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La Siembra de la Palabra del Reino

La Siembra de la Palabra del Reino
HOMILIAS 1978

15º Domingo de Tiempo Ordinario

Domingo 16 de julio de 1978

Lecturas:
Isaías 55, 10-11
Romanos 8, 18-23
Mateo 13, 1-23

El mismo evangelio que se acaba de escuchar, queridos hermanos, nos pone un marco pintoresco para nuestra homilía. Yo me imagino la muchedumbre de Catedral y los grupos reunidos en torno de los receptores de Y.S.A.X., lo mismo que esa muchedumbre anónima, que escucha en caseríos lejanos, o tal vez a escondidas, pesquizando que va a decir el Arzobispo. Es la muchedumbre; que seguía a Cristo. Yo quisiera sentir a Nuestro Señor, el Divino Maestro, sentado con ustedes en la muchedumbre; mientras él en ese cuadro agreste, a la orilla de un lago. Escucharlo desde la lancha donde está predicando.

¡Qué sencillo era Jesús! ¡Qué cuadros naturales le gustaban para su predicación! Y qué hermoso es oír que nuestro campo salvadoreño, también en estos días con las lluvias que han caído -¡gracias a Dios! nos está ofreciendo los maizales y las cosechas, y el Maestro, mirando todo ese panorama, se inspira para contarnos una de sus más hermosas parábolas: La del Sembrador.

Y así quisiera yo llamar a esta homilía, La Siembra de la Palabra del Reino, y presentar tres ideas: 1ª) La palabra del Reino, es semilla; 2ª) La proclamación de esa palabra, es siembra. Se llama Evangelización y 3ª) La cosecha de esa siembra es la Salvación Integral del hombre y del mundo.

Pero antes de desarrollar este pensamiento, yo quiero dedicar mis humildes palabras y la atención de ustedes, para convertirlo en un acto de cariño filial a Nuestra Señora, la Virgen del Carmen. Hoy 16 de Julio, nuestro pueblo siente que María, bajo ese título del Carmen, es la gran misionera popular. Yo también quiero sentirme hoy, acompañando a las muchedumbres peregrinas que van desde todos los cantones, con estandartes de la Virgen a celebrar el día del Carmen. Y desde este lugar, yo quiero solidarizarme con esas manifestaciones de cariño en honor de nuestra Señora.

Desde ayer la Congregación de Carmelitas de San José, consagró a la Virgen dos nuevas religiones; mientras la Superiora General me decía como nos está bendiciendo el Señor con tantas vocaciones. Y de verás allí, las novicias que daban ese fruto de dos profesas y las postulantes, son una esperanza para una congregación que es una siembra auténticamente salvadoreña. También este día, Las Carmelitas de Santa Teresa, están celebrando el aniversario de la Consagración de su bonita Iglesia del Hospital de la Divina Providencia, donde dos religiosas Carmelitas celebran hoy también 25 años de vida consagrada. Quiero agradecer también la labor de los Padres Carmelitas, que en la Parroquia del Carmen de la Colonia Roma, nos están prestando tan valiosa colaboración. A las Carmelitas del Colegio Santa Teresa de la Gruta, a las comunidades de Carmelitas, que dedicadas directamente a obras de promoción, como es el de la Colonia Utila en Santa Tecla y Hogar Santa Teresita en Apulo. En parroquias como Guazapa, Ciudad Barrios, también con trabajos directamente pastorales, y también todas aquellas parroquias, cantones, Ermitas que hoy están dedicando sus fiestas patronales a Nuestra Señora del Carmen. Destacándose entre todas, la Parroquia de Nuestra Señora de la Merced, aquí en San Salvador, donde se venera una imagen de la Virgen del Carmen, coronada con autoridad del Papa. Es un tesoro de la devoción popular a Nuestra Señora del Carmen, lo mismo que, como una personificación de todas esas cofradías que durante nuestros siglos cristianos han ido surgiendo en tantas partes. Unamos pues nuestra reflexión a este cariño del pueblo, de la vida religiosa y sacerdotal a Nuestra Señora del Carmen.

También ya que esa nave desde donde Cristo habla a la Iglesia de todos los siglos, es esta Iglesia. Los hechos de la Iglesia, también tienen que ser un marco de esta homilía de hoy. En esta semana los Obispos de El Salvado hemos estado reunidos en Conferencia Episcopal, para tratar asuntos de carácter general: Como es el Seminario, como es la preparación para la reunión de Puebla y también tuvimos un estudio muy a fondo sobre la realidad socio-político-económico de nuestro país. Y ante estas realidades que interesan a todos, queridos hermanos, yo quiero decirles, para ustedes que están como escandalizados de la desunión de sus Obispos, que sepan ser superiores a los pecados humanos de la Iglesia. Y que sepan amar la Iglesia, no por el buen ejemplo de sus sacerdotes, sino por su conciencia que debe de ir madurando cada vez más y prescindir, así como Cristo decía una vez en su Evangelio, hablando de los sacerdotes de su tiempo. «Haced lo que ellos dicen, aunque no hagáis como ellos hacen». Si por desgracia les damos mal ejemplo, no es el mal ejemplo el que debe de influir como un pretexto para decir: Pues, ya todo el mundo se está haciendo protestante.

La parábola de hoy les va a responder maravillosamente a esa fe inconstante. Prescindan de las deficiencias humanas. Allá Dios nos pedirá cuenta a cada uno. Pero sepamos ver en nuestra jerarquía, a pesar de sus deficiencias, los Pastores responsables de este rebaño de su Iglesia. Y oremos mucho. Y que en vez de apagarse nuestra fe, crezca en el interés de estas cosas que son Iglesia, como es el Seminario; como es la evangelización que se va a estudiar en Puebla; como es el problema de la Iglesia iluminando las realidades de nuestra tierra. Eso nos interesa. Maduremos en nuestra fe, hermanos. Yo les suplico levantarse a las alturas, donde Cristo es el verdadero Obispo de nuestras almas. Y que también nosotros Obispos y Sacerdotes, Religiosas y Fieles, mirándolo a El, nos convirtamos cada vez más a ser sus humildes seguidores y predicadores.

Quiero también en este marco de Iglesia, alegrarme con la Comunidad de Tepecoyo, donde el domingo pasado bendijimos una Iglesia preciosa y admiramos la labor pastoral de las Hermanas de la Caridad. Se dieron cita allí, quizá todas las Hermanas de todas las casas de El Salvador. Fue una alegría poder aprovechar aquella homilía, para agradecer y para orientar en el espíritu de San Vicente de Paul, este trabajo que están desarrollando allá, las hijas de la Caridad.

También tuve la oportunidad de visitar la Comunidad de Cojutepeque y admirar lo adelantado que está el Templo nuevo del Calvario. Fui con el fin de conseguir una casa para una obra en aquella ciudad, y gracias a Dios, y a la generosidad de una señorita bienhechora, creo que será realidad este proyecto.

En nuestros periódicos apareció esta semana, el comunicado de los PP. Jesuitas, comentando el cateo al que me referí el domingo pasado. En su declaración me gusta subrayar estas frases: «Tras la búsqueda, los agentes de seguridad, pretendieron justificar su acción con esta frase: Dispensan la actual situación en que vive el País». Y los Jesuitas comentan: «Es precisamente esta situación del país que parece que apenó a los policías que catearon a los Jesuitas, la que da todo su sentido a sucesos como éste. Una situación padecida a todos los niveles, pero de una manera especial por los campesinos y las clases oprimidas. Además de las deficientes y ominosas estructuras del país, las campañas organizadas de insultos y calumnias. Es ASQUEROSO cómo el Gobierno puede tolerar unas campañas que más parecen cloacas, desahogos de resentimientos, y que se haga ésto es un ambiente de ley de orden público. La ceguera humana de unos pocos, la violencia irracional descargada sobre los humildes y sobre todos aquellos que quieren de verdad servir al pueblo, bien sean sacerdotes o religiosas, campesinos o intelectuales, esta situación es la que está fomentando e incrementando un clima de angustia y pánico colectivo.

Hoy se vive el miedo en nuestro país, en todas las esferas, etc. Si no lo han leído, les recomiendo que lean ahí una declaración muy valiente y muy justa, a la que se solidarizan ya, otros elementos de la Iglesia, por esa injusticia de haber cateado como sospechando de que tengan armas, unos sacerdotes que están al servicio de la fe y de la justicia en nuestro pueblo.

Queridos hermanos, otros hechos los voy a mencionar después, en la oportunidad de esta homilía. Yo les decía, mi primer pensamiento es considerar la palabra de Dios como esa semilla. Que no se nos haga rutinaria esa expresión que se oye todos los domingos aquí en la Misa: «Palabra de Dios». Me alegro de tener hoy, inspirado por la bella parábola de Cristo, la oportunidad de explicar un poco la teología de la «Palabra de Dios».

Isaías en la primera de hoy, más bien la compara como la lluvia. Anoche que estudiaba este punto, me parecía qué bello estuvo el lenguaje de Isaías cuando se siente caer una lluvia suavecita que empapa la tierra. Así es la palabra de Dios, dice el profeta, para hacer germinar. Pero el Evangelio sabe que la lluvia de nada sirve si no hay una semilla incertada en la tierra. Las dos cosas, las tres cosas son necesarias: Lluvia, semilla y tierra, si no, hay germinación ni cosecha. Pero fijémonos en lo principal: La semilla.

Cuando Pablo VI hablaba de que había que renovar la Iglesia, y que era la meta del Concilio Vaticano II, aclaró muy bien: Renovación no quiere decir acomodarse a los modos modernos, a veces anticristianos del mundo. Renovación quiere decir, hacer que la Iglesia sea coherente con la semilla que se plantó. Un árbol por más que crezca, siempre es coherente con semilla. Lo que interesa pues, es saber que la palabra de Dios es una semilla y que no se puede alterar. Ya quisiéramos una doctrina más acomodada a nuestros intereses. Ya quisiéramos una predicación que no molestara tanto, que no creara conflictos. Pero cuando Cristo plantó la semilla tuvo conflictos; porque esa semilla que es la Palabra del justo, del santo, del que sabe lo que quiere cuando ha creado al hombre y la naturaleza, orienta y choca contra el pecado, contra quienes no quieren dejar crecer esa semilla. Ya en el Antiguo Testamento, cuando ustedes leen el Génesis, dijo Dios «palabra», pero no una palabra mentira como son muchas de las palabras de hoy, sino una palabra poder, una palabra que identifica la alocución, la voluntad y la acción. Una palabra que cuando dice hágase la luz, se hizo.

Esa es, ese es el sentido de la palabra en la Biblia. Tanto es así, que cuando en la Biblia se menciona un nombre, «le pondrás por nombre…», no es un nombre vacío como entre nosotros: Juan, Federico o lo que sea, sino que el nombre siempre significa algo que va a ser vocación de esa persona.

Cuando en el Exodo, la palabra de Dios que ha creado al mundo es la que va orientando los pasos de Moisés, se abre otra perspectiva a esta palabra. La palabra de Dios ha hecho la creación, pero hace también la salvación. Esto es importante, hermanos, que la salvación que Cristo trajo al mundo, ya fue anunciada por Dios, y su palabra que redime, está en la misma línea de la palabra que crea. La creación y la redención son obra de la palabra de Dios. Querer una creación, querer unos campos, unos ganados, unas haciendas, prescindiendo de la redención de Cristo, es una utopía, no se puede. El Dios que ha creado el ganado, el Dios que ha creado las haciendas, las fincas, es el Dios que en Cristo exige justicia, es el Dios que redime, el Dios que quiere más justicia entre los hombres, es el Dios que castiga al Faraón para dejar libre a los oprimidos israelitas; es la palabra de Dios que va creando y va redimiendo; va haciendo la historia y en la historia va haciendo la salvación. Qué consolador es ésto, a que ese Dios al que yo rezo: «Padre Nuestro…», no es un Dios desencarnado de mi hambre, de mi realidad, de mi creación. Que es un Dios que se preocupa de mi cuerpo, de mi alimento. Que es un Dios que me redime espiritualmente, pero es un Dios que me redime también corporalmente, socialmente. Está haciendo la historia. Que el Dios de la historia de El Salvador, es el Dios de la Iglesia; y la Iglesia hablando de la historia de El Salvador, no se está metiendo en política, sino recordando que el Dios de nuestra historia, es el Dios que habla dentro de su Iglesia y reclama a la política, a la sociología, a las cosas naturales de El Salvador, que vivan conforme a su palabra, que ha creado esos bienes, para que sean felicidad de todos y no lucha de clases ni egoísmos.

Palabra de Dios sobre todo aparece, cuando los profetas salen a hablarle a los reyes o al pueblo, diciendo esto dice el Señor. Allí la palabra de Dios se hace reclamo, se hace denuncia, se hace alabanza de las virtudes. Es vocación, es transmisión de la voluntad divina. Y esa misión de los Profetas es la que Cristo encomendó a su Iglesia, la cual desde el púlpito de Catedral y desde los púlpitos, tiene que decir: «ésto dice el Señor». Y el pueblo tiene que obedecer, no porque lo siga el Arzobispo, sino porque el Arzobispo es un humilde mensajero de lo que dice el Señor.

Y llegamos al Nuevo Testamento, donde la palabra de Dios recobra todavía teologías más profundas. La Palabra de Dios en los labios de Cristo, llega a su profundidad más honda, es la buena nueva, el Evangelio, la noticia de salvación. El Reino de Dios ha llegado y en su persona Cristo es, no sólo dice, sino que es la palabra de Dios, el verbo -quiere decir palabra- se hizo carne y habitó entre nosotros. En el Nuevo Testamento la palabra de Dios no solamente es una potencia creadora, conservadora, directora del mundo. En el Nuevo Testamento la palabra de Dios es Dios hecho hombre, Dios que enseña.

Por eso les decía, que pintoresco el marco de nuestra homilía de hoy. Aquel Jesús subido en la barca, a la orilla del lago, enseñando a la muchedumbre, es Dios que está hablando con su lenguaje arameo al alcance de aquellos arameos que le escuchaban. Y que en Pentecostés, se hizo pluriforme del lenguaje, y habla en español; a través de sus sacerdotes sigue hablando Dios en esta Iglesia. Pero si ese Cristo es la palabra de Dios, San Pablo la puede llamar con una frase muy original, la llama Cristo: Es el sí y el amén de la promesa. Como para decirnos todo lo que Dios prometió en el Viejo Testamento, Cristo dice sí, es verdad, yo soy la persona hecha hombre. Amén, quiere decir así es. Es la consumación de lo que Dios ha dicho. Es un acto de fe, creer que todo cuanto Dios ha prometido de salvación, de fidelidad, lo ha encarnado en mí, yo soy el Amén, el sí de las promesas de dios; yo soy la potencia salvadora del mundo, yo soy el salvador del mundo, yo soy la luz, el que me sigue no anda en tinieblas. Yo soy la verdad y no hay verdad fuera de mí, todos los que se oponen a mí o me marginan, se quedan en la mentira, yo soy la luz, yo soy la verdad, yo soy el camino, yo soy Dios en medio de vosotros, yo soy potencia salvadora, dichoso el que me abraza con la fe, me ama y me sigue.

Qué hermoso es ser cristiano, de veras es abrazar la palabra de Dios encarnada, hacer suya la fuerza de salvación. Tener esperanza aún cuando todo parece perdido. Por eso mi trabajo hermanos, aquí en Catedral y en mi Ministerio Episcopal y mi mayor satisfacción y alegría es cuando escucho al pueblo, como lo he escuchado en esta semana en diversas manifestaciones, que dicen que les transmitimos esperanzas; despertamos su fe y les decimos que aún cuando no haya opciones políticas, porque no se sienten llamados a esos campos, ya son trabajadores de un mundo mejor quienes abrigan en su corazón esta fe y esta esperanza en Cristo. Y si desde Cristo abrazado con esa fe cristiana se sienten con vocación política, tienen el deber de ir a trabajar políticamente, pero bajo la inspiración de este amén, de este sí, de este camino que ofrece salvación a nuestro pueblo y fuera de allí, no puede haber salvación.

Este Cristo, potencia salvadora de Dios encarnado, muerto en la cruz y resucitado para no volver a morir, ha dejado una institución en este mundo que se llama la IGLESIA. Hermanos, no empañemos esta figura de la Iglesia, que está desempeñando la misión misma de Jesucristo. Toda la potencia del Dios encarnado en Cristo, se ha dejado a esta Iglesia. Id y predicad a todo el mundo, el que creyere se salvará y el que no creyere se condenará. Y los apóstoles cuando escribían, y cuando predicaban, sabían que no eran más que unos humildes
seguidores inspirados por aquella revelación que había venido a salvar al mundo. De allí que la Biblia, guarda en páginas, la palabra de Dios. Pero la Biblia sola no basta, es necesario que de la Biblia, la Iglesia la retome y vuelva hacer la palabra viva. No para repetir al pie de la letra salmos y parábolas, sino para aplicarla a la vida concreta de la hora en que se predica esa palabra de Dios. La Biblia es como la fuente donde esa revelación, esa palabra de Dios está guardada. Pero de qué sirve la fuente por más limpia que sea, si no la vamos a tomar en nuestros cántaros y llevarla a las necesidades de nuestros hogares. Una Biblia que solamente se usa para leerla, y vivir materialmente apegados a tradiciones y costumbres de los tiempos en que se escribieron esas páginas, es una Biblia muerta. Eso se llama biblismo, no se llama revelación de Dios.

Por eso, nuestros hermanos protestantes cuando no critican a nosotros de aplicar esa palabra de Dios a las circunstancias actuales de nuestro tiempo, de Dios a las circunstancias actuales de nuestro tiempo, de nuestro país, y ellos se encastillan en una predicación desencarnada, espiritualista, a veces hasta embustera y mentirosa, como los grandes campañas de sanación, entonces no es la verdadera palabra de Dios, ya se hizo palabra de hombres, palabras de charlatanes, palabras de acomoditicios, porque por algo el Gobierno está amparando las campañas protestantes. Naturalmente si no molesta esa predicación, bendito sea ese cristianismo, que no toca la llaga de nuestra Sociedad. Pero una predicación que la palabra de Dios dice: «Esto dice el Señor», la Biblia, pero para hoy.

Otra cosa de la palabra de Dios, hermanos, que siendo semilla, lleva gérmenes de vida, y por eso la Iglesia cuando la asume y la aplica, vive los sacramentos. Los sacramentos son otro aspecto de la palabra de Dios. Ya fue superada aquella distinción que antes se había levantado entre evangelización y sacramentalización. Por desgracia hemos sacramentalizado sin Palabra de Dios. Hoy gracias a Dios, se exigen las explicaciones pre-sacramentales. Sean dóciles a asistir a esas charlas que preparan el bautismo; que preparan el sacramento, porque sólo cuando se llega a comprender un sacramento como palabra de Dios, explicada en la revelación de Dios, sólo entonces tiene sentido que a un niño le echen agua en su cabeza en la pila bautismal. Si no hay evangelización, ¿qué sentido tiene eso? ¿Qué sentido tiene llevar un niño para que el Obispo le haga una cruz de aceite en la frente y le dé una palmadita en la Mejía, si no se sabe lo que el Evangelio dice de ese Espíritu Santo que se da en la Confirmación. De qué sirven dos que se quieren y se casan y van a la Iglesia por un acto social, pero no comprenden el gran misterio que San Pablo explica en la Biblia, del Cristo que se casa con la Iglesia y que muere por ella, y una Iglesia que le vive fielmente a Cristo?

Los sacramentos sin Evangelio, los sacramentos sin Palabra de Dios, se convierten casi en magia, en una costumbre, en una rutina, en una tradición de familia. Nos bautizamos porque todos son bautizados en la familia. Pero pocos dicen: Porque lo quiero hacer cristiano. De allí hermanos, que el sacramento es también un aspecto de la palabra semilla. La gracia de Dios, en esta Eucaristía por ejemplo; no vengan solamente por escuchar un discurso. No estaría nada contento yo, si para eso hablara en la Iglesia. Si yo pronuncio la homilía, sé en conciencia mi deber pastoral, que esta homilía es para llevar un pueblo al altar donde vamos a participar en la fe de la presencia de ese Cristo, que es la palabra que yo predico, preparando esa palabra que habla, que santifica, que redime, que se hace vida del que comulga o del que adora. La Eucaristía de cada domingo, no puede separar la palabra de Dios y la Eucaristía. Después de la homilía nos vamos al altar y en el cuerpo de Cristo, adoramos esa palabra que ya se hace silencio, porque se ha metido muy hondo en el corazón de todos los que han reflexionado la Palabra de Dios y ponen en Cristo toda su esperanza y lo hacen presente en nuestra Sociedad.

Si la Iglesia predica y dice: «Esto es Palabra de Dios», ¿estará loca o en nombre de qué principio dice eso?. Hermanos, ésto es muy interesante, que Uds. Sepan que aquél Espíritu que inspiró a Cristo y que lo resucitó de entre los muerto y le está dando vida eterna, el Espíritu de Dios, es el mismo Espíritu que Cristo resucitado en la noche de la Pascua, soplando sobre su Iglesia, se lo dio para decirles: «Recibid el Espíritu Santo». Y que en Pentecostés en forma de un huracán y de lenguas de fuego, tomó posesión de esta Iglesia, que gracias a esa vida de Cristo en el Espíritu Santo, sigue predicando la palabra de Dios.

Qué distinto es predicar aquí, en este momento, que hablar como amigos con cualquiera de Uds. En este instante yo sé que estoy siendo instrumento del Espíritu de Dios en su Iglesia para orientar al pueblo. Y puedo decir como Cristo: El Espíritu del Señor sobre mí, a evangelizar a los pobres me ha enviado. El mismo Espíritu que animó a Cristo y le dio fuerza a aquel cuerpo nacido de la Virgen para que fuera víctima de salvación del mundo, es el mismo Espíritu que a mi garganta, a mi lengua, a mis débiles miembros, les da también fuerza e inspiración. Y a ustedes, pueblo de Dios, ese mismo Espíritu les da capacidad para oír cómo se debe oír la Palabra de Dios. Yo sé que muchos no me oyen con este espíritu sobrenatural, y de ellos puedo decir lo de la parábola, es la semilla que cae en el camino real, se la llevará el maligno. Pero sí sé que muchos me escuchan como la parábola de hoy, como tierra que recibe la semilla, que el Espíritu de Dios da a esa tierra que es el corazón de ustedes, la capacidad de oír sobrenaturalmente, la gracia de poder escuchar. De allí les decía, que no sólo el predicador enseña, el predicador aprende, ustedes me enseñan. La atención de ustedes es para mí también inspiración del Espíritu Santo; el rechazo de ustedes sería para mi también rechazo de Dios. Por eso les decía que el pueblo tiene un sentido de infalibilidad, que se llama sentido de fe. Se lo da el Espíritu Santo a la más humilde mujer del pueblo, a todos, para que cuando escuchen a un Obispo, a un Sacerdote, sepan discernir y por lo menos sospechar: Esa doctrina no debe de ser del Evangelio.

Hermanos, pero cuando yo veo esta atención, esta fe, y sobre todo esa conversión, ese buscar la Iglesia, buscar a Dios, yo digo con alegría: «Digitus Dei est hic» -aquí está el dedo de Dios-. Y en ese ambiente de aplicación, es como yo también aquí traigo las denuncias que hay que hacer; las alegrías también que hay que tener. Por ejemplo, aprovecho este ambiente de la Palabra de Dios, que se ha hecho nuestra palabra aquí, este 16 de julio de 1978, Dios me está hablando. Y dice el Concilio que este pueblo de Dios, iluminado por la fe, va a mirar las aspiraciones, las exigencias, los ideales del pueblo. Y con esa fe sabe discernir que quiere Dios a través de esos signos de los tiempos. Claro que no todo lo que exigen los hombres, es Palabra de Dios, pero en el fondo de las exigencias de nuestro momento, hay mucho de Dios, y aquí tenemos que discernir.

Por eso, cuando yo, a la luz de esta palabra, les señalo acontecimientos de la semana, ustedes mismos descubren dónde está Dios y dónde está el diablo. Dónde está el Señor para conducir a su pueblo por caminos de bondad y dónde está el rechazo de Dios que no quiere salvación en Cristo. Por ejemplo, para que vean que la palabra que la Iglesia predica y señala las circunstancias concretas, no es sólo aquí, es de todo el Continente Latinoamericano.

Sesenta Cardenales, Arzobispos y Obispos en Bogotá, han reunido las inquietudes de todo el Continente manifestados en la consulta para preparar el documento de estudio que se va a llevar a Puebla en octubre. Y cuando los Obispos hacen este estudio, dicen esto, se refieren a la desproporcionada injusticia social que se refleja especialmente en la concentración de la riqueza en unas pocas manos. Dijeron que era un 10% de la población de América Latina, el que acapara todas las riquezas, mientras la inmensa masa popular, sufre toda clase de necesidades. Comunistas, van a decir. Reflexión de Iglesia, digo yo.

Dicen también los Obispos, representando al Episcopado Latinoamericano. Se refieren a que la falta de empleo justo y bien renumerado, ha permitido un dramático incremento de la delincuencia. Sí existe terrorismo, y hay que acabar con él, pero la manera no es la represión. Hay que arreglar las bases desordenadas, injustas, de donde brotan las violencias terroristas. Hablan también de la injusticia social que vive el Hemisferio, y que puede provocar un verdadero cataclismo por la insurrección de las masas contra los privilegiados. Hablan de las empresas transnacionales que no han traído beneficios a los países latinoamericanos y más bien son fuentes de corrupción e inmoralidad, aún en sus propias naciones. Expresa la Iglesia su preocupación por la propagación de las dictaduras militares en América Latina; pero señala que son agentes propiciadores de dichas dictaduras, la corrupción y la incapacidad de los políticos tradicionales de manifestar estable la Democracia. En los regímenes militares dijeron los Obispos en Colombia, se vulneran con frecuencia los Derechos Humanos, aunque se reconoce en el documento, que la Iglesia ha gozado de ciertas libertades. Gracia a Dios que en la Iglesia en El Salvador, todavía pude hablar, pero que no se trate de apagar esta voz; porque si habla, tiene que decir la verdad, y si no, mejor no hablar. La Iglesia expresa su preocupación por el deterioro del sindicalismo en América Latina y especialmente en los países gobernados por los militares.

Y cabalmente, hermanos, tenemos hechos concretos en nuestro país que confirman esta constatación de la Jerarquía Latinoamericana: El cateo que sufrieron los jesuitas el sábado pasado, no es un cosa aislada, se están dando mucho en la ciudad y sobre todo en el campo, y contribuye a aumentar un clima de temor y de inseguridad. El 2 de julio, cerca de 500 comandos ocuparon el Cantón Río Seco y catearon las casas. El 4 de julio hubo también cateos en Jocoaitique, Torola, El Tránsito, donde golpearon y se dice que robaron también a las casas de los indefensos. También en el Cantón el Cacao de Cinquera, el 6 de julio, sacaron a dos campesinos y sólo cuatro días después los consignaron a los Tribunales.

El llamado angustioso de la señora de Matsumoto, no encuentra eco. Pero así también es injusto y doloroso, que el clamor de madres sometidas a huelga de hambre, tampoco se quiere escuchar. La Iglesia que fue solicitada en una colaboración, prestó también su auxilio para llevar una madre moribunda de la huelga, de la Cruz Roja a un centro de asistencia, junto con la Cruz Roja y el Consejo de Derechos Humanos.

Los conflictos laborales a que se refieren los Obispos en Colombia, están siendo realidades aquí en El Salvador. Hay Conflictos que no acaban de resolverse en: INCA, en TAPAN, en INDECA, CEL, COPLASA, IRA, MINAS DE SAN SEBASTIAN, MINAS DE SAN CRISTOBAL, SACOS, CUSCATLAN, IUSA, GUANTES, DIANA, REFINERIA SALVADOREÑA DE AZUCAR, CORCHO Y LATA, etc.

Queremos apoyar también, la exposición que presentó un Partido Político a la Corte Suprema de Justicia contra la forma de proceder de los magistrados de la Primera Cámara de lo Penal, que viola aún las garantías de la Ley de Orden Público. Dicen que impiden que los reos sea asistidos por sus defensores, que dilatan los procesos y detienen ilegalmente a los reos. Que no han hecho justicia cuando los reos han denunciado ante la Cámara que han sido torturados por los Cuerpos de Seguridad y organismos para-militares. El Partido pide que se investigue exhaustivamente estos hechos, que se sanciones a los responsables y que cesen estos actos violatorios. Creo que nada más justo, y se pone en la línea en que nuestra Iglesia el día de Pentecostés dijo muy claro a la Corte Suprema de Justicia, todas estas anormalidades que ya es tiempo de poner los ojos y corregirlas para honor de nuestra Patria.

Quiero decir a los campesino también que se han aprobado nuevos salarios. Cuatro veinticinco (¢ 4.25) para trabajadores mayores de 16 años, que sean varones y tres sesenticinco (¢ 3.65) diarios para las mujeres mayores de 16 años y para menores de 16 años de ambos sexos y trabajadores parcialmente incapacitados para trabajar. Solamente me extraña que la mujer siempre siga siendo segregada, cuando le pone un sueldo igual a los inválidos y a los niños. ¿Por qué no en iguales derechos que el hombre: ¢ 4.25?

Nuestra Iglesia mira también con complacencia la actitud de los Obispos de Panamá que criticaron defectos de la actual estructura del Gobierno panameño; evocaron la necesidad de la formación de una voluntad nacional que forme un nuevo orden social más justo, donde no exista la explotación del hombre por el hombre, para lo que se necesita encontrar estructuras socio-económicas nuevas. Entre los serios defectos de la actual estructura política, los Obispos panameños señalaron la falta de una clara y decidida separación entre los tres poderes; falta de eficiencia en la administración pública; poco representativo el sistema de elección de los representantes de los corregimientos que a su vez eligen al presidente. También pareció inadmisible que ciertos cuadros marxistas, pretenden erigirse en voceros políticos, no sólo del Gobierno, sino de toda la nación. Quiero felicitar a Monseñor McGrath y a todos los queridos hermanos Obispos de Panamá, por esta actitud, que como ven, no es extraña para nosotros, y nos alegra encontrar confirmación de esta línea de Iglesia en el Continente Latinoamericano. Por eso nos alegramos también, de que nuestras Comunidades, nuestro Periódico y nuestra Radio, han estado expresándose en solidaridad con el querido Padre Hermógenes López, que justamente es un mártir. Por haber defendido el agua de su pueblo, sufre la bala de los poderosos.

Y en ese recuento de cosas, hermanos, hay cosas también animadoras. Yo no quiero pasar en silencio esta mañana e invitar a la oración por el eterno descanso por don Fernando Levy. El hombre que murió por salvar la vida de unos niños, arrastrados por la corriente en el mar, el 9 de julio, en El Balsamar, departamento de La Libertad. Gracias a Dios, hay ánimo de bondad. Hasta el heroísmo. Y estos gestos son los que nos llenan de esperanza de que en El Salvador, hay buenos corazones que harán prevalecer esta semilla de Dios.

Pero como ven, la palabra de Dios, siendo la misma, encuentra cosas actuales, y esto es lo que quería decir, de que no podemos dejar de iluminar con esa palabra eterna las realidades concretas en que vive nuestra gente. Por eso, el hablar de que esta palabra siembra -es el segundo pensamiento- quiero decirles que es una de las grandes preocupaciones de la Iglesia actual: La evangelización. Hay un documento en el Concilio, hubo un Sínodo, y Puebla se va a reunir bajo este título: Evangelización de América Latina en el Presente y en el Futuro.

Lástima que el tiempo corre hermanos, pero yo quería aquí, presentarles la preciosa síntesis que Pablo VI hizo de la evangelización, al recoger las voces del Episcopado de todo el mundo, en el Sínodo de 1974. Y se preguntaba el Papa en este hermoso documento -que se los recomiendo mucho, sobre todo a las comunidades de base- ¿qué es la evangelización? Y decía el Papa, es una realidad muy compleja, y muy dinámica y hay que abarcar todos sus elementos si se quiere tener una idea completa de la evangelización, y proponía estos elementos: 1º) Llevar la buena nueva a todos el mundo para que sea fermento de todas las culturas, para que convierta las conciencias de los hombres, individual y colectivamente, para que formen criterios, no de mundo y de justicia, sino criterios de Evangelio. Esto es evangelizar en primer lugar, llevar los criterios del Evangelio de Cristo a toda la Humanidad, para renovarla en sus propios compromisos. 2º) Es un testimonio de vida. Evangelizar no es sólo decir palabra

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