: La Oficina de Canonización recibe la opinión de los dos Médicos consultados en San Salvador sobre al milagro de Cecilia Flores de Rivas y ambos coinciden en que en el presente caso hay una intervención externa superior.
Septiembre 29 de 2016: La Oficina de Canonización envió a Monseñor Vincenzo Paglia, vía Nunciatura Apostólica, el testimonio de Cecilia Flores de Rivas, el archivo clínico y las opiniones de los dos médicos consultados en San Salvador.
Noviembre 23 de 2016: La Oficina de Canonización solicita una primera reunión con el Director del Hospital Primero de Mayo del ISSS, Dr. Armando Lucha.
Noviembre 30 de 2016: Monseñor Vincenzo Paglia pide a Monseñor Rafael Urrutia, Postulador Diocesano de la Causa de Canonización, que solicité a Monseñor José Luis Escobar Alas, Arzobispo de San Salvador, instalar el Tribunal e instruir al Proceso sobre el milagro obtenido por intercesión del Beato Óscar Arnulfo Romero.
Diciembre 15 de 2016: Primer reunión con el Dr. Armando Lucha en el Hospital Primero de Mayo del ISSS y después de haberle explicado detalladamente la cuestión del milagro, se le solicita tener una reunión con todos los médicos que intervinieron en la crisis de salud de Cecilia Flores de Rivas.
Enero 31 de 2017: Reunión con los seis médicos que intervinieron en la crisis de salud de Cecilia Flores de Rivas en el Hospital Primero de Mayo del ISSS y en el Hospital General de ISSS.
Febrero 07 de 2017: Sesión de Apertura y Primera Sesión: Declaración de Cecilia Flores de Rivas.
Febrero 08 de 2017: Declaración de Alejandro Rivas, esposo de Cecilia Flores de Rivas y quien oró al Beato Óscar Arnulfo Romero por la vida de su esposa.
Febrero 09 de 2017: Declaración de Melvin Rubio, testigo del milagro. Hermano de Comunidad del Camino Neocatecumenal de los esposos Rivas-Flores.
Febrero 13 de 2017: Se toman los interrogatorios de los Médicos del Hospital Primero de Mayo del ISSS y en el Hospital General de ISSS.
Febrero 17 de 2017: Sesión para recibir el Dictamen de los Médicos Peritos del Tribunal Eclesiástico.
Febrero 28 de 2017: En presencia de Monseñor José Luis Escobar Alas, Arzobispo de San Salvador, del Cardenal Gregorio Rosa Chávez, Obispo Auxiliar de San Salvador, de Monseñor León Kalenga, Nuncio Apostólico, de todos los miembros de Tribunal Eclesiástico que Instruyó el Milagro y los miembros que trabajan en la Oficina de Canonización se realizó la Sesión de Clausura. Monseñor Rafael Urrutia y el Padre Edwin Henríquez hicieron entrega en la Nunciatura Apostólica de todo el Proceso al Señor Nuncio Apostólico Monseñor León Kalenga, para ser enviado por esa vía a la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos.
Abril 10-13 de 2017: Declaraciones Suplementarias solicitadas por Monseñor Vincenzo Paglia a la Familia de Cecilia y Alejandro; y a miembros de su Comunidad del Camino Neocatecumenal.
Abril 19 de 2017: Vía Nunciatura son enviadas a Roma las Declaraciones de los Familiares y de los Hermanos de Comunidad de Alejandro y Cecilia.
Marzo 07de 2018: Su Santidad Papa Francisco firma el Decreto para la Canonización del Beato Óscar Arnulfo Romero, Obispo y Mártir.
Mayo 19 de 2018: Su Santidad Papa Francisco da a conocer la fecha y el lugar de la Canonización: 14 de octubre de 2018 en la Plaza San Pedro en la Ciudad de Vaticano.
Octubre 14 de 2018: Su Santidad Papa Francisco canoniza al Beato Óscar Arnulfo Romero, quien será llamado San Óscar Arnulfo Romero, Obispo y Mártir.
Este día la Plaza San Pedro se cubrió de azul y blanco con la asistencia de aproximadamente 7500 salvadoreños, unos 3750 fueron acreditados desde la Oficina de Canonización de la Arquidiócesis de San Salvador. El resto llegaron a participar por devoción e iniciativa propia de varias ciudades de Italia y de toda Europa donde viven muchos salvadoreños y de otras nacionalidades que le guardan amor y devoción a San Óscar Arnulfo Romero, San Óscar Romero, San Romero de América o San Romero del Mundo. Participaron en la Ceremonia de la Canonización la Conferencia Episcopal de El Salvador en pleno, 285 Sacerdotes, la mayoría de ellos salvadoreños que viajaron desde El Salvador y otros de diversas partes del mundo, y muchísimos fieles laicos llegados desde El Salvador y de todas partes del mundo. Asistieron a la ceremonia dos hermanos del Beato Óscar Arnulfo Romero, sus hijos y otros familiares cercanos, No falto una numerosa Delegación de Ciudad Barrios, lugar del nacimiento de San Romero.

Breve reseña del milagro del Beato Óscar Romero
Mientras se realizaban los preparativos para la Beatificación de Monseñor Romero para el 23 de mayo de 2015, la señora Cecilia Flores de Rivas y su esposo, Alejandro Rivas, rezaban juntos con sus hijos Emiliano y Rebeca por la buena marcha del embarazo de quien ahora se llama Luis Carlos; y, con esta intención, peregrinaron juntos el 23 de mayo hacia la Beatificación de Mons. Romero para participar en la ceremonia realizada en la Plaza Salvador del Mundo. Se trataba del embarazo de su tercer hijo, éste le había sido declarado de alto riesgo a causa de su preeclampsia y pérdidas anteriores. Cecilia ingresó de emergencia al Hospital de Maternidad “Primero de Mayo”, debido a que comenzó a inflamarse y le practicaron la cesárea de emergencia. Luego su presión se elevó a niveles muy altos, mientras su inflamación seguía en aumento.
De la “Primero de Mayo” la trasladaron al Hospital General del I.S.S.S., para brindarle una mejor atención, pero todo se fue complicando a tal grado que los médicos le practicaron un coma inducido para que sus pulmones y riñones se fueran estabilizando. Su situación empeoró y entre los estudios de investigación que realizaron descubrieron que se trataba de un Síndrome de HELLP el cual era agravado por el antecedente personal de Cecilia de un síndrome fosfolípidico.
El Síndrome de HELLP es un grupo de síntomas que se presentan en las mujeres embarazadas que padecen: hemólisis, elevación de enzimas hepáticas y disminución de plaquetas. Toma su nombre de las siglas de estos síntomas en inglés (“hemolysis”, “elevated liver enzymes” y “low plateler count”). Resulta ser una enfermedad fulminante. El Síndrome de HELLP muy poco habitual que fue descrito por primera vez como tal por Louis Winstein en 1982, quien tres años más tarde lo catalogaría como una variante de pre-eclampsia severa que puede desarrollarse antes y después del parto. Este síndrome se presenta en aproximadamente uno a dos de cada mil embarazos, aunque en las mujeres con preeclampsia o eclampsia, la afección se desarrolla entre el 10% y el 20% de los embarazos. Casi siempre, el síndrome de HELLP se presenta durante el tercer trimestre del embarazo y algunas veces se manifiesta en la semana posterior al nacimiento del bebé. Entre las complicaciones del síndrome de HELLP se encuentran: edema pulmonar, insuficiencia renal, insuficiencia y hemorragia del hígado y separación de la placenta de la pared uterina (desprendimiento prematuro de placenta).
Cuando Cecilia entró en el momento más grave de su vida, después del nacimiento de Luis Carlos, y todo parecía que iba de mal en peor, su esposo Alejandro tomó en sus manos la Biblia que le había regalado su abuela, y de ella cayó una estampa de Monseñor Romero con la Oración para pedirle su intercesión por un milagro. El comenzó a hacerla y pidió a los hermanos de su Comunidad del Camino Neocatecumenal que se unieran todos los días para orar por un milagro, por la intercesión del Beato Óscar Romero, Obispo y Mártir. Así lo hicieron todos en fe. El fruto de ello es que Cecilia salió pronto del coma y hoy agradece a Dios y al Beato Romero por su salud y la vida de Luis Carlos. Desde entonces, nos unimos a la alegría de esta familia Rivas-Flores. Y hoy damos gracias a Dios por la noticia de la pronta canonización del Beato Óscar Romero, Obispo y Mártir.

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Formula de Canonización

En honor a la Santísima Trinidad,

para exaltación de la fe católica

y crecimiento de la vida Cristiana,

con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo,

de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y la Nuestra,

después de haber reflexionado largamente,

invocando muchas veces la ayuda divina

y oído el parecer

de numerosos hermanos en el episcopado,

declaramos y definimos Santos

a los Beatos 

Pablo VI,

Óscar Arnulfo Romero Galdámez,

Francisco Spinelli,

Vicente Romano,

María Catarina Kasper,

Nazaria Ignacia de Santa Teresa de Jesús March Mesa

y Nuncio Sulprizio

y los inscribimos en el Catálogo de los Santos,

y establecemos que en toda la Iglesia 

sean devotamente honrados entre los Santos.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Amen.

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Plaza de San Pedro
Domingo, 14 de octubre de 2018


La segunda lectura nos ha dicho que «la palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo» (Hb 4,12). Es así: la palabra de Dios no es un conjunto de verdades o una edificante narración espiritual; no, es palabra viva, que toca la vida, que la transforma. Allí, Jesús en persona, que es la palabra viva de Dios, nos habla al corazón.

El Evangelio, en concreto, nos invita a encontrarnos con el Señor, siguiendo el ejemplo de «uno» que «se le acercó corriendo» (cf. Mc 10,17). Podemos identificarnos con ese hombre, del que no se dice el nombre en el texto, como para sugerir que puede representar a cada uno de nosotros. Le pregunta a Jesús cómo «heredar la vida eterna» (v. 17). Él pide la vida para siempre, la vida en plenitud: ¿quién de nosotros no la querría? Pero, vemos que la pide como una herencia para poseer, como un bien que hay que obtener, que ha de conquistarse con las propias fuerzas. De hecho, para conseguir este bien ha observado los mandamientos desde la infancia y para lograr el objetivo está dispuesto a observar otros; por esto pregunta: «¿Qué debo hacer para heredar?».

La respuesta de Jesús lo desconcierta. El Señor pone su mirada en él y lo ama (cf. v. 21). Jesús cambia la perspectiva: de los preceptos observados para obtener recompensas al amor gratuito y total. Aquella persona hablaba en términos de oferta y demanda, Jesús le propone una historia de amor. Le pide que pase de la observancia de las leyes al don de sí mismo, de hacer por sí mismo a estar con él. Y le hace una propuesta de vida «tajante»: «Vende lo que tienes, dáselo a los pobres […] y luego ven y sígueme» (v. 21). Jesús también te dice a ti: «Ven, sígueme». Ven: no estés quieto, porque para ser de Jesús no es suficiente con no hacer nada malo. Sígueme: no vayas detrás de Jesús solo cuando te apetezca, sino búscalo cada día; no te conformes con observar los preceptos, con dar un poco de limosna y decir algunas oraciones: encuentra en él al Dios que siempre te ama, el sentido de tu vida, la fuerza para entregarte.

Jesús sigue diciendo: «Vende lo que tienes y dáselo a los pobres». El Señor no hace teorías sobre la pobreza y la riqueza, sino que va directo a la vida. Él te pide que dejes lo que paraliza el corazón, que te vacíes de bienes para dejarle espacio a él, único bien. Verdaderamente, no se puede seguir a Jesús cuando se está lastrado por las cosas. Porque, si el corazón está lleno de bienes, no habrá espacio para el Señor, que se convertirá en una cosa más. Por eso la riqueza es peligrosa y –dice Jesús–, dificulta incluso la salvación. No porque Dios sea severo, ¡no! El problema está en nosotros: el tener demasiado, el querer demasiado, ahoga, ahoga nuestro corazón y nos hace incapaces de amar. De ahí que san Pablo nos recuerde que «el amor al dinero es la raíz de todos los males» (1 Tm 6,10). Lo vemos: donde el dinero se pone en el centro, no hay lugar para Dios y tampoco para el hombre.

Jesús es radical. Él lo da todo y lo pide todo: da un amor total y pide un corazón indiviso. También hoy se nos da como pan vivo; ¿podemos darle a cambio las migajas? A él, que se hizo siervo nuestro hasta el punto de ir a la cruz por nosotros, no podemos responderle solo con la observancia de algún precepto. A él, que nos ofrece la vida eterna, no podemos darle un poco de tiempo sobrante. Jesús no se conforma con un «porcentaje de amor»: no podemos amarlo al veinte, al cincuenta o al sesenta por ciento. O todo o nada.

Queridos hermanos y hermanas, nuestro corazón es como un imán: se deja atraer por el amor, pero solo se adhiere por un lado y debe elegir entre amar a Dios o amar las riquezas del mundo (cf. Mt 6,24); vivir para amar o vivir para sí mismo (cf. Mc 8,35). Preguntémonos de qué lado estamos. Preguntémonos cómo va nuestra historia de amor con Dios. ¿Nos conformamos con cumplir algunos preceptos o seguimos a Jesús como enamorados, realmente dispuestos a dejar algo para él? Jesús nos pregunta a cada uno personalmente, y a todos como Iglesia en camino: ¿somos una Iglesia que solo predica buenos preceptos o una Iglesia-esposa, que por su Señor se lanza a amar? ¿Lo seguimos de verdad o volvemos sobre los pasos del mundo, como aquel personaje del Evangelio? En resumen, ¿nos basta Jesús o buscamos las seguridades del mundo? Pidamos la gracia de saber dejar por amor del Señor: dejar riquezas, dejar nostalgias de puestos y poder, dejar estructuras que ya no son adecuadas para el anuncio del Evangelio, los lastres que entorpecen la misión, los lazos que nos atan al mundo. Sin un salto hacia adelante en el amor, nuestra vida y nuestra Iglesia se enferman de «autocomplacencia egocéntrica» ​​(Exhort. ap. Evangelii gaudium, 95): se busca la alegría en cualquier placer pasajero, se recluye en la murmuración estéril, se acomoda a la monotonía de una vida cristiana sin ímpetu, en la que un poco de narcisismo cubre la tristeza de sentirse imperfecto.

Así sucedió para ese hombre, que –cuenta el Evangelio– «se marchó triste» (v. 22). Se había aferrado a los preceptos y a sus muchos bienes, no había dado su corazón. Y aunque se encontró con Jesús y recibió su mirada amorosa, se marchó triste. La tristeza es la prueba del amor inacabado. Es el signo de un corazón tibio. En cambio, un corazón desprendido de los bienes, que ama libremente al Señor, difunde siempre la alegría, esa alegría tan necesaria hoy. El santo Papa Pablo VI escribió: «Es precisamente en medio de sus dificultades cuando nuestros contemporáneos tienen necesidad de conocer la alegría, de escuchar su canto» (Exhort. ap. Gaudete in Domino, 9). Jesús nos invita hoy a regresar a las fuentes de la alegría, que son el encuentro con él, la valiente decisión de arriesgarnos a seguirlo, el placer de dejar algo para abrazar su camino. Los santos han recorrido este camino.

Pablo VI lo hizo, siguiendo el ejemplo del Apóstol del que tomó su nombre. Al igual que él, gastó su vida por el Evangelio de Cristo, atravesando nuevas fronteras y convirtiéndose en su testigo con el anuncio y el diálogo, profeta de una Iglesia extrovertida que mira a los lejanos y cuida de los pobres. Pablo VI, aun en medio de dificultades e incomprensiones, testimonió de una manera apasionada la belleza y la alegría de seguir totalmente a Jesús. También hoy nos exhorta, junto con el Concilio del que fue sabio timonel, a vivir nuestra vocación común: la vocación universal a la santidad. No a medias, sino a la santidad. Es hermoso que junto a él y a los demás santos y santas de hoy, se encuentre Monseñor Romero, quien dejó la seguridad del mundo, incluso su propia incolumidad, para entregar su vida según el Evangelio, cercano a los pobres y a su gente, con el corazón magnetizado por Jesús y sus hermanos. Lo mismo puede decirse de Francisco Spinelli, de Vicente Romano, de María Catalina Kasper, de Nazaria Ignacia de Santa Teresa de Jesús y también del gran muchacho abrucense-napolitano, Nuncio Sulprizio: el joven santo, valiente, humilde, que supo encontrar a Jesús en el sufrimiento, el silencio y en la entrega de sí mismo. Todos estos santos, en diferentes contextos, han traducido con la vida la palabra de hoy, sin tibieza, sin cálculos, con el ardor de arriesgarse y de dejar. Hermanos y hermanas, que el Señor nos ayude a imitar sus ejemplos.

DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO

A LOS PEREGRINOS DE EL SALVADOR 

CON OCASIÓN DE LA CANONIZACIÓN DE MONSEÑOR ROMERO

Lunes, 15 de octubre de 2018

Aula Pablo VI

Queridos hermanos y hermanas:

Buenos días y muchas gracias por estar aquí. La canonización de Mons. Óscar Romero, un pastor insigne del continente americano, me permite tener un encuentro con todos ustedes, que han venido a Roma para venerarlo y, al mismo tiempo, para manifestar su adhesión y cercanía al Sucesor de Pedro. Muchas gracias.

Saludo en primer lugar a mis hermanos en el Episcopado, los obispos de El Salvador, venidos a Roma acompañados de sus sacerdotes y fieles, y tanta monja, ¿no? San Óscar Romero supo encarnar con perfección la imagen del buen Pastor que da la vida por sus ovejas. Por ello, y ahora mucho más desde su canonización, pueden encontrar en él un «ejemplo y un estímulo» en el ministerio que les ha sido confiado. Ejemplo de predilección por los más necesitados de la misericordia de Dios. Estímulo para testimoniar el amor de Cristo y la solicitud por la Iglesia, sabiendo coordinar la acción de cada uno de sus miembros y colaborando con las demás Iglesias particulares con afecto colegial. Que el santo Obispo Romero los ayude a ser para todos signos de esa unidad en la pluralidad que caracteriza al santo Pueblo fiel de Dios.

Saludo también con especial afecto a los numerosos sacerdotes, religiosos, religiosas que están aquí y los que quedaron en la Patria. Ustedes, que se sienten llamados a vivir un compromiso cristiano inspirado en el estilo del nuevo santo, háganse dignos de sus enseñanzas, siendo ante todo «servidores del pueblo sacerdotal», en la vocación a la que Jesús, único y eterno sacerdote, los ha llamado. San Óscar Romero veía al sacerdote colocado en medio de dos grandes abismos: el de la misericordia infinita de Dios y el de la miseria infinita de los hombres (cf. Homilía durante la ordenación sacerdotal, 10 diciembre 1977). Queridos hermanos, trabajen sin descanso para dar cauce a ese anhelo infinito de Dios de perdonar a los hombres que se arrepienten de su miseria, y para abrir el corazón de sus hermanos a la ternura del amor de Dios, también a través de la denuncia profética de los males del mundo.

Quiero también dirigir igualmente un cordial saludo a los numerosos peregrinos venidos a Roma para participar en esta canonización, y también a los miembros de la comunidad salvadoreña de Roma. El mensaje de san Óscar Romero va dirigido a todos sin excepción, grandes y chicos, para todos. Me impresionó al entrar una abuela de noventa años que gritaba y aplaudía como si tuviera quince. La fuerza de la fe es la fuerza del Pueblo de Dios. Él, Óscar Romero, repetía con fuerza que cada católico ha de ser un mártir, porque mártir quiere decir testigo, es decir, testigo del mensaje de Dios a los hombres (cf. Homilía en el I Domingo de Adviento, 27 noviembre 1977). Dios quiere hacerse presente en nuestras vidas, y nos llama a anunciar su mensaje de libertad a toda la humanidad. Solo en Él podemos ser libres: libres del pecado, del mal, libres del odio en nuestros corazones –él fue víctima del odio–, libres totalmente para amar y acoger al Señor y a los hermanos. Una verdadera libertad ya en la tierra, que pasa por la preocupación por el hombre concreto para despertar en cada corazón la esperanza de la salvación.

Sabemos bien que esto no es fácil, por eso necesitamos el apoyo de la oración. Necesitamos estar unidos a Dios y en comunión con la Iglesia. San Óscar nos dice que sin Dios, y sin el ministerio de la Iglesia, esto no es posible. En una ocasión, se refería a la confirmación como al «sacramento de mártires» (Homilía, 5 diciembre 1977). Y es que sin «esa fuerza del Espíritu Santo, que los primeros cristianos recibieron de sus obispos, del Papa…, no hubieran aguantado la prueba de la persecución; no hubieran muerto por Cristo» (ibíd.). 

Llevemos a nuestra oración estas palabras proféticas, pidiendo a Dios su fuerza en la lucha diaria para que, si es necesario, «estemos dispuestos también a dar nuestra vida por Cristo» (ibíd.). 

También desde aquí envío mi saludo a todo el Pueblo santo de Dios que peregrina en El Salvador y hoy vibra por el gozo de ver a uno de sus hijos en el honor de los altares. Sus gentes tienen fe viva que expresan en diferentes formas de religiosidad popular y que conforma su vida social y familiar: la fe del Santo Pueblo fiel de Dios. A los sacerdotes, a los obispos les pido: «Cuiden al Santo Pueblo fiel de Dios, no lo escandalicen, cuídenlo». Y no han faltado las dificultades, el flagelo de la división, el flagelo de la guerra; la violencia se ha sentido con fuerza en su historia reciente, pero ese pueblo resiste y va adelante. No son pocos los salvadoreños que han tenido que abandonar su tierra buscando un futuro mejor. El recuerdo de san Óscar Romero es una oportunidad excepcional para lanzar un mensaje de paz y de reconciliación a todos los pueblos de Latinoamérica. El pueblo lo quería a mons. Romero, el Pueblo de Dios lo quería. Y ¿saben por qué? Porque el Pueblo de Dios sabe olfatear bien dónde hay santidad. Y acá entre ustedes, yo tendría para agradecer a tanta gente, a todo el pueblo que lo ha acompañado, que lo ha seguido, que estuvo cerca de él. Pero, ¿cómo hago para agradecer? Así que elegí a una persona, una persona que estuvo muy cerca de él, y lo acompañó y lo siguió; una persona muy humilde del pueblo: Angelita Morales. En ella pongo la representación del Pueblo de Dios. Yo le pediría a Angelita si puede venir [aplausos y cantos mientras se acerca la Sra. Morales].

Junto a la alegría de todos ustedes, pido a María, Reina de la Paz, que cuide con ternura a todos los habitantes de El Salvador y que nuestro Señor bendiga a sus gentes con la caricia de su misericordia. Y, por favor… –¿Ustedes pagaron entrada para entrar acá, o no? [Responden: «¡No!»]–. Bueno, ahora van a tener que pagar, y el precio es que recen por mí. Rezamos a la Virgen antes de recibir la bendición. Ave María… San Óscar Romero [R: Ruega por nosotros], y los bendiga Dios Todopoderoso…

HOMILÍA DEL P. JOSÉ MARÍA TOJEIRA, S.J.

EN VÍSPERAS DE LA CANONIZACIÓN DE MONS. ROMERO

Catedral Metropolitana de San Salvador

13 de octubre de 2018

INTRODUCCIÓN

Queridos hermanos y hermanas: Celebramos hoy emocionados la canonización de Monseñor Romero. Sabíamos que era un santo desde el primer momento y esperábamos con ansiedad la declaración oficial de la Iglesia sobre su santidad. ¡Este es el día! Y no podemos menos que comenzar citando a nuestro Señor Jesucristo, maestro nuestro y de Monseñor Romero. Cuando Pilatos lo estaba juzgando Jesús le dijo “he venido al mundo para dar testimonio de la verdad”. Hoy podemos afirmar que a Monseñor Romero lo envió Dios a El Salvador para ser, como Jesús, Testigo de la Verdad. Testigo de la fe en ese Cordero Degollado que permanece de pie, como le llama el libro del Apocalipsis a Jesús de Nazaret. Testigo y apóstol que sigue los pasos del Señor Jesús en su vida, en su palabra y en su capacidad de juicio sobre la situación salvadoreña. Monseñor Romero, testigo del Señor, sigue iluminando nuestra hambre y sed de justicia. Nos da la esperanza de que tanta sangre de víctimas inocentes se convierta para nosotros en el cimiento y en la base de un El Salvador construido sobre el respeto y la dignidad de todos, especialmente de los más sencillos y humildes.

RECUERDOS

Mientras en nuestro país se despreciaba a los pobres, se les explotaba, se les manipulaba y se les tenía como inferiores, Mons. Romero se identificaba con ellos y con sus causas. Su vida fue testimonio del amor preferencial de Dios a los más pobres, al luchando con ellos, pacífica y proféticamente, en favor de sus derechos. En el acta de beatificación se le llamaba con toda razón Padre de los pobres. Y así era porque exigía justicia para los campesinos y los trabajadores, apoyaba sus reivindicaciones y su organización popular, y los defendía ante el odio y la violencia de los poderosos. Pero además de estar con las causas de los pobres, vivía con ellos en el Hospitalito de la Divina Providencia. Allí, donde se hospedan o incluso van a morir los enfermos de cáncer más pobres de nuestro país, allí vivía, también en pobreza y sencillez, nuestro obispo mártir. Allí acompañaba el sufrimiento de los enfermos sin más recursos que la generosidad de las hermanas del Hospitalito, y les animaba con el consuelo de un Dios, el nuestro, que nunca abandona al débil y al afligido, y le ofrece siempre la solidaridad de los que rezamos el Padre Nuestro de corazón y deseamos que venga su Reino. Antes, estando en Santiago de María como obispo, abrió las puertas de la catedral para que los cortadores de café, que llegaban desde lejos a esa tierra de cafetales, pudieran dormir bajo techo. Las fotografías de Romero con niños que juegan con su cruz pectoral no dejan duda de su tierna cercanía a los más pobres.

Y es esa cercanía amorosa a los pobres, junto con su fe en el Señor Jesús, la que le llevó a ser profeta de justicia. Voz de los sin voz, sin más poder que la fuerza de la conciencia, sin más ley que la del amor al prójimo, y sin más patrón que el Divino Salvador. Su única arma era la Palabra. Mons. Romero, nuestro San Romero, con esa palabra beligerante y defensora del oprimido, hacía retorcerse de rabia a quienes mataban a los pobres, a quienes perseguían sus organizaciones o amenazaban de muerte a toda persona que mostrara deseos firmes de justicia social. Como a Jesús, lo odiaban aquellos que no soportaban la buena noticia de un Dios amor y creador de fraternidad. Su palabra disgustaba a los neutrales e indiferentes y molestaba a los cómplices hipócritas, que desde instituciones del Estado disimulaban y encubrían la barbarie de los escuadrones de la muerte. Y ante los odios y ataques respondía siempre con las mismas palabras de Jesús en la cruz: “Padre perdónales, que no saben lo que hacen”. Su amor cubría a todos, curando a los heridos por la injusticia y diciéndoles la verdad a los victimarios. Dos formas de amar clásicas y siempre exigidas por la Iglesia, en coherencia con nuestro Dios, que es amor, y nos llama a consolar a las víctimas y a ser profetas frente a quienes abusan del prójimo.

Mons Romero recuerda la terrible dificultad que tienen para entrar en el Reino de los cielos aquellos que ponen su corazón en las riquezas. Nuestro santo, lleno del Espíritu del Señor y su sabiduría, con su palabra combativa como espada de doble filo, desnudaba las intenciones de los soberbios. A los ricos les recordaba que la idolatría de la riqueza estaba en la base de las injusticias salvadoreñas. A los poderosos les recriminaba utilizar la muerte como instrumento de poder. Y a las organizaciones populares les recordaba que no podían poner la organización por encima de los derechos de las personas. Toda idolatría pone primero la ley del más fuerte en vez del amor al prójimo y la solidaridad evangélica. No hablaba de dar sino de compartir. Porque cuando los ricos dan algo, no están dando de lo suyo, sino de lo que pertenece a todos, y especialmente a los más pobres. A esos pobres a los que el Señor prometió el Reino de los cielos y en los que se hace siempre presente el rostro de Jesús. Inspirado siempre en el Evangelio y en la Doctrina Social de la Iglesia, en el destino universal de los bienes, en la solidaridad y la participación, nuestro santo arzobispo trabajaba desde el deseo profundo de paz con verdadera justicia social. Sabiendo además que la paz sólo puede construirse negando las idolatrías, devolviendo a las víctimas su dignidad de seres humanos, restaurando los derechos de quienes son despojados de ellos y trabajando sistemáticamente para eliminar el sufrimiento en el mundo en que vivimos.

RESURRECCIÓN

Hoy su voz sigue sonando, cada vez con mayor fuerza en todo el mundo. Desde el primer momento diversas Iglesias cristianas se solidarizaron con él. Y tras su muerte, muchos lo consideramos mártir. En cuenta Mons. Rivera, María Julia Hernández, Mons. Urioste y tantos amigos, hoy en la gloria, que nunca le abandonaron. Las Iglesias que nos acompañaron en la devoción a Romero desde el principio están hoy aquí en la alegría de la canonización, celebrando nosotros al santo de todos. Ellos han contribuido también a que el nombre de Romero se haya hecho universal. Sus reliquias han llegado hasta diócesis remotas de África y su imagen o su retrato se multiplica en iglesias y catedrales de diversas denominaciones cristianas. Y por si fuera poco el 24 de marzo ha sido declarado por las Naciones Unidas Día Internacional del Derecho a la Verdad en relación con Violaciones Graves de los Derechos Humanos y de la Dignidad de las Víctimas. En otras palabras que la ONU está reconociendo a nuestro San Romero como patrón universal del derecho de las víctimas a la verdad. Él, que fue con tanto coraje y valentía voz de los sin voz, es hoy víctima resucitada con su voz defensora de las víctimas de la historia que ansían y esperan resurrección. Mons Romero, San Óscar Arnulfo Romero, resucitado ya en la fuerza del Espíritu Santo, resucita en el mundo y continúa resucitando entre nosotros y en nosotros, su pueblo salvadoreño que busca justicia y fraternidad. Su voz resuena hoy más fuerte reclamando un mundo sin víctimas, libre del sufrimiento creado por los Caínes de la historia. En las lecturas se nos decía que nada ni nadie nos puede separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. Mons. Romero es una prueba viva y presente de ese amor de Dios que no se cansa nunca de amar y bendecir a su pueblo, enviándole santos y profetas. En el evangelio que hemos escuchado Jesús nos dice que pone en manos de Dios a sus discípulos para que ellos sientan la plenitud de la alegría. Esa misma alegría es la que hoy nos transmite ese discípulo eximio de Jesús de Nazaret al que hoy llamamos jubilosos San Óscar Arnulfo Romero.

NUESTRA RESPONSABILIDAD    

Ante este Romero santo, profeta, pastor y padre amoroso que cuida a sus ovejas y protege los derechos de los empobrecidos de nuestra tierra, los salvadoreños debemos mirar hacia nuestra realidad personal y social. Romero se tomó en serio el testamento del Señor Jesús cuando dijo a sus apóstoles y a nosotros que nos amemos unos a otros como Él nos ha amado. Por eso su espíritu ha resucitado ya y vive en su pueblo. Quiere vivir en todos nosotros e insiste en que seamos autocríticos. Quiere que nos preguntemos si seguimos a Jesucristo y a tantos testigos generosos de la fe que antes de nosotros pusieron el Evangelio como el centro de sus vidas. Nos pide, desde la mirada al Evangelio, al Señor y a sus santos, que venzamos la desigualdad y el individualismo consumista, en los que hoy se concentra la idolatría del dinero. Mons Romero nos pide que trabajemos por una sociedad donde el espíritu cristiano, generoso y fraterno esté por encima del afán de lucro individual.

Como Jesús a sus discípulos, nos recuerda que el que quiera ser superior debe convertirse en servidor y esclavo de los demás. No nos está permitido a los cristianos compararnos con otros y creernos superiores. Ese es el camino para despreciar al más sencillo y al más pobre. Cerrar los ojos y las entrañas a las necesidades del prójimo, ni es cristiano ni es digno de personas que veneramos a San Romero de América. Alegrarnos con la santidad de Romero, amarlo y respetarlo como santo y como el salvadoreño más universal, es comprometernos a seguir a Jesucristo, vivo en nuestros hermanos y que continúa crucificado en los más pobres.

Por eso mismo, el ejemplo profético de Romero nos impulsa a mirar a nuestra sociedad y a trabajar en la transformación de la misma. No queremos ni podemos permitir que se impongan leyes que dejen morir de sed a los pobres, como bien advertían nuestros obispos. No deseamos una sociedad en la que la corrupción esté presente en los ámbitos del poder económico y político. Ni tampoco queremos un sistema judicial que sea débil con los fuertes y fuerte con los débiles, que continúe, como decía Romero, mordiendo únicamente el pie del que camina descalzo. Eso se llama corrupción judicial, como ya se lo dijo una vez nuestro santo Romero a la Corte Suprema. Nuestro Santo pastor nos invita a revisar y aumentar un salario mínimo que no alcanza para vivir; nos pide formalizar y proteger el trabajo informal, que hoy mantiene en vulnerabilidad permanente a casi la mitad de la población económicamente activa de El Salvador. Nos llama a exigir escuelas decentes en cantones olvidados o con escuelas deterioradas por el paso del tiempo, las lluvias y el abandono oficial. Y nos pide también superar un sistema público de salud injusto y obsoleto, que separa y da diferente calidad de servicio a los que cotizan al Seguro Social y a los que no pueden cotizar. La salud, como el agua, la educación, el trabajo decente y la vivienda digna son derechos de todos y todas. Como decía San romero, hay que cambiar las cosas desde la raíz.

No veneramos un cadáver sino a alguien que está vivo. Vivo junto a Dios y en el corazón de todos los cristianos que quieren seguir con radicalidad el Evangelio. Nuestro Santo nos felicita hoy y se siente contento de su Iglesia porque ha presionado en favor de aumentar el salario mínimo, porque ha promovido la supresión de la minería metálica en El Salvador y porque continúa presionando para que el agua sea cuidada por todos, nos llegue a todos y podamos decir que es de todos y no de unos pocos. Pero también nos pide que trabajemos intensamente en superar y vencer el clima de violencia existente, que tanto dolor y sufrimiento produce. Repitiendo las palabras del profeta Isaías que le gustaba citar, nos exige convertir las armas en instrumentos de trabajo, nos anima a promover el trabajo decente para todos, y especialmente para los jóvenes. Sólo así, con una juventud educada para el trabajo digno y con salario justo, superaremos esa plaga violenta heredada de la locura de una guerra civil entre hermanos y multiplicada posteriormente por la desigualdad y la injusticia social. Bien decía nuestro santo que hay una violencia superior a las armas de la guerrilla y a las tanquetas del ejército: Es la violencia que uno se hace a sí mismo contra todo deseo de muerte, de explotación, abuso o o de venganza. Sin fraternidad no hay futuro. Y por eso nos pide que cuidemos la familia como fuente de paz, de generosidad y de servicio. Exigir al Estado protección, apoyo y servicios para las familias en pobreza y vulnerabilidad es prevenir la violencia. Monseñor Romero nos habla más de rehabilitación de los delincuentes que de mano dura. Exige pensiones dignas para nuestros ancianos y denuncia la terrible marginación que sufre la mujer al no reconocerle sus esfuerzos por sacar adelante la familia y negarle el derecho a pensión como retribución justa por el trabajo realizado en el hogar.

EL SANTO LUMINOSO

Jesús de Nazaret nos dijo “Yo soy la luz del mundo”. Monseñor Romero es un mártir luminoso, iluminador de una nueva sociedad en la que los pobres recuperan su dignidad y alzan su voz. Como decía la primera lectura, su vida brilla entre nosotros con la fuerza del incendio en un cañaveral. Contagia un fuego que nadie puede contener. Un hombre como Romero, que sistemáticamente luchó contra el sufrimiento humano y que aceptó el sufrimiento de una muerte injusta por defender a los pobres y a los injustamente perseguidos, nos muestra la luz de Cristo y el camino para construir una nueva historia en El Salvador. Él va venciendo y mostrándonos día a día la fuerza del bien. Mientras las argucias y mentiras de quienes le insultaban y agraviaban van quedando como telarañas en los rincones olvidados de la historia, él se ha vuelto el salvadoreño más universal. Los Pilatos, los Herodes y los Caifás que asesinaron a Jesús, son ahora mero recuerdo de personas oscuras, débiles y condenadas a la insignificancia histórica. Lo mismo pasa con quienes mataron a Romero. Mientras ellos, los asesinos, pasan a las páginas oscuras de la ignominia y el olvido, él brilla como defensor de los derechos de los humildes, como voz cada vez más potente que nos invita a defender la vida y la dignidad de todos y todas. Y no solo en El Salvador, sino en todo el mundo.

Y es por eso que nuestro San Romero es motor y guía de nuestra esperanza. Viviendo en circunstancias peores que las nuestras nunca dejó de esperar mañana mejor. Pero ponía en nuestras manos, en las manos de su pueblo, esa capacidad de forjar un futuro diferente. Tenía la valentía y el coraje de un profeta y el corazón de un santo. Un corazón abierto a las necesidades de los pobres y a los deseos de paz de todas las personas de buena voluntad. Por eso buscaba la reconciliación de todos los habitantes de El Salvador, empoderando de dignidad a los pobres y exigiendo justicia y paz. Desde su santidad nos sigue invitando a esa misma reconciliación, construida sobre la verdad, la justicia, la reparación de las víctimas y la generosidad del perdón. La verdad sin justicia y sin reparación de las víctimas acaba siendo una farsa. Pero la reconciliación no sería auténtica si no logramos establecer mecanismos que ofrezcan caminos de perdón que no burlen la justicia. Perdón que sólo la víctima puede dar, porque es moralmente superior a los verdugos y tiene siempre un corazón más generoso que los asesinos.

A Monseñor Romero lo mataron mientras celebraba la Eucaristía. Ya antes del 24 de marzo habían intentado acabar con él poniendo una bomba bajo el altar de la Iglesia de la Basílica del Sagrado Corazón, en la que iba a celebrar su misa dominical. Había un odio evidente al servicio sacerdotal de Monseñor Romero. Pero los asesinos no se daban cuenta de que matando al arzobispo en la Eucaristía lo unían definitivamente a la sangre derramada del Señor. Jesús se nos dio como alimento en la eucaristía, pidiendo que hiciéramos memoria de su muerte y de su presencia resucitada entre nosotros en el pan y en el vino. Cuando celebramos una vez más la Misa, emocionados en este momento histórico para nuestro pueblo, no dudemos de que la presencia del Señor está siempre acompañándonos. Está con nosotros en el pan de la palabra de Dios y también en la palabra firme de Romero. Esa palabra de sus homilías que lo caracteriza como un verdadero doctor de la Iglesia. El Señor permanece con nosotros en el pan compartido y en el vino con el brindamos la alegría de la resurrección. Está también con nosotros en la vida de Romero, unida a la resurrección de Cristo y compartida con nosotros. Jesús, el Cristo, está en la vida de todos los mártires y víctimas de El Salvador, incluso los más anónimos y olvidados. Ellos, unidos a Romero, celebran en el cielo la fuerza del Espíritu Santo, el Espíritu de Dios, que ha iluminado la mente y el corazón de nuestro papa Francisco para regalar a la Iglesia universal, y al pueblo salvadoreño, la proclamación como santo, mártir y ejemplo de vida a nuestro San Romero de América. Que esta Eucaristía, alegre ahora en la tierra y unida a la alegría de los mártires en el Reino de Dios, nos una a todos los pobres y afligidos del mundo. Que renueve, en ellos y en nosotros, la esperanza de un mundo más justo. Y que nos una también a la Iglesia Universal en la que siempre florece la santidad cuando los corazones se abren al hermano en necesidad.

¡Que viva Monseñor Romero!

¡Que viva la Iglesia martirial de El Salvador!

¡Que viva el Papa Francisco!

¡Que viva el Pueblo salvadoreño con el que no cuesta ser pastor!

Lee más

Testigos de la fe del siglo XX, El Salvador

“Siento miedo a la violencia de mi persona, se me ha advertido de serias amenazas para esta semana…, siento miedo a la violencia de mi persona, temo por la debilidad de mi carne, pero pido al Señor que me de serenidad y perseverancia…, mi otro temor es acerca de los riesgos de mi vida, me cuesta aceptar una muerte violenta que en estas circunstancias es muy posible. Incluso el Nuncio Apostólico de Costa Rica me aviso de peligros inminentes para esta semana. Mi disposición debe ser dar mi vida por Dios, cualquiera que sea el fin de mi vida. El asistió a los mártires y si es necesario lo sentiré muy cerca al entregarle mi último suspiro… Pero más valioso que el momento de morir es entregarle toda la vida y vivir para él y mi misión… Y acepto con fe en él mi muerte por más difícil que sea, ni quiero darle una intención como la quisiera por la paz de mi país y por el florecimiento de nuestra iglesia, porque el corazón de Cristo sabrá darle el destino que quiera… Me basta, para estar feliz y confiado, saber que con seguridad que en El esta mi vida y mi muerte. Y a pesar de mis pecados, en él he puesto mi confianza y no quedare confundido…  Y otros proseguirán con mas sabiduría y santidad los trabajos de la iglesia y de la patria”. 

(Oscar A. Romero, últimos Ejercicios Espirituales, febrero 25-28 de 1980, Planes de Renderos,   San Salvador, El Salvador).

En la Cara Apostólica Tertio Millenio adveniente, el Santo Padre invita a la Iglesia a hacer de la celebración del año 2000 “una gran plegaria de alabanza y de acción de gracias, sobre todo por el don de la Encarnación del Hijo de Dios y de la Redención realizada por Él” (TMA, 32), y a extender esa acción de gracias por  “los frutos de santidad producidos en la vida de tantos hombres y mujeres que en todas las generaciones y épocas históricas han sabido acoger sin reservas el don de la Redención” (ibid). En el n. 37 de la citada Carta Apostólica, el Santo Padre se detiene a considerar una forma especial de respuesta al don de la Redención: el martirio, recordando que la Iglesia ha sido fecundada por la sangre de los mártires y que el martirio es una constante en su historia dos veces milenaria. Subraya de modo particular los mártires de nuestro siglo, e invita a las Iglesias particulares a poner los medios para conservar la memoria de los “nuevos mártires”, <<muchas veces ignorados, como “soldados desconocidos” de la gran causa de Dios>>. 

Por ello, al conmemorar en este año el XXº aniversario de la muerte de Mons. Romero, damos gracias a Dios que nos permite celebrar, en el marco del año Jubilar, la memoria del más grande “testigo de la fe” entre los salvadoreños quien, el 24 de marzo de 1980, dio su vida como máximo testimonio de amor por Jesucristo y su Evangelio. Sin embargo, debemos agradecer al Altísimo, el testimonio de muchos Sacerdotes, Religiosos, Religiosas y de fieles cristianos Laicos que también supieron permanecer fieles a Jesucristo, al Evangelio y al Magisterio de la Iglesia en el cotidiano vivir de su fe. Con toda certeza y por muchas razones, se nos quedan una cantidad innumerable de cristianos que en el silencio permanecerán como “testigos anónimos de la fe del siglo XX”. A ellos nuestra gratitud y veneración.

Todos supieron vivir en medio de una historia de dolor y compartieron con los pobres su fe inquebrantable en el Señor de la vida, la esperanza de ver realizada en El Salvador la realidad cristiana de unos cielos nuevos y una tierra nueva, y una caridad no sólo anunciada, sino encarnada en el destino mismo de los pobres y en la solidaridad fraterna.

Muchos siglos nos separan de aquellos primeros mártires, verdaderos heraldos de Dios, hoy “nuevos testigos de la fe” siguen regando con su sangre la vida y el quehacer de la Iglesia, que su sangre sea siempre semilla de cristianos.

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SANTIDAD Y MARTIRIO DE MONSEÑOR ROMERO

Por: Mons. Rafael Urrutia, Postulador Diocesano

Una vez más, el Papa Francisco “sorprendió al mundo” con la firma de dos Decretos que permiten la canonización del Papa Pablo VI, beatificado en octubre de 2014; y de Monseñor Óscar Arnulfo Romero, beatificado el 23 de mayo de 2015. Ambos Decretos, firmados el 6 de marzo del año en curso (2018), reconocen dos milagros obtenidos por la intercesión de Pablo VI y del Beato Romero, último escollo para la santificación plena, jurídicamente hablando; y así desde la ceremonia de canonización del 14 de octubre próximo, ambos serán llamados “Santos”.

Siguiendo un iter procesal, los siervos de Dios llegan a ser declarados santos por fama de santidad de quienes mediante la vivencia de las virtudes de modo heroico (es el caso de San Juan Pablo II, de Pablo VI o de Santa Teresa de Calcuta) o por fama de martirio de quienes en un acto de inmenso amor a Cristo, ofrecieron sus vidas por la defensa de la fe (como en el caso del niño San Juan Sánchez del Río o de Monseñor Romero), pero ambas se edifican sobre la roca de la santidad. En ambos casos se vive la santidad, aunque para el martirio requiere de una llamada particular de Dios a uno de sus hijos, una elección que Dios hace a muy pocos de sus hijos; porque “el martirio es un don que Dios concede a pocos de sus hijos, para que llegue a hacerse semejante a su Maestro, que aceptó libremente la muerte por la salvación del mundo, asemejándose a él en el derramamiento de su sangre como un acto sublime de amor. Es por ello que la más grande apología del cristianismo es la que da un mártir como máximo testimonio de amor.

De alguna manera debo agradecer a los detractores de Monseñor Romero y a la euforia de quienes lo aman, el haberme ayudado a interiorizar su martirio y a comprender que, aunque entre las disposiciones antecedentes al martirio no son requeridas la santidad y las virtudes heroicas durante la vida del siervo de Dios, ese martirio en él, es la plenitud de una vida santa; quiero decir que Dios eligió al Beato para su misión martirial porque encontró en él, a un hombre con experiencia de Dios o dicho con palabras del evangelio, “encontró a Óscar, lleno de gracia”.

Entre los elementos constitutivos del concepto jurídico del martirio, el elemento causal y formal es el más importante, porque aquello que hace que una muerte sea calificable y calificada como martirial es, específicamente, la causa por la cual la muerte es infringida y aceptada. Por eso San Agustín ha podido expresar lacónicamente: “martyres non facit poena sed causa”. Por tanto, Monseñor Romero no es mártir porque lo asesinaron, sino por la causa por la que lo asesinaron. 

Esto indica que en el evento martirial es necesaria una causa suficiente, apta y cualificada, tanto en el mártir como en el perseguidor. Y esta causa suficiente, apta y cualificada para que se realice un auténtico evento martirial es únicamente la fe considerada bajo un doble aspecto: en el perseguidor por cuanto la odia y en el mártir por cuanto la ama. De hecho, el perseguidor que asesina por odio a la fe es comprensible solo a la luz del amor por la misma fe que anima al mártir.

Al hablar aquí de la fe, en cuanto causa del martirio, no se entiende solo la virtud teologal de la fe, sino también toda virtud sobrenatural, teologal (fe, esperanza y caridad), y cardinal (prudencia, justicia, fortaleza, temperancia), y sus subespecies que estén referidas a Cristo. Por lo que es causa suficiente de martirio no sólo la confesión de la fe, sino también de toda otra virtud infusa. Por tanto, Benedicto XIV sintetiza todo el contenido de la fe como causa del evento del martirio en una fórmula, afirmando que la causa del martirio es constituida por la fides credendorum vel agendorum, en cuanto entre las verdades de la fe “aliae sunt theoricae, aliae practicae”. 

Todo esto nos lleva a pensar con Monseñor Fernando Sáenz Lacalle, Arzobispo de San Salvador, en la homilía del vigésimo aniversario de la muerte martirial de Monseñor Romero en el año 2000, que “Dios omnipotente, y Bondad infinita, sabe sacar cosas buenas hasta de las acciones más nefastas de los hombres. El horrible crimen que segó la vida de nuestro amado predecesor le proporcionó una inestimable fortuna: morir como “testigo de la fe al pie del altar”.  De ese modo la vida de Mons. Romero se transforma en una misa que se funde, a la hora del ofertorio, con el Sacrificio de Cristo… El ofreció su vida a Dios: sus años de infancia en Ciudad Barrios, sus años de seminario en San Miguel o sus años de estudiante en Roma. Su ordenación Sacerdotal en Roma el 4 de abril de 1942. Su accidentado regreso a la patria, saliendo de Roma el 15 de agosto de 1943 y llegando a San Miguel el 24 de diciembre del mismo año, pasando una temporada, junto a su compañero el joven sacerdote Rafael Valladares, en los campos de concentración en Cuba, seguida de otra temporada en el hospital de la misma ciudad. Párroco de Anamorós y luego Santo Domingo en la Ciudad de San Miguel, con múltiples responsabilidades a las que hacía frente con empeño y sacrificio. Después, en 1967, San Salvador: secretario de la Conferencia Episcopal de El Salvador y luego Obispo Auxiliar de Mons. Luis Chávez y González. En 1974 fue nombrado Obispo de Santiago de María y el 22 de febrero de 1977 tomó posesión de la Sede Arzobispal de San Salvador, habiendo sido elevado a ella el 7 del mismo mes. Sede que ocupó hasta el encuentro con el Padre el 24 de marzo de 1980. Estos rápidos datos biográficos nos ayudarán en el empeño de ofrecer a la Santísima Trinidad la existencia terrena de Mons. Romero junto a la vida de Cristo Jesús. No ofrecemos unos datos, ofrecemos una vida intensa, rica en matices, ofrecemos la figura de un pastor en el que se descubre la profundidad enorme de su vida, de su interioridad, de su espíritu de unión con Dios, raíz, fuente y cumbre de toda su existencia, no solamente desde su vida Arzobispal, sino desde su vida de estudiante y joven sacerdote. Una vida que floreció hasta convertirlo en el “testigo de la fe al pie del altar” porque sus raíces estaban bien cimentadas y metidas en Dios, en El encontró la fuerza de su vitalidad, por El, con El y en Él fue viviendo, también, su vida Arzobispal entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios. “Mons. Romero, hombre humilde y tímido, pero poseído por Dios logró hacer lo que siempre quiso hacer: grandes cosas, pero por los caminos que el Señor le tenía señalados”, caminos que fue descubriendo en su intensa e íntima unión con Cristo, modelo y fuente de toda santidad”.

Quienes conocimos a Monseñor Romero desde sus primeros años de sacerdocio, somos testigos que mantuvo vivo su ministerio dándole primacía absoluta a una nutrida vida espiritual, la que nunca descuidó a causa de sus diversas actividades, manteniendo siempre una sintonía particular y profunda con Cristo, el Buen Pastor  a través de la liturgia, la oración personal, el tenor de vida y la práctica de las virtudes cristiana, así quiso configurarse con Cristo Cabeza y Pastor participando de su misma  “caridad pastoral” desde su donación de sí a Dios y a la Iglesia, compartiendo el don de Cristo y a su imagen, hasta dar su vida por la grey.

Monseñor Romero fue un sacerdote que llevó una vida santa desde el seminario. Roberto Morozzo Della Rocca, en su Libro “Primero Dios”. Vida de Monseñor Romero, escribe: 

“La modestia del ambiente del Seminario Menor de San Miguel no impedía que los seminaristas fueran exhortados a dar lo mejor de sí mismos y a aspirar a la santidad. El joven Romero redactaba y renovaba propósitos y programas de oración, de penitencia, de disciplina cotidiana, tal como lo hacían los seminaristas diligentes de cualquier parte. Las devociones migueleñas por la Virgen de la Paz y del Sagrado Corazón de Jesús eran privilegiadas en el seminario. Romero fue fiel estas devociones toda la vida, y, siendo arzobispo, continuó difundiéndolas con especial ahínco. La devoción por el Sagrado corazón acompañó a Romero durante toda su vida con significado exclusivamente religioso. 

En su cartera, llevó la siguiente oración de consagración al Sagrado Corazón hasta el día de su muerte: “Sagrado Corazón de Jesús, confío en ti. Desilusionado por mi debilidad e inconstancia, siento que hoy mi confianza en ti es más sincera. Si tú, cansado de mis infidelidades, no tienes misericordia de mí, no hay salvación para mí. Ahora más que nunca confieso que tú eres el único que puede salvarme y por eso me consagro personalmente a ti. ¡Tuus sum ergo¡ No te avergüences de mí; no tengo nada que te pueda honrar en el consagrarme a ti; sólo un mundo de miserias y de sombras para que más copiosa resplandezca tu redención…”  (cfr. o.c. págs. 54-55)

   “La documentación sobre la estancia de Romero en Roma muestra un joven fascinado por la ciudad de los papas y, al mismo tiempo, atento a sus deberes de piedad religiosa y de estudio haciendo gala de gran abnegación y seriedad. Simplemente, Romero quería ser santo. Escribía a su madre una vez al mes y en sus cartas subrayaba continuamente “que se encaminaba a la perfección”. Al no tener dinero para comprar libros, Romero redactaba a mano fichas de lectura y pensamientos que le interesaban. La mayor parte -y son miles de fichas- tratan sobre la espiritualidad, la ascética y la mística. No es nada insólito que un seminarista se interese por la perfección cristiana y la consecución de la santidad, pero en Romero ese interés era muy profundo. En la primera sección que Romero dedica al tema de la santidad, encontramos un texto muy revelador que nos habla de la suprema aspiración del joven estudiante. Se trata de unas pocas líneas que un amigo del ¨Pío Latino Americano le había dedicado en consonancia espiritual: 

“Romero, para ti con mucho cariño he sacado la copia de esta carta, la más útil que he recibido en mi vida, para que la meditación asidua de este programa perfecto de la vida sacerdotal te ayude como te quiero ayudar yo, en la consecución de ese ideal grande de santidad a la que con tanta generosidad aspiras y es la mayor aspiración que tengo para ti. El día en que tú y yo seamos santos, estaremos unidos en el Corazón de nuestro Maestro y nuestro Amigo, como lo están los lados de un ángulo en su vértice; y, ni el tiempo ni la ausencia, ni las dificultades, sea cual fuere la especie que revistan, nos podrán separar. En el corazón de Cristo, J. León Rojas Ch. Roma 27 de diciembre de 1940. En la fiesta del discípulo amado de Jesús (o.c. págs. 61-63).

Si bien ya en el seno familiar aprendió, específicamente de su padre, las primeras oraciones y la devoción a los santos. Siendo ya Sacerdote y Obispo, Monseñor Romero continuo nutriendo de múltiples prácticas de piedad su caridad pastoral: 

  • La austeridad fue característica permanente en su vida vocacional;
  • La continua oración personal fue vivida siempre como un momento de diálogo profundo con Dios, lo que consideraba de vital importancia para su sacerdocio. 
  • De enero de 1966, después de unos ejercicios espirituales, consta en sus Cuadernos Espirituales que se proponía una reforma espiritual de la siguiente manera: “I. Para fortificar mi vida interior: 1. sincero retorno a la piedad: meditación diaria. 2. Examen de conciencia (después de la siesta y uno breve antes del almuerzo. 3. Breviario y lectura espiritual. 4. Volver al Rosario de la Iglesia. 5. Volver al retiro mensual. 6. Acción de gracias después de la misa. 7. Confesión semanal, dar carácter de penitencia y mortificación a mis deberes. 
  • Mons. Romero fue también un asceta. Este aspecto de su vida espiritual se destaca en sus cuadernos espirituales en los cuales delinea el programa de su vida sacerdotal y episcopal, como camino de santificación. El bien conocía su timidez, su sensualidad, sus faltas de carácter, en general sus debilidades humanas. Estas son algunas de sus prácticas ascéticas:
  1. Ante todo, el deber, las circunstancias, las pruebas de la vida serán mi mejor purgatorio.
  2. En la comida, dieta de diabético. Alguna privación en cada comida, algún ayuno en las principales vigilias (en la de los apóstoles), no comer dulces.
  3. Cilicio. Una hora diaria.
  4.  Disciplina. Los viernes.
  5. Siesta breve (media hora). Alguna vez dormir en el suelo. Maitines a media noche.
  • En la época de Sacerdote tenía tres devociones principales que nutrían también su fecundo ministerio: el Santísimo Sacramento, la Santísima Virgen María y la figura del Papa.
  • La devoción preferida del Siervo de Dios, desde pequeño, fue la adoración al Santísimo Sacramento frente a quien cada día hacía tres largos ratos de oración: uno por la mañana, otro al medio día y el tercero antes de dormir. Es notorio para muchos testigos que las decisiones más importantes siempre las tomó de rodillas frente al Santísimo.
  • La segunda devoción era a la Santísima Virgen a quien amaba intensamente y le ofrendaba a diario el rezo del Santo Rosario, ella, en su vida Arzobispal, le acompañó la devoción al Sagrado Corazón de Jesús a quien le había consagrado toda su vida, consagración que renovaba cada mes.
  • La tercera devoción es la que profesó a la Iglesia en la persona del Papa intentando traducirla en una constante y sincera actitud para “sentir con la Iglesia”.
  • Su opción por los pobres, objeto de su predilección pastoral, no nace en Mons. Romero a partir de la convulsionada historia del dolor de los pobres que le tocó vivir. En los años de vida Arzobispal floreció lo que en germen traía en el corazón y en su vida desde los primeros años de joven sacerdote. La opción por los pobres brotó en el “testigo de la fe”, desde su primer encuentro con el Pobre de Nazareth y la vivió en fidelidad al Magisterio de la Iglesia, como gesto de solidaridad fraterna fruto de su conversión permanente. La vivió en la dimensión de la cruz, no le fue fácil, fue el signo sacerdotal más claro de su vida que lo llevó a la imitación de Cristo: “dar su vida por su grey”. 
  • La caridad pastoral marcó en Mons. Romero el tono de “su predicación de la Palabra”.  La Palabra de Dios fue para él fuente de inspiración vital, tenía además la conciencia de la absoluta necesidad de permanecer fiel y anclado en la Palabra de Dios, en la Tradición y en el Magisterio, para ser verdadero discípulo de Cristo y conocedor de la verdad. 
  • En el ministerio de la Palabra, lo más notable de su predicación es la solidez doctrinal, fruto de largas horas de oración y de estudio; sus homilías dominicales siempre iban precedidas por un largo momento de oración de 10 de la noche a 4 de la mañana de rodillas delante del Crucificado que tenía en su habitación. Por esta razón, nunca le animó a Mons. Romero la intención de agitar al pueblo, al odio y a la violencia, pero era evidente que su palabra a menudo era fogosa como la de los profetas que se enfrentaron a realidades similares. Su mensaje siempre tuvo como tres elementos inseparables: el anuncio del mensaje cristiano, la invitación a la conversión y la apertura a los pecadores. Ciertamente sobran los testimonios que demuestran cuánta gente creció en su fe, gracias a su ministerio de la Palabra, otros se sintieron molestos por ella. Ciertamente él mantuvo un esfuerzo permanente de interpretar los signos de los tiempos y de iluminar la historia del país desde el Evangelio y desde la Doctrina Social de la Iglesia. Como Pastor de la comunidad existió y vivió para ella, por ella rezó, le anunció un mensaje para la vida y se sacrificó hasta su muerte martirial. Esta experiencia fue en verdad para él un “sentir con la Iglesia”.
  • Si bien el ministerio de la Palabra fue un elemento fundamental en toda su labor sacerdotal, su núcleo y centro vital fue la Eucaristía, la que nunca celebró sin haberse preparado adecuadamente, su fe y el amor por la Eucaristía hicieron imposible en él que la presencia de Cristo en el Sagrario permaneciera solitaria. La Liturgia de las horas, fue en él un momento privilegiado para la adoración eucarística. 
  • La obediencia, como valor sacerdotal de primordial importancia supo vivirla como verdadera actuación de la libertad personal, el hilo conductor de la caridad pastoral lo llevó a vivirla como una “obligación especial de respeto al Sumo Pontífice, a la Iglesia y su Magisterio, consciente, como lo era, que ella le venía inspirada por el Señor Jesucristo y su Evangelio.
  • Finalmente, a ejemplo de Cristo pobre, Mons. Romero buscó con la ayuda del Señor, configurar su vida con El en la libertad interior ante todos los bienes y riquezas del mundo. Amigo de los pobres, reservó para ellos las más delicadas atenciones de su caridad pastoral, recordando siempre que la primera miseria de la que debe ser liberado el hombre es el pecado, raíz última de todos los males.

Son todos éstos los cimientos de espiritualidad sobre los que Dios, nuestro Padre, eligió a Monseñor Romero para ser “el testigo de la fe más grande entre los salvadoreños, al pie del altar”.

Y aunque existieron evidentemente, por la naturaleza humana, pecados en su vida, todos ellos fueron purificados con el derramamiento de su sangre en el acto martirial. 

No quiero ofrecer una imagen light de Monseñor Romero, sino que, después de treinta años de trabajo como Postulador Diocesano de su Causa de Canonización, deseo compartir mi punto de vista, mi apreciación de un Obispo Buen Pastor que siempre fue obediente a la voluntad de Dios con delicada docilidad a sus inspiraciones; que vivió según el corazón de Dios, no solo los tres años de su vida arzobispal, sino toda su vida. Dios nos dio en él, un auténtico profeta, al defensor de los derechos humanos de los pobres y al Buen Pastor que dio su vida por ellos; y nos enseñó que es posible vivir según el corazón de Dios nuestra fe cristiana. Es cuanto afirma en la Carta Apostólica de Beatificación el Papa Francisco cuando dice: “Óscar Arnulfo Romero y Galdámez, obispo y mártir, pastor según el corazón de Cristo, evangelizador y padre de los pobres, testigo heroico del reino de Dios, reino de justicia, de fraternidad, de paz. 

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“SAN ÓSCAR ARNULFO ROMERO: UN OBISPO QUE AMÓ A DIOS CON TODO SU CORAZÓN”

Queridos Hermanos y Hermanas:

Quiero comenzar agradeciendo la invitación que me hicieron los Sacerdotes de esta Vicaría de Ahuachapán, para presidir esta Eucaristía por la celebración del Trigésimo Aniversario del Martirio de San Óscar Arnulfo Romero; cuya figura, a pesar de su elevación a los altares hecha por el Papa Francisco, sigue siendo controvertida y cargada de polos opuestos: un profeta y subversivo, mártir y revolucionario, hombre de Iglesia y hombre de política, pero para el pueblo sencillo: un Buen Pastor, que supo encarnar en su ministerio arzobispal el amosris officiun de Jesús, su caridad pastoral.

    ¿Quién fue realmente Romero? 

En los días cercanos a la canonización del Beato Óscar Romero, algunos jóvenes me preguntaban con insistencia cómo podían conocer mejor a Monseñor Romero y me pedían escribir algo para ellos, y pude hacerlo solo después de su canonización y en nombre de San Óscar Romero, como si a través de una pequeña carta les contara, él mismo, algo acerca de su vida. En esas “Pinceladas sobre Monseñor Romero a los Jóvenes”, escribí:

Queridos Jóvenes: Con ocasión de la ceremonia de canonización de siete Beatos en nuestra Iglesia Católica, entre los que contamos el Papa Pablo VI y yo, con la distancia de los años, vengo hoy a Ustedes con el amor del Buen Pastor que conoce a sus ovejas, pero que desea también que las ovejas lo conozcan a él; por ello quiero contarles algo acerca de mi vida. 

Desde los primeros años de mi infancia en Ciudad Barios, donde nací, viví mi primer encuentro personal con Jesucristo vivo. Escuchar aquel humilde evangelio predicado por mis padres y su sencilla piedad popular, me abrieron el oído y el corazón al encuentro con Jesús y a la fe. Desde entonces, a mi manera, comencé a vivir una incipiente conversión que con el correr de los años se fue perfeccionando; y un día me sentí llamado al sacerdocio, hasta que el 4 de abril de 1942 fui ordenado sacerdote en Roma.

Entonces volví a la Diócesis de San Miguel donde ejercí el ministerio sacerdotal con gran alegría y fidelidad al Señor. Fui Párroco de Anamorós y luego Santo Domingo en la Ciudad de San Miguel, y tuve múltiples responsabilidades a las que hice frente con empeño y sacrificio. Fui nombrado en 1970 Obispo Auxiliar de Mons. Luis Chávez y González. En 1974, Obispo de Santiago de María; y el 22 de febrero de 1977 tomé posesión de la Sede Arzobispal de San Salvador, habiendo sido elevado a ella el 7 del mismo mes, sede a la que amé y serví con entrega generosa, hasta el encuentro definitivo con el Padre el 24 de marzo de 1980.

Pocos días después de la toma de posesión, el 12 de marzo de 1977, asesinaron al Padre Rutilio Grande, S.J. y a dos de sus acompañantes, Manuel Solórzano y Nelson Rutilio Lemus, mientras iba a celebrar una misa al Paisnal. Ese evento martirial, en medio del dolor fraterno, me abrió los ojos y el corazón a una nueva llamada del Señor a ejercer el oficio del Buen Pastor, que no abandona a las ovejas cuando ve venir al lobo, y de nuevo volví mi rostro a Dios para que Él guiara mis pasos por el sendero hacia donde quería conducirme. Fueron aquellos momentos, de pasión y de oración intensa, los que agudizaron mi olfato de Buen Pastor, para percibir que la persecución a la Iglesia estaba llamando a su puerta. No se trataba solo del asesinato de Rutilio Grande, sino que la Iglesia ya era vista con recelo y sospechas. 

Como podemos comprender hermanos, la vida de Monseñor Romero no se puede separar de la atormentada historia del país. La conflictividad social era muy elevada. Había una tormenta ideológica.  Pero continúa la Carta a los jóvenes en este contexto histórico…

Predicar el Evangelio de Jesucristo, a juicio de los poderes de este mudo era un peligro que atentaba contra su seguridad, y había que perseguirla y hacerla callar a toda costa, olvidándose que la Palabra de Dios no está encadenada y que es como el rayo de sol que siempre me iluminó “para ir recogiendo el clamor del pueblo y el dolor de tanto crimen, la ignominia de tanta violencia; ella fue la luz que puso en mí, la palabra oportuna para consolar, para denunciar, para llamar al arrepentimiento, y aunque muchas veces fue como la voz que clama en el desierto” (cfr. Homilía 23 de marzo de 1980), mi voz resonó en nombre de aquellos que nunca fueron escuchados, que nunca tuvieron voz, “porque nada hay tan importante para la Iglesia como la vida humana, como la persona humana, sobre todo la persona de los pobres y oprimidos, que además de seres humanos son seres divinos, por cuanto dijo Jesús, que todo lo que con ellos se hace, Él lo recibe como hecho a Él, porque son hechos que tocan al corazón mismo de Dios” (cfr. Homilía 16 de marzo 1980). Fue en este contexto donde debí vivir el ministerio episcopal, en medio de las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios y, por encima de todo, opté por ser fiel a Dios y a mi pueblo. 

Dios fue mi único confidente, en Él encontré siempre serenidad para mi alma y la paz que mi corazón necesitaba para seguir predicando según su corazón, me dejé guiar por sus inspiraciones porque la sanidad siempre fue mi meta. Y fue en ese sendero donde un día Dios me sorprendió con el don del martirio y, en su infinito amor, transformó mi vida en una hostia viva y me unió a su Hijo en la cruz. 

Yo sólo quise ser un Obispo con olor a oveja, como el Buen Pastor, nunca pensé en el honor de los altares, fue mi querido y fiel amigo Monseñor Rivera Damas quien pensó que mi humilde testimonio de vida podría servir de inspiración para todos ustedes y entonces decidió introducir la causa de canonización por vía del martirio. La canonización no me va a añadir gloria alguna delante de Dios. Con ella, la Iglesia, no me está premiando o haciéndome justicia. La canonización es para ustedes, son ustedes los destinatarios y los beneficiarios. Con ella la Iglesia quiere proponer continuamente nuevos modelos de santidad, capaces de ayudarles a interpretar en cualquier condición de vida, que sí se puede ser santos en medio del mundo y de circunstancias históricas concretas viviendo con un corazón dócil el mensaje evangélico. Así, pues, con San Pablo VI, con mis otros cinco compañeros de canonización y conmigo, la Iglesia quiere proponerles prototipos creativos de formas de santidad en la historia. El Papa Francisco puede ayudarlos a comprender como vivir la propia santificación en el mundo contemporáneo con su Exhortación Apostólica Gaudete et Exsultate, por favor léanla. 

Déjenme comentarles hermanos: Monseñor Romero fue un sacerdote que llevó una vida santa desde el seminario. Y aunque existieron evidentemente, por la naturaleza humana, pecados en su vida, todos ellos fueron purificados con el derramamiento de su sangre en el acto martirial. 

De alguna manera debo agradecer a los detractores de Monseñor Romero y a la euforia de quienes lo aman, el haberme ayudado a interiorizar su martirio y a comprender que, aunque entre las disposiciones antecedentes al martirio no son requeridas la santidad y las virtudes heroicas durante la vida del siervo de Dios, ese martirio en él, es la plenitud de una vida santa; quiero decir que Dios eligió al Beato para su misión martirial porque encontró en él, a un hombre con experiencia de Dios o dicho con palabras del evangelio, “encontró a Óscar, lleno de gracia”.

No quiero ofrecer una imagen light de Monseñor Romero, sino que, después de treinta años de trabajo como Postulador Diocesano de su Causa de Canonización, deseo compartir en esta Eucaristía, mi punto de vista, mi apreciación de un Obispo Buen Pastor que siempre fue obediente a la voluntad de Dios con delicada docilidad a sus inspiraciones; que vivió según el corazón de Dios, a quien amó con todo su corazón, no solo los tres años de su vida arzobispal, sino toda su vida. Dios nos dio en él, un auténtico profeta, al defensor de los derechos humanos de los pobres y al Buen Pastor que dio su vida por ellos; y nos enseñó que es posible vivir según el corazón de Dios nuestra fe cristiana. 

Y la Carta a los jóvenes concluye con estos dos pensamiento: 

Muchas cosas pueden ser importantes en la vida, pero dos son prioritarias y absolutas, la primera, amar a Dios con todo el corazón y fortalecer ese amor con una nutrida vida espiritual, manteniendo siempre una sintonía particular y profunda con Cristo, el Buen Pastor a través de la liturgia, la oración personal, el tenor de vida y la práctica de las virtudes cristiana, tomando la cruz de cada día para caminar con él hacia la casa del Padre. La segunda el amor al prójimo especialmente en los pobres y desposeídos, incluso poniendo en riesgo la propia seguridad y la vida. Sean siempre obedientes a la voluntad de Dios con delicada docilidad a sus inspiraciones para vivirlas según el corazón de Dios. 

Que el Espíritu Santo los conduzca a vivir la centralidad del Señorío de Jesús, en Él puse yo toda mi confianza y hundí en sus raíces mi vida. Yo he sido sólo un servidor fiel, quiero llevarlos a Él, porque deseo que, desde Él juntos ustedes y yo, con nuestra fe y el Evangelio; y llevados de la mano de nuestra Iglesia, construyamos un mundo nuevo, quizás mejor, un nuevo El Salvador, justo, fraterno y solidario. [Hasta aquí la Carta]. Hermanos, deseo invitarlos en esta Eucaristía a que nosotros amemos a Dios con todo el corazón y al prójimo como la mejor expresión ese amor. Viva San Óscar Arnulfo Romero. Así sea.

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