Cartas Pastorales

Cuarta carta pastoral – Misión de la iglesia en medio de la crisis del país.

Cuarta carta pastoral de Monseñor A. Romero, Arzobispado de San Salvador.

Para mis queridos hermanos y hermanas:
los Presbíteros,
los Religiosos,
las Religiosas,
y los Laicos
de la Arquidiócesis de San Salvador

Y para los salvadoreños de buena voluntad:

LA PAZ DE JESUCRISTO, NUESTRO UNICO SALVADOR.

INTRODUCCION

Una fiesta providencial.

1. Llamamos “República de El Salvador” y celebrar, cada año, como fiesta titular, el misterio de la Transfiguración del Señor, es para los salvadoreños un verdadero privilegio. No fue sólo la piedad de Don Pedro de Alvarado la que tan altamente nos bautizó –nos recordaba el Papa, Siervo de Dios, Pío XII, en su brillante saludo a nuestro Congreso Eucarístico Nacional de 1942-; nos bautizó así la providencia de Dios, que da a cada pueblo su nombre, su sitio y su misión.

Oír cada año, el 6 de agosto, la voz del Padre que, a través de la liturgia de la Iglesia, proclama que nuestro patrono es el mismo “Hijo de sus complacencias” y que nuestro deber es “escucharlo”, constituye nuestro legado histórico y religioso más preciado y la motivación más eficaz de nuestras esperanzas salvadoreñas cristianas.

Por eso siento, como uno de mis deberes pastorales más importantes, el tener que actualizar, para esta Arquidiócesis, que el Señor ha encomendado, este legado y refrescar esa motivación, de acuerdo con las circunstancias que dan contornos nuevos a cada 6 de agosto. Porque, a través de esos contornos nuevos de la historia, uno mismo sigue siendo el reto amoroso de la transfiguración de Cristo a los salvadoreños: la transfiguración de nuestro pueblo. Este reto tradicional que la Patria y la Iglesia recibieron del Divino Salvador, con ser inmutable, como inmutable es la verdad y la revelación de Dios, debe iluminar las realidades cambiantes de nuestra historia y aprender a expresarse en el lenguaje que hablan los hombres de los tiempos nuevos y exigen las nuevas necesidades y las nuevas esperanzas.

Mis tres cartas pastorales anteriores.

2. Nuevas circunstancias, en la Arquidiócesis de San Salvador, inspiraron, en 1977, mis dos primeras Cartas Pastorales. La que escribí al relevar al benemérito Monseñor Luis Chávez y González.

Además de ser mi carta de presentación, fue una profesión de fe y confianza en el Espíritu del Señor que construye y anima, que da unidad y progreso a la Iglesia, aun cuando cambian los elementos humanos que la componen y dirigen; quise expresar en su título “Iglesia de la Pascua” las circunstancias litúrgicas y reales de cuaresma, pasión y pascua que marcaron aquella “hora de relevo”. Bajo el título “La Iglesia, cuerpo de Cristo en la historia” ahondaba el mismo concepto de la Iglesia y de su servicio al mundo como prolongación de la misión de Cristo, el 6 de agosto de aquel mismo año, cuando recogía, además, la historia –densa, trágica, pero también pascual- de mis primeros meses en esta querida sede.

Y, el año recién pasado, el Señor Obispo de Santiago de María, Monseñor Arturo Rivera Damas, y yo escribimos, también el 6 de agosto, la carta pastoral sobre “La Iglesia y las organizaciones políticas populares”. La visita “ad límina” que juntos hicimos al inolvidable Papa Pablo VI y nuestro luminoso contacto con aquel maravilloso Pontífice, tan comprensivo del mundo actual, nos inspiró una respuesta de la fe a las preocupaciones políticas tan originales de nuestro pueblo. Bendigo al Señor por el bien que aquella carta hizo y sigue haciendo en nuestras comunidades cristianas, que la tomaron como tema de sus reflexiones, y también por la acogida tan generosa y entusiasta que le dieron comunidades, instituciones y publicaciones de otros países en el Continente y en Europa. Anexos a esta tercera Carta Pastoral se editaron, en folleto aparte, tres estudios sobre “La realidad nacional en que la Iglesia desarrolla su misión”, “La Palabra de Dios ante la miseria humana” y “La Doctrina más reciente de la Iglesia”. Creo que han llenado su objeto de “enriquecer la reflexión” de la carta.

Ruego pues, tener en cuenta aquellas tres Cartas Pastorales anteriores al estudiar la presente, ya que aquí no repetiré sino que daré por supuestos muchos conceptos ya estudiados en aquellas.

Los motivos de esta cuarta carta pastoral.

3. En esta nueva celebración de la Transfiguración del Señor, la claridad de esta fiesta ilumina nuevas situaciones del país y de la Arquidiócesis que convienen proyectar sobre nuestra vida.

En el país, nuevas formas de sufrimientos y atropellos han empujado nuestra vida nacional por caminos de violencia, venganza y resentimiento. Son –describe el Documento de Puebla- “angustias y frustraciones que han sido causadas, si las miramos a la luz de la fe, por el pecado que tiene dimensiones personales y sociales tan amplias”. Pero también sentimos, gracias a Dios, que, en nuestra realidad nacional, hay “esperanzas y expectativas de nuestro pueblo que nacen de su profundo sentido religioso y de su riqueza humana” (n. 73).

4. La Iglesia, por su parte, ha vivido, en este año, situaciones nuevas que la capacitan mejor para acompañar, desde su propia identidad, a este pueblo hecho de “angustias y esperanzas, de frustraciones y expectativas”.

Sobresale, entre todas esas nuevas circunstancias, la Tercera Conferencia Episcopal de América Latina, celebrada en Puebla a, principios de este año. Ese “nuevo Pentecostés” de nuestro Continente recogió la rica herencia de nuestra historia y empujó a la Iglesia hacia un nuevo siglo, bajo el título de “La evangelización en el presente y en el futuro de América Latina”. Los pastores de América podemos llamar a la reunión de Puebla, lo mismo que escribió S.S. Juan Pablo II en su primera Encíclica “Redemptor hominis”, para justificar la nueva dinastía pontificia de los “Juan Pablo”: “la singular herencia dejada a la Iglesia por los Pontífices Juan XXIII y Pablo VI”. Porque la reunión de Puebla -como lo fue la de Medellín hace diez años- fue el nuevo paso delante de la Iglesia en nuestro Continente, en su esfuerzo por seguir la línea renovadora que señaló el Concilio de nuestro siglo y que llevaron a feliz término aquellos dos Pontífices inmortales de nuestro tiempo.

Evocación de Pablo VI y Juan Pablo II.

5. Es justo evocar aquí de nuevo, como ya lo hice el año recién pasado, “la expresiva coincidencia de la pascua de Pablo VI con nuestras fiestas titulares de la Transfiguración”. Desde aquella muerte santa, el 6 de agosto del año recién pasado, cuántos signos han marcado de grandeza evangélica a la Iglesia, bajo el pontificado de sus dos Sucesores! La misma tumba de Pablo VI, que visité este año con devota admiración y filial cariño y gratitud, ha subrayado el nuevo estilo de sencillez y humildad en el servicio de la Iglesia. Cómo recordé allí, junto a su tumba, el calor de sus dos manos estrechando las mías, apenas hace poco más de un año, para decirme su preocupación y su amor por nuestra Patria, y recomendarme acompañar a mi pueblo en sus justas reivindicaciones, para que no se desviara por los caminos del odio ni de la violencia.

También de Su Santidad Juan Pablo II recogí, en Roma, comprensión y orientación para mi difícil labor pastoral y la ratificación de mi comunión jerárquica con él y mi compromiso con el pueblo que Dios me ha confiado. La actitud del nuevo Papa y su lenguaje señalan a Cristo, como única fuerza de liberación integral, exigiendo en su nombre el máximo respeto a la dignidad y a la libertad del hombre.

Adhesión a Puebla y a mi Arquidiócesis.

6. De esa fuente exuberante del Magisterio de los Papas, del Concilio y de los Obispos Latinoamericanos ha brotado el “espíritu de Puebla”.

Esta carta pastoral quiere ser un solemne testimonio de mi aceptación y adhesión personal a ese “espíritu” y, al mismo tiempo, un llamamiento –urgente, como lo quiere el Papa- a todos los sacerdotes, comunidades religiosas y laicos, “que en breve tiempo, todas las comunidades eclesiales estén informadas y penetradas del espíritu de Puebla y de las directrices de esta historia Conferencia” (Carta de aprobación).

Una encuesta de la Arquidiócesis.

7. Pero “todo el pueblo santo de Dios participa también de la función profética de Cristo… guiado por el sagrado Magisterio” (L. G. 12). Y Pablo VI, de feliz memoria, nos aconsejaba discernir con la ayuda del Espíritu Santo… en diálogo con los demás hermanos cristianos y todos lo hombres de buena voluntad, las opiniones y compromisos que conviene asumir para realizar las transformaciones sociales, políticas y económicas que aparezcan necesarias con urgencia en cada caso (O. A. 4).

Teniendo en cuenta este carisma del diálogo y la consulta. Quise iniciar esta Carta Pastoral con una encuesta al querido Presbiterio y a las Comunidades Eclesiales de Base de la Arquidiócesis. Y una vez más, he quedado admirado de la madurez reflexiva, del espíritu evangélico, de la creatividad pastoral, de la sensibilidad social y política expresada en las numerosas respuestas que he leído detenidamente. Incluso algunas inexactitudes y audacias doctrinales y pastorales han servido de estímulo al carisma de magisterio y tomadas en cuenta. Al agradecerles muy cordialmente, quiero repetir mi invitación a continuar este diálogo y esta reflexión con sus pastores y con la Iglesia Universal, sobre estos temas a la luz del Evangelio y desde la auténtica identidad de nuestra Iglesia (n. 17).

Nuestra aportación en la crisis del país.

8. En resumen, esta Carta Pastoral, como su mismo título lo indica, quiere ser una entrega oficial del “Documento de Puebla” a la Iglesia de la Arquidiócesis. Y, a la luz de sus enseñanzas teológicas y pastorales, confrontar las inquietudes expresadas por nuestra Iglesia Arquidiocesana. Avaladas por el magisterio continental y universal de la Iglesia, voz y opinión que sean una respuesta y aportación específica de Iglesia, en esta hora de crisis de la Patria, cuando se torna un grave deber de conciencia para todos los salvadoreños aportar ideas y orientaciones desde su propia competencia.

Esquema.

9. Desarrollaré pues, mi pensamiento en las cuatro partes siguientes:
1. La crisis del país, a la luz de Puebla.
2. Contribución de la Iglesia al proceso de liberación de nuestro pueblo.
3. Iluminación de algunos problemas concretos.
4. La línea pastoral de Puebla en la Arquidiócesis.
Conclusión.

NOTA: Todas las citas de número sin indicar autor, se refieren a los números marginales del Documento de Puebla que está en el trasfondo de toda mi reflexión.

PRIMERA PARTE
LA CRISIS DEL PAIS A LA LUZ DE PUEBLA.

Con criterio pastoral.

10. “Visión pastoral de la realidad de América” se titula la primera parte del Documento de Puebla. Así, desde el principio, se comprende con qué criterio analiza la situación del mundo que tiene que evangelizar. Han sido también criterios pastorales los que han guiado el primer punto de nuestra encuesta arquidiocesana: “sobre la crisis actual del país y las perspectivas que se prevén para el futuro”.

Jamás olvida la Iglesia que su misión no es de orden político, social o económico, sino de orden religioso; pero tampoco puede olvidar que “precisamente de esta misma misión religiosa derivan funciones, luces y energías que puedan servir para establecer y consolidar la comunidad humana según la ley divina” (G. S. 42).

Con el aval de Puebla.

11. Muchos hubieran querido que Puebla se pronunciara en forma más concreta acerca de ciertas situaciones concretas de los países latinoamericanos. Pero su análisis y su juicio evangélico sobre la realidad de América es suficiente para que cada país o cada pastor encuentre allí los elementos que necesita para señalar sus propias situaciones con la vigorosa voz de todos los pastores del Continente.

Por eso he querido avalar, en esta Carta Pastoral, los señalamientos de la Arquidiócesis a la crisis del país con los enjuiciamientos autorizados de Puebla a toda América.

Limites de este análisis.

12. Mi intento no es hacer un análisis exhaustivo de la estructura económico-político-social de El Salvador. Un leve enfoque se ofreció ya el año pasado como folleto auxiliar de mi tercera Carta Pastoral. Tampoco pretendo ofrecer un relato completo de los hechos del país que tanto nos han preocupado en este año. Ya mi servicio a la palabra de Dios he querido ser fiel a la verdad y a la justicia y a la justicias frente a esos acontecimientos en el momento en que sucedieron durante este denso período de nuestra historia. También me satisface haber podido prestar oportunos servicios pastorales, a través de “Socorro Jurídico” y de la “Secretaría de medios de comunicación social de la Arquidiócesis”, en las difíciles vicisitudes de nuestras comunidades, familias e individuos.

Por fin, otra observación: seria injusto no reconocer que, durante esta crisis del país, ha habido muchos aspectos positivos que hacen vislumbrar, con sólido fundamento, que los salvadoreños somos capaces de encontrar la paz basada en la justicia y por caminos de racionalidad, y que no es necesario pagar la liberación de nuestro pueblo a tan alto precio de violencias y de sangre. A estos aspectos esperanzadores les tributo mi admiración y estímulo. Pero no es mi propósito comentarlos hoy.

Sólo quiero subrayar notas negativas de la crisis del país que han sido señaladas y comentadas por nuestras comunidades porque son las que urge atender. Y a ellas aplicará el juicio evangélico que Puebla emite sobre tales situaciones.

1. LA INJUSTICIA SOCIAL A LA BASE.

13. Lo que Puebla afirma acerca de la injusticia social en todo el continente, se presenta en El Salvador con rasgos muy trágicos y exigencias cristianas muy urgentes: hoy hay más hombre sometidos a situaciones de mayores injusticias. Aquel “clamor sordo” de miseria que Medellín percibía, hace diez años, hoy Puebla lo califica de “claro, creciente, impetuoso y, en ocasiones, amenazantes” (n. 89). “El más devastador y humillante flagelo” (n. 29) llama a las características que perfilan esta situación de injusticia: Mortalidad infantil, falta de vivienda, problemas de salud, salarios de hambre, desempleo desnutrición, inestabilidad laboral, etc.

“La situación de extrema pobreza generalizada, adquiere, en vida real, rostros muy concretos en los que deberíamos reconocer los rasgos sufrientes de Cristo, el Señor, que nos cuestiona e interpela:
– Rostros de niños, golpeados por la pobreza desde antes de nacer, por obstaculizar sus posibilidades de realizarse a causa de deficiencias mentales y corporales irreparables; los niños vagos muchas veces explotados de nuestras ciudades, fruto de la pobreza y desorganización moral familiar.
– Rostros de jóvenes, desorientados por no encontrar su lugar en la sociedad; frustrados, sobre todo, en zonas rurales y urbanas marginales, por falta de oportunidades de capacitación y ocupación.
– Rostros de campesinos, que como grupo social viven relegados en casi todo nuestro continente, a veces, privados de tierra, en situación de dependencia interna, sometidos a sistemas comercialización que los explotan.
– Rostros de obreros frecuentemente mal retribuidos y con dificultades para organizarse y defender sus derechos.
– Rostros de subempleados y desempleados, despedidos por las duras exigencias de crisis económicas y, muchas veces, de modelos de desarrollo que someten a los trabajadores y a sus familias a fríos cálculos económicos.
– Rostros de marginados y hacinados urbanos, con el doble impacto de la carencia de bienes magisteriales, frente a la obtención de la riqueza de otros sectores sociales;
– Rostros de ancianos, cada día más numerosos, frecuentemente marginados de la sociedad del progreso que prescinde de las personas que no producen (nn. 31-39).

2. DETERIORO DE LA SITUACION POLÍTICA.

14. Con Puebla podemos también denunciar el grave deterioro de la situación política que institucionaliza la injusticia. Se ha determinado “la participación ciudadana en la conducción de sus propios destinos” (n. 46). “Se ve con malos ojos la organización de obreros campesinos y sectores populares y se adoptan medidas represivas para impedirla. Este tipo de control y de limitación de la acción no acontece con las agrupaciones patronales que pueden ejercer todo su poder para asegurar sus intereses” (n. 44).

Es impresionante el cuadro de la violencia presentado por la Oficina de Socorro Jurídico (ver “Orientación” del 22 de julio de 1979). Sólo de enero a junio de este año, el número de asesinados por los distintos cuerpos de seguridad, fuerza armada y organizaciones paramilitares similares, alcanza a 406 y el número de capturados por motivos políticos es de 307. La estadística se hace más escandalosa al corroborar la discriminación señalada por Puebla, pues no hay ninguna víctima del sector latifundista, mientras abundan en el sector campesino.

Ante esa opresión y represión, surge natural lo que Medellín llamó “las revoluciones explosivas de la desesperación” (Paz,17) y que en el país ya se ha cobrado más de 95 víctimas (Orientación. 22 de julio de 1979).

De esta forma se está agudizando hasta límites insospechada crueldad, la “espiral de la violencia” y se está alejando, cada vez más, la posibilidad de resolver la crisis estructural en forma pacífica. Hasta parece que ya estamos en una auténtica guerra civil, informal e intermitente, pero despiadada y sin cuartel, que desgarra la vida ciudadana normal y llena de temor a todos los hogares de El Salvador.

En la tercera parte dedico un sitio especial a este problema de la violencia.

3. ACTITUD DEL GOBIERNO.

15. El gobierno se muestra impotente para detener la escalada de la violencia en el país. Más aún, una sospechosa tolerancia de bandas armadas que, por su persecución implacable a los oponentes del gobierno, podrían considerarse como servidoras suyas, contradicen, en la práctica, las enfáticas declaraciones del gobierno contra toda clase de violencia. Más bien parece proclamar represión contra toda oposición política y contra toda organización que proteste socialmente.

El estado de sitio, impuesto el 23 de mayo y prolongado hasta julio, no sirvió en absoluto para contener las matanzas políticas. Los datos sobre muertos y desaparecidos denuncian un ambiente de impunidad propicio para la proliferación y actividad de organizaciones asesinas de ultra derecha que han agravado el panorama de la violencia en el país.

El juicio de Puebla acerca de esta situación es bien elocuente, al denunciar “los países… en donde con frecuencia no se respetan los derechos humanos fundamentales… o que están en situación de permanente violación de la dignidad de la persona”. Los pastores latinoamericanos señalan por su nombre estos “abusos de poder típicos de los regímenes de fuerza”, y se solidarizan con “las angustias de esta represión sistemática o selectiva acompañada de delación, violación de privacidad, apremios desproporcionados, torturas, exilios. Angustias en tantas familias por desaparición de sus seres queridos de quienes no pueden tener noticia alguna. Inseguridad total por detenciones sin órdenes judiciales, angustias ante un ejercicio de la justicia sometida o atada”.

Ante esta angustiosa situación, Puebla recuerda, en nombre de los Sumos Pontífices, que “La Iglesia por auténtico compromiso evangélico (Juan Pablo II, Discurso inaug. III) debe hacer oír su voz, denunciando y condenando estas situaciones, más aún cuando los gobernantes o responsables se profesan cristianos” (n. 42).

4. FUNDAMENTO ECONÓMICO E IDEOLÓGICO DE LA REPRESIÓN.

16. Analistas de nuestra economía señalan que al buen funcionamiento del sistema económico de El Salvador le conviene disponer de mano de obra abundante y barata. Cafetaleros, cañeros, algodoneros y demás elementos del sector agro-exportador, necesitan que el campesino no tenga trabajo ni esté organizado, a fin de poder contar con esa mano de obra abundante y barata para levantar y exporta sus cosechas.

Por otra parte, es el sector agricultor y ganadero uno de los que aportan más impuestos al erario público y ésta es una de las causas por las que tiene mayor influencia en el gobierno.

También muchas empresas industriales o transnacionales basan todavía hoy sus juegos de competencia en mercados internacionales, en lo que ellos llaman “bajo Costo de la mano de obra”, lo que, en realidad, equivale a un salario de bajo nivel.

Todo esto explica la oposición cerrada de importantes sectores del capital a todas aquellas iniciativas populares o del gobierno que, a través de la organización gremial, buscan mejorar las condiciones de vida y elevar los niveles de salarios de las clases populares. Estos sectores dominantes sobre todo el agropecuario, no pueden admitir la sindicalización campesina ni obrera, mientras, con mentalidad capitalista, la consideren peligro de sus intereses económicos. La represión contra las organizaciones populares se convierte, para esa mentalidad, en una especie de necesidad para mantener y aumentar los niveles de ganancia, aunque sea a costa de la pobreza creciente de las clases trabajadoras.

Añadamos a esto la explosión demográfica del país y el alto costo de la vida y se comprenderá el clamor creciente de inconformidad de trabajadores y desempleados. Nuevamente la represión es la única respuesta a la protesta contra la “violencia institucionalizada” y así se sigue impulsando la espiral de la violencia.

El Documento de Puebla autoriza este análisis, cuando se refiere así al derecho de sindicalización en nuestros países: “En muchos lugares la legislación laboral se aplica arbitrariamente o no se tiene en cuenta sobre todo en los países donde existen regímenes de fuerza. Se ve con malos ojos la organización de obreros, Campesinos y sectores populares y se adoptan medidas represivas para impedirla. Este tipo de control y de limitación de la acción no acontece con las agrupaciones patronales que pueden ejercer todo su poder para asegurar sus intereses” (n. 44).

17. Sería conveniente indicar aquí, también el fundamento ideológico de esta represión injusta. Se trata de la ideología de la seguridad nacional que el documento de Puebla denuncia con dureza en repetidas ocasiones. Esta nueva teoría y práctica políticas está a la base de esta situación de opresión y de violencia represiva de los derechos más fundamentales de los salvadoreños. Pero, por ser una verdadera absolutización o idolatría del poder la trataré en la siguiente parte de esta carta, al exponer, como aportación especial de la Iglesia, en la crisis del país, su misión de desenmascarar idolatrías y denunciar las falsas absolutizaciones.

5. DETERIORO MORAL.

En América Latina.

18. Hay una elocuente coincidencia entre el pensamiento de Puebla y las respuestas de nuestras comunidades a la encuesta, cuando se señala el deterioro moral como raíz de nuestros tremendos deterioros sociales, políticos y económicos.

Puebla lo dice explícitamente: “el deterioro creciente del cuadro político-social es consecuencia de la corrupción…” (n. 508) y, por tanto, exhorta “a todos a que luchen contra la corrupción, especialmente la económica en los distintos niveles, tanto en la administración pública, como en la privada, pues en ella se causa un grave daño a la gran mayoría”(n. 1.227) y “en modo particular a los más pobres y débiles” (n. 1.228).

Y, para concretar causas y expresiones de este escandaloso deterioro moral en América Latina, Puebla menciona:
• El materialismo individualista que constituye el valor supremo para muchos hombres contemporáneos… o el materialismo colectivo con que otros subordinan la persona al Estado…
• El consumismo con su ambición descontrolada de “tener más”, que asfixia las virtudes humanas y cristianas del desprendimiento y de la austeridad…
• El descuido de los valores familiares que convierte a sus miembros en fácil presa del divorcio y del abandono de las responsabilidades del hogar y considera a la mujer en inferioridad de condiciones y a los hijos como un estorbo para el placer…
• Las frustraciones, el hedonismo, la superficialidad de la vida, que impulsa a los vicios, como el juego, la droga, el alcoholismo, el desenfreno sexual….
• La manipulación de los medios de comunicación social, por parte de los distintos poderes y grupos para distorsionar la información o para introducir falsas expectativas o necesidades ficticias, sin importarles contradecir los valores fundamentales de la cultura o del Evangelio, ni invadir el honor de las personas generalmente indefensas… (cfr. nn. 54-62).

En el país.

19. Lamentablemente nuestro país no es una excepción en esos penosos señalamientos latinoamericanos. Y así, nuestra encuesta levanta un inventario, aún más horroroso, de infidelidades y traiciones a nuestros valores éticos y cristianos y a nuestra misma Constitución Política. Por ejemplo:

a) En el orden de la administración pública:

– La infidelidad de la Corte Suprema de Justicia y de las otras instancias de la administración de la justicia a su altísima misión de cumplir y hacer cumplir la Constitución de un país democrático, prestándose, en cambio, a ser débiles instrumentos al capricho de un régimen de fuerza;

– en consecuencia, la prostitución de la justicia y el atropello de la libertad y de la dignidad del hombre, manifestada principalmente:
• en la impunidad de tantos horrorosos crímenes, muchos de ellos perpetrados por los cuerpos de seguridad en forma descubierta o, según la voz popular, camufladas de civiles;
• en la indiferencia a la angustia de tantas familias que piden la libertad o por lo menos una noticia de sus seres queridos que han desaparecido en poder de las autoridades;
• a ineficacia de tantos recursos constitucionales de “habeas corpus”, hecho trágicamente irrisorio por sus mismos garantes;
• el silencio cómplice ante otras muchas violaciones de la Constitución u otras maniobras administrativas por fomentar intereses de partido o de grupos privilegiados aunque se lesionen, con ellas, los intereses del bien común;
• el manoseo de la voluntad popular en los procesos democráticos electorales;
• la descarada propaganda e imposición de políticas antinatalista que prácticamente “están castrando a nuestro pueblo” y socavando sus reservas morales, etc.

20. b) En el orden privado:

– Las maniobras con que muchos empresarios reprimen los derechos de los obreros, o compran la imparcialidad de los dirigentes sindicales;

– también el abuso injusto de algunas huelgas o de reclamos de sindicatos y obreros;

– el poco rendimiento y hasta la ausencia de algunos empleados y trabajadores, descuidando sus deberes; o la exigencia de remuneraciones adicionales (“propinas”, “mordidas”) por servicios y trabajos ya remunerados por su sueldo;

– el aprovechamiento de posiciones administrativas para ventaja propia o de parientes y amigos:
• la sustracción o malversación de fondos públicos o privados mediante planillas ficticias, viáticos y otros pretextos;
• la compraventa infame de la dignidad ajena, mediante diversos sistemas, como exigir prestaciones sexuales a cambio de dar trabajo, o implantando lucrativos centros de vicio, como cantinas, “moteles”, “hospedajes” y toda clase de burdeles disfrazados para la trata humana de la prostitución o la drogadicción clandestina;
• el manejo de medios de comunicación social, mediante presiones o sobornos hábiles para calumnias, denigraciones u otros fines ajenos a la verdad;
• las modernas formas de chantaje, como secuestros, amenazas de organizaciones clandestinas, reales o de grupos fantasmas, a veces de sospechosa complicidad oficial, etc.

Responsabilidad de todos.

21. Nuestro deterioro moral es evidente. Por todas partes encontramos imperante lo que el Señor llamó: “el misterio de la iniquidad”. Y el deber pastoral de la Iglesia no puede dejar de denunciar ese reino del pecado y llamar con apremio a la responsabilidad personal de cada uno y de cada grupo familiar y social, así como también, y sobre todo, a los hombres y grupos de poder que directa o indirectamente se benefician de esta situación y que son los que tienen en sus manos los medios más eficaces para poner remedio a tanto deterioro.

6. CRISIS AL INTERIOR DE LA IGLESIA.

Iglesia “santa y necesitada de purificación”.

22. En mis Cartas Pastorales anteriores he señalado muchos aspectos positivos de nuestra Iglesia. No es pues, necesario insistir en ellos, sino estimularlos a la perseverancia y al perfeccionamiento. Por lo demás, la cuarta parte de esta carta intenta ofrecer los caminos pastorales para continuar construyendo nuestra Arquidiócesis sobre los proyectos e ideales del Concilio Vaticano II y las Conferencias Episcopales Latinoamericanas de Medellín y Puebla.

En cambio, hoy es necesario recoger, también a la luz de Puebla, las denuncias y críticas que señalan nuestros propios pecados como componentes humanos de la Iglesia. Porque, en una hora de crisis, quienes sentimos el deber de denunciar los pecados que están a la base de esa crisis del país, debemos estar dispuestos también a ser denunciados para convertirnos, a fin de construir una Iglesia que sea para nuestro pueblo lo que el Concilio define “un Sacramento Universal de Salvación” (L. G. 48).

El mismo Concilio nos orienta a este examen de conciencia, cuando con toda humildad y franqueza asegura que “la Iglesia encierra en su propio seno a pecadores y, siendo al mismo tiempo santa y necesitada de purificación, avanza continuamente por la ruta de la penitencia y de la renovación” (L. G. 8).

De acuerdo con la reflexión de nuestras comunidades, son tres las principales deficiencias que reclaman conversión al interior de nuestra Iglesia: la desunión, la falta de renovación y adaptación y la desvaloración de criterios evangélicos.

A. LA DESUNION.

23. El pecado más visible que la encuesta señala es la desunión de una Iglesia que debe tener la unidad como nota de su autenticidad. Nuestras comunidades señalan que cuando esta división afecta a la misma jerarquía y a los sacerdotes se origina más confusión en el Pueblo de Dios. Así es en verdad y ante esa evidencia sólo cabe una confesión, una reflexión y in exhortación.

Una confesión de culpa y una súplica de perdón con el sincero propósito de buscar, con la ayuda mutua, los caminos de la unidad y la valentía sobrenatural para recorrerlos:

La reflexión que puede explicar ese lamentable fenómeno de la desunión y poner la base de la conversión ala unidad, es tener en cuenta que esta desunión al interno de la Iglesia no es más que un eco de la división que existe a su alrededor, en la sociedad en que vive y trabaja. Es lo humano en la Iglesia. Se da, en la sociedad de hoy, una correlación de fuerzas políticas que, desde la extrema izquierda hasta la extrema derecha, se manifiesta en una polarización de grupos y organizaciones que se apoyan o se rechazan entre sí.

Los miembros de la Iglesia, sin excluir la jerarquía, están sometidos a ese ambiente y corren el riesgo de orientarse a una u otra polarización, si no tiene en cuenta su vocación y su misión evangélica que Puebla definió como “opción preferencial por los pobres”.

Unidad en la “opción preferencial por los pobres”.

24. Esta preferencia por los pobres que el Evangelio impone a los cristianos no polariza ni divide sino que es fuerza de unidad, porque “no intenta excluir a otros representantes del cuadro social en que vivimos… sino que es invitación a todos, sin distinción de clases a aceptar y asumir la causa de los pobres, como si estuvieran aceptando y asumiendo su propia causa, la causa misma de Cristo: todo lo que hicieren a uno de estos mis hermanos, por humildes que sean, a mí me lo hicieron” (Mensaje a los pueblos de Latinoamericanos n. 3).

Sólo esta opción preferencial por los pobres, entendida evangélicamente puede ser la clave para esta crisis de nuestra unidad. El Documento de Puebla señala aquí la causa de nuestras divisiones internas; “No todos en América Latina nos hemos comprometido suficientemente con los pobres; no siempre nos preocupamos por ellos y somos solidarios con ellos. Su servicio exige, en efecto, una conversión y purificación constante, en todos los cristianos, para el logro de una identificación cada día más plena con Cristo pobre y con los pobres” (n. 1.140).

Y la exhortación que fluye de esta reflexión sobre nuestro pecado de desunión, es que hagamos el esfuerzo de convertirnos a ese ideal común. Pero sería vana una conversión interior, si no es, a la vez, como enseña Puebla, “una conversión radical a la justicia y al amor, a transformar, desde dentro, las estructuras de la sociedad pluralista que respeten y promuevan la dignidad de la persona humana y le abran la posibilidad de alcanzar su vocación Suprema de comunión con Dios y de los hombres entre sí” (n. 1.206).

No escandalizarse sino trabajar.

25. Mientras no lleguemos a construir entre todos la bella unidad de la Iglesia, es oportuno exhortar también a una serena madurez cristiana para no escandalizarse del pecado en la Iglesia y para realizar su vida cristiana cada uno haciendo lo que debe hacer aunque otros no lo hagan. Por parte de nuestra Arquidiócesis estamos dispuestos a seguir haciendo vida pastoral la orientación que Puebla ofrece como camino auténtico de esa unidad; la opción preferencial por los pobres. Esta es la exigencia del Evangelio y la unidad sólo es auténtica cuando se construye sobre base evangélica. Esta será también la mejor aportación que la Arquidiócesis puede ofrecer al cambio del país.

B. LA FALTA DE RENOVACIÓN Y ADAPTACIÓN.

26. Tanto en Medellín como en Puebla, los obispos Latinoamericanos han tratado de trasladar a nuestro continente la preocupación del Concilio de nuestro siglo; poner al día la presencia de la Iglesia y enseñarle el lenguaje de los hombres de hoy para transmitirles su mensaje. Más aún, el tema de Puebla tiene perspectivas de futuro: “Evangelización en el presente y en el futuro de América Latina” y, con franqueza, constata que antes de esta “vertiginosa corriente (de cambios culturales, económicos, políticos, técnicos de la época moderna, el peso de la tradición ayudaba a la comunicación del Evangelio; lo que la Iglesia enseñaba desde el púlpito era recibido celosamente en el hogar, en la escuela y era sostenido por el ambiente social. Hoy ya no es así. Lo que la Iglesia propone es aceptado o no es un clima de más libertad y con marcado sentido crítico. Los campesinos, antes muy aislados, van adquiriendo ahora sentido crítico, por las facilidades de contacto con el mundo actual… también por la labor concientizadora de los agentes de pastora” (nn. 76-77).

Con idéntica perspectiva y convicción, varias comunidades de la Arquidiócesis lamentan el espíritu refractario y antipastoral con que algunos sacerdotes, comunidades religiosas y otros agentes de pastoral reaccionan ante los esfuerzos de renovación y adaptación que está promoviendo nuestra pastoral en obediencia a las orientaciones mencionadas.

Varias respuestas de la encuesta analizan el alto grado de inquietud y actividad con que nuestro pueblo se mueve hacia los cambios sociales y políticos del país. “La Iglesia –observa textualmente una de esas respuestas- tiene que interpretar y acompañar a este pueblo que lucha por su liberación o quedará marginada históricamente. Los cambios vendrán con o sin la Iglesia, pero a ella corresponde por su naturaleza, estar en los cambios que jalonan el Reino de Dios”.

Más sentido de comunión y participación.

27. Esta denuncia al interno de la Iglesia, señala a los agentes de pastoral otro serio motivo de reflexión y conversión. Nos urge a todos los que trabajamos en esta pastoral, especialmente a sacerdotes y comunidades religiosas, que por vocación, profesión y misión, pertenecemos más íntimamente a la vida y a la misión de la Iglesia, hacer serios esfuerzos por nuestra propia promoción para estar siempre al día en el espíritu de la Iglesia actual. En ese espíritu, expresado recientemente en Puebla, hacemos el esfuerzo de conducir la pastoral de nuestra Arquidiócesis; y las inexplicables oposiciones o incomprensiones, que se han denunciado, resultan, en nuestras circunstancias actuales una lamentable carencia de “comunión y participación” que tanto inculca el espíritu de Puebla.

C. LA DESVALORIZACIÓN DE LOS CRITERIOS EVANGELICOS.

28. Perder de vista o alterar los principios cristianos constituye otro pecado o peligro al interior de la Iglesia. En un noble esfuerzo de renovación y adaptación de la Iglesia a nuestro pueblo tan politizado, se puede caer en el otro extremo del pecado que acabo de señalar, es decir, en una adulteración, de carácter político o ideológico, de la fe y de los criterios cristianos. Sobre todo son propensos a este pecado los cristianos que, motivados por su misma fe, toman opciones políticas concretas.

29. No me extiendo más en este problema de sumo interés para las comunidades cristianas, porque ya lo traté con suficiente claridad en mi tercera Carta Pastoral que precisamente enfoca las relaciones entre la Iglesia y las organizaciones políticas populares. Recomiendo tener muy presentes aquellas orientaciones que lejos de perder actualidad se hacen cada día más necesarias para un cristiano en nuestro país.

Por lo demás, habrá dos lugares, en esta cuarta Carta Pastoral, para ofrecer criterios sobre esta materia: al hablar, en la tercera parte, sobre el peligro de “absolutizar” las organizaciones, y al proponer, en la cuarta parte, la necesidad de una “pastoral de seguimiento” para acompañar a los cristianos en sus opciones políticas, sin perder la Iglesia su identidad y sin perder los cristianos su fe.

SEGUNDA PARTE
CONTRIBUCIÓN DE LA IGLESIA AL PROCESO DE LIBERACIÓN DE NUESTRO PUEBLO

En el espíritu de Puebla.

30. Si el Documento de Puebla –que está a la base de nuestra reflexión- avala el enfoque pastoral de nuestra realidad salvadoreña, también nos invita a buscar, en su sincero espíritu de servicio a los países latinoamericanos, la contribución específica que nuestra Iglesia particular puede ofrecer al país en esta hora de crisis. También aquí tengo en cuenta las valiosas sugerencias de nuestras comunidades cristianas.

¿Cuál es pues, la contribución que la Arquidiócesis, en el espíritu de Puebla, ofrece al proceso de liberación de nuestro pueblo? Creo que podría comprenderla bajo estos títulos que desarrollaré en esta segunda parte:

1. Desde su propia identidad de Iglesia.
2. Una evangelización integral.
3. Una sólida orientación doctrinal.
4. La denuncia del error y del pecado en función de conversión.
5. Desenmascarar la idolatrías de la sociedad.
6. Promover la liberación integral del hombre.
7. Urgir cambios estructurales profundos.
8. Acompañar al pueblo en su clase popular y en su sector dirigente.

1. DESDE SU PROPIA IDENTIDAD DE IGLESIA.

Ser Ella misma.

31. Esta es la primordial contribución que nuestra Iglesia debe aportar a la vida del país: ser Ella misma. Esto es lo que llamo propia identidad.

He repetido muchas veces que todo el trabajo pastoral de nuestra Arquidiócesis se debe orientar, sobre todo, a esto: a construir nuestra Iglesia; que, en sus mismos choques y oposiciones, la Iglesia no busca ser una oposición, ni quieres chocar con nadie, sino que Ella construye la gran afirmación de Dios y de su Reino y sólo chocan con ella los que se oponen a Dios y a su Reino.

La Iglesia quiere ofrecer una contribución evangélica y no una aportación puramente política ni de otra técnica meramente humana. Lo que de que verdad interesa a la Iglesia es ofrecer al país la luz del Evangelio para la salvación y promoción integral del hombre, salvación que comprende también las estructuras en que vive el hombre para que no le impidan, sino que le ayuden, a llevar una vida de hijo de Dios.

La Iglesia sabe que todas las contribuciones que ella pueda aportar al proceso de la liberación del país, sólo tendrán original y eficacia, cuanto más se identifique como Iglesia. Es decir, cuanto más claramente sea lo que Cristo quiere que sea en este momento histórico del país.

En este sentido hay que entender la repetida exhortación de Juan Pablo II: que la Iglesia no necesita politizarse para dar su aportación salvífica al mundo. En este sentido creo que deben interpretarse ciertos temores de Puebla cuando mencionó las malas interpretaciones de Medellín y precisó conceptos que podrían hacer ambigua una auténtica teología de la liberación.

No es un poder político.

32. Porque no es haciéndose un poder político ni haciendo otras cosas ajenas a su naturaleza y a su misión, como la Iglesia puede contribuir fundamentalmente a la mejora de nuestro país. Si la liberación que la Iglesia predica y promueve se redujera “a las dimensiones de un proyecto puramente temporal… a una perspectiva antropocéntrica… Y a su actividad –olvidando toda preocupación espiritual y religiosa- a iniciativas de orden político o social… la Iglesia perdería su significación más profunda. Su mensaje de liberación no tendría ninguna originalidad y se prestaría a ser acaparado y manipulado por los sistemas ideológicos y los partidos políticos” (E. N. 32).

Pero está cerca de los problemas reales.

33. Pero tampoco podemos admitir, como pecado de la Iglesia contra su propia identidad, el esfuerzo que ella hace por estar muy cerca de los problemas reales que afectan a los hombres y comprometerse cristianamente con ellos. Lo contrario sería el pecado: vivir tan preocupada de su propia identidad, que esa preocupación la inhibiera de acercarse al mundo. El Papa Juan Pablo II afirma que es el hombre el primer camino que la Iglesia debe recorrer en cumplimiento de su misión.

La misión de la Iglesia es trascendente, “no se confunde en modo alguno con la comunidad política. Ni está ligada a sistema político alguno, es a la vez signo y salvaguardia del carácter trascendente de la persona humana” (G. S. 76). Pero no es una trascendencia que se sale de lo humano. Es trascendiendo lo humano, desde dentro como la Iglesia encuentra y realiza el Reino de Dios que Jesús prometió y sigue anunciando mediante el servicio de su Iglesia.

2. UNA EVANGELIZACION INTEGRAL.

La misión esencial de la Iglesia.

34. Para asegurar su propia identidad. La Iglesia ofrece primordialmente como su servicio específico al mundo, su trabajo de evangelización. Así lo ofrecimos a América Latina los pastores reunidos en Puebla, al centrar nuestra reflexión en “La evangelización en el presente y en el futuro de América Latina”.

A la base de aquellas reflexiones estuvo siempre la Carta de la Evangelización Contemporánea, la Exhortación “Evangelii Nuntiandi” de S.S. Pablo VI, que a su vez, fue el fruto de la consulta de Sínodo mundial de los obispos de 1974. “Nosotros –dijeron los padres de aquel Sínodo- queremos confirmar, una vez más, que la tarea de la evangelización de todos los hombres constituye la misión esencial de la Iglesia”.

Y esto es así, porque el origen de la Evangelización está en la misma persona y misión de Jesús “Evangelio de Dios” y “el primero y más grande Evangelizador”. De él nace la Iglesia evangelizada que se convierte a la vez en Iglesia evangelizadora, cuando él la envía, identificándose con ella para llevar su salvación a todos los pueblos (cf. E. N. 13). “Evangelizar pues, constituye la dicha y la vocación propia de la Iglesia. Su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los hombres con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo en Santa Misa, memorial de su muerte y resurrección gloriosa” (E. N. 14).

Una misión compleja.

35. Evangelización pues, en sentido integral, es toda la divina misión de Jesús y de la Iglesia. Dada la complejidad de esta misión, se corre el peligro de reducirla sólo a “algunos elementos de predicación, de catequesis, de bautismo y de administración de otros sacramentos”. Pero “ninguna definición parcial o fragmentaria refleja la realidad rica, compleja y dinámica que comporta la evangelización, si no es con el riesgo de empobrecerla e incluso mutilarla” (E. N. 17).

Hay pues, en la evangelización “un contenido esencial, una sustancia viva, que no se puede modificar ni pasar por alto sin desnaturalizar gravemente la evangelización misma”; pero “los cambios de las circunstancias” aconsejarán destacar uno u otro aspecto de la doctrina y el presentar “muchos elementos secundarios” de la evangelización (E. N. 25).

Consecuentes con esa rica teología moderna de la evangelización y adaptándola a nuestro Continente, los obispos proclamamos en Puebla: “Evangelizados por el Señor en su Espíritu, somos enviados para llevar la Buena Nueva a todos los hermanos, especialmente a los pobres y olvidados. Esta tarea evangelizadora nos conduce a la plena conversión y comunión con Cristo en la Iglesia; impregnará nuestra cultura; nos llevará a la auténtica promoción de nuestras comunidades y a una presencia crítica y orientadora ante las ideologías y políticas que condicionan la suerte de nuestras naciones” (n. 164).

Una evangelización liberadora.

36. ¿Cuál será entonces la evangelización que nuestra Arquidiócesis debe ofrecer al país para que, a través de ella, opere toda la fuerza liberadora de que la ha dotado el Divino Redentor? Reducirla, como queda dicho, sólo a algunos elementos, sería traicionar nuestra misión de Iglesia en una hora en que su contribución debe abrir una esperanza insustituible para todo nuestro pueblo.

En nuestras circunstancias, este peligroso reduccionismo de la evangelización puede hacerse principalmente en dos sentidos: o acentuando sólo los elementos trascendentes de la espiritualidad y del destino humano, o, al revés, destacando sólo los elementos inmanentes de un Reino de Dios que ya debe comenzar en esta tierra.

La evangelización que nuestra Arquidiócesis debe ofrecer, como contribución específica de la Iglesia, a la Patria en crisis, no debe ser víctima de ninguno de los dos reduccionismos, sino inspirarse en las rotaciones equilibradas del Concilio de nuestro siglo, tan claramente presentadas y vividas por los Papas contemporáneos y adaptadas a nuestro Continente por las dos grandes reuniones episcopales de Medellín y Puebla.

Elementos de nuestra evangelización.

37. Bajo esa luz, las sugerencias de nuestras comunidades destacan aquellos elementos de evangelización que más necesita nuestro pueblo y que, con la ayuda de todos, nuestra Arquidiócesis está dispuesta a seguir ofreciendo con profundo amor pastoral, a pesar de la persecución y de las incomprensiones. Son los que enumero los siguientes puntos de nuestra reflexión:
– Una sólida orientación doctrinal.
– La denuncia del error y del pecado en función de conversión.
– Desenmascarar la idolatrías de la sociedad.
– Promover la liberación integral del hombre.
– Urgir cambios estructurales profundos.
– Acompañar al pueblo en su clase popular y en su sector dirigente.

3. UNA SOLA ORIENTACIÓN DOCTRINAL

Una verdad que viene de Dios.

38. El primer elemento de la evangelización es su contenido “Queremos iluminar todo nuestro apremio pastoral con la luz verdad que nos hace libres (Jn. 8, 32). No es una verdad que poseamos como algo propio. Ella viene de Dios” (N. 165).

Así declaramos en Puebla cuáles son los criterios con que los pastores y maestros de la Iglesia orientamos a los pueblos de América Latina. El contenido de la Evangelización es la verdad que Dios ha revelado y que los hombres aceptamos por la fe. ¡Qué necesaria resulta esta “columna de la verdad” en un ambiente de mentira falta de sinceridad, donde la misma verdad está esclavizada bajo intereses de la riqueza y el poder! “Pero la Palabra de Dios no está encadenada” y mientras creamos en esa verdad somos libres.

Enseñar las verdades del Evangelio e iluminar con ellas nuestras realidades para acomodarlas a la verdad de Dios y no a los amañamientos de los hombres resulta el servicio más importante de nuestra Iglesia al País. De ahí la importancia de que no sólo los agentes de la pastoral, sino todos los que tienen influencia sobre la sociedad familiar conozcan bien e irradien en su ambiente la luz de esta verdad.

La verdad sobre Cristo, la Iglesia y el hombre.

39. Aplicando a América el amplio contenido de la evangelización, S.S. Juan Pablo II marcó la triple síntesis doctrinal que sustenta la teología del Documento de Puebla, como las tres “verdades centrales de la evangelización”, la verdad sobre Cristo, la verdad sobre la Iglesia y la verdad sobre el hombre.

“Cristo, nuestra esperanza, está en medio de nosotros, como enviado del Padre, animando con su Espíritu la Iglesia y ofreciendo al hombre de hoy su palabra y su vida para llevarlo a su liberación integral.

La Iglesia, misterio de comunión, Pueblo de Dios al servicio de los hombres, continúa, a través de los tiempos, siendo evangelizadora y llevando a todos la buena nueva. María es para ella motivo de alegría y fuente de inspiración por ser la “estrella de la Evangelización y la madre de los pueblos de América Latina”.

El hombre, por su dignidad e imagen de Dios, merece nuestro compromiso a favor de su liberación y total realización en Cristo Jesús. Sólo en Cristo se revela la verdadera grandeza del hombre y sólo en él es plenamente conocida su realidad más íntima. Por eso hablamos al hombre y le anunciamos el gozo de verse asumido y, enaltecido por el propio Hijo de Dios que quiso compartir con él las alegrías, los trabajos y sufrimientos de esta vida y la herencia de una vida eterna” (nn. 166 – 169).

La doctrina social.

40. También el Papa recordó en Puebla la importancia que hoy debe tener el estudio de la doctrina social: “Cuando arrecian las injusticias y crece dolorosamente la distancia entre pobres y ricos, la doctrina social, en forma creativa y abierta a los amplios campos de presencia de la Iglesia, debe ser precioso instrumento en formación y acción”. Y aconsejaba: “confiar responsablemente en esta doctrina social, aunque algunos traten de sembrar dudas y desconfianzas sobre ella, estudiarla con seriedad, procurar aplicarla, enseñarla, ser fiel a ellas es, en un hijo de la Iglesia, garantía de la autenticidad de su compromiso en las delicadas y exigentes tareas sociales y de sus esfuerzos a favor de la liberación o de la promoción de sus hermanos” (Disc. III).

4. LA DENUNCIA DEL ERROR Y DEL PECADO EN FUNCIÓN DE LA CONVERSIÓN.

41. En lógica consecuencia con el anuncio de la verdad y del amor y de la santidad del Reino de Dios, la evangelización tiene la misión de denunciar la mentira, la injusticia y todo pecado que destruya los proyectos de Dios. Pero la finalidad de la denuncia no es negativa sino que tiene un carácter profético, busca la conversión de los que cometen el pecado. Que “Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva”. La misma Iglesia no se margina esta necesidad de denuncia y conversión. La predicamos y la queremos para nosotros mismos como Iglesia, para poder exigirla a nuestra sociedad. Por ello toca a la Iglesia “denunciar lo que se opone a la construcción del Reino, aunque esto suponga “rupturas necesarias y dolorosas” (n. 358) y la persecución (n. 1138). Juan Pablo II nos ha vuelto a recordar esta misión ineludible de la Iglesia: “este servicio a la verdad como participación del servicio profético de Cristo es una obligación de la Iglesia, la cual procura cumplirlo en distintos contextos históricos. Es necesario llamar a la injusticia por su nombre, a la explotación del hombre por el hombre, o a la explotación del hombre por parte del Estado, de las instituciones, de los mecanismos de los sistemas económicos y de los regímenes que operan algunas veces sin sensibilidad. Es necesario llamar por su nombre a toda injusticia social, discriminación, violencia infligida al hombre contra su pueblo, contra su espíritu, contra su conciencia y contra sus convicciones” (L’Obsservatore Romano, 22/2/1979).

5. DESENMASCARAR LAS IDOLATRIAS DE NUESTRA SOCIEDAD.

La idolatría ofende a Dios y destruye al hombre.

42. En la misma función de denuncia y conversión profética, la Iglesia recuerda que toda absolutización de una cosa creada es una ofensa al único Absoluto y Creador porque erige y sirve a un ídolo que pretende suplantar al mismo Dios.

Además de ofender a Dios, toda absolutización destruye y desorienta al hombre. La vocación del hombre sólo se realiza cuando se promueve hasta su dignidad de hijo de Dios y partícipe de su vida divina. Esta trascendencia del hombre no es evasión de los problemas de la tierra, ni mucho menos opio que lo distraiga de su obligaciones en la historia; al contrario, en virtud de su destino trascendente, el Hombre posee una capacidad de crítica permanente frente a los quehaceres de la historia y le da una poderosa inspiración para alcanzar metas cada vez más altas. Las fuerzas sociales deberían interpelar por la voz salvadora de Cristo y de los verdaderos cristianos y debería abrirse a los valores del único absoluto. Cuando se Absolutiza un valor humano dándole, teórica o prácticamente, un carácter divino, se priva al hombre de su más alta vocación e inspiración y se empuja la cultura de un pueblo hacia una verdadera idolatría que lo mutila y la oprime.

Entre los males del país, encuentro tres idolatrías o absolutizaciones que la Iglesia debe desenmascarar en nombre del único Dios y Señor.

A) ABSOLUTIZACION DE LA RIQUEZA Y DE LA PROPIEDAD PRIVADA.

La riqueza.

43. La absolutización de la riqueza pone el ideal del hombre en “tener más” y por tanto disminuye el interés por “ser más” que debe ser el ideal del verdadero progreso del hombre y del pueblo. El deseo absoluto de “tener más” fomenta el egoísmo que destruye la convivencia fraternal de los hijos de Dios. Porque esta idolatría de la riqueza impide a la mayoría disfrutar de los bienes que el Creador hizo para todos y lleva a la minoría que lo posee todo a un gozo exagerado de esos bienes.

La propiedad privada bajo hipoteca social.

44. En cuanto a la absolutización de la propiedad, el Papa en Puebla, hizo oír la voz contraria del magisterio tradicional y actual de la Iglesia, como “eco de la conciencia humana… que merece y necesita se escuchada también en nuestra época, cuando la riqueza creciente de unos pocos sigue paralela a la creciente miseria de las masas. Es entonces cuando adquiere carácter urgente la enseñanza de la Iglesia según la cual sobre toda propiedad privada grava una hipoteca social. Este principio cristiano y evangélico terminará dando frutos de una distribución más justa y equitativa de los bines…” (disc. Inag. III. 4).

Raíz de la violencia.

45. La absolutización de la riqueza y de la propiedad lleva consigo la absolutización del poder político, social y económico, sin el cual no es posible mantener los privilegios aún a costa de la propia dignidad humana. En nuestro país, esta idolatría está en la raíz de violencia estructural y de la violencia represiva y es, en último término, la causante de gran parte de nuestro subdesarrollo económico social y político.

Este es el capitalismo que condena la Iglesia en Puebla siguiendo el magisterio de los últimos Papas y de Medellín. Quien lee estos documentos diría que están describiendo las situaciones de nuestro país que sólo puede defenderle egoísmo, la ignorancia o el servilismo.

B) ABSOLUTIZACION DE LA SEGURIDAD NACIONAL.

Base de un estado totalitario.

46. Ya mencioné, en la primera parte, como fundamento ideológico de la represión, la doctrina o ideología de la seguridad nacional que Puebla denuncia repetidas veces como nueva forma de idolatría instalada en muchos países de América Latina. En nuestro país funciona con modalidades propias pero sustancialmente idénticas a las descritas en Puebla: “las ideologías de la seguridad nacional han contribuido a fortalecer, en muchas ocasiones, el carácter totalitario o autoritario de los regímenes de fuerza de donde se ha derivado el abuso del poder y la violación de los derechos humanos. En algunos casos pretende amparar sus actitudes con una subjetiva posesión de fe Cristiana” (n. 49. Cfr. Nº 314, 547, 549, 1262).

En virtud de esta ideología, se pone al individuo al servicio total del estado, se suprime su participación política y conduce a una desigualdad en la participación de los resultados del desarrollo. El pueblo es sometido a la tutela de elites militares y políticas que oprimen y reprimen a todos los que se opongan a sus determinaciones, en nombre de una supuesta guerra total. La fuerza armada es la encargada de cuidar la estructura económica y política con el pretexto de que ese es el interés y seguridad nacional. Todo el que no esté de acuerdo con el Estado es declarado como enemigo de la nación y como exigencias de esa seguridad nacional se justifican muchos “asesinatos, desapariciones, prisiones arbitrarias, actos de terrorismo, secuestros, torturas… demuestran un total irrespeto a la dignidad de la persona humana” (n. 1262).

Pervierte el servicio de bien común.

47. Se absolutiza así el interés y el provecho de unos pocos. Se mistifica esta absolutización como si el régimen de seguridad nacional –que pretende ampararse “con una subjetiva profesión de fe cristiana” (n. 49)- fuera el único o el mejor “defensor de la civilización cristiana” y de los ideales democráticos de occidente (n. 547). Se desorienta la noble función de la fuerza armada que, en vez de servir a los verdaderos intereses nacionales, se convierte en guardia de los intereses de la oligarquía, fomentando así su propia corrupción ideológica y económica. Algo parecido ocurre con los cuerpos de seguridad que, en vez de cuidar el orden cívico, se hacen fundamentalmente organismos represores de los disidentes políticos, y finalmente, el estado mayor sustituye inconstitucionalmente las instancias políticas que deberían decidir democráticamente el curso político del país.

El juicio cristiano la condena.

48. Para un cristiano, el juicio que se merece la ideología de la seguridad nacional está claramente expresado en Puebla: “no se armoniza con una visión cristina del hombre en cuanto responsable de la realización de un proyecto temporal ni del estado en cuanto administrador del bien común” (n. 549).

La omnipotencia de estos regímenes de seguridad nacional, el total desprecio hacia el individuo y sus derechos, la total falta de ética en los medios para lograr sus fines, hace que la seguridad nacional se convierta en un ídolo, parecido al dios Moloc, en cuyo nombre se sacrifican cotidianamente numerosas víctimas.

La legítima seguridad que debe buscar el estado para sus miembros se pervierte cruelmente, porque “en nombre de la seguridad nacional se institucionaliza la inseguridad de los individuos” (n. 314).

C) LA ABSOLUTIZACION DE LA ORGANIZACIÓN.

Interesa más la organización que el pueblo.

49. Hay una tercera absolutización, típica de la circunstancia del país. Se trata de la absolutización de la organización en la que caen muchos miembros de ciertas organizaciones populares que consideran como valor supremo su propia organización y a ella subordinan todo lo demás.

Esa absolutización de la organización se diferencia de las otras dos que acabo de mencionar, en que aquellas son fundamentalmente malas, como queda dicho. En cambio la absolutización de la organización parte de algo fundamentalmente bueno porque surge del pueblo, en uso del derecho de organización para procurar, teóricamente el bien del mismo pueblo. Pero luego, en la práctica, se fanatiza de modo que ya no son los interese populares los que más interesan sino los del grupo u organización. Cualquiera advierte los males que lleva esta nueva idolatría:

• Politiza demasiado su actuación, como si la dimensión política fuera la única o la principal en la vida personal de los campesinos, obreros, maestros, estudiantes y demás miembros que la compone;
• Trata de subordinar a sus objetivos políticos la misión específica de otras organizaciones gremiales, sociales y religiosas. Sería el caso de la manipulación de la Iglesia y de sus medios de culto, o del magisterio y de su misión pedagógica, etc. al servicio de los fines políticos y estratégicos de una organización política;
• La dirigencia de una organización, absolutizada por el problema político de la toma de poder, puede desinteresarse prácticamente de otros problemas reales o desentender los criterios ideológicos de la base, que son los mismos problemas y criterios que interesan a la mayoría del pueblo, por ejemplo algunas necesidades socio-económicas más inmediatas, o los principios cristianos de sus organizados; tal puede ser la opción de alguna estrategia que puede ofender, sin necesidad, los sentimientos de religiosidad del pueblo, por ejemplo la toma de templos.
• Llega a tan alto grado de sectarismo, que le impide establecer diálogo y alianza con otro tipo de organización también reivindicativa.
• Lo más grave de este fanatismo de la organización es que convierte una posible fuerza del pueblo en un obstáculo para los mismos intereses del pueblo y para un cambio social profundo.

El servicio de la Iglesia a las organizaciones.

50. En mi tercer Carta Pastoral, presenté más detalladamente los servicios evangélicos de la Iglesia a las organizaciones políticas populares: la defensa del derecho de organización, el apoyo justo de sus reivindicaciones, el seguimiento de los cristianos que incorporan a ellas y la denuncia de sus posibles errores e injusticias como la absolutización que estoy señalando. Y, sobre todo la Iglesia orienta todos los esfuerzos liberadores del pueblo hacia la única liberación absoluta y definitiva, hacia la que deben converger todos los esfuerzos reivindicativos de los hombres; la liberación en Cristo que parte del pecado y, en las promociones de la tierra, que pierdan de la vista la vocación definitiva del hombre hacia el único Absoluto.

Una organización corre el peligro de absolutizarse y convertirse en idolatría, cuando las ideologías ateas o los mezquinos intereses de grupo la hacen perder estas amplias perspectivas trascendentes y el ideal del bien común del país.

Inspiración marxista.

51. En este contexto, debería darse aquí una orientación sobre la posible presencia o infiltración del marxismo en las organizaciones populares de El Salvador. Pero preferí situar este tema entre los problemas especiales que desarrollaré en la tercera parte de esta Carta Pastoral.

6. PROMOVER LA LIBERACIÓN INTEGRAL DEL HOMBRE.

Evangelización y promoción inseparables.

52. Otra contribución que, en nombre de la organización está ofreciendo nuestra Arquidiócesis al país, es la doctrina sobre el hombre y el esfuerzo por su promoción integral. El Papa Pablo VI en forma explícita, señala la unión inseparable entre la evangelización y la promoción humana (E. N. 31). Las razones antropológicas, teológicas y evangélicas en que el Papa fundamenta la inseparabilidad de estas dos tareas, han orientado en Puebla la pastoral de América hacia la urgencia y las exigencia de esta promoción integral, del hombre. Así secundaba aquella asamblea la enseñanza de Juan Pablo II, al recordar que los obispos somos “defensores y promotores de la dignidad” porque la Iglesia “no necesita recurrir a sistemas e ideologías para amar; defender y colaborar en la liberación del hombre; en el centro del mensaje del cual es depositaria y pregonera, ella encuentra inspiración para actuar a favor de la fraternidad, de la justicia, de la paz, contra todas las dominaciones, esclavitudes, discriminaciones, violencias, atentados a la libertad religiosa, agresiones contra el hombre y cuanto atenta a la vida” (Disc. Inaug. III, 2).

La verdad sobre el hombre.

53. Esta difícil e incomprendida tarea de la promoción integral humana tiene su fundamento en “la verdad sobre el hombre” que Puebla, orientada por el Papa, puso como uno de los tres fundamentos teológicos de la evangelización de América.

El hombre visto desde Cristo y la Iglesia, podría resumir todo el rico mensaje de Juan Pablo y de la reunión de Puebla: “con qué veneración el apóstol de Cristo debe pronunciar esta palabra: “hombre”, exclamó el Pontífice actual, al iniciar su magisterio mundial, el 22 de octubre recién pasado. Y para su primera encíclica, “este hombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en cumplimiento de su misión, es el camino primero fundamental de la Iglesia” (R. H. 23). Se trata de este hombre concreto, histórico, tal como hoy vive (41), cuya vida y existencia están amenazadas (46), cuya situación en el mundo contemporáneo “está distante de las exigencias objetivas del orden moral, dista de las exigencias de la justicia y, más aún, del amor social” (53).

El hombre latinoamericano.

54. Así también, los obispos en Puebla, miramos al hombre latinoamericano y quisimos comenzar nuestras reflexiones evangélicas y eclesiales teniendo en cuenta la situación concreta de millones de compatriotas nuestros para encontrar, en esa situación, la interpelación de Dios y del pueblo a la Iglesia actual, porque “la verdad es que va aumentando más y más la distancia entre los muchos que tienen poco y los pocos que tienen mucho; los valores que nuestra cultura están amenazados, se están violando los derechos fundamentales del hombre” (mensaje a los pueblos).

Este es el dato primario de la situación del hombre latinoamericano, al que la Iglesia debe dirigirse y convertirse para cumplir con su misión evangelizadora. Y lo que ofrece a este hermano latinoamericano es lo más típicamente suyo, lo más evangélico, le ofrece la promoción humana, la liberación integral en Cristo: “No tenemos oro ni plata para daros, pero os damos lo que tenemos: en nombre de Jesús de Nazareth levantaos y andad” (Mensaje).

Esta es la evangelización integral que la Iglesia va realizando entre la angustiosa situación de un pueblo que sufre y vive amenazado y la esperanza de liberación que el Divino Salvador quiere para todos y por la cual él mismo vivió, trabajó, murió y resucitó. Esto es lo que nuestra Arquidiócesis entiende por anunciar y construir el Reino de Dios entre los salvadoreños.

Una fe con dimensión histórica.

55. Este ideal recoge todas las dimensiones de la realidad del hombre, sin excluir ninguna ni reducir la fe a la mera promoción de lo social y lo político. Sin embargo, debemos hoy recalcar la dimensión social e histórica de esa liberación, tal como lo pide Puebla “el Evangelio nos debe nos debe enseñar que, ante las realidades que vivimos, no se puede hoy, en América Latina, amar de veras al hermano, y por tanto a Dios, sin comprometerse a nivel personal y en mucho casos, incluso, a nivel de estructural son el servicio y la promoción de los grupos humanos y de los estratos sociales más desposeídos y humillados, con todas las consecuencias que se siguen en el plano de esas realidades temporales” (327).

Desde los pobres a todas las clases sociales.

56. La Iglesia, pues, traicionaría a su mismo amor a Dios y su fidelidad al Evangelio si dejara de ser “voz de los que no tienen voz, defensora de los derechos de los pobres, animadora de todo anhelo justo de liberación, orientadora, potenciadora y humanizadora de toda lucha legítima por conseguir una sociedad más justa que prepare el camino al verdadero Reino de Dios en la historia. Esto exige a la Iglesia una mayor inserción entre los pobres, con quienes debe solidarizarse hasta en sus riesgos y en su destino de persecución, dispuesta a dar el máximo testimonio de amor por defender y promover a quienes Jesús amó con preferencia.

Esta preferencia por los pobres, repito, no significa una discriminación injusta de clases, sino una invitación “a todos, sin distinción de clases, a aceptar y asumir la causa de los pobres como si estuviesen aceptando y asumiendo su propia causa, la causa misma de Cristo: Todo lo que hiciereis a uno de estos mis hermanos por humildes que sean a mí me lo hicisteis” (mensaje n. 3).

Las “Comunidades Eclesiales de Base” un medio pastoral.

57. Las “Comunidades Eclesiales de Base” (C.E.B.), son un medio pastoral muy eficaz para lograr esta inserción evangélica de la Iglesia en nuestro pueblo y lograr la promoción integral del hombre.

Aquí sólo menciono este instrumento providencial para recomendarlo a los agentes de la pastoral, pues de él me ocuparé más detenidamente en la cuarta parte de esta carta.

7. URGIR CAMBIOS ESTRUCTURALES PROFUNDO.

Sin cambios estructurales seguirá el malestar.

58. Predicar y propiciar la urgencia de cambios estructurales profundos en lo político y social del país, es otra contribución de misión pastoral de la Iglesia. Porque cree sinceramente que, sin tales cambios, quedan siempre las raíces estructurales de todo nuestro malestar y que la liberación integral de los salvadoreños, además de su conversión personal, exige un profundo cambio de nuestro sistema social, político y económico. El mismo Gobierno lo ha reconocido y proclamado muchas veces y es también la exigencia perenne de los grupos políticos, legalizados o no. Naturalmente la perspectiva de la Iglesia es siempre desde su identidad evangélica y de acuerdo con los documentos del magisterio universal y continental.

Hay una inquietud beneficiosa.

59. Comprendo que es duro y conflictivo hablar de cambios de estructuras con quienes se están beneficiando de esas estructuras caducas. Pero, si es cierto que hay un sector reaccionario de extrema derecha, hay, por otra parte hombres sensibles al cambio y grupos empeñados activamente en trabajar por el cambio de las estructuras a fin de propiciar una situación favorable para todo el pueblo salvadoreño. Hay pues una inquietud beneficiosa, pero esto mismo pide al servicio de la Iglesia una mayor finura de criterio.

Los métodos de acción que propician el cambio son diversos y el cristiano debe tener mucho cuidado para discernir críticamente esos métodos, porque no todos merecen el mismo juicio.

Hay grupos que se conformarían con pequeños logros o reformas. Otros quieren este cambio de una manera rápida, radical y violenta. Estos, con diferencia de detalles entre sí, tienen por táctica agudizar las contradicciones para provocar una situación insostenible.

Profundos y urgentes, pero no violentos.

60. La Iglesia propicia los cambios sociales urgentes y profundos; pero también afirmó en Medellín: “los cambios bruscos y violentos de la estructuras serán falaces, ineficaces en sí mismos y no conformes ciertamente a la dignidad del pueblo” (Paz, n. 15). A quienes pues, han puesto toda su confianza en los métodos violentos para el cambio, la Iglesia les invita a reflexionar:
• que antes de cualquier defensa violenta del bien común o de los derechos humanos, deben haberse agotado todos los medios violentos. Urge, por tanto, esforzar toda la capacidad de convicción y diálogo y recorrer todos los caminos de la racionalidad,
• porque debe tenerse muy en cuenta que muchas acciones violentas políticas sólo logran provocar reacciones exageradas del aparato represor del Estado y generar mucho daño y sufrimiento a inocentes y débiles.
• Por eso, en vez de criticar y neutralizar otros esfuerzos parciales de cambio, dividiendo así energías en de coordinarlas, es mejor que, superando todo fanatismo de grupo como si sólo él tuviera la capacidad de lograr los cambios que todos necesitamos, se abran a la posibilidad de diálogo y negociación política, para lograr el ansiado objetivo común por cambios racionales. Cuando la Patria está en peligro, la Patria está por encima de todo interés de partido o de grupo.

8. ACOMPAÑAR AL PUEBLO.

Un deber evangélico.

61. Sin apartarse de su propia identidad, al contrario, siendo ella misma, la Iglesia ofrece al país el servicio de acompañarlo y orientarlo en sus anhelos de ser un pueblo libre y liberador. Para esto, ella debe realizar el mandato de Jesús: ser luz, fermento de la sociedad, encarnándose, cada vez más, en la propia historia del pueblo, en sus angustias y esperanzas.

La evangelización liberadora se adaptará aquí de distinta manera cuando se dirige a las clases populares y cuando lo hace con las clases dirigentes.

A) CON LAS CLASES POPULARES.

También los pobres deben convertirse.

62. Se calumnia a al Iglesia cuando se interpreta su “opción preferencial por los pobres” como una parcialización sin criterio hacia las clases populares y como un desprecio a las clases poderosas. La Iglesia no justifica a todo pobre y oprimido sólo por serlo, aunque tampoco olvida que la gracia de la redención se ofrece a ello con preferencia por parte del mismo Redentor. Y porque la Iglesia sabe que entre los carentes de bienes materiales hay también mucho pecado, se esfuerza en ayudar a que el pueblo salga de vicios inveterados, muchos de ellos fomentados por nuestras circunstancias históricas. No se pueden justificar, en nombre de una opción preferencial por los pobres, el machismo, el alcoholismo, la irresponsabilidad familiar, la exploración de los pobres entre sí, las rivalidades y tantos otros pecados que abundantemente señala nuestra encuesta como raíces concominantes de la violencia y de la crisis del país.

Valores humanos y cristianos de los pobres.

63. Pero, sin idealizar esos comportamientos evidentemente malos de las clases populares, la encuesta también señala allí grandes valores humanos y cristianos que la Iglesia estima y siente el deber de fortalecer y orientar con el espíritu del Evangelio y la luz de la fe. Se destacan entre esos valores, el espíritu de servicio, de solidaridad, de responsabilidad , la vivencia del amor, la laboriosidad, la valentía… Uno de los más básicos es el sentido de comunidad con que nuestro pueblo es capaz de superar los egoísmos y los divisionismos estériles.

Una evangelización personalizante.

64. La evangelización de este pueblo, en las actuales condiciones sociales y políticas del país, no puede contentarse con continuar la tradición de una predicación y una animación de carácter masivo puramente moralizante, sino que tiene que emprender la educación personalizante de la fe que forme, a través de pequeños grupos de reflexión, hombres críticos de su ambiente con criterios valientes de Evangelio.

Alentar la organización.

65. La evangelización, aquí y ahora, tiene que defender y alentar la organización social y política de las masas campesinas, obreras, etc. Gracias a Dios, esta tarea ya cuenta con laicos cristianos muy capacitados a quienes la Iglesia ofrece, como dijo el Papa Pablo VI, “una inspiración de fe, una motivación de amor fraterno, una doctrina social como base de su prudencia y de su experiencia” (E. N. 38).

En mi tercer Carta Pastoral, defendí, con la doctrina de la Iglesia el derecho de organización que también la constitución del país consagra para los salvadoreños. No se trata solamente de un derecho, sino de una necesidad y obligación para promover un orden más justo que realmente tenga en cuenta a las mayorías del país.

La Iglesia, por tanto, siente que no es un delito, sino al contrario un deber alentar y orientar a los cristianos que tienen capacidad para organizarse desde el pueblo y para el pueblo. En fuerza de ese mismo deber, también denuncia el pecado de las organizaciones que absolutizan lo político y así impiden el desarrollo pleno de la persona y el respeto a los valores cristianos que fueron la inspiración de muchos “organizados”.

Dos experiencias importantes.

66. La experiencia de estos años demuestra, tanto la eficacia de valores cristianos en la animación de la organización popular, como el peligro en que ésta cae cuando deja de ser animada por los valores. Es posible que las organizaciones populares con sus alianzas políticas, piensen que los valores cristianos ya no les son necesarios y que ellas se bastan a sí mismas para dar a las masas populares, especialmente a las campesinas, todo lo que éstas necesitan. Incluso es posible que lleguen a pensar que tienen derecho a manipular a la Iglesia, al Evangelio y a la fe, en beneficio, no de las clases populares, sino en beneficio de la propia organización. Con ella no sólo desvirtúan la sal y la levadura que el Evangelio pueden proporcionar para que no se corrompa la masa, sino que irrespetan las actitudes más profundas e muchos de los organizados. Sería un error poner en contradicción los dinamismos de las organizaciones populares y los dinamismos de la Iglesia, porque se sometería la realización rica del Reino a la absolutización de la organización.

La Iglesia –repito- se alegra de que existan en el país, laicos capaces de la organización política del pueblo. El mismo Concilio Vaticano II reconoce la autonomía de los quehaceres y valores temporales, como es la actividad política y organizativa. Por eso también Ella recuerda y exige su propia independencia y su identidad trascendente y su misión pastoral en medio de las actividades temporales de los hombres; y, por eso también, impedirá siempre el ser manipulada por cualquier actividad política, aunque, al mismo tiempo, su misión pastoral la obliga a no abandonar su servicio específico de Iglesia a las organizaciones políticas, como es apoyarlas en lo justo de sus reivindicaciones y, sobre todo, en la defensa de su propia existencia que se basa en el legítimo derecho humano de organización, tan expuesto al atropello en nuestro ambiente de represión.

B) CON LAS CLASES DIRIGENTES.

Llamamiento a conversión.

67. Respecto a las clases que tienen en sus manos los poderes sociales, económicos y políticos, la Iglesia les llama, ante todo, a la conversión y les recuerda también su gravísima responsabilidad en la superación del desorden y de la violencia, no por el camino de la represión sino por el de la justicia y de la participación popular.

Propiciar los cambios sociales.

En una sociedad como la nuestra, en la que la mayoría apenas tiene nada, esta minoría privilegiada, separada abismalmente de todos los demás, disfruta de niveles de vida semejantes a los que unos pocos disfrutan en los países más ricos. Tienen, además gran poder, precisamente por la estructura poco democrática de nuestra organización política. Ojalá por su propio interés y, todo, por dictado de la caridad, que consiste en dar a los demás lo propio y aún de sí mismo, propicien los cambios sociales en vez de frenarlos y de oponerse violentamente a ellos. Que juzguen, con honestidad, qué es lo más conveniente para todos y, a la larga, para sí mismos y para sus hijos, y recuerden la palabra de Jesús, que serán medidos, en esta vida y en la otra, con la misma medida con que ellos midan a los demás. Comprendemos que algunas acciones terroristas les mantengan en un estado de ánimo poco propicio a la serenidad y a la reflexión; pero deben superar esa preocupación objetivas y plantear, generosamente las bases de una evolución democrática, donde la mayor parte de la población participe equitativamente de los recursos nacionales que son de todos. Así se arrancará la raíz principal de la violencia terrorista y de toda violencia injusta.

No dar de caridad lo que se debe de justicia.

“Es de suma importancia que este servicio al hermano vaya en la línea que nos marca el Concilio Vaticano II: “cumplir antes que nada las exigencias de la justicia, para no dar como ayuda de caridad lo que ya se debe por razón de justicia; suprimir las cusas, y no sólo os efectos de los males y organizar los auxilios de tal forma que quienes los reciben se vayan liberando progresivamente de la independencia externa y se vayan bastando por sí mismos” (A. A. 8)” (n. 1146).

TERCERA PARTE
ILUMINACIÓN DE ALGUNOS PROBLEMAS ESPECIALES

Diálogo de pastor y comunidades.

68. Voy a ofrecer, en esta tercera parte, un servicio de clarificación y orientación, a propósito de la violencia, del marxismo y del diálogo nacional.

Son, sin duda, muchos más los problemas que inquietan las conciencias en esta hora de crisis nacional. Pero éstos tres, junto con otros que he tratado de iluminar en las otras partes de esta carta, se destacan en la reflexión de nuestras comunidades cristianas. Esta reflexión debe continuarse en diálogo de pastor y comunidades, ya que solo así se puede progresar en la clarificación y orientación de muchos temas y aspectos, discutibles y variables, de actualidad. Suplico también a los entendidos en estas materias que hagan estudios y divulguen su pensamiento para prestar, en esta interesante hora de búsqueda, tan valioso servicio no sólo a los miembros de la Iglesia sino a todo hombre de buena voluntad, para clasificar conceptos y adoptar posiciones adecuadas.

1. SOBRE LA VIOLENCIA.

La Justicia es el criterio para juzgar la violencia.

69. Ya en mi tercera Carta Pastoral dediqué toda la tercera parte al “juicio de la Iglesia anta la violencia”. Aquí doy por supuesto aquel resumen de la moral tradicional de la Iglesia sobre la violencia.

Sólo quiero profundizar un poco y actualizar aquellas ideas, dada la creciente escala de violencia que enluta a numerosas familias de nuestra patria. Ojalá esta reflexión lograra hacer deponer actitudes injustas y lavar, con una conversación sincera, tantas manos y conciencias manchas de injusticia social y de sangre humana.

Por su inspiración evangélica, la Iglesia se siente impulsada a buscar la paz sobre todo. Pero la paz que la Iglesia impulsa es de la justicia (“opus iustitiae pax”). Por eso, sus juicios sobre la violencia que turba la paz, no pueden desatender los postulados de la justicia. Son juicios muy diferentes, según las diferentes, según las diferentes formas de violencia, de tal manera que la Iglesia no puede afirmar, en forma simplista, que condena todo tipo de violencia.

No a la violencia estructural.

70. La Iglesia condena “la violencia estructural” o “institucionalizada”, “producto de una situación de injusticia en la que mayoría de los hombres, mujeres y, sobre todo, niños, en nuestro país, se ven privados de lo necesario para vivir” (3ª Cata Pastoral n. 116). La Iglesia condena esta violencia, no sólo porque es injusta en sí misma y es objetivación de pecados personales y colectivos sino también porque es causante de otros sin número de crueles y más visibles violencias.

Cada vez son más en el país los que caen en la cuenta de que la raíz última de los graves males que nos afligen, incluido el recrudecimiento de la violencia, es esta “violencia estructural” que se concreta en la injusta distribución de la riqueza y de la propiedad especialmente por lo que toca a la tenencia de la tierra y, más en general, en aquel conjunto de estructuras económicas y políticas por las que unos pocos se hacen cada vez más ricos y poderosos mientras los demás se hacen cada vez más pobres y débiles (cfr., 1259).

No a la violencia arbitraria del estado.

71. Así mismo, la Iglesia condena la violencia arbitraria y represiva del Estado. Con Puebla, conocemos bien cómo, en El Salvador, se reprime, cada vez en forma más violenta, alevosa e injusta, cualquier disidencia contra la forma actual de capitalismo y su institucionalización política, inspirada en la teoría de la seguridad nacional. Sabemos también cómo la mayoría de los campesinos, obreros, pobladores de tugurios, etc., que se han organizado para defender sus derechos y promover legítimos cambios estructurales, son simplemente juzgados de “terroristas” y “subversivos” y por ello son capturados, desaparecidos y asesinados sin que cuenten prácticamente con una ley o institución judicial que los proteja o les de oportunidad de defenderse y probar su inocencia. Ante esta situación desventajosa e injusta ellos se han visto obligados muchas veces a, auto defenderse aún en forma violenta y, nuevamente, encuentra, en respuesta, la violencia arbitraria del Estado.

La autoridad pública ciertamente tiene derecho a castigar los desórdenes sociales, pero debe intervenir para ello, la justicia de un tribunal que, dando oportunidad al culpable para defenderse, declare al reo digno de tal castigo. Toda otra manera de sanción arbitraria y represiva es un abuso de autoridad.

No a la violencia de la extrema derecha.

72. Igualmente la Iglesia condena la violencia por bandas terroristas de derecha que, por su absoluta impunidad se hacen sospechosas de connivencia oficial y han enlutado el magisterio nacional, las organizaciones populares, los políticos y la misma Iglesia. Su intención, insostenible evidentemente, es tratar de mantener el orden social injusto a que me he referido arriba y, por eso principalmente, participan de la injusticia del sistema.

No a la violencia terrorista injusta.

73. También condena la Iglesia la violencia de los grupos político-militares o de personas, cuando intencionalmente causan víctimas inocentes o resulta desproporcionada al efecto positivo que con ella quieren lograr a corto o mediano plazo.

Violencia de la insurrección.

74. En cambio, la Encíclica Populorum Progressio del Papa Pablo VI, citada en la Conferencia de Medellín, recoge la enseñanza clásica de la teología católica, según la cual “es legítima una insurrección en el caso muy excepcional de tiranía evidente y prolongada que atenta gravemente contra los derechos de la persona y damnificara peligrosamente el bien común del país ya provenga de una persona, ya de estructuras evidentemente injustas” (Cfr. 3ª Carta Pastoral n. 132).

También nuestra Constitución Política consagra este derecho de justa insurrección.

Violencia de legítima defensa.

75. En la misma línea de la legítima violencia insurreccional puede situarse la violencia en legítima defensa “cuando una persona o un grupo repelen por la fuerza una agresión injusta de que han sido objeto” (Cfr. 3ª Carta Pastoral n. 124).

Estas son las peligrosas fuerzas de violencia que se están provocando cuando se dilata el cambio de la estructuras de violencia opresora y se cree que ésta se puede sostener con la violencia de la represión.

Condiciones de la violencia legítima.

76. Pero no debemos de olvidar las condiciones indispensables que, de acuerdo con la misma teología de la Iglesia, recordé en la citada tercera Carta Pastoral. Para legitimar la violencia insurreccional y de legítima defensa, se necesita:
a) Que la violencia de legítima defensa no sea mayor que la agresión injusta (por ej. Si basta defenderse con las manos no es lícito disparar un balazo al agresor).
b) Que se acuda a la violencia proporcionada sólo después de agotar los medios pacíficos posibles.
c) Y que la defensa violenta no traiga como consecuencia un mal mayor que el que se trata de quitar.

En la práctica resulta muy difícil tomar todas estas medidas teóricas de la justificación de la violencia. Por la experiencia de la historia, sabemos qué cruel y doloroso es el precio de la sangre y qué difícil de reparar son los daños sociales y económicos de la guerra. Es oportuno recordar la célebre frase del Papa Pío XII ante la conflagración de la guerra: “nada se pierde con la paz, todo se puede perder con la guerra”. Por eso, lo más racional y eficaz es que el Gobierno use su fuerza moral y coactiva, no para defender la violencia estructural de un orden injusto, sino para garantizar un estado verdaderamente democrático, defensor de los derechos fundamentales de todos los ciudadanos, basado en un orden económico justo. Sólo así se podrán hacer cada vez más lejanos e irreales los casos en que el recurso a la fuerza, por parte de los grupos o de los individuos, puedan ser justificados por la existencia de un régimen tiránico y un orden injusto.

El cristiano es pacífico pero no pasivo.

77. Y para el comportamiento cristiano en este ambiente de violencia y de cambios en el país, qué actuales y orientadoras se vuelven estas palabras de Medellín: “el cristiano es pacífico y no se ruboriza de ella. No simplemente pacifista, porque es capaz de combatir, pero prefiere la paz a la guerra. Sabe que los cambios bruscos y violentos de las estructuras serían falaces, ineficaces en sí mismos y no conformes ciertamente a la dignidad del pueblo”.

2. SOBRE EL MARXISMO.

Diversos sentidos.

78. El problema del marxismo es muy completo y no puede dársele un tratamiento de simple condenación. Puebla misma nos enseña a distinguir lo que puede ser el marxismo como una ideología dominante de toda la conducta y lo que puede ser una colaboración con grupos que participan de esa ideología. Naturalmente, si se entiende por marxismo esa ideología materialista y atea, que engloba la existencia del hombre y da una interpretación falsa de la religión, es completamente inadmisible para un cristiano, cuya fe orienta su vida, a partir de la existencia de Dios, hacia una trascendencia espiritual y eterna que se hace posible en Cristo, por el Espíritu Santo. Son dos interpretaciones de la vida diariamente opuestas.

Pero el término marxista puede entenderse también en otros sentidos:
• Como análisis científico de lo económico y lo social. Y son muchos, en El salvador, como en todo el Continente, los que usan ese análisis como un recurso científico que, según ellos, no afecta en nada sus principios religiosos. El Magisterio de la Iglesia, que reconoce esa distinción entre la ideología marxista y este método científico advierte, sin embargo, con prudencia, sobre los posibles riesgos ideológicos (Octogesimo Adveniens, por ejemplo).
• También en el sentido de estrategia política, usan muchos el marxismo como pauta de la lucha por el poder. Quizá en este último aspecto se esconden los mayores peligros prácticos, porque esta praxis política marxista puede llevar a conflictos de conciencia en la utilización de medios y modos, que no son siempre conformes con lo que prescribe a los cristianos la moral evangélica. Esta práctica política marxista puede llevar a la absolutización de las organizaciones políticas populares, a enfriar la inspiración cristiana de los organizados y aún a apartados de la Iglesia, como si ella no tuviera derecho a ejercer, desde su ideología trascendente, una función crítica en la actividad política del hombre.

Estudiarlo y ganarle el campo.

80. Como se ve pues, se trata de un concepto complejo y muchas de nuestras comunidades confiesan con franqueza su poco conocimiento al respecto y piden el servicio de mayor aclaración. Por lo cual, como pastor, yo suplico a todos los peritos de esta ciencia, divulgar, con criterios cristianos, el conocimiento de este tema que hoy absorbe muchas mentes y preocupa a muchos cristianos.

Mientras tanto pueden estudiarse muy provechosamente los siguientes números del Documento de Puebla: 543-545, 550, 551; y los números 69 y 71 de la Constitución del Concilio Gaudium et Spes).

El capitalismo igualmente peligroso.

81. Por lo demás, aún sin tener mucho conocimiento científico sobre el marxismo, tampoco hay que olvidar que, de hecho, algunas de las declaraciones y acciones antimarxistas que pueden hacer los cristianos, se convierten, tal como es la situación del país, en un apoyo al capitalismo, el cual es concretamente el que de verdad configura injusta y anticristianamente nuestra sociedad: “El temor del marxismo –dice Puebla- impide a muchos enfrentar la realidad opresiva del capitalismo liberal. Se puede decir que, ante el peligro de un sistema claramente marcado por el pecado, se olvida denunciar y combatir la realidad implantada por otro sistema igualmente marcado por el pecado. Es preciso estar atentos ante éste, sin olvidar las formas históricas, ateas y violentas del marxismo” (n. 92). La mejor manera de ganarle el campo al marxismo es tomar en serio la opción preferencial por los pobres.

2. SOBRE EL DIALOGO NACIONAL.

Una necesidad del país.

82. El verdadero dialogo nacional es una necesidad del país como camino para salir de nuestra crisis; por eso, creo oportuno iluminar este tema, comenzando por lamentar que la convocatoria del gobierno a un diálogo nacional haya perdido una bella oportunidad por no haberlo dotado de sus debidas condiciones. Y así, desde el principio, aquel llamamiento tuvo una acogida pública muy fría que ya era una denuncia de la falta de confianza y libertad para expresar, en plan de igualdad, todas las inquietudes y voces vivas de la patria.

Condiciones de un diálogo nacional.

83. Estas me parece que pueden ser las condiciones de un diálogo auténtico para orientar la solución de nuestra crisis:
a) Participación de todas las fuerzas sociales o, al menos, de todas aquellas que no se han retirado a la clandestinidad. Todos tienen derecho a ser escuchado y a hablar de en ese diálogo y con todos debe procurarse, en principio, un acuerdo. De los contrario el diálogo nacional sería una burla si se redujera a un simple foro al que acudieran solamente los amigos del gobierno y aquellos que en el fondo no desean que se de un cambio profundo.
b) Otro elemento esencial de este diálogo es que cese toda forma de violencia, pues un diálogo busca la verdad y la justicia por la vía de la racionalidad y ésta necesita un ambiente de confianza y serenidad. Esto es particularmente válido respecto del gobierno. Mientras haya represión violenta y desproporcionada contra las protestas públicas, se de el nivel actual de asesinatos por razones políticas, existan tantos presos políticos y desaparecidos y se mantengan fuera del país a líderes políticos, sociales y religiosos, no es posible hablar de diálogo. Sobre esto no hay que dialogar sino que es condición para un diálogo. No se puede poner, en forma simplista, como razón para excluir del diálogo algunas opiniones de valor, la existencia de grupos terroristas, porque, como queda dicho en el tema sobre la violencia, ésta y el terrorismo se originan en una situación de violencia institucionalizada que condiciona fuertemente o por lo menos da pretexto a muchos elementos para responder, con violencia activa a la opresión continua y sistemática de los grupos de poder. Y de quitar esta causa se trata precisamente en el diálogo. Naturalmente, los terroristas y los partidarios de las soluciones violentas, al encontrar una seria y sincera voluntad de diálogo, deben deponer sus actitudes y colaborar así a crear el ambiente de serenidad que necesita un verdadero diálogo previo al cambio profundo de la estructuras del país.
c) Porque éste es el tema principal del diálogo: la revisión y el cambio de las estructuras. He de repetir que para eliminar la represión hay que atacar las raíces de que se nutre la violencia del sistema social y provoca las tentaciones de las otras violencias. No podeos creer en la efectividad del diálogo nacional si no se manifiesta la voluntad y la decisión de propiciar cambios que garanticen permanentemente mejor nivel de vida para todos los salvadoreños.
d) Otro tema importante del diálogo debe ser la libertad de organización. Nuestra inclinación y sentido cristiano nos lleva a preferir los métodos de reivindicación social basados en una organización de clases populares que se ajuste a los principios de la Constitución y que sean eminentemente pacíficos. Creo que el sindicalismo es una conquista definitiva de las clases trabajadoras de todos los países democráticos y que ni debe ni puede ser rechazado como tal en El Salvador.

Al intervenir en un diálogo nacional, los empresarios deben de comprender la lógica y la justicia del movimiento sindical, que no surgió para perjudicar a las empresas, de las que todos viven, sino para equilibrar el reparto de lo producido por el trabajo y el capital.

Por otra parte, los sindicalistas y los obreros para ser dignos interlocutores de ese diálogo, conocedores de la eficacia de las fuerzas organizadas, no deben caer en el mismo pecado que critican, dejándose manipular por intereses ajenos al campo laboral o abusando del poder que da la solidaridad para hacer exigencias desproporcionadas.

Otro servicio de la Arquidiócesis.

84. Mientras no se realice el verdadero diálogo nacional que necesitamos, obliga más a los ciudadanos a colaborar, con sus opiniones, a la orientación que hoy buscar nuestra Patria para encontrar la paz perdida. “Obtenerla es su gloria mayor” (Himno Nacional).

Por su parte nuestra Arquidiócesis ofrece el esfuerzo común de esta Carta Pastoral, como una voz de la Iglesia en el diálogo nacional y repite el ofrecimiento, que ya hice en otra ocasión, de poner al servicio de las opiniones constructivas nuestros modestos medios de comunicación social.

CUARTE PARTE
LA LINEA PASTORAL DE PUEBLA EN LA ARQUIDIÓCESIS.

Las grandes interrogantes.

85. Ahora me dirijo muy especialmente a los queridos agentes de la pastoral: sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, porque nosotros somos quienes tenemos que hacer realidad la valiosa aportación que la Iglesia ofrece al país, en esta hora de crisis. La visión de nuestra realidad y de su iluminación doctrinal, que acabo de presentar, nos muestra que nuestro pueblo salvadoreño, junto con todo el pueblo “latinoamericano va caminando entre angustias y esperanzas, entre frustraciones y expectativas” (n. 72).

Preguntémonos pues con la preocupación de Puebla: “¿Cómo ha mirado la Iglesia esta realidad? ¿Cómo la ha interpretado? ¿Ha ido descubriendo la manera de enfocarla y esclararla a la luz del evangelio? ¿Ha llegado a discernir en qué aspectos esa realidad amenaza con destruir al hombre, objeto del amor infinito de Dios y en qué otros aspectos, en cambio, se ha ido realizando de acuerdo con sus amorosos planes? ¿Cómo se ha ido edificando a sí misma la Iglesia, para cumplir con la misión salvadora que Cristo le ha encomendado y que debe proyectarse en situaciones concretas y hacia hombres concretos? ¿Qué ha hecho frente a la cambiante realidad en estos últimos diez años?

Estos son las grandes interrogantes que como pastores nos planteamos, teniendo presente que la misión fundamental de la Iglesia es evangelizar en el hoy y el aquí, de cara al futuro (nn. 74, 75).

Como respuesta a ese grave cuestionamiento, renovemos nuestra generosidad pastoral en la dirección de estas pistas que también nos inspira el “espíritu de Puebla” y que, gracias a Dios, coinciden con los esfuerzos que ya se hacen en esta Arquidiócesis.

1. ACTITUD DE BÚSQUEDA.

86. Vuelvo aquí sobre el problema ya mencionado en los nn. 26-27 de esta Carta, acerca de la necesidad pastoral de una adaptación de la evangelización al ambiente actual del país. A este propósito, Puebla observa que, hasta hace muy poco “el peso de la tradición ayudaba a la comunicación del Evangelio: lo que la Iglesia enseñaba desde el pulpito, era recibido celosamente en el hogar, en la escuela y era sostenido por el ambiente social. Hoy ya no es así. Lo que la Iglesia propone es aceptado o no en un clima de más libertad y con marcado sentido crítico. Los mismos campesinos, antes tan aislados van adquiriendo ahora ese sentido crítico, por las facilidades de contacto con el mundo actual que les ofrecen principalmente la radio y los medios de transporte; y también por la labor evangelizadora por los Agentes de Pastoral” (nn. 76-77).

Por eso, no podemos, sin caer en el pecado de infidelidad a nuestra misión, quedarnos inmóviles ante las exigencias de un mundo en cambio (n. 84).

Dos factores importantes encontramos en la pastoral: el mensaje evangélico que predicamos y la realidad cambiante de personas, de tiempo y de lugar, donde la Iglesia se sitúa y debe cumplir su misión. Es necesario pues, sacudir nuestra pereza para ponernos al día con las corrientes teológicas del momento, según nuestras capacidades y que, quienes pueden hacerlo, divulguen el pensamiento de la Iglesia con los medios que estén a su alcance. También es necesario que, a una con toda la Iglesia, vayamos “adquiriendo una conciencia cada vez más clara y más profunda de que la evangelización es su misión fundamental y de que no es posible su cumplimiento sin un esfuerzo permanente del conocimiento de la realidad y de adaptación dinámica, atractiva y convincente del mensaje a los hombres de hoy” (n. 85).

En esta actitud de búsqueda, recordemos que la Iglesia es histórica, que está en camino. No constituye algo hecho y determinado. No posee una manera acabada de interpretar el Evangelio, aplicable exactamente a todas las épocas y circunstancias. La Iglesia es peregrina. La Palabra de Dios es inagotable y presenta cada vez nuevos aspectos que hay que ir profundizando. La Iglesia entonces, en su forma de presentar el mensaje único del Evangelio, va evolucionando de conformidad al momento histórico que vive. Creemos en el Señor de la historia y en su Espíritu que hace siempre nuevas todas las cosas.

2. OPCION PREFERENCIAL POR LOS POBRES.

87. “La situación de injusticia que hemos descrito en la parte anterior nos hace reflexionar sobre el gran desafío que tiene nuestra pastoral para ayudar al hombre a pasar de situaciones menos humanas a más humanas. Las profundas diferencias sociales, la extrema pobreza y la violación de derechos humanos que se dan en muchas partes son retos a la evangelización. Nuestra misión de llevar a Dios a los hombres y los hombres a Dios implica también construir, entre ellos, una sociedad más fraterna. Esta situación social no ha dejado de acarrear tensiones en el interior mismo de la Iglesia; tensiones producidas por grupos, que, o bien enfatizan lo “espiritual” de su misión resintiéndose por los trabajos de promoción social, o bien quieren convertir la misión de la Iglesia en un mero trabajo de promoción humana” (n. 90).

Gracias a Dios que en este sentido de la opción preferencial por los pobres, la Iglesia Arquidiocesana ha dado pasos muy certeros. Ya desde el tiempo de mi benemérito predecesor Mons. Luis Chávez y González, quien condujo a la Arquidiócesis con mano prudente y firme, puso los fundamentos de una pastoral encarnada con preferencia por las inmensas masas desposeídas sobre todo campesinas. Ahí queda como testimonio su inmensa labor catequética, las escuelas radiofónicas de adultos, la promoción de cooperativas, etc.

Es hondamente satisfactorio que Puebla venga a darnos la razón en nuestro trabajo pastoral, tan mal interpretado por algunos de dentro y de afuera. “Numerosos documentos pastorales sobre la justicia social… creación de organismos de solidaridad con los que sufren, de denuncia de los atropellos y de defensa de los derechos humanos… estimulo a la opción de sacerdotes y religiosos por los pobres y marginados… soportar en sus miembros la persecución y a veces la muerte, en testimonio de su misión profética…”. Son aspectos que Puebla menciona en la pastoral de una Iglesia en América Latina preocupada por su fidelidad a Cristo. Y esto es lo que estamos haciendo aquí todos aún corriendo el riesgo de señalamientos injustos.

Desde luego, reconozco que falta mucho por hacer. Pero aquí vale también la medicina que ya señaló Puebla para la unidad: tomar en serio la opción por los pobres:
• Esforzándonos “por conocer y denunciar los mecanismos generadores de la pobreza” (n. 1160),
• Uniendo esfuerzos con “los hombres de buena voluntad para desarraigar la pobreza y crear un mundo más justo y fraterno” (n. 1161),
• Apoyando “las aspiraciones de los obreros y campesinos que quieren ser tratados como hombres libres y responsables llamados a participar en las decisiones que conciernen a su vida y a su futuro y animar a todos a su propia superación” (n. 1162),
• Defendiendo “su derecho fundamental a crear libremente organizaciones para defender y promover sus intereses y para contribuir responsablemente al bien común” (n. 1163).

3. UNIDOS EN UNA PASTORAL DE CONJUNTO.

88. A realidades distintas hay que dar respuestas distintas pero las diversas respuestas deben converger hacia opciones fundamentales y objetivos comunes, encaminándose así hacia una pastoral de conjunto. Nunca debemos ver esta variedad de respuestas que suscita el mismo y único Espíritu, como antagónicas entre sí, sino como complementarias y esto bajo la dirección vigilante del responsable de la pastoral de una diócesis: el Obispo. Recordemos que la pastoral debe ser una respuesta en comunión y que si no es respuesta en comunión, no es respuesta pastoral, ni es respuesta de Iglesia.

Reconozco que el apostolado, o espíritu apostólico, es el fruto de Espíritu, al que responde con generosidad el hombre, pero también hay que tener en cuenta que, así como un torrente necesita ser canalizado para fecundar más y mejor la tierra, también el apostolado, que el Espíritu suscita en variedad de carismas, necesita de la pastoral planificada y ejecutada conjuntamente para que sirva a la salud del cuerpo místico de Cristo. Una pastoral sin espíritu apostólico es una técnica vacía de espíritu. Un apostolado sin planificación pastoral se vuelve ineficaz, se desparrama. La pastoral de conjunto es a la vez, una técnica y una mística.

Esta es también la orientación de Puebla: “asumimos la necesidad de una pastoral orgánica en la Iglesia como unidad dinamizadora para su eficacia permanente que comprende, entre otras cosas: principios orientadores, objetivos, opciones, estrategias, iniciativas prácticas, etc.” (n. 1222).

Por eso, quiero traer a la memoria, para satisfacción y estímulo de todos los agentes de pastoral, las opciones tomadas en la Semana Pastoral Arquidiocesana, del 5 al 10 de enero de 1976 que han seguido sirviendo de pistas pastorales durante mi episcopado y que hoy cuentan con el nuevo aval de Puebla:
• “La opción primordial por una evangelización en todos los niveles, considere como grave, urgente y necesaria.
• La renovación necesaria de todos los medios disponibles en orden a una evangelización adecuada que no admite dilaciones, pero que tampoco admite superficialidades.
• La necesidad urgente de seleccionar y formar adecuadamente los agentes de pastoral, sobre todo seglares.
• Las comunidades cristianas, como objetivo que está en el horizonte si queremos vitalizar a Iglesia.
• La creación y adecuación de mecanismos operativos que vengan a dinamizar y a poner en ejecución estas opciones”.

4. ADAPTACIÓN PASTORAL.

89. Recogiendo el fruto de la experiencia pastoral, las inquietudes que las comunidades cristianas señalan, como medios pastorales, la riqueza creativa demostrada en las nuevas formas para la encarnación del mensaje, urge poner empeño en lo que quiero llamar adaptación pastoral. Para explicarlo voy a distinguir tres tipos de pastoral:
a) Pastoral de masas, que responde a una evangelización extensiva.
b) Pastoral de comunidades cristianas de base o de pequeños grupos en el sentido de ser signo, fermento, sal y luz, que corresponde a una evangelización intensiva.
c) Pastoral de acompañamiento o seguimientos, que corresponde a una evangelización personal o de grupo ante la diversidad de opciones concretas que un cristiano puede tomar, como exigencia de su fe ante el urgente y necesarios cambio de una sociedad a fin de hacerla más humana y más cristiana.

A. PASTORAL MASIVA.

90. De ninguna manera se entienda en sentido despectivo el concepto de masivo. Más bien, se refiere esta pastoral a una evangelización extensiva. Esa masa no tiene que seguir tratada como mas, sino que la pastoral debe encontrar las formas concretas para dar a cada cristiano los elementos críticos, la valoración de sí mismo como persona e imagen de Dios, como gestor de su propio destino. La pastoral de masas debe ser una respuesta liberadora de la Iglesia a nuestros pueblos; ayudarlos a pasar de ser masa a ser pueblo y de ser pueblo a ser Pueblo de Dios.

“Como toda la Iglesia, la religión del pueblo debe ser evangelizada siempre de nuevo. Será una labor de pedagogía pastoral en la que el catolicismo popular sea asumido, purificad, completado y dinamizado por el Evangelio” (n. 457). “los agentes de la evangelización, con la luz del Espíritu Santo y, llenos de caridad pastoral, sabrán desarrollar la pedagogía de la evangelización (E. N. 48). Esto exige, antes que todo, amor y cercanía al pueblo, ser prudentes y firmes, constantes y audaces para educar esa preciosa fe, algunas veces tan debilitada” (n 458).

La evangelización del pueblo es un proceso lento pero progresivo. Exige de todo agente pastoral creatividad, imaginación, respeto hasta en la forma de exponer, a fin de no herir susceptibilidades, pero al mismo tiempo, tiene que ser tremendamente exigente en contra de los abusos. Esta pastoral requiere mucha paciencia. Jesús mismo compara la semilla del Reino con el grano de mostaza que el sembrador espera que germine, crezca, florezca y de frutos. A nosotros no nos toca quemar etapas en la evangelización. Dios puede quemar todas las etapas que quiera y convertir, en un instante, de un Saulo perseguidor a un Pablo apóstol. Nosotros tenemos que esperar el proceso normal. Esto de ninguna manera se confunda con facilidad.

Pido pues a los agentes de pastoral, hacer continuamente evaluaciones honestas y sinceras de todas las formas de pastoral masiva con que tratan de encarnar en el pueblo el mensaje liberador de Cristo: uso de templo, manifestaciones de fe, utilización de “slogans”, mantas, etc., a fin de no quedar en un estancamiento pero tampoco caer en un abuso.

B. PASTORAL DE COMUNIDADES CRISTIANAS DE BASE.

91. Con relación al tipo de pastoral de comunidades eclesiales de base, podemos decir que ha sufrido modificaciones y evoluciones según las regiones y según los momentos históricos que vive, pero la orientación y la finalidad es la misma: formar grupos de cristianos comprometidos con la Iglesia y comprometidos como Iglesia en el campo de su respectiva sociedad.

Puebla define así lo que es una comunidad eclesial de base: “Como comunidad integra familia, adultos y jóvenes, en íntima relación interpersonal en la fe, como eclesial es comunidad de fe, esperanza y caridad; celebra la palabra de Dios en la vida a través de la solidaridad y el compromiso y el compromiso con el mandamiento nuevo del señor y hacer presente y actuante la misión eclesial y la comunión visible con los legítimos pastores, a través del servicio de coordinadores aprobados. Es de base por estar constituida por pocos miembros en forma permanente y a manera de célula de la gran comunidad” (n. 641).

Vivir en comunidad no es cuestión de opción sino de vocación. El cristianismo exige, por vocación, la formación de comunidad. No se concibe el cristianismo sin relación con otros hombres, hermanos con quienes concretizamos el amor fraterno que predicamos. Desde luego, que ya en el campo de las formas concretas de comunidad, no hay nada revelado. Ni siquiera las comunidades religiosas son modalidades reveladas de comunidad. Es el momento histórico y la realidad que se vive la que irá dando las formas concretas de las comunidades que exige el momento. Aquí cabe la teología de los carismas.

Sobre la formación de las comunidades cristianas, además, se hade tener presente lo que nos dice la “Evangelii Nuntiandi” y lo que dije en la tercera Carta Pastoral:

Su encuentro con Cristo. –La vivencia de los valores del Evangelio y del cristianismo: fe, esperanza, amor, oración, sacramentos, palabra de Dios. Vivencia que en el momento de realizar sus propias opciones, sienta el cristiano que esas virtudes evangélicas son verdaderas y eficaces.

Su encuentro con la Iglesia. –La conciencia plena de la misión que tienen como cristiana y como Iglesia. La relación con otras comunidades de la parroquia, de la vicaría, de la diócesis. La comunidad cristiana de base es parte de la Iglesia, no es la Iglesia total. La comunidad cristiana, la comunidad parroquial, la comunidad diocesana, la comunidad universal, tienen como centro a Cristo visible en la persona del Papa, del Obispo, del párroco.

Su encuentro con el mundo. –Una comunidad cristiana de base no tiene una finalidad en sí misma, de lo contrario dejaría de ser enfermo, dejaría de ser Iglesia y se convertiría en una secta. La finalidad de la comunidad cristiana es la extensión del Reino de Dios. No puede proponerse a los grupos cristianos como un lugar de refugio tranquilo y alienante, sino como la profundización y la intensificación de un compromiso. Así nos la da a entender el Evangelio cuando nos propone la figura del fermento, de sal y de luz. No se comprende que estos elementos cumplan su función, si el fermento no está dentro de la masa que quiere fermentar. O la sal en la comida a la que quiere dar sabor, o la luz en el sitio que quiere iluminar.

Dinamizar y purificar.

92. Entonces no olvidemos lo que Puebla dice acerca de dinamizar los movimientos apostólicos, las parroquias, las comunidades eclesiales de base y los militares de la Iglesia en general, para que sean, en forma más generosa, fermento de masa (n. 462). Hay que inculcarles entonces un espíritu auténticamente misionero.

Por otro lado, los dinamismos de Puebla, que son la religiosidad popular y las ansias naturales del pueblo de su propia liberación, deben encontrar en las comunidades eclesiales de base su recta valoración y purificación. “Las comunidades eclesiales de base son expresión preferente de la Iglesia por el pueblo sencillo; en ella se expresa, valora, y purifica su religiosidad y se da la posibilidad concreta de participación en la tarea eclesial y en el compromiso de transformar el mundo” (n. 643).

Somos conscientes de que, cuanto más asuman los cristianos su papel de adultos en la fe y de corresponsables en la marcha de la Iglesia, más surgirán los conflictos con los párrocos y autoridades eclesiales que no quieran marchar al ritmo de la Iglesia actual, porque verán su autoridad desequilibrada ante la constante crítica y evaluación que se les hace. Pero, aún en estos casos, el buen cristiano tiene en cuenta los valores supremos de la caridad y de la unidad.

C. PASTORAL DE ACOMPAÑAMIENTO.

Qué es pastoral de acompañamiento.

93. Entiendo por “pastoral de acompañamiento” o “de seguimiento” la evangelización personal de aquellos individuos o grupos cristianos que han asumido una opción política concreta que, según su conciencia, creen que es el compromiso histórico de su fe. En ese sentido hay muchas opciones, carismas y vocaciones frente a las conciencias cristianas y un pastor debe respetar, discernir y orientar esas conciencias según la luz del Espíritu.

En la tercera Carta Pastoral dije que la proliferación de organizaciones políticas populares es un fenómeno nuevo al que la Iglesia tiene que responder. Ahora nos enfrentamos, como consecuencia lógica de esa proliferación, con la toma de opciones concretas de cristianos y de grupos cristiano. No se trata ya solamente de señalar que la evangelización tiene una dimensión que toca la política, sino que la politización está llegando a nuestras comunidades cristianas y muchas veces como consignas de grupos políticos.

Pastoral y política.

94. No podemos hablar de una pastoral politizada sino de una pastoral que tiene que orientar evangélicamente las conciencias cristianas en un ambiente politizado. Como toda actividad humana, también la política necesita una orientación pastoral. Nuestra situación se agrava cuando muchos cristianos, en un ambiente, tan politizado como el de nuestro país, toman su opción política antes de haber encontrado su identidad cristiana.

Es aquí, para responder al reto de toda esta compleja situación, donde la Iglesia requiere un tipo especial de pastoral, que llamamos de seguimiento o acompañamiento y que rompe los moldes ya conocidos de una pastoral masiva o de pequeños grupos. A este propósito, dice Puebla: “La Iglesia –hablando todavía en general, sin discutir el papel que compete a sus diversos miembros- siente como su deber y derecho estar presente en este campo de la realidad; porque el cristianismo debe evangelizar la totalidad de la existencia humana, incluida la dimensión política. Critica por esto, a quienes tienden a reducir el espacio de la fe a la vida personal o familiar, excluyendo el orden profesional, económico, social y político, como si el pecado, al amor, la oración y el perdón no tuviesen allí su relevancia. En efecto, la necesidad de la presencia de la Iglesia en lo político, proviene de la más íntimo de la fe cristiana: del señorío de Cristo que se extiende a toda la vida. Cristo sella la definitiva hermandad de la humanidad; cada hombre vale tanto como otro; ‘todos sois uno en Cristo Jesús’ (Gal. 3,28)” (nn. 515, 516).

Requisitos para esta pastoral.

95. Esta pastoral, que nuestras circunstancias de crisis política y social nos pide con urgencia, exige varios requisitos indispensables para su eficacia. He aquí algunos:
• Mucho espíritu de oración y de discernimiento frente a los acontecimientos.
• Mucha claridad y firmeza en los criterios y valores evangélicos y búsqueda de mayores conocimientos sobre puntos de mayor confusión, como fe y política, compromiso histórico, cristianismo e ideología, violencia, etc.
• Mucho respeto a la diversidad de opciones y de carismas que el mismo Espíritu suscita para ir haciendo de la misma historia humana su misma historia de salvación. Mucha limpieza mental y espiritual, a fin de alejar de nosotros prejuicios contra personas o instituciones. Porque no se trata de empujar para que se metan a las organizaciones políticas ni presionar para que se salgan de ellas o abandonen sus opciones , sino, más bien, ayudarles para que, a partir de valores del evangelio, evalúen y cuestionen continuamente sus propias opciones. La evaluación y el cuestionamiento pueden ser: sobre sus propios comportamientos personales, sobre los criterios de grupo, sobre las consecuencias de sus acciones, sobre la misma complejidad de la política. Ya que la política es muchos más amplia y compleja de lo que presentan sus opciones personales o de grupo.
• Mucho espíritu de entre y de sacrificio. Entiendo que este tipo de pastoral supone riesgos y señalamientos, acusaciones falsas, pero creo necesaria esta pastoral porque el momento la exige.
• Profundo sentido de jerarquía y equidad. Al animar a los sacerdotes a este tipo de pastoral y al brindarles mi apoyo y comprensión les pido, por el honor de la Iglesia y el bien de nuestro pueblo, que no sea nunca una pastoral tomada superficialmente y con criterios personalistas, o al azar como dejándose arrastrar por ímpetus, tal vez muy generosos pero, a veces, ingenuos e imprudentes, sino que se sometan a una planificación en comunión con su Obispo para que sea una respuesta de Iglesia y como Iglesia.

CONCLUSIÓN.

Una Iglesia local en comunión con la Iglesia universal.

96. He tratado de presentar, con mirada pastoral, la realidad en crisis de nuestro querido país y el servicio que nuestra Iglesia puede y debe prestarle como colaboración a los esfuerzos que todas las energías vivas de la patria pueden y deben prestar. Dentro de un diálogo abierto y franco, que necesita con trágica urgencia la patria, esta Carta Pastoral –escrita bajo la guía del magisterio del Papa y de la Iglesia latinoamericana reunida en Puebla y sugerida también por valiosas aportaciones de nuestras comunidades locales- significa la opinión sincera de nuestra Arquidiócesis.

Se la atiendo a no, esta Carta Pastoral significa para mí pastor de la Arquidiócesis, la satisfacción de haber hecho un esfuerza por reunir en ella las verdaderas intenciones que inspiran la llamada línea pastoral de la Arquidiócesis. La ofrezco con devoción filial a la Madre Iglesia universal, como la aportación de toda nuestra Iglesia local a la renovación que promovió el Concilio Vaticano II y que Medellín y Puebla encarnaron en la Iglesia de este Continente.

Este es el lugar para agradecer las múltiples demostraciones de apoyo y solidaridad que han enviado, desde diversas procedencias de América y del mundo en apoyo de los esfuerzos pastorales de nuestra Arquidiócesis, Conferencias Episcopales, Señores Cardenales, Arzobispos, Obispos, Presbiterios, Comunidades Religiosas y de Laicos y de organismos y personas particulares de carácter ecuménico y profano. Les agradezco ante el Señor que es el único que puede comprender la magnitud de esta confluencia de la catolicidad de la Iglesia y del sentido humano universal, como una aprobación de autenticidad a una Iglesia particular.

Presentación del documento de Puebla a la Arquidiócesis.

97. Presentar a la Arquidiócesis oficialmente el documento de la Tercera Conferencia Episcopal de América Latina reunida en Puebla, ha sido, como lo dije desde el principio, un objetivo central de este documento pastoral. Y, al presentarlos, haciéndolo base de toda su elaboración, hago un llamamiento a todos los sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos para que lo asimilemos cada día mejor en conocimiento y realización, a fin de que se cumpla en la Arquidiócesis el deseo del Padre Santo expresado en su carta de aprobación.

La experiencia de tantos pastores que, en América Latina, viven circunstancias parecidas a El Salvador, nos enseña, en el magisterio conjunto de ese documento, a analizar nuestra situación y a ofrecer nuestra contribución específica de Iglesia en la crisis del país. Naturalmente que no son normas cerradas a la creatividad y originalidad de las diversas Iglesias latinoamericanas, cuya belleza está en la pluriforme fisonomía que les marca la diversidad de idiosincrasia y problemas; pero nos ofrece las pistas más seguras de nuestra propia creatividad. Nos enseña a ser siempre la única Iglesia de Cristo dentro del marco irrepetible de nuestra propia historia salvadoreña.

El Divino Salvador base y cumbre de toda nuestra pastoral.

98. Y es porque, a la base de todo nuestro trabajo de evangelización, está el misterio de Cristo que predicamos, aquel misterio, que, en la teofanía de nuestra fiesta titular, se revela en forma tan clara e inigualable: la credencial del Padre que nos presenta a Cristo como el único Salvador del mundo. Sólo él es el camino de salida hacia la verdadera liberación de los salvadoreños y de El Salvador: “Escuchémoslo”.

La Iglesia es su “cuerpo en la historia”. De tal manera que seremos más Iglesia y ofreceremos mejor nuestra contribución específica de Iglesia para la liberación de nuestro pueblo, cuanto más nos identifiquemos con él y seamos dóciles instrumentos de su verdad y de su gracia.

El éxtasis final de Pablo VI y el punto de partida de Juan Pablo II.

99. Es oportuno y grato recordar, a un año exactos de su muerte, que éste fue el testimonio final de S. S. Pablo VI, el Papa humilde que puso al servicio de Cristo sus luminosos talentos y, por eso, pudo presentar al mundo, bajo su pontificado, la gloria luminosa de una Iglesia que, en medio de los formidables conflictos actuales, no perdió su identidad y por eso fue y sigue siendo “columna de la verdad”. Su último mensaje del Ángelus, que ya no pudo rezar en este mundo, fue el éxtasis de su vida asumida por Cristo en la teofanía de aquel 6 de agosto. Su sucesor Juan Pablo II nos orienta en el mismo sentido y el título de su Primer Encíclica es todo un programa de la pastoral actual: “El Redentor del Hombre”.

María, Madre de la Iglesia y Madre de América.

100. No podía yo terminar este reflexión de lo que la Iglesia puede ofrecer al país en sus horas de crisis, sin mencionar lo más tierno y bello de su colaboración: María, Madre de Cristo, Madre de la Iglesia y de América. También Puebla hizo una rica interpretación del papel de María en la obra liberadora de la Iglesia y su providencial presencia en la devoción de nuestros pueblos.

La pastoral de la Iglesia en América Latina cada vez está más convencida de que no puede prescindir de esta devoción del pueblo a la Virgen si quiere ser una pastoral eficaz en el pueblo. De esta devoción mariana dice Puebla que “es una experiencia vital e histórica de América Latina. Esa experiencia, lo señala Juan Pablo II, pertenece a la identidad propia de estos pueblos” (n. 283, citando la homilía del Papa en Zapopan).

El servicio evangélico y la fuerza liberadora que, con María puede prestar la Iglesia a nuestro país, fue descrito por Pablo VI con palabras que tienen un eco muy actual… “Ella es –dijo- una mujer fuerte que conoció la pobreza y el sufrimiento, la huida y el exilio (Cfr. Mat. 2, 13-23); situaciones éstas que no pueden escapar a la atención de quien quiere secundar con espíritu evangélico las energías liberadoras del hombre y de la sociedad” (n. 302). Y Juan Pablo II, recordó como en “El Magnificat, (María) se manifiesta como modelo para quienes no aceptan pasivamente las circunstancias adversas de la vida personal y social, ni son víctimas de la “alineación”, como hoy se dice, sino que proclaman con Ella que Dios ‘ensalza a los humildes’ y, si es el caso, ‘derriba a los potentados de sus tronos’ (n. 297).

Una bendición de optimismo y entusiasmo.

101. Y así, con este pensamiento mariano, en medio de una crisis, que a muchos desespera y a todos aflige, sentimos que la fiesta de la Transfiguración del Señor nos invita a la esperanza de la transfiguración de esta patria, puesta bajo la protección especial del Divino Salvador del Mundo.

Con el optimismo filial de Puebla podemos decir, al mismo tiempo que doy mi bendición a la Arquidiócesis: “Esta es la hora de María, tiempo de un nuevo Pentecostés que Ella preside con su oración, cuando, bajo el influjo del Espíritu Santo, inicia la Iglesia un nuevo tramo en su peregrinar. Que María sea, en este camino ‘estrella de la evangelización siempre renovada’ (E. N. 81)” (n. 303).

En la fiesta del Divino Salvador, Patrono de la Arquidiócesis de San Salvador, seis de agosto de mil novecientos setenta y nueve.

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Tercera carta pastoral – Iglesia y las organizaciones políticas populares

Tercera Carta Pastoral de Monseñor Oscar A. Romero, Arzobispo de San Salvador
Y Primera de Monseñor Arturo Rivera y Damas Obispo de Santiago de María

A nuestros queridos hermanos y hermanas:
El Señor Obispo Auxiliar de San Salvador;
los Presbíteros,
los Religiosos,
las Religiosas
y el Laicado de la Arquidiócesis de San Salvador y de la Diócesis de Santiago de María.

Para ustedes y para todos los hombres de Buena Voluntad.

LA PAZ DE JESUCRISTO, NUESTRO DIVINO SALVADOR.
IGLESIA Y ORGANIZACIONES POLÍTICAS Y POPULARES

A la luz de la transfiguración y del recuerdo de Pablo VI.

Ya habíamos pensado, el Arzobispo de San Salvador y el Obispo de Santiago de María, dirigir a nuestras Diócesis esta Carta Pastoral, al regresar de nuestra visita “ad limina apostolorum” y como un homenaje al Divino Salvador en la fiesta patronal de la Transfiguración.

Pero nunca nos imaginamos que la sorpresiva muerte de Su Santidad Pablo VI, ya de feliz memoria, vendría a avalar con resplandores de nuevas motivaciones una y otra circunstancia.

En efecto, quien hubiera imaginado esta expresiva coincidencia de la pascua de Pablo VI con nuestra fiestas titulares de la Transfiguración. Por eso el último mensaje de su luminoso magisterio, la breve alocución que había escrito para leerla en el “ángelus” del 6 de agosto –se nos ocurre una querida herencia de familia, pues se la inspiró el Divino Patrono de El Salvador: “Aquel cuerpo que se transfigura ante los ojos atónitos de sus discípulos –comentó Su Santidad- es el Cuerpo de Cristo –nuestro hermano, pero es también nuestro cuerpo llamado a la gloria. Aquella luz que lo inunda es y será nuestra parte de herencia y esplendor. Estamos llamados a compartir esta gloria porque somos participantes de la naturaleza divina”. Y tras el éxtasis de la trascendencia que iluminó el último día de su vida mortal, la mirada del Pontífice volvía a la tierra en angustiosa preocupación por los pobres y en un reclamo de justicia social al mundo, al pensar que las circunstancias económicas y sociales no permiten a muchos disfrutar el merecido descanso de las vacaciones anuales festivas.

También nuestra reciente con el Pastor Supremo de la Iglesia y sus sabios consejos pastorales, recobran con su muerte el carácter solemne de una despedida y un testamento. Las mismas perspectivas de trascendencia hacia lo definitivo y eterno y la misma preocupación por las necesidades concretas de nuestro pueblo “confirmaron” nuestro servicio episcopal cuando, aquel inolvidable 21 de junio, nos hablaba con la ternura de un padre que ya presiente cercana la muerte, pero con la firmeza y luminosidad de un profeta que conoce, desde hace mucho tiempo y muy de cerca, la situación histórica de El Salvador y exhorta a sus pastores a guiarlos y confortarlo por los caminos de la justicia y del amor del Evangelio.

Sentimos pues, que la luz con que nuestra carta quiere iluminar el camino de nuestras Diócesis, es la luz auténtica del Evangelio y del Magisterio de la Iglesia. Sentimos que la Transfiguración de Cristo que en la hora suprema de un gran Pontífice iluminó la vocación divina de los hombres y descubrió las desigualdades injustas de la tierra, tiene claridades y energías muy válidas para ofrecer –desde el análisis de los acontecimientos que nos anegan en un mar de amarguras y confusiones- una respuesta eficaz a los serios interrogantes que se nos hacen acerca de un posible camino de salida para el difícil momento que atraviesa el país.

En la línea del Magisterio Universal.

Por eso el Padre nos ofrece al Divino Transfigurado como Hijo de sus complacencias y nos ordena escuchando como Salvador y Maestro del mundo.

La Iglesia, que es prolongación de la enseñanza y de la salvación de Cristo, nunca se ha callado ante situaciones concretas. Los testimonios del Concilio Vaticano II, que siempre fue el punto de referencia del Magisterio de Pablo VI; su aplicación a América Latina en los Documentos de Medellín; los últimos Papas, numerosos episcopados latinoamericanos y la propia tradición de la Iglesia salvadoreña, nos manifiestan que la Iglesia ha estado siempre presente cuando la situación de una sociedad aparece claramente como “situación de pecado” (Med. Paz, 1) y necesita de la iluminación de la Palabra de Dios y de la palabra histórica de la Iglesia. Esta misión profética de la Iglesia en defensa de los pobres, que siempre han sido los privilegiados del Señor g(Pablo VI E.N. I2), cuenta en América Latina apóstoles como Fray Antonio de Motesinos, Fray Bartolomé de las Casas, el Obispo Juan del Valle y el Obispo Valdivieso asesinado en Nicaragua por oponerse al terrateniente y gobernador Contreras.

A estos elocuentes testimonios de la Iglesia Universal y local, unimos hoy nuestra modesta voz. Esperamos que sirva, como nos recomendó Su Santidad, de orientación y de aliento al querido pueblo que servimos como pastores.

La verdad de nuestra intención.

Comprendemos el riesgo de ser mal interpretados o de ser juzgados, por malicia o por ingenuidad, como inoportunos o necios. Pero la verdad de nuestra intención es colaborar a sacudir la inercia de muchos salvadoreños indiferentes a la miseria de nuestro país, sobre todo en el campo. Porque es cierto que hay alguna sensibilidad social acerca de los obreros, o de los pequeños comerciantes que sufren las consecuencias de criminales incendios, y hasta de las densas zonas de mesones y tugurios. Pero nos preocupa la indiferencia que en muchos sectores urbanos se siente ante la miseria campesina. Parece que se ha aceptado ya como destino inevitable que la mayoría de nuestro pueblo sea presa del hambre y del desempleo y que sus sufrimientos, violencias y muertes, principalmente en el campo, se conviertan en rutina y hayan perdido la fuerza para interrogarnos ¿Por qué ocurre eso? ¿Qué tenemos que hacer todos para evitarlos? ¿Cómo podemos responder a la eterna pregunta del Señor a Caín: “¿Qué has hecho a tu hermano?” (Gen. 4, 9)?.

Deber y riesgo de hablar.

También es nuestra intención esclarecer una vez más la posición de la Iglesia ante situaciones humanas que, por su naturaleza, implican problemas económicos, sociales y políticos. Se repite que “la Iglesia se mete en política”, como si eso fuese ya prueba irrefutable de que se ha desviado de su misión. Pero aún más, se la tergiversa y calumnia con el fin de desprestigiarla y enmudecerla porque los intereses de algunos son contrarios a las consecuencias lógicas que de la misión religiosa y evangélica de la Iglesia en el mundo alude también nuestra fiesta patronal cuando Pedro, testigo de la Transfiguración la compara con “la lámpara que luce en la noche” y a la que deben atender los cristianos para no ser seducidos por “Fábulas artificiosas” y opiniones del mundo (2Pedro 1, 19).

Sabemos pues, que lo que tenemos que decir, como toda siembra del Evangelio, correrá la suerte de la semilla de la parábola del sembrador: habrá quienes, aun con buena voluntad, no comprenderán por qué la miseria de los pobres y sobre todo de los campesinos les está lejana y trágicamente forma parte de una historia de su propio país a la que se han acostumbrado. Habrá también quienes “oyendo no entiendan y mirando no vean” (Mt. 13, 14). Habrá también quienes prefieran las tinieblas a la luz porque sus obras eran malas (Jn. 3, 19). Pero, gracias a Dios, estamos seguros también de contar con quienes honesta y valientemente aceptan acercarse a la luz, no adaptarse a este mundo (Rom. 12, 2) y quieran cooperar a “los dolores de parto” de una nueva creación (Rom. 8, 22).

Dos Temas: Organizaciones Populares y violencia.

La realidad de nuestro país y la continua interrogación de nuestros cristianos, especialmente de los campesinos, nos impulsa a iluminar urgentemente y hasta donde sea posible estos dos problemas: el de las llamadas “organizaciones populares”, y que podrían quizá recibir calificativos más precisos de acuerdo con su naturaleza y sus objetivos; y el problema de la violencia que cada día necesita más las distinciones y clasificaciones de una prudente moral cristiana.

Dividiremos pues, nuestra Carta Pastoral en tres partes:

1. Situación de las “organizaciones populares” en El Salvador.
2. Relación entre la Iglesia y las “organizaciones populares”.
3. Juicio de la Iglesia sobre la violencia.

Nuestra limitación llama al Diálogo.

Ante la novedad de estos problemas se comprende la inquietud con que muchos, principalmente campesinos, preguntan: ¿Cómo juzgar las “organizaciones populares “ independientes del gobierno, sobre todo cuando paralelamente y en un cruel antagonismo crecen organizaciones gubernamentales…? ¿Si para ser cristiano hay que enrolarse necesariamente en alguna “organización popular” que busque cambios radicales en nuestro país…? ¿Cómo se puede ser cristiano y aceptar las exigencias del Evangelio sin inscribirse en organizaciones por las que no sienten credibilidad ni simpatías…? ¿Cómo debe un cristiano resolver el conflicto que surge entre la lealtad al Evangelio y las exigencias no evangélicas de una organización…? ¿Cuál es la relación entre la Iglesia y las organizaciones…?

Y acerca de la violencia se pregunta ¿cuáles son, en la situación del país, los límites de lo lícito y de lo ilícito a la luz de la ley de Cristo?.

Los pastores del pueblo tenemos el deber de dar una respuesta cristiana y eclesial a estos problemas que inquietan a tantas conciencias. Pero somos también conscientes de nuestra limitación. El mismo Concilio la reconoce cuando aconseja a los laicos que “no piensen que sus pastores están siempre en condiciones de poderles dar inmediatamente solución concreta en todas las cuestiones, aun graves, que surja” (G. S. 43b). Porque, aunque estos problemas que vamos a tratar son antiguos, muchas de sus expresiones son nuevas en la historia reciente de nuestro país.

Por eso, por lo nuevo del tema y por la natural limitación de los pastores, nuestra Carta Pastoral es muy consciente de que sólo va a ofrecer los principios cristianos de solución y con ellos llamar a todo el Pueblo de Dios a reflexionar desde sus comunidades eclesiales y en común con sus pastores y con la Iglesia Universal sobre estos temas a la luz del Evangelio y desde auténtica identidad de nuestra Iglesia.

Esto no significa una evasión de la gravedad del problema sino seguir el espíritu del Magisterio de la Iglesia que Pablo VI definió así en la carta “Octogesima Adveniens”: “Incumbe a las comunidades analizar con objetividad la situación propia de su país esclarecida mediante la luz de la palabra inalterable del Evangelio, deducir principios de
Reflexión, norma de juicio y directrices de acción según las enseñanzas sociales de la Iglesia… y discernir, con la ayuda del Espíritu Santo, en comunión con los obispo responsables, en diálogo con los demás hermanos cristianos y con todos los hombres de buena volutad, las opciones y los compromisos que conviene asumir para realizar las transformaciones sociales, políticas y económicas que aparezcan necesarias con urgencia en cada caso…” (n. 4).

Para facilitar esta reflexión comunitaria ofrecemos, en un folleto separado, trenzotas aclaratorias (que por tanto no son partes integrantes del texto de nuestra Carta, sino simples notas auxiliares para suscitar opiniones y estimular el estudio). 1- La realidad nacional en que la Iglesia desarrolla su misión; 2- La Palabra de Dios ante la miseria humana; y 3- La doctrina más reciente de la Iglesia. A pesar de los defectos que se puedan encontrar en estas notas, creemos muy conveniente su estudio para entender mejor los problemas de esta Carta en el conjunto de nuestra situación nacional y desde las orientaciones bíblicas y eclesiales. Pues sólo escuchando, por una parte, a partir de los datos y de sus análisis, el clamor de nuestro pueblo y oyendo, por otra parte la Palabra de Jesús y de su Iglesia, podemos encontrar la solución y la respuesta pastoral para los problemas que vamos a tratar.

También recomendamos tener muy en cuenta, para dicha reflexión, las dos primeras Cartas Pastorales del Arzobispo de San Salvador: “Iglesia de la Pascua” y “La Iglesia, Cuerpo de Cristo en la Historia” ya que ellas enfocan ex profeso la naturaleza misma de la Iglesia de las cuales –naturaleza y misión- aquí sólo haremos las referencias necesarias para nuestro tema central.

PRIMERA PARTE
SITUACIÓN DE LAS “ORGANIZACIONES POPULARES” EN EL SALVADOR

En el marco de nuestra realidad nacional, la proliferación de “organizaciones populares” es uno de los acontecimientos a que alude el Concilio cuando, llamando a reflexión y discernimiento a los cristianos, dice: “El Pueblo de Dios movido por la fe… procura discernir en los acontecimientos, exigencias y deseos, de los cuales participa juntamente con sus contemporáneos, los signos verdaderos de la presencia o de los planes de Dios”. (G. S. 11).

No es intención ni competencia de esta Carta Pastoral estudiar los orígenes, la historia y los objetivos de tales “organizaciones”. Solamente queremos, en la primera parte, recordar el derecho humano de organización y denunciar su violación entre nosotros; y, en una segunda parte, confrontar las relaciones entre la Iglesia y las organizaciones populares.

1. El derecho de organización.

La Declaratoria Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, de la cual nuestro país es signatario, y el artículo 160 de nuestra Constitución Política proclaman el derecho de todos los ciudadanos reunirse y a asociarse.

Este derecho, cuya proclamación es un logro de nuestra civilización, ha sido también repetidamente proclamado por la Iglesia: “De la sociabilidad natural de los hombres se deriva el derecho de reunión y de asociación”, dijo el Papa Juan XXIII en la Encíclica “Pacem in terris” (n. 23). El Concilio Vaticano II volvió a recordar que “entre los derechos fundamentales de la persona debe contarse el derecho de los obreros a fundar libremente asociaciones que representen auténticamente al trabajador” (G. S. 68). Y Medellín recordó para nuestro continente que “la organización sindical campesina y obrera, a la que los trabajadores tienen derecho, deberá adquirir suficiente fuerza y presencia en la estructura intermedia profesional” (Justicia n. I2).

2. Su violación en el país.

Lamentablemente entre las declaraciones jurídicas y la realidad concreta de nuestro país, hay una enorme distancia. Es cierto que existe en el país diversas asociaciones políticas, sindicales, obreras, campesinas, culturales, etc. Algunas de estas asociaciones tienen personería jurídica, otras no; algunas de ellas pueden –con o sin personería jurídica- actuar libremente y otras no. Pero ahora no queremos concentrar nuestra atención en el aspecto legal de la personería jurídica. “Nos interesa más bien ver la capacidad real que tiene todo grupo humano de ejercer su derecho natural de asociarse y el apoyo y fuerza coordinadora con que cuenta de parte de una autoridad de auténtico bien común para lograr con mayor plenitud y facilidad su propia perfección” (Concilio G. S. 74). Es aquí, ante este vacío de la realidad, donde tenemos que denunciar la violación del derecho humano de asociación proclamado por nuestra Carta Magna y por un compromiso internacional de nuestro país.

En concreto observamos, sobre este particular, las siguientes tres anomalías:

a) Se discrimina a los ciudadanos.

Lo primero que resalta en un análisis imparcial del derecho de asociación, es que las agrupaciones consonantes con el Gobierno o protegidas por él, funcionan como tales; mientras que las organizaciones que representan una voz discordante a la del Gobierno, ya sea encauzada a través de partidos políticos, de sindicatos industriales, u organizaciones gremiales o campesinas se ven, de hecho, dificultadas o simplemente imposibilitadas de ejercer su derecho a organizarse legalmente, a trabajar por sus objetivos, aunque éstos sean justos.

Es pues, una realidad que viola el derecho fundamental enunciado.

b) Se daña a las mayorías.

Y esta discriminación resulta aún más violatoria de nuestra estructura democrática –no olvidemos que el origen griego de esta palabra “demos” designa la totalidad de los ciudadanos- el hecho, comprobado a diario, de que las minorías económicamente poderosas pueden organizarse en defensa de sus intereses minoritarios y, muchas veces, con desprecio de los intereses de la mayoría del pueblo.

Ellos pueden montar campañas publicitarias hasta de oposición al Gobierno; ellos pueden influir en piezas importantes de la legislación como en el caso de la transformación agraria y de la ley de defensa y garantía del orden público. Mientras que otros grupos, en la base del pueblo, sólo encuentran dificultades o represión, cuando quieren defender organizadamente los intereses de las mayorías.

Esta situación trae a nuestro pueblo por lo menos estos dos grandes daños: el desprecio a su dignidad, a su libertad, y a su igualdad en la participación política; y la falta de protección a los más necesitados.

“La aspiración a la igualdad y la aspiración a la participación son dos formas de la dignidad del hombre y de su liberad”, dijo Pablo VI en la “Octogesima Adveniens” (n. 22).

En efecto, salta a la vista, en este estado de cosas, la enorme desigualdad en que quedan los ciudadanos a nivel de participación política según pertenezcan a las minorías poderosas o a las mayorías necesitadas y según goce o no de la aprobación oficial.

Y, en cuanto a la desprotección de los necesitados, recordemos, como lo hicimos en nuestro mensaje del 1º de enero, que en el origen histórico de las verdaderas leyes está la protección de los más desvalidos, de aquellos que sin la ley son más fácilmente presa de los poderosos. Así también la protección hacia los más desvalidos es el origen histórico de las diferentes agrupaciones de las mayorías, de los sindicatos modernos de obreros y campesinos. Lo que las ha forzado a asociarse en primer lugar no es meramente el derecho cívico de participar en la gestión de la política y economía del país, sino la simple necesidad vital de subsistir, de ejercer sus derechos para que sus condiciones de vida se hagan, al menos, tolerables. Así, en la necesidad vital es donde coinciden la necesidad de legislación y la necesidad de organización. Y por ello resulta tan absurdo el que sin discernir lo falso de lo verdadero, se repriman indiscriminadamente como fuerzas clandestinas de subversión las luchas de quienes realmente quieren mejorar la sociedad y sus leyes para que sus beneficios e ideales no marginen a quienes también contribuyen a producir la riqueza –mucha o poca- del país.

c) Se provoca el enfrentamiento de los campesinos.

Tampoco podemos ignorar, aún sin entrar en mayor detalles, el trágico espectáculo que se está ofreciendo, en el país, entre organizaciones fundamentalmente integradas por campesinos y campesinas que luchan entre sí y que últimamente están en pugna violenta.

Lo más grave es que no son –únicamente o fundamentalmente- ideologías las que han logrado desunirlas y enfrentarlas. No es que los miembros de estas organizaciones piensen en su mayoría de forma distinta sobre la paz, sobre el trabajo, sobre la familia. Lo más grave es que a nuestra gente del campo la esté desuniendo precisamente aquello que la une más profundamente: la misma pobreza, la misma necesidad de sobrevivir, de poder dar algo a sus hijos, de poder llevar pan, educación, salud a sus hogares.

Lo que pasa es que, para salir de la misma miseria, unos se dejan seducir por ventajas que les ofrecen organizaciones progubernamentales en las que, a cambio, se les utiliza para distintas actividades de represión que incluyen con frecuencia, delatar, atemorizar, capturar, torturar y, en algunos casos y situaciones, asesinar a sus mismos hermanos campesinos. Otros militan en organizaciones independientes del Gobierno u opuestas a él en busca de cambios más eficaces de su precaria situación. Finalmente merecen especial atención los grupos de comunidades cristianas a las que muchas veces se ha querido manipular y mal interpretar. Estos grupos se reúnen a reflexionar sobre la Palabra de Dios que, si es una palabra encarnada en la realidad, siempre despierta la conciencia cristiana del deber de trabajar por un país más justo según las opciones concretas políticas que le inspiren su misma fe y su conciencia.

3. ¿Por qué el derecho de organización?; y ¿Por qué pensamos preferentemente en los campesinos?

Es muy doloroso tener que presentar al Divino Patrono de la Nación en sus fiestas titulares, un campesinado que paradójicamente se organiza para dividirse y destruirse. Por eso, al recordar aquí, pensando esta vez preferentemente en los campesinos, el derecho fundamental que todos los hombres tienen para organizarse, queremos invitarlos a elevar las mentes y los corazones hasta nuestro Divino Salvador. El es la explicación suprema de todos los derechos y de todos los deberes que regulan las relaciones de los hombres.

El no es Dios de muerte ni de enfrentamientos fratricidas. El nos hizo de naturaleza social no para destruirnos en organizaciones antagónicas, sino para que complementáramos nuestras limitaciones con la fuerza de todos en el amor. Bajo la ley de su justicia y su mandato nuevo del amor deben usarse los derechos humanos para que no se conviertan en fuerzas fraticidas. La organización no es un derecho absoluto que legitime fines o métodos injustos, sino un derecho de aunar esfuerzos para lograr por medios honestos finalidades también honestas y de bien común.

La organización es un derecho que debe realizarse sobre la base de la organización de la persona. El criterio de organización en cualquiera de sus niveles políticos, culturales o gremiales es la defensa de los legítimos intereses, estén éstos o no en una determinada legislación o interpretación de ella.

Por esto mismo declaramos, a propósito del derecho de organización, nuestra conformidad con la Constitución cuando recuerda los límites de lo moral y el repudio de doctrinas anárquicas en el uso de los derechos. Efectivamente nuestra intención al defender el derecho de asociación de todos los salvadoreños, enfatizado sobre nuestro campesinado, no es amparar agrupaciones de terror ni afiliaciones a fuerzas anárquicas o ideológicas irracionales subversivas. Muchas veces hemos denunciado ya todo fanatismo de la violencia o del odio de clases y hemos repetido el principio de nuestra moral cristiana de que el fin no justifica los medios criminales y de que no existe una libertad para perpetrar el mal.

Pero, por eso, defendemos el derecho de las justas reivindicaciones y denunciamos que, con un simplismo peligroso y mal intencionado, se las quiera confundir y condenar como terrorismo o subversión ilícita.

Nadie puede, por tanto, privar a los hombres del derecho de organización y menos a los pobres porque proteger a los débiles es la razón principal d las leyes y de la organización.

Por eso, hemos dicho que queremos subrayar en esta Carta el derecho de organización de los campesinos porque son hoy los que más dificultades tienen para ejercer ese derecho.

Históricamente son los campesinos por quienes menos se ha preocupado la sociedad. Juan XXIII, que nunca se avergonzó de su origen campesino, abogó por los cambios necesarios para que los campesinos “no padezcan un complejo de inferioridad” (Mater et Magistra n. 125) y aconsejó que “eran muy conveniente que se asociaran…, porque, como se ha dicho con razón, en nuestra época las voces aisladas son como voces dadas al viento” (ibid n. 146). El Concilio Vaticano II recordó que los campesinos no sólo quieren mejores condiciones de vida sino también “participar activamente en la ordenación de la vida económica, social, política y cultural” (G. S. 9). Y Pablo VI en su viaje a Colombia afirmó solemnemente ante los campesinos de Mosquera: “Habéis tomado conciencia de vuestras necesidades y de vuestros sufrimientos y, como otros muchos en el mundo, no podéis tolerar que estas condiciones perduren siempre sin poner solícito remedio”. Y les recordó que debían pertenecer a la familia humana sin discriminaciones, en un plano de hermandad (Disc. A los camp. Agosto 1968).

Por ello Medellín recalcó este derecho (Justicia nn. 11 y 12) y desde diversos Episcopados Latinoamericanos lo han repetido (por ejemplo: Colombia, Julio de 1969. Honduras 8 de Enero de 1970. Perú 4 de diciembre de 1975, etc). También nuestra Conferencia Episcopal se pronunció ya claramente en defensa del derecho de asociación de los campesinos. Consecuentes con esa posición de nuestro Episcopado, no dudamos en reafirmar el derecho de organización para los hombres y mujeres del campo e incluso animar a que existan esas organizaciones, no lo hacemos, al hablar como pastores con una visión política determinada, sino con la visión cristiana de que los pobres tengan la suficiente fuerza para no ser víctimas de los intereses de unos pocos, como lo demuestra la historia (Medellín Paz nn. 20 y 27).

SEGUNDA PARTE
RELACIONES ENTRE LA IGLESIA Y LAS ORGANIZACIONES POPULARES

Un problema nuevo.

Ya no se trata de la posición de la Iglesia ante los diversos partidos políticos, pues ésta ya ha sido estudiada y es conocida. Se trata de cómo la Iglesia debe mirar y cumplir sumisión específica en este proceso de organización que está surgiendo tan notoriamente en nuestro pueblo, principalmente entre los campesinos. Se podría pensar con razón que esta proliferación de organizaciones populares constituye, entre nosotros, uno de esos “signos de los tiempos” que retan a la Iglesia a desarrollar su capacidad y su obligación de discernimiento y orientación a la luz de la Palabra de Dios que se le ha encomendado aplicar a los problemas de la historia.

Se trata pues, como ya lo dijimos, de un problema nuevo tanto para la Iglesia, como para las mismas organizaciones y para la sociedad en general. Por eso, la reflexión de todos, con la ayuda del Espíritu Santo y en comunión con los obispos responsables, tal como nos aconseja la Carta “Octogesima Adveniens” de Pablo VI, ya recordada arriba, será aquí un camino seguro de compresión y equilibrio evangélico entre la identidad y el deber de la Iglesia y las inquietudes sociales y políticas de los sectores populares.

Haremos, en primer lugar, tres declaraciones de principios (I) y después las aplicaciones a nuestra situación (II).

I- TRES DECLARACIONES DE PRINCIPIOS

Desde dos niveles se pueden considerar las relaciones de la Iglesia con las organizaciones populares: a niveles más concretos y a nivel más fundamental.

A niveles más concretos y que dependen mucho de Coyunturas y procesos históricos, es decir, cuando tiene que asesorar o dar consejos a quienes le pidan orientación evangélica acerca de compromisos políticos concretos, la Iglesia debe estudiar pastoralmente la situación en cada caso, respetar un legítimo pluralismo de soluciones, sin identificarse con ninguna de ellas porque debe también respetar la autonomía que tienen las Opciones políticas más concretas.

Por lo que toca al nivel fundamental de la relación de la Iglesia con cualquier tipo de organización humana que tiene objetivos de Reivindicaciones sociales y políticas, queremos declarar estos tres principios relacionados con nuestro problema:

1. La Naturaleza propia de la Iglesia.

El primer principio que queremos recordar lo tomamos textualmente del concilio Vaticano II (G. S. 42): “La misión propia que Cristo confió a su Iglesia no es de orden político, económico o social. El fin que le asignó es de orden religioso. Pero precisamente de esta misma misión religiosa derivan funciones, luces y energías que pueden servir para establecer y consolidar la comunidad humana según la ley divina”.

En las dos primeras Cartas Pastorales del Arzobispo de San Salvador pueden estudiarse estos aspectos más religiosos del misterio eclesial que no son el objeto directo de esta Carta, pero que los tenemos muy en cuenta para mantener la verdadera naturaleza y misión de la Iglesia en sus relaciones con otras organizaciones humanas.

Pablo VI en la exhortación “Evangelii Nuntiandi” (nn. 13 y 23) describe los dos principales vínculos religiosos que dan cohesión y estilo muy propio a la comunidad Iglesia: “Quienes acogen con sinceridad la Buena Nueva, mediante tal acogida y la participación en la fe, se reúnen en le nombre de Jesús para buscar juntos el Reino, construirlo, vivirlo. Ellos constituyen una comunidad que es a la vez evangelizadora… Tal adhesión, que no puede quedarse en algo abstracto y desencarnado, se revela concretamente por medio de una entrada visible, en una comunidad de fieles. Así pues, aquellos, cuya vida se ha transformado, entran en una comunidad, que es en sí misma signo de la transformación, signo de la novedad de vida: la Iglesia signo visible de la salvación. Pero a su vez, la entrada en la comunidad eclesial se expresará a través de muchos otros signos que prolongan y despliegan el signo de la Iglesia. En el dinamismo de la evangelización, aquel que acoge el Evangelio como palabra que salva lo traduce normalmente en estos gestos sacramentales: adhesión a la Iglesia, acogida de los sacramentos que manifiestan y sostienen esta adhesión, por la gracia que confieren”.

No se debe pues perder de vista esta tarea específica de la Iglesia: la evangelización que por la Palabra de Dios crea una comunidad-Iglesia unida entre sí y con Dios mediante signos sacramentales, siendo el principal de ellos la Eucaristía. Por eso el Concilio sintetiza: “La Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (L.G. 1).

Pero, al aceptar esta Palabra de Dios, los hombres experimentan que se trata de una Palabra que concientiza y exige, es decir, los hace conscientes de lo que es el pecado y de los que es gracia, de lo que hay que combatir y de lo que hay que construir en la tierra; es una Palabra que exige a la conciencia y a la vida no sólo juzgar al mundo con los criterios del Reino de Dios sino a actuar de conformidad. Es una Palabra de Dios que no sólo se debe escuchar sino también realizar.

Esto es lo que ha venido haciendo la Iglesia en sus planes de pastoral: congregar a los hombres en torno de la Palabra de Dios y de la Eucaristía. Y no podemos renunciar a este derecho que es también un deber exigido por la misma naturaleza y misión de la Iglesia. A estos planes de pastoral pertenece nuestro esfuerzo por crear y fomentar las “Comunidades Eclesiales de Base” (CEB). Es el tipo de comunidad organizada que surge alrededor de la Palabra de Dios que convoca, concientiza y exige; y alrededor de la Eucaristía y demás signos sacramentales para celebrar la vida, la muerte y la resurrección de Jesús, celebrando a la vez el esfuerzo humano por abrirnos al don de una humanidad mejor. De estas “Comunidades Eclesiales de Base” dijo Pablo VI, “…nacen de la necesidad de vivir todavía con más intensidad la vida de la Iglesia; o del deseo y de la búsqueda de una dimensión más humana que difícilmente pueden ofrecer las comunidades eclesiales más grandes… Estas comunidades son un lugar de evangelización, en beneficio de las comunidades más vastas, especialmente de las Iglesias particulares, y una esperanza para la Iglesia Universal” (E. N. 58).

Estas comunidades se deben mantener y fortalecer porque son células vitales de la Iglesia. Ellas mismas realizan el concepto de Iglesia y su misión específica. Los pastores y sus colaboradores deben cuidar de mantener esa identidad y esa misión en toda su pureza y autonomía para que no se confunda con otras organizaciones ni mucho menos se deje manipular por ellas.

Por esto es muy conveniente que los pastores y demás agentes de la pastoral tengan en cuenta las oportunas advertencias que el mismo Pablo VI y los obispos sinodales de 1974 hicieron al señalar los peligros muy posibles que pueden desvirtuar la naturaleza eclesial y los objetivos evangelizadores de estas comunidades. Entre estas advertencias queremos destacar, a propósito de nuestro tema, la de “no dejar aprisionar por la polarización política o por las ideologías de moda, prontas a aprovechar del inmenso potencial humano de estas comunidades” (E. N. 58).

Pero la Iglesia sabe por su experiencia histórica que la comunidad típicamente eclesial puede también suscitar vocaciones cristianas explícitamente políticas. Hemos dicho que la Palabra de Dios que alimenta la comunidad eclesial es una palabra concientizadora y exigente, que no debe sólo escucharse sino también realizarse. Y esa exigencia y realización puede despertar en un cristiano el compromiso político. Más aún, el mismo Concilio recomienda: “hay que prestar gran atención a la educación cívica y política, que hoy día es particularmente necesaria para el pueblo, y sobre todo para la juventud, a fin e que todos los ciudadanos puedan cumplir su misión en la vida de la comunidad política. Quienes son o pueden llegarán a ser capaces de ejercer ese arte tan difícil y tan noble que es la política, prepárense para ella y procuren ejecutarla con olvido del propio interés y de toda ganancia venal” (G. S. 75).

En el caso en que surjan vocaciones políticas en la comunidad eclesial, la Iglesia ya no tiene un rol específico en cuanto a los medios concretos que se elijan para alcanzar una sociedad más justa. Respetando la autonomía de la política seguirán manteniéndose ella misma en su fisonomía específicamente eclesial tal como queda descrita.

2. La Iglesia al servicio del Pueblo.

El segundo principio que debemos declarar es que la Iglesia tiene una misión de servicio al pueblo. Precisamente de su identidad y misión específicamente religiosa “derivan funciones, luces y energías que pueden servir para establecer y consolidarla comunidad humana según la ley divina” (G. S. 42).

A la Iglesia le compete recoger todo lo que de humano haya en la causa y lucha del pueblo, sobre todo de los pobres. La Iglesia se identifica con la causa de los pobres cuando éstos exigen sus legítimos derechos. En nuestro país, estos derechos, en la mayoría de los casos, son apenas sólo derechos a la supervivencia, a salir de la miseria.

Esta solidaridad con los objetivos justos no está condicionada a determinar organizaciones. Llámense cristianas o no, están protegidas, legal o realmente, por el Gobierno o sean independientes u opuestas, a la Iglesia sólo le interesa una condición: que el objetivo de la lucha sea justo para apoyarlo desde afuera de su Evangelio. Así como también denunciar con sincera imparcialidad lo que es injusto en cualquiera organización donde se detecte. En virtud de este servicio que la Iglesia debe prestar, desde su fe, a la sed de justicia de los hombres, se pronunció en Medellín, como línea de pastoral latinoamericana, “alentar y favorecer todos los esfuerzos del pueblo por crear y desarrollar sus propias organizaciones de base, por la reivindicación y consolidación de su derechos y por la búsqueda de una verdadera justicia” (Paz n. 27).

La Iglesia no ignora la complejidad de la actuación política; ella –lo reiteramos nuevamente- no es ni debe ser experta en ese tipo de actuación, pero puede y debe dar un juicio sobre las intenciones globales y los mecanismos concretos de los partidos y organizaciones precisamente por su interés en una sociedad más justa, ya que las esperanzas económicas, sociales, políticas y culturales de los hombres no son ajenas a la liberación definitiva por Jesucristo, que es la esperanza trascendente de la Iglesia. (Cfr. Pablo VI E. N. 29-36).

A esta opción tampoco puede renunciar la Iglesia: a defender la causa del débil y objetivamente necesitado, cualesquiera que sean los grupos o personas que reivindiquen esas justas causas.

“Es bien sabido –comentaba Pablo VI- en qué términos hablaron numerosos Obispos de todos los continentes, durante el Sínodo (de 1974), con un acento pastoral en el que vibraban las voces de millones de hijos de la Iglesia que forman tales pueblos. Pueblos, ya lo sabemos, empeñados con todas sus energías en el esfuerzo y en la lucha por superar todo aquello que los condena a quedar al margen de la vida: hambre, enfermedades crónicas, analfabetismo, depauperación, injusticia en las relaciones internacionales y, especialmente, en los intercambios comerciales, situaciones de neocolonialismo económico y cultural, a veces tan cruel como el político, etc. La Iglesia, repitieron los Obispos, tienen el deber de anunciar la liberación de millones de seres humanos, entre los cuales hay muchos hijos suyos; el deber de ayudar a que nazca esta liberación, de dar testimonio de la misma, de hacer que sea total. Todo esto no es extraño a la evangelización” (E. N. 30).

En este servicio de solidaridad con las causas justas de los pobres, no hemos descuidado los reclamos de sus deberes y las exigencias de respeto a los derechos ajenos. En las mediaciones de conflictos, en las denuncias de atropellos a la dignidad, a la vida o a la libertad y en otras actuaciones de este servicio al pueblo, hemos tratado de ser justos y objetivos y jamás nos ha movido ni hemos predicado el odio o el resentimiento, sino que hemos llamado a conversión y hemos señalado la justicia como base indispensable de la paz que es el verdadero objetivo cristiano. La Iglesia cuenta también, entre sus tareas de servicio al pueblo, incontables obras de beneficencia, de promoción y de educación cristiana de los pobres, obras que desmienten a quienes la culpan de sólo instigan y no hacer.

3. Inserción de las esfuerzos liberadores en la Salvación Cristiana.

Este es el tercer principio que, a nivel fundamental, orienta nuestra reflexión sobre las relaciones entre la Iglesia y las organizaciones populares.

Estas organizaciones son esfuerzos de reivindicaciones sociales, económicas y políticas del pueblo, especialmente de los campesinos. La Iglesia, hemos dicho, alienta y fomenta los anhelos justos de organización y apoya, en lo que tienen de justo, sus reivindicaciones. Pero no estaría completo el servicio de la Iglesia a estos esfuerzos legítimos de liberación si no los ilumina con la luz de su fe y de su esperanza cristiana, enmarcándolos en el designio global de la salvación operada por el Redentor Jesucristo.

El designio global de liberación que la Iglesia proclama:
a) Abarca al hombre entero, en todas sus dimensiones, incluida su apertura al absoluto que es Dios. Va, por tanto, unido a una cierta concepción del hombre… concepción que no puede sacrificarse a las exigencias de una estrategia cualquiera, de una praxis o de un éxito a corto plazo;
b) Está centrado en el Reino de Dios; no circunscribe su misión al sólo terreno religioso, pero “reafirma la primacía de la vocación espiritual del hombre” y anuncia la salvación en Jesucristo;
c) Procede de una visión evangélica del hombre, se apoya en motivaciones profundas de la justicia en la caridad, entraña una dimensión verdaderamente espiritual y su objetivo final es la salvación y la felicidad en Dios;
d) Exige una conversión de corazón y de mente y no se satisface con sólo cambiar estructuras;
e) Y excluye la violencia, la considera “no cristiana ni evangélica”, ineficaz y no conforme con la dignidad del pueblo (Cfr. E. N. 33-37).

Si la Iglesia, por apoyar a cualquier grupo en sus esfuerzos de liberación temporal, perdiera esta perspectiva global de la salvación cristiana, entonces “la Iglesia perdería su significación más profunda, su mensaje de liberación no tendría ninguna originalidad y se prestaría a ser acaparado y manipulado… no tendría autoridad para anunciar, de parte de Dios, la liberación…” (E. N. 32).

En cambio, cultivando en el corazón de los hombres la fe y la esperanza de ese designio global de la salvación en Cristo, la Iglesia predica las verdaderas razones de vivir y pone las motivaciones más sólidas para sentirse libre de verdad y para trabajar con serenidad y confianza en la verdad y para trabajar con serenidad y confianza en la verdadera liberación del mundo. Haciéndolo así, la Iglesia “suscita cada vez más cristianos que se dediquen a la liberación de los demás; a estos cristianos “liberadores” les da una inspiración de fe, motivación de amor fraterno, una doctrina social a la que el verdadero cristiano no sólo debe prestar atención sino que debe ponerla como base de su prudencia y de su experiencia para traducirla concretamente en categoría de acción, de participación y de compromiso” (Pablo VI E. N. 38).

Fue un carisma de Pablo VI.

Al finalizar esta declaración de principios, de donde podemos con menos dificultad derivar aplicaciones a las relaciones entre Iglesia y organizaciones de reivindicación social, nuestro pensamiento se detiene reverente y agradecido ante la memoria inmortal del Papa Pablo VI. Agradecimiento por la carismática luminosidad de su magisterio doctrinal y por el amor pastoral que explicitó para nuestro pueblo salvadoreño.

Su magisterio, dotado de una maravilloso carisma al exponer la teología de la Iglesia y sus relaciones con el mundo, ha iluminado la reflexión de nuestro tema y puede seguirnos guiando, con sus numerosos documentos eclesiológicos y sociales, en la reflexión a que hemos invitado a toda la comunidad de nuestra Diócesis para ir precisando más la doctrina, los compromisos y actuaciones en este delicado campo.

Y el amor pastoral que el Papa nos explicó como un encargo testamentario para El Salvador, estimula nuestros sentimientos pastorales hacia una comprensión y apoyo equilibrado a las justas reivindicaciones que con angustia y esperanza busca nuestro pueblo.

II- APLICACIÓN A LOS PRINCIPIOS

Con estos tres criterios eclesiológicos que acabamos de declarar, podemos juzgar las relaciones de la Iglesia con los grupos sociales que se organizan para luchar por la justicia en el campo político. Desde estos principios podemos deducir qué pueden las organizaciones esperar y aún exigir a la Iglesia, porque es su misión, y también que no deben esperar de ella porque no es de su competencia.

Prosigamos pues, nuestro diálogo haciendo una aplicación de principios a varios problemas que presentan las relaciones de la Iglesia con las organizaciones populares.

1. Una relación de origen.

Hay organizaciones populares que se reconocen de inspiración cristiana y hasta se denominan como tales. Su origen histórico se entrelaza con la vida y actividad de alguna comunidad cristiana. Este hecho, que no es exclusivo de nuestro tiempo ni de nuestro país, se ha tratado aquí de distorsionar calumniosamente hasta querer identificar a la Iglesia con algunas organizaciones populares y atribuirle la responsabilidad de las opciones concretas que dichas organizaciones han tomado para sus reivindicaciones con plena autonomía y bajo su responsabilidad.

Ya explicamos, como es posible y natural esta relación de origen cuando nos referimos a la fuerza concientizadora y exigente de la Palabra de Dios que alimenta la fe cristiana de la comunidad eclesial. En muchos campesinos esa Palabra hizo crecer paralelamente la toma de conciencia de la fe y de la dimensión de justicia exigida por la fe, la cual puede conducir también a una vocación política.

2. Fe y Política: Unificación pero no Identificación.

Y aquí surge el problema: fe y política deben estar unidas en el cristiano que tiene vocación política, pero no identificarse. La Iglesia desea que ambas dimensiones estén presentes en la vida total de los cristianos, por eso ha tenido que recordar que no es verdadera fe la que vive separada de la vida. Pero también advierte que no se puede identificar la tarea de la fe y una determinada tarea política. El cristiano con vocación política debe procurar lograr una síntesis entre la fe cristiana y la acción política; pero sin identificarlas. La fe debe inspirar la acción política del cristino pero sin confundirse.

Esto es necesario tenerlo muy claro en el caso en que las mismas personas que pertenecen a comunidades eclesiales pertenecen también a organizaciones políticas populares. Si estas personas no tienen en cuanta la distinción entre su fe cristiana y su organización política, pueden caer en estos dos errores: o sustituir lo típico de la fe y de la justicia cristiana por lo típico de una determinada organización política; o afirmar que sólo dentro de una determinada organización se puede desarrollar la exigencia cristiana de justicia que proviene de la fe.

3. Lo que se puede y no se puede exigir a la Iglesia.

Por ello, cuando los cristianos se organizan en cualquier tipo de asociación: partido político, gremio u “organizaciones populares”, deben ser conscientes de lo específico de la dimensión de la fe y de la dimensión política, y deben respetar por lo tanto, la autonomía de ambas dimensiones. Como organizador políticamente, deben tener idea muy clara de lo que pueden pedir y aun exigir a su Iglesia y también de lo que no le pueden pedir porque le pedirán lo que no les puede dar y porque comprometerían seriamente la legítima autonomía de la dimensión política.

En todo lo que hemos dicho al precisar la naturaleza y la misión de la Iglesia, queda dicho también lo que las organizaciones –sena o no de inspiración cristiana- pueden pedir a la Iglesia. Incluso pueden pedirle que recuerde los derechos cívicos, como el de la organización, la huelga, la manifestación y libre expresión.

Pero ninguna organización, aunque sea de inspiración o nombre cristiano, puede exigir que la Iglesia como tal o sus símbolos más claramente percibidos como símbolos eclesiales (como las ceremonias, la predicación, las procesiones, etc.) se conviertan en mecanismos concretos de propaganda para fines políticos. Ya hemos dicho que la Iglesia por su parte siempre estará dispuesta a hacer uso del único poder que posee, el de su Evangelio para iluminar cualquier tipo de actividad que mejor instaure la justicia.

4. Lealtad del cristiano político a su Fe.

Esto nos lleva a otro problema que queremos plantear con toda sencillez. Para luchar por la justicia en una “organización popular” no es necesario ser cristiano ni reconocer explícitamente la fe en Cristo. Se puede ser un buen político o trabajar bien por la realización de una sociedad más justa sin ser cristiano, con tal que se respete y se tenga en cuenta el valor humano y social de la persona.

Pero los que se profesan cristianos y como tales se organizan, tienen la obligación de confesar su fe en Cristo y de usar, en su actividad social y política, aquellos métodos que están de acuerdo con dicha fe.

Comprendemos que a veces es difícil deslindar lo que es específicamente cristiano de lo que no lo es, pues también la fe cristiana, por ser histórica, debe confrontarse con nuevas situaciones que exigen nuevas respuestas. Comprendemos, por lo tanto, la confusión que puede originar una nueva situación. Pero una cosa debe quedar bien clara: que lo último y absoluto de un cristiano, integrado también en una actividad política, debe ser la fe en Dios y la exigencia a realizar la justicia según el Reino de Dios.

Comprendemos también que la actividad política tiende a absorber e incluso a monopolizar el interés de las personas. Es éste un fenómeno normal de entusiasmo humano, y de ahí que surja a veces la tensión entre dos lealtades: la lealtad a la fe y la lealtad a la organización. A veces no será fácil vivir esa tensión y aquí también, como en todo lo nuevo, habrá que ir aprendiendo a vivir en ella. Pero es nuestro deber pastoral, aun comprendiendo las dificultades expuestas, recordar que cualquiera que sea esa tensión entre las dos lealtades, la lealtad definitiva y última de un cristiano no puede ser a una organización por más ventajas que ofrezca sino a Dios y a los pobres que son “los hermanos más pequeños” de Jesucristo.

5. Autenticidad, no Instrumentalización.

Por ello, estimulamos a los cristianos pertenecientes, de derecho o de hecho, a cualquier organización de justas reivindicaciones sociales, políticas y económicas, a mantener explícita su fe, a que ella sea su último marco referencial y a que crezca en ella. Pero en sus convicciones teóricas y en los mecanismos y detalles concretos no caigan en la tentación del orgullo y de la intransigencia, como si la legítima opción política que su fe les inspiró fuera el único modo de realizar con intensidad el trabajo por la justicia.

Les recordamos también el deber de explicar su fe mediante una leal solidaridad con la Iglesia y la apertura a la trascendencia de Dios mediante los signos sacramentales de su gracia, la oración y la meditación de la Palabra de Dios. Sólo así se puede garantizar que crezca paralelamente la dimensión del compromiso por la justicia y de la vocación política cristiana. Esta mutua interacción entre la explicitación de la fe y de la dedicación a la justicia, será la garantía de que su fe no es vacía, sino que va acompañada de obras, y a la vez de que se busca en verdad la justicia del Reino de Dios y no otra.

Pero si algunos cristianos, habiendo sido motivados en un principio por su fe cristiana para tomar un compromiso a favor de los pobres, lamentablemente perdieron aquella fe y, la consideran ahora sin valor, los exhortamos a la sinceridad y a no utilizar una fe, que ya no tienen, para conseguir sus objetivos políticos por más justos que fueren.

6. No se puede empujar a todos a la “organización”.

No se puede empujar a un cristiano a participar en un partido u organización política concreta. Hay que tener en cuenta, por una parte, que toda acción humana tiene y no puede evadir una repercusión política en sentido amplio, y por ello es imprescindible cierta política, cierta capacitación de discernir entre unas y otras opciones políticas y sobre todo mucho sentido crítico. Por otra parte, hay que tener en cuenta que no todo cristiano tiene vocación política, es decir, cualidades y deseos para luchar por la justicia desde el campo de la acción específicamente política.

Existen otras cauces para canalizar esta lucha: por ejemplo, una educación liberadora (Medellín), una evangelización no ajena a los derechos humanos ni al proceso de liberación de los pueblos (E. N. 30 y 31).

La política como vocación y dimensión legítima del hombre y del cristiano no tiene derecho a considerarse la única vocación posible para el ineludible deber de todo salvadoreño de trabajar por establecer un orden más justo en el país.

Pero esto lo decimos no para amparar una evasión o una pereza, sino para que cada uno reflexione en la vocación de su vida al servicio de los demás.

7. Sacerdotes y Laicos es colaboración jerárquica.

Ahora queremos dirigirnos a nuestros queridos sacerdotes y a nuestros estimados laicos que como los sacerdotes prestan a la Iglesia un servicio más cerca no a su jerarquía y que, por eso necesita una misión o encargo autorizado por el cual tienen, en la medida de esa misión, cierta función representativa del magisterio y del ministerio de la Iglesia ante el pueblo.

Con gran alegría constatamos que el trabajo de nuestros presbíteros y laicos es cada vez más encarnado y comprometido con las causas del Divino Pastor y de nuestra realidad; cada vez nuestra pastoral va teniendo más en cuenta la liberación integral que nos exige el Evangelio y el magisterio jerárquico de la Iglesia Universal y del Episcopado Latinoamericano reunido en Medellín; cada vez es más claro que el llamamiento a la conversión dirigido a todos los hombres tiene más eficacia y autenticidad cuando sigue la estrategia del Evangelio en dar la Buena Noticia de la salvación a partir de los pobres a quienes también recuerda las exigencias de su conversión (Lucas 4, 18).

Esta es nuestra línea pastoral que encuentra su respaldo más autorizado y más actual en la Exhortación “Evangelii Nuntiandi” de Pablo VI y su aplicación concreta a nuestra Diócesis en la semana de Pastoral en San Salvador (5-10 de enero de 1976). Y de esta línea no podemos apartarnos sin ser infieles a nuestra conciencia y a las esperanzas del pueblo y sobre todo a la Palabra del Señor.

Por eso encarecemos a todos los queridos sacerdotes y laicos cuidar la pureza evangélica de esa línea y, cuidándola así, no tener miedo a la audacia que muchas veces nos exigirá. Comprendemos bien los riesgos que supone esta pureza y esta audacia. Es normal y frecuente que los mismos sacerdotes y sus más íntimos colaboradores laicos, precisamente por interesarse en una evangelización encarnada y comprometida, sientan al vivo los problemas políticos, y, como personas y ciudadanos sientan más simpatías por un partido u “organización popular” que por otros; incluso es comprensible que cuando se les pida, colaboren en orientar cristianamente la dirección de actividades políticas de los cristianos a favor de la justicia.

Pero es nuestro deber recordarles y pedirles que en cualquier trabajo sacerdotal, en cualquier labor pastoral que les pidan las personas, partidos u organizaciones, tengan siempre, como primer objetivo, ser animadores y orientadores en la fe y en la justicia que la fe exige, según los grandes principios cristianos que aquí hemos recordado.

Este es el servicio inapreciable, necesario e insustituible que podemos prestar al mundo. Sobre los problemas concretos que origina la actividad cotidiana política, normalmente habrá políticos y expertos más capacitados para su análisis y sus encauzamientos. En cualquier caso, lo que el sacerdote le toca, es la animación que da el Espíritu del Señor, no una animación desencarnada ciertamente, pero auténtica animación en la fe. Al sacerdote corresponde principalmente mantener viva la norma evangélica de pensamiento y acción, recordar, como Jesús, el amor del Padre a los hombres y urgir el seguimiento de Jesús hacia la implantación del Reino de Dios entre los hombres. El inspirar y acompañar en esta tarea –cuya concreciones siempre serán parciales y limitadas- será de incalculable valor para la fe de toda la Iglesia, para unificar, sin identificaciones ni reduccionismos, la dimensión de la fe y la exigencia de justicia y también –así lo creemos como cristianos- para que los avances reales en la justicia sean según el plan de Dios, sin lo cual ningún mejoramiento social puede ser auténtico ni duradero.

Si, en un caso excepcional, a un sacerdote concreto se le pidiera una mayor colaboración en los mecanismos concretos del quehacer político, además de considerarle como caso excepcional porque actuaría en un papel supletorio, que no le corresponde como algo normal a la vocación y ministerio sacerdotal, tocaría al Obispo, en diálogo sincero con ese sacerdote a la luz de la fe, hacer un discernimiento cristiano sobre el valor apostólico de dicho trabajo.

Los laicos que han sido asumidos al servicio de la Iglesia para una especial misión jerárquica, como los catequistas, celebradores de la Palabra, etc., no deben olvidar esta circunstancia que los constituye representantes conspicuos de la jerarquía, de su ministerio y de su magisterio. Son, como debe ser la jerarquía y el Presbiterio, signo de la unidad de todos los hijos de la Iglesia particular y universal. Esta responsabilidad que los coloca en la dirigencia y en la fuerza unitiva del Pueblo de Dios, los debe hacer muy prudentes al simpatizar o inscribirse en una organización popular. Si la militancia en una organización quita, al agente de pastoral ante el Pueblo de Dios, credibilidad o eficacia, hay una fuerte razón pastoral para optar por una de las dos dirigencia, después de hacer un serio discernimiento ante el Señor.

8. Organizaciones no Cristianas.

Hasta aquí nuestra reflexión acerca de las relaciones de la Iglesia con las organizaciones populares, ha tenido en cuenta principalmente a las organizaciones que se profesan cristianas. Pero no hemos olvidado que muchos otros hermanos salvadoreños militan en organizaciones que se profesan cristianas. Las relaciones de la Iglesia no tienen mucho que cambiar con estas últimas pues tanto para ellas como para las otras su criterio fundamental es lo que ya queda dicho: apoyo al derecho humano de asociación, sobre todo cuando en las circunstancias del país, se considera la “organización popular” como uno de los medios más importantes para la implantación de la justicia; apoyo también a la libertad que cada uno tiene en sus opciones concretas de modo que a nadie se puede obligar a inscribirse en determinado grupo: apoyo a los objetivos justos de cualquier organización; respeto a la autonomía del quehacer político y social de las organizaciones así como ella, la Iglesia, también exige a cualquier persona u organización que le respeten la propia autonomía de su naturaleza y de su misión y que por tanto, no se le use o subordine a ninguna finalidad de la organización. También tiene la Iglesia, el deber y el derecho de ejercer ante cualquier organización, aunque no se profese cristiana, su función profética de animar lo que está conforme con la revelación de Dios en el Evangelio y denunciar todo lo que está en desacuerdo con esa revelación y constituya pecado del mundo.

Existe otra relación más de fondo y de fe entre la Iglesia y las “organizaciones populares” aunque no se profesen cristianas. Y es que la Iglesia cree que la acción del Espíritu que resucita a Cristo muerto en los hombres es más grande que ella misma. Más allá de los límites de la Iglesia hay mucha fuerza de la redención de Cristo; y los intentos libertarios de los hombres y de los grupos, aun sin profesarse cristianos, son impulsados por el Espíritu de Jesús; y la Iglesia tratará de comprenderlos así para purificarlos y animarlos e incorporarlos –al igual que los esfuerzos de los cristianos- en el proyecto de la redención cristiana.

Nos damos cuenta de que, a pesar de nuestra buena voluntad y de nuestro esfuerzo por dar una orientación adecuada a la dimensión política de la fe de nuestros hermanos, principalmente campesinos, todavía flotan muchas interrogantes. Queda pues, por delante un largo camino de reflexión que juntos, Pastores y Pueblo de Dios, y nunca separados de nuestra comunión en Cristo tenemos que recorrer a la luz de nuestra fe y de la realidad social de nuestro país.

TERCERA PARTE
JUICIO DE LA IGLESIA ANTE LA VIOLENCIA

Motivo y esquema de esta parte.

Junto al tema de las organizaciones populares surge espontáneamente el problema de la violencia porque en el esfuerzo por las reivindicaciones sociales, políticas y económicas de estos grupos es natural que ocurra también el recurso a la violencia como una fuerza reivindicativa. Por eso nuestra misión pastoral nos obliga ahora a ofrecer estos elementos de juicio de la moral de la Iglesia para orientar la reflexión de nuestras comunidades.

En esta reflexión ofrecemos:
1. Diversas clases de violencia;
2. Juicio moral de la Iglesia acerca de la violencia; y
3. Aplicación a la situación de El Salvador.

I- NUESTRA REALIDAD Y NUESTRO IDEAL.

Porque, en efecto, qué penoso es tener que ofrecer a nuestro Divino Salvador, junto con la plegaria esperanzada de su pueblo, congregado bajo la luz de la Transfiguración, el horroroso panorama de nuestra realidad nacional manchando de tanta sangre y atropellos a la dignidad, a la libertad y a la vida misma de los salvadoreños. Vivimos en una realidad nacional explosiva, fértil de frutos de violencia. Con frecuencia vemos manifestaciones populares que terminan en derramamiento de sangre de los manifestantes y, a veces, también de miembros de cuerpos de seguridad. Últimamente, en muchos lugares, sobre todo en el campo, se ha venido sucediendo conflictos violentos , que llegan incluso a tomar forma incluso de operativos militares, desplegados en zonas enteras del campo salvadoreño. Son muchos los hogares que lloran víctimas del secuestro, del asesinato, de la tortura, de la amenaza, del incendio criminal, etc.

Ante esta situación que puede llegar a insensibilizar las conciencias, tenemos que volver a repetir aunque sea voz que clama en el desierto, la voz de la Iglesia: “no a la violencia, si a la paz”.

Este ideal de la Iglesia es bien claro por más que la calumnia y la persecución hayan tratado de distorsionarlo:
“Reafirmamos con fuerza nuestra fe en la fecundidad de la paz –fue también la voz del Episcopado Latinoamericano en Medellín- . Ese es nuestro ideal cristiano… no ponemos nuestra confianza en la violencia (Paz nn. 15 y 19).

Hoy cumplimos también, en esta Carta Pastoral, encargo testamentario que nos hizo Pablo VI en la audiencia de nuestra visita “ad limina” el 21 de Junio al recomendarnos la solidaridad pastoral con nuestro pueblo, mencionó el esfuerzo que éste está haciendo por sus justas reivindicaciones y nos encareció orientarlo por el camino de una paz justa y prevenirlo contra la fácil tentación de la violencia y el odio.

1. Diversos tipos de violencia.

Pero si es fácil formular el ideal de la paz, es muy difícil enfrentarse a la realidad de la violencia que históricamente perece inevitable mientras no se eliminen sus causas reales. Pues normalmente y salvo en casos patológicos, la violencia no es una cualidad de hombres que se realizan sometiendo a otros hasta el extremo de humillarlos, herirlos, secuestrarlos, torturarlos o matarlos. La violencia tiene otras raíces que es necesario descubrir. Para ello debemos analizar las diversas formas de violencia, siguiendo un camino abierto por los Obispos de América Latina en Medellín.

a) La “violencia institucionalizada”.

La forma más aguda que presenta la violencia en nuestro continente y también en nuestro país, es la que llamaron los Obispos en Medellín “violencia institucionalizada” (Paz n. 16), producto de una situación injusta en la que la mayoría de los hombres y mujeres –sobre todo de los niños- en nuestro país se ven privados de lo necesario para vivir.

Se expresa esta violencia en las organizaciones y en el funcionamiento diario de un sistema socioeconómico y político que acepta como normal y corriente que el progreso no es posible sino mediante la utilización de las mayorías como fuerza productiva manejada por una minoría privilegiada. Encontraremos históricamente esta clase de violencia siempre que la maquinaria institucional de la vida social funcione en beneficio de una minoría o sistemáticamente discrimine a los grupos o personas que defiendan el verdadero bien común.

Son responsables de esta violencia hecha institución, además de las estructuras internacionales injustas que la condicionan, los que acaparan el poder económico sin compartirlo, “los que retienen celosamente sus privilegios y, sobre todo… los que los defienden empleando ellos mismos medios violentos; y todos los que no actúan a favor de la justicia con los medios de que disponen, y permanecen pasivos por temor a los sacrificios y a los riesgos personales que implica toda acción audaz y verdaderamente eficaz” (Medellín Paz nn. 17 y 18).

Esta “violencia institucionalizada” se da dramática y establemente en nuestro país.

b) Violencia represiva del Estado.

Paralela a la “violencia institucionalizada” suele surgir la violencia represiva, es decir, la empleada por los cuerpos de seguridad del Estado en la medida en que el Estado trate de contener los anhelos de aquellas mayorías, sofocando violentamente cualquier manifestación de protesta ante la injusticia que acabamos de mencionar.

Es una verdadera violencia y es injusta porque con ella el Estado defiende, por encima de todo y con sus poderes institucionales, la pervivencia del sistema socio-económico y político que está vigente, impidiendo toda verdadera posibilidad de que el pueblo, en uso de su derecho primordial de autogobernarse –como sujeto último de la voluntad política-, puede hallar un nuevo camino institucional hacia la justicia.

c) Violencia sediciosa o terrorista.

Existe otra clase de violencia peligrosa que algunos llaman “revolucionaria” pero que preferimos calificarla como terrorista o sediciosa, ya que el término “revolucionaria” no siempre tiene un sentido peyorativo como el que aquí deseamos definir. Se trata de aquella violencia que Pablo VI llamó “las revoluciones explosivas de desesperaciones” (Bogotá, 23-VIII-68, citado en Paz n. I7). Esta violencia suele organizarse e intentarse en forma de guerrilla o terrorismo y equivocadamente es pensada como último y único modo eficaz para cambiar la situación social.

Es una violencia que produce y provoca estériles e injustificables derramamientos de sangre, lleva la sociedad a tensiones explosivas, racionalmente incontrolables y desprecia por principio toda forma de diálogo como posible instrumento solución para los conflictos sociales.

d) Violencia espontánea.

Llamamos violencia espontánea a la que reacciona espontáneamente ano de forma calculada ni organizada, y surge de parte de grupos o persona, cuando son atacadas violentamente al hacer uso de sus derechos legítimos como son: reclamos, manifestaciones, huelgas justas, etc. Por ser espontáneos y no buscada, esta violencia tiene las características de la desesperación y de la improvisación y por eso no puede tener eficacia en el reclamo de los derechos ni en las soluciones justas de los conflictos.

e) Violencia en legítima defensa.

Se da también la violencia en legítima defensa cuando una persona o un grupo repelen por la fuerza una agresión injusta de que han sido objeto. Esta violencia busca anular o por lo menos lograr un control eficaz –no necesariamente la destrucción- del peligro inminente y efectivo que injustamente amenaza.

f) Violencia de la no violencia.

Para completar esta clasificación de la violencia es conveniente agregar la fuerza de la no violencia que encuentra hoy conspicuos estudiosos y seguidores. La recomendación del Evangelio de volver la otra mejilla ante un injusto agresor, lejos de ser pasividad o cobardía, es la manifestación de una gran fuerza moral que deja moralmente vencido y humillado al agresor. “El cristiano es capaz de combatir pero prefiere la paz a la guerra”, se dijo en Medellín aludiendo a esta fuerza moral de la no violencia (Paz n. I5).

II- JUICIO MORAL DE LA IGLESIA SOBRE LA VIOLENCIA

Cuando hacíamos nuestra “visita ad limina”, L’Observatore Romano, vocero oficioso del pensamiento de la Santa Sede, publicaba un valioso artículo sobre la violencia titulado en italiano: “Lo Stato democrático e la violenza” (23-VI-78). Creemos muy oportuno valernos de sus conceptos para actualizar la tradicional doctrina católica sobre la violencia que también recordaron los Obispos en Medellín.

“El recurso a la violencia –comenta L’Observatore- es un triste resabio de las generaciones humanas y una de las señales más evidentes, tanto de la imperfección que acompaña al hombre en cualquier latitud y bajo cualquier régimen, como de la necesidad de recomenzar siempre desde el principio la obra de perfeccionamiento personal y del bien social a fin de contener y disciplinar los instintos que siempre renacen en el hombre y lo conducen a la lucha del hombre contra el hombre”.

Pero a pesar de que la Iglesia considera cualquier tipo de violencia como una señal de “la imperfección que acompaña al hombre”; y, a pesar de recalcar siempre su preferencia y su amor por el ideal de la paz, la Iglesia a cada tipo de violencia da un juicio distinto que va desde la prohibición y condenación hasta la licitud bajo ciertas condiciones:

Enunciamos a continuación unos cuantos principios morales que debe respetar la conciencia de cualquier hombre honrado:
a) La Iglesia ha condenado siempre la violencia buscada en sí misma o usada abusivamente en contra de algún derecho humano, o como primero y único medio para defender y alcanzar un derecho humano. No se puede hacer un mal para alcanzar un bien.
b) La Iglesia permite la violencia en legítima defensa, pero bajo las siguientes condiciones:
– que la defensa no exceda el grado de la agresión injusta (por ejemplo, si basta defenderse con las manos no es lícito disparar un balazo al agresor);
– que se acuda a la violencia proporcionada sólo después de agotar los medios pacíficos posibles;
– y que la defensa violenta no traiga como consecuencia un mal mayor que el que se defiende: por ejemplo una mayor violencia, una mayor injusticia.
c) Por ser raíz de mayores males, la Iglesia ha condenado la violencia institucionalizada, la violencia represiva del gobierno, la violencia terrorista y toda la violencia que pueda provocar una legítima defensa también violenta.
d) El documento de Medellín sobre la paz y citando un texto de la Encíclica “Populorum Progressio” de Pablo VI (n. 31), menciona la legitimidad de una “insurrección” en el caso muy excepcional “de tiranía evidente y prolongada que atentase gravemente a los derechos fundamentales de la persona y damnificase peligrosamente el bien común del país, ya provenga de una persona ya de estructuras evidentemente injustas”. Pero inmediatamente advierte el peligro de engendrar con ello “nuevas violencias… nuevas injusticias… y nueva ruina, lo cual haría condenable también esta insurrección”.
e) Por eso también ha enseñado la Iglesia –y las circunstancias actuales dan una trágica actualidad a esta enseñanza- que un gobierno debe usar su fuerza moral y coactiva para garantizar un Estado verdaderamente democrático, basado en un orden económico justo en el cual se defiendan la justicia y la paz y el ejercicio de los derechos fundamentales de todos los ciudadanos. Así el Gobierno logrará hacer “cada vez más hipotético e irreal el caso en el cual el recurso a la fuerza por parte de los individuos y grupos pueda ser justificado por la existencia de un régimen tiránico en el cual las leyes, las instituciones y el gobierno en vez de reconocer y promover, conculcan las libertades fundamentales y los demás derechos del hombre, reduciendo los súbditos a la condición de oprimidos” (L’Observatore Romano, artículo citado).
f) La Iglesia prefiere el dinamismo constructivo de la no violencia: “El cristiano es pacífico y no se ruboriza de ello. No es simplemente pacifista, porque es capaz de combatir, pero prefiere la paz a la guerra. Sabe que los cambios bruscos y violentos de las estructuras serían falaces, ineficaces en sí mismos y no conformes ciertamente a la dignidad del pueblo” (Paz n. 15).

III- APLICACIÓN A LA SITUACIÓN DE EL SALVADOR

Entresacamos de la doctrina general de la Iglesia sobre la violencia, estas breves aplicaciones y orientaciones para la realidad de nuestra Diócesis.

• Crecer en la Paz.

Proclamamos la supremacía de nuestra fe en la paz y hacemos un llamamiento a todos a hacer esfuerzos positivos en su construcción.

No podemos poner toda nuestra confianza en métodos violentos si somos cristianos de verdad o simplemente hombres honrados.

• Trabajar por la Justicia.

Pero la paz en la que creemos en fruto de la justicia: “opus institiae pax”. Los conflictos violentos como lo muestra un simple análisis de nuestras estructuras y lo confirma la historia, no desaparecerán hasta que no desaparezcan sus últimas raíces. Por lo tanto, mientras se mantengan las causas de la miseria actual y se mantenga la intransigencia de las minorías más poderosas que no quieren tolerar mínimos cambios, se recrudecerá más la explosiva situación y, si se requiere seguir usando la violencia represiva, desgraciadamente no se hará más que aumentar el conflicto y “hacer menos hipotético y más real el caso en el cual el recurso a la fuerza, como legítima defensa, podrá ser justificado”. Por eso creemos que ésta es la tarea más urgente: La construcción de la justicia social.

Todo hombre tiene un potencial de sana agresividad con que la naturaleza lo ha dotado para superar los obstáculos de la vida. El valor, la audacia, el no tener miedo a los riesgos, son virtudes y valores notables de nuestro pueblo, que han de ser incorporados, en la vida de la sociedad, no para segar vidas sino para construir derecho y justicia para todos pero especialmente para quienes hoy parecen marginados de esos bienes.

• Repudio a la Violencia Fanática.

Está haciendo mucho mal a nuestro pueblo esa violencia fanática que casi se hace “mística” o “religión” de algunos grupos o individuos. Endiosan la violencia como fuente única de justicia y la propugnan y practican como método para implantar la justicia en el país. Esta mentalidad patológica hace imposible detener la espiral de la violencia y colabora a la polarización extrema de los grupos humanos.

• Agotar los Medios Legítimos.

Aun en los casos legítimos, la violencia siempre debe ser el último recurso. Antes hay que agotar los medios pacíficos. La hora es explosiva y se necesita mucha cordura y serenidad. Invitamos fraternalmente a todos, pero especialmente a las “organizaciones” que se empeñan en la lucha por la justicia, a que prosigan sin desánimo y con honradez, a tener siempre objetivos justos, y a que hagan uso de los legítimos medios de presión y a no poner toda su confianza en la violencia.

CONCLUSIÓN.

Violentos junto a Cristo.

Queremos terminar nuestra reflexión mirando la espléndida visión de paz que es el Señor Transfigurado. Es notable que los cinco personajes escogidos para acompañar al Divino Salvador en aquella teofanía del Monte Tabor, hayan sido cinco hombres te temperamento y hechos violentos. De Moisés, Elías, Pedro, Santiago y Juan se puede decir lo que dijo Medellín de los cristianos: “no son simplemente pacifistas porque son capaces de combatir, pero prefieren la paz a la guerra”. Jesús encauzó hacia una labor de construcción, de la justicia y de la paz en el mundo, la agresividad de aquellos ricos temperamentos.

Pedimos al Divino Patrono de El Salvador que transfigure también en el mismo sentido el rico potencial de este pueblo con el que quiso compartir su propio nombre.

Ser un instrumento para que realice esta transfiguración de nuestro pueblo es la razón de ser la Iglesia. Por eso hemos tratado de reafirmar su identidad y su misión a la luz de Cristo, porque sólo siendo como El la quiere, podrá prestar, con mejor comprensión y eficacia, su servicio y apoyo a las justas aspiraciones del pueblo.

Este es mijo Amado: ¡Escúchelo!

La voz del Padre en aquella Santa Montaña es el mejor aval de la misión de la Iglesia entre los hombres: señalar a Cristo como el Hijo predilecto de Dios y único Salvador de los hombres y recordar a los hombres el supremo deber de escucharlo si quieren ser de verdad libres y felices.

Escuchémoslo! Tiene mucho que decir al verse rodeado por nuestro pueblo que lo mira con confianza en una de las horas más trágicas e inciertas de su historia.

Creemos interpretar su palabra divina si al terminar esta Carta Pastoral, nos dirigimos:
– A todos nuestros católicos ya a los hermanos de otras iglesias y a todos los hombres de buena voluntad para recordarles que el Señor está presente y que su voz proviene también de la miseria de nuestro pueblo: Oigámoslo: “lo que hagan con uno de estos mis hermanos pequeños conmigo lo hacen” (Mt. 17, 5).
– A los que tienen en sus manos el poder económico les dice el Señor del mundo que no cierren sus ojos en forma egoísta a esta situación y comprendan que sólo compartiendo en justicia y hermandad con los que no tienen pueden cooperar al bien del país y gozar aquella paz y felicidad que no pueden dar la abundancia amontonada a costa de la miseria ajena. Escúchenlo!
– A la clase media que ya tiene asegurada su vida con un mínimo decoro, Jesús les recuerda que queda una mayoría que aún no tiene lo suficiente para vivir, que se solidaricen con los pobres y campesinos y no se contenten con asegurar lo que ya han conseguido. Escúchenlo!
– A los gremios profesionales y a los intelectuales el Divino Maestro, que es la luz de todas las inteligencias, les pide que usen de su saber técnico y de su ciencia para esclarecer nuestra realidad nacional y cumplan sus juramentos profesionales para buscar soluciones a esa realidad; que definan en público su interés para el bien del país y no se refugien en un saber y en una ciencia sin compromisos; en una evasión y tranquilidad que está más allá del dolor de los pobres. Óiganlo!
– A los partidos políticos y a las “organizaciones populares” que han ocupado el pensamiento principal de esta Carta Pastoral, Cristo conductor de la historia y de los pueblos les exige que sepan poner la preocupación por las mayorías pobres por encima de sus propios intereses y que usen positivamente con eficiencia y justicia los mecanismos y sepan presionar con honradez y valentía para que la transformación deseada se lleve a cabo. Obedézcanlo!
– Y a los poderes políticos, que tienen el sagrado deber de gobernar para el bien de todos, Cristo, el Rey de Reyes y Señor de Señores, les reclama un sentido de verdad y justicia, de sincero servicio al pueblo y que, por tanto:
1. legislen teniendo en cuenta las mayorías del campo donde surgen graves problemas de tierra, de salario, de asistencia médica, social y educativa;
2. abran realmente el reducido espacio político y den entrada legal y real a las diversas voces políticas del país;
3. den oportunidad de organizarse legalmente a quienes injustamente se les ha privado de ese derecho humano, especialmente a los campesinos;
4. atiendan al repudio del pueblo a la ley de defensa y garantía del orden público y en cambio promulguen otras leyes que realmente garanticen los derechos humanos y la paz, y pongan cauces eficientes al diálogo cívico y político, sin que nadie tenga porqué temer al expresar sus ideas que puedan ser de servicio al bien común aunque signifiquen una crítica al Gobierno;
5. cesen ya de amedrentar al campesinado y pongan fin a esa trágica situación de enfrentamiento entre campesinos, explotando su pobreza para organizar a unos al amparo del Gobierno y perseguir a otros por organizarse para buscar su subsistencia y sus derechos en independencia de él;
6. abran la confianza del pueblo con unos gestos inteligentes y generosos como serían: una amnistía para todos los presos acusados de haber violado la ley de defensa y garantía del orden público, la libertad de tantos presos por motivos políticos que no han sido consignados a los tribunales, sino que han desaparecido después de haber sido capturados por los cuerpos de seguridad; y la posibilidad de regresar al país los expulsados o aquellos a quienes se les impide volver a nuestra Patria por motivos políticos.

Creemos que todo esto es la voluntad del Divino Salvador del Mundo. Y que el Padre ordena: Hay que escucharlo!

La Iglesia promete trabajar y orar.

Por su parte, la Iglesia que ha reafirmado en esta Carta su identidad y ha explicado su misión, se compromete a aportar al bien común de la Patria su fe en Jesucristo y su colaboración con todos los que están dispuestos a hacer reinar la justicia como base de una paz que sea dinamismo de nuestro verdadero progreso.

Acudimos con filial confianza a la intercesión de nuestra Reina y Madre, la Santísima Virgen de la Paz, Patrona también de El Salvador, para que nos alcance del Divino Salvador del Mundo abundancia de gracias y buena voluntad para la transfiguración de nuestro pueblo.

Con nuestra bendición.

San Salvador, fiesta de la Transfiguración del Señor, seis de agosto de mil novecientos setenta y ocho.

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Segunda carta pastoral – La iglesia, cuerpo de cristo en la historia

A mis queridos hermanos y hermanas:
El Señor Obispo Auxiliar; los Presbíteros,
Los Religiosos, las Religiosas y el Laicado
De la Arquidiócesis de San Salvador.

Para ustedes y para los demás salvadoreños de buena voluntad, el gozo y la esperanza de nuestro Divino Salvador.

En el Esplendor de la Transfiguración.

Hace cuatro meses, en la fiesta de la Pascua, 10 de abril, dirigí a Ustedes mi primer Carta Pastoral. Fue “la carta de mi presentación y de mi primer saludo”. Y el ambiente providencial de Cuaresma, Pasión y Pascua con que el Señor quiso marcar mi ingreso de pastor a esta querida Arquidiócesis del Divino Salvador inspiró el tema de aquellas letras que, por eso, titulé “Iglesia de Pascua”.

Hoy, cuando el divino Salvador del mundo, titular de nuestra Iglesia particular, ilumina, como en una pascua salvadoreña, con el esplendor de su Transfiguración, el camino de nuestra historia eclesiástica y nacional, creo oportuno dirigirme de nuevo a Ustedes que juntamente conmigo forman esta porción del “Pueblo de Dios, que va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios” (L. G: 8).

Porque los acontecimientos que se han sucedido en el país antes y después de aquella Pascua inolvidable y la intensa vida eclesial que, en nuestra Arquidiócesis, ha acompañado a estos acontecimientos, exige una razón de nuestras actuaciones. Y nada me parece más propicio para ello, que esta nueva presencia luminosa y litúrgica del Divino Salvador para confrontar con sus designios divinos de salvación, el camino por donde juntos hemos marchado como Pueblo de Dios.

Diversas reacciones.

Efectivamente, es necesario dar razón de la posición de nuestra Iglesia, como una orientación, desde la luz de nuestra fe, a las múltiples reacciones que desde diversos acontecimientos, ha provocado esta posición que, en conciencia hemos creído evangélica.

Unos se han alegrado porque sienten a la Iglesia cercana a sus problemas y angustias y porque les da una esperanza y participa de sus alegrías.

Otros se han disgustado o entristecido porque sienten en la nueva actitud de la Iglesia una clara exigencia de que ellos también deben cambiar y convertirse; y toda conversión es difícil y dolorosa porque el cambio que se exige no sólo se refiere a modos de pensar sino también a formas de vivir.

Muchos católicos de buena voluntad han tenido la sensación del descontento y quizá hasta ha dudado de seguir los pasos actuales de su Iglesia y han preferido refugiarse en la seguridad de una tradición sin evolución.

Otros, más poseídos por intereses egoístas que por la pureza y fidelidad de la Iglesia, se han escandalizado farisaicamente e incluso le han atacado en lo más delicado de su corazón de Esposa de Cristo, llamándola infiel al Evangelio.

Gracias a Dios que son incontables los hijos fieles de la Iglesia: sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, que, comprometidos de corazón con las exigencias del Reino tal como Cristo lo anunció, se han afianzado en su fe, en su esperanza y en su compromiso cristiano, y, desde, la Iglesia, le juran al Señor como aquel apóstol: “Vayamos también nosotros y muramos con él” (Jn. 11, 16).

Una palabra de fe y de esperanza.

Por eso he creído un deber de mi magisterio episcopal dirigirme a todos los queridos hijos de nuestra Iglesia y también a otros cristianos hermanos nuestros y a todos los salvadoreños que buscan y esperan una palabra razonable que ilumine, desde nuestra fe y de nuestra esperanza cristiana, lo que realmente está pasando.

Sí. Es la palabra de nuestra fe. Por tanto, no pretendo suplantar al necesario esfuerzo de la razón humana en buscar soluciones concretas y viables a nuestros graves problemas. Pero con la luz de la fe estoy seguro de ofrecer la contribución que la Iglesia tiene que aportar para purificar y fortalecer esos esfuerzos razonables porque los libera de torcidos intereses y les garantiza la complacencia de Dios.

Es también la palabra de nuestra esperanza. No puede ser otra la palabra de la Iglesia, porque es la palabra de la Buena Nueva, del Evangelio, de la liberación que, por medio de la Iglesia sigue anunciando Jesús a los hombres. Y no es una esperanza ingenua la que proclama la Iglesia porque va acompañada por la sangre de sus sacerdotes y sus campesinos: sangre y dolor que denuncia la existencia de dificultades objetivas y de malas voluntades que se oponen a su realización, pero sangre que también es expresión de voluntad de martirio y que, por tanto, es la razón y testimonio de una esperanza que, desde Cristo, la Iglesia ofrece con toda seguridad a este mundo.

Resumen.

A la luz pues, de nuestra fe y de nuestra esperanza en Cristo, voy a exponer en esta Carta Pastoral tres reflexiones:

1. ¿Cuáles son los cambios en la misión actual de la Iglesia?
2. La razón de los cambios es la Iglesia es el “Cuerpo de Cristo en la historia” y tiene que comunicar el mensaje y prolongar la misión eterna del Señor según los cambiantes continuos de la historia; y
3. Esa es la Eclesiología que se ha hecho vida en nuestra Arquidiócesis; en esta Arquidiócesis que, desde su fidelidad al Evangelio, rechaza la calumnia que la quiere presentar como subversiva, promotora de violencia y odio, marxista y política; en esta Arquidiócesis que, desde su persecución, se ofrece a Dios y al pueblo como una Iglesia unida, dispuesta al diálogo sincero y a la cooperación sana, mensajera de esperanza y amor.

I- MISIÓN ACTUAL DE LA IGLESIA.

Lo que aquí voy a decir no es nada nuevo. Pero creo conveniente repetirlo porque no ha sido suficientemente asimilado y porque, en nuestro país, abundan todavía las voces, e radios y periódicos, que pretenden juzgar lo que es la Iglesia, distorsionando su verdadera realidad y su misión.

Relación entre la Iglesia y el mundo.

Muchas cosas han cambiado en la Iglesia en los últimos años, por ejemplo, en la liturgia, en el papel de los laicos, en la vida religiosa, en la formación de los seminarios, etc. Pero el cambio fundamental, el que explica los otros cambios, es la nueva relación de la Iglesia con el mundo, los nuevos ojos con que la Iglesia mira al mundo, tanto para cuestionarlo en lo que tiene de pecado, como para dejarse cuestionar por el mundo en lo que ella misma puede tener de pecado.

Este es un cambio evangélico porque ha ayudado a que la Iglesia recobre su más profunda esencia cristiana enraizada en el Nuevo Testamento.

Esta nueva relación con el mundo ha profundizado la conciencia de la Iglesia en dos sentidos: en el sentido de su presencia en el mundo y en el sentido de su servicio al mundo.

Está en el mundo.

a) Quizá durante siglos la Iglesia no ha dado toda su importancia a lo que realmente estaba sucediendo en el mundo. Ahora es distinto. Desde su primera Encíclica (“Ecclesiam Suam”) el Papa actual Pablo VI afirma que “finalmente no debemos ignorar el estado en que hoy se halla la humanidad en medio de la cual se desarrolla nuestra misión” (n. 5). EL Concilio Vaticano II siente profunda simpatía por los problemas del mundo contemporáneo: “el género humano se halla hoy en período nuevo de su historia, caracterizado por cambios profundos y acelerados, que progresivamente se extienden al universo entero” (G. S. 4). Y más concretamente para nuestro Continente, nuestros Obispos Latinoamericanos afirmaron en Medellín que el hombre de estos países “vive en un momento decisivo de su proceso histórico” (Justicia n. 1) y que existe en este hombre un anhelo de liberación integral, que ese lenguaje bíblico se traduce como “un vislumbro del siglo nuevo” (lb. N. 5).
b) Los cambios del mundo son hoy para la Iglesia un signo de los tiempos para conocerse a sí misma. Siente que es Dios mismos quien la interpela a través de esta novedad del mundo y que tiene que ser consciente de esa novedad del mundo para responder a la Palabra de Dios y calibrar su actuación en y para el mundo.
c) La Iglesia actual tiene conciencia de ser “Pueblo de Dios en el mundo; o sea, una organización de hombres que pertenece a Dios pero que está en este mundo. Por que va avanzando en este mundo… que entra en la historia humana” (L. G. 9).

Lo que aquí se afirma es de importancia capital, porque el aspecto trascendentes que debe elevar la Iglesia hasta Dios sólo podrá realizarlo y vivirlo estando en el mundo de los hombres y peregrinando en la historia de los hombres. Por eso el Concilio proclama solemnemente al comenzar su famosa Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual: “los gozos y las esperanzas, las tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La comunidad cristiana está integrada por hombres, que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido, la buena nueva de salvación para comunicarla a todos. La Iglesia, por ello, se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia” (G. S. 1).

Al servicio del mundo.

Pero la Iglesia está en el mundo para los hombres. Este es el sentido de servicio que el Concilio expresa con estas palabras teológicas: La Iglesia es “signo”, es “sacramento”. Como sacramento y signo la Iglesia significa y realiza algo para los hombres. La Iglesia significa y realiza “la íntima unión de los hombres con Dios y de los hombres en sí” (L. G. 1). La Iglesia está en el mundo para significar y realizar el amor liberador de Dios, manifestado en Cristo. Por eso siente la preferencia de Cristo por los hombres (cfr. L. G. 8), porque ellos son –explica Medellín- los que “ponen a la Iglesia Latinoamericana ante un desafío y una misión que no puede soslayar y al que debe responder con diligencia y audacia adecuadas a la urgencia de los tiempos” (Pobreza n. 7).

Unidad de la historia.

Para comprender mejor su relación con el mundo, la Iglesia ha profundizado también este otro concepto: la relación que existe entre la historia de los hombres y la historia de la salvación. Durante muchos años nos hemos acostumbrado a pensar que las historia de los hombres, sus gozos y tristezas, sus logros y fracasos, son algo provisional y pasajero, de poca importancia en comparación con la plenitud final que espera a los cristianos. Parecía que la historia de los hombres y la historia de la salvación corrían caminos paralelos que sólo en la eternidad se juntarían. Parecía que nuestra historia profana, a lo sumo, no era más que un periodo de prueba para la salvación o condenación definitiva.

La Iglesia actual tiene otra noción de los que es la historia de los hombres. No es oportunismo ni mero deseo de adaptarse al mundo lo que la lleva a pensar diversamente. Es porque ha recobrado eficazmente la intuición, que recorre todas las páginas de la Biblia, de que Dios está actuando en la historia humana. Y por eso, debe tomar muy en serio la historia de los hombres. El Concilio Vaticano II recuerda ciertamente el sentido tradicional de una Iglesia peregrina hacia “la ciudad futura y permanente” (L. G. 9). Pero al mismo tiempo “descubre fielmente en el mundo, el misterio de Cristo, aunque entre penumbras, hasta que al fin de los tiempos se descubra con todo esplendor” (L. G. 8).

Más claramente afirma Medellín la unidad de la historia. “La catequesis debe manifestar la unidad del plan de Dios. Sin caer en confucionismo o en identificaciones simplistas, se debe manifestar siempre la unidad profunda que existe entre el proyecto salvífico de Dios, realizado en Cristo, y las aspiraciones del hombre; entre la historia de la salvación y la historia humana” (Cateq. N. 4). –El anhelo de liberación de nuestro continente e incluso las parciales realizaciones de esa liberación integral, de cuerpo y alma, es un claro signo de la presencia de Dios en la historia (introd.. n. 5).

Con esas confirmaciones, Medellín pone fin al secular dualismo que ha existido entre nosotros, a la separación entre lo temporal y lo eterno, lo profano y lo religioso, entre mundo y Dios, entre historia e Iglesia. “En la búsqueda de la salvación debemos evitar el dualismo que separa las tareas temporales de la santificación” (Justicia n. 5).

El pecado del mundo.

La relación de la Iglesia con el mundo como “sacramento universal de salvación” define su firme posición contra el pecado del mundo y fortalece su severo llamado a la conversión. Por estar en el mundo y ser para el mundo, solidaria con la historia del mundo. La Iglesia descubre el lado oscuro de ese mundo, sus abismos de maldad, lo que hace fracasar al hombre, degradándolo, deshumanizándolo, la Iglesia toma muy en serio esa realidad tenebrosa que nos rodea por todas partes. El Pecado hace que la historia del mundo deje de ser historia de salvación; el pecado rompe la unidad profunda entre dos historias. El pecado es visto como una esclavitud ante el mundo, “oscureciendo su estúpido corazón y prefirieron servir a la criatura, no al creador” (G. S. 13). Y eso es lo que causa la división interna de los hombres de la historia; toda la vida humana, “la individual y la colectiva” (G. S. 13) es la que se ve trágicamente afectada por el pecado.

El pensamiento actual de la Iglesia siempre es severo con la gravedad del pecado individual; el pecado es, ante todo, un acto del individuo que en lo más profundo de su voluntad niega y ofende a Dios. Pero la Iglesia de hoy acentúa más que ante la gravedad del pecado por sus consecuencias sociales. La malicia del pecado interior cristaliza en la malicia de las situaciones externas e históricas. Medellín ha subrayado esta trágica realidad del pecado relacionando sus dos dimensiones: “la falta de solidaridad, que lleva en el plano individual y social, a cometer verdaderos pecados, cuya cristalización aparece evidente en las estructuras injustas que caracterizan la situación de América Latina” (Justicia, n. 2). Y cuando trata de resumir, en una frase, en qué consiste el pecado fundamental de nuestro tiempo, para nuestro Continente, no duda en afirmar que “esa miseria, como hecho colectivo, es una injusticia que clama al cielo” (Justicia, n. 1).

Quizás en esta consideración del pecado se encuentra una de las mayores y más conflictivas novedades de la relación entre la Iglesia y el mundo. Propiamente la Iglesia ha denunciado durante siglos el pecado; ciertamente ha denunciado el pecado del individuo y también ha denunciado el pecado que pervierte las relaciones entre los hombres, sobre todos a nivel familiar. Pero ha vuelto a recordar lo que, desde sus comienzos, ha sido algo fundamental: el pecado social, e decir, la cristalización de los egoísmos individuales en estructuras permanentes que mantienen ese pecado y dejan sentir su poder sobre las grandes mayorías.

La necesidad de conversión.

En esta nueva época de la historia de la Iglesia, se ha hecho más evidente lo que siempre ha sido verdad: la necesidad de conversión. Medellín lo dice así: “para nuestra verdadera liberación, todos los hombres necesitamos una profunda conversión” (Justicia n. 3). Lo importante es, sin embargo, recalcar que esta sentida necesidad de conversión ha sido reforzada por esa mirada de la Iglesia al mundo. Como lo afirmamos todos los Obispos de El Salvador, el 5 de marzo en nuestro Mensaje de Conferencia Episcopal: los cristianos “van tomando conciencia del radical “NO” que Dios pronuncia sobre nuestro pecado de omisión”.

Y la Iglesia no habla aquí sólo de la conversión que otros deben realizar, sino, en primer lugar, de su propia conversión es algo históricamente novedoso, aun cuando, desde antiguo, se ha dicho de la Iglesia que siempre ha de ser reformada (“siempre reformada”). Y el apremio de esa conversión lo ha captado no tanto al mirarse a sí misma, incluso sus defectos y pecados, sino cuando ha mirado hacia fuera, hacia el pecado del mundo. La Iglesia ha recobrado el más originario lugar para la conversión, volver “nuestra alma hacia los más humildes, los más pobres, los más débiles, e imitando a Cristo, hemos de comparecernos de las turbas oprimidas por el hambre, por la miseria, por la ignorancia, poniéndola constantemente ante nuestros ojos a quienes, por falta de los medios necesarios, no han alcanzado todavía una condición de vida digna del hombre” (Mensaje de los Padres del Concilio Vaticano II a todos los hombres, 21-X-62, n. 9).

Y en ese encuentro con el mundo de los pobres es donde ha encontrado la más apremiante necesidad de conversión. La caridad de Cristo que apremia (2 Cor. 5, 14) se hace clara exigencia ante el hermano en necesidad (1 Jn. 3, 17).

II- LA IGLESIA, CUERPO DE CRISTO EN LA HISTORIA.

¿Por qué hay cambios en la Iglesia?

Evidentemente pues, la Iglesia ha cambiado. Es evidente que, en los últimos años, la Iglesia tiene una nueva visión del mundo y de su relación con ese mundo. Quien no acepte o acepte esta nueva perspectiva se incapacita para comprender a la Iglesia. Mantenerse, por ignorancia o por intereses egoístas, anclado en un tradicionalismo sin evolución es perder hasta la idea de la verdadera tradición cristiana; porque la tradición que Cristo confió a su Iglesia no es como un museo de recuerdos que conservar; viene, sí, del pasado y se debe de amar y conservar con fidelidad, pero mirado siempre hacia el futuro. Es una tradición que hace a la Iglesia novedosa, actual y eficaz en cada época de la historia; es una tradición que alienta su esperanza y su fe para seguir pregonando, para invitar a todos los hombres, hacia los “cielos nuevos y la tierra nueva” que Dios ha prometido (Apoc. 21, 1; Is. 65, 17).

¿qué es lo que da este dinamismo y esta actualidad perenne a la eterna tradición de la Iglesia? ¿Cuál es la razón del cambio actual de la Iglesia frente al mundo y a la historia de los hombres? No es oportunismo o infidelidad al Evangelio, como se ha repetido en nuestros días. La respuesta debe buscarse en lo más profundo de nuestra fe. A la luz de la fe en el misterio de la Iglesia, los cambios en la Iglesia, lejos de degenerarla y hacerla infiel de la tradición, la hacen más fiel y la identifican mejor con Jesucristo.

Este es el tema central de mi Carta: LA IGLESIA ES EL CUERPO DE CRISTO EN LA HISTORIA. Entendemos por esta expresión que Cristo se ha querido hacer vida de la Iglesia en todos los tiempos de la historia. La función de la Iglesia no hay que entenderla de una manera legal y jurídica, como si Cristo hubiera congregado a unos hombres para confiarles una doctrina y darles una carta magna fundacional, permaneciendo El separado de esa organización. No es así. El origen de la Iglesia es algo mucho más profundo. Cristo fundó su Iglesia para seguir estando presente El mismo en la Historia de los hombres, precisamente a través de ese grupo de cristianos que forman su Iglesia. La Iglesia es entonces la carne en la que Cristo concreta, a lo largo de los siglos, su propia vida y su misión personal.

Así se comprenden los cambios en la Iglesia. Son necesarios si la Iglesia quiere ser fiel a su divina misión de ser el Cuerpo Histórico de Cristo. La Iglesia sólo puede ser la Iglesia en la medida en que siga siendo cuerpo de Jesús. Su misión sólo será auténtica si es la misión de Jesús en las nuevas situaciones y circunstancias de la historia del mundo. Por eso, en las diversas circunstancias de la historia del mundo. Por eso, en las diversas circunstancias de la historia, el criterio que guía a la Iglesia no es la complacencia o el miedo a los hombres, por más poderosos y temidos que sean, sino el deber de prestar a Cristo en la historia, su voz de Iglesia para que Jesús hable, sus pies para que recorra el mundo actual, sus manos para trabajar en la construcción del Reino en el mundo actual, y todos sus miembros para “completar la que falta de su pasión” (Col. 1, 24).

Si la Iglesia se olvidara de esta identificación con Cristo, Cristo se la reclamaría, aunque incomode y avergüence a la Iglesia.

El Concilio Vaticano II y Medellín representan para nosotros, cristianos de hoy, la actitud humilde y honrada de la Iglesia en su afán de ser el Cuerpo de Jesús en esta interesante hora de la historia.

La persona, doctrina y actividad de Cristo.

Sentirse Cuerpo histórico del Divino Salvador del Mundo en El Salvador, creo que debe ser para nuestra Iglesia el principal mensaje de las fiestas agostinas este año. Porque en el ministerio titular de la transfiguración nuestra Iglesia contempla y oye, año con año, la persona, la actividad y el mensaje que ella tiene que encarnar para todos los salvadoreños de todos los tiempos.

La persona de Cristo.

Es la voz ministeriosa del Padre, desde la “nube luminosa” la que nos presenta a Jesús en “la montaña” excelsa como el “Hijo de sus complacencias” al que ordena “escuchar” (Mt. 17, 1-9). Verdadero Dios y verdadero Hombre. Como Hijo eterno es el ministerio inaccesible a la razón humana, que sólo se puede aceptar en la fe de los creyentes. Al afirmar que es verdadero Dios, está afirmando que en El está la última verdad, la última respuesta al ministerio de la existencia e historia de los hombres. Afirma también que ese Cristo con su humanidad, fue resucitado por el Padre y está ahora sentado a su diestra como único Señor de vivos y muertos. Pero la fe cristiana hace también otra fundamental afirmación, que hoy como ayer, es “locura para los griegos y escándalo para los judíos” (1 Cor. 1, 23), es que ese Hijo eterno del Padre se hace hombre, hermano nuestro, igual en todo a nosotros menos en el pecado (Hebr. 4, 15).

Sólo a la luz de Cristo, de sus actividades y de sus enseñanzas puede encontrar la Iglesia el sentido y el criterio de su presencia y de su servicio en el mundo. Por eso el estudio y la contemplación de Cristo constituye la principal preocupación de los que constituimos su Iglesia. Voy a ofrecerles una breve reseña de mensaje de Jesús para que luego confrontemos con ella la actitud de nuestra Iglesia y veamos si está siendo, hoy y aquí, el verdadero Cuerpo histórico de Jesús.

Jesús anuncia el Reino de Dios especialmente a los pobres.

“El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca, conviértanse y crean en la Buena Nueva” (Mc. 1, 15). Así comienza y resume Cristo su mensaje evangélico.

Sus oyentes entendieron lo que esto significa: un modo de convivir entre hombres de modo que se sintieron hermanos y de esta forma también hijos de Dios. Resonaban en las palabras de Jesús las antiguas profecías que anunciaban en el plan de Dios para salvar a los hombres, pero en Jesús cobraban una fuerza última; el Reino de Dios ya desde esta tierra tiene que hacer a todos los hombres hijos del Padre de Jesucristo y, por ello tienen que ser humanos; o, dicho de otra forma: en el esfuerzo por llevar a ser hermanos se hacen también hijos de Dios. La fe en Dios exige, por tanto, una ética en este mundo y en la realización de esa exigencia ética también se va construyendo la fe en Dios.

Es evidente también le preferencia de Jesús por los pobres en el anuncio del Reino. San Lucas nos presenta, en el discurso programático de Jesús, la profecía de Isaías que se cumplía en Cristo: “El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva, a proclamar la liberación de los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lc. 4, 18-19). Esta preferencia de Jesús hacia los pobres recorre el Evangelio. A ellos se dirige fundamentalmente en sus curaciones, exorcismos; con ellos convive y como; se une, defiende y promueve a todas aquellas personas que, por razones sociales y religiosas, estaban desclasadas en su tiempo: los pecadores, los publicanos, las prostitutas, los samaritanos, los leprosos, etc. Ese acercarse de Jesús a los hombres, marginados por la sociedad de su tiempo, es el signo que El pone para garantizar el contenido de lo que predica: que el Reino de Dios se acerca.

…llama a la conversión.

Ese mensaje de esperanza va unido en Jesús a una llamada a la conversión. Así como Jesús no quiere excluir a nadie del Reino, así también llama a todos a una sincera conversión del corazón que se manifestare en obras externas. Sin esa conversión no hay posibilidad de entrar en el Reino, pues la puerta que a El lleva es estrecha (Mt. 7, 13s.) y el camino difícil; hay que estar dispuesto a dejarlo todo, incluso hacienda y familia; hay numerosos ejemplos de conversión de todo tipo de hombres: el rico Zaqueo, el letrado Nicodemo, el Centurión Romano, la mujer pecadora, Leví el recaudador de impuestos, aquellos pecadores que se convierten en sus fieles seguidores.

Jesús no excluyó por lo tanto, por lo tanto a nadie, ni de su mensaje ni de la invitación a entrar en el Reino. Amó a todos sus contemporáneos; y porque les amó realmente a todos ellos, les pidió la conversión, o sea, aquel cambio de corazón que humaniza a todos los hombres, y que estaba oscurecido y ahogado por las riquezas, por el poder, por el orgullo, por la seguridad en las tradiciones de la ley. Jesús buscaba realmente que todos se convirtiesen en el “hombre nuevo”, en el hombre del Reino.

…denuncia el pecado.

Jesús realizó su misión y su servicio a los hombres, en un mundo y en una sociedad concreta. Ese es el más profundo significado de lo que los cristianos afirmamos, al hablar de la encarnación del Hijo de Dios: tomó carne en la historia real de su tiempo. Aquella historia, como tantas otras historias de la humanidad, estaba dominada por el pecado; y por ello Jesús, al positivo anuncio del Reino de Dios, añade la clara denuncia del pecado de su tiempo. Si lo que Jesús anuncia es el Reino de Dios, pecado es para Jesús todo aquello que impida, imposibilite o destruya el Reino de Dios. Por ello, con la valentía de un hombre libre, denuncia el falseamiento que se ha hecho de Dios, manipulando en tradiciones humanas que destruyen la verdadera voluntad de Dios (Mc. 7, 8-13), denuncia el falseamiento del templo, que, siendo casa de Dios, lo han convertido en guarida de ladrones (Mc. 11, 15-17), denuncia una religión sin obras de justicia, como en la conocida parábola del buen samaritano (Lc. 10, 29-37). Denuncia también la actitud de todos aquellos que han hecho del poder, no un medio de servicio a los desvalidos y sin poder, sino una manera de mantenerles en la opresión. Por ello acusa a los ricos de no compartir su riqueza (Lc. 6, 24); a los sacerdotes, de poner cargas intolerables (Lc. 11, 46); a los sabios, que se han llevado la llave de la ciencia, y dejan sin cultura a los demás (Lc. 11, 52); a los gobernantes, que buscan su propio provecho y no el servicio a su pueblo (Mt. 20, 25s.).

Estas denuncias le ocasionaron a Jesús frecuentes polémicas ya desde los comienzos de su vida (cfr. Mc. 2, 1-3), riesgos personales e incluso la persecución. Esta persecución lo acompañó a lo largo de toda su vida, hasta que, al final, fue acusado de blasfemo (Mc. 14, 64) y de agitador de las masas (Lc. 23, 5) y por ello fue condenado y ajusticiado.

La Iglesia continuadora de la obra de Jesús.

Este es el mensaje y la misión de Jesús que, después de resucitado, quiere seguir proclamando y viviendo en la historia del mundo a través de su Iglesia. La Iglesia es pues, la comunidad de hombres que profesan la fe en Jesucristo como único Señor de la historia. Es una comunidad de fe cuya primera obligación, cuya razón de ser está en proseguir la vida y la actividad de Jesús. Ser Iglesia es mantener en la historia, a través de los hombres, la figura de su Fundador. La Iglesia existe principalmente para la evangelización de todos los pueblos; es una institución formada por hombres con formas y estructuras determinadas, pero todo eso se organiza solamente al servicio de una realidad mucho más fundamental: el ejercicio de su tarea evangelizadora.

En esa tarea, como lo ha recordado siempre la Iglesia, tiene que seguir proclamando su fe en Jesucristo y tiene que seguir la obra que le mismo Jesús realizó en la historia. Y, al hacer esto, está siendo el “Cuerpo de Cristo” en la historia.

Ambito de sus deberes y derechos.

Esta finalidad bien definida de la Iglesia define también sus deberes y sus derechos. Ante todo, el derecho-deber de seguir y amar con libertad a su único Señor, Jesucristo conocido por la fe. Y luego del derecho-deber de proclamar sin trabas el Evangelio y cooperar con propia autonomía en la construcción del Reino de Dios entre los hombres, tal como lo haría Cristo mismo, hoy y aquí. Para ello, usará los medios de que la dotó el mismo Cristo; la predicación de la Palabra, los Sacramentos, sobre todo la celebración de la Eucaristía que le recuerda, en forma actualizada y viviente, que Ella sigue siendo el Cuerpo de Jesús. Y usaré también de aquellos medios concretos que iluminen cuál es el camino a seguir para realizar el Reino de Dios. En otras palabras esclarecer la fe en Jesucristo e iluminar la construcción del Reino de Dios en el mundo.

Así lo comprendieron y vivieron los primeros cristianos, quienes “acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones… Y todos los creyentes vivían unidos y ponían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos según la necesidad de cada uno” (Hechos 2, 42. 44).

A lo largo de su historia, la Iglesia ha realizado, con mayor o menor fortuna, ese ideal de los primeros cristianos en su seguimiento de Jesús. Ha sabido épocas en que la Iglesia ha sido más claramente “Cuerpo de Cristo” en la Historia, y épocas en que no lo ha sido tan claramente, o incluso lo ha desfigurado, porque se ha acomodado al mundo, buscando más ser servida por El que servirle a El; otras veces ha querido servir realmente al mundo. Y en esas ocasiones ha experimentado como su Fundador, el rechazo del mundo de pecado y aún la persecución. Ese fue el destino de los primeros cristianos, de Pedro y Juan ante los tribunales, del diácono Esteba, de Pablo…

Como Jesús, la Iglesia anuncia el Reino de Dios.

En nuestro Continente y en nuestro país, la Iglesia tiene, como Jesús, que seguir pregonando la Buena Nueva de un Reino de Dios que se acerca, sobre todo para aquellas mayorías que secularmente han estado ausentes de El: los pobres, campesinos, obreros, marginados en las ciudades. No significa esto un rechazo de las demás clases sociales, a las cuales también la Iglesia quiere servir e iluminar y a las cuales también exige su cooperación a la construcción del Reino. Significa la preferencia de Jesús hacia aquellos que han sido más objeto de los intereses de los hombres que sujetos de su propio destino.

…denuncia el pecado y llama a la conversión.

Como Jesús, la Iglesia tiene que seguir denunciando el pecado de nuestros días. Tiene que denunciar el egoísmo que se esconde en el corazón de todos los hombres, el pecado que deshumaniza a los hombres, que deshace a las familias, que convierte el dinero, la posesión, el lucro y el poder como fin de los hombres. Y, como cualquiera que tenga un mínimo de visión, una mínima capacidad de análisis, la Iglesia tiene que denunciar lo que se ha llamado con razón el “pecado estructural”, es decir, aquellas estructuras sociales, económicas, culturales y políticas que marginan eficazmente a la mayoría de nuestro pueblo. Cuando la Iglesia oye el clamor de los oprimidos no puede menos que denunciar las formaciones sociales que causan y perpetúan la miseria de la que surge ese clamor.

Pero, como la de Cristo, la denuncia de la Iglesia no se inspira en el odio ni el resentimiento, sino que busca la conversión de los corazones y la salvación de todos.

…ilumina la construcción del Reino de Dios.

Como Jesús, que realizó su misión en un mundo y en una sociedad concreta, la Iglesia no sólo anuncia un Reino abstracto de Dios, sino que también tiene que promover aquellas soluciones que parecen más apropiadas y justas para su realización. La Iglesia sabe que solucionar esos problemas es tarea sumamente difícil y compleja; sabe que no le toca a ella en último término dar las soluciones concretas; sabe además que, en este mundo nunca será posible la realización total del Reino de Dios. Pero nada de eso la exime de la apremiante obligación de alentar y animar los mecanismos concretos que mejor parezca ayudar a la parcial realización de ese Reino.

En los últimos años es de todos conocido el interés de la Iglesia en pronunciarse en materias que atañen a la convivencia ordenada y racional entre los hombres. Desde la encíclica Rerum Novarum de León XIII (1891) hasta la reciente exhortación “Evangelii Nuntiandi” de Pablo VI (1976), han sido numerosísimos los documentos que ha publicado la Iglesia tratando de orientar lo que, en una época determinada, son los problemas cruciales de las sociedades con el interés de que, al denunciar los pecados y al apuntar a vías de solución, se vaya dando en el mundo el Reino de Dios.

En cumplimiento de este deber la Iglesia, los Obispos de El salvador escribíamos el 5 de marzo del corriente año: “Así como la injusticia es bien concreta, así la promoción de la justicia ha de ser también concreta. Nadie debiera extrañarse de que la Iglesia anime, oriente y fomente los mecanismos concretos de hacer justicia. En estos mecanismos concretos realizan mejor el ideal del Reino de Dios”. Y en nuestro mensaje colectivo del 17 de mayo, agregábamos: “La Iglesia cree que el mundo esté llamando a ser sometido a Jesucristo por una paulatina instauración del Reino de Dios… Cree en el Reino de Dios como progresivo cambio del mundo del pecado en un mundo de amor y justicia, que comienza ya en este mundo y tiene su cumplimiento en la eternidad”.

El deber de su fidelidad a Cristo.

Sólo realizando así su misión, la Iglesia realiza su propio misterio de ser el Cuerpo de Cristo en la historia. Sólo viviendo así su misión, con el mismo espíritu con que la viviría Cristo en este tiempo y en este país, puede mantener su fe y darle el sentido trascendente a su mensaje, sin reducirlo a meras ideologías ni dejar que lo manipulen el egoísmo humano o el falso tradicionalismo. Sólo caminará hacia la perfección definitiva del Reino de Dios en la eternidad si se realiza, en la historia de las sociedades de la tierra, aquel Reino de verdad y de paz, de justicia y de amor.

III- LA ARQUIDIÓCESIS DEL DIVINO SALVADOR.

Como el más precioso ofertorio de la Arquidiócesis a su Divino Patrono, en sus fiestas titulares de este año, se presenta Ella misma, marcada con las señales dolorosas y gloriosas del matrimonio y de la persecución precisamente por su fidelidad de ser Cuerpo de Cristo en nuestra historia.

Efectivamente, toda la Eclesiología bosquejada en la parte doctrinal de esta Carta, se ha venido haciendo vida de nuestra Arquidiócesis, desde el intenso trabajo de pastor social que realizaron mis venerables Predecesores, especialmente Monseñor Luis Chávez y González. La actuación, pues de nuestra Iglesia, en esta coyuntura histórica, no es el efecto de un cambio improvisado e imprudente; esta línea reflexiva que impulsaron el concilio Vaticano II para la Iglesia Universal y, para nuestro Continente la II Conferencia Episcopal Latinoamericana de Medellín; y que Monseñor Chávez y González trató de encarnar en esta Arquidiócesis. Se imponen una serena reflexión sobre la figura y posición actual de nuestra Arquidiócesis, tanto para “confirmar en la fe” a los cristianos sinceros, como para aclarar las confusiones que, en la opinión pública han sembrado, en estos días, los medios de difusión que se han presentado a ser vehículos de tantas calumnias y ataques contra la naturaleza y la misión de nuestra Iglesia. Ojalá también pueda lograr esta reflexión un movimiento íntimo de conversión en aquellos que interesadamente siguen atacando o dudando de la Iglesia.

Trataré aquí, pues, de presentar a la Arquidiócesis fiel al Evangelio, y, por eso, perseguida, pero que desde su persecución afianza su unidad y ofrece al pueblo con más eficacia su mensaje de esperanza y amor.

Fiel al Evangelio.

Precisamente en los momentos en que la Arquidiócesis está haciendo un gran esfuerzo por ser fiel al Evangelio, se oyen voces que la acusan de aquello que más le puede doler: de haber traicionado al Evangelio. Son múltiples estas voces, pero podemos reducirlas a estos tres capítulos: a) la Iglesia predica el odio y la subversión, b) la Iglesia se ha hecho marxista, c) la Iglesia ha sobrepasado los límites de sus misión para meterse en política.

Son acusaciones muy graves que necesitarían un largo tratamiento. Pero baste esta breve respuesta que convencerá a los corazones sinceros.

Ni odio ni subversión.

En ningún momento, ni aún en las situaciones más dolorosas de sacerdotes asesinados y de fieles cristianos muertos o desaparecidos, la Iglesia ha llamado al odio ni a la venganza. La Iglesia ha seguido predicando el mandamiento de Jesús “amaos los unos a los otros” (Jn. 15, 12). Este es el mandamiento al que la Iglesia no puede renunciar ni ha renunciado, tampoco en los últimos meses; aún, ha recordado que “hay que orar por los que persigue y calumnian” (Mt. 5, 44).

Pero la Iglesia ha recordado también que el amor que predica tiene por modelo al amor de Jesús, “amaos… como yo os he amado”; y éste no se reduce a un amor sentimental y abstracto, sino que fue un amor gratuito y eficaz, porque lo llevó a dar la vida por sus enemigos y buscaba la conversión de los hombres para liberarlos del pecado y sacarlos de la oscuridad. Por ello es cierto que la Iglesia , como Jesús, debe extender su amor a ricos y pobres; con todos ellos debe sentarse a la mesa, pero con el espíritu de Jesús. El entró en casa del rico Zaqueo en busca de la salvación de su casa (Lc. 19, 9). Y Zaqueo devolvió el cuádruplo de los bienes defraudados y entregó la mitad de sus bienes a los pobres. Y Jesús se sentó a la mesa de los pobres y pecadores para defender sus derechos, llamándolos también a la conversión. El amor de Jesús hizo que se dirigiese a todos los hombres; pero de manera distinta: a los hombres deshumanizados por el afán de lucro, les mostró claramente, por amor, el camino para recobrar su perdida dignidad de hombres; con los pobres, deshumanizados por la marginación se sentó también por amor, a su mesa para devolverles la esperanza.

No ha habido odio ni venganza en la actuación de la Iglesia, sino recordar esa gran verdad de Jesús: que el amor quiere humanizar en verdad a todos los hombres, y para ello debe buscar modos eficaces de devolver la humanidad a quienes la hayan perdido.

Si se comprende así la palabra de amor que predica la Iglesia, se puede apreciar también en qué consiste lo que se ha llamado prédicas de subversión y violencia. La Iglesia no ha llamado a que el hermano se levante contra el hermano, pero ha recordado dos cosas fundamentales: la primera es lo que Medellín afirma de la “violencia institucionalizada” (Paz, 16). Cuando realmente se implanta una situación de injusticia permanente y estructurada, entonces la misma situación es violenta. Y, en segundo lugar, la Iglesia sabe que cualquiera palabra en esta situación, aun cuando esté realmente guiada por el amor, esa palabra sonará violenta. Pero a esta palabra tampoco puede renunciar. En definitiva, no puede renunciar a lo que Jesús dijo: “el Reino de Dios sufre violencia y los violentos lo conquistan” (Mt. 11, 12). Es por lo tanto, la violencia de luchar contra el propio egoísmo, contra la inercia de la propia existencia mas inclinada a dominar que a servir; y es la violencia con que se denuncia lo violento de la situación.

Ni marxista.

Otra forma de acusar de infidelidad a la Iglesia es llamarla marxista. Lo que podemos llamar marxismo es un fenómeno complejo que hay que estudiar desde el punto de vista económico, científico, político, filosófico y religioso, y hay que considerar además al marxismo dentro de su propia historia. Lo que la Iglesia afirma, y lo ha recordado la Conferencia Episcopal, en su Mensaje colectivo de mayo, es que el marxismo, en cuanto ideología atea es incompatible con la fe cristina. Esa convicción es constante en la historia de la Iglesia. La Iglesia no puede ser marxista en este sentido. El problema real, sin embargo, consiste en que a la tradicional condenación del ateísmo marxista, la Iglesia añade ahora igualmente la condenación del sistema capitalista, al que se denuncia también como uno de los materialismos prácticos. (Mensaje de mayo). La Iglesia es bien consciente de que vive en medio de ideologías y prácticas sociales concretas, por ello ha analizado y ponderado lo que se esconde de bueno y malo, de atracción y tentación tanto de las corrientes socialistas como en la ideología liberal (cfr. Octogesima Advenies de Pablo VI, n. 30-37). Pero al auscultar y dar su juicio sobre las diversas ideologías le mueve, en primer lugar, el interés ético propio de su fe, y no tanto el dar juicios técnicos sobre los medios concretos que las diversas ideologías ofrecen. En ese interés ético, la línea de la Iglesia ha sido constante desde León XIII hasta Pablo VI. Aunque se ha formulado de distintas maneras el interés de la Iglesia siempre ha sido el de defender los derechos fundamentales de la persona en el ejercicio de los bienes materiales para que los hombres puedan vivir con dignidad. Hablando por ejemplo Pío XII de la propiedad privada, apunta claramente al problema ético cuando decía: “Querríamos abstenernos de calificar la conducta práctica de algunos partidarios del derecho de propiedad que, con su manera de interpelar el uso y respeto a la propiedad, consiguen, mejor que sus adversarios, poner en peligro esta institución” (7-III-1948).

A la Iglesia, por lo tanto, no le interesa ninguna ideología como tal y debe estar dispuesta a prestar su palabra crítica a la absolutización de cualquiera de ellas. Como se ha repetido abundantemente, en los últimos tiempos y por varios episcopados latinoamericanos, los intereses creados son los que intentan hacer pasar por marxista la actuación de la Iglesia, cuando ésta recuerda los más elementales derechos del hombre y pone todo su poder institucional y profético al servicio de los desposeídos y débiles. Como ha dicho la Conferencia Episcopal de Chile, y lo ha recogido nuestra propia Conferencia Episcopal: “también es ayudar al marxismo, por cierto sin quererlo, el considerar marxista o sospechoso de marxismo, a todo aquel que lucha por la dignidad del hombre, por la justicia y la igualdad, al que pide participación, al que se opone a la prepotencia” (n. 4).

Ni Política.

Por último, hay que recordar la correcta relación entre la Iglesia y la vida política. Es comprensible que el mensaje y la actuación de la Iglesia, por ser el mensaje y la actuación de Cristo, tenga repercusiones muy vivas en la sociedad en que vive y en lo que puede denominarse como político. Pero la actuación de la Iglesia no tiene, como mecanismos suyos apropiados, los llamados partidos políticos o agrupaciones equivalentes. Enfáticamente ha repetido la Iglesia que ella no hace política partidista.

La correcta relación entre la Iglesia y la comunidad política fue definida por el Concilio Vaticano II: en primer lugar; ambas comunidades coinciden en el destinatario de sus esfuerzos, porque “las dos, aunque con diverso título, están al servicio de la vocación personal y social de los mismos hombres” (G. S. 76). De ahí que la Iglesia proclama como ideal, que, mantenimiento cada una su propia autonomía, existe entre ella y la comunidad política “una sana cooperación” para prestar con mayor eficacia ese servicio a los hombres. Pero además de esa deseada colaboración, la Iglesia tiene derecho y la obligación de pronunciarse también sobre el mismo orden político: “siempre y en todas partes es de justicia que (la Iglesia) pueda predicar con libertad la fe, enseñar su doctrina social, ejercer sin trabas su misión entre los hombres e, incluso, pronunciar el juicio moral, aún en los problemas que tienen conexión con el orden político, cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas, utilizando todos y solo aquellos medios que sean conformes al Evangelio y convengan al bien de todos, según la diversidad de los tiempos y circunstancias” (ibid).

Por todo ello, la Iglesia, lejos de traicionar al Evangelio al pronunciar su palabra, en estos últimos meses y años, no ha hecho más que cumplir con su misión. Precisamente porque le interesa el bien de todos los hombres y de todo el hombre, ha pronunciado una palabra sobre los acontecimientos del país, porque así lo ha exigido la defensa de los Derechos Humanos y la salvación de las almas.

El testimonio de una Iglesia perseguida.

A las acusaciones calumniosas de adulteración del mensaje cristiano se ha sumado una serie de hechos que constituyen una verdadera persecución a la Iglesia. En un comunicado del Arzobispado del 11 de Julio se resumían los principales hechos contra la Iglesia: sacerdotes expulsados, impedidos de entrar al país, calumniados, amenazados y asesinado; parroquias enteras desprovistas de pastor; “delegados de la palabra”, catequistas imposibilitados de cumplir su misión; el Santísimo Sacramento profanado en Aguilares, etc. Y todos son testigos de la campaña de prensa, prolongada, anónima y calumniosa contra personas de la Iglesia e incluso contra la Iglesia misma y su misión, tal como son comprendidas desde Medellín.

Pero, más que repetir tan lamentables recuerdos, me parece más importante hacer una reflexión cristiana sobre todos estos ataques, ya que han surgido voces que, a pesar de todos estos atropellos, desmienten la persecución y culpan más bien a la Iglesia de lo que ha sucedido y de la situación de violencia de nuestro país.

En primer lugar, nadie debiera extrañarse de que la Iglesia sea perseguida precisamente cuando es fiel a su misión. Ya lo dijo el Señor: “no es el siervo mayor que su Señor también a vosotros os perseguirán” (Jn. 15, 20). Y desde el comienzo los cristianos experimentaron la persecución.

¿Cuándo realmente se persigue a la Iglesia? La Iglesia, dije antes, no es un fin en sí misma, sino que está al servicio de su misión. Perseguir a la Iglesia, por tanto, no consiste en atacarla directamente, en privarla de privilegios o en desconocer o en desconocerla jurídicamente. Lo más profundo de la persecución a la Iglesia consiste en imposibilitarle llevar a cabo su misión y en atacar a los hombres a quienes ella se dirige con una palabra de salvación.

En nuestro país, aun cuando jurídicamente la Iglesia es reconocida, en los últimos meses se ha atacado su misión, se ha atacado a sus sacerdotes y catequistas que pretendían anunciar y ayudar a realizar el Reino de Dios. Y se ha atacado también y, sobre todo, al pueblo salvadoreño, se han conculcado sus derechos humanos, que forman parte de la responsabilidad de la Iglesia. Y, según la fe de la Iglesia, esta persecución toca al mismo Cristo, porque toca a Cristo quien toca a sus cristianos, sobre todo si se trata de los más pobres: “¿Saulo, Saulo, por qué me persigues?” (Hechos 9, 5), preguntó Cristo a quien perseguía a sus cristianos. Y en el juicio final Cristo revelará que “todo lo que hicisteis con uno de estos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt. 25, 40).

En este sentido, profundo la Iglesia puede hablar de persecución y pedir que cese la persecución. Existe persecución a la Iglesia cuando no se permite anunciar el Reino de Dios con todas sus derivaciones de justicia, paz, amor y verdad; cuando no se tolera denunciar el pecado de nuestro país que sume a los hombres en la miseria; cuando no se respetan los derechos de los salvadoreños, y cuando aumentan los desaparecidos, los muertos y calumniados.

Es importante recordar también que se persigue a la Iglesia porque quiere ser en verda la Iglesia de Cristo. Mientras la Iglesia predique una salvación eterna y sin comprometerse en los problemas reales de nuestro mundo, la iglesia es respetada y alabada, y hasta se le conceden privilegios. Pero si la Iglesia es fiel a su misión de denunciar el pecado que lleva a muchos a la miseria, y si anuncia la esperanza de un mundo más justo y humano, entonces se la persigue y calumnia, tildándola de subversiva y comunista.

En esta época de persecución la Iglesia de la Arquidiócesis nunca ha devuelto mal por mal, no ha llamado nunca a la venganza y al odio, sino que ha llamado a la conversión de sus perseguidores; y, en los problemas difíciles del país, ha procurado siempre promover la justicia y evitar males mayores.

Esta Iglesia espera, con la ayuda de Dios, seguir dando el testimonio de fortaleza cristiana en medio de todas las dificultades, sabiendo que sólo así cobrará la credibilidad de lo que anuncia: que es una Iglesia que se ha puesto del lado de los que sufren, y que no le arredran de las persecuciones que ella sufre, cuando provienen de la fidelidad a su Divino Fundador y de su solidaridad con los más necesitados.

La unidad de la Iglesia.

El servicio al Evangelio y la persecución a la Iglesia han tenido como fruto precioso la unidad de la Arquidiócesis, de una forma desconocida hasta ahora. Con alegría hemos podido constatar que muchas barreras han desaparecido. Nunca como ahora se ha dado la unidad de los Pastores con los Religiosos, Religiosas y Laicos. Son innumerables las cartas de solidaridad y de estímulo para continuar viviendo este testimonio, recibidas de Cardenales, Obispos, Conferencias Episcopales, gremios sacerdotales, religiosos y laicales. Hemos recibido también adhesiones de muchos hermanos separados de dentro y fuera del país, a quienes queremos agradecer públicamente su gesto fraternal y cristiano. Recordamos también con alegría, porque queremos agradecer públicamente su gesto fraternal y cristiano. Recordamos también con alegría, porque han sido expresiones de unidad, las diversas eucaristías multitudinarias, las procesiones, las innumerables reuniones y los contactos privados con comunidades y toda clase de personas. Esta unidad y solidaridad es para mi un signo muy claro de que hemos elegido el camino correcto.

Pero, de nuevo, los acontecimientos de los últimos meses nos recuerdan que la unidad de los cristianos se consigue no sólo con la confesión de labios de una misma fe, sino en la puesta en práctica de esa fe; se consigue alrededor de un esfuerzo común, de una misma misión; se consigue en la fidelidad a la Palabra y a la exigencia de Jesucristo, y se cimenta en el sufrimiento común. No puede haber unidad en la Iglesia ignorando la realidad del mundo en que vivimos; por ello, aunque la manifestación de la unidad ha sido impresionante, no ha sido total. Algunos que se llaman a sí mismo cristianos, por ignorancia o por defender sus propios intereses, no han contribuido a la unidad de la Arquidiócesis, sino que, anclados en un falso tradicionalismo, han malinterpretado la actuación y enseñanza de la Iglesia actual, han pretendido desoír la voz del Vaticano II y de Medellín y se han escandalizado del nuevo rostro de la Iglesia.

Apelamos pues, de nuevo, a la unidad de todos los católicos y la deseamos vivamente; pero no podemos poner como precio de esa unidad el cesar en nuestra misión. Recordemos que lo que divide no es la actuación de la Iglesia, sino el pecado del mundo y de nuestra sociedad.

Lo que ha ocurrido en nuestra Arquidiócesis y lo que siempre ha ocurrido cuando la Iglesia es fiel a su misión, es que cuando la Iglesia se introduce, con una intención salvadora y liberadora en el mundo del pecado, el pecado del mundo se introduce en la Iglesia y la divide; separa a los cristianos auténticos y de buena voluntad de los cristianos de nombre y apariencia.

En estos momentos, más que nunca, la Arquidiócesis necesita de la unidad, tanto para hacerse creíble como para ser eficaz. La Iglesia se hace creíble cuando unifica sus esfuerzos, no en su propio provecho, sino en servicio al Evangelio de Cristo. Y la Iglesia necesita la unidad para ser también eficaz. En los últimos meses la Arquidiócesis ha perdido muchos sacerdotes y catequistas; pero por otra parte, dichosamente se ha incrementado el trabajo pastoral al incrementarse la conciencia de muchos católicos. La Iglesia se ve forzada a asumir nuevas tareas en los medios de comunicación social, como son nuestro semanario Orientación y nuestra radio YSAX, nuevas tareas en colegios católicos que quieren avanzar en una pastoral auténticamente cristiana y social, nuevas tareas en parroquias en las que los laicos quieren realmente poner su voz y su esfuerzo al servicio de la misión evangelizadora de la Iglesia.

En nuestras circunstancias concretas y en esta hora privilegiada de la Arquidiócesis, la unidad se debe lograr alrededor del Evangelio, a través de la palabra autorizada del Pastor. Deseo vivamente que todos los sacerdotes, diocesanos y religiosos, y todos los religiosos y religiosas unifiquemos nuestros esfuerzos alrededor de las directrices del Arzobispado, aunque para él lo tengamos que ceder de nuestros puntos de vista y de enfoques anticuados. Y deseo, sobre todo, que los laicos sean también colaboradores eficaces del Obispo, máxime hoy cuando han disminuido notablemente los sacerdotes.

Es cierto que la actuación de la Arquidiócesis en los últimos meses está produciendo sus frutos en el interés de muchos jóvenes por la vida sacerdotal y religiosa, pero es también cierto que, a través de la persecución a los sacerdotes, el Señor está llamando claramente a los laicos a que asuman sus responsabilidades dentro de la Iglesia. Este es el momento para que todos los católicos nos sintamos verdaderamente Iglesia, demos todos el testimonio de nuestra fe y todos colaboremos a la Evangelización, tanto al extender la fe en Cristo como al extender su Reino y traducirlo en estructuras de justicia y paz.

La esperanza de la Iglesia.

Por paradójico que parezca, nunca ha existido en nuestra Arquidiócesis tanta esperanza como ahora, en uno de los momentos más difíciles de su historia. La persecución no ha producido el desánimo, el repliegue o la claudicación, sino la esperanza cristiana. Esto se ha demostrado en la fortaleza con que muchos cristianos, sacerdotes y laicos, hombres de la ciudad y campesinos, han actuado en los últimos meses. Se ha mostrado también en un movimiento de conversión. Se ha mostrado en la solidaridad de muchos cristianos con nuestra actuación, según las expresiones de centenares de cartas y telegramas.

El cristiano es el hombre de la esperanza. “¿Qué nos separará del amor de Cristo?” (Rom. 8, 35) preguntaba S. Pablo. Y, siguiendo su idea, también nosotros afirmamos que ni las muertes, ni las expulsiones, ni los sufrimientos son capaces de apartarnos del amor de Cristo y de seguir su camino. Aquí, en el amor de Cristo, está el fundamento de nuestra esperanza.

Pero esta esperanza sólo toma cuerpo entre la convivencia fraternal de los hombres; por eso nuestra esperanza en Cristo nos hace desear un mundo más justo y más fraternal. Por eso la Iglesia de la Arquidiócesis está interesada y esperanzada en que nuestro país tenga, fuera y dentro de nuestras fronteras, una imagen nueva y mejor. Y precisamente por eso repite la Iglesia que el objeto de su esperanza está inseparablemente unido a la justicia social, al mejoramiento real del hombre salvadoreño, sobre todo de las mayorías campesinas, a la defensa de sus derechos humanos, del derecho a la vida, a la educación, a la vivienda, a la medicina, al derecho de organización, sobre todo aquellos que, como los campesinos, son más fácil víctima de la opresión cuando se les priva de tal derecho.

Por último, quiero repetir mi esperanza, que es esperanza de toda la Arquidiócesis, de que el Gobierno comprenda cuán correcta y humanitaria ha sido la acción de la Iglesia, la cual no puede cesar en esa misión de evangelización integral. La Iglesia no tiene interés en que continúe esta situación tensa con el Gobierno, al contrario, su ideal expresado en el Concilio es el de llegar a una sana cooperación; pero para que esto sea así, tiene que existir una base sólida de servicio sincero a todos los salvadoreños. Por eso, al ofrecimiento de diálogo del Señor Presidente, la Iglesia reitera su disponibilidad de diálogo, siempre que el diálogo esté basado en un lenguaje común y no en el desprestigio y la difamación del lenguaje de la Iglesia; y siempre que una secuencia de hechos logren restituir a la Iglesia la confianza perdida. Tales hechos, desde luego, son los hechos de justicia y de reconciliación, como la aclaración de la suerte de tantos desaparecidos, el cese de capturas arbitrarias y de torturas, el regreso a sus hogares con garantía de libertad de todos los que huyen víctimas del terror, el regreso al país de los sacerdotes que lo tienen prohibido sin motivo justo, la revisión de las expulsiones de sacerdotes oyéndolos en juicio.

El diálogo que se iniciaría en ese clima de justicia y confianza, de cara al bien común del pueblo, de ninguna manera buscaría privilegios ni se basaría en competencias de carácter político, sino que tendría a esa “sana cooperación” entre Gobierno e Iglesia para la creación de un orden social justo, eliminando progresivamente las estructuras injustas y promoviendo los “hombres nuevos” que el país necesita para manejar y vivir en las nuevas estructuras de la justicia, de la paz y del amor.

CONCLUSIÓN.

Cuerpo de Cristo en la historia, la Iglesia de la Arquidiócesis va comprendiendo mejor cada año que la fiesta del 6 de agosto es algo más que una fiesta titular. Es más bien la celebración de una alianza que compromete hasta una identificación de pensamiento y de destino a todos los salvadoreños bautizados con el Divino Salvador del Mundo. Porque todos los bautizados formamos la Iglesia que encarna a Cristo en la historia de nuestra Patria.

Nuestro compromiso cristiano ya no nos deja tener una inspiración u objetivo distinto del mensaje y de inspiración de Cristo para construir la historia salvadoreña. Si no somos fieles a este compromiso, construyendo una patria mejor que refleje en nuestra historia de la tierra el Reino definitivo de los cielos, traicionaremos nuestra misma fe y nuestra misma Patria. Nuestra fidelidad a Cristo, Señor de nuestra historia, nos dará la satisfacción profunda de haber sido con él los constructores de su Reino aquí en El Salvador, para felicidad de todos los salvadoreños.

Que la Reina de la Paz, Patrona también principal de nuestro país, Madre del Cuerpo original de Cristo y por eso mismo Madre del Cuerpo de Cristo que se prolonga en la historia, cuide con protección poderosa de Madre a nuestra Iglesia y a nuestra Patria. Bajo su palma encarne aquí en el pueblo salvadoreño el Reino de Dios que Cristo sigue predicando mediante su Iglesia. Un Reino que “no usurpa vuestras prerrogativas, sino que salva todo lo humano de su fatal caducidad, lo transfigura, lo llena de esperanza, de verdad y de belleza” (Mensaje del Concilio a los Gobernantes, n. 4).

San Salvador, en la fiesta de la transfiguración del Señor, seis de Agosto de mil novecientos setenta y siete.

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Primera Carta Pastoral – Iglesia de la Pascua

A mis hermanos y hermanas,

El Señor Obispo Auxiliar,
Los Presbíteros,
Los Religiosos,
Las Religiosas
Y al Laicado de la
Arquidiócesis de San Salvador.

Para ustedes y para todos los hombres de buena voluntad, el saludo pascual de Jesús, LA PAZ SEA CON USTEDES.

La Hora del Relevo.

El 22 de febrero, fiesta de la Cátedra de San Pedro, vivió la Arquidiócesis de San Salvador esa hora misteriosa de la “sucesión apostólica” que caracteriza el aspecto humano e histórico de la divina y eterna Iglesia de Jesús. Esta historia comenzó el 28 de septiembre de 1842, cuando San Salvador fue erigida por el Papa Gregorio XVI diócesis sufragánea de Guatemala. En esa nueva sede se sucedieron cuatro obispos hasta el 11 de febrero de 1913 fecha en que san Pío X, Padre de nuestra Provincia Eclesiástica, elevó nuestra Sede a categoría de Metropolitana en la que se han sucedido tres relevantes figuras de la jerarquía salvadoreña.

Las bueneméritas y cansadas manos de Monseñor Luis Chávez y González que, durante 38 años de nuestra agitada historia, rigieron, con tanto cierto, la nave de esta Iglesia particular, entregaban a este nuevo sucesor de los apóstoles el delicado gobernalle que, desde entonces, empuñé con el respeto y delicadeza de quien siente que ha recibido una herencia de incalculable valor para continuar llevándola y cultivándola a través de nuevos y difíciles horizontes.

La historia eclesiástica salvadoreña sabrá evaluar las maravillosa labor de mi venerado Antecesor, en esos 38 años de una pastoral que Dios ha bendecido con tanta abundancia de vida eclesial. El Seminario, las vocaciones, los sacerdotes, las comunidades religiosas, los colegios, las escuelas, la catequesis, las organizaciones e iniciativas de promoción, un luminoso magisterio de cartas pastorales, etc. Son capítulos de esa fecunda historia avalada por el testimonio personal de una vida santa que siempre marchó fiel por la ruta de su vocación sacerdotal. Los cobardes embates de la calumnia ante esta roca de autenticidad y méritos sólo han logrado embellecerla más como se embellece las del mar con la furia espumante de las olas.

Una Hora Pascual.

Si yo buscara un calificativo apropiado para designar esta hora de relevo apostólico de la Arquidiócesis, no dudaría en llamarla una hora pascual.

Sí. Estamos pasando por una bellísima hora de Pascua que coincide con la Pascua de nuestro Año Litúrgico. Sólo el espíritu de un Cristo Resucitado que vive y construye la Iglesia a través del tiempo, puede explicar esa fecunda herencia que nos entrega el venerado Arzobispo antecesor. Sólo el impulso divino del Espíritu de la Pascua puede ser la explicación de este inesperado comienzo de mi servicio jerárquico en la Arquidiócesis. Jamás imaginé un pórtico tan bello para mi ingreso de pastor en esta iglesia del Divino Salvador. El ministerio de la pascua y de la Iglesia que siempre embelesaron mi espíritu cristiano, se me ha hecho, en las circunstancias especiales de esta Cuaresma, una rica vivencia, no sólo de carácter individual, sino vivida desde mi situación de pastor en comunión con toda la Iglesia: en diálogo de común responsabilidad con todo el querido Presbiterio, en participación intensa de preocupación y plegaria con las comunidades y los fieles, y compartida en comunión de Iglesia Universal con la simpatía y solidaridad de muchos hermanos Obispos y Diócesis y, sobre todo, con el Sucesor de San Pedro que, una vez más, cumplió conmigo, en mi reciente viaje a Roma, el encargo carismático de Cristo: “confirma a tus hermanos” (Lc. 22,32).

Un Saludo de Pascua.

Todo esto impone el tema y el estilo pascuales de mi primer carta pastoral dirigida a toda mi Arquidiócesis. Es la carta de mi presentación y de mi primer saludo, que, con un aire de optimismo y esperanza cristiana, quiere expresar:

– Ante todo, a mis hermanos y amigos que integran el Presbiterio de la Arquidiócesis, mi ofrecimiento y mi esperanza de mutuo diálogo y colaboración en servicio del pueblo de Dios que juntos tenemos que evangelizar, santificar y gobernar;
– A las ejemplares comunidades de Religiosos y Religiosas, mi cariño pastoral y mi gratitud por el enriquecimiento de la vida de oración y contemplación y por las múltiples formas de hacer realidad, en medio de nuestro pueblo, la divina misión de la Iglesia;
– Al generoso laicado, toda la ilusión y esperanza que el Concilio Vaticano II ha despertado en el corazón de los Pastores, al promover la vocación secular como un llamamiento a la santidad en el mundo al que deben ordenar según el designio de Dios y hacia una colaboración comprometida con la misión pastoral de la Iglesia;
– Y a todos los hombres que esperan de la Iglesia la respuesta que ilumine sus dudas, sus inquietudes y problemas, la segura promesa de que Dios está tendiendo su mano, desde la Iglesia, “a todos los que busquen con sincero corazón” (Pleg. Euc. n. IV).

Destinatarios especiales de este saludo pascual son también todos mis amigos que, en diversas formas, me expresaron su amable acogida y adhesión a la voluntad del Santo Padre que me designó para esta Sede Metropolitana. Así como también los que compartieron, con múltiples demostraciones de solidaridad, el dolor y la esperanza que provocó el asesinato del inolvidable Padre Rutilio Grande (q.e.p.d.) y otros atentados contra la libertad de la Iglesia.

Hacia un Diálogo Reflexivo.

Y ahora, hermanos y amigos, el saludo y presentación se torna invitación a un diálogo reflexivo. Represento a la Iglesia, la cual siempre está deseosa de dialogar con todos los hombres para comunicarles la verdad y la gracia que Dios le ha confiado a fin de orientar el mundo conforme a sus proyectos divinos. Pongamos este tema en términos pascuales para mantener el estilo de su título: la Iglesia no vive para sí misma, sino para llevar al mundo la verdad y la gracia de la Pascua. He aquí la síntesis de esta carta que sólo quiere presentar, a la luz de esta “hora pascual”, la identidad y la misión de la Iglesia y ofrecer con sinceridad su voluntad de diálogo con todos los hombres:

I. La Pascua, origen y contenido de la Iglesia
II. La Iglesia, Sacramento e instrumento de la Pascua
III. El mundo, destinatario de la verdad y de la gracia de la Pascua

I- LA PASCUA.

¿Qué es la Pascua? ¿Qué es el “Misterio Pascual”? Es sencillamente el acontecimiento de la salvación cristiana mediante la muerte y la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

El Concilio Vaticano II que ha hecho del “Ministerio Pascual” el centro de sus reflexiones sobre la Iglesia y su misión en el mundo, explica: “La Obra de la redención humana y de la perfecta glorificación de Dios, preparada por las maravillas que Dios obra en el pueblo de la Antigua Alianza, Cristo el Señor la realizó principalmente por el misterio pascual de su bienaventurada pasión, resurrección de entre los muertos y gloriosa ascensión. Por este misterio, con su muerte destruyó nuestra muerte y con su resurrección restauró nuestra vida” (S.C. 5).

La Pascua de la Antigua Alianza.

El acontecimiento, pues, de la salvación cristiana, que llamamos “Misterio Pascual”, venía siendo “preparado por las maravillas que Dios obró en el pueblo de la Antigua Alianza”. Por eso, para entender un poco mejor el sentido y el estilo de la redención cristiana, es necesario remontarse a las “maravillas de la Antigua Alianza”. Y es principalmente en el libro del Éxodo donde se nos revela el estilo histórico-salvífico de la redención: Dios salva a Israel, y así será para todos los pueblos, desde su propia historia. También se nos revela allí que esta redención comprende: El rescate de la muerte mediante la protección de la sangre del cordero, mientras el ángel del exterminio “pasaba” cobrando la vida de los progenitores egipcios, comprende también el “paso” de una esclavitud, a través de un mar y un desierto, a una tierra prometida para la libertad y el descanso.

Cada año el pueblo rescatado celebraba aquel “paso”. Pero la celebración de aquella Pascua no era sólo un recuerdo del pasado; era toda una redención que se hacía presente con un profundo sentido litúrgico y sacramental, profético y escatológico, sacrificial y comunitario. Es decir, se vivía de nuevo “las maravillas” del Señor, y por eso se decía a los participantes: “hoy salen ustedes…” y el mismo rito pascual se ejecutaba “a causa de lo que Yahveh hizo por mi cuando yo salí de Egipto” (Ex. 13, 4-8). Era pues una pascua siempre actual. Era un Dios salvador de Israel a través de su propia historia. Se alababan en presente esas maravillas y en presente también se denunciaban los pecados contra la Alianza. Los fracasos e imperfecciones de esa historia no los desanimaban porque la pascua estaba abierta a lo escatológico y, en el esfuerzo por el presente, brillaba la esperanza de una Pascua más perfecta, más allá de la historia, que era la felicidad de un perfecto banquete pascual. El sentido sacifical y comunitario se le daba la inmolación del cordero y la reunión de familia o de grupo que el patriotismo extendía hasta la gran comunidad nacional.

“Cristo Inmolado es Nuestra Pascua”.

Toda esta mística de la pascua de Israel, desembocaba en aquella última pascua de Jesús, para transformarse de figura y preparativo en la realidad de la Pascua cristiana. Sobre la estructura de la vieja pascua, Cristo mismo se constituye en una maravillosa personificación de la Pascua mediante el “paso” por la muerte y la resurrección. “Nuestra Pascua es Cristo inmolado” canta la Iglesia entre los aleluyas de la resurrección. Toda su vida y su obra está marcada con el signo pascual: fue una pascua la “hora” señalada por el Padre para la redención del mundo en Cristo y con qué viva conciencia se acercó Cristo a su “hora pascual”. Su muerte en la cruz fue la inmolación del verdadero Cordero pascual y en una cena pascual Jesús funda la representación memorial eucarística que hará presente en medio de todas las circunstancias humanas la maravilla de su redención.

¿Quién puede medir la potencialidad redentora de este “paso” de la muerte a la resurrección? Si con su muerte queda destruido el imperio del pecado, del infierno y de la muerte, su resurrección que implanta ya en la historia el imperio de la vida eterna, nos ofrece la capacidad para las más audaces transformaciones de la historia y de la vida (Cf. G.S. 22. 38). En la resurrección Dios glorifica a su Hijo (Act. 2, 22 ss, Rom. 8, 11), pone el sello divino sobre el acto de la redención que se inició en la encarnación y consumó en la cruz. La resurrección constituye a Jesús “Hijo de Dios en su Poder” (Rom. 1, 4) “Señor y Cristo” (Act. 2, 36) “Cabeza y Salvador” (Act. 5, 31) “Juez y Señor de los vivos y de los muertos” (Act. 10, 42). “Primogénito de entre los muertos” (Act. 26, 23, Ap. 1, 5) y “Señor de la gloria” (1 Cor. 2, 8) ha entrado, el primero, en un mundo nuevo que es el universo rescatado y tiene poder para ofrecer a los hombre que creen en él, el don del Espíritu Santo (Act. 2, 38).

Porque Pascua es también la venida del Espíritu Santo, “la fuerza de lo alto”, el espíritu de verdad y amor, el abogado y consolador, el espíritu de Dios por el cual los hombres se pueden identificar con Jesús en su victoria sobre el mal y en la renovación de su propia vida. El “Reino de los cielos” no está sólo después de la muerte. Entonces será su consumación perfecta. Pero ya lo inauguró el Resucitado entre los hombres de la historia por el “paso” de la muerte a la resurrección.

En él está Nuestra Esperanza.

Cuando he llamado “hora pascual” a este momento de nuestra Arquidiócesis, pensaba en toda esta exuberante potencialidad de fe, esperanza y amor de Cristo resucitado –viviente y operante- ha provocado en los diversos sectores de nuestra Iglesia particular y aún en sectores y personas que no pertenecen ni participan todavía en nuestra fe pascual. Con emoción de pastor me doy cuenta de que la riqueza espiritual de la Pascual, la herencia máxima de la Iglesia, florece entre nosotros y que ya se está realizando aquí el deseo que los Obispos expresaron en Medellín al hablar a los jóvenes: “que se presente, cada vez más nítido, en América Latina, el rostro de una Iglesia auténticamente pobre, misionera y PASCUAL, desligada de todo poder temporal y audazmente comprometida en la liberación de todo el hombre y de todos los hombres” (Juventud, n. 15).

II- LA IGLESIA, SACRAMENTO DE LA PASCUA.

La Iglesia de Cristo tiene que ser una IGLESIA DE LA PASCUA. Es decir, una Iglesia que nace de la Pascua y vive para ser signo e instrumento de la Pascua en medio del mundo.

La Iglesia Nace de la Pascua.

Los antiguos Padres ya descubrieron, en el relato de la lanzada (Jn. 19, 34), un místico paralelismo entre el nacimiento de la Iglesia del costado de Cristo dormido en la cruz y la formación de Eva del costado de Adán. Es bella también la relación pascual con que San Pablo une el origen de la Iglesia con el sacrificio de Cristo: “Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por Ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua en virtud de la palabra y presentándola resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea Santa e Inmaculada” (Efes. 5, 25-27).

Jesús, que realizó nuestra redención bajo el signo pascual, ha querido prolongarse así también, en un estilo pascual, en la vida de la Iglesia. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo Resucitado, y, por el bautismo todos los miembros que la integran viven esa tensión de pascua, ese “paso” de vida a muerte, el tránsito que nunca termina y que se llama “conversión”, exigencia continua de matar en sí mismo todo lo que es pecado y hacer vivir cada vez con más pujanza todo lo que es vida, renovación, santidad, justicia. El Espíritu Santo comienza a animar esta vida de resurrección en la Iglesia, desde el mismo día de la Resurrección, cuando Jesús “insuflo” el Espíritu re-creador sobre los Apóstoles (Cfr. Jn. 20, 22, Mc. 14, 27). Pentecostés –cincuenta días después de Pascua- sólo es la plenitud de la Pascua. Entonces tiene lugar a la gran efusión carismática para “manifestar” la Iglesia al mundo y autorizar públicamente el testimonio de los Apóstoles. Así Dios urge indefinidamente esta Iglesia, a fin de identificarla con Jesús para que en un mismo Espíritu con El tengan acceso al Padre todos los fieles que la componen (L. G. 4; Cfr. Efes. 2, 18).

En otras palabras, el Cristo de la Pascua se prolonga y vive en la Iglesia de la Pascua. Y no se puede formar parte de esta Iglesia sin ser fiel a ese estilo del “paso” de la muerte a la vida; sin un sincero movimiento de conversión y fidelidad al Señor.

La Iglesia, Signo e Instrumento de la Pascua.

“Del costado de Cristo dormido en la cruz, nació el Sacramento admirable de la Iglesia entera” (S. C. 5), “Sacramento universal de salvación” (L. G. 48), dice bellamente el Concilio Vaticano II, el cual hizo del “Misterio Pascual” el foco central e sus reflexiones acerca de la Iglesia, porque toda la razón de ser de la Iglesia es hacer sensible y operante, en medio de los hombres, el fecundo dinamismo de la muerte y resurrección de su Señor.

Resulta asé el carácter atrayente de una Iglesia que no vive para sí, sino para servir de instrumento a Cristo para la redención de todos los hombres. Y me agrada mucho subrayar este sentido de servicio en una carta que tiene como objeto la presentación de un pastor que quiere vivir y sentir, lo más cerca posible, los sentimientos del Buen Pastor que “no vino a ser servido sino a servir y dar su vida” (Mt. 20, 28).

La Iglesia, nacida de la Pascua para llevar las gracias pascuales a los hombres es descrita así en una de las más profundas síntesis del Concilio Vat. II: “Cristo, el único mediador, instituyó y mantiene continuamente en la tierra a su Iglesia santa, comunidad de fe, esperanza y caridad, como un todo visible, comunicando, mediante ella, la verdad y la gracia a todos” (L. G. 8).

Están aquí los tres elementos que hacen de la Iglesia el “Sacramento universal de la salvación”: la comunidad jerárquica como parte visible del Sacramento; la verdad y la gracia del Redentor como el invisible contenido sacramental. Hacer Iglesia será siempre edificar sobre esos tres cimientos queridos por el mismo Cristo: compactar en la fe, la esperanza y el amor una comunidad en torno del Pastor que hace visible a Cristo; evangelizar esa comunidad con la única verdad de Cristo y desde la comunidad evangelizar al mundo; y vivir y comunicar la gracia pascual que es liberarse del pecado y hacerse participante de la filiación divina que Cristo adquirió con su muerte y resurrección.

O, Explicado con términos de S. S. Pablo VI, en la programática exhortación “Evangelii nuntiandi”: “Aquellos cuya vida se ha transformado, entran en una comunidad, que es en sí misma signo de novedad de vida: la Iglesia Sacramento visible de la salvación. Pero a su vez, la entrada en la comunidad eclesial se expresa a través de muchos otros signos que prolongan y despliegan el signo de la Iglesia. En el dinamismo de la evangelización, aquel que escoge el Evangelio como Palabra que salva lo traduce normalmente en gestos sacramentales: adhesión a la Iglesia, acogida de los sacramentos que manifiestan y sostienen esta adhesión, por la gracia que confieren” (n. 23).

Exigencia de Fidelidad.

Si la predicación de la Iglesia es “Verdad que salva” (Rom. 1, 16) y la Esucaristía y demás sacramentos que administra significan y dan a los hombres la capacidad de hacerse hijos de Dios, es porque “emanan del Misterio pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo” (5. C. 61).

Por eso, si el origen pascual de la Iglesia le exige, de parte de Cristo, una exquisita fidelidad al Señor Resucitado para que sea auténtica su identidad, su servicio como signo e instrumento de la verdad y de la gracia que redimen al mundo desde el Misterio pascual, la obliga, con la exigencia de un mundo necesitado de salvación, a no adulterar en lo más mínimo su magisterio y su ministerio. La función profética, sacerdotal y social que, en nombre de Cristo Resucitado, realiza la Iglesia entre los hombres, debe estar en perfecta sintonía con el sentir de Cristo, hoy más que nunca, cuando el pueblo espera de ella la respuesta del único que puede salvarnos.

III- EL MUNDO, DESTINATARIO DE LA PASCUA

La Iglesia no vive para sí. Su razón de ser es la misma de Jesús: un servicio a Dios para salvar al mundo. Así lo proclamó el Concilio Vaticano II, al escribir sobre la misión de la Iglesia en el mundo actual: “Por solidaridad, respeto y amor a toda la familia humana, el Concilio quiere dialogar con ella acerca de todos los problemas , aclarárselos a la luz del Evangelio y poner a disposición del género humano el poder salvador que la Iglesia, conducida por el Espíritu Santo, ha recibido de su Fundador” (G. S. 5 –G. S. 3).

Y cuando, en agosto-septiembre de 1968, se reunieron en Medellín bajo la autoridad del Papa, los Obispos de América Latina, para concretar este noble servicio de la Iglesia a nuestro Continente, se dieron cuenta que el Espíritu de la Pascua impulsaba urgentemente sobre nuestra Iglesia a un diálogo y a un servicio hacia nuestros pueblos: “Estamos –dijeron- en el umbral de una nueva época histórica de nuestro Continente, llena de un anhelo de emancipación total, de liberación de toda servidumbre, de maduración personal y de integración colectiva” (Introd. 4). Y proclamaron que la Iglesia no podía sentirse indiferente ante “un sordo clamor de millones de hombres, pidiendo a sus pastores una liberación que no les llega de ninguna parte” (Pobreza, 2).

Una Misión Religiosa y Humana.

Estas legítimas aspiraciones de nuestro pueblo que, hoy aquí, se vuelve a nuestra propia Iglesia, como un reto o, mejor, como una interpretación evangélica, por una parte; mientras, por otra parte, una mayor conciencia que la Iglesia va tomando de su propia misión, para no rehuír esta interpelación si no para tener la sabiduría y la fortaleza para decir la palabra y tomar la actitud que Cristo le exige en estas complicadas circunstancias, caracteriza esta hora difícil. “Hora –diría el Cardenal Pironio- de cruz y de esperanza, de posibilidades y riesgos, de responsabilidad y compromiso” (Escritos pastorales, Pág. 206); hora, sobre todo, de mucha oración y contemplación para interpretar, desde el mismo corazón de Dios, estas señales de nuestro tiempo para saber prestar el servicio que como Iglesia debemos a estos justos anhelos de nuestros hermanos.

Porque la imagen de nuestra Iglesia no puede ser definitiva desde una perspectiva simplemente política o socioeconómica, pero tampoco desde una perspectiva de indiferencia para los problemas temporales del mundo. “La misión de la Iglesia –citamos nuevamente el Concilio- es esencialmente religiosa, pero por lo mismo profundamente humana” (G. S. 11). Pablo VI explica así la difícil conjugación de estas dos notas de la misión de la Iglesia: religiosa y humana. “Al predicar –dice el Papa- la liberación y el asociarse a aquellos que actúan y sufren por ella, la Iglesia no admite el circunscribir su misión al solo terreno religioso, desinteresándose de los problemas temporales del hombre, sino que reafirma la primicia de su vocación espiritual, rechaza la substitución del anuncio del Reino por la proclamación de las liberaciones humanas y proclama también que su contribución a la liberación no sería completa si descuidara anunciar la salvación de Jesucristo” (Evangelii Nuntiandi, 34). Mientras se tenga en cuenta esta supremacía de la vocación espiritual de la Iglesia y esta prevalencia de la salvación en Jesucristo, el mismo Papa defiende la conexión necesaria entre la auténtica evangelización y la promoción humana –desarrollo, liberación-, porque así lo exigen razones de orden antropológico, teológico y evangélico; porque disociar evangelización y promoción “sería ignorar la doctrina del Evangelio acerca del amor hacia el que sufre o padece necesidad”. Muy encarecidamente les recomiendo el estudio de todo este capítulo III de la citada exhortación para tener ideas claras sobre la liberación que la Iglesia propicia.

Servicio que Exige una Conversión.

Un servicio de la Iglesia de la pascua a las necesidades de nuestro pueblo, debe comenzar, como dijeron los Obispos en Medellín “por un afán de conversión. Hemos visto que nuestro compromiso más urgente es purificarnos en el espíritu del Evangelio todos los miembros e instituciones de la Iglesia Católica” (Mensaje a los pueblos de A. L.).

Y en un sincero análisis de esta confesión, el Cardenal Pironio piensa en estas tres líneas fundamentales:

– Los cristianos no habíamos asimilado profundamente a Jesucristo (conocíamos superficialmente el Evangelio o habíamos estudiado técnicamente a Cristo sin saborearlo en su misterio).
– Divorciamos la fe de la vida (nos contentamos con proclamar la fe o celebrarla en la liturgia, pero sin realizarla en lo concreto del amor y la justicia).
– Por lo mismo, habíamos perdido la sensibilidad cristiana frente a las angustias de los hombres, no supimos iluminar sus esperanzas y nos desentendimos de la construcción positiva de la historia.

Una Iglesia de la Pascua y de Pentecostés debe ser una Iglesia de la conversión, de la vuelta fundamental a Cristo, cuya sencilla transparencia seremos, y a las exigencias radicales del sermón de la montaña” (Escritos Pastorales, Pág. 211).

Una Sana Comparación.

También, desde nuestra identidad de Iglesia, comprendemos que nuestro servicio a los hombres precisamente porque no es de carácter político ni socio-económico, busca un diálogo sincero y una sana cooperación con quienes tienen las responsabilidad es políticas y socio-económicas; y esto no lo hace la Iglesia por competencia técnica ni por buscar privilegios temporales, sino porque también la comunidad política y los intereses del mundo deben tener en cuenta que están al servicio de la vocación personal y social del hombre, vocación “que no se limita al solo horizonte temporal sino que, sujeto de la historia humana, el hombre mantiene íntegra su vocación eterna… Y la Iglesia es signo y salva guardia del carácter trascendente de la persona humana… Por eso, es de justicia que la Iglesia pueda, en todo momento y en todas partes, predicar la fe con auténtica libertad, enseñar su doctrina social, ejercer su misión entre los hombres sin traba alguna y dar su juicio moral, incluso sobre materias referentes al orden político, cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona y salvación de las almas, utilizando todos y sólo aquellos medios que sean conformes al Evangelio y al bien de todos” (G. S. 76).

Es nuevamente el Concilio Vaticano II el que aboga por sana cooperación que no comprometa en nada la libertad y autonomía de la Iglesia, antes bien dispuesta a renunciar a cualquier privilegio cuando se corra el peligro de empañar la de su testimonio. La Iglesia en El Salvador, “por el bien y el amor a su pueblo, siempre ha estado dispuesta a esta cooperación y diálogo con las autoridades del Estado y los poderes económicos-sociales del país; y lo ha agradecido cuando ha contado con ellos así como sufre cuando se empañan estas relaciones, con detrimento y confusión del pueblo, por el mal entendido o la incomprensión de su difícil responsabilidad de defender los derechos de Dios y del hombre. Y la búsqueda de esta comprensión es una de sus esperanzas pascuales, objeto de sus plegarias y una de las metas de su trabajo pastoral, para poder vivir en plenitud la paz que el Resucitado nos entregó y en la que “siempre noble soñó El Salvador”.

CONCLUSIÓN

Queridos hermanos y amigos. Juntos hemos vivido una Cuaresma de vía crucis y viernes santos que florece en esta hora luminosa y esperanzadora de la Pascua de Resurrección. Los que como Obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, sentimos la conciencia de ser Iglesia, depositaria de las fuerzas de salvación de los hombres de Cristo, comprendemos también el reto y los riesgos que esta hora difícil nos lanza. Es el reto de una esperanza del mundo puesta en nuestra Iglesia. Seamos dignos de esta hora y sepamos dar razón de esa esperanza con nuestro testimonio de unidad, de comunión, de autenticidad cristiana y de un trabajo pastoral que, salvando con nitidez la supremacía de la misión religiosa de la Iglesia y de la salvación en Jesucristo, tenga también muy en cuenta las dimensiones humanas del mensaje evangélico y las exigencias históricas de lo religioso y eterno.

Nuestro Divino Salvador no defraudará nuestra esperanza. Pongamos por intercesora a la Reina de la Pas, Patrona Celestial de nuestro pueblo. Madre del Resucitado que Ella ampare a nuestra Iglesia, Sacramento de la Pascua. Que como María, la Iglesia viva ese feliz equilibrio de la Pascua de Jesús que debe marcar el estilo de la verdadera salvación del hombre en Cristo: sentirse “Glorificada ye en los cielos como imagen y principio de la vida futura y al mismo tiempo ser aquí en la tierra luz del peregrinante pueblo de Dios, como signo de esperanza cierta y de consuelo hasta que llegue el día del Señor” (L. G. 68).

Suplico a los queridos Sacerdotes, Religiosos, Religiosas, Catequistas, Colegio y Escuelas Católicas y demás agentes de nuestra pastoral, estudiar, durante todo el tiempo pascual (hasta la fiesta de Pentecostés) el tema de esta Carta Pastoral: La Pascua, la Iglesia y el mundo.

Con Mi Bendición.

San Salvador, Domingo de Resurrección, diez de abril de mil novecientos setenta y siete.

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