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La Justificación y la Fe

La Justificación y la Fe
HOMILIAS 1978

10º Domingo del Tiempo Ordinario

Domingo 11 de junio de 1978

Lecturas:
Oseas: 6, 3b-6
Romanos: 1, 18-25
Mt.: 9, 9-3

Queridos hermanos:

El tiempo ordinario llega hoy al 10º domingo, no olvidemos que quiere inculcar en el pueblo cristiano este tiempo ordinario. Mientras para muchos la Misa del Domingo aburre, porque siempre es lo mismo, para el cristiano consciente, sabe que no es lo mismo.

Así como cuando uno va en la carretera le parece que aquellas piedritas que marcan los kilómetros son lo mismo, y si uno se fija, cada piedra va indicando una cercanía más, un número distinto. Así también, lo que se va desplegando a lo largo del año es el Misterio de nuestra Salvación; y el cristiano que vive su fe cada domingo es como que llega a un nuevo kilómetro y se llena de nueva esperanza para continuar la ruta hacia eso que es el destino de toda la vida humana: La salvación. Yo les invito, pues, a que nuestra Misa de los domingos llene de verdad estos objetivos señalados por el Concilio, que quiere renovar al pueblo de Dios. El Concilio ha indicado estos objetivos para cada reunión dominical: Vivir el sentido comunitario de nuestra Iglesia. No nos podemos salvar solos. Dios quiere salvar a los hombres como pueblo; pueblo que adora al Señor. Y es hermoso venir a constatar el domingo que somos el pueblo de Dios.

Segundo: Venimos a escuchar Su Palabra y a participar en Su Eucaristía; no venimos sólo a curiosear, sino que venimos a un acto de Fe. La Fe que atiende la Palabra, no porque la dice fulano de tal, sino porque es Palabra de Dios, a través de ese instrumento que es el predicador, y a participar de la Eucaristía. Eso es lo principal: la Palabra de Dios nos prepara para luego adorar a Cristo en la Hostia, y ojalá también para recibirlo, como alimento en nuestra peregrinación.

En tercer lugar, venimos a recordar la Pasión, Resurrección y Glorificación de nuestro divino Señor Jesucristo. Y en cuarto lugar, y principalmente, a darle gracias a Dios que nos ha hecho renacer a la viva esperanza por la Resurrección de Cristo. Sentir que esa vida exuberante, juvenil y perpetua de Cristo, se hace «mi vida»; y salgo de la Misa dominical con la alegría de quien ha rejuvenecido con nueva esperanza en Cristo resucitado.

Estas lecturas de este domingo alimentan todas estas ideas. Yo le voy a dar este título a nuestra homilía de hoy, a nuestra reflexión de hoy: «La Justificación y la Fe»

Y voy a presentar tres ideas para agrupar mis ideas.

1º La justificación que Dios ofrece a los hombres.
2º La disposición que los hombre deben tener para recibir esa justificación de Dios, y…
3º La misión de la Iglesia y de los Profetas: Disponer a los hombres para recibir la justificación de Dios.

Y después de desarrollar mi pensamiento, voy a hacer una aplicación concreta; porque una reflexión de la Palabra de Dios que no concreta en el ambiente en que se vive, es muy pavorosa, es poco encarnada en la realidad. Y al terminar pues, esta reflexión, les voy a presentar el panorama de nuestra semana, para que Uds. mismos vean, en esto acontecimientos de nuestra patria y del mundo en esta semana, quiénes se están disponiendo para recibir esa justificación que Dios ofrece, y quienes la están rechazando, o volviéndole la espalda a ese regalo de Dios. Para que luego nuestra Eucaristía sea de un sincero convertido con la Palabra de Dios que le dice: «Señor, si hasta ahora, he estado de espaldas a este ofrecimiento tuyo, yo te pido perdón, yo quiero cambiar». Cambiar no es pecado, cuando el cambio es de lo imperfecto a lo perfecto. Este es el trabajo de toda nuestra vida: Evolucionar según el pensamiento de Dios, no según nuestras pasiones.

Comencemos, pues, por decir, cual es la justificación que Dios ofrece. Pongamos como figura central de nuestra reflexión, como nos ha presentado el Evangelio, a Jesucristo (no olvidemos, siempre el Evangelio es el centro focal de nuestras reflexiones). Cristo es la luz que ilumina al hombre, y nuestras miradas se clavan directo en él, y ahora lo miramos llamando a un pecador, y luego, comiendo y participando con los pecadores… Y vemos como se le critica: «Miren, su Maestro come con los pecadores». Y, ¿cómo se defiende el Señor?: vuelve la acusación, en una denuncia a un falso puritanismo, a una hipocresía. Cristo llama a un pecador, Mateo. El autor del primer Evangelio, era un cobrador de impuestos. Quien estudia la historia, sabe lo repugnante que era ese cargo en los tiempos de Jesucristo. El Imperio Romano cobraba los impuestos de los pueblos sometidos y, para cobrar, se ponía a licitación, ¿quiénes quieren ser cobradores? Y venía un hombre, y compraba el cargo de cobrador para luego negociar; y él podía hacer lo que quisiera, con tal que entregara al Imperio Romano la cantidad que le estipulaba. El era libre para extorcionar, para robar, para engañar; era un fraude tremendo. El cobrador de impuestos era una persona repugnante, (que la ha comparado aquí el Evangelio con los publicanos y los pecadores, con las rameras, con los ladrones, gente de mala calaña) a uno de esos llama Cristo: «Ven y sígueme». Y Mateo deja su mesa de cobros. No le importan ya las ganancias, las extorciones, sigue a Jesús, y agradecido le prepare un banquete, una ceñita. Naturalmente, con sus amigos, su pobre ambiente social era ese ambiente de ladrones, de publicanos, de cobradores… ¿Y a quiénes iba a invitar el pobre? Y Cristo no rehuye, a pesar de que vive en un ambiente puritano de fariseos, que prohíbe mezclarse con un judío que no cumple la Ley y que se llama pecador. Un fariseo no se mezcla con esa gente, no le da la mano a un cobrador, a un publicano; aunque en su corazón haga cosas peores, salva esa apariencia. Cristo no tiene miedo a la crítica, al ambiente, y se mete a comer en aquel ambiente, que luego es mal visto por los fariseos. Y le dicen a los discípulos de Jesús: «¿Cómo vuestro Maestro come con publicanos y pecadores?» Y Cristo oyó y defiende su posición: «No son los sanos los que necesitan al médico, sino los enfermos. No he venido a buscar justos, esos ya están seguros. He venido a buscar pecadores… Soy el salvador del Mundo. Y recordad esto: es la voluntad de Dios: Quiero misericordia y no sacrificios. Ustedes se pagan de la apariencia de su culto, en el templo; ustedes se glorían de su pureza legal, no se mezclan con los pecadores ustedes sepulcros, bien blanquitos por fuera, pero por dentro como están… podredumbre… ¡hipócritas! Misericordia quiero. ¿Cómo están sus relaciones íntimas con Dios? ¿Cómo está su honradez verdadera? ¡Hipócritas!» Jesucristo vuelve, pues, la acusación de un falso puritanismo, en una verdadera denuncia de la hipocresía de la sociedad en que le tocó vivir. Y este Divino Maestro no hace más que revelar ante el mundo el pensamiento de Dios; porque esa palabra de Cristo frente a Mateo y a sus compañeros, (ya Mateo revivido por el llamamiento de Cristo), es nada más que la cita de un Profeta de la antigüedad. Esa palabra: «No quiero sacrificios, sino misericordia», la encontramos en el profeta Oseas, que también se ha leído hoy. Y por eso, para comprender ese Dios que Cristo refleja, hay que remontarse al Viejo Testamento, a toda a Biblia. La línea de Dios está allí: Misericordia quiero y no sacrificio. Hay que remontarse a los tiempo de Oseas, el Profeta, que le tocó ver el derrumbamiento de Israel. Aquella parte de la Palestina que estaba separada de Judea. El reino del norte tuvo un gran rey, cuando comenzó Oseas a predicar: Jeroboam II. Pero en ese tiempo glorioso del Imperio Norte de Israel, como siempre que hay bonanzas en un pueblo, había muchos abusos injusticias sociales, atropellos de autoridad. Y ésto es lo que denuncia Oseas, lean el Libro de Oseas, y verán como los sermones de Catedral se quedan bien cortitos, en comparación de aquella elocuencia del Profeta frente a los reyes, frente a los grandes, frente a los poderosos, para echarles en cara sus atropellos, su injusticias. Cuando cayó Jeroboam, vino una serie de reyes cobardes, que trataron de someterse o de hacer alianza con los otros pueblos, y entonces Oseas denuncia a los reyes cobardes, el haber olvidado la alianza con Dios; el andar buscando más el apoyo de los hombres, crítica la política de su reino. El profeta puede predicar contra la política de su tiempo, cuando esa política está contra la Ley del Señor. Y ésto es lo que defiende Oseas. Desde su misión profética, denunciar los errores, las idolatrías, las falsas confianzas de los políticos de su tiempo. Entonces, este es el Dios que anuncia Oseas en un ambiente tan difícil como los nuestros, había caído Israel en la idolatría de adorar a los baales (los baales eran dioses de la fecundidad), creían que toda la cosecha, la lluvia, los soles, dependían del Dios Baal. Y ya mezclaban esa idolatría de un dios falso, con el Dios de la Biblia. Y Oseas está aquí para defender la pureza de la Biblia, de la Revelación de Dios, contra la idolatría que se está mezclando con la verdadera religión.

Denuncia de idolatría ha sido siempre la misión de los profeta y de la Iglesia.

Ya no es el dios Baal; pero hay otros ídolos tremendos de nuestro tiempo: El dios dinero, el dios poder, el dios lujo, el dios lujuria. ¡Cuántos dioses entronizados en nuestro ambiente! Y la voz de Oseas tiene actualidad, también ahora para decirle a los cristianos: «No mezclen, con la adoración del verdadero Dios, esas idolatrías». No se puede servir a dos señores: Al Dios verdadero y al dinero. Se tiene que seguir a uno solo. Como Mateo que se convierte de la idolatría del dinero para seguir a su único Señor Jesucristo, debía de querer conversión también para purificar la verdadera religión. Y el Dios que anuncia Oseas, -miren, como encarnado en su ambiente- toma el lenguaje de los rituales idolátricos de Baal, que cantaban a la aurora, que cantaban a la lluvia, que cantaban al sol, para orientar ese lenguaje idolátrico hacia el verdadero Dios. Y les habla de un Dios que cae como lluvia tempranera para fecundar la tierra; de un Dios que empapa la tierra y la hace fecunda. Es el Dios verdadero. No es el Baal. Y les habla de un Dios que es fiel, como la aurora que fielmente amanece todas las mañanas, y que es claro y lúcido como el sol que alumbra todos los días. Con ese lenguaje, pues, que los idólatras convertían en ofensa de Dios, el Profeta anuncia el verdadero Dios y les habla en cambio, con su mismo lenguaje, de la falsedad de sus cultos.

Y la Segunda Lectura de hoy nos ofrece al Dios ya en el Nuevo Testamento. Después de haberlo aprendido en el mismo Cristo. San Pablo (yo les recomiendo mucho, queridos hermanos, la meditación profunda de esa 2ª lectura y no sólo el pasaje, los versículos que hoy se han leído, sino todo ese capítulo, donde San Pablo, siguiendo el pensamiento que ya le exponía el domingo pasado), dice que el hombre no se justifica por su propio esfuerzo; ni los gentiles con su luz de la razón natural; ni los judíos teniendo una Ley revelada por Dios. La Ley sola no justifica, la razón sola del hombre no justifica. Un hombre puede ser muy honrado humanamente. (Y gracias a Dios los hay, hombres que no tienen fe, pero que son muy honrados. Los hay, porque la luz de la razón les indica lo que hay que hacer y lo que no hay que hacer) pero aún cuando un hombre sea muy perfecto en lo humano, muy honrado; sin fe, le falta lo principal, dice San Pablo: «La verdadera justicia o sea la justificación, es la actividad íntima de Dios, por la cual él por iniciativa gratuita, llama a un hombre a su intimidad… Sólo es justo el hombre que agrada a Dios, porque está participando esa vida íntima de Dios; sólo es justo, no tiene pecado, el hombre a quien Dios le ha perdonado su pecado.

No se trata de una justificación de apariencia. Lutero aquí se equivocó; y muchos de nuestros hermanos separados siguen esa doctrina. No todos ya gracias a Dios. Pero entendían la justificación como si Dios encubriera la maldad del hombre, pero que el hombre seguía siendo malvado. No, la doctrina que San Pablo nos está diciendo ahora, es que «justifica»; es decir, le da al hombre, no sólo una apariencia, sino que le borra la verdad su pecado, le hace desaparecer todo su pasado, lo limpia de todas las manchas que ha contraído; y ahí tenemos los ejemplos de Mateo frente a Cristo, ya no es un pecador, lo ha llamado Cristo, y le ha respondido. Dios le ha dado una justificación: Ya es santo.

Cuando la Magdalena, también, prostituta famosa, llega al banquete a ungir al Señor, arrepentida, los comensales la siguen señalándola como una mujer pública; pero Cristo dice: «Ya no, hoy ya es justificada, porque ha amado mucho; ha amado al arrepentimiento y vuelve arrepentida de sus culpas». Esta es la justificación de Dios, esa justicia no la alcanza la Ley. No la alcanza el esfuerzo humano no, tiene que arrancar de Dios, es una dádiva gratuita, es un regalo estupendo del Señor. Esa es la justificación que los fariseos no comprendían… Ellos se creían muy superiores a Mateo y a los publicanos, porque ellos guardaban la Ley; pero Pablo les dice: Eso no es nada. Eso es apariencia, y humanamente puede valer mucho, pero ante Dios que quiere misericordia, sentido profundo de su entrega a él, lo que interesa es esa justicia que Dios da y que el hombre recibe. La justificación que Dios ofrece es hacernos participantes de su Vida Divina; es hacernos hermanos de su único Hijo, Jesucristo; es hacernos herederos y participantes de su gloria eterna; es la satisfacción íntima que siente el pecador cuando se le han perdonado los pecados. Es aquella palabra que yo tuve la dicha de conocer en Hebrón, la tumba que dicen que es de Abraham, y donde está sola esta palabra «El Kalil», que quiere decir. «El Amigo». Abraham es el amigo de Dios, porque Dios lo justificó. Y todo hombre que Dios justifica, puede llamarse El Kalil, el amigo de Dios; aunque haya sido un pecador, Dios lo ha justificado ya. Esta es la justificación que Dios ofrece. Si no es el esfuerzo humano, si no es la Ley, si es una dádiva de iniciativa gratuita de Dios, justifica a quien él quiere, no a uno que quisiera por su propio orgullo subir hasta Dios. ¡Imposible!, sólo Dios llama a esta justificación. Pero ese Dios no es un Dios que no lo podamos encontrar. Esto es lo más bello: Que Dios se hizo hombre y salió por los caminos de los hombres para encontrarse con ellos. En Cristo está la justificación de Dios; Cristo es el Dios que perdona, el Dios que justifica; Cristo es el Dios que ha venido, no a condenar, sino a perdonar; Cristo es e pastor; que anda buscando a las ovejas descarriadas para que vengan a formar la alegría de su rebaño, que es el de los justificados. A nadie excluye, con qué tristeza decía: «Tengo otras ovejas que no están en este redil, y es necesario traerlas. Este es el corazón de Cristo. Corazón de Dios que palpita en un corazón humano. Amor infinito del Señor que, por todos los caminos de la vida de cada uno de ustedes y mía, nos anda siguiendo, nos anda buscando, y cuánto más extraviados andemos, cuánto más perdidos de la fe nos encontremos, cuánto más orgullosos o idólatras de las cosas vanas estemos, allí está cerquita el Señor, ofreciéndote la justificación, y diciéndote: «De nada te sirve tener mucho dinero, tener mucho poder, tener mucho lujo si no estás convertido a Dios; si no te da Dios la justificación, eres el más pobre de los miserables. Sin la justificación de Dios todo es apariencia. Es esa justicia íntima, la que Dios te está ofreciendo; o sea, en un lenguaje más moderno: La Gracia, el perdón, la reconciliación con Dios, de parte de él no hay dificultad para reconciliarse con él».

En mi 2º pensamiento, la dificultad está en la disposición del hombre. Si, Dios está dispuesto a dar, lamentablemente, los hombres no están dispuestos a recibir… Y en la lecturas de hoy aparecen tres disposiciones indispensables. Sin éstas no puede Dios justificar a nadie, porque el hombre es libre. Y el domingo pasado nos decía: «Frente a tí están dos caminos: El que lleva a la bendición, la justificación, la fidelidad a tu Dios; y el que lleva a la maldición, la infidelidad, la idolatría, el repudio de Dios, el rechazo de su fe.

¿Cuáles son estas tres disposiciones que nos señalan las lecturas de H
y?: La Fe, la conversión, la misericordia.

LA FE: La 2ª lectura nos presenta el ejemplo del prototipo de la fe: ABRAHAM. ¿Quién era Abraham?, un pobre campesino. No conocía la revelación de Dios. No era circuncidado, no era judío. Un hombre del mundo. Y a ese hombre, Dios lo llama ya anciano, estéril, su mujer no le había dado ningún hijo. Y Dios promete: «Va a nacer de tí un hijo, que será padre de pueblos. Y en esa descendencia nacerá el Redentor del mundo. «Paredes locura que a un viejo y a una anciana, estériles los dos… -y ahora dice la Escritura: «Ya parece un cuerpo muerto» -este cuerpo que parese muerto, a este desierto de la humanidad, anciano y estéril, Dio le dice que va a reverdecer como un jardín. Abraham cree. CREE. ¿Qué cosas es creer? Creer es cuando Dios dice hasta lo imposible, y el hombre acepta esa palabra. Se convence de que será verdad, y vive de esa palabra. Fe es entregarse al que le dicen algo, creer es no dudar. El acto de Abraham es heroico; diría yo, divino. El comprende que de la iniciativa de Dios viene todo. No importan las condiciones humanas: Viejo y estéril parece un muerto. Pero Dios que hace resucitar a los muertos y da vida a los desiertos, será capaz de hacer también de mi esterilidad y de mi vejez, de mi muerte, un pueblo numeroso; y para colmo, del cual nacerá la redención y la vida eterna.

Por eso dice San Pablo en su lectura de hoy: «Abraham creyó, y esto es lo que le fue tenido en cuenta para justificarlo». Abraham se justificó… En aquel momento Abraham comienza a ser el Kalil, el amigo de Dios, porque ya se entregó a Dios, y Dios le ha dado su iniciativa; Dios le está ofreciendo justificación. Y le pide como condición: «Cree, ten fe». Abraham podía reírse y decir: «Señor, estás loco, estás pensando en algo imposible; pero así como María cree también en la posibilidad de una virginidad fecunda, sin perderse la virginidad; Abraham y Sara Isabel, y todos esos hijos del milagro del Antiguo Testamento, son producto de esta fe. Cuántos también en nuestros tiempos han tenido hijos por la oración, por súplica a Dios. ¿Quién sabe si están oyendo quienes tiene que agradecerle al Señor -al haberle pedido con mucha insistencia y haberlo logrado- un hijo del milagro? Mientras que por otro lado, el pecado de quienes matan la fecundidad que Dios les da: prohíben que fructifiquen sus entrañas, la fecundidad que Dios les da como una bendición. Toda esa campaña tremenda de anticonceptivos, de abortos, son pecados contra esta fe que creyó Abraham; contra el Dios que como un regalo, hace fecundo el seno del hombre, de la mujer. Hermanos, esta fe es necesaria. No es la ley, no es el esfuerzo del hombre, es creer en ese Dios. La primera disponibilidad del hombre para que Dios lo justifique es creer; pero no basta. Nos habla el profeta Oseas, y Cristo mismo frente a los fariseos la necesidad de otra condición: CONVERSION. Convertirse quiere decir, dejar la mala vida y hacernos buenos. Convertirse quiere decir «cambiar de mente». ¿Por qué se escandalizan del cambio de mente, cuando ese cambio es necesario si es para mejor? Puede haber estado engañado; puede haber estado adorando las falsas pasiones; puede haber estado instalado en la comodidades; puede haber amado las ventajas de este mundo; puede haber sido de aquellos, que dice Cristo en el Evangelio, que no quieren perder su vida, porque les valen más su ventajas y sus gangas de la tierra. Pero si este Dios está llamando a una conversión, a pensar de otro modo, es necesario convertirse. Y aquí tenemos por qué Cristo les dice a los fariseos hipócritas: No porque fueran esforzados en cumplir la ley, sino porque hacen consistir todo en un sistema humano, como si allí estuviera toda la perfección que Dios quiere.

Dios es la vida, Dios es evolución, Dios e novedad, Dios va caminando con la historia del pueblo; y el pueblo creyente en Dios no debe de aferrarse a tradiciones, a costumbres, sobre todo cuando esas costumbres, esas tradiciones empañan el verdadero Evangelio de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Tiene que estar siempre atento a la voz del espíritu: ¡Convertirse, ir en paz de ese Evangelio, de ese llamamiento del Señor!.

Todo aquel que se sienta seguro y que crea que no tiene necesidad de cambiar, es fariseo, es hipócrita, es sepulcro blanqueado, que está muy seguro; pero sabe su conciencia qué reclamos le está haciendo. Esa docilidad para convertirse donde el Señor quiere.

Bien tranquilo estaba Abraham en un de Caldea, cuando el Señor le dice: «Sal de tu perentela, y vete a la tierra que te mostraré», sin decirle dónde. Abraham sale caminando, como un sonámbulo, esperando que el Señor le diga adónde tiene que ir; y pasaron años, y generaciones, hasta que volvieron de Egipto los descendientes de Abraham para poseer la tierra prometida. Dios tiene por delante la eternidad. La Seguridad sólo es Dios. A nosotros sólo nos toca seguir humildemente por donde Dios nos quiere llevar, y dichoso aquél que se siente fiel a los caminos que Dios le va inspirando; y no por complacer a los hombres, quedarse con la conciencia intranquila, allí donde los otros creen que está la seguridad. Sal de tu perentela, despójate de tus falsas seguridades, conviértase al Señor, este es el camino inacabable de esta peregrinación de nuestra fe.

Y otra cosa pide nuestra disponibilidad para la gracia que el Señor nos está ofreciendo. La famosa frase: «No quiero sacrificio, sino MISERICORDIA». ¡Qué hermosa palabra ésta! No es que Dios rechace el sacrificio de nuestra Misa (esto es un sacrificio), sino que nos está diciendo: De nada serviría esta Misa, este sacrificio, si los que me lo vienen a ofrecer, no tienen MISERICORDIA en su corazón. Prefiero la misericordia.

¿Qué es la misericordia? Misericordia es la expresión más acabada del amor. El amor que se entrega, que es lástima, que es perdón, que es comprensión, que es justicia, que es entenderse con todos. Misericordia quiere decir, no el orgullo de los fariseos que desprecian a los marginados, sino la acogida del Dios que siendo riquísimo ha venido a buscar a los pobres; a quienes no quieren sentarse a comer con ellos. Misericordia es la bondad expresada en hechos, no en palabras. Misericordia… cada uno de ustedes lo comprende mejor, porque todos creo que hemos tenido algún pequeño acto de misericordia para otros, y sobre todo, hemos sido objeto de misericordia: Si Dios nos hubiera tenido misericordia cuando caímos en tantas culpas, dónde estuviéramos… Si Dios no tuviera misericordia de perdonarnos antes de morir, adónde iríamos.

Y tal vez en la relación humana, hemos tenido muchos gestos de misericordia dados por nosotros, o recibidos también por nosotros. Dichoso aquél que puede contar en su vida muchos actos de misericordia. ¡Eso es lo que quiere Dios!

Por eso cuando la Iglesia predica la justicia social, el amor cristiano, el comprendernos como hermanos; cuando la Iglesia rechaza la violencia como camino para arreglar las cosas; cuando la Iglesia no acepta el soborno, no acepta el secuestro ni nada de esas cosas que se van poniendo de moda y nos van acostumbrando lamentablemente, la Iglesia no puede estar de acuerdo, porque todo eso es un rechazo de la misericordia. Misericordia quiero, no sacrificios. No me agrada tu plegaria que arranca de un corazón lleno de rencor; no me reces, no me ofrezcas misas si vienes con injusticias, tus manos manchadas de sangre, de odio, de violencia. Misericordia quiero primero. Qué hermosa esta reclamación de Nuestro Señor, y qué oportuno para nuestro tiempo, que Cristo y la Iglesia nos sigan diciendo, que las cosas de la Patria se van a componer, no por la represión, no por la fuerza, no por leyes injustas y arbitraria; sino cuando en el corazón de todos los hombres y de todas las mujeres, surja lo que Dios quiere: «Misericordia, quiero» No otra cosa. Lo que compone, lo que justifica al hombre, es precisamente este camino del Señor.

Por eso, hermanos llego ya al último pensamiento. ¿Cuál es la misión de la Iglesia? ¿Cuál es la misión de los Profetas?… Allí la tenemos en Oseas; y la tenemos en Cristo mismo, en medio de pecadores; y la tenemos en San Pablo anunciándonos el ejemplo de Abraham. La misión de la Iglesia es proclamar las maravillas de la misericordia de Dios. Esta es su primera misión. Pero junto a esa va otra: Llamar a los hombres a la fe, a la conversión y a la misericordia. Y en tener lugar, denunciar todo pecado que vaya contra esa relación con Dios; contra esa fe; contra esa verdad; contra esa misericordia; contra todo aquello que nos aparta de disponernos para que Dios venga. La misión de la Iglesia es la de Juan Bautista: Ir preparando, en los corazones de los hombres, los caminos por donde Dios quiere llegar a justificar a los hombres. Y en esta cátedra se denuncia el pecado de la sociedad, el pecado de la autoridad, el pecado de la familia, no es por una demagogia fácil. A nadie le cuesta tanto decir las maldades de su propio pueblo, como a mí hermanos, que tengo el deber pastoral de señalar (por mandato del Evangelio y del Jesucristo que quita los pecados del mundo), que es pecado y que no debe reinar; por dónde hay que caminar. La conversión, la fe, la misericordia es lo que he predicado siempre. Sólo la calumnia indigna y vil pueden encontrar en mis palabras otra cosa. Pero la palabra de Oseas, la palabra de Pablo la palabra de Cristo, la palabra de la Iglesia es la que yo quiero hacer eco para anunciar a mi querido pueblo, a todos sin excepción, (a los pecadores también) porque; cuando Cristo reprendía a los de su tiempo, no los odiaba, los amaba; porque los quería arrancar de las garras de la idolatría, de las falsas posiciones, para buscar el verdadero camino, donde pueden encontrarse con la misericordia que Dios está ofreciendo. Para perdonarlos, para justificarlos.

Por eso, la Iglesia seguirá cumpliendo su deber; y por eso la Iglesia no puede predicar desencarnadamente. Tiene que decir, por ejemplo (y ustedes ya pueden analizar estos casos de esta semana), quiénes van caminando por esos caminos de fe, de conversión y de misericordia; y en cambio, quiénes van caminando contrariamente a la fe, a la misericordia y a la conversión. En todos los acontecimientos de esta semana, que podriamos llamar una semana gris, hay muchos que caminan hacia la salvación. ¡Bendito sea Dios! Pero hay muchos, también, que no quieren aceptar la dádiva del señor que los quiere justificar, y van de espaldas a Dios ofendiendo al Señor.

Desde el 23 de Mayo, se está celebrando en la O.N.U. una Asamblea General que durará 5 semanas, en la que participan 18 jefes de Estado y 42 ministros, para tratar de los gastos de esa carrera armamentista del mundo. Los gastos militares en el mundo crecen cada año. Ustedes leyeron en los periódicos una cifra astronómica de 300 a 400 billones… Hasta se me había olvidado como se escribe un billón. Tuve que ponerlo en el papel: Cuántos ceros… para cubrir un billón (2 veces millón), lo cual equivale a que cada día, en gastos militares, el mundo derrocha un billón de dólares. Con razón el Papa Pablo VI (y lo digo por esto precisamente, para aquellos que dicen que yo me meto en política cuando hablo de estas cosas), el Papa ha enviado un representante. Y a través de él, el Papa mismo ha dicho que si va a hablar en esa Asamblea, no es porque tiene una potencia mundial o una potencia política. Pero que tampoco puede escucharse en el carácter intemporal de la Iglesia, para no prestar una ayuda moral a este esfuerzo de la humanidad. Y reclama, desde esa fuerza moral, que aceleren este proceso. Porque mañana podrían ser demasiado tarde. Palabras del Papa, y les dice también lo mismo que dijo en la ONU cuando vino -creo que en 1965- y cuando en la India también proclamaba los inmensos gastos que la locura de los hombres derrocha en gastos militares; mientras hay mundos enteros en proceso de desarrollo: que más bien vean como orientar esos billones a este desarrollo del mundo. ¿Quién puede decir que el Papa se meta en política? Es la fuerza moral la que clama contra los abusos de los hombres.

También nos alegra, cuando los periódicos anunciaban, que el Presidente de la nueva Asamblea declaró que entre los asuntos pendientes está una petición de Amnistía General para presos políticos, la derogación de la Ley de Orden Público y otras solicitudes que ameritan una inmediata atención y resolución adecuada. ¡Bendito sea Dios, que la Asamblea tome conciencia de este clamor del pueblo! Y yo le agregaría al Señor Presidente, que allí busque entre los papeles empapelados, la solicitud que el Episcopado Salvadoreño hizo a la Antigua Asamblea contra la legislación del aborto. No se nos hizo caso ni se nos contestó. Ojalá que todos esos derechos de reclamos que tenemos los salvadoreños y que se empapelan en la burocracia, tengan este gesto del Señor Presidente de mandar a desempapelar, y ver cuántas cosas son justos reclamos, que ellos, servidores del pueblo, tienen que atender.

Por otra parte, por donde camina este otro rasgo: La Guardia Nacional realiza cateo en Mejicanos y captura, entre otras personas, a una madre con su hijo de 6 meses. Justamente la Crónica comentaba: «…desde todo punto de vista, la captura de un recién nacido, es antijurídica y violatoria de las normas más elementales del derecho». También tenemos que lamentar capturas en El Tablón, en El Jicarón, en El Paisnal.

También da lástima pensar que en la cárcel de mujeres, hay una mujer que está sufriendo ataques de histeria, como fruto de las torturas recibidas junto con su marido en el conflicto de la Central Azucarera. Y también de sus dos niños, uno de 4 y otro de 6 años, que presenciaron la tortura de sus propios padres; están en un estado tremendo de depresión. Sigue la campaña de terror y de miedo en los cantones de San Pedro Perulapán: Asesinato Román Martín de 60 años, deja esposa y 6 hijos; capturado en su casa mientras dormía Alfonso Mendoza de 60 años. Por otra parte, queremos felicitar a los periodista en el Día de la Libertad de Prensa. El Sr. Presidente le envió un telegrama, asegurándoles que continuará garantizando esa libertad de prensa. Hemos leído en La Crónica, una valiente publicación, que denuncia la ilegal agresión económica estatal que desde 1972 sufre esa empresa periodística. Y dice, que todo ésto va encaminado a destruir, por medio de la asfixia económica, la labor periodística, que en beneficio de los intereses populares desarrolla La Crónica del Pueblo. Aprovecho esta oportunidad para decir: ¿En nombre de qué libertad de prensa, agentes de Orden hacen que la radio YSAX casi parezca una radio de contrabando, tanto que muchos campesinos tienen que oírla a escondidas? ¿Y en nombre de qué libertad de prensa se toma el periódico ORIENTACION como si fuera un cuerpo de delito para capturar o para molestar?

Quiero recordar -y bendito sea Dios- que se asegura el respeto a la Libertad de Prensa, que es uno de los deberes primordiales del Gobierno, como parte del bien común: Asegurar al pueblo, el derecho que tiene a ser informado de la verdad; y no manejar los medios de publicidad solamente con una tendencia ideológica que se notan evidentemente.

También el derecho de cuidar la moralidad de las publicaciones. No todo se puede publicar. ¿Con qué derecho, y en nombre de qué libertad se publican panfletos tan ofensivos, y con el amparo oficial, cuando se permite que en los apartados de correo o repartidos por miembros de Orden vayan estas hojas difamatorias de la Iglesia por toda partes?

Ojalá de veras, un verdadero sentido de libertad, tanto en el respeto que el Gobierno tiene obligación de prestar, como en los servidores de estos medios de la opinión pública. Y también ustedes, queridos hermanos, sepan usar con sabiduría y discernimiento la libertad de las publicaciones. No todo lo que cae en las manos es verdad o es moral. Allí viene el criterio cristiano para saber discernir que esto es mentira, que esto lo han mandado a publicar, esto no es verdad, esto es inmoral, esto no se puede tolerar.

Decía el Papa Pío XII: «Cuando tú vas a entrar a un cine, e

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