Las Misiones

Las Misiones

Domingo de las Misiones

23 de Octubre de 1977

Lecturas:
Isaías 60, 1-6
Romanos 10, 9-18
Mateo 28, 16-20

MARCO DE LA HOMILIA

Hoy celebramos, queridos hermanos y estimados radioyentes, el Día Mundial de las Misiones. Vamos a sentirnos todos, pues, miembros vivos de un pueblo que ha recibido de Dios el encargo de llevar su luz a todos los hombres de la tierra. Pero, este pueblo de Dios se concreta en cada comunidad y vive en la historia concreta, su ambiente, y desde allí tiene que ser misionero. Por eso, aunque sea un poco prolijo, hago siempre un poco de la historia nuestra, del ambiente en que este pueblo de Dios que se llama la Arquidiócesis de San Salvador se mueve con sus preocupaciones, con sus problemas concretos.

Todos, por ejemplo, saben que mañana es el Día del Hospital. El arcángel San Rafael, que se celebra el 24 de octubre su nombre significa «medicina de Dios» ha dado origen a esta hermosa tradición en El Salvador, de celebrar en su día el Día del Hospital. Va pues, todo nuestro cariño, nuestra comprensión, para los queridos enfermos de todos los hospitales y también para los médicos, enfermeros y demás colaboradores, que deben de tener como centro de su vida el dolor humano en esos seres concretos de quienes Cristo dice: «Todo lo que hagan con ellos, conmigo lo hacen».

También tenemos que lamentar, que las huelgas, las manifestaciones en reclamos de derechos, no terminan. Son índice de un malestar profundo que la Iglesia viene denunciando y que los encargados del bien común tienen que apresurarse a buscar las causas en mutuo diálogo con los interesados. La Iglesia también ofrece generosamente sus luces, de una doctrina que arranca del evangelio y sin la cual tendremos siempre estos brotes de descontento. El mal es muy profundo en El Salvador; y si no se toma de lleno su curación, siempre estaremos, como hemos dicho, cambiando de nombres, pero siempre el mismo mal. En este sentido, también me han sentido, también me han pedido informar que la ocupación de tierras en Asacualpa no se puede arreglar, porque ha habido varios diálogos, desde julio, agosto, septiembre y todavía hoy en octubre; y a pesar de las promesas esperanzadoras con que terminan todos los diálogos, siempre hay una retracción, hay un… un consejo que impide llegar a un arreglo pacífico. No quisiéramos que en Asacualpa se vaya a repetir la triste historia de Aguilares. Por eso, toca también a las autoridades, a los competentes en la materia, resolver con justicia estas situaciones. Sé positivamente que los ocupan las tierras no son usurpadores. No quieren robarlas. Están respetando la propiedad privada. Solamente quieren un entendimiento para poder tener dónde sembrar y dar comida y alimento a sus familias. Yo no soy perito en la materia, lo he repetido, ni la Iglesia tiene como competencia decir qué es lo que se debe hacer. Pero sí, desde la luz del evangelio reclama a los competentes, a los que tienen la autoridad para urgir en los diálogos, que sean justos y que resuelvan con justicia estos problemas que son tumores de malestar en nuestra patria.

Varias madres y esposas y familiares, se han acercado al Arzobispado preguntando si es cierto que viene una comisión investigadora de derechos humanos, y que cómo pueden hablar directamente con ellos. También aquí, pues, esperamos que si es cierto que viene una investigación, sea justa y que entre en diálogo directo con las personas interesadas. Hay tantos hogares que tienen tanto que decir.

Quiero denunciar, también, una encuesta tendenciosa de la Universidad; en nuestro semanario Orientación pueden ver un botón de muestra de cómo hay una filosofía -entre comillas- que no es tal amor a la ciencia, como es su etimología, sino una tendencia perversa a desacreditar la Iglesia, una encuesta que está orientando hacia un mayor odio y difamación contra nuestra Iglesia. Yo llamo tiempo la atención para que no se dejen guiar de esos pseudo científicos, ciegos que conducen a otros ciegos.

También, los días finales de septiembre (había olvidado informarles, porque no había recibido yo la información autorizada) se llevó a cabo una reunión de parte de la Iglesia, para analizar la Ley de FOCCO. Cuarenta y cuatro organizaciones de inspiración cristiana trabajan, ya sea en el campo católico o en el campo protestante, para promover a nuestro pueblo, principalmente al campesinado, y ven en la Ley de FOCCO un peligro de monopolio, una supresión de inspiración, para dar una sola ideología política a estas organizaciones a las que la Iglesia, como cualquier entidad e individuo, tiene derecho a organizarse (el derecho de organización, pues, es uno de los derechos humanos) sobre todo cuando ha recibido de Cristo el encargo de llevar su promoción evangélica a los sectores de nuestro pueblo. No quisiéramos lamentar, pues, una intromisión en los derechos de la santa Iglesia. Ya bastantes hemos lamentado. Por su parte, nuestra Iglesia, ésta que lleva el mensaje misionero a todas partes del mundo, trata de vivir y de organizarse mejor cada vez en nuestra Arquidiócesis.

Ante la despedida de Monseñor Rivera (el 5 de noviembre irá a tomar posesión de Santiago de María, a las 10 de la mañana) ha habido que nombrar un vicario general, el que, junto con el obispo llevan el timón de la diócesis en sus aspectos más responsables. Ha sido nombrado por ahora Monseñor Ricardo Urioste, a quien los sacerdotes ya han reconocido, en todos aquellos problemas de jurisdicción de toda la diócesis.

Haciendo un recorrido por nuestras vicarías, nos alegramos con la vicaría de la Asunción (se llama así todo aquel sector poniente de la capital) los párrocos, siguiendo consignas de la pastoral de la Arquidiócesis, han reunido, están reuniendo las fuerzas vivas de toda la vicaría, que en ese sector son admirables; muchos colegios, muchas instituciones que están trabajando sin conexión, con una pastoral conjunta. Gracias a Dios han sabido responder todos esos sectores; y esperamos que esas parroquias, donde la Iglesia tiene que llevar su mensaje auténtico de evangelio, encontrará muchos agentes de pastoral, en los sacerdotes, en los religiosos, religiosas y fieles, que tiene que ver que no son párrocos ni instituciones de un sector social, sino de la Iglesia y que tienen que estar en coordinación de ideología con el pastor y con toda la línea pastoral de la Arquidiócesis. Yo me alegro mucho y los felicito. Ojalá que estos encuentros vayan dando, pues, esa unidad de criterios en nuestra diócesis y no presentemos el espectáculo de dos Iglesias, porque no hay más que una Iglesia, la del evangelio de Cristo.

Por la vicaría de Cuscatlán tuvimos la dicha de escuchar la voz de Monseñor Chávez, como ustedes saben, arzobispo durante 38 años, que con un gesto de servicio y de humildad está llevando la parroquia de Suchitoto. Los párrocos de aquella vicaría se reunieron con él y compartieron ratos muy fervorosos que se escucharon también por la radio. Quiero aprovechar esta oportunidad para presentar un nuevo testimonio de admiración y cariño a este querido antecesor. También en Cuscatlán, se prepara en Cojutepeque una convención de Cristo Rey el próximo domingo a las 3 de la tarde.

Por la vicaría de Chalatenango, también tenemos noticias muy interesantes de como va progresando, bajo la dirección de una vicaría episcopal, la pastoral de aquel departamento tan interesante. Unas de las cosas más bonitas de la vicaría en esta semana, ha sido su festival del maíz. Ayer y hoy se celebra al maíz. Y se ha promovido allá una industria muy interesante de productos del maíz, de tusas, de olotes, etc. Hemos visto ejemplares muy bellos, y vale la pena conocer y acuerpar esta industria, precisamente en San Antonio Los Ranchos de la vicaría de Chalatenango.

En mis visitas con motivo de la instalación de nuevos párrocos o de otros motivos pastorales, he tenido la felicidad de compartir momentos muy fraternales con las comunidades de Ayutuxtepeque, de Candelaria, de la Colonia Dolores, de la Colonia Luz; también con una comunidad muy interesante de señoras del mercado que en estos momentos están llevando a cabo un curso de promoción. Yo me alegro mucho que este sector de las señoras del mercado hayan encontrado apóstoles específicos para darles el verdadero valor divino de ese trabajo arduo, expuesto a tantas cosas, pero que es de tanto valor para nuestra sociedad: el mercado.

Quiero felicitar también, y alegrarme mucho con el seminario. Esta semana los seminaristas de la Arquidiócesis, de la Arquidiócesis que estudian Filosofía y Teología, unidos con su obispo, evaluaron su formación espiritual, intelectual, pastoral. Fue una tarde muy llena de esperanzas y les digo, queridos hermanos, como pueblo de Dios, que vale la pena impulsar la formación de estos jóvenes que serán los sucesores de los actuales sacerdotes que con tanto trabajo llevan en esta hora difícil la pastoral de nuestra Arquidiócesis. El seminario es una esperanza; porque, también, quiero anunciarles con alegría, que la campaña vocacional que va llevando el Padre Segura es todo un éxito, y él mismo me lo ha dicho, no es mérito humano, aquí está una bendición de Dios a la hora actual de nuestra Arquidiócesis. Ya tenemos apuntados nueve bachilleres, además de muchos que van a estudiar el bachillerato en el seminario menor. Se han tenido que rechazar o posponer la aceptación de muchos jóvenes que, ante esta situación de la Iglesia, han dado una vez más el testimonio de aquella frase inmortal de Tertuliano, la sangre de los mártires es semilla de vocaciones, semilla de cristianismo, semilla de un florecimiento en la Iglesia. Los perseguidores de la Iglesia no saben el gran bien que le han hecho, regándola y haciendo florecer enormemente este despertar de nuestra Iglesia que se va a manifestar, especialmente, en vocaciones muy prometedoras.

Quiero agradecer también a los seglares que están trabajando para ayudar a la jerarquía a una organización más actual, más funcional del gobierno eclesiástico.

UN EVANGELIO CONCRETO

Hermanos, perdonen la prolongación de este noticiero, pero es que la Iglesia, al anunciar su palabra, no puede prescindir de este ambiente concreto. Si no, corremos el peligro de anunciar un evangelio etéreo, sin proyecciones a la historia y a la tierra. Y ahora, sí comprendemos en este ambiente difícil de la Arquidiócesis, lo que quiere decir el Domingo Mundial de las Misiones.

En las tres lecturas de hoy a encontrar los tres pensamientos que van a perfilar, ante nuestra mente, una vez más esa figura que ya la he presentado varias veces, la Iglesia misionera.

LAS MISIONES

En primer lugar, ¿qué son las misiones?. En el documento del Concilio Vaticano sobre las misiones, lo acaba de recordar el Papa en su mensaje al Domingo Mundial que estamos celebrando, se nos explica que las misiones propiamente son esa empresa por ir a evangelizar y a plantar la Iglesia de Cristo en aquellas comunidades y pueblos donde todavía no ha llegado esta Iglesia a implantarse. Les repito, éste es el concepto de misiones, llevar la palabra del evangelio y organizar la Iglesia en aquellos países o comunidades que todavía no tienen una Iglesia organizada.

Por eso, la Iglesia, en su gran trabajo de evangelización se divide en dos porciones: La Iglesia ya organizada; por ejemplo, El Salvador ya tiene sus cinco diócesis, es una evangelización que ya ha logrado una organización. La institución Iglesia ya se ve, se vive. Son cinco diócesis. No hay territorios misionales en El Salvador. En cambio, aquellos territorios donde todavía no se han organizado diócesis, allí se llaman territorios de misiones. En Centro América, por ejemplo, tenemos, en Nicaragua y en Costa Rica, dos territorios que todavía no tiene diócesis; y en países lejanos, inmensos territorios donde los misioneros dependientes directamente de la Sagrada Congregación para la Evangelización de los Pueblos. Así se llama ese ministerio del Papa que le ayuda en esta tarea de llevar el evangelio a todo el mundo; se llama la Sagrada Congregación para la Evangelización de los Pueblos. Un cardenal como perfecto y un conjunto de personal, misioneros, tanto en la Santa Sede como en los territorios de misiones, trabajan para organizar la Iglesia en esos países. Y hacia allá se dirige nuestro pensamiento en esta mañana, a esos territorios de misiones, donde hombres, mujeres, sacerdotes, religiosos, laicos están tratando de llevar la noticia del evangelio y de organizar con una jerarquía propia, obispos propios, sacerdotes propios, una Iglesia, una institución que continúe anunciando el evangelio, como continúa en el Salvador, a través de sus obispos ya organizados y sus parroquias, este mensaje de Cristo.

Esto son las misiones. Pero no es un invento de nuestro tiempo; la palabra de Dios hoy nos ilumina en sus tres lecturas; Isaías, siete siglos antes de Cristo, esa visión universalista del Reino de Dios; San Pablo a los romanos, diciéndonos que de nada sirve organizar la Iglesia en institución si no hay conversión de corazón en los que se llaman cristianos; y el evangelio de Cristo, San Mateo, que se acaba de leer, diciéndonos que existe un instrumento por él mismo que se llama la Iglesia para llevar a cabo tanto ese panorama universal del Reino de Dios, como la conversión íntima de cada corazón. Y estos son los tres aspectos de este domingo misionero que yo descubro a través de las lecturas de hoy.

1. VISION UNIVERSALISTA DEL REINO DE DIOS

Isaías, en primer lugar, nos presenta el bello panorama que hemos escuchado: las tinieblas cubren la tierra, la confusión reina en el mundo cuando Dios no ha brillado. Y así mira desde Jerusalén, no una luz que le viene de afuera, sino un Dios que se encarna en Jerusalén, hace de Jerusalén una luz que ilumina los senderos de la historia y del mundo. Y por esos caminos iluminados de Dios van llegando todos los pueblos, trayendo sus tributos para formar un solo reino, el Reino de Dios. Qué preciso poema, no inventando por un poeta, sino por la mente de Dios, que el crear hombres, razas, pueblos, no es para que se confundan en diversidad de idiomas que no se pueden entender, en diversidad social que margina a unos mientras otras están bien. Lo que Dios ha querido es hacer del mundo una gran fraternidad.

Pero, el mundo solo no lo alcanzará. En el mundo no hay más que tinieblas y confusión. Basta mirar el ambiente de nuestra patria cuando se apaga la luz de Dios. ¿Qué queda?. Secuestros, odios, torturas, violencias y el panorama triste, cuando Dios no ha visitado a Jerusalén. Se puede decir de todos los pueblos cuando Dios también los deja, porque los hombres no han sido dignos de él: todo se torna confusión, tinieblas, miedo, terror. Es necesario que Dios venga a iluminar. Y esta es la misión. Por eso se llama misión. Misión, palabra de origen latino, quiere decir envío (mittere, enviar) porque es el envío de Dios a su Hijo. Y cuando su hijo enviado ha redimido al mundo y le ha enseñado su doctrina y regresa al Padre, desde el Padre, Padre e Hijo envían al Espíritu Santo.

De modo que la Iglesia es el producto de un doble envío, una doble misión que se origina en el corazón de Dios, el envío de su verbo hecho carne, Cristo nuestro redentor, que Dios lo ha querido cabeza de todo el género humano. «Cuando yo sea levantando en alto, la atraeré todo hacía mí» -dijo Cristo-. Y cuando Cristo ha terminado su labor con un pequeño grupo en la tierra santa, se va; pero les dice: «Os enviaré el Espíritu, que os enseñará la verdad y os conducirá por todos los caminos del mundo. Así como mi Padre me envió, así yo os envío con la fuerza de mi Espíritu. Id pues, por todo el mundo, por todos los caminos, por todos los tiempos y enseñad a todos los hombres lo que yo os he enseñado, y enseñadlos a guardar también los preceptos que yo os he enseñado. El que los acepte se salvará, y el que no los acepte se condenará». He aquí la gran misión: el enviado del Padre, el Hijo; el enviado del Padre y del Hijo, el Espíritu Santo; y la Iglesia, la enviada de Cristo. «Así como mi Padre me envió, yo os envío misioneros, enviados».

¿Qué hace entonces el mundo? Comi
nza a sentir una luz como la que profetizó Isaías. Ya no hay tinieblas. Aquellos pueblos que van aceptando esta luz de Cristo se van sintiendo hermanos. En el hermoso mensaje de Pablo VI sobre la evangelización de los pueblos en el mundo actual dice: unos hombres aceptan ese mensaje de Cristo, se unen en comunidad para vivirlo y desde su comunidad se sienten inquietos por llevar ese mismo mensaje a todos los demás. Esta es la misión que estamos haciendo aquí en la Catedral, que se siente verdaderamente emocionante en esta hora llena de fieles venidos de tantas partes, de tantas comunidades parroquiales. Estamos evangelizándonos. En este momento, yo tengo la dicha de ser el misionero de esta comunidad; pero ustedes al recibir mi mensaje, no lo van a guardar egoísticamente en su corazón, en su familia, en su comunidad. Yo sé que de aquí surgen; y allá están oyendo por radio mi mensaje, muchas comunidades. Cuando yo termine de hablar, esas comunidades se ponen a analizar lo que yo he dicho, evangelizándose, profundizando el mensaje y tomando consignas para llevar esta misma luz a su cantón, a sus hermanos.

Por eso duele a la Iglesia, hermanos, cuando encuentra obstáculos a esta luz, cuando se sospecha de su misión, cuando se la quiere confundir con misiones subversivas, revolucionarias. Lo que predicamos es la luz de Dios que los hombres necesitan. Lo subversivo, lo revolucionario, es apagar la luz de Dios, no dejar circular el mensaje de Cristo, el amor, y sembrar en cambio el odio, la violencia. Pero yo siento la alegría íntima de que la comunidad de la Arquidiócesis de evangeliza, recibe el envío del Hijo, del Espíritu Santo a través de su Iglesia que le sigue hablando.

Y entonces, hermanos, esta Iglesia que recibe esta luz de Dios no es sólo pasiva. Fíjense, qué hermosa la descripción que hace Isaías: «Y vendrán: mira a tu alrededor, todos han venido, tus hijas traídas en brazos, otras multitudes traídas en dromedarios». Los antiguos medios de comunicación, los que usó San Pablo, los primeros cristianos, se han convertido hoy en los modernos medios de comunicación. la radio, los aviones, los automóviles, donde van los misioneros y de donde vienen de las misiones trayendo los dones de Madián y de Efá, no solamente del Oriente como los magos adorando al niño Jesús, sino de todos los pueblos de la tierra. Porque, hermanos, la Iglesia es bella, la Iglesia es el conjunto de sus diócesis organizadas, y cada diócesis aporta su valor individual, su valor autóctono. La Iglesia no mata iniciativas.

Les acabo de mencionar la fiesta del maíz en San Antonio de Los Ranchos. Es una escena misionera, es la Iglesia que le dice a los sembradores de maíz cómo pueden aprovecharlo desde la luz del evangelio, cómo pueden iluminar sus caminos de tristeza con la alegría de una fiesta que dan las tusas y los olotes de nuestra tierra. Y así en el Africa y en el Asia descubre los valores, a las culturas, y no las mata, como si fuera una colonización de esas que en la historia han acabado con los valores de los pueblos. La Iglesia no es una colonizadora. La Iglesia es una inspiradora de los valores que hay en todas las latitudes de la tierra. Y traen entonces, aportando en la ofrenda de la misa: «Recibe, Señor, este pan y este vino, fruto de la tierra y del trabajo del hombre». He aquí que se valora, entonces, la mano que trabaja para ganarse la vida. Cuantas industrias, cuántos valores veo yo en vuestras manos, queridos católicos, unos que trabajan la plata, otros que trabajan la madera, otros que labran la tierra, otros que amasan la harina para darnos de comer, otros que manejan las cosas que se venden en el mercado. Qué hermosa es la humanidad. Esto quiere el Señor, que todas esas cosas sean traídas en dromedarios, en los medios de comunicación que tengan, para que en el altar el sacerdote los eleve a Dios en el signo del pan y el vino que, convertidos en cuerpo del Señor, se hace divino el trabajo de la tierra. Esto hace la Iglesia: darle valor divino a los valores humanos, hacer traer del conjunto de diócesis una armonía que no la ha inventado ningún otro imperio, sólo el imperio de Dios.

Por eso, hermanos, es ridículo que se sospeche de la Iglesia. Les repito aquella frase que les recordé el domingo pasado, que canta la Iglesia el día de la adoración de los magos cuando Herodes, envidioso de que hubiera nacido otro rey, temeroso de que le iba a quitar su poder político, la Iglesia le canta: «No temas, Herodes, que no viene a quitarte poderes temporales el que viene a darte reinos eternos». Ha, si comprendieran los gobiernos que la Iglesia no viene en una especie de competencia política a quitarles sus campesinos, a quitarle su gente. De ninguna manera. Viene a inyectarle a su gente, a su poder político, a su poder sociológico, a todas sus técnicas, no a quitarle sus competencias, sino darles un sentido cristiano para que sean más justos, para que sean más leales, para que sean más nobles, para que sean mejores, tanto los gobernantes como los gobernados. Porque desde las entrañas del evangelio, la Iglesia predica la verdadera paz, la verdadera justicia, la que no se quiere oir; y se calumnia a la Iglesia -como se calumnió a Cristo- no porque predicara la subversión, sino porque quería un orden más justo, más bueno. La Iglesia no hace otra cosa, pues, en sus misiones, que llevar el valor divino a todo lo humano.

2. CONVERSION DE CORAZON

Pero en la segunda lectura, San Pablo a los romanos les dice que de nada serviría que predicaran si no se convierten los corazones. San Pablo escribe en el contexto en que se ha oído la predicación. Diríamos, predica a la nación salvadoreña donde todos han oído predicar. «Si acaso no han oído» -dice San Pablo- «sí que han oído, si en todo el ámbito se escucha la palabra del evangelio». Pero lo que pasa es que no quieren creer en su corazón. De ahí que no basta la organización de estructuras exteriores, dice el documento de Medellín. Mientras este continente no cuente con hombres nuevos no tendremos un orden nuevo. La necesidad de creer -dice San Pablo- porque sólo la fe en Dios es la que salva. La liberación que la Iglesia predica es a base de ese creer en Dios. La liberación no la van a traer los hombres. Desengañémonos. La liberación solamente tiene que venir de Dios, pero contando con la conversión del corazón del hombre; y de nada sirve que Dios nos esté ofreciendo su redención, su liberación, un mundo mejor, si los encargados de construír este mundo en la tierra no quieren colaborar con ese Dios.

Y aquí la necesidad del misionero. San Pablo la concluye en un argumento tan bello; «¿Cómo van a creer si no hay quien les predique y como van a predicar si no hay quien les envíe?» La misión. La Iglesia cuenta con una constitución mucho más sólida que todas las constituciones de los estados. Las constituciones que rigen la vida de los pueblos han sido hechas por legisladores. Una asamblea constitutiva nos dio unas leyes, que muchas veces se cambian al antojo de los gobernantes. En cambio, esta constitución que Cristo dejó, en el momento solemne de despedirse de los hombres, visiblemente arranca de Dios: «Toda potestad se me ha dado en el cielo y en la tierra, y en nombre de esta potestad, vayan y prediquen esta conversión».

Hermanos, queridos hermanos protestantes, esta es la falla de ustedes. Los estimo mucho, porque se han acercado y me han expresado sentimientos de solidaridad; pero siento que ustedes no cuentan con esta misión que los católicos desde nuestros pastores sabemos que llevamos. Admiramos sí su evangelio. El evangelio que ustedes predican es el mismo evangelio nuestro y por esto nos sentimos hermanos; pero quisiéramos, hermanos protestantes, que en vez de tanta sectas en nuestro ambiente predicando el verdadero cristianismo, hiciéramos un esfuerzo por unirnos en la única misión que Cristo dejó, un solo rebaño y un solo pastor. No es que pretenda someter tantas sectas al dominio del catolicismo. Ya he dicho que la Iglesia no es un imperialismo. Pero sí, es una verdad que va a difundir su verdad en el mundo cuando el mundo vea que los cristianos somos una sóla cosa; y si hay estorbos para la evangelización del mundo, uno de los estorbos más grandes lo estamos dando nosotros, queridos hermanos protestantes y ustedes católicos, que tienen también divisiones. La división en la Iglesia, la división de las sectas protestantes, eso es lo que estorba a ese reinado de Cristo. Y por eso pedimos, y yo sé que ustedes también, queridos hermanos protestantes, piden aquella sublime oración de Cristo: «Padre, que los que creen en mí sean una sola cosa, para que el mundo crea que tú me has enviado».

Y es entonces cuando habrá conversión en la intimidad de cada corazón, cuando no profesemos un cristianismo interesado, y porque me interesa me mantengo en esta secta, y porque me interesa este modo de creer yo no acepto el auténtico evangelio, me parece que es marxismo y lo que está predicando es justicia social, pero como no me conviene -yo digo- «El obispo no tiene razón, los padres tales son revolucionarios», y así estamos sembrando la división en vez de unirnos en la auténtica y humilde conversión de corazón. Todos necesitamos convertirnos, yo que les estoy predicando el primero que necesito conversión, y le pido a Dios que me ilumine mis caminos para no decir ni hacer cosas que no sean de su voluntad, que debo de convertirme a lo que él quiere, que debo de decir lo que él quiere, no lo que conviene a ciertos sectores o me conviene a mí si es contra la voluntad del Señor; convertirnos a esa misión de Cristo: «Vayan por el mundo entero y prediquen ésto que yo les he predicado; el que creyere ésto se salvará y el que no creyere ésto no se salvará». No hay más salvación que la que Cristo trajo; de ahí la necesidad de convertirnos todos: católicos, protestantes, también los ateos. Todos los que buscan salvación no la encontrarán fuera de Dios.

3. MISION DE LA IGLESIA

Y finalmente, queridos hermanos -ya con todo el respeto que se merece la última lectura, el evangelio Cristo nuestro Señor no ha hecho más que poner el sello a ésto que les estoy diciendo, constituir una Iglesia. La misión que Cristo trajo y después trajo el Espíritu Santo, vive hoy, en 1977, a pesar de que han pasado veinte siglos, gracias a la Iglesia, que es el cuerpo de Cristo en la historia, como titulé mi segunda carta pastoral. La Iglesia es el cuerpo de Cristo en la historia. La Iglesia es el envío de Cristo y del Espíritu Santo a los hombres de cada tiempo. Y hoy queremos saber qué diría Cristo a los salvadoreños, ricos y pobres, gobernantes y gobernados. No tenemos que traer el evangelio literal de hace veinte siglos, sino el evangelio que la Iglesia, arrancando de aquel evangelio de Cristo, va aplicando a las circunstancias de cada tiempo. Fidelidad a ese evangelio, a esa misión, es la que constituye el contínuo quehacer de la misión de la Iglesia. La Iglesia es misionera. Como acaba de decir el Papa, no se trata de llevar el mensaje de Cristo a regiones cada vez más extensas geográficamente, sino de empapar de evangelio de Cristo las culturas modernas, las industrias modernas, los hombres de hoy.

Anoche, en una bellísima ceremonia, la graduación de los bachilleres del tecnológico de los salesianos, llena la Iglesia de María Auxiliadora, yo les decía a los jóvenes: «Jóvenes, la Iglesia no les va a arrebatar su cultura y su técnica. Es la primera en respetar la autonomía de todas las culturas y de todas las técnicas. Pero sí quisiera decirles, como mensaje de la Iglesia, que se gloríen no sólo de su técnica; que se gloríen de haberse educado en un colegio católico, y que le den inspiración cristiana a todo lo que ustedes van a hacer y valer en el mundo. Que no sean ya la vieja civilización del tanto vales cuanto tiene. El hombre hoy no vale por lo que tiene sino por lo que es. Y el hombre es en la medida que es cristiano, porque todo hombre se realiza en la medida en que se realiza según el modelo del Hijo del hombre, Cristo nuestro Señor. Y él dejó esta Iglesia para que los hombres de todos los tiempos nos modeláramos con él. Oyendo a la Iglesia, oigo a Cristo. Recibiendo la eucaristía de un sacerdote, recibo a Cristo. Llevando el niño recién nacido a un bautisterio para que me lo bautice un sacerdote, es Cristo que me lo bautiza. Escuchando la palabra de Dios transmitida hoy por los medios modernos de la radio, es Cristo el que sigue predicando.

Hermanos, qué hermosa es la Iglesia. Sigue llevando la misión que trajo la verdad y la vida de Dios a los hombres. Dichosos pues los que, como San Pablo ha dicho, creen de corazón; si crees, serás salvado. Queridos hermanos, esta es la reflexión que se me ocurre en el Día Mundial de las Misiones.

Ahora bien, formando esta Iglesia concreta; yo, su obispo; mis queridos colaboradores, los párrocos de hoy en cada parroquia, ustedes, hombres y mujeres concretos que han venido a la misa de Catedral o que están reflexionando allá por la radio; nosotros somos la Iglesia de hoy. A nosotros se nos ha confiado llevar esta verdad y esta vida a los que no creen. Cuántos tal vez en nuestra propia familia, en nuestra propio barrio, necesitan que seamos sus misioneros. Y aún allá en la vanguardia de las misiones, donde la Iglesia no está organizada, se necesita la colaboración de nosotros. Por eso el Día Mundial de las Misiones viene a decirles a los que ya tenemos la dicha de creer, que le demos gracias a Dios por tener ya esta luz, pero que tratemos de traducirla en nuestra vida, y que desde nuestra vida iluminemos con nuestra colaboración a los pobres pueblos que todavía no la han conocido. De allí la necesidad de tener la mano como un mendigo.

Yo voy a tener el gusto de ser hoy un mendigo de las misiones para pedirles, sobre todo, oración; porque es una empresa que consiste en convertir a los hombres a la fe en Cristo, es una empresa en que hay que pedir perseverancia para tantos héroes misioneros que deben de sentir desaliento en aquellos ambientes no cristianos. Ante todo, pues, oración, sacrificio, que no se cansen de hacer oración por los misioneros, por los infieles que todavía no conocen a Cristo; y también, hermanos, la mano tendida para pedir dinero. Sería un ultraje tender la mano para pedir limosna a un pueblo tan pobre como es el nuestro, pero yo no les pido los millones que podrá dar Estados Unidos, les pido el centavito de la viuda, no tanto para que con ese dinero vayamos a resolver el problema, sino para expresar la solidaridad, para expresar el cariño, mi gratitud que yo siento con Dios, que me ha dado la fe, y que quiero compartir mis pequeñas ganancias con los misioneros que dan no un real, un medio, sino que dan su vida entera. Yo, que no puedo ir a las misiones -tal vez un hijo de la casa, tal vez un joven, una joven de la familia tiene vocación misionera, aunque no sea para todo el tiempo, ofrecerse a un servicio de unos cinco o diez años: vocaciones. Tal vez ni eso puedo, entonces; pero sí puedo desprenderme un poquito de la golosina de este día o de la necesidad tal vez. Si tanto lo necesitas que te quedarías sin comer, no des; ofrece al Señor tu buena voluntad. Pero sí puedes, dá algo.

Hermanos de la Catedral y de las comunidades que a través de la radio están escuchando, es la hora de la colecta mundial. Nuestra Arquidiócesis así como aporta sus valores autóctonos a la universal Iglesia, aporta hoy también su dinero, su oración, su sacrificio, para que esta empresa de implantar el Reino de Dios en otros países que todavía no lo tienen sea una realidad. Ayúdemos pues a las misiones.

 

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